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Historia de un centavo

Fue una época de impuestos y gastos públicos a la baja y desregulación… y una enorme inflación crediticia espoleada por la Reserva Federal. La Bolsa subía como la espuma y con ella la fortuna de Matt. Pero la crisis de 1929 le arruinó por completo.

Un día caminaba por las calles de Nueva York con su ropa y un centavo por toda posesión. Estaba dispuesto a deshacerse de todo su dinero por entrar en un urinario público, pero coincidió que salía otro ciudadano de allí y se ahorró tener que introducir su moneda para poder entrar.

Ese día vio un tumulto de niños en torno a un humilde puesto. Había un vendedor que, por un centavo, entregaba unos muñecos recortados sobre un papel. Le dio su moneda y se llevó el recortable. Matt cambió de barrio y lo vendió por dos centavos. Volvió entonces al puesto y compró dos. Y repitió la jugada hasta que pudo comprarse tijeras y papel. Fue un renacer humilde, pero llegó a crear su propia empresa en un garaje, junto con su socio Elliot Handler. Juntaron sus apellidos para llamar a la compañía Mattel, cuyo primer logo recordaba aquél recortable que le salvó la vida. Matson jamás volvería a vivir en la lipidia.

Esta historia muestra dos cosas. La primera es que el sueño americano es una realidad. Las oportunidades están en la calle, esperando a que alguien tenga la visión necesaria como para percibirlas y aprovecharlas. Pero para ello son necesarias una moneda que no se degrade y la libertad de emprender.

La segunda es que Matson, acaso por su experiencia en el mundo de la economía, sabía apreciar cuándo un bien es escaso y tiene un precio anormalmente bajo. Fue su empresarialidad, su familiaridad con los precios y el mercado lo que le hizo darse cuenta de que allí, en ese humilde puesto, había una oportunidad de beneficio. No la dejó escapar.

Reliquias intelectuales

Pese a todo Hernández Arroyo mantiene su optimismo y su fe, envidiable, en tales instituciones. Y considera que el patrón oro es una ucronía, un término extraño para la institución monetaria que sí tuvo lugar en la historia y que funcionó razonablemente bien. Mejor, mucho mejor, que lo que haya funcionado jamás un banco central. Milton Friedman, que era liberal pero no era dogmático, escribió en su monumental historia monetaria de los Estados Unidos que "el funcionamiento ciego, no diseñado y casi automático del patrón oro resultó dar lugar a una regularidad y predictibilidad mucho mayor –quizás porque su disciplina fue personal e inescapable–, que lo que hayan conseguido el control deliberado y consciente de los acuerdos institucionales concebidos para lograr la estabilidad monetaria".

Baste como indicación de que efectivamente fue así la experiencia de Inglaterra. Si asignamos el número 100 a su nivel de precios en 1661 veremos no los superó más que en la última década del XVIII. Y que quitando la inflación de la guerra napoleónica el nivel de precios se mantuvo más o menos estable de nuevo hasta otra guerra, la de 1914. ¿Hay algún banco central que pueda presumir de una estabilidad como esta? Sólo de 1950 a 1975 el dólar perdió el 57 por ciento de su poder adquisitivo, como el franco suizo. El Deutshce Mark el 53 por ciento y la peseta el 82. El XX ha sido el siglo de la inflación, como lo ha sido del totalitarismo y de las guerras.

Porque, efectivamente, otra de las virtudes que le veo al oro es que funcionó como moneda universal y facilitó aquella globalización a la que jamás se le dio tal nombre, la que integró las economías europeas con América más Japón e India. Y coincidió con una era de paz en Europa como el continente, viejo y ajado de guerras sin fin, no había conocido. Quizás no sea mera casualidad. Pero Luis Hernández Arroyo recupera las categorías mentales de otro gran economista, Carlos Marx, al decir que el patrón oro fue instrumento del imperialismo de las potencias capitalistas y de las clases altas hasta que las bajas lograron acabar con él allá por los años 20. Aquí yo creo que se equivoca. Los debates para elaborar el informe Macmillan, que como el libro de Friedman son muy interesantes, parecen no reflejar ese estado de cosas. Cuando se sugirió a los sindicatos ingleses que se podía acabar con el patrón oro su respuesta fue de una inocencia encantadora, perdida para siempre: "Pero ¿es eso posible?". Difícilmente pudo ser una exigencia de la clase baja.

