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Etiqueta: Libertades propiedad y estado de derecho

Las Cortes de Cádiz

El pasado 24 de septiembre se cumplieron dos siglos de la constitución de las Cortes de Cádiz. Una nación ocupada convoca a unos hombres que intentan reconstruir el entramado institucional en un reducto del territorio sin más salida que el mar. Se juntaron el patriotismo y el heroísmo fuera de los campos de batalla, en una labor intelectual y en un contexto de primacía del liberalismo. Los liberales miramos con orgullo aquella obra, que cristalizó a los dos años de empezada en una Constitución que inspiró otras en distintos lugares del mundo.

Hay mucho que celebrar de aquello. Hizo tabla rasa de algunas instituciones carentes de justicia y función y de privilegios que habían perdido su sentido. Reconoció la libertad de imprenta y las libertades económicas. Pero también hay motivos para censurar aquellas Cortes y aquella Constitución desde un punto de vista liberal. Curiosamente, esta posición me acercará a las posturas realistas de aquellos años, pero pronto se verá cuál es el motivo.

La inspiración de la Constitución de 1812 es netamente francesa. Mejía Lequerica, cuando expuso un proyecto de decreto para la elaboración de una Constitución, puso como ejemplo el juramento del Juego de Pelota de 1789 por el que los miembros de la Asamblea Nacional francesa no saldrían de allí sin haber redactado un texto fundamental. Los vocales de la comisión constitucional se limitaron a corregir, completar o modificar un texto elaborado por Antonio Ranz Romanillos. Fue éste secretario de la Junta de Bayona y participó en la redacción de la Carta Otorgada de 1808, que tradujo cuidadosamente al español. Se puede apreciar claramente la inspiración francesa en la inclusión de una relación de derechos fundamentales, si bien éstos quedan relegados al articulado; en la separación de poderes; en el racionalismo administrativo, y en la idea de la soberanía nacional.

Esta última idea, que fue introducida en 1810, procede de un concepto de nación puramente francés, enlaza perfectamente con Rousseau y su “voluntad general”, y supone entronar un poder absoluto, sin limitación teórica o práctica, en una institución. Ese poder, no nos extrañará, recaía en gran medida en las Cortes. Además, era un sistema unicameral, sin el elemento moderador que puede aportar una segunda cámara.

Las Cortes llevaron la idea de soberanía nacional depositada en ellas hasta su última conclusión, que es el poder absoluto y el abandono de la separación de poderes. Se ha hablado, con propiedad, de “absolutismo parlamentario”. Sobre la concentración de poderes en las Cortes, dan fe sus muchos actos ejecutivos y resoluciones judiciales.

Entre los muchos actos propios de una administración, las Cortes resolvieron asuntos tan particulares como atender “una solicitud de Josefa Granados para que al sargento Juan Antonio Gallego se le conceda dispensa en depósito para contraer matrimonio”. O resolvió una exposición de “D. Francisco Quesada para que se le permita vender a censo algunas tierras procedentes de una memoria de misas”. Entre sus fallos judiciales se encuentra el caso de un impresor de Cuenca, que denunció ante las Cortes al alcalde de la ciudad, Feliciano Grande, “que infringiendo la Constitución allanó su casa con objeto de quitarle una resma de almanaques que había impreso”.

Pero no podremos apreciar todo su carácter sin mencionar, siquiera de pasada, los casos del obispo de Orense y Miguel Lardizábal, ambos elegidos para formar parte de la Regencia. Se les envió un juramento que comenzaba así: “¿Reconocéis la Soberanía de la Nación representada por los diputados de estas Cortes generales y extraordinarias?”, a la que seguían otras preguntas. El obispo, Pedro Quevedo y Quintano, renunció antes de firmar y solicitó que se le permitiese regresar a Orense, lo que le fue concedido. Pero creyó necesario compartir su opinión sobre el decreto de 24 de septiembre y el concepto de soberanía nacional. Quevedo y Quintano observó que si la soberanía estaba en la nación, no estaba en el Rey y éste se convertía en un súbdito. Fue más allá al señalar que se le obligaba a firmar la sumisión a “los decretos, leyes y Constitución” que aprobasen en el futuro las Cortes, cuyo contenido era imprevisible. Y añadió que jamás un gobierno absoluto había llegado tan lejos.

Las Cortes se reunieron en sesión secreta (lo que era muy común) para decidir qué hacer ante la expresión de sus opiniones. Sabemos por Antonio Campmany que unos querían enviarle a las Malvinas; otros, confinarle en Ceuta; aun otros, que se le decapitase. Dueñas propuso que se le confiscasen todos sus bienes y los de Lardizábal y con ello se sufragase un monumento a Padilla y al obispo de Zamora, “degollados ambos sin oírlos en tiempos de los comuneros por haber sostenido los derechos de la nación”. Finalmente, las Cortes resolvieron que el obispo de Oviedo y, como él, todo español “que se halle en el caso de no querer jurar la Constitución en los términos prevenidos, sea tenido por indigno del nombre de español, despojado de todos sus empleos, sueldos y honores y expelido del territorio español en el término de veinticuatro horas”.

Al obispo de Oviedo, sin embargo, le “intimaron” a firmar los juramentos. Pero éste resolvió “no conformarme ni hacer el juramento a menos que se me permita explicar el sentido en que puedo hacerlo sin perjuicio de mi conciencia y de mis más estrechas obligaciones”. Pero finalmente el pulso lo ganaron las Cortes frente al enfermo Pedro Quevedo y Quintano, que juró el 3 de febrero de 1811. José María Blanco White se preguntó, reflexionando sobre los casos del obispo de Oviedo y de Miguel Lardizábal “¿Cómo es que las cárceles de Cádiz no han estado libres de dos o tres escritores a la vez desde el principio de la libertad de imprenta?”.

