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El origen de la riqueza

Tras los atentados terroristas del 7 de julio en Londres se han producido todo tipo de reacciones: de dolor; de asombro; de verdadera solidaridad; y hasta de infame justificación. Una de las reacciones más sorprendentes ha sido la del análisis realizado por CNN+ sobre las consecuencias económicas de los ataques terroristas. No habían pasado aún 24 horas de las mortales explosiones cuando la cadena comenzó su particular campaña explicativa. Según repetían, los expertos consultados por la televisión de Polanco aseguraban que las consecuencias económicas de los atentados de Londres son iguales a las que cabe esperar de una catástrofe natural.

Tanto si la afirmación ha sido verdaderamente realizada por expertos como si no, se trata de una falacia monumental; si bien no evidente. La similitud más importante entre un acto de terrorismo y la ocurrencia de un desastre natural es la destrucción que tiene lugar en uno y otro evento dañoso. Es decir, se parecen desde un punto de vista físico. Sin embargo, si abandonamos el reino de los fenómenos naturales, las semejanzas se tornan rápidamente en diferencias abismales.

En primer lugar, mientras que el atentado terrorista es realizado por seres humanos y por lo tanto tiene una finalidad, el desastre natural responde a leyes naturales que se encuentran fuera del campo de la teleología. Este hecho, carente de importancia para estos “expertos”, separa dos universos: el de unos acaecimientos (en este caso atroces) que estudian (y en este caso rechazan y condenan) la ética y la justicia, de otro compuesto por sucesos puramente físicos que quedan fuera del bien y del mal.

Como puede imaginar cualquier persona con un mínimo de sentido común, una diferencia como esta no puede carecer de consecuencias económicas. Los desastres naturales están fuera del campo de las decisiones y acciones humanas. Responden a leyes de la naturaleza que desde el punto de vista del ser humano son regulares y que a menudo no conocemos con precisión. Estas circunstancias hacen que los eventos dañosos del mundo físico, como devastadores efectos de los terremotos o los defectos de fabricación de un producto industrial, puedan ser considerados como miembros de una misma clase de eventos y, en consecuencia, puedan ser asegurados. Por el contrario, las acciones humanas, ya sean buenas o malas, justas o injustas, no son asegurables. Los ataques contra la vida o la propiedad de las personas, por centrarme en nuestro ejemplo, no pertenecen a ninguna clase de eventos. Su ocurrencia no está determinada regularmente por ningún otro hecho anterior o simultáneo. Responden simplemente a decisiones humanas. Cada caso es tan único como los seres humanos que los ocasionaron y las circunstancias en las que se desarrollaron. De hecho, constituyen eventos autodestructivos en el sentido que una vez ocurren generan una experiencia que impide su repetición idéntica. Estas características son las que imposibilitan que los daños causados por acciones humanas intencionadas sean asegurables.

Por lo tanto, las catástrofes naturales llevan asociado un tipo de incertidumbre –al que llamamos riesgo– frente al cual uno puede estar totalmente protegido. En cambio, las acciones humanas conllevan una incertidumbre inerradicable que es cualitativamente distinta de la anterior y frente a la que no podemos asegurarnos. Esta realidad hace que las acciones terroristas –que en el caso de la yihad islámica pretende destruir la propia sociedad occidental– comporten una dantesca e irreductible incertidumbre cuyas consecuencias económicas no pueden ser más distintas de las de los desastres naturales. Como de costumbre la realidad tiene su forma y el imperio PRISA la retuerce. Está pasando, lo estás viendo.

La pobreza no causa terrorismo

Cometen todos ellos, sin embargo, un error fundamental al afrontar el problema. Instalados en una sociedad inmensamente rica gracias al progreso capitalista, los occidentales contemplamos la pobreza como un fenómeno "extraño". La pobreza, se suela pensar, no es propia del siglo XXI, no es propia del hombre.

Con todo, pocas cosas hay más humanas que la pobreza. El hombre nace solo y muere solo, dice el refranero popular. Si bien no deja de ser cierto, más apropiado sería señalar que el hombre nace sin nada: todas las comodidades de las que disfrutará a lo largo de su vida habrán sido directamente producidas por los hombres.

Lo realmente extraordinario e inusual no es la pobreza, sino la riqueza. Richard Cantillon tituló uno de sus libros Ensayo sobre la naturaleza del comercio en general, y Adam Smith Investigación sobre la naturaleza y causa de la riqueza de las naciones; ambos economistas se preguntaban de dónde procedía el extraño fenómeno del comercio y de la riqueza entre las naciones. Buscaban sus causas, su naturaleza.

Gracias al capitalismo, en Occidente la riqueza se ha impuesto como norma, y la pobreza como marginal excepción. Los europeos se extrañan de que alguno de sus compatriotas no tenga agua corriente, lavadora, cuarto de baño, línea telefónica, televisión y, en muchos casos, un automóvil. Son elementos tan corrientes aquí como preciados y extraños en los países pobres.

Todo ello ha provocado que hoy en día contemplemos la riqueza como algo natural al hombre. En Europa los niños vienen a un mundo rico, donde no morirán de hambre y gozarán a lo largo de su vida de las mayores comodidades.

Si bien es cierto que la pobreza es el estado natural del hombre, no lo es menos que la reducción de la pobreza es, igualmente, el proceso consustancial del hombre empresarial, del capitalismo. Cuando al ser humano se le permite emplear la razón para buscar su bienestar personal sin esclavizar o robar a sus congéneres (esto es, cuando se forman las instituciones capitalistas), con su propia perspicacia consigue aumentar de manera progresiva su riqueza y su felicidad.

Los economistas del siglo XVIII se preguntaron cuáles eran las causas de que el hombre abandonara su natural estado de pobreza; los economistas liberales del siglo XX se han preguntado, a su vez, cuál era la causa de que el mismo capitalismo que salvó América y Europa no hiciera lo propio con el resto del mundo. Ciertamente, había unas causas (propiedad privada) que permitían al hombre prosperar, pero al mismo tiempo había otras (intervencionismo estatal) que contrarrestaban a las primeras. Quien probablemente sea el mejor economista del siglo XX, Ludwig von Mises, lo resumió así: "El Gobierno no puede enriquecer al hombre, pero sí puede empobrecerlo".

