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Fiebre petrolera

En los 70, en plena crisis petrolera, en la cresta de la ola apocalíptico-ecologista, mucha gente muy seria y otra que no lo era tanto vaticinaba el fin del mundo. Con una literalidad sorprendente, porque decían que nos íbamos a quedar físicamente sin recursos; entre otros, sin el petróleo. Ahora, el termómetro petrolero, con el barril brent superando los 70 dólares, ha vuelto a subir. Los delirios sobre el fin del oro negro reaparecen.

Es una idea antigua, que dijeron ciertos griegos de la era clásica, pero que fue reformulada modernamente por el economista William Stanley Jevons. La idea, de sencilla, parece una tautología: hay una cantidad, consumimos de ella una parte todos los días, luego algún día se agotará. Fin de la discusión, y de paso fin del mundo. Pero algo malo debe de tener esta teoría, que todas las predicciones no han dejado de fracasar.

El U.S. Geological Survey dijo en 1920 que quedaban en el mundo 20.000 millones de barriles de petróleo. Los 3 billones que prevé ahora probablemente tengan que ser revisados al alza. La misma institución dijo en 1939 que el petróleo se agotaría en Estados Unidos en trece años. Pasados doce, en 1951, volvió a decir que al país le quedaban trece de extracción petrolera. En 1972 el Club de Roma dijo en su libro Los Límites del Crecimiento que no habría petróleo más allá de 1992. Ahora produce risa, pero entonces producía miedo.

La realidad es muy otra. Hay más crudo, pero no sabemos dónde sólo porque todavía no nos resulta rentable buscarlo. También están los llamados petróleos raros, que se calculan en unas 240 veces la cantidad de petróleo, lo que nos permitiría llenar los depósitos durante unos 5.000 años; más tiempo del que necesitamos para buscar soluciones alternativas, si es que nos hacen falta. Si por el momento no se ha recurrido a ellos es porque sería necesario un precio sostenido por encima de los 30 ó 35 dólares por barril para invertir en su extracción y tratamiento.

Pero ni siquiera es esa la cuestión. No queremos un barril de petróleo por sí mismo, sino por los servicios que podemos sacar de él. Y gracias a la tecnología podemos conseguir más y mejores servicios con la misma cantidad de recurso. Así, si mejoramos la productividad económica en un 100% de un recurso es exactamente igual a si tuviéramos el doble de cantidad a la vieja tecnología.

Pero la tecnología sólo acude cuando hay dinero, y éste aparece sólo si ve oportunidades de beneficio. ¿Y si resulta que incluso cuando Irán forme parte de la Unión Europea, se firme la paz perpetua entre Israel y los árabes y desaparezcan los Chávez de turno en Iberoamérica el petróleo sigue estando caro? Los beneficios de un mejor uso de ese mineral, la utilización de otras alternativas, etc, serán tan altos que el capital acudirá raudo y veloz. Y entonces tendremos que esperar a otra fiebre petrolera para volver a escuchar nuevos cantos apocalípticos.

Todos somos Ramoncín

En definitiva, visto que han perdido por completo el respaldo de la sociedad, aunque mantengan el de los políticos, con Rodríguez-Salmones al frente, vuelven a ponerse el cartelito de "víctimas" a ver si sigue colando. ¿El título del manifiesto? "Todos somos Ramoncín".

Ana María es madre de familia y empresaria desde que en 2002 montara una pequeña tienda de informática, llamada Traxtore. No cree que su tienda siga abierta en 2007. En el I Encuentro Nacional de Internautas relata cómo la SGAE le hizo una auditoría y le reclama 66.000 euros por ventas realizadas durante los años 2002 y 2003, antes de que se firmara el célebre acuerdo entre la empresa recaudadora de Teddy y ASIMELEC. Su empresita es una de "las tecnológicas" que, como denuncia Ramoncín (minuto 8), no nos deben dar pena porque ganan demasiado dinero y ellos sólo quieren un poquito, porque el canon es una cosa solidaria y tal. "Me piden el canon con carácter retroactivo y no con las tarifas digitales pactadas, sino con las analógicas que se colocaban en las cintas de audio y vídeo", dice Ana. "Por cada DVD virgen que he vendido me exigen 1,20 euros más IVA; si yo gano 12 con cada tarrina de 100 que vendo, ¿cómo me pueden pedir 120 más IVA por ella?". Pues porque hay que demostrar que todos somos Ramoncín, supongo.

