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Viva Alfonso Cuarón

Tuvimos que esperar a la clausura para que el nuevo vicepresidente de la Confederación Internacional de Sociedades de Autores y Compositores (CISAC), el director de cine Alfonso Cuarón, dijera que había que pensar en "nuevas ideas" para luchar contra la piratería, como bajar los precios de los discos y películas. Por mucho menos los titiriteros patrios crucificaron en su día a Alaska.

No cabe duda de que resulta complicado competir con lo que se ofrece gratis, pero no es imposible. Es evidente que el primer paso ha de ser bajar el precio, aunque quizá ese paso, de producirse, llegue un poco tarde, porque según han ido pasando los años y los insultos de las empresas a su clientela, el ánimo de adquirir productos legales ha disminuido un pelín. Pero las empresas tienen una oportunidad, porque no todos los costes son monetarios. En el caso de las descargas P2P, hay que buscar lo que queremos bajarnos, cosa no siempre fácil, y en ocasiones intentarlo de nuevo porque algún graciosillo le ha puesto el título del último estreno a una peli porno. Además, la descarga entre pares, aunque cada vez más rápida, no puede competir con la descarga directa.

Un buen ejemplo podría ser la tienda rusa AllOfMP3, que desgraciadamente está en vías de extinción después de que las empresas discográficas presionaran a Visa y Mastercard para que dejaran de trabajar con ella. El sitio web ofrece descargas muy baratas, de forma legal según las leyes rusas, y dispone de un interfaz cómodo, pudiendo escuchar la música a baja calidad para decidir qué comprar y qué no. Tanto Eduardo Pedreño como yo, pudiendo descargarnos todo con la mula o el torrente, preferimos hacerlo pagando, para ahorrarnos esos otros costes no monetarios. O al menos lo hicimos mientras nos dejaron.

Por tanto, parece que lo que sugiere Cuarón, pese a no ser exactamente "nuevas ideas", supone un soplo de aire fresco dentro del cerradísimo mundo de las sociedades de gestión de derechos de autor. Tanto, que le perdonamos al director de la extraordinaria Hijos de los hombres la estupidez de comparar la piratería con el terrorismo y sugerir, con la equivalencia, que está bien eso de pactar con terroristas. Como diría Enrique Dans, parece que hay algo, quizá no mucho, de vida inteligente al otro lado del túnel. Habrá que esperar a ver si no es más que un brindis al sol o termina traduciéndose en hechos, que es lo que de verdad importa.

Miedo a competir

Hay profesores de la universidad pública (no tan pocos como se cree, es cierto) que nada tienen que objetar a que se impartan en centros privados las mismas carreras que ellos enseñan en los centros públicos; ahora bien, la lógica corporativa, a la que no escapa ninguno, explica que, cuando se trata de "declaraciones institucionales", lo normal es que la universidad estatal en bloque "apueste" por la enseñanza pública con carácter excluyente.

La Universidad de Murcia, por ejemplo, acaba de "pronunciarse" sobre la posibilidad de que una entidad privada ponga en marcha una nueva facultad de Medicina. No quiero cargar las tintas sobre esta universidad, ya casi centenaria y meritoria, pero los argumentos con que justifica su oposición no dejan de ser curiosos, y revelan un mal que ya no tiene que ver con ella, sino con la manera en que el Ministerio Cabrera y sus predecesores han venido arruinando la enseñanza superior en nuestro país.

El pronunciamiento o tejerazo de la Universidad de Murcia plantea sobre todo tres cuestiones:

1) Que la excelencia profesional y científica de su Facultad de Medicina hace innecesario que un centro privado ponga en marcha el mismo plan de estudios.

2) Que una nueva facultad de Medicina en Murcia es empresarialmente poco viable.

3) Que la universidad es una institución de interés público independiente de la dimensión mercantil del servicio prestado, sujeto a las leyes de la competencia.

