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Obama, el ungido

Yo mismo he escrito sobre él y me cuesta resistirme a hacerlo de nuevo. Desde el liberalismo y el conservadurismo se ha destacado que es una persona muy a la izquierda. Lo es para Estados Unidos y lo es para nosotros. Barack Obama es la culminación en la política de una larga carrera iniciada hace cuatro décadas por la Nueva Izquierda. Sus mentores, profesores y modelos proceden de ahí. Es discípulo de Saul Alinsky, que escribió un manual para radicales donde recomendaba recurrir a cualquier medio con tal de oponerse a las insondables fuerzas reaccionarias; un libro escrito para quienes quieren "cambiar el mundo". Tiene lazos claros con Bill Ayers, un radical, un terrorista de los 60. No es que él tenga esas inclinaciones, pero su esquema ideológico nace en ese ambiente. Por cierto, que el Partido Republicano debería reflexionar sobre cómo es posible que los estadounidenses hayan elegido a un candidato en el precipicio izquierdo del Partido Demócrata, si un 40 por ciento de ellos se considera conservador, otro tanto centrista o independiente, y sólo un 20 por ciento (menos, en realidad), se llama a sí mismo progresista.

Pero si hay algo que define a Barack Obama es que es un ungido de tomo y lomo. Su lema "yes, we can", es perfecto, porque cada votante hipnotizado por Obama pone sus propias esperanzas en ese "podemos", que no tienen por qué ser las mismas para cada ciudadano. Pero lo que quiere decir el propio presidente electo con su mantra es muy claro: cree que por medio de la palabra, de la oratoria, se puede cambiar una persona. Y, como él mismo dice, "si se puede cambiar una persona, se puede cambiar una comunidad; si se puede cambiar una comunidad, se puede cambiar una nación; y si se puede cambiar una nación, se puede cambiar el mundo". De modo que tendremos que revisar la teoría de las visiones de Thomas Sowell para entender bien al desconocido Obama.

Obama se equivoca. La naturaleza humana es más o menos fija y la oratoria puede obrar milagros, pero los milagros son imprevisibles y asistemáticos. No va a cambiar nada con su palabra. Y, por lo que se refiere a su política, dentro del estrecho margen que tiene para elegir un curso u otro, recurrirá a sus escasos pero radicales referentes ideológicos. La prueba de que ni él es capaz de cambiarnos es que la izquierda española, que ha enterrado momentáneamente su hacha de guerra contra los Estados Unidos, revivirá su odio cerval a aquel país antes de un año. ¿Qué se apuestan?

Un escuadrón de incompetentes

Si hace menos de un año gran parte de la población les consideraba auténticos profetas ahora su imagen se asemeja más a la del Escuadrón Diabólico y el presidente, en concreto, al inigualable Pierre Nodoyuna.

En marzo de este año Rodríguez Zapatero negaba que España estuviera o fuera a entrar en crisis. En abril llegó a decir aquello de hablar de crisis o recesión era "demagógico, inaceptable y antipatriota". Todavía en mayo nuestro Pierre se empeñaba en ver el futuro de color de rosa cuando hablaba con la total seguridad de "desaceleración transitoria ahora algo más intensa". Ahora que el valor de sus pronósticos ha caído por debajo de las acciones de Fannie Mae, lo normal sería que los españoles tornaran sus oídos hacia el ministro de economía.

Sin embargo, los intentos de este señor por explicar a los españoles lo que estaba pasando y lo que iba a pasarnos han resultado ser tan desafortunados como los intentos de Patán, el zarrapastroso perro de Nodoyuna, por diseñar un plan con el que atrapar al palomo. Nuestro Patán particular nos advertía hace unos meses que "se esta[ba] exagerando mucho cuando se habla[ba] de crisis" y que "los datos que" tenía a su disposición no indicaban la entrada en crisis ni recesión. Eso por no hablar de sus menguantes cálculos de crecimiento económico para este año. La penúltima metedura de pata de nuestro ministro canino tuvo lugar hace apenas un mes cuando afirmó creer que "España se salvará de la recesión". La única diferencia con Patán es que Solbes ha sustituido su característica risa asmática por una profunda somnolencia.

