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Etiqueta: Libertades propiedad y estado de derecho

El dóberman y la Casa Blanca

Barack Obama quiere modificar la política de Estados Unidos hacia Cuba. No es una prioridad, así que no le dedicará demasiado esfuerzo, pero algo intentará hacer si no encuentra demasiada resistencia en el camino.

¿Qué se propone? Tal vez inaugurar un periodo de benigna negligencia. Ignorar lo que sucede en Cuba, incluidas las quejas de las víctimas, y cancelar toda muestra de hostilidad anticastrista. Al fin y al cabo, Obama ni siquiera había nacido cuando comenzó este disparate.

¿Persistirá Obama en el empeño? Probablemente descubrirá que no vale la pena. Los atropellos ocurren muy cerca de Estados Unidos para poder mirar en otra dirección. Antes lo intentaron Gerald Ford, Jimmy Carter y Bill Clinton, pero sin éxito. La conducta de la dictadura siempre acaba por impedirlo. La Habana no puede evitarlo. Es como los dóberman. Morder está en su naturaleza.

Ahora mismo, hay una feroz ola represiva que puede verse en YouTube gracias a los teléfonos celulares y a las denuncias de personas como Yoani Sánchez. Golpean salvajemente a los demócratas de la oposición que protestan, sean hombres, mujeres o niños. El legendario Jorge Luis García (Antúnez) ha recibido su enésima paliza y ha comenzado su enésima huelga de hambre. Al músico Gorki, que es valiente como las Pussy Riots, sin una Madonna que lo defienda, han vuelto a encarcelarlo por sus canciones irreverentes.

¿Cuáles son las medidas de gobierno que Obama quiere eliminar o modificar?

La política norteamericana hacia Cuba tiene tres pilares desde hace medio siglo: propaganda anticastrista, restricciones económicas (el embargo) y aislamiento diplomático. A partir de Lyndon B. Johnson la intención ya no era matar al dóberman, sino sujetarlo y ponerle un bozal.

Pero la URSS desapareció y el comunismo se desacreditó como forma de gobierno, aunque Cuba, Corea del Norte y otros enclaves indiferentes a la realidad se mantuvieron tercamente aferrados al error y al poder gracias a la autoridad ilimitada que ejercían sus caudillos.

En Cuba siguen las mismas caras, los mismos policías y los mismos calabozos. Sin embargo, la contención ante la Isla fue perdiendo fuelle poco a poco. Desde la perspectiva de Washington, el régimen de La Habana era un borroso anacronismo. Una reliquia absurda de la Guerra Fría que se iría desmoronando en la medida en que pasara el tiempo.

Desde la perspectiva cubana, la visión era otra. Para Raúl, la reliquia no era su régimen arcaico, sino la política norteamericana que lo adversaba. Quienes tenían que cambiar eran los norteamericanos, no ellos. Sólo que, para lograr modificar la conducta de Washington, era indispensable aparentar que el régimen se transformaba.

¿Cómo lo hicieron? Montaron una ofensiva en el mundillo académico y periodístico auxiliados por sus amigos de The Nation. Con la punta de lanza de Mariela Castro (la risueña hija sexóloga del dictador) y una hábil campaña a favor de los derechos de la comunidad LGBT (pese a la larga y cruel historia homofóbica de los Castro y su régimen), lograron forjar una alianza entre intereses económicos de la derecha, el sector más radical del partido demócrata y algunos thinktanks y departamentos universitarios de estudios latinoamericanos de esa cuerda. Todo fue secretamente orquestado por el aparato de inteligencia cubano y su departamento de medidas activas. Son grandes e incansables operadores políticos.

Simultáneamente, Raúl Castro anunció a bombo y platillo una serie de reformas que daban la falsa sensación de que la Isla se movía en dirección de la libertad. No era cierto. Raúl no quiere cambiar nada fundamental. Sólo trata de modificar el modo de producción para hacerlo menos irracional. Su propósito es mantener el mismo sistema de opresión. Es el mismo dóberman con distinto collar.

Más grave aún, mientras Raúl ensaya su expresión más inocente de reformista, sin dejar de apalear y encarcelar a la oposición, vende y exporta su modelo represivo a países como Venezuela, Bolivia y (en menor grado) Ecuador. La tutoría dictatorial para mantenerse en el poder indefinidamente es la única mercancía que le queda en sus tristes anaqueles al socialismo real cubano.

¿Logrará esta vez la dictadura cubana desarmar a Washington sin hacer concesiones? No lo creo.

Los tres senadores cubanoamericanos (el demócrata Bob Menéndez y los republicanos Marco Rubio y Ted Cruz) están de acuerdo en mantener las sanciones mientras la dictadura no respete los derechos humanos. Los cuatro congresistas de esa etnia coinciden (los republicanos Ileana Ros-Lehtinen y Mario Díaz Balart y los demócratas Joe García y Albio Sires).

Es difícil saltarse a un caucus bipartidista dotado de ese peso específico. Obama tirará la toalla.

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Bitcoin: una saludable amenaza para los Estados

Rusia acaba de prohibir Bitcoin, China lo hizo hace unos meses y los gobiernos occidentales se lo están planteando seriamente. Todos apelan a la necesidad de combatir el contrabando, pero ninguno dice la verdad. A la postre, extraña tanta unanimidad en este asunto cuando todos estos países ni siquiera se ponen de acuerdo a la hora de definir, y respetar, un mínimo de derechos humanos.

Sucede que no son los derechos de sus súbditos los que Bitcoin pone en jaque, sino su propia autoridad. No en vano, uno de los monopolios esenciales para todo gobierno con pretensiones absolutistas es el de la moneda: controlando la moneda pueden controlar el gasto agregado y controlando el gasto agregado pueden controlar la estructura de producción, a saber, qué bienes y servicios se producen o se dejan de producir.

Ha tenido que ser un ex empleado de la Reserva Federal, Mark Williams, quien haya tenido que reconocer finalmente la verdad (o parte de ella) en el Financial Times: "Los gobiernos deberían ser cautos a la hora de permitir la existencia de divisas virtuales mientras no sean capaces de garantizar que los bancos centrales serán capaces de conservar su poder". El contrabando, acarreando ciertos riesgos, es un problema muy secundario para Williams. Por supuesto, el articulista tampoco se sincera hasta el extremo de ligar su apasionada defensa del monopolio de la banca central con la necesidad de que los Estados mantengan sus autocráticos poderes: la suya es una argumentación más pretendidamente tecnocrática; una donde la legitimidad de las relaciones de poder es irrelevante y donde solo entran en consideración cuestiones eminentemente técnicas.

