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Etiqueta: Libertades propiedad y estado de derecho

Los enemigos de los ciudadanos ingleses: Saqueadores, Gobierno y Policía

"La defensa propia es un derecho natural que ningún gobierno puede privar a las personas, ya que ningún gobierno puede proteger al individuo en momentos de necesidad"

 William Blackstone

Jurista inglés del S. XVIII

Un estudio del Gobierno británico realizado en los periodos 1890-92 reveló que en la isla solo hubo tres asesinatos con arma de fuego (uno al año). En aquel momento el país tenía unos 30 millones de habitantes. En 1904 solo hubo cuatro robos a mano armada en Londres[1]. La capital inglesa era la ciudad más segura del mundo. En aquella época, Reino Unido disfrutaba de una libertad de armas bastante grande. Más de cien años después, la población ha aumentado a unos 60 millones de habitantes y las sucesivas restricciones a la defensa individual han provocado que el año pasado el país haya tenido más de 640 asesinatos, casi 9.500 intentos de homicidio, más de 14.000 violaciones[2] y casi 3 millones de atentados contra la propiedad. De hecho, desde la última gran prohibición a las armas (1997), que impide totalmente acceso a ellas para defenderse, el crimen se multiplicó por 10 hasta doce años después. Bajo el titular: A pesar de la prohibición a las armas de fugo, el crimen se dispara, la BBC se sorprendía. No entendía cómo dos años después de la prohibición total, el crimen armado había aumentado un 40%. (Aquí la evolución del los asesinatos en Reino Unido y Gales desde la prohibición).

La violación de los derechos civiles por parte del Gobierno británico hacia su población no solo ha significado que el país haya pasado de ser uno de los más seguros de Europa a la capital del crimen europeo, sino que tal desorden gubernamental sale carísimo al ciudadano. En los temas de: control de armas, lucha contra las bandas y ‘prevención del crimen’, el Gobierno británico piensa gastarse en los próximos dos años más de 18 millones de libras (20,5 millones de euros). ¿Y para qué? Su política de Estado Policial y del Bienestar solo ha minado la libertad individual e intimidad del hombre libre convirtiendo el país en el que más cámaras de vigilancia tiene del mundo. Sí, más que China. Cámaras que, según el propio Scotland Yard, no ofrecen ninguna seguridad. El Gobierno, con el tema de la seguridad, como en tantos otros temas, no hace sino quemar el dinero sin ofrecer soluciones reales.

Los altercados de la semana pasada ya fueron la locura total del Estado Policial británico y las consecuencias del Estado del Bienestar. Habían prohibido, ley tras ley, que los ciudadanos se defendieran de las agresiones. Salió la policía y el Gobierno en los medios diciendo a la población que no se defendiera, que permaneciera en sus casas viendo cómo los delincuentes destrozaban sus negocios o maltrataban a sus vecinos, hijos, familiares y amigos. Quien se defienda en la isla es tratado por el Estado como un enemigo público, algo que no les ocurre a los delincuentes. El enemigo del Pueblo no solo son los rentistas estatales y saqueadores, sino el Gobierno y la propia policía que detiene y acosa a padres de familia por defender a sus vecinos y comercios.

El propio Cameron ha admitido que su actuación policial ha sido ‘mala’. ¿Solo mala? Los policías miraban lo que ocurría, pero no hacían nada. La estupidez policial no tiene perdón. Hace unos años, por ejemplo, exculparon a un violador de niñas porque la ‘policía había perdido su expediente’. Nadie respondió de ese grave error. Es más, la ‘eficiente’ policía británica solo realiza un 5% de arrestos de todos los casos que investiga. La policía es fuerte con el débil —el ciudadano— y débil con el fuerte, el delincuente que ataca la propiedad y vida ajena. ¡Y luego el Gobierno dice que ‘dejen a la policía hacer su trabajo’! ¿Cuál, poner multas al ciudadano honrado?

La historia nos lo ha enseñado una y mil veces. Lo hemos lamentado ahora con los incidentes de Reino Unido que han costado varias vidas y pérdidas materiales por valor de 224,5 millones de euros. Solo el ciudadano, por sí mismo, con patrullas ciudadanas o empresas privadas de seguridad contratadas, puede combatir el crimen con las herramientas que considere. Si el Gobierno prohíbe las armas, solo los delincuentes tendrán acceso a ellas. Reino Unido se ha convertido en un gun free zone, y por lo tanto en una fiesta continua para los delincuentes y rentistas estatales. Afortunadamente, no todos los ingleses han acatado como borregos las amenazas del Gobierno y se lanzaron a defender sus vidas y propiedades tal y como informa The Guardian. De no haber sido así, de no haberse tomado los ciudadanos ‘la justicia por su mano’, como diría algún propagandista antiderechos humanos, el desastre habría sido peor.



[1] El año anterior (1903), había entrado en vigor la primera ley contra las armas cortas (aquellas con cañón inferior a 23 cm.). No fue por temas de criminalidad, sino por razones moralistas. La excusa fue que los niños podían matarse con las armas. Esta ley trajo más daño que bien y a partir de aquí se empezarían a desatar una sucesiva cadena de regulaciones contra las armas, que a cada cual, conllevarían más robos, crímenes y muertos.

[2] La violencia sexual es uno de los casos más dramáticos de la isla. En 2010, según el Home Office, hubo 2.200 violaciones a menores de 13 años. Casi 2.900 violaciones a chicas de entre 14 y 16 años; y más de 9.500 violaciones a mayores de 17 años. En solo dos años las violaciones a mujeres han aumentado un 20%. Han negado a las mujeres el derecho a defenderse prohibiendo las armas.

