Ir al contenido principal

Calentamiento global y efecto 2000

Entonces se gastó una millonada; cuando no pasó nada se justificó diciendo que había merecido la pena, pero allí donde no se habían hecho grandes esfuerzos suplementarios tampoco tuvieron grandes problemas. Pero el caso es que acabamos de enterarnos de que sí hubo un error debido al efecto 2000 que no se corrigió hasta la semana pasada. Y es gordo.

Uno de los principales registros de temperaturas es el que recopila el Instituto Goddard (GISS) de la NASA. Es la referencia en lo que se refiere a Estados Unidos, que por otra parte es seguramente el país que posee los mejores registros del mundo. Pero por muy buenos que sean, la toma de temperatura en tierra, para series largas, tiene varios problemas imposibles de evitar. El primero son los cambios en el entorno de diversos puntos de recogida de temperaturas. El segundo, que hacer series de temperaturas medias es siempre complicado teniendo sólo algunos puntos de referencia, de modo que se calculan por medio de algoritmos ejecutados por computadores.

Pues bien, Steve McIntyre, el infatigable estadístico responsable de haber echado abajo la infame gráfica del palo de hockey, que mostraba unas temperaturas razonablemente estables durante siglos hasta una subida brutal durante éste, ha encontrado un error en la aplicación encargada de calcular la temperatura media. Un error que, quien lo iba a imaginar, hacía que las temperaturas recientes fueran mayores, exagerando el calentamiento.

Su efecto más significativo es que después de las correcciones pertinentes 1998 deja de ser el año más caluroso en Estados Unidos desde que se registra la temperatura; ahora el cetro le corresponde a 1934, año en el que tengo la impresión de había menos CO2. Será que las depresiones económicas calientan también. Hay quien ha empezado a argumentar que es un error pequeño. Pero todos los años del 2000 al 2005 tenían una temperatura media 0’15 grados superior a la real. El protocolo de Kyoto, ese cuyo cumplimiento nos salvará de la hecatombe, sólo reduciría el calentamiento en 0’07 grados.

Se dan varios hechos adicionales en este caso que resultan más bien graves. El primero es que el GISS está dirigido por James Hansen, el mismo que inició la histeria del calentamiento global en 1988 en una comparecencia en una comisión del Senado dirigida por nada más y nada menos que Al Gore. El segundo, que el instituto dirigido por tan honesto científico no pone a disposición de todo el mundo el software que emplea para calcular la temperatura media; McIntyre ha tenido que hacer ingeniería inversa para averiguar qué error podía tener. Y el tercero es que, estando los datos estadounidenses entre los mejores, ¿cómo no temer los errores que puedan existir en otros países?

Hansen y los suyos, en el mejor de los casos, no revisaron sus algoritmos porque daban los resultados que debían dar para confirmar sus teorías. En el peor, lo sabían perfectamente y por eso los ocultaron; es lo que habría que pensar por defecto de cualquier científico que oculte sus datos o sus métodos. Ninguna de las dos posibilidades resulta demasiado halagüeña para los defensores de la teoría del calentamiento global producido por el hombre. No sólo los modelos no tienen en cuenta muchas cosas, sino que ni siquiera podemos tener confianza en que los datos estén bien.

Por cierto, el blog de McIntyre ha sufrido un ataque de denegación de servicio, según informa Michelle Malkin, y el autor lo ha tenido que sustituir por una página en la que informa del mismo. Cabe imaginar que el culpable del hackeo es alguien para quien el calentamiento es una fe religiosa y no una hipótesis científica. Eso no reduce demasiado el campo de los sospechosos, la verdad.

Periodismo disperso

El que iba a ser su golpe definitivo a George Bush, que los historiadores recogerían al estudiar su fracaso en la reelección, era en realidad un fraude que le había colado un fanático. Un comentarista de un blog vio algo que no cuadraba. Luego un blogger tras otro investigaron por su cuenta, dando razón del fraude periodístico. Un periodista de raza, un equipo a su servicio, toda una gran cadena de televisión, todo ello vencido por el ejercicio disperso de varios escritores en pijama.

