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Porkbusters

Un buen ejemplo reciente son los 223 millones de dólares logrados por el representante republicano de Alaska para construir un puente para que las 50 personas que viven en un pueblecito cerca de la “ciudad” de Ketchikan, de 8.000 habitantes, se ahorren los seis dólares del ferry para viajar a ésta.

Los políticos de Luisiana no son precisamente inocentes en esto. Pese a las quejas, tan generosa y acríticamente recogidas por nuestros medios de comunicación, de que Bush había recortado los fondos para las presas y por eso se había inundado Nueva Orleáns, lo cierto es que ese estado ha recibido durante el gobierno del republicano más fondos que nadie para infraestructuras; unos 1.900 millones de dólares, la mayoría de ellos para proyectos perfectamente calificables como pork.

En esto llegó Katrina, la devastación y la perspectiva de una costosísima reconstrucción. Bush aseguró que esto no implicaría un aumento de impuestos y que intentaría recortar gastos en otras áreas. Lo cierto es que su registro derrochador inspira poca confianza. Tan poca que la blogosfera se está organizando por su cuenta para presionar a los legisladores norteamericanos en un proyecto que han llamado Porkbusters liderados por Glenn Reynolds, el profesor liberal de derecho que posee la bitácora más influyente: Instapundit. La sociedad civil, aprovechándose de las facilidades de comunicación de la nueva era digital, está colaborando en la búsqueda del derroche en el presupuesto federal y la exigencia a sus representantes que renuncien a esos gastos en beneficio de los damnificados de Katrina.

El periodismo disperso tardará en Europa y España en tener el peso que tiene en la opinión estadounidense, si es que llega a tenerlo alguna vez, no por la diferencia de adopción de las nuevas tecnologías, sino por la diferencia entre una sociedad y otra. Aquí seguimos esperando que el Estado nos solucione la vida y quejándonos sin hacer nada. Allí trabajan tanto para labrarse su futuro como para ayudar a los demás. ¿Cómo no iba a ser más brillante y llena de iniciativas la blogosfera norteamericana?

Chanchullos políticos, pérdidas totales

Primero pongámonos en situación. La política de Kirchner en Argentina se caracteriza por el intervencionismo feroz: impone tarifas e impuestos, precios máximos, leyes contra el comercio y la sociedad, multas, crea crisis energéticas, hace aumentar la incertidumbre financiera. Incluso consiente abiertamente la violencia callejera. Esta situación ha creado la continua retirada de grandes empresas del país. La última víctima ha sido Aguas de Argentina.

Después de largas negociaciones infructuosas y del uso de una política de desgaste por parte del gobierno, Kirchner ha logrado que los principales accionistas de Aguas de Argentina se retiren del país: la empresa francesa Suez y la española Aguas de Barcelona (Agbar). Suez (que es el primer proveedor de energía y servicios industriales de la Unión Europea, décimo productor de electricidad del mundo, sexto operador de gas europeo y segundo en agua y tratamiento de residuos) dice que el intervencionismo político es inaguantable; se va de Argentina. Agbar hará lo mismo que Suez (ya que Suez es el primer accionista, indirectamente, de Agbar). Ante la desastrosa política de Kirchner y su incumplimiento de contrato, Suez probablemente presentará una demanda contra el gobierno argentino por 100 millones de dólares. Sí, el intervencionismo provoca estos resultados.

¿Y qué tienen que ver aquí los impuestos de los españoles? Kirchner y Zapatero se encontraron en Nueva York a razón de la última Asamblea de Naciones Unidas. El presidente argentino aprovechó para pedir a Zapatero que interviniese en la disputa para que Agbar no abandonase Aguas de Argentina. Kirchner también quería hablar con Dominque Villepin, primer ministro francés, pero éste, con razón, no lo recibió. Según dijo Villepin, el conflicto empresarial entre Suez y el gobierno argentino no es incumbencia del estado de Francia.

Zapatero, que antepone su esnobismo y amistades personales al dinero de los españoles, podría adquirir una participación de Aguas de Argentina a través de la Sociedad Española de Participaciones Industriales (SEPI). ¿Y qué significa esto? Que el estado español se dedicaría a regalar el dinero al gobierno argentino para mantener un mercado politizado, rígido e ineficiente. El agua en Argentina es necesaria, sin duda, pero la peor manera de gestionarla es manteniendo intromisiones políticas que sólo llevan a la miseria de todos, de argentinos y posiblemente de españoles también.

Lo que tendrían que preguntarse políticos como alias “Factor K” y “ZP” es por qué Suez y Agbar quieren irse corriendo de Argentina, y también, por qué Agbar se va a retirar de casi toda América Latina (Uruguay, Colombia, Brasil, México y Cuba) debido a las fricciones con los gobiernos locales, es decir, debido al intervencionismo.

No hace falta ser un genio: el intervencionismo causa pobreza. Piensen por qué Agbar sólo quiere permanecer en un solo país de América Latina, Chile, curiosamente el país más liberal de toda la región. ¿Tal vez la libertad de mercado, aunque discreta, es la única que nos asegura el bienestar y riqueza? Las evidencias hablan por si solas.

Una Nueva Jerusalén

Con este bagaje intelectual, nuestro presidente del Gobierno ofreció un discurso en las Naciones Unidas, expresión máxima del burocratismo estatalista, que en todo momento estuvo a la altura de los disparates precedentes.

