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Etiqueta: Libertades propiedad y estado de derecho

La Constitución como garante del individuo, no siempre

Una de las bases de la democracia consiste en el necesario sistema de contrapesos al poder del gobierno que asegure que cualquier tirano no puede llegar al gobierno y explotar a la población. Tan importante y necesario es, que su fallo lleva a los países democráticos a situaciones como la de Venezuela.

Son varias las instituciones que componen ese sistema de protección de las personas en las democracias entre las cuales destaca la existencia de una Constitución y un Tribunal Constitucional que refuerce su cumplimiento. Como ya avanzaran Buchanan y Brennan en La Razón de las Normas. Economía Política Constitucional (1985), la Constitución fija la frontera del poder estatal frente al individuo y define los límites de la autoridad política.

El análisis que proponen estos autores desde la Escuela de la Elección Pública requiere contemplar a los gestores políticos, a los gobernantes y a todos aquellos que trabajan en el sector público, como individuos movidos por las mismas necesidades que todos los demás. Y así, la búsqueda del propio interés se convierte en la clave para explicar el comportamiento de los políticos y servidores públicos y, además, para desbrozar los aspectos más relevantes del diseño y evolución de las Constituciones nacionales. De la misma forma que la búsqueda del propio interés para una persona generosa incluye el bien ajeno, y para una egoísta no, así también el interés propio de un político puede ser honroso o deshonroso. Todo es una cuestión de incentivos y expectativas.

Así las cosas, podemos preguntarnos por la Constitución Española, la pretendida reforma constitucional que sobrevuela nuestras cabezas, y las razones que empujan a los reformistas. Un somero vistazo al panorama político actual de nuestro país nos dibuja una realidad bastante triste. No voy a realizar un análisis exhaustivo de nuestra Carta Magna porque no soy quien y no es mi intención. Pero sí creo que es necesario poner encima de la mesa que lo que movía a los padres de la Constitución no era otra cosa más que la armonía y estabilidad de los diferentes grupos de presión que efervescían con el despuntar de la democracia, una vez muerto el dictador: sindicatos, prensa, partidos políticos, nacionalistas, la Iglesia… unos porque querían entrar en la arena política y otros porque temían ver recortado su peso, necesitaban de unas reglas de juego que compensara las tensiones. En ese sentido se entornaron, más que cerraron puertas, y se dejaron de lado cuestiones espinosas que en aquel momento eran inabordables.

Pero hete aquí que han pasado las décadas y se oyen voces cada vez más numerosas y más potentes reclamando una reforma constitucional. ¿Qué debemos tener en mente los ciudadanos?

En primer lugar, es necesario desoír los cantos de sirena de quienes pretenden que dichos cambios son por nuestro bien. Deberíamos haber aprendido que detrás de esas frases tan bienintencionadas hay un político que solamente busca su propio interés, igual que todos los demás. Si su propio interés es el bien de la comunidad o la victoria electoral es la clave.

¿Qué nos dice la realidad? Para averiguarlo podemos reflexionar acerca de la conducta de los mismos que reclaman esa reforma constitucional en la última década o en el último lustro. ¿Cuántos de nuestros gestores políticos han asumido la responsabilidad de sus decisiones políticas y económicas? ¿Cuántos de ellos han dimitido cuando su opción ha demostrado ser la peor? ¿Cuántos de ellos han puesto su inocencia por delante de su escaño? ¿Cuántos partidos políticos han mostrado tanta severidad con los casos de corrupción propios como la que muestran con los ajenos?

Las respuestas son muy claras y nos llevan a la conclusión de que, incluso si es necesaria una reforma constitucional, quienes pretenden liderarla no van a tener en su punto de mira a la sociedad sino sus propios intereses partidistas. Desolador. Este pesimismo se reafirma aún más si extendemos el análisis al Tribunal Constitucional.

¿Cómo se sale del embrollo? Para lograrlo, los ciudadanos deberíamos luchar para cambiar el perverso sistema de incentivos y recompensas políticas que sostienen el sistema político y que pagamos con nuestro trabajo. Sería un proceso lento porque la resistencia al cambio sería enorme, la prensa y medios afines al régimen tratarían de manipular la opinión pública y la sociedad civil debería querer ser líder de su propio destino. Y creo que nuestra sociedad civil está demasiado verde para eso. Preferimos la jaula y los grilletes. Una pena.

Por qué perdió Rafael Correa

Volvió a suceder. La derrota del presidente ecuatoriano, Rafael Correa, en las elecciones municipales del 23 de febrero no es un caso aislado. Es posible que el socialismo del siglo XXI, sus vecinos ideológicos, y el circuito del ALBA estén de capa caída.

Hay una cierta fatiga con el lenguaje tontiloco del chavismo. El péndulo se mueve en la otra dirección. El espectáculo venezolano, con los sangrientos atropellos de Maduro contra estudiantes desarmados, es demasiado repugnante.

Antes le sucedió a Cristina Fernández en Argentina, a Manuel Zelaya en Honduras (quien sacrificó a su mujer, Xiomara Castro, en las elecciones), a José María Villalta en Costa Rica, a López Obrador en México y a Aníbal Carrillo en Paraguay. Ese polvoriento discurso estatista, hecho de quejas y confrontaciones, ya no suele convencer, aunque todavía conserva su atractivo en algunos parajes indiferentes ante la experiencia. 

Son síntomas típicos de las sociedades con tendencias autodestructivas que practican alegremente la extraña costumbre de hacerse el harakiri. Es muy probable, por ejemplo, que una variante extrema del chavismo triunfe en El Salvador, donde el comunista Salvador Sánchez Cerén, exguerrillero de línea dura, encabeza las encuestas para los comicios del próximo día 9, lo que augura una época de conflictos, turbulencias y retroceso económico en el país más pequeño de América Latina.

En todo caso, Correa, el gobernante que más tiempo ha ocupado la casa presidencial de manera continuada en la historia de Ecuador, y el que más ha hecho crecer el gasto público aprovechándose de la bonanza petrolera, perdió 9 de las 10 ciudades más pobladas del país y la mayor parte de las prefecturas, como allá se llama a las provincias. Entre las ciudades están Quito, la capital; Guayaquil, el corazón económico, y Cuenca, la tercera gran urbe del país. Eso es un mazazo electoral.

¿Por qué Correa perdió esas elecciones, al margen de la tendencia latinoamericana actual a desplazar al chavismo de las casas de gobierno? Casi todo el mundo le reconoce que ha hecho infraestructuras importantes, que se ha esforzado por mejorar la educación, y que ha tenido el coraje de enfrentarse al sindicato de maestros, a los ambientalistas y a los indigenistas cuando le ha tocado defender el interés general de los ecuatorianos. Eso no lo discuten.

