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Apartheid progresista

En una ocasión Luis Napoleón Bonaparte dijo que: “la cantidad de bienes que exporta un país a otro es proporcional al número de cañonazos que se pueden disparar contra el enemigo con honor y dignidad”. De aquí se deduce, evidentemente, que las importaciones son los cañonazos que nosotros recibimos de los otros países. Casi doscientos años después, los proteccionistas europeos siguen pensando igual.

Es lo único que saben hacer bien los políticos y altos burócratas: destruir el comercio y prosperidad de las naciones con guerras comerciales, y también las vidas de las personas con sus políticas exteriores (intervenciones militares, guerras…). No en vano, el brillante economista Ludwig von Mises afirmó que “la filosofía del proteccionismo es la filosofía de la guerra”.

Antes que los gobiernos se entrometiesen en los asuntos económicos las guerras comerciales, tal y como las entendemos ahora, no existían. Efectivamente, la razón por la cual hoy día usted compra más caro en una tienda no se debe al libre mercado, que es casi inexistente (de momento), sino a las peleas internacionales de los políticos. Sus pantalones, sus camisas, sus productos de cocina… son las armas que usan para enriquecerse ellos, y las empresas más ineficientes. El perdedor es el empresario eficiente y el consumidor.

Tenemos esta semana un ejemplo fresco. El 1 de enero de este año entró en vigor la liberalización de productos textiles a nivel internacional. Esto provocó varias consecuencias: que los políticos perdieran una relativa fuerza sobre las actividades económicas, que las empresas ineficientes y obsoletas tuvieran problemas para seguir en el mercado, que los consumidores tuviéramos más productos textiles y más baratos y que las empresas eficientes recibieran más beneficios generando más bienestar. Gracias a esto último, en parte, Zara ha entrado en la lista de las cien mayores marcas del mundo (la 77, y es la única española de la lista).

Pero esto no gustó a los políticos ni a las empresas ineficientes (¡organizadas en lobbies, como no!). Así que decidieron reabrir la guerra comercial perjudicándonos a todos. El pasado mes de junio la UE firmó un acuerdo con China que establecía restricciones hasta 2007 para las importaciones procedentes del gigante asiático. ¿Y cuáles han sido los resultados?:

– Las cuotas anuales de blusas, jerséis y pantalones han sido superadas. Los pedidos de los comerciantes no están en las tiendas, sino en el puerto bloqueadas por el estado.

– También, la demanda ha sobrepasado con creces la cuota fijada para la entrada de ropa de cama, de mesa y vestidos de mujer.

– Y en breve, la cuota anual de sujetadores y camisetas también se superarán.

En el Financial Times varios ministros entrevistados advertían que las “empresas comerciales europeas se enfrentan a la bancarrota o a serias pérdidas financieras. Muchos puestos de trabajo podrían perderse”. Sumémosle algo más, y es que si hay una reducción en la oferta de un bien puede haber un aumento en su precio; lo que significa que el consumidor, nosotros, tendremos que pagar más por la temporada de otoño. También es cierto que el empresario podría absorber la pérdida y mantener el antiguo precio, pero esto llevaría a lo que ha apuntado el Financial Times.

Otra vez, vemos como las políticas intervencionistas de los políticos no son para nuestro bien, sino para el suyo y para sus amigotes (lobbies, sindicatos, patronales…). Las negativas consecuencias del proteccionismo no las pagan ellos, sino nosotros. Quienes perdemos el dinero somos nosotros, por el contrario, los eurócratas se han subido el sueldo este año sustancialmente como gratificación a su “buena” labor. Las guerras de los políticos, en cualquier sentido, siempre son nefastas y desastrosas para todos nosotros.

Europa contra la cultura

El sistema de Apartheid está volviendo a imponerse en Sudáfrica. La nación más desarrollada al sur del Sáhara había abandonado el sistema que imponía el racismo desde el Estado en 1991, bajo el gobierno de Frédérik de Klerk, pero lo está volviendo a imponer ahora. Discriminación positiva, se llama. Es el racismo de izquierdas, que desprecia el ideal liberal de igualdad ante la ley supuestamente para beneficiar a grupos desfavorecidos. El gobierno de Thabo Mbeki está decidido a recuperar el viejo sistema, pero con los blancos en el otro lado.

