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Adiós a la sonrisa sardónica

Galbraith fue toda su vida un fiel servidor del poder político, ya fuera de modo directo (como encargado del control de precios con Franklin Delano Roosevelt, como embajador en la India con Kennedy o como asesor presidencial con Johnson) o, sobre todo, indirectamente (a través de su labor como intelectual orgánico). Fue una persona dedicada por entero a denigrar y desprestigiar el capitalismo para, así, justificar la expansión del estatismo.

Como buen historicista, Galbraith creía que habíamos alcanzado un estadio histórico donde las antiguas leyes económicas habían perdido validez, y que, por consiguiente, había que replantearlas a la luz de las nuevas condiciones sociales, caracterizadas por el abandono de la ancestral pobreza y la entrada en un mundo de opulencia y despilfarro.

Las nuevas leyes de la economía que el canadiense pretendió rescribir giraban en torno al concepto de "tecnoestructura", o clase gerencial, a la que consideraba la autora de los nuevos regímenes de explotación. En efecto, en el mundo galbraithiano la tecnoestructura consigue no sólo emanciparse de la sociedad, sino nutrirse de ella; no responde ante nadie, y sus beneficios dependen de su autónoma voluntad.

Los gerentes de las grandes empresas controlan tanto sus ingresos como sus gastos fijando unilateralmente sus precios y sus costes. Las corporaciones moldean a su gusto la voluntad de sus consumidores y de sus proveedores; tienen un poder omnipotente. De hecho, las dos obras más importantes de Galbraith, La sociedad opulenta y El nuevo Estado industrial, se dirigen a demostrar el control que ejercen las empresas sobre estos dos grupos sociales.

En la primera, el economista canadiense desarrolla su conocida teoría del "efecto dependencia". Las sociedades occidentales han alcanzado un nivel de riqueza tan grande que la producción adicional es del todo innecesaria; el consumo desbocado no es racional, ya que no satisface las necesidades privadas de los individuos y, en cambio, reduce la cantidad de servicios públicos que el Estado puede proveer.

La sociedad opulenta de Galbraith, por tanto, se caracteriza por una hipertrofia del sector privado frente al público. Las masas desean un incremento de la cantidad y calidad de los servicios públicos, pero los recursos se destinan a un consumo privado superfluo gracias a la manipulación publicitaria.

Las grandes corporaciones, en otras palabras, son capaces de crear su propia demanda a través de la publicidad, lo cual reduce el número de recursos que se habrían dedicado al Estado. El consumidor deja de ser soberano y se convierte en un esclavo de las empresas.

Los errores de esta teoría son evidentes. El efecto dependencia es un argumento non sequitur; aun cuando las empresas nos crearan las necesidades, eso no significaría que nuestras necesidades primitivas fueran mejores que las inducidas. Como ya apuntara Hayek, las únicas necesidades propias de un ser humano aislado son comer, beber y dormir, por lo que, en ausencia de influencias externas, ni el lenguaje, ni la escritura ni el arte se habrían desarrollado. Para revertir el "efecto dependencia" es necesario permanecer eternamente en la Prehistoria; convertirnos en animales y responder tan sólo a nuestros instintos más primarios.

Además, si la publicidad fuera tan efectiva en moldear las necesidades de las personas, ello no significaría ni mucho menos que el sector privado absorbiera parte de los recursos que corresponderían al público. La publicidad más incesante, insoportable y continuada a la que están sometidos los ciudadanos occidentales es la propaganda política. De hecho, el sector público ni siquiera tiene que manipularnos para crecer y expandirse, basta con que haga uso de la coacción policial e incremente los impuestos y el gasto. Y es que hablar de un Estado demasiado pequeño, cuando hoy en día copa alrededor del 50% de la economía, no puede sonar más que a un profundo sarcasmo.

Galbraith pretende actuar como un eficaz publicista para crear en nosotros un efecto dependiente hacia el Estado, del que indudablemente salen beneficiados los burócratas a sueldo como él. Su papel es el del intelectual orgánico del régimen: vestir al emperador desnudo. Su éxito es el fracaso de la sociedad civil y de las relaciones voluntarias; el triunfo de la sumisión a la mentira, a la política y al Estado.

Si en La sociedad opulenta Galbraith quiso probar la subordinación del consumidor a los dictados de la tecnoestructura, en El nuevo Estado industrial trató de demostrar cómo las corporaciones dominaban también a los proveedores, gracias a su poder monopolístico.

De esta manera, las grandes empresas no sólo fijaban los precios a los que querían vender sus productos, sino los precios a los que comprar los factores productivos que necesitaban para su funcionamiento.

La tecnoestructura de las corporaciones sólo tenía que determinar el nivel de beneficios deseado para continuar creciendo, perpetuándose como eternos rentistas del libre mercado. Los gerentes ni siquiera eran responsables frente a sus accionistas, demasiado divididos en multitud de pequeñas acciones como para expulsar a los miembros de la tecnoestructura. Los propietarios de las empresas eran, en realidad, un personal pasivo al que se satisfacía con regulares pagos de dividendos; pero el auténtico poder del sistema económico residía en el gerente, auténtico factótum de la corporación.

Ante esta perspectiva, el canadiense sólo pudo rememorar el célebre monopolio único de Marx al afirmar que el crecimiento de las empresas era ilimitado.

Lo cierto es que el ente empresarial descrito por Galbraith posee todas las características de un Estado socialista: fijación de precios y salarios, imposición de los patrones de consumo y tamaño mastodóntico. Las diferencias son tan minúsculas que, como el propio autor reconoce, no habría ningún problema en sustituirlas por empresas públicas.