Pero quizá la palma de los desaciertos se la lleve Joaquín Almunia, nuestro socialista en Bruselas. El comisario de Asuntos Económicos y Monetarios de la UE ha sido capaz de replicar a la perfección a Tontín, el piloto que junto a Tontón completaba con Pierre y Patán este escuadrón de incompetentes. En los últimos días de 2007, nuestro "tontín" más internacional descartó la posibilidad de que se pudiese producir una "crisis económica" durante 2008 en la Unión Europea. Dos meses más tarde, cuando la crisis ya era evidente para todos excepto para Pierre Nodoyuna y para Patán, el piloto de la nave económica europea negaba la posibilidad de recesión. Mientras la averiada avioneta caía entraba en barrena, Almunia miraba al tablero de mandos y afirmaba "que los indicadores no señala[ba]n riesgos de recesión".

Pero en lo que nuestros tres personajes más recuerdan a la fabulosa serie de Hanna-Barbera es en los desastrosos resultados de sus planes porque, como nos recuerda Wikipedia, en los dibujos animados –como en la realidad– "los planes de Pierre siempre eran frustrados por su propia incompetencia, por la de Patán, por las acciones de otro corredor, o por pura mala suerte, haciendo que Pierre cruzara la línea de meta último, si es que lo hacía". Lo malo de esto es que los españoles vamos en esa aeronave que no parece capaz de cruzar la meta de recuperación y el progreso económico. Para colmo de similitudes, la principal ironía de la serie consistía en que si Pierre no se hubiese molestado en hacer planes tramposos su nave hubiese llegado a la meta y, con frecuencia, en buena posición. Como en la serie nuestro Pierre terminará diciendo tras el fracaso "¡No hay deguecho! ¡Haz algo Patán!".

…y PP y PSOE en empate técnico

Los dirigentes del PP estimaron que eso era lo que realmente preocupaba a los votantes y no el poder o no estudiar en la lengua materna con el dinero de tus impuestos, la deriva secesionista de algunas regiones, la desigualdad de derechos entre los ciudadanos de un mismo país o cuestiones más cercanas a la ética como el aborto, la eutanasia, la necrofilia a cuenta de los muertos en la Guerra Civil o el matrimonio entre personas homosexuales.

Si damos por bueno el análisis arriolano –nadie sabe más que Él sobre demoscopia electoral–, el Partido Popular lo tendría ahora mismo todo a su favor para barrer en las encuestas, puesto que la situación actual de la economía es sustancialmente peor que en marzo de 2008, cuando se celebraron las elecciones. En consonancia con ese análisis, el PP debería estar ahora mismo no menos de veinte puntos por encima del PSOE, un partido que tras cuatro años de Gobierno está pulverizando todas y cada una de las marcas negativas que dejó el felipismo, que ya hay que esforzarse.

Mariano Rajoy nos dejó creer que el PP huiría de la confrontación obstinada en otros asuntos para centrar sus críticas más severas en el terreno económico, en el que Zapatero y Solbes están mostrando sus mayores debilidades. Pues bien, ni siquiera ha sucedido así. Sólo hay que ver la respuesta de los populares al plan financiero elaborado por los socialistas, en virtud del cual, el Gobierno va a entregar el 15% del PIB nacional a los bancos que no han sabido llevar su negocio con la necesaria prudencia. Y en lugar de oponerse frontalmente y hacer una campaña populista en toda regla denunciando el atraco –como harían sin duda los socialistas– ("El Gobierno da el dinero de los pobres a los banqueros", hubiera sido un slogan magnífico para una cuña de radio), la actitud de la cúpula del PP ha sido apoyar el programa socialista para evitar las acusaciones de crispación que tanto hacían sufrir a los delicados espíritus populares durante la pasada legislatura.

Los cientos de miles de trabajadores que están inundando a borbotones las estadísticas del desempleo en España y los profesionales liberales y pequeños empresarios que están pasando serias dificultades económicas, no tienen a día de hoy un referente político que defienda sus intereses frente a la oligarquía de los grandes tiburones cercanos al poder. Es cierto que Rajoy insiste en sus comparecencias públicas en que hay que apoyar a las familias y a las Pymes, pero cuando se trata de votar un plan financiero que les perjudica gravemente, el PP acude como un solo hombre en defensa… del Gobierno de Zapatero.

¿Hay alguien en la calle Génova que se pregunte por qué el PP no lleva treinta puntos de ventaja en intención de voto? Naturalmente que no. Lo más probable es que estén muy satisfechos de ver que están sólo unas décimas por debajo de Zapatero. Es inútil insistir. Ellos son así.

