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Rolling Stone y la muerte de las discográficas

Pues bien, acaban de publicar una devastadora crítica de la actitud de la industria discográfica frente al reto que supusieron Napster y sus secuelas, una fiel descripción del lastimoso estado en que se encuentra como consecuencia de la decisión de enfrentarse a sus clientes y una enumeración de algunas de las posibles vías de transformación, que pasan todas por renunciar a su papel hegemónico en el negocio. Eso debe doler.

Lo sorprendente del caso no es tanto lo que se dice, que no se separa casi nada de lo que muchos les venimos contando desde hace años, sino la publicación que lo dice, que al fin y al cabo no deja de ser parte del establishment musical, y los testimonios que recoge de personas de dentro de la industria o sus aledaños. Un ejecutivo anónimo de la industria asegura que ésta "se está muriendo". El abogado de Metallica y otros músicos afirma que "las discográficas disponen de maravillosos activos, pero no pueden ganar dinero con ellos". Hillary Rosen, que fuera la cabecilla de la RIAA (la SGAE norteamericana) reconoce que entre los años 2001 y 2003 las discográficas perdieron su clientela demandando a Napster en lugar de llegar a un acuerdo con el servicio en el momento en que era la única red P2P y fracasando a la hora de proponer una alternativa de pago. Cuando ésta llegó, gracias a Apple, era demasiado cara y, sobre todo, demasiado tarde. Y encima, poco después comenzaron las demandas de la RIAA contra quienes se descargaban música de Internet. Ese fue el punto de no retorno, pues eliminó de las mentes de muchos la mucha o poca vergüenza que les pudiera provocar descargar canciones en lugar de comprarlas.

Sin duda, Shawn Fanninge, el creador de Napster, puede poner en su currículum el mérito de haber convertido en obsoleto un modelo de negocio que proporcionaba miles de millones de dólares a entonces cinco (ahora cuatro) grandes empresas y que nunca se basó en el arte, sino en la distribución de piezas de plástico. Pero son los ejecutivos que gestionaban esas compañías los que pueden ponerse la medalla de la destrucción de sus empresas. Ahora están empezando a cambiar su comportamiento, aunque puede que sea tarde. Han llegado a acuerdos con YouTube para permitir que los vídeos musicales estén disponibles gratuitamente, EMI ha empezado a vender música sin protección y, sobre todo, están empezando a firmar contratos con los artistas en los que la discográfica se lleva parte del dinero de las giras, conciertos, merchandising, etcétera.

Seguramente el camino que sigan las compañías sea precisamente su conversión en empresas de servicios a los músicos, nuevos y viejos, que gestionen las grabaciones, las vendan por Internet o en soporte físico, las promocionen, negocien conciertos, etcétera; algo así como capitalistas de riesgo de la música, tal y como opina Rob Glaser, de la tienda online Rhapsody. Las canciones se seguirán vendiendo, pero no a un dólar o un euro, como ahora sucede en iTunes, sino por unos pocos céntimos. Es posible que se proponga a los proveedores de acceso a Internet un acuerdo de modo que éstos puedan ofrecer a sus clientes conexiones algo más caras pero con permiso para descargarse lo que se desee; no sería un canon porque lo pagaría quien realmente lo usara. Pero lo único que está claro es que el negocio de las discográficas, tal y como se entiende desde los años 60, no seguirá siendo la próxima década como hasta ahora.

La izquierda le tiene tirria a la libertad

Hoy, el debate vuelve a emerger, al albur de las reformas fiscales practicadas y prometidas por el PSOE, que, pese a las milongas y campañas propagandísticas, no han detenido el incremento de la presión fiscal y el expolio del ahorro (por no hablar de las subidas de otros impuestos, como los que gravan el alcohol o el tabaco).

Izquierda Unida, por ejemplo, medió en el debate sobre el pedigrí izquierdista de las rebajas de impuestos señalando que sólo podían reputarse como tales aquéllas que no beneficiaran a las rentas más altas: "Bajar impuestos a las rentas más altas no es de izquierdas". Así, los comunistas proponían incrementar el número de tramos y tipos del IRPF, así como del Impuesto de Sucesiones y Donaciones, eliminar los incentivos a los planes de pensiones privados, reducir los beneficios fiscales en el Impuesto de Sociedades y crear nuevos tributos "ecológicos".

