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Que emprendan otros

El Banco Mundial ha recogido esta preocupación por las trabas regulatorias, fiscales, financieras y de todo tipo a la creación de empresas y lo ha convertido en un informe anual que evalúa la situación en 178 países. DoingBusiness 2008 se llama el quinto y último, y refleja una España poco amable con la creación de empresas. Tiene a 37 países por delante en facilidades a la empresarialidad y sólo en Europa hay hasta 19 economías más proclives a los negocios. Algo nos falla.

En realidad nos fallan muchas cosas. Especialmente en cuatro de los diez apartados que tiene en cuenta el Banco Mundial: poner en marcha una empresa es una labor de 47 días por los 15 de media en la OCDE y el coste como porcentaje de la renta es también el triple. ¿Extrañará que el informe nos sitúe en el puesto 118 en este apartado?

Más llamativa es la situación del mercado de trabajo, ya que de los 178 países nos coloca en el 154. Hay apenas veinte economías de las consideradas por el informe en las que el simple negocio de contratar a un trabajador está más reprimido que en España. El canto al fomento del empleo es como el de David Bisbal, uno no querría oírlo pero es imposible huir de él. Lo entonan los políticos, con sus horrísonos discursos. Pero la realidad es que contratar a un trabajador es una auténtica machada que sólo se hace si realmente merece mucho la pena. ¿Es tan raro que hayamos tenido ese diferencial con Europa en la tasa de desempleo?

Los impuestos (93 en la lista) y la protección a los inversores (83) son los otros dos puntos negros de nuestro examen. Bastaría con hacer reformas significativas en estos cuatro apartados hacer de España un lugar amable con las empresas.

Greenpeace y el cambio climático

En un tragicómico comunicado, la organización rojiverde asegura que el mensaje principal de Bush es que "basta con cruzar los dedos y esperar que la tecnología nos salve". Lo cierto es que esta gente no entiende lo que no le apetece entender. La clave no es esperar una tecnología que caiga del cielo sino comprender que los sistemas de racionamiento como el que propone Greenpeace y la ONU, es decir, Kioto, han demostrado ser a lo largo de los años terriblemente desincentivadores del progreso tecnológico. Por desgracia, nuestro país tiene una larga experiencia en la aplicación de sistemas de racionamiento desarrollados en el marco del sistema económico franquista de la postguerra y parece mentira que nuestros políticos nos hayan vuelto a imponer este tipo de medidas.

Para los ecologistas, el objetivo no parece ser evitar un posible calentamiento que pudiera ser peligroso para el hombre sino imponer precisamente esas políticas de racionamiento. En esta línea, Greenpeace ha declarado que "necesitamos reducciones obligatorias de emisiones y las necesitamos ya", así como que los mandatarios internacionales "deben dejar claro que Kioto es el único camino". Más claro no se puede decir: lo importante es el método obligatorio ultraintervencionista y no los resultados. Este empeño por utilizar medidas contrarias al mercado libre y al capitalismo es sintomático del espectro ideológico en el que se mueve la organización.

Pero les guste o no a los del lobby del arco iris, lo cierto es que Estados Unidos, con un modelo alejado a Kioto y al racionamiento, lleva ya muchos años conteniendo las emisiones de CO2 mucho más que la Unión Europea. Así que si piensan que Kioto es el único camino deberían explicarnos qué objetivo es el que persiguen realmente. La respuesta nos la ha dado ya el mismo representante de Greenpeace que presentó el comunicado de la organización. Según Daniel Mittler, "necesitamos una revolución de energía limpia en los países en desarrollo y Kioto es el camino para lograrla". Ahora todo cuadra mejor. La cuestión es acabar con el sistema de generación energético actual, que es uno de los pilares fundamentales del desarrollo capitalista, porque, no nos engañemos, el fin del modelo de libre mercado es lo que mueve a estos activistas.