Por tanto, las preguntas deben plantearse en el siguiente orden: ¿cómo se enriquece el ser humano?, ¿qué mecanismos detienen ese proceso creador y dinámico? Una vez hecho esto podremos estudiar y comprender con más detenimiento por qué las propuestas de la banda del 8 (Live 8 y G-8) son absolutamente inútiles y contrarias al crecimiento económico.

¿Qué es la riqueza?

La característica esencial del ser humano es su acción. El hombre actúa para perseguir unos fines a través de unos medios. Al satisfacer sus fines logra bienestar y satisfacción, pero para ello tiene que trabajar previamente en la búsqueda y creación de los medios adecuados.

Así, definiremos la riqueza como la creciente disponibilidad de medios para la satisfacción de los fines. De esta definición en apariencia tan simple debemos destacar tres conclusiones.

Primero, no hay riqueza sin propiedad privada. Los fines son por naturaleza individuales, son concebidos y proyectados por una mente individual. La mente social no existe. Los políticos, por ejemplo, aseguran que sus planes satisfacen el bienestar general, pero siguen siendo sus planes, concebidos y creados por sus propias mentes. Si los fines son individuales, la existencia y naturaleza de los medios estará en función de esos fines, y en consecuencia deberán poder ser controlados y dirigidos hacia sus propios fines por el individuo.

Si yo quiero comerme una manzana pero no dispongo de ella, sino que es propiedad de mi vecino, no soy rico. De la misma manera, si no hay propiedad privada reconocida nadie me garantiza el acceso a una manzana; deberé luchar con mi vecino, y sólo al "apropiármela" (al convertirla en mi propiedad) podré decir que soy rico y satisfacer mi fin, "comer una manzana".

Segundo, una sociedad puede ser rica aun cuando en apariencia no disponga de muchos bienes materiales. Los amish norteamericanos no disponen, voluntariamente, de ninguno de los grandes adelantos del siglo XX. No carecen de riqueza, dado que tienen suficientes medios para satisfacer sus fines. En cambio, los países comunistas decían disponer de los mayores adelantos pero eran tremendamente pobres, ya que los fines de sus habitantes no podían satisfacerse, al no existir la propiedad privada.

Tercero, un país no es rico en función de los elementos materiales de que disponga, sino del uso que los individuos puedan hacer de ellos. África no es rica por disponer de oro, diamantes, petróleos y demás recursos naturales; los africanos, hoy por hoy, son incapaces de utilizarlos, y no les son en absoluto útiles. Sería como señalar que una empresa es rica porque posee todo el níquel del núcleo de la tierra, aun cuando no le resulta alcanzable.

Así pues, para contestar a nuestra primera cuestión tendremos que preguntarnos cuáles son las causas de las crecientes disponibilidades de medios, es decir, cuáles son las causas de la riqueza.

Propiedad privada, empresarialidad y bienes de capital

Hemos dicho que convenía distinguir entre "riqueza natural" y "riqueza humana". Aquélla sólo se convierte en ésta cuando el hombre domina y se apropia de la riqueza natural. Lo importante, por tanto, es que el ser humano domine su entorno a través de su trabajo, esto es, que incorpore "la riqueza natural" a sus planes. Sin embargo, si cada individuo pretendiera abarcar la totalidad de sus fines lo tendría bastante complicado. No sólo debería ejercer de agricultor, también de sastre, alfarero, transportista, mecánico, electricista, informático o arquitecto. Dado que las habilidades del hombre, y sobre todo su tiempo, no le permiten dedicarse a todas esas labores, el ser humano empezó a relacionarse con sus semejantes. Surgió así la sociedad, y la división social del trabajo y del conocimiento.

Cada ser humano pasaría a especializarse en una tarea, de manera que intercambiaría con el resto los bienes en que, a su vez, se hubieran especializado. Sin embargo, este sistema tenía un pequeño problema (que, en realidad, es su gran virtud): cada individuo debía ser suficientemente perspicaz como para conocer las necesidades de los otros individuos. Si cometía un error (por ejemplo, fabricar máquinas de escribir en la era de los ordenadores) no tendría nada que intercambiar con el resto, de manera que se quedaría sin nada.

Por ello, resulta lógico que algunos individuos prefieran asegurarse durante un tiempo una fuente estable de ingresos, evitando esta arriesgada actividad. Así, algunos individuos (trabajadores por cuenta ajena) deciden trabajar para otros (capitalistas) a cambio de una renta estable (salario) que no proviene de la venta de los productos, sino de sus patrimonios personales. Sin embargo, no por ello los trabajadores dejan de actuar empresarialmente: buscarán los salarios más elevados y se especializarán en las ocupaciones que crean que tienen un mayor futuro.

En otras palabras, cada individuo, antes de satisfacer sus propios fines, tenía que pensar e ingeniárselas para conocer y satisfacer las necesidades ajenas. Los vínculos sociales se refuerzan y los individuos se vuelven interdependientes.

Pero la especialización individual todavía no es capaz de explicar plenamente las causas de la riqueza. Por mucho que se especialice un individuo, su capacidad para satisfacer las necesidades ajenas tiene un límite temporal. Cada individuo, con sus propias manos, no puede ampliar continuamente la producción: necesita de herramientas (bienes de capital) con las que trabajar más eficientemente.

Los bienes de capital, pues, permiten ampliar la riqueza a través de varios mecanismos. Primero, los seres humanos devienen más productivos (más medios); segundo, pueden alcanzar "riquezas naturales" que previamente no podían usar (por ejemplo, el "oro negro" es inútil sin refinerías de petróleo); tercero, dado que los bienes de capital se utilizan como medios para obtener otros medios, podemos considerarlos a sí mismos como riqueza (si bien una riqueza más alejada del fin del individuo).