Hablar de la tesis de Einchengreen, seguidor de Keynes, acaso nos llevaría demasiado lejos para un humilde artículo. Pero es justo recordar que él sitúa el origen del problema en la Gran Guerra, cuando las naciones europeas abandonan el patrón oro. Y que el sistema monetario imperante cuando tuvo lugar la depresión no era el patrón oro, sino una curiosa combinación de dinero fiat y oro con banca central que se conoce como patrón intercambio-oro. Un sistema que, como decía Palyi, era lo suficientemente flexible como para dejarse manipular y lo suficientemente rígido como para no permitir la expansión crediticia por más tiempo. No fue el patrón oro como había funcionado hasta 1914 lo que fracasó.

Ya entrados en harinas de costales de este siglo, puede que sea fácil achacar a los tipos de interés demasiado bajos de antaño los problemas monetarios de hogaño. Es tan fácil, de hecho, que la idea ha sido expresada por muchos economistas puede que desde Cantillón. Quizá se pueda achacar a la manía de estos de explicar fenómenos complejos en los términos más sencillos posibles. Quizá puede que hasta sea cierto, como así parece en las crisis monetarias que conocemos desde 1819.

No es que sea falso, todo lo contrario, que como dice Hernández Arroyo "en el pasado los tipos estuvieron bajos, sí, pero luego subieron hasta los niveles actuales, que no son nada desdeñables". El problema aquí es que no se pueden compensar los primeros con los segundos. Porque cuando la Fed los fijó en el uno por ciento, el sistema crediticio reaccionó facilitando los préstamos baratos, como no podía ser menos. Y las empresas, con las nuevas facilidades, adaptaron sus planes al crédito barato. Como quiera que el capital no es como la plastilina, sino que es heterogéneo y complementario, y que una vez puesto en marcha para un proyecto no es perfectamente moldeable, una subida de tipos no puede compensar, sin más, las pasadas decisiones de empresas y bancos. Hay proyectos malos que se iniciaron sólo porque se favorecieron artificialmente por un crédito excesivo. Bien que los bancos centrales no son los únicos responsables, pero como reconoce el propio Hernández Arroyo su responsabilidad es enorme.

Es cierto, no seré yo quien lo niegue, que para llevar ciertas teorías a la práctica es necesario acudir a que "el Estado tiene el monopolio del legítimo uso de la fuerza" e incluso hacer de esa pretensión un argumento "incontestable". Y también lo es, cómo negarlo, que el patrón oro jamás necesitó de tales amenazas. Quizá, visto el legado de descomposición de la moneda, paro y estancamiento que ha acompañado a excesos por parte de los bancos centrales en los que el oro es técnicamente incapaz de incurrir, con la excusa de haber estrenado un nuevo siglo, sea este el momento de revisar ciertas teorías. Aunque parecieran dogmáticas y anticuadas allá por los años cuarenta.

No con mi dinero

Sin embargo, eso no justifica que el Gobierno decida gastar 1.560.000 (casi 260 millones de pesetas) en "estimular al tejido empresarial español para que disponga de una página web con dominio propio", por mucho que lo haga en colaboración con Telefónica, Nominalia y Recol.

No nos engañemos, este tipo de iniciativas consisten en gastar el dinero sustraído a los ciudadanos vía impuestos para que unos cuantos empresarios tal vez logren mejorar su cuenta de resultados gracias a las posibilidades de la Red. No tenemos nada en contra de que estos señores procuren mejorar sus resultados económicos. Todo lo contrario, es un propósito de lo más legítimo. Lo que no tiene legitimidad es que el dinero de millones de ciudadanos se ponga al servicio de los intereses particulares de estos señores. Además, muchos de ellos tal vez no tengan web debido a que esta no aportaría ningún beneficio a su actividad, o así lo creen ellos. El Gobierno no debería dedicarse a decirles como llevar su negocio.

Por otro lado, antes de empezar a gastar el dinero de los ciudadanos en que un grupo de personas mejoren su negocio, el Ministerio debería preocuparse por la calidad del trabajo de sus propios empleados. En concreto de su departamento de prensa. Ya no es que la redacción de la nota resulte en algún punto penosa. La frase que reproducíamos en el primer párrafo, por ejemplo, si se lee literalmente viene a decir que el objetivo es que el "tejido empresarial" tenga todo él una sola página web. Suponemos que en realidad querían decir que cada empresa disponga de la suya propia. Pero hay más aún.

