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El gobierno fomenta los apagones

Es harto probable que este verano, que se promete seco y caluroso, se vaya la luz. Cuando lo inevitable suceda, el politiquerío patrio –de eso vamos sobrados– se echará las manos a la cabeza y dirá que si la gente gasta mucho, que este año ha llovido poco o que el actual modelo de consumo es insostenible. Porque, aunque muchos lo desconozcan, encender el acondicionador de aire cuando uno tiene calor es, además de un insolidario derroche, un hábito de funestas consecuencias para la salud. Llenos están los hospitales por el dichoso Pingüino que se queda encendido por la noche. Digan lo que digan, el hecho es que es usted, sufrido pagador de recibos, el que se va a quedar sin luz y el que va a ver como se estropea la compra del mes en la nevera. Entonces se acordará de la madre del ministro Montilla, que no es Cristina Narbona pero bien podría serlo. Se acordará de ambos pero no servirá de nada porque el mal ya está hecho.

Para que usted, el vecino o yo mismo podamos encender el ordenador, poner en marcha el lavaplatos o abrir la puerta del garaje es necesario que la energía que hace funcionar todos esos aparatos salga de algún sitio. Y no lo hace del Parlamento, ni del Senado, ni de una covachuela administrativa de esas donde se timbran los impuestos. La electricidad sale de las centrales y es ahí donde está el quid de la cuestión. Se genera menos electricidad de la que los ciudadanos demandan y, para colmo, la que se genera se genera mal. A lo largo de las dos últimas décadas, de los muchos modos que existen de generar energía eléctrica nos hemos empeñado en valernos sólo de los menos eficientes, es decir, de los peores y los más caros.

En España no se pone en funcionamiento una central nuclear desde hace más de veinte años, y las pocas que quedan malviven criticadas por todos y con la amenaza de cierre siempre planeando sobre sus cabezas. A cambio, durante todo este tiempo, nos han colado de matute el cuento de las renovables como si eso de producir electricidad sin coste ambiental estuviese a la vuelta de la esquina. No era verdad. La prueba la tiene cada vez que se va la luz con la llegada del calor. La prueba, de hecho, la va a tener en breve. Nos han mentido como bellacos y, no contentos con eso, pretenden que ahora nos sintamos culpables por disfrutar de comodidades que no se deben, precisamente, al esfuerzo de los ociosos burócratas que pululan satisfechos por los ministerios.

Ya lo explicó Gabriel Calzada en un magnífico artículo hace unos días. Contra la lógica más elemental del mercado, el ministro de Industria quiere castigar a los que más electricidad consumen. El mundo al revés. Es como si se hiciese pagar más por el litro de gasolina a los transportistas o como si los viajeros frecuentes fueran penalizados por las líneas aéreas por volar mucho. Cualquier cosa vale con tal de evitar la cuestión principal, esto es, que se genera menos electricidad de la que se consume. Como eso de dejar que sea el mercado quien asigne la producción adecuada va en contra de los principios de una casta de oportunistas entregados a la causa de quienes les gustaría ver como volvemos a la edad de piedra, la solución la encuentran obligándonos a apagar la luz sin más miramientos. Los más ricos no tendrán problema alguno en hacer frente a los recargos en la factura que ha previsto Montilla. Los más pobres no llegan a ese consumo pero, naturalmente, están deseando hacerlo, cuanto antes mejor. Al final las iniciativas de estos gobiernos de progreso las paga la clase media que es, probablemente, a la que usted, amable lector, pertenece. El eco-socialismo es, en definitiva, un lujo al alcance sólo de los que más tienen.

Cuando la luz se vaya acuérdese de esto, y cuándo, al final de la estación, le llegue el recibo vuelva a acordarse pero de los allegados del ministro. Este verano refrescarse le va a salir muy caro, lo va a pagar por duplicado. La primera letra le llegará cuando se quede a oscuras, la segunda cuando la factura de la luz le ponga los ojos como dos platillos de café. Eso sí, tendrá que esperar hasta las próximas elecciones para presentar la queja. No desperdicie la oportunidad.

Nuestra deuda con África

El gobierno nos amenaza con multas por el uso legítimo de la electricidad, nos llama irresponsables por “derrocharla” y restringe su oferta. El aparente problema que plantea el gobierno no es nuestra culpa, sino una amalgama de regulaciones y controles sobre un sector que sería próspero de no ser por su intervención.

¿La electricidad es un bien que el actor económico valora? ¿La electricidad es escasa? Evidentemente que sí. Si la electricidad es escasa y la valoramos, entonces es susceptible de ser comerciada en el libre mercado. ¿Cuál es el problema pues? Que la producción de electricidad se considera un monopolio natural y que el estado lo ha de manipular para que sus costes no sean excesivos. A ésta, que era la visión tradicional, ahora el gobierno ha añadido otro factor para ampliar su control y recaudación, esto es: proteger el consumo doméstico y responsable para penalizar “el derroche de energía”.

¿Cuál es el precio justo que ha de pagar el consumidor de electricidad? ¿Qué significa un consumo responsable y derrochar la energía? Esto lo podríamos aplicar a todo y afirmar tranquilamente que hemos de hacer un uso responsable en la compra de camisas para no agotar la producción de algodón, de lápices para no acabar con la madera, no consumir más de las calorías necesarias para aumentar nuestra esperanza de vida (¿acaso sabe usted la suya?), etc.