El periodismo ha cambiado para siempre. Más que nunca ha pasado a ser una conversación policéntrica. Los roles del emisor y del receptor se entremezclan y las noticias están hoy más vivas que nunca. Los medios tienen miles de ojos escudriñándoles, como siempre. Pero ahora pueden responderles y corregirles como nunca. El itinerario de la información no acaba en el papel impreso o en su edición virtual.

Hay blogs dedicados a analizar el relato de los medios de comunicación y su ambivalente relación con lo que ocurre. Los hay especializados en medios concretos como Biased BBC o ABC Watch u observan los errores en todos ellos, como nuestros Malaprensa o El Observador.

Por otro lado las fuentes del periodista se amplían de modo exponencial. ¿Caen las bolsas mundiales? Tiene a los primeros economistas vertiendo en sus blogs sus juicios. ¿Atentado en Irak? Cuenta con un vecino de Bagdad con conexión a Internet y a la realidad de su ciudad. Es más, como las noticias son miradas a lo que ocurre y el periodismo disperso las multiplica, crean sus propias noticias, que a los medios de comunicación pasan desapercibidas. También dan la relevancia que tiene a un acontecimiento que no cabe en su agenda. Nuestra forma de informarnos ha cambiado para siempre y a mejor.

A atarse los machos

Y en esas estamos. Banco Central Europeo y Reserva Federal han "provisto de liquidez para facilitar el funcionamiento ordenado de los mercados financieros", como se ha justificado esta última, en ese lenguaje entre técnico y arcano que sugiere, pero que no dice nada. Ahora se dice que la Fed bajará los tipos y que el BCE y el Banco de Japón retrasarán su decisión de subirlos. ¿Qué ocurre? Los ciudadanos tenemos la sensación de que nos están guiando unos perros lazarillos. Y sus palabras, reconfortantes y vacías, nos llenan de inquietud. La palabra crisis comienza a musitarse en los mentideros y cuando la leamos en los periódicos con grandes tipografías ya será tarde. Sí. Se acabó la fiesta y volvemos a casa con la sensación de que, cuando nos despertemos, nos va a subyugar una terrible resaca. Menos mal que están el BCE y sus amigos ofreciéndonos una dosis más. Todavía podemos aguantar un poco. Seguimos en pie.

Ahora, con el mareo de la última dosis y el vértigo de la caída, miramos atrás para saber cómo hemos llegado a esta situación. Para que se haga una idea imagínese que un buen vecino, que merece su total confianza, se le acerca y le pide prestada una pequeña cantidad. "Por supuesto, cuenta con ello", le dices. Y preguntas: "¿para qué lo necesitas?". "Tengo que comprar una casa", te responde. No es que se haya visto temporalmente corto de fondos o que tenga una pequeña necesidad inmediata que no pueda atender. Se va a embarcar en uno de sus proyectos económicos más importantes de su vida y en lugar de haber ahorrado lo suficiente o pedir ese capital a otros ahorradores, pagando su precio correspondiente (préstamo a largo plazo y con incertidumbre), tira de pequeños préstamos a corto, más baratos, que va renovando una y otra vez.

¿No hay algo extraño en ese comportamiento? Sí. Es un fraude con todas sus letras. Un crimen económico mayúsculo que sólo ante el ignorante pasa por mera técnica financiera. Es el fraude que el sistema bancario ha adoptado como corazón de su negocio. Endeudarse a corto, captando nuestros depósitos, y prestarlo a largo plazo, para otorgarnos hipotecas. Nosotros entregamos liquidez y ellos prestan capital. Un juego malabar ante nuestras propias narices. Un engaño del que participamos igualmente.

