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La quinta del botellón

La única diferencia es que mientras los gabachos destrozan las universidades públicas, los nuestros destrozan su hígado y algún que otro escaparate. Bien pensado, la violencia estudiantil de los franchutes, que se niegan a valerse por sí mismos en un entorno de libre competencia (lo único que han aprendido de sus mayores), puede ser un bien para el país si finalmente acaban con todos los edificios de la universidad pública y esa generación estudiantil, que frisa la cuarentena sin haber pegado un palo a l’eau, se ve obligada a estudiar por primera vez en su vida.

En el ruralicio murciano de mediados de los setenta, se apreciaba mucho el trabajo en el campo como vehículo formativo de la juventud. La azada es un instrumento pedagógico de primer orden, sobre todo el modelo 88-A, de extraordinaria eficacia educativa. Y eso por no hablar de la recolección de fruta a mediados de julio, tapado hasta el cuello para evitar la tortura provocada por el puto pellejo de los melocotones. Cuando uno ha practicado asiduamente estas actividades extraescolares, intelectualiza con más facilidad la ecuación "estudio+sacrificio= a tomar por saco el trabajo en el campo", que como todos los teoremas matemáticos no admite excepciones.

Pero no quiero hablar mal de las víctimas de la LOGSE. De hecho, a mí particularmente me viene muy bien que profundicen por esta senda hasta convertirse en una generación de analfabetos alcoholizados con propensión a la vida en rebaño, porque de esta forma, a poco que me esfuerce en su educación, mis hijos formarán parte de las elites del futuro. Como los hijos de los dirigentes socialistas, que se dejan la paga de la querida en buenos colegios privados. Padres antes que rojos, oiga.

Recetas socialistas para seguir siendo pobre

El informe, sin embargo, contiene una serie de errores fundamentales que sus autores no se han preocupado de solventar, sino más bien todo lo contrario. La confusión en los datos está cuidada con mimo y malicia, no vaya a ser que el lector desmonte la farsa intervencionista que se esconde detrás de las conclusiones.

Desigualdad, no pobreza

La primera confusión cultivada por la NEF es la de hacernos creer que la pretensión de su informe es la reducción de la pobreza, cuando en realidad su preocupación real son las desigualdades. Así, no todo crecimiento que aumente la riqueza de los pobres puede considerarse como un crecimiento "beneficioso" para ellos; este calificativo sólo lo merece aquel tipo de crecimiento donde los pobres acaparan, en términos absolutos, la mayor parte de las nuevas rentas.

Esto significa que si, por ejemplo, la riqueza agregada de toda la sociedad aumenta en 10.000 unidades monetarias y 4.000 de ellas van a parar a las clases más bajas, la NEF no lo considerará un crecimiento favorable para los pobres. O, dicho de forma más clara, si todos los individuos de la sociedad duplican su riqueza, para la NEF no estaremos ante un crecimiento que beneficie a los pobres.

La NEF ignora que son los individuos quienes crean la riqueza, y que, por tanto, resulta irrelevante la posición relativa de cada uno con respecto a la sociedad, siempre y cuando el individuo sea más rico. Aplicando este razonamiento, también podríamos afirmar que si algunos individuos golosos ingieren 5.000 calorías diarias, todos aquellos que consuman 1.500 estarán al borde de la desnutrición.

Lo importante para los pobres es que sean ellos quienes incrementen su bienestar, con independencia de cuánto lo hayan incrementado otras personas. Quien sólo es feliz cuando supera a los demás no es un pobre, sino un envidioso.

El abuso de los datos

El argumento central del informe consiste en demostrar mediante los datos que el crecimiento no ha sido la herramienta adecuada para acabar con la pobreza durante las últimas décadas. Así, se nos informa de que, "por cada 100 dólares de crecimiento en la renta mundial por persona, sólo 0,6 han contribuido a reducir la pobreza". La conclusión es obvia: sólo el 0,6% del crecimiento benefició a los pobres, por tanto hay que buscar otros caminos.

De nuevo nos topamos con una concepción absolutamente holista de la riqueza. La NEF pretende desvincular la producción de la distribución de riqueza, esto es, pretende transmitir la imagen de que la riqueza se crea en el limbo y luego se distribuye de manera inequitativa en el mundo.

La realidad es que 99,4 de cada 100 dólares han ido a parar a los bolsillos de Occidente porque han sido los occidentales quienes han creado y producido esos 99,4 dólares. No hay ningún misterio en la operación: el aumento de la producción beneficia a aquel que la hace aumentar.

El informe, por tanto, recuerda una obviedad. Si los pobres no crecen, el crecimiento no contribuye a reducir la pobreza; pero es que si los pobres no crecen, no hay crecimiento entre los pobres.