Bueno, en realidad las razones son más pedestres. Tras el informe del Ministerio de Industria, que pedía la supresión del canon, la SGAE encargó una réplica a una consultora llamada Econlaw a la que calificó de "prestigiosa". El informe venía a decir que los autores no merecen cobrar menos por mucho que los precios de los soportes se reduzcan. "Esa empresa fue fundada tres meses antes de la publicación del informe con el capital mínimo para montar una sociedad limitada. No dudo que se pueda adquirir semejante prestigio en tan poco tiempo, pero suena un poco raro", explica Ana. Quizá es que los accionistas de la misma son todos Ramoncín, también.

Ana no es la más perjudicada, después de todo. A una tienda en Huelva le exigen cerca de medio millón de euros. Es normal, nunca esperaron a la nueva ley para exigir canon por las grabadoras de DVD, las tarjetas de memoria y los reproductores MP3. "El acuerdo lo firman los proveedores con la SGAE y a quienes nos auditan es a los minoristas, que no nos podemos defender. A mí me vinieron con una demanda la semana de Reyes, luego no se presentaron al juicio y ahora me han puesto otro. Esperan agotarme y arruinarme a base de pagar abogados. En cambio, a las grandes cadenas y franquicias ni las tocan", protesta Ana. "Preferiría deber dinero a Hacienda, la verdad, se preocuparían mucho más de que no tuviera que cerrar la tienda para pagarles, me darían facilidades". Ana, de todos modos, ha resultado un hueso más difícil de roer de lo esperado. Ha creado una asociación de minoristas de productos informáticos, una web con toda la documentación de su caso y hasta un cómic donde explica detalladamente hasta qué punto la SGAE nos saca hasta los higadillos. Ella no es Ramoncín.

Ana pedía una cosa. "Veo cierto rubor en los clientes cuando, mientras hacen sus compras, se les habla del canon. Yo lo estoy pasando muy mal y perderé mi negocio así que, por favor, poned una sonrisa de oreja a oreja cuando os descarguéis algo. Dadme esa satisfacción ya que yo y otros como yo os hemos pagado por ese derecho con intereses". No sólo eso. Tened la mula a tope. Mirad mal a los amigos que se compren CDs y DVDs originales. Si tenéis que compraros un producto físico que devenga canon, y no encontráis tienda en España que lo venda sin él, compradlo en Estados Unidos; los gastos de envío pueden compensarse con la diferencia de precio. Todo sea por Ramoncín.

Treinta años de prosperidad para los pobres

Si quiere tener más pobres, sólo tiene que aplicar las recetas socialistas. Si quiere consolidar unas desigualdades de casta, sólo tiene que someter a toda la población al dictado máximo del órgano de planificación central: una clase planificará, otra seguirá sus órdenes inútiles.

Afortunadamente, hace tiempo que el socialismo perdió irremediablemente la batalla académica. Ludwig von Mises demostró en 1920 que la planificación socialista era simplemente imposible por ausencia de propiedad privada y precios de mercado, lo que impedía a los planificadores realizar un cálculo económico racional y asignar correctamente los factores productivos.

Sin embargo, si bien la batalla académica es importante, tanto o más lo es la propagandística. No basta con tener razón: hay que conseguir que los demás sean conscientes de que la tienes. En un mundo controlado por el Estado, la libertad individual sólo será respetada cuando el resto de la población –esa parte de la población que legitima la coacción gubernamental– sea consciente del error intelectual y humano que supone el socialismo. Por desgracia, en nuestra sociedad no se puede ser libre a menos que los demás te permitan serlo.

Uno de los campos donde el socialismo ha difundido con más éxito sus ideas es en la crítica a la globalización. Prácticamente todo el mundo asume que África es pobre por culpa del capitalismo, que es necesario una redistribución internacional de la renta, que las desigualdades y la pobreza aumentan día a día, que las multinacionales controlan el mundo y que las deslocalizaciones empobrecen a Occidente.