Ludwig von Mises apuntó que el problema del socialismo consistía en la imposibilidad del cálculo económico en ausencia de precios de mercado. La corporación de Galbraith, sin embargo, es capaz de establecer ella sola los precios de mercado y de seguir obteniendo beneficios. El socialismo, bajo el análisis del canadiense, es perfectamente realizable, no hay problema alguno de cálculo. De ahí que el siguiente paso sea pedir la intrusión del Gobierno en la economía, para conseguir engordar al escuálido sector público.

Sin embargo, este análisis también está profundamente viciado. Las grandes compañías siguen sometidas a la competencia, a los consumidores y a los capitalistas; su función es producir aquello que las masas desean para obtener beneficios: en caso contrario, los individuos adquirirán los productos ofrecidos por otras empresas.

Las empresas con mayor cuota de mercado son las que mejor satisfacen a los consumidores y, por tanto, las que más ricos han hecho a sus propietarios. Gracias a los beneficios obtenidos a lo largo de su vida, aquellos que colocaron su capital en los proyectos acertados derivaron ingentes ganancias. Si una empresa está dirigida por una tecnocracia ineficiente que ataca de manera continuada los intereses de los consumidores y los capitalistas, es obvio que el precio de sus acciones se derrumbará y será objeto de numerosas ofertas de adquisición, para conseguir despedir a esos gerentes y devolverla a la senda de la rentabilidad.

Los análisis de Galbraith se desvanecen al más mínimo zarandeo. Su profesión no fue nunca la de los científicos, sino la de los publicistas que tanto vilipendió. Sus conclusiones económicas conducían inevitablemente a abrazar el socialismo; de hecho, en 1984, poco antes de caer el Muro, no tuvo reparos en afirmar:

"En parte, el sistema ruso tiene éxito porque, a diferencia de las economías industriales de Occidente, utiliza toda su mano de obra".

Fue el mismo Galbraith que años antes, cuando ya era un reputado keynesiano, había reconocido en su libro La era de la incertidumbre, con una sinceridad entre pasmosa y vergonzosa, que "Hitler fue el auténtico precedente de las ideas keynesianas". De nuevo, claro está, por la capacidad del Gobierno alemán para movilizar a todos los trabajadores del país en una obra común.

Dos botones que demuestran cómo el sistema galbraithiano no sólo era erróneo sino que conducía inevitablemente hacia el totalitarismo. Poco más puede esperarse de un autor para quien el Gobierno siempre fue demasiado pequeño y el mercado demasiado libre.

Quizá lo más triste y trágico que pueda decirse tras la muerte de un pensador que dedicó toda su vida al estudio de los fenómenos económicos es que nunca llegó a entenderlos. Aferrado a un paradigma caduco y falaz, sólo jugó el papel de tonto útil para los políticos y los burócratas, la auténtica tecnocracia que ha camelado a los ciudadanos occidentales –y entre ellos a Galbraith– con sus soflamas y su virulenta propaganda.

Galbraith ha muerto. La libertad y la ciencia económica no lo echarán de menos.

Una denuncia constante de la mentira

Es sólo una de las muchas frases perfectas que jalonan su obra, porque a la grandeza de su pensamiento hay que sumar la habilidad de un escritor excelente. "El club con más socios del mundo es el de los enemigos de los genocidios pasados. Sólo tiene el mismo número de miembros el club de los amigos de los genocidios en curso." (La gran mascarada, 2000). "La certeza de ser de izquierdas descansa en un criterio muy simple, al alcance de cualquier retrasado mental: ser, en todas las circunstancias, de oficio, pase lo que pase y se trate de lo que se trate, antiamericano", "La globalización es el chivo expiatorio de los inútiles". (La obsesión antiamericana 2002). "La tentación totalitaria, bajo la máscara del demonio del Bien, es una constante del espíritu humano." (La tentación totalitaria, 1976).

La ajetreada vida de Revel

Hace una década, Jean François Revel se sentó a escribir su autobiografía, la memoria de una larga y ajetreada vida dedicada casi por entero al oficio de pensar. El título no podía ser más afortunado: El ladrón en la casa vacía (1997). Revel nació un 19 de enero, entre las dos guerras mundiales, en la ciudad de Marsella. Su familia, sin embargo, no era marsellesa sino proveniente del Franco Condado, un trocito de Francia de ida y vuelta que hasta tuvo, en el remoto pasado, su periodo español. Recibió sus primeras letras en casa, como siempre sucede, aunque las biografías oficiales insisten en que fue en la Escuela Libre de la Provenza donde aprendió a leer y a escribir, facultades que, con la de razonar, le permitieron ganarse la vida.

En 1940, cuando sólo tenía 16 años, los alemanes invadieron Francia. Fue resistente con convicción pero sin heroísmos de cartón piedra. Tras la victoria aliada decidió que lo suyo era la carrera universitaria. Su amor por la vida se lo impidió. Dejó embarazada a una joven periodista, a causa de Sartre según contó después, y los sueños de juventud se evaporaron. Empezó entonces su peregrinaje por México, por Argelia o por España, porque Revel viajó todo lo que se le debe exigir a un filósofo y un poco más. Francia perdió un profesor universitario, el mundo, a cambio, ganó un gran pensador, un gran humanista y quizá el último francés cosmopolita.

Revel lo abarcó todo, desde la economía hasta la política pasando por la historia, la filosofía, el periodismo y el arte, sin descuidar, naturalmente, oficios más mundanos como la gastronomía o el buen gusto por las mujeres. A diferencia de sus contemporáneos, conservados en la naftalina universitaria, fue el filósofo integral.