Porque, como en el caso francés, las libertades eran prístinos ideales abstractos, pero en lo contingente no se podía tolerar oposición alguna a las autoridades que las defendían. En marzo de 1814, una moción firmada por trece diputados pedía la redacción de un Código Penal, lo que se comenzó a hacer en sesiones extraordinarias. El proyecto de ley decretaba la pena de muerte, por traición, a quien “alterase y conspirase directamente y de hecho a destruir o alterar el Gobierno monárquico hereditario que la Constitución establece, o a que se confundan en una persona o cuerpo las potestades legislativa, ejecutiva y judicial, o a que se radiquen en otras corporaciones o individuos”. Pena de muerte a quien “intentase directamente o de hecho establecer en España otra religión”, para quien impida o entorpezca la celebración de Cortes o la celebración de juntas electorales. Martínez de la Rosa, dos días después de que Fernando VII disolviese las Cortes, propuso: “El diputado a Cortes que, contra lo prevenido en el artículo 375 de la Constitución, proponga que se haga en ella o en alguno de sus artículos alguna alteración, adición o reforma hasta pasados ocho años después de haberse puesto en práctica la Constitución en todas sus partes, será declarado traidor y condenado a muerte”.

Yo no niego el patriotismo de los convocados a Cortes en estos años. Pero el camino que tomaron seguramente no fue ni el mejor ni el único posible. No es que llegasen con las manos vacías, es que se las sacudieron. España, como Inglaterra, tenía una Constitución histórica. Gaspar Melchor de Jovellanos, ante los crecientes rumores de que se estaba pensando en escribir una nueva Constitución, señaló que España ya la tenía, pues “¿qué otra cosa es una Constitución que el conjunto de Leyes Fundamentales que fijan los derechos del soberano y de los súbditos, y los medios saludables para preservar unos y otros?”. El Manifiesto firmado en 1814 por varios diputados decía: “Constitución había, sabia, meditada, y robustecida con la práctica y el consentimiento general”. Los firmantes reconocían el “despotismo ministerial digno de enmienda” de la época de Carlos IV y estaban abiertos, como Jovellanos, a las reformas.

La cuestión es que, como dijo Manuel José Quintana, “una posición política, nueva enteramente, inspiró formas y principios políticos enteramente nuevos”, que llevaron a un absolutismo parlamentario. Sería interesante pensar si una reforma de la Constitución tradicional española, más que la ruptura de las Cortes de Cádiz, hubiera dado más estabilidad, continuidad y libertad a nuestro país.

El gobernante aislado

Como viene ocurriendo desde hace años, uno de los hechos más destacables del desfile de las Fuerzas Armadas españolas por la Fiesta Nacional o Día de la Hispanidad ha sido la lluvia de abucheos e insultos al presidente del Gobierno. Uno de los momentos elegidos por los vociferantes no pudo ser menos adecuado: el homenaje a los caídos. Unos instantes que deberían estar dominados por el respeto y recogimiento, máxime si se tiene en cuenta la presencia de familiares de los militares fallecidos en acto de servicio durante el último año, quedaron empañados por la legítima pero inoportuna protesta de una gran cantidad de ciudadanos que no quisieron o pudieron elegir una ocasión mejor para mostrar su rechazo a Rodríguez Zapatero.

El Gobierno ya ha anunciado su intención de cambiar el protocolo del desfile del 12 de octubre para evitar que a partir del año que viene puedan repetirse este tipo de episodios. No han explicado, eso sí, cómo pretenden hacerlo. Sin embargo, sólo existe una forma, alejando todavía más al gobernante de los gobernados. El único modo de impedir que el público asistente a la parada militar abuchee, increpe, silbe o exija la dimisión de Zapatero (o cualquier otro jefe del Ejecutivo) es aislándolo físicamente de la población, evitando que los ciudadanos puedan verlo.

Y, sin embargo, esa permanente distancia física entre el presidente del Gobierno y los ciudadanos que caracteriza a la democracia española (y de muchos otros países europeos) puede explicar en parte la irrespetuosa elección del momento de la protesta contra Zapatero. El desfile del 12 de octubre es prácticamente el único día del año en el que el jefe del Ejecutivo (el actual y cualquier otro) acude a un acto en el que está próximo a miles de ciudadanos. Por lo tanto, no debe extrañar que sea en dicha ocasión cuando se producen las públicas muestras de rechazo. El único modo de evitar los silbidos y abucheos en los momentos menos oportunos es mediante una mayor exposición pública de los gobernantes.

Sin embargo, este distanciamiento físico parece inherente al sistema democrático español y de otros países. Pero no en todos. Toda estructura gubernamental tiene una simbología, parte de la cual no resulta demasiado evidente, pero expresa mucho sobre la concepción del poder.

En gran parte de Europa continental existe, y así se refleja, una idea última de que el gobierno está por encima de los ciudadanos y no debe ser expuesto a ellos. Las sedes del Ejecutivo y/o la jefatura del Estado se encuentran, bien a las afueras de la capital, como La Moncloa en Madrid, bien en el centro de la ciudad, pero aisladas por altos muros y frondosos jardines, como El Elíseo en París. Contrasta este aislamiento con la céntrica localización y ausencia de altos muros de la Casa Blanca en Washington, el 10 de Downing Street en Londres o, por citar un caso menos conocido, el Palacio Presidencial de Bratislava.