Mittler también criticó la importancia que la Casa Blanca y algunos países como Australia le dan al cuidado e incremento de los bosques. Según el portavoz ecologista, "la aparente preocupación de Bush por la protección de los bosques es de risa, mientras no acepte que esto también debería tratarse dentro de Kioto". Pero lo que en realidad da risa es que Greenpeace y la Unión Europea lleven años oponiéndose a que sumideros de CO2 como los bosques (o los filtros) no puedan descontar todo el CO2 que atrapen.

Por si acaso el distorsionado mensaje tecnicista no termina de llegar a todos los públicos, la organización ecologista vuelve a darnos una lección de catastrofismo al indicar que "el tiempo se le acaba a este presidente, y a este planeta". Las medidas de urgencia siempre han sido enemigas de libertades individuales y Greenpeace parece tener muy claro cómo usar esta herramienta intervencionista.

La vía birmana al socialismo

El socialismo es el uniforme de gala del crimen, con todas las armas cargadas y el pecho plagado de medallas puestas por organismos públicos y privados de todo tipo.

El socialismo birmano quizá tenga menos insignias que el cubano u otros porque queda muy lejos y porque decidió aislarse por completo del exterior hace 45 años. No hay turismo, no se quiere a los extranjeros y el comercio con el exterior, controlado por el régimen, es mínimo. Un cerrojo a cualquier influencia extranjera, ya sea por el turismo, ya por el comercio o la entrada de extranjeros. Socialismo y aislacionismo; Birmania es el sueño de los movimientos antiglobalización hecho realidad.

La 2, que hizo toda una serie de documentales en contra de la globalización, debería coronar ese esfuerzo con un buen reportaje de agencia de viajes sobre las maravillas de Birmania. Algunos nos acordamos del que sacó hace años sobre la Albania de antes del derrumbe soviético.

La declaración de 1962, que anuncia el programa político y económico que inició el consejo revolucionario, dice en su punto número 12:

En una sociedad socialista el igualitarismo es imposible. Los hombres no son iguales ni física ni intelectualmente ni en la cantidad o la calidad de los servicios que prestan a la sociedad, y por tanto algunas diferencias siempre existirán.

Esta llamada al sentido común, en un texto tan delirante, no va tan lejos como para explicar que las diferencias que podamos ver en las sociedades libres siempre se amplían bajo el socialismo. Allí la demarcación es clara y brutal: unos mandan, otros obedecen. Por eso se producen situaciones como la que describe la crónica de Libertad Digital:

La última extravagancia de la Junta Militar que encabeza el general Than Shwe ha sido la construcción de Nay Pyi Taw ("sede de reyes"), a unos cuatrocientos kilómetros de Rangún. No todos los birmanos la pueden visitar y está prohibida para los extranjeros, sobre todo periodistas. Los ciudadanos atribuyen los constantes cortes de energía eléctrica que sufren desde hace años al despilfarro que los generales hacen en la nueva metrópoli.

Ya podía ser la sede permanente del Foro Social Mundial.

No sabemos hasta dónde llegará la revolución azafrán. Les mueven el hambre y la fuerza moral que otorga la fe religiosa. Pero es una revuelta democrática y liberal en que se está renovando la lucha sin fin por nuestra libertad.

Había una vez un cambio climático

Como ZP no distingue bien entre el tópico ideológico y la realidad, ni comprende de forma cabal que los disparates conceptuales, cuando se materializan en decisiones políticas, provocan serias catástrofes, me he permitido la licencia de traducir su texto a un lenguaje inteligible:

Señor Presidente, excelencias, señoras y señores ¿Qué tal? Soy ZP.

Después de buscar mucho entre los cascotes del Muro de Berlín, los progresistas hemos encontrado una herramienta ideológica válida para seguir atacando al capitalismo: el cambio climático. La ONU, lugar en el que toda filosofía totalitaria encuentra el debido acomodo, es el marco ideal para desarrollar estrategias destinadas a avanzar hacia un mundo socialista, unido y en paz.