A primera vista, el mensaje de Zapatero no pasa de un fasto demagógico, de la honda charlatanería a la que nos tiene habituados. Sin embargo, al leerlo con atención encontramos perversiones típicamente socialistas.

Uno tiene la impresión de que, entre tantos tiranos, déspotas, estatistas y antiliberales varios, ZP se sintió como en casa y sacó a relucir su rostro más sincero.

La solidaridad socialista

Zapatero empezó su alocución diciendo: "La sociedad española ha mostrado tradicionalmente unos arraigados sentimientos de solidaridad internacional, que se han fortalecido en los tiempos recientes. Atendiendo a este noble sentir generalizado, mi Gobierno ha hecho de la cooperación al desarrollo una seña de su identidad, uno de los valores preferentes para guiar su gestión política".

A la izquierda le encanta llenarse la boca con la palabra "solidaridad". De hecho, el pretexto último que el socialismo utiliza para expoliar, reprimir y coaccionar al individuo es la "solidaridad"; y así, el Estado de Bienestar es la expresión máxima de la solidaridad interindividual e interterritorial. Parece que cuanto más robe y despilfarre, más solidario es un político.

En ese sentido, cuando los liberales proponen acabar con la redistribución coactiva de la renta, de inmediato son tildados de insolidarios y egoístas. Parece, pues, que la solidaridad es un valor monopolizado por la izquierda.

De hecho, es curioso que Zapatero apunte que los sentimientos de solidaridad de los españoles "se han fortalecido en los tiempos recientes". ¿Es que acaso el talismán del Gobierno socialista ha incrementado nuestros sentimientos de bondad y empatía? ¿O acaso ZP está confundiendo solidaridad con el atraco a mano armada que su Gabinete está practicando con las subidas de impuestos?

La solidaridad debe asentarse en la voluntariedad; sólo así la acción del "dar" adquiere el valor moral de la solidaridad. Si yo doy lo que no es mío no estoy siendo solidario. Si otros dan lo que es mío tampoco lo estoy siendo. Los españoles no somos solidarios porque el magnánimo ZP entregue nuestro dinero a los tiranos del Tercer Mundo; en tanto no hayamos donado el dinero voluntariamente (y los impuestos tienen poco de voluntarios), la solidaridad está del todo ausente.

Sin embargo, en la mente de Zapatero el Gobierno es el principal impulsor de la solidaridad. Los individuos y la sociedad empequeñecen y son relegados a un segundo plano. La solidaridad, para el socialismo, es otro sector de la economía que debe ser nacionalizado y planificado. El ser humano no tiene iniciativa: los políticos la tienen por él.

En definitiva, el fin de la redistribución debe venirnos impuesto. Los proyectos y aspiraciones de cada persona no importan, quedan condicionados a ese fin colectivo ideado por los socialistas. Todo –nuestra vida, nuestra libertad y nuestra propiedad– queda supeditado al fin superior de la solidaridad socialista.

Políticos omnipotentes

La concepción de ZP de la solidaridad no sólo nos indica cuál es su idea sobre la naturaleza humana (el hombre sólo puede actuar a través de la dirección y represión de otros hombres más capaces), además sirve para ilustrar la imagen que tiene de sí mismo.

Como decimos, para ZP la sociedad es un lodazal de corrupción e ineptitud que debe ser comandado y organizado por la clase política. En otras palabras, la clase política, de la que Zapatero forma parte, está conformada por una suerte de semidioses omniscientes que conseguirán cambiar la naturaleza humana y solucionar todos los problemas de la humanidad.

El entramado intervencionista que ZP esbozó en su discurso va, precisamente, dirigido a conseguir terminar con el hambre en el planeta: "El pueblo español cree que es posible construir un mundo sin miseria; cree que lograrlo en una generación no es una utopía, que existen medios para conseguirlo".

Al margen de la torpeza e inutilidad de las propuestas de Zapatero, conviene que nos detengamos un momento en la fatal arrogancia que exhalan sus palabras. Nuestro presidente se cree capaz de terminar con la pobreza en el mundo. Su desbocada inteligencia, su portentoso talento, no tiene límites: en una generación será capaz de desterrar el hambre.

No debemos sorprendernos de tamaña fanfarronería. En Camino de servidumbre Hayek se preguntaba por qué los peores individuos de la sociedad siempre llegaban al poder. El pensador liberal llegó a la conclusión de que las personas justas tendrían escrúpulos suficientes como para no pretender planificar la vida de los demás a través del Estado, por lo cual sólo los arrogantes, ignorantes y amorales pretenderían copar tales responsabilidades: "Así como hay poco que pueda inducir a los hombres que son justos, según nuestros criterios, a pretender posiciones directivas en la máquina totalitaria, y mucho para apartarlos, habrá especiales oportunidades para los brutales y los faltos de escrúpulos".

En el caso de ZP, esta tesis queda plenamente confirmada: a través de su directa acción e intervención, el hambre en el mundo terminará. Sólo necesita una cosa: los "medios para conseguirlo". Tales medios, por su parte, sólo pueden proceder de la sociedad, y, por supuesto, para obtenerlos no recurrirá al "diálogo", al "talante" o a la "persuasión", sino a la brutal fuerza impositiva del Estado. ZP sólo necesita nuestro dinero para alcanzar los fines superiores de la humanidad; por ello no va a dudar en arrebatárnoslo. Necesita nuestro dinero para ser solidario; y tiene las armas para obtenerlo.

