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¿Inflación o deflación?

En general, se entiende que inflación equivale a subida de los precios y deflación a caída de los mismos. Personalmente, no comparto ninguna de ambas definiciones, pues confunden causas y consecuencias (la inflación provoca que suban los precios, pero no es la subida de los precios). Sin embargo, para los propósitos del presente artículo no necesito enmendarlas, no sea que algún economista ortodoxo se niegue a reflexionar por una mera cuestión nominalista.

Parece claro que durante los últimos años se ha producido una fuerte inflación que no ha sido recogida por los índices oficiales. Al fin y al cabo, el IPC sólo cuantifica las subidas de determinada cesta de bienes de consumo, lo que viene a ser como calcular la velocidad media de un vehículo teniendo en cuenta sólo sus recorridos urbanos, o como calcular la altura media de los españoles utilizando como referencia a la selección nacional de baloncesto. Existen infinidad de bienes que no se recogen en el IPC y que son tanto o más decisivos para el funcionamiento de la economía que el precio del pollo: el precio de la vivienda o la cotización de las acciones, por poner dos ejemplos.

Según el INE, entre 2000 y 2008 la inflación fue del 30% (es decir, apenas un aumento medio del 3,8% anual), cuando en ese mismo período el precio de la vivienda en propiedad creció un 144%. Por qué la cirugía estética contribuye a medir la inflación pero la vivienda en propiedad no es algo que sólo el simplismo de los ilustrados en dos tardes podrá justificar, pero en todo caso no cambia lo fundamental: quien quiera medir las subidas de precios con el IPC estará haciendo el ridículo.

¿Y por qué han subido tanto los precios en la economía (especialmente en la vivienda)? La explicación cuantitativista más sencilla es que la cantidad de dinero se ha incrementado mucho en los últimos años, lo cual, en cierta medida, es cierto: los depósitos de la banca española aumentaron un 150% entre 2000 y 2007. Sin embargo, y especialmente ahora, cabe fijarse en un criterio más cualitativo: el Banco Central Europeo y el sistema bancario en general han respaldado el dinero emitido por activos de mala calidad.

¿Por qué cree usted que las hipotecas subprime se han depreciado tanto en el último año? Pues porque ha quedado claro que su deudor no era solvente. La hipoteca subprime no es más que un crédito que tiene el banco contra el hipotecado; del mismo modo, los euros y los depósitos a la vista no son más que créditos que tienen los tenedores de euros y los depositantes frente a la banca. ¿Qué ocurriría si se descubriera que la banca no es solvente? Pues precisamente lo que ha ocurrido con las subprime: el valor de los euros y los depósitos caería, es decir, subiría mucho el precio del resto de bienes y servicios.

Esto no es nada nuevo. Uno de los casos más conocidos es el de la crisis argentina de 2001. Cuando se comprobó que los bancos no podrían desembolsar todos sus depósitos, el precio de cada peso depositado cayó a una tercera parte; es decir, que todos los precios de la economía se incrementaron en un 200% para quienes tenían su dinero depositado en el banco. Todo ello sin que la cantidad de pesos variara lo más mínimo (y la devaluación no tuvo nada que ver, como argumentan algunos, con su previa convertibilidad con el dólar: lo mismo ha sucedido recientemente en Islandia con una moneda inconvertible). Es lo que pasa cuando un pasivo –y el dinero actual es un pasivo bancario– entra en impago o en perspectiva de impago.

Pues bien, después de aumentar de manera desproporcionada los precios de determinados bienes y de que los bancos respaldaran casi todos sus activos en esos bienes inflados, la burbuja se ha pinchado. Los precios de la vivienda, de las acciones y de muchas empresas están empezando a caer, y algunos economistas están poniendo el grito en el cielo. "Hay que impedir a cualquier costa la deflación, bajando al mínimo los tipos de interés, ya que hoy no existe riesgo inflacionista", dicen.

Ciertamente, su temor no es para menos, aunque llega un poco tarde. En realidad, deberían haber colocado el grito en el cielo cuando los precios de los inmuebles se multiplicaron por 2,5. La deflación no es sino la corrección virulenta de los excesos pasados. Que no se preocuparan por la orgía inicial de créditos pero se asusten por su contracción sólo deja entrever su peligroso doble rasero: la obesidad mórbida es tan peligrosa como la delgadez extrema. Si la inflación fuese una burbuja, la deflación sería la anti-burbuja; lo malo de ésta ya lo tenía, en sentido inverso, aquélla.

