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¿Qué conduciría Jesús?

Irreverente y poco respetuosa, la campaña era una muestra más del disgusto que produce a muchos los avances materiales de nuestras sociedades.

En Italia, el ministro de Medioambiente ha lanzado recientemente la posibilidad de prohibir la circulación de estos vehículos en las ciudades, pero es más probable que prospere la sugerencia del presidente del Parlamento de elevar los impuestos sobre estos coches. La idea ha sido expresada también en España, y como no nos faltan políticos con más sentido del populismo que escrúpulos, no sería de extrañar que una medida así acabara por imponerse.

Se trataría de un nuevo impuesto sobre el vicio, como los que gravan al tabaco o al alcohol con el objetivo moralizante de que se los consumamos menos (ya sabemos lo que cuidan nuestros políticos por la salud moral del país) y de paso que aumentemos nuestra contribución a las arcas públicas. Es una idea extraña esa de que los probos representantes públicos pueden darnos lecciones de moral. Pero es que, además, es muy difícil, por no decir imposible, que tengan una idea más clara que el propio consumidor de lo que realmente necesita.

Yo no sé qué imagen tendrá el lector de sí mismo. Tengo la misma información sobre usted que la que podría tener un regulador o un inventor de impuestos, una de las tareas menos nobles de la historia. Pero cabe pensar que si una persona está dispuesta a hacer un desembolso importante para comprarse un coche, si tiene que entregar una cantidad que le va a obligar a renunciar a otras cosas valiosas, es improbable que sea por mera frivolidad. Yo tiendo a pensar que cada uno tiende a ser responsable cuando se trata del propio dinero para el consumo personal o de su familia.

Un estudio de la Academia Nacional de Ciencias de los Estados Unidos, elaborado en 2001, reveló que los SUV eran tan seguros como cualquier otro coche, a excepción de los más grandes, que resultaban mucho más protectores de la vida de sus ocupantes. Una de las críticas de esos coches que circulan entre quienes buscan argumentos en su contra queda, por tanto, desmentida. Por lo que se refiere al consumo, otra excusa típica contra los SUV, los coches nuevos emiten menos CO2 al ambiente que los antiguos, y éstos, cuya incorporación al mercado no tiene la antigüedad de otros, se benefician del avance tecnológico. Además, están sometidos como los demás a los estándares europeos en materia de emisiones.

La mala costumbre de demonizar el consumo pierde sus orígenes en la noche de los tiempos, pero se resiste a desaparecer pese a que el desarrollo de nuestra civilización está inextricablemente unido al crecimiento del consumo. O precisamente por eso. Pero consumir es satisfacer nuestras necesidades de forma directa, y es el objetivo de toda producción. Cuando políticos, economistas, intelectuales y gente de la calle habla de las necesidades sociales, lo están haciendo del consumo de cada uno de nosotros.

Comunismo y software libre, otra vez

Esa extraña mezcla provendría, primero, del intento de separar, contra toda evidencia, la planificación centralizada de la economía del comunismo, como si fuera una característica accidental y no esencial del sistema; y, segundo, de separar el libre mercado del capitalismo como si fueran dos cosas distintas. En definitiva, un juego de manos un tanto sospechoso.

La conclusión de Hancock es que el software libre es comunista porque aplica el principio aquel de "de cada cual según su capacidad; a cada cual según sus necesidades" y porque es cooperativo y no competitivo. Y es también un mercado libre, aunque sea más bien un mercado basado en la reputación. Esta pretendida paradoja existe como resultado, no de una novedad intelectual, sino de un mero juego de palabras.

