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Narbona, azótanos

A pesar del pequeño escándalo mediático que provocó el asunto, a mi me pareció muy bien que Doña Cristina abrigara sus glúteos con una marta cibelina, pues su trasero, en tanto que Ministra del Reino de España, es un bien público que conviene preservar de los rigores otoñales y más en los aledaños de la sierra madrileña, conocida por sus corrientes traicioneras. Además, sensible al sufrimiento de las especies amenazadas por la industria peletera, tuvo la delicadeza de interpretar un coqueto escorzo de forma que su egregia retaguardia sólo descansara tangencialmente en la prenda, para que luego los ecolojetas la acusen de crueldad con los bichos.

Una vez al timón del ministerio, Narbona se ha dedicado principalmente a reñir a los españoles, que es lo que uno espera de las personas a las que paga el sueldo con sus impuestos. A los gallegos les ha acusado de permitir la ola de incendios desatada este verano por no practicar la sana virtud de la delación, de honda raíz socialista. En Cuba, los vecinos se espían entre sí y se denuncian mutuamente al guardián de la revolución responsable de su manzana, fórmula que convendría importar por su probado éxito: en los frondosos bosques caducifolios de La Habana jamás se ha producido un incendio.

Esta semana la ministra ha tenido la deferencia de visitar nuestra región, a pesar del riesgo que suponen para su delicada pituitaria las nutritivas aguas fecales con las que, según ella y sus técnicos, los murcianos solemos rociar cada mañana nuestros bancales de lechugas.

Pero aunque intente moderarse, a la ex-pareja del actual presidente de la logia parlamentaria europea le puede el espíritu de "dómina" que toda ministra de cuota lleva dentro. Esta vez ha estado hasta amable con nosotros, pero en actitud forzada que no logra ocultar la severidad que caracteriza a nuestra broncínea sargenta. Yo creo que en su próxima visita a nuestros pagos, el PSOE murciano debería montar un patíbulo para que Doña Cristina, con fusta y antifaz de cuero, azote públicamente a los que la Confederación Hidrosocialista haya sorprendido "desperdiciando" el agua que su gobierno nos niega. Propietarios de piscinas, plantadores de brócoli y demás delincuentes, vuestra hora se aproxima.

La cruzada socialista contra el vicio

Los individuos no son más que engranajes o herramientas de esta vasta maquinaria social. No pueden desviarse del camino trazado, pues ello dificultaría la consecución del fin colectivo. Imaginen que un engranaje dejara de girar en la dirección prevista: todos los planes se vendrían abajo.

En cambio, el liberalismo no busca imponer ningún fin social: los individuos deben ser libres para elegir los fines que les harán felices. Si acaso, el único objetivo común al que aspira el liberalismo es, precisamente, que las personas sean libres para marcarse y conseguir sus metas sin extorsionar al prójimo. Los individuos se juntan libre y voluntariamente con quienes consideran más adecuados, en un proceso de cooperación social. Ya no hay engranajes predeterminados: cada cual se inserta en el sistema que considera pertinente.

Por ello la izquierda, a diferencia de la derecha liberal, siempre ha sido inquisitorial (incluyo también en izquierda lo que tradicionalmente se ha conocido como "derecha no liberal", esto es, todo lo que Hayek denominaría "constructivistas", los socialistas de todos los partidos). A través del Estado, clasifican a ciertos grupos sociales como "viciosos", "desviados", "antisociales" o "insolidarios". El fumador es una lacra porque empeora las estadísticas de salud de los políticos; aquel al que le gusta la cerveza es un peligroso paria que encarece la sanidad pública por sus dolencias de cirrosis; el liberal que se opone a los impuestos es un salvaje ácrata que quiere acabar con la sociedad.

Los liberales, por el contrario, pueden despreciar ciertas prácticas de sus congéneres, pero no las reprimirá mediante la fuerza. Los que sean "viciosos", "desviados" o "antisociales" a los ojos de un liberal no corren peligro de ser enviados a campos de reeducación. Mientras no inicien la violencia contra otro ser humano, pueden estar tranquilos de poder continuar con sus actividades.

Y es que entre la izquierda y la derecha liberal aparece una diferencia esencial a la hora de tratar los problemas. Mientras que la izquierda es partidaria de reprimir aquellas conductas individuales indeseables, la derecha liberal recurrirá a la persuasión, la conversación y los lazos sociales para solucionar los comportamientos que le disgustan.

Por ejemplo, un socialista perseguirá al fumador de todas las formas posibles: imponiendo esquelas en los paquetes de tabaco, prohibiendo fumar en los lugares de trabajo, marginándolos en los bares, incrementando el precio de los paquetes o incluso llegando a prohibir el tabaco. Todo ello supone el ejercicio de la fuerza y de la violencia sobre un grupo de individuos.

El liberal al que le moleste que un amigo fume intentará convencerlo para que abandone tal práctica. No lo arrestará y lo recluirá en un centro de desintoxicación; su arma será la palabra insistente. El liberal no reniega de sus juicios morales, simplemente rechaza utilizar la fuerza para imponer su modo de vida.

Hecha esta pequeña digresión, comprenderemos perfectamente que Zapatero es de izquierdas. La subida de impuestos sobre el tabaco y el alcohol se enmarca en un contexto "remoralizador" de la sociedad a través del poder del Estado. La jugada neoinquisitorial es perfecta: anatematizamos a un grupo social, lo agredimos con más impuestos y justificamos esta violencia diciendo que redunda en beneficio de la sociedad y ¡de los propios individuos!

Dice Zapatero que "disuadir del consumo de alcohol y tabaco es de izquierdas". El fin social que nuestro presidente quiere implantar en España es la de una sociedad sana, deportiva, pura y sin vicios. No importa que muchos españoles se sientan felices fumando de vez en cuando un cigarro o bebiendo cerveza en las comidas. La felicidad de cada individuo es irrelevante para el político; sólo su cosmovisión social le resulta relevante.

Eso sí, confundiendo los términos y jugando a la demagogia, nuestro puritano presidente añade: "Lo que el Gobierno ofrece es más financiación, más recursos, y, por tanto, todo el mundo debe entender que debe ser fácil que haya entendimiento y acuerdo".

¿De qué entendimiento habla Zapatero? ¿Acaso tiene pensado preguntar a cada fumador si está dispuesto a pagar más impuestos para financiar la sanidad? Más bien parece que ZP se esté refiriendo a un diálogo con las distintas administraciones autonómicas; pero ¿qué clase de diálogo es ése? Los damnificados por la subida de impuestos no son los políticos autonómicos, sino los ciudadanos de a pie. Como hemos dicho, la izquierda no cree en el diálogo, sino en el uso de la fuerza. A ZP poco le importa que un individuo no quiera pagar más impuestos; no existe diálogo posible: como todo impuesto, será "impuesto" por la fuerza.

Y aquí entra en juego la táctica preferida por los neoinquisidores. El liberal nunca puede defender la imposición y la coacción sobre otros individuos, sin embargo la izquierda se ve "forzada" a hacerlo, ya que la represión se realiza por el bien del individuo. Fumadores y bebedores no saben lo que hacen, son prisioneros de sus instintos y de su adicción; necesitan un empujoncito del poder público para dejar de fumar.

Los fumadores, pues, tendrán que pagar más caro el tabaco que deciden fumar… por su propio bien. Ya se sabe, todos prefieren pagar precios más elevados. Lo que no entiendo es por qué el PSOE no coloca un impuesto sobre las películas de cine español para financiar la sanidad. Al fin y al cabo, los potenciales espectadores también estarán encantados de cubrir ese sobreprecio.

Pero, además, la subida de impuestos encubre una criminalización de los "viciosos". En el fondo, el argumento es: dado que los fumadores padecen más cáncer de pulmón y los bebedores un mayor número de cirrosis, hagámosles pagar más impuestos.

El razonamiento no es descabellado si no fuera porque transmite la idea de que fumadores y bebedores se aprovechan de algo que no es suyo. En realidad, el problema es que el Estado confisca el dinero de todos los españoles para financiar una deficiente y deficitaria sanidad pública. En caso de que el sistema fuera privado, aquellas personas que usaran con mayor frecuencia el sistema sanitario pagarían más.