No es el estado quien decide sobre nuestros asuntos personales, sino nosotros mismos mediante nuestras acciones destinando más dinero a un bien y rebajándolo en otro. Nuestra acción en el mercado hará que lo que más valoramos, más producción y alternativas tenga, y por lo tanto, tenga precios más baratos. La acción del consumidor marca el precio al empresario final de energía. A la vez, el proveedor del empresario que nos sirve hará lo mismo con su cliente. Y así hasta llegar al fabricante de la materia prima. Y si la materia prima falla el empresario buscará otras fuentes alternativas. Todo este proceso es el que crea precios reales y recursos sostenibles en la estructura productiva de la economía. La producción de energía se rige por los mismos principios que la creación de quesos o cualquier otro bien económico.

En el libre mercado los precios marcan el deseo del consumidor. Bajo la distribución y monopolio estatal los precios están marcados por los caprichos del político que no tiene idea alguna de la información tácita que desprende el mercado.

Al incluir controles, precios máximos, monopolios por ley y niveles de producción sólo desincentivaremos al empresario para producir el bien final deseado, o directamente, lo estaremos echando del mercado (efecto crowding out). Evidentemente esto sólo generará una producción “sub–óptima”, que en el caso de la electricidad, significa apagones e insuficiencia eléctrica. A la vez, también, estancará la innovación esterilizando el sector. Y ésta es la fórmula del gobierno. No es ilógico para el gobierno culpar a los demás de sus errores, porque sino, no podría tomar más control y dinero del sector privado.

Para marear la perdiz muchos gobiernos han intentado hacer una privatización del sector energético muy vaga, cara e insuficiente. Liberalización no ha de significar sólo que los consumidores puedan elegir su suministrador de electricidad o crear un mercado de derivados en el que nadie confía (Mercado Ibérico de la Electricidad, MIBEL). Esto sólo es una cortina de humo. Liberalizar significa que el estado no haga intervención alguna ni guarde privilegios en la producción de energía.

Un mercado abierto y libre es el que nos llevará a una auténtica riqueza del sector donde la empresa, cualquiera que sea su medida, podrá innovar y producir al mejor precio lo que el consumidor busca. Y sino, lo hará la competencia. Si lo dejamos todo en manos de la distribución estatal y ésta falla, algo que pasa siempre, no habrá alternativa ni competencia que nos salve.

En beneficio de los políticos y los grupos de presión

Cualquier político de hoy día le dirá convencido: “esto es bueno para Europa”. Las acciones del político siempre son igualitarias, democráticas, talentosas… ¿Pero se ha preguntado qué significan estas palabras y si realmente son buenas para usted?

No nos engañemos, Europa es un estado feudal de concesiones estatales donde todo se lo reparten los políticos y grupos de presión. Si usted no es un grupo de presión o un político, usted no es nada en Europa. Ha sido el abandono de la responsabilidad individual, y apuesta por el estado ilimitado, que han creado una nueva filosofía europea: vivir de los demás. Lobbys y políticos que le arrancan su producción y dinero a cambio de maravillosas palabras y nefastos hechos.

Grupos de presión

En Estados Unidos hay una ley llamada “Lobbying Disclosure Act” que pretende regular la fuerza de los grupos de presión. En Europa, nada restringe la fuerza de los grupos de presión. Actualmente los más de 17.000 grupos de presión de la Unión Europea reciben fuertes subvenciones y leyes favorables firmando sólo un código ético que no deben ni leer.

Los sirvientes de estos grupos de presión, los eurócratas, les aprueban cualquier mandato. Algunas leyes han llevado a crear regulaciones como la “2257/94” que obliga a que los plátanos tengan una longitud de 13,97 cm., por 2,69 cm. de redondel sin mostrar “curvaturas anormales”. La ley no defiende al consumidor del productor, sino al productor del consumidor.

Los grupos de presión han llevado las subvenciones al más caro de los sinsentidos incentivado el fraude y la corrupción. Recientemente la Unión Europea decidió reclamar a los estados miembros un total de “277,25 millones de euros del presupuesto agrario por ser gastado indebidamente”. A España se le han reclamado más de 134 millones de euros “por graves deficiencias del sistema de control y fraude generalizado”. Usted, con el dinero que la Unión Europea le ha expropiado no ha ayudado al desprotegido agricultor, sino que ha incentivado el parasitismo. El agricultor europeo no está desprotegido, sino sobreprotegido.

Además, la Unión Europea ha de hacer controles pagados por usted. Por ejemplo, ha de controlar los campos con satélites que van tomando fotografías. Pero incluso las fotos aéreas se pueden burlar. Se dio el caso, en Italia, de campos conreados que no existían. Sólo eran viñedos de cartón piedra hechos para cobrar las subvenciones de la Política Agraria Común (PAC).

Políticos

Pero hay un tema en el que la Eurocámara siempre llega a acuerdos rápidos, y es en aumentarse el sueldo: 7.000 euros al mes, 300 al día en concepto de dietas, 3.600 al año sin necesidad de justificación, una asignación adicional de 14.000 euros, sistema de pensiones de 5.000 euros mensuales (compatible con cualquier otra pensión o trabajo, y que contrasta con los poco más de 600 euros de una pensión media española). ¿Cuál ha sido el resultado de tan buen remunerado sueldo? ¡97.000 páginas de regulaciones que, sin éxito, dijeron reducir a 35.000! ¿Sabe usted más de cinco (contando la del tamaño del plátano)?

Y todas estas cifras monetarias son auténtica calderilla comparado con lo que la Unión Europea le usurpa a usted. Europa no es el símbolo de la voluntad de la gente, sino el de la soberanía absoluta del político.