Pero en la economía cada pecado crea su propia penitencia. Y llega un momento en el que las consecuencias del fraude se vuelven contra todos. Se han iniciado demasiados proyectos a largo plazo para los que, sencillamente, no hay ahorro suficiente. Hay que reconocer, cuanto antes mejor, el estado de cosas. Es necesario liquidar los malos proyectos, reconocer que muchos de los activos que tenemos no valen ni la mitad, sanear la economía y seguir adelante.

Pero a base de convertir liquidez en activos ilíquidos, los bancos se encuentran en situaciones comprometidas y piden ayuda a los bancos centrales, una de las instituciones más viles de nuestro tiempo. Cada nueva ayuda retrasa la penitencia, pero agrava el pecado y la pena. Privadamente lo único que nos queda por hacer es atarnos los machos, ahorrar para un futuro incierto y esperar que los ríos de tinta, sangre y lágrimas no nos arrastren.

Cuba, un mundo sin Google

Acto seguido le explican que no saben qué es eso. A continuación, descubre usted que nunca han oído hablar de Gmail ni de Hotmail. A unas cuantas manzanas de donde tiene lugar esta conversación, poco tiempo después, otra persona se asombra cuando le cuentan que a través de la Red se pueden comprar billetes de tren o de avión sin moverse de casa.

Las anteriores situaciones son reales. Vividas apenas hace unos días. Tuvieron lugar en La Habana. Para la mayor parte de los cubanos, Internet es algo de lo que han oído hablar pero que no saben en qué consiste en realidad. Lo máximo a lo que puede acceder un habitante de la isla es a una intranet nacional totalmente controlada por el régimen, y siempre desde cibercafés controlados por el Estado. Esto afecta incluso a los turistas. Los ordenadores existentes en los hoteles tan sólo permiten acceder al correo electrónico, y para ello es un empleado del establecimiento el que teclea la dirección del servicio web de e-mail que uno utiliza.

Para la mayor parte de los cubanos (aquellos que no se cuentan entre los pocos privilegiados a los que el régimen autoriza a tener ordenador y conexión en casa) es todavía peor. Para poder disponer de una cuenta de correo electrónico se requiere un permiso oficial, y esta es ofrecida por el Gobierno bajo el dominio correosdecuba.cu. Por supuesto, para consultarla es necesario acudir a uno de los citados cibercafés. Hasta ahora también se permitía tener, con autorización, un correo de Yahoo. Desconocemos cómo consiguió esta empresa tal privilegio, pero lo ha perdido. El Gobierno ha anunciado su prohibición inminente.

Como en cualquier otro aspecto de la vida, en Cuba no existe libertad para el uso de Internet. Esta situación es la que llevó a Guillermo Fariñas a declararse en huelga de hambre varios meses para reclamar algo tan básico como que el régimen permitiera que los cubanos se pudieran conectar a la Red. Tuvimos el privilegio de conocer a este héroe hace unos días. Fue un encuentro casual. Todavía se está recuperando, y las secuelas que en su cuerpo han dejado la medida de protesta son impresionantes, como se puede apreciar en esta fotografía. Está bien de ánimo, y satisfecho de la repercusión que tuvo su caso, lo que permitió que todavía más personas se concienciaran de la dura realidad cubana.

La opresión, el totalitarismo, la mentira permanente y el aislamiento impuesto por el Gobierno en Cuba no afectan tan sólo a Internet. Impregna cada aspecto de la vida diaria de los habitantes de la Isla. Es un mundo sin Google, pero también sin derechos civiles de ningún tipo ni protección alguna de los ciudadanos frente a los abusos de las autoridades. Por eso es tan importante para los hermanos Castro que los ciudadanos no puedan acceder libremente a la Red. Si se lo permitieran abrirían una ventana al mundo por medio de la cual los cubanos descubrirían que una vida mejor y en libertad es posible. Además, les darían un medio para gritar al mundo lo que Ramonet y tantos otros palmeros del dictador caribeño niegan, que la mayor de las Antillas es el infierno en la Tierra.