Claro, la simplista generalización de que "todos" los fumadores usan más la sanidad pública no se mantiene por ningún lado. Los problemas de la sanidad española los ha causado la izquierda al sostener ideológicamente su provisión pública. Siendo ello así, la sobreexplotación del sistema será la consecuencia lógica. Si desligo totalmente el pago de la prestación, nada evitará que agote el sistema. Imaginen que el dueño de un supermercado les quita el 20% de su renta y, a cambio, les ofrece la posibilidad de coger tantos productos como ustedes quieran de los estantes del supermercado. A las pocas horas todos los bienes habrán desaparecido. Si, en cambio, ese canje la realizara un masajista, las colas a su consulta empezarían a multiplicarse.

Combinando estos dos efectos llegamos a la consecuencia natural de nuestra sanidad pública, incapaz de reducir costes y de proporcionar una consulta sin largas esperas.

Los problemas de este modelo de gestionar la sanidad no se resuelven atacando a un grupo de individuos cuyo pecado mortal consiste en no someterse a los parámetros estéticos de la izquierda gobernante, sino devolviendo la responsabilidad a los individuos mediante la privatización del sistema.

Pero ZP ha preferido seguir su política neoinquisitorial de represión a la disidencia para tapar las deficiencias de su ideología socialista. No ha optado por dar mayor libertad a los individuos evitando la subida fiscal y privatizando la sanidad. El fin común sigue siendo la conservación y ampliación del poder, explotando a unos para acallar a otros. En este caso las víctimas han sido los "viciosos" y los "depravados"; mañana puede ser cualquier otro que se oponga a la gran planificación socialista. Usted puede estar entre ellos.

Economía de andar por casa

Pilar Bardem ha dicho que el canon a los CD (y DVD) “reinvierte en la propia profesión, ya que se destina a ayudar a otros actores, a la vez que permite fomentar la cultura por todo el mundo”, y lo que aún es peor y más vil: “el canon resulta beneficioso para los ciudadanos”.

Lo que deduce la señora Barden de su paranormal concepción económica es que las tasas, cánones y demás son buenas porque ayudan al sector. Esto no es nuevo, pero sí una falacia en términos globales. De hecho, esta tesis ya la usaban los “intelectuales” del S. XVI cuando defendían el Mercantilismo (vieja doctrina basada en la supremacía del estado y barbarie proteccionista que duró hasta el S. XVIII) y que ahora la Sra. Bardem quiere reimplantar.

Los liberales rápidamente se mofaron de esa ilusa forma de concebir la economía con una historia. Imagínese que en un bar entra un borracho y, a punta de pistola, le dice al camarero que le dé todo su dinero para gastárselo en alcohol. El camarero, atónito, se opone a la amenaza y el borracho le dice: ¿pero por qué no quieres dármelo? Lo hago por tu bien y por el de tu sector. Mira, parte del dinero que me des me lo gastará en tu bar, y el resto, me lo gastaré en los otros bares y así mantendré vivo el sector de los bares. ¡Te robo por tu bien!

El sistema de la señora Bardem es muy parecido. Y es que ella no puede esclavizarnos, pero el estado sí; por eso le insta a que cree leyes. Ella no intenta ganar nuestro plebiscito como consumidores por medio de su innovación artística, calidad o competitividad, sino que ha visto más fácil recurrir a sus amigos burócratas para que apliquen leyes contra nuestra libertad y dinero y contra la de los empresarios que venden CDs (lo que puede significar puestos de trabajo para ellos).

Y es que un impuesto es un robo. No los pagamos porque queramos, sino por la amenaza de los políticos y el estado. El impuesto puede beneficiar a unos para que vivan mejor, como los actores, pero lo pagarán los que trabajan duro para satisfacernos como fabricantes, vendedores, comerciantes… de productos de reproducción así como los que dependen de ellos. Cualquier impuesto crea pérdidas totales netas.

Señora Bardem, el canon sólo hace que algunos sectores organizados (como su agrupación, AISGE) vivan a expensas de los que no lo están, es decir, a expensas del consumidor y pagador de impuestos. Cuando alguien vive a expensas de otro, a parte de ser un parásito, lo que provoca es que la calidad del producto subvencionado, en última instancia, sea deficiente. Si subvencionamos el cine, ya sea directa o indirectamente, lo que conseguiremos es que una legión de vividores se apunten al carro para hacer cualquier tipo de película y cobrar la subvención. Por eso muchas películas españolas ni siquiera llegan a estrenarse, y cuando más subvencionado está “su sector” peor es su calidad.

Sólo la no–interferencia del estado puede asegurar una buena calidad en las artes. Eso no significa que usted no pueda crear organizaciones en su propio interés, como la AISGE, pero a lo que no tiene ningún derecho es a obligar al consumidor a pagar un sobreprecio por algo que no tiene la culpa y ni siquiera le importa.

Sin intromisiones gubernamentales no se preocupe por las películas o música española, seguirán existiendo; pero al menos, se echará del mercado a aquellos que no tengan el plebiscito del consumidor para dedicarse a cosas que la gente sí valora y necesita. ¿O acaso es esto a lo que usted tiene miedo defendiendo el canon?

Cincuenta años del cheque escolar (y 2)

Milton Friedman inventó el cheque escolar para dar una solución viable, que permitiera a las familias elegir la educación de los hijos. La educación pública es necesaria, siempre se ha dicho, porque de otro modo las familias más pobres no podrían acceder a una escuela. No solo no es así; es que no es lo mismo que el Estado pague un servicio y que se encargue él mismo de proveerlo. Friedman separa ambas cosas, y propone que el Estado pague la educación de las familias más pobres con cheques que solo se pueden gastar en colegios. Ellas pueden elegir los colegios, que ya no tienen porqué ser públicos. Los resultados de su esquema han sido tan positivos, que no admiten un pero.

En los Estados Unidos son variadas las experiencias con cheques escolares, aunque el más extenso es el de Milwaukee. Los resultados son habitualmente los mismos. Los padres se implican más en la educación que reciben sus hijos en las aulas. Ahora pueden elegir, y quieren que la decisión que tomen sea la más acertada. La actitud de los alumnos mejora, y los resultados académicos no tardan en aparecer. Los colegios, por su parte, comprueban que ya no es como antes; no da igual lo que hagan con el dinero de los contribuyentes, porque si no mejoran se quedan sin dinero. La poderosa fuerza de la competencia despierta el interés de los colegios por mejorar la educación que dan a los alumnos. Ahora sus padres tienen la capacidad de elegir a quién va el dinero, y no están dispuestos a recibir cualquier cosa a cambio. Las encuestas revelan que los padres están más contentos con la educación de los hijos con el nuevo sistema que con el que no podían elegir. La integración de los alumnos de distintas razas se ha hecho más fácil en las escuelas de Milwaukee y otras áreas que funcionan con cheques escolares, como Cleveland, Maine, Vermont… Y los valores cívicos de los alumnos han mejorado.

Cuando se extendió la educación pública en dicho país, el gasto dedicado a la burocracia comenzó a ocupar una parte creciente de los presupuestos. Exactamente lo contrario ocurre en las escuelas que están sometidas a programas de cheque escolar, que se han esforzado en reducir el gasto de gestión al mínimo, para poder aumentar la parte destinada puramente a la educación.

Chile ha asombrado al mundo con una reforma de política económica con un éxito arrollador, que ha sido imitado en muchas partes del mundo: las pensiones privadas. Ese arrojo innovador lo ha llevado también a la educación; y ha adoptado un programa de cheque escolar que con el tiempo, a la luz de los resultados favorables, se ha ido extendiendo. Un ejemplo parecido es el de Nueva Zelanda. Enfrentada a una situación de crisis inició un programa de reformas que han asentado el éxito económico de las dos últimas décadas. El ímpetu reformador se ha trasladado también a las aulas, e introdujo el cheque escolar en 1985. En ese año los gastos burocráticos concentraban nada menos que el 70 por ciento de los presupuestos de las escuelas; en la actualidad es solo un tercio.

También se han desarrollado sistemas similares en Suecia y Dinamarca, aunque en este país con muchas rigideces. En Suecia los padres ven su recobrada libertad de elegir como un derecho, y un 60 por ciento de ellos observan que los profesores se empeñan más en sus esfuerzos con sus hijos. En Colombia se introdujo principalmente porque los recursos públicos de enseñanza secundaria no llegaban a todos los rincones del país. La iniciativa privada, con el apoyo del dinero público, lo ha hecho. La experiencia de Puerto Rico ha destacado, entre otros desarrollos típicos, porque incluso los colegios públicos que no forman parte del programa de cheques escolares se han visto forzados a tomar medidas y mejorar sus servicios.

