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Etiqueta: Libertades propiedad y estado de derecho

Willy Toledo, la revolución armada y la transparencia de Podemos

Se ha hecho viral un pequeño vídeo de una reciente intervención del actor y activista político Willy Toledo en un acto del partido político Podemos. En dicho acto, Willy Toledo explica con bastante transparencia por qué ha decidido, después de años sin respaldar a ninguna formación política, dar su apoyo al partido liderado por Pablo Iglesias. Puesto que sus explicaciones difícilmente pueden dejar a nadie indiferente, nada mejor que leer una transcripción de las partes más jugosas de su intervención:

Tenemos la opción de la revolución armada, cosa que creo no estamos en absoluto organizados y preparados para ello. Y, además, cada día tiene menos salida esta opción porque ya los instrumentos de represión y los policías, los guardias civiles, los mossos d’esquadra, las ertzaintzas, el ejército español de la ‘una, grande e indivisible’ tienen la capacidad suficiente para acabar con nosotros en cinco minutos. […] Tenemos la otra opción, que es asaltar las instituciones. […] La única opción que yo creo es posible a día de hoy es presentarse a unas elecciones. […] Esto no es ninguna crisis, es una estafa perfectamente planificada para someter al pueblo de Europa bajo un yugo y una flecha y tenernos absolutamente esclavizados.

Es de agradecer la transparencia de Podemos en general y de Willy Toledo en particular a la hora de explicar cómo piensan y cuál es su estrategia. Lo preocupante evidentemente es precisamente comprobar que rechazan la revolución armada no por oponerse a la violencia sino por simple estrategia militar. Toledo explica que el presentarse a unas elecciones es la opción elegida básicamente por descarte de otras, en particular la de la revolución armada. Creo que nunca había escuchado en democracia a integrantes de una formación política hablar abiertamente de esa estrategia como una opción legítima. No es de extrañar que Willy Toledo se haya exiliado en Cuba, país donde triunfó una revolución armada y en donde se instauró una dictadura comunista que hoy sigue privando a todos sus ciudadanos -exceptuando a la casta cubana- de libertades básicas como las de opinión, asociación y cooperación voluntaria, todas ellas garantizadas en los países más capitalistas que Willy Toledo tanto critica.

 

No es la primera vez que se agradece la transparencia ideológica de Podemos. Tanto su programa electoral, como multitud de vídeos de su líder, Pablo Iglesias, alabando la figura de Hugo Chávez son pruebas inequívocas de las intenciones de Podemos si llegara a alcanzar el poder: cambiar el sistema de organización político actual por un régimen liberticida en donde ellos eliminen a la casta actual e instauren una casta mucho más represiva y numerosa. De la lectura de su programa electoral se deduce que el control estatal de la economía sería tal que haría falta un ejército de burócratas con un poder inmenso para llevarlo a cabo. Creer que en un país tan estatalizado la corrupción sería menor que en la actualidad es cuando menos de ilusos.

Debemos utilizar esta transparencia ideológica de Podemos como nuestra mejor arma para combatir a esta formación y evitar que lleguen al poder. De lograr acaparar el poder, tan sólo tendríamos tres opciones: huir por tierra, mar o aire de España. De analizar el daño que su programa electoral provocaría en nuestro país en caso de implantarse ya escribió aquí nuestro director, Juan Ramón Rallo. El cambio de sistema que propone Podemos ya se ha aplicado con bastante “éxito” en países como Venezuela. Por más que los dirigentes de Podemos quieran tergiversar la realidad sobre Venezuela, las dramáticas tasas de homicidio, el altísimo nivel de corrupción, la hiperinflación, la escasez de productos de primera necesidad y la represión contra los que no apoyan al régimen de Maduro son pruebas inequívocas de lo que la implantación del socialismo puro genera en un país. El común denominador de Podemos, Willy Toledo y el régimen de Venezuela o de Cuba es su odio más visceral al capitalismo. No es de extañar, por tanto, que cuanto mayor es la inquina de un grupo de personas contra el capitalismo, mayor suele ser la virulencia con la que la libertad individual de los ciudadanos acaba siendo pisoteada.

Claro que tengo miedo a Podemos

 Uno de los argumentos preferidos por el fan boy medio de Podemos es que se critica a su partido porque se le tiene miedo. Eso, al parecer, justificaría todas las barbaridades que defienden Pablo Iglesias y los suyos, que den miedo a la casta. Una casta a la que, en perfecto razonamiento circular, perteneceríamos todos aquellos a quienes se nos haya ocurrido, válgame el cielo, la osadía de criticar a Podemos.

Que sí, que la casta es muy mala. España es un país con unas instituciones bastante deficientes, donde al votar el Parlamento estamos eligiendo los tres poderes del Estado y una división territorial del poder que parece construida para fomentar el caciquismo y el separatismo. Pero aun así prefiero mil castas como la que padecemos a un solo Podemos. Porque sabiendo en qué han derivado todos los populismos que en el mundo han sido, lo que me pregunto es cómo puede una persona racional no tener miedo a Podemos.

Los populismos crecen en épocas de zozobra porque aciertan al reducir problemas complicados a unas pocas consignas simples que llegan a la gente. No logras pasar de la nada a porcentajes de voto de dos cifras analizando y explicando razonadamente el origen de los problemas. Tampoco aportando soluciones realistas y racionales, al estilo, por ejemplo, del contrato único como forma de mejorar nuestro deficiente mercado laboral. No, se hace exculpando a los votantes de toda responsabilidad y asignándosela a unos malvados a los que derrotaremos entre todos dando nuestra confianza a los buenos, es decir, ellos.

Lo malo es que no, no son buenos. No pueden serlo cuando su líder, Pablo Iglesias, acudió a la Venezuela chavista a recibir su formación política y su cabeza pensante, Juan Carlos Monedero, ayudó a ese mismo régimen a empobrecer y destruir las libertades del sus antaño ciudadanos, hoy súbditos. No pueden serlo cuando alaban a la Argentina peronista, el único país donde gobiernan de forma casi ininterrumpida los representantes de un partido genuinamente fascista, que logró reconducir hasta el subdesarrollo a la que fuera una de las naciones más ricas del mundo. No pueden serlo cuando abogan por un "leninismo amable", oxímoron perfectamente equiparable al nazismo amable.

El leninismo creó la Cheka, que en pocos meses ya había ejecutado a más gente que el zarismo, que no era precisamente un régimen amable con el disidente. Creó el Archipiélago Gulag, red de campos de concentración donde murieron millones de personas. Fue el responsable de la primera hambruna provocada por el régimen soviético. Cuesta ver, sinceramente, una versión amable de semejantes atrocidades. Quizá un encarcelamiento masivo de disidentes en el que te den una palmada en la espalda antes de fusilarte o te sonrían mientras prohíben otro partido político que no sea el suyo.

¿Miedo a Podemos? Naturalmente. En Venezuela también había una casta y un sentimiento mayoritario, muy razonable, que pedía acabar con la corrupción de un régimen podrido. Hoy son más pobres, carecen de libertades políticas, asesinan a los manifestantes. Caracas es una de las ciudades más peligrosas del mundo, con un número de asesinatos muy por encima que el de muchas ciudades en guerra. Pero se supone que si tengo miedo a eso sólo puede ser porque soy casta.

Antisionismo, claves para distinguir al antisemita actual

El conflicto de Oriente Medio ha vuelto a sacar a relucir los prejuicios judeófobos que tan extendidos están en algunas sociedades occidentales —a pesar de que en España apenas haya judíos, este país no es una excepción, sino más bien uno de los casos más fuertes—. Sin duda alguna, en ello tiene mucho que ver la actitud de muchos profesionales de los medios de comunicación, profesores de universidad, miembros del autoproclamado “mundo de la cultura” y determinados dirigentes políticos. Como ya explicamos en otras ocasiones, el antisemitismo es un odio que además de responder a un profundo rechazo a la libertad tiene la característica de ser elitista.

Todos estos antisemitas que tienen la capacidad de expresarse en público, y en muchos de los que lo hacen en privado por no disponer de altavoces mediáticos o académicos, suelen negar que son antisemitas. Se justifican diciendo que son “antisionistas”, ocultando que el denominado “antisionismo” es la más moderna y políticamente correcta forma de antisemitismo. Ante esto, y puesto que la crítica al Gobierno de Israel o algunas de sus políticas es sin duda legítima, se hace necesario saber distinguir dicha crítica legítima (que puede ser acertada o no) de la judeofobia.

En algunos casos resulta evidente que estamos ante un antisemitismo sin disimulo alguno. Ocurre, por ejemplo, cuando se llama al boicot de “productos judíos” y se ofrece un listado de comercios de lo más variopinto, incluyendo algunos que no tienen entre sus principales accionistas a nadie que profese la religión de Moisés.