Entendido el principio del que habla Hancock en un sentido amplio, el capitalismo y el libre mercado siempre lo han cumplido. Así, las expectativas de mayor remuneración hacen que todos tiendan a emplear su cerebro y su esfuerzo en aquello en que tienen mayor capacidad, aquello que es más valorado por los demás. Del mismo modo, las necesidades de los consumidores son las que mueven a las empresas a ofrecer bienes y servicios. Por supuesto, en un sentido estricto no sigue esa máxima porque es imposible. Si se obligara a cada uno a dar según su capacidad al máximo y sin posibilidad de recibir más a cambio, todos esconderíamos nuestras capacidades para evitarnos tener que esforzarnos más. Si se ofreciera gratis según las necesidades, éstas se incrementarían hasta el infinito. Aquellos que más intentaran vivir según la regla, peor lo pasarían, como ya mostró genialmente Ayn Rand.

El software libre se aproxima aún menos a esa regla. Aquellos que desean participar no lo hacen necesariamente según su capacidad, sino sobre todo por el interés que tienen en el desarrollo de un producto en particular. Y aunque evidentemente podamos obtener del software libre lo que queramos según nuestras necesidades, eso no significa que los desarrolladores trabajen para satisfacerlas y, de hecho, muchas veces hay que recurrir al software propietario porque no lo hacen. Esto es debido a que el software libre no es más que un sistema particular de producción de software con sus ventajas –muchas– y limitaciones, como le sucede al propietario; no es una filosofía de vida ni una revolución.

En definitiva, la única relación del comunismo con el software libre es la propaganda que partidos y hasta países como Cuba hacen de un supuesto "comunismo que funciona". Evidentemente, pasan por alto el pequeño detalle de que funciona precisamente porque no es comunismo. Pero qué importa la verdad a quienes poseen la Verdad.

Demagogia barata, cesta cara

Los canarios se quejan continuamente de tener que pagar una cesta de la compra que se les antoja demasiado cara. Y no les falta razón: Canarias es la Comunidad Autónoma donde más cuesta el paso por el súper. Ante esta realidad, la noticia de que la cadena Alemana de supermercados de bajo precio pensaba abrir algo más de una docena de centros en Canarias supuso un gran alivio para muchos. De hecho, en los últimos años el poder adquisitivo de cientos de miles de españoles ha aumentado en mayor medida gracias a pagar menos por los alimentos que por las subidas de sueldo.

Sin embargo, al poco de darse la noticia se produjo en Tenerife una primera manifestación contra la apertura de supermercados que puedan vender sus productos a precios mucho más baratos que los actuales o, lo que es lo mismo, "a precios excesivamente baratos". Por extraño que pueda parecer ver a un grupo de ciudadanos manifestándose contra los precios bajos, lo cierto es que no lo es tanto si entendemos que detrás de estas manifestaciones se encuentran intermediarios ineficientes, monopolistas o incompetentes que creen tener el derecho de mantener al consumidor cautivo como si de un esclavo de la antigua Roma se tratara. Estos sinvergüenzas que salen a la calle para impedir un intercambio voluntario entre un nuevo intermediario y los consumidores canarios quieren ganarse la vida a costa de mantener a sus conciudadanos más pobres de lo que estarían con la nueva oferta.

El colmo, sin embargo, es que haya políticos como la consejera canaria de Industria y Comercio, Marisa Tejedor, que usan la demagogia más barata como coartada para impedir la mejora de las condiciones de vida de miles de canarios a través de inofensivos intercambios comerciales. Tejedor tomó el pelo a los isleños al denegar las licencias de los nuevos establecimientos con la excusa de que ese mercado ya está saturado. A esta señora, por favorecer a empresarios cercanos, por disfrutar del poder discrecional que le da su cargo o por una improbable ignorancia supina en cuestiones económicas, le importa un bledo el bienestar que los canarios puedan alcanzar a través del comercio. Ahora Lidl ha decidido cambiar de estrategia y pedir un tipo de licencia de apertura que no precisa la bendición del gobierno de Canarias. Esperemos que en los municipios no se encuentre con tejedores de redes monopólicas.