Fuego redentor

Resulta políticamente incorrecto posicionarse contra las subvenciones y ayudas a quienes acaban de perder sus posesiones más preciadas. Los políticos lo saben y por eso Zapatero anunció todo tipo de regalos financieros a los damnificados mientras el fuego todavía  avanzaba. Sin embargo, por muy popular que sean las ayudas económicas a los afectados, a largo plazo es una de las peores soluciones posibles. Las verdaderas soluciones consisten más bien en remover las trabas al cuidado del campo, permitir la colaboración de los lugareños en las labores de extinción e introducir competencia en la gestión de los parques naturales y los sistemas de protección de los mismos.

Las ayudas, en realidad, hacen que los seguros contra el fuego se vean debilitados pues "para qué gastar cada mes un dinero en un seguro contra incendios si, cuando tenga lugar, el vecino que no ha ahorrado para este fin también recibirá dinero de las administraciones públicas". Ocurre aquí lo que pasaría con los seguros de coche si no fuesen obligatorios y el estado decidiera pagar los daños después de cada accidente. No pagaría el seguro ni el más despistado y las compañías de seguro no habrían inducido –como han hecho– al establecimiento generalizados de técnicas, instrumentos y actitudes preventivas. Con la lluvia de ayudas en el monte quemado la relación entre las aseguradoras y los sistemas contraincendio conocidos y por descubrir se pierden irremisiblemente. El incentivo a mantener un buen sistema de protección contra el fuego desde la esfera privada se diluye con las lluvias de ayudas gubernamentales. Claro que todo esto le suena a chino a los políticos y a quienes como ellos no ven más allá de los periodos de 4 años que conforman las legislaturas al uso.

¿Agencia Nacional para gestión de crisis?

Mariano Rajoy ha aprovechado el dantesco incendio para proponer la creación de una agencia nacional para gestión de crisis. Para quienes creían que la solución de los problemas mundanos a través de deificadas agencias estatales era una nota característica y exclusiva de ZP, aquí tienen una prueba con la que desengañarse. La creación de una agencia estatal sólo servirá para añadir más burocracia a los problemas de los que se supone que tiene que ocuparse la nueva organización. El conocimiento necesario para mitigar los efectos sobre el ser humano y su propiedad de las grandes catástrofes como inundaciones, incendios o terremotos suele ser de carácter subjetivo y estar disperso. De hecho, quienes lo detentan son frecuentemente los propios damnificados y las personas de su entorno. De ahí que el lema de una de la manifestación de protesta contra la dirección del dispositivo de extinción de incendios fuera "¿Quién tomó la decisión de no contar con nosotros?" Y no les falta razón. Lo ideal es que las soluciones tiendan a ser todo lo privadas y contractuales que sea posible, de modo que la valiosa información que poseen quienes se ven afectados por estos desastres se refleje vía precios y cláusulas y generen así la mayor coordinación posible en el intento de evitar o paliar los daños. Las soluciones que van en la dirección opuesta, como esta de Rajoy, son muy vistosas de cara a los telediarios pero a menudo los grupos especiales que salvan al gatito o al niño asustado en medio del desastre suelen esconder un caos de proporciones descomunales.

Todos tenemos aún en la retina las imágenes del cataclismo de la ciudad de Nueva Orleáns tras el paso del huracán Katrina. EEUU contaba con la Agencia Nacional que pide Rajoy y con asombrosos niveles de financiación estatal. Eso no impidió que el ministro Alonso declarara en aquellos momentos dramáticos que aquello no podría pasar en España por la importancia que aquí tiene el Estado en este tipo de situaciones. Menuda tontería. El gasto público de la agencia estadounidense era aquel año unas 38 veces más por habitante que las partidas presupuestarias que se destinan en nuestro país a estas crisis. Ni el descomunal gasto público ni la centralización de la gestión de este tipo de riesgos evitó uno de los mayores despropósitos acometidos en una situación de emergencia extrema. Más bien, contribuyó decisivamente a agravar el caos y el padecimiento de los ciudadanos del Golfo de México.

