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La noche del calentamiento global

Según el guionista del documental el clima se está "recalentando": las facultades de periodismo hacen estragos con el lenguaje. Ningún experto de los que han consultado tiene ninguna duda sobre lo que está sucediendo y lo que hay que hacer: algo extraño en científicos, porque un tema tan vasto y complejo da para muchas incertidumbres (quizás convenga un prudente escepticismo y actitud crítica). Se afirma poéticamente (y patéticamente) que cada cambio, por minúsculo que sea, afecta a todos los seres vivos: pero la ciencia consiste en establecer y distinguir relaciones relevantes, no vale el "todo está relacionado".

Vivíamos en el clima perfecto (qué casualidad) sin saberlo, porque todos los cambios que pueden producirse se presentan como negativos. Tal vez sea que los posibles beneficiarios de un clima más cálido prefieren callar, y que todo el que tiene algún problema o perjuicio lo achaca al cambio climático a ver si Papá Estado se lo soluciona o indemniza.

La fibra sensible se toca de forma facilona recurriendo a los niños: "I love Kyoto" pinta uno que parece saber mucho del tema para su tierna edad (¿o quizás le han dicho lo que debe pensar?). Se lanza la pregunta de si tendrán alimentos, agua, y oxígeno en el futuro: no es broma.

En España probablemente habrá más olas de calor, pero se silencia que también habrá menos olas de frío, que son bastante más peligrosas para los seres humanos. El misterio de las abejas desaparecidas es probable que se deba a un parásito, pero se relaciona con el cambio climático: por si cuela, todo es posible. Algunos osos no han hibernado este último invierno tan benigno: tiene que ser muy malo seguir activo y pudiendo alimentarse. Parece que hay aves que se ahorran alguna migración porque ya no tienen que huir del frío: espantoso. Los fenómenos más extremos (sequías, lluvias torrenciales, huracanes, tornados) son muy espectaculares y se asegura que se intensificarán, pero en este ámbito la incertidumbre científica es grande. Tal vez haya menos precipitaciones en la península (las predicciones globales son al revés, de más precipitaciones), pero no se menciona que el problema del agua es que no se economiza porque no hay derechos de propiedad, ni mercados libres, ni precios; a cambio se ofrece moralina y concienciación.

Algunas especies podrían desaparecer (hasta un enorme 30%, según algunos), pero se trata de especulaciones teóricas sin contrastación empírica (cambios climáticos precedentes no produjeron tales catástrofes ecológicas). Muchos seres vivos se ven afectados más por la invasión humana de sus hábitat que por el cambio climático. Nos asustan con los mosquitos, el paludismo y la malaria, que se dan en zonas frías y que tienen mucho más que ver con condiciones sociosanitarias. No tiene nada que ver con el cambio climático, pero aumenta el cáncer de piel y nos lo cuentan (quizás se deba a que la gente toma más el sol, pero no nos lo sugieren). James Lovelock se queda tan tranquilo prediciendo que sólo sobrevivirá el 20% de la población mundial actual (migraciones, guerras). Al menos defiende la energía nuclear, pero se nos repite la falacia de que no está resuelto el problema de los residuos radiactivos.

Se insiste especialmente en el aumento del nivel del mar, con efectos especiales que muestran cómo se inundan zonas costeras e incluso alguna ciudad marítima. Se afirma que una elevación de un centímetro implica un retroceso de las playas de un metro, y como se prevén unos 40 centímetros de elevación en los próximos cien años se teme que muchas playas desaparecerán: se ignora que el nivel del mar lleva milenios subiendo a un ritmo parecido al actual (y las playas son entes dinámicos que no han cambiado tanto), y se olvida que los seres humanos pueden proteger o regenerar las playas y proteger con diques las zonas más delicadas. La gente sigue comprando viviendas cerca del mar (ZP da ejemplo); no parece que les preocupe demasiado la posible elevación de las aguas.