Más sorprendente aún que este sesgo proinflacionista de muchos economistas es el remedio que predican. Bajar los tipos de interés en medio de una deflación no sirve absolutamente para nada, como ha comprobado trágicamente Japón, que sigue en ella 12 años después de que los colocara en el 0,5%. Aunque, por supuesto, para los cándidos macroeconomistas si la rebaja de tipos no sirve de nada, entonces debe inundarse el mercado con dinero de nueva creación: el Banco Central tiene que comprar a los bancos todos sus activos de mala calidad a cambio de dinero de nueva impresión. Se espera así que el incremento de la cantidad de dinero provoque una inflación que compense la deflación… y todos tan felices.

El problema de estos equilibrismos de agregados es que nunca bajan a tierra. Por ejemplo, en España los precios de la vivienda tienen que caer con respecto al resto de bienes porque si no los promotores seguirán construyendo 800.000 inmuebles al año. Los pisos están sobrevalorados, y deben sufrir un ajuste en sus precios antes de iniciar la recuperación.

Lo que la crisis y la posterior deflación ponen de manifiesto es que ciertas estructuras productivas se sobredimensionaron frente a otras; y por tanto es hora de reconvertir y reutilizar esas estructuras sobredimensionadas (liquidándolas al descuento) para relanzar las atrofiadas (por ejemplo, la industria exportadora en España). La manera de suavizar la deflación no pasa por matar la moneda, sino por hacer afluir más ahorro que puje por los bienes de capital excedentarios.

Por supuesto, la deflación puede llevar la quiebra a la banca. Como hemos visto, nuestros depósitos están respaldados por sus activos, de modo que si éstos caen de precio, aquélla tendrá más deudas que créditos, es decir, será insolvente. Claro que si, como proponen los inflacionistas, el Banco Central compra a precios inflados los activos de la banca, el problema estará zanjado. Pero sería más honrado y simple proponer que nuestros depósitos se ajusten al valor de los activos del banco: al fin y al cabo, ¿para qué alterar el valor real de los depósitos, si puede reajustarse el nominal (Argentina hizo algo similar con respecto a los dólares)? Aunque esto último, claro, sería visto como un abierto robo, mientras que la inflación se confunde con una maldición cuasi divina.

Algunos, más que economistas, parecen trileros. Recapitalizar los bancos con dinero de nueva creación nos llevaría de la deflación a la hiperinflación, y los bancos acabarían igualmente descapitalizados (como bien se vio con los bancos alemanes que sobrevivieron a la hiperinflación de 1923 exhaustos de capital y que terminaron quebrando en 1931).

La crisis financiera es sólo el reflejo de una crisis en la economía real; por tanto, desde el momento en que los bancos centrales todavía no han aprendido a multiplicar los panes y los peces, la política monetaria no debe orientarse a parchear las caídas de precios, sino a defender el valor de las divisas. La solución necesariamente pasa por un aumento del ahorro y un ajuste de los precios relativos, y mucho me temo que el expansionismo monetario no favorece ninguna de las dos cosas. Pero bueno, qué más dará esto, cuando podemos recurrir al sota-caballo-rey de que cuando caen los precios hay que imprimir más dinero.

La esperanza de Windows 7

El secreto en que había mantenido hasta entonces el desarrollo de su nuevo sistema operativo impedía saber hasta qué punto era una buena decisión extender la vida útil de XP hasta que el nuevo sistema estuviese listo. Ahora que la versión "pre-beta" ha sido filtrada y ha llegado a los más populares servicios de intercambio de archivos, se puede empezar a ofrecer conclusiones.

Windows Vista nació sin estar completamente terminado. Internamente cambió mucho, creando incompatibilidades con muchas aplicaciones y careciendo de controladores para muchos dispositivos. Se podían instalar los de Windows XP, pero reducían mucho el rendimiento, ya de por sí escaso, del sistema operativo. Además, la nueva arquitectura de seguridad se traducía para el usuario en una constante aparición de ventanas en que se les pedía permiso para hacer esta cosa o aquella. El resultado es que, pese al atractivo entorno gráfico, trabajar todo el día con Vista resultaba una tortura que ya quisieran los chinos haber inventado ellos.