Aparentemente, los bienes de capital vendrían a ser la piedra filosofal que tanto buscaban los alquimistas. Sin embargo, su producción tiene un inconveniente: mientras se produce un bien de capital no se está produciendo un bien de consumo, por tanto los fines de muchas personas tienen que retrasarse. Si un panadero decide dedicar sus trabajadores a ampliar la capacidad y la potencia de sus hornos durante varios meses, los consumidores se quedarán sin pan. Sólo habrá dos maneras de evitar esta desagradable situación: que el panadero haya acumulado stocks de pan para varios meses o que contrate más trabajadores.

No obstante, aunque recurra a la segunda opción, fijémonos que los consumidores se quedarán sin los bienes de consumo que esos trabajadores hubieran podido producir. De este modo, la única manera de producir bienes de capital es el ahorro de los consumidores. Son ellos los que han de estar dispuestos a retrasar su consumo durante un tiempo para que éste sea mayor en el futuro.

Conviene tener presente en este punto que la investigación tecnológica (el famoso I+D) no es más que una inversión en capital, equivalente a que el panadero contrate a dos ingenieros para que diseñen un horno de mayor capacidad.

El camino hacia la riqueza, por tanto, es el siguiente: división del trabajo, intercambios voluntarios y acumulación de capital. Si extendemos esto a nivel internacional obtenemos la libre circulación de personas, mercancías y capitales, esto es, la famosa globalización.

Si hay un país extraordinariamente pobre, los empresarios y capitalistas de los países ricos trasladarán allí sus líneas productivas (libre movimiento de capitales), conocedores de que podrán producir barato para vender caro en Occidente (libre movimiento de mercancías). O bien, como alternativa, los trabajadores de los países pobres se trasladarán allí donde los salarios sean altos (libre circulación de personas), aumentando la producción y, por tanto, la riqueza.

La capacidad de un país pobre para salir de la pobreza sin inversión extranjera a corto plazo es muy reducida. Europa tardó siglos en que su ahorro cristalizara en una revolución industrial (esto es, en una masiva inversión en capital). El camino más rápido para acabar con la pobreza es recurrir a la inversión exterior, al ahorro occidental (como, por ejemplo, hizo España durante los años 60), atraída por sus bajos salarios.

La inversión extranjera siempre mejora la situación de los países pobres, los enriquecerá. Los supuestos salarios de miseria tienen que ser, forzosamente, superiores a los que percibían antes de que el empresario apareciera en el país (si no, nadie querría trabajar para él). Y así, cuando se multiplica la inversión extranjera en un país pobre los salarios empiezan a aumentar a un gran ritmo, ya que en caso contrario los empresarios entrantes no conseguirían contratar a ningún trabajador nuevo y los empresarios residentes no conseguirían retenerlos.

Éstas son las causas de la riqueza, la carrera hacia lo más alto de nuestro bienestar. El capitalismo y su expansión globalizadora reducen de manera expansiva la pobreza. Los europeos siguieron este camino, los estadounidenses siguieron este camino, los asiáticos están siguiendo este camino. Las hambrunas han desaparecido en estas zonas del mundo, y el bienestar se multiplica década a década.

Sin embargo, África sigue siendo pobre. Las causas de la riqueza parece que no operan allí. ¿Por qué? La respuesta está estrechamente relacionada con los mecanismos que contrarrestan la creación de riqueza. Cabe, pues, estudiar cómo la carrera hacia la cima puede convertirse en la caída hacia el infierno. Pero esto lo haremos la semana que viene.

Internet y Justicia

Es una idea comúnmente aceptada entre los izquierdistas que el terrorismo es un subproducto de la pobreza. En un canal de televisión de Cataluña una presentadora, y sus invitados, estaban convencidos que el terrorismo se debe a la pobreza. En la misma línea ha sido un artículo de ZP en el diario Financial Times señalando que la causa del terrorismo es consecuencia de las “enormes desigualdades”. Como siempre, los ungidos de la izquierda se equivocan.

Muchas evidencias nos dicen que los terroristas, por ejemplo, no tienen un nivel bajo de cultura. Según Nasra Hassan, actual directora del servicio de información de Viena de Naciones Unidas, que realizó varias entrevistas a 250 militantes en campos de entrenamiento palestino durante los años 1996 a 1999, todos ellos tenían algún tipo de estudio, la mayoría eran de clase media, vivían de un salario y dos de ellos eran hijos de millonarios.

Otro estudio de Alan Krueger de la Princeton University, y Jitka Malečková de la Charles University llegaron a conclusiones empíricas que muestran como el terrorismo no viene dado por la pobreza: “los hombre bomba palestinos provienen de familias económicamente aventajadas y tienen un nivel educativo relativamente alto”. Y por otra parte, “los activistas judíos que actuaron a finales de los años 70 y principios de los 80 tenían una muy buena educación y ocupaciones muy bien remuneradas”.

Es más, dirigentes como Ayman Al-Zawahiri, Osama Bin Laden, Abu Musab Al-Zarqawi, etc. no son en absoluto iletrados. Tienen carreras universitarias, grandes fortunas e incluso hablan, como mínimo, dos idiomas.

Si el terrorismo fuese la causa de la pobreza países como Malí, Mongolia, Haití, etc. tendrían los grupos terroristas más activos y violentos del mundo. Y si la pobreza es la causa del terrorismo tampoco se entiende por qué España, al que se considera un país rico, ¡tiene un grupo terrorista en activo e internacionalmente conocido en una de sus regiones más prósperas!

¿Y por qué la izquierda y el estado insisten en culpar a la pobreza del terrorismo?