Por lo que hace al primer punto, el hecho de que un empresario ponga en marcha un nuevo negocio no significa necesariamente que los que ya están en el sector lo hagan mal. Simplemente, se trata de alguien que está seguro de que puede prestar ese servicio de forma más satisfactoria. En todo caso, si el prestigio científico de la universidad pública es tan apabullante, no se entiende por qué se opone a que una entidad privada le haga competencia. El cliente no es tonto, y siempre aceptará el mejor servicio al menor coste, así que, de ser cierto lo que proclama el manifiesto universitario, nada ha de temer una universidad del Estado, pues los estudiantes seguirán acudiendo en masa a sus aulas, en detrimento de la nonata facultad privada.

En cuanto al segundo reparo, la opinión de la UM es irrelevante, pues son las entidades privadas que ponen en marcha estos nuevos estudios las que aportan la financiación necesaria para su creación y asumen los riesgos de la empresa. Sólo faltaría que las empresas tuvieran que pedir permiso a los funcionarios universitarios para decidir la ubicación de sus inversiones.

Finalmente, la UM muestra su rechazo a que la educación se considere un servicio más sujeto a las leyes del mercado. Haciendo suyos los típicos resabios de la jerga sindical, suponen que lo público es bueno y la competencia muy mala… sobre todo cuando uno está acostumbrado a vivir beneficiándose de una situación de monopolio. Lo peor de todo es que el principio director de las reformas universitarias de los últimos años es la adaptación de la universidad a… las necesidades del mercado. Desde luego, la Universidad de Murcia podía haberse ahorrado el número, pero ya digo que el mal viene de arriba.

El manifiesto de la UM ha encontrado, cómo no, la comprensión y el apoyo del Consejo Estudiantil. "Exigimos –escriben los representantes de los 30.000 alumnos de la institución, aunque sólo les vote una minoría del censo– el cese de cualquier preferencia que desde instituciones públicas se esté brindando a la universidad privada en detrimento de los intereses de los alumnos de las universidades públicas de la región". Por lo visto, a juicio de los estudiantes de la universidad estatal, sólo ellos pueden recibir dinero público. ¿No les ha explicado nadie que los alumnos de las universidades privadas son tan ciudadanos como ellos, y que sus familias también pagan impuestos? Por lo visto, no.

El miedo a la competencia revela una gran inseguridad en las propias posibilidades. Por otra parte, la ausencia de alternativas a la educación pública lastra el sistema educativo, que pasa de ser un lugar de excelencia académica a convertirse en una corporación endogámica celosa de sus privilegios injustos.

Cualquiera que haya visto cómo funciona la universidad pública sabe de lo que hablamos. Lo último que nos faltaba por ver es a la todopoderosa universidad pública impidiendo que los ciudadanos elijan qué tipo de educación superior quieren recibir con su dinero. Pues ya lo hemos visto.

La paradoja de la democracia

Quiere explicarse la paradoja de la democracia, o cómo es posible que si el sistema responde a las valoraciones de la mayoría, lo que obtengamos sean malas políticas ungidas por el voto mayoritario. Cuestiónese a sí mismo y repita la pregunta a sus allegados: ¿Está contento con cómo funciona la política? Esa respuesta negativa ¿no es mayoritaria? ¿No es la democracia el gobierno de las mayorías?

Por ejemplo, un estudio ha calculado que de echarse abajo todas las barreras al comercio en Estados Unidos, cada ciudadano aumentaría sus ingresos por año en unos 10.000 dólares. ¿Qué lleva al proceso democrático a imponer estos costes en la sociedad?

La respuesta de Caplan es que no se produce el milagro de la agregación, o cómo del encuentro de la opinión de muchos surge, en torno a la media, una sabiduría que se acerca a la de los expertos. El sentido común, que funciona cuando los asuntos están en el ámbito privado, desaparece cuando se habla de lo de los demás. ¿No es esto lógico?

El problema es que hay poca conexión entre el voto y los intereses materiales, pero sí con las ideas sobre lo que constituye el bien común. Y, nos dice Caplan, hay en el público un sesgo de error sistemático en lo que el público opina sobre asuntos económicos, que atraen la mayor parte del mercadeo político. Hay un prejuicio contra el interés, el comercio, las empresas que se han ganado el favor mayoritario de los consumidores, lo foráneo…

Y, como dice Anthony Downs, "es irracional estar políticamente bien informado, pues el poco provecho del la información no justifica el coste en tiempo y otros recursos" de obtenerlo. Cuando actuamos sobre lo propio tenemos el conocimiento necesario y los incentivos correctos. Cuando hablamos de lo que no nos pertenece, ni sabemos, ni nos interesa enterarnos. Ya sabe: el peor de los sistemas, si excluimos todos los demás.

