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Talante leninista

Ese tienen es un claro ejemplo del totalitarismo democrático que inspira la filosofía de esta pandilla instalada en el Palacio de la Moncloa y sus aledaños. Lo que hay que hacer ha de venir determinado por lo que diga el que haya recibido el mayor número de votos. No cabe plantearse siquiera disentir. La discrepancia es vista por este gobierno como un irreverente insulto al poder legitimador de la mayoría. Lo que se puede y lo que se debe hacer pasan a ser una misma cosa: lo que decide hacer el gobierno, el depositario del mayor número de votos. No hay derechos anteriores ni superiores a los que confiere la elección democrática que deban ser respetados por quien detenta el poder político. Es, como dijera Gustave de Molinari a mediados del siglo XIX, la versión más refinada del comunismo.

De ahí ese perverso uso del  todos. La mayoría y quien se pliega a ella sin fisuras forma parte del todo mientras que quien osa diferir queda condenado a la inexistencia, el vacío y la nada más inmensa. El todos indica por lo tanto la penitencia a la que se expone quien tome en vano la decisión quien gobierne el aparato estatal.

Ese millón de personas que se manifestó en Madrid no están dispuestos a ceder sus derechos (especialmente los de las víctimas) para que socialistas y estalinistas se monten su chiringuito político. No están dispuestos a que alguien pague con la vida y el sufrimiento de las víctimas ni con la pérdida de libertad de quienes han sobrevivido al imperio del terror el cese de los asesinatos del nacionalsocialismo etarra. Todos deseamos la paz, pero no todos estamos dispuestos a que el terrorismo del socialismo marxista-leninista se salga con la suya y presente a las víctimas reales y potenciales como moneda de cambio para acercarse a su utopía totalitaria en la que, por cierto, no cabe ni un solo individuo libre.

Los derechos de Joan Saura

El conseller se escandaliza y no entiende que alguien pueda estar en contra de los derechos que él quiere instaurar, razón por la que siempre carga contra la derecha, el mal de todos los males. ¿Pero qué significa "derechos" en el idioma de Saura? Para este hombre de izquierdas, los derechos no son un don natural inalienable que posee el individuo y que pueda ejercer a su voluntad, sino que son una concesión del burócrata al hombre. En su visión, el jerarca supremo, él y los políticos, deciden quién ha de tener libertad y quién puede vivir a costa del resto de la sociedad. Libertad para el conseller es poder dirigir una sociedad de dueños y esclavos.

Les pondré un ejemplo. Saura se sorprende que alguien pueda estar en contra de una "renta básica" para los más pobres (artículo 24 del estatut), y así lo va proclamando por todas partes. Las conocimientos de la palabra libertad y economía no son lo suyo. Desde el punto de vista de la libertad, la redistribución estatal económica es un robo. Significa arrebatar por la fuerza el trabajo de una persona para dárselo a otra. La redistribución estatal puede estar muy bien vista, puede ser todo lo guay y socialista que queramos, pero es el antónimo a la palabra libertad. Si el señor Saura redistribuye el dinero de otros con la amenaza de la obligación gubernamental, entre quien sea, significa que el catalán que con su esfuerzo y trabajo se ha ganado su dinero no podrá disfrutarlo porque el conseller se lo habrá usurpado para transferirlo a otra persona o para engrosar las arcas del gobierno catalán. En otras palabras, Saura defiende expropiar la producción de una persona para que trabaje gratis para otra. A esta acción no se le puede llamar altruismo, sino esclavitud y tiranía. Altruista sería que nuestro conseller destinara una parte de su abultado sueldo a la beneficencia, redujera drásticamente su salario para que quedase en manos del pagar de impuestos catalán o incluso bajase los impuestos. La solidaridad es un acto voluntario, no una imposición que tenga que nacer de las leyes y ser acatada por el miedo.

El estatut de Cataluña es un peligro para la economía de los catalanes y para su auténtica libertad individual. Transfiere la responsabilidad del hombre libre al burócrata para que éste la gestione con total impunidad. Cuando oigamos a un político hablar de derechos y libertad, no nos tenemos que alegrar, sino asustar y coger bien fuerte nuestra cartera. El léxico de los políticos no tiene nada que ver con nuestra realidad. El estatut es un peligro, y quien mejor lo ha demostrado es el señor Saura.