La izquierda tiene un lema que nunca falla: “nadie es responsable de sus propios actos”. Esta visión masoquista, de “yo” soy el culpable de todas las desgracias que ocurren en el mundo, les llevan a posiciones absurdas e inconsistentes con cualquier test racional. Si alguien es pobre no es debido a su falta de sacrificio, esfuerzo, o a las ansias de mejorar su futuro personal; sino de la sociedad. Y la sociedad somos todos, es decir, la culpa es de usted. Si algún desequilibrado se divierte matando a niños la culpa no es del asesino, ¡el es un enfermo! La culpa es de la sociedad que lo ha hecho así, a saber, el culpable es usted otra vez. Y evidentemente, si un grupo de fanáticos se dedica a exterminar a cuantos más cristianos mejor, la culpa no es de los fanáticos, sino de usted también. Se lo mire por donde se lo mire, usted, hombre medio blanco judeo–cristiano es el culpable de todas las desgracias del mundo.

Esta visión es la que impulsan los estados para así poder tomar más control sobre el individuo y sociedad continuando con sus políticas de coerción: más presión fiscal, aumento del estado policial, prohibición de libros según la arbitrariedad del legislador, de periódicos, de partidos políticos, encarcelamiento de personas que no se ajusten a los gustos del estado pese no haber cometido ningún acto criminal. Y todo para financiar la corrupción política, costes de transacción estatales y la ineficiente burocracia.

Pobreza y terrorismo no se deducen la una de la otra. Si queremos eliminar la pobreza eliminemos las barreras al libre comercio, aranceles y empecemos a desmontar por completo el estado del bienestar. Y si queremos acabar con el terrorismo llevemos más allá la liberalización y acabemos con la intromisión internacional de los estados.

Un mar de ignominias

Recientemente han tenido lugar algunas decisiones policiales y judiciales que marcan bien el camino que se ha de seguir a la hora de juzgar hechos relacionados con Internet. La más sonada ha sido la decisión unánime del Tribunal Supremo de Estados Unidos de admitir que Grokster puede ser demandable por los grandes estudios y discográficas. Aunque mantiene viva la jurisprudencia del caso Sony, en que aseguró que esta empresa no era responsable de que la gente empleara sus vídeos para piratear, pues el vídeo tenía usos legales como el de grabar un programa para verlo al día siguiente. En principio, las redes P2P pueden seguir funcionando sin problemas legales, siempre y cuando no promocionen activamente los usos ilegales de su invento. Grokster lo hizo en su día y por eso se la puede demandar. Otras redes P2P, en cambio, no lo hacen y, como Sony en su día, no se les puede poner pleito. Al menos, según esta sentencia. Esperemos que las próximas no vayan en contra de ese precedente.

Un caso bastante más anecdótico ha sido la detención en Florida de un hombre de 41 años que se conectaba a través de la línea WiFi del vecino. Ha sido acusado de conexión no autorizada a una red de computadoras, un cargo que, sin duda, no se estila por aquí. En todo caso, parece una decisión lógica. Conectarse a través de un vecino, aunque deje su red WiFi sin protección por contraseña, ha de ser igual de ilegal que entrar en la casa de alguien, aunque la puerta esté abierta. Otra cosa es que, en muchos casos, pueda arreglarse con una amabilísima reconvención personal, antes que con una denuncia a la policía. Claro que no sabemos si esa conversación se produjo o no en este caso.

Ambos son buenos ejemplos de cómo se debe trasladar la ley del mundo real al mundo virtual de las redes. Utilizar el sentido común para buscar algo del primero que se parezca a aquello del segundo que queremos juzgar y así guiarnos. Algo que no han hecho, por ejemplo, en Argentina, al condenar a Jujuy.com a pagar 18.000 dólares porque alguien dejó en su libro de visitas un mensaje anónimo con injurias y el propietario del sitio web no lo retiró hasta que no se enteró de su existencia a través, precisamente, de la denuncia.

Otro mal ejemplo, mucho más cercano, lo tenemos en la condena a la Asociación de Internautas por alojar la web de una plataforma anti-SGAE que, al parecer, empleaba un lenguaje un poco grueso. El barullo que debe aposentarse en la cabeza del juez puede vislumbrarse por su esforzada gramática:

En cualquiera de los casos habría de responder de los contenidos antes dichos pues si se presta el servicio a la Plataforma es responsable también de los contenidos de esta pues por el simple hecho de ser el prestador del servicio que presta el dominio o subdominio, como bien subrayó el Ministerio Fiscal adquiriría responsabilidad sino por dolo si por negligencia al permitir utilizar en su dominio manifestaciones injuriosas pues si bien el representante legal de la Asociación ha declarado que el no ejerce control sobre los contenidos, lo cierto es que el que presta un servicio ha de controlar lo que se publica en sus páginas pues si presta su dominio para que se publiquen unos contenidos también puede y debe impedir que se publiquen si son ilícitos, al menos civilmente como ocurre en el presente caso.

Si no han conseguido entenderlo no se preocupen. Lo raro sería lo contrario. Siento manchar estas páginas con semejante sintaxis, pero creo que es iluminador ver como escribe un juez que tiene las santas narices de asegurar que quien alquila una casa es responsable de los delitos que sus inquilinos puedan cometer en ella. Por supuesto, las consecuencias de aplicar esta curiosa teoría jurídica incluirían el que los foros y las bitácoras dejaran de admitir aportaciones de los usuarios, de ningún tipo. Del mismo modo en que los propietarios dejarían de alquilar si les hiciesen responsables de las actividades de sus inquilinos. Lo que es una pena es que los dos buenos ejemplos los tenga que sacar de Estados Unidos y los malos sean países de nuestra órbita cultural, el nuestro incluido. Parece que algo falla en nuestra justicia.

El abuso de cuasimonopolio

José Luis Rodríguez Zapatero ha perpetrado un artículo que resume el pensamiento vano y desinformado ante la realidad del terrorismo e inmoral ante el aspecto más trascendente del mismo. Nosotros estamos acostumbrados a sus naderías, pero ahora son los lectores del Financial Times quienes tienen que llevarse las manos a la cara para tapar su rubor. El que le falta a nuestro presidente.