La falacia, no obstante, puede ponerse de manifiesto gracias a la teoría económica. En artículos anteriores ya explicamos por qué la planificación central socialista no es la solución sino la causa más inmediata de la pobreza mundial, y por qué la única vía para la creación de riqueza sigue siendo el capitalismo y la globalización.

Aun así, esto no ha evitado que todos hayamos oído el adagio de que "con la globalización los ricos son más ricos y los pobres, más pobres". Prácticamente nadie, empero, se ha puesto a contrastar la validez de semejante afirmación. La propaganda socialista ha conseguido extenderla como una verdad inmutable y evidente.

De hecho, los pocos estudios decentes que se han efectuado sobre el tema arrojan unos datos diametralmente opuestos a los pregonados por los sicofantes del estatismo. En concreto, son dignos de mención los debidos a Surjit Bhalla y a Sala-i-Martin.

Bhalla, en su famoso análisis Imagine There’s No Country: Poverty, Inequality and Growth in the Era of Globalization, concluye que en el año 2000 la desigualdad en el mundo era menor que en cualquier período posterior a 1910, y que tan sólo en la década de los 90 la pobreza mundial se redujo en un 25,6%.

Las conclusiones del economista neoclásico Xavier Sala-i-Martin son igualmente impactantes, y han sido recientemente resumidas en un artículo para FAES. Sus datos permiten ilustrar a la perfección las sólidas conclusiones teóricas alcanzadas gracias a una teoría económica correctamente desarrollada.

Así, comprobamos que desde 1970 hasta 2000, y a diferencia de lo que afirman los socialistas, el número de pobres –definiendo "pobre" como aquella persona que gana menos de 826 dólares al año– ha disminuido desde 1.200 millones a menos de 800. La reducción es todavía más espectacular si tenemos en cuenta que durante ese período la población mundial se ha doblado, de modo que en términos relativos la pobreza ha pasado de representar un 37% de la población mundial a menos del 13%.

Las desigualdades, por otro lado, también se han reducido en estos 30 años, tomemos el indicador que tomemos. Tanto el Índice Gini, el coeficiente de Atkinson o la fracción de la renta de los más ricos y más pobres nos proporcionan una conclusión idéntica.

Aun así, conviene recordar que la desigualdad es una preocupación tan típicamente socialista como superflua. Por ejemplo, las desigualdades han aumentado en China, porque los pobres "sólo" han aumentado sus rentas un 10% mientras que los ricos lo han hecho un 20%. ¿Significa esto que la situación ha empeorado? Todo lo contrario: la igualdad sólo puede alcanzarse cuando igualamos a toda la población en la miseria más absoluta. Y, sin duda, la búsqueda de la igualdad a través del Estado es una receta infalible para seguir siendo pobres.

Así mismo, todos aquellos que desprecien la renta per cápita como indicador del desarrollo económico seguramente apreciarán que Sala-i-Martin les ofrezca otros indicadores concluyentes: la esperanza de vida ha pasado de 60 a 67 años, la mortalidad infantil se ha reducido del 10 al 6%, la alfabetización se ha incrementado del 64 al 80%, y el acceso al agua potable ha aumentado desde el 25 al 85%. ¡Todo esto en tan solo 30 años!

Los socialistas ni siquiera tienen espacio para argumentar que la globalización no ha jugado un papel positivo en este proceso. Los países que se han globalizado durante el período 1980-2000, como ya habíamos anticipado teóricamente, han reducido su pobreza en 500 millones de personas; los que, por el contrario, se han replegado sobre sí mismos, cerrando sus fronteras y atacando el libre mercado, han incrementado el número de pobres en 80 millones.

De hecho, hoy en día la pobreza mundial se concentra fundamentalmente en África, cuando hace 40 años aquejaba sobre todo a los países asiáticos. Sin embargo, mientras estos últimos han levantado ligeramente el pie opresivo del Estado sobre los empresarios, África ha continuado atacando la propiedad privada con tanto o más ahínco. El resultado ha sido que mientras el resto del mundo ha reducido la cantidad de pobres, África los ha visto multiplicarse.