Los resultados en España serían básicamente los mismos. Con una ventaja añadida, que por desgracia en nuestro país adquiriría una importancia crucial. La educación, especialmente en comunidades con gobiernos nacionalistas, está cada vez más condicionada por la propaganda política. Si los padres recuperaran poder de decisión, la incidencia del adoctrinamiento en las escuelas sería menos grave.

Empresas españolas y censura

Como si no bastaran los gobiernos para controlar y censurar la red, como si no metiera la ONU suficiente miedo con sus intentos por controlarla, en España se está empezando a convertir en moneda de uso habitual el emplear la amenaza de una demanda infundada para prevenir la crítica publicada en Internet. Una mala y fea costumbre practicada por algunas empresas españolas como, por ejemplo, Axpe y Solkia, que puede dificultar la libertad de expresión en Internet.

La LSSI clarificaba, en principio, las obligaciones legales del proveedor de alojamiento web. Éstos tenían la obligación de colaborar con la justicia para averiguar el autor de un posible delito cometido merced al alojamiento, así como de retirar los contenidos ilícitos una vez la autoridad competente se lo ordenara, a no ser que se pudiera establecer una relación clara y directa entre el propietario del sitio web y el autor del contenido, como evidentemente sucede en un periódico como éste. Sin embargo, la táctica empleada por este tipo de empresas no consiste en emplear la ley con motivos legítimos. A sabiendas de que el alojador no es responsable y de que perderán el juicio, lo que hacen es demandarle de todos modos, para asegurarse de que elimine dichos contenidos que aseguran que afectan a su honor. O que, simplemente, no les interesa que se divulguen.

Todo juicio es, como poco, una molestia. Especialmente si te obliga a perder tiempo en desplazamientos a otra ciudad. Un juicio penal, además, no te permite recuperar el dinero que se gasta en abogados. La perspectiva de tener que enfrentarse a algo así, unida a la inseguridad jurídica de la democracia española, hace que muchos sitios web que viven con lo puesto no se lo piensen dos veces y eliminen las páginas que tanto ofenden a los amenazantes. O que se lo piensen tres pero acaben haciéndolo de todos modos.

Las denuncias anónimas en Internet son ciertamente un arma de doble filo. El anonimato parece asegurar una cierta impunidad, lo que hará que se divulgue mucha más información, cierta y falsa. Sin duda, informaciones obscenamente falsas e injuriosas pueden ser razón para pasar por los tribunales para demandar al autor de las mismas. Pero al autor. La única razón por la que estas empresas amenazan y demandan a los alojamientos gratuitos es no tener que dirimir en un juicio si esas acusaciones son realmente ciertas y meter el miedo en el cuerpo ante cualquier tipo de información que se pueda dar en el futuro.

La única buena noticia es que quienes cometen esas prácticas tienen, al final, la batalla perdida. Carecen de los instrumentos del Estado para prohibir, y sus tácticas sólo funcionan con proveedores españoles. El mero hecho de que las utilicen es un incentivo más que suficiente para que las informaciones retiradas bajo amenaza se multipliquen en otros sitios web, como forma de protesta. De modo que, finalmente, tendrán que enfrentarse a esas informaciones con desmentidos, que es lo que tenían que haber hecho desde el principio, y con el hecho de haber actuado de forma tan torticera, que es lo que deberían haber evitado. Y su nombre quedará afeado con una mancha difícil de borrar. Yo, desde luego, no pienso prestarles aguarrás.

Pagando por el pecado

El gobierno socialista de Rodríguez Zapatero, que hizo de la bajada de impuestos su bandera y del tipo único en el IRPF su fórmula económica, ha incumplido sus promesas. Hasta cierto punto es lógico, puesto que el socialismo pretende esquilmar al ciudadano para redistribuir su dinero entre sus votantes, especialmente los más ricos (artistas e intelectuales, empresarios de los medios de comunicación, etcétera).

Se van a subir los impuestos sobre el alcohol (10%) y el tabaco (5%). Asimismo, se concede a las Autonomías la facultad de incrementar en un 2% el impuesto sobre la Electricidad. El pretexto de estas medidas no es otra que cubrir el dichoso déficit sanitario, especialmente el de Cataluña.

En primer lugar, no hay que olvidar que subir los impuestos indirectos viene a demostrar que la izquierda odia a sus votantes. Al final son los más desfavorecidos los que pagan el pato, ya que son este tipo de impuestos los que inciden en el consumo. Es más, se denominan “impuestos del pecado” (sin taxes), porque pretenden cambiar los hábitos de la gente al incidir sobre productos que se califican como “vicios”. La izquierda, tan preocupada por la libertad, quiere llevar a cabo políticas puritanas-victorianas y convertirnos en “hombres nuevos”, sin ningún tipo de vicios malsanos.

Por otro lado, desde el punto de vista meramente fiscal, estas subidas tienen un doble efecto recaudatorio. Como los impuestos especiales sobre el tabaco, la electricidad y el alcohol se adicionan al precio del producto y el IVA se aplica a la suma del precio y los impuestos fijados, no sólo se incrementa la recaudación en los porcentajes señalados, también el Impuesto sobre el Valor Añadido. De hecho, recientemente hemos podido saber que el incremento de precio de la gasolina ha permitido al Estado embolsarse 1.800 millones de euros adicionales por IVA e impuestos especiales. Así pues, resulta un tanto extraño que, a pesar de que el precio del petróleo sigue subiendo y, por tanto, el Gobierno vaya a recaudar más impuestos, pretenda elevar otros tributos.

Pero lo triste del caso es que no sólo hay argumentos morales y técnicos para repudiar el impuesto, también utilitaristas, ya que, como todo el mundo sabe, una de las ventajas competitivas que tiene actualmente España para atraer turismo son los bajos impuestos sobre el tabaco y el alcohol respecto de los vigentes en otros países de la Unión Europea. Los restaurantes, bares y discotecas ofrecen una serie de servicios de calidad a precios razonables en comparación con los que repercuten estados como Francia o Inglaterra. Si se incrementan estos impuestos, teniendo en cuenta que, al entrar en el euro, nuestros precios han crecido sustancialmente, el turismo se resentirá notablemente. Los hosteleros tendrán que subir sus precios, por lo que la gente consumirá menos y habrá más paro. Cabe temer que, a partir de ahora, salir por la noche vaya a convertirse en un lujo.

Financiar el gasto sanitario vía impuestos indirectos, como hemos podido comprobar, es un lamentable error. Además, intentar resucitar el ya quebrado sistema sanitario es tanto como querer revivir a un muerto. Por eso, es preferible reformar el sistema drásticamente.

Nuestra salud va en ello. Y ya se sabe que no hay nada más cierto que la muerte… y los impuestos.

Cincuenta años de cheque escolar

La educación siempre fue mayoritariamente privada. Nuestra sociedad dio con la institución que le sirviera para transmitir la riqueza de nuestra cultura, y para formar ciudadanos en el sentido más amplio y profundo de la palabra. La Revolución Industrial multiplicó la riqueza en manos de las familias, y ha ido cambiando el tipo de trabajo que necesita la economía. De estar atados a la servidumbre de la tierra, el hombre se fue incorporando progresivamente a la industria y los servicios, ámbitos en que cada vez se necesita más nuestra capacidad intelectual y menos el desempeño físico. De este modo, la demanda de educación se hizo más intensa, y las sociedades más progresivas lograron extenderla hasta prácticamente toda la población. Antes de acabado el siglo XIX, la escolarización universal había llegado al menos para estadounidenses y británicos.