Sellos y pensiones

El modelo de negocio de Afinsa y Forum se sustentaba parcialmente en un sistema piramidal que tarde o temprano tenía que hacer aguas. La revalorización de los sellos sólo suponía una parte de los suculentos intereses prometidos por la inversión, así que la diferencia se cubría gracias a la entrada de nuevos clientes que, con sus aportaciones en mano, se incorporaban a la base de la pirámide. De este modo, parte de las nuevas inversiones eran redistribuidas en lugar de ser capitalizadas. Un negocio como este depende de reproducir ad infinitum esa práctica, considerada fraudulenta por la imposibilidad material de cumplir con los compromisos que se adquieren con todos los clientes.

Así, la Ley de Ordenación del Comercio Minorista prohíbe tajantemente "la venta realizada por el procedimiento llamado «en cadena o piramidal» y cualquier otro análogo, [así como] proponer la obtención de adhesiones o inscripciones con la esperanza de obtener un beneficio económico relacionado con la progresión geométrica del número de personas reclutadas o inscritas".

Lo extraño del caso es que cuando es el estado el que lleva a cabo este timo, la misma gente que se enfurece con la pirámide de Afinsa y Forum, se congratula de los parabienes del sistema fraudulento. De hecho, el gobierno y los agentes sociales acaban de pactar la ampliación del colosal fraude piramidal del sistema de pensiones español y buena parte de la sociedad lo celebra con vítores y cava. Las aportaciones que los trabajadores de nuestro país realizan a la seguridad social no son capitalizadas sino gastadas en las prestaciones de otras personas.

El sistema es inviable a largo plazo y la esperanza de recibir una pensión en el futuro para quien cotiza hoy consiste en que la quiebra llegue después de haber cobrado. Como nadie quiere reconocer públicamente el problema, los políticos, conocedores del fraude que llevan décadas orquestando, tratan de poner parches y retrasar el derrumbe de la pirámide unos años más con ampliaciones del periodo de cotización, retrasos en la edad de jubilación, entradas masivas de inmigrantes y reducciones en la prestación. La diferencia con Afinsa y Forum es que mientras aquellas presuntamente complementaban la revalorización de los sellos con prácticas propias de un sistema piramidal, las pensiones públicas son un fraude piramidal 100% en el que participamos obligados.

Invierno nuclear

Hasta ciertos ecólogos, como el fundador de Greenpeace, Patrick Moore, miran a la energía del Uranio con otros ojos. Es barata, su combustible es abundante, no se concentra en países políticamente inestables y no emite gases; ni contaminantes ni con efecto invernadero. No hay motivos racionales para frenar el desarrollo de la energía robada a los átomos. ¿Qué hay, entonces?

El ecologismo no es la ecología, es una doctrina que toma la Naturaleza como excusa para dar rienda suelta a los instintos opuestos a las sociedades libres. La energía hace funcionar la maquinaria capitalista, y la nuclear sólo depende de factores que el capitalismo ofrece en abundancia: riqueza y conocimiento. Los ecologistas la temen y han sido eficaces impregnando la sociedad con su mensaje apocalíptico de la tecnología, de la razón, del progreso. Pero gran parte de nuestro bienestar, y con él de nuestra independencia está en resistirnos a éste.

Download this song

Odio estas cosas, lo admito. Pero esta vez es diferente, porque el mensaje es distinto: "Oiga, señor de las discográficas, su sistema no puede competir; este es el nuevo modelo de artista: ¡descarga de fichero completada!". MC Lars, el autor de esta canción, titulada "Download this song", tiene edad para haberse criado musicalmente en la época iniciada por Napster. Me extrañaría que esa canción de Iggy Pop que emplea no la hubiera escuchado por primera vez en un MP3 descargado "ilegalmente" en un PC o en un Mac; el vídeo en sí no deja de ser un homenaje a la revolución iPod. La canción no sólo incide en los males de un sistema de distribución obsoleto, sino en las virtudes de las nuevas y baratas formas de producción musical. "Sólo queríamos un campo de juego nivelado", argumenta. "La tierra es plana", concluiría Thomas Friedman.