En otros casos, sin embargo, no resulta tan sencillo diferenciar. Suele decirse que el mejor modo de determinar cuándo se trata de antisemitismo es el doble rasero. Así, por ejemplo, si se niega la legitimidad de Israel para existir como Estado pero no la de otros países, es judeofobia. Lo mismo se puede decir si se montan todo tipo de acciones de protesta contra la intervención en Gaza mientras se guarda silencio ante las masacres en Siria o el verdadero genocidio de cristianos a manos de los integristas islámicos en Irak. El problema de esta técnica es que, funcionando en muchas ocasiones, nos topamos con que también se emplea el doble rasero con otros países o cualquier otro que genera antipatía por parte de alguien. Entonces necesitamos un método con menos excepciones. Y para eso nada mejor que mirar al pasado.

El antisionismo es la tercera forma histórica de la judeofobia europea (y, por extensión, occidental). Por lo tanto, lo mejor es mirar qué tiene en común con las anteriores expresiones de ese tipo de odio: el antijudaísmo religioso de raíz cristiano (en el caso católico superado oficialmente, aunque queden reaccionarios que no se han enterado, por la declaración conciliar Nostra Aetate, de 1965), mayoritario hasta bien entrado el siglo XIX y con fuerza incluso en el siglo XX, y el antisemitismo racial de los siglos XIX y XX, muy vinculado además a los nacionalismos y que llegó a su apogeo con el nazismo alemán. En contra de lo que pudiera parecer a primera vista, hay una continuidad entre las acusaciones que se lanzan contra los judíos desde esos tres tipos de judeofobia. Y es ahí donde puede radicar la clave que buscamos.

Una de las acusaciones históricas tradicionales de los antisemitas contra los judíos es la de ser un “cuerpo extraño”, y por ende dañino, en la que debía de ser una comunidad armoniosa. Así, en la primera etapa eran negadores de Cristo en sociedades cristianas, en la segunda fase eran percibidos como un grupo ajeno a la raza propia de la nación (da igual que fuera la alemana, la francesa, la española o cualquier otra) y para el antisionismo es un Estado artificial inserto en el mundo árabe o islámico por las fuerzas coloniales.

Vinculado con la anterior está la más dura de las acusaciones, la de cometer el peor crimen que la mente humana pueda llegar a concebir. Durante siglos fue el deicidio, en sociedades muy influidas por la religión nada podía ser más grave que asesinar al mismísimo Dios hecho hombre. De ahí se pasó, en un mundo dominado por los sentimientos racistas y nacionalistas, a la acusación de ser traidores a la patria. Así surgió el Caso Dreyfus, al ser acusado dicho oficial francés de religión judía de espiar para Alemania. O en el caso germano, los nazis acusaban a los hebreos de la famosa e inexistente “puñalada” por la espalda que explicaría la derrota en la I Guerra Mundial.

Para las mentes contemporáneas, el peor crimen imaginable es el genocidio. Y de eso se acusa de forma constante a Israel, sin que los acusadores se paren a pensar en que ningún pueblo que sufre un genocidio gana constantemente población, que es lo que ocurre con los palestinos. Se llega al extremo de perversión al comparar a Israel o “los judíos” con los nazis y sostener que cometen un Holocausto igual al cometido contra el Pueblo de Israel. Este último es un genocidio que, sin ser el mayor en términos numéricos (el ucraniano a manos de la URSS o el ocurrido en la China de Mao son peores cuantitativamente), tiene unas características únicas que hacen que para muchos represente el grado máximo de maldad y que, al menos, hacen de él algo históricamente único.

Vinculado a la acusación de cometer el peor crimen posible, no faltaba en el caso nacionalsocialista la acusación de contaminar la pureza racial alemana. Esto es similar a cuando el antijudaísmo cristiano reprochaba al hebreo tratar de alejar a los buenos católicos de la fe en Cristo o cuando el antisionista acusa a Israel o los judíos de comprar voluntades de políticos o creadores de opinión. Esta, la perversión de los no judíos, sería la tercera acusación que nos permite detectar judeofobia.

Una cuarta, también recurrente de forma histórica, es la de manipular en beneficio propio a los gobiernos y los creadores de opinión de todo el mundo. Dicho de otra manera, se reprocha al conjunto de los judíos ser un poder oculto que trata de dominar el mundo y machaca sin piedad a quienes se oponen a sus designios. No era raro que en la Edad Media hubiera clérigos que acusaran reyes y nobles, incluso a obispos o cardenales, de estar manejados por los judíos. En los siglos XIX y XX la acusación se repite, y llega a articularse de una forma muy elaborada en Los protocolos de los sabios de Sión, una obra creada por los servicios secretos zaristas en 1902 a los que algunos todavía dan credibilidad.

En la actualidad no faltan quienes sostienen que Estados Unidos está al servicio de Israel, o que la industria del cine y los grandes medios de comunicación de todos los países están controlados por judíos —a pesar de que resulta imposible encontrar, por ejemplo, un director de periódico o un empresario de comunicación hebreo en España— y responden a los intereses de ese supuesto “lobby”. Por supuesto, se sostiene que todas las grandes empresas y los grandes bancos están en manos de judíos. Si para eso hay que hebraizar a los gentiles Amancio Ortega o Emilio Botín, se hace sin problema alguno.

No vamos a decir que todos los que hagan alguna de las acusaciones contra Israel indicadas a lo largo de este artículo sean necesariamente antisemitas —puede tratarse de un mero desconocimiento que facilita la intoxicación—, pero sí están ayudando a extender el odio antijudío. Otros, sobre todo quienes se escudan en el clásico “lo que soy es antisionista”, sí son abiertamente judeófobos aunque no quieran reconocerlo abiertamente.

La crítica a un Gobierno, el de Israel o cualquier otro, es algo positivo, pero no la difusión de un odio tan profundamente dañino y contrario a la libertad como la judeofobia. Es bueno tenerlo en cuenta a la hora de analizar la actualidad.

Desafío institucional en Cataluña por oligarquías extractivas y destructivas

En la Díada del 11 de septiembre de 2014 se escenificará un nuevo acto del vodevil que constituye el desafío nacional-separatista en Cataluña en defensa de los intereses particulares de las oligarquías extractivas y destructivas de la región.

Desafío institucional en Cataluña

La movilización de los hombres-masa en la Díada sirve para incidir nuevamente en los lugares comunes de la falsificación histórica y pretende ser el preludio de un desafío institucional a la Constitución de 1978 que podría concretarse con la celebración de un referéndum ilegal previsto para el 9 de noviembre de 2014 o bien podría transmutarse en unas elecciones municipales y autonómicas a modo de plebiscito independentista en 2015 con el mismo objetivo final de tomar el poder sobre todas las instituciones en Cataluña por parte del “hereu” de Jordi Pujol, Arturo Mas y sus consejeros.

Se trataría de escenificar la huida final hacia el paraíso en la Tierra de los Països Catalans como salida posible para intentar evitar las posibles responsabilidades morales, políticas, jurídicas y/o penales de los políticos nacionalistas de todos los partidos en la corrupción, la prevaricación, la malversación y el robo sistemático de los recursos del resto de catalanes y españoles.

Probablemente, el escenario servirá para publicitar una vez más el Weltsaunschauung, el Zeitgeist y del Lebensraum del nacional-separatismo catalán, ideados entorno a la lengua, la cultura y el territorio, supuestamente superiores. Debidamente orquestada desde los medios de comunicación serviles a los subsidios públicos del poder regional, la propaganda intentará engañar y radicalizar aún más a los ciudadanos sin-valores-inclusivos desde las posiciones de apoyo a las oligarquías extractivas hasta las barricadas de asalto al poder político de las oligarquías destructivas.  

Involución institucional en Cataluña

La conquista del poder político absoluto en Cataluña requiere la construcción del nuevo hombre catalán con un cambio de los valores morales de la mayoría de un nuevo pueblo catalán tejidos sobre el idioma, la cultura y la territorialidad, como instrumentos de desencuentro en lugar de como medios de comunicación, de expresión de sensibilidades y de convivencia pacífica, a lo que se añade una historia-ficción contada en las escuelas y universidades para distorsionar la realidad en beneficio de los intereses particulares de las oligarquías en el poder regional y sus redes clientelares de prebendas públicas.

En Cataluña, al igual que en otros territorios, el proceso de involución institucional consta de tres fases:

1) Fase 1 o fase de destrucción de los valores morales [A][B][C] que favorecían la inclusión de todos los ciudadanos y la integración de todas las regiones. Se imponen los derechos sociales (lengua, cultura, territorio, paisaje…) sobre los derechos individuales a la vida, a la libertad, a la propiedad privada y a la igualdad de trato ante la Ley. Se controlan la educación y los medios de comunicación para que favorezcan los intereses particulares de aquellas oligarquías extractivas y destructivas que instrumentalizado el poder político en un territorio. 

2) Fase 2 o fase de degeneración de la democracia mediante leyes que atacan e instrumentalizan los derechos individuales [D][E] y, consecuentemente, deterioran otras instituciones morales como la familia, el lenguaje, el comercio, la función empresarial…

3) Fase 3 o fase de aumento del tamaño del Estado-Administración [H][I][K][L][M] por las oligarquías extractivas y destructivas que “guían” el proceso de secesión para perseguir sus fines particulares de dinero y poder absolutos en un latifundio de su única propiedad, lo que permiten que, con total impunidad, sigan medrando de los recursos detraídos del resto de la población.

