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Etiqueta: Libertades propiedad y estado de derecho

Guerra y censura en los EEUU

Las dos primeras enmiendas a la Constitución de los Estados Unidos protegen dos derechos que son, a su vez, valladar del resto de los derechos individuales: el de la libre expresión y el de la autodefensa. Las dos, y especialmente la primera, han sufrido en aquél país en época de guerra. No en todas. No en la guerra con Inglaterra de 1812, pero sí en el ambiente pre bélico de 1798. También en la Guerra entre los Estados y en las dos guerras mundiales. Pero a partir de ahí, la censura, que llegó a aplicarse con gran dureza, ha ido perdiendo eficacia y por tanto se ha dejado de utilizar.

Hay varios elementos que siempre se repiten. Uno de ellos es la acusación a quienes son críticos con la guerra de que son desleales al país. En un salto lógico fácilmente evidenciable, se arguye la propia guerra como razón suprema y argumento suficiente para descalificar inmediatamente cualquier crítica. Ante las críticas de los republicanos de Jefferson de que la eventual guerra con Inglaterra era “un espantajo” con el que los federalistas justificaban su militarismo, la respuesta de éstos era que Albert Gallatin y el resto de republicanos no amaban verdaderamente su país y habían caído en una “vil sumisión” a Francia. Durante la guerra fría se estableció un programa de lealtad que preveía, en la orden ejecutiva número 10450, que a cualquier empleado de la Administración con “cualquier comportamiento, actividad o asociación que tienda a mostrar que el individuo no es de fiar”, se le despediría.

También se ha recurrido a denunciar a los críticos como subversivos y de mermar el esfuerzo de la guerra. El congresista Harrison Gray Otis dijo en 1798 que “un Ejército de soldados no sería tan peligroso para el país como el Ejército de espías e incendiarios que hay por todo el continente”. Clement Vallandigham fue encarcelado y deportado al Sur por “declarar sentimiento y opiniones desleales con el objeto y el propósito de debilitar el poder del gobierno en su esfuerzo de suprimir una rebelión ilegal”. Durante la guerra se arrestó a decenas de miles de ciudadanos, y a una parte de ellos por expresar opiniones contrarias a la guerra, y se cerraron no menos de 300 periódicos.

Wilson dijo que en caso de guerra, “si hubiese deslealtad, tendrá que lidiar con una severa represión por una mano firme”. Quienes sean desleales, “han sacrificado su derecho a las libertades civiles”. Durante la II Guerra Mundial, aunque antes de la implicación de EEUU, se creó un Comité de Actividades Antiamericanas, cuyo primer objetivo fue acabar con la propaganda nazi, pero que pronto se volcaría hacia la incidencia del comunismo. En un mensaje al Congreso, Roosevelt advirtió sobre “una quinta columna sediciosa” en la sociedad estadounidense. El senador Thomas Dodd dijo, en plena guerra del Vietnam, que manifestarse contra la guerra “era lo mismo que una insurección”.

Otro elemento que se ve habitualmente es la desconfianza hacia los extranjeros, que con su venida traen ideas que corrompen el ser nacional y amenazan sus instituciones. En la cuasi guerra con Francia, la Administración Adams elevó el número de años necesarios para ser natural del país de dos a 14 años y aprobó dos Leyes de Extranjería, una de las cuales permitía al presidente detener y deportar a un ciudadano de una nación foránea con la que se estuviese en guerra, sin mediar la intervención de la justicia.

Gray Otis dijo, adelantándose dos siglos a Hungtinton, que la llegada de inmigrantes “contamina la pureza del carácter de América”. En 1940, el Congreso aprobó la Ley Smith, que obligaba a los extranjeros a registrarse, y permitía a la Administración a deportar a quienes “abogaran, amparen, aconsejen o enseñen la necesidad, deseabilidad o conveniencia de derrocar o destruir cualquier gobierno de los Estados Unidos por fuerza o violencia”. De nuevo se identificaba a los inmigrantes con portadores de ideas foráneas que contaminaban la verdadera cultura americana, como las leyes de extranjería de John Adamns, o el fallido intento de revivirlas por el fiscal general Palmer, en 1920. Ahora, en plena “guerra contra el terrorismo”, se teme a la incidencia del Islam.

También ha evolucionado la idea de la verdad y del papel de la libertad de expresión. Los federalistas leían la primera enmienda a la luz de la doctrina de la common law inglesa, que prohibía la censura previa, pero sí entendía que se podía condenar una publicación que albergase una “tendencia perniciosa”, en expresión del jurista Blackstone. Madison, en un informe sobre la Ley de Sedición, concluyó que en los Estados Unidos es esencial “una mayor libertad de animadversión”, pues su sistema político está basado en que los políticos “son responsables ante sus electores” y por tanto han de someterse a la crítica.