Las medidas anticapitalistas que hemos empezado a poner en marcha afectarán sobre todo a los países menos desarrollados. Por eso es necesario seguir aumentando el trasvase de dinero de los pobres del primer mundo a los ricos del tercero. En España vamos a esquilmar un poco más los bolsillos de los ciudadanos, a ver si para el 2012 llegamos al famoso 0,7% del PIB.

Mi Gobierno está consiguiendo grandes éxitos en la aplicación de las medidas establecidas en el Protocolo de Kyoto para reducir la emisión de gases de efecto invernadero. Aunque su impacto en el incremento de la temperatura media del planeta será irrisorio, los firmantes del protocolo estamos dispuestos a castigar nuestras economías lo que sea menester para que el invento del calentamiento global no se venga abajo. Mis asesores me han escrito que en España hemos reducido en un cuatro por ciento el crecimiento de este tipo de emisiones. En realidad han pasado del 152% al 148%, lo cual, para cualquiera con una noción elemental de matemáticas significa que, en realidad, se han reducido un 2,63% y no los cuatro puntos que el ceporro autor del texto ha obtenido haciendo una resta lineal en lugar de calcular correctamente la reducción en términos porcentuales haciendo una simple regla de tres. Seguramente estudió la ESO, pero a cambio de una burricie estructural en materia de números estoy convencido de que es un tipo fuertemente sensibilizado con los problemas del mundo y la forma de resolverlos a través del diálogo, el talante, el mestizaje y la tolerancia. Lo perdonaré.

Señor Presidente, todo esto no lo hago por mí, ni siquiera por mi país. Lo hago "pensando en la humanidad" (el entrecomillado es textual). Hasta tal punto me impresionan los efectos devastadores del cambio climático que he sido capaz de venir aquí a advertir al mundo de los peligros de esta amenaza capitalista de raíz judeocristiana, aún a riesgo de tener que saludar a un tipo como Bush, que es un imperialista de derechas sin talante ni nada. Pero ¿qué no haría yo por la humanidad?

Salud y República.

Eurocensura

No por nada se ha dicho siempre que la Unión Europea no cumple los requisitos que exige a los países que quieren entrar a formar parte de ella.

Por supuesto que el ansia de control siempre se justifica con alguna excusa la defensa de la identidad cultural europea, asegurar la "pluralidad" de los contenidos en Internet accesibles por los habitantes de los Veintisiete o, la más habitual de ellas, la seguridad. Esto último ha sido el argumento esgrimido por el vicepresidente de la Comisión Europea y comisario de Libertad, Justicia y Seguridad, el italiano Franco Frattini. Este miembro del Ejecutivo comunitario no ha tenido mejor idea que, según ha dicho que va a hacer, "explorar con el sector privado cómo se puede usar la tecnología para impedir que la gente utilice o busque en Internet palabras peligrosas como bomba, asesinato, genocidio o terrorismo".

Traducido del idioma burocrático a román paladino lo que Frattini ha querido decir es que va a hablar con los buscadores de Internet para que se preparen a que se les prohíba dar resultados cuando el usuario pretende buscar esas palabras tan "peligrosas". Una forma de censura tan ilegítima como estúpida. Con la excusa de que Google no pueda dirigirnos a una página donde se explique cómo hacer una bomba casera o se anime al exterminio de un pueblo, si Frattini se sale con la suya los europeos no podrán encontrar a través de este buscador información sobre el Holocausto, el 11-M, el 11-S, o noticias sobre la última acción terrorista de ETA o Hamás. Recuerda demasiado a la legislación china que prohíbe a los buscadores dar resultados a consultas como "Tibet", "Taiwán" o "derechos humanos".

No es de extrañar que ya haya quien haya protestado contra las propuestas de Frattini. Pero debería haber más quejas. Poco a poco la UE avanza en el desmantelamiento de la libertad online. Un proceso cuyo primer gran hito fue la imposición de la retención de datos de tráfico, con lo que implica de violación del derecho a la intimidad de los internautas y del secreto de las telecomunicaciones. Como se permita a los burócratas seguir por esta vía, el resultado será un modelo a la china. Tal vez de forma más disimulada pero con un fondo muy parecido. Esperemos que no lleguemos a eso.