Cuando usted otorga poder ilimitado a cualquier forma de estado, sólo estará contribuyendo a la servidumbre y pobreza de su familia y a la de usted mismo.

En cambio, cuando usted se otorga libertad y responsabilidad individual absoluta evitando el poder de la fuerza (estado), su prosperidad y bienestar puede ser tan ilimitada como usted decida.

Cuando algún político le diga: “esto es bueno para Europa”, sepa que eso será nefasto para usted. Y es que las palabras del político no tienen nada que ver con sus auténticas intenciones.

Excusas del Gobierno

Hace unos días llegó a la redacción un teletipo cuyo titular no necesitaba retoques: "la CMT paraliza una promoción de Imagenio por ofrecer demasiados descuentos y regalos". Es decir, Telefónica estaba haciendo una oferta excesivamente buena para el celo de la agencia reguladora española. Y esto, que hace seis años podría sonar razonable, por aquello de dar una tregua a los nuevos entrantes hasta que se convirtieran en competidores fuertes, ahora parece absurdo y rancio. El mercado, privado, de las telecomunicaciones ha cambiado tanto en tan poco tiempo que, como suele suceder, el organismo regulador público va muy por detrás.

Un redactor de Libertad Digital preguntaba este viernes a Montilla si se iban a lanzar de una vez a la piscina y liberalizar los precios del ADSL. Pero la llamada al ministro comunicaba. Decidió escudarse en la independencia de la CMT para asegurar que no tenía competencias al respecto. Sin embargo, un organismo al que destierran a Barcelona contra la voluntad de su director –que se ve forzado a dimitir– y de todos sus trabajadores, un organismo que ha visto como la renovación de su hermano energético consistía en colocar a la agradecida prole socialista al mando, es un organismo que no puede presumir de ser independiente del ministro. Y menos cuando la ley general de telecomunicaciones incluye una disposición transitoria, aún en vigor, según la cual es una comisión del gobierno y no la CMT quien tiene la potestad de fijar los precios y, por tanto, de dejar de hacerlo. Es más, el artículo 11.4 de dicha ley confiere al ministerio la potestad de actuar cuando lo estime conveniente. Sería deseable disponer de una agencia reguladora independiente del gobierno y de su color, pero ya que no la tenemos, que nadie se escude detrás de su falsa existencia para no hacer nada.

Ambas noticias son dos muestras de lo que está mal en el mercado español de las telecomunicaciones. El paso de un monopolio público a un mercado privado competitivo es un proceso complicado, en el que se avanza más por ensayo y error que por una planificación inteligente que resulta completamente imposible hacer bien. ¿Cómo va a regularse correctamente el mercado de la comunicación inalámbrica cuando a cada paso aparecer novedades tecnológicas como WiMAX, que hacen temblar las bases bajo las que se otorgaron las licencias UMTS? Es más, ¿cómo va a hacerse siquiera una regulación inteligente cuando se sigue considerando el ADSL como un mercado, cuando el mercado real es el de la banda ancha en general? El cambio de gobierno ha llegado en un momento en que hacía falta dar un paso cualitativo: la liberalización del ADSL. Consecuentemente, aún no se ha dado.

Hay que eliminar del mercado a los chupópteros que sólo viven de revender los accesos de Telefónica y permitir que sobrevivan menos empresas, pero que ejercen una competencia más real, como las cableras o, en el ADSL, empresas como Jazztel. Los usuarios de banda ancha y las empresas de verdad serán los más beneficiados.

Renta básica, errores capitales

Los políticos tienen una capacidad única para convertir sus fracasos en oportunidades para lograr nuevos y más ambiciosos fracasos. Es el caso de los líderes mundiales reunidos en Londres el pasado 11 de junio. Salieron diciendo que perdonarían 40.000 millones de dólares a los 18 países más pobres de África, que más tarde podrían convertirse en 55.000. De este modo, dicen, y con una sola firma, empieza el principio del fin del hambre en ese continente.

La realidad es muy otra. Hay 38 países considerados pobres y muy endeudados. Sobre ellos se han volcado 114.000 millones de dólares en préstamos concedidos por organismos públicos. Y hoy su renta per cápita es un 25% más pobre de lo que era en 1980. En estas dos décadas y media en que los pueblos que se han incorporado a la globalización se han desarrollado de forma notable, los países que han apostado por otro camino, el de los créditos del Banco Mundial o del FMI a los gobiernos, se han hecho más pobres. Que las deudas sean impagables porque en lugar de destinar los fondos a actividades productivas se han destinado al reparto y a la consolidación del poder de los regímenes locales es una prueba del fracaso del sistema actual. Resulta sorprendente que los líderes mundiales utilicen el reconocimiento de este fracaso como la obtención de un nuevo éxito.

Cuando una empresa pide un préstamo, es porque cree que el uso que hará de él le permitirá desarrollar proyectos productivos que le permitirán devolverlo, con sus intereses, y aún ganar un beneficio. ¿Qué hace un gobierno de un país pobre, sojuzgado bajo un régimen corrupto y cleptocrático, con los créditos concedidos? Utilizarlos para aumentar su poder, destinarlos a sectores y áreas amigas. Repartírselo. Fijémonos en  Yoweri Museveni, autoimpuesto presidente de Uganda. Según un reciente informe “la ayuda extranjera y los recursos naturales han sido despilfarrados desperdiciados e invertidos en empresas privadas de líderes corruptos”. Take Idi Amin, que se asienta en el poder sobre 300.000 cadáveres de compatriotas, y sus amigos, están de enhorabuena, porque cuentan con la solidaridad mundial. ¿De qué le serviría a Zimbabwe condonar la deuda de su gobierno?