El cambio que ilumina esta canción resulta notable. No es ya que los niños de ahora no vayan a saber qué es eso de un disco o un CD; es que las nuevas hornadas de músicos estarán plagadas de personas que aborrezcan la resistencia que las discográficas a la nueva tecnología de distribución y que no estén dispuestos a someterse a los contratos que éstas ofrecen para sacarlos al mercado. Y aunque siempre encontrarán chenoas dispuestas a someterse, un porcentaje creciente de la mejor música moderna será creada por esos músicos adaptados al mundo y la tecnología actual, y recelosos de esas grandes empresas discográficas.

Adam Smith ya previno contra los hombres de negocios, que no podían divertirse cinco minutos sin que terminaran pactando un monopolio. En el consenso socialdemócrata en el que se mueve Occidente desde el final de la Segunda Guerra Mundial, los mayores éxitos de empresarios obsoletos los han obtenido presionando al Estado para que tuerza las leyes en su beneficio. Pero como argumentó Robert Heinlein en su primer relato, "ni los individuos ni las corporaciones tienen el menor derecho de acudir a los tribunales y exigir que el reloj de la historia sea detenido, o retrasado, en beneficio particular suyo". La lástima es que una buena parte de la ley se ha consagrado en hacer ese trabajo, como la nueva Ley de Propiedad Intelectual que beneficiará a los que viven de la SGAE a costa del público. Una ley apoyada por el PP; ni siquiera el ejemplo de Miguel Bosé les ha hecho reflexionar ni un poco sobre lo cornudos y apaleados que son. Panda de idiotas.

No es éste evidentemente un problema que se reduzca a las compañías discográficas. Hace bien poco, paseando por la Feria del Libro con inmejorable compañía, decidí comprar una novela de ciencia ficción en la caseta de una librería especializada en el género, como todos los años. Mientras lo hacíamos conversábamos sobre el descuento oficial de la feria y la librera que nos atendió dio por supuesto que debía hacer proselitismo sobre el precio único de los libros como "la única manera de que las pequeñas librerías sobrevivan". Lo cierto es que no quise discutir; seguramente no habría sino arruinado la imagen que tengo de dicha librería y deshecho una relación, comercial, de muchos años, en el momento en que hubiera dicho que "así se ayuda a la cultura". Y es que en el fondo soy un sentimental. Pero eso no quita que me parezca absurdo aprobar una Ley del Libro construida en torno al concepto de precio único, olvidando que la reducción de precios de cualquier bien amplía la demanda y que, si deseamos que se lea más, reducir los precios de los libros es el mejor modo. ¿Imaginan un amazon.es con descuentos del 40% sobre el precio "oficial", tal y como sucede en Estados Unidos? ¿Soy el único en pensar que eso ayudaría a la cultura mil veces más que todas las pequeñas librerías que sobreviven de la venta de bestsellers y libros de texto en septiembre juntas?

¿Cuántos transexuales necesita Madrid?

En realidad, los socialistas están diciendo que hay que utilizar la fuerza (Estado) para proveer aquellos bienes que los individuos no desean cuando se les permite elegir (mercado). Sin embargo, hay que reconocer que el argumento tiene una cierta lógica aparente, incluso para ciertos liberales: dado que los individuos tienen ciertas necesidades que el mercado, por alguna extraña razón, no puede satisfacer, que sea el Estado quien lo haga.

La semana pasada nos enterábamos de que la Comunidad de Madrid rebasaba por la izquierda al Gobierno de ZP anunciando su intención de pagar las operaciones de cambio de sexo para los transexuales con el dinero incautado a los madrileños.

Atendiendo a esta justificación inicial e ingenua del Estado, las operaciones de cambio de sexo serían un bien colectivo imprescindible que el mercado no podría proveer por sí solo y que, por tanto, deberíamos costearlas entre todos.

Siendo ello así, habría que preguntarse qué cantidad de transexuales tiene que proporcionar el Gobierno regional para que la sociedad madrileña pueda funcionar de manera adecuada. ¿Cuál es la producción óptima a la que sólo puede conducirnos el sabio directorio estatal y no el errático mercado? ¿Qué número de transexuales necesitan los madrileños no transexuales para seguir viviendo? El hecho de que estas preguntas nos parezcan absurdas ilustra que la propuesta del Gobierno madrileño lo es en igual medida.

