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Crear virus ahora da pasta

¿Qué fue de aquellas epidemias de curiosos nombres como Sasser, Blaster, Melissa o ILoveYou? ¿Acaso los hijos de mala madre que los creaban han decidido reformarse e ingresar en un convento? Pues, desgraciadamente, me temo que no.

La razón de semejante participación es que los creadores de virus se han dado cuenta de que pueden ganar dinero a nuestra costa, y eso se consigue mejor silbando y mirando hacia otro lado que apareciendo en los papeles, que era su motivación anterior. Con esto no me refiero a esa vieja teoría conspiranoica de que los virus los crean las empresas de antivirus. Suficiente mala gente hay, creando centenares de malas hierbas todos los días, como para que lo necesiten, arriesgándose además a la ruina si cosa tal se supiera. No, las fuentes de financiación son otras, principalmente una que de por sí ya merece el odio eterno de la humanidad: el spam.

No es la única, claro, evidentemente también les da por el famoso phising, que son esos correos que muchas veces parecen traducidos del inglés con un programa automático, bastante malo por cierto, en el que te piden encarecidamente que escribas el usuario y contraseña del acceso por Internet a tu banco en una dirección muy rara. Pero comoquiera que con eso no se gana lo suficiente, también se están poniendo al servicio de los spammers de diferentes maneras. Todas ellas requieren introducirse en nuestros ordenadores, lo más silenciosamente posible, y en cuantos más se puedan meter, mejor.

Además de las cuentas bancarias, existen otros datos que pueden ser de utilidad a terceros, como tus hábitos de navegación o tus direcciones de correo, para las que un gusano que se quede silenciosamente instalado enviando informes es más útil que uno que revele su identidad y se contagie demasiado rápido. Existe también un tipo de códigos maliciosos llamados ransomware, que encriptan los ficheros del ordenador al que atacan y les piden dinero a cambio de la clave para recuperarlos. Por otro lado, cada vez está más extendida la "costumbre" de secuestrar equipos para enviar correos masivos. Los virus adoptan la forma de caballos de Troya, que se introducen en el ordenador y otorgan a su creador el mismo control que el propietario de la computadora; las máquinas así controladas se denominan "zombies".

Así pues, quien sabe si su propio ordenador está secuestrado sin que usted lo sepa. Las medidas de seguridad que debemos tomar son las de siempre: tener un antivirus actualizado, un cortafuegos o firewall activado, tener tanto el Windows como los demás programas a la última y no dedicarse a abrir adjuntos a los correos sin ton ni son. El que haya dejado de haber grandes epidemias en los titulares no significa que estemos fuera de peligro.

Chupa Chups como bien estratégico

Según la trasnochada teoría promovida por los adictos a las regulaciones estatales, la compra de una empresa por otra puede incurrir en un pecado de maliciosa concentración empresarial y, faltaría más, tiene que ser autorizada. Eso sí, la concentración nunca es perjudicial cuando se lleva a cabo por el Estado en variopintos sectores que van desde el bancario hasta el de la seguridad, pasando por el de envío de cartas.

El hecho de que en otros países o en la ultra-intervencionista Comisión Europea la misma compra no precise de ningún permiso da una idea de lo caprichosas que son estas normativas y lo confuso que son los conceptos que usan. Acuerdos similares al de Chupa Chups chocan de manera continua contra una pared de ladrillos teóricos unidos por una amalgama de arrogancia política. Por fortuna, en este caso a nadie le ha dado por decir que los Chupa Chups son un bien cultural nacional protegido que no puede quedar en manos extranjeras, que son un producto estratégico para la economía española o que son importantes para la seguridad nacional. Después de todo, ¿quién dice que los extranjeros no van a usar su control de los ricos caramelos para envenenar a nuestras futuras generaciones de soldados y contribuyentes?