La glorificación de la violencia

Pero ocultando la violencia lo que hacemos en realidad es mirar hacia otro lado y permitirla, fomentarla. Los mismos que proscriben la violencia protegen a quien la utilizan; es más, ellos no son más que víctimas, y si son violentos es por causas externas.

Las cárceles están llenas de personas que recurrieron a la violencia porque los ciudadanos de a pie les obligamos a ellos. La sociedad, que les ha hecho así, ¿qué culpa tienen ellos? Los estudiantes dan palizas a sus compañeros mientras otros disfrutan del espectáculo, y lo graban con sus móviles. ¿Echamos a los violentos del sistema educativo? ¡Qué barbaridad! ¿Del colegio, al menos? ¡Démosles una nueva oportunidad! Ya sabemos para qué.

Pero el turismo revolucionario es distinto, porque no consiste sólo en liberar los instintos que han sido taimados por la civilización, que aborrecen. Tiene también un componente ideológico, que procede del protofascista marxistoide Georges Sorel. A su juicio, ni se podía esperar pacientemente a que cumplieran todas las etapas del materialismo histórico ni debíamos caer en el gradualismo de socializar por etapas, lo que algunos llaman "conquistas sociales". Al socialismo, por la violencia, valga la redundancia. Rompamos físicamente con lo establecido e impongamos una nueva sociedad. No tenemos por qué transigir con el statu quo. Otro mundo es posible.

Por eso ese es el lema de los movimientos antiglobalización. Ha fracasado el socialismo histórico, no les es suficiente con el intervencionismo y creen que otro mundo es posible, aquí y ahora. Y el camino no puede ser otro que el de la violencia. Por eso se producen espectáculos como el del último destino del turismo revolucionario, en Rostock, Alemania. Los retroprogres han dado la forma más pura y desnuda a su concepción del mundo ejerciendo otra vez la violencia contra la última reunión del G-8. Los policías les han detenido, a costa, eso sí, de que 433 de ellos hayan resultado heridos, 30 de ellos graves. Las obras completas del socialismo, escritas con tinta roja indeleble, y que constituyen una historia sin fin.

Hoy sí me puedo levantar

Por un día, el antiguo componente de Mecano ha cambiado el nombre de la canción que compusiera junto a su hermano, y que ahora da título al exitoso musical de éste, y se ha debido decir a sí mismo: "Pues hoy sí me puedo levantar".

Y lo ha hecho para ir a Bruselas junto con el indómito Pedro Farré a decir que "es injusto reclamar a los artistas que se busquen la vida". Vamos, que ha defendido que vivan del cuento sacando el dinero vía cánones al común de los mortales. Como ya lo hicieran antes Luis Cobos, David Bisbal y el modestísimo (se llegó a comparar con The Beatles) a la par que monótono Pau Donés, Cano asume un papel de víctima que no se corresponde con la realidad para poder agrandar su cuenta corriente sin merecérselo de manera alguna. Frente a todos ellos, se agradece la claridad con la que habla Alaska.

Pero volvamos al argumento del ex Mecano. ¿Desde cuándo es injusto pretender que alguien se gane la vida por sus propios medios? La sociedad evoluciona, lo que sólo puede suponer un problema para los dinosaurios que no estén dispuestos a aceptarlo. Además, el compositor de Hijo de la luna y otros éxitos de su grupo pretende conseguir la simpatía del auditorio diciendo que los proveedores de acceso a Internet ganan mucho dinero con las descargas de música. ¿Y cuál es el problema? Ellos dan un servicio, la conexión a Internet, y se les paga por eso.