Hemos pasado de un estatismo formalmente timorato a un estatismo abiertamente desinhibido; un estatismo que ha sustituido (o complementado) su subsidiariedad retórica por su preeminencia práctica. Es el Estado quien define cómo y en qué hemos de emplear nuestro dinero, nuestro esfuerzo y nuestra libertad. Ya no se trata de que el Estado haga lo que nosotros queramos que haga, sino de que hagamos lo que el Estado quiere que hagamos.

En otras palabras, el Estado se muestra sin más medias tintas como un arma por la cual una minoría de la población explota a la mayoría o, como diría el liberal francés Frédéric Bastiat, una gran ficción a través de la cual todo el mundo intenta vivir a costa de los demás.

Esto lo podemos ver con claridad en la justificación ofrecida por la Consejería de Sanidad acerca de su renovado arrebato intervencionista con los transexuales: "Se trata de dar una respuesta a las necesidades de este colectivo".

Esta frase mete la pata en dos cuestiones esenciales. Primero, hablar de "colectivo transexual" supone caer en una de las típicas generalizaciones colectivistas que tanto agradan a nuestros políticos. Ni todos los transexuales han tenido que recurrir al dinero ajeno para operarse, ni todos los presentes o futuros transexuales han ejercido la presión sobre los burócratas para que se les concedan semejantes prebendas. En realidad, este uso ligero y simplón del lenguaje responde a un calculado objetivo de vender a la población madrileña el amañado humo de una militancia cerrada y sin fisuras entre los beneficiados por la gracia estatal.

El colectivo no existe salvo en la mente de los políticos que lo han diseñado. El transexual no integra una categoría distinta a la del común de los mortales; el hecho de que haya o quiera cambiar de sexo no es motivo suficiente para segregarlo en un colectivo apartado del resto de la humanidad. Son los políticos quienes dan auténtica carta de naturaleza a esas discriminaciones, marcando por ley a las personas en función de su arbitrario criterio caciquil.

La propuesta del Gobierno madrileño también explota a muchos transexuales que no integrarán esa categoría artificial pergeñada por la Administración. Pensemos simplemente en un transexual que ya se ha cambiado de sexo con su propio dinero; a partir de ahora, financiará la operación, coaccionado, a otros transexuales. El robo no lo perpetran los transexuales a los no transexuales, sino ciertos individuos concretos al resto de la población madrileña, entre la que también hay transexuales. ¿De qué agraciado colectivo hablamos?

Pero si el cliché gregario ya es sintomático, la concepción de un Estado que deba existir para servir intereses particulares lo es en mayor medida. La Consejería está reconociendo que el "colectivo" transexual se sirve del Estado para arrebatar dinero al resto de los madrileños, con el cual satisfacer sus fines privativos. Y dado que, como hemos visto, no existe ningún colectivo, sino sólo una suma de rapaces individuos, deberemos concluir que para la Consejería los intereses, los objetivos, los fines o los sueños de algunos madrileños son más importantes que los de otros; en otras palabras, para la Consejería, ciertos madrileños deberán vivir al servicio de otros madrileños.

Como decíamos, la coacción estatal se convierte en el instrumento por el que imponer a los demás mi escala de objetivos; a través de ella puedo utilizar a los seres humanos como medios inanimados de mis proyectos: les arrebato la riqueza que han generado y la utilizo para mi propio disfrute.

Nadie está negando el derecho de los transexuales a realizarse cuantas operaciones consideren convenientes y necesarias, muy al contrario. A lo que no tienen derecho es a realizarse esas operaciones a costa del dinero ajeno; a quedarse con la riqueza ajena e imponer sus fines particulares.

Por desgracia, en todo este asunto está muy presente el politiqueo, las burocracias y el clientelismo partidista, pero muy poco la libertad. Los transexuales tienen vía expedita para cambiarse de sexo del mismo modo que el resto de los mortales satisface sus fines cuando no parasitan al Estado: trabajando, ahorrando y pagando. El mercado sí puede proporcionar las operaciones que la gente necesita y está dispuesta a pagar: no existe ningún "fallo de mercado" que deba remedir el Estado. Lo que sobra son políticos, y lo que falta es esfuerzo personal.