En realidad, los acuerdos libres entre ciudadanos o empresas privadas que son prohibidos con excusas igual de ridículas por los distintos tentáculos estatales de control empresarial son el pan nuestro de cada día. El caso del gobierno español tratando de evitar la archifamosa OPA de E.On sobre Endesa a través de la Comisión Nacional de la Energía y del Tribunal de Defensa de la Competencia, el del gobierno francés prohibiendo la compra de una empresa de yogures por parte de (¿lo adivinan?) extranjeros, o el reciente veto del gobierno italiano a la compra de una empresa de autopistas nacional por una española sólo son algunos ejemplos llamativos del arbitrario pero regular ataque del estado contra la libre competencia.

Sin duda, los dueños de Chupa Chups y de Perfetti estarán celebrándolo con cava y prosecco. Pueden considerarse afortunados. Sus derechos no han sido saboteados por los guardianes de la incompetencia. Para que todas las demás personas físicas y jurídicas corran la misma suerte en el futuro, urge desmontar el entramado de tribunales y órganos estatales que desautorizan según les conviene los intercambios y acuerdos libres que tratan de emular, rivalizar y, en definitiva, competir de verdad en el mercado.

Ni libertad ni seguridad

No tenían antecedentes penales, pero la información quedará a buen recaudo durante cinco años, por si volviera a ser necesaria. Pensaron en presentar los pertinentes cargos criminales contra Sam, Amy y Katy, de doce años, por arrancar varias ramas de un árbol con las que construirse una cabaña, pero la policía reflexionó y pensó que con una reprimenda era suficiente.

Yo no creo que querer construirse una cabaña a los 12 años sea para tanto, sinceramente. Pero nos estamos acercando, no sólo en Gran Bretaña, a esta situación en la que los comportamientos más normales pueden caer en lo que alguien ha llamado crimen. Ahora, como no se necesita víctima para que haya crimen, no hay límite para que cualquier cosa que hagamos nos lleve a donde fueron Sam, Amy y Katy.

Pero la situación es y será cada vez peor. El precio del progreso, supongo; o eso se dirá. Porque este control policial crecerá, pero por otra vía: la de la excusa de la lucha contra el terrorismo. En Estados Unidos, el Gobierno de George W. Bush puso en marcha, tras los atentados del 11 de septiembre, el Programa de Vigilancia de Terroristas que permitía a la Agencia de Seguridad Nacional, nada menos que realizar escuchas sin autorización judicial a llamadas internacionales, así como intervenir los correos electrónicos de cualquier ciudadano que sea sospechoso de pertenecer a Al Qaeda. Esta semana hemos recibido la buena noticia de que una juez ha declarado ilegal el Programa de Vigilancia de Ciudadanos Sospechosos, que así debiera llamarse, porque se salta la Constitución estilo Fosbury. No es el dichoso programa, sino que todavía haya Estado de Derecho en ese país, entre otras cosas, lo que le hace grande.

La tercera historia tiene que ver con uno de los gestos más característicos de nuestra civilización: coger un avión, que se está convirtiendo en una auténtica pesadilla. La compañía aérea Ryanair, y luego BA, ha decidido llevar a los tribunales al gobierno británico por sus medidas de seguridad en los aeropuertos. Con el pretexto de velar por nuestra seguridad, los Gobiernos se hacen cada vez con más control sobre nuestras vidas. Las medidas son siempre excepcionales, por supuesto; no las aceptaríamos si nos dijeran la verdad: que están aquí para quedarse. El Estado aprovecha las guerras y los ataques exteriores para dar pequeños pasos adelante en el control ciudadano, para no darlos atrás jamás. El terrorismo tiene la ventaja de que es un mal permanente, como lo será la excusa para controlarnos un poco más.

