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¿Y a los criminales de verdad?

Veamos un ejemplo de cómo está el panorama judicial. Recientemente fue desarticulada una banda que se caracterizaba por realizar atracos con una violencia excepcional. El jefe de la banda era un suizo apodado "el gorila". Recordarán de los shows televisivos —que aún se empeñan en llamar telediarios— las imágenes del "gorila" golpeando brutalmente a la empleada de una joyería aún cuando ésta yacía en el suelo inconsciente. Pues bien, el criminal en cuestión había sido detenido veinte veces. ¿Qué hacia ese hombre en la calle después de veinte detenciones?

Eso nos lleva a la siguiente reflexión. ¿Por qué no instaurar un Carné Penal por Puntos? En Estados Unidos tienen algo similar, a la tercera detención, por cualquier delito, la pena se endurece drásticamente. ¿Por qué no puntuar los tipos de delitos? ¿Por qué no cuando lleguen a un tope endurecer fuertemente la pena? Y lo que aún es más de sentido común, si han perdido su libertad como delincuentes, ¿por qué no trabajan y así con el dinero que ganen indemnizan a sus víctimas? Ese ha de ser el objetivo de la justicia: indemnizar a la víctima siempre. Alguien que roba más de tres veces es que vive del crimen, encerrarlo un par de meses con sus amigos no arreglará nada. Pero para los políticos, el chico malo siempre es el ciudadano honrado.

El carné por puntos nos convierte en criminales por un descuido, pero a los que viven del asesinato y robo la justicia los mima con prisiones que parecen hoteles, dinero, programas gubernamentales de reinserción… Encima, nos dicen que la culpa de que exista gente como "el gorila" es debido a "la sociedad". Es decir, usted, potencial víctima, ¡es el culpable!

La razón por la que el gobierno se ensaña sistemáticamente contra padres de familia, jóvenes, empresarios, autónomos y gente honrada se debe a una pura intención recaudatoria. Los criminales de verdad son minoría, no tienen dinero y están protegidos por los lobbies izquierdistas. Demasiados problemas. Es más fácil atracar y someter con leyes al ciudadano libre que nunca se queja.

Algunos se han creído que el estado es el bien común, por lo tanto, cuando éste necesita recursos lo único que ha de hacer es crear una psicosis: culparnos del calentamiento global, del aumento de la delincuencia, de los accidentes de tráfico, etc., y al igual que la Inquisición (que era quien recaudaba los impuestos), nos criminaliza y a cobrar. No sólo quiere que nos sintamos culpables, sino desplumarnos. Somos su gallina de los huevos de oro. Y por supuesto, cuando el gobierno vende armas a asesinos en masa, como a Chávez, también lo hace "en beneficio de los pueblos". La clave es el bien común, nacional o similar; y con esta excusa cualquier acción le es permitida sin posibilidad a queja.

Si algo similar al carné por puntos se hubiese aplicado a los criminales de verdad (asesinos, ladrones), todas las organizaciones de "derechos de humanos" lo habrían calificado de trato inhumano, pero al aplicarse al hombre común, bestia negra de los izquierdistas, la medida les ha parecido fabulosa.

¿Y por qué nunca aplicarán un carné por puntos a los delincuentes de verdad? Porque nos gobiernan una panda de sociópatas que sólo ansían nuestro dinero. Los hechos hablan por si mismos.

¡Que vienen los chinos!

El éxito, esto es seguro, ha sorprendido a los propios gobernantes. Milton Friedman cuenta que, cuando fue requerido por los planificadores chinos para que les diera algún consejo para mejorar la economía de ese país, le preguntaron cómo hacía los Estados Unidos para planificar los precios. La sorpresa del gran economista al oír la pregunta sólo se puede comparar a la del leal funcionario al escuchar la respuesta: en los Estados Unidos los precios no se planifican.

Y eso que, con todo lo desesperadamente compleja que puede ser la economía, hay procesos cuya lógica es extremadamente sencilla y que explican en gran parte este éxito. Hoy la proporción es mayor, pero en 1990 la del territorio cultivado en manos privadas apenas superaba el 5 por ciento y daba lugar a porcentajes en torno al 80 por ciento de la producción agrícola, según el cultivo de que se tratara. Habrá quien se sorprenda, pero cuando uno sabe que el resultado del propio trabajo revierte sobre uno mismo, el esfuerzo se hace más productivo. A partir de aquí, todo lo demás.

Leíamos ayer en estas páginas: "China rebasa al Reino Unido y es ya la cuarta potencia económica mundial". Año tras año el PIB crece, orden de magnitud, al 10 por ciento, duplicándose cada siete años. El rumor que nos llega de esa lejana sociedad se hace más y más resonante y hay quien se asusta. ¡Que vienen los chinos!, nos vienen a decir muchos. Con una reserva ilimitada de trabajo barato van a inundar nuestros mercados de productos baratos y nos van a dejar a todos en el paro. Incluso circulan leyendas urbanas sobre la extinción de los árboles sobre la Tierra si nuestros vecinos de ojos rasgados decidieran adoptar la costumbre de utilizar papel higiénico. Uno se pregunta, ¿hay esperanza en este mundo, con una amenaza de estas dimensiones?

Ya lo creo que la hay. Para empezar para las decenas de millones de chinos que han superado la barrera de un dólar de ingreso al día en que la ONU sitúa la marca de la pobreza. Y desde luego, también hay esperanza para nosotros. Tenemos la suerte de que, también en este terreno, ese conjunto de conocimientos que llamamos economía resulta sencilla y aprensible.