Ideológicamente, viajó también; del socialismo ambiente bastante común entre los jóvenes de los años 40 al liberalismo clásico que muchos entonces consideraban trasnochado. En esto coincidió con el austriaco Ludwig von Mises, la otra gran cabeza de la posguerra, tan incomprendido como Revel, o más. Revel, que fue siempre un optimista sin remedio, haciendo oídos sordos a los que le acusaban de nostálgico reclamaba una "revolución liberal" que liberase a Europa de los regímenes socialburocráticos que la paz trajo consigo.

Su enemigo privado y al que combatió con más ahínco fue el socialismo real, el que tenía a media Europa esclavizada. Él mismo había sido militante del partido, sólo tres días, al cabo de los cuales, rompió en público su carné. Predicó durante años en el desierto y, ya en la etapa terminal de su vida, pudo ver como el sangriento espectro del comunismo moría en las cancillerías pero no en las conciencias.

Revel, maestro de liberales españoles

La generación de liberales que hemos terminado formando el Instituto Juan de Mariana tenemos con casi el único francés liberal de renombre que quedaba entre nosotros una deuda impagable. La última vez que muchos pudimos escucharle fue en su homenaje auspiciado por FAES en un gran hotel próximo al Madrid de los negocios. El viejo león marsellés imprimió un tono de sagacidad e ironía en sus palabras, aunque ya se advertía que era un hombre gastado, una sombra del que, pocos años antes, contestaba las preguntas de Federico Jiménez Losantos en "La Linterna". Al día siguiente, el presidente Aznar le concedía la máxima condecoración civil en España. Poco tiempo después llegó el atentado, la derrota y todo lo demás. Era el epílogo español a su obra y también el fin impensado de una manera de hacer política en este país.

No fuimos pocos los que iniciamos nuestro camino por los senderos del liberalismo gracias a alguna de sus obras. Daniel Rodríguez Herrera recuerda, precisamente, cómo aquella entrevista radiofónica del año 2000 –reflejada luego por Revel en Diario de fin de siglo (2001)– lo llevó a leer La gran mascarada, el primer ensayo liberal que pasó por sus manos y, casi, el primer texto político que leyó, aparte de columnas periodísticas. "Por primera vez veía negro sobre blanco un montón de cosas que circulaban por mi cabeza pero a las que no acababa de dar forma concreta. A partir de ese momento me puse a leer a otros grandes, que me confirmaron en algunas de mis ideas y me hicieron cambiar otras. Pero ya no volví a tener unas ideas sustentadas en la nada o en la mera intuición", explica.

Gabriel Calzada, presidente del Instituto Juan de Mariana, recuerda que "la lectura de El conocimiento inútil –recomendada por Ramón Cotarelo– tuvo una gran influencia sobre mi forma de entender la manera en la que las ideas se extienden por la sociedad". Si hasta entonces pensaba que la "estrategia de propaganda deshonesta" era propia de los grupos de izquierdas canarios a los que había pertenecido, Revel le mostró que "el uso sistemático de la mentira como elemento de intoxicación informativa es la herramienta clave de todo el movimiento socialista". Fue el primer libro liberal "serio" que leyó, y le "dirigió hacia los teóricos del liberalismo económico", afirma el ahora doctor en Economía y profesor de la Universidad Rey Juan Carlos.

Fernando Díaz Villanueva relata su lectura casual, a los 19 años, también de El conocimiento inútil. "Educado en el socialismo moderado, intervencionista y bienpensante tan en boga en la España de primeros de los 90, fue como administrar un purgante en mi conciencia de universitario", relata. Después de leer al genio francés, no pudo sino preguntarse "por qué se habían empeñado durante tantos años en complicar lo que siempre había sido sencillo". "A Revel le debo gran parte de lo que, intelectualmente hablando, he llegado a ser", concluye; una frase que suscribimos muchos.

Contra la mentira

La constante en la obra de Revel es la denuncia del totalitarismo, y del uso de la mentira y la propaganda a favor de las ideas de la izquierda. Es una severa advertencia a la ingenuidad que aún muchos liberales padecen, la de creer que la mera exposición de la verdad es suficiente para desterrar automáticamente los errores y las falsas doctrinas. La de pensar que los enemigos del liberalismo usan su capacidad racional para buscar la verdad con honestidad, cuando ésta es empleada generalmente en el diseño de formas de ocultar o dulcificar la realidad tanto de la teoría como, sobre todo, de la práctica del socialismo.

Revel desvela que el ataque de los enemigos de la libertad se ha dirigido, de forma deliberada, a corromper y demoler los fundamentos que sostienen nuestra sociedad con el objetivo de sustituirla por otra, aquella diseñada y dirigida por la izquierda. Y es que, para destruir una sociedad que depende de mantener ciertas normas éticas, del uso de la razón y de la información veraz es preciso corromper la ética, negar la capacidad de la razón y, sobre todo, contaminar las fuentes de formación e información de los ciudadanos: la educación y los medios de comunicación, objetivos de la izquierda desde Gramsci y que, una vez colonizados, permanecen como quinta columna de las sociedades libres pese a la caída del muro.

Esta es, tal y como nos muestra Revel, la estrategia que han empleado siempre los enemigos de la libertad y de la civilización occidental. Y tal ha sido su éxito que han conseguido sobrevivir a sus propios fracasos en el banco de pruebas de la Historia e, incluso, al derrumbe completo de su utopía de cabecera. Porque han conseguido que la mentira sustituya a la verdad, transformándola en la primera de todas las fuerzas que dirigen el mundo.