Por supuesto, poco más cabe esperar de un partido cuya base teórica más directa es la nacionalización de toda la economía, esto es, convertir a España en un cortijo al servicio del partido y a los españoles en autómatas esclavizados.

Con todo, por muy dementes que parezcan, no conviene olvidar que estos lamentables aspirantes a dictadores son socios del mismo PSOE que promete reducir los impuestos; dicho de otro modo: las propuestas totalitarias de IU entran en las componendas parlamentarias que configuran la legislación actual, por la que todos nos regimos.

Ahora bien, la cuestión no es si IU está a favor de la tiranía –que lo está–, sino si el PSOE, con su cara reformista, moderada y moderna, se opone realmente a que el Estado desangre y desvalije a los españoles.

Las declaraciones de Zapatero parecían querer indicar esto: si bajar impuestos es de izquierdas, cabía esperar una reducción significativa del tamaño del Estado que permitiera a la sociedad organizarse y gobernarse. Sin embargo, el gasto público durante su etapa de Gobierno no ha dejado de aumentar (en 2005, un 6,2%; en 2006, un 7,6%; en  2007, un 6,4%; en 2008, un 6,7%), lo cual resulta incompatible con el adelgazamiento que debería acompañar a las reducciones de impuestos.

Lo cierto es que el proyecto del socialismo es impulsar un crecimiento continuo del Estado que restrinja el ámbito de los mercados y aboque a los ciudadanos a mamar de la ubre pública. Así, mientras chupen de la teta, no podrán utilizar la boca para protestar contra los abusos del Estado y los privilegios de la casta política: ya se sabe que no conviene morder la mano del que te da de comer. La Ley de Dependencia es un ejemplo muy visual de este proyecto a largo plazo: los ciudadanos dependen del Estado, no buscan alternativas en la sociedad civil y en los acuerdos voluntarios con sus semejantes. La sociedad se clienteliza año tras año.

La versión extrema de este proyecto estatólatra la tenemos en el comunismo soviético del tipo IU; la blandita y esponjosa, en el Estado del Bienestar socialdemócrata del PSOE, que incluso parece compatible con las reducciones de impuestos.

No obstante, recordemos que, como advertía Bastiat, el Estado tiene dos manos: con una quita y con la otra da, y todo lo que da nos lo ha tenido que arrebatar antes. Si el Estado crece, necesariamente habrá de incrementar sus expolios (más gasto deberá ser financiado con más ingresos), aun cuando los tipos fiscales puedan llegar a reducirse (si somos más ricos, se puede recaudar más con un porcentaje menor de impuestos).

Por tanto, el crecimiento programático del Estado que propugna el PSOE sólo puede traducirse en un aumento continuado del expolio sobre la riqueza que hemos generado. No es posible cuadrar el círculo de aumentar el gasto del Estado y reducir sus ingresos.

Y es que, para la socialdemocracia, las reducciones de impuestos son el residuo sobrante de su plan colectivo, una especie de recompensa asistemática para calmar los ánimos de los explotados. Si, coyunturalmente, su agenda política le permite aplicar unos tipos fiscales más bajos, lo hará como dadivosa subvención universal. Reparte el dinero excedente como si fuera propio, o mejor dicho, como si no fuera de nadie.

Las reducciones de impuestos que practica el socialismo son un subproducto de su incapacidad despilfarradora, no un principio de acción política que pretenda reducir la opresión del Estado. Con todo, sí conviene efectuar una advertencia: en tanto la ciudadanía vaya rebelándose contra el desmesurado manejo de las finanzas públicas por parte del Estado, es posible que la izquierda escenifique una nueva mascarada para mantener su dominación política –como ya ocurrió tras la caída del Muro.

En buena medida, el socialismo ya se ha dado cuenta de que para controlar a los individuos no es necesario arrebatarles físicamente todos sus recursos; basta con que una sociedad anestesiada le permita multiplicar la legislación. Las regulaciones medioambientales son una clara ilustración de esta tendencia: ya resultan mucho más comunes que las ecotasas. En la práctica, el Gobierno maneja el entorno natural sin necesidad de expropiarlo directamente.

La Ley Antitabaco, la Ley de Igualdad o la imposición de contenidos en la educación (mediante asignaturas como Educación para la Ciudadanía) constituyen otros ejemplos de sometimiento de la gente a los dictámenes del Estado. Cada vez va siendo menos necesario elevar el gasto público para limitar las libertades de las personas.

