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Primero primarias

Ese reparto infinito en la responsabilidad, ese disolvente universal de la moral que es el reparto igualitario e indiscriminado hará de las futuras derrotas sin cuento del PP eventos más y más extraordinarios y memorables.

Hay una ideología que es como el éter: está en todas partes y estamos tan acostumbrados a movernos de ella rodeados que apenas la percibimos. Es ese pensamiento débil que es destilación de las ruinas ideológicas y morales del progresismo, un panbuenismo que tiembla ante ideas como la responsabilidad personal. La sociedad es la culpable, todos somos responsables, las intenciones eran buenas y demás. No es de extrañar que todo lo que suene a liberalismo, que es libertad y es responsabilidad, no pase el filtro de SSS, el filtro del éter ideológico y de la moral diluida.

Que los partidos no tienen aprecio al mandato constitucional del funcionamiento democrático para ellos, todos lo sabemos. Que el PP comparte ese desdén no habrá quien lo niegue mirando al espejo. Pero ya hay quien, dentro de ese partido, ha visto la necesidad de lograr que la amplia base social que lo sustenta tenga voz y voto en su destino, y pide esa democracia de abajo arriba en forma de primarias. Sus promotores se han echado atrás, pero han dado lugar con su iniciativa a uno de esos movimientos que se alimentan de la ilusión de la gente por mejorar las cosas; y no habrá quien lo pare.

Las primarias cambiarían a aquel partido. Su destino no se decidiría por la autorréplica del aparato, sino por el sentir de sus afiliados, que sería también el de sus votantes. Y la presentación de distintas candidaturas forzaría a los candidatos a retratarse, a hablar a sus militantes sobre sus propias ideas para el futuro. El debate ideológico de que habla Esperanza Aguirre sería ya inevitable, y así se vería quién pide perdón por existir tomando de prestado las ideas de los rivales y quién se sabe superior precisamente por no mendigar los deshechos ideológicos de otros.

Cuando éramos clandestinos

En esa época, cuando la voz de Antonio tronaba relatando los escándalos de corrupción que el felipismo nos regalaba a diario y los socialistas comenzaron a ver su hegemonía en peligro, no era infrecuente asistir a casos de hostigamiento político contra quien se atrevía a sintonizar la maldita Antena 3 de Radio en la administración entre las ocho y las doce de la mañana. Yo he visto a un jefe de sección arrancar el auricular de un funcionario para comprobar si estaba escuchando a Antonio en lugar de a Sor Iñaki, la única voz radiofónica autorizada por el régimen. Con otros no se atrevían, claro, pero porque nos consideraban sencillamente irrecuperables (curiosamente éramos los que más y mejor trabajábamos, si me disculpan la inmodestia), así que se limitaban a postergarnos en todos los concursos de méritos con la ayuda inestimable de la mafia sindical, cuya meta no era defender los derechos de los trabajadores por igual sino contribuir a la preservación del régimen socialista, aunque en el proceso tuvieran que revolcarse en las heces hasta límites indecorosos incluso para la UGT de la época.

La principal aportación de Antonio Herrero a la España de la época no fue contribuir al cambio de régimen que el país necesitaba, ni siquiera la denuncia valiente de los escándalos del felipismo que acabaron en el procesamiento de muchos de sus protagonistas. Antonio hizo algo mucho más importante. Consiguió que la masa silenciosa de votantes de Aznar no se sintiera huérfana, en una época en que la derecha, anulada su presencia en los medios de comunicación de masas, estaba prácticamente en la clandestinidad. Su voz en las mañanas radiofónicas nos convencía de que luchar por unas ideas y llamar a las cosas por su nombre, además de una obligación, era la única actitud aceptable para un hombre libre. En los primeros noventa, muchos comenzaron a tener el valor suficiente para defender sus principios en público, sin tener en cuenta las represalias de una sociedad acojonada por el poder socialista, prácticamente omnímodo en esa época. Eso también lo hizo Antonio, aunque nunca tuvo el menor interés de convertirse en el líder espiritual de esa media España que no se resignaba a ser aplastada por Alfonso Guerra.