Todo lo contrario que el canon. Esta ilícita (por muy legal que sea) fuente de ingresos de entidades tan "dialogantes" como SGAE y otras similares consiste en la sistemática sustracción del dinero ajeno, obtenido a base de llorar a papá Estado e insultar constantemente a aquellos a quienes se le quita. Y claro, cuando desde las telecos se les recuerda que si saben adaptarse pueden salir ganando, los Teddy Bautista Boys optan por el victimismo barato. Todo con tal de no cambiar; no hablemos ya de esforzarse. Pero reconozcamos que es comprensible. ¿Para qué te vas a molestar en buscarte la vida si puedes vivir del cuento?

Y, cómo no, el imparable Pedro Farré ha venido a rematar la faena. Y no sólo por su protesta debido a que la SGAE todavía no ha logrado meter mano a los iPod. Ha vuelto a recordar una vez más esa vieja aspiración de la entidad presidida por Teddy Bautista: el canon del ADSL. Vendiéndolo como si fueran buenas personas, ha dicho que la entidad "sólo" lo reclama por el momento a "los soportes como los reproductores digitales" y que no lo hace "todavía" a las operadoras por la banda ancha. En ese "todavía" radica el problema, además de que es mentira. Aunque no de forma oficial, lo han hecho ya en el pasado varias veces mediante declaraciones públicas. Estamos ante un aviso de que la reclamación posiblemente se haga ante las autoridades dentro de poco.

Por suerte, al menos existen muchos ciudadanos que desde hace tiempo también dicen "hoy sí me puedo levantar" y lo hacen para protestar contra las aspiraciones de Farré, Bautista, Cano y similares. A la SGAE y compañía hace tiempo que se les acabó el chollo de poder actuar sin someterse al constante escarnio general.

El problema de la política es la propia política

Podemos enfocar este tema desde una vertiente económica. Una de las herramientas que usa el Gobierno para ganar nuestra confianza es inundarnos con buenos datos económicos. Por ejemplo, esta semana hemos sabido que la Seguridad Social obtuvo un superávit superior a los 8.000 millones de euros en los cuatro primeros meses del año. También nos han dicho que somos un 18% más ricos (algunos medios han sido así de tajantes) porque nuestra renta per cápita ha pasado de 19.000 en 2004 a 23.000 euros en la actualidad.

Es evidente que nuestra percepción no es la misma. Que la Seguridad Social tenga beneficios tiene la misma importancia para nosotros como el sistema de guía de las mariposas monarca. Lo único que sabemos es que el sistema de pensiones del Estado es un desastre y que a las personas de mi edad no nos va a llegar ni dinero para pipas. Que nuestra renta per cápita aumente un 18% lo vemos como una contradicción con la realidad. No somos más ricos que antes. En realidad, y sin meternos profundamente, a ese porcentaje le hemos de restar la inflación (IPC), que según las cifras oficiales, reduciría ese 18% a un 8%. A la vez, sabemos que la medición del IPC no es más que apaño estadístico del Estado. El IPC no considera la vivienda de propiedad a la que destinamos un 40% de nuestros ingresos o no contempla adecuadamente muchos productos y servicios que consumimos.

La comunicación entre el ciudadano y el Gobierno es imposible y más teniendo en cuenta que a los mismos estímulos reaccionan de forma diferente. Esta situación no es un problema de dimensión. Por ejemplo, una empresa, por más grande que sea, siempre tiene una relación de empatía y comunicación con su cliente inmejorable: las pérdidas y ganancias. Si la empresa no gana dinero o decrece en sus resultados, es que no está entendiendo las necesidades del cliente. Si la empresa aumenta sus beneficios, sabe que va por el buen camino. Esta es la diferencia entre el sistema de información del mercado (bidireccional) y el de la burocracia (unidireccional y de mandato).

Por el contrario, si el Estado no tiene dinero, sube los impuestos y se queda tan ancho. Esto nos lleva a otra característica del Estado: no tiene límite ni mesura. Expresado de otra forma, nadie lo controla, por lo que cae en demasiadas ocasiones en abusos evidentes. Veamos un pequeño ejemplo de esta semana. Un joven tendrá que pagar una multa de 180 euros, o quince días de arresto, por decir delante de unos mossos d’Esquadra "¡Viva la Guardia Civil!". Imaginemos que nosotros trabajamos en la empresa de telecomunicaciones Orange, por ejemplo. Al salir de nuestra jornada laboral alguien por la calle, un mosso, por ejemplo, nos grita: "¡Viva Vodafone!". A nadie en sus cabales se le ocurría denunciarlo por decírnoslo en un "tono despreciativo-vejatorio", como dice la sentencia. Tampoco se nos ocurre pensar que esa persona haya cometido una "falta contra el orden público". ¿Cree que si vamos a un juez ganaremos el pleito?