Condonar la deuda es una medida inútil e hipócrita. Esas deudas no se iban a pagar jamás. Cancelarlas es un mero gesto, que además sugiere la idea de que la pobreza de África se mantiene a causa de la racanería de los países ricos. En realidad las causas son otras. Mientras que grandes teóricos del desarrollo, como Bono o Bob Geldof dicen que las ayudas y la condonación de la deuda es el camino al desarrollo, los países más pobres hace tiempo ya no se dejan engañar por profetas y salvapatrias. En la reunion de Naciones Unidas en Johanesburgo lo que demandaban los más pobres era que los ricos abrieran sus fronteras a los productos que ellos producían. Pedían más comercio, más capitalismo, más globalización. Si tenemos algún interés por liberar a ese continente de la lacerante pobreza que le aflige, el camino no es apuntalar el poder de sus regímenes, sino contribuir a que sean sustituidos por democracias y estados de derecho y abrir nuestras fronteras a sus productos. Esta es una deuda real, que tenemos nosotros con África.

Nefastas reivindicaciones sociales

Muchos liberales se debaten ante la cuestión del sindicalismo y reivindicaciones sociales. Todo individuo ha de tener el derecho a reunirse o crear organizaciones. Pero del derecho a la organización no se desprende, para nada, el derecho positivo concedido por el estado a la extorsión y la amenaza. Las consecuencias económicas de esta forma de actuar sólo nos llevan a mayor incertidumbre laboral y al mantenimiento de unos pocos a expensas del resto de la sociedad:

– Reivindicación de los derechos adquiridos. Los derechos adquiridos son privilegios de un grupo de trabajadores arrancados a los productores gracias a la fuerza unilateral de la ley y el estado. Si por razones ajenas a la producción individual se eleva el sueldo nominal del resto de trabajadores, eso significa que la empresa va a tener menos capacidad de competir ya que tendrá que ofrecer precios más caros y menos empleos que ofrecer a aquellos que quieran entrar en el mercado laboral.

– Reivindicación de los derechos de la mujer. Si hiciésemos un estudio sobre quién cobra más, si los hombres con pelo rubio o moreno, el resultado sería que hay una discriminación de unos en contra de los otros. Pero a todas luces tal estudió sería ridículo. A cada persona se le retribuye por el esfuerzo y logros que consigue para la empresa por la cual trabaja. Da igual que sea un hombre una mujer, un extranjero, un rubio o un moreno. Si por ley aumentamos el sueldo a todas las mujeres (u hombres de pelo moreno) independientemente de su nivel de producción sólo haremos que las empresas contraten a menos mujeres (u hombres morenos) y estaremos incentivando el desempleo femenino (y de los morenos).

– Salario mínimo. Si establecemos una retribución mínima por el trabajo de todos por encima de la que estima el mercado, sólo incentivaremos el desempleo de los menos capacitados para trabajar; como jóvenes, gente con poca especialización, inmigrantes que escapan de su país, etc. Si los sindicatos y el estado impusieran una ley por la cual los becarios han de percibir un sueldo de 6.000 euros mensuales esto no haría ricos a los becarios, sino que los haría desaparecer del mundo laboral.

– Convenios colectivos. Los convenios sólo generan un perdedor real: el trabajador. Si un convenio establece en un sector unos “beneficios sociales” muy altos lo único que conseguiremos es que automáticamente el sector se inunde de personas con bajos niveles de producción para vivir a expensas de los beneficios del sector. Con los años todos estaremos sin trabajo.

– Condiciones de trabajo. ¿Qué son buenas condiciones de trabajo? ¿las que dicta un político o jefe sindical a cientos de kilómetros de donde trabajamos? Obligar a una empresa a gastar su dinero y la capacidad creadora de sus empleados a resolver tan inocuos temas sólo generará menos capacidad de producción y otra barrera de entrada para aquellos que quieren empezar a trabajar. La correcta posición de una silla de trabajo, o de una “buena ventilación” no nos proporciona más comodidad y seguridad, sino más precariedad laboral.

– Indemnizaciones por despido. Si obligamos a las empresas a pagar indemnizaciones, lo único que tendremos son personas demasiado acomodadas que no permitirán la entrada de jóvenes con mucho por ofrecer. Y a la vez también estaremos incentivando la ociosidad laboral, la baja producción, encarecimiento de los productos nacionales y entrada de productos extranjeros (de China, Marruecos…).

La aplicación de las reivindicaciones sociales no son un logro, sino un retroceso. Los niveles de alto desempleo y escasas oportunidades de encontrar nuevos trabajos en Europa han sido el experimento fallido del sindicalismo radical y del estado omnipotente.

El día que aprendamos que sólo cada uno de nosotros es el auténtico motor de nuestro bienestar sin depender de las reivindicaciones de los demás, conseguiremos un mercado laboral sano y próspero donde el desempleo, literalmente, desaparecerá.

Montilla, el castigador indiscriminado

Un instituto cercano al Partido Socialista se ha puesto a pensar sobre el problema de la escasez relativa de la energía originado por nuestro regulado sistema eléctrico y ha propuesto establecer un precio por unidad energética consumida más elevado por encima del aquel nivel de utilización que sea considerado un “consumo razonable”. Montilla, nuestro ministro de Industria, se ha apresurado a anunciar que el Ejecutivo trabajará “de manera inmediata” en la posibilidad de aplicar a los “consumos indiscriminados” de energía un precio mayor para así evitar el derroche.