La fe en la iniciativa privada cayó con el siglo, y la mano muerta del Estado se fue extendiendo de un ámbito a otro de la vida ciudadana, sin dejar un resquicio. La educación libre y privada da lugar a ciudadanos informados y críticos, algo que el estatismo no está dispuesto a tolerar. El deán de la educación pública, John Dewey, lo dejó claro en sus obras, en frases como “la gente independiente y que actúa por sí misma eran un anacronismo para la sociedad colectivista del futuro”, o “cualquiera que haya comenzado a pensar, pone una parte del mundo en peligro”. Un riesgo que los adoradores del Estado no están dispuestos a tolerar. El mayor impulsor de la educación pública en Estados Unidos fue Horace Mann, quería robar a la familia y otras instituciones como la Iglesia el ejercicio de la educación, que pasaría exclusivamente por los centros de educación (y adoctrinamiento) del Estado.

Para justificar esta política se han dado decenas de argumentos falsos. Uno de ellos, el más persistente y repetido, es que sin educación pública los más pobres no podrían acceder a ningún tipo de educación. Esto es completamente falso. No es ya que países como Estados Unidos o Inglaterra alcanzaran la universalización de la educación ya en el XIX, es que incluso hoy, los más pobres en los países más pobres, pueden acceder a la educación gracias a la iniciativa privada, más que a la pública. El experto en educación en el tercer mundo James Tooley ha descrito en varios artículos cómo allí donde no llega la educación pública, o donde falla porque los profesores simplemente no acuden o no dan clase, surge la iniciativa privada para suplir esa carencia.

No es ya que no sea necesaria la acaparadora iniciativa pública para educar a los más pobres, sino que no es lo mismo que el Estado pague un servicio a que lo provea él mismo. Esta fue la gran contribución de Milton Friedman a la política económica, que hizo en 1955, y que ha cumplido cincuenta años. Entonces propuso un sistema de cheques escolares, que el Estado entregaría a las familias con menos recursos. Estos cheques los pueden gastar en el colegio privado que elijan. Luego el Estado rescata los cheques, que cambia por dinero. De este modo el Estado garantiza el pago de la educación a las familias que menos tienen, y por otro lado las familias pueden elegir la educación que quieren para sus hijos. Los colegios entran en competencia por recibir el favor de los padres, y se esfuerzan por ofrecer una mejor oferta educativa.

A pesar de todas las trabas, de todos los impedimentos, la rica variedad institucional de los Estados Unidos ha permitido que se pongan en marcha varios proyectos de cheque escolar, con resultados muy positivos para la educación, el aprendizaje de valores cívicos o la integración de distintas razas, entre otras cosas. Otros países, como Chile, están siguiendo el mismo camino. España observa cómo la educación que se ofrece en sus colegios está cada vez más degradada, y más condicionada por la política. Necesitamos un debate sobre el modelo educativo, y necesitamos que los padres recuperen el derecho de decidir qué educación quieren para sus hijos. El cheque escolar sería un instrumento muy útil.

Más mercado, menos abusos

Esta semana la Organización de Consumidores y Usuarios (OCU) ha presentado una demanda contra los operadores de telefonía móvil (Vodafone, Movistar y Amena) por el redondeo que aplican a sus tarifas, que, según la OCU es: una práctica abusiva.

Evidentemente, si le pregunta a cualquier consumidor si las operadores aplican “tarifas abusivas”, le dirá sin pensárselo dos veces que sí. Si le pregunta si el precio del pan es abusivo, la respuesta será la misma: sí. Y si le pregunta que el precio del café es abusivo, también le dirá lo mismo. Y es que es totalmente lógico que el consumidor siempre quiera pagar el precio más barato. Y por otra parte, también es lógico que el oferente siempre quiera aplicar el precio más caro.

La OCU no tiene ninguna superioridad moral como para acusar a una empresa, o a cualquiera, de ser “abusivo”. Más bien la que está abusando de su poder es la propia OCU que reclama usar la fuerza, con la ayuda del estado, contra estas compañías gastando más dinero del pagador de impuestos, poniendo en peligro puestos de trabajo y reduciendo los ingresos de las compañías de las que dependen accionistas, empleados, proveedores, acreedores, etc.

Pero lo que sí es cierto es que en España sólo hay tres operadoras en el mercado y esto puede causar la sensación que somos “clientes cautivos”, esto es, que los consumidores hemos de pagar más de lo que consideramos razonable por la falta de alternativas (algo que no acaba de ser cierto porque sino no pagaríamos y llamaríamos desde una cabina). Algunos le dirán, incluso, que es un fallo de mercado; pero lejos de aquí, a lo que estamos asistiendo es a un fallo del estado.

Lo que nos hemos de preguntar es, ¿por qué no abrir el mercado de las telecomunicaciones y dejar que entre y salga todo aquel que quiera? ¿Qué sentido tiene que el estado tenga que convocar concursos para conceder licencias de telefonía? ¿Es que si hay más de tres operadores aumentarán los crímenes? ¿La sociedad se descompondrá, o la economía se hundirá? ¡Evidentemente que no! Todo lo contrario: nacerán pequeñas, medianas y grandes empresas de telecomunicación, se creará más empleo, se fomentará de forma libre y natural la competencia que se traduce en precios más baratos, las malas operadoras que no satisfagan al consumidor se irán del mercado para destinar sus esfuerzos en otros ramos productivos que la sociedad valore más. ¡Abriendo totalmente el mercado sólo habrá ventajas!

Si el estado no controla ni exige dinero para lo que cada uno es libre de hacer, no nos harán falta organizaciones histéricas que presuntamente nos protegen.

A organizaciones como la OCU no le interesan los derechos de la sociedad. Los mandatos que consigue imponer por medio del estado pueden parecer que benefician al consumidor (algo bastante dudoso), pero usted también es empresario, o empleado de alguna empresa, o autónomo… Como el gobierno, por culpa de alguna organización de presión, le ponga trabas a su negocio (ya sea empresario o empleado) las consecuencias las va a pagar usted aunque mantenga muy contento a su cliente. Organizaciones como la OCU se dedican a imponer costes innecesarios a las empresas, y eso significa la liberación de cierto tipo de recursos para el tejido productivo de la economía como despidos o reducciones de beneficios

Lo único que le interesa a OCU es hacer estas manifestaciones para salir en los medios de comunicación y así justificar su sueldo. No tenemos porque complicar las cosas para que funcionen, más bien al revés: las economías con multitud de leyes, hasta el punto de contradiciéndose; con restricciones; o fuertemente intervenidas sólo crean el caos económico. La única práctica abusiva de verdad es querer distorsionar la estructura natural de la producción con falsas razones morales usando la ley y el castigo contra todos en lugar de abrir el mercado y dar total libertad a oferta y demanda. El libre mercado y el Capitalismo, son nuestro mejor defensor de facto.

Orígenes del pensamiento progre

La revolución frustrada: Lenin y Rosa Luxemburgo

Tras la primera Guerra Mundial y el hundimiento de la II Internacional Socialista, una vigorosa corriente doctrinal dentro del marxismo, sobre todo a partir de 1945, da por periclitada la teoría leninista de la conquista violenta del poder por la clase proletaria. En lugar de asaltar el Estado para cambiar la mentalidad de la sociedad, los izquierdistas acomodados en las sociedades del bienestar (socialdemócratas), adoptan la tesis contraria.

Es necesario primero transformar radicalmente el alma humana, para que el poder caiga en manos de la izquierda, en palabras del propio Gramsci, “como fruta madura”. El gusto por la contracultura, el antiamericanismo primario, el ecologismo furibundo, el pacifismo a la violeta y, en general, la predilección de la progresía contemporánea por todos los enemigos del sistema occidental, tienen su origen en este revisionismo marxista de principios del siglo pasado.

A comienzos del Siglo XX, los teóricos de la II Internacional consideraban que los conflictos sociales acabarían lanzando violentamente a un proletariado, cada vez más depauperado y numeroso, contra la minoritaria clase burguesa, dando como resultado el triunfo de la revolución socialista.

En la verborrea marxista clásica, a un cambio sustancial en las condiciones económicas de la sociedad (infraestructura) seguiría de forma inexorable una mutación del pensamiento y la moral colectivas (superestructura), naciendo el hombre nuevo que cumpliría, por fin, el ideal socialista anunciado por sus profetas. Convencidos de que el futuro estaba predeterminado por las leyes de la dialéctica, la implosión definitiva del capitalismo y la llegada de la revolución proletaria, eran, tan sólo, una mera cuestión de tiempo.