Aguántate tú, Teddy Bautista

Tampoco se contenta con insultar a quienes les critican a él o a la SGAE cada cierto tiempo, ni tan siquiera se siente satisfecho con que el Gobierno adoctrine a los escolares en sus tesis e ideología. Ahora pretende ordenar silencio sobre la mal llamada "compensación por copia privada" de modo que "al que no le guste que se aguante". Durante el foro en que se hicieron esas declaraciones alguien le debería haber respondido que quien debería aguantarse es él y que sepa que va a tener que soportar críticas durante mucho tiempo. Se lo ha ganado a pulso.

Bautista vuelve con su estilo inconfundible: mezcla de formas barriobajeras y prepotencia de nuevo rico, todo ello aderezado con la chulería de quien se sabe protegido desde el poder y con unas gotas de victimismo (¡se queja de que la SGAE sólo recaudó 378 millones de euros por derechos de autor!). Pretende este cantante cuya voz desconocen varias generaciones de españoles que el canon digital "es agua pasada", que se "paga y ya está". Qué más quisiera él. Por mucho que se empeñe, no se va a imponer la ley del silencio sobre esta cuestión. Ese sobreprecio a numerosos soportes y aparatos electrónicos es una apropiación ilegítima del dinero ajeno, por mucho que esté avalado por ley.

Nos dice el presidente ejecutivo de la SGAE que la propiedad intelectual es tan legítima como la propiedad privada –o incluso más– y se queda tan tranquilo. Entendemos que tiene que decir esto, puesto que de eso depende su negocio, pero entérese de que no es así. La propiedad intelectual no es más que una ficción jurídica que atenta contra lo que legítimamente pertenece a otros. Y que se trata de una ficción no es algo que nos hayamos inventado unos "pendejos electrónicos" (por utilizar la expresión con la que Bautista insultó a quienes se oponen al canon) para llevarle la contraria: ya se expresaron de esta manera hace unos cuantos siglos los miembros de la Escuela de Salamanca.

También es comprensible que Bautista ponga en duda la legitimidad de la propiedad privada (aunque suponemos que no de la suya). Al fin y al cabo, tanto él como la SGAE son buenos amigos de la dictadura comunista de Fidel Castro. De hecho, este señor fue en su día condecorado por el régimen de Fidel Castro en reconocimiento de sus buenos servicios y el actual presidente de la entidad ha recibido homenajes en la mayor de las Antillas. Sobre esto mismo harían bien estos señores en aclarar una cuestión. El Gobierno de La Habana reclama a las entidades de gestión que les pague la recaudación correspondiente a los "derechos" generados por los artistas exiliados. Algunas, como DAMA, se han negado a pasar por ese aro. No sobraría conocer la respuesta que la SGAE le dio al castrismo.

Dadas sus amistades y complicidades (la SGAE llegó a montar junto con el Gobierno de Castro una tienda on line de música cubana) con una dictadura tan larga, no resulta extraño que Bautista no soporte la crítica. Que se aguante él y que se entere de una vez de que son muchos los que no se conforman con un "se paga y ya está". Puesto que se quedan con nuestro dinero, que no pretendan quitarnos también la libertad de expresión.

Bush, Hoover, Obama, Roosevelt

Recordemos que Herbert Hoover, Secretario del Tesoro con Calvin "el silencioso" Coolidge, fue elegido presidente en 1928 y que fue a él a quien le estalló la crisis económica que se fue larvando en los años anteriores. Era republicano, pero traicionó la tradición no intervencionista de sus dos predecesores del mismo partido, Harding y Coolidge. Luchó, con eficacia, por que se mantuviesen los salarios, aún a costa de contribuir al aumento del desempleo. Y tomó varias medidas que se adelantaron al New Deal. Pero la mayor contribución de Hoover a la profundización de la crisis fue el brutal proteccionismo, que se manifestó en la aduana Smoot-Hawley.

A George W. Bush el estallido de la crisis le ha pillado al final de su mandato, no al principio. Aparte de ello, el paralelismo con Hoover es claro. Bush no es un conservador en lo económico, sino que es el presidente que más ha aumentado el gasto desde Lyndon Johnson. Puede incluso que le haya superado. Su rebaja de impuestos por medio de "créditos" no son verdaderas rebajas impositivas. Y su política ha contribuido al fracaso de la Ronda Doha, por lo que merece que le acusen de proteccionista.