La insoportable levedad de Cebrián

Rememorando los tiempos en que un editorial de su querido diario marcaba un antes y un después de su publicación, Juan Luis Cebrián Echarri se puso atildadamente serio el pasado domingo para solaz de sus todavía numerosos lectores. Tras años de haber sido uno de los puntales del régimen que se derrumba "acosado por los mercados", se aprestó a servir un desayuno clásico entre los precocinados de su casa. Después de abrir boca, esa pieza tenía su continuación en un editorial el día siguiente que desempolvaba las viejas campañas del diario que se llamaba independiente de la mañana, no sin provocar una sonrisa que se tornaba carcajada entre los más avisados. Para estupor de muchos, la cabecera de la empresa de comunicación que ha obtenido más favores de los gobiernos españoles de los últimos cuarenta años –especialmente los socialistas, gracias a una alianza político mercantil muñida hace mucho tiempo- terminaba su catilinaria posmoderna reclamando al inquilino de La Moncloa que "si de verdad quiere rendir un último servicio a su país, debe hacerlo abandonando el poder cuanto antes y reconociendo la urgencia de que nuestro Gobierno recupere la credibilidad perdida".

Llama la atención la aparente contundencia de las exigencias si se repara en que casi todas las políticas del gobierno que han conducido indefectiblemente al actual estado de cosas han sido apoyadas de forma entusiasta por los editorialistas de los medios de comunicación del (otrora) emporio PRISA. No por casualidad, el moldeamiento de las mentes más permeables a la propaganda ha contado con su franca colaboración: la perpetuación de la mentira oficial sobre la masacre del 11M, el sometimiento implacable del poder judicial a los deseos del gobierno y la promoción de los elementos afines dentro de la judicatura, la manipulación de la historia para utilizarla como instrumento de propaganda a su servicio, la educación para la ciudadanía y la ocupación de la Universidad, la negación de la crisis o el escoramiento hacia posiciones negadoras de la realidad, el ensalzamiento de los trapicheos con los terroristas de la ETA y los tratos con los nacionalistas que subvertían el orden constitucional –por muy defectuoso que fuera-. Hasta patéticos proyectos gubernamentales como la "alianza de civilizaciones", que luego se tornó en guerra de Afganistán y loas a Obama.

Y, ahora, los artífices de la propagación de un infantilismo autocomplaciente que ha conducido a la zozobra actual se descuelgan con un reproche vanidoso, incapaces, por supuesto, de reconocer que sus errores intelectuales profundos la han hecho posible. Los que durante decenios han justificado a una bestia compuesta por miles de aparachitks y agit-props cómodamente instalados en el Estado y todos sus apéndices se descuelgan con un mohín hacia la guinda que ha colmado este infausto tinglado. Bien sea por los reveses en su cuenta de resultados particular, bien por celos o, simplemente, por la percepción de que el líder ya no sirve para detentar el poder y repartir prebendas, parece como si fueran los espectadores de un drama que se desata ahora. Como si ni hubieran contribuido decisivamente a crearlo.

Obviamente, durante estos años de inmensa frivolidad han surgido escaramuzas entre grupos de comunicación que han pugnado por los favores del Gobierno. Hace un par de años, cuando el grupo de sociedades Mediapro, de Jaume Roures Llop, lanzó su canal de gestión de pago "Gol TV" y consiguió acto seguido la gestión de los derechos de retransmisión de los partidos de fútbol, en gran parte debido a unos cambios legislativos auspiciados por sus amiguetes del gobierno, el consejero delegado de PRISA clamó airado que "nos oponemos a un decreto de urgencia anticonstitucional que no tiene otro sentido que no sea ayudar a sus amigos".

Dice "Janli": "Gentes de derechas, de centro y de izquierdas, antiguos comunistas y viejos franquistas arrepentidos, católicos fervientes y ateos recalcitrantes, mujeres, hombres, profesores, jueces, militares, diputados, periodistas e intelectuales reclamaban, con la serena parsimonia de su experiencia y la firmeza de su convicción, una recuperación del consenso y el pacto como únicas vías para salir del agujero en el que parece hundirse la sociedad española".

Las llamadas al consenso no son nada nuevo en situaciones extremas. Pero, aparte de que resultarían más creíbles si partieran de alguien que hubiera huido del sectarismo, debe explicarse sobre qué fundamentos pretende articularse. En las sociedades libres y plurales lo normal consiste precisamente en el debate de las ideas contrapuestas pese al reconocimiento de una base común mínima. Causa estupefacción y fundado recelo que quienes han seguido una estrategia de aniquilación del adversario totalizadora y maniquea se invistan ahora con un manto de vaporoso "consenso". Todo el mundo debía plegarse al programa de un neosocialismo hecho de retales anticapitalistas y antiliberales. Es más, esta sumisión debía extenderse a la renuncia a creencias religiosas tradicionales en España. De ahí su furibunda guerra ideológica contra la religión católica, la única que mantiene una influencia, aunque decreciente, sobre millones de individuos.

No faltan en la amalgama de Cebrián analogías de trazo grueso con la situación de países distintos y distantes, al modo de quien recibe multitud de informaciones, pero resulta extraordinariamente torpe para interpretarlas. Tampoco vacuos lamentos sobre "la falta de liderazgo, la resistencia al cambio de quienes ocupan posiciones establecidas (¡!) y la inflexibilidad de la respuesta frente a un mundo en continua ebullición".