Es necesario reseñar, sin embargo, que junto a esta corriente de marxismo contemplativo, coexistían enérgicos líderes partidarios de “ayudar” a la historia a cumplir sus designios. Era el caso de Rosa Luxemburgo y su “gimnasia revolucionaria”, que las masas debían ir practicando para que el advenimiento marxista no les cogiera con las articulaciones morales anquilosadas, o el más clásico ejemplo de Lenin, que, bastante más desconfiado, no creía que el sistema capitalista fuera a reventar por sí sólo de un día para otro (las famosas “contradicciones internas”); por el contrario, según Lenin, era necesario colaborar de forma exógena con esas contradicciones, inoculando al proceso las dosis necesarias de lucha revolucionaria, hasta llegar a la toma violenta del poder por la clase proletaria, que era, por otra parte, de lo que se trataba.

Cuando los vientos que anunciaban el inicio de la primera Guerra Mundial empezaron a recorrer Europa entera, los dirigentes marxistas creyeron ver la oportunidad definitiva para el triunfo de la revolución proletaria en todo el continente. Según la ortodoxia marxista, la clase trabajadora debía responder de forma homogénea ante el conflicto, al margen de los intereses de las burguesías dirigentes nacionales, negándose a luchar contra sus hermanos de clase. La tremenda crisis abierta por una guerra dentro del sistema continental capitalista, no podía tener mas que una salida: La Revolución. La famosa moción de Stuttgart de la II Internacional, proclamada en 1907, era suficientemente explícita al respecto:

“En caso de que la guerra llegase a estallar, los socialistas tienen el deber de intervenir para hacerla cesar inmediatamente y de utilizar con todas sus fuerzas la crisis económica y política creada por la guerra, para hacer agitación entre las capas populares más amplias y precipitar la caída de la dominación capitalista”.

Sin embargo, las previsiones optimistas de la Internacional acabarían en un completo desastre y, por extensión, supondrían el final de la propia organización, pues, a excepción de Rusia y Serbia por motivos muy concretos, los socialistas, junto con los sindicalistas y los anarquistas, participaron mayoritaria y entusiásticamente en la Unión Sagrada con sus clases dirigentes para la defensa nacional. En 1914, los socialdemócratas alemanes -al igual que sus correligionarios ingleses y franceses en sus respectivos parlamentos- votaron en el Reichstag como un sólo hombre a favor de los créditos de guerra, aspecto éste terminantemente prohibido por la II Internacional y reivindicado en sus distintos congresos. En todos los países involucrados en el conflicto bélico, los obreros, dirigidos por sus partidos de corte socialista, fueron alegremente a la lucha en defensa de sus respectivas naciones (y no de sus intereses de clase) dejando “la revolución” para otro momento. Los dirigentes marxistas, seguros como estaban de la infalibilidad de sus análisis materialistas, quedaron petrificados por esta orgía obscena de patriotismo proletario.

Rosa Luxemburgo, comunista germano polacaNi siquiera el estallido de la Revolución Rusa fue estímulo suficiente para que en los frentes, las masas proletarias entraran en razón e hicieran de una vez lo que la Historia y sus ungidos dirigentes esperaban de ellas. En lugar de ello, los espartaquistas alemanes, que vieron en la revolución bolchevique la ocasión perfecta para agitar las conciencias de los trabajadores de forma irreversible, fueron molidos a palos ¡por sus hermanos de clase! (los grupos paramilitares encargados de la represión fueron dirigidos por el socialdemócrata Noske, que cumplió este cometido, forzoso es decirlo, con singular eficacia). Rosa Luxemburgo, líder del levantamiento, experimentó en sus propias carnes la “gimnasia” que ella misma pregonaba a las masas, aunque en este caso no fue precisamente revolucionaria si no más bien todo lo contrario, y acabó asesinada a bayonetazos y arrojada a un canal, descubriéndose su cadáver varios meses más tarde; otros levantamientos similares en Baviera o Budapest fueron igualmente aplastados con facilidad. Los trabajadores del mundo se unían, sí, pero no para acabar con el capitalismo, sino para moler a palos a los que trataban de organizar la revolución marxista en su nombre.

Parecía increíble pero, aunque las previsiones establecidas por la dialéctica marxista, cuyo cientifismo histórico estaba fuera de toda duda, vaticinaban el fin del sistema burgués capitalista tras el cataclismo bélico y el advenimiento inexorable de la dictadura del proletariado, el resultado fue exactamente el contrario.

Era imperativo, por tanto, un cambio de estrategia radical. Si la imposición violenta del paradigma marxista resultaba un evidente fracaso aún en las circunstancias más favorables para la agitación revolucionaria, la clave estaba en modificar las conciencias (superestructura) a través de la cultura, los medios de comunicación, las universidades y demás centros de pensamiento, hasta que el poder cayera en el regazo marxista, recordemos, como fruta madura. Al estudio de esta estrategia dedicaremos la próxima entrega de esta serie.

Propaganda y subversión: Gramsci y Münzenberg

Probablemente, Antonio Gramsci fue el primer intelectual marxista que comprendió la necesidad de trasladar la lucha de clases al terreno de la cultura de masas. Junto a Lukacs, otro teórico del “terrorismo cultural” según su propia definición, sentaría las bases para el acceso al poder mediante la demolición de los pilares morales de la tradición judeocristiana. Finalmente Willi Münzenberg, principal dirigente de la Kommintern en la primera mitad del Siglo XX, se encargaría, con eficacia estalinista, de extender por occidente las consignas para la subversión.

El comunista Antonio Gramsci, uno de los pocos dirigentes marxistas a los que el fanatismo ideológico no le impedía cierta capacidad para el frío análisis, percibió tras su primera visita a la URSS que el comunismo no funcionaba como sistema de organización social y que, de hecho, sólo subsistía penosamente bajo regímenes que empleaban el terror de masas como arma para la obediencia política.

Cuando Mussolini, el socialista –conviene no olvidarlo– que acabó creando el fascismo, llevó a cabo su marcha sobre Roma, Gramsci puso en práctica la táctica habitual de los dirigentes comunistas en tiempos de crisis: Salir huyendo a uña de avión (en España, los cuadros dirigentes del PCE protagonizaron episodios similares al final de la contienda civil. Otros camaradas, a falta de aviones soviéticos, utilizaron ambulancias de la Cruz Roja, llenas por cierto de alhajas y otros objetos valiosos, para pasar la frontera evitando los rigores de una huida a pié con los nacionales pisándoles los talones, como es bien conocido).

Ya en Rusia, pues ningún otro destino era más apropiado para el exilio de un fervoroso marxista, el italiano, haciendo gala de una honestidad intelectual a la que fue ajeno el resto de “tontos útiles” (Lenin dixit), que volvían de sus visitas a la URSS cantando glorias sin fin del sistema bolchevique –“la libertad de crítica en la URSS es total”, proclamaba solemne Jean-Paul Sartre tras una de sus giras turísticas al paraíso proletario–, consignó con frialdad la terrible aberración que constituía el régimen soviético, así como los sufrimientos sin fin que provocaba entre la población.

Puesto que la dialéctica marxista como herramienta analítica no podía haber perdido su infalibilidad, la causa de este rotundo fracaso había que buscarla en la tradición judeocristiana, que durante dos mil años había estado infectando el alma de occidente hasta hacerla irrecuperable para el ideal comunista. La propiedad privada como pilar del sistema económico, la familia como forma de organización social y una determinada tradición moral ampliamente compartida, impedían que la historia fluyera en la dirección prevista por los científicos del marxismo.

Finalizado este breve trabajo de campo por tierras bolcheviques –y horrorizado tras comprobar los métodos de un Stalin recién llegado al poder– Gramsci volvió a su país con la intención de liderar el Partido Comunista Italiano. Sin embargo, Mussolini tenía planes distintos para el futuro del líder comunista en Italia, así que le metió en la cárcel y tiró la llave.