En definitiva, la imposición, la coerción y la transferencia del control de los recursos de la sociedad al Estado parasitario continuarán, en cualquier caso, bajo el socialismo, aun cuando, estratégicamente, pudiera haber reducciones tributarias. Disminuir la coacción estatal no es de izquierdas; estrangular nuestra libertad, sí.

Un tipo único

Ya ven, y eso que mis impuestos no tienen nada de complicado. Esto de cumplir con el fisco no es baladí. No sé cuáles son los datos para España, pero Robert Hall y Alvin Rabushka calcularon el coste para la economía estadounidense en 650.000 millones de dólares para el ejercicio 1993. Hoy rozaría el billón.

Es muy importante que los impuestos sean muy complicados y con muchas excepciones, porque ese es el caldo de cultivo del politiqueo, donde los grupos de interés se mueven a gusto. Mientras que para la gran mayoría, que tenemos como principal fuente de ingresos un sueldo, no tiene por dónde escapar, el resto da trabajo a miles de grandes profesionales del escamoteo al fisco. Adiós a la ilusión de la progresividad fiscal.

Precisamente Hall y Rabushka han propuesto para Estados Unidos simplificar el impuesto hasta el máximo. Un único tipo grava todos los ingresos menos los destinados al ahorro, para las personas como para las empresas. Nada de exenciones, reducciones o desgravaciones, aparte de un mínimo exento, que hace el impuesto (verdaderamente) progresivo. Sólo grava el consumo y favorece el ahorro y la creación de capital. Y para cumplimentarse, para mí como para El Corte Inglés, sólo se necesita una hoja. Yo seguiré entregándolo a última hora, como todo, pero al menos diría adiós al estrés fiscal.

Un tipo único sería una mala noticia para los más ricos; pero qué le vamos a hacer, no puede haber ley fiscal a gusto de todos. Seguramente porque el único impuesto justo es el que no existe. El BBVA hizo un estudio que calculaba qué tipo sería suficiente para allegar al Estado los ingresos actuales, y el número mágico es el 24 por ciento. Y es a todas luces excesivo, ya que en Estados Unidos se bastarían con un 19 y de los países que lo han adoptado, varios no llegan al 15. ¿No estaríamos mejor?

Sexo y libertad

La ministra-cuota de subvenciones culturales ha pasado de lucir palmito en el EuroPride a departir filosofía (siéntense)… sobre la libertad. Como habrá leído a Marx en varios idiomas y con el mismo provecho, se habrá sentido como nos imaginaba Carlos en su sociedad ideal: "cada cual puede ser hábil en cualquier área que desee". Pero, claro, el pensamiento de Marx siempre se dio de bruces con la naturaleza humana. Y como la naturaleza puede llegar a ser muy cruel, se ha cebado innecesariamente con la ministra Calvo, en esto de la filosofía. La Calvo ha dicho este sábado, con Zerolo a la izquierda, que "la principal libertad de la persona" es la sexual.

Curiosa prelación de libertades, la de la socialista. Porque si la principal libertad de la persona es la sexual será porque el principal rasgo de la persona es su sexualidad. ¿Se puede tener una idea más roma del ser humano? Es decir, que de todos los atributos de la persona el primero, según la Calvo, es el que enciende determinados humores. Si es así, ¿cómo es que no ha propuesto todavía un Ministerio del Sexo, como el Ministerio del Amor de 1984?

Además, la sexual será, para la ministra, la primera de nuestras libertades… y la última. Porque forma parte de un Gobierno que nos quiere prohibir fumar, beber vino y caer en otros vicios, anunciar hamburguesas, ver pelis extranjeras, y ya de paso educar a nuestros hijos en nuestros valores, o sencillamente informar de lo que pasa. Mucho mejor limpiar las calles de mendigos y prostitutas.

Pero es que ni primera ni última. La libertad es una, y o se quiere o se desprecia, como hacen los socialistas. La temen, la odian, la insultan en cuanto tienen ocasión. Y en el sexo como en todo lo demás. No ya porque les ha salido de dentro esta veta neoinquisidora por ejemplo con las prostitutas, sino porque abrazan con su Alianza de Civilizaciones a los regímenes islámicos más retrógrados, y con su diálogo de progreso a Castro, que también gusta de reunir a los homosexuales, pero en cárceles y campos de trabajo. ¿Por qué no celebrar un WorldPride en La Habana para que la ministra Calvo hable en la isla de libertades, allá inéditas?

