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Etiqueta: Libertades propiedad y estado de derecho

Washington y la reconciliación incondicional con Cuba

Un grupo de prominentes ciudadanos norteamericanos –entre los que se encuentran varios notables empresarios de origen cubano– ha escrito una carta pública al presidente Barack Obama solicitándole que suavice las medidas encaminadas a agravar la difícil situación económica de la dictadura comunista de los hermanos Castro.

La carta no es el resultado de una oscura maniobra de La Habana, aunque el régimen y sus servicios de inteligencia la vean con deleite porque coincide con sus intereses, sino la consecuencia de una indiscutible verdad: nadie sabe cómo acelerar desde fuera el fin de una dictadura como la cubana o la de Corea del Norte. Sus autores están convencidos de que la antigua estrategia norteamericana está equivocada.

Es un viejo debate. Quienes redactaron la carta –presumiblemente los empresarios cubanoamericanos– piensan que la estrategia de abrazar al enemigo e intentar fortalecer a la sociedad civil redundará en el debilitamiento de la tiranía. 

¿Logrará su propósito esa carta? No lo creo. No debiera por las siguientes siete razones:

  1. La incoherencia tiene sus límites, más allá de los cuales hay que hablar de esquizofrenia. Washington acaba de declarar oficialmente que el gobierno cubano es terrorista y Raúl Castro le ha dado la razón enviándole a Corea del Norte armas de guerra camufladas bajo toneladas de sacos de azúcar. ¿Por qué abrazar a un régimen terrorista cuando se aprueban sanciones contra Rusia o Venezuela por comportamientos antidemocráticos?
  2. En el momento en que se divulgaba la carta de marras, el coronel Alejandro Castro Espín, hijo del dictador Raúl Castro, firmaba un acuerdo de cooperación en Moscú con los servicios de inteligencia de Putin. Luego pasó por La Habana el jefe del Estado Mayor del ejército chino, presumiblemente a formalizar una gestión parecida. En el pasado, Fidel Castro, en Teherán, había advertido que todos juntos podían poner de rodillas al enemigo imperialista.
  3. Según afirma Raúl Castro una y otra vez, y reiteran sus más altos funcionarios, las reformas económicas tienen como fin perfeccionar la dictadura comunista de partido único. ¿Por qué Estados Unidos debe cooperar con una vieja y fallida tiranía que intenta superar las dificultades y consolidarse en su peor momento económico y psicológico, cuando toda la estructura de poder en la Isla sabe que el marxismo-leninismo es un fracaso?
  4. El régimen cubano es un enemigo tenaz y permanente de Estados Unidos. Sus líderes están convencidos de que todo lo malo que sucede en el planeta es culpa de Washington. No se cansan de decirlo. En el pasado La Habana pactó con la URSS y hasta pidió el bombardeo atómico preventivo durante la Crisis de los Misiles. Hoy Cuba se pone de acuerdo con Irán, Corea del Norte, Rusia y los países del llamado Socialismo del Siglo XXI para perjudicar a sus vecinos. ¿Tiene sentido un trato benevolente con semejante gobierno?
  5. Existe, también, el ángulo ético. Durante todo el siglo XX, con razón, Estados Unidos fue acusado de indiferencia moral por el buen trato que daba a dictaduras como la de Trujillo, la de los Somoza, la de Batista o la de Stroessner. Ahora está en el lado correcto de la historia. En Cuba se violan los derechos humanos brutalmente. El año pasado se duplicaron las detenciones de disidentes. Los cubanos no tienen acceso a internet. A las tres horas de haber aparecido 14ymedio, el diario digital de Yoani Sánchez, bloquearon la señal dentro de Cuba. Estados Unidos no debe volver a la indiferencia moral que tanto afectó a su buena imagen.
  6. Hay que tomar en cuenta la razón electoral. La Casa Blanca debe escuchar a los legisladores cubanoamericanos y no necesariamente a los empresarios. De alguna manera, expresan el sentir mayoritario de los cubanos radicados en USA. El importante senador demócrata Bob Menéndez, los senadores republicanos Marco Rubio y Ted Cruz, los congresistas demócratas Albio Sires y Joe García y los congresistas republicanos Ileana Ros y Mario Díaz Balart discrepan en muchas cosas, pero están de acuerdo en mantener una política de firmeza frente a la dictadura.
  7. El objetivo de Estados Unidos debe ser que en Cuba se instaure una democracia plural y próspera que deje de expulsar a sus ciudadanos hacia el vecino del norte y con la cual desarrollar unas relaciones respetuosas y normales. El sentido común indica que eso no se logra ayudando a la tiranía de Raúl Castro en medio de una crisis.

elblogdemontaner.com

Pablo Iglesias, el Chávez español

La gran revelación de las elecciones europeas celebradas este domingo ha sido, sin duda, la formación Podemos que lidera el joven politólogo y tertuliano Pablo Iglesias. Este profesor de universidad ha sabido recoger muy hábilmente el descontento y la desconfianza hacia la clase política que reflejó en su día el movimiento 15-M mediante un discurso simplista y utópico, cargado de la demagogia y el populismo más abyecto y deleznable, aprovechándose de la profunda ignorancia económica y la triste ingenuidad política de que hace gala buena parte de la población. Iglesias, consagrado ya como el líder incuestionable de la extrema izquierda española, ha sabido cautivar a más de 1,2 millones de descreídos, soñadores e incautos que tienen por denominador común el rechazo frontal al capitalismo y una confianza ciega en el estatismo absoluto como solución a todos los males, pese a que el socialismo radical ha fracasado siempre y en todo lugar, cosechando a su paso los mayores desastres de la historia de la humanidad.

Iglesias, junto a sus fieles camaradas y maestros Juan Carlos Monedero y Jorge Verstrynge, es un firme defensor del bolivarianismo que rige en Venezuela, del enquistado peronismo que tanta miseria ha causado en Argentina y del despótico castrismo que todavía esclaviza Cuba. Es, en definitiva, un comunista de manual, solo que, gracias a su fluida verborrea y a su cuidada imagen informal, ha logrado transmitir la simpatía y proximidad que demandaban muchos votantes en contraposición a la distancia insalvable que refleja la llamada casta política, identificada hoy como uno de los grandes problemas del país debido, sobre todo, al brutal impacto de la crisis, la extendida corrupción institucional y la absoluta impunidad de la que disfrutan sus miembros. Pablo Iglesias es el Hugo Chávez español o, si lo prefieren, el Sánchez Gordillo culto y refinado, y, a poco que se despiste IU, bien podría convertirse en el nuevo referente de la izquierda, tal y como ha sucedido estos últimos años en Grecia con Alexis Tsipraslíder de la coalición comunista Syriza, que acaba de vencer en las europeas a populares y socialistas helenos y que ya encabeza las encuestas para las elecciones generales, frente al bipartidismo imperante de las últimas décadas. Podemos bebe del granero de votos que han dejado tras de sí las mareas verde (educación) y blanca (sanidad) de empleados públicos interesados en mantener sus privilegios, las plataformas de desahuciados y preferentistas y, en general, los jóvenes de izquierda que tanto abundan en las universidades españolas.

