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El timo de la estampilla

Exactamente esto es lo que ha ocurrido en el caso Afinsa-Fórum. Hasta cierto punto es explicable: la gente tiende a hacer caso a los fanfarrones, y el Estado es el mayor de todos ellos; "aquí estoy yo para solucionarlo todo", dice, y todos le miran. Y asienten. Es poderoso, qué duda cabe, y acostumbra a decidir sobre nuestras vidas. Pero la fuerza no es lo mismo que la capacidad y a lo que nos tiene acostumbrados es a fracasar de forma sistemática, una y otra vez, en sus pretendidos propósitos. Por eso las exigencias de más regulación tienen también algo de paradójico. ¿Evitó la regulación el caso Banesto? ¿Evitó el caso Enron? ¿Por qué seguimos pidiéndole al fanfarrón que nos proteja?

Si alguna función tiene el Estado, es la de la definición y protección de nuestros derechos. Para ello basta un Código Civil, otro Penal, un sistema judicial y una Policía. En el escándalo que ha arrastrado a 350.000 ahorradores, la Fiscalía ha acusado a Fórum Filatélico y Afinsa de operar con un "negocio piramidal, carente de lógica económica y abocado al fracaso". ¡Qué razón tiene la Fiscalía! ¡Una lástima que no se sienta excitada en su celo contra la Seguridad Social, que actúa con el mismo "negocio piramidal, carente de lógica económica y abocado al fracaso"! Se ve que el Estado a tanto no llega en nuestra protección, ya que en lugar de luchar contra este fraude, nos lo impone.

Se dirá que si se ha llegado a esta situación es porque algo ha fallado; y es verdad. Ha fallado la cultura financiera, que de estar extendida hubiera limitado el desarrollo de estas sociedades. Han fallado los medios de comunicación que, emponzoñados de política (por culpa del veneno, no del enfermo), no dedican la atención que merecerían otros procesos sociales también importantes. Pero una cosa son las carencias de una sociedad, y otra las responsabilidades, y éstas no alcanzan los demás, que en nada han participado en este asunto. Por eso, la propuesta del PP de crear un "fondo de garantías" ad hoc es una pieza más del arte moderno de la política: demagogia y populismo en propio beneficio, pero pagado con el dinero de los demás. Una propuesta antisocial, que remunera los comportamientos arriesgados y financieramente poco sanos, y envía el mensaje de que nada importa: siempre está el gobierno recaudando el dinero de los demás para pagar los platos rotos y erigirse en salvador. Que los paguen quienes se hayan enriquecido, violando a la vez los principios del Derecho y los de la economía.

El fraude piramidal

Es viable, mientras la llegada de nuevos inversores permite seguir pagando los intereses, pero en algún punto las sospechas de insolvencia retraen a los nuevos inversores, el dinero deja de llegar, y se produce la quiebra. El lector quizá se piense muy lejos de caer en tales engaños, pero quizá sin saberlo es parte de uno del mismo tipo, y a gran escala. Y es que la Seguridad Social funciona por principio y en la práctica exactamente del mismo modo. Su destino a largo plazo no será mejor que el de otros sistemas piramidales; los pagos actuales no se hacen con las rentas generadas por un capital acumulado durante años, sino con las aportaciones actuales de los nuevos contribuyentes. Se puede mantener durante décadas porque es obligatorio, pero cambio demográfico está haciendo que se tambalee, y desvelando la maldad ínsita de cualquier sistema piramidal.

El precio de defender la libertad en Venezuela

La última muestra ha sido la imputación a un grupo liberal llamado Rumbo Propio de los cargos de separatismo, traición a la patria y atentado contra la integridad del país y seguridad nacional. La pena puede oscilar entre 25 y 30 años de prisión. Hay cinco imputados: Néstor Suárez Bohórquez, Rafael Romero Barrios, Natalia Suárez Fernández, Gustavo Pineda Reina y el gran divulgador Alberto Mansueti, fundador del Partido Liberal del Perú, académico adjunto de Instituto de Libre Empresa y autor de diversos libros, ensayos y artículos en defensa del libre mercado y los valores cristianos.

Usted se preguntará qué delitos han cometido. Bien, ninguno de ellos es un terrorista, ni un ladrón, ni han realizado acto criminal alguno. Su delito es defender la libertad civil en un país gobernado por un personaje que ansía convertirse en un déspota socialista; y evidentemente, las acusaciones formales son falsas. Los acusados no son independentistas y menos aún un peligro para la seguridad nacional. Únicamente son un peligro para la política dictatorial de Hugo Chávez, y por esta razón y ninguna otra, les ha atacado la "justicia".