Madeleine y la ineficiencia estatal

De las muchas tonterías que se han cometido en esta investigación, la gota que colma el vaso de la ineptitud gubernamental ha sido la de la supuesta fotografía de la niña. Como sabrán, este verano unos españoles de visita en Marruecos hicieron una fotografía donde se puede ver una niña parecida a la joven Madeleine McCann. A principios de esta semana la pareja de españoles entregaron la fotografía a la policía de Albacete y el subdelegado del Gobierno, José Herrero Arcas, informó de que en diez o quince días podría decir si la niña era o no Madeleine.

A partir de aquí se montó el típico show gubernamental de despliegue de medios. La policía española envió la fotografía nada más y nada menos que a la Interpol que, recordemos, se creó con el fin de mejorar la cooperación de la policía criminal a nivel mundial hace más de 80 años. Mientras tanto, la policía de Rabat también intentó involucrarse esperando los análisis y permisos de Portugal para investigar. Cientos de funcionarios trabajando en dos continentes, todos consumiendo toneladas de recursos; el mastodonte burocrático se había puesto en marcha y todo era cuestión de pocas semanas.

Pero no ha hecho falta esperar tanto tiempo para resolver la intriga, pues el miércoles lo supimos todo. Un fotógrafo privado del Evening Standard hizo lo que a cientos de policías ni se les pasó por la cabeza: comprar un sencillo billete de avión, ir a Marruecos y preguntar. No hubo suerte, la niña fotografiada no era Madeleine. La Interpol, la policía lusa, la marroquí, la española y su nexo de unión, la burocracia, quedaron en ridículo una vez más por el trabajo de un sólo hombre. Tal vez ahora entienda por qué los gobiernos en conflicto recurren cada vez más a grandes empresas privadas de mercenarios: es la única forma de escapar a su propia burocracia, ineficiencia y altos costes.

Relacionemos esto con las últimas declaraciones de Elena Salgado. Relegada a la cuarta fila del Gobierno, la ahora ministra de Administraciones Públicas tuvo una excepcional oportunidad de montar su propio espectáculo mediático abogando por una mayor intromisión del Estado en la vida de las personas. Para ella, la calidad sólo puede ser resultado de la intervención estatal. Pero si el mastodonte es incapaz de asegurar ni siquiera sus servicios más básicos, como decirle a una familia dónde está su hija o qué ha pasado con ella, ¿cómo podemos esperar que el Gobierno se dedique a hacer puentes, casas, empresas correctamente? Y ya no digamos nada de asegurarnos algo tan complicado como nuestro bienestar presente y futuro…

La ministra Salgado olvida el tipo de calidad que crea la Administración: largas colas en la seguridad social, desidia en las empresas estatales como Correos, corrupción urbanística impulsada por la hegemonía política, dificultades para montar una empresa, obras como las del Carmel donde los pisos se desploman y nadie se responsabiliza o pensiones obligatorias que nunca vamos a cobrar.

Salgado, en una clara crítica a la libertad individual y a los derechos inalienables del hombre (libertad, vida y propiedad), dijo que el Estado no es un "mal necesario", sino un bien. Señora Salgado, deje sus visiones jurásicas e intereses personales a un lado para prestar atención a la realidad. Si lo hiciera, se daría cuenta de que cualquier Gobierno es un mal innecesario, un ente donde la eficiencia y la calidad siempre brillan por su ausencia, tanto en los servicios básicos del Estado (seguridad y justicia) como en el más amplio esquema del Estado del Bienestar.

La UE hace el ganso con Microsoft

Como los grandes inversores saben, el camino para la prosperidad personal pasa por dotarse de una buena planificación financiera. Si se quiere invertir, en primer lugar será necesario ahorrar, y para ahorrar nada mejor que recortar los gastos superfluos; lo que tradicionalmente se conoce como "despilfarro", vaya.