Ya no importa

Un gran tema para escribir sobre él, pero Enrique Dans ya se nos ha adelantado y poco podemos decir que aporte algo nuevo a su brillante columna sobre la cuestión en estas mismas páginas digitales. Mencionado el asunto, vamos a tratar otro del que poco se ha hablado en los medios pero no resulta baladí.

Hace unos diez días el Congreso aprobaba el dictamen del proyecto de Ley de "conservación de datos relativos a las comunicaciones electrónicas y a las redes públicas de comunicaciones", que traducido de la neolengua político-intervencionista al idioma que hablan el común de los ciudadanos significa retención de datos. Sorprende el silencio con el que se ha acogido la noticia, tanto por parte de los medios de comunicación como por parte de la teóricamente combativa blogosfera. Resulta triste que un paso tan importante en la tramitación parlamentaria (el texto pasa ahora al Senado) de un atentado de tal gravedad contra la privacidad y, por tanto, contra la libertad sea acogido con un silencio sepulcral.

Esto no ocurría cuando gobernaba el PP. En aquel entonces, ciberactivistas de todos los colores políticos observaban con lupa cada paso que daba el Ejecutivo en materia de leyes relativas a Internet. La tramitación parlamentaria de la LSSI fue seguida por lupa por cientos o miles de personas dispuestas a montar follón por cada cambio que se producía. Tras unas acertadas rectificaciones por parte del Partido Popular (como la eliminación de la famosa "autoridad competente"), el punto álgido llegó con la introducción en la ley de la retención de datos, aunque su aplicación se postergaba para un posterior desarrollo reglamentario que no llegó. Y sin embargo, cuando esta espinosa cuestión es legislada por el PSOE y sus socios, silencio absoluto.

Está claro que quienes desde la izquierda y el nacionalismo entonces se mostraban como firmes defensores de las ciberlibertades no son tales. No creen en ellas. Simplemente buscaban desgastar al Gobierno de Aznar y al Partido Popular. El auténtico amante de la libertad y los derechos más básicos de los ciudadanos no los defiende sólo ante el rival político. También lo hace cuando quienes los atacan sin aquellos de los que uno se siente más próximo. La actitud contraria, la que mantienen los ahora ciberactivistas en silencio, es simple sectarismo y desprecio por la democracia.

El socialismo implica mucha ignorancia

Según Bustelo centenares de millones de personas creyeron en el comunismo, pero "su esfuerzo y, muchas veces, su generosidad y sacrificio de poco sirvieron", ya que con el tiempo se comprobó que "el modelo sólo engendraba dictadura en el plano político e ineficacia en el económico". Cree Bustelo que la socialdemocracia funcionó mejor: "Gracias a la eficacia de la economía de mercado y a unas políticas sociales de apoyo a los de abajo, hubo un incremento notable del bienestar general."

Seguramente en los regímenes comunistas sólo una minoría dominante cree en el sistema y se lo impone coactivamente a los demás, quienes quizás saben perfectamente que aquello no funciona en absoluto y tratan de escapar o trampean en los mercados ilegales. La generosidad del comunista es pura fachada, una completa falacia que, en realidad, consiste en ser muy desprendido con el dinero de los demás: sacrificios sí, pero para otros. Y creer en ideas sociales equivocadas y promoverlas sólo puede tener resultados nocivos, así que el compromiso vital no es tan bonito como parece.

Las políticas sociales se publicitan como generadoras de bienestar porque no pueden presentarse como lo que realmente son: redistribuciones ilegítimas de riqueza que en realidad apenas ayudan a los pobres pero sirven para captar votos y mantener burocracias parasitarias; el avance social se produce a pesar de las políticas sociales, y no gracias a ellas.