Un mundo por construir

Hemos visto cómo Zapatero piensa, por un lado, haber descubierto el fin último de la sociedad, al que quedan subordinadas todas las demás desviaciones individuales, y, por otro, cómo se cree capaz de ejecutar y realizar semejante fin.

Obviamente, la conclusión lógica de tanta arrogancia reunida sólo puede ser el incremento del poder político y la reducción de las libertades individuales. De nuevo, fue Hayek quien analizó este fenómeno, que denominó "constructivismo".

Los socialistas creen ser capaces de planificar las sociedades y las instituciones. Desprecian las relaciones voluntarias, el orden espontáneo y las asociaciones libres. Todo debe nacer de la mente del planificador central; el político "crea" la sociedad, nos asigna nuestros planes, nos otorga nuestros medios y da sentido, por tanto, a nuestras vidas.

En otras palabras, Hayek acusaba al socialismo de querer "construir" la sociedad, como si de un ingeniero ante una máquina se tratara. Cada una de las piezas de esa máquina eran elementos susceptibles de manipulación y control político.

Zapatero es digno depositario intelectual del constructivismo. Repitamos el párrafo con que cerró su discurso: "El pueblo español cree que es posible construir un mundo sin miseria; cree que lograrlo en una generación no es una utopía, que existen medios para conseguirlo; cree que la lucha contra el hambre y contra la pobreza es la guerra más noble que la Humanidad puede librar. Den por seguro que en ese combate el Gobierno y el pueblo español quieren batirse en primera línea".

No es casualidad que en estas frases destaquen tres palabras: "construir", "guerra" y "Gobierno". La construcción de las sociedades es una guerra permanente del Gobierno contra la sociedad. Aquellos individuos que, gritando "libertad", no se sometan a los planes gubernamentales deberán ser perseguidos y reducidos.

Éste es el ideal de Zapatero en particular y del socialismo en general. Un Gobierno que controle, planifique y construya toda la sociedad; un Gobierno en continua guerra contra los díscolos; un Gobierno omnipresente.

Por ello, las recientes subidas de impuestos responden a una clara estrategia: incrementar la presencia del Estado y reducir la de la sociedad. La maquinaria estatal, a través de los impuestos, crece a costa de los individuos. Cuanto mayor sea el poder político, más menguará la sociedad civil.

Zapatero ha reiterado en la ONU sus pretensiones constructivistas, intervencionistas y socializantes. Rodeado de dictadores, déspotas y tiranos, ha recordado que el fin último de todo Estado es expandirse sin límite. La redistribución planetaria es el objetivo prioritario; las subidas de impuestos, el medio adecuado; la construcción de una Nueva Jerusalén, el resultado final.

El socialismo pretende destruir las bases morales y económicas de nuestra civilización –que giran en torno al derecho de propiedad– para erigir un nuevo orden planetario fundamentado en la dirección centralizada del Estado. Fracasaron con el comunismo genocida; ahora se esconden tras la gran mascarada de la Tercera Vía, la socialdemocracia y el progresismo. Pero los objetivos finales son los mismos: construir un mundo de esclavos del Estado.

A río revuelto, ganancia de ecologistas

Una calamidad como han sufrido los habitantes de Nueva Orleáns atrae a todo tipo de moscones intelectuales. En especial a aquellos que han perdido sus argumentos en el debate de las ideas. Cuando ven una tragedia como esta se apresuran a sacar partido y tratan de apuntalar sus ruinosas teorías con las trágicas imágenes que difunden los medios combinadas con medias verdades o completas falacias. Uno de los grupos cuyos partidarios se han dado prisa en aprovechar la coyuntura ha sido el movimiento radical ecologista. Su mensaje ha sido claro. La catástrofe se debe a nuestro voraz sistema económico de libre mercado, es decir, al capitalismo.

El argumento más sofisticado diría poco más o menos lo siguiente: “Los gases efecto invernadero están calentando el planeta. Ese calentamiento produce un incremento en la temperatura media del océano y éste, a su vez, sirve de caldo de cultivo de más y mayores huracanes”. Puesto así, en abstracto, la mayoría de los científicos admitirían que no es una teoría descabellada. El problema viene cuando se intenta poner a prueba.

El primer problema, en el caso del Katrina, lo encontramos nada más echarle un vistazo a la serie histórica de huracanes que han tocado tierra en los EEUU. Entre comienzos y mediados del siglo XX, una época en la que se supone que se produjeron relativamente pocos gases efectos invernadero, tuvo lugar un fuerte incremento de los huracanes de mayor fuerza destructiva (los de las categorías 3, 4 y 5 en la escala Saffir-Simpson). Entre la primera y la quinta década del pasado siglo estos huracanes se duplicaron pasando de 4 a 10. Sin embargo, en las décadas que siguieron al fin de la segunda guerra mundial, cuando la emisión de gases efecto invernadero se multiplicaron significativamente, hasta el final de la década de los 70, los huracanes más destructivos y el conjunto de todos los huracanes que tocaron tierra disminuyó de manera continuada y significativa pasando de 24 a 12 el total y de 10 a 4 los de mayor virulencia. Desde entonces y hasta ahora ha habido un escaso aumento de la incidencia de huracanes. En la pasada década aún se mantenían por debajo de la media del siglo XX sumando los de gran fuerza 5 ocasiones y 14 el cómputo total de los que tocaron el suelo de los EEUU. La cuestión que se plantearía cualquier persona culta es dónde está la correlación entre emisión de gases y variación del número o la intensidad de huracanes. La respuesta es bien sencilla: Desde una perspectiva empírica no existe tal correlación.