Los periodos de grave crisis como el que actualmente sacude la Unión Monetaria, y muy especialmente los países del sur de Europa, siempre han constituido un caldo de cultivo idóneo para los extremismos. Sucedió con la Primera Guerra Mundial, que derivó en la revolución bolchevique en Rusia y la instauración del fascismo en Italia, y, posteriormente, con la Gran Depresión de los años 30, cuando el nazismo conquistó Alemania. Es en los momentos de grandes dificultades cuando el pueblo, azuzado por la desesperación y la rabia, se agarra a los salvapatrias y cuentacuentos cual clavo ardiendo, sin pararse a pensar en el inmenso destrozo que conllevan sus particulares utopías estatistas. La victoria del Frente Popular de Marine Le Pen en Francia y de Syriza en Grecia -sin olvidar a los neonazis de Amanecer Dorado-, el fuerte apoyo al Movimiento Cinco Estrellas en Italia -convertido en segunda fuerza del país- o la potente irrupción de Podemos en España son una muestra inequívoca del alarmante ascenso que está cosechando el populismo, tanto de izquierdas como de derechas, en el seno del euro. 

¿Pero qué proponen realmente estas nuevas fuerzas políticas? Muy simple: mucho más Estado y menos mercado. Los extremos se tocan y, en este sentido, fascistas y comunistas coinciden en la necesidad de borrar las libertades y derechos individuales mediante una apisonadora estatal mucho más poderosa, obviando así el sufrimiento, la ruina y el colapso en el que acabaron desembocando todos y cada uno de los experimentos de planificación central en el pasado. Basta hojear el programa de Podemos para percatarse del desastre que conllevaría su consecución. Para empezar, el partido de Pablo Iglesias propone impagar la deuda pública y someter a referéndum la pertenencia al euro. La primera medida supondría la quiebra del Estado y, por tanto, el cierre absoluto de la financiación a través de los mercados. España se vería abocada, de una u otra forma, a abandonar el euro y, muy posiblemente, también la UE, lo cual implicaría decretar un corralito financiero para transitar hacia una nueva moneda devaluada. Es decir, los españoles perderían una parte muy sustancial de sus ahorros, como en su día aconteció en Argentina. Y ello sin contar que el Banco de España, tras recuperar la autonomía monetaria, sería utilizado por el Gobierno para financiar buena parte de su gasto y deuda pública, provocando una grave escalada inflacionaria y un empobrecimiento generalizado de la población.

Lo grave es que esto sólo sería el principio del fin. Podemos plantea disparar el gasto público mediante la puesta en marcha de grandes Planes E para combatir el paro -muy original, sin duda-. También defiende reducir la jornada laboral a 35 horas semanales, así como adelantar la edad de jubilación a los 60 años, elevar las prestaciones no contributivas y, cómo no, derogar la última reforma de las pensiones. Si España ya no se puede permitir financiar el actual sistema, imagínense semejante deriva. Simplemente, insostenible. Además, abogan por subir el salario mínimo, imponer un salario máximo, derogar la reforma laboral, eliminar las ETT o prohibir los despidos en las empresas con beneficios. En resumen, nacionalizar por la puerta de atrás el factor trabajo.

En materia fiscal, Podemos defiende una brutal y generalizada subida de impuestos: más IRPF y Sociedades, un nuevo tributo sobre "grandes fortunas", Impuesto de Patrimonio, Tasa Tobin, supresión de las sicav, IVA del 35% sobre "bienes de lujo"… A ello habría que sumar una ingente banca pública, como si el fiasco de las cajas no fuera suficiente, y la nacionalización directa de los grandes "sectores estratégicos". Iglesias quiere que el Estado tome el control absoluto en las áreas de "telecomunicaciones, energía, alimentación, transporte, sanitario, farmacéutico y educativo", y domine de forma indirecta los medios de comunicación, limitando que una empresa o grupo pueda ostentar más del 15% de un determinado sector, ya sea prensa, radio, televisión, internet, etc.

Y ya puestos, ¿por qué no repartir una "renta básica para todos y cada uno de los ciudadanos por el mero hecho de serlo" equivalente a unos 600 euros al mes (umbral de la pobreza)? Poco importa que su coste supere de lejos los 300.000 millones al año; también defienden una moratoria hipotecaria, limitar los tipos de interés, paralizar los desahucios, implantar la dación en pago con carácter retroactivo, extender el alquiler "social", despenalizar la okupación, expropiar y/o disparar los impuestos sobre las viviendas vacías; garantizar la gratuidad de los recibos de agua, luz y calefacción, entre otras muchas barbaridades de toda índole, como la nacionalización de "tierras en desuso" y grandes fincas, el control de precios en los alimentos, el cierre de todas las nucleares y centrales de gas y carbón -y su sustitución por más renovables-, imponer la pesca y la agricultura "ecológicas", limitar la caza, prohibir la tauromaquia o impedir la manida "especulación urbanística".

El problema de Iglesias, y el de la izquierda en general, es que desconoce cómo se genera y se desarrolla la riqueza. El socialismo piensa que es algo dado, cual maná caído del cielo, y que la economía es un juego de suma cero, de modo que la función del Estado consiste en redistribuir justamente los recursos. Sin embargo, como bien demuestra la historia, lo único que acaban repartiendo es miseria, muerte y coerción, exceptuando, cómo no, a la privilegiada cúpula que ostenta el poder. En este sentido, es paradigmático que la gran receta de los indignados consista, básicamente, en sustituir la actual casta por otra (la suya) exacerbando el poder político que tanto critican hasta límites insospechados. Así pues, en realidad, no son antisistema, sino prosistema. Por último, valga como ejemplo la siguiente frase de Pablo Iglesias para evidenciar su particular estilo de hacer política…

Yo pienso en Francia, últimamente, mucho. Y recuerdo una frase que me entusiasmó de Jean-Luc Mélenchon: "Si gano las elecciones, lo primero que haré es hacer que el Ejército desfile por los Campos Elíseos para mandar un mensaje a los mercados financieros". Ya me gustaría a mí poder hacer lo mismo.

Contra las legislaciones de protección de datos

A poco de la celebración de unas elecciones al Parlamento Europeo, otra de las instituciones fundamentales de la Unión Europea, su Tribunal de Justicia constituido en Gran Sala, ha vuelto a poner de manifiesto los derroteros liberticidas que los poderes públicos de la UE impulsan al amparo de un intervencionismo asfixiante que regula y manipula todos los aspectos de la vida.