Roosevelt, que era un genio de la política, ni sabía de economía ni le interesaba. Sólo sabía que era necesario "hacer algo". Quizás por ello diera más órdenes presidenciales que todos sus seguidores juntos. Roosevelt no creó la crisis del 29, claro está. Pero él creó la Gran Depresión con su New Deal, una política que suponía una ruptura con el pasado, que llevó al país a adoptar medidas jamás puestas en práctica y en muchos de los casos inconstitucionales. El Tribunal Supremo incluso echó abajo algunas de ellas, como la NRA y la AAA, y la respuesta de Roosevelt fue amenazar al propio Tribunal con doblar el número de miembros con gente de su confianza.

Obama tiene a Franklin D. Roosevelt como modelo. Lo dice en su libro “La audacia de la esperanza”. Para empezar, hereda un plan, concebido por la Administración Bush, que es intervencionista y que supone una ruptura con la política estadounidense en este ámbito y retrasará la recuperación más que atajarla. Obama es el primer presidente que se reconoce proteccionista desde Hoover, de modo que aquí el paralelismo con Roosevelt falla… excepto que el propio FDR fue, de hecho, tan proteccionista como su antecesor. Y volverá a marcar una ruptura con la política tradicional, menos socialista que en Europa. Todo ello con el apoyo, además, de Congreso y Senado. Obama no cree en la Constitución. Piensa del texto de los Padres Fundadores que es racista. También cree que no hay que quedarse con lo que dice, sino que es necesario hacerle hablar cosas distintas, interpretadas a la luz de los nuevos tiempos.

No quiero llevar el paralelismo más lejos, porque nos enfrentaríamos a una nueva Gran Depresión… y a una nueva Guerra Mundial. Pero todo podría ser.

Obama, otro producto milagroso

Vota a aquel que prometa menos. Será el que menos te decepcione
W. M. Ramsay

Uno de los grandes defectos del ser humano es su fe ciega en los milagros, esto es, la esperanza de liberarse de sus responsabilidades y de obtener al mismo tiempo el mejor de los resultados posibles. Algo así, no tiene precio. Fíjense por ejemplo en estas pastillas y dietas para adelgazar o aquellos potingues que hacen crecer el pelo y los hombres buscan desesperadamente. Todos sabemos que no funcionan, pero ¿y si dieran resultado?

El día que Obama ganó las elecciones americanas, sus electores estaban eufóricos: habían comprado el mejor producto milagroso del mercado electoral. Sus seguidores decían: Obama abaratará la medicina, unirá a los sindicatos, nos sacará de la crisis, cambiará las guerras internacionales por la diplomacia, subirá el salario mínimo, incluso bajará los impuestos a los pobres y pequeñas empresas para subirlo a los ricos y grandes compañías. Vamos, será el primer Gobierno en la historia de la humanidad que dejará de ser fuerte con los débiles y débil con los fuertes. Lo que no se explica entonces es cómo Obama ha sido el candidato que más dinero ha recibido de Wall Street. De hecho, el Dow Jones se disparó el día anterior a las elecciones descontando ya su victoria, al día siguiente bajo por eso de "comprar con el rumor y vender con la noticia". Negros pobres y blancos ricos unidos por un mismo candidato. ¿Se ha dado cuenta de que aquí en España ocurre algo similar? Los "desamparados" votaron a Zapatero y las grandes compañías se han llevado los beneficios.

A diferencia del 99% de la población mundial, yo no espero que un político me tenga que subir el sueldo, sacar de la crisis en la que estamos o hacerme la sanidad más accesible. Sé que si el Gobierno me sube el sueldo por decreto ley, me van a despedir. Sé que si intenta sacarme de la crisis, será arrebatándome mi dinero para dárselo a alguna inmobiliaria o banco. Y sé, que si me hace la sanidad más accesible, tendré que aguantar largas colas, una sanidad ineficiente y médicos prepotentes e ineptos que jamás son responsables de sus errores.

Bush era el presidente de la Seguridad Nacional (con mayúsculas) y ha acabado arruinando al país, convirtiéndolo en un estado de sitio para sus ciudadanos con campo de concentración incluido (Guantánamo). Zapatero, era el presidente de la concordia, justicia social y prosperidad. Jamás ha habido en este país tanta crispación, mal funcionamiento de la justicia y crisis económica como ahora.

¿Y cuál es el mejor presidente entonces? Tal vez las cosas vayan al revés. El que menos haga, será el mejor. Estados Unidos nos da tres muestras.