De acuerdo con el presidente Rodríguez, hay una causa para el terrorismo. Y es que nace en un “mar de injusticias”, que en su código ético sin artículos equivale a “enormes desigualdades”. La desigualdad económica, en sí, no es injusta. Y no es ni puede ser un criterio ético. Pero nuestro presidente identifica desigualdades con injusticia, una equivalencia moralmente perversa en la que Rodríguez sólo sigue a la carencia de verdaderos criterios éticos de la izquierda.

Veamos si no qué presupone igualar injusticia con desigualdad y achacar a ésta la causa del terrorismo. Si el terrorismo no es un comportamiento voluntariamente elegido sino la consecuencia de una causa externa, en este caso las desigualdades, “caer” en él es como deslizarse por un barranco. Un hecho desafortunado, pero sin implicaciones éticas. El terrorismo sería como el moho en el queso. Una secreción no deseada consecuencia de unas condiciones objetivas. Un corolario de esa forma de pensar consiste en vaciar de contenido ético un comportamiento como acabar con la vida de un ser humano. No es ya que sea un error: no hay causas externas objetivas del comportamiento, porque sean cuales fueren las circunstancias, nosotros siempre tenemos la posibilidad de actuar moralmente. No solo es un error; vaciar de contenido ético ciertos comportamientos humanos, especialmente unos tan execrables, es cuando menos una debilidad moral ante ellos cuando no algo peor.

Decir que “nada puede justificar el terrorismo” no añade nada, si por otro lado se rebaja su condena ética al máximo, haciéndolo lógica consecuencia de ciertas condiciones sociales. ¿Tan difícil es decir que cualquier acción de violencia ofensiva es moralmente repugnante? ¿Es que el cursi discurso del presidente Rodríguez no puede combinar las palabras “el derecho a la vida es inalienable y todo ataque al mismo ha de merecer la máxima condena”? Claro, que si dijera eso para luego añadir que está dispuesto a negociar con los asesinos, esas condenas éticas se volverían al instante contra él. Rodríguez prefiere seguir su teoría del terrorismo causado, explicado en fenómenos externos, para prometer que, remozadas las causas, él acabará con el terrorismo. ¿Será ingenuo?

Confiado en su inane posición moral, nuestro presidente va más allá y se permite hacer propuestas políticas. Él, que ha decidido permitir el mantenimiento de ETA en el Parlamento Vasco. Él, que propone una negociación con ETA diciendo a los españoles que solo negociará a partir de una súbita e incausada rendición de la banda asesina. Él, propone que sea la ONU quien acabe con el terrorismo. La ONU es sin duda la única opción posible, dada la altura ética de Rodríguez, porque combina a la perfección algunas de sus características. En un envoltorio formalmente neutro, la ONU ha llegado a otorgar la presidencia de la comisión de desarme a Irak y la de derechos humanos a Libia. Grandes palabras sin contenido, eclecticismo en las formas, indiferencia o equidistancia entre asesinos y víctimas. Rodríguez y la ONU comparten muchas cosas.

Pero lo peor del artículo del presidente Zapatero es lo que no contiene. Nuestro presidente no ha dejado claro que ninguna acción terrorista torcerá la voluntad de las sociedades libres. Que mil ataques como el de Londres tendrán el mismo efecto que si no se hubiera cometido ninguno, porque las sociedades libres jamás tomarán en consideración las exigencias de quienes quieren acabar con ellas. Y no lo ha dicho porque es la última persona indicada para ello.

El señuelo de la desigualdad

Siguiendo órdenes de la Unión Europea, se ha puesto a la venta en Europa el fabuloso Windows XP N, en el que la N significa "No incluye Media Player", para que Microsoft no abuse de su "cuasimonopolio". Por favor, no me insulten por reproducir el palabro, que es invención de otros. La idea es que aquellos consumidores que no quieran un el sistema operativo que incluya el reproductor multimedia, puedan comprar por el mismo precio una versión que carezca de él. Por supuesto, al mismo precio, ya que al fin y al cabo Media Player puede descargarse de forma gratuita por Internet, al igual que sus principales competidores RealPlayer y Quicktime. El caso es que desde que esta fabulosa nueva versión invadió los estantes de las tiendas, ha sido comprado masivamente. Por alguien. Bueno, quizá tres o cuatro. Es posible que alguno por equivocación, ya que el nombre no parece diferenciarse mucho. Es evidente que los consumidores exigían que esta nueva versión les liberara de la gruesa cadena que supone tener instalado Media Player en sus ordenadores y, por eso, era necesario que los líderes europeos se lanzaran en su defensa.

Una reciente nota del Instituto Molinari pone de relieve que la primera gran ley antimonopolio de Estados Unidos, la Sherman Act, promulgada a finales del siglo XIX, pese a emplear la demagogia de la defensa del consumidor se creó con el objetivo de defender a competidores ineficientes frente a las empresas que mejor y más barato servían a los consumidores. Un paralelo similar puede establecerse con las denuncias contra Microsoft a ambos lados del Atlántico. Netscape, Real, Apple y otras empresas podrán protestar todo lo que quieran, pero lo cierto es que los productos de Microsoft tienen éxito porque son buenos y sirven mejor a los consumidores que los suyos. Todo el mundo ignoró al Internet Explorer pese a ir incluido en Windows porque era malo. Sin embargo, cuando alcanzó la versión 4, la historia cambió porque superaba al navegador de Netscape. Hay otros productos de la compañía de Redmond que no logran superar a sus competidores, como Microsoft Money o MSN, que tras una dura pugna ha logrado situarse detrás de Google y Yahoo. En esos casos, claro, nadie les demanda por abuso de cuasi… eso.

Pero las empresas que se ven superadas por un competidor lo suficientemente grande como para poner ese tamaño como excusa de su mal desempeño, no dudan en acudir a Papá Estado para que les defienda del chico grandullón. Le sucedió a la Standard Oil en la época de Sherman y le sucede hoy a Microsoft. Y como ninguna causa es suficientemente absurda como para no servir de excusa a una nueva ampliación de sus poderes, los políticos acuden raudos a defenderles. Los consumidores no somos más que una excusa, entonces y ahora.