En este régimen de enclaustramiento obligado, tan favorable para el recogimiento espiritual y la reflexión serena que requiere toda empresa intelectual de campanillas, Gramsci teorizó brillantemente sobre la necesidad de subvertir el sistema de valores occidental como elemento previo e imprescindible para el éxito del ideal comunista. Para ello, concretó el italiano, era requisito imprescindible ganar para la causa marxista a los intelectuales, al mundo de la cultura, de la religión, de la educación, en definitiva a los sectores más dinámicos en el mundo de las ideas, con la seguridad de que en unas cuantas generaciones cambiaría radicalmente el paradigma dominante en occidente. Sus Cuadernos de la Cárcel, son el compendio indispensable para comprender las claves de este cambio de estrategia. De la importancia seminal de este trabajo, puede hacerse el lector una idea tan sólo indagando en internet a través del motor de búsqueda más popular, utilizando las palabras “quaderni” y el nombre del italiano: el primer resultado que aparece, si se solicitan sólo páginas en español, es un estudio hagiográfico de la obra de Gramsci editado por la UNESCO, quizás el mayor conciliábulo de tontos útiles del planeta, lo que, dicho sea de paso, confirma plenamente las teorías del aludido.

Por su parte el húngaro Gregory Lukacs, otro brillante teórico totalitario, llegaba en sus análisis a las mismas conclusiones que su colega italiano. Lukacs, además, tuvo la oportunidad de poner en práctica sus teorías durante la breve dictadura de Bela Kum, bajo la que desempeñó las funciones de comisario para la cultura. En el breve plazo que duró en Hungría la dictadura comunista, Lukacs –¿Quién nos librará de la civilización occidental?– instauró, como parte de su proyectado terrorismo cultural, un radical programa de educación sexual en los colegios, en el que los niños eran instruidos en las bondades del amor libre y los intercambios sexuales, así como en la naturaleza irracional y opresora de la familia tradicional, la monogamia o la religión, que privaban al ser humano del goce de placeres ilimitados. Como se puede ver, los patrones intelectuales de la generación del baby boom tienen su origen en el programa ideológico diseñado por el húngaro con medio siglo de antelación. Nada nuevo bajo el sol.

Es importante insistir en que Lukacs y Gramsci coincidían plenamente con los objetivos finales del marxismo clásico y su diseño de una sociedad nueva, modulada bajo los parámetros de la ingeniería social comunista. Lo único en lo que diferían respecto a sus antecesores era en los medios para alcanzar esos fines. Aunque nuestros progres actuales lo ignoren (como tantas otras cosas), éste es el origen doctrinal del progresismo contemporáneo. De hecho, podríamos decir que Gramsci y Lukacs son los padres intelectuales del progre del Siglo XXI, y si la izquierda de a pié prefiriera la lectura sosegada a la deglución acrítica de mantras prefabricados, los institutos de la LOGSE y las aulas universitarias estarían llenas de camisetas con la imagen de estos dos precursores de la revolución cultural, en lugar del sempiterno Ernesto Guevara. Ambos pusieron las bases de la contracultura que nuestros progres adoptaron como propia a partir de los años 60, cuyo fin es erosionar las bases del sistema de vida de occidente y hacer posible el sueño marxista de una sociedad en la que propiedad privada, familia y tradición moral acaben siendo reliquias del pasado.

Pero estos escarceos teóricos no hubieran tenido apenas virtualidad en la forma de vida occidental sin la participación de la más formidable maquinaria de propaganda marxista. Hablamos, naturalmente de la Kommintern, o Internacional Comunista, dirigida por un genio de la infiltración y el agit-prop como Willi Münzenberg.

Münzenberg había sido compañero de Lenin ya en su etapa suiza, antes de la revolución bolchevique. Una vez conquistado el poder, el nuevo líder soviético le puso a trabajar junto a Karl Radek –un intelectual radical polaco dedicado a “racionalizar” las ideas revolucionarias–  y Félix Dzerzhinsky –creador de la Cheka e inventor de la policía secreta como instrumento de terror revolucionario–, convirtiéndose en el responsable directo de las operaciones de propaganda en occidente.

Münzenberg utilizó la Kommintern para la consecución de un objetivo muy sencillo en su definición, pero tremendamente complicado de llevar a cabo. En esencia, su misión fue inocular en la conciencia de occidente, como una segunda naturaleza, la idea de que cualquier crítica o reproche al sistema soviético sólo podía provenir de personas fanáticas, fascistas o sencillamente estúpidas; mientras que los partidarios del comunismo eran, por el contrario, gente con una mente avanzada, partidarios del progreso de la humanidad y tocados por un halo especial de refinamiento intelectual. Para ello, los hombres de Münzenberg contaron con la colaboración, dentro de occidente, de una auténtica pléyade de escritores, periodistas, artistas, actores, directores de cine, científicos o publicistas,  de Ernest Hemingway a John Dos Passos, de Bertolt Brecht a Dorothy Parker, dispuestos a defender una imagen idealizada del sistema comunista y a esparcir por el mundo las bondades del régimen soviético. Sobre la opinión que el propio Münzenberg tenía de todos ellos, baste señalar el calificativo que empleaba en privado para definirlos: “El club de los inocentes”.

Bajo su dirección, la Kommintern se convirtió en el primer “multimedia” de la Historia, con decenas de periódicos, revistas, editoriales, estaciones de radio o productoras de cine formando un complejo entramado dispuesto para la difusión del tipo de mensajes que interesaba a la dirección comunista. El éxito de la estrategia, pudo influir en su posterior reproducción a escala nacional por parte de corporaciones empresariales privadas, cercanas a los centros de poder socialista y con algunos ejemplos exitosos bien conocidos,  cuya condición empresarial, rabiosa y saludablemente capitalista, no entorpece su particular empeño en la difusión de los dogmas típicos de la vulgata marxista en contra de la globalización, el libre mercado, los EEUU o la moral judeocristiana de los que se nutre diariamente su parroquia.

Münzenberg, además, fue el creador de la figura de la “agencia de noticias”, que bajo su inspiración servía tanto para labores de intoxicación informativa como para ocultar excelentemente a los hombres encargados de las tareas de espionaje en los países anfitriones.

Pero además de la Kommintern de Willi Münzenberg, la llamada Escuela de Francfort, fundada por Lukacs y otros miembros del Partido Comunista Alemán, estaba llamada a desempeñar un papel directo en las tareas de subversión cultural, especialmente en los Estados Unidos de Norteamérica, donde recaló huyendo del nazismo (de nuevo el proverbial heroísmo comunista), toda esta troupe de intelectuales concienciados. A su examen y al de las claves del combate contracultural que se viene desarrollando desde hace ya medio siglo,  dedicaremos el siguiente capítulo de esta serie.

El secuestro de la sociedad civil: Herbert Marcuse

A comienzos de los años 20 del siglo pasado Lucaks, junto con otros compañeros del Partido Comunista Alemán, creó el Instituto de Investigación Social, ligado académicamente a la Universidad de Francfort. En su seno, los sucesores de Gramsci recogerían su legado intelectual para producir una escolástica marxista con la que emprender “el largo camino a través de las instituciones”.

Las figuras más importantes de la Escuela de Francfort fueron Max Horkheimer, bajo cuya dirección se consolidó su prestigio internacional como centro de pensamiento avanzado, el crítico musical Theodor Adorno, el psicólogo Erich Fromm y un joven talento nacido de la propia escuela llamado Herbert Marcuse. Todos ellos arribaron a los Estados Unidos de Norteamérica huyendo del nazismo, encontrando acogida en la Universidad de Columbia, en el Estado de Nueva York.

A los efectos de este breve estudio, el hito más importante de la escuela de Francfort es el desarrollo de lo que se llamó “La Teoría Crítica”. La crítica a la que hace referencia su denominación se dirigía, obviamente, hacia la sociedad occidental capitalista, que estos pensadores marxistas declaran férreamente oprimida por una mentalidad tradicional judeocristiana, a la vez que manipulada por las estructuras burocratizadas de los grandes medios de comunicación, que producen una falsa cultura con el objeto de apaciguar, reprimir y entontecer a las masas mediante la imposición de aberraciones conceptuales como el cristianismo, la autoridad, la familia, el capitalismo, la jerarquía, la moralidad, el patriotismo, la tradición, la lealtad, el conservadurismo o la continencia sexual.

Bajo la teoría crítica, el sistema occidental es acusado de cometer toda clase de genocidios contra el resto de las civilizaciones (el mito rousseauniano del buen salvaje), de mantener sojuzgados a sectores enteros de la población (mujeres, minorías étnicas, homosexuales, etc.) o de fomentar el nacimiento y desarrollo de todo tipo de conductas de carácter fascista. Se trata de un marco filosófico que pretende inculcar un pesimismo constitutivo en el alma occidental, a pesar de ser la sociedad más próspera y libre del planeta. Sin embargo, como escribió Aron, «todo régimen conocido es torpe y culpable si uno lo compara con un ideal abstracto de igualdad o libertad». A grandes rasgos esta fue la estrategia psicológica para que la generación occidental de los 60, la más privilegiada de la Historia, se convenciera a sí misma de vivir en un infierno insufrible.