Recogiendo el testigo de su augur, el editorial de marras continúa: "A la fecha nos encontramos con un país amenazado de ruina (atrapado en la vorágine de los mercados financieros desatada sobre Europa), sin perspectiva, con serios problemas de cohesión social y aun territorial (¡!), en el que cunde la desilusión entre los ciudadanos sin distinción de ideologías o de clase social".

Sin embargo, las demandas son contundentes solo en apariencia. Las pintorescas inspiraciones de Cebrián basculan entre la contumaz rememoración del mayo del 68, los acampados indignados, China, las nuevas tecnologías, una reforma constitucional que instaure un Estado federal culminando y corrigiendo el proceso de las autonomías, y cuestione la provincia como distrito electoral y establezca las prioridades para las próximas generaciones de españoles (sic). Un programa que reforme el sistema financiero y la modernización de las relaciones laborales (sin explicar en qué sentido). Notable es el guiño que el mandarín que es Cebrián hace al candidato "in pectore" del PSOE. Otro que, como nos cuenta Rodríguez Braun, parece que pasaba por allí.

Puestos a trazar comparaciones, se me ocurre que las lágrimas de cocodrilo vertidas por el diario global en español (sic) y su consejero delegado tienen muy poco que ver con la novela de Milan Kundera La insoportable levedad del ser. Más bien, se deben a la insoportable frivolidad de su ser y la vieja máxima de El Gatopardo: cambiar todo para que no cambie nada. Con Rubalcaba.

News of the World y periodistas españoles que piden mordaza

Basta con un caso aislado de abusos en una determinada área (o con varios, pero protagonizados siempre por la misma persona o empresa) para que surjan voces reclamando la intervención del Estado sobre la totalidad del sector privado en cuestión. Y da igual donde ocurra. Los hechos ilícitos, o incluso simplemente inmorales, ocurridos más allá de unas fronteras sirven para que haya quien reclame la intervención estatal como si el asunto no hubiera ocurrido en el extranjero. La excusa es que lo que pasa fuera puede llegar a tener lugar dentro, o que está ocurriendo pero los ciudadanos no lo ven. Este tipo de actitudes son muy valiosas para los políticos, que pueden agarrarse a ellas diciendo que son iniciativas provenientes de la sociedad civil, para tomar iniciativas que recorten la libertad.

Esto último es lo que puede ocurrir con la Federación de Sindicatos de Periodistas (FeSP). Agarrándose al escándalo de las escuchas ilegales realizadas por The News of The World, han exigido que se creen en España "órganos de corregulación" destinados a establecer el "control democrático de los medios de comunicación". Por mucho que lo intenten disfrazar con bonitas palabras, lo que pretenden es imponer un modelo de mordaza bolivariana que termine con cualquier atisbo de independencia de los medios de comunicación.

Por si quedan dudas, a los miembros de estos órganos los nombrarían: organizaciones de periodistas (asociaciones, colegios y sindicatos; todos ellos politizados), organizaciones de empresas de medios (como si alguien creyese en la independencia de cualquier sindicato de empresarios español), asociaciones de usuarios (aplíquese lo que se ha dicho de los anteriores), universidades (¿existe algo con mayor control político en España?) y dos "técnicos" nombrados directamente por el Gobierno, uno representando al Ministerio del Interior y otro a la Judicatura. Eso sí, desde la FeSP tienen a bien informarnos de que estos dos últimos no tendrán carácter político. ¿Inocencia o caradura?

Esta misma pregunta es lo que hay que plantearse ante la afirmación del secretario general de la FeSP de que la politización de estos "órganos de autocontrol" se evitaría "por la idoneidad de las personas y la decencia de las organizadores. No hay otra forma de garantizarla". Olvida que hay una mucho más simple que confiar en lo que no merece confianza: la no existencia de dichas instituciones de control de la prensa.

Lejos de defender la independencia de los medios de comunicación, los sindicatos de periodistas quieren someterles a un constante control político. Como no pueden exigirlo de forma tan descarada, hablan de ética y de "control democrático de los medios". No debemos olvidar que este último argumento es el usado por gobiernos como los de Hugo Chávez, Rafael Correa o Cristina Fernández de Kirchner para cerrar emisoras de radio y televisión (o, en algunos casos, al menos intentarlo) y tratar de acallar a los periódicos críticos con ellos.

Quien debe controlar los medios no son otros que sus dueños, que son quienes poseen el derecho de propiedad sobre ellos. El derecho a la información de resto de los ciudadanos no incluye controlar a quienes la proporciona, y menos aún que otros lo hagan en su nombre, pues al final de esta manera se coarta la libertad de expresión de los periodistas y la propiedad de los empresarios.

Otra cosa es que, como ha ocurrido con The News of the World, se violen leyes y derechos de terceros que nada tienen que ver con la libertad de expresión. Ahí deben actuar los tribunales de justicia, pero sólo por los delitos cometidos, no para someter a los medios a un control político.

Basura legislativa

El ordenamiento jurídico lo constituyen un conjunto bastante heterogéneo de normas, aunque sujetas todas a una jerarquía normativa. Las que tienen mayor protección suelen ser las normas constitucionales que protegen los derechos fundamentales (o al menos lo que se reconoce como tal) y las que definen la estructura del Estado. También hay un conjunto de normas que son las que identificamos, en un primer momento, con lo que constituye el derecho: las que regulan la relación de las personas entre sí (civil, penal, mercantil…). Pero hay, al menos, otro conjunto de normas que, de un modo poco científico, podemos llamar “políticas”. Y que son leyes (u otro tipo de normas) que se crean con algún objetivo político determinado. Por lo general, para conformar algún tipo de sociedad, cambiar usos, valores y costumbres, redistribuir renta o riqueza, proveer de bienes y servicios para determinados grupos sociales, y demás.