Bustelo muestra que se puede ser profesor de historia económica e ignorar lo fundamental de la ciencia económica. "La dificultad estriba en que la añeja receta de socializar los medios de producción, que constituía la pieza maestra de toda política de izquierdas, resultó inservible. A decir verdad, no hay una explicación cumplida de por qué esa fórmula, en lugar de curarlos, agrava los males de la sociedad. La afirmación de un preclaro profesor escocés de hace más de doscientos años de que no es la benevolencia del carnicero, el cervecero o el panadero lo que nos procura nuestra cena, sino el cuidado que ponen ellos en su propio beneficio, no ha sido desmentida. ¿Pero por qué la humanidad sólo ha de funcionar si se basa en el egoísmo?"

Sí que existe una explicación correcta de la imposibilidad del comunismo, ofrecida por Mises y Hayek muchos decenios antes de la caída del telón de acero, que ellos mismos habían predicho. Los seres humanos tienen capacidades cognitivas limitadas, y es imposible para un planificador central obtener, procesar y difundir toda la información (dispersa, tácita y no articulada) sobre las capacidades y preferencias de los individuos necesaria para dirigir la economía de una sociedad; sin propiedad privada no hay precios de intercambio ni pruebas de beneficios y pérdidas y el cálculo económico es imposible. La sociedad es un orden complejo espontáneo y emergente que no puede ser diseñado ni impuesto.

Muchos socialistas desconocen esta explicación o prefieren ignorarla porque destroza todos sus ingenuos sueños. Por eso sólo suelen mencionar el problema de los incentivos (que existe pero no es el esencial): no es que la gente no pueda vivir en el comunismo, sino que en general no quiere, va a lo suyo, es egoísta y normalmente sólo sirve a otros a cambio de algo. El ser humano es generoso pero de forma limitada porque es imposible ser completamente altruista: es una estrategia de supervivencia evolutivamente inestable y no exitosa.

Bustelo se pregunta si "no cabría haber mejorado más la distribución de la riqueza mediante los impuestos". Respuesta sencilla, que seguramente le cueste aceptar: no. Que una distribución sea mejor o peor es una cuestión subjetiva; afinen su lenguaje quienes defienden distribuciones más igualitarias (con menos dispersión) y recuerden que los impuestos se basan en la violencia (intente no pagarlos). Su receta política: "Sí que cabe hacer más de lo que se hace, especialmente en nuestro país. Resulta que la España de los diecisiete años de gobiernos de izquierda tiene menos fiscalidad y menos gasto social que la media europea." ¿Por qué acercarnos nosotros a la media y no pedir a los demás que corrijan ellos sus excesos socialistas?

Tal vez sea ése el cometido de la izquierda en el siglo XXI. Ya que como parece que habrá que esperar al siglo XXII o al XXIII para que los avances del saber permitan cambiar el funcionamiento de la economía, luchemos entre tanto por las muchas causas pendientes: ecologismo, ayuda al tercer mundo, políticas generosas de inmigración, laicismo, educación, emancipación definitiva de la mujer, derechos humanos, antiimperialismo, coexistencia pacífica de nacionalismos, etcétera. Además, claro está, de lograr un gasto social como el de Suecia.

Como no conoce la ciencia económica cree que tal vez algún día cambie y encuentre una receta mágica. Y quizás también se logre la cuadratura del círculo y se encuentre el número primo máximo. Entretanto, a defender topicazos políticamente correctos.

Fomento socialista del empleo

Echemos un vistazo a cómo estamos. La tasa de temporalidad sigue por las nubes en España, llegando al 30% de los asalariados. Esto significa que el mundo está cambiando, nos guste o no. Ya no existe un trabajo para toda la vida. El Gobierno de Zapatero ha intentado oponerse a esta tendencia con su fomento del empleo estable, y aunque en parte ha conseguido lo que quería, al menos en apariencia, también ha logrado que aumenten los falsos despidos; la rotación de trabajo de una persona cada vez es mayor y se está acelerando. Toda esta amalgama de regulaciones nos cuesta más de 1.000 millones de euros al mes en prestaciones económicas. Curiosamente, el empleo ha crecido, pero el gasto del Gobierno para mantener los empleos –que pagamos nosotros de nuestro bolsillo– también. De hecho, ha subido un 4% en términos anuales. Expresado de otra forma, estamos financiando el empleo rotativo de otros con nuestro dinero.