La riqueza ajena es también propia. Cuanto más tenga un vecino, más nos podrá dar por lo que nosotros podamos ofrecerle, de modo que su mayor prosperidad no sólo no nos empobrece, sino que nos hace también a nosotros más afortunados. Pero, ¿qué hay de nuestro trabajo, cuando hasta los servicios se externalizan a decenas de miles de kilómetros de casa? Pues que la condena de ganar el pan con el sudor de la frente es eterna. Siempre necesitamos más de lo que tenemos, lo que nos asegura demanda de trabajo hasta el fin de los tiempos.

Jo tampoc t’espere, coherència

Como liberal, sostengo que cualquier persona tiene derecho a gestionar su propiedad del modo que considere más adecuado, sin que ningún agente externo pueda sustraérsela para alcanzar fines supuestamente superiores. Como católico, rechazo la sumisión y dependencia financiera de la Iglesia a una estructura coactiva, el Estado, cuyo objetivo consiste en la absorción, nacionalización, control y destrucción de la fe católica.

El catolicismo no puede perpetuarse a la sombra del Estado, precisamente porque su mensaje es de libertad y no de esclavitud. Cuanto más se acerque la Iglesia al Estado, como sabiamente observó Ratzinger, más se desnaturalizará y corromperá.

Desde esta perspectiva, resulta consecuente rechazar que el gobierno valenciano haya destinado sumas de dinero –procedentes de los impuestos a los valencianos– a preparar la, por otra parte, muy esperada visita de Benedicto XVI. Sólo hace falta observar la masiva acogida nacional e internacional que ha despertado el Encuentro Mundial de las Familias, para comprender que no habría sido necesario la participación y vigilancia del Estado para organizar tan monumental evento.

La Iglesia, entendiéndola como el conjunto de todos los católicos, tiene entidad y autonomía suficiente para impresionar al mundo con su minuciosa coordinación sin necesidad de ningún tipo de asistencia estatal. De hecho, habría que preguntarse hasta qué punto las rigideces burocráticas, la lentitud administrativa o las ansias políticas de aprovechar la visita del Papa como reclamo electoral, no han ralentizado y dificultado el evento.

Sabido es que una de las críticas vertidas por los cuatro pelagatos del colectivo Jo no t’espere ha sido, precisamente, ese desmesurado gasto del gobierno valenciano. En su preescolar manifiesto podemos leer que: "No es aceptable que las instituciones públicas estén destinando un volumen ingente de recursos humanos, económicos, infraestructuras… a unos actos que no dejan de ser una propuesta de una organización, la Iglesia católica, que ni nos representa a todos ni es parte del interés común que debe guiar la actuación de los poderes públicos".

Es curioso cómo la izquierda, obsesionada por que el Estado controle todos los recursos de la economía, se rasga las vestiduras cuando ese mismo Estado que con tanto ahínco han promovido, los destina a partidas que no le gustan.

La misma izquierda que defiende que los demás no deben tener derecho a gastar su dinero, quiere alzarse con el derecho a gastar el dinero de los demás. La protesta se convierte en una pataleta de niños malcriados: rompo la baraja cuando no me gusta cómo se desarrolla la partida.

Es cierto que la Iglesia, aun cuando tenga una aspiración universalista, no representa a toda la población y que, por tanto, sólo quienes sientan una especial vinculación a ella deberían contribuir a su financiación. Ahora bien, este razonable argumento no se concilia bien con la indigesta hipogresía de la izquierda. Si la Iglesia no debe recibir financiación porque no nos representa a todos, ¿qué asociación debería recibirla?

Los mismos jonotesperianos que rechazan la financiación estatal de la infraestructura del Encuentro Mundial de las Familias, sugieren en otro comunicado que ese dinero debería emplearse en suplir las "carencias sociales urgentes para muchos colectivos de nuestras ciudades". Y yo me pregunto, ¿acaso esos colectivos representan a toda la sociedad? ¿Son sus necesidades las de la universalidad de los contribuyentes?

Pero si nos adentramos un poco más en la personalidad de Jo no t’espere podemos encontrar auténticos gestas del fariseísmo. Veamos qué solicitan los suscriptores originales de un manifiesto donde se negaba a la Iglesia cualquier financiación por el hecho de no representar a toda la población:

El colectivo "Lambda de lesbianas, gays, bisexuales y transexuales", por ejemplo, pide "poder realizar nuestro proceso de transexualización en la Sanidad Pública", así como "políticas de discriminación positiva en el trabajo hacia la población transexual".

El grupo "Ca Revolta" exige en varios de sus comunicados "el derecho al aborto libre y gratuito", y reivindica "el agua como un derecho básico y fuente de la vida que no puede ser privatizado, así como la recuperación del control sobre los bienes comunes y los recursos naturales que han de estar libres de los intereses privados y de las multinacionales".

La página web Barriodelcarmen.net, muy en la línea mussoliniana, pide que el gobierno nos proporcione "la jornada laboral de 35 horas", "la jubilación a los 60 años" y un "trabajo fijo y digno para todos".

Tres ejemplos que no agotan una característica común: la voluntad de vivir de Papá Estado a costa del contribuyente. Se nos pide que financiemos las operaciones de cambio de sexo, que impidamos a los empresarios organizar su negocio, que fustiguemos a los trabajadores, que robemos el agua a los pequeños y a los grandes propietarios en el Tercer Mundo –con las muy graves consecuencias que ello acarrea–, que subvencionemos un aborto libre y a go-go, y que los contribuyentes actuales paguen coactivamente a la seguridad social pensiones aun más tempranas. ¡Todo ello en nombre del interés común!