Así, según este exempleado de la Fed, Bitcoin es peligrosa porque "demuestra que podemos organizarnos sin un dinero emitido por el Estado", cuando semejante pretensión no pasa de ilusoria en la medida en que los gobiernos —y en concreto sus brazos armados, los bancos centrales– deben ocuparse de manejar la oferta monetaria y los tipos de interés para garantizar cierta calma macroeconómica en forma de estabilidad de precios, pleno empleo y crecimiento. En este sentido, la política monetaria óptima de una economía requiere de una amplia plantilla de trabajadores dentro de cada banco central que se dediquen específicamente a la complejísima labor de modelizar, comprender y responder al fluctuante comportamiento y las expectativas de los agentes económicos. En opinión de Williams, todo este proceso de análisis previo no es automatizable mediante el algoritmo contenido en ninguna divisa virtual existente o que pueda llegar a existir. Es verdad que, según él mismo reconoce, los bancos centrales fueron incapaces de prevenir la crisis que estalló en 2008, pero a su juicio ahora estaríamos sumergidos en una devastadora depresión de no ser por su decidida actuación desde entonces. En suma, que la adopción de Bitcoin nos llevaría al caos.

El análisis de Williams podrá parecer convincente a fuer de desideologizado, pero lo cierto es que incurre en una serie de errores básicos. El fundamental —del que emanan los demás— es el de confundir dinero y deuda: aunque a día de hoy se suele considerar que los euros o los dólares son el “dinero base” de una economía —y que ese dinero base es creado por el banco central en régimen de monopolio—, lo cierto es que los euros o los dólares son pasivos del banco central. Por dinero en sentido estricto sólo deberíamos entender aquel activo monetario que no es pasivo de nadie más: el oro en su momento y acaso Bitcoin en el futuro. En este sentido, pues, el banco central no ocupa el negocio de la producción y gestión del dinero, sino de la gestión de una parte de la deuda mediante la que coordina una sociedad.

El matiz es importante porque justamente ataca el núcleo de la crítica de Williams: que la estabilidad macroeconómica requiere de una “gestión científica” de la cantidad de dinero. No es así: mientras la cantidad de dinero no sufra de bruscas fluctuaciones, la estabilidad macroeconómica puede lograrse mediante una correcta administración cuantitativa y cualitativa de la oferta de crédito. De hecho, ni la mejor gestión posible de los bancos centrales hubiese podido batir los resultados que se obtuvieron con el patrón oro. Pero, y he ahí el principal error intelectual de los bancos centrales, esa administración del crédito ni puede ni debe ser una administración centralizada, ya que cualquier agente económico disfruta de la capacidad de otorgar crédito a sus pares (siempre que diferimos el momento del pago, estamos otorgando crédito). Al contrario, la administración por necesidad será descentralizada y, por tanto, lo que resulta necesario es que esa administración descentralizada esté sometida a sanos incentivos y contrapesos que eviten una gestión abusiva del crédito.

El principal de esos sanos incentivos y contrapesos es que los acreedores puedan controlar a los deudores: si se instituye un sistema monetario donde se anula la capacidad de fiscalización de los acreedores, por necesidad los deudores tenderán a multiplicarse hasta extremos marcadamente imprudentes e insostenibles. Y, justamente, el mayor mecanismo con el que cuentan los acreedores para controlar a los deudores es poderles denegar el crédito (ya sea exigiendo el pago de las deudas vencidas o no extendiendo nuevo crédito), para lo cual ha de existir alguna forma de “dinero base” que no esté basada en la deuda. Como decíamos, el oro o Bitcoin pueden aspirar a desempeñar ese papel, pues son activos que no son, simultáneamente, el pasivo de nadie más. Pero el euro o el dólar no, porque son deuda del banco central que éste puede crear sin otro límite que el repudio por parte de sus tenedores (tampoco serviría, por cierto, una moneda estatal que no fuera deuda, pero cuya cantidad la decidiera discrecionalmente el Estado en cualquier momento): si el banco central goza de la potestad de refinanciar ilimitadamente a los deudores, es obvio que el poder de los acreedores termina siendo aniquilado y que no hay ninguna manera, salvo la torpe regulación estatal, de restringir el crecimiento explosivo de la deuda.

Por eso las críticas de Williams son falaces: porque el problema no es que la Fed no fuera capaz de evitar la crisis de 2008, sino que fue su autora o, al menos, una de sus principales cooperadoras necesarias. Sin la Fed (y otros bancos centrales), la acumulación de deuda jamás habría alcanzado los niveles que alcanzó y, por tanto, el riesgo de colapso deflacionista —en cuya resolución Williams basa gran parte de su defensa del monopolio de la banca central— ni siquiera hubiera existido. Es verdad que incluso con libertad monetaria y bancaria puede haber pánicos bancarios —incluso pánicos bancarios importantes—, pero son pánicos perfectamente solventables por la propia industria bancaria.

En suma, un triunfo de Bitcoin (o un restablecimiento del patrón oro) no eliminaría la necesidad de una correcta gestión del crédito (que es, en el fondo, en lo que Williams está pensando): únicamente permitiría descentralizarla mucho más y, sobre todo, someterla a los contrapesos necesarios para que pueda tratarse de una gestión verdaderamente racional. Irónicamente, la defensa que hace el exempleado de la Fed de su empleador es el motivo principal por el que habría que cerrarlo: porque la Fed —en tanto deudora de primera instancia— no está sometida al control disperso de sus acreedores (en tanto no pueden forzar el pago de esos pasivos al no ser convertibles en dinero), de modo que no sólo tiene capacidad para seguir cebando extraordinariamente la oferta de crédito (a costa de sus acreedores), sino que incluso carece de bases contables para conocer cuándo está concediendo demasiado crédito y cuándo demasiado poco. Sin someter la deuda al dinero, la política del banco central no es ciencia, sino nigromancia: una nigromancia dirigida a apuntalar el poder del Estado.

Uno de cada tres

El Frente Nacional es el partido preferido de los franceses. O, por ser más precisos, es el que concita más apoyos, frente a los demás. Según una última encuesta, conducida por TNS Sofres, el 34 por ciento de los franceses, uno de cada tres, señala al partido de Marine Le Pen como su opción favorita. O, por utilizar el titular del diario Le Monde: el 34 por ciento de los franceses “se adhieren a las ideas del Frente Nacional”. Pues en realidad eso es lo que dice la encuesta.