Puestos a poner un nombre de dominio como ejemplo, deberían utilizar uno que pertenezca al Ministerio o que no pueda ser utilizado por un particular. Sin embargo no es así. El que los redactores de la nota han incluido es tunegocio.es. Es cierto que esta dirección no dirige a página alguna, pero al comprobar los datos de registro vemos que pertenece desde diciembre de 2005 a un particular residente en La Coruña. En algún despacho de Industria a alguien se le debería haber ocurrido comprobar algo tan sencillo. Por lo que se ve, no ha ocurrido.

Si la calidad en el desarrollo del programa NEW (Ninguna Empresa sin Web) –menuda cursilería– es similar a la de su promoción ante los medios nos podemos esperar la chapuza total. El Gobierno no sólo ha decidido gastar el dinero de unos españoles en beneficio de otros, que además en muchos casos disponen de una mayor renta que casi todos los que van a financiar involuntariamente la iniciativa. Además, no pone cuidado en la propia calidad del trabajo de sus empleados, cuyos sueldos también salen del bolsillo de los ciudadanos.

Ante esto, me gustaría decir aquello de "no con mi dinero". Pero no serviría de nada. Eso sí, al menos que no esperen que les aplauda. Todo lo contrario.

Lecciones de ecumenismo

Para la directora de la Casa Árabe no existen diferencias sustanciales entre el islam y la religión católica, como dejó claro en la entrevista que le hizo hace unos días El Periódico de Cataluña sobre esta cuestión capital para el entendimiento entre las civilizaciones. Sin ánimo de enmendar la plana a la insigne arabista, lo cierto es que hay algunos matices, que esmaltan las discrepancias entre ambas culturas no ya en el plano teológico (eso es lo de menos hasta para la Iglesia Católica, presa de una fiebre ecuménica del carajo), sino en el orden político y social.

Por ejemplo, las mujeres adúlteras, en los países islámicos, son enterradas en el suelo hasta la cintura y apedreadas hasta la muerte. En España van a los platós de televisión a contar sus infidelidades y de paso llevarse una buena pasta. En lugar de apedrearlas aquí les pedimos autógrafos.

Dice Doña Gema también que el velo en el islam no es un símbolo de discriminación y que muchas mujeres lo llevan por una cuestión de "afirmación de su identidad". Hombre, el hecho de que haya una policía especial sacudiendo garrotazos a la desvergonzada que vaya por la calle sin ir tapada de los pies a la cabeza también ayuda a esta concienciación identitaria, aunque la entrevistada omita el detalle. En Occidente, por el contrario, las señoras y señoritas visten como les da la gana, faltaría más, y últimamente enseñando "el tirachinas", algo que los varones agradecemos especialmente. No tenemos policías especializados en la represión de la impiedad pública.

En los juicios de los tribunales occidentales la declaración de un testigo vale exactamente lo mismo sea cual sea su sexo. En los países islámicos tienen la curiosa costumbre de dividir por dos si el testigo es una mujer. Para la señora Martín será una expresión pintoresca de la rica cultura árabe. Las implicadas, probablemente, tengan una opinión distinta sobre esta "excepción cultural".

En las sociedades islámicas los homosexuales suelen estar elevados a lo más alto en la escena pública. El problema es que lo están firmemente agarrados por el cuello con una maroma. En Occidente no se persigue esa conducta sexual por una cuestión elemental de dignidad colectiva, y además porque, en tal caso, el periodismo del corazón se quedaría sin representantes masculinos y ese es un precio que la sociedad española no está dispuesta a pagar bajo ningún concepto. Si se prescinde de esos y otros muchos pequeños detalles se puede aceptar que las dos culturas son iguales. Se trata tan sólo de cambiar las hostias por ruedas de molino y hacer ejercicios diarios de ingurgitación. Por ejemplo leyendo el diario en el que, casualmente, escribe de forma habitual nuestra protagonista.