Si los beneficios del cambio de sexo son puramente individuales, ¿por qué el coste de ese cambio debe provenir del trabajo y el ahorro ajenos? ¿Alguien ha preguntado a cada contribuyente por todos los fines que han dejado y siguen dejando de realizar como consecuencia del atraco fiscal? ¿Qué sentido tiene afirmar que la necesidad de cambiar de sexo resulta prioritaria sobre cualquier otra, hasta el punto de promoverla y obstaculizar las demás? ¿También se trata de un asunto urgente y fundamental para aquellos que no quieren cambiarse de sexo y que sin embargo están obligados a pagar?

Si los políticos quieren ser misericordiosos con ciertas personas, nadie les impide serlo; pero que lo paguen de sus bolsillos. Ser generoso con el dinero ajeno resulta tremendamente sencillo e hipócrita. Estamos ante un cochambroso pasteleo electoralista entre una parte del Estado y ciertos chupasangres bien colocados. Como siempre, el contribuyente paga la factura de esta desenfrenada orgía de votos y privilegios.

Caldera, ministro anti-trabajo

Parece como si el ministro de Trabajo hiciera todo lo que está en su mano por contener el magnífico ritmo de creación de empleo de nuestra economía.

La última y lamentable prueba de su desprecio hacia los trabajadores que quieren ser productivos es su posición en el debate de la nueva directiva europea sobre tiempo de trabajo. Usted pensará que qué es eso de que los políticos nos digan cuanto tiempo podemos trabajar, pero es que en la construcción de una Unión de Repúblicas Socialistas Europeas, ni las horas de ir al servicio pueden quedar al libre albedrío de los individuos.

La actual directiva de 1993 establece el máximo tiempo de trabajo semanal en 48 horas pero deja abierta la puerta a que el trabajador opte por ampliar el límite en una cláusula conocida como opting-out. Así que, en la práctica, en aquellos lugares de la UE donde los sindicatos no se dedican a hostigar a los trabajadores independientes o allí donde no son omnipotentes, los trabajadores gozan de libertad a la hora de decidir cuántas horas dedicar al trabajo y cuántas al ocio. Caldera, enemigo donde los haya de los acuerdos libres, ha lanzado toda su dialéctica socialista contra los políticos que entienden que debe ser el trabajador el que decida cuántas horas trabajar "argumentando" que "hay que poner fin a una excepción contraria a la salud y la seguridad en el trabajo y al modelo europeo".

Por fortuna, el ministro el gobierno socialista se ha topado con un grupo de políticos –encabezados por el ministro laborista del Reino Unido y seguido por los nuevos miembros de la Europa Central y del Este– que están dispuestos a defender la libertad de los trabajadores en este campo. Rechazan frontalmente la supresión de la cláusula que permite al asalariado superar el límite general de 48 horas. Esta situación puede llegar a poner a cada uno en su sitio; la cerrazón de Caldera ha hecho que Alemania apunte una solución en la que sólo los asalariados que trabajen en los países que se oponen a eliminar la cláusula puedan seguir disfrutando de la libertad de horarios de trabajo.

Es posible que Caldera esté extrapolando su realidad particular al del resto de los españoles. Y es que no me cabe duda de que mientras más limitada sea la jornada laboral del ministro de Trabajo, mejor estarían los trabajadores españoles. Sin embargo, eso no ocurre con la mayoría de los españoles. Las personas que sí realizan trabajos productivos pueden querer hacer un bien al resto de la sociedad trabajando unas horas más y ganándose una renta extra que puede servirle para acceder a bienes o servicios que de otro modo le hubiese sido imposible alcanzar. Pero eso va en contra del modelo autoritario de sociedad que Caldera y sus secuaces intervencionistas tienen reservado para los europeos.

El reto de Uribe

La marea negra de populismos antiliberales, que tras la victoria de Evo Morales parecía imparable, se ha roto ante la firme voluntad de los colombianos de continuar por el camino marcado por Uribe: decidida lucha moral y policial contra el terrorismo, integración en la economía mundial y libertad económica.