Se critica que la gente derrocha recursos como si fueran ilimitados (no se habla de escasez, derechos de propiedad, precios) y se recomienda eficiencia y ahorro, cosas de sentido común que el desarrollo tecnológico y la acumulación de capital consiguen por sí solos (aunque quizás el consumo total de energía siga creciendo en contra de los deseos de algunos ecologistas, porque la gente aspira a vivir mejor y esto suele ir asociado con más consumo energético). Se proponen energías renovables, que tal vez sean las del futuro, pero que no son las del presente porque aún son muy caras y sólo subsisten por cuantiosas subvenciones estatales. Parece que no hay peor catástrofe que no hacer nada, pero quizás lo sea hacer algo equivocado.

Internet se colapsará (otra vez)

Sin embargo, aunque en este caso las razones para predecir la hecatombe sean tan tontorronas, las afirmaciones sobre el fin de Internet tienen una larga tradición desde que Bob Metcalfe hiciera la suya allá por 1995. No era un cualquiera. Había fundado 3Com, una de las empresas líderes en la fabricación de los componentes necesarios para hacer funcionar Ethernet, el sistema de redes que había creado en 1973. Puede que a muchos de ustedes eso de Ethernet les suene de algo, pero no acaben de saber a qué. Es sencillo: cuando conectan un cable de red a la clavija de red de su ordenador, no se están conectando a otra cosa que a una red Ethernet, omnipresente en casi todas las instalaciones domésticas y empresariales.

La base del invento de Metcalfe es llevar la simplicidad máxima al diseño de la red. Cuando un ordenador quiere enviar algo a otro punto de la red simplemente lo hace y espera que le llegue la confirmación de que ha llegado a su destino. Si no la recibe en un tiempo determinado, asume que el envío no tuvo éxito, seguramente porque al mismo tiempo algún otro ordenador decidió enviar otra cosa, produciéndose una interferencia, de modo que lo vuelve a intentar hasta que lo consigue.

Es simple, sí, pero también tiene un innegable aire de chapuza. ¿Cómo estar seguros de que la cosa no va a fallar cuando más la necesitas? Simplemente, no se puede. De ahí que, desde entonces, se hayan creado varios intentos de sustituir a estas redes tontas por otras más inteligentes. En 1986, IBM lo intentó con Token Ring. Era un sistema excelente, en teoría, aunque más complicado de instalar y más caro. Eso sí, ofrecía toda serie de garantías. Lleva sufriendo una muerte lenta casi desde que se inventó. Después llegó ATM, un sistema bien ingenioso que tampoco ha conseguido triunfar sobre las redes tontas.

El sistema de Ethernet triunfó porque convirtió las redes en algo carente por completo de inteligencia, que se limitan a transmitir información sin más, obligando a los extremos de la red a hacer la mayor parte del trabajo. Pensemos en las redes telefónicas, con sus sofisticadísimas centralitas y protocolos de conexión. Resulta que, en toda su complejidad y sus garantías de buen funcionamiento, sólo servían para una cosa: hablar por teléfono. A las redes tontas, en cambio, hay que enseñarles cómo funcionar, pero sirven para todo, permitiendo una explosión de creatividad en los servicios que se pueden prestar con ellas. Y, como dijo en su día el propio Metcalfe, por mucho que en teoría no debieran funcionar, en la práctica lo hacen.

Sin embargo, el creador de Ethernet perdió eventualmente la fe en las posibilidades de su propia creación, pensando que sería sustituida por redes de tipo ATM. De ahí que predijera el colapso de Internet, una red tonta que interconecta otras redes tontas. Se equivocó, pero cumplió su promesa y se comió el artículo en el que había hecho su vaticinio. Ahora, Procera Networks augura que a finales de año Internet se vendrá abajo. La especialidad de la empresa, por si no lo habían adivinado, es "aplicar inteligencia a la red". Cuán sorprendido me hallo.

El sucesor de Warren Buffett

El capital es escaso y a todos conviene que se destine a los proyectos empresariales más productivos del abigarrado crisol que forman. A ello ha dedicado su vida el "oráculo de Omaha".