Herencia del Ubú President

Pues bien, Jordi Pujol, ex presidente autonómico de Cataluña, ha puesto de manifiesto su peculiar contribución a la integración de España en fechas recientes con un bochornoso comunicado en lo que parece una línea argumental defensiva por las causas judiciales abiertas a sus hijos ([1][2][3][4][5][6][7][8][9][10][11][12][13][14][15][16][17][18]), dado que se han dedicado con verdadera pasión a los negocios vinculados a los recursos y concesiones públicas.

Obviamente, un juez ya ha pedido al ex president que aporte el testamento de su padre y la aceptación de la herencia y existen indicios investigados por la UDEF (Unidad de Delitos Económicos y Financieros) de la Policía sobre el origen de semejante fortuna, que no habría tributado y que convierte a la familia Pujol en la séptima más rica de España, dado que es valorada por algunos medios en 1800 millones de Euros.

Ahora todo el mundo se lleva las manos a la cabeza, pero, sin embargo, los tejemanejes del nacional-separatismo eran rumores bien conocidos desde hace muchos años, lo que motivó al dramaturgo Albert Boadella a escribir la obra Ubú President sobre las ansias de poder y dinero absolutos de las oligarquías en Cataluña, que empleaban el discurso nacional-separatista como excusa para sus negocios particulares.

La obra fue representada desde 1981 y hasta el año 1997 por el grupo teatral Els Juglars que dirigía Boadella y es magnífica tanto en su primera versión Operación Ubú (1981) como, también, en la segunda Ubú president (1995), donde se incorporan nuevos personajes como Maragall, Arturito Más y los Excelsitos o hijos del Excelso, y donde el personal de servicio es inmigrante en vez de andaluz.

Considero imprescindible la lectura del libro Ubú President, publicado por Ediciones Cátedra, para entender la realidad de la política en Cataluña y en España. Por ello, permítanme que cierre estas reflexiones con unos párrafos bastante divertidos de esta obra que crea una burla, ácida y descarnada, del poder en forma de sátira y, al mismo tiempo, es una descripción de la perversión humana por el afán de poder desmedido, la bajeza moral y la mediocridad intelectual de las oligarquías:

“EXCELS.- ¿Dónde vais? ¿Dónde vais pecadores? No os podéis marchar en pecado, ¿eh? Os tenéis que purificar, aquí, delante del Señor. ¡Venga! Confesad públicamente todos vuestros pecados y quizás seáis perdonados. ¡Bonet, empieza!

BONET.- ¿Yo, Excels? Pobre de mí, yo no he hecho nada.

EXCELS.- Hombre…, hombre…, cuenta aquello del Delta del Ebro, cuéntalo…

BONET.- ¡Caray! No…, que recalifiqué unos terrenos en el Delta del Ebro y me dejé regalar una finca.

EXCELS.- ¿Lo sabe alguien?

BONET.- No. Todo está a nombre de mi cuñada.

EXCELS.- Pues perdonado, Bonet. Perdonado. Si está a nombre de tu cuñada, perdonado. Escuchad ya veis que Dios vuestro señor tiene gran capacidad de comprensión, ya lo veis. ¡Venga!, ¡seguid el ejemplo de Bonet! ¡Confesad todos vuestros pecados! Sin miedo. ¡Venga!

ARTURITO MÁS.- Bueno, yo he hecho expropiar unos terrenos que ya estaban expropiados.

CONSEJERA 1.- Yo me he quedado las subvenciones de la Unión Europea para los parados.

CONSEJERO 1.- Yo he comprado 10.000 depuradoras obsoletas.

CONSEJERO 2.- Yo me he quedado con las comisiones de casinos y bingos.

CONSEJERA 2.- Yo he facturado una autovía que sólo tiene un carril

BONET.- Yo he quemado los análisis de las aguas contaminadas y he cobrado de los ganaderos.

EXCELS.- Bueno, ya está, ¡basta! Ya me hago una idea. ¿hay alguna cosilla más?

ARTURITO MÁS.- Bueno, puestos a decir nimiedades, he de confesar que me he beneficiado a la esposa de Bonet.

BONET.- (Muy agresivo.) ¡Sujetadme, que lo mato!

ARTURITO MÁS.- Bonet, pagando, ¿eh?, pagando

BONET.- (Calmado.) ¡Ah!, así me callo…

EXCELS.- (Al Excelsito menor.) Niño, ¿a qué sube todo esto, más los cuernos de Bonet?

EXCELSITO.- Pues sube al doble de la deuda de la Institución.

EXCELS.- El doble… de la deuda… de la Institución. ¡Madre mía! Esto no es nada. Esto lo dejaremos en herencia a los socialistas. Ya se lo encontrarán, esto. Escuchad, supongo que de todo esto no hay papeles, ni documentos, ni comprobantes, ¿verdad?

CONSEJEROS.- No.

CONSEJERO 1.- Hombre, Excels, ¡que son 21 años de práctica!

EXCELS.- Bueno, pues aquello que dicen: pecado ocultado, siempre perdonado.

CONSEJEROS.- ¡Gracias!, ¡muchas gracias Excels!

BONET.- ¿… Y ahora qué hacemos?

EXCELS.- ¿Qué, que hacéis? Lo de siempre, Bonet. Pero…, por Cataluña.

BONET.- (A los Consejeros.) Señores vamos a saquear el país.

CONSEJEROS.- (Salen todos por la izquierda.) ¡Por Cataluña!”

 (Boadella, A.: 2006, pp. 222-223)

 

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Las consecuencias sociales de las propuestas de Podemos

Pese a lo que pudiera parecer, la aparición de un partido político populista como Podemos no es novedosa. En periodos de inestabilidad económica y/o política siempre surgen partidos que proponen políticas de gobierno populares que tienen por objetivo ganarse la simpatía de la población aunque sean claramente irrealizables o antidemocráticas. 

De llegar al poder (que ocurre pocas veces) suelen acabar en dictaduras (reales o disfrazadas de democracia). Platón ya indicó el momento en que la democracia pasa a tiranía: los demagogos se apoderan del gobierno y comienzan a esquilmar las arcas del Estado, con la aquiescencia del pueblo, que espera recibir su parte.

Las propuestas de Podemos no son novedosas en absoluto, siendo apoyadas por todos los partidos populistas ya sean de extrema izquierda o de extrema derecha (ver Le Pen en Francia). Los extremos se tocan y coinciden en prácticamente todas las medidas económicas.

Algunas propuestas de Podemos son las siguientes: establecimiento de una renta básica para todos los ciudadanos, aumento del salario mínimo, establecimiento de salarios máximos, adelantamiento de la jubilación, prohibición de despido en las empresas con beneficios, introducción de la Tasa Tobin, impuesto sobre el patrimonio, supresión de las SICAV, nacionalización de la banca, energía, educación, sanidad, telecomunicaciones y demás sectores “estratégicos”, salida del euro, impago de la deuda, expropiación de viviendas, supresión de cualquier límite de déficit e incremento notable del gasto público entre muchísimas otras medidas.

Todas estas medidas implican una inmensa (e irrealizable) redistribución de la renta. Me gustaría centrarme en algunas de las innumerables consecuencias sociales que tendrían estas medidas de transferencias de ingresos:

– Se desincentiva la producción y la generación de ingresos ya que los individuos saben que van a perder una gran parte de las ganancias. Una dedicación y esfuerzo extra ya no compensan.

– Aumenta la evasión fiscal y la economía sumergida. Los agentes están dispuestos a correr riesgos debido a la gran extracción de renta que sufren.

– Se desalienta que los beneficiarios de las transferencias generen ingresos en el presente, ya que pueden recibir un ingreso realizando menos esfuerzo o incluso ninguno. Si desean un mayor ingreso, generalmente éste se consigue en la economía sumergida.

– Los beneficiarios de ingresos se desentienden de producir bienes y servicios que la sociedad demande. Por tanto, se vuelven agentes antisociales.

– También desincentiva la producción de ingresos futuros, por lo que cualquier inversión actual destinada a proporcionar más renta en el futuro se paraliza o ni siquiera se plantea: educación, experiencia laboral, etc.

– Relacionada con la anterior, los individuos ya no se centran en crear valor en la sociedad sino en extraer rentas de la sociedad a través del Estado.

– Crea individuos totalmente dependientes de los gobiernos al provenir sus ingresos de éstos.

– Producen conflictos políticos ya que los distintos grupos de presión luchan entre sí por obtener más transferencias a costa del resto.

– Se crean conflictos sociales entre grupos productores de ingresos y los destinatarios de los mismos. Unos intentan defender su producción y los otros actúan políticamente para aumentar las transferencias.

– Los productores de ingresos se vuelven más desapegados de la comunidad al sentirse explotados.