Se ha realizado con 1.021 encuestas personales, con una metodología de cuotas. Si ese es el resultado, con preguntas cara a cara, y teniendo en cuenta que es un partido demonizado por la prensa, no son malos resultados para Le Pen. Aunque la “demonización”, dice Le Monde, beneficia al Frente Nacional. Lo dice también el vespertino. Eso es muy interesante. La prensa ha perdido eficacia. Ha perdido credibilidad. Una porción creciente de los votantes cree que los mensajes que se señalan desde los medios como verdaderos e importantes, son falsos.

De ahí las respuestas: ¿Se siente en Francia como en casa? La “correcta” es “sí”, pero muchos responden “no”. ¿Se identifica con los valores tradicionales? Un país que se identificado con una revolución, la revolución, que fue una hoguera de las tradiciones; de un catolicismo que pactaba con los turcos contra otros católicos, responde“sí”. ¿Cree que hay que controlar la inmigración? Respuesta con características suizas. Si vienen, que sea a trabajar y aportar. Y así todo.

A mí no me miren, que yo disolvería el Estado como un azucarillo, entiendo que la libertad de migrar es la de comprar un billete de tren o de avión, y me siento cómodo en una vecindad cosmopolita, si la diferencia de origen no implica diferencias en el cumplimiento de las leyes. No se trata de mi, sino de un francés de cada tres.

¿Cómo es posible? Lo es, porque hay una pulsión natural en todos nosotros, que es la de formar parte de una comunidad, identificable y amable. Lo es, porque aunque la democracia es muy poco democrática, todavía premia señalar la realidad con el dedo, aunque esa realidad no encaje en según qué bosquejos ideológicos. Quienes se quejan del auge de la llamada ultra derecha no deberían haberle dado el privilegio de decir lo que la gente ve y la intelligentsia no se atreve a pronunciar. 

Los partidos se alternan, los sistemas se reemplazan

En Costa Rica la segunda vuelta será entre dos variantes de la socialdemocracia. El profesor y diplomático Luis Guillermo Solís, a la cabeza del Partido de Acción Ciudadana (PAC), se enfrentará al ingeniero Johnny Araya, exalcalde de San José, líder del Partido de Liberación Nacional (Liberación). El PAC es un desprendimiento de Liberación.

Solís parece ser un keynesiano –más Estado para solucionar los problemas del país–, mientras se supone que Araya sostiene una fórmula cercana al mercado. Cualquiera de los dos que gane respetará la ley. Lo que está en juego es la administración del Gobierno y no el modelo político o el sistema económico. En eso fue contundente la sociedad costarricense. Más del 80% rechazó decididamente al Frente Amplio, expresión local de la ruptura marxista con la democracia liberal.

En El Salvador, en cambio, ocurrió algo muy diferente. Se disputarán el poder el maestro Salvador Sánchez Cerén, comunista y excomandante de la guerrilla, quien casi obtuvo el 50% de los votos representando al FMLN, y el dentista Norman Quijano, anticomunista y candidato de la Alianza Republicana Nacionalista (Arena). Los dos partidos fueron gestados durante la sangrienta etapa de la Guerra Fría. 

Pero hay algunas diferencias. Sánchez Cerén fue una figura destacada en el conflicto (lo acusan de ser el responsable directo o indirecto de cientos de asesinatos), mientras Quijano no empuñó las armas y se dedicó al deporte, al ejercicio de su profesión de dentista y, llegado el momento, a la política municipal.

Sánchez Cerén aventajó a Quijano en diez puntos en la primera vuelta, pero hay dos circunstancias que mantienen viva la esperanza de Arena: un tercer partido de derecha, el del expresidente Tony Saca, obtuvo el 11% de los votos, mientras se abstuvo de sufragar el 48% de los electores. Quijano piensa que, si logra que los salvadoreños voten, puede ganarle al FMLN. En todo caso, es una tarea enormemente difícil, aunque no imposible.

No obstante, las diferencias entre estas dos figuras son abismales. Si Quijano gana, intentará frenar la inmensa violencia de las marasreducir la pobreza y aumentar sustancialmente las inversiones privadas para lograr más y mejores empleos, de manera que cientos de miles de salvadoreños pasen a engrosar las clases medias. En el trayecto, como sucede en los países más prósperos del planeta, numerosos empresarios se enriquecerán, pero a Quijano no le importa que haya más ricos. Él es un reformista que desea perfeccionar el sistema. Lo que quiere es que haya menos pobres.

Si gana Sánchez Cerén la historia será otra. Actuará como un marxista convencido de la maldad intrínseca de un sistema de explotación basado en la propiedad privada, en el que los capitalistas se apropian de la plusvalía de los trabajadores, y optará por una economía planificada, dirigida por los bienintencionados burócratas de su cuerda política, en detrimento de un mercado que, según Marx y él, conduce al enriquecimiento de los poderosos y a la progresiva depauperación y alienación de los trabajadores. Ser rico es malo. La propiedad es un robo.

Para lograr el reino de la justicia marxista, Sánchez Cerén, aunque le tome cierto tiempo, tendrá que recurrir a la violencia y a la dictadura del proletariado, algo que moralmente justifican todos los revolucionarios que en el mundo han sido. ¿Qué importan unas cuantas vidas sacrificadas cuando está en juego el destino glorioso de la humanidad? Pregúntenle a Stalin, a Mao, a Castro, a Pol Pot.

¿Cómo lo hará? Seguirá los pasos del socialismo del siglo XXI, como han hecho Venezuela, Nicaragua, Bolivia y Ecuador. Cambiará la Constitución, prorrogará sine die el mandato presidencial, controlará todos los poderes y se hará cargo progresivamente del aparato productivo. El guión es muy conocido.

Como postulan los comunistas serios, y Sánchez Cerén es uno de ellos, las revoluciones no se llevan a cabo para revocarlas luego en unas ridículas elecciones burguesas. ¿A quién se le puede ocurrir semejante estupidez?

La alternancia en el poder es entre partidos de una misma familia política, no entre sistemas diferentes. Los partidos se alternan, los sistemas se reemplazan. Una sociedad no puede mudar de piel cada cinco años. El viejo símil es cierto: una pecera se puede convertir en una sopa de pescado. Una sopa de pescado no se puede convertir en una pecera.