Una de dos, o los intervencionistas se hacen los tontos para poder intervenir más o lo son en grado supino; al menos en lo que se refiere al funcionamiento del mercado. Si les otorgamos el beneficio de la duda en cuanto a su honestidad debemos suponer que son tontos de remate. Ni siquiera entienden que el mercado, a través de los intercambios voluntarios entre consumidores, productores finales y productores intermedios ya se encarga de penalizar, de la única forma al mismo tiempo justa y efectiva, a quienes despilfarran un bien económico –y por lo tanto escaso- como la energía. El despilfarro rara vez puede medirse objetivamente. Depende no sólo del gasto físico de un recurso sino también del valor que los individuos otorgan al fin y la medida en que el recurso contribuye a la consecución dicho fin. Y estos dos últimos factores no son observables de manera objetiva.

Si un productor gasta energía incontroladamente –el gran peligro que hay que evitar según Montilla- el consumidor le castigará por utilizar demasiados recursos escasos en fines cuyo valor no lo justifica. El mercado no castiga por consumir mucho sino por despilfarrar. De hecho, en una sociedad en la que la electricidad se produzca e intercambie sin intervención de la coacción estatal lo más probable es que quien más energía consuma tenga precios inferiores por unidad energética por el simple hecho de ser un buen cliente. No es misión de la empresa productora juzgar el uso de esa energía. Su misión es producir eficientemente y ponerla a disposición de quienes la demandan con énfasis. El dictamen sobre si ese mayor uso está justificado, o no, lo emite el consumidor final comprando o dejando de comprar. La infeliz idea que Montilla se apresura a implantar consiste en lo contrario de lo que cabe esperar en un mundo de relaciones contractuales: castigar con precios más elevados a quienes compren más energía e impedir que el consumidor final juzgue si el uso de la energía es adecuada.

Si, por el contrario, fuese un consumidor quien malgastara la energía, podría deberse a que éste valore en mayor medida que otras personas el consumo eléctrico o porque cambiar sus hábitos de consumo tenga un coste muy elevado. En cualquiera de los dos casos tampoco parece muy lógico que se castigue al consumidor que usa más energía de una forma distinta a pagar por ese mayor número de unidades energéticas consumidas.

Porque ¿cómo sabrá el ministerio –tanto si el supuesto despilfarrador es productor como si es consumidor- quién consume más de lo razonable? No puede saberlo porque, como hemos explicado, la naturaleza del despilfarro es subjetiva. La manera de conseguir los datos que lograsen objetivizar el castigo del mayor uso de energía se convertirá en el misterio del ministerio. Un enigma del que sólo sabemos que será coactivo, injusto, ineficaz y gravemente distorsionador. Y es que además de los desatinos ya explicados en relación a la propuesta, su aplicación requiere que el estado se inmiscuya, espíe o fiscalice las distintas actividades mercantiles y/o particulares. A esto es lo que los que suscriben la medida aluden cuando reconocen que se requeriría “un estudio en profundidad del mercado”. Estudio que presumiblemente realizarán ellos mismos. Requiere que el estado se meta en la vida y las actividades privadas de la gente. Requiere, en suma, que un gran hermano informe no sólo cuánta energía se utiliza sino en qué. Por eso reclaman la instalación de “contadores avanzados”.

El mercado no se mete en tu cocina a espiar lo que cueces ni te sienta a un policía en la encimera para apagarte el fuego si el plato requiere más gas que el de otros. El mercado respeta tu libertad pero te responsabiliza de ese mayor gasto. Te premia si juzga que era para lograr fines más elevados o una mayor cantidad y te castiga si a ojos de los individuos libres se trataba de un simple despilfarro. En cambio, el plan de Montilla no permite que la sociedad castigue pacíficamente el consumo indiscriminado de energía sino que implanta un sistema coactivo de castigo indiscriminado.

Venda un órgano, salve una vida

A pesar de nuestra incapacidad para producir órganos y sangre, no puede hablarse de escasez insuperable. En realidad, existe suficiente gente en el mundo para satisfacer la demanda, pero ello no está sucediendo. Todos somos conscientes de las largas listas de espera para conseguir un órgano o, en menor medida, una transfusión de sangre. ¿A qué se debe este desesperante desabastecimiento?

Se podría terminar con tales escaseces rápida y sencillamente recurriendo al mercado. Todos los bienes son escasos, sin embargo, en buena medida no lo percibimos así. Sabemos que cada mañana podremos comprar el pan y el periódico, o que cada cinco años, si así lo decidimos, cambiaremos de coche. La razón es que existe un precio de mercado para el pan, los periódicos y los automóviles. El desabastecimiento no emerge, y tanto compradores como vendedores salen beneficiados de las transacciones.

Imaginen que mañana el Gobierno impusiera a los panaderos o a los quiosqueros la donación del pan y los periódicos, esto es, que no recibieran ninguna contraprestación. ¿Alguien cree honradamente que podríamos adquirir cada día el pan y el periódico con la normalidad actual? El caso de los órganos y la sangre no es distinto.

Los neoinquisidores han vilipendiado y condenado el comercio de órganos y sangre hasta el punto de calificarlo como res extra commercium. Los políticos, en su cruzada moralizadora, desprecian, y por tanto prohíben, los intercambios libres y voluntarios de órganos. Así, por ejemplo, la Ley 42/1988 sobre Donación y Utilización de Embriones y Fetos Humanos o de sus Células, Tejidos u Órganos” impone que “la donación y utilización posterior [de los órganos] nunca tengan carácter lucrativo o comercial”, y el Real Decreto 411/96, por el que se regulan las actividades relativas a la utilización de tejidos humanos, afirma expresamente que “no se podrá percibir compensación alguna por la donación de tejidos humanos ni existirán compensación económica alguna para el donante, ni cualquier otra persona”.