Se trata, en teoría, de hacer una masiva transferencia de renta y riqueza no de ricos a pobres, sino de blancos a negros. Se comenzó intentando imponer, con escaso éxito, un sistema de cuotas que forzara a cada empresa a partir de cierto tamaño a ser “demográficamente representativa”. Como bajo el sistema racista anterior se expulsó a la población negra de acceso a una educación especializada, se ha acabado sustituyendo mano de obra experta por otra que no lo es en absoluto, con enorme daño para las empresas y para el empleo. Se ha hecho lo mismo con el Estado. Allí importa menos la cualificación de los trabajadores, ya que el mismo Estado es ineficaz, claro, pero no deja de proveer de servicios esenciales, como sanidad u obras públicas, que se resienten por la nueva política. El único camino que podría seguir, aunque lento, es el de mejorar los niveles educativos de toda la sociedad, especialmente de aquellos a quienes se les ha negado esa oportunidad. Pero el gobierno de Mbeki ha preferido de nuevo la discriminación positiva en el profesorado a los resultados, con gran daño para la población negra joven.

Otra vía para la transferencia de riqueza hacia la población negra es la ley que pide a los accionistas blancos de las empresas que vendan parte del capital de las mismas a ciudadanos de otra raza. Como las ventas eran lentas, se amenazaba a dichas empresas a no ser contratadas por el Estado. Entonces el intercambio empezó a ser más rápido, pero ahora a favor de los miembros del Congreso Nacional Africano. Ahora el gobierno quiere dar un paso más drástico: las expropiaciones de la propiedades en manos de blancos. No tenemos más que ver el ejemplo de Zimbabwe para saber a dónde llevan esas políticas. Al desorden económico, al abandono de los cultivos, al hambre de millones de personas, al reparto del pobre botín entre los miembros del régimen.

Si se quiere beneficiar a la población más pobre, ni la redistribución, ni el racismo institucionalizado de la discriminación positiva son el camino. Otros países pobres han optado por abrirse a la economía mundial y hoy se les llama los tigres asiáticos, con niveles de vida mucho más altos. Sudáfrica ha hecho todo lo contrario. Como explicaba el año pasado un artículo del New York Times, los sindicatos han logrado mantener los sueldos de los trabajadores muy altos en comparación con la productividad, para evitar que Sudáfrica, bajo el encanto de los costes laborales bajos, “se convierta en el taller de Occidente”. Tanto éxito ha tenido esa política, que la tasa de desempleo alcanza al 40 por ciento de la población y a más de la mitad de la que es de raza negra.

Mercado Único: un yogur caducado

El debate sobre Google Print se ha vuelto a poner en el tapete por la paralización por parte de Google de la digitalización de obras protegidas por copyright y por la publicación de un artículo de Darío Villanueva tan socialista que parece europeo, más concretamente de la rama gabacha. El catedrático de Literatura asegura que prefiere un esfuerzo europeo estatal que cree verdaderas bibliotecas virtuales que ofrezcan un valor añadido en lugar de meros repositorios de libros, quizá sin darse cuenta de que la facilidad de uso y accesibilidad de un buscador de libros como Google supera a cualquiera de las patéticas prestaciones que se ofrecen en un proyecto pionero de los que le gustan, como es Cervantes Virtual.

En definitiva, estamos ante un ejemplo más de la lucha entre iniciativa privada y pública, entre liberalismo y socialismo, entre libertad y coacción. No apoyo el proyecto de Google porque sea bueno, que lo es, lo apoyo porque si es malo y no lo utiliza nadie sus creadores pagarán por haberse equivocado. Tampoco me opongo a Cervantes Virtual porque sea malo, que lo es, me opongo porque el fracaso de semejante bodrio innavegable lo pago yo y no sus creadores.

Por supuesto, en este caso como en otros es difícil separar el debate sobre derechos del de la utilidad. Milton Friedman explicó el problema en términos utilitaristas con una sencillez pasmosa. Existen cuatro posibles modalidades de gasto teniendo en cuenta dos parámetros: el origen del dinero y el destino de los fondos. Cuando el dinero lo gastamos nosotros en nosotros mismos es cuando normalmente está mejor empleado: no tiramos el dinero adquiriendo cosas inservibles y cuidamos muy mucho de gastar más de lo necesario. En cambio, cuando el dinero es nuestro y el destinatario es otro, aunque cuidemos la cantidad, no vigilamos tanto el valor real de aquello que compramos. Cuántos regalos nos habrán hecho y hemos pensado: “si no fuera porque es la intención lo que cuenta, lo tiraría mañana a la basura”. Es más, cuántos regalos hemos hecho pensando: “ahora el pobre lo tendrá que poner en la repisa cuando venga de visita”.