Si el Estado se dedica a impedir las soluciones más descentralizadas y ligadas a las propiedades y las vidas en riesgo potencial, entonces al menos debería evitar la multiplicación de organismos y la lejanía del ente respecto de las personas y bienes que se quieren proteger. Por eso la propuesta del jefe de la oposición puede tener sentido en el marco del oportunismo político pero pierde fuerza fuera de ese ámbito.

En el trasfondo de estas dos propuestas subyace un grave problema: los políticos carecen de un incentivo real para evitar situaciones como las vividas en Canarias estos días. La falta de un vínculo directo entre su acción y la de sus subordinados con la propiedad privada sujeta al peligro de quema hace que los políticos asignen los recursos de forma deficiente, primero escatimando medios y luego exagerando el gasto en recursos añadiendo burocracia. Para colmo, no quieren ni oír hablar de las soluciones más sencillas y efectivas que reclaman los propios afectados porque les impediría aprovechar el fuego para presentarse ante el electorado como los redentores sociales que les gusta creerse.

A la CNMV le gustan los monopolios

Eso sin mencionar su manual dirigido, a lo que parece, niños de preescolar, "qué debe saber de los ‘chiringuitos financieros’". En el libro coloreado, el regulador caracteriza a las pequeñas empresas como bichos o magos, e incluso presenta a un comercial como el diablo.

Quienes no están familiarizados con el mundo financiero tienden a creer que organismos como la CNMV nos protegen de los estafadores. Es un tremendo error. La CMNV actúa como cualquier otro organismo del Estado, se presenta como el salvador de un grupo y, antes que nos demos cuenta, lo domina todo. Su forma de actuar es similar al que podría tener una mafia local en un pueblo o barrio, esto es, extorsionando a los comerciantes vendiéndoles seguridad. Si el comerciante no contrata la seguridad de la mafia, ésta se vengará. Con la CNMV ocurre lo mismo: o estás con ellos obedeciéndoles y pagándoles o estás contra ellos. Así: "la Ley 24/1988, de 28 de julio, del Mercado de Valores […] establece […] que los recursos económicos de la CNMV estarán integrados, entre otros, por las tasas que perciba por la realización de sus actividades o la prestación de sus servicios". Sí, prestación de servicios pero por la fuerza, como el mafioso de barrio.

Evidentemente, el encarecimiento de costes que crea la CNMV sólo se lo pueden permitir los grandes. Por tanto, sacrifica a los pequeños empresarios financieros para mantener el mercado limpio no de estafadores, que los sigue habiendo, sino de opciones para el inversor y el ahorrador. Como no, ahí está el único interés de la CNMV: mantener y reforzar los monopolios financieros. No es más que capitalismo de estado, o de "amigotes", el que gobierna hoy día en el mundo financiero.

Y es que el gigantismo en el mundo financiero nos parece inamovible, pero no siempre fue así. Muchos bancos actuales, europeos y americanos, fueron creados por personas corrientes como comerciantes o empresarios hace más cien años. En esa época no había tantas regulaciones ni el Estado estaba tan obsesionado como ahora por sacar dinero de donde fuese. Por ejemplo, el Banco de Santander se fundó en 1857 y contaba inicialmente con 13 personas en plantilla. En aquel momento los comerciantes de Castilla tenían que embarcar en Santander sus cereales rumbo a las Américas a cambio de diversos productos que sólo tenía ese continente. Esta fue la razón que impulsó la unión de comerciantes de la zona y creó lo que ahora es un gran banco. Ahora sería imposible hacer algo así. Es más, la CNMV lo habría considerado un chiringuito financiero con ramificaciones internacionales y estaría en su buscador de delincuentes. La regulación masiva sólo ha servido para crear cárteles financieros que impiden la competencia y se reparten el mercado entre ellos.