En efecto, al final del informe nos enteramos de que, por ejemplo, en los últimos 20 años la mayoría de los países africanos ha seguido empobreciéndose. ¿Cómo puede esperarse que una parte sustancial del crecimiento mundial vaya a parar a los pobres si éstos no crecen?

Es triste que a estas alturas sigamos teniendo que recordar algo tan elemental. Sólo hay un camino para reducir la pobreza: el crecimiento económico. Pero por crecimiento económico no debemos entender el crecimiento económico de los ricos, sino el de los pobres. Que los ricos se vuelvan más ricos podrá facilitar, en su caso, el progreso de los pobres, pero si, por cualquier causa, a éstos se les impide generar riqueza, no saldrán del pozo de la necesidad por mucho que sus vecinos naden en la abundancia.

De hecho, la NEF debería plantearse si las mismas causas que han hundido en la miseria a diversas sociedades no serán las mismas que les siguen impidiendo crecer y, por tanto, salir de la pobreza. En efecto, como ya vimos, para que los pobres progresen necesitan más capitalismo y libertad, precisamente lo contrario que propone la NEF.

El medioambiente necesita de propiedad privada

Otra preocupación obsesiva de la NEF es el medioambiente. En su opinión, nuestro desarrollo es insostenible porque degrada la naturaleza. El crecimiento tiene que ponderarse con sus costes para ver si resulta aceptable.

Lo curioso es que todo empresario recurre a un análisis coste-beneficio antes de comenzar a producir; de ahí que la primera conclusión a la que nos llevaría la exigencia de la NEF es la necesidad de profundizar el capitalismo y la propiedad privada en el medioambiente.

Sin embargo, la izquierda no parece aceptar la conclusión y prefiere hablarnos de "costes sociales" al margen de los precios de mercado. El problema es que nadie nos indica cómo medir esos costes sociales, y ésta no es una dificultad baladí: el socialismo fracasó precisamente por su incapacidad para valorar el coste de sus políticas en ausencia de precios de mercado.

La NEF, simplemente, sigue con sus letanías de que no hay suficientes recursos medioambientales en el mundo para mantener la senda de crecimiento actual. Ahora bien, los socialistas olvidan que cuanto más escasos sean los recursos en relación con las necesidades a cubrir, mayor será el incentivo para protegerlo, economizarlo y restaurarlo.

Y es que la insuficiencia de recursos es sólo un concepto relativo a nuestra capacidad para utilizarlos. Cuantos menos necesitamos emplear para nuestros fines, mayor será nuestra disponibilidad efectiva.

Todo el poder para el Estado

El informe se convierte, en última instancia, en un alegato legitimador del Estado y del intervencionismo. Para la NEF no son los empresarios y los capitalistas quienes generan la riqueza y el bienestar de los consumidores, sino los políticos y los burócratas. De esta manera, se exhorta a los cargos públicos para que dirijan su política no hacia el crecimiento, sino hacia la redistribución. ¡Como si el Parlamento pudiera seleccionar los distintos modos de multiplicar y distribuir la prosperidad!

Sin duda, la izquierda tiene una fe desmesurada en los medios políticos: todo cuanto pretendan conseguir está a su alcance. Quizá por ello el think-and-do tank no dude en pedir "controles al capital, a los paraísos fiscales y a la competencia impositiva", o "la introducción de una nueva moneda internacional" que expanda la inflación para desarrollar el Tercer Mundo.

En definitiva, el informe de la NEF clama por utilizar la excusa de la pobreza para cercenar la libertad a través de la redistribución y el control político. Recetas económicas ruinosas para continuar sumiendo África en la pobreza.

Si los burócratas solucionaran los problemas acabarían engrosando todos las listas de alguna ETT. No es extraño que tanto los políticos como sus intelectuales orgánicos dediquen ingentes esfuerzos en mantener pobres a los pobres; para convertir semejantes recetas económicas ruinosas y calamitosas en soluciones solidarias y progresistas hace falta mucho tiempo libre, un cierto arte propagandístico, bastante dinero procedente de fondos públicos y una refinada falta de escrúpulos. Nada que no pueda proporcionarnos el socialismo.

Privatizar el agua

Pero ni la pesadilla del mal periodismo puede frenar el notable desarrollo que está teniendo la provisión privada de agua en todo el mundo.

Y especialmente entre los más pobres. Son muchas las áreas a las que no llega el Estado, especialmente a las áreas más pobres. Pues es precisamente ahí, a las zonas más apartadas y en las que la miseria abraza los asentamientos humanos, donde llega el empresario, haciendo llegar agua de calidad a un precio asequible. Lo recordaba recientemente el presidente del Banco Interamericano de Desarrollo, Luis Alberto Moreno, en un artículo para el Wall Street Journal, con ejemplos de Ecuador, Colombia, Honduras, Chile. Muchas grandes ciudades de esos países también se abastecen del agua llevada por empresarios privados. En Chile, el sistema privado ha llevado agua de 1970 a 1994 del 27 al 94 por ciento de las áreas rurales, y del 63 al 99 por ciento de las urbanas.