Las dos posibilidades que nos quedan son fáciles de deducir tras ver las dos primeras, pero les ahorraré el trabajo que les veo vagos con la modorra agosteña. Si el dinero no es nuestro pero invertimos en nosotros mismos tendremos cuidado en el buen destino de los fondos, pero no nos preocupará gastar mucho ni poco. ¿Qué más da? Si la empresa tiene a bien pagarme un hotel de cinco estrellas, no me voy a quejar. Eso sí, si fuese mi dinero, iría a uno más cutre, como hacemos los menos potentados en nuestras vacaciones. Por último, el desastre total tiene lugar cuando ni el dinero es nuestro ni lo vamos a invertir en nosotros mismos. En ese caso, da lo mismo cuanto gastemos y, encima, da lo mismo que sea invertido en algo útil.

El proyecto de Google es un ejemplo de la segunda posibilidad y las bibliotecas virtuales estatales del cuarto. Ambos incorporan un elemento de vigilancia extra: el mercado y la democracia. Sin embargo, mientras el mercado supone una vigilancia continua y personalizada, en el que la indiferencia supone un fracaso, la democracia es una vigilancia retardada y en pack, en el que la indiferencia permite eludir el fracaso. No hace falta ser un genio para ver cuál funcionará mejor, aspectos éticos aparte. El caso es que yo uso ya el ingenio de Google y no la biblioteca estatal española. Y es que el Estado mata la cultura.

Las regulaciones entorpecen el bienestar

Si abril de este año fue el mes en el que los ministros de transporte de la Unión Europea atentaron gravemente contra el mercado único al aprobar la introducción de tasas al tránsito de camiones por los países de la Unión, julio ha sido el mes de la defunción del único valor positivo que le queda a la Europa unida: su supuesto mercado interior libre. Agreguen la paralización de la directiva que pretendía liberalizar el mercado de los servicios y la transmutación del pacto de estabilidad en sólido acuerdo político para endeudarnos y robarnos poder adquisitivo siempre que se le antoje a un individuo trajeado con título de primer ministro o presidente de gobierno y reconocerán que nos encontramos ante una verdadera pintura negra.

Pero centrémonos en la expiración del mercado único. Este verano el gobierno francés se ha encargado de recordarnos que la libre circulación de capitales es una fantasía. En el país vecino el control político sobre la actividad empresarial es una prioridad política y ante esa realidad no hay mercado único que valga. No importa que el gobierno sea de un color o de otro. Tampoco importa si las empresas son estatales, privadas o mixtas. Lo que importa es que el poder político pueda meter las manos en los asuntos empresariales cuando y como le plazca. Sentencias como “el gobierno hará todo lo que esté en su mano para oponerse”, “es un atentado contra la soberanía nacional” o “hay que defender Francia y lo que es francés” fueron machaconamente repetidas por las más altas instancias del gobierno sin que nadie hubiese declarado la guerra o atentado contra ese país. La razón de esas frases propias de una situación prebélica fue el simple rumor de que PepsiCo, una solvente empresa multinacional, planeaba comprar suficientes acciones de Danone como para controlar la dirección de la empresa francesa.

Ni Chirac ni Villepin han inventado el concepto de “patriotismo económico” que tanto han mencionado con los calores del verano. Se trata de la antigua idea mercantilista, enemiga de la libertad individual, del consumidor y del progreso económico en general, que tan bien desmontaran sus compatriotas Say, Molinari, Bastiat o, más recientemente, el ministro Jaques Rueff.

Mientras estos vergonzosos sucesos tenían lugar en Francia, asistíamos al destape de unos travestís políticos en Italia. Tras los gritos a coro de “viva el mercado único y la libre circulación de capitales”, altos responsables del gobierno italiano y, en especial, el gobernador del Banco de Italia, Antonio Fazio, impedían la compra de BNL por BBVA y de Banca Antonvéneta por ABN Amro mediante el eficaz poder de presión que les proporcionan los suntuosos despachos políticos. Al menos éstos tuvieron el pudor de no vociferar que había que defender Italia. Acaso porque son menos analfabetos en asuntos económicos que sus homólogos franceses y porque conocen someramente el legado de grandes autores como Bresciani Turroni, Bruno Leoni o De Vitti de Marco que, de manera palmaria, estaban profanando. Se deban a lo que se deban las diferencias de forma con el ejecutivo galo, el desprecio por la libertad es igual de mayúsculo.