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El dedo incorrupto de Rajoy

Finalmente, el gozo de aquellos que esperaban que Mario Draghi anunciara este jueves un paquete de medidas inflacionistas para contrarrestar el “riesgo” de deflación en la Eurozona ha terminado hundiéndose en un pozo. Al menos, por el momento. El presidente de la institución aclara que no ve deflación en el horizonte, sino “inflación baja” y que ello no es necesariamente algo negativo que haya que contrarrestar mediante el activismo monetario de la institución.

La decepción entre periodistas y analistas sólo ha encontrado un cierto sosiego espiritual ante la expectativa de que en marzo, cuando el BCE presente sus previsiones de PIB e IPC, termine llegando el festín monetario. A muchos les resulta incomprensible que, con la deflación acechando las murallas de la Eurozona, el banco central se mantenga por ahora de brazos cruzados, esperando a que el Viejo Continente se infeste de la enfermedad japonesa. Muchos sienten auténtico pánico hacia la perspectiva de una deflación, pero ¿por qué?

¿Por qué hay inflación y deflación?

La inflación o la deflación (entendidas como alzas o caídas generalizadas de precios) acaecen cuando la oferta de bienes y servicios de una economía es inferior o superior —respectivamente— al poder adquisitivo de sus medios de pago. Si, en términos de valor, hay menos bienes que medios de pago, habrá inflación; si hay más bienes que medios de pago, habrá deflación. Por expresarlo de un modo algo más gráfico: la inflación son medios de pago persiguiendo bienes y la deflación son bienes persiguiendo medios de pago.

Las inflaciones y deflaciones primitivas estaban ligadas a la sobreabundancia o carestía del dinero que se usaba como moneda: si súbitamente se descubría una mina de oro, los precios de los bienes subían; si durante mucho tiempo no había ningún descubrimiento minero y la producción de mercancías seguía aumentando, se extendía una tendencia hacia la minoración de precios. Se trataba de ajustes que, aun cuando podían implicar sus complicaciones, terminaban siendo bastante inocuos para la coordinación económica. En las economías modernas, sin embargo, las inflaciones y deflaciones ya no dependen esencialmente de la producción relativa de “dinero base” con respecto al resto de mercancías, sino de un factor potencialmente mucho más devastador: el crédito.

El crédito permite a los agentes económicos hacer un uso presente de su renta futura: básicamente, comprar hoy y pagar mañana. Como tal, es una poderosa herramienta que facilita la coordinación y la división del trabajo pero, si se abusa de él, puede acarrear efectos muy dañinos sobre la sociedad. Por ello, muchos creemos que el crédito debe mantenerse dentro de unas sanas proporciones que vienen limitadas por la disponibilidad de renta real dentro de esa sociedad. Es decir, para que alguien haga uso de su renta futura, alguien tiene que renunciar temporalmente a su renta presente (ahorro).

En este sentido, la inflación y la deflación modernas son síntomas de un cierto abuso social del crédito: la inflación indica que estamos comprando demasiadas mercancías presentes con cargo a la renta futura (que estamos comprando mucho hoy con la promesa de pagarlo mañana) y la deflación que estamos usando parte de nuestra renta presente para pagar parte de nuestras compras pasadas (es decir, que destinamos parte de la producción presente a honrar las promesas que hicimos ayer).

El crédito sano no genera ni inflación ni deflación: al contrario, contribuye a estabilizar el poder adquisitivo del dinero y, por tanto, el nivel general de precios. El crédito insano genera primero inflación y luego deflación. No es que la primera sea buena y la segunda mala ni a la inversa, sino que son dos síntomas de insalubridad previa: primero inflamos la burbuja del crédito abusivo y luego ésta se desinfla. Primero nos sobreapalancamos —con las consabidas subidas de precios— y luego no desapalancamos —con los consabidos retrocesos de los precios—. Por desgracia, muchos se niegan a aceptar la dura pero necesaria medicina deflacionista como vía para desandar los pasos en falso previos, de modo que proponen huir hacia adelante: nada más huelen la deflación (aunque sea en forma de baja inflación), corren prestos a reclamar al banco central o al Gobierno que vuelva a expandir insanamente el crédito, esto es, que vuelva a fomentar el crecimiento de la deuda por encima de la disponibilidad real de bienes. Su argumento es sencillo: las caídas de precios son devastadoras para una economía y hay que combatirlas a toda costa, aunque sea fomentando una nueva ronda de sobreapalancamiento generalizado. Pero, ¿tan peligrosa es la deflación como para no poder desengancharnos de la droga de la deuda barata?

Los posibles problemas de la deflación

Conviene dejar claro desde un principio que la deflación —entendida como caída generalizada de precios— es un síntoma de nuestros más hondos problemas (el hiperapalancamiento) y no su causa. Nuestras dificultades vienen de que el sistema ha llegado a un punto de saturación de deuda en relación con su capacidad real para amortizarla y resulta necesario reorganizar nuestras estructuras productivas y financieras para corregir semejante acumulación de errores. Esta reorganización no debería —y a estas alturas probablemente ni se pueda— efectuarse huyendo hacia adelante, esto es, fomentando un mayor endeudamiento social con tal de seguir implementando planes de negocio burbujísticos o de muy bajo rendimiento. De ahí que la salida inflacionista sería en todo caso una salida en falso —como la burbuja inmobiliaria fue una salida en falso de la burbuja de las puntocom—.

Ahora, nada de lo anterior significa que la deflación de precios derivada de una contracción crediticia no conlleve en sí misma dificultad alguna para una economía. Por más que se trata de dificultades inexorables en la salida de una crisis provocada por la sobredosis inflacionista de deuda, es cierto que una caída generalizada de precios —al igual que una subida generalizada— resulta potencialmente distorsionadora en dos ámbitos: la coordinación productiva y la coordinación financiera.

Por lo que respecta a la coordinación productiva, la deflación puede implicar caídas desiguales de precios: dado que todos los precios no son igualmente flexibles —ni al alza ni a la baja—, el reajuste de éstos puede implicar cambios en la estructura de precios relativos que acarreen mermas de rentabilidad en ciertos sectores. Dos casos resultan paradigmáticos: el primero, que los precios de las mercancías caigan más que los salarios, de modo que el margen de ganancias de muchos empresarios termina erosionándose; el segundo, que los precios del resto de divisas extranjeras con respecto a la nacional desciendan más rápidamente que los precios internos (es decir, que nuestro tipo de cambio se aprecie más de lo que se abaratan nuestras mercancías interiores), de modo que el margen de ganancias de nuestra industria exportadora también termina deteriorándose.