Por esa vía llegará un punto en que no nos quedará qué defender frente a los ataques terroristas. Un día en que ellos nos habrán vencido, porque con su ayuda habremos perdido lo que más odian y el motivo por el que atentan contra nosotros: que todavía somos sociedades libres. Acabar con nuestras libertades en nombre de la libertad es algo más que un contrasentido; es una burla. Nuestra libertad es nuestra mejor arma. Tenemos que impedir que subirse a un árbol, escribir un e-mail o coger un avión nos convierta en ciudadanos sospechosos, o perderemos algo más que jirones de nuestra libertad.

Todos contra el fuego

En la catástrofe del Prestige no hubo ningún candidato del PP emboscado en las sentinas del petrolero para hundirlo, al contrario de los recientes incendios en Galicia en que algún político progresista sí se ha visto involucrado de forma incuestionable. ¿Qué razón objetiva existe para que en el primer caso se organizaran todo tipo de algaradas violentas y en este segundo, los mismos que exigían la pena de excomunión democrática para todos los gobiernos implicados, se limiten a convocar una surrealista manifestación "contra el fuego"? Pues evidentemente ninguna, salvo el criterio ramplón de la utilidad partidista.

Curioso este nacionalismo, que antepone el derecho de sus elites al disfrute de las moquetas de los despachos oficiales al bien de la patria, su patria. El nacionalismo periférico gallego, como el de barretina o el de chapela, no es un sentimiento colectivo de exaltación nacional más allá de lo folclórico, sino una artimaña más de los oportunistas que lo dirigen para alcanzar el objetivo vital al que dedican todos sus esfuerzos: un coche oficial y un buen sueldo público. Conseguido lo cual, la lucha por devolver a sus pueblos la dignidad arrebatada por el centralismo opresor pasa a convertirse un simple argumento sentimentaloide para rellenar los aburridos discursos institucionales.

Al fuego no le importa quien esté al frente del gobierno para arrasar montes enteros y amenazar las vidas y haciendas de los ciudadanos. Es una pena, sí, pero es que la naturaleza no es nada progre.Si lo fuera, los desastres naturales sólo ocurrirían cuando mandan "los malos". Constatado el carácter eminentemente reaccionario de Natura y transcurridos los primeros momentos de estupor, la generación Prestige debiera hacer, no obstante, algún intento de protesta antigubernamental, aunque sólo fuera por rendir un mínimo tributo a la coherencia. Por el contrario, si salen a la calle es para felicitar efusivamente al gobierno de "los nuestros" por lo bien que despiden a los brigadistas antiincendios que no dominan la lengua vernácula.

Son irrecuperables para el decoro público. Prefieren un país arrasado con "los suyos" en el poder, a uno próspero gobernado por los adversarios. Y mientras tanto, Zaplana proclama muy serio en el Congreso que si el afiliado procesado por los incendios fuera del PP, la noticia habría desatado la histeria bipartita del Nunca Máis. Más que una acusación, es la constatación de la mediocridad que impregna todas las estrategias arriolianas de su partido. Estos también son irrecuperables para la política de brega. Han venido al mundo para pedir perdón a la izquierda, estén gobernando o en la oposición. Me parece muy bien, pero al menos que lo hagan a título estrictamente personal. En nombre de sus votantes, no.

La misión de E.On

Las imposiciones de la Comisión no tienen sentido alguno y sólo aumentan los costes de las empresas privadas, desde Endesa hasta Gas Natural. Al principio, E.On dijo que llegaría hasta los tribunales para que se modificasen los puntos exigidos por la CNE, pero ahora parece desdecirse de ese planteamiento inicial.

En aquel momento la mayoría de analistas mantuvieron que E.On presentaría una queja formal ante la Comisión Europea (CE) para denunciar la opresión de la CNE. No ha sido así, al menos de momento, y Endesa, de forma poco acertada, lo ha hecho por la eléctrica alemana.