Reutersgate

El último caso lo ha protagonizado la agencia Reuters, que ha enviado a los medios una fotografía manipulada de Beirut, que pretendía aumentar la impresión que se llevara el público del caos de destrucción causado por Israel en la ciudad. Como en el caso Rathergate, las bitácoras han vuelto a aportar su capacidad descentralizada para controlar lo que aparece en los medios de comunicación y develar sus manipulaciones. En este caso ha sido el gran blog Little Green Footballs, que ha dado la voz de alarma.

Pero hay una diferencia entre este caso y el de los documentos auténticamente falsos lanzados sobre el público por Dan Rather. La foto de Reuters está tan torpemente cambiada que cabe preguntarse cómo es posible que un editor de la agencia la haya podido aprobar. No hace falta ser un experto para que a uno le salte la manipulación a los ojos. Sólo una complicidad con la mentira puede explicarlo. Afortunadamente la agencia ha rectificado, ha advertido a los medios del error, y ha pedido disculpas. Pero las va a tener que multiplicar, porque se han encontrado más fotos manipuladas por la misma mano, la de Adnan Hajj.

Como en el caso del veterano periodista de la CBS, seguramente los muñidores de la fotografía y de su distribución a los medios están convencidos de haber contribuido a la verdad por medio de su mentira. Porque hay quien entiende el periodismo como la propagación de la verdad, pero ésta con la propia ideología al margen de los hechos. Si las bombas israelíes no causaron un efecto tan aparente sobre Beirut, da igual, se puede manipular la imagen porque con ello se estará contribuyendo a "la verdad", que Israel no tiene derecho a defenderse y todo lo que sea responder a los justos ataques en su contra es inadmisible.

Pero los medios no están solos. El bloguerío observa y denuncia y el periodismo disperso no va a permitir que las mentiras y manipulaciones anden más de dos pasos. Eso que ganamos los ciudadanos.

Castromoribundia

La incertidumbre sobre lo que pasará en Cuba cuando el hecho sucesorio se produzca –Dios no lo quiera, pero la Naturaleza es así de reaccionaria–, es la nota dominante en unos momentos en los que no se sabe siquiera si el hermano de Fidel está haciendo algo de provecho o sigue abrazado a la botella de ron intentando huir de la sombra de su Rebecca barbuda.

Los especialistas en transiciones, que pretenden dar solución al caos político cubano mediante un cambio a la española, no parecen tener en cuenta la absoluta distancia entre ambos países a la muerte de sus respectivos dictadores. España se encontraba en 1975, a pesar de la crisis del petróleo que golpeaba la economía mundial desde la guerra árabe-israelí, con un grado de desarrollo notable, tras una década de crecimiento por encima del 8% anual, gracias a los planes de estabilización y desarrollo de Navarro, Ullastres y López Rodó. Cuba, en cambio, se ha empobrecido durante el castrismo con una intensidad digna de plusmarca. En España había una clase media prácticamente hegemónica, con una renta per cápita cada vez más próxima a la de sus vecinos europeos. En Cuba la mayor parte de la población vive en la miseria sin otro horizonte vital que la mera subsistencia. En la España de la transición, aunque las libertades políticas estaban limitadas, había un grado notable de libertad civil (propiedad privada, libertad de circulación, de empresa, de establecimiento, etc.). En Cuba, el aparato represor del estado domina todos los resortes de la sociedad civil, de tal forma que el ejercicio de los derechos individuales es una mera entelequia que el sistema marxista se emplea a fondo en reprimir.

El éxito de la Transición española no cabe atribuirlo a la sagacidad de sus muñidores, por lo demás perfectamente descriptible, sino al hecho de que estaban sentadas las bases que permiten el desarrollo de sociedades democráticas. Se confirma así en la práctica, lo que los teóricos liberales venían afirmando desde finales del siglo XIX, esto es, que ningún régimen democrático puede instaurarse con éxito en sociedades en las que el estado no respeta la propiedad privada ni la libre interacción de los ciudadanos.