El problema es su carácter autoritario, su incapacidad para encajar las críticas, su trato áspero con quienes le contradicen, incluida una joven periodista que le hizo una pregunta incómoda en una rueda de prensa y la humilló públicamente llamándola "gordita horrorosa". ¿Qué manera es ésa de tratar a una dama?

Correa debe tener unos niveles estratosféricos de cortisol, la hormona del berrinche, del mal genio. (¿Por qué no le examinan las suprarrenales a ese hombre? A lo mejor es una cuestión sencilla de botica). Como Salvador Dalí, que todos los días se levantaba muy feliz de ser Salvador Dalí, Rafael Correa amanece tremendamente satisfecho de ser quien es, y no puede admitir que un caricaturista le gaste una broma o un articulista, con razón o sin ella, lo critique.

En lugar de comportarse como un servidor público, seleccionado para cumplir y hacer cumplir las leyes, como corresponde a un ordenamiento republicano, Correa se jacta públicamente de desobedecer las reglas del Consejo Electoral y del Parlamento, porque le parecen "obsoletas". ¿Por qué el ciudadano de a pie tiene que someterse a las leyes y el presidente está exento de esa obligación?

Ya Correa explicó que, como había sido elegido presidente, era, al mismo tiempo, el jefe del Poder Judicial y del Legislativo, de toda la nación. O sea, el déspota ilustrado, dueño de las instituciones, el tirano benévolo de la razón y el orden que impone su buen juicio en beneficio del pueblo, como aquellos monarcas del antiguo régimen felizmente desplazados por la democracia liberal tras las revoluciones del siglo XIX.

Correa terminará su mandato en el 2017. Si no rectifica acabará siendo tremendamente impopular. Ya se le ve la oreja al lobo. Sería una pena.

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El nacionalismo canario de siempre

Este domingo publicó ABC una entrevista a Juan Manuel García Ramos, presidente del Partido Nacionalista Canario. En ella se le preguntó «¿a qué se atribuye que el nacionalismo isleño sea tan intervencionista?».

A lo que respondió: «Las islas son espacios limitados y hay que desarrollar una sensibilidad jurídica especial para no agotar lo que la naturaleza nos ha concedido. Todos los esfuerzos por controlar y racionalizar el crecimiento son pocos». Es curioso que alguien que comienza su entrevista diciendo que «el nacionalismo es la defensa de un territorio, de una sociedad y una cultura» no niegue que defiende el intervencionismo, o lo que es lo mismo, que está en contra del mercado, la propiedad privada, la libre empresa, el comercio y, en conclusión, a favor de «una sensibilidad jurídica especial», es decir, de eliminar la libertad de los canarios para conseguir sus tan «nobles» objetivos.

La realidad es que la falta de apego por la libertad de la mayoría de los nacionalistas no es algo nuevo. Por lo general, el nacionalismo, que cometió grandes atrocidades en el siglo XX, lo que busca es precisamente el control total de las sociedades que ellos supuestamente defienden, pues no creen que los sujetos de derecho sean las personas, sino los territorios.

No les oiremos nunca pedir la independencia de las familias o los individuos de un determinado lugar, sino más bien lo contrario, pues lo que buscan es el control de la sociedad, como tan bien explica el señor García Ramos.

El remate viene al afirmar que «todos los esfuerzos por racionalizar o controlar el crecimiento son pocos». Es decir, que cuando los distintos individuos de la sociedad intercambian libremente bienes y servicios creando riqueza lo hacen de forma equivocada porque sus preferencias temporales son incorrectas e irracionales. Sin embargo, un gobierno nacionalista sí va a saber qué es lo que hay que hacer para crecer económicamente de forma racional. ¡Claro!

Pero como esto no era suficiente, no tiene ningún reparo en afirmar que hay que controlar el crecimiento o, lo que es lo mismo, que está contra el crecimiento, pues sus ideales políticos, además de ser contrarios a la libertad de los canarios, lo que pretenden es que Canarias no pueda crecer, sino más bien lo contrario.

Con estas declaraciones parece que el presidente del Partido Nacionalista Canario tenía que haber afirmado que «el nacionalismo consiste en la eliminación de la libertad de la sociedad que habita en un territorio y la imposición de una cultura por parte de un grupo organizado de poder conocido como nacionalista».

Derecho, legislación y reptilianos

La primera entrega de Viajando con Chester, la nueva aventura televisiva del siempre polémico Risto Mejide, quedó este domingo inaugurada con una no-entrevista a José Luis Rodríguez Zapatero. El propio presentador se encargó de fijar los términos del programa advirtiendo a su ilustre invitado de que no iba a realizarle una interviú al uso, sino que aquello iba a ser una conversación descarnada en la que Mejide le iba a poner en aprietos haciendo honor a su trayectoria por todos conocida. Sin embargo, el resultado fue una entrevista todavía más anodina de lo que suele ser habitual cuando el protagonista es un político de relumbrón, como sin duda todavía lo sigue siendo el gran ZP.

Mejide recibió a Zapatero con gafas de sol y un par de andanadas de inicio, pero fueron sólo fuegos de artificio para cumplir con su personaje porque, en el fondo, Risto es muy de ZP. En realidad esa es la prueba involuntaria del perfil iconoclasta de Mejide, pues a estas alturas ya nadie se identifica con Zapatero, ni siquiera dentro de su partido o lo que todavía queda de él.

La entrevista tuvo no obstante momentos de gran interés, porque la ventaja de llevar a un programa al expresidente socialista es que lo dejas hablar y él solo se encarga de dar espectáculo. Es asombroso escuchar a Zapatero valorar su mandato al frente del Gobierno de España y comprobar su incapacidad para atisbar siquiera las grandes catástrofes provocadas por su gestión directa en los casi ocho años que estuvo en el poder. No es que niegue su responsabilidad; es que todavía no ha entendido de qué se le acusa. La negociación con la banda terrorista ha sido un éxito absoluto, su gestión de la crisis económica la correcta y el separatismo catalán un problema creado por el Tribunal Constitucional, que decidió matizar su deseo de que se aprobara el proyecto remitido por el parlamento regional catalán sin cambiar una coma. En todos los casos Risto no podía estar más de acuerdo con él, como dejó claro con sus apostillas, lo que dice mucho de los dos.  