Lo que quieren pedir estos "disidentes" es un estado autónomo en Zulia (región situada al nordeste de Venezuela) regido por un estatuto especial de contenido liberal donde el gobierno sólo controle la seguridad, la justicia y las obras públicas. ¡Qué diferencia con los estatutos de moda en España, caracterizados por la supremacía burocrática sobre la sociedad civil!

Lo que está pasando ahora en Venezuela puede ser un adelanto de lo que nos espera en Europa y, muy especialmente, en España. El gobierno de Rodríguez Zapatero no sólo ha apoyado la figura de Chávez, sino que incluso ha cooperado activamente con el tirano vendiéndole armas. Ya sabe lo que dice el refrán: "dime con quien andas y te diré quién eres". Aquel que idolatra a los tiranos es porque quiere comportarse como ellos. La censura del CAC (Consejo del Audiovisual de Cataluña), el nuevo adoctrinamiento de la LOE, el estatuto del periodista… ¿Cree que el caso de Venezuela no pasará en España? En realidad la caza de brujas de Zapatero ya ha empezado. Una muestra reciente es la detención ilegal de los militantes del PP por el simple hecho de ser de derechas.

El verdadero mérito de Bill Gates

Cierto es que esta costumbre la suelen alternar con la concesión de premios a ganadores sin méritos suficientes siquiera para ser nominados, como sucedió con Fernando Alonso, pero es que ellos son así. Este año, sin embargo, se han ganado el odio de la gran mayoría de mi profesión. Vamos, que los informáticos están que trinan. Y es que le han dado ese premio nada más y nada menos que a Bill Gates. Bueno, y a su mujer.

El mérito considerado para darles esta distinción es la Fundación que lleva su nombre, dedicada principalmente a la lucha contra la malaria. Una acción loable, sin duda, llevada a cabo gracias a los fondos obtenidos del éxito de su empresa, Microsoft. Fue también gracias a esta labor como el multimillonario y su señora consiguieron aparecer como, seamos políticamente correctos, "personas del año" en la revista Time, junto a Bono, el cantante, no el agredido imaginario. Pero para muchos es indignante que se le otorgue este premio. Las razones alegadas son muchas, aunque yo las resumiría en una: es asquerosamente rico y, por tanto, ha de ser malo.

Yo tampoco estoy de acuerdo con el premio, porque la razón por la que se lo han otorgado no tiene nada que ver con la cooperación, sino con la extraordinaria virtud de la caridad. Sé que semejante palabra suena mal a los mismos oídos que se deleitan con el sonido "solidaridad", aplicado a la generosidad con lo ajeno característica de los gobiernos, pero es la única que describe con precisión lo que hace esa fundación. En realidad, la manera en que Bill Gates ha promovido la cooperación internacional como pocas personas en el mundo es mediante la creación de Microsoft y la comercialización de sus sistemas operativos y aplicaciones; es decir, la misma razón por la que se ha hecho asquerosamente rico.

Y es que la empresa de Bill Gates y Paul Allen llevó a cabo una innovación notable: se dedicó a vender unos y ceros cuando todo el mundo informático prefería comerciar con cajas llenas de chips y cables. Microsoft se negó a entrar en el negocio del hardware, insistiendo en hacer que sus programas pudieran ejecutarse en máquinas que cualquiera podía fabricar, con tal de que siguiera ciertos estándares comunes. De este modo creó las condiciones de mercado que permitieron que los precios del hardware cayeran en picado, favoreciendo también la bajada de precios de compañías que, como Apple, optaron por el modelo de negocio contrario. Es decir, por medio de su éxito empresarial, logró que miles de fabricantes de todo el mundo cooperaran entre sí por medio del mercado, permitiendo que los ordenadores empezaran a ser asequibles para todos. Gracias a ello, además, se hizo asquerosamente rico. Cosas del capitalismo.

Seguridad privada y sociedad civil

La simplista lógica izquierdista nos dice que, cuando hay un problema en la sociedad, el Estado tiene que intervenir. Si el problema persiste a pesar de la intervención, será necesario incrementar el gasto público. El Estado es infalible, por lo que sus errores sólo pueden deberse a una insuficiencia de medios.