Lo que llaman vandalismo en Wikipedia

Estos días he recordado mucho esta frase a raíz de algunas reacciones a las noticias publicadas a raíz de la creación del WikiScanner, que permite examinar qué cambios se han hecho a la Wikipedia desde las direcciones IP que se le indiquen.

Una IP, para entendernos, es como el número telefónico de Internet, de modo que a partir de ella es posible en muchos casos saber, si no la persona, sí al menos la organización a la que pertenece. Así se han podido localizar numerosos ejemplos de empresas, organizaciones y gobiernos desde cuyos ordenadores se ha modificado Wikipedia para insultar a terceros o lavar su propia imagen. Desde la ONU hasta Fox News, casi desde todas las organizaciones imaginables hay quien ha colaborado de buena fe y quien se ha dedicado a "vandalizar" la Wikipedia.

El caso es que, ante un hecho que no debería sorprender a nadie, parece que muchos se comportaran cual vírgenes a las que se hace una propuesta indecente. Pero es que la Wikipedia es eso: una enciclopedia que cualquiera puede alterar, por cualquier motivo, bueno o malo, sea por amor a la verdad o por el bien de su ideología o su cuenta de resultados. Parece que hay un buen número de internautas dispuestos a creer en la bondad y perfección absoluta de la enciclopedia libre, y cualquier hecho que lo desmienta provoca un efecto de negación colectiva

Sin embargo, el mismo Virgil Griffith, creador del WikiScanner, reconoce que la Wikipedia es confiable… en los asuntos que no son controvertidos. A mí por poco me cuelgan del palo mayor por decir algo parecido; posiblemente haya sido el artículo que más polémica ha generado de todos los que he escrito. Wikipedia es una gran herramienta y un gran proyecto, pero quienes la emplean deben ser conscientes de sus fallos, y tomarse lo que dice en muchos asuntos cum grano salis. Ese es quizá el problema, que hay quienes se creen todo lo que viene allí, lo que permite crear una Wikirrealidad alternativa, que diría Stephen Colbert, poniendo datos falsos o eliminando los verdaderos de la enciclopedia.

Jimmy Wales ha declarado que la herramienta de Virgil podría inspirar cambios a la propia Wikipedia: "Cuando alguien pulse en ‘editar’, sería interesante que les pudiéramos decir algo como: ‘Hola, gracias por editar. Vemos que ha entrado desde el New York Times. Tenga en mente que sabemos eso y que es información pública’." Considera que así podrían "hacerles parar y pensar". Es posible. Sin embargo, quizá la conclusión a la que lleguen después de quemarse las neuronas es que estas cosas es mejor hacerlas desde casa, si se tiene una IP dinámica, que cambia cada vez que se conecta a Internet, o desde un cibercafé. Pero siempre es positivo poner en dificultades a quienes cambian la Wikipedia sin ánimo de mejorarla, aunque no se les pueda impedir que lo hagan. Porque it’s not a bug, it’s a feature.

Malas perspectivas para España

En Estados Unidos, la inversión en vivienda representaba aproximadamente el 6% del PIB y no están digiriendo muy bien su crisis. En España, aunque es difícil calcular el valor real, supera el 15% (hay estudios que apuntan el 20%). Aún no sabiendo nada de economía, es muy difícil imaginar que el declive de un sector con tanto peso en nuestra economía nos vaya a dejar igual que antes.

Desde 1997 el precio de la vivienda ha crecido más de un 140%, y a propósito, no entra en el cálculo del IPC. Una de las razones que han hecho posible esta espectacular subida ha sido la entrada de inmigrantes, el dinero barato o bajos tipos de interés y una revolución hipotecaria que sólo se ha producido en España, donde los bancos han apurado mucho sus márgenes. España es el país donde los diferenciales han sido los más bajos de toda la UE, junto a Irlanda. Si comparamos en promedios los diferenciales de una hipoteca española con una belga, por ejemplo, el porcentaje que los separa es del 20% a favor de la hipoteca belga. Además, España fue uno de los primeros países en alargar los préstamos hipotecarios a 30 y 35 años.

Todo esto a pesar que tenemos los gastos por compra de vivienda más altos de la UE, de los que más de tres cuartas partes son impuestos, como no podía ser de otra forma. Sobre una hipoteca de 135.000 euros y según la Federación Hipotecaria Europea, unos 11.000 euros se los lleva la administración. Así fomenta el Gobierno el acceso a la vivienda. Mucho discurso social, muchas promesas y luego nos mete la mano en la cartera como un vulgar charlatán.