Esto nos conduce al problema de la causalidad. Los expertos en huracanes afirman que estos fenómenos naturales responden a ciclos pero dicen saber todavía poco de los fenómenos que desencadenan esos ciclos. La hipótesis ecologista consiste en afirmar que el factor principal que domina esos ciclos es el calentamiento de las aguas. Como veremos, su teoría tiene serios problemas. Antes que nada porque las aguas de la región de formación de huracanes del Atlántico (entre los paralelos 5 y 20 norte, desde África hasta América) vienen sufriendo un ligero enfriamiento en las últimas décadas. El equipo del programa medioambiental de las Naciones Unidas (UNEP) reconoce este dato cuando dice que “áreas como el Océano Atlántico norte se ha enfriado en las últimas décadas.” Pero aún hay más. En el resto de zonas en las que se forman los huracanes no ha habido ningún crecimiento en la cantidad ni la intensidad de estos fenómenos a pesar del ligero calentamiento de muchas de sus aguas. Por lo tanto no sólo no hay evidencia empírica de una relación entre la emisión de gases y la frecuencia o intensidad de los huracanes sino que la supuesta base teórica de los ecologistas hace aguas por los cuatro costados del razonamiento teórico más elemental.

Por eso no es de extrañar que los más reputados estudiosos de los huracanes nieguen la autoría de este fenómeno al calentamiento global. Entre estos famosos científicos destacan James J. O´Brien, Roy Spencer y William Gray. Gray, considerado por muchos colegas e instituciones como el mayor experto mundial en huracanes, no sólo ha explicado recientemente en The New York Times que en su opinión no existe relación entre huracanes como el Katrina y la influencia que el hombre pueda estar teniendo sobre la temperatura global de la tierra sino que ha asegurado que los pocos que afirman ahora lo contrario saben muy poco de huracanes y mucho de cómo hay que conseguir subvenciones públicas. Y es que ahora todos se apuntan a la lluvia de millones que trata de correr un tupido velo sobre la cadena de despropósitos gubernamentales. Sería una verdadera tragedia que la desgracia humana de los habitantes de Nueva Orleáns sirva para engendrar otra desgracia intelectual: el rescate del movimiento radical ecologista a manos del sufrido contribuyente americano.

La peste de Rodríguez Zapatero

La iniquidad de José Luis Rodríguez Zapatero parece no conocer límites. En su discurso ante las Naciones Unidas dijo, nada menos: “El terrorismo no tiene justificación. No tiene justificación, como la peste; pero como ocurre con la peste, se puede y se deben conocer sus raíces; se puede y se debe pensar racionalmente cómo se produce, cómo crece, para combatirlo racionalmente.”

Según la terrible comparación zapateril, el terrorismo es como una enfermedad. Un fenómeno negativo, mortífero, sí, pero natural. Si la bacteria de la peste se le mete a uno en el cuerpo, ¿Qué le va a hacer? “Me subió la fiebre y se colocó una bomba en Madrid conmigo presente”, podrían haber dicho los autores del 11-M. “Comencé a toser y a esputar sangre, y mi cuerpo empezó a moverse hasta que se disparó la pistola alojada en mi mano”, podría decir uno de los asesinos y las asesinas de ETA. Una fiebre. Una secreción. Un síntoma.

Reacciones sin voluntad, que se producen como consecuencia de la pobreza, que Zapatero llama “injusticia”. La pobreza no es solo carencia de los medios básicos para la vida. En su código ético la pobreza es un virus que lleva involuntariamente a (pseudo)personas a matar a sus semejantes. Pseudo, porque las personas de verdad tienen voluntad, actúan según les dicta su conciencia y toman decisiones en función de lo que creen más adecuado. Zapatero cae en ese prejuicio progre de que los pobres no saben lo que se hacen y no actúan por sí mismos. Todo ello es un Insulto a las víctimas.

En otra figura utilizada por el vate Rodríguez Zapatero, la pobreza es una tierra fértil para la semilla del terrorismo. El resultado es el mismo: hacer del terrorismo no una elección personal, y por tanto sujeta al juicio de la ética, sino un mero evento desafortunado, pero escasamente evitable por quienes padecen la causa externa de su comportamiento, en este caso la pobreza. Para pobrezas, la de su pensamiento y sus palabras. Si no fuera porque las ha pronunciado ante la ONU, sumidero de discursos vanos e inmorales, sería para sonrojarse.

A más ayudas más pobreza

Zapatero dijo en la última Asamblea General de la ONU que “en ese combate el gobierno y el pueblo español quieren batirse en primera línea” refiriéndose a “la lucha contra el hambre”.

ZP usa el lenguaje de los soberanos absolutos representando sus gustos e intenciones como si fueran las de toda España, y es que el uso falaz de palabras como "nación", "sociedad" o “pueblo” han sido la excusa para el lavado de cerebro estatal y la creación de un estado omnipotente y económicamente despótico.

Los países no tienen personalidad propia, ni deseos, ni los guía ninguna moral sobrenatural. Los países los componen personas, y sólo estas son las legítimas para elegir qué hacer con su dinero. Cuando alguien usa grandes palabras para alcanzar grandes fines con nuestro dinero sacado por la fuerza, no es más que un ladrón. Pero aún renegando de este principio ético podemos ver como esta expropiación por parte del estado tampoco conseguirá su fin.