En definitiva, el camino para lograr el progreso económico es claro: capitalismo y propiedad privada. Las redistribuciones internacionales –como el 0’7% o la Tasa Tobin– sólo incrementan el intervencionismo estatista y, por tanto, la pobreza. Hemos de desmantelar los sistemas arancelarios y las subvenciones occidentales; los africanos son capaces de aprender a andar por sí solos si los europeos y sus caudillos políticos –alimentados por los europeos– se lo permiten.

Por supuesto, los socialistas se oponen a que los africanos sean libres. Su finalidad no es reducir la pobreza, sino incrementarla para así poder azuzar las "contradicciones" internas del capitalismo, favorecer su ansiada "lucha de clases" y establecer finalmente su dictadura del proletariado.

Si Marx se equivocó acerca del rumbo del libre mercado, habrá que imponer la miseria mediante la planificación estatal; sólo así seguirá el poder en manos de políticos, burócratas y demás fauna estatal. Para el socialismo, los muertos, ya sea por inanición o por represión, nunca han supuesto un obstáculo a sus aspiraciones totalitarias.

¿Tiene la pensión asegurada?

El sistema es un fraude piramidal y los compromisos de los sucesivos gobiernos con respecto a las partidas que los trabajadores se ven forzados a entregar al Estado son palabras que se lleva el viento.

Esta semana el gobierno, la patronal y los sindicatos han sellado un pacto para la reforma de las pensiones. Dicho pacto no es más que la renuncia unilateral de pagar a una parte de los contribuyentes las prestaciones por jubilación que se les había prometido. A partir de ahora, las personas que hayan trabajado 14 años con la promesa de una pensión se habrán quedado sin nada. Y no se crean que alguien les va a devolver la enorme suma de dinero que han pagado para sostener este bochornoso sistema público de pensiones. Vamos, un fraude como la copa de un pino. Si un agente privado dijese ahora Diego donde dijo ayer Digo de esta forma, vería como sus huesos iban derechitos al calabozo. Pero como los estafadores son quienes tienen las riendas del Estado aquí no pasa nada de nada.

Lo triste del asunto es que no podíamos esperar otro resultado de la reunión de estos tres lobbies que se esfuerzan noche y día por buscar rentas ajenas. A fin de cuentas, el sistema piramidal de pensiones se parece mucho al juego de las sillas. Mientras suena la música todos contentos. El estribillo machacón se encarga de decirnos que el juego es solidario y justo, que garantiza un modelo social avanzado y que cualquier alternativa es abominablemente egoísta. Pero cuando la música deja de sonar, una parte de los españoles se quedan con el culo al aire. Se trata de una minoría que empieza a protestar denunciando la inmoralidad del sistema o, al menos, de la decisión. Pero el gobierno, los sindicatos y la patronal se encargan en seguida de apretar el botón de "play" y subir el volumen de la música para acallar las críticas. La letra de la canción nos cuenta que la modificación del número de sillas "no es fruto de una respuesta a ninguna situación de crisis", que la culpa es de la población que ha decidido dejar de crecer al ritmo que precisa el fraude piramidal y que por eso han tenido que retirar sillas.

Si a alguien se le ocurre sugerir que cualquier método para hacer cuadrar las cuentas del sistema es perverso por necesidad ya que o bien supone el incumplimiento de un pacto en el que la víctima entró de forma forzosa o bien implica reclutar a un mayor porcentaje de trabajadores obligados a participar en el sistema fraudulento, los tres grupos de interés que sellan las "reformas" y cambian las reglas del juego le acusarán de agorero, catastrofista y mentiroso. Cualquier cosa antes de reconocer que el sistema público de pensiones es una aberración desde cualquier perspectiva desde la que sea analizado y que el único sistema ética y económicamente sólido es aquel a través del cual las personas ceden voluntariamente una parte de su renta para que sea capitalizada de modo que pueda reemplazar el día de mañana la pérdida de rentas del trabajo debido a su avanzada edad.

El fraude Kioto

La temperatura de la Tierra se determina casi en su totalidad por el comportamiento del sol, pero también está condicionada por el efecto invernadero, que aporta 153 watios por metro cuadrado. De ellos, 150 se deben al vapor de agua y los otros 3 a otros gases, principalmente el CO2. Sólo una parte de éste es producido por el hombre. Con estos datos, ¿le parece que es la actividad del hombre la que causa el calentamiento global?