La primera enmienda no llegaría al Tribunal Supremo hasta la I Guerra Mundial. En ese contexto es cuando el juez Holmes dictaría su famosa opinión: “Admitimos que en muchos sitios, y en tiempos ordinarios, los defensores, al decir todo lo que han declarado en la circular, estarían dentro de sus derechos constitucionales. Pero el carácter de cada acto depende de las circunstancias en que se produce. La protección más estricta de la libre expresión no protegería a un hombre que gritase falsamente ‘fuego’ en un teatro, y causase un pánico. (…) La cuestión en cada caso es si las palabras utilizadas en tales circunstancias son de tal naturaleza que crean un peligro claro e inmediato”. De este modo, se recuperaba el criterio de verdad, que no estaba en la Ley de Sedición de 1918, y por otro lado se fijaba un límite a la libertad de expresión en la inminencia de un peligro claro. Luego, el propio Holmes diría que ni siquiera una guerra podría marcar una excepción al principio de la libertad de expresión.

Este derecho se fue afianzando en la doctrina del Tribunal Supremo hasta su decisión Gertz vs. Robert Welch Inc., de 1974, en la que resolvió que “bajo la primera enmienda no hay tal cosa como una idea falsa”. Y “por muy perniciosa que pueda parecer una idea, dependemos de su corrección no por la conciencia” de los votantes, de los legisladores o de los jueces, “sino de la competición con otras ideas”. Ya no habría opiniones peligrosas, pues éstas pueden ser contrarrestadas por otras. Es el fin de la censura legal en los Estados Unidos.

La censura ha ido cediendo ante otras fórmulas. Ley de Sedición de 1798 castigaba con una pena de hasta 20 años a quienes vertiesen opiniones falsas que atentasen contra la fama del presidente o de las instituciones. Con ella en la mano, y con una justicia adicta, los federalistas pudieron encarcelar a los principales periodistas republicanos, en lo que Jefferson llamó “la era de las brujas”. Woodrow Wilson promovió la Ley de Sedición de 1918, que ni siquiera exigía que una información fuese falsa para condenar a alguien por expresar una información o una opinión. Con ella y con la Ley de Espionaje, se llevó a más de 2.000 ciudadanos ante los juzgados por tener un discurso contrario a la guerra.

Como la censura iba perdiendo eficacia, las Administraciones han ido recalando en la manipulación y la propaganda para apoyar su discurso. Wilson se encontró con que el pueblo americano no se sentía amenazado por Alemania, ni sentía indignación hacia ella. La Administración crearía esa animadversión merced al llamado Comité de Información Pública, cuya labor era doble: alimentar el odio de los estadounidenses hacia los enemigos y cubrir de sospecha a cualquiera que fuese “desleal”. Esto no es cualquier cosa, porque se crearon varios clubs de ciudadanos dedicados a identificar y denunciar a los desleales. Sólo uno de ellos, la Liga de Protección Americana, tenía 200.000 miembros. Otra vía para ahogar las opiniones contrarias al gobierno o al sistema fue la que se siguió con la Ley de Seguridad Interior de McCarran, que obligaba a registrarse a las organizaciones comunistas y asimiladas, para luego ir quitándoles un privilegio tras otro.

Tras la guerra de Vietnam, el recurso a la censura se ha dejado de practicar. En parte porque la sociedad es más compleja y en parte porque cuenta con muchos más medios de expresión; censurarlos sería inviable desde el punto de vista práctico, y se volvería contra la misma Administración. Ya no se quiere acallar a una parte de la opinión pública, pero sí ahogarla bajo un manto de manipulación y propaganda.

La Acción Humana en catalán

El acto será presidido por Juan Rosell, presidente de Foment del Treball, e intervendrán Xavier Mallafré, director general de la editorial Grup 62, Juan Torras, presidente del Instituto von Mises de Barcelona, Joan Maria Nin, director general de La Caixa, y Jesús Huerta de Soto, catedrático de la Universidad Rey Juan Carlos y el principal exponente de la escuela austriaca en España.

El Instituto von Mises de Barcelona ha sido el promotor de esta iniciativa, añadiendo otro idioma a la lista de traducciones de este monumental tratado de economía. Ludwig von Mises ha sido probablemente el mejor economista del siglo XX, y los seguidores de su obra en Cataluña han querido dar un renovado impulso a sus enseñanzas, hoy más vigentes que nunca.

Pero La Acción Humana ya estaba traducida al castellano por Unión Editorial (van por la novena edición), y es en este contexto que surge la interesante cuestión de si es práctico y beneficioso traducirlo al catalán siendo los catalanes bilingües, o es un despilfarro de esfuerzos y recursos para mayor gloria del nacionalismo. En otras palabras, ¿es La Acción Humana en catalán redundante?

En primer lugar, que los catalanes sean bilingües no significa que sean indiferentes respecto al uso de una lengua u otra. Muchos catalanes prefieren relacionarse sólo en catalán, o prefieren leer más en catalán que en castellano. Dadas estas preferencias, algunos catalanes estarán más predispuestos a leer la obra de Mises si está en catalán.