En al menos una delegación de una radio perfectamente reconocible se brindó al conocerse la muerte de Antonio Herrero (además, con sidra de a veinte duros la botella; eran y son así de cutres). Un trabajador presente ese día me lo contó, como también me relató que, acabado el brindis, algunos de sus compañeros fueron al inodoro a vomitar. Antonio no necesitaba ese homenaje póstumo, pero ya que lo hicieron, sirva como un mérito añadido a su trayectoria: jamás esa vasta pandilla de hijos de puta odió tanto a un hombre íntegro como él.

Que el primer Gobierno de Aznar iba a tener problemas con Herrero era algo que dábamos por supuesto todos sus oyentes. La tragedia de su muerte prematura evitó la fractura de la derecha social española, porque muchos de los votantes del PP, puestos ante la tesitura, nos hubiéramos ido con Antonio a donde quisiera llevarnos. A diferencia de los políticos, él siempre nos dijo la verdad. La verdad, ahí es nada.

Un juego violento

El título, según dicen muchos de quienes ya lo han probado, puede entrar en la categoría de obra de arte. Pero tiene otra característica notable: es muy violento. Y ya se sabe, en cuanto aparece un juego que destaca en este aspecto saltan por todas partes voces exigiendo la censura en el sector. Si, además, se da el caso de que en una cola de ansiosos compradores se produce una reyerta a navajazos, la excusa está servida para los neopuritanos en su cruzada contra este entretenimiento.

Al igual que hace décadas se acusaba al cine de las cosas más increíbles –recuerdo que en mi infancia llegué a escuchar que los niños se tiraban por las ventanas con una sábana puesta a modo de capa para imitar a Superman–, ahora se dirá que los navajazos son producto de la violencia del videojuego. Es la misma lógica que se aplicó con el tristemente célebre "asesino de la katana". No escuchamos entonces demasiadas voces que dijeran que este es un desequilibrado sin más (que podría haber actuado de similar manera influido por una película o un tebeo) y que los de las navajas seguramente sean unos macarras agresivos con independencia de que jueguen con consolas o no lo hagan.

Entre los que van a reclamar que se censure la industria de los videojuegos, aunque esperen al próximo diciembre o enero para hacerlo, estará Amnistía Internacional. Esta organización lleva media década usando las navidades para atacar al sector y exigir un mayor control sobre el mismo, mostrando en muchas de esas ocasiones un total desprecio hacia los padres. Con el argumento de la defensa de los derechos de los menores pretende recortar el papel paterno en la educación en los hijos y poner límites a la libertad de creación.

Aunque muchos no quieran verlo, estamos ante una cuestión que afecta a los derechos más básicos de las personas. Censurar los videojuegos, que cada vez se acercan más al género cinematográfico, es imponer controles estatales a la creatividad y recortar el libre comercio. Es un absoluto ataque a la sociedad civil, a un elemento tan importante como la familia. Quien lo hace demuestra que cree que los padres no tienen capacidad para educar a sus vástagos. Si admitimos que unos padres están capacitados para impedir que sus hijos vean una película de Nacho Vidal o un título tan violento como La Naranja Mecánica, deberíamos reconocer que también pueden hacerlo con los videojuegos violentos.

Al igual que se admite, porque es así, que un ciudadano adulto tiene capacidad para decidir qué libro le conviene leer, qué película ver o qué música escuchar, se debe aceptar que es perfectamente capaz de hacer lo mismo con los videojuegos. Y el mismo principio funciona a la hora de elegir cuáles son los productos de entretenimiento a los que acceden sus hijos. Pretender que esa tarea la acometa el Estado tan sólo demuestra miedo a la tecnología y a los cambios y una desconfianza profunda hacia la libertad individual.