– Relacionado con la anterior, los productores de ingresos participan menos en las instituciones sociales. Sociedad civil menos participativa.

– Los productores de ingresos que generan más valor en la sociedad son atraídos del exterior y abandonan el país por la escasez de oportunidades y la situación económico-político-social.

– Se destruyen las asociaciones privadas voluntarias de ayuda y asistencia, ya que el gobierno monopoliza coactivamente todas esas funciones por demanda social.

– Aumenta el populismo y se diluye la oposición política al existir una creciente parte de la población que depende económicamente del gobierno.

– Un aumento de transferencias produce un aumento constante de burocracia, que consume recursos (escasos) y defiende sus intereses.

– Paradoja del intervencionismo: los problemas crecientes causados por el intervencionismo político intentan ser resueltos creando más burocracia y controles, es decir, aumentando el peso y las dimensiones del Estado.

– Aumento creciente de la corrupción y el clientelismo.

– Los gobiernos se vuelven cada vez más invasivos, reduciendo libertades individuales.

Las conclusiones sociales de estas propuestas son claras y evidentes: sociedad más pobre, más rencorosa, más politizada, más desapegada, más enfrentada, menos cooperativa, menos unida, menos autónoma y menos libre.

Comercio y consumismo desmedido

El columnista de «Canarias7» Rafael Álvarez Gil dice en un artículo lo siguiente: «Detesto la expresión marca España. Ningún país es una marca. Además, dicha denominación cobija ese afán por comercializarlo todo. Cualquier cosa se convierte en un producto».

El comercio es la base de la cooperación social y la prosperidad. Cuando las personas intercambian bienes y servicios libremente, es decir, comercian, no están haciendo otra cosa que cooperar. Aquellos que son contrarios al comercio son realmente enemigos de la libertad. Es fácil de comprobar. Si nos diéramos una vuelta por la tiranía comunista de Corea del Norte veríamos cómo el libre comercio está totalmente prohibido.

Desprecio de los consumidores…

Por ello, cuando el señor Álvarez Gil critica el «afán por comercializarlo todo», lo que realmente está mostrando es un desprecio absoluto a la libertad de las personas. Por si esto fuera poco, añade que nuestra patria está «malograda por los excesos, el consumismo desmedido y las bajas pasiones tras siglos endomingados haciendo gala de ser la cuna del virtuosismo y la puridad ignaciana».

El consumismo ni es desmedido ni irracional. El ser humano no es un salvaje consumidor, si fuera así, estaríamos todavía viviendo en las cavernas y no habríamos alcanzado el nivel de vida actual en muchos lugares del planeta. No existirían hospitales, carreteras, ordenadores… ni se hubiese creado nada, dado que todo se habría consumido. Pero la realidad es otra, las sociedades desarrolladas no son consumistas, sino que son creativas y capitalistas, y por eso son ricas.

… y de la libertad

Por ello, lo que, aparentemente, lamenta este columnista, al igual que muchos de la flor y nata de los ilustrados canarios, no es el consumo, sino la libertad y la riqueza, pues cuando habla en estos términos lo que está realmente diciendo es que somos unos insensatos y que él sabe qué nos conviene, es decir, el socialismo. Es en los países socialistas precisamente donde el consumo es casi inexistente, puesto que no hay nada que consumir porque son pobres. Qué casualidad que el libre comercio esté también prohibido en ellos.

Por cierto, la gente no sólo piensa en ir endomingado y se cree la cuna del virtuosismo y la puridad. No sé con qué tipo de personas se relaciona usted. Además, ¿qué tiene de malo ir bien vestido y arreglado? No obstante, en algo tiene razón, nuestro país ha pecado y peca de excesos, precisamente de los que suele defender en su columna: de gasto público.

Por último, tengo dos malas noticias que darle: sus artículos son un «producto» que se «comercializa y consume» y usted mismo es una marca que aspira previsiblemente a ser comercializada.

La infame revolución del proletariado que quiere Pablo Iglesias

Una de las expresiones más desgraciadas y bochornosas que integran el repertorio político de Pablo Iglesias, el líder de ese nuevo fenómeno de masas que está convulsionando la sociedad española, afirma lo siguiente: "… la dictadura del proletariado es la máxima expresión de la democracia en la medida en que aspira a anular unas relaciones de clase injustas que en sí mismas, ontológicamente, anulan la posibilidad de la igualdad que es la base de la democracia…". Asombrosamente, aún existen liberales que disculpan esta retórica populista aludiendo a la regeneración que supuestamente aporta a la batalla de las ideas la emergencia en el escenario político de un nuevo partido, como si cualquier cosa novedosa supusiese siempre una situación mucho mejor.

En mi opinión, a Pablo solo se le puede catalogar acudiendo a las raíces que soportan su manera de pensar, sin dejarse distraer por las trifulcas y los juegos dialécticos que agrandan el arco parlamentario y que lo único que hacen es alimentar aún más el mito que rodea a la política. En el fondo, la causa principal de la emergencia de esta nueva formación no es distinta de la que acontece cada vez que el comunismo y el socialismo acometen una nueva embestida. Dicha causa reside en esa creencia ceremoniosa y mayoritaria que avala, de algún modo, el desiderátum de la igualdad. El imaginario colectivo está trufado de ideas relacionadas con este concepto, que constituyen la vitualla más frecuente de los envidiosos y de los fracasados. Lo único que ha hecho Pablo Iglesias es explotar ese campo abonado por la crisis económica. No hay ningún misterio en esto: la gente apoya ese tipo de iniciativas siempre que tiene oportunidad, los dislates intelectuales están a la orden del día, subyace en el individuo una manía inquisitorial que le hace apostar por el argumento ramplón y que le lleva a defender la equiparación absoluta de todas las cualidades humanas, así que las suyas queden convenientemente ocultas dentro de esa masa amorfa. En relación con esto me gustaría traer a colación aquí una anécdota que me ocurrió no hace mucho y que ilustra muy bien hasta qué punto las personas son devotas de esa lucha de clases que aspira a imponer la igualdad social a través de la exaltación y dominación de una única casta de privilegiados: la prosapia proletaria.

Hace unos días, durante una reunión nocturna, una amiga mía se puso como un basilisco al escuchar un comentario que yo hice sobre un libro que había ojeado en una librería de Madrid unas semanas antes. El libro en cuestión reúne un cúmulo de despropósitos difíciles de igualar. Es un libro esperpéntico, que lleva por título La Abolición del Trabajo. No es que mi amiga defendiese exactamente todo lo que se dice en ese libro grotesco. Lo que pasa es que malinterpretó algo que yo le dije en relación con él, y en seguida se puso a gritarme.

El libro aboga a favor de una revolución lúdica un tanto ingenua. Según la tesis de su autor, el trabajo es la fuente de todas las miserias humanas. Para dejar de sufrir tenemos que dejar de trabajar. En consecuencia, deberíamos iniciar una aventura colectiva basada en el júbilo generalizado. Yo me había mostrado crítico con todas estas ideas. Ya no es que el trabajo pueda dejar de existir, además tampoco puede ser una fuente de satisfacción general. El trabajo nunca puede complacer a todos los trabajadores, ni siquiera a una mayoría. Por el contrario, mi amiga afirmaba que el trabajo tenía que reportar felicidad, en cualquiera de los casos. Al menos, eso tendría que ser lo que todos deberíamos promover: un mundo de trabajadores plenamente satisfechos.

Pero la felicidad no es algo que se pueda imponer con carácter general. Depende de cada persona y siempre es fruto de las circunstancias particulares y de las capacidades individuales. Podemos aumentar la felicidad si permitimos que cada cual busque la misma en virtud de sus posibilidades reales. Pero debemos ser conscientes de que esa felicidad nunca podrá ser plena, en la medida en que tampoco lo son esas posibilidades. En ningún caso podrá consistir en una aventura generalizada, como parece que augura el autor del libro sobre el que discutíamos.

No obstante, mi amiga insistió. Afirmó que la vorágine capitalista en la que nos hallamos inmersos impide que las personas desempeñen profesiones que seguro les reportarían mucha más felicidad, y que es preciso cambiar esta circunstancia de una vez por todas. Lo que en realidad estaba defendiendo mi amiga con esta apelación es que el trabajador debe tomar las riendas de la sociedad, y decidir él qué trabajo desea desempeñar. En definitiva, estaba anunciando una nueva revolución proletaria, similar a la que ya existió en los siglos XIX y XX con la deriva comunista. Como veremos a continuación, estas ideas conducen siempre a una situación de dominación bastante reprobable.

Como trabajadores, los hombres no podemos convertirnos nunca en soberanos de nuestras vidas porque entonces estamos obligados a actuar también como dictadores, y a decidir sobre la vida de los demás. En términos económicos, el trabajador es un elemento productivo; es un bien de capital. Constituye la mano de obra con la que se fabrican los bienes de consumo. Como productor, no puede decidir qué produce o deja de producir. La soberanía que importa aquí es la del consumidor, no la del trabajador. La libertad que hay que garantizar es la que se genera cuando se eligen los bienes de consumo, no la que acontecería si se pudieran elegir los bienes de capital sin tener en cuenta los gustos de los consumidores.