España va bien

La tasa de paro ha subido en el primer trimestre de 2006 y se sitúa por encima del 9%. Sin embargo, los españoles hemos creado 907.500 puestos de trabajo en el último año haciendo que la tasa de desempleo haya bajado en algo más de un punto porcentual. La inflación de precios parece estar fuera de control. En términos interanuales se sitúa en el 3,9%, la tasa más elevada desde el año 2001. Este fuerte ritmo de incremento de los precios está causado por una expansión crediticia espectacular unida a unas menguantes tasas de ahorro. El euribor sube (ya está al 3,22%) y las endeudadísimas familias españolas tendrán que apechugar si quieren pagar las hipotecas de sus viviendas. Muchas empresas españolas pierden competitividad –por el diferencial de inflación y por las tasas negativas de productividad del trabajo– y esto se refleja en un incremento del déficit comercial. Por otro lado cabe resaltar que las cuentas públicas arrojan un superávit histórico.

Lo cierto es que la economía podría ir mucho mejor pero no va mal si nos comparamos con los decadentes países del entorno. En parte porque había cogido carrerilla durante los dos gobiernos del PP y en parte porque la política del ministerio de economía del actual gobierno no se diferencia mucho de aquella, ambas bastante menos intervencionistas que las de los gobiernos socialistas de Felipe González.

Las desatinadas acciones que dirigen a nuestra economía lentamente hacia el despeñadero proceden del resto de los ministerios. Esta gente no parece tener conciencia de que la libertad individual y el estricto respeto de la propiedad privada son los factores que determinan la salud de una economía a medio y largo plazo. La ley de igualdad, la de dependencia, los proyectos de ley sobre medicamentos, las nuevas normativas sobre construcción de viviendas, las medidas adoptadas en materia de medio ambiente, la ley de adoctrinamiento educativo, las subidas de salarios mínimos o el descarado intervencionismo energético son ejemplos cotidianos de un intervencionismo rampante.

No todo ha ido en esa nefasta dirección. Ha habido algunas honrosas excepciones. El permiso de libre circulación, residencia y trabajo en nuestro país para las personas provenientes de los países de este de Europa recién incorporados a la Unión Europea y la disposición a establecer un sistema de financiación autonómico con mayor grado de corresponsabilidad son los dos únicos ejemplos que me vienen a la mente.

Por desgracia, las próximas reformas laborales y fiscales no hacen pensar que este gobierno vaya a cambiar el rumbo socializante que emprendió hace dos años y que nos dirige hacia un futuro sombrío y falto de libertades. Si Zapatero no sufre una transmutación ideológica seguiremos padeciendo el talante autoritario adornado con sonrisitas y glamour cutre de oenegé que hunde lentamente la economía y empobrece a los españoles.

Galbraith y el enfermo imaginario

Una de ellas es la idea de que nuestras necesidades no nos pertenecen ni tienen nada que ver con nosotros, sino que nos vienen impuestas desde fuera. En concreto desde la publicidad, de la que se valen las malvadas empresas para crearnos el deseo de entregarles nuestro dinero a cambio de cosas que, en realidad, ni queremos ni necesitamos. La publicidad farmacéutica, dicen, nos convierte en enfermos imaginarios. Esta es una idea muy típica de los ungidos, ellos se saben más listos que nadie y ven lo tonta y desvalida que es la plebe, a la que quieren rescatar de las garras de los desaprensivos.

Este engaño ha sido repetido recientemente, llevado al campo de la farmacopea. Resulta, dicen los autores de un artículo, que las empresas hacen que “las dolencias falsas convierten a las personas sanas en enfermas y exageran problemas leves con el fin de aumentar las ganancias”. ¿Crea la publicidad necesidades falsas? ¿Somos el común de los mortales unas veletas a merced de las decisiones de las empresas de que les entreguemos nuestro dinero, sin que lleguemos a saber decidir sobre cuáles son en realidad nuestras necesidades? ¿Sólo los ungidos pueden escapar como Houdinis a la tiranía de los anuncios, e incluso denunciar ante nuestra conciencia torturada la trampa de que somos objeto?

La casualidad ha querido que la reedición de esta idea haya coincidido con la muerte del economista que más se ha identificado con ella el pasado siglo, John Kenneth Galbraith. Para él, las necesidades básicas tiempo ha que están cubiertas en nuestras sociedades opulentas, y el resto de necesidades son el fruto de la aparición de nuevos productos inventados por la industria, y de la publicidad como medio para condicionar nuestro comportamiento. Hayek dejó esta idea en la nada, y pocos son ya quienes la toman en serio. Es verdad que nos cueste desear lo que no conocemos y que el hecho de vivir en una sociedad concreta, con un desarrollo específico de la tecnología y una oferta determinada de bienes nos ayuda a elegir. El Cid nunca deseó perseguir sarracenos en coche y hay infinidad de bienes que nosotros no deseamos por el simple hecho de que aún no los hemos concebido o no los creemos posibles, pero que estarán en el mercado en el futuro. El hecho de que con la civilización vaya aumentando el número de opciones a nuestro servicio no hace de cada una de ellas algo falso, pregúnteselo a quien va a un comercio a comprar una lavadora si la necesita o se está dejando llevar por un espejismo.