Los nuevos ricos suelen tener el vicio de confundir los incrementos puntuales de la riqueza con los que tienen carácter permanente. De ahí que muchos de ellos se den al gasto compulsivo; como si disfrutar un golpe de suerte (por ejemplo, ganar el Gordo de la lotería) fue lo mismo que contar con una fuente regular de nuevas rentas. El consumo desenfrenado termina por extinguir la riqueza extraordinaria… y el nuevo rico vuelve, entonces, a ser el pobre que fue; o incluso a ser más pobre que antes, como consecuencia de las deudas contraídas. Si se aprovecha la riqueza extraordinaria para invertir y no para gastar como un rico, es probable que al cabo de los años se pueda gastar como un rico sin dilapidar el patrimonio.

Estamos hablando de algo que sabe de sobra todo lector atento de la fábula de la cigarra y la hormiga. Podemos vivir a lo loco por un tiempo, pero cuando llegue el frío y toque echar mano de lo ahorrado, entonces nos quedaremos tiritando.

Los políticos suelen tener vocación de cigarras. Les gusta vivir y gastar del erario público, esto es, echar mano de los ahorros de los ciudadanos-hormiga. Lo suyo es la prédica popularecha de los mítines, las comidas de partido, las cenas oficiales… No les verá nunca doblar la espalda para crear la más mínima riqueza. Como mucho, les verá inclinarse para birlarle la cartera.

Zapatero es una cigarra del tamaño de un elefante. Metido ya de hoz y coz en campaña, está dispuesto a gastarse todo el superávit extraordinario de este año. No se ha percatado de que, cuando cambien las tornas, esto es, cuando la crisis nacional e internacional termine materializándose, la actividad económica se ralentizará (con lo que los ingresos tributarios caerán) y el paro subirá (con lo que el gasto por prestaciones de desempleo se disparará). Lo que hoy es un esplendoroso superávit se convertirá mañana en un socavón descomunal.

¿Y de dónde sacará entonces ZP los 5.000 millones con que pretende comprar el voto de tantos en las próximas elecciones? Bueno, lo cierto es que no tendrá que buscar demasiado: los sacará de su bolsillo, del de usted digo, estimado lector. Y del mío. Entonces, subirán los impuestos, las hormigas sufrirán un nuevo asalto por las hordas cigarrescas.

Es el complejo de los nuevos ricos: ¿tenemos dinero? Pues vamos a gastarlo, que hay de sobra. ZP prometió no gastar más de dos décimas del PIB en promesas electorales (2.000 millones de euros), y ya va por las cinco. ¿Para qué apretarse el cinturón en momentos de abundancia? En el mundo de Zapatero, tan distinto del de José, las vacas gordas siempre se comen a las flacas.

La ministra de Vivienda, Carme Chacón, parece haber comprendido a las mil maravillas esta filosofía manirrota. A la hora de defender sus subvenciones a los alquileres, dijo que le causaba "estupor" que su iniciativa fuera considerada despilfarradora mientras se aplaudían las rebajas de impuestos a las empresas.

Las cigarras exitosas tratan de racionalizar su parasitismo. Chacón no ve diferencias entre robar y dejar de robar. Menudo cacao. Por lo visto, pedir que las empresas se queden con una porción mayor de la riqueza que han creado resulta equivalente a pedir que un tercero se quede con esa misma riqueza. Vamos, que es lo mismo pedir que la hormiga se quede con sus ahorros y exigir que la cigarra se los arrebate.

La subvenciones y las políticas redistributivas generan sociedades de parásitos, en las que todo el mundo trata de vivir a costa de los demás. La gente se esfuerza menos porque sabe que no podrá disfrutar de lo que genere. El resultado es que la tarta se vuelve más pequeña, porque las cigarras siguen sin trabajar y las hormigas bajan el ritmo.

En una crisis económica, las rebajas de impuestos son particularmente importantes, ya que provocan que la gente tenga más renta a su disposición y pueda hacer frente con más soltura a las deudas que haya podido acumular. Quienes consumieron en el pasado por encima de sus posibilidades reales tienen la oportunidad de saldar su error si trabajan más duramente; y las empresas que invirtieron en proyectos que han dejado de ser rentables tienen la oportunidad de tratar de estabilizar su situación financiera sin distorsiones políticas como el impuesto de sociedades.