Me refiero al dislate plasmado en la sentencia del pasado 13 de mayo, que da respuesta a las cuestiones prejudiciales de derecho comunitario que elevó la sala de lo contencioso administrativo de la Audiencia Nacional española, en el asunto de la Agencia de Protección de datos española y Mario Costeja González contra el buscador de Internet por antonomasia: Google.

Vaya por delante, frente a lo que sostienen algunos euroescépticos, que en esta materia, como en muchas otras, no es el tamaño del Estado o la federación lo que conduce al recorte de las libertades. Antes al contrario, el triunfo de la hiperregulación en Europa se produce en todas las instancias gubernamentales, desde el Ayuntamiento más pequeño a la organización supranacional, pasando por los gobiernos intermedios. Los ataques a la libertad se pretenden justificar con la invocación de intereses generales superiores, tales como la recaudación de impuestos, la lucha contra el terrorismo y la prevención del blanqueo de capitales; y el pretexto de la protección de derechos individuales, como el derecho a la intimidad.

A este respecto cabe recordar que ya la Constitución española de 1978 (Art. 18.4) anunció que la Ley limitaría el uso de la informática para garantizar el honor y la intimidad personal y familiar de los ciudadanos y el pleno ejercicio de sus derechos. Un aserto que no ha impedido que, durante los años transcurridos, el estado haya impuesto a individuos y empresas crecientes obligaciones formales de informarle sobre aspectos íntimos de sus vidas que, obviamente, no tenían otro destino que ser tratados por medios informáticos muy sofisticados. Por ejemplo, con solo teclear el famoso número de identificación fiscal (NIF) que debe de tener todo ciudadano, una legión de funcionarios y empleados al servicio de distintas administraciones públicas puede radiografiar sus ingresos y patrimonio, así como la existencia de procedimientos administrativos de ejecución de deudas tributarias (que no precisan de autorización judicial) o de la seguridad social contra la persona natural o jurídica en cuestión. Por mucho que se quiera desviar la atención contra quienes se dedican de forma declarada al procesamiento de ciertas informaciones que bien deben solicitar (no exigir) o bien obtener de fuentes abiertas (públicas o privadas) los principales violadores de la intimidad de las personas no son otros que los poderes públicos. Su obligación de confidencialidad no desvirtúa el hecho evidente de que el cúmulo de datos de que disponen les hace especialmente propensos a las filtraciones y el desvío de la información para usos ilícitos, además del intrusivo que ya caracteriza de por sí a los ficheros públicos.

Pues bien, en paralelo a esa expansión estatal, desde finales del siglo XX, la homogeneización y coordinación de los sistemas jurídicos de los países europeos se vio reforzada por la Directiva 95/46/CE del Parlamento Europeo y del Consejo, de 24 de octubre de 1995, relativa a la protección de las personas físicas en lo que respecta al tratamiento de datos personales y a la libre circulación de estos datos.

En cuanto más atañe al caso examinado, se ha encomendado a las Agencias de Protección de Datos nacionales la inspección (y sanción en su caso) del cumplimiento de unas legislaciones de protección de datos, que contemplan ( Art. 12 b) ) la garantía a los interesados de un denominado “derecho” de obtener del responsable del tratamiento de datos la rectificación, la supresión o el bloqueo de los datos cuyo tratamiento no se ajuste a la Directiva, así como un denominado derecho de oposición (Art. 14 a) del interesado a que los datos que le conciernan sean objeto de tratamiento, salvo cuando la legislación nacional disponga otra cosa.

Es cierto que después de que Google recurriera la sanción de la Agencia de Protección de datos española ante la Audiencia Nacional (que, a su vez, planteó al TSJUE la consulta sobre la interpretación de las disposiciones de la directiva de marras) ha sorprendido que el tribunal contradiga la opinión del Abogado general de la Unión Europea. En un momento procesal anterior, ésta manifestó que Google está sujeta a la legislación de la UE sobre tratamiento de datos y protección de la intimidad, pero no obligada a eliminar la información sensible de su índice de búsqueda, “siempre que el proveedor del servicio no indexe o archive datos personales en contra de las instrucciones o las peticiones del editor de la página web”.

Sin embargo, con un “derecho” aplicable dado por esa Directiva 95/46 -traspuesta al Derecho español por la Ley Orgánica 15/1999, de 13 de diciembre, de protección de datos de carácter personal- una vez asumido que el buscador resulta responsable del “tratamiento de datos”, no puede sorprender que el tribunal llegue a la conclusión de que, si el interesado lo solicita, esté obligado a eliminar los enlaces a páginas webs publicadas por terceros que contengan información relativa a su persona, aunque este nombre o esta información no se borren previa o simultáneamente de esas páginas web y la publicación fuera lícita.

En suma, que la raíz de este ataque desproporcionado contra la labor de catalogación y almacenamiento de información que realizan los buscadores de Internet no reside en una interpretación jurídica alocada de las normas aplicables, sino en la propia vigencia formal de una directiva y de unas legislaciones nacionales que deberían derogarse en sus actuales términos.

Nacionalismo y liberalismo, incompatibles por necesidad

No es raro encontrar en diversos lugares del mundo partidos políticos y otro tipo de organizaciones, como asociaciones de distinta naturaleza, que defienden tener la doble característica de liberal y nacionalista. Sobre lo primero, suelen defender en sentido amplio la libertad tanto económica como en otros aspectos de la vida de los ciudadanos. En cuanto lo segundo, hay dos opciones.

En unos casos son adalides de una supuesta ‘construcción’ nacional que se traduce en la búsqueda de la creación de un Estado propio para el conjunto de territorios que ellos identifican como propios de lo que consideran su ‘nación’ (lo cual puede lograrse mediante la secesión de un Estado, la unificación de varios o la segregación de territorios de diversos Estados para configurar uno nuevo). En otras situaciones, lo que proclaman es el mantenimiento de la ‘identidad nacional’ de una entidad política ya existente (a la que se pretende mantener en sus fronteras actuales o incluso se quiere expandir territorialmente con diversas excusas).

Aunque se trate de argumentar que nacionalismo y liberalismo son compatibles, en la práctica no lo son en absoluto. La ‘construcción nacional’ o el ‘fortalecimiento de la nación’ son procesos necesariamente colectivistas, en el sentido de que el centro de toda la acción es un sujeto colectivo al que se le dota de supuestos derechos y se le pretenden dar teóricas libertades. Y esto siempre choca de forma frontal con la libertad individual, que de hecho es la única que merece ser llamada y considerada como libertad.

Cuando alguno de esos partidos que pretende ser al mismo tiempo liberal y nacionalista obtiene el poder, se ve que termina primando lo segundo sobre lo primero. Así, establece o mantiene políticas destinadas a premiar el uso de una lengua sobre otras, llegando a castigar el uso de un determinado idioma. No se conforman en esto con regular los usos lingüísticos en cuestiones como la relación con la Administración, sino que entran en ámbitos privados (multar por rotular un negocio en determinado lenguaje y no en otro o castigar a los niños por la lengua que utilizan en el patio del colegio).