Pero sea cual sea la salida a esta crisis política, lo que más me preocupa es la salud mental de los progres europeos, especialmente los del "club de amigos del Malecón", ahora que el dueño del puticlub parece que está próximo a estirar la pata. ¿Y si fuera verdad lo de su afición casi patológica a los videos caseros?

Huelga e irresponsabilidad

En nuestra vida cotidiana realizamos actos contrapesando los pros y los contras, los costes y los beneficios desde el punto de vista económico. Al final tenemos que asumir cierto grado de responsabilidad sobre nuestras acciones. Si montamos un escándalo en un restaurante, o nuestros hijos se dedican a ir de mesa en mesa tirando los platos de los demás no nos tendría que extrañar que el responsable del local nos eche. Si en el trabajo llegamos tarde, nos vamos antes, no hacemos nada, y nos dedicamos a molestar al resto de compañeros, no nos tendría que sorprender que nos llamasen la atención e incluso que nos despidieran.

Algo que parece tan evidente en el mundo cotidiano se desprecia cuando proclamamos hacer actos antisociales por motivos reivindicativos o de logro social. Para evitar la situación de la huelga del Prat algunos están pidiendo una ley de huelga, pero como ha dicho Alfredo Pérez Rubalcaba, los cambios legislativos no siempre resuelven los problemas. Efectivamente, las leyes laborales han de contentar a tantos grupos de presión, saciar tantos intereses opuestos y están tan condicionados a la compra de votos que siempre acabamos teniendo regulaciones peores a la anterior.

Rubalcaba también apuntó que las últimas huelgas, especialmente la de los sucesos acaecidos en el Aeropuerto del Prat, deben conducir a una reflexión por parte de todos. Bueno, pues ya que nos invita, se lo diremos claro.

El gobierno socialista, con sus valores relativistas de "todo vale" y "nadie es responsable de sus actos" —excepto las pérfidas empresas— jamás hará nada en esta materia que tanto irrita a los consumidores. La huelga es un derecho legítimo, el de libre asociación y libertad de expresión. Por nuestro bien, ninguno de los dos puede ser manipulado ni controlado. Pero las huelgas en este país van asociadas a un curioso principio de irresponsabilidad. En las huelgas vemos como los piquetes agreden físicamente a empleados y no empleados, retienen a personas contra su voluntad, queman coches, neumáticos o cierran carreteras. Si fuéramos tan violentos en nuestra vida privada, en nuestro día a día, no saldríamos del cuartelillo ni el fin de semana.

La pregunta es: ¿por qué en una huelga podemos practicar la más desagradable y violenta de nuestras facetas sin que pase nada? Siempre suelen ser problemas técnico-judiciales o el hecho de que la suspensión de una huelga va siempre ligada a un pacto que obliga al perdón para todos los huelguistas. Las huelgas no son una situación de anarquía porque en la anarquía, al menos, todas las partes hacen lo que quieren. En cambio, las huelgas se han convertido en un privilegio concedido por el gobierno a un grupo para que pueda ejercer la violencia contra los demás, es decir, del huelguista contra la empresa y el consumidor. Si la empresa intenta defender su propiedad de los huelguistas es multada y si nos defendemos de la agresión de un piquete lo mismo.

Para arreglar esta situación, y de paso también el enmarañado y estático mercado laboral, la mejor respuesta es dar libre capacidad de acción a todos los actores económicos que intervienen. Eso significa que la empresa pueda despedir de forma inmediata a quienes cometan actos antisociales y daños a la propiedad privada y física de las personas y remplazarlos por nuevos empleados con ganas de trabajar, servir al cliente y ganar dinero.

Si cuando somos irresponsables en nuestra privada hemos de pagar las consecuencias, ¿por qué no también en nuestra vida laboral? Igualdad para todos es lo único que hay que exigir. Es cuestión de sentido común.

Un mes turbulento

Primero fue la introducción en Francia (y en Gabón) de la tasa sobre los billetes de avión para financiar la ayuda al desarrollo de los países pobres. Con esta manida justificación los idólatras del paternalismo estatal llevan dos siglos extendiendo los tentáculos del intervencionismo, quitando a los pobres de los países ricos para dar a los ricos de los países pobres.