Pero quizás el hito más importante de la Escuela de Francfort fue la publicación del libro de Herbert Marcuse "La tolerancia represiva", que muy pronto se convertiría en lectura de culto en los ambientes académicos. Marcuse, como ya se ha apuntado, llegó a los EEUU junto con los demás integrantes de la escuela aunque, a diferencia de la mayoría de sus compañeros, no volvió junto a ellos a Alemania en los 50. Cuando los campus universitarios norteamericanos ardían en las oleadas violentas de los 60, Marcuse era una figura venerada entre los sectores más radicales. Sus alocuciones a los estudiantes llamándolos a la rebelión le convirtieron en un icono intelectual. Suya es la consigna «haz el amor y no la guerra».

En “La tolerancia represiva”, Marcuse construye su acta de acusación formal contra la burguesía, considerándola no como un crisol de conductas arcaicas o pasadas de moda, sino como la causa directa de la opresión fascista que soporta la sociedad. Así como el marxismo clásico criminalizó a la clase capitalista, la Escuela de Francfort, a través de Marcuse, declaró culpable de los mismos delitos al sector sociológico formado por las clases medias. El desarrollo teórico posterior de esta idea seminal llevó a sus estudiosos a concluir que los individuos que crecían en familias tradicionales eran incipientes fascistas, nazis potenciales, al igual  que los que hacen gala de algún síntoma de patriotismo, los practicantes de religiones tradicionales o, en general, los  autotitulados conservadores.

Pero Marcuse es también el responsable de otras herramientas dialécticas del arsenal progre como el concepto de «tolerancia represiva»,  según el cual aceptar la existencia de una amplia variedad de puntos de vista (otros lo llamamos simplemente «libertad de expresión») es, en realidad, una forma escogida de represión. Marcuse definió su particular concepto de la tolerancia como la comprensión condescendiente para todos los movimientos de izquierda, conjugada con la intransigencia más absoluta respecto a las manifestaciones de matiz conservador. Un ejemplo claro de esta táctica totalitaria se pudo ver en el tratamiento informativo de los sucesos acaecidos en la manifestación de la Asociación de Víctimas del Terrorismo, en la que José Bono fue objeto de una agresión inexistente. Las protestas airadas de un grupo de ciudadanos contra la presencia en la misma de un ministro del Partido Socialista Obrero Español, fueron calificadas como un acto injustificable de exaltación fascista. Por el contrario, las violencias que en los últimos años ha padecido el sector conservador de la sociedad –éstas sí muy reales y, en algunos casos, con riesgo físico más que evidente para los que las padecieron–, el destrozo de las sedes del partido de la derecha o las pancartas con gravísimos insultos a sus representantes políticos (con fotografías incluidas, para que no hubiera duda) sólo merecieron –más daño hacen las bombas de Irak–  comprensión y argumentos exculpatorios por parte de estos mismos custodios de la ortodoxia democrática. La circunstancia de que el autor de la palinodia más agresiva sobre el resurgimiento del fascismo ibérico, publicada a raíz del suceso, acumulara en sus manos las carteras de Interior y Justicia, suceso inédito en las democracias avanzadas y, en cambio, algo muy habitual en los regímenes fascistas, sólo añade el tradicional toque esperpéntico de la izquierda cuando se pone a pontificar.

En realidad, Marcuse no hacía sino actualizar las directrices de órganos comunistas como el Comité Central del PCUS, que ya en 1943 instruía a sus cuadros con la siguiente consigna: «Nuestros camaradas y los miembros de las organizaciones amigas deben continuamente avergonzar, desacreditar y degradar a nuestros críticos. Cuando los obstruccionistas se vuelvan demasiado irritantes hay que etiquetarlos como fascistas o nazis. Esta asociación de ideas, después de las suficientes repeticiones, acabará siendo una realidad en la conciencia de la gente».

Esta técnica dialéctica ha sido adoptada por la progresía contemporánea (cualquier discusión en la que los argumentos conservadores se hacen difíciles de refutar, es zanjada por el progre de turno tachando de fascista a su contradictor) y sigue plenamente vigente sesenta años después. Este y no otro es el origen de lo que se ha dado en llamar “lo políticamente correcto” –marxismo cultural sería la definición más apropiada en términos históricos–, especie de estricnina intelectual adoptada por el progresismo dominante como elemento constitutivo de su particular cosmovisión, que desemboca con éxito en la imposición de los tópicos prefabricados en defensa de la agenda cultural, intelectual y moral de la izquierda. Basta con asomarse a los medios de comunicación para constatar la magnitud de la dictadura de este marxismo cultural, que obliga a la aceptación de estos principios bajo pena de excomunión democrática. La homosexualidad, la infidelidad, el aborto, la promiscuidad exacerbada y en general cualquier conducta contraria a la esencia de la familia tradicional, es ofrecida a través de programas de testimonio, tertulias o teleseries como expresiones altamente enriquecedoras del ser humano. El menoscabo de la propiedad privada en beneficio de un “interés público”, la masiva intervención estatal en asuntos privados como la enseñanza o el llamado Estado del Bienestar, son considerados también elementos imprescindibles para el progreso de las sociedades. Por el contrario, la religión –cómo cocinar un Cristo para dos personas–, la defensa de la propiedad privada y el capitalismo como elementos imprescindibles para el progreso económico, la familia como forma de organización social o la observancia de un código moral transmitido durante generaciones, son elementos situados en el punto de mira de los acorazados del progreso con carácter permanente. Cualquiera que se atreva a disentir del dictado del marxismo cultural configurado a través de estas consignas, es tachado inmediatamente de reaccionario, fanático o, si persiste en su empeño, de fascista.

Bajo el régimen despótico de lo políticamente correcto, las únicas expresiones religiosas admisibles son las que ponen el acento en conceptos típicos de la agenda progre como la justicia social, la redistribución de la riqueza o el tercermundismo anticapitalista. Por otra parte, tras varias décadas de marxismo educativo, nuestros alumnos son los menos capacitados en las áreas clásicas de conocimiento (en algunos casos rayando en el puro analfabetismo), pero en cambio conforman las generaciones más hipersensibilizadas con los tópicos promovidos por la izquierda como los riesgos del medio ambiente, la lucha contra la opresión capitalista, la tolerancia sin límites, el pacifismo sin condiciones, el multiculturalismo o el relativismo ético.

El éxito del programa intelectual gramsciano queda atestiguado con ejemplos como el de Michael Walzer, quien en el número de invierno de 1996 del órgano marxista Dissent citaba las siguientes conquistas: «el visible impacto del feminismo, los efectos de la discriminación positiva, la emergencia de los derechos políticos de los gays y la atención que se les presta en los medios de comunicación, la aceptación del multiculturalismo, la transformación de la vida familiar incluyendo el incesante crecimiento de las tasas de divorcio, cambio de roles sexuales, nuevas formas de concebir la familia y, de nuevo, su representación favorable en los medios, el progreso de la secularización, la expulsión de la religión en general, y el cristianismo en particular, de la esfera pública (aulas, libros de texto, códigos legales, periodos vacacionales, etc.), la virtual abolición de la pena capital, la legalización del aborto o los éxitos iniciales en el esfuerzo para regular y limitar la posesión de armas de fuego». Pero lo más destacable de todo es, como admite el propio Walzer, que todas esas conquistas han sido impuestas por las élites progresistas, sin que respondan a la presión de movimientos de masas.

Todo este proceso histórico ha desembocado finalmente en la aceptación generalizada de la agenda política de la izquierda –hasta los partidos de la derecha conjugan con total despreocupación términos como desarrollo sostenible, cambio climático, equilibrio norte-sur, justicia social, defienden la educación pública, el estado del bienestar, etc.–, en lo que quizás es la última fase de esta larga marcha a través de las instituciones diseñada en su día por Gramsci con dimensiones proféticas y que Aldous Huxley concretó admirablemente cuando escribió que “un estado totalitario realmente eficiente, es aquel en el que las élites controlan a una población de esclavos que no necesita ser coaccionada, porque en realidad ama esta servidumbre.”