El mercado de la informática mejorará cuando a Microsoft se le plante cara en el mercado. La eterna promesa de Linux quizá lo consiga o, más probablemente, será Apple bajo plataforma Intel quien por fin pueda poner en un brete a Windows. Si lo consigue, pronto pasará de ser una marca con buena imagen a parecer un ogro insufrible. Porque ya lo es, pero no se nota. Por ejemplo, hace un par de semanas falleció el propietario de una tienda llamada Hipermac que tuvo que tomar la decisión de dejar de vender Apple porque esta compañía ha decidido estrangular a los distribuidores independientes en favor de su propia Apple Store. La tienda lleva una semana cerrada y los clientes que les han comprado productos y no los han recibido temen hallarse ante un nuevo caso Opening. Si Microsoft estuviera en este ajo ya se le habría culpado por todo y estaríamos ante un nuevo ejemplo de los abusos del monopolista contra empresarios honrados. Pero como es Apple, es solamente una desgracia que no aparece en los papeles.

Está claro que las grandes empresas caen mal, no porque sean especialmente pérfidas sino porque son más gordas. Pero eso no significa que haya que fastidiar a sus consumidores para sentirnos mejor. En vista, además, del éxito, sería mejor que la Unión Europea desviase su mirada a auténticos casos de monopolio, aquellos que disfrutan de su posición por prebendas legales que impiden la competencia como, no sé, las licencias radiofónicas y televisivas.

Dictador de la producción

Si algo da cuenta de la enorme distancia entre la izquierda y la ética social, es su insistencia en la desigualdad. A falta de otros baremos éticos, el de la igualdad de resultados es el centro, el vértice de su discurso ético, la fundamentación para sus propuestas y políticas, y la base de su crítica social. Quizás sea por la fuerza de la repetición sin cuento, ya que no por el poder de sus razones; pero lo cierto es que el señuelo de la igualdad de resultados ha atraído no solo a toda la izquierda, sino también a gran parte de la derecha, que debería hacérselo mirar.

Uno de los valores tradicionales del liberalismo es la igualdad; pero no de los resultados, sino ante la ley. La plena e igual libertad de todos, máxima expresión del ideal liberal, no puede acabar en la terrorífica igualdad que pretende la izquierda; nuestras diferencias personales, nuestra caprichosa y cambiante voluntad de aprovechar las oportunidades con que nos tropezamos, o que creamos nosotros mismos, la misma suerte, son incompatibles en una sociedad libre con unos resultados parejos. La única igualdad posible es aquella con que nos tratan las leyes.

Los liberales no somos envidiosos, así que el que unos tengan más y otros menos no nos importa. Lo único que debe preocuparnos es la pobreza, la carencia de medios para salir adelante. Como con tanta palabrería sobre la pobreza nunca está de más recordar lo obvio, citaré al economista Thomas Sowell, quien recordó que “la riqueza es lo único que puede curar la pobreza”. Pero la riqueza hay que crearla, y el único camino para ello es la libertad. Como ésta no se deja controlar ni dirigir, sus resultados siempre serán dispares y llevarán a una sociedad diversa y desigual; cambiante e impredecible. Todo lo que un socialista teme con toda su alma.

Estos días se habla mucho de hacer de la pobreza historia. En Estados Unidos prácticamente lo han conseguido. Pero eso no satisface a nuestros socialistas, que ponen a dicho país como ejemplo de todos los males porque la desigualdad económica es allí mucho mayor que en Europa. Y las estadísticas le dan aparentemente la razón. Solo que generalmente se les interpreta muy mal, porque lo que señalan los indicadores de desigualdad no es tanto esta última como el grado en que una persona puede progresar.

Esto es así porque los quintiles en que se divide la sociedad, de menor a mayor renta, dividen también la sociedad de menor a mayor edad. De modo que el quintil con menor renta es también el más joven y el de mayor renta el de mayor edad. Esto lo demostró un informe que siguió las rentas en los Estados Unidos de un grupo de personas en 1975 y en 1991. En sólo 16 años, el 62,5% de quienes estaban en 1975 en el primer quintil, el de menor renta, pasaron a los dos últimos. Y eso que la carrera profesional no es de 16 años, sino habitualmente de más del doble. Un estudio que hubiera cubierto 30 años mostraría que el recorrido por los cinco quintiles es lo más habitual. Y puesto que la diferencia entre el primer y último quintil mide la diferencia entre los sueldos de la juventud y los de la madurez, una mayor diferencia en los Estados Unidos lo que prueba es que allí se progresa más que en Europa. La lucha contra la desigualdad es en realidad una lucha contra el progreso personal y social.

Aún hay algo que se suele escapar. Y es que para luchar “contra la desigualdad” no vale la institución que las permite, el libre mercado. Tiene que realizarse desde el Estado, y para ello necesita aumentar sus poderes. Y como la desigualdad nunca remite, “necesita” más y más poderes. Esta concentración del poder no ayuda a aumentar la igualdad, sino todo lo contrario, a aumentarla, ya que el poder político se encarga de distribuir no de ricos a pobres sino de grupos desorganizados, el ciudadano común, a grupos organizados. Que no tienen por qué ser, necesariamente, los menos afortunados.

De modo que la lucha contra la desigualdad acaba aumentándola, crea injusticias y lo único contra lo que lucha es contra la libertad y el progreso. Luchemos contra la pobreza, que sí es un problema real.

Por la desaparición de la pobreza

Un dictador, según la Real Academia de la Lengua Española, es una “persona que se arroga o recibe todos los poderes políticos extraordinarios y los ejerce sin limitación jurídica”, es decir, es libre para ejercer sus caprichos sobre el resto de la comunidad por la imposición de la fuerza ya que nadie lo limita. En el terreno económico, pues, un dictador es el que tiene la capacidad política de imponer sus designios sobre la producción al resto de la comunidad de forma unilateral.