El análisis científico del liberalismo, no obstante, llega a conclusiones diametralmente opuestas. El Estado distorsiona todas aquellas actividades que regula debido a insuficiencias de información, incentivos y, sobre todo, cálculo económico. Cuanto mayor sea el ámbito del Estado, peores serán los resultados obtenidos.

De esta manera, si tenemos un problema y el Estado interviene para solucionarlo, empeorará; y si no somos conscientes de que ese agravamiento se debe al Estado pediremos una expansión del gasto público para remediarlo que, sin embargo, sólo provocará un sucesivo empeoramiento.

Pensemos en los controles de precios. Si el Gobierno quiere impedir que un precio suba demasiado y establece un "precio máximo" inferior al de mercado, los consumidores estarán deseosos por comprar y los productores no estarán dispuestos a vender. En otras palabras, el mercado sufrirá una carestía del bien cuyo precio se ha regulado. Si el Gobierno quiere garantizar el acceso equitativo a ese bien, no tendrá otro remedio que recurrir al racionamiento, esto es, a una confiscación de facto de los bienes para su distribución.

Pero no olvidemos que la gente puede seguir adquiriendo ese bien en el extranjero, por lo que el Estado también deberá establecer un control fronterizo para asegurarse de que "los ricos" no obtengan un acceso preferente. Y para todo esto necesitamos un redoblamiento de la policía, de las inspecciones aduaneras y de los juzgados; esto es, un incremento de los impuestos que sólo empobrecerá aún más a la ciudadanía. Más Estado significa más caos y menos armonía.

Esto también es fácilmente observable en el caso de la policía pública. Al tratar de conseguir mejorar la eficiencia del sector privado en materia de seguridad, el Estado establece una serie de regulaciones torpes e innecesarias que sólo sirven para incrementar los costes de las empresas del ramo y distorsionar su funcionamiento.

Durante la Edad Media se desarrolló en Gran Bretaña un eficaz sistema de seguridad vecinal, por el cual los vecinos gritaban cada vez que contemplaran un delito. Sin embargo, durante el siglo XVII el ayuntamiento de Londres obligó a todo aquel que fuera testigo de un crimen a aprehender al malhechor. Esto socavó las bases de la convivencia y de la cooperación vecinal contra el crimen, ya que muy pocos estaban dispuestos a correr el riesgo de enfrentarse con el delincuente. Así, el Estado transformó la seguridad en una materia predominantemente crematística: "Si quieres que corra el riesgo de protegerte, págame".

Al socaire de estas leyes arbitrarias surgieron las primeras empresas privadas y de guardas vecinales. El problema es que el Gobierno siguió aprobando leyes, con la "noble" tarea de mejorar la eficiencia de estas empresas, y sólo consiguió agravar la situación. Se les exigió una ingente cantidad de papeleo y una jornada mínima de trabajo, de manera que sus costes se dispararon. Todos aquellos vecinos que tan sólo querían dedicar una porción de su jornada semanal a proteger la comunidad a cambio de una ligera recompensa fueron expulsados del mercado.

La reducción de la oferta fue seguida de una seminacionalización de las compañías de seguridad (por ejemplo, los vigilantes nocturnos pasaron a cobrar del erario público, y no de sus clientes), lo que les desvinculó en buena medida de las necesidades de sus clientes. Todo ello condujo a que los delitos dejaran de perseguirse con la misma intensidad que antes (ya que se desvinculaba el salario del resultado). Finalmente, tras una fuerte campaña de publicidad, en 1829 se creó un cuerpo de policía metropolitano público, que contó con 3.000 hombres.

A partir de aquí la historia ya es de sobra conocida. Al igual que pasó con la educación pública, el Estado comenzó a cebar sus cuerpos policiales con el gasto adicional procedente de los impuestos. La seguridad privada fue progresivamente marginada y regulada, hasta el punto de que en la inmensa mayoría de los países europeos el derecho a la autodefensa y a la posesión de armas de fuego ha sido eliminado (en Gran Bretaña la prohibición comenzó en 1903).

Pero todo este incremento del gasto público y del número de regulaciones no ha conseguido reducir el crimen, más bien al contrario. Nunca el Estado ha sido más manirroto en seguridad que ahora, y nunca el crimen y la delincuencia han sido más elevadas.

La razón es idéntica a la que hemos visto antes con respecto a los controles de precios. Cuanto más gaste en seguridad el Estado, cuanto más regule, más estrangulará las iniciativas privadas y comunitarias de asistencia mutua. Esto provoca necesariamente una disminución en la eficiencia de la lucha contra el crimen y, por tanto, un mayor incentivo a abrazar la delincuencia. Este incremento de la violencia trata de combatirse con más gasto policial y más regulaciones, que a la postre sólo favorecen nuevos aumentos de la delincuencia.