Uno de los mitos contemporáneos más extendidos consiste en afirmar que las democracias son mucho más pacíficas que las sociedades no democráticas. La realidad es que las democracias nunca se han caracterizado por su pacifismo si no permitían la libre importación y exportación de capitales. Por lo tanto, es la internacionalización del mercado de capitales de un país –sea éste una democracia o no– lo que (junto al patrón oro y a libertad de comercio y de inmigración) desincentiva las aventuras bélicas de un nación y la convierte en una sociedad pacífica. Como bien explicaron los pensadores liberales antes y después de las dos guerras mundiales, cuando los políticos impiden que los capitales se muevan libremente de un país a otro, son los tanques los que cruzan las fronteras. Por mucho que los políticos europeos nos hablen de paz, su lucha contra la libre circulación de capitales es la más viva prueba de que estamos en manos de una panda de guerreros de guante blanco.

Hambre en Níger

El PSOE presentará en septiembre su plan de competitividad para el comercio. El objetivo del plan es aumentar la transparencia, la competencia, fomentar la incorporación de nuevos operadores y modernizar los canales de distribución.

Qué gran contrasentido que sea el gobierno quien cree más competencia cuando sólo él con sus impuestos, reglas inútiles y sistema de multas es quien elimina sistemáticamente la competencia. Y qué gran contradicción, también, que sea el gobierno quien quiera imponer transparencia a todo aquel que no sea el mismo, cuando sus métodos de financiación son los menos transparentes de todos. ¿Sabe usted adonde, o a quién, van destinados sus impuestos? ¿Sabe en cuánto se beneficia de lo que el estado le usurpa? Ni lo sabe, ni nunca lo sabrá. Al gobierno no le interesa.

En la estructura del libre mercado la transparencia es sustituida por la eficiencia quedando expresada en los precios. Éstos son el reflejo de la importancia que damos a los bienes materiales, y a la vez, crean la estructura productiva de todos los escenarios entre oferta y demanda. Si todos queremos comprar pan, por ejemplo, legiones de pequeños, medianos y grandes empresarios competirán para darnos el mejor pan o el pan más barato. Lo mismo ocurrirá con los proveedores de esas panaderías, con los proveedores de los proveedores… y así hasta llegar a la materia prima. La libre competencia absoluta surgida del orden espontáneo de la gente, y no la planificación de un dictador de la producción, es el mejor plan para nosotros y la economía.

Es el consumidor, y no la empresa, el patrón que dirige el barco de la producción en el libre mercado. El estado, en cambio, es el iceberg que pone en peligro la estructura natural productiva generando el consiguiente hundimiento económico. No es un fallo de mercado, sino un fallo del estado.

Ningún gobernante tiene legitimidad alguna para imponer condiciones a nadie. El estado no tiene la capacidad, ni el interés para saber qué es lo que quieren los consumidores ni empresas. Ningún grupo de burócratas puede abarcar y gestionar toda la información, necesidades ni gustos de la sociedad.

Cada vez que el gobierno intenta regular nuestros asuntos privados el caos es la única garantía: leyes difíciles de aplicar para los comerciantes, aumento en los costes que castigan a un grupo de comerciantes en beneficio de otros, horarios incompatibles con el consumidor premiando al empresario ineficaz y castigando al emprendedor, gastos estatales de intermediación que pagamos todos tanto seamos consumidores como no, más funcionarios ociosos…

Los procesos de mercado no tienen porque ser caros ni complejos para beneficiarnos a todos. Más bien podemos aplicar el principio de la Navaja de Occam: la solución más sencilla es la correcta. Demos libertad tanto a oferta como demanda, eliminemos las leyes y regulaciones al sector del comercio, eliminemos la barbarie de los impuestos y que los grupos de presión pierdan su poder político de forma absoluta; y esto significa la total no intervención del estado.

Hagámoslo sencillo. Apartemos al estado y la competencia surgirá sola sin darnos ni cuenta: horarios libres, nuevos intermediarios, variedad de precios y calidad, más marcas para satisfacernos, menos burócratas, más innovación empresarial… Y todos estos beneficios serán sin haber gastado ni un solo céntimo de nuestro bolsillo, a diferencia del nuevo plan del PSOE. Sólo el Capitalismo libre nos puede dar más libertad y bienestar. En este proceso libre no hay árbitros, sólo oferta y demanda pactan el nivel de bienestar por medio de los precios, que a la vez han sido determinados por las preferencias del consumidor.

En un mundo de libertad capitalista y económica todos salimos ganando, y además nos desharemos de la imposición, arbitrariedad, extorsión y corrupción de los políticos que creen que sus mandatos están por encima de nuestra libertad.