La posible crisis a la que se enfrenta España, y la vivienda sólo es una parte de la amenaza, no se soluciona bajando tipos o impuestos en determinados sectores, como muchos apuntan. Bajar los tipos significa aplazar el problema y convertirlo en otro mucho mayor. Toda economía expansiva que vive de inflaciones crediticias (tipos bajos y abundante liquidez) necesita, por fuerza, contraerse debido a la distorsión entre rentas reales y precios. Los bancos centrales no son la solución, sino el problema. Bajar determinados impuestos, como el de la vivienda, para después subirlos en otra parte es un parche inútil que no arregla nada y distorsiona el funcionamiento sano del mercado.

La gran dificultad no es la vivienda, ni la baja productividad española, ni la continua merma de competitividad exterior o un mercado laboral anclado en teorías jurásicas. Las economías dirigidas por tecnócratas y redentores sociales con altos sueldos no funcionan y cíclicamente llevan a las mismas crisis. Sólo el mercado en plena libertad puede encontrar, sin dirigismo estatal, su propio camino. Le pondré un ejemplo que ocurrió este mismo miércoles. Lehman Brothers tenía su propia unidad de hipotecas subprime llamada BNC Mortgage LLC. Ante la crisis, la ha cerrado y ha despedido a su plantilla de 1.200 personas. La empresa ha dicho que "las condiciones del mercado han requerido substanciales reducciones… de recursos y capacidad en el nicho de las subprime". Lehman ha puesto fin a su crisis y ahora se dedicará a otra cosa que dé dinero y la gente realmente necesite. ¿Se preocupa por los 1.200 despedidos? En un mercado dinámico y relativamente libre estas personas volverán a estar colocadas en un periquete y en otro sector necesario y productivo. En España, debido a la burocratización y politización del mercado laboral y la economía, una crisis así sería insalvable y el desempleo generado sería crónico, creando pérdidas constantes a toda la sociedad.

Se nos avecinan negros nubarrones. Mintiendo y manipulando datos no se va arreglar nada. Ahora más que nunca nuestra economía necesita libertad de movimientos para ser más dinámica y moderna y poder adaptarse a las necesidades del momento. Los políticos son el mayor aliado de las crisis. El libre mercado es el remedio a ambos males.

Crisis de liquidez

Las empresas cuentan con el alma de la economía: proyectos productivos que, cuando se lleven a cabo, satisfarán los deseos más apremiantes de los consumidores y en cuya producción se utilizarán recursos robados a otros proyectos que no son tan urgentes. La diferencia entre los ingresos que vienen de cumplir esos deseos y los costes por haber puesto a su servicio ciertos factores productivos es el beneficio.

Pero para llevarlos a término necesitan capital. El ahorro se canaliza por los bancos hacia las empresas, que pujan por llevárselo e incorporarlo a sus proyectos. El precio que surge de ese mercado del capital es el tipo de interés. Solo que, ¡ay!, ese precio está manipulado por los mecanismos más complejos y sutiles que quepa imaginar por una institución relativamente reciente llamada banco central. También contribuye el sistema bancario que presta como si fuera capital lo que no lo es: depósitos y activos líquidos, cuya maduración no se corresponde con un proyecto a largo plazo.

El resultado es un interés más bajo que el que hubiera fijado el mercado. La señal indica que hay mucho capital ahorrado para invertir, pero no es más que un señuelo. En realidad no hay tanto ahorro para todos los proyectos puestos en marcha. En verdad, hay hipotecas que jamás se tendrían que haber concedido. Lo cierto es que prestar a largo plazo activos líquidos es un fraude de proporciones estelares.

Llega la crisis de liquidez, cuando todas las alarmas saltan y la realidad nos estalla en la cara. Para no afrontarla, BCE y Fed vuelven a abrir la espita. Pero llegará un punto en que tengan que elegir entre una inflación desbocada o permitir que se liquiden los malos proyectos. Entonces llegará la gran crisis.

Un sistema asegurado a todo riesgo

Pensar en evitar estos seísmos es aún ciencia ficción. Sin embargo, el hombre sí puede reducir por un lado el efecto en el futuro de estos fenómenos naturales sobre las personas y sus propiedades más preciadas, y ayudar por otro a reducir el sufrimiento de los damnificados. Tanto para lo primero como para lo segundo necesitamos sociedades más libres.