El trabajo siempre debe tener un componente desagradable. La mayoría de las cosas siempre cuestan esfuerzo. Venimos a este mundo con una mochila vacía, y para llenarla es necesario trabajar duro. Pero es que además el trabajo no es algo que elijamos nosotros en virtud de aquello que nos guste más. Cuando trabajamos nos convertimos en productores de bienes de consumo, lo que quiere decir que fabricamos bienes que están destinados al consumo de otras personas. Mientras no pretendamos obligar a los demás a consumir los productos que nosotros les digamos, tendremos que fabricar aquellos artículos que demanden ellos de manera voluntaria. Esto no tiene vuelta de hoja. El trabajo no es algo que esté dirigido a agradarnos a nosotros. Muy al contrario, tiene que venir determinado por los gustos y las apetencias de los consumidores. Si yo quiero ejercer la medicina, pero resulta que ya hay una oferta de médicos que cubre toda la demanda, solo tengo dos opciones. Puedo hacer que los demás enfermen, y aumentar así esa demanda, o puedo esforzarme para superar a mis colegas y agradar a un mayor número de clientes. Si acepto lo primero me habré convertido en un tirano. Si acepto lo segundo deberé esforzarme duro y afrontar todas las adversidades que vengan. Y muchas veces tendré que asumir que no puedo trabajar en aquello que me hace a mí más feliz. La demanda de un puesto de trabajo nunca coincide con la oferta. Y coincidirá menos si solo tenemos en cuenta los gustos del trabajador. Si esto fuera así todos tendríamos un puesto agradable, estaríamos trabajando como capitanes, navegando en un bonito yate, recibiendo unos emolumentos abundantes, y dejándonos arrastrar por las olas, hacia una isla caribeña. Y todos los consumidores tendrían que comprarnos ese viaje. Sin embargo, los hombres tiene necesidades que exigen trabajos muchos más duros. Por ejemplo, necesitamos comer naranjas y patatas, y por tanto hace falta que alguien trabaje removiendo el abono que necesitan los campos. Si este ejemplo de trabajo no parece suficientemente desagradable puedo poner muchos más.

En cualquier caso, lo que tenemos que entender es que las personas tienen gustos profesionales que no coinciden al cien por cien con las necesidades reales que presentan por término medio todas las personas que consumen. Esta fórmula es bastante sencilla.

Las condiciones laborales deben mejorar, y de hecho lo hacen, gracias a que la capacidad productiva aumenta a medida que las sociedades capitalistas se desarrollan y se apoyan más en la técnica y el conocimiento científico. Pero no deben mejorar porque lo diga un determinado sindicato, o porque constituya un deseo general. Los deseos se convierten en realidad solo cuando la realidad quiere.

La única soberanía legítima es la que viene impuesta por la voluntad del consumidor. Todos somos consumidores de bienes. La libertad auténtica debe respetar los gustos de cada uno de los individuos sin hacer excepciones. Debe prevalecer la voluntad de aquellos que utilizan esos bienes. La revolución del proletariado, tal y como la conciben los comunistas, utiliza exactamente el argumento contrario. Centra sus reivindicaciones en torno a la figura del trabajador y del obrero. Y, al hacer esto, deja de defender que cada uno haga y consuma lo que quiera, y pasa a exigir que todos consuman lo que el productor decida en virtud de las necesidades que le sean afines. Por tanto, no es difícil imaginar por qué el marxismo acaba siempre promoviendo una sociedad totalitaria. 

En economía existe una ley que afirma que los costes siempre tienen que seguir a los precios. En términos sociales esto es lo mismo que decir que los productores (el empresario, el trabajador, el capitalista) siempre deben atenerse a la demanda del consumidor. No existe otra forma de libertad, ni un soberano mejor.

En el siglo XXI aún existen países modernos como España en los que centenares de miles de personas están dispuestas a votar a un partido político que lleva en su programa las mismas reivindicaciones que ya defendían los socialistas del siglo XIX. Esto pone de evidencia que el totalitarismo, el fascismo, el estalinismo, el nazismo, etc., no son meros accidentes históricos. Forman parte de la naturaleza humana y definen a la ralea de ignorantes que a pesar de todo siguen creyendo que la solución pasa siempre por acometer algún tipo de acción política.

No deberíamos confundir la soberanía que defiende Pablo Iglesias con la soberanía que debería caracterizar a una sociedad verdaderamente libre. Pablo quiere devolver la soberanía al pueblo, pero lo quiere hacer a través de la igualación de todos sus ciudadanos. Esto requiere la presencia de un nuevo líder político, con mano de hierro, que diga cómo se debe acometer esa igualación y quiénes son los que tienen que desprenderse de sus bienes para alcanzar esa paridad. Todo esto supone una imposición, un latrocinio y una exigencia ética incompatibles con la moral y con la libertad de la persona. Solo habremos devuelto la soberanía a los ciudadanos cuando los políticos dejen de meter sus narices en las decisiones que toma la gente a diario, es decir, cuando cada uno pueda actuar como un verdadero consumidor, eligiendo aquellos artículos que más le apetezcan, y obligando a las empresas a cubrir esa demanda cambiante. Esto se llama capitalismo, y libre competencia, pero ya sabemos qué opinión le merecen a Pablo estas palabras. Los liberticidas no congenian con esa forma de organización, porque nunca ha estado entre sus preferencias la defensa de una libertad auténtica.

Las raíces ideológicas de Podemos

Friedrich Hayek inicia Camino de servidumbre con la siguiente cita de Lord Acton: "Pocos descubrimientos son tan irritantes como aquellos que revelan el origen de las ideas". Y así es, no menos en el caso de las diversas variantes actuales del populismo, ya sean latinoamericanas o españolas.

El populismo contemporáneo gusta de vestirse con ropajes socialistas y hasta se proclama "socialismo del siglo XXI". Desde su perspectiva, esta sería una forma de adquirir cierta respetabilidad intelectual y revolucionaria. Pues bien, como casi todas las cosas que predican los líderes populistas, también es una falsedad. Su verdadera historia ideológica es bastante distinta y tiene mucho más que ver con el fascismo que con el socialismo (diferente, aunque no por ello mejor). Es del mundo simbólico del discurso fascista (pueblo contra elites vendidas y enemigos foráneos), su culto a la fuerza de la voluntad (encarnada en la voluntad titánica del líder) y su talento mediático (la política como espectáculo), de donde se nutre el populismo en sus diversas variantes. Por ello es que el populismo de hoy, más que el socialismo, es el fascismo del siglo XXI.

Esto lo captó muy bien Carlos Fuentes, que ya en 2006 escribió lo siguiente sobre Hugo Chávez

Montado sobre la quinta producción mundial del petróleo, Hugo Chávez se pasea como gobernante de izquierda cuando en verdad es un Mussolini tropical, dispuesto a prodigar con benevolencia la riqueza petrolera, pero sacrificando las fuentes de producción de empleo.

La conexión entre Mussolini y su versión tropical está históricamente mediada por Juan D. Perón, arquetipo insuperado del populismo latinoamericano. Como se sabe, su punto de partida fue el tiempo que Perón pasó en Italia, país al que llegó en junio de 1939 y donde permaneció por veinte meses. Conoció allí la experiencia fascista en un momento de gran exaltación, y la figura del Duce lo impactó profundamente. No pudo dejar de advertir, tal como lo señala Joan Benavent en su libro Perón. Luz y sombras, que

la popularidad de Mussolini se basaba en su difundido origen plebeyo y en un olfato político que lo orientaba a tutelar a las clases bajas (…) Tampoco caben dudas acerca de su encandilamiento con el fenómeno de masas y (…) el vínculo irracional de éstas con el jefe supremo, en medio de escenarios cargados de rituales, ceremonias, cánticos, el entusiasmo desbordante de los partidarios y la oratoria encendida como mensaje final del mesías de la nación.

De esa manera, Perón encontró su futuro: una imagen, un estilo y un método que pondría en acción tras el golpe de Estado de 1943, que llevó al poder a los oficiales argentinos con simpatías nazi-fascistas. Su éxito fue arrollador: accedió a la Presidencia, por medio de una elección democrática, en 1946. Una vez instalado en la Casa Rosada dio inicio a un proceso de conculcación de las libertades y destrucción de la democracia que conformará el modelo de acción que luego imitarán todos los caudillos del socialismo del siglo XXI.

Dicha vía democrática a la destrucción de la democracia no fue, sin embargo, un invento de Perón. Ese fue exactamente el camino seguido por Hitler después del fracaso de su intento golpista de 1923.

Esta es la matriz peronista-fascista tan fácilmente reconocible en el chavismo, y por ello no es nada sorprendente que Hugo Chávez, en un discurso de 2008, declarara con orgullo: "Yo soy peronista de verdad"; subrayando luego su identificación con la persona del gran populista argentino.