Después de la iniciativa folclórica de Chirac vino el respaldo de los parlamentarios europeos a la propuesta de crear un sistema de racionamiento y comercio de emisiones de CO2 para la aviación. Vamos, que insatisfechos con el costosísimo fracaso del modelo de racionamiento de Kyoto a la hora de reducir las emisiones de CO2, los eurodiputados han pensado extender el fiasco al espacio aéreo.

A esta noticia le acompañó el anuncio de la introducción de un nuevo impuesto al sector, esta vez sobre el queroseno. El apetito de Bruselas sólo es comparable a la miopía de sus políticas públicas. Para colmo, la UE estudia la posibilidad de grabar con un nuevo impuesto el paso de aviones por el cielo europeo. Parece que lo de convertir la UE en la zona más dinámica y con mayor crecimiento del planeta para 2010 se pospone para otra década o, al menos, queda reservado para alguna actividad que se realice a ras de suelo.

Por último, la Comisión Europea ha decidido, en un arrebato de mala conciencia, obligar a las compañías a abandonar la sana costumbre de anunciar el precio sin incluir las tasas aeroportuarias de las agencias estatales y los diversos impuestos que graban su negocio. El actual sistema deja al descubierto lo cara que resulta la gestión pública de los aeropuertos para el comprador final del billete de avión y eso debe parecerles intolerable. En cambio, sencillas medidas para la mejora del sector como la privatización de los aeropuertos no están en la agenda de nuestros políticos. ¿Es que ninguno se atreverá a pedir la privatización de AENA aun después de que el mes haya terminado con la vergonzosa huelga del aeropuerto del Prat en la que los perversos incentivos de la propiedad pública de los aeropuertos han quedado patente en el respeto a los violentos y el abandono de los sufridos pasajeros?

Cuba libre

Si Jared Diamond recurre a factores ecológicos para explicarse los colapsos sociales, Castro ha sido capaz de conseguirlo en una isla en la que la naturaleza es la única que mantiene, impertérrita, su exhuberancia.

Mientras el régimen y su creador se debaten entre la vida y la muerte, podemos plantearnos qué sería de una Cuba ganada para la democracia y la libertad. Eso de pasar del socialismo a la economía de mercado ya se ha hecho en otras partes del mundo, por lo que tenemos algunas pistas de por dónde pueden ir las cosas cuando, quiera Dios que sea pronto, los cubanos recuperen la libertad.

Amartya Sen ha explicado que las hambrunas desaparecen con la democracia. El hambre, que ciertos regímenes totalitarios han utilizado como instrumento de control social, se convierte en una ignominia insoportable para cualquier dirigente elegido por sufragio popular. No volveremos a ver al Gobierno recomendar ciertas flores para la dieta.

Súmese a ello el efecto en apariencia milagroso que tiene el reconocimiento de los derechos de propiedad y de la los acuerdos a precios libremente acordados. Cuando se produce para "el común" y el fruto del trabajo de uno se reparte entre todos, mientras que el esfuerzo es entero para el que lo realiza, lo lógico es la ley del mínimo esfuerzo y la máxima exigencia a los demás. Cuando todo lo que hagamos de más recae en nuestro beneficio, el trabajo y el ingenio, y con ellos la productividad, se multiplican.

Centenares de miles de cubanos que viven y crean riqueza en los Estados Unidos realizarían numerosas inversiones privadas en su añorada tierra, a lo que habría que sumar la atención de muchas empresas que se quieren beneficiar de su cercanía geográfica a la primera potencia mundial, la efectiva dolarización de la economía cubana, los restos de la muy rica tradición cultural cubana y las previsibles ayudas del Gobierno de los Estados Unidos a una Cuba democrática. Varias empresas españolas tienen ya presencia en el país, y estarán al tanto de las renovadas oportunidades que se crearán entonces.