Desde entonces, Vista ha mejorado. El Service Pack 1 arreglaba parte del desaguisado, los fabricantes han ido creando controladores nuevos y las aplicaciones han sacado nuevas versiones para ser perfectamente compatibles. Pero la imagen del sistema operativo ya estaba manchada y muchos no quieren ni oír hablar de él. De modo que el sucesor que ha planeado Microsoft no tendrá muchos cambios internos. De hecho, pese a su nombre, en realidad es la versión 6.1 de Windows, del mismo modo que XP fue la 5.1. Sin embargo, aunque fundamentalmente no cambie, se optimizará para que no sea tan lento y pesado y, sobre todo, se remozará de arriba abajo el interfaz de usuario.

Es ahí donde tiene sentido haber nombrado vicepresidente responsable de Windows al creador del interfaz de Office 2007, Steven Sinofsky. La cinta o "ribbon" que tantos quebraderos de cabeza ha provocado en su adaptación, resulta una considerable mejora sobre el viejo interfaz de menús más barras de herramientas. Por tanto, es de esperar que perfeccione lo suficiente el interfaz de Vista como para atraer a quienes hemos decidido pasar de esa versión de Windows. Y por lo que se ha visto en la versión "pre-beta" distribuida a los desarrolladores en octubre, parece que Sinofsky va por el buen camino.

Como cabía esperar, Sinofsky ha empezado añadiendo el "ribbon" en algunas aplicaciones incluidas por defecto, como Paint o Wordpad. Pero el cambio que más va a notarse está en la barra de tareas, que ha permanecido fundamentalmente inalterada desde Windows 95. Al igual que el Dock de Mac OS X, aunque sin el espectacular efecto de aumento de los iconos cuando se posa sobre ellos el ratón, al menos por ahora, convivirán tanto las aplicaciones que se están ejecutando como las que deseamos fijar ahí porque las usamos a menudo.

Pese a ser una versión tan preliminar, arranca más rápido que Vista y parece moverse mejor que el Windows más odiado de la historia. Y el molesto UAC (User Access Control) aparece mucho menos a menudo. En resumen, todo apunta a que Microsoft ha encontrado el camino de congraciarse con sus usuarios. Esperemos que lo recorra completo.

Abdel Karim y la hipocresía occidental

Casi nadie de entre quienes en estos momentos están visitando las pirámides o admirando los templos de Luxor ha oido hablar de Abdel Karim Soleiman. Sin embargo, su historia es una versión moderna de la que habría vivido alguien que hubiera osado alzar su voz contra la de algún faraón.

Abdel Karim es un hombre joven (tiene veinticuatro años) y valiente que se atrevió a criticar en su bitácora tanto el autoritarismo de Hosni Mubarak como a la intocable universidad islámica de Al Azhar. El alto precio que pagó por ello fue una sentencia de tres años de prisión por "insultos al presidente" e "insultos al islam". Al menos no se le impuso condena por el resto de cargos que se le imputaban, que no eran menos liberticidas. Abdel Karim ya ha cumplido dos terceras partes de su pena. A principios de mes cumplió dos años en la cárcel y lo hizo en unas condiciones que han deteriorado gravemente su salud.

Pero el tiránico régimen de Egipto, el país árabe más poblado del mundo, no se ha contentado con la prisión. Para la dictadura (a pesar de tener elecciones, éstas no son realmente libres y el presidente dispone de un poder desorbitado) no era suficiente con robarle a Abdel Karim su libertad. También le ha robado su familia, que no ha podido visitar al blogger encarcelado en ninguna ocasión durante los dos años de presidio; y tan sólo la existencia de amenazas podrían explicar que sus padres hayan llegado a criticarle en público o incluso a pedir que se le condene a muerte.

Docenas de ciberdisidentes, así como de opositores a dictaduras y periodistas que no utilizan internet, viven situaciones similares a las de Abdel Karim en el mundo. Y no hace falta irse a Egipto o a la lejana China para encontrarlos. Casos parecidos se dan o se han dado, por ejemplo, en países más cercanos como Marruecos o Túnez. Sin embargo sus dirigentes se sientan en foros internacionales o participan en cumbres bilaterales con gobiernos democráticos en pie de igualdad. Hosni Mubarak, Ma Ying-jeou, Mohamed VI y Ben Ali, entre otros muchos dictadores, son tratados como gobernantes legítimos y respetables en la ONU y numerosas capitales europeas y americanas.