En estos últimos casos parece dominar, al menos en teoría, la idea contraria a la característica de gran parte de la Europa continental. El mensaje implícito en este tipo de sedes es que el poder debe estar expuesto ante los ciudadanos, no protegido de la incómoda mirada de la población. En el caso concreto de Reino Unido y EEUU, puede ser producto de una tradición política distinta que no tiene como antecedente un despotismo ilustrado en el que se consideraba que el Gobernante debía estar a resguardo del escrutinio público.

Es sano que el gobernante no se mantenga en una torre de marfil sin más contacto con los ciudadanos que las encuestas. Aunque pueda deparar situaciones incómodas, como abucheos o manifestaciones frente a la sede del gobierno, quienes ejercen el poder deberían mostrarse con mayor frecuencia ante la población y estar atentos a cómo se expresan las personas ante ellos. Significaría demostrar una menor prepotencia y, además, tal vez tendría el beneficio añadido de que los insultos y silbidos no empañaran momentos solemnes.

Liberalismo popular

Hay ideologías que requieren de una vanguardia redentora capaz de ver más allá que el conjunto de la población; una élite de mente preclara capaz de aportar y aplicar soluciones que el populacho necesita, pero en su ignorancia mediocre desconoce. No es el caso del liberalismo y la concepción del mundo que conlleva. No hay teorías ni estadísticas que puedan adelantarse ni aprehender la complejidad de las pasiones y razonamientos individuales que hacen de la acción humana un hecho inusualmente impredecible y sublime, capaz de desafiar cualquier modelo que haya previsto su comportamiento.

Desde la atalaya académica, a veces puede perderse esta perspectiva, encerrando la libertad entre los lomos de libros protegidos por gruesos muros de facultades e instituciones. El liberalismo, lejos de ser una ideología abstracta sólo accesible a una minoría elitista, es una realidad práctica participada por los individuos.

El pasado 29-S vivimos una jornada en la que la práctica popular del liberalismo prevaleció sobre el sindicalismo institucionalizado del Estado español, sin necesidad de teorías abstractas, adoctrinamiento escolar, apoyo de partidos políticos o propaganda en los medios de comunicación de masas. Todas las estimaciones y experiencias de aquella jornada indican que la huelga general tuvo un seguimiento mínimo, muy alejado del 70 por ciento anunciado por los mismos sindicatos que la habían convocado. La realidad es que, salvo en sectores como el de la Industria, el país continuó funcionando y los españoles se dedicaron a trabajar a pesar de las dificultades que encontraron.

Allí donde los sindicatos impusieron su ley del silencio sobre los transportes públicos, la gente se organizó para salir antes de casa, sorteando los posibles piquetes que intentarían impedírselo; de forma no centralizada ni organizada, compartieron medios de transporte privado o caminaron distancias agotadoras para llegar en hora a su puesto de trabajo. Quienes pudieron, trabajaron desde casa. Los pequeños comercios, indefensos frente a la acción de las hordas sindicales, llegaron a enfrentarse sin cerrar o, para no arriesgar su supervivencia, bajaron la persiana al paso del piquete -clientes en su interior incluidos- para luego volverla a subir y así poder mantener la actividad que a final de mes consigue dar de comer a sus familias. Los otrora aplaudidos sindicatos fueron abucheados por la calle, la gente trabajadora perdió el miedo y no reprimió su enfado exponiendo las vergüenzas de la casta privilegiada que vive a su costa.

En esta lucha reaccionaria de los privilegiados para mantener sus privilegios, en la que ha quedado un instrumento como la huelga, los primeros y más severamente perjudicados fueron los trabajadores humildes. Zonas calientes como Madrid, donde la repercusión mediática es mayor, sufrieron la intransigencia de piquetes que intentaron por todos los medios a su alcance impedir el legítimo derecho a trabajar, también el día de la huelga. Desde la medianoche hasta que finalizaron las manifestaciones, se bloquearon los medios de transporte para impedir que la gente pudiera llegar a sus lugares de trabajo, pero tampoco volver a sus casas. A las 2 de la madrugada, decenas de autobuses permanecían bloqueados por piquetes “informativos”; en su interior, trabajadores que terminaban su jornada a esa hora intempestiva e intentaban llegar a sus casas. Paradójicamente, quienes se autodenominan sus defensores se lo impidieron. Quienes no consiguieron llegar a sus puestos de trabajo perdieron el sueldo y su cotización a la Seguridad Social mientras que los liberados que se lo impidieron cobraron íntegramente el salario correspondiente a ese día, si acaso el único en el que trabajan. Son sólo algunos ejemplos, pero podrían desgranarse algunos más.

Los trabajadores dieron una clase práctica de liberalismo. Sin necesidad de pasar por las aulas ni tener de su parte a grupos de poder organizados, simplemente trabajando, guiándose por el sentido común y esa necesidad tan humana que es ganarse el pan con el sudor de la frente. Esa es la fuerza y la actividad que mantiene con vida a las familias y, como consecuencia, a todo un país. Sin ellos, la pirámide de privilegios que se erige sobre su esfuerzo no podría mantenerse, y el 29-S estos trabajadores sacrificados dieron la espalda a la casta organizada que vive de ellos. No fueron actos heroicos, tan solo un despertar tardío del latente emprendedor que llevamos dentro. ¿Quién dijo que el liberalismo no era atractivo ni popular?