El Estado, por su parte, hace lo único que sabe hacer. Al fin y al cabo es una máquina que redistribuye renta y propiedad para sí mismo y para quienes le sirven de apoyo. Un reciente libro, The Water Revolution, explica cómo “en la mayoría de los países pobres, los gobiernos perpetúan la escasez de agua. No proveen de agua a los pobres, pero ofrecen subsidios masivos para el uso de agua a intereses creados, como los grandes terratenientes”, como por ejemplo en India o Ecuador, entre otros. Lo lleva a donde le interesa. Por ejemplo, sigue el libro, “en la India y el África urbana, el Gobierno simplemente no lleva agua a las zonas periféricas, porque no las reconoce como legítimas. De este modo, los empresarios locales proveen de agua y servicios sanitarios a la comunidad, obteniendo un beneficio”.

No solo la iniciativa privada lleva el agua donde el Estado no puede o no quiere. Es que lo hace mucho mejor. En Argentina, la mortalidad infantil cayó de forma notable tras la privatización del 30 por ciento del sistema, especialmente (un 26 por ciento) en las áreas más pobres. Si los empresarios son capaces de hacer negocio vendiendo a los más pobres entre los pobres, ¿cómo es que hay quien sigue defendiendo que no llevarían el agua a sociedades avanzadas como la nuestra? Por esos y otros motivos, hay que privatizar el agua en España.

La solución de Narbona es nuestro problema

Este martes 28 de marzo tendrá lugar una conferencia con cuatro ponencias que tratarán de explicar desde diversas perspectivas por qué Kyoto representa un gravísimo problema para el ser humano y difícilmente es capaz de solucionar algo.

Si tratamos de considerar a Kyoto como una solución, no queda claro cuál es el problema. La comunidad científica no se pone de acuerdo acerca de la existencia de un peligroso calentamiento global del planeta. Y son relativamente pocos los que creen que de existir, esté siendo provocado principalmente por la actividad del ser humano. Ni siquiera existe unanimidad en la consideración negativa o positiva de ese supuesto calentamiento. Es por eso que el protocolo de Kyoto se justifica mediante la aplicación de nefasto principio de precaución; es decir, se nos impone "por si acaso".

Pero es que, aún si se demostrase que estamos frente a un proceso de calentamiento global peligroso, Kyoto no sería una solución. El protocolo es capaz de reducir el crecimiento económico y detener el proceso de división del conocimiento que resulta en continuas innovaciones. Eso sí. Aumenta el paro, provoca redistribución internacional de la riqueza a favor de aquellos países que hayan sabido negociar mejor. Eso también. Fuerza deslocalizaciones artificiales que perjudican a toda la sociedad y sólo benefician a un grupo de privilegiados. Sí, además es un motor de ineficientes injusticias. En resumidas cuentas, el protocolo de Kyoto es una factoría de inmensos costes sociales que afectan especialmente a los más pobres y eso, por mucho que lo camuflen, difícilmente puede ser bueno para el medio ambiente en el que se desenvuelve el hombre.

Narbona negó en su día que la participación de España en este despropósito socio-económico fuese a resultar costosa. A día de hoy, emitiendo un 40% más de gases GEI que en 1990 y con el precio de los derechos de emisión por las nubes, la ministra ha tenido que recoger velas y reconocer que España lo tiene casi imposible para cumplir por lo que la factura para nuestra economía va a ser elevada. Pero no todo está perdido, también asegura que el gobierno trabajará para contener el coste económico. ¡Uf, qué alivio!

Eso sí, de abrir la mano intervencionista a la energía nuclear, la única barata y que no emite CO2, nada de nada. Ese tipo de soluciones seguras al hipotético problema del calentamiento antropogénico no molan a nuestros políticos. ¿Será porque no requieren el entrometimiento de los políticos en el libre ejercicio de las libertades individuales? Puede ser. Lo que está claro es que aquello que para Tocino, Matas y Narbona es la solución, para nosotros representa un grave problema.

Microsoft y la globalización

Para los economistas de la Escuela Austriaca los monopolios se alzan cuando el consumidor así lo quiere comprando sus productos y no otros; y acaban muriendo cuando la pequeña competencia que les rodea aprovecha los momentos bajos del "monopolio" para tomar la confianza del consumidor y desbancarlo con mejores productos. Así pues, toda empresa constituida siempre tiene tres ciclos: nacimiento, maduración y muerte. Los "monopolios" no son una excepción.