También se crean, por ejemplo, potentes medios de comunicación públicos destinados a adoctrinar a la ciudadanía, al tiempo que dedican mucho dinero público a subvencionar periódicos, radios, televisiones y sitios webs privados a cambio de sumisión al poder y su proyecto nacionalista. Por supuesto, no falta la creación de organismos de control, con poder sancionador incluso, destinados a perseguir a aquellas empresas periodísitcas que mantienen su independencia de criterio. En ocasiones, incluso, se llegan a elaborar informes y listas sobre periodistas ‘amigos’ y ‘enemigos’ (pueden usar otros términos que vienen a decir lo mismo). Nada de ello resulta liberal en absoluto.

Si todo lo anterior puede resultar exagerado, ha de pensarse que eso está ocurriendo, por ejemplo, en Cataluña. Esas son algunas de las políticas de una Convergència Democràtica de Catalunya que se define a sí misma como liberal y está inmersa en la construcción de una nación independiente catalana, para lo que no duda en hacer algo tan antiliberal como gastar ingentes cantidades de recursos públicos en adoctrinar a la ciudadanía y difundir por todo el mundo sus planes.

No vamos aquí a negar que sea posible un independentismo liberal. Al contrario, es perfectamente factible. Hay un ejemplo muy claro de ello: la Declaración de Independencia de los Estados Unidos de Amércia –el progresivo alejamiento del sistema político de ese país de sus ideales liberales fundacionales es una cuestión diferente–. En ningún punto de este texto se alude a la existencia de una nación para justificar su separación de la Corona de Inglaterra. No se menciona la protección de la identidad nacional, o su construción, como el motivo de la secesión. Todo el texto gira en torno a la necesidad de liberarse de una tiranía y a la búsqueda de la libertad. No tiene nada que ver con el nacionalismo.

El independentismo liberal es posible, siempre que el objetivo sea limitar la capacidad de coacción del poder político sobre los ciudadanos. De hecho, en teoría también sería posible que un territorio se uniera a otra entidad estatal existente de la que no forma parte (o se juntaran varios Estados para crear uno nuevo) con el objetivo de lograr unas mayores garantías de libertad individual. Lo que nunca podremos encontrar es un nacionalismo liberal.

A latigazos con los liberales

Los regímenes islámicos tienen una especial preocupación por controlar la libertad de expresión de sus ciudadanos, especialmente en materia política y religiosa. Tal vez el país que actúa con más contundencia la materia sea Arabia Saudí, ejemplo de sociedad permeable al influjo de las tendencias occidentales pero regida por una jerarquía inspirada en una de las interpretaciones más radicales del islam (wahabismo) y dispuesta a todo para evitar que se cuestione su legitimidad o su manera de gobernar. Hace muy poco conocíamos el modo en que las autoridades saudíes habían aplastado un conato de disidencia en Youtube, pero la dureza contra los promotores de la revolución de los carnés de identidad palidece ante la manera en que Riad se está empleando contra Raif Badawi, el primer internauta saudí que se ha atrevido a crear un blog liberal en el reino.

Badawi abrió hace dos años la página web Saudíes Liberales Libres como foro de encuentro de los individuos de tal condición y tendencia. El hecho religioso no podía quedar al margen de un proyecto intelectual dedicado a promover la defensa de la libertad individual, así que junto a textos que daban a conocer principios generales que proporcionaban una visión liberal de la sociedad, aparecieron también artículos en defensa de la tolerancia con otras expresiones religiosas diferentes del islam, uno de los delitos más graves que pueden cometerse en un país musulmán y que en Arabia Saudí es perseguido con especial saña. Badawi también escribió críticas a las posiciones intolerantes de figuras destacadas como el gran muftí del reino, Abdulaziz ben Abdulá al Seij, todo lo cual condujo a que fuera procesado a mediados del año pasado por un tribunal de la ciudad de Yeda, acusado de apostasía, desobediencia paterna y comisión de delitos cibernéticos.

El primero de los cargos a los que se enfrentó Badawi, apostatar de la religión islámica, está castigado con la pena de muerte, pero, sometido el caso a una corte superior, los magistrados retiraron la acusación en el último momento. No obstante, el resto de las acusaciones tuvo como consecuencia el cierre de la web y una condena a 600 latigazos y siete años de prisión por "violar los valores islámicos y propagar el pensamiento liberal". La sentencia sería ampliada este mes mayo hasta mil latigazos, diez años de cárcel y una multa de un millón de riyales (unos 267.000 dólares). 

El bloguero saudí fue propuesto por el Partido de la Libertad Individual de España para el Premio de la Libertad, galardón que concede cada año la Internacional Liberal. A comienzos de mayo Amnistía Internacional se sumó a la campaña para la liberación de Badawi exigiendo a las autoridades saudíes la anulación de la "sentencia escandalosa" de que ha sido víctima. Para Philip Luther, director del programa de Oriente Medio y Norte de África de la referida organización humanitaria, Badawi es

un preso de conciencia culpable solamente de atreverse a crear un foro público para el debate y el ejercicio pacífico del derecho a la libertad de expresión. Las autoridades deben revocar su condena y liberarlo inmediatamente y sin condiciones.

De la entereza de Badawi da cuenta su esposa, al relatar en Twitter la respuesta de su marido cuando el juez le preguntó si era musulmán: "Sí, y no acepto que nadie ponga en duda mis creencias". Badawi cree que la práctica del islam no tiene por qué ser incompatible con el ejercicio de los derechos individuales, con la libertad de expresión y con una sociedad respetuosa con las diferentes creencias religiosas.

Como demuestra su propio caso, se trata de una de las amenazas más graves para los regímenes islámicos, que sus dirigentes, en especial los saudíes, no parecen dispuestos a tolerar bajo ningún concepto, al menos a corto plazo.

© elmed.io

Lecciones de educación con la izquierda tuitera

La izquierda es pacifista, demócrata y defensora de los animales. La gente de izquierdas, como es bien sabido, ama a la Humanidad, está en contra de la guerra y rechaza cualquier tipo de violencia, salvo que se ejerza contra alguien de derechas, en cuyo caso se disculpa o se apoya de manera entusiasta, según el nivel de compromiso ético de cada cual. Lo vimos con el accidente de la delegada del Gobierno en Madrid, que finalmente pudo salvar la vida para desolación de los varios miles de superdemócratas que le deseaban una muerte dolorosa por no pensar como ellos, y lo vemos ahora con el asesinato de la presidenta de la Diputación de León, motivo muy celebrado también en los ambientes concienciados de internet, desde donde se han proferido los insultos más graves contra la víctima y sus familiares, despliegue de elegancia sólo al alcance de verdaderos progresistas.