La permanencia en prisión de Abdel Karim, Hu Jia y muchos otros chinos, cientos de cubanos y numerosos vietnamitas es motivo más que suficiente para que nuestros dirigentes no concedan legitimidad alguna a sus dictadores. Son los encarcelados –o quienes callan para no acabar como ellos– quienes pagan el precio de la hipocresía de los Estados occidentales.

Mr. Zapatero goes to Washington

Hay ciertas expresiones que, últimamente, el presidente francés sólo se las ha escuchado a Rodríguez Zapatero y a Carla Bruni. Lo cierto es que él lo ha logrado: ha participado en la más insigne cumbre que vieron los tiempos, aquella que marcará los designios humanos para el siglo que apenas acaba de alumbrarse; primera piedra del nuevo edificio financiero, con mil llaves para las crisis económicas y las puertas y ventanas abiertas para la socialdemocracia, la alianza de civilizaciones y el obamismo sin término.

Aunque quizás, acaso, puede que no sea para tanto. Aunque sólo sea porque el hombre del momento, Barack H. Obama, no ha ido, aunque ha bendecido extramuros la declaración conjunta. Se han puesto de acuerdo en que la regulación ha fallado y que, por consiguiente, lo que necesitamos es más regulación. Y en que ellos ("nosotros", como se hacen llamar), se volverán a reunir para otorgarse más poder para salvarnos del capitalismo.

Claro, que todo ello era previsible. ¿Por qué, entonces, se ha puesto a trabajar Zapatero como jamás en su vida con tal de sentarse en esta cumbre? La razón es la misma que explica que, pocos días antes de esta reunión propusiera una especie de nueva coalición de no alineados, con Europa e Iberoamérica pero sin Estados Unidos, también para refundar el capitalismo o acabar con él o sea lo que fuere lo que quiere hacer Zapatero: él no hace política exterior, sino política interna fuera de nuestras fronteras.

Se vio claramente en el modo en que se fue España de Irak, más que en la decisión de hacerlo. A Zapatero no le interesa la defensa de los intereses españoles en el mundo o la presencia de nuestro país en los foros decisivos. Lo único que le interesa es el efecto que sus acciones puedan tener en el electorado.

Por eso, para entender la gincana zapateril que le ha llevado a Washington hay que interpretarla en clave interna. Sabemos que el 90 por ciento del pensamiento de izquierdas consiste en colgar cartelitos. Antes de las elecciones comenzaron a colgar en la sede del PP el cartel de "neoconservadores"; la gente no tiene ni idea de lo que son, pero sí sabe, porque los medios de comunicación aleccionan a diario sobre eso, que los neocón son mala gente. Zapatero ha ido a la cumbre con un discurso ideológico maniqueo, que señala a los neoconservadores como los culpables y a la socialdemocracia como salvadora. Con ello quiere desactivar la idea, más extendida que lo que querrían los socialistas, de que el PP sabe cómo manejar la economía. Y en un momento en que todo el mundo se mira permanentemente el bolsillo.

Zapatero ha ido a Washington… pero no ha salido de Madrid.

El planeta, a la espera del discursazo

El partido popular ha batallado en la medida de sus posibilidades para que Zapatero cumpla uno de sus sueños, que es algo que tenía en un sinvivir a D. Mariano, dispuesto siempre a ayudar al Gobierno de España, aunque no es seguro que el PSOE hubiera hecho lo mismo en las circunstancias contrarias. Quiero decir que no es probable que si Rajoy fuera presidente del Ejecutivo y Obama su colega norteamericano, los socialistas hubieran intercedido para que el gallego se diera un baño de grandeza rodeado por los hombres más poderosos del planeta. No por falta de ganas ni por la deslealtad con que los socialistas se han conducido siempre en cuestiones de Estado, que también (recuérdense en este punto las campañas brutales que hubo de sufrir Suárez cuando el PSOE vio posibilidades de desbancarle, o las más recientes contra Aznar a cuenta del Prestige y la Guerra del Golfo II), sino porque Barack Hussein Obama vive muy feliz sin saber quiénes son Caldera, Blanco, Pajín o Moratinos, y además, Rajoy nunca hubiera hecho una estupidez infantil que ofendiera al pueblo norteamericano y le cerrara las puertas del 1.500 de la Avenida Pensilvania, como le ha sucedido con toda justicia a Rodríguez Zapatero.