De los delitos y las penas

En 1764, Cesare Bonesana, marqués de Beccaria, publicó una obra señera llamada De los Delitos y las Penas. En ella, Beccaria sentaba las bases de los futuros estudios acerca de la proporcionalidad de los castigos respecto a la trascendencia de las infracciones. También planteaba Beccaria el sentido de la reclusión y la importancia de que al salir, el delincuente estuviera dispuesto a vivir conforme a las leyes.

Para ello, por supuesto, es imprescindible una legislación adecuada. En el capítulo XLI, el autor llega a la conclusión de que el fin de toda buena legislación no es castigar los delitos sino evitarlos y que no hiciera falta penalización alguna. Una manera de prevenir los delitos es el de interesar a la ciudadanía, que debe ejecutar las leyes, más en la observancia de éstas que en su corrupción. Otro método es el de recompensar la virtud, de modo que el ciudadano sienta que no sólo cumple para no ser castigado, sino para ser premiado. Pero por encima de todo, para Beccaria, seguidor de John Locke, Montesquieu, Claude Helvetius y Étienne Condillac, es la educación el mejor camino para conseguirlo y, por ello, cree que el perfeccionamiento de la educación es la mejor prevención.

Siglos después, Gary Becker, premio Nobel de economía en 1992 por sus aportaciones microeconómicas en torno al comportamiento y las relaciones humanas, también dedicó una parte de sus investigaciones a analizar la racionalidad del comportamiento delictivo, entre otros sitios, en la colección de ensayos Essays in the Economics of Crime and Punishment. Becker considera necesario hacer un análisis coste/beneficio, no solamente desde el punto de vista del legislador, sino también desde la perspectiva del delincuente. Así, habrá que considerar la eficiencia del aumento en el gasto en fuerzas de seguridad del Estado respecto a la disminución de los delitos, o el coste implícito en la remodelación de la legislación en términos del ahorro que supondrá la disminución de los delitos como consecuencia de dicho cambio legal. Pero Gary Becker va más allá, y entiende que los delincuentes también se harán ese planteamiento. De esta forma, seguirán delinquiendo en función de la posibilidad de ser capturados, lo penoso del castigo y la ganancia potencial, no solamente monetaria, sino también en cuanto a prestigio social.

El 29 de septiembre pasado, los sindicatos mayoritarios se sumaron a la huelga general convocada por los sindicatos europeos. Apenas hubo seguimiento. Para quienes vivimos en Madrid la huelga fue menos dañina que una nevada. La vida transcurrió prácticamente igual. Pero en otros sitios de España, como Barcelona, la huelga sirvió de excusa para el vandalismo. Los Mossos d’Esquadra detuvieron a 43 personas solamente en Barcelona. Y del total de arrestados, hasta 34 eran conocidos por la policía por desórdenes, daños y desobediencia. Los servicios de asistencia se ocuparon de 81 personas durante la jornada de paro, 49 de ellas mossos d’Esquadra, 31 ciudadanos y un enfermero. El edificio del Banco Español de Crédito de la Plaza de Catalunya fue ocupado y destinado a cuartel general de las hordas vandálicas y tuvo que ser desalojado por las fuerzas de seguridad.

Pues bien. De los 43 detenidos, solamente 10 han declarado ante el juez y, de ellos, solamente dos han ingresado en prisión. El resto están en libertad a la espera de ser llamados a declarar. Pero puesto que la mayoría son extranjeros residentes en España, es posible que sigan su tournée Erasmus-borroka y si te he visto, no me acuerdo.

¿Qué mensajes se lanzan a los ciudadanos con esta actitud de la justicia española?

Primero, las fuerzas de seguridad no pueden defenderte siempre. A veces, la corrección política es más importante que cualquier otra cosa aunque la población sea agredida (físicamente y en su propiedad).

Segundo, los vándalos deben atentar aprovechando los eventos políticos. En esas ocasiones todo vale y los “compañeros y las compañeras” te van a apoyar, aunque a ti solamente te importe montar bulla o conseguir unos pantalones vaqueros.

Tercero, incluso si te pillan, el sistema judicial es tan incompetente que no te va a pasar nada.

Solamente se puede añadir que quienes defienden un Estado mínimo (y con más razón quienes defienden un Estado obeso) pretenden que las funciones del Estado deben ser la justicia y la defensa de la población.

Saquen consecuencias.

Ayatolás asesinos de internautas

Esa es la triste realidad de países como Egipto, Siria, China, Cuba y muchos otros. Sin embargo, el régimen dictatorial y teocrático de Irán ha ido un paso más allá. La fiscalía de la república de los ayatolás ha pedido que se condene a muerte por ahorcamiento al más conocido de los blogueros de la antigua Persia.

De nada le ha valido a Husein Derajshan el cambio protagonizado antes de su detención en 2008, cuando había pasado de ser una "bestia negra" del régimen a defender a un presidente Mahmud Ahmadineyad cada vez menos legitimado y más delirante. A "Holder" (como es apodado) no le perdonan demasiadas cosas, en especial que durante mucho tiempo hubiera sido un referente de modernidad y aperturismo frente al oscurantismo y el fanatismo político-religioso de la casta dirigente. Ahora, por haber sido un ejemplo, puede ser ejecutado en virtud de una legislación que retrotrae internet a la Edad Media.