El problema que me planteo es el siguiente: la posibilidad, más que probable, de que las normas de carácter político, las que se plantean ese conjunto de objetivos definibles, fracasen en sus objetivos o tengan consecuencias sociales no previstas y muy perjudiciales. Algunas de esas normas consisten en un conjunto de prohibiciones u obligaciones. Por ejemplo, la prohibición de fumar en determinados espacios o la obligación de cumplir con determinada regulación de calidad o ecológica. Los costes de tales políticas los absorben sobre todo los ciudadanos sobre los que recae la norma, aunque habitualmente tendrán que estar acompañadas por alguna infraestructura de control y sanción. Otras normas asegurarán el derecho a obtener determinados bienes a un precio por debajo del mercado o transferencias de renta o la obtención de determinados ingresos fiscales, si se trata de una tasa o un impuesto.

Todas llevan aparejados su conjunto de críticas liberales de las que no me voy a ocupar ahora. Pero si se planteaban unos objetivos definidos, debería poder estudiarse 1) Si se han cumplido esos objetivos, 2) si además se han producido otros efectos indeseables y 3) si existe una alternativa mejor. El objetivo sería identificar y eliminar toda la basura legislativa que se acumula, que ni se revisa ni, sobre todo, se elimina. Decía Calvil Coolidge que “es más importante matar las malas leyes que aprobar las buenas”.

¿Cómo acabar con la basura legislativa? Lo mejor sería que cada nueva ley tuviera que aprobarse con 1) Una relación de todos los objetivos que se desean cumplir con ella. 2) Una relación, asimismo, de todos los efectos negativos que pueda acarrear. 3) Una definición de los criterios que deben utilizarse para valorar los efectos, en uno y otro sentido, que tenga la ley. En ambos apartados podrían venir reflejadas las opiniones de grupos de la oposición. Y, sobre todo, 4) Un período no superior a 10 años en el que la nueva ley queda automáticamente derogada si no se renueva con el refrendo del Parlamento. La derogación de la ley debe llevar aparejado la disolución del aparato administrativo aparejado a la norma, aunque eso también exigiría una reforma de la función pública. También sería positivo que el Jefe del Estado tuviese el derecho de vetar o expulsar de la legislación leyes que se considerasen en conjunto negativas. Otra vía necesaria para acabar con la basura legislativa sería la cuestión popular: Un voto en referéndum para derogar, al margen del Parlamento y del Jefe del Estado, las malas leyes.

Cuando se proponen nuevas leyes, se revisten de fabulosas predicciones sobre todos los parabienes que van a traer. Los políticos tienen que justificar el cambio y acallar las quejas por los costes que pueda llevar aparejado. Un cambio de este estilo haría algo más racional el debate político y la aprobación de nuevas leyes y, sobre todo, expulsaría del ordenamiento jurídico normas que hacen más mal que bien.

El proyecto cultural de Bildu

La decisión del Comité de Selección de la Capital Europea de la Cultura 2016 de otorgar la sede a San Sebastián ha provocado un fuerte descontento en el resto de sedes, en buena parte de la ciudadanía española y otro problema político más para el Gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero.

La polémica radica en el cambio político que se ha producido en la alcaldía de la capital vasca después de las últimas elecciones municipales. La nueva marca de la banda terrorista ETA, Bildu (después de su polémica legalización por el Tribunal Constitucional), ha tenido un éxito sin precedentes, éxito que ha pillado al propio Gobierno central, valedor en la sombra de la decisión judicial, por sorpresa. No tengo muy claro que este resultado haya sido del agrado del presidente Zapatero y del candidato a las Generales, Rubalcaba, ministro del Interior. Todo hace pensar que esperaban un resultado mucho más modesto. Pero Bildu ha triunfado donde ETA tiene fuerte apoyo social, hasta el punto de que la Diputación de Guipúzcoa y la alcaldía de San Sebastián están dirigidos por la coalición proetarra.

La pérdida de la alcaldía por parte del PSOE -Odón Elorza era alcalde desde 1991- y la ascensión de Juan Carlos Izaguirre hacían pensar que San Sebastián no iba a ser elegida y lo sería alguna de las otras cinco ciudades españolas candidatas: Segovia, Burgos, Las Palmas de Gran Canaria, Córdoba o Zaragoza. Era tan seguro que los responsables de la candidatura cordobesa estaban convencidos de su triunfo unas horas antes del fallo.

Los alcaldes de Burgos y Córdoba dudan ahora de la objetividad de los argumentos y piensan que se trata de una decisión política apresurada. El alcalde de Zaragoza ha amenazado con acudir a los tribunales. Las dudas sobre la imparcialidad del jurado internacional, la presencia de la ministra de Cultura, Ángeles González-Sinde y pasados favores del PNV al Gobierno de Zapatero hacen sospechar de una decisión dirigida.

Sin embargo, se pueden aparcar ciertas diferencias si los ingresos son lo suficientemente jugosos. Todos los partidos vascos del gobierno municipal, Bildu, PNV, PSE y PP, se han apresurado a defender la candidatura y a asegurar que es colectiva. Y es que no hay que olvidar que estos eventos suponen una fuerte inyección de inversiones públicas que “transforman” la ciudad y “ayudan” en su desarrollo. Al menos, el de los comisionistas y las empresas cercanas al poder.

Sin embargo, lo más preocupante radica en el carácter totalitario de Bildu-ETA, porque esta decisión le ha dado una ventana internacional al terrorismo y su proyecto político. Juan Carlos Izaguirre ha sido muy claro:

“Se impulsará nuestra lengua y cultura y un periodo de normalización, en el marco del respeto democrático a todas las personas y pueblos”.