Los empresarios toman por principal tarea dar con la mejor forma de satisfacer las necesidades de los ciudadanos. Algunos de ellos dan con ese producto que nadie antes ha concebido, pero que le es de gran utilidad a una porción significativa de la sociedad. El hecho de que no se le haya ocurrido a cada uno de los nuevos compradores no quiere decir que la necesidad de ese producto sea falsa. Es, simplemente, que alguien dio con ese nuevo bien, que es conveniente para los consumidores, como demuestran dejando dinero en la caja para poder llevárselo, antes que los demás. Pero como las necesidades futuras o latentes en la sociedad no son fáciles de conocer, no es de extrañar que sean innumerables los productos, incluso ampliamente anunciados, que desaparecen de los mercados sencillamente porque la gente no los quiere. A ver si eso de que la gente tiene necesidades falsas impuestas por la publicidad va a ser falso, después de todo.

La publicidad es una forma de comunicación de las empresas con el ciudadano que no solo es perfectamente legítima (los socialistas siempre intentando coartar la libertad de expresión), sino que es útil, porque sirve para dar a conocer al consumidor que tiene nuevas opciones entre las que elegir. Robarle este conocimiento, como hace la Directiva 2001/83/CE que permite “prohibir en su territorio la publicidad al público general sobre productos médicos, cuyo coste pueda ser reembolsado”, o sea, pagado por el Estado, empobrece a la sociedad y le resta capacidad de decisión, con consecuencias muy graves de economía y salud pública, como muestra un futuro informe elaborado por el Instituto Juan de Mariana.

Quién provoca enfermedades

No puedo estar más de acuerdo con la primera parte, pero la conclusión de Henry es parcial, interesada y totalmente antisocial. El economista y filósofo Hans-Hermann Hoppe también ha apuntado similares reflexiones pero teniendo en mente el sistema de Seguridad Social. Para Hoppe los subsidios de enfermedad, discapacidad… generan más enfermedades y dolencias desanimando el trabajo, esfuerzo individual y la solidaridad para generar una sociedad hedonista que sólo aspira a vivir de los demás.

¿Pero tiene razón Hoppe? Uno de los ministros de economía del gobierno de Felipe González afirmó algo similar: el nivel de enfermos y discapacitados en España sólo pueden ser creíbles después de un desastre natural o guerra civil. Sin duda es una exageración, pero no le faltaba parte de razón. Los países con mayores niveles de protección médica estatal tienen mayor número de enfermos y discapacitados. Por ejemplo, según el CERMI (Comité Español de Representantes de Personas con Discapacidad) en España hay aproximadamente un 10% de personas con algún tipo de discapacidad, mientras que en países con gobiernos más agobiantes, como Finlandia, la cifra aumenta al 23% de la población. Expresado de otra forma, de diez finlandeses, dos tienen alguna discapacidad. No es muy creíble. ¿También es culpa del marketing de las farmacéuticas? Si el estado subvenciona las enfermedades es inevitable que estadísticamente haya más enfermos.

Lo que está afirmando Henry es que todos somos idiotas menos él, por eso sucumbimos ante las farmacéuticas perdiendo nuestra personalidad y gustos comprando todo lo que se nos anuncia. Pero todas las transacciones comerciales son voluntarias. Usted compra si quiere, y por actuar de esta forma nadie tiene ningún derecho moral a llamarle estúpido como hace Henry con la intención, además, de convertirse por este camino en el amo y señor de nuestra libertad a costa de nuestro dinero. La afirmación de Henry, apuntada al principio de este artículo, es totalmente cierta, pero sólo si hace referencia a un sistema sanitario intervencionista y totalitario como el europeo. En el mundo real cada uno sabe mejor que nadie qué es bueno para él sin necesidad que nos lo imponga un tecnócrata desde un despacho.

Ante esta actitud absolutista, algunas organizaciones ya se han lanzado a la defensa del consumidor. El Instituto Juan de Mariana lanzará en breve un informe sobre la libertad de información de los medicamentos. Cuando lea el informe le va a sorprender lo que los gobernantes pretenden hacer con nuestras vidas y libertad.

Si lo que realmente queremos es hacer desaparecer las falsas enfermedades tendremos que revisar y pensar seriamente en eliminar, no la publicidad de unas empresas farmacéuticas cuyos productos usted compra si quiere, sino el intervencionismo de estado que genera una mentalidad irresponsable y de sálvese quien pueda, donde el premiado vive a expensas del trabajo de otros aun estando perfectamente sano.

Incompetencia a la Vista

Sin embargo, mientras que la compañía de Redmond se refiere al proceso de emulación y rivalidad que se produce en un mercado libre entre oferentes que quieren alcanzar el favor del mayor número posible de consumidores, la Comisión tiene en mente el modelo abstracto de "Competencia Perfecta" en el que todos los productores de una industria venden exactamente el mismo producto, al mismo precio e incurriendo en los mismo costes.

Llamar competencia a lo que no puede ser sino su ausencia más absoluta y situación de monopolio a emular a los demás productores se ha convertido en el pasatiempo favorito de políticos ávidos de intervencionismo y de economistas con hambre de subvención pública. Hace más cuatro siglos que Jerónimo Castillo de Bobadilla explicó que la competencia es un proceso de rivalidad que tiende a seguir los designios del consumidor y a reducir los precios de los bienes y servicios. Hoy, en cambio, cuando oímos a un político decir que hay que hacer respetar la competencia podemos estar seguros de que se refieren a intervenir en los acuerdos que se producen en el mercado libre entre oferentes y consumidores sobre, por ejemplo, si un reproductor audiovisual debe estar integrado o no en un sistema operativo.