El problema es el socialismo financiero

Para empezar, la materia prima con la que se trabaja, el dinero, es un monopolio del primo hermano del Estado, los bancos centrales. Dicho monopolio está protegido por las leyes del Estado y el tan dañino "curso legal" que lo protege de la competencia. El que existan varias monedas en competencia dentro de un mismo territorio nos puede sonar extraño hoy día, pero ha sido lo habitual en la historia. Esta circunstancia, en parte, ha permitido en el pasado combatir uno de los grandes cánceres económicos de nuestro tiempo, la inflación.

Tal vez, otro de los motivos que relacionan las finanzas con el capitalismo salvaje (adjetivo este último que siempre está en boca del socialista) sea que los principales actores que participan en los mercados bursátiles, monetarios, de divisas, etc. son banqueros y gente de Wall Street. Ya saben, van con camisa y corbata, sinónimo inequívoco de ferocidad capitalista para todo buen socialista. Pero si analizamos la situación más allá de la estética, nos tendría que llamar la atención la fuerte alianza que existe entre estos hombres de negocios y el Gobierno. Se ha convertido en la norma habitual que cuando una entidad financiera pasa por malos momentos, el Gobierno y los bancos centrales acudan corriendo a darles nuestro dinero. Como se suele decir, la banca individualiza los beneficios y socializa las pérdidas. No hay nada más antiliberal que este tipo de "rescates", que no son más que nacionalizaciones encubiertas en muchos casos.

La "socialización del riesgo" que han conseguido estos hombres de negocios lleva aparejado otro principio antiliberal y muy relacionado con el socialismo: la pérdida de responsabilidad. Cuando uno no aprende de sus errores porque otro le saca las castañas del fuego continuamente, tiende a comportarse negligentemente. Es lo que se llama "riesgo moral". Si el Gobierno y amigos se dedican a tapar con nuestros impuestos las pérdidas de los bancos negligentes, constructores irresponsables o empresas que ya no sirven al mercado, ¿por qué dedicarse a otro negocio con un riesgo real donde no existe la posibilidad de beneficiarse de las pérdidas?

Pero, en última instancia, ¿qué ha creado esta crisis financiera? Se habla de las subprime, de crisis de liquidez o de confianza. El detonante de la situación actual lo podemos encontrar gracias a la teoría de los ciclos de la escuela austriaca. La teoría nos dice que si permitimos a cualquier entidad crear dinero, ya sea en forma de papelitos o de depósitos sin un activo real que los respalde, terminaremos con la ilusión de estar disfrutando de un crecimiento sustentado por la inflación y no por producción real. Han sido los gobiernos y bancos centrales, que nunca han sido sospechosos de impulsar el libre mercado, los principales artífices de esta situación. El por qué lo hacen es evidente; los bajos tipos de interés y las perspectivas de una elevado crecimiento económico son la mejor manera de comprar votos. El gran problema, como decía Hayek, es que al final la violación a las leyes económicas siempre se acaba volviendo en contra de uno. Cuando eso ocurre, los ajustes son brutales y ningún Gobierno puede pararlas.

El problema de la actual crisis financiera no son las subprimes ni la falta de liquidez, sino un sistema que premia la irresponsabilidad, el proteccionismo para ricos y que ha derivado en una crisis de solvencia que sólo ha generado desconfianza entre los actores económicos.

Regalar el dinero de nuestros impuestos a los bancos o constructores no va a mitigar el fondo de la cuestión, porque después surgirán más "burbujas" incontroladas, como los créditos empresariales, de consumo, aseguradoras, etc. El fondo del problema es que la columna vertebral de nuestra economía, el dinero, pertenece al Estado en lugar de estar en manos privadas, con libre concurrencia y respaldado con activos reales.