Lo que Bildu busca y probablemente pueda conseguir con la capitalidad cultural es la mejora de su imagen internacional, incluso una legitimación de su proyecto, incluyendo su violencia y terror. No sería la primera vez que un grupo totalitario recurre a las expresiones culturales para conseguirlo. Probablemente, el caso más espectacular sea el de la Alemania nazi y las Olimpiadas de Berlín de 1936. Para la ocasión, el régimen recurrió a la mejor escenografía y a todo su arsenal de triquiñuelas propagandísticas para ofrecer al mundo una imagen muy distinta de lo que era. Por una parte, transmitió un reflejo de su poderío y organización y, por otra, cierta tolerancia frente a judíos y otros grupos étnicos, evitando altercados y suspendiendo temporalmente las persecuciones que, tras el evento y como no podía ser de otra forma una vez logrado su objetivo, intensificó.

Bildu puede utilizar la capitalidad para lograr estos objetivos. Transmitir la imagen de una “rica y ancestral” cultura oprimida, con lo que lograría despertar penas y simpatías entre los visitantes y ofrecer, a la vez, una imagen de falsa tolerancia, donde, al contrario de lo que suelen decir los “maquetos”, se puede vivir sin problemas. La organización lograría esta legitimación exterior a través un acto cultural. La propaganda es una herramienta muy poderosa y, una vez más, la cultura puede servir a un movimiento totalitario.

La situación no es fácil para el gobierno socialista, ya que cualquier medida que suponga arrebatar a San Sebastián la recién estrenada capitalidad sería presentada desde un punto de vista victimista y ayudaría a transmitir una imagen de intolerancia y de opresión de los “españolistas”. Además, Bildu-ETA tiene muy claros sus objetivos, mientras que los partidos no saben lo que quieren y, ni mucho menos, cómo. Hay que reconocer que la capacidad del Gobierno de Zapatero para meterse en charcos está cada vez más desarrollada.

Nueva ofensiva contra la libertad de expresión

La libertad de expresión es un "bien" cada vez más escaso en los países bajo el mandato de presidentes adscritos al denominado Socialismo del Siglo XXI, así como en aquellos que están gobernados por políticos cercanos a ellos. Aunque el proceso comenzó hace ya tiempo, en determinados momentos se acelera el desmantelamiento de dicha libertad o vemos episodios que anuncian que esto va a ocurrir.

Aunque menos conocido fuera de sus fronteras que el Aló, presidente de Hugo Chávez, Rafael Correa tiene su propio programa televisivo creado a imagen y semejanza del protagonizado por el venezolano. Y fue en una emisión de este espacio, llamado Enlace ciudadano, donde el mandatario ecuatoriano se dedicó a arremeter contra los medios de comunicación privados que no le son afines y realizó dos afirmaciones sumamente preocupantes para la libertad de expresión. Por una parte, propuso que aquellos periodistas que proporcionaran informaciones erróneas pudieran ser sancionados. Por otra, anunció que va a actuar para tratar de impedir por ley que los medios de comunicación "puedan decidir qué información emiten o no".

Correa pide la sanción por equivocarse para los que él llama "periodistas mala fe". El problema es cómo se decide si es un mero error involuntario o una tergiversación consciente. Como es prácticamente imposible saberlo, la discrecionalidad a la hora de imponer castigos sería absoluta. Y aunque no fuera así, esto no es admisible. Ni tan siquiera la mentira en los medios debería ser punible. El mal que causa cualquier restricción a la libertad de expresión es siempre mayor que aquel que pretende evitar.

Pero más tremendo aún es negar el derecho a decidir qué información se emite o no. Esto incluye censura, por supuesto, pero tiene consecuencias más novedosas y crea una inseguridad aún mayor. Un medio o un periodista sería castigado no sólo por informar sobre algo de lo que está prohibido hacerlo. Podría ser sancionado por no informar sobre algo en concreto, con independencia de que lo valorara como algo poco importante o quisiera silenciarlo por otro motivo. La discrecionalidad del poder en este caso sería absoluta y se convertiría en una permanente espada de Damocles sobre la cabeza de los periodistas.

Más estrambótico que Correa, Evo Morales también ha hecho unas declaraciones que hacen temer un nuevo retroceso de la libertad de expresión en Bolivia. Fiel a su estilo, lo ha hecho de manera que puede hacer dudar sobre su capacidad intelectual. El presidente boliviano ha dicho: "Yo estoy seguro en un 60-70 por ciento, si hay divorcio, es por culpa de las novelas" (televisivas). Para rematar, ha añadido que "por culpa de las novelas, hombres y mujeres nos ponemos los cuernos".

Más allá de lo poco ortodoxo en las formas, esto hace temer un incremento del control político sobre los contenidos televisivos. Máxime cuando, acto seguido, propuso que los medios eliminen "las películas de violencia, de terrorismo, que traen problemas a las familias" y que, además, emitan "de forma gratuita" mensajes educativos. Esto último significa, no nos engañemos, la obligación de emitir contenidos impuestos por el estado para el adoctrinamiento de los ciudadanos.

Son sólo dos ejemplos del retroceso permanente de la libertad de expresión, y cualquier otra libertad, en los países del eje bolivariano o con gobiernos cercanos a ese grupo. Incluso en España, donde el Gobierno sigue adelante con su plan de crear un Consejo Estatal de Medios Audiovisuales. Este, nombrado por el Parlamento, tendría capacidad de sancionar a los medios por múltiples motivos sin tan siquiera tener que presentar el caso ante un juez. Todo, eso sí, en nombre de la defensa del pluralismo y la verdad.