Las iniciativas privadas y comunitarias se ven enormemente dificultadas por la legislación estatal. Por ejemplo, hace un mes saltó la noticia de que 23 tiendas de una calle de Valencia habían contratado a dos personas para que vigilaran sus comercios, ante los frecuentes atracos y la absoluta falta de diligencia de la policía local. Con 40 euros al mes por tienda, disfrutan de una patrulla continua durante sus horarios de trabajo. En caso de que tengan algún altercado, basta una llamada perdida al móvil y el vigilante acude de forma inmediata.

Ahora bien, el servicio de seguridad dista mucho de ser inmejorable. Es cierto que los comerciantes están muy contentos (de ahí que sigan pagándoles), pero el único mecanismo defensivo con que cuentan los dos vigilantes es una placa de policía falsa: la intimidación se produce por engaño a los delincuentes.

Las enormes restricciones de la legislación española a la tenencia de armas y a la autodefensa fuerzan a que la seguridad comunitaria tenga un campo de acción muy limitado. Si en lugar de con placas falsas estos individuos patrullaran con pistolas, la difusión de esos servicios sería mucho mayor y, en consecuencia, el crimen se desplomaría.

Sólo las compañías más eficientes en luchar contra los delincuentes prosperarían; las restantes estarían abocadas a la quiebra. Un servicio policial que no acudiera cuando debiera implicaría un cliente perdido.

Las ingentes normas estatales sólo impiden que estas eficaces compañías afloren, pues los burócratas necesitan garantizarse el monopolio de la compulsión. No olvidemos que una sociedad desarmada y sin sistemas de defensa comunitarios es una sociedad postrada ante el Estado y su policía. Lenin decía que un hombre armado podía controlar a 100 desarmados; los impuestos y las regulaciones públicas necesitan estar respaldados por el monopolio de la compulsión. Y el Estado lo sabe.

La privatización y la desregulación de la seguridad son el único camino para reducir la delincuencia y afianzar nuestra libertad. No podemos dejar el zorro al cuidado del gallinero.

Ricos, pero pobres

Pero los recursos, por sí, no son en absoluto riqueza. Una tonelada de cobre no tiene ningún valor, si no la incorporamos a un proceso productivo; si no la engarzamos en el proceso general de creación de riqueza, y que consiste precisamente en disponer y conjugar bienes, servicios y recursos naturales de tal forma que sirvan nuestras necesidades. Por sí mismos no nos son de utilidad, no tienen valor alguno, y dependen del uso que hagamos de ellos. Sólo cuando son dirigidos a un propósito, insertos en una empresa, en un proyecto productivo encaminado a lograr un producto que nos sirva, es cuando adquieren valor.

De hecho, los países que han permitido la extensión de la riqueza en sus sociedades nada deben a haber contado con grandes masas de recursos naturales. Peter Bauer, en un breve artículo, recordaba que "la prosperidad sostenida le debe muy poco o nada a los recursos naturales; obsérvese, en el pasado, Holanda: gran parte de la misma ganada al mar en el siglo diecisiete; Venecia, un rico poder mundial construido sobre un lodazal; y ahora la Alemania Occidental, Suiza, Japón, Singapur, Hong Kong y Taiwán, por citar solo los ejemplos más obvios de países prósperos con poca tierra y pocos recursos naturales, pero evidentemente no escasos de recursos humanos". Por contraste, "en medio de una abundante tierra y vastos recursos naturales, los indios americanos precolombinos permanecían en la lipidia, sin ni siquiera tener animales domésticos o conocer la rueda, mientras que Europa, con mucha menos tierra, se había enriquecido y había desarrollado una cultura rica".