Por lo que respecta a la coordinación financiera, sabido es desde Irving Fisher que las caídas de precios aumentan el saldo real de las deudas: dado que los ingresos nominales se reducen, pero el saldo nominal de las deudas no lo hace, las dificultades para hacer frente a nuestros pasivos son crecientes con la deflación (lo que eventualmente podría terminar condenando a algunas de esas compañías a la bancarrota).

Nótese, por cierto, que entre los riesgos de la caída de precios no he colocado ese tan mentado como irrelevante diferimiento del consumo ante la expectativa de menores precios futuros: y no lo hago porque, al contrario de lo que se asume, una reducción del consumo resulta positiva para resolver los problemas de coordinación que sí suele acarrear la deflación.

Y es que la forma de paliar las posibles descoordinaciones a que den lugar las reducciones de precios es volviéndonos más adaptables ante los cambios: a saber, disponer de mercados más libre y flexibles (donde precios y costes puedan ajustarse con mucha más fluidez que ahora) y aumentar nuestro ahorro (tanto para amortizar las deudas y volver escasamente relevante el efecto de su encarecimiento en términos reales cuanto para acumular más capital y volvernos más productivos y competitivos a pesar de la apreciación de nuestro tipo de cambio). En el fondo, pues, la manera de contrarrestar aquellos problemas que puedan surgir de la deflación de precios es justo la misma que tenemos para solucionar las causas últimas por las que la deflación hace su aparición: necesitamos mercados más libres y más ahorro público y privado.

En suma, no existen recetas mágicas ni caminos sencillos. Tampoco la estrategia inflacionista lo es, por mucho que los aduladores del envilecimiento monetario insistan en alabar su plétora de virtudes sin contraindicaciones (virtudes que nos han conducido a la crítica situación actual). En el fondo, pues, el debate puede reducirse a términos relativamente asequibles: ¿queremos un crecimiento basado en el ahorro o uno basado en el endeudamiento? ¿Aspiramos a deshacer los entuertos pasados o confiamos en legárselos, corregidos y aumentados, a la generación venidera? Mi elección la tengo clara: el problema es que, me temo, el BCE también y no para bien.

FEMEN: la libertad del liberticida

En los últimos meses el escaparate social español se ha visto salpicado por mujeres activistas que protestan ante iglesias o esperando a algún personaje público, religioso o no, a la puerta de una institución para, con el torso desnudo y pancarta en ristre, gritar y acosar al elegido. Son las FEMEN. Este movimiento de origen ucraniano tiene solamente seis años de vida. Su objetivo era protestar por el turismo sexual en Ucrania y las agencias matrimoniales internacionales y, de paso, atacan también las instituciones religiosas que, en su opinión, minusvaloran y discriminan a la mujer. En nuestro país se han centrado en la defensa del aborto. Y han protagonizado la irrupción en iglesias en medio del culto, y acoso a determinadas personas por la calle, entre otras cosas.

Como punto de partida quiero dejar claro que su propuesta de introducir la responsabilidad criminal en el uso de servicios sexuales me parece mal, la prohibición de las agencias matrimoniales internacionales, también; los métodos de protesta que pasan por el vandalismo (derribar una cruz erigida en homenaje a los católicos muertos en la represión soviética) o el allanamiento de la propiedad privada, también me parecen más que reprobables.

Pero una vez dicho esto, creo que el ejemplo de las FEMEN sirve para reflexionar acerca de una característica de algunos liberales "a la carta" que, probablemente por la indignación natural que les producen estos hechos, se dejan llevar, en mi opinión en extremo, por sus sentimientos. La reflexión me parece relevante porque ese "dejarse llevar" termina enquistándose y pasa a pervertir la esencia de lo que para mí y para otros muchos es el liberalismo: la defensa de la libertad y la responsabilidad individual.

Ayer un grupo FEMEN esperó a monseñor Rouco Varela a las puertas de un edificio institucional y cuando salió del coche, se le acercaron, le gritaron "El aborto es sagrado", y le lanzaron una prenda de ropa interior femenina manchada supuestamente con sangre. La razón es la postura antiabortista de la Iglesia Católica, representada en ese momento, por monseñor Rouco. A raíz del vídeo que acompañaba la noticia dejé la siguiente reflexión en mi página de Facebook: Me sigue pareciendo no violenta la protesta mostrando el pecho y gritando. ¿Irreverente? Sí. Pero violento, no. Por supuesto, no faltaron quienes, impedidos para razonar por motivos que no conozco, pasaron del ataque directo e indiscriminado a la sorna acerca de la prenda de ropa interior exhibiendo tan mal gusto como las propias FEMEN. Pero muchas personas aportaron argumentos muy interesantes que son los que me llevan a esta reflexión.

  • Si gritar cerca de alguien es acoso y, por tanto, violencia, también lo es hacerlo con un asesino.
  • Si las FEMEN deberían irse a La Meca a defender los derechos de las mujeres islámicas, el Instituto Juan de Mariana, probablemente conmigo a la cabeza, de la mano de Juan Ramón Rallo, Raquel Merino y demás, debería abrir una sede en Corea del Norte e ir a la puerta del palacio presidencial de Kim el Sanguinario a afearle la conducta y proponerle un modelo de gobierno "realmente liberal". Nótese que protestaron contra el trato a la mujer en el Islam en los Juegos Olímpicos de Londres.
  • Si cualquier símbolo religioso debe ser respetado públicamente porque eso no es libertad de expresión sino atentado a las creencias de muchas personas, también ha de protegerse la imagen de Mahoma, poniendo encima de la mesa, además, que son 1300 millones de fieles, menos que los cristianos, pero más que los católicos. Así que deberían retirarse, si seguimos este criterio, las caricaturas de Mahoma del ámbito público.
  • Si lanzar ropa interior a alguien es violencia, deberían detener a las mujeres que lanzaron sujetadores a Jesulín de Ubrique en una famosa plaza de toros o a las niñas que lanzan todo tipo de prendas a sus cantantes favoritos desde los tiempos de Los Beatles. Porque, si bien la sonrisa de esos cantantes, toreros y demás ídolos de juventud, al recoger las prendas, y su "Gracias. Os quiero" mirando al auditorio, indican que están encantados, no sé si juzgar el hecho por la intención es muy correcto, y tampoco sé si esas adolescentes sabían a ciencia cierta que sus acciones serían bien recibidas, o si Bisbal o David Summers han sentido repugnancia alguna vez ante tal espectáculo.