Uribe ha sido el mejor presidente al sur de Río Grande en las últimas décadas. Ha luchado eficazmente contra la guerrilla y ha aumentado la seguridad. Ha disminuido los secuestros y ha reducido el problema de la violencia política, lo cual le hace objeto de odio sin medida de nuestra izquierda. Hace dos años el Banco Mundial señaló a Colombia como el segundo país del mundo que más había reformado su economía, lo que sumado a la mejora de la seguridad ha permitido que la inversión foránea se multiplique. En la actualidad su país crece a un 5,8 por ciento y las perspectivas son buenas. Desde 1993 tiene un sistema privado de pensiones, al que está suscrita la mitad de la población, y que con el paso del tiempo va ganando terreno al sistema público. En 1991 puso en marcha un sistema de cheque escolar que comenzó a producir una progresiva mejora del sistema educativo básico de ese país, hasta que se suspendió. Debería continuar su reformismo económico, acaso fijándose en los ejemplos de Irlanda y Estonia, con sistemas fiscales más racionales y moderados y una decidida apertura a la economía mundial, algo esto último en lo que Uribe ha mostrado una gran decisión.

Los fracasos socialistas, por una razón que, reconozco, se me escapa, no suelen servir para escarmentar en piel ajena. Pero los países que sí han cosechado éxito suelen servir de ejemplo a los vecinos. Dos casos conspicuos son la reforma de las pensiones en Chile, que se está llevando a otros países iberoamericanos, o el tipo marginal único, que está produciendo una auténtica revolución fiscal. Colombia, si se mantiene en el camino de las reformas, cosechará éxitos que inspirarán a países vecinos, como lo ha hecho también Chile.

Pero Álvaro Uribe no puede quedarse en eso. Ha de convertir el éxito de sus políticas y el apoyo de su pueblo en la oportunidad para asentar unas instituciones que frenen, al menos durante algún tiempo, los perversos efectos que un nuevo Evo Morales colombiano. Uribe ha de seguir profundizando en las reformas económicas, en la lucha sin descanso y sin resquicio para el más mínimo gesto de debilidad moral, política o policial contra el crimen, contra la guerrilla. Pero su mayor tarea es institucional. Ha de dotar a su país de los instrumentos que permitan a la sociedad colombiana reaccionar si llega al poder un salvapatrias como los que le gustan al presidente Rodríguez. No debe fagocitar al partido liberal con su enorme figura, sino utilizarla para darle un ideario, unos ideales que le mantengan vivo después de su partida. La tentación personalista puede que sea irresistible cuando las instituciones son débiles, pero debe transformar su poder en una fuerza reformista al servicio de la libertad futura de los colombianos. Hoy es él quien controla la presidencia y el 80 por ciento del Congreso. Nada asegura que en el futuro la enfermedad política del populismo contagie al pueblo colombiano, y es entonces cuando se pondrán a prueba las instituciones democráticas.

En busca de los billetes perdidos

En todos los medios de comunicación nos dicen que la guerra contra los billetes es para combatir el terrorismo y actividades criminales. Es el truco que nunca falla, el gobierno instaura el miedo para poder beneficiarse a expensas de la sociedad civil. Los terroristas internacionales y grandes criminales pueden encontrar un sinfín de fórmulas para blanquear su dinero en la sociedad globalizada de hoy día. Tal vez esta fórmula del gobierno pudiera haber servido en la época de Al Capone, pero ahora resulta altamente ineficiente. Para luchar contra el crimen, existen medidas mucho más efectivas. Esto nos sugiere que la Hacienda Pública tiene en realidad otro objetivo.

La gran afluencia de billetes de 500 euros hacia España no se debe al terrorismo sino a la economía sumergida más común e inocua. En nuestro país, más del 20% del PIB es ajeno al control estatal moviéndose el capital entre autónomos, comerciantes, empresarios y gente trabajadora que no quiere ver expropiado su trabajo por el falso eslogan del bien común.

La lucha del gobierno contra el blanqueo de capitales es una faceta más de la eterna lucha del poder político contra la gente. En esta campaña de acoso, el gobierno socialista también ha involucrado a la banca privada obligándoles a que trabajen para ellos. La última misiva del Sepblac (Servicio de Prevención de Blanqueo de Capitales) ha advertido a las entidades crediticias la obligación de fiscalizar a sus clientes, especialmente a los que están en lo que denominan "zonas calientes", es decir, el sur y la costa de España. Pero estas regiones no se caracterizan por la afluencia de terroristas, sino de turistas y residentes (muchos jubilados) de alto nivel adquisitivo. La propia nota del Sepblac se delata. El único interés del gobierno es la recaudación y su falsa excusa la seguridad y el bien común.