Es más, contar con un recurso que, bien utilizado, podría ser muy valioso, puede incluso resultar perjudicial. La riqueza sólo se crea cuando la sociedad se ha tropezado con instituciones que respetan y hacen respetar la vida, la propiedad y los contratos; cuando un ciudadano sabe perfectamente que ninguna decisión arbitraria le va a beneficiar o perjudicar, y que su prosperidad depende de esa combinación de esfuerzo personal y perspicacia para adelantar las necesidades sociales que siempre tiene premio en el mercado. Si una sociedad no ha logrado que impere el Derecho sobre la voluntad arbitraria de algunos, un gran pozo de petróleo o valiosas minas de un metal valioso puede incluso ser un obstáculo, ya que la tentación para ocupar y hacer del recurso una fuente de alimentación del propio gobierno es enorme. Y si los recursos del Estado no dependen de los impuestos desembolsados por la sociedad, sino de extraer un recurso de la tierra, la gente es menos necesaria para el poder. No tenemos más que observar, por ejemplo, que la elevación de los precios del petróleo ha avivado a los movimientos nacionalistas, de Iberoamérica a Rusia.

Soluciones Zapatero para la productividad

Según el World Investment Report 2005 de la UNCTAD, el 13,2 por ciento de las 50 mayores empresas transnacionales había localizado en el año 2004 actividades de I+D en España. No es para tirar cohetes pero tampoco está mal. ¿Y qué hay del futuro? ¿Cómo valoran las 50 mayores empresas del planeta –responsables de dos tercios del gasto empresarial mundial en investigación y desarrollo– las perspectivas y los planes monclovitas? Pues sin mucho entusiasmo. Tan sólo el 1,5 por ciento de estas empresas considera España como una localización atractiva para instalar actividades de I+D entre 2005 y 2009.

En ese ranking de atractivo para los grandes inversores en el que España tiene el dudoso honor de compartir posición con Rumanía o Túnez, China (61,8%) y Estados Unidos (41,2%) ocupan el primer y segundo puesto respectivamente. Estas dos primeras posiciones nos muestran a las claras que la inversión en innovación puede atraerse mediante bajos costes laborales, pero no sólo así. De hecho, la segunda posición de EE.UU. indica que, aunque sean elevados en términos absolutos, no son un problema si la economía es relativamente libre, abierta y productiva. El desmadre intervencionista europeo ha logrado que el Reino Unido sea el único país considerado atractivo para realizar inversiones en I+D por más de un diez por ciento de estas multinacionales (13,2%).

España, siguiendo el manual europeo de cómo consolidar el estado del malestar, trata de cubrir parte de ese creciente abismo productivo con los EE.UU. y otras economías más libres a base de gasto público en I+D. Caen de nuevo en el espejismo del constructivismo socio-económico. Y es que este gobierno no parece entender que la investigación y el desarrollo que realmente mejoran la productividad no se logran a golpe de inyecciones estatales sino, más bien, a fuerza de reducir las trabas, los impuestos y cómo no, el gasto público. Los números absolutos de inversión en I+D no importan. Lo que importa es que esa inversión vaya realmente a innovar en esos campos donde es más urgentemente necesitada por la población. Y eso sólo se puede lograr si quien invierte se encuentra en un mercado libre y apuesta en el proyecto con sus propios recursos. Así pues, que el gobierno se ocupe de parar la inflación monetaria que promueve, que de la inversión innovadora nos ocupamos el resto de la sociedad si los políticos nos dejan en paz.

Nacionalizar la pobreza

En la escala de la libertad, Revel le superó en años luz, aunque sus epígonos postreros intenten hacer ver lo contrario. Desde Juan Pablo II, nadie como el escritor francés ha merecido tanto un especial de Libertad Digital.

El servilismo de los medios de comunicación con los iconos de la izquierda cuando estiran la pata es proverbial. Todos eran grandes defensores de la libertad, con una vida dedicada a luchar por la democracia, aunque jamás hubieran hecho el menor amago de sacudirse el pelo de la dehesa estalinista. Los escasísimos liberales que defendieron a contracorriente las ideas que hacen a las sociedades más libres, en cambio, ni reciben el aplauso que merecen en vida ni el reconocimiento público que se les debe en la muerte.

Yo también me acuerdo de cuando Revel vino a Murcia a recibir un modesto homenaje, con un salón de actos bastante desangelado, ocupado en su mayor parte por ¡estudiantes de francés! Como también recuerdo que varios meses después ocupó ese mismo estrado Ignacio Ramonet, que todavía sigue revolviendo los cascotes del Muro de Berlín en busca de una idea, y a la salida se daba un baño de multitudes, con los jefazos de las instituciones escoltándolo sonriendo de oreja a oreja, mientras el tipo, embozado en un chaquetón de cuero a lo Bertold Brecht, dedicaba una mueca de asco a los burgueses palanganeros que lo agasajaban. Exactamente lo que merecían.