Tal accionar político ha irrumpido en España con Podemos, por más que las formas exteriores nos puedan confundir. Sus líderes conocen al dedillo el libreto chavista-fascista. Lo han vivido en primera persona; por ejemplo su ideólogo, Juan Carlos Monedero, que se ha definido a sí mismo como "el bufón de Chávez". En su rol de consejero-bufón, pudo estudiar de cerca al caudillo, conocer a fondo sus métodos manipulativos, su escenificación y su dominio magistral de la televisión, que para los populistas actuales es lo que la radio fue para Hitler o Perón.

Del "Mussolini tropical" los líderes de Podemos aprendieron cómo se crea la ilusión que lleva al culto del líder entre aquellos que, confusos, desilusionados y anhelantes, esperan a un redentor, a alguien que les diga…: "Podemos". Podemos si queremos, si me quieren, si confían en mi voluntad…

De Chávez también aprendieron que el camino democrático es el mejor para terminar la democracia que tanto desprecian y que no se cansan de denunciar como formal o falsa (en oposición a la "real", "popular" o "participativa", que ellos representarían), manejada por “la oligarquía financiera” y por una casta “a sueldo de grandes empresas”, como Pablo Iglesias dijese en su discurso como candidato a presidir el Parlamento Europeo. La conclusión no podía ser sino esta:

Señorías, la democracia en Europa ha sido víctima de una deriva autoritaria. En la periferia europea la situación es trágica: nuestros países se han convertido casi en protectorados, en nuevas colonias.

Así han hablado siempre los grandes destructores de la democracia realmente existente, caricaturizándola y desvalorizándola para luego poder arrasarla en nombre de la liberación de un pueblo supuestamente sometido al dominio foráneo, al que se habría vendido su "casta dirigente". Por ello piden el poder y no trepidan en prometer cualquier cosa para alcanzarlo, tal como hace Podemos en su programa: trabajar menos y ganar más, o no trabajar y vivir de los demás gracias a la renta básicauniversal e incondicional; jubilación a los 60 años con mejores pensiones; impago de hipotecas o alquileres sin temor al desahucio; gratuidad y derechos sin fin, etc.

Todo esto no es más que una engañifa evidente, pero poco importa, lo que importa es la proyección de deseos en la figura del líder. Lo que se vende es un show, un reality político, una ilusión: esa es la esencia del fascismo-populismo. Y para eso nunca ha faltado público, especialmente en tiempos difíciles.

El problema, claro está, es que nada es gratis. Tampoco lo es el populismo con maquillaje socialista y alma fascista. Cuesta, y mucho, como bien saben todos los pueblos que se han dejado seducir por caudillos mediáticos.

Mauricio Rojas (Santiago de Chile, 1950), exmiembro del Parlamento sueco y profesor adjunto de Historia Económica de la Universidad de Lund (Suecia).

Inmigración (XIII): Hacia el Estado panóptico en los EEUU

“Entonces la cuestión es saber qué odian más los conservadores: bien un gran gobierno o bien los trabajadores indocumentados. Si es lo primero deberían cesar de beber el veneno restriccionista. Y si es lo segundo, deberían dejar de fingir que son partidarios de un gobierno limitado”. Shikha Dalmia. 

“El comportamiento humano ha desafiado casi siempre los planes mejor intencionados”. Daniel Tichenor.

“Si buscas resultados distintos, no hagas siempre lo mismo”. Albert Einstein.

“De aquí a 20 años será obvio que los ‘baby boomers’ necesitarán a los jóvenes inmigrantes. No sólo California tiene escasez de trabajadores sino el país entero.” Dowell Myers.

 

Los norteamericanos suelen celebrar con orgullo su pasado como nación de inmigrantes, pero temen su inmigración actual. Es uno de los asuntos más controvertidos en dicho país. Los políticos republicanos son partidarios de mayores restricciones y controles de la misma. Quieren a toda costa que el asentamiento de personas extranjeras que vengan a trabajar a su país sea un proceso largo, selectivo y excluyente. Asimismo apoyan, como buenos nativistas, las detenciones y expulsiones compulsivas para aquellos que se salten ese proceso.

Como ya hemos visto, construir un muro en la frontera sur del país no detiene realmente el flujo migratorio, simplemente lo hace invisible (clandestino). Las personas que arriesgan su propia vida para llegar a los EE UU no son fácilmente disuadidas con reglamentos o patrullas fronterizas. Millones de personas quieren llegar y otros tantos empleadores quieren contratarlos. En vez de procurar más canales legales y promover la inmigración legal, se opta por erigir mayores barreras e impedimentos. De la misma forma en que altos niveles de tributación alientan la evasión fiscal o elevados aranceles incitan el contrabando, draconianas restricciones a la inmigración fomentan el traspaso ilegal de las fronteras.

Incomprensiblemente los conservadores abdican de sus convicciones (tal vez porque no son demasiado profundas) en torno a las bondades y la ética del mercado. Perciben al inmigrante llegado a los EE UU como un abusador que utiliza la economía americana como si fuera una simple vaca lechera y no como una tierra de oportunidades para que pueda realizar su contribución y progresar por sí mismo trabajando duramente en beneficio de toda la sociedad.

La esperada reforma migratoria

Las leyes de inmigración llevan sin revisarse en los EE UU más de veinte años. Las masivas deportaciones de inmigrantes clandestinos empiezan a ser ya socialmente inasumibles. El argumento económico a favor de la inmigración hace tiempo que es abrumador en el gremio de los economistas. La reforma del sistema se hizo ya patente en tiempos de Bush. No obstante, el advenimiento del 11-S sirvió de coartada para sabotearla y, so pretexto de salvaguardar la “seguridad nacional”, seguir con el régimen restriccionista a la inmigración.

Desde que Reagan “amnistió” a tres millones de inmigrantes indocumentados, las leyes de inmigración americanas y los controles sobre la población inmigrante se han incrementado progresivamente. Bush intentó en 2007 introducir una reforma migratoria así como un programa de trabajadores huéspedes pero su falta de convicciones claras al respecto y su propio partido impidieron que se llevaran a efecto. El Congreso americano no afrontó la necesaria reforma del sistema migratorio. Es un tema complejo que levanta ampollas.

Actualmente se estima que hay más de once millones de inmigrantes clandestinos. Ocho son mexicanos, casi dos millones son del resto de Centroamérica y del Caribe, otro millón más son asiáticos y unos 300.000 son de origen europeo. El 65% de ellos lleva viviendo más de 10 años de forma continuada en suelo americano. No se les ocurre ni en sueños traspasar la frontera por temor a no poder regresar a sus trabajos o junto a sus familias o allegados en los EE UU.

Obama prometió antes de ser presidente llevar a cabo la tan ansiada reforma y dar una salida digna a los trabajadores indocumentados. Su reforma avanza demasiado lentamente. Esto no ha sido óbice para que durante su mandato las fuerzas y cuerpos de seguridad americanos hayan aumentado significativamente las deportaciones de inmigrantes clandestinos; el número total de expulsiones alcanza los 400.000 deportados por año (en época de Bush eran unos 250.000). Para que nos hagamos una idea, es como si se expulsara el total de la población de la ciudad de Bilbao y Portugalete juntas, o la de Las Palmas de Gran Canaria o la de Palma de Mallorca anualmente de forma ininterrumpida. El que diga que no es necesario reformar en serio el desquiciado sistema migratorio de los EE UU es que no quiere afrontar la realidad.

Pese a que se anda cocinando desde hace más de dos años una nueva reforma sobre la inmigración en los EE UU, los procelosos trámites legislativos americanos y la cabezonería republicana impiden que por el momento salga para adelante.

Mientras, leyes contra inmigrantes en Arizona y Alabama 

A la espera de que se apruebe la reforma migratoria, los legisladores conservadores, deseosos de “hacer algo” al respecto y jaleados por organizaciones antiinmigración (como la hiperactiva FAIR), han ido aprobando sus propias leyes -por llamarlas de algún modo- en los Estados donde gobiernan.

Así, en abril de 2010 la gobernadora de Arizona promulgó una ley (la SB 1070) que convierte en delincuentes a los inmigrantes indocumentados. Esta ley permite a la policía detener e interrogar (stop and ask) a cualquiera si se tienen “sospechas razonables” de que es indocumentado. Da también derecho a los ciudadanos a instar a los agentes del orden a realizar controles sobre los inmigrantes. La aplicación de esta ley tiene un tufo de discriminación racial y animosidad étnica innegables por mucho que los políticos representantes de dicho Estado lo nieguen. Se tensa la costura de los derechos civiles de sus ciudadanos. Esto sin contar con la aplicación obligatoria en dicho Estado del sistema de verificación del status del futuro trabajador (mediante el programa E-verify) y de la conocida sanción como Business death penalty (cierre del negocio) para aquellas empresas que sean reincidentes en la contratación de trabajadores indocumentados (illegals).