Esta semana, ZP nos ha mostrado qué significa ser un dictador de la producción con dos ejemplos. En primer lugar ha declarado que entre sus "objetivos prioritarios" se encuentre el turismo. Así ha decido construir nueve paradores con un presupuesto de 181 millones de euros. Y en segundo lugar, y a través de la ministra Trujillo, ha decidido financiar 180.000 “minipisos” al año que costarán 6.822 millones de euros al pagador de impuestos.

Si los "objetivos prioritarios" de ZP se correspondiesen con los de los españoles se habría hecho un empresario de éxito. Habría ofrecido aquello que la gente más urgentemente necesita al precio más barato sin la necesidad de quitar a la comunidad astronómicas cantidades de dinero mediante el uso de la extorsión que representan los impuestos.

Todo el dinero que ZP usará para sus "objetivos prioritarios" no es riqueza de más, sino que es dinero quitado a la comunidad. Nuestro incómodo dictador de la producción cree que no somos aptos para dirigir nuestro ahorro, inversión ni gasto. Él, en su elevada visión, tiene suficiente autoridad moral como para robarnos el dinero y usarlo, no para bajar los precios de los pisos, ni crear turismo de calidad (algo que jamás conseguirá porque el problema no radica ahí), sino para planificar y controlar según sus gustos y “compra de votos” un determinado tipo de sociedad que olvida totalmente al individuo, a su propiedad privada y su libertad de elección.

¿Por qué no dejar que sean las acciones descentralizadas y voluntarias de las personas que decidan qué sector es más importante? No se equivoquen. El fuerte aumento del precio de la vivienda no se debe a las malas artes del libre mercado como afirman sus detractores, sino a la manipulación de la oferta monetaria, o lo que es lo mismo, a la promoción del llamado “dinero barato”. El “dinero barato” no lo crea el libre mercado, sino los gobiernos y bancos centrales con políticas monetarias expansivas, controles de precios (término que significa todo lo contrario a lo que realmente produce), políticas fiscales dirigistas, etc.

Dirigismo e intervencionismo no se arreglan con más de lo mismo. La historia económica nos muestra perfectamente como la planificación política sobre la economía siempre ha fallado: el mercantilismo, bullonismo, marxismo, keynesianismo, y similares siempre produjeron fuertes crisis. La libertad de mercado es la única alternativa a las crisis y dictadores de la producción.

Y es que ningún visionario nos ha de obligar a destinar nuestro dinero a sus intereses, "objetivos prioritarios", ni caprichos personales. Si queremos prescindir de los dictadores económicos para nuestro bien y para conservar nuestro dinero ganado honradamente, sólo hay camino real: que el gobierno gobierne lo menos posible, y por lo tanto, el mejor gobierno siempre será el que no gobierna en absoluto.

Los enemigos de los pobres

Ayer sábado tuvo lugar el gran evento musical conocido como Live 8. Se trató de una serie de conciertos que pretendían la desaparición de la pobreza a través de presionar a los políticos del G8. Aunque el fin es loable, los medios están diseñados por personas que o bien son fabulosos ignorantes del funcionamiento de los procesos sociales o geniales hipócritas. Los organizadores rechazan constituirse como un colectivo dedicado a la ayuda o la caridad voluntaria y se esfuerzan en exigir justicia para acabar con la pobreza. ¿Pero qué entienden por justicia? Pues una serie de cambios en el comercio, la deuda y la ayuda al desarrollo que no pasan de ser una versión light de lo que lleva pregonando el movimiento antiglobalizador desde hace años.

Pero no voy repetir críticas de sobra conocidas a estas propuestas, sino destacar que los liberales no podemos limitarnos a esa crítica y asistir callados al drama que viven millones de seres humanos. Debemos defender una agenda radical para la desaparición de la pobreza, ese estado original del hombre en el que todavía viven una inmensa cantidad de seres humanos. Su fundamento debe ser un principio esencial: liberar a los pobres para que puedan convertirse en los protagonistas de su progreso. Y lo que sigue no es más que un incompleto repertorio de medidas urgentes para lograrlo.

1. Los gobiernos de los países pobres deben liberar a sus ciudadanos de modo que puedan intercambiar entre ellos todos aquellos productos o servicios que les plazca. Esto es lo que se conoce como liberalización de mercados. Al mismo tiempo sus derechos de propiedad y sus contratos deben ser reconocidos sin ningún tipo de trabas. De este modo los pobres podrán emprender las acciones tendentes a estar en disposición de satisfacer necesidades que vayan mucho más allá que las básicas.

2. Esos gobiernos deben permitir la salida de todo tipo de bienes y capitales que sus ciudadanos quieran intercambiar con personas de otros países. El comercio es la clave del enriquecimiento de cualquier familia, tribu o sociedad, así que exijamos a los gobiernos de esos países eliminar los miles de impedimentos al libre ejercicio del comercio exterior. Asimismo deben permitir la entrada de todo tipo de inversiones extranjeras, y la importación de cualquier mercancía que algún residente quiera traer a sus países.

3. Los estados e instituciones occidentales deben abolir inmediatamente todos los sistemas que agredan la propiedad y la libertad de los habitantes de los países pobres, como, por ejemplo, la Política Agraria Común (PAC), que enriquece injustamente a una pequeña cantidad de europeos a costa de millones de conciudadanos y, lo que es todavía peor, de millones de pobres en el tercer mundo. Reclamemos la eliminación de restricciones al comercio en los países ricos incluso si éstas no son correspondidas por los gobiernos de los países pobres porque éstos no son quienes para limitar los intercambios libres que sus ciudadanos quieran realizar.

4. Debemos acabar con la ayuda gubernamental al desarrollo. Esta supuesta ayuda distorsiona las economías pobres, las vuelve más dependientes, fomenta la corrupción y obliga a “desarrollar” por unas vías que no son necesariamente las que quieren o necesitan los afectados. Exijamos a los gobiernos que dejen de estorbar a quienes quieren ayudar con su patrimonio particular a superar la pobreza o paliar sus efectos.