Mientras que Ahmadineyad acude a la ONU para defender absurdas teorías conspirativas destinadas a acusar a EEUU e Israel del 11-S (nada sorprendente viniendo de alguien que niega el Holocausto), su gobierno reprime con dureza la libertad de expresión dentro y fuera de la red. En lo que atañe a internet, el número de sitios web bloqueados en Irán asciende a cinco millones y varios blogueros han sido encarcelados, y uno de ellos falleció en prisión (destino similar al que sufrieron numerosos opositores detenidos durante las protestas posteriores al fraude electoral que confirmó en la jefatura del Estado a Ahmadineyad).

El iraní es un régimen asesino. Entre sus víctimas figuran opositores muertos en prisión sin juicio alguno, homosexuales ahorcados por el mero hecho de serlo, mujeres lapidadas tras ser acusadas de adulterio (lo que incluye el haber sido violadas) y cientos de asesinados en Israel, El Líbano, Argentina y otros países a manos de Hizbollah y otros grupos terroristas financiados por los ayatolás. Ahora puede pasar a engrosar esa lista un bloguero condenado a muerte. La iraní se convierte de esta manera en una dictadura asesina de internautas. Una novedad peligrosa.

Si el mundo no reacciona puede suponer un terrible precedente dentro y fuera de Irán. Hacia dentro, la teocracia persa sabrá que puede endurecer sus tácticas represivas. Y actuará en consecuencia. Hacia fuera, otras dictaduras podrían verse animadas a seguir el ejemplo y pasar de las penas de prisión a las de muerte, algo que no se puede descartar en lugares como China o Corea del Norte. A pesar de ello, lo más seguro es que los gobiernos del mundo democrático cierren los ojos una vez más y no alcen su voz contra el asesinato de Husein Derajshan.

La lucha contra la corrupción

Si realmente se quiere mejorar la función pública en una nación se necesita que las instituciones sean gestionadas con pulcritud e independencia. Para ello, deben minimizarse los casos de corrupción y prevaricación ya que deterioran gravemente el sistema democrático y, de modo especial, destruyen los valores morales que impulsan las sociedades más prósperas.

Ya vimos la importancia de las declaraciones patrimoniales y auditorías que, sin embargo, son papel mojado sin el concurso de la limitación de mandatos y las agencias anticorrupción.

La limitación de mandatos aplicada no sólo a los políticos electos sino también a sus altos cargos de confianza, introduciría una barrera normativa en contra de las redes clientelares que se forman entorno a las unidades administrativas públicas. Al igual que en todas las profesiones, existen buenos funcionarios que trabajan con honradez y profesionalidad, que hacen multitud de horas extras no remuneradas y que orientan su trabajo al servicio a los ciudadanos. Por ello, una renovación “efectiva” cada cuatro u ocho años dentro del Estado permite que entre aire fresco por los despachos y, al menos en teoría, complica la labor de los lobbies y grupos de presión.   

Por otro lado, también sería esencial que interviniesen Agencias Anticorrupción sobre aquellos funcionarios, directivos y políticos en los que se observase un crecimiento patrimonial “anormal” o una reiteración en actos administrativos “no ajustados a derecho”. Evidentemente, las instituciones anticorrupción no deben seguir los intereses de ningún político, sino que deben quedar bajo el ámbito de la justicia, como órganos auxiliares de investigación y toma de pruebas que permitan encausar a los delincuentes.

El Gobierno de los Estados Unidos destaca como factores críticos para el éxito de una agencia anticorrupción: la implementación de una estrategia comprensible que alcance a todo el sector público y no solo a Estado central, la independencia y un fuerte respaldo político. Como en todos los procesos de evolución de la estructura institucional, resalta la importancia de elegir bien el “momento constitucional” para implantar la agencia anticorrupción de manera efectiva y eficiente, con el apoyo político necesario para que se promueva de modo que funcione.

Pero, como muchos ciudadanos ya no confiamos en exceso en la actuación de los políticos, entiendo que sería mejor que las agencias anticorrupción pudiesen operar descentralizadas y tuteladas por juzgados especializados, en donde diversos jueces independientes se turnasen aleatoriamente en la dirección de las investigaciones como instructores. Claro que, para que funcionase dicha agencia con una dirección judicial en vez de política, sería preciso un poder judicial “realmente” independiente. Tampoco vendría mal que existiese a escala europea, aunque siempre bajo el control de jueces independientes.

Las agencias anticorrupción deberían estar orientadas hacia el control de los actos administrativos “dudosos” que afecten al presupuesto público pero, también, hacia la supervisión de las declaraciones patrimoniales al igual que ocurre en Estados Unidos. Su alcance podría ser incluso mayor, realizadas de modo aleatorio para que llegase a un porcentaje elevado de los funcionarios públicos en el transcurso de varios años, de modo preceptivo por las denuncias de los ciudadanos afectados y, antes del nombramiento de un alto cargo y, por supuesto, después de su cese.

Sin embargo, por su importancia para la calidad de la democracia, las agencias anticorrupción deberían también mantener controles sobre las auditorias internas llevadas a cabo por los técnicos de la Intervención General del Estado para asegurar que su labor alcanza por igual a todas las instituciones públicas (comunidades autónomas, Estado central, ayuntamientos, diputaciones provinciales, cabildos,…) y, contrasta en sus actuaciones el cumplimiento fiel de los objetivos de eficacia y eficiencia de las operaciones, fiabilidad de la información financiera y cumplimiento estricto de las leyes, reglamentos, normas y contratos.

A modo de ejemplo, la U.S. Goverment Accountability Office ha revisado recientemente sus estándares para introducir mayores niveles de ética, independencia, juicio y competencia profesionales en las auditorias internas. En teoría, deben operar según los criterios y recomendaciones de la International Auditing and Assurance Standards Board (IAASB), sin que los políticos puedan introducir variaciones legislativas “locales” que reduzcan a un mero trámite administrativo la labor interventora, dado que es un cuerpo funcionarial esencial para garantizar  la transparencia en la gestión de las cuentas públicas.