Sea como fuere, lo cierto es que Zapatero estará en la cumbre financiera y además dispondrá de siete minutos, siete, para diseccionar los males que han causado la actual crisis mundial, a saber: Reagan, Thatcher y Aznar, y no necesariamente por ese orden. Le ha faltado incluir a Juan Pablo II, que algo tuvo también que ver en las relaciones internacionales de la época, pero es que el laicismo anticatólico impide a quien lo padece el mencionar a los papas o a los curas, ni siquiera para insultarles.

Según las primeras filtraciones, por supuesto interesadas, Zapatero va a pedir más intervención pública y a poner el ejemplo español como modelo de transparencia en las relaciones financieras entre los Gobiernos y los bancos, que ya es tener humor. Y lo mejor de todo es que el tipo parece que lo va a decir completamente en serio, algo que podría tener un pase si ocurriera durante un mitin en una localidad del agro extremeño, pero de dudosa eficacia en un auditorio formado por los primeros ministros de las principales potencias del mundo.

Y por otro lado, tenemos la factura que con toda seguridad nos va a pasar Francia por cedernos una "sarkosilla" (FJL dixit). Acostumbrados desde el Siglo XVIII, con los primeros borbones, a pagar facturas al vecino del norte, la broma de Washington seguramente nos va a salir por un pico a los contribuyentes españoles. Ni siquiera sacando a hombros a Zapatero después de su discurso y nombrándole presidente del planeta Tierra amortizamos la inversión, ya lo verán. Y eso, claro, si es que la voluntad de transparencia total anunciada por ZP permite que algún día conozcamos el dato.

El peligro de los planes de rescate

El 2009 va a ser un reto para el marketing en buscadores, ya que en un escenario de crisis será uno de los segmentos donde muchas empresas destinarán su inversión y tendrá que dar talla ante las exigencias de resultados que se le van a pedir. En este apartado, no deben de existir muchos problemas, ya que internet es el único medio donde se puede medir de manera efectiva la inversión, para tener un control exhaustivo del presupuesto y los objetivos que se hayan planteado.

En Search Engine Land en español, una publicación especializada, hemos hablado de los "Factores relevantes en la industria del marketing en buscadores en 2008" , haciéndonos eco del especial que ha editado la revista americana Advertising Age en relación al mercado del marketing en buscadores en los EEUU. Los datos que arroja este especial son realmente interesantes, tanto para las personas que pertenezca al sector Internet como a los que están bastante alejados de él, ya que al fin y al cabo si está leyendo este artículo seguro que conoce nombres como Google o Yahoo! y que le resultará interesante conocer los números que mueve esta industria. Entre otros muchos datos en este especial, encontramos información sobre el volumen de inversión en los Estados Unidos, que ya está por encima de los 10.000 millones de dólares, una cifra que da vértigo, ya que en España toda la inversión de Internet va a sumar entorno a los 700 millones de euros en 2008, y para nuestro país sigue siendo un buen dato.

Otro dato que aporta también el especial se centra en el porcentaje de búsquedas que agrupa cada buscador: en los Estados Unidos, Google aglutina más del 63% del total, Yahoo! un 19% y MSN Live un 9%; en España Google se aproxima a un 95%.

Aunque para una gran mayoría pueda resultar desconocido, el marketing en buscadores va a cobrar una gran relevancia en el 2009 en todo el mundo, al igual que el marketing en internet. Esto supone que se acelerará la transformación que está sufriendo el mercado publicitario, donde cambian las estructuras, los profesionales y las formas en las que se venía desarrollando la publicidad. No me tengan por esos visionarios que piensan que todo va a cambiar de la noche a la mañana, pero que en el 2009 se acelerarán los cambios que estaban pendientes, de eso, no tengo ninguna duda.

El reto del marketing de resultados

Tan imperativo parecía este el salvamento que ni siquiera se preocuparon por distinguir entre buenas y malas políticas: había que hacer algo y había que hacerlo ya. Sin embargo, la rapidez de actuación no debería estar reñida con el análisis riguroso de la situación. Actuar sin conocimientos no supone adelantarse a los hechos, sino precipitarse.

La crisis actual es fruto de un proceso generalizado de malas inversiones que han llevado a cabo los bancos y las empresas como consecuencia de las políticas de bajos tipos de interés de los distintos bancos centrales. El "crédito barato" ha provocado que proyectos que no resultaban rentables se emprendieran gracias a unos tipos artificialmente bajos y, por el contrario, que otros que sí lo eran (pero que no estuvieron afectados por la burbuja de precios) quedaran marginados.