Simplemente es un abuso como tantos otros de la administración, que además limita nuestra libertad. ¿Es que no podemos expresar nuestra opinión en la calle? En algunas ciudades por ejemplo, es ilegal tener un aire acondicionado que se vea desde la calle. En muchas ocasiones, el ayuntamiento se lo ha retirado a mucha gente porque hace feo. Contradictoriamente, en Barcelona, sin ir más lejos, podemos ver desde la calle edificios de la administración no con uno, sino con varios motores de aire acondicionado. ¿Cree que alguna vez los retirarán?

A todo esto habría que añadir la corrupción, el altísimo nivel de tributación (nos sacan dinero por todo), las promesas incumplidas, la impunidad ante errores de nivel nacional como el caso Endesa o el continuo intervencionismo, que hacen que el Estado provoque continuamente injusticias y abusos contra personas honradas; cada vez estamos más inseguros ante la omnipotencia estatal. Qué contradicción: aquellos que nos han de proteger son nuestros peores enemigos. Los políticos son como unos vampiros que nos chupan la sangre día a día. Encima pretenden que les votemos y les consideremos superiores a nosotros.

Cuando se empezó a hacer fuerte el liberalismo en el siglo XIX, los primeros intelectuales de la época vieron esta contradicción rápidamente. Es increíble leer libros, por ejemplo, de Herber Spencer, Frédéric Bastiat o el propio Thomas Jefferson donde, hace mucho más de un siglo, ya denunciaban casos como los actuales. Algunos casos parecen calcados a los actuales. Aquellos pensadores nos dieron la respuesta a este continuo atropello de nuestras libertades y mangoneo de dinero. En palabras de Henry Thoreau: "El mejor Gobierno es el que menos gobierna… y cuando los hombres estén preparados para él, ese será el tipo de gobierno que tendrán". Ya han pasado más de 150 años, ¿no cree que ya estemos preparados para reducir drásticamente el peso del Gobierno en nuestras vidas? Haga las cuentas; peor no nos puede ir.

A tortas por Second Life

En aquel libro la red de redes, presente en todo este tipo de literatura, se llamaba Metaverso y era un mundo tridimensional en el que la gente interactuaba por medio de interfaces de realidad virtual de una forma razonablemente natural o, al menos, bastante más parecida a la realidad que lo que es Internet hoy día.  Aunque no fue el primero en emplear el término "avatar", procedente de una palabra en sánscrito que significa "encarnación", para describir a las personalidades virtuales, fue la novela que la popularizó. Y su Metaverso puede contemplarse en una forma muy primitiva en sistemas como Second Life.

El caso es que hace unos días compartí mesa redonda con Enrique Dans y éste comentó que me veía bastante escéptico con este mundo virtual, algo en lo que acertó plenamente. Pero su visión de que el futuro estaba en interfaces de usuario más naturales me picó lo suficiente como para entrar por primera vez en Second Life. Por probar, más que nada. Después de un par de horas pululando por ahí me reafirmé en mi desconfianza ante el futuro del invento. Si Internet es comunicación e información, el mundo tridimensional creado por Linden Lab sería un interfaz distinto para hacer más o menos lo mismo. En lugar de páginas web hay edificios. En lugar de nombres sin rostro hay muñecos.