Mejide sólo se vino arriba y puso en algún aprieto a Zapatero cuando le reprochó su absoluto desconocimiento del idioma inglés, una cuestión que, comparada con las demás carencias del personaje, a estas alturas no pasa de ser una anécdota. Pero Zapatero no se dejó impresionar por el argumento y contraatacó con una nueva teoría, de las muchas que el expresidente ha brindado a la ciencia política durante su larga carrera, según la cual la meritocracia es contraria a la democracia porque, si pedimos un cierto nivel para ejercer la representación política, los hijos de los obreros no podrían llegar nunca a presidentes del Gobierno y, lo que es peor, él tampoco habría alcanzado tan alta magistratura. Que esto lo diga un dirigente socialista después de 30 años mangoneando la educación para evitar precisamente esos agravios de origen, esmalta perfectamente cuál es la opinión que los progresistas tienen sobre el resultado de sus operaciones de ingeniería social y la farsa sentimental de tan baja estofa a la que tienen que recurrir para ocultar su fracaso. La falta de preparación, la carencia de estudios y la ausencia de un bagaje profesional es, según ZP, un triunfo de la Democracia, y quien insinúe lo contrario, como el pobre Mejide, un reaccionario. Si un triunfito con acné hubiera aducido su incapacidad para el canto como una conquista democrática el Mejide de otros tiempos lo hubiera agredido físicamente, pero el tiempo pasa y uno se acomoda, sobre todo si está en una cadena de mucho progreso y tiene al fundador del nuevo progresismo patrio sentado junto a él en el sofá.

Zapatero quiso hacerse pasar por un estadista y no le salió. Mejide intentó convertirse en la versión malafollá de Jordi Évole y el resultado fue incluso peor. Además, al escritor y experto en comunicación se le escapó un solemne "de motu propio" (que el procesador de texto se empeña en sustituir por la expresión correcta), con lo que quedó claro que anoche Zapatero encontró, por fin, alguien a su altura. Como dúo es difícil que volvamos a verlos reunidos en la pantalla, ni siquiera para presentar las campanadas de Nochevieja en cualquiera de las cadenas de Berlusconi.

Zapatero encuentra por fin un entrevistador a su altura

Desafortunadamente, la semana informativa ha estado de nuevo teñida de violencia y sangre, ofreciendo imágenes de muertes de civiles, torturas, detenciones infundadas y todo tipo de atropellos por parte de los responsables en el poder. Una de las cuestiones que quienes no quieren ver, o quienes están a favor del gobierno oficial, ponen encima de la mesa a quienes clamamos por la sangre derramada es el tema del cumplimiento de las leyes.

Derecho y legislación no son lo mismo

Porque resulta que a Maduro lo eligieron los venezolanos, y no puede ser que hubiera fraude. Simplemente Jimmy Carter es infalible y de ver algo raro en esas votaciones no lo habría consentido. Porque resulta que hay unas leyes que deben ser respetadas o, de lo contrario, los demócratas deberíamos defender que se reforzara ese cumplimiento y se penalizara a los infractores. Y parece que las cosas están al revés. Desde el punto de vista de algunos, Maduro es el representante legítimo que debe cumplir y hacer cumplir las leyes. Y ese es el punto clave.

¿Siempre hay que cumplir las leyes?

Este es un tema que abordó Friedrich von Hayek, entre otros, distinguiendo entre derecho y legislación. Esa distinción es importante porque cuando se habla del "estado de derecho" hablamos del derecho, pero cuando nos referimos al cumplimiento de las leyes como normas de derecho positivo, en realidad hablamos de la legislación. La diferencia es que uno está fundamentado en principios sólidos y la otra en normas positivas contingentes, que dependen de quien las establece, que es quien las diseña. Así, no matar no es una norma que haya sido diseñada por un legislador, es una norma de derecho. Pero la prohibición de salir a la calle a partir de las seis de la tarde, pertenece a la legislación, es una norma positiva. Lo que los gobiernos de Ucrania y Venezuela están haciendo es aprovecharse de la confusión que reina en nuestros días a este respecto.

La defensa propia y la violencia civil

El escolástico y fundador de la Escuela de Salamanca, Juan de Mariana, consideraba que un individuo estaba legitimado para acabar con la vida del tirano si éste estaba atentando contra su pueblo. Un pueblo masacrado tiene derecho a defenderse, y si un ciudadano toma la decisión de asumir la defensa de todos, para el padre Mariana, ese acto de violencia es legítimo. Eso sí, el jesuita definió de manera precisa a qué llamaba tirano, de forma que no hubiera dudas a quién y cuándo.

Las cosas han cambiado y los tiranos se han amoldado a los nuevos modos de jugar a la política como el agua al vaso. Supuestamente se someten a las reglas del juego democrático, pero ocultan lo que hacen bajo cuerda para que los observadores internacionales sonrían y certifiquen. No sabemos cuánto de miedo había en el ciudadano que votó en un sentido o en otro. No sabemos la violencia civil en las calles de Caracas o de cualquier otra ciudad, debido al reparto de armas entre los hampones por Chávez y Maduro. No sabemos nada.

Lo que sí conocemos son los signos económicos de colapso, el desabastecimiento de productos básicos, la inseguridad ciudadana y la indignación de la ciudadanía que sale a las calles, no solamente en Venezuela sino en Ucrania también, donde las bajas se cuentan por cientos. Independientemente de la legitimidad de esa defensa propia de los ciudadanos y de la libertad de expresar su descontento, es necesario, para no repetir ambos casos, detenerse a pensar cuándo empezó todo. 

No empezó hace un par de semanas. Tampoco empezó cuando cada uno de los pueblos se acercó a votar, coaccionados o no. Todo empezó cuando alguien uso su sillón parlamentario para su propio beneficio y no hicimos nada. Empezó cuando aceptamos la terrible excusa de consentir el mal menor y justificamos una "pequeña" falta de nuestros gobernantes. Y empezó cuando los gobernantes pasaron a ser nuestros "responsables" políticos, cuando les cedimos demasiada responsabilidad.

Está claro que no hemos establecido mecanismos de contrapeso, monitorización y vigilancia de esos poderosos. Eso lo sabemos por la parsimonia y falta de pudor con que miran a cámara mientras roban, agreden y mienten. Pero, a esos tiranos hay que unir aquellos que miran a otro lado mientras se completa el abuso, esos gobiernos que dirigen su atención a otro lado, esos políticos que distraen a la opinión pública aludiendo a los oscuros intereses que hay tras los estudiantes venezolanos. La conspiración siempre vende muy bien. La existencia de una raza de reptilianos en la Tierra que solamente unos pocos pueden ver también. En un caso y en otro, alguien gana dinero a costa de la ingenuidad de la gente. Pero en el primero, los que se esconden tras esa idea son cómplices de muertes y abusos.