Como ya apuntó el economista Ludwig von Mises, cuando a una empresa se la somete a controles, reglas y leyes para que obedezcan al estado lo único que conseguiremos es que ésta pierda su visión comercial para dedicar sus recursos a la burocracia en lugar de destinarlos a la satisfacción del consumidor. Con este tipo de estado policial financiero lo único que conseguiremos es expulsar la riqueza de nuestro país entorpeciendo además la labor comercial de las empresas privadas.

Los billetes de 500 euros no son la causa del malestar económico, sino sólo un síntoma. La solución no pasa por endurecer y vigilar más a cada ciudadano, sino en otorgar mayor libertad económica para sacar a flote ese 20% del PIB español que vive escondido por el miedo a la expoliación.

Allons enfants de los impuestos

El responsable de la idea ha sido un eurodiputado francés del partido de Chirac, Alain Lamassoure, sin duda envidioso por los pocos impuestos que, en comparación, tienen los demás europeos. Ya que nos arruinamos, arruinémonos todos juntitos, habrá pensado. Y es que Francia encabeza el "índice de miseria fiscal", elaborado por Forbes, por delante incluso de un país comunista como China.

Uno de los impuestos que propuso fue una tasa de 0,00001 euros por cada correo electrónico enviado. Seguramente no se dio cuenta de todas las implicaciones de semejante estupidez. Concedámosle algo: la cifra es tan pequeña que, por una vez, un impuesto no iba a modificar nuestro comportamiento. Ni siquiera el de los que envían spam a cientos de miles de direcciones; les saldría a unos pocos euros la broma. Sin embargo, ignoro cómo planeaba cobrar dicho impuesto. Digo yo que lo intentarían cobrar a las empresas desde cuyas máquinas se hacen dichos envíos. Pero, ¿y si yo, europeo, envío un correo por medio de Gmail o Hotmail, ambas empresas norteamericanas; la UE querría cobrar algo? Bueno, querer querría pero, ¿podría? Es más, dado que no es obligatorio incluir un remitente real en los mensajes electrónicos, nada sería más fácil que eludir ese impuesto. Tampoco quiero ni imaginar el dinero que se podría gastar en recaudar todo eso, ni el que tendrían que tirar a la basura las empresas en hacer el papeleo, más que nada porque debo reconocer que no sabría ni cómo empezar a hacer los cálculos.

Eso sí, se pueden hacer algunas estimaciones de lo que se podría recaudar. Si se cree que se enviarán en el mundo aproximadamente un billón de mensajes en 2006, y suponemos que desde la Unión Europea se realizará un porcentaje similar a su participación en el PIB mundial, un 18%, de los envíos, se recaudaría cerca de 2 millones de euros al año, suponiendo que los costes administrativos fuesen cero. Dado que mantener a un eurodiputado, entre sueldo, secretarias y prebendas, cuesta unos 2’5 millones al año, cabría sugerir que saldría más rentable quitarnos de encima a Alain Lamassoure y reducir en uno el número de parlamentarios de la Eurocámara. No creo que nadie lo notara. Para mal, al menos.

Quizá consciente de que en esta ocasión había dicho una estupidez excesiva incluso en un europarlamentario francés, Lamassoure se ha echado atrás en el impuesto a los correos electrónicos, manteniendo la otra parte de su propuesta original, una tasa de céntimo y medio por cada SMS enviado, que además se cobraría sólo a las operadores, como si éstas no fueran a repercutirlo en los usuarios, como sucede con el canon de la SGAE. Eso sí, esto ya es otra cosa, al menos en cuanto a cifras: podría suponer unos 5.000 millones de euros. Se ve que, siguiendo una larga tradición, el europarlamentario ha salido a la calle, ha visto algo que hacen mucho los europeos y ha regresado con una propuesta para ponerle un impuesto. No existe ninguna razón especial para imponer otro impuesto además del IVA que ya pagan. Con la gasolina aducen la excusa del medio ambiente, con el tabaco la de la salud pero… ¿con los SMS? ¿Han de sufragar enormes gastos en volver a enseñar ortografía a los usuarios, quizá?

Si desean dinero, eliminen la Política Agraria Común, por ejemplo. Así tendrían campo incluso para bajar los impuestos, si no fuera porque para los políticos europeos eso de quitarles menos dinero a los ciudadanos es tema tabú.