Todo esto genera una contradicción en las mentes socialistas que siempre han creído que el empleo es el primer motor de la economía. El nivel de productividad del país, pese a la generación de empleo, baja día a día, lo que ha provocado reproches incluso desde Europa. El salario real medio ha descendido un 4% en los últimos 10 años y somos el único país de la OCDE que hemos retrocedido en términos de poder adquisitivo. Mientras tanto, el Estado ha obtenido un superávit de 14.359 millones en lo que va de año, el 1,38% del PIB.

Sin duda, el método socialista no es el camino. La clave para salir de esta desgracia se llama liberalización de la economía, pero no la que propone el PP, que es igual o más socialista que la del PSOE. Necesitamos medidas realistas con el mundo que nos envuelve y no políticamente correctas.

Para empezar, hay demasiada regulación. Para crear una empresa en España necesitamos el doble de tiempo que la media de nuestros países competidores y tenemos una rigidez laboral tres veces superior a la media de países industrializados. La burocracia ha de ser eliminada: sobran funcionarios, sobran trámites y, muy especialmente, sobran impuestos.

Si queremos que nuestro país salga del poco prestigioso ranking de jóvenes con mayor desempleo de la UE, el salario mínimo interprofesional (SMI) ha de ser abolido. El SMI es un coste para las empresas que sólo sufren los menos capacitados laboralmente, como los jóvenes que nunca han trabajado antes. A un alto directivo le da igual el SMI, porque su sueldo está muy por encima de ese valor. La única forma que un universitario entre en el mercado laboral es mediante un salario bajo a partir del cual poder ganar experiencia y prosperar. Si el Gobierno se lo prohíbe, muchos jóvenes se verán excluidos de entrar en el mercado de trabajo. Gran parte de los jóvenes deben su desempleo al Estado.

El Gobierno ha de meterse en la cabeza que él no es capaz de generar riqueza ni valor añadido. Cuando lo intenta, pasa lo que hemos visto. La gente necesita aumentar sus ahorros, capacidad de inversión y compra. Para eso es necesario reducir de forma valiente, o eliminar, todos los impuestos directos como el de Sociedades o IRPF. Para crear un negocio no sólo es necesario una buena idea y muchas ganas; también es imprescindible el dinero. Si quien lo tiene es el Estado, la empresa no saldrá adelante y nuestra pobreza aumentará. No es una premonición futurista, es lo que está pasando ahora mismo: el Estado obtiene superávit y nosotros perdemos capacidad de compra. En definitiva, sólo hay una solución para tener un buen porvenir, y es que el Gobierno nos lo deje construir a nosotros y se aparte de nuestra economía y vidas.

Las papelerías ganan a Amazon.es

Existen muchos otros frenos al comercio electrónico en nuestro país, empezando por el porcentaje de españoles conectados a la red, pero el precio único es el más artificial y fácilmente eliminable. Bastaría con que se aprobara quitar los artículos 9, 10 y 11 de la infame Ley del Libro publicada el pasado sábado en el BOE y aprobada en el Congreso con los votos de PSOE y PP y, como no podía ser de otra manera, el aplauso de la diputada socialista del PP Beatriz Rodríguez Salmones.

Esta ley reforma la anterior, aprobada por el régimen franquista, y hereda de ella tanto el precio único del libro como su espíritu fascista, al ser un apaño negociado entre los sectores implicados, las "fuerzas vivas", con la notable excepción de la parte verdaderamente importante: los consumidores de libros, los lectores. Lo reconocía la propia De la Vega cuando, al presentar el proyecto de ley, afirmó que la liberalización del precio de los libros de texto aprobada "favorecerá a las familias que se beneficiarán de los efectos en el precio de un sistema libre". Si esto es así, e indudablemente lo es, ¿por qué no se han extendido esos maravillosos beneficios a los demás libros? Porque las fuerzas vivas no quieren.

Los beneficios que aportan las grandes tiendas virtuales a la cultura están bien estudiados. Los lectores pueden expresar su opinión y lo hacen con frecuencia, permitiendo al comprador tener una idea de lo que va a adquirir. La propia aplicación de la tienda puede detectar patrones de compra conjunta y hacer ofertas o simplemente informar de que aquellos que compran un libro determinado suelen comprar también otro. Al tener unos costes mínimos de inventario, pueden ofrecer una cantidad inmensa de títulos, creando lo que se ha dado en llamar la larga cola, lo que facilita la salida a libros con pocas ventas potenciales pero cuya publicación puede ser rentable al tener un canal mediante el cual vender a sus clientes dispersos.