Es evidente que ni E.On ni sus accionistas se esperaban unas condiciones como las que decretó la CNE, aunque la verdad es que los analistas de España nos esperábamos algo peor aún. Es lógico que la empresa se quejara y quisiera aplicar su derecho a recurrir las imposiciones de la CNE, pero no es bueno para E.On empantanarse con más aplazamientos y disputas políticas. El accionista, que es por quien responde el presidente Wulf H. Bernotat, quiere sacar la operación adelante lo antes posible, amortizar su coste, seguir con nuevos proyectos que den servicio al cliente, aumentar los resultados y, evidentemente, obtener la mayor rentabilidad para él, que es el único legitimado para opinar en este caso.

La función social de una empresa no es resolver las injusticias del mundo como la que le cayó encima a E.On, sino servir a consumidores, accionistas e ir lo más rápido posible en todo el proceso. Siendo así, la queja de Endesa ante la Comisión Europea presta un flaco favor al proceso de la OPA. Anteponer los principios políticos a los del mercado no suele reportar beneficios al ansioso accionista que financia la empresa, por lo que éste puede optar, momentáneamente, por huir a acciones o activos más rentables.

Es cierto que esta pesadilla la empezó el gobierno intervencionista de Zapatero. Es cierto que la CNE no sólo se ha extralimitado sino que, además, no tiene ninguna razón de existir ya que no es más que el brazo ejecutor de los designios del Ministro de Industria. Pero esto se ha de acabar ya. La política ya ha hecho demasiado daño a esta OPA; no es hora de alargarlo más, sino de dejar que el libre mercado, los accionistas en este caso, se pronuncien y acaben con este doloroso tormento.

Asumámoslo, el daño ya está hecho. Lo que nos hemos de plantear ahora es qué hacer para que esta situación no se repita nunca más. Necesitamos un profundo cambio en el sector energético. Ya hemos visto que organismos como la CNE o los tribunales de la competencia no son independientes ni objetivos sino poco más que títeres del gobierno de turno. Molestan. Eliminémoslos de una vez y reclamemos una amplia y valiente liberalización del sector por el bien de todos: empresas, accionistas y consumidores.

Ignorantes por nuestro bien

Declara que "queda expresamente prohibida la promoción, publicidad o información destinada al público de los productos incluidos en el apartado 1". ¿Y qué nos encontramos? A aquellos "que no se financien con fondos públicos". La ley es aplicación de una directiva europea que prevé expresamente "Los Estados miembros podrán prohibir en su territorio la publicidad al público general sobre productos médicos, cuyo coste pueda ser reembolsado".

Es decir, que el Estado se encarga del pago de un amplio conjunto de medicamentos, para asegurarse de que todos los consumidores potenciales pueden pagarlos. Pero impide que quienes lo necesiten se enteren de su existencia por medio del mecanismo más eficaz para la transmisión de información sobre los productos, que es la publicidad. Y todo porque quien está al cargo de la factura es papá Estado. Mal padre es este que no desea que los "hijos" que están buscando una solución para su enfermedad o su mal se entere de dónde los puede encontrar. Y todo por no querer más de la cuenta.

Esto resulta aún más sorprendente cuando constatamos que, en contra de lo que significa esta nueva norma (la ley es del pasado 26 de julio), desde todo tipo de instituciones oficiales, y el Ministerio de Sanidad no es la última de ellas, se nos dice que es fundamental que el ciudadano esté siempre bien informado para tomar las decisiones responsablemente. Desde luego que es así, solo que resulta contradictorio con la prohibición ordenada por esta nueva Ley del Medicamento.

El Instituto Juan de Mariana elaboró un informe en el que daba cuenta de varios de los peligros que tiene esta ley para la economía y para la salud pública. Sus conclusiones no son tranquilizadoras. Más allá de los datos sobre enfermedades que no se curan por la barrera de la ignorancia, o vidas que se pierden por no saber a tiempo del remedio, lo interesante son los procesos que pone en marcha esta prohibición de la publicidad.