¿Pero de qué estamos hablando? Si todas estas medidas coactivas y redistributivas que tienen unos beneficiarios muy concretos y particulares son medidas de interés común, con más razón lo será la visita de un señor que representa una institución con 2000 años de historia y a mil millones de creyentes en todo el mundo.

La doblez e incoherencia de los impulsores de la plataforma Jo no t’espere es más que evidente. Para ellos el Estado no es más que un cortijo particular que debe explotar a los ciudadanos, según sus propios parámetros. Algunas frases de sus comunicados como "nosotros no prohibimos nada a nadie, nosotros sólo pedimos que no se nos impongan creencias o morales", no son más que letra muerta; subterfugios con los que camelar a los lectores bienintencionados para imponer finalmente su dictadura moral.

Una cosa es que la Iglesia debería autofinanciarse, otra muy distinta que los chupópteros profesionales de este país, los expertos en vivir del cuento, embolsarse subvenciones y exigir prestaciones a costa de la cuenta corriente ajena, vengan a darnos lecciones de liberalismo y de catolicismo.

La desvergüenza tiene un límite. La coherencia también; aquí ni está ni se la espera. Yo, al menos, no.

Si no navegas es culpa del machismo

Así, hablando estadísticamente, no parece que hombres y mujeres tengan el mismo interés en Internet, como no lo tienen en los ordenadores, de donde se explica, por ejemplo, que en la carrera de informática que cursé algo más de dos tercios de los alumnos fueran hombres. Pero tranquilos, que aquí está el PSOE para solucionarlo.

El socialismo patrio parece asumir como dogma de fe que el hecho de que las personas debamos ser iguales en derechos y deberes se debe a que, en realidad, somos todos iguales en el mundo real. Por lo tanto, tenemos los mismos gustos e intereses y por eso el hecho de que haya menos mujeres que hombres conectados a Internet se debe a "la discriminación que sufre la mujer en el uso y el acceso a las nuevas tecnologías, lo que se conoce como brecha digital de género". La discriminación, sí, como lo oyen. Uno empieza a imaginarse a un portero a la entrada de los cibercafés impidiendo entrar a toda entidad de dos piernas que lleve falda y no sea escocesa. A las compañías telefónicas negándose a enviar el kit de ADSL si escuchan una voz femenina queriendo contratarlo. A una Apple Store poniendo a la entrada un cartel de "no se admiten señoras". O a los padres viendo con buenos ojos cómo su hijo se conecta mientras prohíben hacerlo a la niña porque no debe perder el tiempo en esas tonterías, que al fin y al cabo para conseguir un buen partido no le hará falta.

La valerosa denuncia en forma de estudio, que suponemos bien pagado por los fondos públicos que recibe el PSOE, protesta también porque los contenidos de Internet están "dirigidos a los intereses de la sociedad masculina" y, claro, así no hay muchacha que se conecte. Como prueba definitiva explica que los portales dirigidos a las mujeres incluyen en su mayoría "espacios de belleza, cocina, hogar, etc.", aunque no parece que se les haya ocurrido que esto es así porque esos contenidos interesan principalmente a las mujeres y no a los hombres, y no porque las mujeres consulten en la Red sólo eso, del mismo modo que los suplementos de mujer en los periódicos de papel también tienen esos contenidos sin que signifique que a las mujeres no les interese leer la última gansada de ZP. Lo que produce un poco de risa es que haya ungidos que, desde su atalaya de sabelotodos, pretendan hacernos creer que la información que crean los propios internautas en la Red, mujeres incluidas, está "dirigida" de una forma u otra.

Lo malo es que esos ungidos tienen poder. Por eso, no es lo mismo que yo proteste de algo a que en el PSOE digan que por ser alarmante el "uso del cuerpo de la mujer en Internet", su partido debe "intervenir y detectar los nuevos riesgos de Internet que tratan de impedir que se convierta en un espacio par a la igualdad y las libertades". Que el Estado intervenga en la Red para garantizar libertades es un contrasentido, porque sólo el Estado –y bandas criminales como la ETA– tiene la capacidad de coaccionar y prohibir el uso de nuestra libertad en Internet, como ya ha intentado hacer la Dirección General de la Mujer del gobierno valenciano. O, dicho de otra manera, cabe temer que nos quieran censurar Internet para prohibir lo que no les guste a las feministas.

Eso sí, tras hacer un diagnóstico incorrecto de algo que no es un problema, el PSOE tendrá a bien gastarse 3 millones de euros al año de nuestros impuestos para no solucionarlo. Para que luego diga Rajoy que no tienen proyecto de gobierno.

Endeudados vivimos mejor

Keynes fue el barniz teórico que sirvió a muchos socialistas para controlar la sociedad. Hasta la aparición de Keynes los gobiernos se vieron forzados a respetar la liquidez del sistema monetario y crediticio, así como el equilibrio presupuestario. Los déficit públicos eran considerados un motivo de vergüenza internacional que debían remediarse con prontitud.

La Primera Guerra Mundial supuso una dura puñalada al patrón oro y a la disciplina presupuestaria de los gobiernos occidentales; pero aun así, la mayoría de los economistas seguían creyendo en la necesidad de regresar al patrón oro y a los principios monetarios y fiscales decimonónicos que habían permitido el mayor progreso económico de la historia.