Me quedo con los reptilianos.

Maduro y los cubanos

¿Qué hará Nicolás Maduro? Heinz Dieterich, el marxista alemán que parió la loca utopía del socialismo del siglo XXI, suscrita por Hugo Chávez en algunos de sus delirios orales más agudos, le recomendó que creara un gobierno de salvación nacional que incluyera a Henrique Capriles. Lo dijo por CNN desde su refugio académico mexicano.

Tonterías. Maduro hará lo que le recomiende La Habana. Lo escribió con toda claridad la periodista Cecilia Valenzuela en El Comercio de Lima. Es un hombre de Cuba. No tiene otro apoyo que los cubanos. No es militar. No es político. No es intelectual. Habla con los pajaritos. Ve a Chávez en las paredes. Se le traba la lengua y multiplica los penes y los disparates. Es un desastre. Una mala imitación de Hugo Chávez. Pero tiene a los cubanos de su parte.

¿Qué le recomendará La Habana a su pupilo? Obviamente, lo que le ha permitido a la dictadura cubana sobrevivir durante 55 años: mano dura. Matar, golpear, encarcelar, intimidar. Someter a la sociedad mediante el terror hasta que se convierta en un coro afinado de súbditos que aplauden sus propias desventuras. Como sucede en Cuba o en Corea del Norte.

Cuanta más crueldad y fiereza, mejor para ellos. Los venezolanos saben que pueden reprimir impunemente. Se protegen bajo un manto retórico totalmente impermeable. Los enemigos son fascistas y nazis que quieren entregar el país al imperialismo. Leopoldo y María Corina son asesinos. Es la burguesía pagada y entrenada por Estados Unidos. Quieren quitar a los pobres el poco pan que se llevan a la boca.

Ellos defienden la democracia frente a los embates de las mafias. Lo dice el chavismo y lo repite sin pudor la izquierda procomunista en todas las latitudes. La revolución es así. Un chorro turbio de palabras pronunciadas para ocultar la sangre derramada.

Los demócratas, salvo unos pocos, en cambio, callan. También han sido intimidados. Contra tanta ignominia protestan los sospechosos habituales: Óscar Arias, Luis Alberto Lacalle, Mario Vargas Llosa. Los de siempre. Unas pocas docenas. Los que no temen ser acusados de ser agentes de la CIA. Insulza, como los tres monos de la fábula, se tapa la boca, los ojos y los oídos. La OEA es una vergüenza pública.

No me creo, sin embargo, la historia de los batallones de policías cubanos, las tropas de avispas negras trasladados a Venezuela para matar demócratas. ¿Para qué? Si algo sobra en Venezuela son asesinos locales. Los cubanos están en Venezuela para asesorar, para dirigir el control social, para espiar masivamente, no para el trabajo sucio y menudo de la calle. Ése lo hacen en la Isla.

Están allí para sostener un poder dócil que continúe alimentándolos. El negocio de ellos es mantener viva la vaca lechera de la que extraen todos los años trece mil millones de dólares en subsidios. Raúl Castro ya no cree en el colectivismo, pero sí cree en mantenerse en el poder a cualquier precio. Luchará hasta el último venezolano.

A mi juicio, esa noticia, la de los avispas, forma parte de las operaciones sicológicas encaminadas a aterrorizar a los venezolanos. Durante la Guerra de las Malvinas los ingleses lo hicieron astutamente. Difundieron el rumor de que en la expedición iban los gurkas nepalíes, unos crueles guerreros que desorejaban y sodomizaban a los prisioneros antes de degollarlos. García Márquez hasta llegó a escribir una nota sobre la crueldad infinita de estos diablos orientales contra los pobres argentinos. Tras el fin de la guerra se supo que nunca desembarcaron gurkas en el remoto archipiélago. La mentira era un arma psicológica.

¿Por qué el poder venezolano –Maduro, Cabello, los militares– está en las manos de los cubanos? Porque ellos, fragmentados en pequeñas tribus, también tienen miedo, y Cuba es la única autoridad externa que sujeta los pedazos. Es el extraño poder de los albaceas en medio de las familias rotas por las desavenencias.

Los chavistas venezolanos temen a los informes de inteligencia, a las escuchas telefónicas, a los tentáculos de la policía política cubana. A la DEA, porque algunos de los militares y políticos están metidos hasta las cejas en el narcotráfico. Antes se reunían para conspirar. Ahora no lo hacen por miedo a una delación.

Menos mal que también hay cubanos nobles. Me conmovió que Leopoldo López diera su discurso final a los pies de la estatua de José Martí. Ése era de los buenos. Los avispas le hubieran disparado a la cabeza.

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Por la libertad de los venezolanos

La escalada represiva desatada por el gobierno venezolano contra las protestas extendidas por el país para reclamar la dimisión del presidente Nicolás Maduro ha puesto de manifiesto de forma cruenta la degradación en la que se halla sumida Venezuela, después del experimento del “socialismo del siglo XXI”, iniciado por el difunto Hugo Chávez y su movimiento en las postrimerías del siglo pasado.

Hordas parapoliciales motorizadas al servicio del gobierno dispararon el pasado 12 de febrero contra los manifestantes reunidos a las puertas de la Fiscalía general en Caracas para entregar a su titular una petición de liberación de los detenidos en distintas protestas a lo largo del occidente del país. Según las cifras oficiales, el balance de los incidentes ascendió a tres muertos, sesenta heridos graves y sesenta y nueve detenidos. Además, otras fuentes citadas por El Universal de Caracas apuntan a 125 jóvenes detenidos e incomunicados en todo el país y dan cuenta del sufrimiento de torturas de aquéllos que se han puesto a disposición judicial. Entre los fallecidos se cuenta al estudiante opositor Bassil Dacosta –asesinado de un disparo en la cabeza- así como Juan Montoya, al parecer un miembro importante de los comités revolucionarios que apoyan al gobierno.

En contra de toda evidencia, los portavoces del régimen bolivariano se apresuraron a culpabilizar de estas muertes a los opositores, lanzando una orden de búsqueda y captura contra el líder de Voluntad Popular, Leocadio López, quien se ha entregado ya a la Guardia Nacional en un gesto valiente que le convierte en el símbolo de la resistencia a la dictadura. La televisión oficial no ofrece información sobre estos incidentes, y al mismo tiempo se ha cortado la señal del canal de televisión colombiano NTN24 que había apostado a sus corresponsales para informar in situ, bajo la insólita acusación de instigar la violencia. Asimismo, el régimen intenta bloquear la difusión de Twitter en Venezuela. No resulta tampoco casual que desde hace semanas los diarios de ese país anunciaran su cierre por la negativa del Estado a facilitarles las divisas para poder adquirir papel de prensa.