Los ecologistas y los gobiernos dicen estar preocupados por el calentamiento global, pero no hablan del principal regulador del clima, el sol. En sus homilías sólo se refieren al efecto invernadero, pero jamás al vapor de agua, pese a que depende de él casi en exclusiva. Sólo les interesa el CO2, y de éste sólo el que producimos nosotros, cuando a la Tierra le da exactamente igual uno que otro. Siendo así, ¿podemos seguir pensando que es la temperatura de la Tierra y no nuestra economía lo que les interesa?

La ONU pasa del calor del sol, pasa del vapor de agua y pasa del CO2 natural. Del producido por nosotros sólo se ha centrado en determinadas economías y de ellas en algunos sectores. Sobre esta parte insignificante de los factores que condicionan la temperatura de la Tierra tenía dos opciones:

  1. Favorecer la libertad económica, con ella el desarrollo económico y social y el tecnológico. Y con la tecnología, una mayor producción con menores emisiones de CO2.
  2. Controlar la economía por medio de un sistema de racionamiento (el protocolo de Kioto) que busque reducir directamente las emisiones de CO2, a costa de nuestra libertad, de nuestra economía y del desarrollo tecnológico.

Por algún motivo que el lector podrá adivinar, la ONU ha optado por que los gobiernos tengan aún más control sobre la industria. Incluso sueñan con que Kioto sea la antesala de un gobierno mundial. Los beneficios de su mayor poder se los llevan los políticos, mientras que la pérdida de libertades y de la economía y el empleo nos la llevamos la sociedad. ¿Valdría la pena? Según la propia ONU, si Estados Unidos se uniera, si todos los países cumplieran el protocolo y si sus redactores no fueran demasiado optimistas sobre la efectividad de su propio invento, retrasaríamos el calentamiento previsto para 2100 hasta 2106. Todo un éxito.

Pero, ¿funciona confiar en la libertad económica de la sociedad? Los políticos dirán que no, desde luego, pero al efecto invernadero sí le parece funcionar. De 1997, cuando se creó el protocolo de Kioto, a 2003, la economía estadounidense ha seguido desarrollándose, cambiando unas tecnologías por otras más efectivas y que emiten menos, y el resultado es que en esos años ha aumentado las emisiones de CO2… en un 0,007 por ciento. España, en los mismos años, ha aumentado un 24 por ciento.

Kioto es un fraude. No le extrañe, por tanto, que les guste tanto a nuestros políticos y en particular a nuestro Gobierno. Innecesario, insignificante para la Tierra y perjudicial para la sociedad, Kioto es el triunfo de la política sobre el ciudadano.

El mito de Kyoto

Sin embargo, el gobierno piensa perseverar en el fiasco con el nuevo Plan Nacional de Asignación de Emisiones 2008-2012. Cuatro mitos extendidos por políticos, el lobby ecologista y algunos empresarios sin escrúpulos están tapando los ojos del público.

El primer mito consiste en la afirmación según la cual los EE.UU. están aislados en su rechazo a restringir obligatoriamente las emisiones de CO2 mediante Kyoto. Nada más lejos de la realidad. La verdad es que sólo hay 26 países que se han comprometido a racionar frente a más de 150 que no lo han hecho.

El segundo mito afirma que Kyoto es vital para detener el calentamiento global. Lo cierto es que no lo es. Es más, en caso de que realmente estemos asistiendo a un peligroso calentamiento del planeta provocado por el hombre, algo que los científicos siguen sin ver claro, el protocolo de Kyoto no puede cambiar las cosas. Y es que su efecto estimado por los expertos, en el hipotético e ilusorio caso de que todos los países cumplieran el compromiso pactado, es de una ínfima reducción de 0,07 grados centígrados.

El tercer mito nos cuenta que el coste será reducido. Se trata de una mentira nada piadosa. Justo antes de poner en marcha el mercado de derechos de emisiones a comienzos de 2005 Narbona aseguró que el coste nunca sería superior a 85 millones de euros anuales para toda la industria. Pasado un año las empresas españolas han tenido que pagar casi 300 millones; 3,5 veces más de lo que la ministra prometió que sería la factura máxima. Y eso no es nada. Diversas proyecciones del actual incumplimiento record de nuestro país (48% por encima del compromiso) al periodo 2008-2012 arrojan cifras cercanas a los 2000 millones de euros anuales. Para colmo, ha habido empresas papeleras, cerámicas y cristaleras que han sido cerradas por las administraciones públicas por no contar con los absurdos derechos de emisión.