Aunque no domina el 100% del mercado, se ha acusado a Microsoft de monopolio, y directamente todos pensamos que esto es "malo". Pero en los últimos años Microsoft, tal y como se puede ver por su cotización, no da una. La última ha sido, una vez más, el aplazamiento de su nuevo sistema operativo Windows Vista.

Con todo, la competencia tradicional a los programas del gigante de Redmond no parece ser una amenaza real. Pero una de las características del libre mercado es la increíble explosión de innovación y bajos costes que crea. Esta semana supimos que una empresa china va a fabricar y comercializar ordenadores equivalentes a un Pentium III por unos 100 dólares. Su objetivo es desbancar a los principales fabricantes de hardware, Intel y AMD. Un reto nada fácil. Evidentemente si la empresa tiene éxito los burócratas de Europa y Estados Unidos le impondrán altos impuestos de entrada no vaya a ser que los consumidores nos ahorremos dinero y ellos no puedan inflar sus abultados sueldos, pero eso sí, será para nuestro "bien común".

Lo que inevitablemente nos sugiere este ejemplo es, ¿y por qué no puede otra empresa china fabricar productos ofimáticos a sesenta, cincuenta o cuarenta euros? En el terreno del hardware, China hace algún tiempo que está avanzando, y en el software empieza a introducirse ahora. En el estudio del libre mercado hay miles de ejemplos sorprendentes y positivos como este. El capitalismo está aflorando con mucha fuerza en algunos países de Asia y además tiene capacidad para fuertes mercados autónomos donde la creatividad occidental puede encontrar un refugio al estatismo europeo y americano. Pero, ¿cuál es la respuesta de Europa a esta "amenaza" de innovación, bajos costes, fuga de genios empresariales y capital? Los políticos, en lugar de abrir la mente (tal vez sea demasiado pedir), las fronteras, retirar impuestos… sólo discuten, restringen y regulan nuestra libertad haciéndonos perder dinero, oportunidades y un tiempo precioso.

No podemos hablar aún de la muerte de Microsoft, ni de Intel, ni del gran triunfo de China, pero sí podemos atisbar algo seguro. Si no abrimos nuestras puertas a la desregulación, a la liberalización sistemática de todos los sectores y sí, al capitalismo más "salvaje", Europa quedará en pocos años como África. Y es que las conclusiones del Dr. DiLorenzo no sólo son aplicables al monopolio natural, sino también a los países: predomina el mejor hasta que otro se adapta más a los cambios y gustos del consumidor, nada dura para siempre, y menos aún obstruyendo el libre comercio.

Liberales árabes anónimos

Un chií, en el sur de Irak, ha puesto en marcha la web en árabe "Lámpara de libertad", desde la que difunde el pensamiento liberal en un idioma que, hasta ahora, no parece haber conocido esa palabra.

H. Ali Kamil ha traducido ya "La Ley", de Frederic Bastiat, y trabaja para publicar "Liberalismo" de Ludwig von Mises y "En defensa del capitalismo global" del sueco Johan Norberg, recién publicado en España. Su sitio web, inaugurado en enero, y que cuenta con la ayuda del Cato Institute, ya incluye 40 textos. No es el único que intenta llevar más liberalismo a Oriente Medio. Desde París, Pierre Akel mantiene el sitio web Middle East Transparent, en el que da voz a árabes de muchos países

Pero el libanés Akel no tiene los problemas de Ali Kamil. Y es que en Francia aún se pueden hacer estas cosas de cara y utilizando tu nombre. Pero Irak es un lugar más peligroso, de modo que Ali Kamil no es más que un pseudónimo. No le gusta claro, porque está orgulloso de lo que hace. "Este es uno de los trabajos –refiriéndose a la traducción de "La Ley"– en los que me duele que mi nombre no se destaque en la primera página", asegura. Recibe la ayuda del norteamericano Cato Institute, cuya idea original era fundar en Irak un think tank similar a él mismo, pero que tuvo que abandonarla cuando el candidato a dirigirlo se echó atrás a petición de su mujer, que temía por su vida. Por lo menos, Ali Kamil no padece los problemas de los iraníes, los chinos o los cubanos, cuyos gobiernos procuran prohibirles y limitarles el acceso a una Internet libre.

No es en Irak el único lugar donde hay que esconderse tras el anonimato. Las razones para escribir sin firmar con tu nombre pueden ser muchas. Desde elBatzoki.com ofrecen una que entendemos todos muy bien: "La falta de libertad en el País Vasco no tiene parangón en el mundo civilizado. No queremos ser como la mitad no naZionalista del Parlamento Vasco que se ve obligada a llevar protección". No siempre suceden cosas tan dramáticas. El blogger y colaborador de Libertad Digital Borja Prieto "salía del armario" –es decir, desvelaba su nombre real– hace unos meses y explicaba que en el momento de empezar a escribir en Internet sobre política "estaba en proceso de reincorporarme a la Administración, y la Administración en proceso de nombrar a personas afines al nuevo gobierno".