Desde el Sherman Act hasta el caso Microsoft, la regulación antitrust ha sido la excusa de productores ineficientes para solicitar al poder político que deshiciera la voluntad de los consumidores. A finales del siglo XIX fueron los ganaderos de los estados centrales de los EE.UU. quienes suplieron su incompetencia frente a las nuevas factorías de Chicago con el uso de los mandatos establecidos gracias a sus labores como lobby. Hoy es una coalición de políticos intervencionistas y productores de poca monta quienes tratan de encorsetar la realidad dinámica del mercado dentro de los estáticos moldes de las leyes antitrust.

El caso de la Comisión Europea contra la empresa de Redmond supera las fantasías del regulador más compulsivo. Primero se acusa a Microsoft de cuasi-monopolio. Vamos, dicho en Román Paladino, de haber competido con éxito y logrado en una gran medida satisfacer el deseo de los consumidores. Después, se la condena por integrar un programa de video en su plataforma Windows –es decir, por hacer lo que hacen los productores de todas las industrias- y, por último, por no facilitar a la competencia que le desbanque con facilidad. Por delitos tan graves como esos se condenó a Microsoft a pagar casi 497 millones de euros y dos millones diarios más hasta que hubiese enseñado a la competencia todos los secretos de la compatibilidad.

La Comisión ha anunciado que ahora está pre-ocupada ante la posibilidad de que el esperado sistema operativo Windows Vista pueda incluir alguna herramienta que antes se vendiera por separado de modo que el comportamiento de la empresa hurte a los consumidores su libertad de elección. Catalogar la integración de varios servicios como acción contra la libertad de elección no sólo va contra la lógica más elementas sino también contra la práctica empresarial más característica de nuestro mundo industrial desarrollado en el que el consumidor exige cada vez productos más versátiles.

A estas alturas Microsoft ya lleva "invertidos" más de 600 millones de euros en gastos de defensa legal. Esa suma y la de todas las multas impuestas deberían haber servido a la firma estadounidense para innovar y competir con Google, la empresa que se perfila como su gran competidor. Sin embargo, en nombre de la "competencia perfecta", la Comisión está consiguiendo que se trate de un duelo en el que Microsoft lleva las manos atadas y en el que el consumidor no podrá ser el soberano que decida quien es el vencedor.

Que hablen de Miró, aunque sea mal

Si de algo sirvió el acontecimiento fue para poner de manifiesto los perversos fundamentos teóricos sobre los que se asienta la supuesta legislación antimonopolio.

En cualquier curso de Introducción a la Economía los alumnos tienen que estudiar una serie de modelos, a cuál más ridículo, con los que se pretende hacer predicciones realistas sobre la sociedad; los modelos son del todo inútiles, pero permiten reducir los complejos fenómenos económicos a unas pocas y manejables ecuaciones matemáticas. Los modelos económicos se preocupan más de la comodidad del investigador que de la solidez de sus conclusiones.

De entre todos estos artilugios hay uno especialmente popular, que constituye el punto de referencia de toda la legislación antimonopolio: el "modelo de competencia perfecta". Sus cimientos son sumamente irreales: a) gran número de compradores y vendedores, b) productos idénticos, y c) información perfecta. La consecuencia inmediata de estas tres premisas es que, por un lado, todos los productores venden al mismo precio y, por otro, que no existe ni incertidumbre ni, por tanto, beneficio empresarial.

Como podemos darnos cuenta, ninguno de estos supuestos y conclusiones se ajustan con la realidad. De hecho, cuando un gran número de productores venden la misma cantidad de productos idénticos a un mismo precio no estamos ante una "competencia perfecta", sino ante una absoluta ausencia de competencia.

¿Acaso uno de los resultados más beneficiosos de la competencia no consiste en las reducciones de precios y en las variaciones de los productos que mejoren su calidad? ¿Quién compite, por consiguiente, en un mundo donde todos los productores deben reducir el precio o incrementar la calidad a la vez?

Lo que tenemos no es un conjunto de empresas que intentan satisfacer al consumidor ante un futuro incierto e imposible de predecir. Por el contrario, una pluralidad de fabricantes (no cabe calificarlos siquiera de empresarios) ha recibido el mandato cuasi-divino de dirigir unas plantas productivas hacia un rumbo que todos los participantes en el mercado conocen (gracias a la información perfecta).

En otras palabras, la función empresarial simplemente desaparece, y la figura del empresario se convierte en la de un rentista pasivo: cualquiera puede ser empresario, no hay ningún tipo de incertidumbre en lo relativo a qué bienes producir, a qué precio venderlos y de qué forma fabricarlos. Todo ello se sabe "porque sí".

En la competencia perfecta, pues, los seres humanos no actúan, sólo se ajustan a unas restricciones dadas. No existe ni la creatividad ni la innovación ni el error; todo queda subsumido en la información perfecta.

Todo este cúmulo de errores, sin embargo, no ha impedido que el modelo de competencia perfecta se siga utilizando e imponiendo en las aulas, no ya como descripción del mercado, sino como vara de medir su bondad.

En otras palabras, la realidad sólo es buena si se ajusta a una ficción que en origen pretendía describir esa realidad: el error se convierte en acierto y en punto de referencia para la política económica. El problema no son tanto los desaciertos académicos, sino que éstos se conviertan en justificación de las pautas intervencionistas.

No es casualidad que los Tribunales de Defensa de la (In)competencia estén obsesionados con trocear las grandes empresas, para conseguir un "gran número de productores", y no en eliminar todos los obstáculos a la entrada de nuevas empresas en el mercado (licencias, concesiones, monopolios públicos o patentes). La competencia se pesa en número, no en libertad de acción; el ideal de la legislación antimonopolio consiste en recrear la competencia perfecta, esto es, la ausencia de competencia.