Hace casi un año hizo la mayor aportación filantrópica de la historia. Ha dedicado 44.000 millones de dólares, o el 85 por ciento de su fortuna, a la Fundación Gates. En julio de 2006 comenzó con una primera aportación de 602.500 acciones de su compañía, Berkshire Hathaway, que aumentará año a año a un ritmo del 5 por ciento. De este modo, si el valor de las acciones crece más rápido que ese porcentaje, la aportación será cada vez mayor año a año.

Ahora busca sucesor. En una carta a la compañía ha dejado claro que quiere que sea una persona joven, que tenga la confianza en sí misma como para ir en ocasiones contra la opinión del mercado y con estabilidad emocional.

Pero ello no basta. Debe tener vista para identificar esos reveses del mercado que pueden dar al traste con lo conseguido en una larga carrera de éxitos, así como un buen entendimiento de la naturaleza humana y del funcionamiento de las instituciones; mirar al futuro con ojos de historiador, como decía Mises. Si usted se siente identificado, acaso tenga la oportunidad de gestionar nada menos que 120.000 millones de dólares.

Claro, que debe compartir también su filosofía de inversión. Para él "es mucho mejor comprar una empresa maravillosa a un precio aceptable que una empresa aceptable a un precio maravilloso". O, sobre todo, invertir pensando en el largo plazo.

Esto es, a Buffett le entendemos como parte de la filosofía de la escuela del crecimiento, y no es casual que tuviera a Phillip Fisher como mentor. Pero también sigue la escuela del valor a que asociamos con Benjamin Graham (El inversor inteligente).

¿Tendrá Warren Buffett la misma visión para elegir sucesor que para invertir?

Cómo terminar con el Estado de Bienestar

Esto último pasa por que cada uno exija "sus derechos", en el entendido de que esos derechos se extienden a lo que produzcan los demás. Cómo es posible que haya quien defienda el Estado Providencia hablando de ética y de moral es todo un misterio.

En cualquier caso, ni lo necesitamos, ni tenemos porqué estar atados a él para siempre. Hemos llegado, en todas las democracias, a una situación en que convertir los deseos de la gente en "derechos" ha ido tan lejos que apenas nos lo podemos permitir. Le vemos las orejas al lobo, pero los políticos, que no ven más allá de las siguientes elecciones, no quieren prestar su voz para las malas noticias.

Pero eso no quiere decir que no se pueda hacer nada desde la política. Sólo tenemos que mirar al caso de los Estados Unidos. Clinton prometió "acabar con el Estado de Bienestar tal como lo conocemos", pero seguramente jamás pensó en reformarlo muy en serio. Se vio forzado por la llamada "revolución conservadora" liderada por Newt Gingrich, que le obligó a hacer una revisión a fondo de las ayudas asistenciales. Eran tan generosas que amplios sectores se esforzaban más en entrar en la casilla correspondiente a una subvención que en ganarse la vida con su esfuerzo. Y es que el mensaje era bien claro: si usted, por ejemplo, logra quedarse embarazada y huye tanto del matrimonio como del mercado de trabajo, nosotros le aseguramos una renta. En esas condiciones, ¿quién querría salir adelante por sus propios medios? Gingrich y su "Pacto con América" querían cambiar esa situación.

Por eso forzaron al presidente a firmar Ley de la Responsabilidad Personal y la Reconciliación de las Oportunidades del Trabajo en el verano de 1996. Habría ayudas, sí, pero cada Estado podía elegir si condicionarlas a la obtención de un trabajo, o incluso de imponer un plazo máximo de cinco años viviendo del dinero de los demás. Unos pocos Estados comenzaron por llevar el sistema a la práctica, con un éxito que sólo se puede calificar de rotundo. Pronto comenzaron a seguirles otros.

En 2002, sólo seis años después de comenzado el programa, casi el 60 por ciento de las familias que vivían del dinero público pasaron a hacerlo por sus propios medios. ¿Han caído en la miseria de la que apenas les salvaban las ayudas públicas? Nada de eso. Precisamente entre las madres solteras el nivel de pobreza ha caído del 46 al 28 por ciento y, en esos seis años, pese al aumento de la población, el número de "pobres" descendió en 1,6 millones de personas.