Como conclusión, sigo manteniendo mi afirmación: gritar y desnudarse no es violencia. Y defender el derecho a protestas no violentas de un grupo de mujeres liberticidas garantiza que hay sitio para la libertad en mi país. Asegura que caben todas las protestas no violentas. Pero además, aunque creo que las protestas violentas no deben permitirse, en general, me parece que generalizar cualquier acto que provenga de un grupo como FEMEN es muy peligroso, y no es saludable.

Y tengo que decir que han sido actos violentos los que han acabado con muchos tiranos. La violencia civil contra la violencia política es algo sobre lo que queda mucho por pensar.

El informe anti-corrupción y el efecto vampiro

La Unión Europea acaba de publicar su informe acerca de la corrupción en los veintiocho países que la componemos. 120.000 millones de euros son los que se cuelan por las goteras de la corrupción cada año en la UE. Una cifra bastante respetable que debería llevar a reflexionar cuántos de esos miles de millones se despistan anualmente en nuestro país. 

La mirada al ombligo

Pero en este país, las portadas están dedicadas a los culebrones en los medios escritos, si la infanta Cristina bajará la cuesta de los juzgados a lomos de un corcel, en coche o a la pata coja, y la Convención del Partido Popular y las reacciones a favor o en contra de los demás partidos políticos. No toca mirarse al ombligo de la corrupción, a pesar de que es un tema que desafortunadamente va adquiriendo ya una consistencia en la percepción de los españoles bastante preocupante. Solamente los griegos tienen una percepción más alta de la difusión de la "infección" y son los que creen que la corrupción les afecta en su vida diaria en mayor proporción.

A pesar de ello, la semana pasada tuve que aguantar que una subdirectora de un periódico (que no es éste, entiéndase) se indignara y cuestionara la politización de la justicia y me acusara de que mis argumentos son conspiranoicos contra los políticos (los pobrecitos políticos). También tuve que ver cómo un político regional my conocido y amigo mío decía en una tertulia de televisión que, bueno, corrupción hay pero como en todos los países. Claro, no vaya a ser que tengamos que tomar medidas.

Los consejos de higiene anti corrupción

En el informe de la Unión Europea, se insta a España a tener cuidado en determinados aspectos como el control del gasto autonómico y local, la financiación de los partidos políticos y la independencia de los órganos que vigilan la corrupción, como la Oficina de Conflictos e Intereses. De momento, esas tres recomendaciones son las de siempre, las de toda la vida. Es como si te dicen que para evitar una plaga que asola nuestra civilización occidental, la solución pasa por lavarse las manos antes de comer o el cepillado dental tres veces al día. ¿No eran esas medidas de las que nos enseñan nuestras madres y en el colegio, de esos hábitos que se suponen tan habituales en nuestra avanzada sociedad que la repetimos inconscientemente?

Lo normal es que la mente humana nos juegue una mala pasada y al leerlo pasemos por encima de ese párrafo con un "Ah, lo de siempre". Pero cuando nos lo recomiendan es porque no lo hacemos.

Otra miradita al ombligo nos lleva a comprobar otros consejos del Informe: vigilar de la financiación de los partidos políticos, establecer códigos éticos exhaustivos, verificar los datos patrimoniales que se publican, mejorar la contratación pública… Y, sinceramente, no puedo sino pasmarme ante estas recomendaciones. ¿Es que hasta ahora no hemos denunciado muchas personas desde los medios de comunicación acerca de estas puertas abiertas a la corrupción política? Sí, y muchos de nosotros hemos sido acusados de exagerados, radicales, cenizos y conspiranoicos. Lo que sea con tal de no tener que tomar medida.

El efecto vampiro y la gangrena

Y no me queda claro si es peor lo que nos muestra el espejo o el hecho de que no lo vemos. Como si nuestros defectos, bajo un sorprendente ‘efecto vampiro’, fueran invisibles a nuestros ojos cuando miramos en el espejo. La corrupción sirve para hacer campaña electoral y tirar a la cara del otro partido el caso de turno que esté en los tribunales.

Por desgracia, los movimientos ciudadanos que supuestamente trataban de denunciar esta corrupción política han sido fagocitados por los propios partidos, especialmente de izquierdas. Y, por otro lado, la corrupción ha sido enarbolada como bandera por pequeños partidos de nuevo cuño que tratan de aprovechar los votos una población hastiada y preocupada por la corrupción política. No se sabe qué pasaría si tuvieran más poder, pero lamento expresar mi más absoluta desconfianza en este sentido, sin excepciones,

Lo que se nos olvida es que este mal es tan nocivo como la gangrena. Puedes no mirar, y es probable que, cuanto peor esté el miembro afectado, llegue un momento que ni te duela. Pero avanza y te pudre la carne hasta que la única solución es cortar por lo sano.

Cada vez que oigo palabras huecas como "regeneración" o "transparencia" proclamadas por nuestros candidatos, recuerdo la famosa frase de la película Blade Runner, y me doy cuenta de que la credibilidad de estos políticos que las pronuncian se diluye… como lágrimas en la lluvia. Pero a la velocidad de la gangrena aguda.

El Estado proxeneta

Los 33 presidentes y dignatarios que visitaron La Habana se quedaron maravillados. Ninguno sabía cómo, aunque fuera muy precariamente, con los edificios en ruina y al filo de la catástrofe, Cuba conseguía sostenerse. Acaso con la excepción de Nicolás Maduro, que tiene dotes de vidente y un diálogo permanente con los pájaros, lo que lo mantiene plenamente informado.

Ninguno ignoraba que la bicentenaria industria azucarera había sido liquidada y desguazada por la incapacidad feroz de la dirigencia. Todos conocían que las marcas de tabaco y rones fueron vendidas a multinacionales europeas hace mucho tiempo. Era evidente que la flota pesquera no existía desde los años noventa. No obstante, la Isla, a trancas y barrancas, importaba el 80 por ciento de todos los insumos que esa sociedad necesitaba, incluidos los alimentos, la medicina y una parte sustancial de la energía.

¿Cómo lo hacía? ¿Dónde estaba el truco? ¿De dónde sacaba la plata? 

Se lo escuché por primera vez a un diplomático europeo que había vivido en Cuba. Luego se ha popularizado. El modelo creado por los Castro es el Estado proxeneta. El proxenetismo es una conducta delictiva que consiste en obtener beneficios de otra persona a la que se obliga a trabajar mediante coacciones o el suministro de protección. Generalmente se aplica a la prostitución, pero no sólo a ella. Familiarmente también se le conoce como chulería.