Sin embargo, asistimos a un espectáculo bochornoso de deterioro moral del régimen político en España con una casta político judicial que impide corregir fisuras normativas e instaurar instituciones que puedan mejorar la democracia a favor de los votantes.

Y es ahí donde radica el problema principal para lograr que las declaraciones patrimoniales, las auditorias internas, la limitación de mandatos o las agencias anticorrupción puedan ser implantadas algún día como barreras contra la prevaricación, la malversación y la corrupción generalizadas.

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La droga es lo de menos

Y, de repente, saltó la espita. El ex presidente del Gobierno Felipe González reclama ahora un acuerdo internacional para legalizar el tráfico de drogas tras ignorar este necesario debate durante los largos años que detentó el poder político. ¿Casualidad? Lo dudo. La violencia y los miles de muertos que cada año se está cobrando este negocio ilegal en México, unido a la estrecha colaboración que mantiene González con alguno de los grandes magnates del país, como es el caso de Carlos Slim, explicarían el repentino interés del ex dirigente por esta espinosa cuestión.

Pero, más allá de las intenciones no declaradas de González, lo cierto es que sus declaraciones han logrado reavivar, aunque sea temporalmente, el debate sobre la conveniencia o no de legalizar ciertas sustancias hasta ahora prohibidas, como es el caso de la heroína, la cocaína o la marihuana, por citar tan sólo las más demandadas y conocidas.

Como suele ser habitual, los férreos defensores del prohibicionismo han reaccionado de inmediato alegando que la legalización desembocaría en un aumento sustancial de la demanda y, por tanto, de los problemas de salud asociados a esta práctica. Sin embargo, los amantes del intervencionismo parecen olvidar que el consumo de drogas ilegales ha crecido de forma constante entre los países que lideran la denominada “guerra internacional contra el narcotráfico”. Asimismo, la legalización de la marihuana y sus derivados no se ha traducido en un crecimiento del consumo entre los holandeses.

Por si fuera poco, cabe recordar que el encarecimiento de drogas legales como el tabaco y el alcohol, así como las recientes restricciones administrativas para limitar su consumo, restringir su venta y prohibir su publicidad, han obtenido un rotundo fracaso. El número de fumadores no ha descendido y los jóvenes siguen practicando el “botellón” en las grandes ciudades de España cada fin de semana. Pese a ello, los prohibicionistas insisten en los mismos errores cometidos durante el reinado de la Ley Seca en Estados Unidos, sin prestar la más mínima atención a los graves problemas y a las decenas de miles de muertos que causa el comercio (violencia asociada al narcotráfico) y el consumo (sobredosis) ilegal de drogas cada año.

Sin embargo, más allá de los efectos que se derivan de la legalización o no de este tipo de sustancias, en el trasfondo de este debate subyace un elemento sustancial, un principio básico cuya vulneración desarma por completo la libertad y el derecho de propiedad de los individuos. Y es que, en este ámbito, la pregunta clave es la siguiente: ¿Es cada uno dueño de su propio cuerpo y, por tanto, propietario de sí mismo? De la respuesta a esta cuestión dependerá todo lo demás.

Si partimos de la base de que cada hombre es dueño de sí mismo, entonces, es libre de hacer lo que estime conveniente con su cuerpo siempre y cuando no dañe ni vulnere los derechos de propiedad del prójimo. Se daría entonces un ámbito de libertad en el que, por supuesto, se incluiría el consumo de drogas ilegales -y, por tanto, su venta-, al igual que sucede en la actualidad con sustancias tanto o más nocivas, como el tabaco o el alcohol. Por el contrario, los prohibicionistas niegan este derecho al impedir o limitar que un individuo consuma tales sustancias, bajo el absurdo e hipócrita argumento de que es malo para su salud.

Por esa regla de tres, tal y como sucede en la actualidad, el Estado se arroga la potestad para determinar la composición de ciertos alimentos, prohibir o limitar la venta de materias grasas y azúcares, restringir su venta o, simplemente, imponer los requisitos que estime en gana por “nuestro bien” (es decir, el suyo). Si uno no es dueño de sí mismo, el Estado puede dictar su vestimenta, su corte de pelo, su movilización y sacrificio en favor del “interés general” de su “líder” o su “nación”; podría determinar la conveniencia o no (exterminio) de su raza, de su aspecto físico, de su salud mental; y, así, sucesivamente, hasta la esclavitud… Y es que, si tu cuerpo no es tuyo, ¿a quién pertenece entonces? Las drogas son lo de menos. La cuestión es… ¿somos dueños de nuestro cuerpo o no?

Libertad para las drogas

A muchos, la propuesta les parece una boutade. Pero sólo hay que pensarlo un poco para ver que no tenemos otra opción que la legalización.

El tráfico de drogas es ilegal en España. ¿Quiere decir ello que no hay trafico de drogas en nuestro país? Quien quiera comprar cualquier tipo de sustancia, ¿tiene algún impedimento práctico, más allá del económico, para conseguirlas? Si alguna vez ha habido una guerra contra las drogas, éstas han ganado. Es ilusoria la pretensión de acabar con ese comercio, cuando una parte de la sociedad está siempre dispuesta a adquirir estas sustancias. No se puede proteger a un consumidor de su decisión de consumir con una política que sólo aumenta los costes del producto. Es más, ni siquiera sabemos de lo que estamos hablando. No hay un criterio científico válido que permita delimitar qué es un estupefaciente y qué no lo es. Y hay productos que se pueden consumir sin peligro, pero cuyo abuso sí es peligroso. Es el caso del alcohol, pero recientemente se ha puesto de moda entre los jóvenes colocarse con jarabe de la tos. ¿Debemos prohibirlo también?