La recuperación económica —como todas las recuperaciones económicas— se basa en que las malas inversiones se liquiden para que puedan emerger las nuevas; esto es, que las industrias hipertrofiadas durante el anterior auge artificial sean sustituidas por las industrias atrofiadas. En la situación actual tenemos un ejemplo bastante visual: durante años, la construcción se desarrollo a costa de, por ejemplo, la inversión en materias primas, de modo que ahora padecemos un stock invendible de viviendas y un "cuello de botella" de materias primas.

Pero para que esta reconversión productiva sea posible han de darse tres fenómenos: un ajuste de los precios relativos de las distintas industrias (para que aparezcan los negocios verdaderamente rentables), un incremento del ahorro (para financiar esos negocios) y una recolocación de los factores productivos (para implementar esos negocios).

Las quiebras son un mecanismo que el mercado proporciona para que estos tres fenómenos tengan lugar de una manera acelerada: los bienes de capital de las industrias insolventes se venden a precio de saldo, dejan de ser inmediatamente receptoras de inversiones y despiden a todos los trabajadores. Sin embargo, las quiebras tienen un problema serio: el pesimismo de los agentes de mercado durante las crisis puede llevarse por delante a negocios que son realmente rentables.

Pero en estos casos suelen aparecer los reflotadores profesionales de empresas: grandes capitalistas con ahorros que adquieren las líneas de negocio rentables y los mantienen en funcionamiento gracias a sus enormes reservas de ahorro. Un ejemplo claro y reciente ha sido la entrada de Warren Buffett en el capital de Goldman Sachs.

En cierta medida, los Gobiernos, con sus planes de rescate, están tratando de emular a los reflotadores privados: captan ahorro privado emitiendo deuda pública, refinancian la deuda a corto plazo de estos proyectos y, al cabo de los años, esperan amortizar esta emisión de deuda pública con la revalorización de los activos. Sin duda, hay ciertos obstáculos de información e incentivos para que consigan semejante tarea, pero, si éste fuera su único cometido, no habría motivo para grandes objeciones.

Sin embargo, existen dos serias objeciones a los planes de rescate públicos que pocos analistas parecen haberse planteado. El primero son los problemas de incentivos y de información a los que se enfrenta toda intervención pública y que tienden a provocar su fracaso.1 El segundo, en este caso más serio, es que, muy probablemente, la mayoría de planes de rescate no vayan destinados a refinanciar proyectos que serán rentables a largo plazo, sino a recapitalizar a los bancos adquiriéndoles unos activos sobrevalorados que nunca recuperarán sus antiguos precios inflados. En este caso, la inyección de capital dificultaría la recomposición de la economía, ya que impediría el ajuste de precios relativos (al pagar precios artificialmente altos, retrasaría la caída de precios), disminuiría el ahorro disponible para proyectos alternativos e impediría que los factores productivos se recolocaran hacia empresas que, por la falta de ahorro, ni llegarían a surgir.

En este supuesto, los bancos se salvarían a costa de sumir al resto de la economía en un estancamiento de décadas. Es por ello que la precipitación de los planes de rescate terminará siendo muy probablemente un lastre para la recuperación y no una política pública imprescindible sobre la que, según políticos y economistas, no había discusión posible.

Este artículo fue publicado originalmente en ElCato.org el 12 de noviembre de 2008

Referencias:

1. http://mises.org/story/2401.

ERE que ERE

Por desgracia, la conflictividad laboral será la norma y no la excepción. La caída de las ventas y la restricción del crédito se está materializando ya en la aprobación de un creciente número de Expedientes de Regulación de Empleo (ERE) por parte de las empresas con el fin de recortar gastos y evitar así o, al menos posponer en la medida de lo posible, la avalancha de quiebras que se cierne sobre el tejido productivo español.

Los despidos masivos nunca son del agrado de nadie. Los trabajadores pierden un puesto de trabajo que, en muchas ocasiones, venían ocupando desde hacía años, mientras que los empresarios se ven obligados a reducir la producción, lo cual evidencia un recorte en los beneficios de la compañía o, lo que aún es peor, la entrada en pérdidas.