William Henry Harrison. ¿Le suena? Difícilmente. Fue el noveno presidente de los Estados Unidos. Hizo el discurso de posesión a la presidencia más largo que jamás se había realizado hasta entonces, dos horas. Un mes después murió. Afortunadamente para los americanos, no le dio tiempo a hacer nada.

Millard Fillmore fue el decimotercero presidente de los Estados Unidos. Tuvo tantas peleas políticas durante su presidencia que tampoco hizo nada. Su mayor logro fue montar un baño en la Casa Blanca. Otro gran respiro para los americanos.

Warren G. Harding fue el presidente número veintinueve. Muchos historiadores lo tachan como el peor presidente de la historia americana. No pueden estar más equivocados. Nadie era capaz de descifrar las cosas que decía; no sólo porque no tenían sentido, sino porque se inventaba palabras a la hora de hablar y escribir. El periodista H.L. Mencken dijo de él que "tiene el peor inglés que haya visto jamás". No viajó mucho ni despilfarraba el dinero, daba los discursos en el porche de su casa.

Tenía fama de mujeriego, bebedor y ahí donde iba visitaba el show de variedades del lugar. Dos veces a la semana, montaba timbas de póker en la Casa Blanca. Evidentemente, un hombre con una vida social tan activa poco podía dedicar a las cuestiones de Estado. Fueron dos años donde los americanos se vieron libres de la tiranía de las buenas intenciones políticas.

Los políticos estrella, los que quieren hacer historia son las peores amenazas para el ciudadano libre. Lincoln, Wilson, Franklin Roosevelt, Bush (hijo)… Todos han hecho historia. Todos ellos han dejado su país en la miseria, participado en invasiones o guerras y han ampliado los poderes políticos por encima de la libertad de los ciudadanos. El mejor presidente es el que no tiene edificios a su nombre, ni bibliotecas, ni estatuas: el que nadie recuerda. Esperemos que Obama no haga más historia de la que ya ha hecho siendo el primer presidente negro de los Estados Unidos.

El deber cívico de abstenerse

Ron Paul, el congresista que revolucionó las bases liberales del GOP con su campaña a principios de año, hubiera sido mi favorito de haberse presentado. Los otros dos candidatos anti-estatistas no convencían por distintas razones: Baldwin por el fondo social-conservador y bíblico de su discurso, Barr por poner su ego por encima de la causa liberal.

Elegir entre Obama y McCain era elegir entre dos males, lo que no tengo claro es cuál es el menor de ellos. Me inclino por Obama como mal menor, no por su vacía retórica del cambio (en su caso, mejor que esté vacía), sino porque su política exterior promete ser un poco menos intervencionista, algo que Estados Unidos necesita para reconstruir su maltrecha imagen y mitigar la hostilidad islamista, caldo de cultivo de terroristas. Pero Obama, sobre todo en el terreno económico, es tan liberticida que no consuela pensar que puede hacerlo algo mejor que McCain. A veces ante la tesitura de elegir entre un mal mayor y un mal menor es importante no elegir a ninguno.

Dicen que votar es un deber cívico. Si no votas la gente te mira mal, estás despreciando el derecho a participar en la elección de tu Gobierno, un privilegio ganado tras siglos de lucha contra la desigualdad y la sumisión. Más aún, si no votas estás dando tu visto bueno a quienquiera que sea el ganador. Abstenerse es conformarse, si quieres cambiar las cosas, haz algo. O sea, vota.

Pero yo parto de una premisa distinta, que me lleva a la conclusión opuesta. El sistema político es inherentemente injusto, lo que se dirime en unas elecciones es quién va a obtener el poder de expoliar la riqueza y regular la vida de todos los ciudadanos, un poder que nadie debería ostentar en primer lugar. No estamos hablando de tres amigos decidiendo por mayoría qué película van a ver, sino de dos lobos y una oveja decidiendo qué hay para cenar. Frustrados por el statu quo, la tentación puede ser grande para votar al menos malo de los candidatos e intentar mejorar las cosas cuanto antes. Pero ceder a este deseo corto-placista tiene un precio a largo plazo.

El Estado de Bienestar democrático extrae su legitimidad de la voluntad de la gente. El Estado solo puede detentar un poder tan grande si una masa significativa de la población aprueba la idea de que un grupo de personas coaccione a todas las demás. Cuando votamos en una elección estamos implícitamente apoyando el proceso por el cual unos individuos llegan a tener un poder intolerable sobre el conjunto de la sociedad. Aunque nuestra motivación sea reducir ese poder, el mero hecho de participar en el sistema reconforta al Estado. De poco sirve que hayamos votado –tapándonos la nariz– al menos malo. El candidato ganador exhibirá triunfalmente su mayoría, sin distinguir entre votantes convencidos y votantes resignados. Y a los que hayan votado al perdedor les dirá que no se quejen, pues ya conocían las reglas del juego antes de jugar.