Economistas clásicos como Thomas Malthus o David Ricardo (entre los más conocidos popularmente) atacaron un decreto llamado la “ley de pobres” que pretendía hacer una redistribución de la riqueza. “La ley de pobres —decía Ricardo— ha vuelto superflua la previsión y la moderación… Diciendo a los pobres que renuncien al esfuerzo e independencia sólo conseguiremos incrementar la pobreza” y “ningún proyecto de reforma de la ley de pobres merece la más mínima consideración si su objetivo último no es su abolición”. Las ayudas del estado incentivan la ociosidad y el parasitismo. Regalar el dinero de otros no puede ayudar a nadie.

Hemos de tener en cuenta que no se suben los impuestos en España para transferirlos a África. Lo que pretende ZP es expropiar el dinero de amas de casa, padres de familia, autónomos, comerciantes…, es decir, de gente como usted, para dárselo a un dictador africano o sudamericano. Y esa es la realidad.

Ni un 0,4; 0,7 ni un 50% del PNB pueden ayudar a los pobres del mundo. La única salvación de los países pobres es librarse de los gobiernos tiránicos que tienen e implementar un sistema de libre comercio total (y lo mismo nos podemos aplicar). Aquí van unos cuantos ejemplos del Banco Mundial (que no destaca por su liberalismo precisamente):

Un empresario que quiera montar su primera empresa en Zambia ha de pagar en licencias un 1.600% del ingreso per cápita del país y esperar 165 días para obtenerlas. No es de extrañar que casi el 50% de la economía esté sumergida.

Una empresa en Sierra Leona ha de pagar un 164% de sus actividades económicas brutas. Evidentemente, casi todas las empresas están también en la economía sumergida.

En Siria, para comenzar un nuevo negocio, el estado exige una aportación inicial de como mínimo 61.000 dólares en capital.

En el Chad un nuevo empresario ha de depositar en el banco, para iniciar una empresa, más de 1.700 dólares cuando el ingreso per cápita es de 260. Es como si en España usted necesitara depositar en el banco 120.000 euros (más de 20 millones de las antiguas pesetas) para arrancar su negocio. Ya se puede imaginar usted como va la corrupción en el Chad.

En cambio, Ruanda, que desde el 2001 ha empezado a hacer tímidas reformas, ha alcanzado un crecimiento económico promedio de 3,6% anual. De los más altos de África.

En resumen, las ayudas a punta de pistola que pretenden los gobiernos y organizaciones supranacionales no enriquecerán a los países subdesarrollados, sino a los dirigentes despóticos que los gobiernan. Gracias a las ayudas, Mobutu Sese Seko, antiguo dictador del Congo, tenía una fortuna personal en Suiza de aproximadamente seis mil millones de euros (mayor que la deuda de su país). La lucha contra el hambre y la pobreza se ha vuelto hoy día la lucha contra las personas y su propiedad. Y quien recuerde a ellas para ganar electores, o cualquier otro fin, no es más que un tirano inhumano.

Solos frente al Estado

Sucede, sin embargo, que el saludable gobierno limitado decimonónico se ha transformado a lo largo del último siglo en el monstruo estatal que ahora conocemos. Actualmente los gobiernos esquilman nuestro bolsillo, no para ejercer las funciones básicas que les son propias, sino para transformar radicalmente a la sociedad, quiera ésta o no; por las buenas o por las malas. Los políticos no son ya los garantes de la supervivencia de una forma de ver el mundo, sino aplicados ingenieros sociales jugando a hacer su pequeña revolución que les lleve a la posteridad. Una sociedad sana rechazaría de inmediato las pretensiones manipuladoras de esta minoría tiranizante; por eso el paso previo, como en todo procedimiento totalitario, es embrutecer a la masa lo que sea menester hasta hacerla inmune a la más mínima tentación reflexiva. A estas alturas de la Historia, los propios afectados hemos acabado aceptando gustosos sobre nuestros hombros el peso de una culpa inmerecida. Nos tiranizan, pero lo celebramos por que es por nuestro bien.

Un solo ejemplo: el tabaco. El gobierno produce, comercializa y obtiene impuestos de un producto dañino, pero la culpa de todos los males que acarrea la tiene usted, insensato consumidor. Las campañas antitabaco llegan prácticamente al insulto directo, convirtiendo al adicto en un monstruo insolidario al que conviene aislar. Los propietarios de los restaurantes, aceptan resignados que los políticos que mantienen con sus impuestos, decidan por ellos lo que les queda o no permitido hacer a sus clientes dentro de su propiedad. Y nadie protesta.

En realidad, la única diferencia entre el Estado del Bienestar (¡!) y un delincuente común, es que éste último, consciente de su condición vil, no te endilga después de robarte una palinodia para crearte mala conciencia. Te roba y se larga. A un gobierno "de progreso" no le basta con asaltar tu bolsillo. Quiere que se lo agradezcas. Es la tiranía más perfecta jamás soñada; aquella que no necesita ejercerse por la fuerza, pues las víctimas aceptan gozosas las cadenas que se le imponen. Es usted un esclavo, ¿Lo sabía?

La rebelión contra la riqueza

Si todo se debe al azar, los desdichados sólo conseguirán sobrevivir a través de la redistribución forzosa. Como explicaba hace unos pocos días el Secretario General de Cáritas: "Para que haya menos pobres tiene que haber menos ricos".