Hemos de tener presente que, en ausencia de barreras de entrada, sólo aquellas empresas que son capaces de satisfacer mejor que el resto a los consumidores adquirirán una gran cuota de mercado. Esto significa que los Tribunales de Defensa de la (In)competencia destruirán, precisamente, las compañías más eficientes del mercado, troceándolas en pequeñas subdivisiones sin capacidad ni liderazgo para servir al consumidor. Los incompetentes medran y los eficientes desaparecen gracias a la acción de estos tribunales.

El mensaje de la legislación antimonopolio es claro: "Señor Empresario, si se atreve a ser el mejor sirviendo a los consumidores será perseguido, sancionado, cercenado y vilipendiado de manera inmisericorde". Todo ello, claro está, para beneficiar a la competencia y, a través de ésta, a los consumidores.

Como no podía ser de otro modo, las peores características del modelo se reproducen en la realidad. Si en el modelo de competencia perfecta la falta de incertidumbre hacía innecesaria la innovación, en la realidad diseñada a partir del modelo de competencia perfecta la falta de libertad convierte en imposible esta innovación.

Al eliminar a los mejores empresarios, impidiéndoles actuar y triunfar, tendremos una cohorte de mediocres gestores incapaces de innovar, que venderán unos productos igualmente mediocres a unos precios igualmente elevados. La virtud característica de este mundo, en lugar de la eficiencia, será la igualdad en la miseria.

Gracias a la legislación antimonopolio, por tanto, logramos trasladarnos al taciturno mundo que pretende describir el modelo de competencia perfecta. Un mundo donde todos los consumidores y productores se comportan del mismo modo, donde no tiene lugar ningún tipo de innovación, donde todos los bienes son igual de inútiles y caros, donde la incertidumbre se sustituye por la certeza de que el futuro será tan monótono y funesto como el presente y donde, en definitiva, la función empresarial ha sido sustituida por la cartografía corporativa de los políticos.

Si quiere un ejemplo de paraíso socialista, ése es el "modelo de competencia perfecta".

El destino socialista de la competencia perfecta

La elección de esos días seguramente sea discutible; seguro que a nuestros Cox & Forkum no les hace gracia que celebren todos los años el "Día de la Tierra". Es habitual que celebren los aniversarios de conocidos artistas. Lo hicieron con Da Vinci, Van Gogh, Escher, Miguel Ángel, Picasso o Dalí. El 20 de abril decidieron celebrar el aniversario del nacimiento de Joan Miró.

¿Ustedes se acordaban de que ese día precisamente se cumplían 113 años del nacimiento, cifra redonda donde las haiga? Como no dudo de su sapiencia e infinita memoria no me atreveré a decir que no, pero lo que puedo asegurar es que mi desconocimiento de tan magno evento era total. O lo era hasta que pude ver el logotipo de Google, momento en el que supuse –uno siempre ha sido muy avispado para según que cosas– que se celebraba algo relacionado con el pintor. Claro que al menos yo conocía a Miró, quizá por ser españoles ambos; no es de extrañar que muchas otras personas, a lo largo y ancho del globo, supieran de él por primera vez ese mismo día gracias al enorme efecto publicitario que tienen esos cambios de logotipo de la empresa californiana. Una publicidad que, encima, sale gratis.

Cabía suponer por tanto que la familia, heredera de los derechos de autor de Miró, estaría más contenta que unas castañuelas. Pues no. Google retiró el logotipo a las seis de la tarde, hora de California, medianoche aquí, porque la Artists Rights Society, representantes legales de la familia Miró y de muchos otros pintores del siglo XX en Estados Unidos, amenazó con demandarlos por violación de los derechos de autor. Ya hizo lo mismo en 2002, con motivo del logotipo de Dalí, y por las mismas estúpidas razones. Parece ser que Google no pagó en dinero su homenaje a ninguno de los dos pintores, y los herederos son tan cortitos de miras que no son conscientes de los ingresos adicionales que pueden percibir tras haberse dado a conocer la obra de su progenitor A a tantas personas que la desconocían por completo. Las avispadas tácticas del ARS incluyen algo así como: "soy tu representante y por eso no voy a permitir a nadie que te haga publicidad gratis si no es pagándote".

Si ya el asunto de las patentes merece un buen montón de debates, ejemplos como éste deberían hacer reflexionar a los legisladores sobre la exagerada capacidad que otorga a los propietarios de derechos de autor sobre la libre expresión. Es cierto que, posiblemente, en caso de juicio Google ganaría, pero no sin pagar un buen dinerito a unos cuantos abogados. La ley protege las obras de un pintor, no sus ideas o su estilo. En caso contrario, todas las obras de arte deberían estar pagando a los herederos de alguien, pues la influencia de los grandes maestros del pasado es imposible de eludir y de cuantificar en un juzgado. Pero gracias a la aquiescencia con la que los legisladores amparan la acción que los lobbys de las industrias cinematográfica y musical, el campo de los derechos de autor se ha convertido en un campo de minas de inseguridad jurídica. En España lo podremos ver en pocos meses, cuando se apruebe la nueva Ley de Propiedad Intelectual, con el aplauso del PP, que no pierde la oportunidad de perder una oportunidad.

Es posible que la exigencia de los representantes de los herederos de Miró se base en aquel aforismo de Oscar Wilde: "que hablen de mí aunque sea mal". Pero el caso es que ya hablaban de vosotros, y bien, gracias a Google. Ahora muchos de los que se habían interesado en el arte de Joan Miró lo mirarán con desprecio. Enhorabuena; está claro que habéis heredado derechos y dinero, pero ni una miaja de talento.