O, simplemente, como he propuesto en otro lugar, sumemos el gasto social y dividámoslo por cada español mayor de 18 años. Con ello devolveríamos a los españoles todos los años unos 5.000 dólares, que podrían ser incluso más si excluimos a las rentas más altas. Imaginemos, además, todos los recursos destinados a gestionar esta bicoca puestos a producir riqueza en el mercado en vez de redistribuirla. ¡Lo que íbamos a ganar!

Más viviendas por sorteo

Para la inmensa mayoría de los políticos, sin embargo, las políticas públicas de cualquier área consisten en plasmar su idea del mundo y toda clase de deseos personales en un mandato coactivo para toda la sociedad. Según esta segunda forma de ver las cosas la realidad tendrá que adaptarse a los designios planificadores so pena de multas y cárceles.

Un buen ejemplo de esta última forma de entender la acción legislativa y de gobierno es la nueva Ley del Suelo. El presidente y la ministra del ramo piensan que basta con decir en una ley que se ofrecerán viviendas dignas para todo el mundo para que así sea. Esto, por cierto, es lo que pensaban desde Ceaucescu hasta Mao pasando por los líderes de la Plaza Roja acerca de los más diversos asuntos económicos. Tan convencidos estaban de ello que lo aplicaron a todo y contra todos. Desde la alimentación hasta el urbanismo, todo era mortífera coacción "bienintencionada". En el caso del intervencionismo alimenticio para garantizar comida digna a todo el mundo, la combinación de colas, escasez y pésima calidad de la comida que ofrecían a sus ciudadanos sigue siendo una marca característica del sistema que preconizaban estos totalitarios. En el caso del urbanismo, las preciosas ciudades soviéticas con familias hacinadas en cajas de cerillas son toda una muestra de lo que es capaz la ingeniería social(ista).

Volviendo a la nueva Ley del Suelo, Zapatero cree que porque se obligue a establecer una reserva mínima del 30% del suelo residencial para viviendas sujetas a algún régimen de protección todo el mundo tendrá una vivienda digna. Lo cierto es que el efecto de esta medida será restar oferta de vivienda libre y, consecuentemente, que sea más cara de lo que podría haber sido. No hay que olvidar que la gran mayoría de los ciudadanos accede a la vivienda comprándola en el mercado, no siendo agraciados por la lotería estatal. Si a esta medida le sumamos la elevación (del 10% al 20% de máximo) del porcentaje de cesión de las plusvalías generadas por la promoción inmobiliaria, sólo cabe esperar más presión al alza en el precio de la vivienda. Esto, me temo, tiene poco que ver con garantizar una vivienda digna a todo el mundo. Si es que no aprenden; en los países comunistas la comida digna llegó a todo el mundo con los supermercados privados y aquí sólo habrá vivienda digna para todo el mundo con una liberalización del suelo que ningún político parece dispuesto a defender.

Las viviendas dignas para todos –y no sólo para quien le toca la lotería– llegarán el día en el que los políticos levanten la losa de hormigón planificadora que han puesto sobre nuestros hombros. Pero en el horizonte no se ven más que hormigoneras políticas que mezclan una amalgama de planificación central, racionamiento y expropiaciones, homogeneizados siempre gracias a una pasta de populismo barato. El Partido Popular no sólo no se escapa a esta forma de hacer política sino que la promueve con premeditación y alevosía: el uso del agente urbanizador en la Comunidad Valenciana es de sobra conocido. Ahora hasta su dirigente más liberal, Esperanza Aguirre, ha caído en la tentación intervencionista al proponer la limitación, por ley, de la densidad de edificación en zonas residenciales a tres plantas más ático. Estamos rodeados de escombros socialistas con los que los políticos de todos los partidos pretenden construir un urbanismo contra la voluntad del individuo.