Y, cómo no, nuestro fabuloso ZP, ese experto tras dos tardes en economía, se ha adscrito a esta frívola solución de la pobreza. Según el diario Expansión, el jefe del Gobierno propondrá ante la ONU subir el IVA 0’2 puntos porcentuales en todo el mundo desarrollado para eliminar la pobreza.

Desgraciadamente, nada hace más daño a ricos, y pobres, que estas simplistas explicaciones que no atienden a estudiar, respectivamente, las causas de la riqueza y de la pobreza.

Imaginemos que un grupo de gente, por la razón X, destruye sistemáticamente la riqueza; y que otro grupo, por la razón Z, la genera de manera continuada. El disparate de la solución altermundista para la pobreza es flagrante: si quitamos la riqueza a quienes la producen y se la damos a quienes la destruyen no reduciremos la pobreza, sino que la incrementaremos.

Despejando las incógnitas, si la gente es pobre por el excesivo intervencionismo del Estado no parece que la solución más adecuada para la pobreza sea incrementar el tamaño del Estado en Occidente y en África.

Después de la cruzada contra los viciosos, la Inquisición fiscal socialista comienza ahora su ofensiva contra el desarrollo y la prosperidad.

El fracaso de la redistribución

El guitarrista Jon Schaffer se quejaba de que la solución izquierdista a todos los problemas consistía en lanzar un fajo de dinero y esperar a que se arreglasen solos. Es curioso cómo la izquierda mantiene con el dinero una relación de amor-odio: por un lado lo considera la causa de todos los males pero; por otro, la fuente de todas las soluciones (hasta el punto de querer obtenerlo a través de la fuerza, esto es, los impuestos).

La izquierda aburguesada cree haber encontrado la solución perfecta: dado que los pobres no tienen "dinero", simplemente tenemos que proporcionárselo.

Sin embargo, las causas de la pobreza son mucho más profundas. La explicación de que los africanos son pobres porque no tienen dinero con que emprender negocios y crear riqueza no se sostiene. Por ese mismo argumento, Europa y EEUU nunca hubieran alcanzado cotas de bienestar tan elevadas. Si África no puede prosperar es porque "algo" o "alguien" se lo impide, y mientras ese "algo" o "alguien" siga bloqueando la creación de riqueza el efecto de dar dinero a los africanos será el mismo que si lo lanzáramos a un pozo sin fondo.

Como ya hemos explicado en varias ocasiones, los africanos no pueden crear riqueza porque el derecho a la propiedad privada se encuentra atacado y vilipendiado por sus gobiernos.

Es curioso que las únicas recetas del PSOE consistan en ampliar el grado de intervencionismo y de poder de los gobiernos africanos. Bajo la férula del progresismo y de la demagogia más descarnada, Zapatero se dispone a dotar de mayor poder a los principales verdugos de las libertades en África.

Pero supongamos que los tiranos africanos fueran a administrar los fondos recibidos de manera diligente (con o sin supervisión de la ONU), ¿significa esto que la subida del IVA en Occidente conseguirá eliminar la pobreza? En otras palabras, ¿la redistribución de fondos es inútil solamente porque los gobiernos africanos son corruptos y liberticidas?

La respuesta es un rotundo "no". Aun suponiendo una más que dudosa buena fe en los tiranos, la receta mágica de Zapatero para desarrollar África consistiría en volver al socialismo real, esto es, a la completa planificación de la economía por parte del Estado. ¿Es que acaso la ruina del comunismo no ha enseñado nada a los politicastros del PSOE?

Un Estado no puede planificar la estructura de capital de una sociedad, ya que carece de la información necesaria para ello. El empresario, a diferencia del Gobierno, invierte "su" dinero y ofrece a los consumidores una serie de productos; si la inversión ha sido correcta obtendrá beneficios, en caso contrario quebrará y otros empresarios reanudarán la inversión.

Los Estados, en cambio, no obtienen la financiación de sus proyectos a través de las compras voluntarias de los consumidores, sino del expolio de los ciudadanos. Si una "empresa" pública pierde dinero, al Gobierno le basta con subir los impuestos o pedir más ayuda extranjera. La propiedad privada es el punto de partida de toda la economía; sin ella no hay capital, ni división del trabajo ni cálculo económico.

Por ello, los políticos y planificadores son incapaces de planear la estructura productiva de una sociedad; por tanto, el nuevo impuesto solidario de ZP será, como poco, dañino para los occidentales (si bien hay fundados motivos para pensar que lo será también para los africanos, al ampliar el poder de sus estados).

Mientras África no garantice el derecho a la propiedad privada, sus sociedades seguirán sumergidas en la pobreza. Nadie –ni los extranjeros ni los propios africanos– puede estar dispuesto a invertir en una sociedad donde el Gobierno puede, en cualquier momento, nacionalizar la inversión o quedarse con sus rentas.

Por mucha ayuda económica que llegue a África, la sociedad seguirá anestesiada mientras los gobiernos no dejen de agredir la propiedad privada y el espíritu empresarial de sus ciudadanos. En caso de que esa agresión cesara, el crecimiento sería tan veloz y espectacular que la ayuda exterior sería innecesaria.

En realidad, detrás de las cándidas y populistas propuestas de ZP lo que encontramos es un movimiento estratégico dirigido a ampliar el peso del Estado a costa de la sociedad. Los gobiernos occidentales incrementarán su grado de intervencionismo a través de la subida del IVA; a su vez, los gobiernos africanos, gracias a los nuevos fondos, ampliarán su poder.