Mi escepticismo con Second Life es que, al menos en el estado actual de la tecnología, supone un interfaz muy pobre y difícil de utilizar si se compara con la web. Cierto es que en apariencia suena como si fuera algo mucho más sencillo y natural, pues al fin y al cabo vivimos en un mundo tridimensional al que el invento este intenta imitar. Sin embargo, las acciones que aquí realizamos sin pensar en cómo lo hacemos pueden ser verdaderamente complicadas, si no imposibles, de realizar en Second Life. Podemos hacer que nuestro avatar se siente pero, ¿cómo lograr que cruce las piernas? No sé siquiera si se puede hacer. Porque estoy convencido de que se pueden hacer muchas más cosas de las que aprendí en ese par de horas escaso, pero si se tiene que estudiar uno un manual para aprender hasta los movimientos más simples es que Second Life, como interfaz de usuario, es un fracaso. Miren en cambio lo sencilla que es la web. Su mayor dificultad está en que exige saber leer  y que pinchar en los textos subrayados lleva a otra página.

Pero el caso es que ya tenía usuario de Second Life cuando se inició la sentada delante de la sede virtual del PSOE ovetense. De modo que me fui para allá y conocí a Iulius Carter, promotor de la misma, a otros manifestantes e incluso a un reventador del acto, que portaba una enorme bandera exigiendo la libertad para De Juana Chaos mientras lucía en su ropa una bandera con el águila de San Juan. Pude contemplar alguno de los actos violentos que denuncia Carter en su blog y hasta me hice una "foto" allí (soy el de la derecha, de amarillo).

Lo más curioso del caso es cómo se reproduce el comportamiento de la izquierda en este mundillo virtual. Resulta que un vándalo ha quemado las sedes del PSOE y el PP en Second Life (nada grave, se recuperaron inmediatamente), lo que sirvió para que los medios de izquierdas descalificaran la sentada virtual, con mayor asistencia que el mitin de Llamazares, como propio de vándalos y gente de la derecha extrema, sea lo que ello fuere. Pero el avatar responsable de esos actos está afiliado –virtualmente, eso sí– al grupo del PSOE.

Como escribía el maestro Sowell hace unos días, a la izquierda de hoy en día no le mueven los principios, sino las poses. Una de ellas es su estatus como portador de la modernidad; de ahí que Llamazares se rebajara a dar un mitin en un paraíso del capitalismo como es Second Life. Nada les irrita más que aquello que pueda echarle abajo una parte de esa posición angelical en la que se han colocado a sí mismos, de modo que recurren a lo que pueden con tal de poder seguir aparentando que son los más modernos. O los defensores de los pobres. O tantas otras mentiras.

Pero que este asunto haya resultado interesante y revelador no significa que Second Life no me siga pareciendo una tontería como una catedral. Quién sabe si dentro de diez años…

La izquierda, la farándula y el calentamiento global

Se supone que en un debate científico como el que se ha suscitado desde diversas ramas de la ciencia acerca de las variaciones cíclicas del clima terrestre y el posible origen antropogénico del calentamiento global, que una parte de los estudiosos (no la mayor ni la más relevante) parece estar detectando, los directores teatrales o los actores de telefilmes de serie B, en última instancia artistas sin más, tienen poco o nada que decir. Sin embargo, la farándula es el ariete utilizado por la izquierda para extender esta ola de histerismo milenarista, lo que demuestra que el cariz de esta ofensiva anticapitalista es ideológico y no científico.

En el reciente festival de cine de la ciudad de Cannes, Leonardo Di Caprio, cuyos conocimientos en climatología y física de fluidos corren parejos a los de Al Gore, ha aprovechado para advertir al mundo (los progres hablan así) de la necesidad de tomar medidas para frenar la destrucción del planeta a causa del calentamiento progresivo que le está infligiendo el ser humano. Y las vacas, añado yo, dado el nivel monstruoso de metano que emiten a la atmósfera cada vez que plantan una boñiga o se tiran un cuesco. Junto a esta advertencia apocalíptica, tuvo también tiempo para criticar severamente al presidente de los Estados Unidos, que, a su juicio, no hace lo suficiente para que la primera potencia mundial lidere la lucha contra esta supuesta amenaza cataclísmica.

En este afamado festival coincidió con el cineasta Michael Moore, que, a su vez, presentaba su última crítica demoledora hacia las instituciones de su país, en este caso centrada en la a su juicio deficiente calidad de la sanidad pública. Los documentales de Moore, que tanto entusiasmo despiertan entre el progresismo europeo (no podía ser de otra forma), son diatribas monumentales contra el sistema americano y, especialmente, contra su presidente actual, George W. Bush.