El amigo de los abuelillos

Es asombroso que una clase política formada por un Moratinos, una Carmen Calvo o un José Blanco, pongamos por caso, no suscite el menor interés en alguien con esa facilidad para la parodia política. Cualquier presentador de la televisión nocturna en Estados Unidos mataría a su suegra por contar con un elenco político tan sugestivo como el que disfrutamos aquí, pero es lo que tiene el sectarismo ideológico, que uno es capaz de perjudicar su propia carrera profesional antes de dar un balido más alto que otro, no sea que los guachimanes de la ortodoxia progresista cierren el acceso al pesebre.

El último proyecto del autodenominado Gran Wyoming (excelente nombre artístico para un antiamericano vocacional), consiste en un documental en defensa del doctor Montes y su estrategia terapéutica para acabar con el sufrimiento de los abueletes. Está muy bien; cada uno es libre de engrandecer el séptimo arte de la forma que estime pertinente, siempre que asuma los costes de la aventura. Ocurrió con la serie de documentales cometidos por las gentes de nuestro cine para acabar con Aznar (con su etapa de gobierno, me refiero), que también pagaron de su bolsillo y, aunque no fue a verlos ni El Tato cuando se proyectaron en las salas comerciales, lo cierto es que tras la victoria de ZP muchos de los autores rentabilizaron el descomunal esfuerzo creativo desarrollado. O sea, que sí, que había motivo.

La Azotea de Wyoming, espacio de late night con que la nueva dirección de RTVE vino a lustrar su parrilla tras la heroica victoria de las fuerzas de progreso en 2004, tuvo una acogida discreta. Más que discreta digamos que fue un soberbio batacazo, porque una televisión pública no retira un programa por baja audiencia a no ser que el leñazo sea descomunal. Mas como El Gran Arquitecto aprieta, pero no ahoga, Wyoming ha encontrado un hueco en La Sexta, lugar en el que los índices de audiencia no tienen la menor importancia porque la parrilla en su conjunto tiende al cero absoluto.

El artista rindió visita hace unos días al programa radiofónico de Gemma Nierga para publicitar su nuevo documental, y fue allí, en ese marco incomparable, donde acusó al consejero Lamela de haberse hecho rico de forma harto sospechosa a través de una empresa de la que no supo dar su nombre exacto. La única prueba que aportó en el programa de la Nierga fue: "esto lo he leído en El País, en la sección de hemeroteca", que como elemento de convicción no está nada mal. El documental fue emitido hace nada en la cadena de Milikito. Si se levantara de su tumba el gran Fofó igual le sacudía con el cencerro.

La contradicción del bien común

La cuestión fue enfocada por el senador igual que se hace aquí, clamando por el civismo, la seguridad y el bien común. Para el artífice de la propuesta, Carl Kruger, la actitud incívica de llevar gadgets electrónicos "es un problema nacional". En cinco meses, según Kruger, murieron en Brooklyn tres peatones en accidente de tráfico por usar este tipo de aparatos. La solución del senador era que los iPod, BlackBerry, reproductores de MP3 y artilugios similares sólo pudieran ser utilizados por corredores, ciclistas, peatones, etc. en los parques de la ciudad. Lo que se le escapó al senador fue prohibir mirar la hora del reloj, que también puede distraer. Tal vez la razón es que no escucha música, pero sí mira la hora. Pensará usted que esta anécdota no es más que otra salida de tono de otro político extranjero, pero es que aquí ya tenemos una ley en vigor muy parecida.

Esta semana, un peligrosísimo profesor de educación física en Gijón ha sido multado con 552 euros y la retirada de nueve puntos del carné de conducir por realizar la "suicida" actividad de pasear con su bicicleta mientras escuchaba música. La administración se ha defendido alegando algo muy similar a lo que dijo el senador Kruger hace unos meses.

Los amantes de la represión gubernamental y resto de socialistas celebran con cava este tipo de agresiones contra el hombre libre porque representan una victoria del bien común, pero cuando se producen desastres mucho peores cuya causa son los políticos simplemente miran en otra dirección.

Esta legislatura está marcada por la corrupción urbanística en la que han participado políticos de todos los partidos, donde hay implicados altos cargos del Gobierno. El sectarismo de organizaciones paragubernamentales como la CNMV. La unión del Gobierno, medios de comunicación y otras empresas privadas para derrocar a empresarios o una irresponsable política económica basada en el corto plazo que todos vamos a pagar. Parafraseando a nuestro amigo el senador Kruger, esto sí que "es un problema nacional".