En segundo lugar, en el ámbito educativo y universitario (especialmente en un contexto de imposición lingüística) una obra en catalán puede tener mejor difusión que una obra en castellano. También entre la élite política. Las ideas liberales de Mises recibirán más atención por parte de profesores, alumnos y cargos públicos.

En tercer lugar, el lanzamiento de la edición catalana traerá consigo una nueva oleada de publicidad, aunque la tirada sea modesta. Teniendo en cuenta que la obra de Mises ya va dirigida a un público minoritario, cualquier campaña complementaria tiene el potencial de llegar a "liberales durmientes" adicionales y despertar su interés.

Por último, e independientemente de las ventajas que la edición catalana pueda tener para la difusión del liberalismo en Cataluña, está la cuestión de la promoción privada de un idioma como fórmula para preservarlo. La traducción al catalán de obras extranjeras que ya están en castellano sirve a este propósito.

Para quienes pensamos que el catalán se encuentra en una posición natural de desventaja respecto al castellano pero creemos que su preservación a largo plazo debe pasar por el esfuerzo voluntario de los hablantes (y no el dirigismo de la Generalitat), la traducción de La Acción Humana no sería redundante aunque lo fuera para el liberalismo. Del mismo modo, no cabe argüir que el fomento privado de la lengua catalana es un despilfarro y al mismo tiempo decir que el proteccionismo lingüístico es innecesario, pues una lengua minoritaria no se preserva sola. Otra cosa es que algunos no le vean sentido a preservar una lengua, lo cual me parece una postura respetable y hasta tentadora, aunque hipócrita en boca de muchos. Es fácil desdeñar el afán de preservación desde el cómodo atrio de la tercera lengua más hablada del mundo.

Colombia: la sociedad civilizada frente a la demagogia y el populismo

Las Elecciones Presidenciales 2010 en Colombia serán cruciales para dilucidar si la sociedad civilizada sigue extendiéndose por el país andino o, por el contrario, si cae presa de la demagogia del comunismo bolivariano o del populismo, que tan frecuentemente destruyen la creación de riqueza en Sudamérica.

Hace tiempo que analizamos la necesidad de Apoyo Internacional a Colombia para que las raíces del desarrollo socioeconómico se asentasen en la democracia parlamentaria de un país esplendoroso por sus recursos naturales y, por el carácter alegre, vital y emprendedor de sus gentes.

En el siglo XVIII, Adam Smith, máximo exponente de la escuela escocesa de economía, ya señaló las directrices para lograr La Riqueza de las Naciones. Y, en estos momentos, cualquier visitante puede comprobar como, el presidente Álvaro Uribe ha garantizado la seguridad exterior frente a la amenaza totalitaria de la dictadura comunista de Hugo Chávez, la seguridad interior frente al narcoterrorismo de las FARC, y la seguridad jurídica con tribunales independientes que proporcionan certidumbre a los inversores y a los ciudadanos mediante la protección de las propiedades y de la libertad de elegir.

En los últimos años, las infraestructuras han mejorado indudablemente con pueblos, presas, centrales de energía, carreteras o autopistas de peaje protegidas por el ejército colombiano, que alejan las acciones narcoterroristas a los rincones más inhóspitos de las fronteras con Ecuador y Venezuela y, que permiten garantizar las comunicaciones entre las principales ciudades, haciendo avanzar la civilización frente a la anarquía de los grupos armados.

La política de seguridad democrática es lo mínimo que debe garantizar un Estado de Derecho, digno de tal nombre, ya que permite que se puedan ejercer las libertades individuales, el derecho de propiedad, el cumplimiento de los contratos y, por supuesto, también consigue que se asienten los servicios de salud con clínicas y hospitales que alcancen a la mayoría de la población y, logra que existan servicios de educación con colegios y universidades que ofrecen la oportunidad de progresar a los ciudadanos con su esfuerzo, mérito y capacidad, sin quedar sometidos a los caprichos de las acciones de sabotaje terrorista.

Los fundamentos del crecimiento económico han enraizado en Colombia y permiten que la mayoría de la población tenga oportunidades de emprender. Cualquier visitante puede comprobar como el progreso socioeconómico está avanzando en Colombia y, como la seguridad permite que exista un incremento medio anual del PIB del 4 % en los últimos 10 años, con una prosperidad socioeconómica que queda reflejada en su liderazgo en exportaciones a los demás países andinos.

Lamentablemente, todavía queda mucho esfuerzo que realizar, y la existencia de grandes bolsas de pobreza en las grandes urbes, permite que la demagogia y el populismo consigan muchos votos en ciudades como Bogotá (9 millones de habitantes), Cali (3,5 millones), Medellín (2,5 millones) o Cartagena (1,5 millones). El principal desafío del próximo Gobierno debería ser mejorar las infraestructuras en los asentamientos urbanos donde residen los “desplazados”. Comúnmente se denominan “invasiones” y, agrupan a miles de emigrantes que abandonaron el campo y se dirigieron a la ciudad, para escapar de los caprichos de la violencia y disfrutar de mayor seguridad, lo que les permite seguir una vida normal sin tener que preocuparse de que un grupo terrorista les haga “desaparecer”.