El escaso rigor del cineasta y su desparpajo a la hora de manipular informaciones, sesgar datos y directamente mentir, como han puesto sobradamente de manifiesto sus críticos, han convertido sus trabajos en piezas pintorescas de nulo valor descriptivo, como hasta los sectores progresistas con cierto apego por la decencia informativa han acabado reconociendo. Sin embargo, el público al que va dirigido el mensaje aclama enardecido la mercancía averiada que le sirve el orondo documentalista, pues el fanatismo ideológico no necesita demasiada sofisticación intelectual para llenar las sentinas.

Por otra parte, su legión de seguidores no parece encontrar ninguna contradicción en que un multimillonario que invierte su fortuna en empresas tan dudosamente progresistas como Halliburton les anime continuamente a luchar con más energía contra el sistema que le ha hecho rico. Ni en el hecho de que un señor de ese tonelaje, capaz de colapsar por sí mismo el servicio de riesgos cardiovasculares de un hospital mediano, produzca un (llamémoslo así) documental en defensa de una sanidad pública cuyos servicios no tiene pensado utilizar jamás, por razones obvias.

En la presentación de éste su último trabajo, Moore llegó a poner como ejemplo de gestión de la sanidad pública el sistema de salud cubano, afirmación ante la cual sólo la existencia de un retraso mental severo podría servir de atenuante. Pero no es necesario ahondar en los argumentos de las obras de Michael Moore, por lo demás bastante rupestres. Es ficción más o menos elaborada, cuya única finalidad, además de hacer rico a su autor (a lo que tiene perfecto derecho, por otra parte), es labrar al susodicho un nombre en la aristocracia del progresismo planetario.

En este ambiente tan intelectualmente comprometido, Leonardo Di Caprio presentó sus credenciales para entrar en el selecto grupo de los defensores de la Humanidad. Su receta para librar al mundo de su inminente destrucción es, cómo no, frenar el desarrollo económico a través de la eliminación progresiva del combustible fósil como fuente de energía.

Alguien debería explicarle al famoso protagonista de Titanic que los materiales con que se fabrican los paneles solares de su mansión ecosaludable de Malibú y las tapicerías de las limusinas que le llevan a las galas de los Óscar, por poner dos ejemplos, son fabricados por empresas que necesitan cierta energía para producirlos, y que a día de hoy todavía no se ha conseguido hacer funcionar una gran siderurgia con energía eólica.

Aislados en su burbuja emocional y en sus residencias exclusivas de la Costa Oeste, los astros de Hollywood piensan, al parecer, que todas estas medidas coactivas para restringir la producción no les afectan, a pesar de que su consumo de energía y materiales elaborados es mucho mayor que el del común de los mortales, como acredita la factura de la luz de la mansión de Gore, ya que hablamos de artistas.

Por otra parte, si en los EEUU sólo es necesario que un 2% de la población se dedique a la agricultura para dar de comer a 300 millones de personas, es precisamente gracias a la industrialización masiva del sector, cuya maquinaria requiere el consumo de derivados del petróleo. Y eso por no mencionar el hecho de que los principales afectados por las restricciones patrocinadas por la farándula mundial serían precisamente los países del Tercer Mundo o en vías de desarrollo, cuya acumulación de capital, todavía incipiente, no les permite invertir recursos en el uso de "energías alternativas" para producir bienes, a menos que quieran retroceder varias décadas en su nivel de desarrollo respecto al mundo civilizado.

¿Está dispuesto Mr. Di Caprio a condenar a la miseria o a la muerte a varios centenares de millones habitantes de las zonas más desfavorecidas por salvar, supuestamente, el planeta? Ésta es la pregunta que alguien debería plantearle. Y no se tomen a broma la pregunta: algún líder ecomarxista ya ha respondido afirmativamente.

Fin de fiesta

Desde los foros más variados se repiten los mismos mensajes. El FMI y el Banco de España, ambos en varias ocasiones, han alertado del exceso de endeudamiento, peligroso ahora que suben los tipos de interés.