Estos desagradables acontecimientos que provienen de la política traspasan nuestras fronteras y provocan serios daños a todo el país. Una situación económica inestable, marcada por el intervencionismo y la corrupción, es el disuasorio perfecto para todo inversor extranjero y nacional. En estas semanas la bolsa ha bajado, entre otras causas, debido a las fuertes ventas de las grandes instituciones extranjeras que están viendo a España como un país de opereta.

Esto es lo que ocurre cuando esperamos que nuestra mayor molestia, el Gobierno, solucione los problemas nacionales e instaure la felicidad por medio de la ley. El resultado es el caos. El problema de España no es el ciclista que circula con auriculares, ni los que fuman en lugares públicos ni los top manta, sino una clase política que tiene barra libre para hacer lo que quiera y se mete en nuestras vidas con cualquier excusa trasnochada. Si el ciclista de Gijón tendrá que pagar más de 500 euros por "circular mal" con su bici, ¿qué tipo de sanción ha de tener José Blanco por facilitar la corrupción urbanística, Conthe por permitir el acoso institucional a empresarios o el Gobierno por saltarse leyes europeas en su beneficio y en el de sus amigos? ¿Realmente cree que van a pagar por el daño que han ocasionado al país?

El mejor y el peor Aznar

Con todo, no deja de ser lamentable que unas frases tan poco relevantes, por su sentido común, hayan desatado el escándalo. Si no estuviéramos encarcelados en los habitáculos del pensamientos único intervencionista más asfixiante, si el estatismo militante de izquierdas y derechas no hubiera convertido a los individuos en siervos complacidos, a buen seguro las declaraciones de Aznar no habrían merecido consideración alguna.

Entre otras cosas, porque la causa que las motivó –la restricción de la libertad individual por parte del Estado– nunca habría sido tolerada, bajo ningún supuesto. Pero la España de hoy, desarmada material, intelectual y moralmente, ha asumido su papel de infinito tragadero de los desmanes políticos y las ensoñaciones fascistoides.

Aznar se limitó a señalar que, mientras no cause daño alguno, nadie debe decirle cuánto vino puede beber o a qué velocidad puede conducir. Que incluso esta obviedad sea motivo de escándalo demuestra el cariz profundamente totalitario y antiliberal del estamento político y de sus mamporreros periodísticos.

Según una ingenua literatura filosófica y económica, el Estado nace como monopolio de la violencia para proteger a los individuos de cualquier agresión. Lo que se intenta combatir es el daño sobre las personas y la violación de sus derechos.

En realidad, dado que el Estado ha sido el mayor agresor que haya existido jamás, parece evidente que, con la excusa de proteger a los individuos de la violencia, pretendió institucionalizar ésta en beneficio propio. Lejos de ser el alguacil nocturno, como sabiamente diría el liberal norteamericano Albert Jay Nock, el Estado es el monopolizador del crimen.

Sin embargo, los que consciente o inconscientemente defiendan la letanía de que el Estado adquiere su justificación con la defensa de los individuos deberían mostrar un mínimo de pudor. Obviamente, si, como sostenía Aznar, nadie causa daño alguno, el Estado no tiene por qué meter su nariz y su porra en el asunto.

Pero, claro, la defensa de los derechos individuales no es suficiente para la izquierda. En realidad, no es que no le sea suficiente; es que aspira a cargárselos, a subordinarlos al bienestar general diseñado por los políticos, esto es, al bienestar general de los familiares y allegados de los políticos. No les importa que esta travesía suponga pisotear, finiquitar y triturar las libertades individuales; de hecho, para tal menester crearon el Estado.

Y en ello están: persecución del tabaco, el alcohol y los productos grasos, subordinación de la libertad de expresión a unos tribunales administrativos, obscenas campañas de adoctrinamiento, expropiación masiva de la propiedad privada, imposición de cuotas de producción al estilo franquista o prohibición de los centros privados de almacenamiento de cordones umbilicales.