Sin duda, las Elecciones Presidenciales 2010 son esenciales para el sostenimiento de un Estado de Derecho en Colombia, de modo que se protejan eficientemente la propiedad privada y las libertades de los ciudadanos. Y son cruciales para aportar una referencia democrática que ayude a proporcionar estabilidad geopolítica a la región andina, y que siga generando progreso socioeconómico frente a la ruina y decadencia de Venezuela.

Los ciudadanos colombianos deben ser cautos y recordar la situación de inseguridad que existía hace apenas una década y, desde luego, deben evitar caer en procesos de involución institucional que destruyen la democracia parlamentaria mediante el ataque sistemático de sus pilares fundamentales como la libertad de prensa, la propiedad privada, las elecciones libres, la separación de poderes o la independencia judicial.

Cuando se acerquen a las urnas para depositar su voto, deben evitar los candidatos que estén vinculados a partidos políticos que defiendan utopías o experimentos sociales “colectivistas” y deben ser prudentes, ya que el posible éxito electoral de un político demagogo y populista puede llevar a que Colombia quede nuevamente presa de la inseguridad narcoterrorista o peor, quede secuestrada por el totalitarismo del presidente venezolano Hugo Chávez que, con la ayuda de su Alternativa Bolivariana y sus petrodólares, ya ha logrado ampliar la revolución comunista a otros países andinos como Ecuador y Bolivia.

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Un plan contra la prensa libre

Uno de los sectores que con mayor dureza ha sufrido los efectos de la crisis económica ha sido, sin duda, el periodístico. Es algo lógico si se tiene en cuenta que, en los momentos duros, el primer gasto que las empresas reducen o eliminan es el referido a la comunicación en sus diversas vertientes. Esto incluye, por supuesto, la publicidad.

De esta manera, los periódicos, radios y televisiones ven reducida su principal fuente de ingresos y deben reducir costes para poder sobrevivir. La pérdida de puestos de trabajo se cuenta por miles y muchas empresas periodísticas afrontan un futuro cargado de dificultades, en el cual el cierre no se puede descartar.

Así las cosas, los editores de periódicos en papel españoles creen haber encontrado una solución al problema: que el Estado acuda al rescate. En la bautizada como "Declaración de Zaragoza", piden la puesta en marcha de un Plan Nacional de Apoyo a la Prensa "en el que intervengan todas las administraciones públicas, lideradas por la Administración Central, que ayude al sector a encontrar su futuro, a reforzar su papel social y a construir un nuevo modelo sostenible".

Como siempre que los empresarios de un sector pretenden que la Administración apruebe ayudas para sus compañías o medidas destinadas a favorecerlas, aducen al "bien común". Por sistema, sostienen que el objetivo es el beneficio del conjunto de la sociedad, no en el suyo propio. La Asociación Española de Editoriales de Publicaciones Periódicas (AEPP) no es una excepción. Arrancan su Declaración asegurando que la prensa "no es sólo un sector económico que genera riqueza y empleo; es además un pilar fundamental de las sociedades democráticas y de nuestro sistema de libertades. Es, en suma, un bien esencial y de interés público".

Pide la AEPP que dicho plan "debe fomentar la calidad y competitividad de los medios, de las empresas y de todos los profesionales" y que incluya "procedimientos eficaces de financiación", entre otras muchas cosas. No se plantea que, precisamente, las políticas públicas destinadas a ayudar a un sector concreto terminan destruyendo su calidad y competitividad y lo convierten en dependiente de los favores del Estado.

Esto sería especialmente cierto en el sector de los medios. Al entrar en juego el acceso a ayudas o a "procedimientos eficaces de financiación", los medios perderían en gran medida el nivel de independencia del poder político que tienen en la actualidad. La pérdida que eso supondría en términos de pluralismo informativo y de opinión sería inmensa. Los editores finalizan su Declaración asegurando: "Este plan, en definitiva, ha de ser la piedra angular de la prensa para que siga sirviendo en el futuro a la sociedad libre y democrática". Se equivocan. De ponerse en marcha dicho plan, el efecto sería el contrario.

La diplomacia del limpiabotas

Desde que el actual presidente del Gobierno accediera a dicho cargo, es norma en la diplomacia española no perder la oportunidad de mostrarse complaciente con las tiranías, en especial si éstas son de izquierdas o satrapías encabezadas por un déspota musulmán. En esta ocasión tocaba satisfacer a un régimen totalitario marxista: el de China.