Sin embargo, la obra de Keynes, y en especial su Teoría General, permitieron la validación pseudocientífica de todas las supercherías y falacias que los economistas clásicos con tanto ahínco se habían esforzado en refutar. La inflación permanente pasó a contemplarse como una bendición que permitía reducir el desempleo y, de esta forma, incrementar la producción. El déficit público se convirtió en una virtud política que permitía incrementar la demanda agregada y estimular las economías decrépitas.

Como decía Palyi, las ideas de Keynes impulsaron las nacionalizaciones, los programas de gasto público mastodónticos, las expansiones del sector público y el establecimiento de una omnipresente seguridad social. El mercado quedaba reducido a un espacio minúsculo que, por lo general, estaba altamente regulado y controlado por el Estado. Desde Gramsci, los comunistas sabían que la revolución no podía funcionar en Europa, era necesario infiltrarse en el sistema desde dentro y dar un vuelco social sin que nadie lo percibiera: el keynesianismo cumplió a la perfección este papel.

Hoy en día el keynesianismo, a pesar de su supuesta retirada tras la “estagflación” de los 70, continúa dominando las almas de los gestores públicos. Ni hemos vuelto al patrón oro ni la austeridad presupuestaria prevalece en EEUU y Europa. Cuando estamos en medio de una crisis, la prensa especializada, a pesar de las recomendaciones de la ciencia económica solvente, sigue recomendando, como Keynes, reducciones del tipo de interés o incrementos del gasto público. En cierto modo, cuando Nixon afirmó que “todos somos keynesianos” estaba describiendo la lamentable realidad del mundo en los últimos 70 años.

España, por supuesto, no es una excepción. Ya vimos que en nuestro régimen partitocrático, tanto PP como PSOE se adscriben a una misma política liberticida que desconfía del empresario, del consumidor y del capitalista, mostrando sus preferencias por el burócrata, el sindicato y las plutocracias mediáticas.

No obstante, hay que reconocer que Aznar combatió, en cierta medida, la implantación y desarrollo del keynesianismo reinante en España. Así, la famosa Ley de Estabilidad Presupuestaria pretendía frenar el recurso al déficit público por parte de las Administraciones españolas. En cierto modo, era una norma estatal antiestatista, ya que limitaba el crecimiento del sector público por esa vía.

Obviamente, la ley por sí sola tenía un alcance bastante reducido. La prohibición de endeudamiento no implicaba que las administraciones no pudieran medrar a través de incrementos impositivos; sin embargo, sí es cierto que la financiación por la deuda pública es un crimen menos vistoso y palpable. Los gobiernos, por lo general, no se atreven a practicar grandes subidas de impuestos por miedo a una sublevación interna, de ahí que suelan recurrir a otros mecanismos como la inflación o el déficit público.

No es de extrañar, pues, que los nacionalistas, furibundos estatistas terruñeros, colocaran el grito en el cielo cuando Aznar les impidió “ejercer la función soberana” de endeudarse. Lo cierto es que fue un episodio muy significativo de para qué quieren los nacionalistas actuales la independencia: necesitan de manos libres para extorsionar y atracar a su población. Su soberanía es la esclavitud del individuo.

Y es que no debemos olvidar que la deuda pública es un atraco en toda regla. Dejando de lado que sus tenedores, merced a la elevada inflación que el propio Estado genera, suelen perder poder adquisitivo de manera continua, la deuda pública difiere el pago de los impuestos, de modo que nos empobrece a todos nosotros –incluso a quienes todavía no han nacido.

Pero, además, su rentabilidad se fundamenta en el engaño y en la ficción. Si usted compra bonos de una empresa privada, ésta será capaz de devolverle el principal y los intereses siempre que el proyecto emprendido mediante el préstamo sea suficientemente rentable como para generarlos en el plazo fijado.

En cambio, los intereses de la deuda pública no se abonan con cargo a las rentas derivadas de la nueva riqueza creada, sino a impuestos futuros independientes de la inversión pública. Por exigua que sea su rentabilidad, la deuda pública es una grandiosa estafa: los políticos podrían quemar el dinero prestado y, aun así, gracias a la confiscación fiscal, serían capaces de devolver el principal y los intereses. 

De este modo, no es de extrañar que los políticos gasten sin ton ni son. A diferencia de los empresarios, ni pueden conocer cuáles son las necesidades de los consumidores ni, sobre todo, tienen que limitarse a emplear los recursos en aquellas actividades que incrementen el bienestar de la sociedad. El Boletín Oficial les permite satisfacer sus ambiciones particulares con cargo a la felicidad de sus sufridos contribuyentes.

No es casualidad, pues, que uno de los políticos más abiertamente ambiciosos de este país, la zanja Gallardón, en sólo un año haya incrementado la deuda del Ayuntamiento de Madrid en un 42%.

Es posible que si es madrileño no haya notado que su bolsillo sufriera una especial mengua durante el año pasado y que, por tanto, piense que no merece la pena concederle demasiada importancia al dato. Sin embargo, debería tener en cuenta dos cosas: la primera es que tarde o temprano sus impuestos se dirigirán a pagar ese dispendio lo que, probablemente, sí acarreará incrementos de los impuestos (ya que nuestros políticos no parecen muy dispuestos a reducir el gasto público) y lo segundo y, tal vez, más importante, es que ese mayor endeudamiento público ha contribuido a elevar los tipos de interés y a desviar recursos de las empresas al sector público.

¿Qué significa esto? Si está pagando una hipoteca, dele las gracias a Gallardón por facilitar que vaya un poco más asfixiado. Y si no lo está haciendo, dele igualmente las gracias a Gallardón por quedarse con unos recursos que, en otro caso, se habrían utilizado para crear nuevas empresas que habrían dado lugar a mayor riqueza, puestos de trabajo y productos para los consumidores.