No hace falta estar indignado

Colocar los sentimientos en el centro de la política, algo que tiene perversos antecedentes, cortocircuita el uso de la razón. Los sentimientos desatan la acción que, con un ánimo más sereno, se deja guiar por las normas de la moral y la razón. Sería en extremo chocante que un movimiento que se coloca el cartel de la indignación no derivara en una violencia abierta. Tenuemente amenazadora, en sus primeras horas, y creciente a medida que sus acciones cubren con impunidad el vacío dejado por la respuesta del Estado. Es un ejemplo de cómo la proscripción de la violencia ampara y fomenta la violencia.

A pesar de las asambleas sin fin y de los debates en Internet, los indignados parecen adolecer de una falta de claridad de ideas. No es ya por qué se indignan o al menos por qué protestan. La confusión se da también en cuáles deben ser los medios para encauzar esa protesta. El grito más repetido, y el que tiene más coherencia con sus acciones, es el de “no nos representan”, proferido ante los políticos electos y acompañado de violencia. Pero sus fines, que exigen más control de la vida ciudadana por la política, son contradictorios con el discurso antipolítico. Muestran cierta violencia, pero no la suficiente para una revolución. Piensan en cambiar las cosas por medio de la opinión pública, pero su mensaje es confuso y contradictorio. Es una rebelión estéril.

Pero hay una alternativa. Por lo que se refiere a los fines, la rebelión puede buscar que los políticos nos dejen en paz. Que nos dejen, como trabajadores, llegar a un acuerdo con los empresarios en los términos que a ambos nos compensan. Que nos permitan como padres elegir el tipo de educación que queremos para nuestros hijos, o que nos permitan educarnos a nosotros con plena libertad. Que nuestro consumo dependa de la libre oferta de los productores, nuestras preferencias y nuestra disponibilidad económica, sin las prohibiciones y regulaciones impuestas por el Estado. Que podamos disfrutar de los frutos de nuestro trabajo sin que nos lo quite el Estado. Que nos dejen disponer de nuestro sueldo para elegir la forma de proveernos de capital para el futuro. Que no se violen nuestras libertades con la excusa de la lucha contra el crimen. Que no se cercene nuestra libertad de expresión o la de aquellos medios que nos gustan. Los ejemplos, por desgracia, son innúmeros.

Por lo que se refiere a los medios, no hay que recurrir a la violencia. Basta recordar nuestro derecho a la desobediencia civil. El Estado nos impone normas que invaden nuestros derechos, cercenan nuestras libertades y nos roban nuestro tiempo y nuestro dinero. Son injustas. Somos dueños de nuestros derechos y podemos ejercerlos, contra tales leyes. Como dice Thoreau, el gobierno “no tiene la vitalidad y fuerza de un solo hombre: porque un solo hombre puede doblegarlo a su antojo”. No hace falta recurrir a la violencia, basta con la resistencia pacífica. El poder del Estado se basa en la violencia. Pero tiende, entre la violencia y el cumplimiento de sus objetivos, un manto de legitimidad que en la mayoría de los casos es falso. Descubrámoslo con la desobediencia; pacífica, esto es. Tenemos el derecho a ignorar al Estado, si no es un instrumento de nuestra conveniencia. Muchos ya lo hacen.

Además, los indignados tienen un problema de representación y legitimidad. Ellos no aceptan a los políticos como representantes suyos. Y no tienen por qué, el derecho a sentirse representado es enteramente suyo. Claro, que lo mismo ocurre con sus asambleas y sus portavoces. En una rebelión de verdad, basada en la desobediencia pacífica, este problema se disuelve. Cada uno se representa a sí mismo, que es quien se niega a cumplir las leyes.

Aunque para todo ello no hace falta estar indignado. Pero sí es necesario tener una idea clara de cuáles son nuestros derechos, de cómo los viola sistemáticamente el Estado y de cómo éste se interpone constantemente en la consecución de nuestros fines.

La sociedad abierta y sus enemigos

El filósofo Karl Popper describió magistralmente las dificultades que enfrenta nuestra civilización en su libro "La Sociedad Abierta y sus Enemigos". Los "indignados" del Movimiento 15M deberían leer esta obra intelectual que critica el "historicismo" determinista y explica el proceso de lenta transición sociocultural desde una sociedad tribal (o cerrada) de decenas o cientos de individuos hacia una sociedad abierta (o civilizada) caracterizada por la interacción en libertad de millones de ciudadanos.

En el año 1945, Popper explicaba cómo se pueden producir involuciones que son "guiadas" por la ingeniería social utópica de colectivos que difunden prejuicios, anatemas y falacias que, si se imponen, imposibilitan las reformas que conducen hacia mayores cotas de libertad y democracia.

Conviene recordar cómo, bajo la demagogia populista del "peronismo", la bella Argentina abandonó el club de los países desarrollados durante la segunda mitad del siglo XX y, lamentablemente, el proceso de emigración de argentinos brillantes y emprendedores ha sido incesante desde entonces. Y, desde luego, conviene observar con atención otros procesos de involución institucional aún más agresivos como los que padecen Venezuela, Ecuador o Bolivia.

El maremágnum de ideas utópicas, la carencia de propuestas concretas más allá de cuatro parrafadas, los intentos de manipulación desde grupos de extrema izquierda, la estética radical y las recientes performances en las sesiones de investidura de los Parlamentos y Ayuntamientos han terminado por desenmascarar un movimiento de "democracia asamblearia" que parece determinado a llevarnos hacia la argentinización de España.