En cambio, los beneficios que obtenemos por obstaculizar este desarrollo no están muy claros. Los defensores del precio fijo citan, sobre todo, tres. El primero es la sacrosanta defensa de los libreros pequeños e independientes. Olvidan que los lectores solemos preferir grandes superficies, que, excepto si se compara con las librerías especializadas (que dudo que tengan problemas en sobrevivir con el cambio de ley) disponen de una oferta más amplia. También que el precio fijo lo que ha conseguido, más que cualquier otra cosa, es la proliferación de papelerías en las que se venden rotuladores y el último best-seller de Dan Brown. Además, ¿qué tienen de especial esos libreros? Si imponen a sus clientes un coste extra, ¿por qué han de existir? ¿En qué se diferencian sus conocimientos a los de los propios clientes que las comunican vía Internet?

Otro motivo que se alega es que así los libros pueden venderse al mismo precio en cualquier punto de España, impidiendo la injusticia que supondría, al parecer, que quien vive en un remoto pueblo deba pagar más que quien vive en ciudad. Es una razón que también se alega en otros bienes y servicios, como por ejemplo el ADSL, y que jamás he llegado a comprender. Vivir en un pueblo tiene ventajas, sin duda, entre ellas que no tienes que vender un riñón y parte del hígado para poder comprar una casa. ¿Por qué vamos a tener que subsidiar otros bienes quienes vivimos en la ciudad? Por otro lado, este es un argumento que podría tener sentido cuando se aprobó en el 75 la ley original. Ahora, existiendo Internet, especialmente si la ley no impidiera que los libros se pudieran comprar a menores precios, no tiene mucho sentido proteger a los lectores rurales a costa de los que viven en ciudad.

Por último, también se arguye que las rentas artificialmente altas que obtienen los editores gracias al precio único les permiten arriesgarse más y publicar títulos que de otra manera no saldrían a la luz. El extraordinario tamaño de nuestra industria editorial parece dar la razón a quienes piensan así. Sin embargo, con el avance de la autoedición tampoco parece que pasar por el embudo de las editoriales vaya a ser imprescindible para publicar. Tampoco parece un gran argumento aducir que gracias a que los consumidores se ven obligados a pagar un sobreprecio, pueden disfrutar de una oferta de libros que no quieren comprar. Y tanto los imperios multimedia nacidos al calor de las editoriales como la integración vertical de los negocios de edición, distribución y venta minorista parecen indicar que esas rentas se han empleado principalmente en otros destinos que nada tienen que ver con el libro minoritario.

Internet y las nuevas tecnologías pueden revolucionar el mercado del libro español como ya lo han hecho en otros. Quién sabe si dentro de unos años nos reiremos de esta ley mientras leemos un libro electrónico descargado de una tienda en Honolulú en un dispositivo que se pueda doblar y que permita leer sin cansar la vista. Pero, por de pronto, a lo que se apuntan nuestros políticos es a subvencionar a los productores de libros a costa de los consumidores. Y luego dirán que lo hacen para "fomentar la lectura". Encima.

Ocupen su localidad

Los espectadores miran sus billetes, y levantan la mirada para llegar a la butaca correcta. ¿Es esta la fila 9, o es la de atrás? Casi todos han tomado asiento, cuando el telón sube mecánicamente, y aparece, sonriente, triunfante antes de su gran número, el prestidigitador. Político, lo llamamos por estos lares. Después de presentarse ante el público, inicia su número.

Llama al azar a un espectador, a quien le pide que le haga entrega de la factura de la luz. ¿Qué puede hacer con ella?, le pregunta el asistente, ilusionado. Este número es fácil, ha sido mil veces ensayado, y funciona a la perfección. Unas palabras mágicas “progreso, justicia social, llegar a fin de mes…”, y ya tiene el público en el bolsillo.

Como por arte de magia, convierte el precio en tarifa, es decir, el resultado de un proceso social, en un juguete para el espectáculo, en algo falso y manipulable. Dice unas palabras mágicas: “Boletín Oficial del Estado”, y de inmediato baja la tarifa lo que haga falta. El problema, claro está en que esas tarifas no responden a la realidad del funcionamiento de las eléctricas, y sus ingresos caen más de lo que debieran. Pero ¿no estamos en un número de magia, donde lo que es no se corresponde con lo que parece?