Las redes sociales sacan lo peor de cada uno con independencia de colores políticos, pero en los progres el fenómeno se agudiza porque ya vienen de casa con una enfermiza superioridad moral que les faculta para perpetrar cualquier disparate. Los medios de comunicación de izquierdas fomentan en gran medida esta egolatría ideológica con su manera de tratar asuntos tan delicados. En el caso del asesinato de Isabel Carrasco, con el cadáver todavía tirado en el asfalto, un reportero de La Sexta detallaba a la audiencia los casos de corrupción en los que estaba implicada y lamentaba que, "por desgracia", ya no pueda sentarse en el banquillo. Sobran las palabras.

Las redes sociales han sustituido a los graderíos de los campos de fútbol como espacio para el insulto y la agresión al amparo del anonimato de la masa. Los aficionados volvían antes del campo afónicos tras pasarse hora y media injuriando a un señor de negro al que no conocían de nada y retomaban sin mayores problemas su vida ordinaria, intachable en la inmensa mayoría de los casos. Ahora hacen lo propio tecleando barbaridades en sus cuentas de Facebook o Twitter, que además de ser más baratos que ir al fútbol tienen la comodidad añadida de que se pueden manejar desde el sofá de casa. Los estadios ya no gozan de su antigua impunidad gracias a la vigilancia electrónica, y algo parecido está empezando también a pasar en internet gracias a las unidades especializadas de la Policía, pero, dados los propios condicionamientos del medio, la basura en las redes sociales es hoy por hoy un fenómeno inagotable.

Decía Einstein que el Universo y el número de cretinos eran las únicas dos magnitudes infinitas conocidas. Twitter y Facebook son la prueba de que, al menos en lo segundo, el célebre sabio tenía razón.

Ya que estamos, ¿por qué no prohibimos escribir?

No hay nada como definir algo como derecho para que parezca inevitable y justa su defensa. Sin embargo, casi todo lo que hoy día se llama derecho no es sino la imposición de las preferencias de unos sobre otros. Así, el derecho al olvido no supone otra cosa que la imposición de una obligación sobre los sitios web y, ahora, los buscadores, de eliminar información veraz de internet. Supone un atropello a la libertad de expresión en nombre de un derecho que se inventaron anteayer unos burócratas con demasiado poder sobre nuestras vidas.

La decisión de la Agencia Española de Protección de Datos de denunciar a Google por no eliminar de su buscador enlaces que, a su entender, afectaban al fantasmagórico "derecho al olvido" suponía un reconocimiento en toda regla de lo mucho que afecta a la libertad de expresión. De hecho, su primera petición incluía la exigencia a Google de eliminar unos enlaces a El País, pero no pedían la retirada del contenido al propio periódico porque reconocía que afectaría a la libertad de expresión. En cambio, no considera un derecho fundamental permitir acceder cómoda y fácilmente a la información que publicaba el diario de Prisa, de modo que Google se joroba y, con él, todos sus usuarios. Y ahora los tribunales europeos le dan la razón.

Sin embargo, digan lo que digan en Europa, el derecho a indexar y enlazar contenidos de otros no es más que un caso particular del derecho a la libertad de expresión, del mismo modo que éste no deja de ser una parte del derecho de propiedad. Tenemos la libertad de decir lo que queramos en nuestra propiedad, del mismo modo que no lo tenemos en una propiedad ajena: su dueño tiene perfecto derecho a no escucharme ni publicar mis opiniones. Y cuando se escribe en internet, los enlaces forman parte de esa expresión protegida. 

Si en una web de mi propiedad, cuando un usuario pregunta por Mario Costeja aparece una subasta de inmuebles suyos derivados de deudas con la Seguridad Social, y la información en cuestión es perfectamente correcta, ¿qué derecho hay a inmiscuirse en esa transacción? El usuario pedía información, y yo se la he dado. Si eliminar esa información de la fuente original afecta a la libertad de expresión, ¿cómo no va a afectar a ese mismo derecho prohibir enlazarlo?

La única forma de que ese "derecho al olvido" se convirtiera en realidad consistiría en prohibir no ya internet, sino directamente la lectura y la escritura. La humanidad ha salido de la cueva gracias precisamente a que dejamos de olvidar el conocimiento acumulado de la especie. Convertir la ignorancia en un derecho, y prohibir el acceso a información veraz es algo muy del gusto de la burocracia española y europea, pero un insulto a todos los que respetamos los derechos reales, violados una vez más por la UE.

Una Política para la Libertad

Libertad es prosperidad. Tan inapelable afirmación es el frontispicio identificativo del joven movimiento liberal-libertario que Juan Pina abandera y éste es, sin duda, su manifiesto de presentación. Lo bueno de Juan no es que tenga ideas –algunos mejor harían en no tener ninguna-, sino que las suyas lo son por la libertad y crea escuela a la hora de defenderlas.

Juan Pina, antes que nada, es liberal. Y conviene aclararlo en un país en el que es epidémico el síndrome de ser liberal “pero antes patriota”, “pero antes español”, “pero antes catalán”, “pero antes católico”… Éste es un manifiesto sin “peros”. El P-Lib es un movimiento liberal a fuer de liberal. Y es que uno, realmente, antes que valenciano, andaluz, trabajador, estudiante, heterosexual o cristiano, es algo mucho sencillo como incuestionable: es individuo, es una persona. Todo el liberalismo, desde sus inicios clásicos, se ha ido componiendo como un cántico contundente y revolucionario de, por y para la persona. “Una política para la libertad” es un alegato, uno para salir a las calles y corear con entusiasmo esa melodía que nos hace prósperos.

En el fondo, el resurgir del movimiento liberal-libertario en nuestro país parte de un hartazgo, de un hastío.  Juan Pina es una persona que se indigna ante el panorama actual, pero que se indigna bien. Y no nos trae otra componenda, otro parche o remiendo sino un auténtico ultimátum a las recetas de “el sistema menos malo posible”. ¿Por qué conformarse con malas versiones de una sociedad justa y próspera si podemos practicar la verdadera? ¿Por qué tener lo menos malo si podemos tener lo mejor? La llamada socialdemocracia ‘transpartita’ ya no aguanta más. Hay que despertar del largo letargo, del invierno socialdemócrata que nos anestesia, reinventar la soleada e ilustrada era de las Luces, dejar que rebrote la Razón. Y ésta es una tarea diaria. Hacer política, como muestra Pina y el Partido de la Libertad Individual (P-Lib), no es tanto aspirar a un escaño como la ambición apasionada de ganar las elecciones un poco más cada día en las calles. De salir con el pico y la pala, pero con los de verdad: con los que cavar la zanja –por desgracia, precisaremos de una de dimensiones colosales- donde enterremos de una vez por todas ese Hiperestado que nos asfixia y nos agravia. Cada día, la política resulta menos opción y más obligación para quien está comprometido con la recuperación de nuestras libertades usurpadas y la conservación de las aún disfrutadas.