Las pequeñas empresas siempre han de demostrar que son mejores que las grandes, da igual que vendan hortalizas, zapatos o productos financieros. Estas pequeñas empresas no se juegan tener menores beneficios como las grandes, sino su existencia. En el mundo financiero, competir contra los grandes se puede conseguir con comisiones más reducidas, algo que hacen imposible los requisitos de la CNMV, u ofreciendo productos de mayor rentabilidad/riesgo. Si la comisión se empeña en cerrar todas las pymes financieras, ¿dónde está la competencia real y la libre opción? El monopolio en el sector está asegurado. Y encima, ¿sabría nombrarme algún logro de la CNMV en sus 20 años? Todo lo que envuelve a la comisión son escándalos, corrupción e ineficiencia.

Sindicatos de bloggers

En un país como Estados Unidos, puedo llegar a comprender la primera reivindicación, pese a que los bloggers de izquierdas se opusieran a la propuesta de reforma de George Bush, que hubiera eliminado la dependencia de las empresas para disponer de seguro. Pero si hay algo absurdo es una negociación colectiva en un sector cuya principal virtud es precisamente su dispersión.

Los bloggers que ganan dinero por escribir son pocos, y los que pueden ganarse la vida con ello aún menos. Excepto cuando se venden empresas especializadas en blogs por cantidades absurdas de dinero, no parece éste un sector especialmente lucrativo, aunque seguro que Julio Alonso podrá llevarme la contraria. Pero, sobre todo, como sucede en tantos otros empleos de nuestra sociedad de servicios, no hay nada más diferente de un blogger que otro blogger, y pretender homogeneizar y "negociar colectivamente" la remuneración es la vía segura al fracaso y al abandono del negocio de los blogs.

Porque, después de todo, la principal función de un sindicato no deja de ser aumentar la remuneración de sus integrantes por encima de lo que los empresarios pagarían si la organización no existiera. ¿Cómo puede conseguirlo un sindicato de bloggers? Uno de los métodos clásicos, la prohibición de incorporar nuevos trabajadores sin contar con su bendición, es evidentemente inaplicable en un sector donde las barreras de entrada son cero. Otra forma es hacer huelgas, pero parece claro que un blogger en huelga será rápidamente sustituido por uno nuevo, ya sea en el blog en el que escribe o en cualquier otro, posiblemente gratuito. No parece muy claro que pudieran, por tanto, realizar su función. Sin olvidar, claro está, que nunca podrán aumentar el dinero que ganan por encima de su productividad marginal, es decir, por encima de lo que hacen ganar al empresario. Que no creo que sea mucho.

En realidad, seguramente lo mejor que podrían hacer los bloggers que cobran por escribir es abrir una lista de correo, un foro o una web donde contaran lo que ganan, para así tener información, que es la principal arma con que pueden contar para negociar. O eso, o simplemente independizarse y encargarse de todo ellos mismos. Pero eso requiere iniciativa, esfuerzo y riesgo, algo que no parece que esté en la agenda de estos bloggers de izquierdas. Olvidan que sí que existe una asociación de bloggers, Media Bloggers Association, cuya principal función es lograr acreditaciones para ruedas de prensa y actos de todo tipo, que es quizá el único servicio útil que podría lograr un sindicato. Si excluimos, claro está, la razón de ser que parecen tener estas organizaciones, especialmente en España: obtener subvenciones y la atención de los medios aduciendo una representatividad inexistente, aunque eso sólo sea de provecho a sus promotores.

Los verdaderos héroes de la lucha contra el fuego

Y, una vez más, la propiedad privada se muestra como un poderoso incentivo para solucionar los problemas más acuciantes mientras que la propiedad pública de los servicios de extinción da muestras de la esperable descoordinación y falta de previsión.

En muchos sentidos no hay nadie mejor que el dueño para proteger sus propiedades de un incendio. Esto es lo que pensaron los vecinos de algunos pueblos afectados por el fuego. Así que cuando la Policía vino a sacarles de sus casas se escondieron de las fuerzas del orden público ignorando las repetidas llamadas de evacuación y esperaron a que sus pueblos quedaran semi-fantasmas para actuar armados de la idea de que "esto sólo lo sabemos salvar nosotros".