De todas formas, no creamos que el resto del PP se salva de la quema. Es cierto que cuando ZP se cargó la Ley de Estabilidad Presupuestaria se rasgaron las vestiduras -con más hipocresía que convicción- pero, echando una mirada a la Comunidad Valenciana, gobernada por el PP, nos damos cuenta de que es la región más endeudada de España. ¿Es ésta la disciplina presupuestaria que predica el PP? ¿Es éste el partido que pretende constituir una alternativa liberal al intervencionismo zapateril? Cada valenciano debe, gracias a su pródigo gobierno, casi 2200 euros. Si vive en un hogar valenciano con tres miembros, sepa que los mitos, las artes, las ciencias, las luces y las copas le van a costar a su familia, aun hoy, más de un millón de las antiguas pesetas. ¿Que no llega a fin de mes? El paisaje valenciano se lo agradecerá.

Los socialistas de todos los partidos parecen claramente empeñados en controlar la vida de toda la sociedad. Su ansia planificadora no conoce límites y su voracidad liberticida parece no saciarse nunca. Keynes está muy vivo en España, y ningún político en activo parece dispuesto a enterrarlo. Será que, como decía el economista británico, a largo plazo todos estaremos muertos. Eso sí, mientras tanto, los políticos y burócratas armarán sus bacanales de zanja y cemento a costa de los españoles y de sus descendientes… si es que para entonces queda algo de España.

La generosidad del capitalismo

Más extraordinario todavía ha sido su forma de hacerlo: con una primera cantidad de 602.500 acciones de su empresa, número que irá decreciendo anualmente al 5 por ciento. De este modo, el valor de cada aportación anual dependerá del precio de la acción, de tal modo que si se revaloriza un 6 por ciento o más, la aportación al patrimonio de la fundación podría ser mayor cada año.

Estoy seguro de que Buffet, que ha creado la segunda mayor fortuna personal del mundo, ha leído el artículo "Riqueza" de Andrew Carnegie, creador de U.S. Steel y quien ha sido modelo de otros multimillonarios filántropos; desde su coetáneo Rockefeller al propio Gates. En este texto, Carnegie expone su teoría fascista de la riqueza, que se resume en que "el único uso noble de un excedente de riqueza es el siguiente: ser considerado como un sagrado fideicomiso, para que sea administrado por sus poseedores para el bien superior del pueblo". Error tras error.

Primero porque jamás hay excedentes de riqueza; el azote de la escasez es permanente. Segundo porque ésta es fruto de una sucesión de actos de creación originaria, empresarialidad también llamada, que dan vida a lo que antes no existía: a esa disposición de medios a nuestro servicio que llamamos riqueza. Y tercero porque como todas las obras originales, pertenecen a su creador y no a la "sociedad". Carnegie fue un hombre culto, pero no llegó a comprender del todo lo que él supo generar como pocos. Buffet seguramente ha sabido escapar de las ingenuas ideas de Carnegie, como sugiere el hecho de que haya donado un valor que puede crecer año a año si su empresa sigue aportando valor al mundo.

La fundación a que van dirigidas sus aportaciones realizará labores muy necesarias y convenientes, de ello estoy seguro. Pero lo que no hay que perder de vista es el modo en que Warren Buffet ha estado ayudando a los demás con su genio. Con el arte de dirigir en cada momento el capital a él confiado a las empresas que más estaban haciendo por generar valor. Son millones los ahorradores que le han confiado parte de sus ahorros, que él ha sabido dirigir acertadamente a los sectores más creativos de la sociedad. También ha sido maestro de muchos de ese oficio.

La riqueza no está ahí, esperando que alguien se apropie de ella; es necesario hacerla aparecer, crearla ex novo, inventársela, descubriendo qué necesidades humanas podemos cubrir con los medios de que disponemos, dirigiéndolos a una u otra actividad, dándoles la forma adecuada, transformándolos hasta ponerlos a nuestro servicio. Buffet es un creador y ese es su verdadero valor. Como decía Carnegie, en este caso desbordante de razón, "sin riqueza no puede haber mecenas". La generosidad del capitalismo no está en estos actos de genuina filantropía de los grandes empresarios, sino en que nos abre potencialmente a todos la oportunidad de contribuir a nuestra riqueza y, con ella, a la de nuestros vecinos. Lo extraordinario es que hemos dado con una sociedad que, cuando se desenvuelve con libertad, hace que sea de nuestro interés aportar a los demás precisamente lo que ellos desean.

El mundial de México

A finales del año pasado el izquierdista Manuel Zelaya alcanzó la presidencia de Honduras, el gorila rojo logró mantener su supremacía tras las elecciones de Venezuela y el comunista Evo Morales logró hacerse con el poder político después de arrasar en las elecciones bolivianas para deleite de los parlamentarios europeos. Este año no ha comenzado mucho mejor. Nada más arrancar 2006 la socialdemócrata Michelle Bachelet ganó las elecciones a la presidencia de Chile. Luego vino la victoria de Oscar Arias en Costa Rica y hace apenas un mes el triunfo del infausto socialista y corrupto Alan García en Perú frente Ollanta Humala, un candidato aún más inquietante si cabe.