Como siguiendo el guión habitual, puesto en práctica en numerosas ocasiones en la política hacia la dictadura cubana los hermanos Castro, en esta ocasión se han satisfecho las exigencias de los tiranos con un desplante a las víctimas. El pasado jueves, la dirigente de la minoría uigur en el exilio Rebiya Kadeer tenía concertada una reunión en el Ministerio de Asuntos Exteriores español. Sus interlocutores iban a ser representantes de la Oficina de Derechos Humanos y de la Subdirección General para Asia Continental. Iba a ser, en definitiva, uno de esos muchos encuentros de medio o bajo nivel que pasan desapercibidos ante medios y embajadas extranjeras.

La cita no llegó a celebrarse. En un desplante impropio del departamento gubernamental dedicado a la diplomacia, Exteriores anuló el encuentro minutos antes de celebrarse. El ministerio de Moratinos dio literalmente con la puerta en las narices a Rebiya Kadeer. Para el Ejecutivo de Rodríguez Zapatero resulta mucho más importante no molestar lo más mínimo a los sátrapas pequineses (que habían pedido a los gobiernos del mundo que no escucharan a la conocida exiliada uigur) que escuchar las denuncias que hacen las víctimas de la dictadura china.

Días después, en una entrevista radiofónica con ocasión de la Expo de Shanghai, un alto cargo de Exteriores definía a China como un “aliado” de España. A eso ha reducido Zapatero la acción exterior del país: a despreciar la libertad y los derechos humanos con tal de poder definirse como “amigo” de tiranos ante los que se cede constantemente. Es la diplomacia del limpiabotas de los dictadores.

El espíritu de la libertad

(En memoria de Learned Hand)

El espíritu de la libertad es aquél que asume y goza de su propia responsabilidad, que prefiere elegir y equivocarse a recibir directrices externas. Es el que no se ve atado a planes ajenos, por sesudos que éstos sean, puesto que en la vida de cada cual los diseños más importantes son los propios. Este espíritu actúa por derecho y no por permiso.

Aunque no esté siempre seguro de lo que es más idóneo, sabe muy bien lo que no debe hacerse. Su capacidad de actuar tiene ciertos límites que son infranqueables y que no son otra cosa que los derechos individuales y de propiedad del prójimo. Esta fuerza vital, por tanto, pese a ser dinámica y audaz, no puede ser ciega ni despiadada.

El que atiende sus propios intereses acatando aquellos límites está haciendo lo que debe y, por ello, ha de respetarse. Cree firmemente que no existe nada siniestro en arreglar privadamente los asuntos de cada uno para mejorar su suerte. Duda de solidaridades forzadas recurriendo al poder, no así de las recíprocas acciones voluntarias y beneficiosas. Desoye los reproches de los que prefieren no seguir su propio ímpetu de libertad; éstos han elegido su opción de vida y carecen de toda legitimidad para imponérsela a los demás.

El impulso de libertad produce inconformistas que luchan por superar adversidades. Reconoce los riesgos que acechan en el cotidiano vivir, pero su capacidad de innovación y adaptación le permiten afrontarlos confiadamente. Si no fuera así, dejaría de ser humano.

Este espíritu es consciente de que no puede alcanzar, ni alcanzará jamás, el conocimiento completo del mundo. Asume sus propias limitaciones pero descarta la salvadora intervención del esperado para manejar los asuntos de todos. Sabe que de este modo la ignorancia arrogante no atropellará al valioso conocimiento práctico disperso por el mundo.

Debido a su imperfección, el hombre tiene necesidad de libertad. No está solo, cuenta con las aspiraciones creadoras de otros seres libres. Pese a desconocer sus resultados, confía en la poderosa capacidad del hombre cuando coopera voluntaria y libremente con sus semejantes. De esta guisa, los planes personales de cada uno se concilian asombrosamente entre sí en pacífica y descentralizada coordinación de conocimientos y esfuerzos de individuos que se desconocen entre sí. Quedamente, el otro impulso esencial del hombre –el colectivo- se colma sutilmente sin necesidad de mediadores o pastores privilegiados.

El verdadero progreso social tiene su motor en la libertad que dispara la creatividad y talento de cada hombre. La historia nos muestra que se olvidan con frecuencia las portentosas lecciones de la libertad aunque, por fortuna, no desaparecen por completo. Si persiste un resquicio a la misma, por pequeño que sea, su espíritu acaba abriéndose camino de alguna manera y reclamando su ampliación. Sin embargo, su triunfo no está ni mucho menos asegurado. Sus verdaderos enemigos bien lo saben.

El ser humano es la única especie inadaptada a la naturaleza por sus meras aptitudes físicas. Gracias a su razón y a su inclinación por sondear lo desconocido ha logrado sobrevivir y propagarse por la tierra. Los benéficos frutos de la libertad son contra intuitivos y a menudo impredecibles, pero una vez desplegados disipan los anhelos por regresar a los cálidos brazos del antiguo orden conocido, siendo éste siempre inestable.