Adiós, titiritera, adiós

Lo siento por los pobres militares, porque no creo que encuentren en ella alguien que los defienda. Sospecho que cuando uno es progre, como sin duda lo es Rodríguez Salmones, lo es en todo. De hecho, lo único que le recuerdo a la flamante portavoz en lo que se refiere a Defensa es su intento de maquillar la venta de armas al Gobierno colombiano del Ejecutivo de Aznar para hacerla más presentable a la progresía, en lugar de defender con orgullo que España ayude a un país democrático a acabar con el cáncer narcoterrorista que lo carcome.

En todo caso, no parece muy acertado que Soraya Sáenz de Santamaría le otorgue el premio de una portavocía a quien tuvo como momento álgido de la pasada legislatura una crítica feroz no a la política de Zapatero, Calvo y Molina, sino a sus compañeros en el Senado. Porque no sé si ustedes recordarán que, tras el voto favorable de los populares a la supresión del canon en la Cámara Alta, Salmones optó por tratarlos básicamente como idiotas que se habían equivocado al votar. "Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen", gritó a los cuatro vientos. Pero cuando Dios –es decir, Rajoy– la corrigió y obligó a decir digo donde decía Diego, no optó por el camino noble de la dimisión, y ahí que se quedó restando credibilidad a la nueva postura del PP respecto del canon.

Nadie del mundillo digital echará de menos a Rodríguez Salmones, la orgullosa receptora de una Medalla a la Lucha contra la Piratería otorgada por la SGAE en 2005. Algunos perderemos una buena fuente de columnas indignadas, pero a cambio la ganará el GEES. Sin embargo, seguro que en las filas de los defensores del canon se echará de menos a tan comprometida guerrera, que había permanecido en su puesto en primera línea de combate nada más y nada menos que 12 años. O quizá no; al final, cuando el debate de ideas llegó a la opinión pública y, sorprendentemente, a los dirigentes del PP, los titiriteros –y disculpen si les molesta el apelativo, o no– descubrieron que ya no servía de nada tenerla a su servicio.

Lo malo es que su sustituto será José María nasty popular Lassalle. Sí, ese mismo que argumenta que no sólo se puede ser liberal sin basarse en las teorías de Hayek y Friedman, sino que se debe sentir cierta inquietud ante ambos pensadores y, sobre todo, ante la revolución liberal-conservadora de Thatcher y Reagan. Sí, esos señores tan antipáticos que ganaron el poder y la batalla de las ideas a la izquierda. Aunque no será malo para la postura del PP contra el canon, pues Lassalle ya ha demostrado que apoyará todo aquello que decida Rajoy que debe apoyar, sino para ganarse a quienes llevamos años en esta lucha. A muchos nos disgustan los chaqueteros que venden el alma por un cargo.

El precio del agua sin precio

La política ha secuestrado ese bien, como tiende a acaparar todos los aspectos de nuestra vida con el único fin de controlarla, de robarnos el derecho a decidir sobre ella. El agua es como cualquier otro bien y está sometido a la lógica inmanente de las relaciones entre nuestras necesidades y los bienes: aquello de la oferta y la demanda, de los precios y la producción. Y del intervencionismo, claro está, que es por desgracia el estado habitual del elemento.

El agua es muy abundante y convertirla en potable, en apta para nuestro consumo, es realmente barato. La capacidad del mercado de llevar bienes baratos hasta los rincones más recónditos y hasta las sociedades más pobres es conocida. Hay zonas de la América hispana o del África subsahariana donde el agua pública no llega pero sí lo hace la privada, llevada por empresarios con el único objetivo de obtener un beneficio. Se sabe que en pleno Sáhara la Coca Cola llega a sitios donde no lo hace el agua y, allí donde el elemento esencial está presente, es a un mayor precio. Si esto es así, ¿cómo se explica que en una ciudad como Barcelona puedan tener problemas de abastecimiento? Porque, con la excusa de colgar el cartel de “bien esencial” al agua, su gestión ha sido arrebatada a los particulares y reservada por la fuerza a la Administración.