El círculo vicioso

Pero además este movimiento estratégico generará un círculo vicioso de mayor intervencionismo. Por un lado, como hemos visto, el mayor poder de las dictaduras africanas significará la perpetuación, incluso ampliación, del ataque a las libertades y a la propiedad privada. Por otro, hay que tener en cuenta que las exportaciones africanas a España también se verán gravadas por el incremento del IVA: no sólo pagaremos más por los productos españoles, también por los africanos. Esto significa un menor incentivo para importar productos del Continente Negro. No es que el impuesto lo vayan a pagar los empresarios africanos, sino que los consumidores españoles reducirán sus compras, entre ellas las de bienes africanos.

Con sus políticas socialistas y neoinquisitoriales, ZP no sólo castiga a los españoles, también a los pobres africanos a los que dice ayudar. El negocio izquierdista sale redondo: los gobiernos africanos incrementan su presencia y la sociedad civil sigue empobreciéndose.

La ecuación sólo puede desembocar en una mayor miseria en el futuro, argumento perfecto para volver a incrementar el IVA en Occidente. Vemos, pues, cómo el compadreo dirigista entre sus dictadores y los nuestros termina cercenando la libertad de todos. Eso sí, no duden de que los políticos actúan defendiendo nuestros intereses.

Conclusión

Pocas veces la célebre frase de P. T. Bauer acerca del intervencionismo ha sido tan certera: "La ayuda externa es un excelente método para transferir dinero de los pobres de los países ricos a los ricos de los países pobres".

Los españoles, todos, pagarán más por el hecho de consumir. El Gobierno, haciendo uso de su omnipotencia, ha decidido quedarse con una mayor porción de "nuestro" dinero. Pero, para más inri, el objetivo de tal robo no es otro que engordar las arcas de los tiranos africanos; esto es, consolidar los regímenes opresores, que son los principales culpables de la pobreza en África. A diferencia de lo que decía el secretario general de Cáritas –y parece suscribir el PSOE–, "para que haya menos pobres tiene que haber más ricos"; esto es, los pobres tienen que volverse ricos, y no los ricos pobres.

Pero ZP aprovecha el sentimentalismo contra el hambre para incrementar su poder. Los menesterosos no le importan; no pueden importarle, dado que sus políticas van dirigidas a utilizarlos como reclamo de caza, como justificación bananera a su progresivo control político y económico de la sociedad.

Los africanos no son libres; sus vidas y sus propiedades se encuentran sistemáticamente atacadas por los autócratas intervencionistas. La propuesta de ZP sólo conseguirá recortar aún más la libertad de los africanos y fortalecer los mecanismos represivos de sus estados. Sin embargo, no deberíamos olvidar que quien ha urdido semejante plan despótico es nuestro presidente del Gobierno. Los africanos no son libres, pero nosotros no deberíamos dormirnos en los laureles.

Represión y colaboracionismo

El otro día leí en una página web algo bastante gracioso: “el capitalismo crea egoísmo.” Para este tipo de pensadores de domingo el egoísmo es un fenómeno relativamente nuevo, a saber, poco más de 200 años. Es decir, ¡en el siglo XV el egoísmo no existía, el mundo vivía en una especie de Jardín del Edén!

También nos hace cuestionar la vocación de algunos autores anteriores a la era capitalista. Según la versión de este tipo de izquierdistas, Santo Tomás de Aquino no sería un filósofo, ni un teólogo, sino un escritor de ciencia ficción que supo adelantarse 500 años al nacimiento de un sentimiento o comportamiento como el egoísmo. Pero más mérito tendría la figura de Aristóteles, otro escritor de ciencia ficción que se adelantó más de 2000 años.

Es muy común entre algunas personas confundir conceptos. Uno de ellos es egoísmo y utilidad. Incluso la Real Academia de la Lengua define egoísmo como el “inmoderado y excesivo amor a sí mismo, que hace atender desmedidamente al propio interés, sin cuidarse del de los demás.” Una definición muy descuidada ya que ¿qué significa “inmoderado” y “excesivo”? ¿Cómo lo podemos medir? ¿Qué significa “atender desmedidamente al propio interés”? Es que si me pongo un abrigo porque tengo frió ¿estoy actuando de forma egoísta, o se puede decir que estoy atendiendo desmedidamente mi propio interés?

Los actos económicos nacen de la utilidad (marginal) de cada persona, y ésta es subjetiva. Usted adquiere algo porque le gusta, y el vendedor se lo vende porque prefiere su dinero, y luego, éste se lo gastará en otra cosa que él valora más. Esto no es egoísmo, sino la satisfacción de nuestras necesidades. Da igual cuales sean porque estamos obrando de forma pacífica y voluntaria con los demás. Las transacciones comerciales voluntarias son todas legítimas, da igual que compremos agua, pan, tabaco, alcohol o sustancias que el estado haya prohibido unilateralmente. No estamos haciendo daño a nadie. Quien intenta impedírnoslo por la fuerza está asesinando nuestra libertad, y es, de facto, un tirano.

Lo que sí es rebuscado y perverso es intentar eliminar la libertad con lemas morales absurdos con el único fin de imponer su moral aplicando la coacción y la fuerza (leyes, impuestos, eslóganes de salubridad…) contra personas que no están cometiendo ningún acto criminal.