Conocedor de que el mayor capital existente es el humano, este espíritu no cree en los derechos de los pueblos sino en los de la persona. Recela del señuelo de los intereses y fines colectivos zarandeados por los ávidos de poder. Tampoco lo confía todo a las normas oficialmente promulgadas (por perfectas que éstas sean) ya que no dejan de ser, en el mejor de los casos, un mero reflejo suyo.

La primera y más eficaz barrera protectora de la libertad reside, no en las leyes, sino en los valores que anidan en las personas. La gustosa asunción de responsabilidades, la cultura del esfuerzo, el arrojo para correr riesgos razonables, hacer honor a la palabra dada, la admiración ante la iniciativa personal, la disciplina para posponer los deseos inmediatos, dar a cada uno lo suyo, el sagrado respeto por la vida, por los intercambios voluntarios y por los logros alcanzados de los demás son, entre otros, sus mejores valladares.

La libertad reside en los corazones de los hombres y las mujeres, si muere allí, ninguna constitución, ninguna ley ni ningún tribunal pueden hacer mucho para salvarla.”

¿Libertad para qué?

Palabras del autor en la recepción del “Premio Juan de Mariana a una trayectoria ejemplar en defensa de la libertad".

Madrid, 30 de abril de 2010.

En 1980, poco después de salir de Cuba en condiciones dramáticas, el estupendo escritor Reinaldo Arenas recogió en un libro una colección de sus artículos y ensayos políticos más combativos y lo tituló Necesidad de libertad.

Era un grito. Reinaldo sentía la necesidad de ser libre. Los seres humanos necesitan ser libres. Se ahogaba en Cuba. Vivía entristecido, atemorizado o indignado. Ninguna de esas tres emociones es agradable y a veces se le trenzaban en el pecho hasta la desesperación.

Cuando llegó al exilio, Reinaldo sintió un profundo alivio y dijo algo tremendo y doloroso: por primera vez había estrenado su verdadero rostro. Se había “desenmascarado” y sentía la cálida sensación de poder ser él mismo sin que ello le trajera castigos y marginaciones.

En las sociedades totalitarias la pena de no ser libre y de andar disfrazado se somatiza de diversas maneras: desde el nudo en la garganta hasta un malestar difuso que se expresa con distintos comportamientos neuróticos.

¿Qué es la libertad? Es la facultad que tenemos para tomar decisiones basadas en nuestras creencias, convicciones e intereses individuales sin coacciones exteriores.

Libertad es elegir al dios que mejor se adapta a nuestras percepciones religiosas, o a ningún dios si no sentimos la necesidad espiritual de trascender.

Libertad es ofrecerles sin temor el afecto y la lealtad a las personas que amamos, o a las agrupaciones con las que sentimos afinidad.

Libertad es escoger sin interferencias lo que queremos estudiar, dónde y cómo deseamos vivir, las ideas que mejor se adaptan a nuestra visión de los problemas sociales o las que mejor parecen explicarlos.

Libertad es seleccionar las manifestaciones artísticas que más nos complacen y, por la otra punta, rechazar sin consecuencias las que repelemos.

Libertad es poder emprender o poder renunciar a una actividad económica sin darle cuentas a nadie más allá de las formalidades que establezca la ley.

Libertad es gastar nuestro dinero como nos parezca, adquirir los bienes que nos satisfacen y disponer de nuestras propiedades legítimas. Sin libertad, la creación de riqueza se debilita hasta la miseria.

José Martí, el periodista ilustre que gestó la independencia de Cuba, aportó otra definición lateral: “Libertad es el derecho que todo hombre tiene a ser honrado y a pensar y a hablar sin hipocresía”.

Las tiranías nos arrebatan el derecho a ser honrados cuando nos obligan a aplaudir lo que detestamos o a rechazar lo que secretamente admiramos. Cuando los cubanos desfilan gritando consignas que no sienten, no son honrados. Cuando aplauden al líder que aborrecen o ríen las sandeces que suele decir, no son honrados.

Esa simulación nos crea una incómoda disonancia psicológica. Cuando sacrificamos nuestra honradez, cuando renunciamos a nuestra coherencia interna para evitar un daño o para conseguir un privilegio, nos sentimos “sucios” e internamente avergonzados. Ser hipócrita es una conducta que hiere al que la práctica y repugna al que la sufre.

Pero hay mucho más: en algún punto de la evolución, cuando los seres humanos abandonaron el reino de los instintos y comenzaron a guiarse por la razón, descubrieron el agónico proceso de tomar decisiones barajando constantemente los valores morales prevalecientes, los intereses materiales y los impulsos psicológicos.

Para tomar esas decisiones era menester informarse. La violencia totalitaria trata de impedir que las personas puedan informarse. ¿Para qué necesitan informarse si todas las decisiones las toma el Estado y todas las verdades ya han sido descubiertas? En Cuba hay numerosas brigadas de la policía dedicadas a arrancar antenas parabólicas, descubrir teléfonos satelitales, confiscar libros prohibidos y negarle el acceso a Internet a cualquier persona mínimamente independiente. No se me ocurre una actividad más miserable que ésa.