Las últimas encuestas [1][2] muestran una elevada desafección ciudadana con los partidos políticos, las ideologías y la casta dirigente y, al menos inicialmente, cierta simpatía hacia los "indignados" del Movimiento 15M, que ha ido descendiendo aceleradamente después de la celebración de las elecciones autonómicas y municipales del 22 de mayo.

Por ello, algunos entendemos que lo mejor que pueden hacer los indignados es organizarse legalmente en un partido político y ofrecer sus propuestas al conjunto del electorado por los cauces legalmente establecidos, actuando de forma pacífica y respetando a las demás personas, sin presiones ni coacciones callejeras, y sin molestar ni increpar a los ciudadanos.

Ante el descontrol de las movilizaciones acaecidas, resulta conveniente recordar a Popper en estos momentos, porque señalaba cómo los marxistas llaman ‹‹mera libertad formal›› a la democracia para justificar el incumplimiento del ordenamiento jurídico establecido:

Esta ‹‹mera libertad formal››, es decir, la democracia, el derecho del pueblo a juzgar y expulsar del poder a sus gobernantes, es el único medio conocido para tratar de protegernos del empleo incorrecto del poder político, su esencia consiste en el control de los gobernantes por parte de los gobernados.
(Popper, 2010: 342).

Y, efectivamente, la democracia constituye la base de la libertad de los ciudadanos siempre que arraigue con una estructura institucional que proteja de modo eficiente los derechos fundamentales a la vida, la libertad, la propiedad y la igualdad ante la ley por encima de las actuaciones de los Gobiernos y Parlamentos de turno.

Sin embargo, se constituyen en enemigos de la sociedad abierta los intervencionistas "de todos los partidos", e incluso de fuera de los mismos, porque critican el régimen democráticamente establecido para defender menos libertad, más Estado, más impuestos y expropiaciones y, si se les permite, movilizaciones y revoluciones para tomar el control de la calle y lograr por la fuerza el poder que les niegan las urnas.

Por otro lado, después de observar los eslóganes y protestas de los "indignados", es preciso recordar como Karl Popper señalaba que:

… debe desecharse el dogma de que el poder económico se halla en la raíz de todo mal, sustituyéndolo por la concepción de que han de tenerse en cuenta todos los peligros derivados de cualquier forma de poder incontrolado.
(Popper, 2010: 343).

Y otro tanto ocurre con las instituciones morales como la familia, el lenguaje, el dinero, el comercio, el mercado o la banca, cuando no son comprendidas y acaban siendo irracionalmente atacadas por "revolucionarios" que pretenden "guiar" el orden social según sus utópicas convicciones de lo que "debería ser" una sociedad.

Por mucho que los "indignados" del mundo no alcancen a entenderlo racionalmente, esas instituciones han sido generadas en un proceso de lenta evolución sociocultural, de un modo espontáneo y situado a medio camino entre lo racional y lo irracional, permitiendo al ser humano progresar desde los primitivos órdenes tribales de convivencia y economía de subsistencia hasta un orden extenso, complejo y abierto de colaboración que constituye la sociedad civilizada.

No deseo castigar en exceso a aquellos ciudadanos bienintencionados que se hayan sumado al movimiento 15M por motivos fundamentados como, por ejemplo, protestar por la deriva intervencionista de las autonomías, o por los privilegios y prebendas de la casta política. De hecho, aunque pecaban de generalistas y poco elaboradas, algunas conclusiones finales parecen sensatas cuando reclaman separación "real" de poderes, independencia judicial, control de las decisiones de los políticos (referéndum) o mejora del sistema electoral.

Sin embargo, entiendo que algunos deben aprovechar el verano para leer mejores libros que el panfleto político ¡Indignaos!, de Stéphane Hessel, para poder reflexionar con seriedad, porque las reformas que necesita España deben ser coherentes con el desarrollo socioeconómico.

De hecho, existe un único camino para salir de la crisis institucional que, nuevamente aludiendo a Popper, nos insta a "interpretar la historia del poder político desde el punto de vista de nuestra lucha por la sociedad abierta", y solicita de los ciudadanos un permanente racionalismo crítico para "la defensa y el fortalecimiento de aquellas instituciones democráticas de las que depende la libertad" (Popper, 2010: 491).

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La “democracia real” es sinónimo de marxismo

La democracia representativa ha sido objeto de numerosas críticas desde su implantación. La denominada "crisis de representación" o de "legitimidad" ha sido frecuente objeto de estudio en el seno de las teorías neomarxistas (Macpherson, Barber, Bachrach, Pateman o Green, entre otros). Estos autores reclaman sustituir la representación actual por una "democracia directa", que permita una plena participación ciudadana en el ámbito público. Se trata, pues, de una perspectiva de análisis puramente democrática, que nada tiene que ver con la limitación del poder estatal y la defensa de libertades, ya que tan sólo se centra en cómo elegir representantes y elaborar leyes.

Este debate no es nuevo. A finales de los años 60 y principios de los 70, los indignados de entonces ya reclamaban una "democracia de audiencia". Y ello se explica por varios motivos: los militantes dejan de ser esenciales para la estructura partidista; la irrupción de nuevos medios de comunicación implica un tipo de campaña más centrada en candidatos que en programas; los partidos de masas se transforman en "catch-all" tras la II Guerra Mundial, lo cual conlleva su desideologización, un fortalecimiento de los dirigentes y la búsqueda de un electorado más amplio; el fuerte crecimiento de las rentas medias erosiona la conciencia de clase y se van así difuminando los clichés partidistas; el surgimiento de nuevas demandas sociales (valores postmateriales como el medio ambiente o la igualdad) son difíciles de formular sobre la base exclusiva de un partido y, como resultado, surgen nuevos movimientos que le restan protagonismo.