Incluso Cruz Roja, en su página de información sobre la donación de sangre, coloca como principio ético fundamental que “el lucro financiero no debe ser nunca un motivo para el establecimiento y funcionamiento de un banco de sangre”, y que “no deben existir motivos financieros para la prescripción de una transfusión sanguínea”.

La prohibición y condena moral es, pues, taxativa; tanto como su inevitable consecuencia: el desabastecimiento. No estamos ante una situación diferente a la de pretender que el pan y el periódico se regale cada día. De hecho, si lo pensamos con cuidado, es posible que resulte más absurdo esperar que se donen órganos a que se done pan. Al fin y al cabo, el pan es un fruto reproducible de nuestro trabajo: hoy nos quedamos sin él; mañana, tras unas cuantas horas, podemos conseguir más. ¿Sucede lo mismo con los riñones? ¿Es tan fácil desprenderse de una barra de pan como de un riñón? Y si no lo es, ¿por qué poner todavía más trabas a la obtención de riñones?

A pesar de la imposición de un precio cero para la donación de sangre y órganos, España es el país del mundo con mayores donaciones. La razón es que parte de ellas no son realmente voluntarias, sino que se extraen partiendo del totalitario principio de que el cuerpo humano pertenece al Estado. Así, si la familia no se opone, existe la presunción de que el individuo tenía la intención de donar los órganos en el momento de su muerte. En otras palabras, los políticos, salvo protesta manifiesta de los familiares, se consideran legitimados para expropiar y apoderarse del cadáver de la víctima. Se procede a una nacionalización masiva del cuerpo de los individuos.

Aun así, la escasez resulta más que evidente. Hoy en día se necesitan 4.000 riñones, 1.800 hígados, 130 pulmones, 100 corazones y 80 páncreas. Tenemos a más de 6.000 personas esperando un transplante de órganos, 50 de las cuales mueren cada año.

Wikipedia considera el sistema español de donaciones “uno de los más eficientes del mundo”. Ciertamente, la situación es mucho peor en otros países. De hecho, cada dos días muere una persona en el mundo por insuficiencia de hígados, y más de 80.000 pacientes esperan, sólo en EEUU, un órgano para sobrevivir.

Pero todo ello no parece razón suficiente como para que los neoinquisidores políticos abandonen su oposición al comercio de órganos. Sus argumentos, como de costumbre, suponen un velo justificativo para sus ansias de control. Por ningún lado se sostienen.

Argumentos éticos

El argumentario ético de los neoinquisidores es más bien variado y casuístico. No existe un auténtico corpus teórico –más allá de ancestrales prejuicios– que justifique la prohibición de la venta de órganos. Ya hemos visto que tanto la Ley como Cruz Roja señalan que la donación no puede estar sometida al ánimo de lucro. Pero no se explica ni se razona por qué. Yo, por mi parte, intentaré explicar y reconsiderar las, a mi juicio, tres grandes líneas argumentales en contra de la venta de órganos.

La primera señala que el ser humano no es plenamente propietario de su cuerpo, por lo que no estaría legitimado para vender partes del mismo. Podemos denominarla “tesis religiosa”: la vida –y por tanto nuestro cuerpo– procede de Dios y resulta indisponible a los seres humanos.

El error de esta tesis es múltiple. Por un lado, no supone un argumento contra la venta de órganos, sino contra cualquier acto dispositivo de los mismos, incluida la donación. En ese sentido, tan inmoral resulta venderlos como donarlos. No se puede extraer órganos del cuerpo humano, con precio o sin él. Por otro, eliminar la prohibición a la venta de órganos no supone que todo el mundo tenga forzosamente que aceptar venderlos. Es del todo lícito pensar que no somos plenamente propietarios de nuestro cuerpo; pero de ahí no se deduce que podamos prohibir a los demás los actos de disposición sobre su cuerpo, ya que en todo caso el propietario es Dios, no nosotros. En otras palabras, si creemos que Dios es el propietario del cuerpo humano, nosotros no estamos legitimados para manejar los cuerpos ajenos en ningún sentido, pues equivaldría a subrogarse en la posición del legítimo propietario. Sólo queda que la persona tome sus decisiones morales, correctas o no, y responda en consecuencia ante Dios.

La segunda apunta que vender órganos mancilla el acto puramente caritativo de la donación voluntaria y solidaria. Podríamos denominarla “tesis virgiliana”, pues considera inmoral en sí mismo el ánimo de lucro –la auri sacra fames–. La donación de sangre y órganos vendría a ser una decisión tan trascendente e importante que no puede pedirse contraprestación por ella.

Nuevamente incurrimos en contradicciones. Precisamente cuando adquiere sentido cobrar un precio o recibir una contraprestación es cuando ofrecemos algo verdaderamente útil y valioso. Dar las gracias o los buenos días es un simple acto de educación por el que sería risible cargar un precio. No lo es, en cambio, dar una parte esencial de nuestro cuerpo. De ahí que resulte plenamente lícito que el donante solicite una recompensa por su enorme sacrificio.

Pero es que, además, el argumento olvida la otra parte de la relación. Parece que los órganos sólo prestarán su función salutífera si no contienen la pecaminosa mancha original del “ánimo de lucro”. Es honroso donar un órgano, pero repudiable venderlo. Sin embargo, al paciente que necesita un órgano le salvará la vida tanto si ha sido comprado como si ha sido regalado. La única diferencia es que en el primer caso obtendrá el órgano y en el segundo, probablemente, no.