Fidel Castro, Hugo Chávez y Lula da Silva deben estar frotándose las manos. El proyecto que diseñaron hace años en el Foro de Sao Paulo se va cumpliendo sin prisas y sin pausas. En los próximos meses puede que hasta veamos como el ex dictador sandinista Daniel Ortega vuelve a ocupar la presidencia de Nicaragua y no sería de extrañar que en Ecuador asistamos a otra vuelta de tuerca socialista. Pero para lograr su objetivo, convertir a América Latina en la plataforma mundial desde la que relanzar el comunismo a nivel internacional, México debe unirse al club del socialismo real. Y eso es, por desgracia, lo que puede ocurrir si Andrés Manuel López Obrador gana las elecciones.

En efecto, en México se juega un "mundial" muy peculiar en el que, si las encuestas aciertan, la libertad individual de millones de seres humanos será la gran derrotada. López Obrador, el candidato del partido de la revolución democrática pertenece a esa generación de políticos autoritarios que aprendió de la caída del muro de Berlín una única lección: cómo hacer más eficiente el control económico del país; lo que a los ojos de los incautos les da un aire de socialistas moderados. Para ello espera contar con la colaboración del empresariado nacional e internacional. Y es que las nacionalizaciones ya no se llevan si luego hay que gestionar la empresa nacionalizada. Por eso se limitan a expropiar fuentes de energía como los hidrocarburos donde la generación de rentas es cosa de coser y cantar y donde las empresas privadas se apelotonan solicitando un pedacito de pastel a cambio de sus servicios. El resto de las industrias se reglamentan tan estrechamente que son dirigidas desde el poder político con unos gestores privados que viven en la ilusión de ser los dueños de la empresa.

Se trata de crear un pacto tácito a través cual el poder político dispone y los empresarios ponen la mano a fin de mes. Algo parecido a lo que ocurría en la Alemania del Nacional Socialismo. Por eso López Obrador ha dicho a los empresarios que no tienen que tener miedo y que, muy al contrario, van a ver como se encuentran en una situación mejor y más segura que en la que en la que se desenvuelven actualmente, siempre al albur de los caprichos del consumidor. Los que realmente tienen que tener miedo son los ciudadanos, que han sufrido durante años a unos políticos que llevaban a cabo privatizaciones sin entender ni saber explicar por qué lo hacían y ahora tienen que soportar a los que, como López Obrador, saben perfectamente por qué no quieren más propiedad privada que la meramente formal. ¿Dejaremos de tropezar algún día en la piedra del socialismo?

Informe Semanal y la mentira

Por supuesto, el documental de Norberg nunca se emitió en Televisión Española. Ya se sabe que, desde su misma creación, las televisiones públicas han estado destinadas a manipular y aborregar al pueblo en beneficio del estatismo; mucho pedir habría sido que difundieran algunas verdades económicas fundamentales y permitieran a los españoles saber por qué su Gobierno, merced a la misericordia plañidera, les roba su dinero para empobrecer aún más a África.

En cambio, nada impidió que, hace dos semanas, Informe Semanal emitiera un infame, tergiversador y obsceno reportaje, titulado Las causas del hambre, en el que Jean Ziegler, conocido activista antiglobalización, intenta relacionar la pobreza en el mundo con el libre mercado.

El video se divide en cinco secciones cortas, tituladas igual que los siguientes apartados.

Un crimen absurdo

Ziegler comienza contándonos que cada día 100.000 personas mueren de hambre en el mundo mientras que el Informe Mundial de la FAO asegura que la agricultura moderna puede alimentar con holgura una población de hasta 12.000 millones de personas. Dado que, aun así, la gente muere de hambre, para Ziegler cada muerte es equiparable a un asesinato.

La conclusión parece evidente: hay que dirigir y controlar la agricultura mundial para que produzca más alimentos, y redistribuirlos equitativamente entre todos los individuos.

El problema es que, allí donde se ha aplicado, el socialismo agrícola, lejos de acabar con el hambre, multiplicó los muertos por desnutrición. La colectivización de las tierras en Ucrania mató entre cinco y ocho millones de personas; en la China maoísta del Gran Salto Adelante murieron casi 40 millones; en la Etiopía de Mengistu más de un millón.

Cuando el Estado pretende controlar la producción sólo genera carestía y una mala asignación de recursos. La cuestión no es “cómo nacionalizamos la producción de alimentos”, sino “por qué los africanos no pueden comprar o producir alimentos por sí mismos”. Y la respuesta, como ya analizamos, es muy sencilla: porque los gobiernos socialistas africanos no respetan la propiedad privada de los individuos.

Si los africanos pudieran producir, ahorrar e invertir sin que sus políticos los oprimieran, explotaran, expoliaran o arrasaran, no tendrían dificultad alguna para adquirir los alimentos que requieren para subsistir; sólo el intervencionismo empobrecedor y asfixiante explica la situación de parálisis absoluta en que viven tantos africanos.

La mentira neoliberal

Obviamente, Ziegler no está de acuerdo en nuestra última afirmación y prefiere culpar al neoliberalismo y al “gran capital internacional” de la pobreza africana. Según el reportaje, existen “ideologías mentirosas pero muy poderosas, como el neoliberalismo (…), que supone la legitimación del gran capital financiero internacional”. Para Ziegler, los neoliberales defienden que la economía debe funcionar sin intervención alguna, a pesar de la pobreza que genera entre muchos pueblos, los cuales, en caso de ser improductivos, deben ser excluidos de la historia y morir.

En realidad, la construcción de ideologías mentirosas a que alude Ziegler arropa sus propias palabras: difunde una imagen falsa del liberalismo para implantar el socialismo asesino.