El electorado se ha ido haciendo más heterogéneo y menos abarcable. Además, el ciudadano posee nuevas herramientas para llevar a cabo acciones políticas por su cuenta y más autonomía y nuevos valores, lo cual provoca una mayor expectativa de participación al margen de los partidos. Todo ello configura la tan manida  "desafección" hacia las tradicionales formaciones, según esta visión neomarxista.

Y puesto que la actual legitimidad política deriva de la satisfacción de los ciudadanos, tales teóricos reclaman una mayor participación de éstos en el sistema. Su alternativa es la "democracia participativa". ¿Cómo? Permitiendo que los grupos afectados por una decisión o ley participen en el proceso de elaboración de la misma, aumentando el número de decisiones sometidas a su voluntad, ya sea vía referéndum o "democracia virtual" (voto electrónico); consultas periódicas; programas y procesos de deliberación en el seno del partido previos a la toma de decisiones; buzones de demandas…

Asimismo, pretenden establecer nuevos mecanismos de control para que los políticos sean sancionados si los electores no están satisfechos con su actuación. Entre sus propuestas, destacan las siguientes: listas abiertas; creación de agencias estatales independientes dotadas de autoridad para emprender acciones, controlar y sancionar actos u omisiones ilícitas de otros agentes o entes del Estado; intensificación de los mecanismos de control del Parlamento; rendición de cuentas; democracia interna en el seno de los partidos, etc.

Así pues, todas estas medidas se centran en cómo involucrar más a los electores en el proceso de toma de decisiones, tanto a nivel gubernamental como partidista. Y es que, según esta corriente, la participación implica el control ciudadano del poder. Si se fijan, todos los acampados de Sol, el movimiento "Democracia Real Ya", firmarían punto por punto este tipo de reivindicaciones. De hecho, han lanzado propuestas muy similares, centradas tan sólo en cambiar los cauces de participación política.

Son éstas, precisamente, y no tanto las medidas sociales y económicas concretas -claramente izquierdistas, por cierto-, las que han aglutinado un apoyo mayoritario entre la población y los grandes medios. Sin embargo, pese al consenso que parecen aglutinar, no dejan de ser peligrosas ideas neomarxistas de consecuencias desastrosas. En este sentido, cabe recordar que democracia y liberalismo significan cosas muy distintas y, si bien el actual modelo representativo tiene ya muy poco de liberal, la "democracia directa" o "pura" no es más que otro traje para vestir al Estado totalitario.

La democracia posible

A día de hoy todavía quedan plazas ocupadas por indignados en toda España desde que hace ya casi un mes un movimiento aparentemente heterogéneo y abierto se echara a la calle a protestar contra el poder establecido. Primero se presentaron bajo el paraguas de una marca blanca que fue descubriendo un programa de carácter netamente colectivista y populista bautizado como ‘toma la plaza’ y entre cuyas exigencias para cambiar el sistema se encuentra la nacionalización de los bancos, la expropiación de viviendas o la subida de impuestos entre otras medidas socialistas.

Aprovechando un clima generalizado de indignación, la Izquierda social, decepcionada con la Izquierda política por no encontrar una salida de izquierdas a la crisis, se ha echado a la calle buscando una legitimidad que no encuentra en las urnas. La democracia asamblearia ha dejado de ser el sueño húmedo de algunos teóricos nostálgicos de una Antigua Grecia idealizada bajo el totalitarismo democrático actualizado en la tiranía de la voluntad general rousseauniana para llevarse a la práctica en el mismísimo centro de España.

Las últimas noches en Madrid nos han dejado una metáfora casi perfecta sobre la cuestión de fondo que planea sobre esta disyuntiva entre legitimidad representativa y legitimidad popular. Lo que entendemos por democracias en Occidente es algo más que un mero procedimiento de toma de decisiones en el que la mayoría impone su voluntad; al contrario, permite el control efectivo del poder eligiendo gobiernos de mayoría que respeten a las minorías. Frente a esta democracia representativa o liberal, se contrapone la democracia como fin en sí mismo sin admitir, por tanto, ningún tipo de cortapisa a esa decisión ejecutiva, casi sagrada, que emana de la mayoría.

Esta forma de democracia pura tiene, además, el inconveniente de su difícil articulación en sociedades complejas. El proceso farragoso que se está reproduciendo en algunas plazas españolas demuestra cómo el tiempo es un bien escaso y la especialización también hace necesaria la existencia de representantes que tengan un mandato legal y reconocido por el que tomar decisiones. Lo contrario supone dejar el control de esas asambleas a minorías ociosas e interesadas en atribuirse una representación ficticia, proceso por el cual pretenden legitimarse como mayoría e imponer su voluntad sobre el resto de la población. La propia naturaleza de estos grupos, parasitaria del Estado, es la que marca su agenda, pues siempre tenderán a aumentar la dependencia individual del colectivo, ya que ese es su propio modelo de existencia que no solo quieren mantener sino incrementar y perpetuar.

La democracia real y posible es la que ya tenemos, con sus imperfecciones que también son las nuestras. Por muy indignados que estemos legitimar la toma de las calles solo nos conducirá a poner en duda la legitimidad representativa y socavar el Imperio de la Ley. Mientras exista, no todo vale, y permanecer dentro de sus límites es el mejor aval de una sociedad libre y próspera. Puestos a mirarnos en el espejo de los antiguos filósofos griegos en estos tiempos, sería conveniente recordar la última lección que nos legó Sócrates al aceptar su condena a muerte bebiendo la cicuta en lugar de escapar a la fatal pero legal sentencia.