Por su parte, el gobernador de Alabama, a pesar de contar dicho Estado con un bajo porcentaje de inmigrantes, aprobó a mediados de 2011 su propia ley de inmigración (la HB 56). Es una de las más restrictivas de los EE UU. Obliga a todo ciudadano a llevar encima en todo momento su documento de identidad (es algo bastante inusual en los EE UU), tipifica como delito el transportar o el rentar una vivienda a un inmigrante indocumentado y anula cualquier contrato firmado con el mismo. Además, requiere a las escuelas públicas llevar censos de sus alumnos para saber quiénes tienen o no documentos (comunicándolo al Estado) e incrementa muchas de las sanciones propuestas en su día por la legislación de Arizona de 2010.

Con legislaciones estatales en la mano como las de Arizona o Alabama es una felonía hacer negocios, establecer relaciones laborales, arrendaticias o contractuales de cualquier tipo con extranjeros “ilegales”, es decir, indocumentados. Es profundamente irónico que Estados que en el pasado violaron –mediante la ley- los derechos humanos para mantener dentro una fuerza laboral negra, barata y esclavizada estén haciendo de nuevo ahora algo parecido pero en sentido inverso: expulsar a una fuerza laboral mestiza, barata… y deseosa de trabajar.

Las consecuencias previsibles de estos dislates no se han dejado esperar: éxodo de inmigrantes (legales y clandestinos) a otros Estados menos opresivos y un poco más hospitalarios, pérdida de miles de puestos de trabajo y economías resentidas en Arizona y Alabama, obviamente.

Pese a esto y a que algunas de las más disparatadas medidas de estas dos leyes hayan sido bloqueadas por el Tribunal Supremo a instancias del Departamento de Justicia estadounidense por interferencia constitucional con la política federal, lo fundamental permanece intacto. Otros Estados (Georgia, Indiana, Carolina del Sur y Utah) han seguido el ejemplo de Arizona y Alabama. La demonización continua por parte de los políticos conservadores hacia los latinos (el sector del electorado estadounidense de más rápido crecimiento) evidencia la voluntad de sacrificar poder electoral a largo plazo para la auto-preservación del mismo a corto.

Como criminales, pero con menores derechos 

A los conservadores les encanta decir de manera hipócrita que no están en contra de la inmigración sino sólo contra aquélla que es clandestina, pero reduciendo al mismo tiempo todo lo posible las opciones a los extranjeros para trabajar y vivir legalmente en su país. Cualquiera que haya tenido que vérselas con el aparato burocrático de inmigración de los EE UU sabe que uno acaba perdiendo su status de legal antes o después. La intrincada y severa regulación de la inmigración penaliza al que quiere cumplir con las reglas y es casi imposible no terminar violando alguna de ellas (es lo que suele ocurrir con las malas y prolijas regulaciones).

La ICE (Inmmigration and Customs Enforcement) y demás cuerpos y fuerzas de seguridad americanas (incluidas las locales) tienen encomendada, bajo la denominada Sección 287(g), la aplicación implacable de las normas de inmigración. Han de cumplir todos con dicho mandato, especialmente tras los sucesos del 11-S, hayan sido o no capacitados para ello. Las detenciones de inmigrantes, por ende, han aumentado de forma muy acusada en la última década.

Es preocupante la situación legal de los inmigrantes indocumentados. A pesar de cometer una ofensa civil (haber traspasado la frontera ilegalmente), se les trata como si hubieran cometido una ofensa penal; peor aún, porque no tienen los mismos derechos que los criminales encarcelados: se les detiene sin plazo definido (puede ser más de un año al no aplicárseles el habeas corpus), carecen de abogado de oficio (aunque pueden contratar uno privadamente) y se les obliga a costear su estancia en prisión hasta que llegue el juicio para su deportación. Los juzgados que tratan los asuntos de inmigración no están sometidos a las mismas reglas de procedimiento que las cortes penales. Según la American Bar Association, los jueces de inmigración aplican la ley de forma inconsistente y sesgada a favor de las directrices federales.

Oficialmente, los esfuerzos de la ICE y demás fuerzas de seguridad deberían enfocarse en deportar a aquellos inmigrantes que hayan cometido un delito. Sus actuaciones y redadas lo desmienten. Según el think tank Migration Policy Institution, entre 2003 y 2008 sólo el 27% de los inmigrantes arrestados tenían antecedentes criminales de cualquier tipo. Igualmente, los informes del Departamento de Homeland Security (DHS), controlador del ICE, indican que dos tercios de los inmigrantes encerrados por el ICE no tienen historial criminal alguno y muchos pueden llevar varios años trabajando sin papeles en los EE UU. El abuso de autoridad es serio.

Está claro que desde hace tiempo la aplicación efectiva de las leyes de inmigración en los EE UU no trata a los inmigrantes en general como cumplidores de las leyes sustanciales que tan sólo mantienen disputas civiles o administrativas con el gobierno federal, sino que se les trata peor que a los criminales, con todo lo peyorativo y deshumanizante que eso significa.

“Que hagan la fila como los demás” (republicanos)

Uno de los mantras más repetidos en contra de la inmigración clandestina es que supone un agravio comparativo para aquéllos que están haciendo los trámites legales y esperando pacientemente a que les den respuesta a su solicitud. Se arguye que es parecido al que se salta la fila delante de una ventanilla. La realidad es diferente: los que logran visado de entrada para trabajar o residir en los EE UU son sólo personas cualificadas o con características especiales.

Si exceptuamos a los trabajadores agrícolas, para el resto de trabajadores no cualificados no hay apenas posibilidades de que obtengan visado. Para ellos no existe ventanilla alguna en donde poder hacer la cola. Cuando se recurre al símil de la fila es una forma cínica de echar bolones fuera y de no afrontar el problema de forma honesta.

Lo sorprendente es que los EE UU no tiene una tasa especialmente elevada de inmigrantes si se le compara con otras naciones prósperas. El reconocimiento de una gran fuerza laboral venida de fuera con deseos de ponerse en acción podría ser muy beneficioso para la economía estadounidense.

“Que se les reconozca la nacionalidad” (demócratas)

Los demócratas saben jugar bien sus cartas en torno al tema de la inmigración. Reclaman, con razón, que es un sinsentido mantener en el país durante tanto tiempo una bolsa tan grande de trabajadores clandestinos (muchos llevan viviendo más de 10 años en suelo americano).

Sin embargo, en vez de proponer lo más efectivo, a saber, la flexibilización de todo el sistema restrictivo de inmigración actual para favorecer y extender la entrega del permisos o visados de trabajo (la codiciada green card) para los futuros trabajadores inmigrantes, se enfocan en la amnistía de los actuales indocumentados y en la concesión de la nacionalidad a los mismos, a sabiendas que los republicanos entrarán al trapo, torpedearán dicha medida o será negociada a cambio de mayores recursos para los controles y fiscalizaciones federales de todo tipo. Al final los demócratas serán los buenos de la película y los republicanos, los malos, como de costumbre cuando se aborda este asunto, pero los problemas seguirán sin solucionarse ni enfocarse como es debido.

Al no proponer una liberalización propiamente dicha, lo que demuestran los demócratas es no querer arreglar realmente el problema de la inmigración en los EE UU, sino tan sólo les interesa ganar votantes mediante la “legalización” de los inmigrantes presentes ya en suelo americano. Los que consigan la nacionalidad quedarán muy contentos pero las cosas se les pondrán aún más difíciles todavía a los futuros inmigrantes y a los empresarios o ciudadanos americanos que deseen o necesiten contratar con ellos en el porvenir.

La aspiración del inmigrante que arriba a los EE UU generalmente no es la nacionalidad, ni las prestaciones sociales, ni el poder participar en las votaciones o ser miembro de un jurado; lo que quiere de verdad es salir de una situación desesperada, trabajar duro y ganarse la vida.

La Banda de los Ocho propone más de lo mismo

El año pasado un comité bipartito del Senado, conocido por el nombre de la Banda de los Ocho, lanzó un proyecto de ley en el que se puede atisbar ya por dónde irán los tiros caso de que se lleve adelante: dar prioridad a los controles en vez de a la liberalización de las leyes migratorias.

Esta reforma va a arreglar verdaderamente pocas cosas (amnistía de los indocumentados) y va a complicar muchas otras más (mayores partidas presupuestarias para las agencias estatales como la DHS, gastos compulsivos para la seguridad fronteriza, mayores poderes federales a expensas de los Estados y, lo peor, la introducción a nivel federal del programa E-verify).

Los republicanos –incluido el Tea Party- caen en flagrante contradicción cuando denuncian que el gobierno federal es demasiado ineficiente e incompetente para gestionar el servicio de correos o el cuidado de la salud (Obamacare) pero piensan que está cualificado para controlar el paso de la gente a lo largo de sus miles de kilómetros de frontera o para llevar a cabo el chequeo laboral de unos doscientos millones de trabajadores en el interior del país. Hasta ahora las medidas restriccionistas de la inmigración no han tenido éxito pues no ha impedido una inmensa inmigración clandestina. La Banda de los Ocho propone las mismas medidas de siempre… y espera un resultado diferente.