Algunos de estos valientes fueron encontrados, aporreados y detenidos por negarse a abandonar sus viviendas y muchos han denunciado el trato hostil y vejatorio que recibieron de la Policía cuando les obligaban a abandonar sus casas. Pero al menos en Tunte y Fataga, dos pueblos de San Bartolomé de Tirajana, lograron encerrarse en sus casas y burlar a la Policía la noche del día 30 de julio para tratar de protegerles del fuego.

Quienes tuvieron éxito en este juego del escondite y se quedaron desafiando a las llamas para defender sus propiedades y las de sus amigos o familiares aseguran que les movía la desconfianza en la efectividad de los equipos de extinción de incendios. Según cuentan, quienes se suponían que iban a tratar de proteger sus casas no sabían ubicar los pueblos afectados ni de dónde extraer el agua para realizar las tareas contraincendio.

Los habitantes han experimentado de una manera penosa la máxima del premio Nobel de Economía Friedrich Hayek –y que ya adelantó Juan de Mariana en el siglo XVI–, según la cuál no tiene sentido centralizar las decisiones cuando las posibilidades de coordinar distintas acciones para alcanzar una meta de manera exitosa dependen de información dispersa, práctica y, a menudo, subjetiva. Así, un tal Santiago, vecino de la zona afectada declaraba a la agencia Efe lo que está en boca de tantos y tantos canarios: "Es una pena que no se nos escuche como residentes de la zona, porque nosotros conocemos perfectamente los lugares claves para atajar este incendio". Algunos lugareños, comentan que advirtieron a las autoridades de lo que sería la evolución probable del incendio sin que nadie tomara medidas al respecto: "¡Mira que se lo advertimos! Pero como no escuchan a la gente de la zona, que es la que sabe… pasa lo que pasa."

Por desgracia, dada la naturaleza del problema, ni la propuesta del PSOE de inundar el monte con dinero público ni la de Mariano Rajoy de crear un nuevo órgano burocrático nacional para situaciones de crisis solucionará la cuestión de los penosos incentivos del sector público ni de su peor eficiencia en la gestión de estas situaciones de emergencia sino que, más bien, tenderán a agravarlos.

Los pérfidos intermediarios

La pasada semana un grupo de agricultores convocó a los viandantes a un festín de fruta gratis. No era un acto de generosidad, sino de protesta. Lo organizaba la Unión de Pequeños Agricultores y Ganaderos, UPA, para cantar la vieja tonada de que los verdaderos productores, que son ellos, ganan una parte ínfima del precio final del producto. Dicen que unos intermediarios, que no son más que ladrones, “se forran” a costa de productores y consumidores. La parte del león se lo llevan estos “especuladores”. Vamos, que los ponen de cobradores de impuestos para arriba.

Su portavoz, Lorenzo Ramos, ha puesto un ejemplo que pretende ser escandaloso: Una y la misma sandía por la que usted, desavisado consumidor, paga 78 céntimos el kilo, la vende el esforzado cultivador a ocho. ¡Una plusvalía del 780 por ciento! ¿Cabe mayor iniquidad? Esta idea de que el valor de los bienes lo da la Tierra, que llevaron a la perfección, en lo que cabe, los fisiócratas, la han recogido estos subvenciócratas, que para denunciar presuntos robos al público tienen tanta soltura como para recibir de ese mismo ciudadano las cantidades en forma de dádiva pública que puedan llevarse.