Por el momento, la construcción y la industria del automóvil han sido los sectores más afectados por la crisis económica que vive España. Precisamente, las actividades que más crecieron durante el auge crediticio de la última década. Sin embargo, el desplome de ventas que están sufriendo ambos mercados está batiendo récords a nivel nacional.

Así, las matriculaciones de vehículos comerciales se han desplomado un 52,1% en octubre respecto al mismo mes de 2007, mientras que la compraventa de viviendas libres descendieron, un 37,2% interanual, el pasado mes de agosto. De hecho, hoy se venden casi la mitad de los pisos de segunda mano (usados) que hace doce meses.

Como consecuencia, es lógico que los ERE hayan afectado, sobre todo, a las grandes compañías ubicadas en ambos sectores. Las fábricas de automóviles paran máquinas y paralizan los pedidos a sus proveedores. Asimismo, un total de 167 empresas del sector de la construcción se declararon en concurso de acreedores (antigua suspensión de pagos) durante el tercer trimestre del año, lo que supone multiplicar por más de cinco el número de afectados por este tipo de procesos respecto al mismo periodo de 2007, según los datos de la firma de información financiera y comercial Asesor.

Ante tales ajustes, los sindicatos se han puesto en pie de guerra, sobre todo, en el ámbito de la automoción, y ni cortos ni perezosos cargan ahora contra los directivos de las multinacionales afectadas por la dura contracción económica, como es el caso de Nissan en Cataluña.

Los líderes sindicales han atacado las sedes comerciales que, curiosamente, hasta ahora daban de comer a los trabajadores cuyos intereses teóricamente representan. Además, reivindican, cómo no, la intervención de los poderes públicos para paralizar los expedientes de despido, al tiempo que solicitan la concesión de ayudas públicas al sector.

Tal actitud no sólo es contraproducente sino que carece de toda moralidad. Los sindicatos abogan por castigar administrativamente a las empresas en dificultades económicas, cuando éstas son los únicos y auténticos agentes generadores de empleo en una economía de mercado. Sería una muy mala imagen la que ofrecería España al resto de compañías interesadas en establecerse en este país si ante la llegada de una crisis se defiende la imposición de trabas en lugar de facilitar en la medida de lo posible el desarrollo libre de la actividad empresarial. Desde luego, se lo pensarán dos veces antes de volver a poner un pie aquí.

La concesión de subvenciones públicas es igualmente condenable, puesto que los contribuyentes no tienen por qué pagar de su bolsillo los problemas por los que atraviesan sectores que, de una u otra forma, tendrán que ajustarse a la nueva coyuntura. Bastante tienen los ciudadanos con mantenerse a flote ante la marea para tener que sufragar a mayores los platos rotos de actividades infladas al calor de la burbuja crediticia, como es el caso del ladrillo o la automoción.

Además, estos trabajadores sectoriales no son los únicos. El pasado octubre, un total de 192.658 personas se fueron al paro (7,3% más respecto a septiembre), mientras que 2008 acabará con cerca de un millón más de trabajadores en las listas del desempleo, muchos de ellos pertenecientes al sector servicios. Por ello, se precisa justo lo contrario. Desarrollar políticas que atraigan la inversión y la ubicación de nuevas empresas a nuestro país, en lugar de cargar con furia contra las escasas multinacionales que operan en España.

¿Acaso observan ustedes protestas de este calibre en Luxemburgo o Suiza, en donde se ubican algunas de las mayores compañías del mundo? La clave no está en el despido en sí, sino en desarrollar políticas que permitan la reubicación de los trabajadores en paro en el menor tiempo posible. Mientras esto no se aplique, los sindicatos, que por cierto sostenemos con nuestros impuestos, ERE que ERE, seguirán apostando por la peor política social: ahuyentar y cargar contra los empresarios, al tiempo que con la otra mano ruegan por el rescate del Estado (esto es, de los contribuyentes).

¿Los informáticos ya no seremos ingenieros?

El Colegio Profesional de Ingenieros en Informática de Andalucía llegaba a afirmar no sólo que desaparecerían los estudios superiores del ramo sino que los títulos actuales dejarían de tener validez. Algunos han llegado a proponer una huelga de informáticos para protestar contra la decisión del PSOE.