Súmese a ello que tendrá lugar un ajuste del mercado inmobiliario que según la OCDE podría ser "duro". Morgan Stanley dice que el precio de la vivienda podría caer un 5 por ciento, y un freno de la construcción del 20 al 70 por ciento en 2009. Standard & Poor’s se ha sumado a esta preocupación.

"Productividad" fue la palabra que se repetía en boca de los socialistas cuando hablaban de Economía poco antes y poco después de llegar al poder. Hoy ya no insisten tanto, quizás porque, según el Euroíndice Laboral IESE-Adecco, mientras el mundo avanza, España ha perdido un 4 por ciento en productividad en los últimos 5 años. El Banco de España ya ha advertido un nuevo deterioro de la competitividad en 2006 y desde el BCE, Trichet ha señalado al mismo problema.

Mientras, mantenemos uno de los mercados laborales más rígidos de la OCDE. Acaso por ello, mientras nuestra productividad cae, los costes laborales siguen aumentando a buen ritmo. La inflación es en España mayor que en los países cercanos. Es decir, cada vez somos menos competitivos. Ello no es ajeno al déficit por cuenta corriente, que alcanza niveles históricos tanto en volumen como en porcentaje del PIB.

Standard & Poor’s dice en un reciente informe que el deterioro de nuestra competitividad no se ha detenido y que, por el contrario, continuará: el déficit por cuenta corriente "se incrementará en los próximos años a medida que España lidia con una caída en la competitividad de sus exportaciones, debido al crecimiento en los costes laborales, por encima del de la productividad". Pero Zapatero mantiene el optimismo. Menos mal.

Zapatero, fascista

Esa "seña de identidad" que a Zapatero le sale del alma y que identificó con su propio proyecto el martes 22 durante la Confederación Europea de Sindicatos es doble: "la representación y la protección por medio del diálogo social", por usar sus mismas palabras. El fascismo dice precisamente eso. Para él la sociedad está formada por un conjunto de "fuerzas vivas de la nación" o, como se dice en un lenguaje más moderno pero no menos cursi, "fuerzas sociales". Éstas se representan por un conjunto de órganos, tales como los sindicatos, las confederaciones empresariales y otros. Y de la negociación de estos grupos, con el liderazgo y la moderación del Gobierno, vendrá la prosperidad y la justicia. ¿Alguno es capaz de distinguir esta filosofía de la de Zapatero?

Claro, que el consenso en torno al fascismo en economía es tan amplio que ni nos damos cuenta. Y como la política consiste en ponerle nombre a las cosas, basta con dejar de llamarle "fascismo" para colgarle cualquier otro letrero. "Diálogo social", por ejemplo. Las ideas y la práctica permanecen. Se dirá que antes había un sindicato único, pero ¿no tenemos ahora dos sindicatos únicos?

Y no es que no haya alternativas. Y no tendríamos porqué inundar con dinero de los contribuyentes las arcas de los sindicatos, que no representan a los trabajadores porque éstos elijen voluntariamente y de forma abrumadora no votarles y no afiliarse. Eso que nos ahorramos. Lo mismo cabe decir de las organizaciones empresariales. Bastaría con permitir a cada trabajador que negocie en libertad las condiciones que quiere pactar con la empresa y elija la forma en que quiere que ella le compense por su trabajo.

La del fascismo es una deriva muy atractiva para el poder. ¿No es este el Gobierno que quería crear un campeón nacional de la energía? Ya me dirán ustedes para qué lo queremos nosotros, si a los que pagamos la luz lo único que nos importa es que las empresas de todo el mundo tengan libertad para venir a España y competir por ganarse nuestro favor, el de los consumidores. ¿No contratamos permanentemente servicios a empresas extranjeras? ¿Qué más nos da que lo sean si nos ofrecen un buen servicio al mejor precio? Pero no pasa lo mismo con el Gobierno; a él le interesa un "campeón" al que poder mandar y humillar bien a gusto para ponerlo a su servicio, no al de los ciudadanos.

Pero ¿no será que no sólo Zapatero piensa así? ¿Cómo respondería a mi primera pregunta?