Pero además es que no tienen razón. Es evidente, incluso para una ministra, que no es lo mismo una sandía recién ganada a la tierra que la misma sandía en el mercado. No lo es desde el punto de vista económico, simplemente porque está más cerca de nosotros, los consumidores. La producción consiste en acercar los bienes a su fin último, que es el consumo. Y cargar con la sandía hasta un mercado mayorista es producir. Llevarla hasta un mercado al detalle es producir. Y tanto envasarla, si es necesario, refrigerarla, limpiarla y descartar las que no sean aptas para consumir, todo ello es producir. Cada paso va en la misma dirección, que somos los consumidores, y todos son necesarios. Todo ayuda a que en el último eslabón de la cadena el comprador se lleve el bien a casa. Y cada etapa, desde la del agricultor hasta el trasportista o el comerciante, es importante. ¿Cuánto? Para eso está el mercado, para descubrirlo.

Si uno va más allá de donde llegaría, insisto, una ministra, puede darse cuenta de que si los beneficios de los “meros intermediarios” son tan fabulosos, los propios agricultores podrían llevárselos enteritos, sin más que ocupar su puesto y encargarse ellos del resto de la cadena de producción. Que nos lo traigan a casa a 78 céntimos el kilo, o a 70 si quieren, y los consumidores iremos todos a pagarles a ellos. ¿Por qué no lo hacen? Porque para ello ya hay muchas empresas que luchan, en dura competencia, por dar el mejor servicio al menor precio. Y son los mejores con los que contamos, porque de no serlo el mercado les habría expulsado.

Con todo, no es que tengan motivo de queja. Como decía Javier Alonso, entre los márgenes que ellos no se llevan porque no los generan “hay una parte llamada IVA que se queda el Estado ya no sin aportar nada a cambio sino entorpeciendo y encareciendo todo el proceso con trabas administrativas y regulaciones varias”. ¿Protestarán contra eso?

Lukashenko y Elton John, almas gemelas

Internet es para un bielorruso ávido de información una auténtica maravilla, donde puede leer informaciones que los medios tradicionales no pueden publicar. Pero el acceso está controlado por la compañía estatal Beltelekom, que ya en las vísperas de las elecciones de 2001 bloqueó el acceso a las web de los principales diarios independientes y grupos de derechos humanos del país, con la excusa de un error técnico, por lo que se ve, tremendamente selectivo.

Elton John, quizá un poco nervioso por el éxito no excesivamente rutilante que cosecha últimamente, ha afirmado esperar que "el próximo movimiento en el mundo de la música tire abajo a Internet. Salgamos a las calles, marchemos, y hagamos protestas, en lugar de sentarnos en casa y meternos en los blogs". Su idea es "cerrar por cinco años Internet". Como ven, le ha dado últimamente por hacer amigos.

La diferencia entre uno y otro es que el primero tiene la capacidad de ejecutar sus designios. Por más que Elton John sea "tecnófobo", no puede impedirnos a los demás tener un teléfono móvil o un reproductor de MP3, artefactos que aborrece. Tampoco puede cerrar Internet, naturalmente. El cantante sólo puede intentar ejercer su influencia sobre quienes tienen el poder. Sólo los gobiernos pueden censurar Internet, por más que lobbys como la SGAE influyan para lograr que se aprueben leyes de propiedad intelectual draconianas o artículos 17bis que le otorguen la capacidad de cerrar webs y desconectar usuarios de la red. Aun si hubieran tenido éxito en este último caso, la autoridad de la SGAE habría sido delegada por el Estado, que habría sido el verdadero culpable.

Eso sí, la influencia de quienes desean cercenar las libertades en Internet puede tener resultados nefastos si no se la contrarresta. De ahí la importancia de altavoces como la plataforma Todos contra el canon, que obliga a los lobbys a ponerse a la defensiva en lugar de pasar a buscar nuevas fuentes de financiación, como el cobro del canon en las conexiones a Internet, o de control, como sus repetidos intentos de censurar Internet. La opinión pública, aunque muchas veces parezca irrelevante en las democracias liberales, tiene un peso importante y es lo único que puede llegar a impedir que los políticos terminen eventualmente siguiendo los pasos de Lukashenko, vista la escasa solidez de nuestro Estado de Derecho, siempre tan dispuesto a mancharse la toga en el polvo del camino.