Sin más excusas que la de una coherente trayectoria en defensa de las ideas de la libertad, Juan Pina aboga por cambiar por completo el guión de la farsa en la que vivimos: del quítate tú para ponerme yo al quitemos al Estado para poner a la sociedad civil. Nadie ya puede acabar negando que el modelo acuñado por la frase de Alfonso Guerra de “quien se mueva no sale en la foto” se ha cumplido tan a rajatabla que ésta, la foto socialdemócrata, de inmóvil ya resulta cadavérica. El problema es que las víctimas propiciatorias de este gran banquete somos nosotros, la sociedad civil. Quien se sienta a la mesa es el Estado.

Un Estado que te quita el dinero que ganas por los métodos, además, que él te deja según sus estándares de moralidad. Es lo que podemos llamar la tiranía alternante del PPD y el SIC: la Persecución Progre del Disidente y la Santa Inquisición Conservadora. La elección entre “susto o muerte” es nuestro Halloween de cada día.

Así, Pina y el P-Lib, más que política hacen contra-política. Puede compararse, sin miedo al error, al método de atacar desde dentro el sistema al que tantas veces se refiere el profesor Huerta de Soto. Si el Capitalismo liberal algunos lo han definido no del todo erróneamente como una destrucción creativa, poco fructífero vamos a poder hoy crear si no abatimos el consenso socialdemócrata que padecemos.

Pensiones, impuestos, sistema monetario, libertades personales, mercado laboral…Juan Pina desgrana los problemas fundamentales con las respuestas necesarias. ¿Por qué han de sufragar las carreteras quienes no tengan carnet de conducir o los aeropuertos quienes no usen el avión? ¿Qué sentido tiene mantener un Ministerio de Economía en una sociedad libre? Pina no se deja enredar en los debates sofistas de hoy en día. Considera por ejemplo que la libertad de movimiento e inmigración es parte del programa liberal, pero para llegar a aplicarla tendremos que recorrer también otras revoluciones liberales como la del derrocamiento del Bienestar del Estado que actúa como sirena de llamamiento desaforado a los inmigrantes. Un Estado que ya sólo redistribuye fraudes, promesas incumplibles y una deuda que hipoteca a nuestros hijos. Cada vez resulta más patente que la única redistribución posible bajo el Estado es la de los grupos menos influyentes políticamente a los más influyentes políticamente, y de todos a favor del Estado.

El espíritu de la alternativa del P-Lib para nuestro país puede calibrarse en el siguiente extracto:

“Estamos orgullosos de representar en la Internacional Libertad al ala más libertaria. Es un orgullo recordar que la Internacional Liberal tuvo como fundador y primer presidente en 1947 al ex-ministro español de la II República Salvador de Madariaga, exiliado por la dictadura franquista, estrecho colaborador de Hayek en la puesta en marcha de la Sociedad Mont Pelerin […]. En el país del más burdo y simplista dualismo, de rojos y fachas, del conmigo o contra mí, de los fatricidios encarnizados, Madariaga representa la tercera España, y ésa es la nuestra, la que en una guerra de totalitarismos hizo lo único decente que un liberal podía hacer: las maletas. Es la España que siempre fue acallada por los toscos colectivismos de un lado y del otro, por los talibanes de brazo extendido o del puño en alto. Es la España que contribuyó de buena fe a la Transición pero enseguida fue condenada al ostracismo durante otros cuarenta años por el régimen resultante, porque el liberalismo estorbaba a la entente, ahora cordial, de los herederos de aquellos dos bandos sanguinarios, que en 1978 se repartieron el pastel asumiendo el paradigma europeo del momento: el consenso socialdemócrata”.

“Una política para la libertad” trata, en suma, de devolverte lo que te pertenece: tu vida.

@AdolfoDLozano

Inmigración (X): por la libertad de movilidad laboral

“Durante mucho tiempo en Europa preocuparon mucho más las consecuencias de la emigración que las de la inmigración”. Hans Magnus Enzensberger.

“El estallido de la Primera Guerra Mundial en 1914 marcó el final del periodo de la globalización contemporánea. Por primera vez en un par de generaciones, se introdujo el proteccionismo y se empezó a exigir el pasaporte para traspasar las fronteras”. Johan Norberg.

“Si la libertad humana debe completarse, el laissez-faire (la libertad de comercio) debe finalmente estar acompañada por el laissez-passer (la libertad de desplazarse)”. Richard M. Ebeling.

“Dadme vuestras cansadas, pobres y apiñadas masas, anhelantes por respirar libertad…”. Fragmento del soneto escrito por Emma Lazarus y grabado en el pedestal de la Estatua de la Libertad.

“Jamás podremos decir que una sociedad es libre, que el proceso de globalización se encuentra operando en su máximo esplendor, mientras no se abran las fronteras, mientras se limiten políticamente las interrelaciones sociales y comerciales, mientras se impidan los movimientos migratorios”. Adrián Ravier.

En sus orígenes, el liberalismo se opuso a todo tipo de barreras mercantiles (movilidad de bienes), estamentales (movilidad social) o gremiales (movilidad profesional) de la época. También contra los impedimentos migratorios. Por entonces, las ordenanzas reales prohibían al campesino establecerse en las ciudades. Existían asimismo fuertes sanciones para el que abandonaba el país sin contar con el beneplácito de la autoridad correspondiente. La emigración libre era inconcebible y, por tanto, estaba sometida a autorización. Buena parte de los Estados aplicaban castigos corporales e incluso en algunos casos la pena capital a los emigrantes clandestinos. Luis XIV mandó vigilar las fronteras para retener a sus súbditos dentro de su territorio. La época de los descubrimientos geográficos trajo el traslado controlado a las nuevas colonias ultramarinas -bien bajo la dirección efectiva de los gobiernos, bien bajo la intermediación de las compañías mercantiles- pero en cualquier caso como algo dependiente directamente del control del monarca respectivo.

El reconocimiento de la libertad de emigrar fue una conquista gradual frente al inmovilismo de los fuertes vínculos que ataban a los súbditos al territorio bajo el antiguo régimen o frente al concepto patrimonial de la soberanía regia. La emigración no estaba bien vista. Sólo unos pocos librepensadores se opusieron a esa opinión mayoritaria y opresiva acerca de la movilidad migratoria. Hasta el siglo XIX las emigraciones internacionales estuvieron indefectiblemente acompañadas de prohibiciones, limitaciones e impedimentos legales o licencias administrativas otorgadas desde el poder.