Mas allá de las últimas noticias, sin embargo, nos quedaríamos en la superficie si no recordáramos las enseñanzas de quienes auguraron hace dieciséis años lo que depararía la victoria de un teniente coronel golpista llamado Hugo Chávez en las elecciones presidenciales de diciembre de 1998. En efecto, ya en esas fechas Carlos Alberto Montaner –ganador del premio Juan de Mariana 2010– advertía del cúmulo de desgracias que aguardaba a los venezolanos debido a la elección de un caudillo que había proclamado su intención de acabar con la democracia que le permitía alcanzar el poder político, del mismo modo que Hitler y Mussolini hicieron en sus respectivos países a principios del siglo XX. La muerte del primer caudillo relativamente joven y la imposibilidad de predecir un calendario de acontecimientos no empecen en absoluto el acierto de su pronóstico general sobre las alternativas que se abrían ante ese abismo.

“En un país que se muere de estatismo, Chávez aumentará el perímetro del Estado. En una sociedad agredida durante décadas por absurdos controles económicos, Chávez multiplicará los cerrojos y limitará aún más las libertades políticas. En una nación en la que el Estado de Derecho es casi una ficción, este presidente carapintada sustituirá cualquier vestigio de constitucionalismo que quede en pie por su omnímoda voluntad”(…) A propósito de la estremecedora experiencia de un amigo venezolano, amenazado telefónicamente por difundir artículos donde se denunciaba el carácter totalitario del golpista, Montaner reflexiona sobre los mecanismos que permiten el triunfo del totalitarismo: “No es el triunfo de una ideología sobre otra, sino el avasallamiento total de un sector de la sociedad por otro que tiene el monopolio de la fuerza y lo utiliza sin ningún freno. El objetivo es sembrar el miedo y el instrumento para ello es la intimidación física más burda. Todo está previsto en un crescendo cruel: amenazas veladas, turbas organizadas, insultos, golpes, prisiones, torturas y -por último- la muerte”.

Su conocimiento de la historia y de las tragedias de los países latinoamericanos le permitió diagnosticar que no vencía un solo hombre, sino la superstición de que la riqueza está en los bolsillos de unos pocos, y que basta que un Caudillo se apodere de ella para repartirla entre las masas hambrientas. Ilusiones que habían sembrado Acción Democrática (miembro de la Internacional Socialista) y COPEI (demócrata cristiano), los partidos mayoritarios del anterior sistema que el movimiento de Chávez venía a sustituir.

Pues bien, ejecutado gran parte el programa revolucionario socialista para alcanzar progresivamente el poder total, utilizando los ingresos derivados del petróleo para financiar la compra de voluntades de sectores de la sociedad venezolana (y de otros turiferarios en el exterior) se confirman gran parte de las previsiones del escritor cubano, aunque, tal vez, el régimen ha llegado al fin de su recorrido por la profundización de los problemas creados. La imposición de rígidos controles de cambio y la fijación de precios por ley han provocado hiperinflación y el desabastecimiento de productos básicos. Los índices de criminalidad desbordan la imaginación más calenturienta. Cuando los comercios subían los precios de sus mercancías para adaptarlos a la depreciación del bolívar frente a las demás divisas, el régimen comenzó a perseguirlos acusándolos de “usura” y de “robo al pueblo”. Quienes no se atenían a los precios dictados por el gobierno sufrían la incautación de sus productos para distribuirlos “a precios justos” -y por poco tiempo- entre sectores de la población alentados a participar en el pillaje. El pasado mes de noviembre se confiscaron los artículos de una conocida cadena de electrodomésticos para satisfacer la voracidad de infelices a quienes previamente se había privado de un bien remotamente parecido al dinero. En un entorno de inseguridad jurídica tan absoluto, como vaticinaba Montaner en 1998, la huida de personas y capitales ha sido constante.

Como hemos visto, ya desde el ascenso al poder de Chávez y la estrepitosa caída de los partidos tradicionales se institucionalizó la intimidación y la coacción de los opositores, motejados de fascistas por los impulsores de un régimen que guarda tantas semejanzas con los totalitarismos de entreguerras. El régimen chavista ha tenido tiempo de sobra para reformar la constitución venezolana sometiendo a los que han permanecido en Venezuela a un estado de tensión permanente y haciendo irreversibles formalmente los golpes a toda noción de Estado de Derecho. Pocas veces se ha retransmitido en directo a un jefe de estado pisotear los derechos de los ciudadanos de una forma tan descarada como en aquellas tristemente célebres imágenes en las que el fantoche ordenaba la confiscación de empresas. Aquella máxima de los teóricos del derecho nazi que proclamaba que “nuestra constitución es la voluntad del Führer”alcanzaba plena vigencia, tal como, asimismo, nos había anticipado Montaner.

A pesar de todas las derrotas infringidas por el régimen -obviamente respaldado por una parte muy importante de la población- a quienes se resisten a emigrar y a someterese a una dictadura, el caos en el que se halla inmerso el país ha propiciado las protestas contra el actual presidente, que protagonizan los líderes de la oposición y multitud de estudiantes. El curso de los acontecimientos resulta díficilmente predecible, pues el caso de Venezuela presenta diferencias sustanciales con respecto a su modelo de la isla cárcel. No resulta menor el hecho de que, para desgracia de los cubanos, el régimen de los Castro, aparte de la resuelta determinación de unos revolucionarios sanguinarios y sin escrúpulos, se consolidó merced a la ayuda económica y militar que le prestó la Unión Soviética. En el momento en que ésta se derrumbó, la dictadura castrista ya había eliminado o forzado el exilio de millones de cubanos molestos. Dieciseis años después de su ascenso al poder de Hugo Chávez, la relación de fuerzas entre gobierno y oposición, a pesar de las coacciones, dista mucho de ser equiparable a la que se produjo en Cuba. La oposición mantiene como baluartes de contrapoder la alcaldía de Caracas, dirigida por Antonio Ledezma, y al gobernador del estado de Miranda, Henrique Capriles Radonski, candidato de la oposición que perdió las elecciones frente a Nicolás Maduro por tan solo 200.000 votos, según los recuentos oficiales.