Los factores productivos se reorganizan con mayor facilidad y agilidad cuando los impuestos son bajos. Dado que los deseos de los consumidores pasan a tener un mayor peso, los errores se revelan y se corrigen antes y los aciertos tienen más solidez.

Las cigarras son cigarras y también hienas, esas bestias sonrientes que no dejan ni las sobras de los cadáveres que encuentran a su paso. También Zapatero se parte de risa mientas echa mano de los despojos de la economía española para financiar su campaña electoral. Aún le queda superávit, aún puede quitar más dinero a los españoles. Pero cuando se acabe el sarao, el gasto social de ZP será una losa de la que será extremadamente difícil deshacerse.

Zapatero, como los nuevos ricos

Eso está muy bien, pero desgraciadamente, imbuida de lo políticamente correcto, quiere llegar a un consenso que incluya a todas las partes presuntamente implicadas: o sea, que va a pedir a los que disfrutan de privilegios proteccionistas que por favor, si no les viene mal, hagan el favor de renunciar a ellos; obviamente ni los sindicatos ni el pequeño comercio parecen dispuestos a ceder, y la valentía política en la defensa fundamentada de la libertad es un bien muy escaso. Los ciudadanos de a pie difícilmente serán consultados, ya que no están organizados como grupo de presión y sólo votan muy de vez en cuando. Sus preferencias pueden comprobarse fácilmente con su asistencia masiva a los grandes centros comerciales todos los festivos que les permiten abrir.

Liberalizar no consiste en que las grandes superficies impongan su ley sobre las pequeñas: se trata de que ningún grupo de presión imponga la defensa de sus intereses a costa de la libertad ajena. Los auténticos malos de esta película, a pesar de las apariencias, son muchos pequeños comercios y supermercados, y no las grandes superficies (centros comerciales e hipermercados); ellos ya tienen plena libertad para determinar cuándo abrir y cerrar, pero se la niegan a sus competidores con la excusa de que son demasiado grandes y fuertes (o sea, que lo hacen mejor que ellos según las preferencias subjetivas de los compradores). Quizás resulte que tienen un derecho especial a subsistir sin necesidad de adaptarse por sus propios medios a los cambios sociales y económicos.

Tampoco se trata de que los consumidores, al comprar cuando ellos quieran, estén agrediendo los derechos laborales de los trabajadores de la distribución. Esos derechos deben negociarlos libremente los trabajadores con sus empleadores. No se está obligando a nadie por la fuerza a trabajar en festivo. Con total desvergüenza, como es habitual, los sindicatos aseguran que el calendario actual satisface plenamente las necesidades de los ciudadanos y que detrás de la voluntad liberalizadora está la intención de favorecer a los centros comerciales frente a las pequeñas tiendas que van perdiendo competitividad. A quien se defiende en realidad es al ciudadano de a pie, a quien los sindicatos no representan en absoluto y cuyas preferencias falsean; el consumidor con su dinero es quien decide si es rentable o no abrir en festivos cualquier tipo de tienda.

Los liberticidas no siempre están motivados ideológicamente; a menudo simplemente defienden sus privilegios ilegítimos con discursos falaces y demagógicos. Es el caso de Ignacio García-Magarzo, director general de la Asociación Española de Distribuidores, Autoservicios y Supermercados (Asedas), quien quiere asustarnos con que "el domingo sale caro". Este personaje nos recuerda que los precios de alimentación en España son de los más bajos de Europa, en parte por la fuerte competencia que existe en el sector; y asegura que esto se debe en buena medida a la regulación estatal, que es buena, soluciona problemas, garantiza la competencia y trata de impedir abusos, así que cuidado con cambiarla. Además, la regulación española de horarios comerciales, comparada con las de otros países europeos, es una de las que más flexibilidad permite a los empresarios: la inmensa mayoría de los establecimientos comerciales tiene libertad absoluta de horarios y apertura en festivos.