Es una denominación incómoda, pero ajustada a la realidad que circula en voz baja entre los cubanos de la Isla. El Gobierno se ha especializado en la extorsión de sus propios ciudadanos o de los aliados a los que les brinda servicios de espionaje y control social, sus dos únicas especialidades o "ventajas comparativas", como suelen decir en la jerga económica. Cincuenta y cinco años después de implantada la dictadura, casi todas las fuentes significativas de ingreso que sostienen al país provienen de oscuros negocios realizados en el exterior.

– El subsidio venezolano. Calculado en 13.000 millones de dólares anuales por el profesor Carmelo Mesa Lago, decano de los economistas cubanos en esta materia. Eso incluye más de 100.000 barriles diarios de petróleo, de los cuales la mitad se reexportan a y venden en España. Otros 30.000 parece que van a Petrocaribe y da origen a una doble corrupción de apoyo político y enriquecimiento ilícito. La fuente pública de esta información es el experto Pedro Mantellini, uno de los grandes conocedores del tema petrolero venezolano. Lo explicó en Miami en el programa de María Elvira Salazar en CNN Latino. Caracas compra influencia internacional a base de petróleo, pero comparte con sus cómplices cubanos la gestión de esas dádivas. Cuba, al fin y al cabo, es la metrópolis.

– La trata de médicos y personal sanitario. Alcanza la cifra de 7.500 millones de dólares anuales. La especialista María Werlau, directora de Cuba Archive, ha descrito la actividad en The Miami Herald. Es muy fácil llegar al artículo por medio de Google. El Gobierno cubano alquila y cobra por el arrendamiento de sus profesionales de la salud. Confisca a sus protegidos el 95% de los salarios. Angola paga hasta 60.000 dólares anuales por cada facultativo. Ni siquiera la ayuda a Haití se escapa de este esquema de solidaridad tarifada. Los servicios prestados en el devastado país se los abonan a buen precio a La Habana los organismos internacionales. Brasil, que paga por muchos servicios, es el último gran socio de Cuba en esta oscura actividad del proxenetismo sanitario internacional. Dilma no quiere tanto beneficiar a sus pobres como a sus amigos cubanos. Raúl, además, tiene un gran dominio del oficio. Es una práctica conocida por los negreros cubanos desde el siglo XIX. Mientras duró la esclavitud (hasta 1886), los amos solían arrendar a sus esclavos cuando no los necesitaban. La zona más rentable del negocio de alquilar negros eran las pobres muchachas que entregaban a los burdeles. Sus amos cobraban por los servicios que ellas prestaban. Eran empresarios-proxenetas. Ahora, simplemente, se trata de un Estado-proxeneta.

– Otros alquileres, otros negocios. Pero ahí no termina la explotación. El Gobierno cubano arrienda otros profesionales a empresas privadas. Los antiguos griegos se referían a los esclavos como "herramientas parlantes". No creo que Raúl conozca a los clásicos, pero entiende perfectamente el significado último de la expresión. Hay universidades latinoamericanas o de habla portuguesa que contratan con el Gobierno de La Habana los servicios de buenos profesores cubanos de matemáticas o física a precios de saldo. Hay salas de fiesta y cabarets que contratan músicos o teatros que se sirven de los bailarines cubanos, incluido el magnífico ballet de Alicia Alonso. Existen compañías europeas y latinoamericanas que explotan a técnicos en informática procedentes de la Isla. El régimen de los Castro sabe que un cubano bien instruido es totalmente improductivo dentro de Cuba, dado el demencial sistema económico de la Isla, pero es una fuente potencial de riqueza una vez colocado en el exterior. Objetivamente, ese Gobierno es una gigantesca e implacable empresa de subcontratación laboral que viola todas las reglas de la Organización Internacional del Trabajo (OIT). De eso y para eso vive.

– Las remesas de los exiliados. Emilio Morales, el gran conocedor del tema, escapado de Cuba hace relativamente poco tiempo, sitúa esa fuente de ingresos (2012) en algo más de 5.000 millones de dólares. La mitad, grosso modo, es remitida en efectivo y el resto en mercancías. Crece al ritmo del 13% anual. Cada vez que escapa un balsero, el régimen, de dientes afuera, gime por la fuga, pero sabe que, al cabo de un tiempo, fluyen los dólares hacia la necesitada familia dejada en la Isla. En Cuba, aunque fuera con mendrugos, había que alimentarlo. Una vez en el exilio, es una fuente gratis y constante de recursos.

De ahí sale el dinero para pagar por las importaciones. ¿Hasta cuándo podrá Raúl Castro sostener a una sociedad casi totalmente improductiva mediante actividades que rondan o incurren directamente en el delito? No se sabe. Los proxenetas suelen tener larga vida. Hay mucha gente que se sirve de su intermediación para acceder a diversas formas de placer, incluido el disfrute del poder.

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La importancia de los referentes: Gregorio Ordóñez

Gregorio Ordóñez no sólo fue un Primer Teniente Alcalde del PP en San Sebastián al que el terrorismo étnico de ETA asesinó. Por el contrario, simbolizó que la lucha por la libertad merece la pena y para que ello sea así, el arma tiene que ser la valentía y el respeto por las normas del Estado de Derecho, rechazando cualquier tipo de atajo.

En efecto, no formar parte de las filas del nacionalismo obligatorio en comunidades autónomas como la vasca te estigmatiza, esto es, no eres "pata negra", no formas parte de la tribu, por lo cual, no estás capacitado para defender los verdaderos intereses de los "verdaderos vascos". Este mantra mantiene toda su vigencia en la actualidad, a pesar de que el Lehendakari no sea Ibarretxe y de que Arzalluz carezca del protagonismo de antaño. Ambos políticos jeltzales marcaron la ruta de hoja que sus sucesores han seguido de manera acrítica.

Cuando Ordóñez llegó al PP de San Sebastián, esta fuerza política era marginal en el consistorio de la capital donostiarra. Además, no hay que olvidar que años atrás, particularmente en la década de los 80 ("años de plomo"), los cuadros de la UCD habían sido asesinados por ETA, dejando huérfano al constitucionalismo, ya que el PSOE mostró excesivos reparos a la hora de presentar batalla frente al PNV. Esta última afirmación no es baladí, ni responde a filias y fobias; los comicios autonómicos de 1986 lo demostraron. Las hemerotecas son jueces tan sabios como atemporales.