Meses atrás, el creador de una red de blogs de obediencia partidista al PSOE comenzó una campaña de diatribas en contra de quienes escriben amparados en el anonimato. O, para ser exactos, contra quienes escriben en contra del pensamiento de la secta. Parece que algunos echan de menos los tiempos en que todo lo que se publicaba podía ser objeto de represalia por parte del poder. Una cosa es que cada autor sea responsable de lo que escribe, lo que se consigue empleando siempre un mismo pseudónimo que permita identificar al autor con sus escritos, y otra que firme con su nombre y apellidos para poder ser represaliado cómodamente. Que es lo que se persigue, claro, aquí y en Irak.

Cuando la publicidad salva vidas

Buena parte de la respuesta ya la adelantamos la semana pasada. Según legisla la directiva 2001/83/CE, la publicidad de medicamentos está prohibida en la UE para aquellos que se expenden con receta, así como para los fármacos que los estados reembolsan total o parcialmente. El argumento que esgrime el poder político para mantener tal prohibición es el de proteger al paciente de la publicidad engañosa en que pudieran incurrir las compañías farmacéuticas.

No es de extrañar que los ciudadanos traguen con la prohibición de la publicidad de los medicamentos, pese a sus devastadores efectos: por ejemplo, que las personas no lleguen nunca a conocer la utilidad de un fármaco y, por tanto, no lo empleen para su propio bien, o que se queden en el camino numerosas innovaciones tecnológicas, o que los pacientes deban soportar precios más altos y menos competencia en el mercado, todo lo cual acaba costando múltiples vidas. A fin de cuentas, lo de la publicidad engañosa, cuyos conflictos ya se ocupa de dirimir la justicia, es casi lo único que llega a sus oídos, y presumen que las medidas políticas de nuestros representantes están tomadas con la mejor de las intenciones. Pero, cierto es, hay amores que matan.

La publicidad, definida como el establecimiento de "una comunicación impersonal y orientada al público sobre un producto u organización", es en realidad sólo una de las partes que integran toda la política de comunicación que desarrolla una compañía para proporcionar información valiosa a sus clientes, empleados o accionistas.

Ahora bien, imaginémonos un mundo sin publicidad, sin medios de comunicación, sin manera de informar sobre las cualidades que atesora un bien o una idea. La calidad de vida de los ciudadanos se vería menoscabada: sin transportes, sin internet, sin los ordenadores, sin agua corriente, sin luz, sin tantas cosas. Desconoceríamos la existencia de bienes útiles, a la par que dejarían de producirse bienes innovadores, al no compensar la inversión en algo que no llega a casi nadie.

Aparte de a la acción de los políticos, buena parte de la mala prensa de la publicidad es atribuible a un buen número de intelectuales, cuyas reflexiones se ofrecen con unos niveles de toxicidad extremadamente peligrosos para los humanos. No deja de ser irónico que ellos, que emplean como herramienta de trabajo el teclado, la palabra, echen pestes contra la publicidad.

¿Quién, si no ellos, debería defender la libertad de información? Ellos mismos se venden continuamente, en televisión, radio, prensa, saraos, exposiciones, presentaciones… Ellos, como marca y producto a la vez, ¿no son conscientes de que, si la gente no supiera quién escribe los libros, y de qué tratan, no venderían un solo libro? Quizá saben muy bien qué es la publicidad engañosa. Piensa el ladrón que todos son de su condición…

La opinión del economista neokeynesiano John Kenneth Galbraith sobre la publicidad es ampliamente conocida por publicitada. Paradójicamente, le revuelve las entrañas. Así, afirma en un reciente libro que "la creencia en una economía de mercado en la que el consumidor es soberano es uno de los mayores fraudes de nuestra época". "La verdad es que nadie [ni siquiera él, añadimos nosotros] intenta vender nada sin procurar también dirigir y controlar su respuesta".

Yendo un poco más allá de sus palabras, sacaríamos la conclusión de que el concepto que tiene de sus congéneres es muy bajo; les atribuye un nivel intelectual insignificante frente al suyo propio, que, como bien se sabe, es abracadabrante. La gente es tonta, ilusa e incapaz de elegir bien; "elegir bien" consiste en elegir lo que diga John Kenneth Galbraith.