Cuando el socialista español Fernando de los Ríos le preguntó a Lenin cuándo iba a instaurar un régimen de libertades en la naciente URSS, el bolchevique le respondió con una pregunta cargada de cinismo: “¿Libertad para qué?”.

La respuesta es múltiple: libertad para investigar, para generar riquezas, para buscar la felicidad, para reafirmar el ego individual en medio de la marea humana, tareas todas que dependen de nuestra capacidad de tomar decisiones.

La historia de Occidente es la de sociedades que han ido ampliando progresivamente el ámbito de las personas libres. Poco a poco les arrancaron a los monarcas y a las oligarquías religiosas y económicas las facultades exclusivas que tenían de decidir en nombre del conjunto. Los pobres y los extranjeros alcanzaron sus derechos. Lo mismo sucedió con las razas consideradas inferiores, con las mujeres, con las personas marginadas por sus preferencias sexuales. La esclavitud, finalmente, fue erradicada.

Es posible contar el largo recorrido histórico de los seres humanos como la aventura constante de nuestra especie en procura de ampliar progresivamente el número de las personas dotadas del derecho a tomar sus propias decisiones.

A veces el ejercicio de esa facultad toma dimensiones heroicas. Hace unas semanas el preso político cubano Orlando Zapata Tamayo decidió morirse de hambre y sed para protestar contra las injusticias y los atropellos de la dictadura. Sólo le quedaba la vida para defender su dignidad de ser humano y la entregó. A él, a su memoria dolorosa, muy conmovido, le dedico estas palabras.

Carlos Alberto Montaner, un gigante de la libertad

El Instituto Juan de Mariana celebró su cuarta Cena de la Libertad, durante la cual hizo entrega de su premio a una trayectoria ejemplar en defensa de la libertad. El galardonado no era otro que Carlos Alberto Montaner, que, tras medio siglo de exilio se ha convertido en un símbolo vivo de la oposición a la tiranía castrista y se ha ganado un lugar destacado entre los grandes intelectuales en lengua española de las últimas décadas.

Carlos Alberto Montaner dejó su patria apenas saliendo de la adolescencia. Aun así, cuando marchaba al exilio desde su Cuba natal ya conocía la experiencia de las prisiones de un entonces recién instaurado régimen castrista y del hacinamiento durante meses en una embajada en la que se refugió junto a docenas de personas. Desde entonces, la lucha contra la dictadura que sufre su pueblo ha ocupado un lugar central en su vida. Eso no le ha impedido, sin embargo, reflexionar, escribir e implicarse personalmente en el esfuerzo por la libertad de millones de seres humanos en muchos otros puntos del planeta.

El gigante homenajeado el pasado viernes denuncia la falta de libertad bajo cualquier tirano, con independencia de en nombre de qué ideología ejerza su poder, en cualquier punto del planeta. Ha hecho suya también la causa por la igualdad (la auténtica, no la de cuotas y similares) de todos los seres humanos con independencia de sexo, raza u orientación sexual. Una igualdad que, por cierto, es negada en los hechos a negros, mujeres y homosexuales en la Cuba de los hermanos Castro.

Buena muestra de su compromiso con la libertad y de su talla intelectual es el hermoso discurso con el que recogió el premio concedido por el Instituto Juan de Mariana. Especialmente emotivo resultó que terminara su intervención dedicando el galardón a Orlando Zapata Tamayo, una de las últimas víctimas mortales del castrismo. Tanto Montaner como Zoe Valdés, exiliada en París que acudió a España para participar en la entrega del premio, lograron llegar al corazón de todos los presentes. Sin rencor, pero con firmeza, las palabras de ambos fueron de compromiso con la libertad.

No en vano el castrismo siente un especial temor ante Montaner. Con su trayectoria intachable de honestidad, valor y fuerza intelectual, la suya es la voz de la esperanza para millones de seres humanos que sueñan cada día con una Cuba libre.

Felicidades, maestro, nunca un premio fue tan merecido

Terminator contra los videojuegos

Sin embargo, la norma nunca ha llegado a aplicarse debido a que un tribunal de apelación consideró que atenta contra la libertad de expresión reconocida en la Primera Enmienda de la Constitución de los Estados Unidos. Sin embargo, el promotor de la restrictiva regulación, el senador estatal Leland Yee, y el Ejecutivo de "Governator" no se dieron nunca por vencidos.

El Tribunal Supremo de EEUU ha aceptado el recurso presentado por las autoridades californianas, por lo que la máxima instancia judicial será la encargada de decidir en última instancia si la ley en cuestión viola o no la libertad de expresión. Con independencia del desenlace, no deja de resultar sorprendente que un Gobierno encabezado por el actor que ganó una fortuna con películas como las que conforman la saga Terminator, Commando o Depredador se haya empecinado en una ofensiva tan larga contra la violencia en la ficción.