Efectivamente sus asociados son parte de esa mayoría "liberada" a quienes no conviene que los otros también se liberen. Esos otros que tal vez son minoría como número de empresas, pero que quizás son mayoritarios si se contabilizan sus consumidores y ventas. No es extraño que él, beneficiado de la regulación, aplauda al regulador. Y total, para qué pedimos más si en otros sitios están peor…

García-Magarzo afirma con total descaro que sólo son las grandes superficies quienes piden cambios en la regulación, y que usan como excusa los intereses de los consumidores, ocultándoles que la liberalización implicaría un incremento de los precios (inevitable según su peculiar "racionalidad económica"): "sólo una subida de precios puede ser la consecuencia de aumentar los costes de todo tipo de las empresas –abriendo un día más– sin aumentar las ventas, ya que el gasto depende de las necesidades reales de las personas que, lógicamente, no aumentan por disponer de un día más para comprar. ¿Se puede evitar ese incremento de precios aumentando la eficiencia? Sí, pero, hoy por hoy, sólo cabría hacerlo de una forma: eliminando competidores."

El cuento intervencionista de siempre: los consumidores somos tontos manipulados que pedimos libertad contra nuestros propios intereses; además tenemos unas "necesidades reales" invariables que sólo podemos redistribuir temporalmente. Y ya es patético pretender que se puede ganar eficiencia eliminando competencia. La verdad es que impedir la libertad de horarios de apertura perjudica a los consumidores que ven limitadas sus opciones. Si algunos comerciantes no sirven adecuadamente sus intereses deben adaptarse o desaparecer y no mendigar protección legal. Lo que suceda con los precios es imposible saberlo con seguridad: no es correcto ver sólo los incrementos de costes, pues también se estará aprovechando mejor el capital fijo y quizás eso permita mejores márgenes. La liberalización no obliga a nadie a abrir todos los días, y si hacerlo le supusiera a alguna empresa un incremento de costes excesivo podría ocupar el nicho de precios bajos con menos días de apertura. Pero en muchos casos, teniendo que asumir los costes fijos por el alquiler del local, a los comerciantes les interesa aprovechar las oportunidades de negocio de todos los días de la semana. Y aunque los precios subieran en general, tal vez los consumidores lo preferirían si así pudieran hacer sus compras con menos agobios y restricciones temporales.

Siguiendo con su "lógica": ¿El sábado también sale caro? ¿Y el viernes? ¿Por qué no abrir sólo un día a la semana y así ahorrar costes de verdad?

Libertad de horarios comerciales

En concreto, ratifica la multa de 500 millones de euros, la obligación de sacar al mercado una versión de Windows sin Media Player y el más arcano compromiso de revelar a sus competidores, precio pago, todos los detalles de sus protocolos de red.

El caso es que no parece que Microsoft tenga en la práctica demasiada competencia, pese a los esfuerzos de diversas autoridades antimonopolio de ponérselo fácil a sus competidores. Apple tiene un sistema operativo precioso y seguro, pero bastante bien colocado en una serie de nichos –diseño, autoedición, multimedia– de los que no parece tener mucha intención de salir. Y mientras no tenga algo así como el 20% del mercado, no podrá ni toser a Windows en el ámbito de las aplicaciones especializadas, que es donde el sistema de Bill Gates se sale, más que nada porque es el que tiene todo el mundo, programadores incluidos.

Por su parte, Linux ha tenido década y media para ponerse a la altura de Windows a la hora de cautivar a los usuarios y, por más que se empeñe Mark Shuttleworth y mejore Ubuntu, sigue sin estar ahí. Al gigante de Redmond le ha bastado con abaratar un poco las licencias para que empresas y gobiernos hayan decidido seguir "atados" a Microsoft en lugar de apostar por el software libre. Y es que, como ha quedado claro en quien proclama que lo más importante del mundo es luchar contra el cambio climático mientras se niega a desvelar la factura de la luz de Moncloa, es más fácil hablar que hacer el esfuerzo de ser coherente con lo que se dice.