En esos años, los jóvenes liberales de Murcia no necesitábamos un taxi para desplazarnos porque cabíamos en un ciclomotor biplaza. La primera vez que solicitamos un rinconcito en cualquier salón palaciego destinado a la cultura para organizar un ciclo de conferencias sobre liberalismo, el jerarca del asunto nos felicitó por la idea y nos sugirió que incluyéramos en el programa una charla sobre Rosa Luxemburgo. Sobrevivimos sin darnos a la bebida y hoy, varios años después, los liberales murcianos cabemos en un taxi, pero bastante apretados.

Ser liberal no es tener vocación ni de héroe ni de mártir. Tampoco de rebelde a la violeta, dispuesto a cambiar el mundo a golpe de revolución, como la secta progre (que siempre pone su bolsillo previamente a salvo, pero esa es otra cuestión). Se trata de cultivar y defender las ideas que la Historia ha demostrado ser las únicas válidas para garantizar el progreso, la libertad y el bienestar de los ciudadanos.

Un liberal no renuncia a sus ideas simplemente porque tenga la seguridad de que jamás van a triunfar. No hay estrategia mejor para que un día acaben imponiéndose.

Evocaciones

A nadie escapa, además, el elemento populista, la fácil venta ante el electorado que tiene poner al votante como teórico accionista y hablar de devolver a Bolivia unas riquezas que “le pertenecen”. Al fin, ¿Qué importancia puede tener un cambio de titular en la explotación de un recurso, cuando solo hay que extraerlo y acaso vendérselo a los distribuidores? Pues la tiene, y mucha.

Producir no es una cuestión técnica, sino económica: se trata de hacer el uso más productivo de un recurso. Para ello, los empresarios cuentan con un delicado sistema de señales, que son los precios y los costes, y que le van indicando qué es lo más conveniente en cada momento. El gestor público no se mueve por el beneficio, sino por otro tipo de consideraciones que nada tienen que ver con hacer el mejor uso del recurso, por eso todas las gestiones públicas caen en el fracaso. Allende logró arruinar nada menos que la minería chilena de cobre, y Castro ha hecho de Cuba un país importador de azúcar. En toda la historia, Estados y grupos de toda ralea han intentado agarrar la riqueza de otros, para ver cómo se les escapaba de las manos como la arena del mar. Y es que confundían la riqueza con las cosas, en lugar del quehacer diario, libremente encaminado a satisfacer las necesidades sociales.

Generación T, de Tonto

Una de las excusas va a ser la de siempre, que "en países más avanzados ya se practica". En esta ocasión, el país avanzado resulta ser Canadá. Esperemos que, en su título de país avanzado, no imponga un impuesto del 80% sobre la renta.

El objetivo del gobierno, en realidad, sólo es convertir al estado en un ídolo aniquilando la libertad individual y la diversidad de pensamiento. Si revisamos la historia, eso es precisamente lo que siempre han intentado los grandes tiranos.

"Primero el bien común, después el bien individual". Esta sentencia, que puede parecer pronunciada por un gran altruista, fue escrita por un político que llevó a Europa a uno de los peores momentos de su historia: Adolf Hitler. La oración parafraseada no significa que el altruismo sea maligno, sino que cuando la política introduce en su lenguaje y programa la solidaridad, ésta siempre nos lleva al colectivismo estatista.

Esta idolatría hacia el estado ha creado situaciones absurdas. En nombre de la solidaridad y bien común se subvencionan películas que nunca serán estrenadas, se dan ayudas a países donde gobiernan tiranos y, mientras tanto, la familia media española ha de hacer auténticas proezas para llegar a final de mes. Evidentemente algo falla aquí.

Si el Estado se dedica a adoctrinar a nuestros hijos para que pierdan su personalidad en favor de la explotación estatal las cosas no mejorarán sino que empeorarán. Los valores a los más pequeños han de ser introducidos por sus padres y no por técnicos del gobierno que sólo diseñan estrategias para el bienestar de ellos mismos y no de la comunidad. Evidentemente, lobotomizar a las generaciones más jóvenes inculcándoles que pagar impuestos es bueno es el caso más ejemplar.

No necesitamos un futuro de personas mentalmente estériles con el único objetivo de servir al gobierno; sino personas que sepan que la única fuente de prosperidad, riqueza y libertad es el trabajo duro, la responsabilidad individual y la diversidad. Es indiscutible que cualquier política social del gobierno, como la creación artificial de la "Generación T", va en contra de estos valores y de la propia naturaleza del hombre libre.