Lo mejor que tendría esta nueva Cuba es que sus dirigentes saldrán de la actual disidencia democrática, y saben demasiado bien de los males de una economía del yo mando y tú obedeces. Cabe esperar que darán lugar a un sistema político que respete los derechos individuales, el único que conozcamos en que se pueden realizar inversiones y crear riqueza con cierta seguridad.

Es cierto que, quitando unos años durante los 70’, el régimen no ha invertido en infraestructuras, por lo que prácticamente mantiene las del 59. También lo es que la clase dirigente actual no va a dejarse desplazar fácilmente. Cuentan con el precedente ruso para decidir repartirse las migajas antes de que se conviertan, en una economía libre, en un suculento botín. No podemos dejar de lado que 50 años de dictadura corrompen cualquier sociedad. Pero por esta vez podemos ser optimistas.

Otro mundo más capitalista es posible

Eso es algo que Negroponte, con su famoso ordenador de 100 dólares, no ha querido hacer. Ya tiene cuatro pedidos de un millón de cacharros cada uno, aunque dice necesitar cinco para iniciar la producción; sus clientes son los gobiernos de Nigeria, Brasil, Argentina y Tailandia. Cabe preguntarse por qué países tan distintos "necesitan" el mismo número de aparatos y por qué una nación como India ha decidido no adquirir ninguno. Evidentemente, son decisiones políticas y, por ende, arbitrarias. Ninguno de los cinco gobiernos sabe realmente si los habitantes de su país encontrarán un buen uso para ellos.

Nada más conocerse el proyecto de Negroponte se inició el debate sobre si un ordenador portátil es más o menos prioritario para los países pobres que otras necesidades más primarias como la de disponer de agua potable o de sistemas de salud mínimamente desarrollados. Es una discusión insoluble, pues nadie dispone de la información necesaria para llegar a una conclusión. Como ya explicó Hayek en su ensayo posiblemente más influyente, esa información está dispersa entre todos los miembros de la sociedad y no puede centralizarse.

Los gobiernos de esos cuatro países recibirán los ordenadores y los distribuirán como buenamente puedan. Es probable que esa distribución tenga poco que ver con las necesidades reales; siglos de acción gubernamental están ahí para probarlo. No es culpa tampoco de los burócratas, es que simplemente no pueden hacerlo bien porque las necesidades reales de la gente sólo pueden desvelarse a través de lo que los economistas llaman "preferencias reveladas", es decir, las decisiones que toman. Y el hecho de que en un pueblo de África se reúnan los recursos de varias familias para adquirir un portátil de 100 dólares revela que consideran esa adquisición importante y que la utilizarán. En cambio, recibirlo por parte de un funcionario que ha decidido por criterios "objetivos" que lo necesitan, no.  Tendremos sin duda grandes titulares sobre el éxito de esta iniciativa, pero ninguno informará de los usos alternativos que ese dinero podría haber tenido de haber estado en manos de las decisiones reales de los más necesitados.

Habrá quien piense que los más pobres simplemente no pueden adquirir tecnología avanzada. Sin duda, no pueden hacerlo como nosotros. Pero precisamente es en el mercado libre donde aparecen soluciones nuevas e innovadoras para problemas como ese. En Bangladesh, Grameen Phone, una iniciativa del exitoso banco para los pobres de Muhammed Yunus, ha creado una red de operadoras locales –generalmente mujeres– que adquieren un kit básico con aparato, manual y sistema de cobro a través de un microcrédito de Grameen Bank. El teléfono es empleado por todas las personas de la aldea. Un modelo que ha mejorado el nivel de vida de las aldeas pobres de ese país y, además, ha permitido a la empresa obtener una buena rentabilidad, señal inequívoca de que está haciendo las cosas bien, de que está ofreciendo un servicio que los pobres demandan. El capitalismo tiene estas maravillas.