Si el Estado subvenciona los regadíos y la agricultura en general, si hace lo propio con el agua y si, especialmente, marca para ella un precio que no refleja su verdadera escasez, su consumo se dispara. Se utiliza demasiado donde no es necesaria y no llega a donde sí lo es. Otro de los grandes éxitos de la gestión pública.

¿Qué ocurriría si el agua fuese privada y se permitiera su libre intercambio en el mercado? Que las fugas, que actualmente representan el 30 por ciento del consumo (perdido) de agua, serían un coste inasumible para cualquiera y se reducirían drásticamente. Y que su uso se racionalizaría por el propio interés del consumidor, sin necesitad de costosas e ineficaces campañas sobre el uso del agua. Ocurriría, también, que hay zonas donde es muy abundante y sería muy barata y otras donde es muy escasa y sería muy cara. Esa diferencia de precios es una auténtica llamada para cualquier empresario, que estaría deseando construir las infraestructuras necesarias, al menor coste, para comprar agua barata y venderla cara, es decir, para llevarla de donde sobra a donde falta.

No hace falta saber desentrañar las sutilezas de las finanzas para entenderlo. Pero sí es necesario dejar de escuchar las boberías de los políticos.

Nuestros cuatreros también pagan a delincuentes

Recordará el lector que Hacienda ha obtenido esos datos del Gobierno alemán, el cual pagó a un delincuente que los robó del banco LGT, mostrando así su verdadera naturaleza cuatrera. Si de verdad Hacienda fuésemos todos, como durante años nos repetía machaconamente la propaganda gubernamental, los españoles nos habríamos convertido en unos tipos sin escrúpulos. El método mafioso del Gobierno de Merkel, que se salta a la torera las más básicas normas del derecho internacional, le valió un duro enfrentamiento no sólo con la familia real del principado sino con las autoridades de países como Noruega. El ministro escandinavo de Impuestos, Kristian Jensen, arremetió contra la recompensa de un delito por parte del Gobierno Merkel como medio para amedrentar a todas las familias que pensaran en poner parte de su patrimonio a salvo de los hábitos depredadores del estado germano. Gobiernos como el de Suecia se apresuraron a declarar que no usarían una lista conseguida mediante el crimen para inculpar a sus ciudadanos.

Sin embargo, el Gobierno español no le hizo ascos a los métodos gangsteriles de Merkel. Eso sí, los medios afines al Gobierno trataron de ocultar sus vergüenzas hablando de la injusticia que suponía que los grandes millonarios sacasen su dinero fuera de los países de la UE para llevarlos a "paraísos fiscales". Pero ahora fuentes de la Agencia Tributaria han afirmado que los defraudadores son "gente normal". ¿Y qué esperaban? ¿Monstruos? A lo mejor alguien creían que encontrarían grandes fortunas en esta lista. Pues no. Parece que muchos no se han enterado todavía de que los millonarios no pagan impuestos; y no es que esto me moleste especialmente. Ellos no tienen que sacar sus ahorros para escapar de las garras voraces de nuestra hacienda pública. Les basta con montar una SICAV o, si son personas sin escrúpulos, invertir en negocios desde los que succionan rentas del español de la calle: un molino eólico por aquí, unas plataneras por allá y no sólo no pagan sino que el Gobierno les pone el dinero de la gente corriente en su bolsillo.

Es precisamente la gente normal la que se ve ante un dilema moral. Dejar que el aparato estatal le quite una gran parte de lo que ha ahorrado (después de haber pagado impuestos por el mero hecho de haber generado riqueza) permaneciendo así en la legalidad, o sacar sus ahorros fuera del país convirtiéndose en un ilegal pero conservando una mayor parte de su patrimonio creado con esfuerzo, para garantizar el bienestar de su familia y su descendencia. Pocas cosas pueden ser tan inmorales como poner al Estado por encima de la familia, permaneciendo impasible mientras el aparato estatal te quita tus ahorros. Cuando la ley convierte las acciones morales en actos delictivos algo huele a podrido en la sociedad.