Por último, si bien las potencias regionales con más capacidad de influir se han mostrado muy tibias hasta el momento, resultan llamativas las recomendaciones norteamericanas a Maduro de dialogar con la oposición y suelta de los detenidos, así como la advertencia de que el arresto de Leopoldo López podría causar consecuencias negativas con ramificaciones internacionales. La reacción del régimen ha consistido en la fulminante expulsión de tres funcionarios consulares, acusados de “conspirar en las universidades”. Si se hojean los diarios peruanos y colombianos, por ejemplo, además de una amplia información sobre los acontecimientos, se palpa una corriente de simpatía hacia los manifestantes contra Maduro.

La salida ideal ante tanto desastre no está escrita. Probablemente, la resistencia interior desplegada por los partidos de la oposición, los cuales parecen tener ideas claras al respecto pese a sus disensiones, combinada con las presiones de los países democráticos latinoamericanos sobre el régimen chavista en el seno de la Organización de Estados Americanos (OEA) al amparo de la Carta democrática Interamericana -suscrita también por Venezuela el 11 de septiembre de 2001-, puedan reconducir el dilema ante el que se enfrentan los venezolanos que anhelan la libertad: Tanto la guerra civil como el sometimiento a la dictadura no son opciones plausibles.

Estatalizando seríamos ricos

Hace unos días, el actor Carlos Bardem publicó un tuit que, por su sencillez, hizo las delicias de muchos socialistas patrios: "Imaginad si los beneficios de Telefónica, eléctricas, gas, etc. en vez de ir a accionistas privados fueran al Estado: seriamos ricos". La lógica es sencilla: Telefónica, Endesa, Iberdrola, Gas Natural o Repsol obtienen en la actualidad gigantescos beneficios anuales, de modo que, si no se hubieran privatizado en su momento, hoy los españoles seríamos todos multimillonarios. Desde luego suena bien. Maravillosamente bien, vaya. ¿No convendría acaso dar marcha atrás en las privatizaciones y regresar a ese Edén que nos fue arrebatado por el neoliberalismo salvaje? Bueno, echemos unas cuentas.

¿De verdad seríamos ricos?

Voy a limitarme al estudio de las cinco compañías antes mentadas para el año 2012 (dado que no tenemos todavía todos los resultados de 2013). Aunque no son, evidentemente, la totalidad de las empresas privatizadas hasta la fecha, sí son las más rentables y representativas. Pues bien, ¿cuáles fueron los beneficios totales de Telefónica, Endesa, Iberdrola, Gas Natural y Repsol en 2012? Telefónica ganó 3.928 millones de euros; Endesa, 2.034 millones; Iberdrola, 2.840 millones; Gas Natural, 1.441 millones; y Repsol, 2.060 millones: en total, 12.303 millones de euros.

Si añadiéramos los beneficios de otras antiguas ‘joyas de la corona’ como Altadis (por Tabacalera), BBVA (por Argentaria) e IAG (por Iberia), nos iríamos en torno a los 14.000 millones de resultado consolidado en 2012, pero dado que se trata de compañías fusionadas con otras donde es imposible aislar qué porción de las ganancias actuales se corresponde con los activos de las anteriores empresas estatales (y dado que la diferencia entre 12.303 millones y 14.000 no es muy abultada), vamos a omitirlas.

Así pues, 12.303 millones de euros que las arcas españolas podrían haberse embolsado de no haberse privatizado Telefónica, Endesa, Iberdrola, Gas Natural y Repsol. No está mal, pero pongamos la cifra en perspectiva: si esos 12.303 millones de euros en beneficios se repartieran entre los 46.163.000 ciudadanos españoles… tocaríamos a 266,5 euros por español. Hombre, es un buen pico, mas no creo que Carlos Bardem se atreva a calificar de ‘rica’ a una persona que perciba una renta adicional de 22,2 euros mensuales. Dicho de otro modo, yo —y quiero pensar que Bardem tampoco— no tildaría de multimillonario a un jubilado que cobre la pensión mínima de 633 euros, pese a que 633 euros son casi 30 veces más de lo que le tocaría de socializar los beneficios de las cinco anteriores empresas.

Acaso, sin embargo, el actor se estuviera refiriendo a que esos más de 12.000 millones de euros no deberían repartirse entre la población, sino que debería ser Montoro quien los gestionara directamente para prestar mejores servicios públicos a la población. En tal caso, también tengo malas noticias: los 12.303 millones de euros en beneficios de estas cinco grandes compañías apenas representan el 3,2% de los ingresos fiscales que manejó el Estado español en 2012. ¡El 3,2%! Si esos 12.303 millones de beneficios les parecen muchísimo dinero, imagínense cuánto más nos está arrebatando a todos los ciudadanos la voraz maquinaria del Estado, ésa que día tras día se queja de carestía de insuficientes ingresos.

Pero no nos desviemos del tema. Sucede que ni siquiera la cifra de 12.303 millones de euros resulta demasiado realista. A la postre, la mayor parte del negocio de estas empresas españolas se ubica fuera de España, y supongo que Bardem no pretenderá que estas compañías sean públicas y, al mismo tiempo, se lucren invirtiendo fuera de España: dentro del imaginario socialista de las nacionalizaciones, parece lógico que de la telefonía argentina se ocupe una empresa estatal de Argentina, de la electricidad boliviana, una empresa estatal de Bolivia y del gas brasileño, una empresa estatal de Brasil. ¿Qué sucedería, pues, con los beneficios de estas cinco multinacionales españolas si elimináramos las ganancias que obtienen allende nuestras fronteras? Aunque la mayoría de ellas no ofrece resultados netos específicos para España, sí podemos aproximarlos a partir de su volumen de actividad en nuestro país: serían unos 5.500 millones de euros en 2012.

Por consiguiente, la brutal riqueza que obtendríamos los españoles en caso de que estas cinco compañías siguieran siendo públicas sería de… 10 euros al mes por español. Y eso suponiendo que, por un lado, la gestión pública de estas empresas arrojara los mismos beneficios que la gestión privada; y, por otro lado, suponiendo también que el Estado optara por repartir el 100% de sus ganancias anuales, cosa poco habitual y recomendable, ya que parte de esos beneficios deben reinvertirse en ampliar la calidad del propio servicio o la red de abastecimiento. Por ejemplo, el porcentaje de dividendos que suelen repartir las compañías anteriores oscila entre el 50% y el 60% del total de beneficios, de manera que, al final, apenas tocaríamos a 6 euros al mes por español. Opulentos pequeñoburgueses, cáspita.