El desfonde de la posmodernidad

Toda esta vastísima empresa contracultural, sólo sirvió para retrasar tal vez unas décadas el hundimiento del bloque soviético. Sin embargo, la labor de disolución de los ideales en los que se sustenta la sociedad libre característica de los sistemas occidentales, ha sido un éxito rotundo. Tan sólo una cultura degradada o una civilización dando sus últimas boqueadas, es capaz de asimilar el material de derribo esparcido por la vulgata marxista y adoptarlo como patrón de conducta.

La consecuencia inmediata del aplastamiento de los principios que sustentan el orden natural (familia, propiedad privada, moral tradicional, libre comercio), no podía ser otra que la increíble desorientación de las sociedades que lo han padecido. En el estado de cosas actual, se acepta prácticamente como un dogma de fe que la realidad sencillamente no existe, con lo que el hombre se despoja voluntariamente de su principal herramienta de supervivencia: La razón. Si nada es bueno o malo, moral o inmoral, si todo es relativo, si las afirmaciones absolutas son observadas como la demostración del carácter autoritario de quien las sostiene, si no se admite que el ser humano puede conocer la existencia de una realidad objetiva, integrando la información que le proporcionan sus sentidos a través de la razón, entonces el mundo se convierte en algo incomprensible y amenazador, un sitio en el que no merece la pena esforzarse por alcanzar unas metas de cuya moralidad nadie puede responder.

En la sociedad actual, la masa sustituye una visión integrada de la existencia de acuerdo con patrones racionales, por los principios que le ofrece la atmósfera cultural que les rodea. Pero la educación, sometida al dictado de los ingenieros sociales que inundan sus estratos superiores, ya no es una herramienta de transmisión del conocimiento analítico, sino un medio de reformar la sociedad en virtud de un patrón predeterminado. Los medios de comunicación, las películas, etc., presentan por lo general a una serie inagotable de tarados, drogadictos, depravados y psicóticos en sus múltiples variantes como modelos de conducta (repase mentalmente el lector cualquier película de “nuestro director de cine más internacional”) o, en el mejor de los casos, como representantes del alma humana, invitándonos a imitarles o, al menos, a mostrar nuestra comprensión en lugar del enérgico rechazo espontáneo que deberían suscitar en cualquier mente sana.

Los intelectuales, la última esperanza de cualquier sociedad que quiera iniciar su rearme moral, ofrecen, salvo contadas excepciones, un espectáculo grotesco caracterizado por el escepticismo militante, el laicismo agresivo, el pesimismo constitutivo o el gusto por la autodepravación en sus múltiples posibilidades.

Durante la II Guerra Mundial, no fue infr

Los fallos del político los pagamos todos

ecuente el suicidio entre los voluntarios para ir al frente que eran rechazados por no resultar aptos. En contraste, si se pregunta a la izquierda política de nuestro tiempo cuales son los ideales que debe defender occidente, la respuesta será tal brebaje de generalidades grandilocuentes sobre la humanidad, el diálogo entre civilizaciones, los derechos humanos, la legalidad internacional emanada de la ONU, la paz mundial o el desarrollo sostenible, que ni un insecto se dejaría matar por ellos.

Cuando se ha conseguido llevar a la mitad más próspera y libre del planeta a este estado de desfonde intelectual y moral, el terreno queda convenientemente abonado para que fructifiquen hasta las ideas más delirantes de la intelectualidad orgánica de izquierdas, siempre removiendo los cascotes del muro de Berlín, a la búsqueda de alguna idea que no ofenda en exceso la inteligencia humana. En este estado de postración intelectual, no resulta extraño el extraordinario florecimiento de la irracionalidad, el misticismo absurdo y las doctrinas descabelladas, de todo lo cual el movimiento de la Nueva Era es su principal expresión.

Si el progresismo es la quintaesencia de la ingravidez intelectual, la New Age es su trasunto oligofrénico, lo que la convierte, de inmediato, en una propuesta atractiva para el espíritu contemporáneo, pues ofrece una oportunidad para integrar todos aquellos elementos absurdos que la esquizofrenia postmoderna había dispersado.

El movimiento New Age es una corriente cultural (es decir contracultural), cuyo origen se localiza en la costa oeste de los EEUU durante la década de los sesenta, que se basa en una concepción mágica de la realidad, en la que los arcanos de las culturas más disparatadas (atlantes, rosacruces), las terapias más absurdas y una antropología irracional, se trufan con un mesianismo milenarista, un pacifismo ultramilitante y el inevitable toque OVNI, formando una grasienta empanada de imposible digestión. La renuncia intelectual de sus practicantes es tan severa, que dentro del movimiento de la Nueva Era no resulta extraño encontrar a cristianos que creen firmemente en la reencarnación, o estrellas de Hollywood, cuya evidente politoxicomanía y hedonismo no les impide declararse fervorosas seguidoras del ascético budismo zen.

En realidad, la New Age sirve perfectamente a los fines establecidos por los ideólogos de la guerra contracultural, pues su mística, al contrario que la judeocristiana no está basada en la comunión o el crecimiento personal, sino en la disolución total con un evanescente “todo cósmico”. Este carácter decadente de la ética y la estética New Age, que entroniza el relativismo moral y cultural como un valor a perseguir, convierte a esta corriente en un aliado virtuoso de la intelectualidad progresista, en su tarea de dejar a la sociedad sin recursos eficaces contra su propaganda anticapitalista.

Es hora de insistir en que el capitalismo es el único sistema que permite al individuo llegar tan lejos como su inteligencia, ambición o habilidad le lleven, recompensándole en consecuencia. Bajo el orden capitalista, el éxito no depende del dictado arbitrario de unos pocos sino de la aceptación de una mayoría libre. No nos engañemos. Nuestro sistema de vida capitalista no es atacado por este ejército de zombis morales por sus defectos (que los tiene como toda obra humana), sino precisamente por sus virtudes. La motivación real de los colectivistas hegeliano-marxistas que controlan nuestra cultura, no es su amor por el comunismo o su pasión por la “liberación del tercer mundo oprimido”, sino su odio visceral hacia el sistema de vida occidental capitalista. Su mediocridad les impide admitir que el éxito de los demás se debe a su superior talento o disciplina; por tanto insisten con empeño en que toda fortuna es fruto del robo y, por extensión, que la riqueza de los países prósperos procede de la explotación injusta de las zonas míseras del planeta. Por eso siguen repitiendo que los que defendemos la libertad civil y la propiedad privada somos peligrosos egoístas totalitarios, mientras que los apóstoles de mayores controles estatales o los que se declaran fascinados por el régimen castrista, son los auténticos adalides de la libertad y el progreso.

Ahora, más que nunca, es necesaria una rebelión intelectual y moral que desenmascare todo este veneno social y los agentes que lo inoculan. Aunque la tarea es ingente, es posible detectar algunos incipientes movimientos reactivos en amplias capas de la población. El éxito de iniciativas como Libertad Digital, o más coyunturalmente las masivas manifestaciones en defensa de cuestiones que afectan al orden social y a los principios en que se sustenta la unidad nacional, así lo demuestran a nuestro juicio. El nerviosismo de la izquierda lo corrobora. Es como si todos esperaran a que el vecino afirme públicamente que el “rey va desnudo” para sumarse con bravura a esta denuncia de lo evidente. Pues bien, proclamemos ya, ahora, que el rey no sólo va en pelotas, sino que además, estamos dispuestos a rebelarnos contra su tiranía con las herramientas que proporciona a todo hombre la razón, la moral y la inteligencia, para distinguir lo que la Historia ha demostrado que hace a las sociedades prósperas de lo que las esclaviza.

En última instancia, la única diferencia entre la conquista violenta del poder por una minoría totalitaria, como pretendía el leninismo, y la obtención del mismo por caminos difusos previa aniquilación del arsenal moral e intelectual de la sociedad, si finalmente sucede, sólo estribará en que la agonía habrá sido más larga y las víctimas mucho más numerosas. Es posible que estemos inmersos en una guerra perdida de antemano, pero aún así, nosotros estamos dispuestos a luchar en ella con todas sus consecuencias. ¿Y usted?