Pero, sobre todo, el que Mac OS X o Linux den el salto no parece que dependan demasiado de las medidas que Bruselas quiera imponerle a Microsoft en procesos que duran más de diez años, una era geológica para los tiempos en que se mueve esta industria. ¿De qué sirve poner 500 millones de euros de multa u obligar a poner en el mercado una versión de Windows sin Media Player, que no ha comprado ni el Tato? Curiosamente, Redmond ofreció enviar a los ensambladores (HP, Dell, Acer, etc.) una versión de Windows que incluyera Quicktime y Real Player además del reproductor de Microsoft, para que la preinstalaran en sus ordenadores, algo que sin duda habría sido más eficaz si lo que quería la Comisión era reducir el porcentaje de mercado de Media Player y no tocarle las narices a la empresa de Bill Gates porque es enorme, americana y antipática.

La comisaria europea de Competencia, Neelie Kroes, se ha declarado preocupada porque, pese a sus ímprobos esfuerzos, Microsoft sigue creciendo. No debería preocuparse tanto; con Vista ha demostrado que es perfectamente capaz de echar a perder su propio monopolio, como le acaba sucediendo a todo el mundo al cabo del tiempo. Es lo que tiene la competencia, que hace que te lo trabajes; la propia empresa de Gates dio una demostración práctica sacando el Explorer 7 cuando empezó a temer a Firefox o cuando puso en el mercado Windows Mobile o Xbox.

Eso sí, quienes se alegran y se frotan las manos con la desgracia ajena, no estaría de más recordarles que, después de Microsoft, los objetivos de Kroes serán Apple y su tienda iTunes por su cuasimonopolio (oigan, que el palabro no es mío) de las descargas musicales de pago y Google y su dominio del asuntillo ese de las búsquedas en Internet. Da lo mismo que su competencia esté a un click de distancia. A la hora de imponer medidas absurdas no hay nadie como la socialburocracia europea.

La política del Emmental

El propio Gobierno habla del motivo de la política de erosión de las cuentas públicas a base de hacerle más agujeros que a un emmental, para repartir lo horadado a distintos grupos sociales, que se identifican con potenciales votantes. Y lo llama objetivos sociales.

La idea pasa por hacer que la gente se identifique como el grupo al que pertenece o se le hace pertenecer (jóvenes, por ejemplo), destacar de éste un aspecto concreto de sus necesidades (vivienda) y hacer las propuestas con mirilla.

¿Qué las deducciones no lograrán en realidad rebajar el alquiler sino transferir el beneficio fiscal a los propietarios? No importa, porque en la política como en cualquier aspecto de la vida lo que nos mueve no es la realidad sino nuestras ideas sobre cómo sea esta. Y si la gente no llega a dudar de la efectividad de la medida, lo verá con buenos ojos.

Uno tras otro, el Gobierno va haciendo agujeros al Presupuesto y ofreciéndoselos a los futuros padres, a los futuros clientes de Ikea, a niños de visita al dentista… Sobre ello ha ofrecido una pequeña rebaja fiscal. ¿Qué puede hacer la oposición frente a la política de Zapatero?

Rajoy ya ha adelantado sus intenciones, sin precisarlas, se hacer una verdadera rebaja fiscal frente a los "regalos" del Gobierno. Su partido, que ha adoptado un discurso integrador de todos los españoles en otros ámbitos de la política (unidad y solidaridad frente al nacionalismo), podrá engarzar el mismo mensaje en materia fiscal y de paso reconciliarse con lo que propone la mejor teoría sobre los impuestos.

Podría eliminar hasta donde quepa deducciones y beneficios fiscales, reducir el número de tramos y bajar los tipos, lo que nos haría a los españoles un poco más iguales ante la ley. De este modo no se nos consideraría miembros de un grupo, sino ciudadanos responsables. Uniría las virtudes económicas con las ciudadanas.