Igualmente, los socialistas (PSE en el País Vasco) tampoco mostraron excesivos escrúpulos para formar gobiernos de coalición con José Antonio Ardanza, pactando temas comprometidos como la educación, no tanto por la lengua en la que se ofertaba aquélla, sino por la particular visión de la historia, en cuanto que errónea, que se transmitía (y transmite) a los alumnos vascos, en la que España en ocasiones no existe y en otras ha tenido un desarrollo paralelo, nunca en conjunto, con Euskadi.

Mientras estos desarrollos tenían lugar, una fuerza política bien asentada en el resto de España comenzaba a hacer lo propio en el País Vasco. Así, el PP de Gregorio Ordóñez dejó un legado valioso con nombres y apellidos (María San Gil, Regina Otaola, Carlos Iturgáiz…) que hubieron de hacer frente a uno de los periodos más complejos, como sinónimo de duro, de la violencia terrorista, como fueron los años 90. Como consecuencia de la denominada "socialización del terror", miembros del PP y del PSOE estuvieron en el punto de mira de Eta y muchos de ellos fueron asesinados, antes de la tregua-trampa de Estella y después de la misma.

Los aludidos políticos populares se caracterizaron por no aceptar un panorama que les reducía a la marginalidad, por sumar entre los demócratas (las elecciones autonómicas de 2001 supusieron el mayor exponente) y, sobre todo, por llamar a las cosas por su nombre. Esa nueva generación fue liderada por Gregorio Ordóñez, tras cuyo asesinato no se amilanó y se convirtió en referente ético para el resto de españoles, con independencia del territorio en el que vivían o la opción partidista por la que se decantaban. En las manifestaciones contra la "negociación" con Eta del gobierno de Rodríguez Zapatero, el espíritu de Ordóñez estuvo presente.

Sin embargo, actualmente ya no hay líderes como él. Relativismo y cortoplacismo han ocupado el lugar de la política basada en principios. La presencia en las instituciones de Bildu es sólo el gran ejemplo. El resultado es que un día sí y otro también, se nos avasalla con expresiones como "final de Eta", "proceso de paz" y quien no las comparte, recibe como respuesta ser calificado de "fascista", término comodín a la hora de definir a todo el que no comulga con los parámetros de lo políticamente correcto.

La Celac, contra la Carta Democrática

El general Raúl Castro es el presidente pro tempore de la Celac y todos han ido a La Habana, como los ratones tras la flauta de Hamelin, a celebrar una segunda cumbre.

¿A qué juegan los gobiernos de América Latina? Aparentemente, el primer objetivo del organismo, según declararan en su documento fundacional, es

reafirmar que la preservación de la democracia y de los valores democráticos, la vigencia de las instituciones y el Estado de Derecho, el compromiso con el respeto y la plena vigencia de todos los derechos humanos para todos, son objetivos esenciales de nuestros países.

¿Qué entiende esta gente por democracia? Cuba, como corresponde a los países desovados por la extinta URSS, es una vieja dictadura unipartidista de más de medio siglo, en la que no existen libertades individuales ni se respetan los derechos humanos. Mientras se celebra la Celac, la policía política acosa y aporrea a las Damas de Blanco y a los demócratas de la oposición que se atreven a protestar. ¿Alguien lo ignora? 

Raúl y su tropa estalinista no lo ocultan. Son brutal y orgullosamente francos. Tienen coartadas legales para fusilar o encarcelar. Defienden paladinamente ese modo de estabular a la sociedad y afirman que se trata del sistema más abierto, democrático y solidario de la historia. Ni siquiera admiten que torturan a los disidentes. Los opositores no son personas: son gusanosescoria extirpable a culatazos por oponerse a la felicidad del pueblo y querer entregar el país al imperialismo yanqui.

No hay una violación flagrante de las reglas. Las reglas lo permiten. No hay que desaparecer a los enemigos. Se les machaca públicamente. La Constitución, calcada del modelo soviético, concede al Partido Comunista la facultad en exclusiva de organizar la sociedad a su antojo. Ese bodrio legal ha sido refrendado por la inmensa mayoría. Los cubanos, como los norcoreanos o cualquier ciudadano aterrorizado, votan lo que les pongan delante mientras sueñan con una balsa. Todo y todos se subordinan a los fines del marxismo-leninismo, y se prohíbe cualquier conducta que contradiga estos principios. El pasado, el presente y el futuro están atados y bien atados.

Y hay elecciones. Cada cierto tiempo, la dictadura, como sucedía en el Bloque del Este en Europa, realiza unos comicios muy controlados para legitimar en el poder a unas autoridades que sirven como correa de transmisión a las iniciativas del Castro que esté al frente del manicomio cubano. Son los apparatchiks. Es la nomenclatura obediente y memoriosa. Un orfeón asombrosamente afinado que canta a capella las consignas del Partido.

Como era evidente que los comunistas habían construido un modelo político distinto (el del totalitarismo marxista-leninista), y reclamaban el derecho a una denominación de origen diferente, los defensores de la democracia liberal definieron el sistema político que ellos proponían en un documento vinculante llamado Carta Democrática Interamericana, firmado en Lima el 11 de septiembre de 2001.

Ahí están todos los elementos de fondo para el ejercicio real de la democracia republicana: elecciones libres y plurales, separación de poderes, libertades individuales, incluidas la de prensa y asociación, transparencia, neutralidad del Estado de Derecho, respeto, tolerancia. Era exactamente la antítesis del modelo impuesto por los Castro en Cuba. Lo contrario a lo que hoy condona e ignora la Celac.

Pero a los políticos latinoamericanos les importa un bledo decir una cosa en la Carta Democrática Interamericana y hacer otra muy distinta en los aquelarres organizados por la Celac. Como en el famoso poema de Walt Whitman, repiten el "Me contradigo, y qué". Ahí estará en La Habana, incluso, el secretario gneral de la OEA, el señor José Miguel Insulza, quien debería ser el guardián de la Carta Democrática Interamericana, prueba viviente de que la esquizofrenia ideológica existe y es incurable.

Nada de esto, me temo, es nuevo. Uno de los rasgos más desagradables de muchos políticos latinoamericanos es la hipocresía. Tienen varios discursos. Varias caras. Dicen que son pragmáticos. No es verdad. Son cínicos. Durante décadas, los vecinos convivían en silencio con polvorientas dictaduras como las de Stroessner, Somoza o Trujillo. Ahora les importa muy poco lo que sucede en Cuba o Venezuela. Es el imperio de la inmundicia moral.

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