Desde luego, si de algo carece África es de la presencia de capital financiero internacional que permita a los individuos crear sus propias empresas, generar puestos de trabajo y producir masivamente bienes de consumo, como los alimentos; carencia que, de nuevo, se explica por la falta de seguridad en torno al derecho de propiedad. Si el Gobierno puede nacionalizar los patrimonios o dirigir las compañías, nadie en su sano juicio invertirá en el territorio que maneja.

De ahí que ningún economista liberal sostenga que la pobreza de África se deba a su “improductividad natural”, sino a la impuesta por el intervencionismo económico de sus gobiernos, que Ziegler sólo pretende expandir aún más.

La Bolsa, culpable

En esta parte, Ziegler trata de explicar que el precio de los alimentos se “fija” en la Bolsa de Chicago de acuerdo con “los criterios del capitalismo financiero”. Los países pobres dependen, así, de esta cuasimística fijación de precios: “La gente muere de hambre por culpa de las cotizaciones bursátiles, por eso los precios de la alimentación deberían negociarse contractualmente por los estados”. Para Ziegler, “la Bolsa no puede fijar el precio de los alimentos”, pues “no son una mercancía como cualquier otra”.

Lo primero que debemos recordar es que los precios no los “fija” nadie en el mercado, sino que son el resultado de las interacciones de los agentes. El capitalismo no es una versión privatizada del socialismo, donde el Comité de Planificación imponía unos precios que sólo el propio Comité, de manera unilateral y arbitraria, podía revisar. En el libre mercado, los empresarios capaces de ofrecer a los consumidores los precios más bajos o los productos de mayor calidad son los que triunfan.

El problema, no obstante, sigue siendo el de siempre. No son los países (los estados) los que tienen que alimentar a su población, arrebatándoles su riqueza para luego comprar alimentos en los mercados internacionales. Cada individuo debe ser responsable, con su propio dinero, de proveerse su sustento.

La concepción de que los alimentos no son una mercancía sino un derecho humano nos lleva a creer que los alimentos no tienen por qué ser producidos, pues caerán automáticamente del cielo, como si de maná se tratara. Aun cuando Ziegler lo niegue, la producción de alimentos se rige exactamente por las mismas leyes que la de coches u ordenadores: si queremos darle un trato diferencial, promoviendo iniciativas intervencionistas que controlen la producción y la distribución, lo que conseguiremos será una población hambrienta, anestesiada, sumisa al Estado y controlada por los políticos. Es decir, justo la situación vigente en África.

En este contexto de total dependencia, resulta casi imposible que emerja una clase empresarial capaz de generar riqueza y de desarrollarse.

El nuevo feudalismo

Ziegler nos informa de que las 500 multinacionales más grandes del mundo controlaron en 2005 el 54% de la producción mundial, lo cual, en su opinión, constituye un flagrante “monopolio sobre la riqueza” que asesina a los africanos, al no preocuparse por la redistribución y obsesionarse con la búsqueda de beneficios. Las multinacionales son “las principales responsables” del hambre en el mundo.

De nuevo, Ziegler tergiversa de manera grotesca. Las multinacionales no “controlan” el 54% de la producción mundial, más bien la han “creado”. La alternativa no es que ese 54% pase a manos de los gobiernos, sino que deje de existir.

Las multinacionales se han apropiado de unos bienes que antes no existían y, por tanto, no han perjudicado a nadie. No pueden ser las responsables del hambre porque no han quitado nada a nadie, sino que han generado ex novo. La nacionalización no supondría una transferencia de riqueza, sino su destrucción.

Las empresas pueden generar esa riqueza que favorece a sus trabajadores, accionistas y consumidores, precisamente, porque tratan de incrementar sus beneficios. Si no persiguieran incrementar sus ganancias, simplemente se estarían suicidando; sería equivalente a pedir a un agricultor que plantara semillas muertas o que quemara su cosecha.

Si las multinacionales renunciaran a los beneficios, todo el capital occidental perdería su valor y se consumiría. La base de nuestro crecimiento y bienestar desaparecería. La propuesta de Ziegler no permitiría que África alcanzara a Occidente en riqueza, pero sí que Occidente se equiparara con África en miseria.

La ayuda no basta

Por último, Ziegler trata de adoctrinarnos sobre los beneficios del socialismo. Dado que el fracaso de la ayuda pública internacional en lograr el desarrollo de África es patente, va más allá y pide utilizar la riqueza del mundo para construir las infraestructuras que necesitan los africanos. La ayuda internacional no basta, hace falta un paso más hacia el comunismo.

En realidad, no se trata de que la ayuda internacional no baste, sino de que sobra. Las transferencias estatales sólo sirven para consolidar y ampliar el poder de los sátrapas políticos que oprimen a los africanos y socavan su propiedad privada. Con las ayudas sólo lanzamos más gasolina al fuego de la pobreza.

Los efectos nocivos de la propuesta de Ziegler van más allá. Si los políticos son quienes deciden qué proyectos deben emprenderse o qué productos deben fabricarse, también deberán establecer dónde debe trabajar cada persona, cuánto debe cobrar o a qué precio deben venderse los productos. Además, dado que los recursos son escasos, también deberán fijar qué proyectos no deben emprenderse y qué productos no deben fabricarse.

En otras palabras, Ziegler somete a todas las personas al arbitrio de los políticos: los individuos pierden su capacidad para ejercer la función empresarial, crear riqueza y satisfacer sus necesidades. Y dado que el Gobierno sigue controlando la economía y que se ha quedado sin riquezas que expoliar y redistribuir, la miseria se extiende y se perpetúa.