Y es que por desgracia todos los bienes son escasos, y de alguna forma hemos de conseguirlos, procesarlos y conseguir un determinado nivel de vida. Si todos los bienes fuesen ilimitados viviríamos en el País de Jauja y los economistas, empresarios, estado… no harían falta (aunque bien analizado, el estado nunca es necesario). Todos tendríamos aquello que quisiéramos sólo con pensarlo. Pero ese momento aún no ha llegado, y por lo tanto, hemos de trabajar y esforzarnos para conseguir lo que pretendemos porque nadie nos lo regalará. Y si realmente hay alguien que nos lo ofrece sistemáticamente gratis, como podría ser el estado, eso significaría que hay otro grupo de personas que son esclavos y nosotros estamos viviendo a costa de su producción. Este sistema negaría la libertad y proclamaría abiertamente la esclavitud.

Esto fue lo que pretendieron los antiguos países comunistas, y esto es lo que está haciendo el actual estado del bienestar. Esclaviza a una mayoría para repartirlo arbitrariamente entre una minoría. Este sistema no sólo vulnera la ética (y ésta, a diferencia de la moral, sí es objetiva), sino que además es un sistema que tiende a la pobreza generalizada; crea ciclos económicos; inflación ya sea haciendo inflar el precio de la mantequilla como el de la vivienda; y dependencia hacia el tirano con subsidios y derechos forzosos.

Egoísmo y capitalismo son dos conceptos que no tienen nada que ver. El capitalismo es el sistema que ha logrado prolongar nuestra vida, que ha logrado que tengamos educación (mala educación si la gestiona el estado), podamos vestir cada día, e incluso que nos podamos permitir lujos como televisores, viajar, coches…

Cuando le digan que el Capitalismo crea egoísmo, responda quién es realmente el egoísta, el que defiende un sistema en el que la sociedad se enriquece de forma voluntaria y pacífica (capitalismo), o el que impone a punta de pistola la moral arbitraria de un sistema ineficaz, obsoleto y ruinoso (estado del bienestar y socialismo).

Un sistema a eliminar para siempre

Como le sucede a todo régimen o partido comunista, al gobierno chino le sienta la libre expresión de ideas contrarias a las oficiales como a un gremlin comer después de medianoche. Esa bondadosa y generosa preocupación por el género humano que dicen que es el comunismo se ha tornado siempre en gulag y lao gai, campos de concentración para el pensamiento libre. Pero eso es algo conocido, aunque Europa se niegue a ver sus consecuencias lógicas y prohíba organizaciones nazis mientras permite a las comunistas presentarse a las elecciones. Lo que no es, o no debería, ser considerado como normal es la colaboración de empresas occidentales en el esfuerzo de la represión. Y menos aún cuando se trata de empresas cuyo modo de vida depende tanto de dicha libertad, y que han logrado crecer y enriquecerse gracias a su existencia.

Los tres grandes de Internet tienen alguna restricción en sus operaciones en China. Es sabido que los bloggers que empleen la herramienta de Microsoft MSN Spaces no podrán escribir nada que contenga palabras como libertad o democracia, esas que tantos salpullidos provocan al comunismo gobernante. Yahoo firmó un acuerdo en 2002 en el que se comprometía a ejercer la autodisciplina. Google News excluye en China aquellas fuentes que el gobierno de Pekín ha decidido censurar. Mientras el líder de los buscadores justifica sus acciones por el hecho de que resultaría incluso incómodo mostrar noticias que luego los internautas chinos no podrían leer por los controles impuestos por el Estado –aunque no menciona nada del saludable efecto de poder ver titulares no censurados–, los dos primeros se justifican en el cumplimiento de la ley. Y es que tras décadas de intentar sustituir la moral por la ley, empieza a resultar difícil encontrar empresarios que se restrinjan más allá de la letra de la misma.

El recientemente fallecido Rafael Termes recordaba que las organizaciones podían seguir tres tipos de comportamiento ético: guiarse por el qué dirán, por la ley o por la calidad humana de las personas que la componen. En el caso del periodista condenado a diez años por difundir “secretos de estado”, que supone un salto cualitativo notable en la historia de colaboracionismo con Pekín, Yahoo no tenía demasiadas opciones, especialmente si es cierto que no se le comunicó la razón por la que se le pedían datos del disidente. Podía cooperar, exigir derechos de veto en la cooperación con la policía en materia de derechos básicos, negarse en redondo a colaborar o renunciar a tener negocios en China. Es probable que, en la práctica, dichas opciones se reduzcan a la primera o la última. ¿Deben las compañías extranjeras negarse a trabajar en países donde puedan verse obligadas a colaborar en la violación de los derechos humanos? Se puede aducir que su presencia, aún colaborando con el régimen, evita que el país se cierre a toda influencia exterior. Pero es difícil sostener una argumentación utilitarista cuando de derechos humanos se trata.

Sin embargo, por más que sea éticamente reprobable el comportamiento de las empresas de Internet en China, no se debe olvidar jamás que la responsabilidad real de la condena recae en el régimen comunista. Son los dirigentes chinos los que dictan las leyes, ordenan la persecución de la disidencia y mandan a la policía a buscar los datos incriminatorios. Pero estaría bien que las grandes multinacionales de Internet dieran una lección negándose a colaborar con las autoridades, aunque parece difícil que eso se produzca una vez ya han invertido en ese país. Es probable que la censura finalmente se muestra inútil para impedir que las ideas de libertad lleguen a los chinos, y que la disidencia sobreviva a la colaboración de empresas occidentales contra ella. Pero los directivos, trabajadores y usuarios de Yahoo podrían entonces mirarse al espejo sabiendo que nunca colaboraron.