Por último, la mitología imperante dice que no hay otra forma de afrontar el problema del calentamiento. Tonterías. Entre 1997 y 2003 mientras que España incrementó las emisiones en un 24%, EE.UU. tan sólo añadía un 0.007% a las suyas. Mientras España y Europa fracasaban aplicando el método coactivo del racionamiento que distorsiona toda la economía, EE.UU. confió en el crecimiento económico, la acumulación de capital y el incremento de productividad que permiten una reducción espontánea de las emisiones gracias al avance tecnológico. Una vez más el mercado puede ayudarnos a solucionar lo que el fanatismo ecologista sólo está empeorando.

El asesinato del coche eléctrico

Si hay una industria floreciente, esta es la de las teorías de la conspiración. La pretensión de descubrir insondables maquinaciones detrás de eventos que están a la luz de todos produce en nuestras mentes una satisfacción irracional (asimilable a otras a las que no me referiré) que se explota convenientemente. Es el caso de la película Who Killed the electric car?, ("¿Quién mató al coche eléctrico?"), que conocen desde este lunes los lectores de La Gaceta de los Negocios.

Se trata de un documental que cuenta la peripecia del EV1, un vehículo eléctrico puesto en marcha por General Motors en 1996. Como no hay conspiración sin oscuros muñidores, los malos de esta película los protagonizan al alimón la industria automovilística y las petroleras. Y Dick Cheney, claro, el aderezo de toda buena conspiración. Ellos nos quieren robar un coche limpio, silencioso, ecológico, y todo por proteger sus enormes y contaminantes beneficios. "¡Malditos!", es lo que se supone que debemos mascullar al ver la cinta.

El camino para escapar a estas teorías es lo que los escolásticos llamaban "la recta razón" y que consistiría en atenernos a los hechos y en utilizar nuestra mente para encontrar explicaciones lo más razonables posibles. Para empezar, ¿por qué querría gastarse GM 1.000 millones en un proyecto para luego intentar que fracase? Además, resulta que hay coches eléctricos desde el siglo XIX, y que los intentos de la industria por mover una tonelada de acero y plástico sobre cuatro ruedas impulsada por electricidad se cuentan por decenas. Ninguno ha conquistado a las masas como los de combustión.

Y no lo han conseguido porque no responden a sus necesidades. Les separan de ellas unos cuantos kilómetros, los que le otorgarían la autonomía entre cargas de sus baterías que necesitamos. Andan 70, 100 kilómetros; en condiciones ideales y con conductores expertos (nada que ver con la vida diaria), pueden superar los 200. Y la carga dura varias horas, no los segundos que nos cuesta llenar el depósito. Pueden alcanzar grandes velocidades, pero a cambio de que el viaje nos lleve todavía más cerca. Llegaremos lejos, siempre que no tengamos prisa, la carretera no se empine y nos llevemos como única compañía el buen tiempo.

Esta fue la experiencia de los 800 conductores del EV1. Fueron los malos resultados, pese al entusiasmo inicial, los que mataron la gran iniciativa de General Motors. No necesitamos que alguien nos diga que el asesino es el mayordomo. Nos basta saber que el coche eléctrico depende de una revolución pendiente, la de las baterías. Lo que sí demuestra el caso del EV1 es que las empresas insisten en desarrollar miles de proyectos fracasados, sólo por la promesa de un éxito nos cambiará la vida.

Culpable de vender demasiado

¿Y por qué le ha caído la última multa? Presuntamente por no regalar a su competencia la información necesaria para que sus programas sean compatibles con el sistema operativo de Windows. Y digo presuntamente porque Microsoft lo desmiente hasta el punto de recurrir la multa ante los tribunales. También, la Association for Competitive Technology ha denunciado que la “multa no tiene sentido ya que Microsoft ha entregado toda la documentación posible y ha facilitado a los competidores el acceso al código fuente de Windows así como soporte técnico ilimitado". Además, ha apuntado que si los equipos de Red Hat e IBM no lo han aplicado, es porque no han querido. Y por si fuera poco, la empresa tiene 300 personas dedicadas a tiempo completo para proveer de toda la información necesaria a su competencia. Está claro, la CE necesita dinero.