La tensión es máxima. Parece que el espectáculo se va a desplomar en plena función. Las empresas dejan de invertir porque el negocio ya no es rentable. Pero la demanda sigue en alza, y habría que atenderla con más y mejores instalaciones. Se avecina el gran apagón, y paradójicamente con él relucirá la verdad de todo el montaje. Ya pasó en California; también en las gasolineras de Nixon, con colas interminables de depósitos vacíos y con los escaparates, transparentes y vacíos, o en la época de Hitler.

Cuando el público, hechizado, se teme lo peor, llega el golpe maestro del prestidigitador. Mientras todos miraban la mano derecha, con la tarifa rebajada como por ensalmo, con la izquierda ha ido sisándole el dinero a cada uno de los espectadores, y con ese dinero cubre el hueco entre precio y los costes. Déficit de tarifa, que hasta nombre tiene el ingenio. El público se va contento con su tarifa, pero también ha pagado el déficit. Y el ticket del espectáculo.

El oasis de la libertad

La mayor parte del tiempo, los seres humanos han vivido en pequeños grupos en los que la supervivencia dependía de que la autoridad diseñara buenos planes y los miembros del clan repartieran lo poco que tenían ayudándose para no sucumbir a la continua amenaza de la escasez más absoluta de los recursos más básicos. Durante toda esa larga etapa en la historia del hombre la prosperidad era imperceptible a lo largo de la vida de una persona y cuando alguien mejoraba con rapidez solía ser en base a quitarle a los demás sus recursos.

Otro posible motivo podría residir en que muchos liberales han tratado de influir en el corto plazo o, lo que viene a ser lo mismo, sobre el poder político; ya sea en reyes, presidentes, ministros o príncipes. Esta actitud ha permitido dar algunos sonados pasos adelante seguidos con demasiada frecuencia de importantes reveses. Cuando la inmensa mayoría de los miembros de una sociedad no entiende por qué la prosperidad generalizada viene de la mano del respeto de la propiedad privada, los vínculos contractuales y la persecución de beneficio propio, las posibilidades de éxito de este tipo de estrategias son muy reducidas. Por otro lado, trabajar pensando en el largo plazo exige paciencia, perseverancia, optimismo, profundas convicciones y buenas teorías sobre la dinámica de los procesos sociales. Estas cualidades raramente se encuentran en una persona o pequeño grupo de personas y los liberales no son una excepción.

A pesar de los múltiples errores cometidos, hay ejemplos que avivan la esperanza. Entre estos destaca la marea internacional de think tanks dedicados a la elaboración y difusión de ideas o las plataformas digitales -formales o informales- de comunicación que han surgido gracias a Internet. Pero la iniciativa más ilusionante que he conocido es la Universidad Francisco Marroquín de Guatemala. En 1971 Manuel Ayau, ayudado por un reducido grupo de amigos liberales, se propuso convertir un pestilente barranco a las afueras de Ciudad de Guatemala en un oasis académico cuya misión fuese la enseñanza y difusión de los principios éticos, jurídicos y económicos de una sociedad de personas libres y responsables. Treinta y seis años después la UFM se ha convertido en una de las universidades más prestigiosas de Latinoamérica y forma a más de 2800 estudiantes en diversas disciplinas siguiendo los principios fundacionales de la Institución.

Quienes pasan por la “Marro”, como cariñosamente le llaman sus estudiantes, conocen de buenas fuentes la obra de autores como Ludwig von Mises, Friedrich Hayek, Milton Friedman, James Buchanan o Ayn Rand. La universidad ha logrado compatibilizar la participación activa en la vida social del país con el rechazo a las presiones intervencionistas y liberticidas gracias a un fabuloso campus selvático que crea una burbuja intelectual, al uso de las más modernas tecnologías de la información y al rechazo de subvenciones públicas para desarrollar este monumental proyecto. Detrás de este éxitos está, como siempre, la tarea de un héroe silencioso que, ayudado de un grupo de individuos extraordinarios ha sabido trabajar centrado en el largo plazo ayudado de una pasión por la libertad y unos conocimientos de la teoría de la liberad que han hecho su voluntad inquebrantable. Ojala que su ejemplo y el de quienes impulsan día tras día ese oasis de la libertad ayuden al surgimiento de proyectos similares en España y el resto del mundo.