El consumo puede ser inmoral, una consideración que no es exclusiva de las drogas, pero es completamente legítimo. Y si lo es el consumo, también lo es el comercio y la producción. Son crímenes sin víctima. Podemos considerar todo ello inmoral, pero nuestro criterio moral no es suficiente para justificar la prohibición de una red de intercambios voluntarios. Pero no es ya que no tengamos derecho, es que las consecuencias de ese esfuerzo, de esa guerra contra las drogas, son mucho peores.

Al dejar al margen de la legalidad la provisión de las drogas, se está convirtiendo en crimen un negocio lucrativo. Y dado que ese negocio se hace ya fuera de la ley, no hay razones para que no se caiga en otros comportamientos también ilegales, aunque sólo sea para defenderse del acoso del Estado. La prohibición no sólo es injusta, sino que es un foco de criminalidad. Es más, el tráfico de drogas, por su carácter ilegal y por ser un gran negocio, es clave en la financiación de otras organizaciones que están volcadas hacia el crimen, el verdadero crimen, como son los grupos terroristas. ¿Queremos luchar contra ETA y Al Qaeda? Legalicemos el tráfico de drogas.

Ese aumento del crimen obliga al Estado a dedicar recursos crecientes a la lucha contra el nuevo crimen, más todos los adyacentes. De estar legalizado el tráfico de drogas, no sólo dejaría de estar en manos de criminales sino que el Estado podría destinar sus recursos a la persecución de los verdaderos delitos.

Las drogas, en un entorno libre, serían mejores, lo que reduciría la muerte por su consumo, y, sí, más baratas. Esto último sería un efecto desafortunado para quienes queremos aminorar la incidencia de las sustancias nocivas en la sociedad. Pero, por otro lado, la libertad en la producción y el consumo nos ofrecería la oportunidad de que la sociedad aprendiese a manejar esos riesgos. No creo que hubiese que esperar mucho para que el consumo se aminore o se canalice de un modo más racional. Bien por González.

Las mordazas de Evo Morales

El acoso al que está siendo sometida la libertad de expresión en los países iberoamericanos sometidos al chavismo y sus aliados es algo que, a no ser que se sufra una ceguera ideológica voluntaria especialmente grave, resulta evidente. Junto al caso extremo de Cuba, donde este derecho y muchos otros son papel mojado desde hace más de medio siglo, vemos que en varios países se avanza en la creación de leyes mordaza y otras medidas de diferente tipo. Se trata de un fenómeno cada vez más generalizado, que se reproduce en lugares como Venezuela, Argentina, Ecuador o Nicaragua.

Es, sin embargo, en Bolivia donde están teniendo lugar los episodios más graves de las últimas semanas en esta materia. En una sorprendente sentencia que otorga el derecho al honor a una entidad financiera, un tribunal de cuya independencia resulta lícito dudar condenó a casi tres años de prisión y prohibición de presentarse a las elecciones al ex presidente Jorge Quiroga por "difamación, calumnia e injurias al público Banco Unión". El fallo judicial resulta tan escandaloso que hasta la Organización de Estados Americanos (OEA) ha salido en defensa del ex mandatario.

Por supuesto, el Gobierno de Evo Morales tiene la desfachatez de negar el sentido de la intervención de la OEA y el vicepresidente Álvaro García Linera llega a acusar a "Tuto" Quiroga de ejercer la "prostitución de la expresión". Todo esto resulta especialmente grave. Se utilizan las leyes de forma arbitraria para perseguir penalmente y tratar de impedir la candidatura de alguien que resulta incómodo para el mandatario indigenista. No es de extrañar, puesto que Quiroga no sólo es un destacado opositor al líder cocalero; es, además, una de las personas que con mayor firmeza y mejor análisis denuncia el expansionismo de Chávez por toda la región.

Siendo grave todo lo anterior, no es éste el único episodio preocupante para la libertad de expresión en la Bolivia de Evo Morales. El oficialismo ha logrado sacar adelante en la Cámara de Diputados  una norma (que todavía debe ser revisada en el Senado) que puede ser utilizada por el poder contra los medios con la excusa de combatir el racismo. La nueva ley, en caso de aprobarse su texto actual en las dos Cámaras parlamentarias, establece sanciones económicas e incluso la suspensión de la licencia de funcionamiento a todo "medio de comunicación que autorizare y publicare ideas racistas y discriminatorias".

Ante las protestas de los periodistas y propietarios de medios, además de las de la oposición, el Gobierno de Morales y los diputados oficialistas han respondido utilizando su táctica habitual. Negar sus intenciones y atacar a quienes se les oponen. Desde el gobernante Movimiento al Socialismo (MaS) se ha llegado a decir que las quejas son un "reconocimiento implícito" de que periodistas y opositores son racistas y discriminadores. Sin embargo, esto no es más que una excusa. El hecho de que sea el Ejecutivo el encargado de redactar y aprobar el reglamento de desarrollo de la ley en cuestión es una buena muestra de lo que se puede esperar en este caso.