No cabe duda de que la solidaridad (la renuncia voluntaria a ciertos bienes para cederlos a otras personas que los necesitan de forma apremiante) se puede ejercer desde cualquier sistema socioeconómico. Pero es en un entorno capitalista donde florece con mayor facilidad. En primer lugar porque los individuos tienden a ser más generosos y responsables en un entorno de libertades donde tu prosperidad depende de lo que aportes al resto de la sociedad que en un sistema en el que papá estado interviene y regula infinidad de aspectos de la vida diaria. En el modelo dirigido muchos viven de espaldas a las demandas sociales gracias a las subvenciones, licencias y todo tipo de privilegios estatales, mientras se le quita la mitad de la renta al ciudadano honrado con la excusa de resolver los problemas de los más necesitados.

Además, siempre será más fácil encontrar donaciones importantes en medio de la prosperidad que permite el mercado libre que entre la decadencia y el estancamiento típico de los modelos intervencionistas. Y, por si todos estos motivos fueran pocos, la ayuda rápida en caso de catástrofes es mucho más efectiva cuando quien la presta es un individuo privado interesado en que aquello que cede se emplee bien que cuando lo envían unos funcionarios que no tienen otra relación con esos fondos que la de haber ganado la lotería de un empleo público para toda la vida. Sobre todo cuando sus perspectivas de escalar puestos en la burocracia suelen estar relacionadas con el gasto de un mayor volumen de fondos.

Por otro lado, el capitalismo posibilita reducir el riesgo de futuros daños más que ningún otro sistema económico. La acumulación de capital, la competencia y el avance del conocimiento que hemos podido disfrutar desde la revolución industrial en las sociedades de libre mercado ha permitido, por ejemplo, que las edificaciones modernas se muevan con los movimientos sísmicos y no sucumban a ellos. Y esos conocimientos, una vez descubiertos, están al alcance de todos los que prosperen y ahorren en cualquier punto del planeta. Hace un par de meses tuve la oportunidad de comprobar cómo el edificio de la Universidad Francisco Marroquín se balanceaba después de que el suelo guatemalteco diera una fuerte sacudida. Al susto inicial le siguió el agradecimiento colectivo a la sociedad que ha hecho posible que grandes individuos desarrollen estas ideas geniales.

Los países más capitalistas también disfrutan del desarrollo de los seguros, unas instituciones creadas precisamente para la reducción y eliminación del riesgo. Mientras que el desarrollo del conocimiento permite evitar la destrucción, los seguros reponen el valor de los daños que no pueden evitarse. Sus beneficios rebasan con mucho la vertiente económica y entran de lleno en el lado psicológico de nuestras vidas.

Curiosamente, es esa inseguridad que reduce y elimina el mercado libre la que han aprovechado gobernantes de todos los tiempos y de todas las regiones para incrementar los impuestos, el gasto público y el aparato estatal, reduciendo así la extensión del libre mercado. Por el bien de los damnificados de los desastres naturales presentes y futuros esperemos que el liberalismo logre romper los tabúes del discurso políticamente correcto y podamos desarrollar los utensilios capitalistas contra el riesgo. Mientras tanto, la ayuda privada y responsable constituye la mayor esperanza para los individuos y familias que lo han perdido todo en el Perú.

La victoria de José Padilla

Pa(n)dilla ha ido escalando en el escalafón antiamericano desde un simple pandillero a todo un activista, como lo llamarían en muchos medios de comunicación. Tenemos suerte de que esté en la cárcel.

Pero el proceso que ha llevado al veredicto no ha podido ser más dañino para lo que resta de democracia liberal en los Estados Unidos, que sigue siendo mucho, pero en decadencia. La simple sucesión de hechos resulta escalofriante. Hace cinco años se le detuvo bajo el cargo de ir a los Estados Unidos, desde Pakistán, para hacer estallar una "bomba sucia". Bush le llamó un "enemigo en combate" y el Fiscal General le encerró en una cárcel militar sin comunicación con su familia o un abogado ni acceso al sistema judicial civil. Bush se arrogó el derecho a arrestar a cualquier ciudadano sin orden judicial ni juicio. Lincoln tiene escrito su nombre en las páginas más negras de la libertad en Estados Unidos por haber suspendido el hábeas corpus. Bush ha ido por el mismo camino.