Por eso, el inventor del Segway, Dean Kamen, decidió contactar con Grameen Phone para comercializar sus nuevos ingenios: un generador portátil de energía que emplea las boñigas de las vacas para proporcionar energía suficiente como para alimentar 70 bombillas y un potabilizador portátil capaz de purificar 1.000 litros de agua al día. Ambos son inventos que parecen tener la capacidad de solucionar dos de los problemas de los más pobres: el acceso al agua y a la energía. Pero, además, gracias al uso de sistemas de distribución y venta que ya se han demostrado exitosos en los ámbitos de la banca y la telefonía, podremos saber si realmente los pobres los demandan, y cuánto. Algo que, desgraciadamente, nunca sabremos con el portátil de Negroponte.

Salario mínimo y racismo progre

Tenían que haber explicado lo injusto que es ese impuesto, pero les han faltado arrestos, porque lo que no tienen es principios desde los que defender la eliminación del postrer robo estatal, que a uno no le dejan de rapiñar ni en la tumba. En cambio se quieren hacer perdonar incluyendo en la ley una subida del salario mínimo.

Quién sabe si, con Bush fuera de la Casa Blanca, el Partido Republicano puede volver a ser reaganita. Pero los liberales de ambos hemisferios no podemos tener mayor confianza en el Partido Demócrata. Los progres de aquí les han adoptado como elemento de resistencia en territorio enemigo, y hacen bien porque en más de una ocasión comparten miserias. Los demócratas son grandes defensores del salario mínimo, que tiene todos los elementos para que el progresismo sin fronteras lo tenga entre sus bagatelas intelectuales y morales. Atenta contra la libertad de empresarios y trabajadores, que no pueden acordar un salario que convenga a ambos, y daña a los jóvenes y en especial a los más pobres. Ellos no pueden generar una renta por encima del salario mínimo y quedan expulsados del mercado laboral, condenados al paro o a la ilegalidad, con consecuencias sociales muy duras.

Los inmigrantes, con una menor formación que los naturales del país, son a quienes más afecta esta medida antisocial. Ellos lo saben. Los progresistas, digo. En su época dorada, muchos progres estadounidenses eran profundamente racistas. Un reciente estudio revela que varios de ellos vieron en el salario mínimo un instrumento ideal para la eugenesia social, ya que dejaba a mujeres y negros fuera del mercado laboral. El mismo autor dice en otro artículo que "muchos economistas reformistas promovieron una legislación de inmigración y de empleo restrictiva por sus beneficios eugenésicos: eliminar a los biológicamente inferiores de la fuerza de empleo, seguía el argumento, reduciría el ‘suicidio racial’ y elevaría los salarios de los trabajadores superiores, que lo merecerían".

Era otra época, se puede decir, y el ideal eugenésico tenía entonces un atractivo que no tiene ahora, que ha de ponerse otros ropajes, como el del "progreso científico", para salir adelante. Pero como hay cosas que no cambian, esto de proponer el salario mínimo para expulsar a los inmigrantes del mercado laboral ha reaparecido esta misma semana en un artículo escrito por dos demócratas en The New York Times, órgano del progrerío mundial. Michael Dukakis y Daniel Mitchell se dan cuenta de que "millones de inmigrantes ilegales trabajan por salarios mínimos e incluso submínimos en puestos de trabajo que no están cerca de cumplir los estándares de salud y seguridad". Si los expulsamos de la legalidad subiendo el salario mínimo e imponiendo otras regulaciones, no tendrán nada que hacer y nos dejarán sitio a… nosotros, ya sabe usted. Los naturales "trabajarán en empleos que sean arriesgados, sucios o penosos en la medida en que se paguen con salarios y condiciones de trabajo decentes", es decir, por encima del salario mínimo. Los inmigrantes a la calle y los naturales en sus antiguos puestos de trabajo. No es que sean obtusos en la comprensión de las consecuencias sociales del salario mínimo. Es que las conocen y se valen de ellas para sus objetivos de progreso.