El último argumento se correspondería con la tesis socialista. Para el socialismo, los órganos de todos los individuos de la sociedad pertenecen a la colectividad. Así, resulta inmoral que alguien cobre un precio por algo que realmente no le pertenece. Por lo demás, un mercado de órganos podría suponer que los ricos se adelantaran a los pobres en la recepción, cuando todos los seres humanos tienen un igual derecho a aquellos.

Lo cierto es que señalar que todos los órganos son de todos no aporta nada positivo a la discusión. Si mi corazón es de todos los ciudadanos del mundo, ¿por qué no podrá reclamarlo un paciente que necesite un transplante? Al fin y al cabo, el hecho de que esté en mi caja torácica es sólo un dato circunstancial. ¿Por qué he de tener yo un mayor derecho sobre mi corazón? En otras palabras, ¿por qué todos los pacientes que esperan órganos no pueden instar al Estado a que los extraiga de personas vivas? Según el argumento socialista, mis órganos son tan míos como suyos.

No sólo eso: el argumento es, por si fuera poco, contradictorio. Si mi órgano pertenece a todo el mundo, existen derechos concurrentes sobre el mismo. El refrán castellano es suficientemente expresivo: “Lo que es común no es del ningún”; si todos poseemos un derecho equivalente sobre un mismo bien, nadie puede realizar una utilización efectiva, a menos que un tercero discrimine. En realidad, ese tercero sería el propietario efectivo.

Tampoco parece consistente señalar que los ricos se adelantarían a los pobres. Realmente sorprende que subsista esta preocupación, cuando también sería trasladable a los alimentos en general. ¿Es que acaso los ricos no podrían adelantarse a los pobres para comer? No sólo eso: el argumento sorprende cuando ricos y pobres sufren una patente carestía de órganos, precisamente, porque se prohíbe su comercialización. Todo parece indicar que la venta de órganos provocará un aumento tal en la oferta que sus precios caerán sustancialmente y estarán al alcance de todos los necesitados.

Argumentos económicos

Agotados los pretextos éticos, los neoinquisidores recurren a los económicos. Primero sostienen que nadie estará especialmente interesado en vender órganos vitales, dado que una condición para poder disfrutar de la contraprestación es estar vivo. Esto es simplemente falso. Una persona podría contratar con otra (o con una empresa) la venta de sus órganos para el momento de su fallecimiento. En ese sentido, cabrían dos opciones: entregar el montante pactado a la familia (para ayudarle a sobreponer las cargas de la muerte) o adquirir el valor presente de la suma de dinero futuro esperada por la venta del órgano en el momento de la muerte, esto es, una especie de mercado de futuros de órganos (en concreto, se trataría de un contrato sometido a término).

Pero los beneficios serían incluso más espectaculares en el caso de la sangre o de órganos no vitales, como los riñones. Casi todo el mundo puede prescindir de un riñón, o vender sangre regularmente. Las variaciones de precios conseguirían una completa satisfacción de las necesidades. No en vano muchos consideraron pertinente incluir el esperma entre las “res extra commercium“; afortunadamente no se hizo, y hoy nadie puede hablar de desabastecimiento en los bancos de semen. Lo mismo ocurriría con la sangre y el resto de órganos.

En segundo lugar, los neoinquisidores argumentan que la venta de órganos desataría un alud de criminalidad encaminada a hacerse con los órganos de los menores del Tercer Mundo. Los niños, sostienen, serían mutilados por sus órganos. La entidad de este argumento es equivalente a señalar que la existencia de la propiedad privada estimula el robo. Un delito es siempre un delito, por tanto tales acciones deberían ser rápidamente perseguidas (a no ser que hubiera mediado consentimiento por parte del niño para vender alguno de sus órganos no vitales).

Además, hay que tener presente que, paradójicamente, si semejante mercado pudiera existir los incentivos serían mucho mayores en la actualidad. De hecho, se calcula que el precio medio de un órgano en el mercado negro ronda los 125.000 dólares. Una despenalización de la venta posibilitaría una reducción sustancial del precio y una reducción de los incentivos. Sólo es necesario recordar que la abolición de la Ley Seca terminó casi por completo tanto con las mafias como con la corrupción policial.

Pero es que resulta materialmente imposible acudir al Tercer Mundo con un bisturí y arrancar órganos de manera criminal. Tales operaciones necesitan de centros médicos especializados y de numerosas medidas de conservación del órgano. Ninguna empresa adquiriría órganos en mal estado traídos desde la lejana África o Sudamérica. Estamos ante leyendas urbanas de escasa sustancia.

Conclusión

Los neoinquisidores no han dudado en prohibir la venta de órganos para proseguir con su cruzada moralizadora de la sociedad. En este caso, sus clichés y prejuicios han impedido la formación de un mercado que satisfaga tanto al donante como al donatario. El número de muertes por insuficiencia de órganos está del todo injustificado si tenemos en cuenta la enorme cantidad de personas dispuestas a vender sus órganos o su sangre.

No hay razones éticas ni económicas para que la prohibición de la comercialización de sangre y órganos siga en pie. Más bien todo lo contrario: tras haber analizado detenidamente el asunto, es evidente que constituye un imperativo económico y moral de primer orden suprimir tan absurda prohibición.