Como no podía ser de otra manera, la Asociación de Software de Entretenimiento (ESA, por sus siglas en inglés) y las empresas implicadas en el sector (editoras, distribuidoras y vendedoras) se oponen con fuerza a la norma. El presidente de la ESA, Michael Gallagher, ha recordado algo que debería resultar de sentido común: "Los videojuegos deberían tener las mismas regulaciones que los libros, las películas y la música".

Esto último es la clave del asunto. Yee y Schwarzenegger pretenden imponer a los videojuegos una ley mucho más restrictiva que las existentes para otro tipo de entretenimientos. De hecho, seguramente "Governator" no hubiera querido jamás una ley similar para las películas, muchas de ellas con un altísimo contenido violento, que él mismo protagonizó durante su etapa de actor de cine.

Con su empeño, el gobernador de California se pone en esta cuestión a la altura de Hugo Chávez. El caudillo venezolano, al que le encanta fotografiarse con armas y en uniforme y no duda en utilizar la violencia, también prohibió el mismo tipo de software de entretenimiento. Eso debería hacer reflexionar a Terminator. Ninguno de los dos (y otros muchos en numerosos países, por cierto) parece querer aceptar que son los padres quienes deben decidir si un videojuego es adecuado o no para sus hijos. Lo mismo que con las películas o los libros, ni más ni menos

Tetas falsas precoces y libertad

Una cadena de ropa inglesa lanza bikinis con relleno para niñas de entre 7 y 8 años… Se crea un cierto escándalo, con el tabloide sensacionalista The Sun de por medio y con el líder conservador David Cámeron calificando la prenda de “asquerosa”. A continuación la cadena de ropa retira el producto de la venta y para tratar de lavar su imagen: decide donar los beneficios, bastantes escasos por cierto, a una ONG infantil… Se acabó el problema.

Pero ¿Qué hubiese pasado si la reacción de Primark, que así se llama la susodicha cadena, hubiese sido otra? ¿Y si resulta que decide mantener el artículo en venta porque hay demanda -es decir, porque los consumidores lo desean- que es la razón principal por la que las empresas deciden mantener los artículos en venta? Pues nada, que el que quisiera le compraría el bikini a su hija; y el que no, no se lo compraría… Y también se acabaría el problema.

Porque aquí lo único que hay es una cuestión de si a una empresa le interesa libremente vender un producto y si hay consumidores dispuestos a hacerse con el. Pero seguro que si la reacción de la compañía hubiese sido seguir con las ventas, una parte de la opinión pública hubiese exigido que los poderes públicos tomen cartas en el asunto, prohibiendo la prenda. Y rápidamente los políticos se hubiesen lanzado a tratar de capitalizar dicho estado de animo, pensando ¿cómo no? en la posible rentabilidad electoral…

Ministerios de Igualdad, Agencias de Protección de la Infancia, Defensores del Menor, Concejalías de Juventud… El caso parece de libro para que toda una tropa de funcionarios justifiquen su sueldo y se lancen a tratar de prohibir la polémica prenda… “Bikini para pederastas”, “Convertir a niñas de siete años en objetos sexuales”, “Explotación temprana de la mujer": realmente los argumentos en contra del bikini pueden ser infinitos. E infinitamente vacíos.

En primer lugar, ¿por qué ir contra el bikini?, ¿por qué no atacar los zapatos de tacón para niñas o las falditas cortas?, ¿por qué no prohibir la nueva colección primavera verano infantil de  El Corte Ingles?, ¿y los maquillajes de la Señorita Pepis?. ¿Cual es el criterio? Y si prohíben que se venda dicho artículo, ¿también habría que prohibir que de forma artesanal se pongan relleno en un bikini? ¿Qué se hace con una madre que tiene una niña con una prenda prohibida, ya sea comprada en un comercio o cosida artesanalmente? ¿Se le pone una multa? ¿Se le quita la custodia?

Con los fabricantes y distribuidores de goma espuma de relleno susceptible de ser utilizada para dichos fines, ¿qué hacemos? ¿un sistema de cuotas? ¿inspecciones periódicas para confirmar que no se ha usado su material para las prendas proscritas?

Por otro lado, cuando acabarán las responsabilidades penales. ¿Una niña de 11 años sí podría usarlo?, ¿y una de 13 acomplejada porque no tiene tetas y sus compañeras de clase ya han desarrollado podría? Realmente no hay ningún criterio absoluto y definitivo. Sólo gente que se siente indignada y trata de imponer su voluntad a los demás. Y mientras lo consigan mediante campañas de opinión pública, me parece perfecto.

Lo malo es cuando no lo consiguen así y son los poderes públicos, haciéndose eco de una opinión pública mayoritaria los que mediante coacción imponen dicha voluntad. Porque la libertad no es una cuestión de opiniones mayoritarias… ni de democracia.