Ludwig von Mises, quizás el autor más conocido de la Escuela Austríaca de Economía junto con Friedrich A. Hayek, desarrollaría un planteamiento totalmente opuesto. Así, rescataría el término, acuñado por W. H. Hutt, "soberanía del consumidor" para mostrar cómo se toman las decisiones de producción en una sociedad con recursos escasos. Mientras los autores socialistas consideran que la burguesía domina y dirige las decisiones de los demás individuos, Mises afirma:

"Los capitalistas o empresarios llevan el timón del barco, pero son los consumidores los que les dan las órdenes, los que capitanean el navío. Ellos son los verdaderos jefes. A través de su poder de compra o su abstención, deciden hacia dónde se dirige el capital. Determinan qué debería ser producido, y en qué cantidad y calidad. Ellos convierten a hombres pobres en ricos y a hombres ricos en pobres. No son jefes fáciles, son impredecibles, llenos de caprichos. No les importan los méritos pasados. En cuanto algo en el mercado les gusta más o es más económico, abandonan a sus anteriores proveedores".

Los críticos de la publicidad muestran, además, una enorme estrechez de miras al presumir que la única finalidad de aquélla es promocionar un bien a un público objetivo para que éste lo compre. Las implicaciones de la publicidad van mucho más allá. Afectan de lleno a todo el proceso industrial, desde el lanzamiento de innovaciones a la rentabilidad de una línea de producción.

La industria farmacéutica vuelve a ofrecernos ejemplos muy clarificadores de los efectos demoledores de las trabas a la publicidad. El precio final de un medicamento depende del periodo que se necesita para recuperar la inversión realizada en todo el ciclo de vida del producto: la fase de investigación y autorización, el lanzamiento del producto y lo que éste perdure en el mercado.

La propia naturaleza del sector farmacéutico provoca que, necesariamente, estos procesos tiendan a extenderse. Si a la larga fase de investigación y desarrollo y a la fuerte burocracia que implica su aprobación se une el hecho de que se está impidiendo dar a conocer al público un producto en el momento de su salida al mercado, los consumidores estarán ciegos a su existencia y finalidad y las remesas del mismo acumularán polvo en los estantes de las farmacias.

Cada año, cada mes, cada día que pasa engordan los costes financieros (los intereses) que soporta la compañía. Se hace necesario elevar los precios para atender estas cargas. Como no todos los fármacos son igualmente vendibles cuando se eleva su precio, aquellos que no alcancen una cuota de mercado suficiente simplemente no llegarán a desarrollarse. Los recursos que podrían utilizarse para paliar males o salvar nuevas vidas se acaban empleando en cualquier otra actividad menos intervenida y en la que ni la publicidad ni la rentabilidad sean miradas con recelo.

Es precisamente donde no existe publicidad donde decrece la competencia y aumentan los precios. Sin publicidad, la guía de consumo de los individuos reside en la experiencia propia o en la de los más allegados. Este escenario refuerza la posición dominante de las empresas ya establecidas frente a nuevos proyectos. Las primeras tienen mayor asentamiento y notoriedad en el mercado y disponen de un colchón financiero mayor para realizar nuevos proyectos de inversión y, en su caso, aguantar con los beneficios de otros productos ya maduros en el mercado. En cambio, las empresas nacientes, sin valerse de la publicidad, se verán abocadas al fracaso, entre otras razones, por la eternización de los plazos de retorno de la inversión o porque habrán de fijar precios menos competitivos.

Así, la prohibición de la información y la publicidad de los medicamentos no sólo tiene graves consecuencias sobre la salud pública en el presente, sino que causa un perjuicio irreparable sobre la calidad de los medicamentos con que podremos contar en el futuro.

La podredumbre antiliberal aflora en Francia

En concreto, el Gobierno de Villepin está intentando permitir que empresarios y trabajadores menores de 26 años puedan acogerse a un contrato donde no se penalice el despido durante los primeros 24 meses de trabajo. Sindicalistas y estudiantes aborregados han salido a la calle para exigir la retirada de este "contrato de primer empleo": la medida favorece la precariedad y el despido.

La aspiración de estos grupúsculos de intereses creados no es otra que estatalizar la empresa privada para así convertirse en una nueva casta funcionarial; quieren trabajar toda la vida en la misma empresa, y para ello defienden que se siga penalizando el despido. No se dan cuenta de que la economía no se somete a parámetros tan simples como la mente constructivista de los políticos, ni de que su oposición a tan tímida pero necesaria reforma sólo consolidará la situación de un paro juvenil que ya es más de dos veces superior a la tasa de desempleo general. Es más, como rápidamente veremos, el propio mercado se encarga de sancionar aquellos despidos arbitrarios y no fundamentados en la satisfacción del consumidor.