Dejando aparte la absurdidad y abuso que suponen las leyes antimonopolio, esto nos ha de suscitar varias cuestiones:

1. Uno de los principales motores del progreso empresarial es la innovación. ¿Qué tipo de innovación puede tener una empresa cuando son los burócratas quienes deciden cómo ha de ser un producto que no les pertenece? La mayoría de políticos no tienen, como muestran sus medidas, idea alguna del más elemental funcionamiento de la economía de mercado, y muchos jamás han trabajado en empresas privadas.

2. Que Microsoft no incluya en su Windows el reproductor Media Player o un visualizador de documentos PDF, ¿en qué le beneficia a usted como consumidor?

3. ¿Quién cree que va a pagar esos 777 millones de euros, más todos los costes adicionales que le está causando la CE a la empresa? Primero Microsoft, después usted al comprar un nuevo ordenador o un Windows.

4. ¿Realmente cree que este acoso a Microsoft va a incidir en lo más mínimo a que la competencia lo supere? Lo único que puede acabar con Microsoft es que sus adversarios hagan un producto más atractivo para el consumidor tecnológico, algo que hasta el momento han sido incapaces de hacer. Que casi el 95% de los ordenadores del mundo lleven como sistema operativo Windows no se debe a una casualidad, a un complot del Capitalismo, de los masones o a un truco de magia de David Copperfield. Guste o no, los usuarios quieren Microsoft, y así lo expresan comprando sus productos y no otros.

5. ¿En qué beneficia a una empresa tener 300 personas todo el día atendiendo las quejas y exigencias de rivales y burócratas? Si la empresa trabaja para la burocracia no puede trabajar para el consumidor por más Microsoft que sea. Si toda la competencia depende —según la CE— de Microsoft en lugar de su propio esfuerzo e ingenio, ¿no dejará esto al sector más desfasado que si la CE no hubiese intervenido?

En el mundo de los medios políticos la realidad no importa lo más mínimo. A los burócratas les molesta que las empresas ganen dinero sirviendo al consumidor, y más si son americanas. También, necesitan dinero para inflar sus sueldos y llevar a cabo sus absurdas políticas populistas y antimercado. La cruzada de la CE contra Microsoft no sólo nos muestra hasta dónde puede llegar la envidia y odio de los políticos por la iniciativa privada, sino que también es la evidencia de que quieren dirigir nuestros gustos tecnológicos y por extensión, nuestras vidas.

El cielo está que arde

En España la huelga de pilotos de Iberia ha puesto los pies en el suelo a más de uno que ya soñaba con un plácido vuelo hacia su destino vacacional. Parece ser que a los pilotos del Sepla no les basta con pilotar y creen tener derecho a dirigir la aerolínea. No les gusta la idea de que Iberia esté montando una compañía de vuelos de bajo coste y han decidido presionar escudándose en nuestra nefasta ley de huelga y tomando como rehenes a los pasajeros que les dan de comer cada mes.

A nivel europeo las cosas no andan mejor. Airbus está pasando por uno de sus peores momentos en los últimos años. Primero fue el anuncio del retraso en la entrega del A380, el buque insignia de la compañía. Las acciones de la empresa cayeron en picado después de que sus directivos lo admitieran públicamente el pasado 3 de junio. Y no es para menos: las demoras y cancelaciones previstas producirán unas pérdidas estimadas en 2.500 millones de euros.

Hasta aquí todo consiste en un serio revés económico. Sin embargo, la noticia de que uno de los dos presidentes de EADS (el consorcio europeo propietario de Airbus), el francés Forgeard, vendió sus derechos sobre acciones de la compañía antes de que la noticia de los retrasos fuera pública ha desatado un verdadero escándalo aerospacial. Es más, tres de sus hijos también vendieron acciones. El problema de fondo es que EADS está fuertemente participada por el estado francés, el cual impone siempre un comisario político. El de este turno era Forgeard, anterior consejero de Jacques Chirac y colaborador cercano de Dominique de Villepin, y ha hecho lo que cabe esperar de un político metido a gestionar empresas de altos vuelos. Al final, los dos presidentes de EADS han dimitido pero Francia volverá a poner un comisario que gestione la compañía como si de un campeón nacional se tratara. Los pequeños accionistas y los usuarios y los clientes son los que sin duda salen perdiendo de estas relaciones político-empresariales pero nos lo tenemos merecido por dejar que los políticos sigan metiendo mano en las empresas.