Afortunadamente, todavía quedan estados como Liechtenstein donde los impuestos se ponen al nivel que exigía Juan de Mariana, aquel que la gente pagaría voluntariamente.

Juan Manuel de Prada contra la libertad

Habla de "verdadera libertad" como otros hablaban de la "verdadera democracia". Y, siguiendo la estela orwelliana de que la guerra es la paz y la mentira es la verdad, Prada nos ordena: "la verdadera libertad es un estado de obediencia". Las oscuras fauces del antiliberalismo devoran lo más elemental de la lógica, que sólo hecha añicos puede serle útil a este escritor para incinerar la libertad.

La libertad, "tan cacareada", dice, no es más que una de "las viejas herejías de siempre" que se presenta como "talismán redentor" por quienes "únicamente anhelan la destrucción del género humano"; como una "panacea", cuando es la causa de "casi todas" las "calamidades" del hombre. No sabemos si entre ellas incluye a cierto columnismo, pero no hay que ser un liberal fetén para considerar un poco exagerado que los males del hombre sean todos hijos de la libertad. ¿No es razonable pensar que la imposición de una verdad revelada también cree "calamidades"? Sí, De Prada, que conoce la Verdad como ninguno de sus lectores, a los que se dirige con cierto desdén arrogante y paternalista, no necesita que nadie le venga "con la milonga de la libertad". Pero no se contenta con eso y parece querer robársela a los demás. Somos muchos los que no queremos ser serviles de verdades eternas que necesitan del ordeno y mando para imponerse.

Lo que le aflige a De Prada es el miedo. El proverbial miedo a la libertad, a sus "pútridas flores" de que nos habla este escritor. Pero la libertad de seguir comportamientos inmorales y destructivos es la misma que la de abrazar un camino moral y feraz. Y no hay ninguna virtud en actuar moralmente si lo que hace no es por propia voluntad, elegido libremente frente a cualquier otra opción, sino impuesto por algún lector de Juan Manuel de Prada alucinado con su evangelio.

Es más, si De Prada se reconciliara con la humildad llegaría a la consideración de que existe la posibilidad, acaso remota e incierta, de que en alguna ocasión se equivocara al juzgar un comportamiento como inmoral o destructivo. Y la única guía que tenemos al respecto, además de la (siempre libre) reflexión sobre nosotros mismos, es el acervo de todas las variadas experiencias humanas, renovadas permanentemente, y que son las únicas que pueden mostrarnos alguna luz más o menos segura y comúnmente aceptada sobre lo que resulta pernicioso o no lo es. Pero para que la abigarrada experiencia humana despliegue toda su sabiduría, inconscientemente revelada, es necesario que se manifieste con total libertad.

¿Qué la libertad no puede eliminar todo lo feo, desagradable, inmoral y pernicioso para el hombre? Claro es, pero al menos nos permite la posibilidad de aprender. Y los intentos de eliminar de raíz, de una vez y para siempre, todos los males del hombre han llevado a suprimir lo que el propio Prada ve como fuente de todos los males, con resultados de sobra conocidos. El muy conservador Juan Manuel de Prada va a tener que aprender a convivir con lo más penoso de la vida humana en libertad o se llevará por delante, sin ella, todo lo que la hace verdaderamente maravillosa.

Al Gore y el carrito del helado

Los técnicos de la cadena norteamericana ABC, sorprendidos por la secuencia de las placas de hielo ártico derrumbándose vistas desde un helicóptero, de gran fuerza dramática, han indagado en el asunto hasta descubrir que se trata de un montaje realizado por ordenador. Casualmente el mismo que aparece al comienzo de la película El día de mañana, cuya responsable de efectos especiales confirma que, en efecto, lo que hizo Al Gore fue utilizar esas imágenes para incluirlas en su película, pero eso sí, sin advertir a la audiencia del fraude. O sea, una cosa de mucho progreso.