El Gobierno y sus valedores no pueden, sin embargo, acusar de complicidad a los que se abstienen. La abstención, si es lo bastante generalizada, pone en tela de juicio la legitimidad y la solidez del sistema, activa las alarmas de los políticos, modera sus ambiciones, hace que la gente desconfíe de la democracia y empiece a hacerse preguntas. Incluso cuando es puro pasotismo, la abstención envía el mensaje de que no nos tomamos al Gobierno tan en serio como ellos querrían. Tenemos cosas más importantes que hacer el día de las elecciones que ir a votar a dos sátrapas que sólo discrepan en cómo redistribuir el botín de la sociedad.

En determinadas circunstancias puede que el mensaje anti-sistema más efectivo sea un voto a un candidato genuinamente anti-sistema, o que la situación sea tan dramática que no podamos permitirnos el lujo de ser tan puristas. Pero en circunstancias normales, cuando la elección es entre dos males similarmente odiosos, el deber cívico es abstener y dar la espalda al sistema. Si quieren ejercer una autoridad abusiva sobre nosotros que lo hagan, pero que no nos utilicen como coartada, que sepan que no les concedemos ese derecho.

Por desgracia, la abstención no ha sido el ganador en las elecciones americanas. De hecho se han batido récords de participación. Es una pena, porque los republicanos merecían perder, después de 8 años de despilfarro y aventurismo militar, y los demócratas no merecían ganar, por sus ansias de engrandecer el Estado del Bienestar. La abstención daba a cada uno lo que se merecía.

La fibra óptica en su laberinto

Con la llegada de internet y la digitalización de servicios, el par de cobre parece que se queda pequeño y hay que poner un tubo más grande por el puedan caber todos los servicios que se nos ocurran.

El problema es que, lógicamente, la inversión es cuantiosa, por lo que los inversores se tientan bien las ropas antes de enterrar (nunca mejor dicho) su dinero. A las dudas sobre la demanda (¿habrá gente dispuesta a pagar por los nuevos servicios? ¿cuánto?), se unen ahora las que arroja la situación económica, que dificulta enormemente el acceso al capital necesario.

Pero estas son las dudas que se espera que el inversor conviva y resuelva. Son propias del mercado. La incertidumbre que resulta inaceptable es, en cambio, la que crean otros individuos, los reguladores, en su afán por no se sabe qué.

Pues resulta que la incertidumbre regulatoria sobre el despliegue de fibra óptica es quizá la mayor en la historia de las telecomunicaciones. No creo que, en estos momentos, haya algún inversor en Europa, no digamos ya en España, que sepa a qué atenerse. Veamos la evolución en nuestro país, procurando no perder el hilo, para conocer un poco las paredes del laberinto.

En febrero, el regulador (la Comisión del Mercado de Telecomunicaciones) publicó unas directrices, se supone que con la idea de dar claridad al asunto. Dichas directrices no pasaban de ser un mero inventario de las posibles ideas para regular que se le habían ocurrido hasta ese momento. Básicamente, venía a decir: "te puedo obligar a esto, o no; en unos sitios o en otros o en todos; ahora, después o siempre".

En mayo, sacó unas medidas provisionales, de aplicación mientras analizaba el mercado en cuestión para ver cuáles serían las obligaciones regulatorias adecuadas. Lo que cabe preguntarse es por qué no analizó el mercado primero y así hubiera dado algo de luz al tema, en vez de sacar algo necesariamente provisional y sobre lo que ningún inversor en su sano juicio tomaría una decisión.

La cosa mejora. En julio, ellos mismos decidieron cambiar las medidas provisionales, puesto que habían impuesto algunas de imposible cumplimiento. Increíble, pero cierto.

En septiembre, tras un recurso de uno de los interesados, la Audiencia Nacional paralizó cauteladísimamente la modificación realizada por el regulador en julio. Dejando, se supone, activa la regulación de mayo.

Unos días después de esta suspensión, la Audiencia Nacional decide que no era necesaria, que podía seguir vigente las medidas provisionales modificadas en julio. Y mientras, el citado tribunal se pensará si hay que aceptar las medidas cautelares solicitadas por el operador denunciante.