Por desgracias ahí no se acaba el calamitoso estado del espacio aéreo. El parlamento europeo ha decidido elevar el alcance de su populismo ecologista y ha votado a favor de establecer medidas que contrarresten el supuesto impacto de la aviación sobre el cambio climático. La idea es racionar la emisión de gases CO2 que puede emitir esta industria y convertirla en un juego de suma cero o en un sector en reconversión industrial forzada. En fin, parece que después de observar el fracaso de la aplicación de Kyoto en la tierra los parlamentarios quieren extenderla al cielo. Para colmo, los políticos europeos han decidido que, ya puestos a entorpecer la ya de por sí turbulenta industria aerospacial, van a ponerle impuestos al queroseno. El cielo está que arde y los políticos parecen dispuestos a prenderle fuego.

De Lincoln a Guantánamo

Se lo advirtió el Juez Jefe del Tribunal Supremo, Roger B. Taney, en su opinión Ex Parte Merryman, que ha sido elogiada por los juristas estadounidenses desde su misma redacción. Lincoln sólo tuvo una reacción al recibir la carta de Taney: dar la orden de su detención y encierro en una cárcel federal, orden que por fortuna no llegó a cumplirse. Pero no le hizo caso y no revocó su decisión de suspender el Habeas Corpus.

Eran otras circunstancias, ya que comenzaba la guerra más cruel de la historia hasta ese momento. Pero el precedente de Lincoln es muy peligroso, porque sugiere la idea de que, en época de guerra, el Gobierno puede decidir lo que considere necesario, aunque para ello tenga que pasar por encima de la Constitución y de los derechos más fundamentales. Recientemente, la misma Corte Suprema ha decidido que los tribunales militares especiales creados para juzgar a los terroristas extranjeros aprisionados en Guantánamo van contra la Convención de Ginebra (creada precisamente en coincidencia con la Guerra Civil americana) y contra el Derecho de los Estados Unidos.

Tenemos que felicitarnos de la decisión del Supremo, porque recuerda que contra el terrorismo no vale todo, y que siempre ha de prevalecer el Imperio de la Ley. No es la opinión de todos los miembros de esta magistratura, ya que el veterano Clarence Thomas ha dicho que la decisión contradice "nuestro bien establecido deber de respetar el juicio del Ejecutivo en lo que se refiere a las operaciones militares y los asuntos exteriores". Es decir, que Thomas recupera el precedente de Lincoln y viene a decir que donde entra la Guerra, el Estado de Derecho no tiene nada que decir.

La Administración Bush va a "mejorar" el sistema actual, quién sabe si para ajustarla a Derecho. Pero más importante que eso es que nos demos cuenta de lo que nos estamos jugando en la lucha contra el terrorismo. Quiere destruir lo mejor de nuestras sociedades, que es su carácter abierto y liberal, libre y cambiante, y que se fundamenta en el reconocimiento y la defensa de nuestros derechos más básicos, que son anteriores a cualquier Estado. Si los ponemos permanentemente por detrás de las "exigencias" de la lucha contra el terrorismo islamista, les habremos ofrecido la victoria antes incluso de dar la primera batalla. No nos lo podemos permitir, porque además no es necesario.

La lucha contra el terrorismo es la guerra perpetua, es decir, la excusa perpetua para darle más poder al gobierno central para decidir sobre nuestras vidas. Las guerras se han convertido en la excusa para multitud de poderes que en teoría se concedían al Gobierno temporalmente, pero que, una vez acabado el conflicto, no han desaparecido: la conscripción, el impuesto sobre la renta, ciertas nacionalizaciones… Hoy vemos todo ello como algo normal, aceptable, cuando no son más que usurpaciones de nuestros derechos, que se originaron en época de guerra y se mantienen cuando llega la paz. Quién sabe hasta dónde podemos llegar con un terrorismo como amenaza permanente.