5. Estrechamente relacionado con el punto anterior estaría eliminar las instituciones internacionales que se dedican a la gestión de las políticas de desarrollo en países pobres como PNUD o el Banco Mundial y transferir las pocas acciones legítimas que llevan a cabo a organismos privados de ayuda al desarrollo. Las instituciones que gastan dinero que no les ha sido cedido por sus dueños no disponen de los incentivos para utilizar adecuadamente esos fondos. Además, la mera existencia de esas organizaciones y de la ayuda pública al desarrollo desincentiva la ayuda directa de quienes han visto cómo se les quitaba coactivamente parte de su renta con el supuesto fin de eliminar la pobreza en el mundo.

6. Debemos acabar con las subvenciones a las mal llamadas ONGs. Exijamos que obtengan su financiación de forma totalmente voluntaria por parte de quien crea que realizan una buena labor. Una gran parte de estas organizaciones está tremendamente ideologizada y no pocas fomentan más pobreza de la que evitan. No permitamos que se las mantenga con el dinero que proviene de los impuestos.

Los individuos del mundo occidental tenemos el deber moral –si bien jamás deberíamos estar obligados legalmente- de ayudar o colaborar con las personas que se esfuerzan por salir de la miseria. Una forma de hacerlo es dando dinero o comerciando con los individuos y las empresas que desempeñan su tarea en los países pobres. Pero igual de importante es explicar alto y claro que ni los gobiernos ni las instituciones internacionales ni las ONGs tienen derecho alguno a impedir ese progreso y que sus políticas suelen ser los más vivos ejemplos de la hipocresía, la ignorancia y la ciega acción coactiva que día a días se traducen en la pobreza de millones de personas. Por cualquiera de estas vías podemos aportar nuestro importante grano de arena para que los pobres puedan convertirse en los principales protagonistas de su propio progreso. Sólo así desaparecerá la pobreza como fenómeno de masas.

Se ha ido la luz

Los enemigos de los pobres se han reunido este domingo en Madrid y otras partes del mundo. “Pobreza cero”, exigen quienes nada han hecho para reducirla. Nada bueno, se entiende. Si algo destaca de esta convocatoria, además de lo exiguo del número de participantes en comparación con las tres últimas manifestaciones madrileñas, es que lo más pobre de la misma ha sido su mensaje.

El planteamiento no puede ser más indigente. Tras dar varios datos sobre la pobreza en el mundo de cuyo origen no dan noticia, pasan a decir que “Pese a los esfuerzos realizados durante décadas, la brecha entre ricos y pobres sigue aumentando”. Esto es rotundamente falso. Como ha recordado oportunamente Andrés Gil, el economista español Xavier Sala i Mantín ha dirigido el estudio mejor elaborado sobre la pobreza y las desigualdades en el mundo, que concluye que “La tasa de pobreza medida por el umbral de un dólar/día ha caído del 20% al 5% en los 20 últimos años. La tasa correspondiente al umbral de los dos dólares/día ha caído del 44% al 18%. Hay entre 300 y 500 millones menos de pobres en 1998 que en los años setenta”. Los protagonistas de esta reducción de la pobreza sin precedentes en la historia humana son los llamados tigres asiáticos, la India y China. Todos ellos tienen en común las reformas favorables al libre mercado y la apertura de sus productos al exterior. En suma, el capitalismo y la globalización.

En 1979 salió una estadística de esas que captan la imaginación del público. “El 20% de la población mundial posee el 80% de la riqueza, y el 80% de la población se reparte el 20% restante”. Hoy las cosas han cambiado, y el 20% de la población posee el 75% de la riqueza mundial, por lo que las desigualdades no solo no han aumentado, sino que se han reducido. Y lo han hecho, porque lo que se ha extendido en estas dos décadas y media ha sido la fuente de creación de riqueza, el capitalismo, que es lo que verdaderamente está mal repartido. No olvidemos que si el 20% de la población mundial posee el 75% de la riqueza ¡es porque la han producido! Si los países ricos son precisamente los más capitalistas parece de sentido común que lo que hay que hacer es extender ese modelo, como se ha hecho en las últimas décadas, no acabar con él.

Pero es precisamente eso lo que pretenden quienes han organizado la manifestación. Dicen que “las razones de la desigualdad y la pobreza se encuentran en la forma en que los seres humanos organizamos nuestra actividad política y económica. El comercio internacional y la especulación financiera que privilegia las economías más poderosas”. Luego es la globalización, que ha logrado arrancar a millones de vidas de la pobreza, y no esta última, con la que quieren acabar quienes se han juntado este domingo. ¿Cuál es su alternativa? La misma que Kioto, un gobierno mundial. Dicen: “es imprescindible avanzar en la consecución de una gobernanza (sic) global democrática y participativa”.

El modelo que proponen es el que más pobres ha dado a este mundo: el socialismo. Llegan a pedir la protección de “los servicios públicos de liberalizaciones y privatizaciones”. En Corea del Norte, agujero del mundo en el que se llevan sus ideas de forma más perfecta, el número de muertos por inanición se cuenta por millones. Y no hablemos del ecologismo. Tiene como verdadero anatema la creación de riqueza, a la que achacan todos los males imaginables. Especialmente los imaginables, porque la verdad es que de la creación de riqueza solo se derivan bendiciones.

Los movimientos ecologistas y antiglobalización, verdadera alma de esta convocatoria, no ven a la pobreza como amenaza, sino todo lo contrario. Observan con pavor que a medida que avanza el capitalismo lo hace la riqueza y la pobreza remite. En un mundo en progreso su mensaje pierde importancia. Y su bestia negra, las sociedades libres, se ven fortalecidas. No les permitamos que entorpezcan la globalización, el libre comercio internacional, que es la principal fuerza liberadora de nuestro tiempo.