El orden espontáneo de la blogosfera

Níger se muere por inanición. Las cifras bailan, como el hambre en ese país, pero el número de malnutridos se cuenta por millones. Nuestros hogares sientan a un pobre en su mesa, vía televisión, con el mismo aspecto que el niño esquelético y barrigudo de la Etiopía de los 80’. La hambruna simplemente acaece. Salta de los poblados africanos a los teletipos mundiales sin que sepamos de dónde viene. Lo más que nos llega es alguna mención sobre cómo los agentes del capitalismo FMI y Banco Mundial han impuesto reformas pro-mercado que han llevado al país a dicha situación. Pero realmente, ¿qué ha pasado?

Níger es miembro de un selecto club, el de los 38 países fuertemente endeudados con el exterior, y que de media han caído en renta per cápita un 25 por ciento. Níger supera esa cifra, y de 1980 a 2000 ha logrado que su producción anual caiga un 35 por ciento. Eran las mismas dos décadas en las que varios países del este de Asia decidieron no seguir el camino de la ayuda exterior y sí el de la apertura de sus productos al exterior. Estos países se han volcado hacia el capitalismo global y no solo no han vivido ningún episodio de hambre generalizada, sino que, de producciones per cápita no muy superiores a la de Níger u otros pueblos africanos, han pasado a integrarse en el primer mundo. Níger, como muchos vecinos, ha seguido la senda de los créditos del FMI y el BM, de las ayudas bilaterales de los países ricos, todo ello aderezado de regulaciones y socialismo. La receta ideal para extender la pobreza. Níger es solo un éxito más del socialismo.

La situación llegó a tal extremo, que los dirigentes iniciaron ciertas reformas en 2000. Pero, como explica Milton Friedman, la tiranía del statu quo todo lo puede. Los cambios no han logrado hacer del Níger una economía basada en un Estado de Derecho y abierta al exterior. Por el contrario, la sociedad de ese país sigue a merced de las ocurrencias de burócratas y políticos. Solo tenemos que seguir lo ocurrido de un año a esta parte.

En agosto de 2004, en lugar de empaparse de lluvias, como cada año, el país se queda mirando al cielo, sin respuesta. Muchas plantaciones se arruinan. La mayoría de los cultivos que han logrado salvar la sequía sucumben en los meses siguientes a la peor plaga de langosta en 15 años. El octubre la situación se revela con toda su crudeza y la comida no llega para más de tres millones de personas. El agro de Níger es uno de los menos capitalistas del mundo: tienen diez tractores por cada millón de habitantes y están a la cola en consumo de fertilizantes. Por tanto, es muy poco productivo y cualquier problema reduce la producción extraída de la tierra a la nada.

Todo ello no sería un desastre en una economía libre. Subirían los precios de los productos agrícolas, que atraerían la producción vecina y alentarían la propia. Pero el gobierno decidió en febrero de este año vender cereales a un precio por debajo del mercado, apoyado por el Programa Mundial de Alimentos. Estas ayudas atienden las necesidades básicas inmediatas, pero arruinan lo que reste de producción agrícola local. De nada sirven los créditos públicos a los agricultores, dictados por el gobierno este junio. Si el Estado acaba de arruinar los precios, el granjero no tiene la seguridad de que su producción no se arruinará una vez más. Ahora, Naciones Unidas se compromete a alimentar, ella sola, a dos millones y medio de personas.

En resumen, una economía asfixiada por las regulaciones y el socialismo se arruina definitivamente por la coincidencia de dos catástrofes naturales, la sequía y la langosta. La respuesta a la situación no se busca en el mercado, sino en más arbitrismo gubernamental, para acabar dependiendo de un organismo público exterior. Es el camino más seguro hacia las hambres generalizadas, como la que ahora padece Níger.

Réquiem por Kioto

Cass Sunstein, escribiendo en el blog de Lawrence Lessig, expresó recientemente sus dudas acerca de la analogía entre los mecanismos de información que definió Hayek, como el lenguaje o el sistema de precios, y otros surgidos recientemente como las bitácoras, el software libre o Wikipedia. Sunstein parece tomar de Hayek tan sólo la descripción de cómo el orden espontáneo –es decir, las consecuencias no deseadas ni buscadas de la acción humana– es capaz de agregar información dispersa de una forma sorprendentemente precisa. Así pues, Wikipedia sería un gran ejemplo de “proceso hayekiano”, pues consigue centralizar el conocimiento de sus miles de colaboradores y corregir sus propios errores.