El socialismo no sólo es un monumental fracaso, es el paradigma del crimen y la maldad. Su mentira sirve para justificar el cercenamiento de la libertad, la pobreza permanente y los asesinatos más atroces.

Algunos, como Ziegler, no han sido capaces de asumir la caída del Muro y siguen mintiendo y manipulando a la población con sus infectas proclamas. Lo lamentable del asunto es que la televisión pública de España, financiada con el dinero robado a los ciudadanos, se preste a difundir semejante vertedero ideológico.

Al igual que en el caso de los negacionistas del Holocausto, estos apologistas de la burocracia y del absolutismo no han cometido ningún delito, pero ello no hace su actitud moralmente intachable. No.

Hay que señalar con contundencia a esta tropa de sinvergüenzas bien alimentados que utiliza nuestro dinero para difundir un mensaje esclavizante que a su vez sirve para mantener a los africanos en la miseria.

Ziegler y los redactores de Informe Semanal no son más que los mamporreros del estatismo, los aliados de los bandidos, represores y criminales que controlan la vida de millones de africanos hasta el punto de matarlos de hambre.

Desigualdades

En Estados Unidos el debate sobre la desigualdad lleva años haciéndose más presente. Los españoles, aturdidos ante nuestros problemas reales (la entrega del Estado a los terroristas, la disolución de la nación española), no tenemos tiempo para los falsos como éste. Menos mal. Pero eso no quiere decir que cualquier desigualdad económica será inocua. Hay un aspecto que apenas ha sido tratado por economistas y filósofos pero que resulta ser muy relevante, y es no la desigualdad, sino la dispersión de la riqueza.

Es importante que la riqueza, el valor de la propiedad, esté dispersa por toda la sociedad. Que no haya grandes sectores sin ella, o que esté muy concentrada en pocas manos, como ocurre con el Estado. Con las desigualdades interpersonales de sean. Y lo es, porque una sociedad de propietarios es una sociedad de gentes independientes y que se valen por sí mismas.

Donde ponga SGAE, lea PP

La novedad más destacada por casi todos los diarios ha sido la extensión legal del canon a los medios digitales. No es que no se cobrara hasta ahora; la ley anterior lo permitía y, de hecho, ya pagábamos el canon en los CD y DVD vírgenes. Pero esta ley precisa a dónde puede llegar y a dónde no, con el resultado de que sólo las conexiones a Internet y los discos duros parecen quedar exentos. En breve pagaremos todos más por los teléfonos móviles, los reproductores de MP3, las cámaras fotográficas y sus tarjetas de memoria, las impresoras y los escáneres, además de otros muchos aparatos que no soy capaz de imaginar pero que no dudo que los abogados de la SGAE ya tienen identificados, cuyos precios se incrementarán en cuanto se decida el porcentaje que irá a parar a los integrantes del "No a la guerra contra el genocida" y las "Rosas Blancas por la rendición incondicional al terror".

Si se quería encontrar un equilibrio entre las compensaciones por piratería (que, dicho sea de paso, nada tiene que ver con la copia privada, la legal) no parecía necesario ampliar la aplicación del canon de esta manera. Los ingresos de las entidades de gestión de derechos de autor se han disparado, de 31 millones en 2002 a 114 en 2004. Cuando se compra un CD virgen, aproximadamente la mitad del precio va a parar a las arcas de Teddy y Ramoncín; cuando se adquiere un DVD virgen, ese porcentaje crece aún más. Pagamos el canon más alto de Europa. El Ministerio de Montilla ha evaluado que, a este paso, en breve los ingresos por canon superarán a los ingresos por ventas. Es decir, los que pagan voluntariamente en la tienda dejarán pronto de ser la principal fuente de ingresos de las entidades de gestión de derechos de autor, y su puesto lo tomarán aquellos que no pueden defenderse cuando les suben el precio de los bienes de consumo para pagar el impuesto titiritero.

Sin embargo, quizá la novedad que más titulares provocará en el futuro es la redefinición del derecho de copia privada, que a partir de ahora sólo podrá realizarse "a partir del original". De modo que, previsiblemente, pueden considerarse como ilegalizadas las copias realizadas hasta ahora por medio de las redes P2P, pues éstas se realizan casi siempre a partir de una copia que, aunque se haya hecho "a partir del original", no es el original. De modo que importaremos de Estados Unidos, como siempre, lo malo; pronto veremos a la SGAE denunciando a niños por descargarse la última canción de Amaral. Su historial no deja lugar a dudas de que lo intentarán. Veremos que interpretaran los jueces.

Según la diputada Rodríguez Salmones, la encargada de negociar este engendro por parte del PP, la reforma ha alcanzado un equilibrio que permitirá "ayudar a superar enfrentamientos". Por eso tiene a todo el mundo en pie de guerra menos a la SGAE, porque es una reforma equilibrada, naturalmente. Ignoro por qué se ha sumado el PP a este engendro que sólo puede ayudar a que los "artistas" españoles tengan más capacidad económica y tiempo libre para seguir pergeñando campañas en contra del PP y de los ciudadanos a los que representa. Quizá es que la responsable de cultura está ahí porque sus líderes han considerado que estorbaba en otro lugar "más importante", no lo sé. Pero los lobbies como la SGAE no pueden hacer el mal sin la ayuda de gobernantes, parlamentarios y jueces, que son los que aprueban las leyes que legalizan sus desmanes y vigilan su cumplimiento. Así que cuando lean la próxima burrada que hagan Teddy y los suyos, además de leer detrás de sus acciones el beneplácito de socialistas, comunistas y nacionalistas, lean también PP.