Ahora bien, con ser verdad que las críticas de Aznar a quienes desearían conducir por completo nuestras vidas son del todo certeras, ello no debería hacernos olvidar un detalle bastante importante: Aznar fue presidente del Gobierno, y durante ocho años no tuvo ni la valentía ni la convicción para ejecutar las reformas que hoy defiende.

Por ejemplo, si Aznar piensa que nadie debe decirle a qué velocidad conducir, ¿por qué su Gobierno no permitió que las propietarias de las autopistas determinaran la velocidad máxima a la que podía circularse por ellas? Como propietarios privados de la vía, son los únicos legitimados para establecer las condiciones de acceso. ¿Por qué Aznar les siguió privando de esa potestad?

La competencia entre las distintas autopistas habría propiciado la segregación de los conductores en función de sus preferencias. Los que prefieren pisar el acelerador se habrían decantado por las autopistas sin límites de velocidad; los que anteponen la seguridad y la tranquilidad habrían optado por las que impusieran ciertas limitaciones. En cambio, Aznar mantuvo una regulación centralizada y uniforme para todos. Si no le gustan que conduzcan en su lugar, ¿por qué no hizo nada al respecto?

Algo similar ocurre con el alcohol. Si a Aznar le molesta que le prohíban beber vino, ¿por qué no retiró los impuestos sobre el alcohol? ¿Acaso los incrementos desorbitados de su precio no pretenden convertir su consumo en algo prohibitivo? No sólo eso, ¿por qué no presionó a las comunidades autónomas gobernadas por el PP para que eliminaran la restricción a la venta nocturna de alcohol? Parece que, a ciertas horas, Aznar sí ve bien que se prohíba el consumo de vino.

Esta divergencia entre las palabras y los hechos, entre las promesas liberales y la inercia conservadora, entre el discurso claro y la mojigatería centrista, ilustra lo mejor y de lo peor de Aznar. Un discurso que en ocasiones podía ser suscrito por cualquier liberal y una actuación generalmente deficitaria y alejada de los principios que decía defender.

Bernard Baruch nos aconsejaba que votáramos por el político que menos nos prometiera, porque sería el que menos nos decepcionaría. Yendo un poco más lejos, si no votamos por ninguno, nadie nos decepcionará. No confíe en los políticos; confíe sólo en usted mismo. Los que quieran arreglarle la vida muy probablemente sólo se la dificultarán, para medrar a su costa. Ellos tienen su propia agenda, y usted sólo figura como fuente de financiación. El resto son sólo estratagemas para someterle y que encima se muestre agradecido.

Obras son amores y no buenas razones, reza el refranero español; si bien casi cualquier buena razón es bienvenida frente a las represoras obras del Gobierno actual. Por mí, conduzca y beba cuanto quiera, Sr. Aznar, por mucho que usted no nos concediese esa oportunidad cuando pudo. Qué mal sienta pasar de señor a siervo.

25 años de Spectrum

Pero en mi generación fuimos muchos los que tuvimos contacto con la informática por primera vez con este aparato negro de teclas de goma, al que siempre se le acababa estropeando la membrana que captaba la pulsación de cada tecla, especialmente si se había jugado mucho al Decathlon. A mi casa llegó en 1984, teniendo yo ocho años. Había que conectarle un aparato de cassette para cargar los juegos, y una tele como monitor. Los programas tardaban varios minutos en leerse de la cinta y con frecuencia, generalmente al llegar al final, la carga fallaba. Pero era una maravilla.

Hay que situarse en la época, claro. Los únicos ordenadores domésticos se basaban en microprocesadores de 8 bits y una memoria que, en los modelos más avanzados, llegaba a los 64Kb, de los cuales buena parte era la memoria ROM, de sólo lectura, donde se guardaba el sistema operativo, bastante tosco, y el intérprete de BASIC, el lenguaje con el que muchos empezamos a programar. El Spectrum de mi familia tenía 16Kb de ROM y 48 de RAM; pertenecía a la "gama alta", pues había otro modelo con sólo 16 de RAM. Viéndole ahora las tripas parece más una tarjeta de las que se insertan en nuestros PC que un ordenador completo.