El punto de partida es que en el mercado –tampoco en el mercado secuestrado por el Estado francés– no pueden asegurarse puestos de trabajo permanentes; los empresarios intentan satisfacer las necesidades de los consumidores, y éstas van cambiando. No existe ni puede existir estabilidad en la economía; no existe ni puede existir un puesto de trabajo asegurado al margen de las valoraciones de consumidores y empresarios.

El despido y el cambio de puesto de trabajo sólo expresa una modificación en las necesidades de los consumidores. Y es que aun si aceptamos, a efectos dialécticos, la maldad insuperable del empresario, en un despido podemos encontrarnos sólo con dos situaciones: 1) el trabajador sigue siendo necesario en esa ocupación, pero un luciferino empresario está obsesionado con despedirlo para arruinar a su familia; 2) ese puesto ha dejado de ser necesario para satisfacer a los consumidores.

En el primer caso, el empresario ya es penalizado por el propio mercado, por lo que no es necesario que el Estado imponga sanciones adicionales. Si un empleador despide a los trabajadores que son rentables estará dejando de ganar dinero, de manera que, muy posiblemente, otros empresarios contraten a esos mismos trabajadores, consiguiendo una creciente cuota de mercado a costa de aquél. La razón es sencilla: un puesto de trabajo rentable significa que satisface a los consumidores; el empresario que despide a la gente rentable no está sirviendo a los clientes, sino a sus fobias y objetivos particulares (en este caso, arruinar al trabajador).

El capitalismo no es clemente con los malos empresarios: no hay favoritismos ni privilegiados. Sólo aquellos que satisfacen a los consumidores pueden prosperar en el mercado.

En el segundo caso, carece de sentido penalizar el despido de unos trabajadores que han dejado de ser necesarios en una empresa y que se precisan con urgencia en otra. Este tipo de políticas sólo sirven para consolidar líneas de producción que los consumidores han dejado de valorar en perjuicio de otras que sí valoran pero que no llegarán a surgir por falta de factores productivos.

En última instancia, una ocupación no rentable significa precisamente esto: que el coste de oportunidad de un trabajador (el valor de aquello que hubiera podido producir) es superior al valor de lo que actualmente produce. Su salario le permite consumir bienes y servicios más valorados que los que él mismo ha producido, por tanto deberá aceptar reducciones en su salario o buscar trabajos más valorados por los consumidores.

En otras palabras, no es necesario penalizar el despido: al hacerlo, sólo estamos privilegiando a los trabajadores que tienen un empleo en la actualidad en perjuicio de los consumidores, los empresarios y los trabajadores que todavía no han encontrado un puesto de trabajo. De ahí que el sindicalismo –que recoge en buena medida los intereses corporativos de los trabajadores ya empleados– se oponga tan furiosamente al "despido gratuito".

Lo incomprensible es que los estudiantes franceses –salvo los que viven del erario público y la coacción estatal– sigan con este disparatado juego. Tan grande es su ignorancia que no se dan cuenta de que están atrancando su contratación, y en particular su contratación indefinida.

Despidos más gravosos significan una economía más renqueante, más atrofiada y con menores posibilidades de adaptación; ni se permite reducir las líneas productivas sobrantes ni crear las necesarias. En otras palabras, más paro, menores salarios, más precariedad y, sobre todo, una deslocalización más intensa.

El Estado no puede lograr un mundo sin despidos, ya que la sociedad se caracteriza por el cambio dinámico; y, en todo caso, ese mundo de empleo inmutable no puede alcanzarse a través de la penalización del despido. La sociedad francesa no levantará cabeza hasta que comprenda que no es posible doblegar la economía a través de la Ley: por muy laico y deicida que sea el Estado francés, no puede ocupar el lugar de Dios.

Y es que, como decía Mises, podemos ignorar la ciencia económica, pero no conseguiremos suprimirla; apelando a la coacción como solución a todos los problemas sólo se logrará "destruir la sociedad y aniquilar el género humano".

Los franceses –y los europeos en general– deben despojarse del velo de ignorancia con que los han recubierto el Estado y sus ingenieros sociales. En caso contrario, la devastación de la sociedad, el cercenamiento de la libertad y el soterramiento del bienestar devendrán inevitables. Los estudiantes están construyendo el panteón de su propia miseria.

Majaderías sobre la deslocalización

Los miembros del CES tienen que tener muy poquita idea de los procesos sociales para soltar semejante majadería. La deslocalización no es más que un aspecto del avance el maravilloso proceso de división del trabajo y del conocimiento a escala internacional. En esencia no es más que el fenómeno que podemos observar cuando un dentista decide contratar a un asistente para la limpieza de su instrumental médico a pesar de que es consciente de realizar mejor ambas labores, la médica y la del mantenimiento del material. El dentista deslocaliza o "despersonaliza" la activad de la limpieza porque, a pesar de hacerla él mejor, producirá más riqueza si se especializa en la tarea que relativamente mejor sabe hacer y deja a otro realizar la que puede llevar a cabo con menos ventaja productiva. Los dos salen beneficiados del proceso.