Se desincentiva la innovación tecnológica en este campo. En Europa la lucha contra las farmacéuticas es larga y no cabe duda de que ha resultado eficaz: Si bien en el año 1980 ocho de cada diez nuevos fármacos se desarrollaban en Europa, hoy las cifras muestran la situación contraria. Ocho de cada diez se producen en Estados Unidos. La ley fomenta la deslocalización de la industria farmacéutica europea, que cede no menos de medio millón de sus mejores científicos a Estados Unidos.

Es claro el problema de financiación a que se enfrenta el Estado en el apartado de los medicamentos. Pero prohibir la publicidad de aquellos que están en su cuenta tiene efectos muy nocivos para la salud pública: Las estatinas salvan entre 60.000 y 70.000 vidas, pero sólo la mitad de europeos que deberían estar recibiendo este tratamiento lo está siguiendo. Y además no es necesario. El Estado ha ido asumiendo ese costosísimo papel que consiste en romper la relación entre la necesidad de un medicamento y el pago del mismo. Bastaría con restituir el pago individual, al menos en una medida razonable.

Bruselas censura a los críticos del Islam

Pues bien, ahora su editor, Paul Belien, está siendo acosado por la policía debido a una denuncia anónima por "racismo" ante el Centro por la Igualdad de Oportunidades y Oposición al Racismo. Belien ha desobedecido la orden de ir a declarar a comisaría porque considera que no tiene la obligación de responder a acusaciones anónimas mientras no viva en la URSS.

No es la primera vez que este organismo actúa contra críticos del Islam. El mismo blog denunció hace unos meses que dicho centro había denunciado a un sacerdote cristiano de origen turco por "incitar al odio racial". El principal motivo de la demanda son unas declaraciones en televisión en las que decía que "todo niño musulmán islamizado que nace en Europa es una bomba de relojería para los niños europeos. Estos últimos serán perseguidos cuando se hayan convertido en minoría". Es de desear que el padre Samuel esté equivocado, pero habiendo huido de su país por la persecución religiosa, no parece raro que tenga una visión tan negra del futuro de Eurabia. En cualquier caso, tiene derecho a tenerla y exponerla. Es más, ni siquiera es racista.

Porque, a ver si aclaramos algo tan sencillo de una vez por todas, criticar al Islam y a quienes lo practican no es racismo contra gente de piel más oscura, ni es incitación al odio racial, del mismo modo que criticar al cristianismo no es racismo contra los blancos europeos. La religión no es algo que venga de suyo con los genes. Es una fe, que se tiene o no se tiene; en definitiva, pertenece al mundo de las ideas. Y precisamente para la crítica de las ideas es para lo que la libertad de expresión es más útil y necesaria. Pensar que es racista poner de vuelta y media al Islam no hace otra cosa que demostrar el profundo racismo de quienes así lo declaran, que parecen pensar que los musulmanes son todos moros y que todos los moros son musulmanes y no pueden ser otra cosa. Además, son tan paternalistas que consideran que los musulmanes no son suficientemente mayorcitos como para defenderse como todos nosotros, mediante la palabra, de las críticas que se les dirigen.

El padre Samuel, racialmente, es indistinguible de otros turcos. Del mismo modo que los iraníes que critican a su gobierno religioso fundamentalista en sus blogs no es ya que sean racialmente iguales a sus tiranos, sino que encima incluso profesan la misma religión. En Irán les meten en la cárcel y parece que ahora, en el corazón de Europa, también lo harían.

Y es que el Centro en cuestión tiene una doble vara de medir que da bastante vergüenza ajena. En el 2004 un músico publicó un disco llamado "Abajo América" en el que expresaba un odio completo y total por el país y sus habitantes. Por supuesto, no enviaron la policía a la casa del artista, que al fin y al cabo es una persona de talante progresista. Lo arreglaron con una carta en que éste "explicaba" su disco, que casi era peor que la música en sí. En España, la izquierda se dedica a publicar libros racistas como el de Tamames hijo, pero como esos libros muestran odio por Estados Unidos y todos y cada uno de sus habitantes por serlo, no son racistas, parece ser, y ni SOS Racismo ni oenegés subvencionadas similares tienen nada que decir al respecto.