Ni siquiera los gobiernos totalitarios pueden controlar las fuerzas subyacentes que mueven los flujos migratorios de las personas. Pueden influir en hacerlos o no visibles (legales o clandestinos), crear mayor o menor sufrimiento en ello, pero nunca impedirlos.

Extender el E-verify a todo el país 

Uno de los asuntos estrella del proyecto de reforma de la ley de inmigración americana será la extensión a nivel federal de la verificación del status legal de los futuros trabajadores antes de ser contratados en cualquier empleo. La novedad es que afectará a todos (inmigrantes y propios americanos). A día de hoy sólo es obligatorio en unos pocos Estados.

Con la reforma se requerirá a todas las compañías norteamericanas, so pena de fuertes sanciones, el gastarse unos 150 USD por cada verificación vía Internet contra una gigantesca base de datos federal acerca del status legal de cualquier candidato potencial a ser contratado. Esto es una tasa en toda regla que grava el empleo. Esto sin contar con los numerosos problemas que puedan ocurrir por la aparición de falsos positivos que impidan o retrasen la contratación de personas “idóneas” (según criterios de los burócratas) pero que, a resultas de errores o bases de datos no actualizadas, aparezcan como indocumentados.

Un país luchando aún por salir de una prolongada recesión, con un desempleo todavía elevado, lo último que necesita es otro requerimiento federal que haga más dificultosa la contratación. Es justo lo que el programa E-verify va a suponer cuando se instaure en todo el país. El gobierno cuando pretende resolver un problema, suele crear otro aún peor.

En un mercado libre, las necesidades del empleador determinarán quién y cuántos inmigrantes son necesarios y no los criterios de los burócratas federales en cada momento que, cuando se trate de la inmigración, deberían limitarse a controles de seguridad.

Los EE UU, a pesar de contar con una sociedad civil extraordinaria e innovadora, va camino de convertirse desgraciadamente en un gran supervisor de los comportamientos e interacciones de sus contribuyentes. Una gran maquinaria escudriñadora tendente al Estado panóptico.

Lo peor no es que este obsesivo control de los inmigrantes cree innecesario sufrimiento o que se esté incurriendo en un coste de oportunidad inmenso, sino que incrementales restricciones a la facultad de los empleadores por contratar a trabajadores, de los arrendadores por arrendar sus propiedades o de cualquier americano por pactar o intercambiar con extranjeros venidos de fuera se da de bruces con el libre mercado y aparta un poco más a los EE UU de sus orígenes como tierra de oportunidades y de fecunda libertad.


Este comentario es parte de una serie acerca de los beneficios de la libertad de inmigración. Para una lectura completa de la serie, ver también I,  IIIIIIVVVIVIIVIIIIXXXI y XII.

Una ciudad disruptiva, una Startup City libre para España

“El futuro de la libertad está en las ciudades como Hong Kong”. Giancarlo Ibargüen.

 

Index of Economic Freedom establece a Hong Kong como la economía más libre del mundo.

Fuente: The Freeman.

Los últimos 20 años se han caracterizado por un importantísimo avance tecnológico. Los principales cambios han venido de la mano de las disrupciones acuñadas por Clayton M. Christensen. Estas innovaciones son las que han conseguido competir en el mercado satisfaciendo la demanda de los consumidores con menores precios y en muchos casos desplazando o marginando la tecnología preexistente. La telefonía móvil, las compañías aéreas de bajo coste, las tiendas de ropas de precios más accesibles, los restaurantes de comida rápida o la educación online son muchos de los ejemplos de las que han triunfado.

Gracias a estos avances, los software son cada vez más funcionales e inteligentes, muchos servicios son gratuitos en Internet, es más fácil encontrar nichos de mercado, las habilidades demandadas para encontrar un trabajo o crear una empresa pueden ser aprendidas en muchos casos de forma gratuita online y, lo más importante, es más fácil empezar nuevos negocios que satisfagan y generen riqueza al conjunto de la sociedad tal como ha expuesto recientemente John Chisholm en la revista Forbes

Innovación Disruptiva, por C. M. Christensen.

Fuente: http://www.claytonchristensen.com/.

Sin embargo, nuestras ciudades, nuestro mejor invento, que nos hacen más ricos, inteligentes, saludables y felices, como expone Edward Glaeser en su libro “Triumph of the City”, y sin las cuales no podríamos hablar de sociedades desarrolladas, no han sido capaces de mantener el ritmo de la tecnología. Se han intentado crear las smart cities o ciudades inteligentes, pero éstas no han tenido ningún tipo de éxito. La principal causa de por qué estas ciudades u otras son incapaces de seguir a las tecnologías o no se han desarrollado tecnológicamente es: la planificación central de las mismas mediante infinidad de leyes, planes y trabas administrativas. 

Pirámide o cascada coactiva de planeamiento por G. Calzada y G. Melián.

Fuente: Procesos de Mercado.

Las ciudades españolas son un claro ejemplo. Las leyes urbanísticas de este país son tan pésimas como las que impiden crear nuevos negocios, pues éstas prohíben crear nuevas ciudades o transformar las existentes libremente. Es totalmente imposible que ciudades planificadas centralizadamente con impuestos desorbitados, ingentes trabas administrativas para las empresas y un modelo económico basado en el gasto público y el subsidio puedan convertirse en un Silicon Valley urbano repleto de tecnología o transformarse en un lugar de oportunidades para las personas con menos recursos, como pueden ser Hong Kong o Singapur (donde, por cierto, una asociación industrial promueve el uso de bitcoin).

Estas regulaciones están llevando a las ciudades españolas a la decadencia. Sin embargo, un grupo de emprendedores, de esos que cambian el mundo para convertirlo en un lugar mejor, junto con la Universidad Francisco Marroquín, han puesto en marcha una idea de ciudad disruptiva con el fin de poder sacar de la pobreza al mayor número de personas posibles. Proponen fundar una ciudad modelo o libre con leyes propias, mínima regulación e impuestos bajos o inexistentes en algún lugar de centro o sur América. La idea no es otra que la de crear las condiciones legales y de seguridad para atraer nuevos empresarios o inversores que creen riqueza y una importante cantidad de puestos de trabajo.

La idea disruptiva de las ciudades libres podría ser definida como una gran startup incubadora de nuevas ideas empresariales y empresas creadas por multitud de empresarios. De hecho, recientemente, el término de ciudades libres o freecities se ha ido abandonando y ha sido sustituido con una gran aceptación por el de Startup Cities al crearse el Startup Cities Institute. Éstas ofrecerían el entorno preciso para la creación de nuevas empresas o startups que proporcionarían innovadoras opciones en productos y servicios, crearían un gran número de puestos de trabajo e impulsarían la innovación y el crecimiento económico.

¿Qué pasaría si la política avanzara al ritmo de la tecnología?

Fuente: Startup Cities Institute.

Las nuevas ciudades tecnológicas y disruptivas harían una importante competencia a las existentes y, al igual que Hong Kong consiguió abrir los mercados en China y el país se vio beneficiado con la llegada de capitales extranjeros, la contratación de mano de obra y los desarrollos tecnológicos, allí donde se instalen estas nuevas ciudades las consecuencias serían las mismas: mayor libertad y riqueza.

Honduras ha sido el primer país en cambiar su constitución para permitir crearlas, con lo que se logrará incluir a los pobres en el crecimiento económico, dar a los empresarios las herramientas que necesitan para que sus ideas prosperen y ofrecer a aquellos que más lo necesitan una oportunidad de vida mejor. Ya han sido muchas las grandes empresas, como Goldman Sachs o la Fundación Abu Dhabi para el Desarrollo, las que han mostrado su interés por instalarse en esta futura ciudad hondureña. El futuro es incierto, pero si consiguen llevar a cabo esta iniciativa, podrán convertir la zona en uno de los lugares más prósperos del mundo.

Hong Kong en Honduras.

Fuente: The Economist.

España tiene las condiciones ideales para crear una Startup City. Es una de las puertas de Europa tanto para África como para América y cuenta con un clima extraordinario. Son muchos los que creen que podría convertirse en la Florida o California de Europa, pero esto será imposible si no se crean las condiciones de libertad económica y seguridad jurídica necesarias. Por ello, la creación de una nueva ciudad de las características mencionadas podría ser una gran oportunidad para España y Europa.

España, ¿la California de Europa?, por Domingo Soriano.

Fuente: LibreMercado

Cualquier lugar de España sería bueno, pero si me dieran a elegir, escogería un lugar de las Islas Canarias. Éstas, antes de pasar a ser una de las regiones más pobres de España con una tasa de paro por encima del 30% y una economía subsidiada e hiperregulada, fueron un puerto franco con un futuro muy prometedor. Su estratégica localización geográfica, su excelente clima y sus recursos naturales, más aún si se termina descubriendo petróleo, hacen de las Canarias un lugar ideal para localizar una Startup City o ciudad disruptiva.