¿Y por qué deberían ser estatales?

Pese a las poco favorables cifras, tal vez pueda dársele una interpretación más generosa al tuit de Bardem. La cuestión de fondo a plantearse debería ser la siguiente: si todos estos antiguos monopolios eran propiedad del conjunto de los españoles, ¿por qué hubo que regalarlos a inversores privados? Bueno, de entrada el verbo regalar no es el más acertado: del conjunto de privatizaciones acometidas durante los gobiernos de PSOE y PP se obtuvieron unos 30.000 millones de euros de la época, que equivaldrían a unos 50.000 millones de euros actuales. Una donación desinteresada desde luego no fue: el Estado llenó sus arcas durante esos años. Que luego el Gobierno dilapidara todo ese dineral en lugar de seguir rentabilizándolo hasta el día de hoy ya es otra cantar (cantar que debería hacernos llevarnos a pensar por qué, en cambio, el Estado no dilapidaría hoy los beneficios de esas empresas públicas). Mas la cuestión de fondo sigue en pie: ¿por qué empresas privadas en lugar de estatales?

Al respecto, planteémonos simplemente dos cuestiones. Primera: ¿qué es preferible: que los propietarios de una empresa puedan vender su participación en la misma o que no puedan hacerlo? Yo diría que, claramente, es mejor que puedan hacerlo: si yo tengo un piso o un paquete de acciones y no puedo venderlos en cuanto tenga necesidad o crea que se hallan a buen precio, estaré en desventaja frente a un escenario en que sí pueda hacerlo. Segundo: ¿qué es preferible: que una compañía ostente un monopolio sectorial o que otras empresas puedan competir contra ella? De nuevo, diría que claramente el segundo escenario es superior, a saber, es preferible un sector en el que pueda entrar cualquier empresario con una buena idea para ofrecer un mejor o más barato servicio a los consumidores.

Por consiguiente, hemos llegado a la conclusión de que un sector con libertad de entrada y libre transmisibilidad de la propiedad sobre las empresas es mejor que un sector monopolístico y donde los accionistas están atrapados en su título de propiedad. El segundo tipo de organización sectorial —monopolio e imposibilidad de transferir la propiedad— es el típico de los monopolios estatales que parece defender Bardem: todos somos copropietarios de las empresas públicas pero nadie puede vender a un tercero su derecho de copropiedad. El primer tipo de organización —libre competencia y libre transmisibilidad de la propiedad— es el propio de los mercados libres a la que se opone Bardem y que los liberales defendemos.

Fijémonos que al segundo tipo organización —a los mercados libres— podemos llegar aun partiendo de empresas estatales. Gran parte de las privatizaciones en las antiguas repúblicas socialistas del este de Europa se efectuaron reconociéndoles a los ciudadanos derechos de propiedad sobre las compañías estatales y autorizándoles a vender esos derechos de propiedad. Por supuesto, toda privatización debe ir acompañada de su correspondiente liberalización (es decir, el Estado no debe privilegiar a ninguna empresa privada), que es lo que no ha sucedido en España. Pero, al margen de que nuestro país sea un ejemplo de liberticida corporativismo y no de libre mercado, sí ha de quedar claro que quien se opone por principio a los mercados libres no es que esté a favor de que todo sea de todos: es que está a favor de prohibir o que cualquier ciudadano pueda competir con las compañías ya asentadas ofreciendo un mejor servicio a los clientes, o de que los ciudadanos, en su calidad de copropietarios, puedan desprenderse de estos títulos de copropiedad. Represión por un lado o represión por el otro.

Al final, pues, con la ocurrencia de Bardem ni seríamos ricos ni seríamos libres. No es de extrañar: las sociedades y los mercados abiertos son el camino más seguro hacia la prosperidad y la libertad colectiva; el socialismo, en cambio, es el agujero negro hacia la pobreza y la explotación.

Venezuela y la sangrienta octava estrella

Lo que ocurre los últimos días en Venezuela tiene un sentido mucho más profundo que el de unas meras manifestaciones convocadas por la oposición frente a un Gobierno. Lo que estamos viendo es a miles de ciudadanos que salen a la calle en un intento de frenar el proceso de castro-cubanización absoluta de un país al que Hugo Chávez dotó de una ideología socialista de Estado al convertirlo en “República Bolivariana”.

El objetivo último de Chávez, y ahora de Maduro, es convertir a Venezuela en la nueva Cuba castrista. Puede resultar absurdo querer emular un modelo fracasado, pero en este caso tiene su lógica. Desde el punto de vista del socialismo del Siglo XXI, el comunismo cubano dista de ser un fracaso. Para los sistemas socialistas el éxito o el fracaso no se mide en términos de bienestar real de la población. Un sistema de este tipo no es más o menos exitoso en función de que los ciudadanos estén bien alimentados, dispongan de papel higiénico o puedan permitirse disfrutar de las vacaciones en un lugar agradable. Ni tan siquiera, propaganda a un lado, por la calidad de la sanidad y la educación. Si se tiene en cuenta todo eso, el régimen de Fidel y Raúl Castro es un absoluto desastre.

Un sistema socialista es exitoso cuando la inmensa mayoría de los ciudadanos tiene unas condiciones de vida similares, aunque estas sean míseras, y no pueden oír voces contrarias a quienes detentan el poder. Y, en todo eso, el castrismo ha sido un gran éxito. Casi toda la población cubana vive en una igualitaria pobreza extrema y, aunque hay decenas o cientos de valientes opositores, la actitud más frecuente en la isla es callar ante el Partido Comunista, sus fuerzas represivas y la ommipresente propaganda gubernamental. ¿Cuántos se creen esta última? Realmente es difícil de saber.

Décadas de aislamiento y ausencia de información y opinión libres pueden mantener engañados a miles o millones de personas, pero la hipocresía necesaria para poder sobrevivir en un régimen totalitario (decir lo que uno piensa de verdad puede llegar a costar la cárcel o algo peor) impide que se sepa el grado real de aceptación o rechazo del sistema socialista. En cualquier caso, el castrismo en este aspecto ha triunfado con creces. No puede decir lo mismo el chavismo.

En Venezuela quedan restos de periodismo no oficial, aunque se hayan cerrado bastantes medios de comunicación privados, se hayan sometido al poder político a otros, y unos cuantos más sean reprimidos con creciente dureza. Existe un internet todavía aceptablemente libre (aunque en esto también se está retrocediendo bajo el régimen chavista). Por estos y otros factores, quedan miles de venezolanos que todavía no han sucumbido a la sumisión por convicción o a la práctica del fingimiento al régimen socialista para sobrevivir. Son los que han salido a calle y están siendo reprimidos con dureza por las fuerzas de seguridad y los grupos armados castro-chavistas.