Eran frecuentes las confiscaciones de bienes, el pago de impuestos o la pérdida de derechos de los individuos emigrados. En Alemania existió hasta 1817 el llamado permiso de partida que gravaba los bienes de los emigrantes, en Inglaterra hasta mediados del siglo XIX existía una ley que prohibía emigrar a la mano de obra cualificada. No fue hasta 1853 que se suprimió en España la prohibición de emigrar a América a canarios y peninsulares sin la autorización correspondiente, subsistiendo en la segunda mitad de aquel siglo no pocas restricciones que sirvieron a los intereses de las compañías de transporte y de los agentes de emigración, además de fomentar la corrupción administrativa. Como se ve, en asuntos relacionados con los desplazamientos humanos, la libertad ha sido a lo largo de la historia la excepción más que la regla.

La presión demográfica sufrida en Europa desde mediados del siglo XIX y las oportunidades que ofrecía el Nuevo Mundo fueron un acicate demasiado potente para que, pese a las prohibiciones, las personas permanecieran inmóviles. Se estima que unos 50 millones de europeos (en su mayoría británicos, italianos, irlandeses, alemanes, austro-húngaros, españoles, portugueses, rusos y suecos) se desplazaron a ultramar de forma ininterrumpida hasta el advenimiento de la Primera Guerra Mundial. Es la emigración internacional de trabajadores más importante de todos los flujos conocidos hasta el presente, pese a que un 40% aproximado de la misma tuviera movimiento de retorno. Es importante recordar que esa formidable corriente migratoria pasó por encima de cualquier limitación o restricción legal que existiera en origen (no existían, por el contra, cortapisas legales para la entrada en los lugares de destino).

La cristalización de la libertad para abandonar el país de uno se asentó de forma gradual en las mentes de los hombres. Afortunadamente ya casi nadie discute hoy que la posibilidad de abandonar un país peligroso, caótico o desestructurado es una de las libertades humanas más profundas.

Hoy la represión es diferente. Ya no se impide la salida, es el acceso el que está severamente limitado. Este cambio de tendencia comenzó a manifestarse tímidamente a fines del siglo XIX con la prohibición de entrada de los coolies chinos a los EE UU y Australia o la de los originarios de la India hacia otros países desarrollados. Los controles de inmigración son un fenómeno relativamente nuevo; en Europa el primer control a la misma fue introducido en Gran Bretaña en 1905.

Las leyes racistas de inmigración de los años veinte empezaron a introducir cupos y prohibiciones a cierta inmigración y a distorsionar sus flujos. Tras la Segunda Guerra Mundial se abre un paréntesis en el que fue usual desde muchos gobiernos el facilitar los movimientos de inmigración circular de “trabajadores invitados” (o huéspedes) con fomento simultáneo del retorno a sus países de procedencia. La crisis de 1973 marca el final de este ciclo e inaugura el periodo contemporáneo de fuertes restricciones a la inmigración, cerrando incluso cualquier programa de los llamados “trabajadores-huéspedes” (guest worker, Gastarbeiter) que habían existido hasta entonces.

Como ya vimos, las restricciones y cuotas a la inmigración que se adoptaron en los países desarrollados no supusieron en realidad un freno a la misma, sino un mero cambio en la composición de los nuevos flujos: desapareció la emigración circular o transitoria, aumentaron los inmigrantes “ilegales” y se afianzó el fenómeno de la reagrupación familiar de los ya instalados (cambiando una población inmigrante formada por varones menos costosa por otra compuesta por familias reagrupadas).

La emigración es hoy reconocida como un derecho humano fundamental pero la inmigración no lo es aún. Es comúnmente aceptado el hecho de que los Estados deben permitir a sus ciudadanos dejar su territorio natal si así lo desean. Caso de que no se permita se considera un régimen tiránico. Sin embargo, no se pone en tela de juicio el que, al mismo tiempo, los modernos Estados impidan la libre entrada de terceros (especialmente a trabajadores) o lo hagan pero con grandes limitaciones. A efectos prácticos, un individuo que tenga derecho teórico a abandonar su país pero que no sea aceptado por ningún otro país ve violado de facto su derecho a emigrar. Por tanto, emigración e inmigración son dos caras de la misma moneda y se complementan inextricablemente.

Hoy día, dado el actual estado de cosas, desde planteamientos liberales es necesario el reconocimiento de una deseable libertad de movilidad laboral internacional para lograr un acercamiento más ético y lógico al fenómeno de la inmigración y a sus controles fronterizos.

Las restricciones a la movilidad laboral, tanto si es intranacional como si es internacional, son difíciles de reconciliar con la perspectiva liberal de igualdad ante la ley y de libertad (que no igualdad) de oportunidades. Cosa completamente diferente es si selecciona a los pacíficos y laboriosos sin antecedentes penales en detrimento de los migrantes que sí tengan ya un registro criminal o pertenezcan a organizaciones terroristas o criminales. Eso es una actitud justificable y ética.

Para precisar un poco más la libertad de movilidad laboral, conviene distinguirla de la libertad de la inmigración propiamente dicha. Aunque son semejantes no son iguales ya que el concepto de inmigración va generalmente ligado a la residencia permanente, a las prestaciones sociales, a la obtención de la nacionalidad y a los derechos políticos que van asociados a esta última por lo que acaba confundiéndose lo que es un derecho prima facie de lo que no lo es. Por lo tanto hay que delimitarla. Dicha libertad de movilidad laboral internacional la entiendo como un derecho fundamental que se refiere exclusivamente a la libertad de desplazarse para trabajar en un territorio diferente al país de origen de uno en un marco de cooperación voluntaria entre empleador y trabajador. Sin ningún otro derecho más asociado que no sean los derechos fundamentales básicos de la persona y con la consiguiente obligación de respetar las normas básicas del país de acogida.

Intentar ir más allá de la libertad de mera movilidad laboral internacional, desencadena reacciones hostiles hacia el inmigrante y, a la postre, le perjudica. El Estado del bienestar no ha sido nunca ni será un imán poderoso para la inmigración. Las fuerzas para emigrar son otras. A pesar de que en un primer momento la derrochadora distribución estatal de las socialdemocracias modernas y su forma de cooperación coactiva parezcan favorecer al inmigrante, en el fondo le dañan. Son como el abrazo del oso; le acaban ahogando.

Efectivamente, el efecto excluyente de regulaciones laborales proteccionistas y de las ayudas sociales distorsionan los incentivos a trabajar no sólo de los nacionales sino también de los inmigrantes o la de sus hijos, creando apatía y frustración. Los efectos destructivos de los subsidios del Estado del bienestar sobre los inmigrantes se pueden comprobar al convertirles en no pocas ocasiones en permanentes clientes de un aparato social que, tal y como describe acertadamente Mauricio Rojas, los mantienen en lo que de hecho es una exclusión subsidiada, que inexorablemente va destruyendo su potencial creador y su dignidad. A veces los inmigrantes acaban rebelándose contra esa situación asfixiante.