Un buen paso adelante

Han pasado casi tres años desde que hice un par de recomendaciones para el fomento del registro de dominios .es. Parece que por fin algo de sentido común ha llegado a las cabezas pensantes del gobierno, que eliminará buena parte de las restricciones exigidas para conseguir esos dominios y reducirá su precio, aunque no lo suficiente.

A partir del 7 de junio empezará un interesante periodo de transición. En primer lugar, las distintas administraciones y organismos públicos tendrán un mes para registrar un dominio .es con su nombre. Después serán las empresas, asociaciones y fundaciones quienes tengan esa oportunidad. A partir de ahí, los dominios se otorgarán al primero que lo pida, sin demasiadas restricciones en cuanto al nombre, aunque Red.es se reserva cierto grado de arbitrariedad a la hora de rechazar una solicitud si ésta vulnera el derecho al honor, a la intimidad o al buen nombre. Quitando estos casos, la administración se limitará a dirimir posibles conflictos en los casos en los que se denuncie a un "ciberokupa" que, por ejemplo, haya reservado el dominio con el nombre de una empresa ya existente o una marca registrada anteriormente.

No obstante, los precios, pese a reducirse notablemente (de 95 a 32 euros según las estimaciones del gobierno), aún no están lo suficientemente cerca de los que actualmente tienen los dominios genéricos como el .com. No hay que buscar mucho para encontrar ofertas de dominios a 10 euros o menos, y no parece que el precio de los dominios españoles se vaya a reducir tanto como para poder competir en igualdad de condiciones. Resulta complicado que las previsiones de llegar a los 400.000 dominios .es en cuatro años se cumplan, a no ser que se emplee la aritmética creativa tipo Constantino Méndez.

Y es que aún queda un segundo paso que siempre es el más difícil de dar para cualquier gobierno, y más para uno socialista. El servicio de registro debería ser completamente privatizado para que los precios se acercaran a los que un servicio tan globalizado y con tanta competencia internacional requiere para competir. Aún cuando se privatizara como monopolio privado, tendría una competencia tan feroz por parte de los dominios genéricos que no le quedaría más remedio que bajar aún más los precios. No obstante, hay que alegrarse cuando se da un paso en la dirección correcta, aunque se quede corto, después de tantos años de medidas absurdas y estúpidas y de falta de reflejos ante el resultado de las mismas.

A socialismo europeo, capitalismo chino

Europa se desmorona. Gerhard Schröder ha tenido que adelantar las elecciones generales a pesar de su desesperada campaña contra el capitalismo. En Francia y Holanda ha ganado el “NO”, y el tratado político de la unión ha quedado tocado de muerte junto a la reunificación socialista que implica. En España, ZP se dedica a manipular el sistema de contabilidad nacional para salir mejor en la foto y conseguir sus promesas.

Y para colmo, el BCE ha rebajado las previsiones de crecimiento de la zona euro para el año 2005 y 2006.

Europa se enfrenta a una tormenta económica y política que muy probablemente los burócratas de Maastricht quieran arreglar con la misma medicina que está matando a Europa: proteccionismo, intervencionismo y agresión contra las economías de sus ciudadanos y empresas. Todo es lícito para el enriquecimiento de la elite burocrática europea.

Por el contrario, China, que todos concebimos como un país “comunista”, está tomando el camino contrario: ha apostado fuerte por el libre mercado. La enérgica desintervención estatal ha permitido a un país sumergido en la miseria un crecimiento y acumulación de riqueza altísima respecto a años anteriores.

Recientemente el Development Research Centre ha publicado un informe que prevé un crecimiento del 8% para la China hasta el 2010. Por el momento, los políticos chinos saben que el libre mercado es la salida exitosa a la abundancia y riqueza. Así, la última medida de China ha sido eliminar aranceles de 81 categorías textiles. ¡Qué sea el mercado quien decida sobre él, y no los partidarios intereses de los políticos en alguna cumbre internacional a miles de kilómetros de la gente de a pie!

¿Cuál es la diferencia entre Europa y China? Mientras que en Europa se intenta distanciar más y más del capitalismo que le ha llevado al bienestar, China está apostando por todo lo contrario: el libre mercado. Y los resultados son evidentes. Decadencia y socialismo europeo contra aumento de la propiedad, alta producción, prosperidad y aspiraciones reales de un bienestar futuro.

Pero el actual problema de China sigue siendo la libertad económica. Aún no hay suficiente. Y es que será la libertad económica quien dé a China la libertad política.

En el libre mercado la gente se enriquece por su esfuerzo individual ganando mayor bienestar; y a mayor bienestar individual, menos estado y centralismo. Si en China perdura y se amplia el capitalismo, sus ciudadanos y las nuevas generaciones, que habrán aprendido la lección de lo que puede costar el socialismo, se darán cuenta que el estado es un estorbo a sus ansias de riqueza y prosperidad. Y como cualquier estorbo verán que lo mejor es eliminarlo del todo.

Mientras tanto, Europa, si sigue luchando por falsos sofismas y vacíos conceptos semánticos como igualdad, solidaridad (impuesta), estado del bienestar… verá aumentar una sociedad empobrecida, anquilosada y dependiente de un caudillo social y de la producción. ¡Tal vez el presidente de la Unión Europea! ¡El máximo burócrata que nos dirigirá a todos para su beneficio!

Aún podemos estar a tiempo. En lugar de fijarnos en viejos conceptos fallidos aprendamos de la nueva realidad china. Menos políticos, menos Europa y más libertad de mercado. La muerte de la Unión Europea puede ser el surgimiento de un nuevo tipo de economía global y capitalista.