De hecho todos los miembros que cooperan en una sociedad salen ganando gracias a este proceso que guía la especialización y la división del trabajo. Es importante entender que el hecho de que una persona (o un país) sepa hacer todo mejor que otra persona (o país) no representa un obstáculo para que le interese renunciar a la realización de algunas actividades e intercambiar los frutos de la actividad en la que se especializan con otras personas (o países).

Si el proceso de división internacional del trabajo que resulta en nuevas localizaciones de ciertas fases de la producción se produce de forma natural, es decir, sin imposiciones políticas, resultará en un gran beneficio para todos. Aunque una actividad deje de estar situada en nuestro país, como en el caso del dentista y su asistente, nos beneficiaremos del avance de la especialización. Intercambiaremos con quienes ahora lo producen con una mayor ventaja comparativa y nos podremos dedicar más a actividades en las que destacamos por nuestra productividad. Compraremos los productos deslocalizados a mejor precio y venderemos los productos en los que obtenemos una mayor ganancia. Se extinguirán algunos empleos pero se crearán muchos más.

El problema viene dado porque gran parte de las deslocalizaciones son provocadas por los políticos, por los sindicatos o por empresarios que gozan de privilegios. En esos casos muchas empresas cierran porque las regulaciones hacen ventajoso un traslado artificial a otro lugar dando lugar a una pérdida de productividad, empleo y nivel de vida.

Por eso, el consejo que nos da el Consejo es una gran equivocación. Son los propietarios de la actividad quienes tienen que valorar si sigue siendo beneficioso mantener la actividad en un lugar o si, por el contrario, es mejor deslocalizar. La gestión conjunta que plantean, así como la intensificación del apoyo de los poderes públicos, sólo puede traer pérdida de productividad, de trabajos y de bienestar. Y no creo que sea eso lo que el Consejo quiere para España.

El odio de Evo arruinará a Bolivia

Uno de los casos más ejemplares ha sido la campaña de acoso y derribo contra Repsol. En una visita que realizó a España en septiembre del año pasado, el entonces candidato a la presidencia de Bolivia manifestó estar dolido con Repsol YPF por estar apoyando a su contrincante Jorge Tuto Quiroga. Según Morales, Repsol había financiado parte de la campaña de Quiroga, hecho que negó la empresa, aunque no parece haber convencido a Morales. Morales lo tiene claro, el que no está con él está en su contra y, por lo tanto, ha de ser castigado.

Morales también siente un profundo odio a todo lo que huela a iniciativa privada y libertad individual. Los votantes de Morales acusan a Repsol, y a cualquier empresa extranjera, de explotarlos, especialmente a los indígenas. La acusación es sorprendente teniendo en cuenta que Repsol ha invertido en Bolivia más de 1.000 millones de dólares entre 1997 y 2005, sin duda, una forma muy peculiar de "explotación". Otra cuestión que alimenta el odio irracional de Morales es que la empresa española gestiona casi el 25% de las reservas de hidrocarburos del país y que en el año 2004, por ejemplo, obtuvo unos beneficios netos de 845 millones de euros. Es decir, acusa a Repsol de hacer lo que los propios bolivianos han sido incapaces conseguir en tantos años: convertir los recursos del país en riqueza real, dar un atisbo de prosperidad al país y a su gente dejando gran parte de dinero (¿español?) en empresas de marketing bolivianas, staff del país, y contribuyendo al sustento de miles de empleos. Y además al más puro estilo capitalista: sin coacciones, sin violencia y de forma contractual. ¡Qué diferentes son las medidas de Morales, que pretende conseguir "riqueza" mediante la manipulación de la ley, los juicios y la represión!

El odio a la libertad e iniciativa privada también lo vemos en los ídolos de Morales, principalmente Fidel Castro, que olvidando los asesinatos del dictador y la continua represión contra la libertad trata a Cuba de democracia ejemplar quedando en una notable evidencia ante los medios de comunicación (vea el video).

Demasiados son los ejemplos que se pueden citar del odio de Morales hacia la humanidad. Pero aún así, los true believers de la izquierda y defensores del pensamiento único seguirán proclamando banderas que no son más que una máscara para ocultar el odio que sienten hacia la libertad. Una de esas máscaras fue el objetivo proclamado por Morales en su época preelectoral: "construir una nación plebeya". ¡Qué bonito! Pero, desgraciadamente, eso sólo encubre una vuelta al dirigismo más retrógrado y a un autarquismo que convertirá a Bolivia en una auténtica nación arruinada y más resentida.