Sin embargo, Sunstein no se fija en que la agregación de contenido no es todo y quizá, ni siquiera es lo más importante de los órdenes espontáneos, como indica Todd Zywicki en el blog The Volokh Conspiracy. Lo asombroso del sistema de precios no es sólo que agregue un montón de información sobre las preferencias de los consumidores o los costes de producción en una sola cifra, sino que esa misma cifra sirve para que consumidores y productores vuelvan a cambiar preferencias y costes. Es un proceso dinámico, en el que la información generada vuelve a los agentes para que les ayude en su acción lo que termina volviendo a cambiar la información. En un proceso coordinador, que permite a las personas ajustar mejor su comportamiento a las demás. En un proceso en el que no cuentan las intenciones de los actores que participen en él, pues esta no cuenta en el resultado final.

Lo mismo cabe decir del lenguaje o de la ley, otros dos ejemplos clásicos del tipo de proceso que Hayek definió. El lenguaje va cambiando según lo van inventando las personas, que lo comunican a otras hasta que una innovación se va haciendo general en una comunidad lingüística. Según sucede, esas palabras nuevas van siendo utilizadas de nuevo para crear otras. Y todo ello sucede aunque la intención original de los innovadores fuese crear un lenguaje propio y privado, como sucedió con el lunfardo. El imperio de la ley, entendido al estilo anglosajón de construcción mediante precedentes, va cambiando las reglas de acuerdo a las actuaciones de los individuos mediante decisiones de jueces . Del mismo modo, los individuos toman nota de dichas decisiones para cambiar su modo de actuar, esperemos que generalmente para ajustarse mejor a la ley.

Visto desde ese punto de vista, es difícil considerar que un blog, Wikipedia o el software libre sean procesos. Todos agregan información dispersa (en el caso de una bitácora a través de los comentarios y de otros blogs) y ésta se centraliza pero no vuelve a dispersarse en ese proceso dinámico que hemos descrito ni tiene una función coordinadora. Los objetivos está marcados y la información se provee con ese fin. No existe, en definitiva, un orden espontáneo.

Pero, ¿y la blogosfera en general, la conversación que tiene lugar a través de Internet? El periodismo disperso permite agregar la información a través de los enlaces y las referencias que se hacen las bitácoras unas a otras. Es un proceso que permite coordinar las acciones de informadores e informantes. Es eminentemente dinámico, en el que lo que se escribe en una bitácora afecta a lo que se dirá en muchas de las demás, lo que de un modo u otro vuelve a reflejarse en el blog original; la blogosfera es una serie de conversaciones. Finalmente, permite obtener una información precisa aunque la intención de muchos de sus participantes sea ofrecer una visión partidista sobre la realidad, porque el filtro que supone la comunicación directa con lectores y los demás escritores de bitácoras permite que sea aquello de interés real lo que termine dominando la conversación. El periodismo disperso es un orden espontáneo; de ahí su poder.

ZP y el monopolio de la información

El pasado 28 de julio fue el día en que se certificó la muerte del tratado de Kioto. Ya nunca volverá a tener la relevancia que tuvo en el pasado. Se acabó. Ocupará un lugar poco digno en los libros de historia, y quedará enterrado como un fracaso de Naciones Unidas. Uno más. El lector se extrañará pensando cómo es posible que no le suene el asunto. Que muy poco de ello haya podido saber por televisiones, radios, periódicos. ¿Cómo es posible, si nos han estado machacando con el dichoso tratado, si nos han intentado producir noches de insomnio culpándonos de un inevitable fin del mundo causado por nuestro inaceptable deseo de vivir mejor? Yo tampoco tengo la respuesta.

Pero vamos al hecho. ¿Qué se produjo el 28 de julio que certificara el fin de Kioto? Un acuerdo firmado entre los Estados Unidos, Australia, China, India, Japón y Corea del Sur, que es muy diferente del firmado años atrás en la ciudad japonesa. El nuevo acuerdo, cuyo largo nombre tiene por acrónimo APPCDC, es de carácter voluntario y abarca a los países que emiten el 40 por ciento de los gases de efecto invernadero. Kioto (que no incluía ni a China ni a India), está basado en reducciones obligatorias de las emisiones. Países como los dos gigantes que acabo de citar, emiten cerca del doble de gases de efecto invernadero por dólar producido, y es por ahí por donde el nuevo acuerdo quiere lograr un desarrollo más limpio. El APPCDC prevé la transferencia de tecnologías limpias por parte de los países desarrollados, a los que lo están menos y usan, en consecuencia, otras más obsoletas. Es una apuesta por la tecnología y el desarrollo económico, opuesta a la filosofía del otro tratado.