Recapitulando: estamos a la espera de ver si la Audiencia Nacional paraliza cautelarmente las medicas provisionales modificadas por el regulador, después de haber levantado las medidas cauteladísimas. Y el desenladrillador que lo desenladrillare…

Y no se vayan todavía, que aún hay más. Hace un par de semanas, el regulador ha sacado una consulta sobre la regulación para la fibra óptica, como parte del procedimiento formal que tiene que seguir para imponerla. Dicho procedimiento es complejo, e involucra a la Comisión Europea, a la Comisión Nacional de Competencia y a los agentes. Pues bien, el trámite procedimental con el que lo ha iniciado resulta no ser el mismo que ha utilizado en ocasiones similares. Por tanto, a las incertidumbres de fondo y a las jurídicas, se unen ahora las de procedimiento. ¿Hay quién dé más?

Sí, lo hay: la Comisión Europea, que ha sacado en paralelo su propia consulta pública sobre el tema. Así que a ver quién es el Teseo que se mete en el laberinto de la fibra óptica, donde tras cada esquina te espera un regulador con cuernos, rabo y tridente (me refiero al Minotauro, no me malinterpreten).

Una moratoria para los bancos

Pero por si esta mascarada fuera insuficiente, el Ejecutivo parece dispuesto a echar más gasolina al fuego. Así, este lunes aprobó un plan de carencia de dos años para las hipotecas de los parados. Varios medios de comunicación se han centrado en el hecho de que quienes se acojan a esta medida tendrán que pagar una cuota hipotecaria incrementada a partir de 2011; vamos, pan para hoy y hambre para mañana. Sin embargo, el punto fundamental no es si el plan se adapta mejor o peor a las necesidades de los desempleados, porque nunca fue un plan destinado a ayudarles. La cruda realidad es que, una vez más, el Gobierno ha salido al rescate de la banca utilizando a otros colectivos como cortinas de humo.

Lo primero que debería llamar la atención es que, si este plan de renegociación masiva de las hipotecas es beneficioso para los bancos, ¿por qué no han sido ellos mismos quienes lo han propuesto, sin la intervención del Estado? Y si es perjudicial, ¿por qué apenas se han oído voces críticas? La respuesta parece ser que la carencia habría resultado nociva para los bancos si no contaba con la intervención del Estado. ¿Y cuál es esa intervención que les viene tan bien? Pues ésta: el ICO avala parte de la hipoteca de quienes se acojan al plan.

Sin la intervención del Estado, los hechos habrían discurrido del siguiente modo: Miguel se queda en el paro y no puede seguir pagando su hipoteca, el banco tiene la opción de embargarle o de renegociar las condiciones del contrato modificando el plazo. Sin embargo, ¿para qué va a cambiarle el plazo, si probablemente dentro de unos años Miguel seguirá en el paro? La opción más verosímil sería la primera: el banco se queda con una casa invendible y reconoce en sus cuentas anuales que ha perdido dinero. ¿Resultado? Miguel pierde y el banco también.

¿En qué consiste el plan del Gobierno? Si Miguel se queda en el paro y se acoge a la moratoria, su banco aceptará gustoso la carencia de la hipoteca, porque le dará igual si dentro de dos años Miguel sigue desempleado y no puede pagar. Así las cosas, le embargará la casa para cobrarse una parte de la hipoteca y el ICO le pagará la otra parte. ¿Resultado? El banco gana, y Miguel y los contribuyentes pierden.

Es cierto que la banca, en los próximos dos años, perderá parte de sus ingresos, ya que los parados que sigan el plan del Gobierno sólo desembolsarán la mitad de sus cuotas hipotecarias hasta 2011. Pero se trata de un punto mucho menos problemático para las entidades de crédito que el tener que embargar las viviendas. Primero porque, con o sin plan gubernamental, muchas de esas hipotecas habrían resultado igualmente impagadas, fruto del aumento del paro; y segundo, porque su gran quebradero de cabeza es verse obligados a reconocer que una parte sustancial de sus activos están impagados.

No olvidemos que la banca estadounidense –y parte de la europea– ha quebrado precisamente cuando ha reconocido el repunte de los impagos sobre sus activos. Y no se crea que hace falta que mucha gente deje de pagar para que los bancos entren en bancarrota: con que lo hiciera aproximadamente el 10% de los deudores sería suficiente.