Ver, si no, lo ocurrido en los suburbios de las ciudades de Francia en 2006 o, más recientemente, en los de Suecia del pasado año. Esto puede dar pie a reacciones de carácter también violento por parte de los autóctonos. No es la inmigración, sino las consecuencias del intervencionismo político lo que está alimentando la xenofobia. Si existiera una libertad de movilidad laboral internacional bien asentada –y delimitada- que fomentara la responsabilidad del migrante y el aprovechamiento de sus ventajas, esos episodios probablemente no se darían con tal virulencia.

No olvidemos que buena parte de las poblaciones de las democracias modernas está en contra del libre comercio y de las importaciones de productos procedentes de otros países, pese a sus innegables beneficios. Afortunadamente han acabado por imponerse parcialmente. Confío que, con el tiempo, suceda algo similar con respecto a la libre movilidad laboral de los habitantes de otras naciones para que se les abran las múltiples oportunidades que ofrecen los mercados de los países prósperos. Para beneficio de ellos mismos pero también de las sociedades de acogida.

Para ello es importante que dicho derecho se separe de los derechos sociales de segunda y de tercera generación, de la adquisición de nacionalidad y de todo lo que ello traiga consigo. Es un derecho demasiado fundamental como para que quede de facto saboteado por culpa de querer adosarle, aun con toda la buena intención, otros derechos no tan fundamentales.

Álvaro Vargas Llosa nos explica en su imprescindible libro Global Crossings que la inmigración es simplemente el derecho a trasladarse, vivir, trabajar y morir en un lugar diferente a aquél en que uno nació; es decir, la victoria de la elección sobre el azar. Facilitar o, más bien, dejar de obstaculizar todo lo posible la libertad de movilidad laboral a través de las fronteras sería un paso muy significativo hacia una humanidad más próspera, libre y responsable.


Este comentario es parte de una serie acerca de los beneficios de la libertad de inmigración. Para una lectura completa de la serie, ver también I,  IIIIIIVVVIVIIVIII y IX.

La guerra contra los hombres

Un anuncio de Desigual ha provocado una fuerte polémica en internet. Una mujer se pone un cojín en la tripa, se prueba ropa de la marca en un probador y, satisfecha con lo que ve, agujerea unos condones para ser madre. La indignación, como siempre, se ha centrado en lo denigrante y machista del anuncio, que pinta a las mujeres como idiotas irresponsables que únicamente se fijan en su aspecto. Pero es justo aquello de lo que no se ha hablado lo que debería movernos a la indignación.

Al fin y al cabo, lo que la protagonista del anuncio de Desigual se propone es forzar a un hombre a una paternidad no deseada. El pobre tipo que se acueste con semejante pájara se verá forzado a mantener económicamente a un hijo que no quería, y cuya fecundación quiso evitar tomando medidas anticonceptivas. Un mensaje que se refuerza con el eslogan de la campaña: "Tú decides", y las excusas de la marca, que afirma que el spot es una invitación a que la mujer “coja las riendas de su vida”. Sí, la mujer. Al hombre que le vayan dando.

Este anuncio es un ejemplo de la situación que la psicóloga Helen Smith denuncia como una auténtica guerra contra los hombres. Smith se solía considerar feminista porque cree en la igualdad entre los sexos, pero ya hace tiempo que el feminismo se ha convertido en una ideología que busca una situación de privilegio de la mujer sobre el hombre, y es ahora éste quien necesita justicia. Men on strike es el producto de esta preocupación, un libro que si bien flaquea en el estudio de hasta qué punto están extendidas las situaciones que denuncia, resulta bastante efectivo como llamamiento a que los hombres, y las mujeres decentes, despierten de una vez y reclamen los derechos de la mitad de la sociedad. 

El punto de partida de este ensayo es la huida de los hombres ante el compromiso, el matrimonio y la paternidad. Pero en lugar de culparlos por ello por ser unos inmaduros irresponsables y egoístas, que es lo habitual, Smith se hace una pregunta incómoda: ¿y si fuese una reacción completamente racional a los incentivos a los que se enfrentan? ¿Y si los hombres, como los protagonistas de La rebelión de Atlas, han decidido encogerse de hombros y dejar de cargar con el peso de un mundo que los desprecia y humilla?

Así, las leyes que regulan el matrimonio y la familia y los jueces que deciden sobre esos casos obligan al hombre a tener una fe casi ciega en su pareja para cometer el suicidio económico y emocional en que puede convertirse su matrimonio. Existe incluso una asociación que lucha para que las leyes no obliguen a los hombres que han sido engañados para criar a un hijo que no es suyo a pagar una pensión por él, una situación de la que no estamos muy lejos. Porque, por supuesto, en el caso de que una mujer pinche el condón para ser madre sin el consentimiento de su pareja ni siquiera se contempla que el hombre pueda dejar de afrontar los gastos de su paternidad. Las feministas se ponen estupendas con eso del derecho a elegir ser madre, pero jamás las verán defendiendo que los hombres tengan opción alguna en esa materia: su trabajo es pagar y callar. Algunos estados llegan tan lejos como para permitir a las mujeres ser madres sin informar al padre y esperar hasta veinte años para exigirle una pensión retroactiva.

Smith habla también la huida de los hombres de las universidades y del trabajo, de la desaparición de lugares reservados para ellos tanto dentro como fuera de casa y del trato que reciben en los medios de comunicación, donde son rutinariamente calificados de potenciales violadores y culpables de toda la violencia del mundo, cuando no ridiculizados en los anuncios por no ser capaces de hacer bien las tareas más sencillas.

Pero, como indicaba, este no es un libro de análisis, sino una llamada a la acción. Smith recuerda que, aunque para un hombre puede ser mejor hacer huelga de sus responsabilidades tradicionales, para la sociedad en conjunto es un mal negocio: significa una menor tasa de natalidad y menos prosperidad, y no digamos ya de la felicidad de unos y otras. De modo que exige a los hombres que dejen de permitir que sean ellas quienes controlen la conversación sobre sexo, reproducción y relaciones, que luchen por un mejor trato por parte de sus parejas, que clamen por cambios legales o que denuncien los retratos negativos que se hacen constantemente del hombre y la masculinidad en los medios. Porque, como dice Camille Paglia, "la masculinidad es agresiva, inestable y combustible. También es la fuerza cultural más creativa de la historia".

En España, siempre tan dispuestos a copiar lo peor de Estados Unidos, no hemos llegado a algunos de los extremos que describe este ensayo, pero en otras cosas les hemos sobrepasado generosamente. Tenemos una ley de violencia de género que da más valor a la palabra de una mujer, que puede enviarte a la cárcel sólo con una denuncia sin pruebas y que castiga el mismo hecho de forma distinta dependiendo del sexo del agresor. Y, naturalmente, compartimos la tendencia a ver en anuncios como el de Desigual aquello que afecte a la mujer, y no al hombre. Smith tiene razón. Ha llegado la hora de denunciarlo.

Hellen Smith, Men on Strike, Encounter Books, 2013.