El protocolo de Kioto es uno de esos fantasmas que se niegan a aceptar la realidad de su desaparición en este mundo. No es ya que no incluyan a las dos naciones llamadas a ser las primeras contaminantes del mundo, es que tampoco ha sido ratificado por los Estados Unidos. Incluso este país es más cumplidor del tratado que varias naciones europeas que presumen de haberlo firmado, como es el caso de España. No olvidemos que de 2001 a 2004 las emisiones europeas han aumentado un 3,6 por ciento, mientras que las de los Estados Unidos se han reducido ligeramente. Pero ahí sigue el viejo tratado, paseando su espectro por los despachos de políticos y empresarios.

El fracaso de Kioto, no nos engañemos, ha sido político, como política fue su inspiración. La evolución del clima siempre fue una excusa, una tea con la que amenazar conciencias. El objetivo fue siempre otro. Lo explicó claramente Jaques Chiraq en una reunión en La Haya de la Unión Europea: es “el primer paso para un gobierno auténticamente global”. No es el único que lo ha reconocido. Además, el APPCDC no ha pasado por el filtro ecologista de Naciones Unidas y Unión Europea, que han quedado por completo al margen. Este acuerdo podría ser un primer ejemplo de cómo las dos instituciones se pueden convertir en irrelevantes, o más bien de cómo lo son cada vez más. Los ecologistas están que trinan. Ven cómo se aleja el juguete de Kioto con el que deseaban controlar los recursos mundiales, Naciones Unidas mediante. Y comprueban cómo, en contra de sus deseos, hay naciones que han tomado la decisión de seguir creciendo, mejorando el nivel de vida de sus ciudadanos. No es un buen momento para el movimiento ecologista.

Lo que ha triunfado es la concepción de que un medio ambiente mejor solo puede conseguirse por la vía de un mayor desarrollo. Cuanto más ricos seamos, más medios tendremos para conseguir lo que queramos, como por ejemplo reducir las emisiones contaminantes, o las que tengan efectos perversos de otro tipo, como es el “invernadero”. Imponer la pobreza en los países ricos, como quieren los ecologistas, no nos traerá ningún efecto positivo; tampoco en el campo medioambiental.

La Casa de la legítima defensa

Afortunadamente para la libertad –y desgraciadamente para los socialistas– tal afirmación no supera la categoría de pura superchería. La gente no es esclava de los medios de comunicación por dos motivos esenciales: a) cualquier individuo puede crear su propio medio de comunicación en un sistema capitalista y b) la gente es capaz de utilizar la “razón” para distinguir qué mensajes son útiles y adecuados para sus vidas.

Estos dos motivos se incardinan con los principios básicos del capitalismo: la propiedad privada permite la creación de medios de comunicación y la libertad el uso irrestricto de la conciencia. El totalitarismo orwelliano de 1984, por ejemplo, se aseguraba el control absoluto de su población a través del monopolio de los medios de comunicación (Gran Hermano) y de la represión de la libertad de conciencia (policía del pensamiento).

En la España actual, de momento, la libertad de conciencia se encuentra relativamente salvaguardada; sin embargo, el socialismo gobernante ha desplegado todo su arsenal legislativo para asegurarse el monopolio mediático. Con la excusa de la escasez del espacio radioeléctrico, el Estado planifica y decide quién puede crear un medio de comunicación. La propiedad privada se pone en solfa y los amigos del gobierno obtienen las pertinentes licencias de emisión para continuar cantando las virtudes del poder.

No obstante, la escasez no constituye, en ningún caso, un argumento favorable a la planificación del gobierno; si todo lo escaso debiera ser planificado, nuestra sociedad completaría su transformación en una tiranía comunista. El pan, los libros, los automóviles o las viviendas son bienes escasos. ¿Debería el gobierno planificar su producción? ¿Debería expedir licencias para determinar quien puede escribir o comprar un libro?

La nueva televisión de Polanco ejemplifica sólo el último ataque a la propiedad privada y a la libertad de expresión. La debida contraprestación por los servicios prestados hasta la fecha y la necesaria plataforma para prestarlos en el futuro. Mientras Polanco obtiene una licencia más, miles de empresarios se ven expulsados del sector periodístico. Sólo los epígonos gubernamentales pueden utilizar el espacio radioeléctrico común; sólo ellos pueden expresarse sin limitaciones en España (a excepción, claro está, de las limitaciones consustanciales al corpus ideológico y propagandístico que el gobierno requiere).

ZP, como buen político, quiere dominar a los españoles y cercenar su libertad. La creación de la “dictadura perfecta” al estilo mexicano siempre ha estado entre los planes del PSOE. El monopolio de la información entra necesariamente en la ecuación. Para evitar la “esclavitud perfecta” que pretende el socialismo ya sólo nos queda el uso de nuestra razón, de nuestra libertad de conciencia. Pero… ¿por cuánto tiempo?