El asunto llegó al Tribunal Supremo, que se lavó las manos diciendo que aquello no era asunto suyo. Se abrió de nuevo el caso contra Padilla y cuando parecía que volvería a la sala del Supremo y que, forzado a entrar en materia, declararía ilegal la pretensión de Bush de tener derecho a encarcelar a quien quiera y sin garantías, el Gobierno cambió de estrategia y llevó el caso a los tribunales civiles. Finalmente estos han resuelto su culpabilidad. Pero mientras, durante cinco largos años, ha tenido encerrado a una persona cuya culpa no se había probado en un juicio contradictorio. "Soy ciudadano americano", y Padilla lo era con todos sus derechos, es una frase que ha perdido gran parte de su atractivo.

Se ha visto todo este asunto como una victoria política de Bush. Lo es, pero el hecho de que consista en haberle negado a un ciudadano todos sus derechos durante tantos años sin el refrendo de una decisión judicial debería ser utilizado por sus detractores, no por quienes le defienden.

Pero más paradójico aún es que quien más ha salido ganando en este asunto es el propio José Padilla. Él es la auténtica "bomba sucia" contra la democracia estadounidense y su caso ha dañado a su país más de lo que él mismo habría soñado o está dispuesto a entender. Cada paso atrás en nuestras libertades es una victoria para el terrorismo. No seré yo quien felicite a Padilla, pero sin duda habrá quien lo haga.

Chávez, demócrata hasta la muerte (y más allá)

"La nueva experiencia democrática venezolana"; así se referían los cómicos españoles al régimen alumbrado por el mandatario caribeño, de profesión ex golpista. Coño, y tan nueva. Como que a la democracia en Venezuela ya no la conoce ni la madre que la parió, que diría aquél.

En realidad, lo único que ha hecho Chávez es fundamentar su sistema político en el viejo axioma socialista: la democracia sólo es buena si mandamos nosotros. Constatada esta realidad elemental, lo siguiente es sentar las bases que impidan cualquier retroceso en la senda progresista iniciada. Pues si la democracia es buena cuando mandamos "nosotros", si nos quedamos en el Gobierno para siempre tendremos entonces una democracia cojonuda. Es un razonamiento tan primario que resulta extraño que a Tocqueville se le pasara por alto cuando escribió su famosa monografía sobre la moderna democracia republicana.

Con la nueva constitución que Chávez va a imponer a su pueblo (sin apenas medios de comunicación libres y con amenazas flagrantes a quienes voten contra el líder, no cabe hablar de un referéndum legítimo), el faro de los demócratas progresistas europeos va a sentar sus posaderas en la cúspide del Gobierno hasta que la naturaleza provoque el "hecho sucesorio", que decían los franquistas en el ocaso del régimen. Entre otras innovaciones de indudable calado democrático, se prevé la posibilidad de detener a ciudadanos libres bajo la fórmula jurídica del "clamor popular". Es decir, que si una manada de gorilas al servicio del Gobierno se pone a vociferar frente a la casa de un periodista o un político desafecto pidiendo su cabeza, el Estado tendrá la obligación de llevarlo a comisaría para que dé las debidas explicaciones, probablemente tras un "hábil interrogatorio". Se trata de lo que el Montesquieu caribeño denomina el "poder popular" que, junto al "poder moral" (sic), constituye la base del futuro sistema constitucional chavista.

Con esa exquisitez en el respeto a la libertad de los ciudadanos, es lógico que el régimen político de Hugo Chávez tenga fascinada a la farándula europea. Hay intelectuales e intelectualas que se ponen a escribir las glorias del chavismo y es que se hacen pipí, pues el ex golpista venezolano quintaesencia como nadie los valores que la izquierda caviar defiende con pasión. Con pasión y a una distancia prudencial, claro, porque los mismos que a este lado del Atlántico se alborozan con las cacicadas de su héroe, prefieren mil veces sufrir en la vieja democracia burguesa a degustar las mieles socialistas del Coronel Chávez. Este tío acabará pulverizando el record de longevidad "democrática" que ostenta Fidel Castro, ya lo verán.