Por lo que parece, no es exactamente así. Las ingenierías están reguladas por lo que se denominan competencias y atribuciones. Las primeras son aquellas cosas que alguien es capaz de hacer por el hecho de ser capaz de realizar unos estudios, mientras que las segundas son actividades cuyo desempeño se limita por ley a unos titulados concretos; el ejemplo clásico es que el proyecto de un edificio sólo puede ir firmado por un arquitecto, y que la catedral de don Justo Gallego, la del anuncio de Aquarius, no es muy legal que digamos. O quizá sí, porque nunca hubo un proyecto que se pudiera firmar.

El caso es que la ausencia de ficha de informática se debe a que, como "la informática es una materia transversal" y no debe "concentrarse en una titulación concreta", según dice el Gobierno, pues la carrera no tiene atribuciones propias. Además, muchas competencias propias de informáticos, como la programación y el diseño y administración de bases de datos, son atribuidas a los ingenieros de Telecomunicaciones.

El caso es que los informáticos les tenemos bastante manía a los telecos. La consideramos una carrera casi vacía de contenido propio que no hace más que robarnos parcelas a nosotros y a los ingenieros industriales. Y, sobre todo, siempre han tenido mucha influencia en el Gobierno, de modo que les consideramos culpables de que seamos la única ingeniería que no tiene atribuciones profesionales. Así que es en cierto modo natural que agarremos el cabreo que hemos agarrado.

En cualquier caso, a mí me parece una polémica en gran parte estéril. El camino no es crear más atribuciones profesionales, sino ir eliminando las que ya existen. Del mismo modo que existen personas con talento para los ordenadores que jamás estudiaron la carrera, existe mucho zote con título. Son, o deberían ser, las empresas quienes, sin intervención del Estado, decidieran quién puede y quién no dirigir los proyectos informáticos, pero también muchos otros que ahora exigen un ingeniero titulado. Otra cosa es que la presencia de ingenieros, adecuadamente publicitada, pueda suponer un sello de garantía y dar una cierta confianza en la calidad del producto final. Pero que algo sea bueno no significa que deba ser obligatorio.

Otra cosa distinta es, eso sí, el ámbito público. Como ahí no se puede dejar a la arbitrariedad de la administración la contratación de funcionarios o las contrataciones a empresas privadas de proyectos públicos, tiene su lógica que se exijan unos criterios de selección que dejen el menor campo posible a la discrecionalidad. Pero fuera de ahí, esa idea de las competencias y las atribuciones fijadas por ley es de un gremialismo medieval muy poco amigo de la libertad y la competencia real del mercado.

COPE y el nacional socialismo

En el caso de la COPE lo sabíamos desde el 27 de octubre de 2005, cuando el bachiller Montilla, entonces ministro de Industria, en un ejercicio de desahogo, decía que desde la emisora se “levantan banderas y se cavan trincheras”, algo que “no pasa en ningún país de Europa”. Él, desde luego, no estaba dispuesto a permitir que la COPE siguiese en pie contra el nacionalismo. Aprovechando el clima de odio creado por Montilla, unos bien mandados llamaron al día siguiente a la emisora avisando de la colocación de una bomba. Otro héroe, el presidente del CAC, daba el aviso el 29 de octubre de los planes de la rama goebbelsiana de la Generalidad: estaba estudiando los contenidos de la COPE para prepararse el terreno… del cierre. Nacional socialismo a pleno rendimiento.

Hace tres años de aquello, aunque los ataques contra la emisora comenzaron poco después de llegado Zapatero al poder. Luego ocurrió que quien colocase a Montilla de ministro de Industria hizo lo propio con la presidencia de la Generalidad. Y Montilla se puso a practicar el nacionalismo y el socialismo a base de bien, que es lo que sabe y lo que le toca. Por ahora son dos emisoras, la de Lérida y la de Gerona. Pero es sólo el comienzo, porque el bachiller no va a parar hasta limpiar de opiniones críticas Cataluña, esa gran nación que necesita de imposiciones y prohibiciones para construirse.

El cierre de COPE es sólo un aspecto de un proyecto más amplio, recogido en el Estatuto, y que tiene un carácter marcadamente totalitario. El cierre de la COPE es un éxito del nacional socialismo catalán. Pero es sólo el primero de muchos que vendrán. Cataluña, además, es el modelo. Le aporta al PSOE un diputado más de diferencia sobre el PP que el que obtiene en el conjunto de España. El cierre de la COPE es el camino, igual que para otros, “el camino son las estrellas”. Todo vuelve. Será la memoria histórica.