Es una pena que un país que está demostrando ser tan profundamente fascista sea la sede de las instituciones europeas. No dice mucho a favor de la Europa que estamos creando. Casi menos que la Constitución Europea que nos quisieron colar hace un par de años y que ahora parece que estuviera muerta y enterrada. En Estados Unidos empiezan a preocuparse por el estado de nuestra libertad de expresión. Y no es para menos. Eso sí, nosotros siempre somos moralmente superiores a los malvados yanquis, ya saben. Ni se les ocurra dudarlo.

El tirano cumple ochenta

Resulta sorprendente que, en todos estos años, nadie haya ejercido el derecho al tiranicidio que defendieron la mayoría de los pensadores escolásticos españoles del Siglo de Oro. Dicen que ha habido múltiples intentos de matarle pero lo cierto es que no debieron poner el suficiente empeño en la tarea.

Hoy, cuando Castro cumple ochenta años convaleciente de una reciente intervención quirúrgica, son muchos los que se preguntan cómo es posible que uno de los mayores tiranos de la segunda mitad del siglo XX y comienzos del XXI vaya a morir manteniendo todas sus propiedades robadas, sus esclavos y su aureola de héroe. No cabe la menor duda de que gran parte de la culpa la tienen sus guardaespaldas dialécticos: los políticos e intelectuales de izquierda y no pocos socialistas de derecha, amantes todos del estatismo. Sin embargo, gran parte del mérito recae en el propio Castro, quien parece haber seguido al pie de la letra las descripciones de Juan de Mariana sobre el típico tirano.

Hace más de cuatro siglos el jesuita de Talavera advertía que el tirano consigue su poder mediante el uso ilegítimo de la fuerza pero, aun partiendo de un origen legítimo, lo desarrolla con violencia, y se enfrenta a los buenos. Además, como los Castro y Guevara, el tirano se caracteriza porque "se apodera de todo por medios viles y sin respeto alguno a las leyes, porque estima que está exento de la ley". Por eso no se somete "al mismo derecho que los demás [el derecho natural] ni, por lo tanto, constriñe el uso de la fuerza a hacer respetar ese derecho, sino que es amigo de atemorizar con el aparato de su fuerza y su fortuna".

Castro ha sabido usar la mentira y la maquinación como pocos dictadores. Ya en 1598 Mariana explicaba que "el tirano, como no tiene confianza en los ciudadanos, busca su apoyo en el engaño y la intriga". Sin embargo, lo que ha bordado es esa necesaria faceta de atemorizador. Quizá sea porque Castro, como todos los grandes tiranos, "teme necesariamente a los que le temen, a los que trata como esclavos, y para evitar que éstos preparen su muerte, suprime todas sus posibles garantías y defensas, les priva de las armas, y no les permite ejercer las artes liberales dignas de los hombres libres."

Quizá esta caracterización del tirano unido al poder represivo del sistema socialista ayude a explicar no sólo por qué Castro ha logrado evitar el tiranicidio sino, sobre todo, por qué ha defendido el socialismo incluso después de su refutación teórica y práctica. El socialismo otorga herramientas muy útiles para la perpetuación del tirano en el poder; herramientas que Castro ha sabido usar como nadie. Y es que "el tirano, para impedir que los ciudadanos se puedan sublevar, procura arruinarlos, imponiendo cada día nuevos tributos, sembrando pleitos entre los ciudadanos y entrelazando una guerra con otra. Construye grandes monumentos a costa de la riqueza de los súbditos, y así nacieron, según nos cuenta Aristóteles, las pirámides de Egipto y los subterráneos del Olimpo en Tesalia".

Coincidir en el tiempo y en el espacio con este perfecto déspota ha supuesto una infernal pesadilla para millones de cubanos. A todos ellos les deseo que pronto despierten sin el tirano y puedan disfrutar de su libertad, responsabilizándose de sus acciones y ejerciendo sus derechos individuales.