Por aquel entonces las guerras de religión no las libraban los adeptos a PC y Mac, sino los poseedores de los Spectrum, Amstrad, Commodore o MSX. En España, por número, sin duda los primeros fueron ganadores. Incluso Investrónica, filial de El Corte Inglés, desarrolló y comercializó el primero Spectrum con, maravilla de maravillas, ¡128Kb de RAM! Luego Amstrad compró la empresa y sacó un par de modelos más, incluyendo uno con unidad de disco. Pero llegaba el fin de la era de los 8 bits. La siguiente batalla, breve, se libró entre el PC, el Amiga y el Atari ST, mientras los usuarios de Mac iban por su lado. No hace falta decir quien ganó.

Lo cierto es que el Spectrum no fue el primer ordenador doméstico ni el mejor, pero sí el primero en tener éxito. La razón, quizá, es que Sinclair no hizo ordenadores pensando primero en las características y luego intentando reducir el precio, sino que metió todo lo que pudo a sus computadoras mientras el coste no fuera excesivo, de modo que se pudieran vender a las familias de clase media. Así nacieron el ZX80, con 1Kb de memoria y que tenía una versión más barata como kit para que el comprador se montara el ordenador, y el ZX81, más barato y ampliable hasta los 16Kb. El Spectrum, llamado así en lugar de ZX82 para dar importancia al hecho de que tenía colores, vendió millones de unidades y le procuró a su creador una fortuna y hasta el título de Sir. Luego perdió la mayor parte con sus vehículos eléctricos.

Además de jugar y copiar juegos que, para qué negarlo, era mi ocupación principal, con él empecé a programar. Lo cierto es que sin Spectrum es posible que yo no hubiera seguido la carrera de informática y ahora no estuviera escribiendo estas líneas. Suficiente razón para maldecir a Sir Clive Sinclair, pensarán ustedes. No les digo que no. Pero sé que no soy el único que puede decir lo mismo de los informáticos que tenemos entre 25 y 35 años. Si la informática es clave para el incremento de la productividad, cabe preguntarse qué peso ha tenido el Spectrum en la economía española. Si pudiera calcularse, seguro que el resultado sorprendería a más de uno.

De Keynes a Chávez

Viene la cita a cuento de una información vertida por la prensa esta semana, y que se refiere a la guía para inversores que elabora el Departamento de Comercio de los Estados Unidos. En su última edición advierte a los potenciales inversores que tengan a España en mente de que cuiden especialmente la seguridad en los contratos. Y pone el ejemplo de un empresario que le reclama a la organización del Fórum de Barcelona la cantidad de 3,4 millones de euros que le corresponden según una sentencia de un juzgado de Illinois. La sentencia es de 2004 y el empresario todavía está esperando a que se haga efectiva.

No se fían de nuestro sistema legal y la embajada recomienda a los potenciales inversores que especifiquen en sus contratos que Estados Unidos sea "el lugar para juzgar disputas" y en cualquier caso se especifique cómo sería llevada a cabo una sentencia.

El caso recogido por el Departamento de Estado es menor si lo comparamos con lo que han observado los inversores estadounidenses en Endesa. Se habrán tenido que frotar los ojos en más de una ocasión al observar hasta dónde llega el empecinamiento del Gobierno por imponer sus preferencias y la debilidad, por llamarlo de alguna manera, de los órganos reguladores. Su independencia se pone a prueba cuando se someten a las presiones más duras y en este caso el veredicto es claro.

El espectáculo de la CNMV, ¿cómo se reflejará en futuros informes del Departamento de Estado de aquél país? La caída en las inversiones estadounidenses en nuestro país, ¿cómo reaccionarán a lo que refleja la prensa de allí?

Será que la política exterior y la económica de nuestro Gobierno están acercándose, y que tenemos que mirarnos en lo que Pedro Almodóvar, en ocasión memorable, llamó "la experiencia democrática de Venezuela".