Lo que no se ha conseguido con la propaganda, el chavismo lo está intendo imponer con la fuerza bruta. Maduro ha advertido con dar un “carácter armado” –como si no lo hubiera tenido hasta ahora– a la “revolución” si hay un intento de golpe de Estado. Según demuestra la experiencia comunista, los regímenes socialistas consideran como golpe de Estado toda protesta de los ciudadanos contra ellos, con lo que es de esperar que la represión vaya a crecer.

En las calles de Venezuela se muestran estos días dos variantes de la bandera del país. Muchos opositores lucen la tradicional, con siete estrellas. El chavismo muestra la oficial, con una estrella más, añadida por Chávez en 1999.

Esa octava octava estrella es necesariamente sangrienta, pues sangriento es el socialismo. El chavismo ya ha segado la vida de personas que reclamaban libertad, y el riesgo de que la represión vaya a más es muy real. No parece que Maduro vaya a poner freno por voluntad propia ni por presiones internas. Por eso es tan importante que desde el resto del mundo los medios de comunicación informen de lo que ocurre, y que los ciudadanos estén atentos y denuncien en la medida de sus posibilidades por cualquier vía.

También resultaría muy valioso que los Gobiernos democráticos denunciaran la represión y amenazaran a Maduro y sus aliados con convertirles en apestados en la arena internacional. Pero, nos tememos, eso es mucho pedir. Al menos con Ejecutivos como el de Mariano Rajoy y otros gobernantes europeos.

El marketing y la política, gana Venezuela

Desde hace cuatro días los estudiantes venezolanos se han tirado a la calle a protestar por la situación económica, la falta de libertades y la nefasta gestión del presidente Maduro. Seguir los acontecimientos en las redes sociales, que se anticipan a los medios tradicionales, me ha permitido reflexionar acerca del tema desde muchos puntos de vista. Por ejemplo desde el marketing.

La peligrosísima libertad

Y fue en una red social en la que conocí a Gaby Castellanos, residente en España, venezolana de sangre y corazón y una de las mujeres más premiadas en el mundo del marketing, la publicidad y la comunicación. Para los chavistas, tal y como dejaron bien claro en el medio La Iguana TV, Gaby es un bicho peligroso al servicio del mal. En un artículo publicado el 16 de febrero titulado “Desde Miami y Madrid: Conozca a quienes manejan la guerra mediática en Venezuela” se señala, entre otras personas, a Gaby Castellanos como una mentirosa al servicio de los opositores políticos, una periodista con poca ética, que incita a la violencia desde las redes sociales. Es cierto que Gaby afirmaba, ya en el 2011, que en Venezuela no hay libertad de expresión. Pero eso es un hecho que quienes viven el día a día, sin privilegios, en Caracas, por ejemplo, lo saben bien. Nicolás Maduro ha comprado el silencio de los medios amenazando con retirar las licencias televisivas si no guardaban el debido silencio respecto a sus errores. Así comenzó el presente bloqueo informativo que ha llegado hasta la censura en las redes tratando de evitar que se subieran imágenes a Twitter, etc.

Los defensores de la libertad, entre los cuales conozco alguno que me honra con su amistad, son “apercibidos”, por decirlo de alguna manera, en forma de arrestos, aparentemente sin relación con un acto o declaración política, pero que les deja claro que es mejor ser prudente y elegir dónde se habla y con quién.

Que una persona ajena a la política, con innumerables reconocimientos por su labor en el mundo de la publicidad y el marketing, no solamente en su país sino a nivel internacional, afirme que no hay libertad de expresión en Venezuela, representa una diana en la línea de flotación del mandato de Maduro. En sus tweets denuncia: “No hay papel de baño. No hay leche, ni para los bebés ni de ninguna clase. Si te asaltan y te pegan un balazo no hay con qué curarte en los hospitales, no hay algodón ni bisturí. No puedes salir a la calle con el teléfono en la mano, te matan, ni ir en el coche con la ventanilla bajada, te matan. No hay que tener dinero para que te secuestren, te secuestran a cambio de tarjetas para recargar el teléfono, pero aprovechan y te violan, la vida no vale nada, cero. Y eso es así para cualquier clase social. El gobierno armó a la gente macarra y sacó gente de la cárcel”. No obstante, ofrece una solución, las redes sociales como Twitter, que permiten zafarse de los grilletes estatales: “Recordad que cada uno de vosotros es un medio de comunicación, vuestro celular/móvil, ojos, voz, no lo olvidéis”.

El marketing político venezolano

Pero, además de las llamadas de alerta los mensajes informativos, o de apoyo, o la replicación de mensajes de otros venezolanos desde la calle, Gaby ha propuesto un análisis de marketing político que me ha hecho reflexionar. En su opinión todo es un proceso de cambio comunicacional, social y político en el mundo. De repente, Venezuela, los venezolanos, cayeron en la cuenta de que son el consumidor y reclamaron su soberanía. La marca Maduro, en muy poco tiempo, ha traído pobreza, hambre, falta de libertad, y el pueblo, que creía que estaba al servicio de la marca, al servicio de los Chávez, los Maduro, los Castro o cualquiera que pretenda que el pueblo trabaje para ellos, para su mayor gloria y riqueza, ha descubierto que puede exigir. ¿Qué? Pues al menos que le devuelvan su libertad de expresión, de buscarse la vida honestamente y de vivir en paz.

Para Gaby, el que todo haya estallado ahora tiene que ver con la carencia de liderazgo comunicacional y carisma de Maduro frente a Chávez en términos de marketing y comunicación. Y, le pese a quien le pese, es cierto. Chávez, haciendo las mismas barbaridades, tenía otra entidad, otro carisma y, o era admirado o temido. Pero Maduro no tiene ni eso. Así que un día los estudiantes dijeron “¡Basta!” y los demás venezolanos decidieron apoyarles. Lo que podía haber quedado en una algarada sirvió de palanca para que germine una oportunidad para Venezuela. Otra cosa es qué resulte de todo esto.

Y llevando el análisis de la experta a nuestro país y, por qué no, a los demás países occidentales, me pregunto si el deterioro en términos de marca, comunicación y persuasión, de nuestros políticos, va a ser también aquí, el detonante de un cambio, esperemos que a mejor, de aquellos en cuyas manos, de manera irresponsable desde mi punto de vista, hemos puesto nuestro futuro.