Además, los bancos sobreviven diariamente porque son capaces de endeudarse a muy corto plazo en los mercados interbancarios. Pero esta hazaña la logran gracias a que los bancos centrales aceptan prestarles dinero contra activos de alta calidad. ¿Considera usted que un crédito impagado es un activo de alta calidad? Probablemente no, y los bancos centrales –por mucho que les pese– tampoco están autorizado sa ello. Por lo tanto, un aumento de los activos impagados a los bancos también recorta su acceso diario a la liquidez. El plan del Gobierno evita justamente estos dos problemas. Por un lado maquilla los balances de los bancos (ya que durante dos años esas hipotecas no resultarán impagadas, y a partir de 2011 el ICO respaldará parte de los impagos), y por otro les permite seguir accediendo a la liquidez del interbancario y del BCE.

Sin embargo, tampoco conviene creer que los problemas para los bancos se han terminado. Aun cuando sea uno comparativamente menor, la carencia va a incrementar sus necesidades de liquidez y su dependencia del mercado interbancario y del Banco Central. Lo primero tendería a elevar el Euribor, y lo segundo a depreciar el euro. En cualquier caso, malas noticias para los parados: hipotecas y tasas de inflación más altas.

La peor parte, con todo, se la llevarán los contribuyentes, cuando el ICO tenga que pagar las hipotecas morosas de los bancos, lo que implicará o impuestos más altos o más deuda pública (es decir, impuestos más altos en unos años). Los dos caminos para sufragar las hipotecas apuntalarán la crisis, ya que reducirán el volumen de ahorro necesario para financiar la reconversión productiva que necesita España. Pero mientras tanto los bancos y el Gobierno seguirán sobreviviendo a trancas y barrancas, vampirizando al resto de la población. Lo que se viene a llamar una plutocracia, vamos.

El Obamismo

A escasas horas para que se conozca el nuevo ocupante de la Casa Blanca, las elecciones de EEUU en 2008 quedarán registradas en la historia como una de las citas electorales más importantes en las que hayan participado los ciudadanos norteamericanos.

Y ello no sólo por el hito que podría suponer la llegada del primer hombre negro a la Presidencia del país. El éxito de uno u otro candidatos determinará en gran medida la intensidad y prolongación de la debacle económica estadounidense. El New Deal desarrollado por Roosevelt en los años 30 prolongó la Gran Depresión durante más de 10 años. La época más negra de la joven historia de la democracia de EEUU.

En la actualidad, el país se enfrenta a un reto similar. Si Alan Greenspan, como presidente de la Reserva Federal, fue el principal culpable del tsunami financiero que azota a la economía global, Barack Obama aspira a convertirse en el presidente que hundió definitivamente la economía estadounidense.

Toda su acción política se centra en incrementar el gasto público y poner en práctica una agresiva política fiscal consistente en subir impuestos a las rentas altas y a las grandes empresas, principal motor económico del país. Y ello, en un momento muy delicado para las cuentas públicas del país: la factura de los rescates financieros aprobados hasta el momento amenaza con disparara el déficit público hasta niveles desconocidos.

El Tesoro es consciente de que tendrá que multiplicar sus emisiones de deuda pública con el objetivo de sufragar la expansión casi ilimitada del gasto público. Sin embargo, otros muchos países se encuentran en la misma disyuntiva tras poner en marcha distintos planes de envergadura para tratar de apuntalar sus respectivos sistemas financieros mediante los recursos de los contribuyentes.

Tales necesidades de financiación extra por parte de los países desarrollados supondrá una presión añadida al próximo Gobierno de EEUU, ya que se verá obligado a ofrecer una mayor rentabilidad para que sus bonos gocen del suficiente atractivo, tanto para los inversores privados como públicos (otros bancos centrales).

El problema es que, lejos de apostar por el ahorro, por la contención del gasto y por la reducción fiscal, el candidato demócrata cree firmemente en la extensión del intervencionismo gubernamental para solventar todos los supuestos males que posee el mercado. El Obamismo, ese nuevo movimiento político que causa furor entre las filas progresistas de España (PSOE y PP) y Europa amenaza con convertirse en una losa insostenible sobre la espalda de los contribuyentes norteamericanos.

Buena suerte, pues, al nuevo dirigente de la Casa Blanca, ya que se enfrentará a la legislatura más compleja y difícil desde hace más de 70 años. Ahora bien, no les quepa duda de que en caso de que resulte ganador Obama su política económica para combatir la crisis será recordada bajo el siguiente lema: No, we can´t.