El Gobierno boliviano ha encontrado en una buena causa, la lucha contra el racismo, una excusa para recortar la libertad de expresión. Sin embargo, éste es un derecho que no debe ser recortado por el poder público ni aunque sea para tratar de impedir la difusión de las ideas más deleznables. La discriminación racial debe ser combatida por la propia sociedad civil, no mediante leyes mordazas. Y menos en casos como este, cuando el poder político ha demostrado que puede prostituir cualquier causa para ir afianzando un sistema con rasgos cada vez más totalitarios.

Demos una oportunidad a la libertad

Banalizan medidas que suelen ser profundamente traumáticas. El mejor ejemplo es el trato contra la inmigración, los impuestos a las rentas altas, las prohibiciones a estilos de vida no mayoritarios o a cualquier cosa que se tacha de incívica… Esta forma de arreglar las cosas no sólo ocurre entre las personas de la calle; también se produce en los grandes directivos, políticos o gerentes. Una de las razones que explica este proceder es que las personas son seguidoras de tendencia innatas y simplemente cambian aspectos de cosas que ya existen amoldándolas a su parecer. Muy pocas personas son rompedoras y apuestan por cambios de tendencia bruscos; cambios de sistemas incluso. A estas personas se les llama radicales.

En el centro de Europa, y algunas partes de Reino Unido por ejemplo, han probado algo nuevo para aliviar el tránsito y la congestión en la ciudad: han eliminado las señales de tráfico y los semáforos. ¿Los resultados? Menos congestiones, menos estrés para los conductores, menos accidentes y, sorprendentemente, la gente llega antes a sus destinos.

Podríamos pensar que todo es resultado de la casualidad, pero muchas cosas funcionarían mejor si pensásemos contra tendencia, o mejor dicho, al revés de todo. Creemos durante un momento nuestro mundo particular. Un mundo más libre. Demos una oportunidad al orden espontáneo porque tal vez es la razón por la que las cosas van bien.

Eliminemos todos los estímulos. El Gobierno de España ha destinado una cantidad espeluznante de dinero a los estímulos económicos. Hasta el punto de que nuestro país corre el riesgo de entrar en default y de ser intervenido. Todo ello con el dinero de nuestros impuestos. Obama ha hecho lo mismo pero a lo grande. En Estados Unidos van a por otra ronda de estímulos ante el fantasma de una segunda recesión. Ambos países están destrozados y la deuda no pronostica buenos tiempos para los pagadores de impuestos. Fíjese por el contrario qué ha hecho el Gobierno de Alemania. Poco después de empezar la crisis, realizó el recorte más duro de toda la eurozona. No están para tirar cohetes ni mucho menos, pero sus últimos resultados han sorprendido al propio Gobierno y a los analistas económicos. La conclusión tal vez sería que el dinero donde mejor está es en el bolsillo del ciudadano en lugar de en las manirrotas zarpas del Estado.

Eliminemos el subsidio de desempleo gubernamental. Tal vez los largos plazos del subsidio crean no sólo mayores impuestos al ciudadano y mayores costes al trabajo, sino también la cultura del desempleo. En el momento en que alguien pierde el trabajo y el Estado se "responsabiliza", el incentivo para el parado es claro: volverse irresponsable hasta el momento en que finaliza el subsidio. El paro estatal no es un seguro de desempleo, es una renta para rentistas estatales. La economía privada, compañías de seguros, lo harían mejor que el Gobierno, sin necesidad de entrar en el espectacular moral hazard que provoca el Gobierno.

Eliminemos los impuestos al trabajo. Entre la parte del trabajador y de la empresa, un asalariado en España paga la mitad de su salario bruto al Gobierno. Eso significa que el trabajo en España, sobre la productividad real del trabajador, es un 50% más cara que en otro país que no tenga tales impuestos. Fíjese que el Gobierno ha facilitado el despido, pero algo más eficaz habría sido eliminar esta parte importante del coste al trabajo. El trabajador no se habría dado ni cuenta del cambio. Algo que no ha ocurrido por el simple hecho de seguir inflando las arcas gubernamentales (públicas).

Eliminemos la burocracia. Qué sentido tiene que una persona pierda más de dos meses de su vida en montar un negocio simplemente rellenando papeles para el Gobierno y pagando tasas. Con esta burocracia, ¿el camarero servirá mejor el café, el peluquero cortará mejor el pelo o el cocinero cocinará mejor? La tierra de las buenas intenciones que practica el socialismo sólo está llena de pesadillas y horrores.

Eliminemos ministerios, políticos, reguladores, funcionarios, subvenciones. ¿Qué nos está aportando esta gente a la que mantenemos? Problemas. El Gobierno tiró la casa por la ventana en época de crecimiento. Llega la época de crisis, ¿y qué hace? ¡Gastar más! Pero no su dinero, sino el nuestro. Qué bobada más grande que durante una crisis tan acentuada nos suban los impuestos y su único resultado sea el de habernos convertido en el país con peor tendencia de la UE. Su dinero ahora mismo se está tirando en cosas como crear una perreras de 7,6 millones de euros.

En los tiempos que corren, la solución no pasa por más de lo mismo ni por seguir la tendencia. Pasa por dar un vuelco radical. Desde el punto de vista económico y civil, la sociedad más que nunca necesita: menos regulaciones, menos burocracia, menos Estado y más libertad para que el ciudadano gestione su dinero como le dé la gana sin un tirano de la producción que se adueñe de su trabajo con el único propósito de someterlo todavía más. Demos una oportunidad a la libertad. Como nunca lo hemos probado, quién sabe, tal vez funciona y somos más prósperos y felices.