Veinte años de Chernóbil

Ocho organismos distintos de Naciones Unidas coordinaron un estudio, que concluyó que murieron de forma directa 56 personas, y se calcula que por las radiaciones y los realojos (que afectaron a 116.000 personas), en torno a 4.000; pero es una proyección. La cantidad de material radiactivo fue unas 200 veces el liberado en Hiroshima y Nagasaki.

Hace veinte años de ello. Desde entonces ha ocupado años de emisiones y kilómetros cuadrados de noticias y reportajes en todos los medios del mundo, si bien su recuerdo se ha ido diluyendo. Pero su nombre queda grabado en nuestra mente, como sinónimo de catástrofe nuclear, como pavoroso ejemplo de lo que puede causar el hombre metiéndose a aprendiz de brujo, queriendo sacar energía de los átomos, jugando con un fuego cuyos secretos aún no conoce. Eso, por lo que se refiere al ciudadano medio, no hablo del ecologista, que simplemente quiere robárselo a las sociedades libres, para que no prosperen.

Pero ahí el tiro está errado. Lo que causó muertes en la central ucraniana no fue la energía nuclear, sino el socialismo. Las cosas no actúan por sí mismas, sino que dependen del uso que hagamos de ellas. Sería absurdo decir que una bala mató a Abraham Lincoln. Fue John Wilkes Booth quien lo hizo, asegurándose de que ésta atravesaría el cuerpo del presidente. Está claro que Chernobil fue un accidente y no una matanza buscada, como la que había ocurrido también en Ucrania medio siglo antes, cuando Stalin condenó por inanición a 6 millones de personas. Pero de nuevo lo importante no es el instrumento en sí, sino el uso que se hace de él.

En una sociedad de lo más progresista, más incluso que la que quiere Rodríguez que sea la española, como era la Rusia soviética, el valor del individuo se medía por el escalafón que ocupara en el aparato criminal en que consistía el Estado. El poder, razón de ser del socialismo de todos los partidos, es a su vez el objetivo y el instrumento para controlar la sociedad. No se da, como en las sociedades liberales, un control social del Estado. Los funcionarios que planearon, construyeron y gestionaron la central tenían como incentivo cumplir los exigentes objetivos ordenados por la maquinaria socialista, servir los designios de los dirigentes y no atender o considerar las necesidades de la sociedad. Sin control social, sin medios de comunicación en libertad, con unos incentivos que no se dirigen al consumidor sino al superior, sin un Estado de Derecho que defina y proteja los derechos de los individuos potencialmente afectados, el accidente de Chernobil podría haber ocurrido en cualquier momento. Fue una desgracia que el fracaso histórico del socialismo no llegara antes para evitarlo.

El delito de Bill Gates

El gran delito de la compañía norteamericana consistió en la integración de un programa audiovisual en el sistema operativo Windows y su posterior venta conjunta. Esta ha sido la infracción pero podría haber sido cualquier otra. Así es el reino de las leyes antitrust.

En realidad el motivo hay que encontrarlo en que la empresa de Redmond no deja de rivalizar con sus competidores aún cuando es la mayor del mercado. Vamos, que no se duerme en los laureles ni se olvida de que los consumidores son muy exigentes, que cambian constantemente su idea de lo que debe ser un producto y que hay que satisfacerles continuamente si uno quiere mantenerse como empresa líder en una industria.

Los miembros de la Comisión Europea tienen un poder tan arbitrario que pueden condenar por prácticas monopolísticas a quien les venga en gana. Ya digo que esta vez ha sido integrar productos como podía haber sido reducir o aumentar el precio de venta. Y le tocó a Microsoft como le podía haber tocado a Coca Cola o a cualquier empresa que irritase la sensibilidad del comisario de turno. Las políticas antitrust están fundamentadas en una teoría tan irreal de lo que es competencia perfecta que todo acto verdaderamente competitivo puede ser considerado una agresión contra el mercado y el consumidor. Como es lógico, incorporar nuevas funciones que ya pudieran comprarse por separado no iba a quedar fuera del espectro delictivo para quienes creen que sólo ellos y no el consumidor o las empresas deciden el futuro de las industrias.

Lo cierto es que la bromita pesada de culpar a una empresa por ampliar las posibilidades de su producto, tal y como les demanda la sociedad, ya le está costando un ojo de la cara a los consumidores de productos Microsoft, de bienes y servicios informáticos y a la sociedad en general: 497 millones de multa, 600 millones de euros en gastos de defensa jurídica y algunos más en los cambios de producción requeridos por la Comisión que suponen peores productos y menor ritmo de innovación.

La pasada semana se celebró en Bruselas la primera gran conferencia internacional que estudiaba los efectos perversos sobre la innovación de nuestras intervencionistas leyes antitrust. Entre el público se encontraba un importante número de miembros del Parlamento Europeo y de la Comisión. La sorpresa de la jornada la aportaron estos planificadores que acudieron al evento con trajes que se venden con los botones integrados, anteojos con montura incorporada, máquinas de relojería con correas de la misma marca, zapatos de firmas que venden el calzado conjuntamente con los cordones, teléfonos móviles con cámaras y agendas, y coches oficiales con radios, ruedas, cristales, tapizado y GPS integrados. Parece que estos destructores del libre mercado, perfectos monopolizadores de las decisiones sobre cómo se tiene que competir, no están dispuestos a renunciar a la integración que nos prohíben a los millones de europeos que preferimos el Windows con el Media Player.