O te callas o a la calle

A comienzos del mes de julio el senado italiano votó a favor de un cambio en el artículo 52 del código penal que modifica radicalmente el tratamiento jurídico de la defensa de la vida y la propiedad privada a través de un fortalecimiento de la legítima defensa. Si la propuesta de modificación termina implantándose supondrá la legitimidad del uso de un arma de fuego o de cualquier otro medio idóneo dirigido contra extraños que se introduzcan en casas o en comercios amenazando la indemnidad de los presentes o los bienes propios o de terceros. La víctima tendrá pleno derecho a su defensa y la de los suyos incluso si el agresor se presentara con las manos vacías. Expresado en román paladino, la iniciativa elimina la exigencia de proporcionalidad en la respuesta a una agresión, idea según la cual uno debe esperar a ver si le atacan con un tenedor para ir a buscar el suyo.

En cualquier sociedad de esta Europa occidental en la que priman más las ayudas y las políticas encaminadas a reinsertar a los criminales que la defensa de los derechos de las víctimas y su justa restitución, una iniciativa como esta se encuentra destinada a levantar ampollas. Italia no ha representado una excepción en este sentido. La propuesta fue sorprendentemente apoyada por todos los parlamentarios de centro derecha aglutinados en torno a la Casa de la Libertad y, como era de esperar, rechazada con gran indignación por todos los parlamentarios de los grupos de la oposición.

Un buen ejemplo de la irritación de la siniestra es la reacción de Guido Calvi, senador de Democráticos de Izquierda, para quien "La ley es una invitación al uso privado de las armas y la transformación de nuestro país en el lejano oeste".

A pesar de lo intuitiva que resulta la sentencia de Calvi, todas las tiranías han dado sus primeros pasos prohibiendo el uso privado de las armas. En 1929 lo hizo la Unión Soviética y comenzó el exterminio de más de 20 millones de desamparados disidentes en menos de 25 años. En 1935 fue China la que prohibió la legítima defensa mediante el uso privado de armas. De nuevo, en poco más de dos décadas serían aniquilados más de 20 millones de chinos. En 1938 Adolf Hitler ordenó aprobar una ley para restringir el derecho a usar armas de manera privada y entre ese año y 1945 más de un millón de indefensas personas serían exterminadas. En cambio, son países tan celosos de la libertad individual como EEUU o Suiza –y hasta hace muy poco Inglaterra y Australia– los que han respetado durante siglos el derecho al uso privado de armas con fines defensivos.

Por otro lado, en los países donde el derecho al uso privado de las armas para la defensa de la vida y la propiedad privada ha sido usurpado, el nivel de criminalidad se ha incrementado dramáticamente. Los ingleses y los australianos vieron con espanto cómo los últimos años del siglo XX se volvían los más violentos de su historia tras quedar monopolizada a manos del estado la defensa mediante armas de la vida y la propiedad privada.

Por último, el salvaje oeste no fue tan salvaje como lo pintan y su lejanía (respecto a las áreas donde actuaban las fuerzas públicas de seguridad) no lo hizo más violento que muchas ciudades actuales. De hecho el nivel de criminalidad en términos relativos de famosas ciudades del Oeste como Abilene, Ellsworth, Wichita, Dodge City, o Caldwell estaban significativamente por debajo de los niveles que hoy en día se dan en la mayoría de las metrópolis del mundo.

Pero ni a Guido Calvi, el perfecto villano de esta película, ni a los demás senadores de la oposición les importarán mucho las razones o los ejemplos que respaldan el respeto del derecho a la irrestricta legítima defensa. Para ellos lo importante es que esa deidad a la que llaman Estado sea la única instancia con capacidad para defender o agredir a los individuos. Los senadores de la Casa de la Libertad tampoco son el Clint Eastwood de la película. Simplemente han eliminado la restricción a un derecho fundamental que nunca debió quedar cercenado en Europa. De haber sido así, el siglo XX hubiese sido mucho menos sanguinario. Y si no, que se lo digan a los suizos que no fueron invadidos por las tropas nacional socialistas gracias al elevadísimo coste que Hitler esperaba tener que asumir para poder dominar una sociedad donde todas las familias están armadas. Tampoco es casualidad que Suiza y EEUU, donde el derecho a la legítima defensa es completo, tengan estados relativamente pequeños en comparación con Europa y que su progreso económico sea muy superior al nuestro. La prosperidad y la paz de las naciones se fundamentan en la seguridad de la vida y la propiedad privada y, sin duda, esta iniciativa es un halo de esperanza que llega desde Italia.