No es probable que los miles de calentólogos diplomados por la Al Gore University for the Acohone of the Humankind denuncien al profeta por mentiroso, pues, como en todas las campañas patrocinadas por la izquierda, lo importante no es la honestidad, sino alcanzar el fin deseado a cualquier precio. Y si hay que mentir se miente. En última instancia es por una buena causa, como hacer millonario a Al Gore y su camarilla de histéricos farsantes.

Si los promotores de la histeria climática estuvieran convencidos de que la Tierra se está calentando a un ritmo vertiginoso que pone en riesgo nuestro futuro, no recurrirían a este tipo de manipulaciones groseras. Analizarían los datos, los contrastarían con la realidad, extraerían conclusiones válidas y las expondrían con honradez para tratar de solucionar ese problema. Por el contrario, los calentólogos camuflan sus deseos como hechos científicos, a pesar de que los verdaderos expertos en el clima no estén seguros de que tengamos el Apocalipsis térmico a la vuelta de la esquina.

La secuencia a que nos referimos es la vista desde un helicóptero del derrumbe de una placa de hielo ártico. La voz en off de Al Gore actúa como el complemento necesario para hacer pasar el montaje como una imagen real. Sumen a eso la manipulación de los gráficos de temperatura y CO2 que Gore muestra en la película y las ocho restantes mentiras (como mínimo) reconocidas por el juez inglés que prohibió su exhibición en los colegios públicos británicos salvo que se hiciera constar esa circunstancia, y verán que hay elementos suficientes para sospechar que esto del cambio climático no es más que un invento para forrarse el riñón a costa de la credulidad del prójimo.

Por eso los suecos le dieron el Nobel y nosotros el Príncipe de Asturias. Dada la trayectoria de ambos galardones, jamás se hubiera podido encontrar a alguien más apropiado para recibirlos.

Titiriteros

Aquí tiene la SGAE unas cuantas denominaciones más que considerar cargadas de desprecio hacia la actividad que desarrollan Serrat y Sabina. Pero se equivocarán Juan Herrera, José Luis Borau, Teddy Bautista y compañía con esa apreciación.

El desprecio no es hacia la actividad que desarrollan como cantantes, músicos, cantautores o como quiera que se consideren ellos mismos, sino hacia su comportamiento y el de otros miembros de ese autodenominado "mundo de la cultura" en otros ámbitos. En mi caso, la falta de aprecio y la antipatía es debida a sus insultos a quienes no piensan como ellos o votan a un partido que a ellos no les gusta, a la criminalización de todo aquel que osa criticar sus privilegios y, en eso se salva Sabina, por presentarse como víctimas perpetuas para justificar el canon digital.

El directivo de la SGAE al que le ha tocado dar la cara en esta ocasión achaca la oposición a la denominada compensación por copia privada a un supuesto desprecio a la imagen del creador. Como diría un buen amigo mío, con más claridad pero de forma menos adecuada para un artículo, las excusas son como el lugar donde la espalda pierde su casto nombre: todo el mundo tiene una. El revuelo causado por el canon no se debe a eso. El motivo radica en que se trata de una apropiación ilegítima, por muy legal que sea, del dinero ajeno.

Tiene razón Herrera en una cosa. No sólo la SGAE cobra del canon, aunque sea la que más tajada saca del mismo. Hay otras entidades que también se llevan un buen pellizco, como DAMA o la muy querida por el ministro de Cultura CEDRO. Pero que los beneficiados por un sistema consistente en quitar a los ciudadanos para dárselo a unos privilegiados sean muchos no quita gravedad al asunto. Así que puede quedarse tranquilo el sorprendido señor, todas ellas merecen la misma falta de consideración por falta de los españoles.