Solidarios a todo ritmo

Este verano he leído un librito delicioso titulado "Do as I say (not as I do)". Lo he comprado directamente a Estados Unidos, por ayudar financieramente al imperialismo del Gran Satán y colaborar con el capitalismo opresor, a partes iguales. Se trata de un breviario con las hazañas de las estrellas norteamericanas más comprometidas con la ideas de izquierda y la forma en que las ponen en práctica en su vida privada. Por ejemplo, Michael Moore, fiel inquisidor del militarismo norteamericano y al mismo tiempo importante accionista de la empresa de Dick Cheney, la genocida Halliburton. O los Kennedy, Hillary Clinton y Babra Streisand, grandes personajes también con serias dificultades para aplicar a su conducta personal los principios que exigen al resto de los mortales. En fin, una lectura divertidísima y muy aleccionadora.

Pero el capítulo más interesante es el que su autor dedica a Noam Chomsky. El famoso lingüista, icono de la izquierda mundial por su impecable compromiso anticapitalista, se ha distinguido entre otras batallas por defender el mantenimiento del impuesto de sucesiones como eficaz herramienta distribuidora de la riqueza. Lo curioso es que el propio Chomsky tiene creadas varias sociedades fiduciarias a nombre de personas de su familia, de forma que el fisco, llegado el momento, no tenga acceso a ni un centavo de lo que deje en herencia a sus deudos. Interpelado por el autor del libro, Chomsky se defendió apelando a su derecho de preservar la herencia de sus hijos. Un argumento muy razonable pero, entonces, ¿por qué niega ese mismo derecho a los demás, que en la mayoría de los casos no ganan tanto como él?

Pero el virus de la solidaridad con los bienes ajenos no es dolencia exclusiva de los norteamericanos, sino que está extendida entre los iconos progres de ambos lados del océano a modo de pandemia.

Bob Geldof es una estrella de la música pop y un incansable activista a favor del tercer mundo. Sus catilinarias al mundo desarrollado, por mantener a gran parte del planeta bajo el yugo de la explotación capitalista, son de las que hacen época. Geldof apela constantemente, no a la generosidad, sino un sentido superior de la justicia, para exigir que los ciudadanos de los países occidentales, a través de sus gobiernos, destinen cada vez más recursos al mundo subdesarrollado, a poder ser a través de su ONG Live Aid. Sin embargo, Mister Geldof no destina ni uno sólo de los euros que gana en sus actuaciones a fin tan encomiable. En su suite de superlujo, rodeado de "estrechas colaboradoras" y tomando caviar beluga (todo ello según establece el modelo tipo de contrato que utiliza para sus actuaciones), confesó a una redactora del diario El Mundo, infiltrada entre sus colaboradores, que cuando viaja a África lo hace única y exclusivamente por negocios.

Bono, cantante de U2, es partidario también de que los gobiernos destinen el 0,7% del PIB a la ayuda al tercer mundo. Él no, porque a pesar de estar podrido de dinero, según propia confesión, repartirlo todo entre los pobres "no solucionaría nada". Ahora sabemos también que acaba de trasladar sus empresas a los Países Bajos, con el fin de pagar menos impuestos que en su Irlanda natal. No hay nada que objetar. Como decía el Príncipe Rainiero, no existen los paraísos fiscales, sino los infiernos fiscales, y Bono tiene perfecto derecho a organizar sus finanzas de la forma menos gravosa para sus intereses. Por eso su empeño en transferir dinero de los pobres del primer mundo a los dictadores del tercero suena a hipocresía.

Los artistas millonarios deberían sentirse orgullosos del dinero que han ganado honradamente con su talento y dedicarse a disfrutarlo como mejor consideren. Y si quieren lavar una absurda mala conciencia que lo repartan todo entre los pobres y se vayan a un monte de anacoretas. Todo menos exigirnos a los demás el esfuerzo impositivo que ellos eluden con ingeniería financiera y muy poca vergüenza.

Servidumbre europea

UGT parece ignorar deliberadamente que horas en el centro laboral y producción no son lo mismo. Tomando los datos de Eurostat, si se toma como base la productividad en la Europa de los 25 (100 "unidades de producción" por persona que trabaja), la productividad española es de 96,5 y la de, por ejemplo, Estados Unidos, es una de las más altas del mundo con 136,2. Es decir, España es menos productiva. Pero la medida se hunde si comparamos la productividad por hora, que en la UE ampliada es de 100 y en España de 87,7. La explicación, por tanto, es que trabajamos más porque producimos menos.

Los colectivistas nos dicen que hemos de ser iguales a los europeos con eslóganes que ocultan gran parte de la realidad. La nota del sindicato es una muestra. Su intención es hacer un mundo homogéneo donde no exista la diversidad. El comunicado del grupo sindical nos sirve para ver la intención redentora que siempre ha tenido toda la izquierda, el constante avance hacia el pensamiento único, la uniformidad de actuación e imposición de una sola ideología.

Para llegar a una mejor situación económica no podemos dedicarnos a copiar a los países socialistas de Europa. Hombres que no se dejaron engañar por las bonitas palabras de los colectivistas, y pensaban en su bienestar individual en lugar de delegar su responsabilidad a los burócratas, convirtieron países pobres como Estados Unidos, Hong Kong o Nueva Zelanda en países ricos y prósperos.

Intentar innovar a través de políticas socialistas es el camino a la servidumbre burocrática y a la pobreza. Los países con mayor mayor libertad económica son los más prósperos, los más socialistas son los más pobres. ¿Por qué cree que la "Europa del bienestar" intenta, con muy poca fortuna, dejar atrás sus antiguas políticas keynesianas? No es por capricho, sino porque el estado del bienestar es insostenible.

En el socialismo europeo el hombre es un robot sin voluntad, un instrumento a servicio de la sociedad, y en tal concepción, son gobierno, sindicatos y grupos de presión quienes forman esa sociedad, no usted. Usted sólo es el instrumento productivo para que ellos se enriquezcan.

Europa y España son diferentes, sin duda, pero eso no significa que seamos peores o vayamos a peor. Los países con mayores índices de suicidas son precisamente aquellos que más envidian los sindicatos, como Dinamarca o Suecia, con un 13,6 y 13,4 de suicidios por cada 100.000 habitantes según la World Health Organization. Estados Unidos tiene 10,8 según el Departamento de Salud Americano. La brecha entre Estados Unidos y Europa es cada vez más acusada; sólo Arkansas, Montana, Oeste de Virginia y Mississippi estarían por debajo del PIB per cápita de los países de la UE. La tasa de desempleo en Suecia es ahora mayor que a mediados de los 70, y en el sector privado, el desempleo está en su cota más alta desde 1950. Finlandia tiene el índice más alto de Europa en reclusión no voluntaria en instituciones mentales. El 80,9% de los americanos —según el Banco Mundial— van a la universidad, en Suecia el ratio es del 50%. Los alemanes pagan impuestos por tener un televisor (y si no lo pagan, van a buscarlos), en Holanda cada habitante paga por la cantidad de basura que produce. La proporción de europeos que emigran a Estados Unidos es 10 veces superior a la proporción de norteamericanos que vienen a Europa, ¿no le parece extraño que la gente huya del paraíso europeo? ¿Queremos aspirar a estos "beneficios"?

Europa no ha de ser la referencia de los españoles ni de nadie. Tampoco hemos de copiar a Estados Unidos; sólo el trabajo duro y la responsabilidad para conseguir un auténtico bienestar individual es la meta. De no ser así, sólo seremos seres mediocres que aspiran a ser siervos de las elites y la oligarquía política.