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Etiqueta: Libertades propiedad y estado de derecho

La auténtica tolerancia

¿La joven que insiste en cubrirse con un pañuelo? ¿Sus compañeros a quien nadie obliga a cubrirse o a relacionarse con ella?

La decisión del instituto de Pozuelo de prohibir a Najwa llevar pañuelo en clase ha sido aplaudida por no pocos conservadores, cada vez más seducidos por la afrancesada política de integrar al inmigrante a golpe de decreto. Algunos se amparan en la autonomía del centro, pero es problemático justificar la discriminación en una escuela pública. Los padres de Najwa también pagan sus impuestos. Más aún cuando la prenda de la disputa es un simple pañuelo en la cabeza, que ni oculta la cara ni es distinto al velo cristiano tradicional que aún se lleva en diversas regiones y contextos.

Es cierto, como apunta Ferran Caballero, que la joven puede cambiar de centro si no le gustan sus normas, y esta aproximación descentralizada se adapta mejor a las preferencias de los padres que una imposición uniforme del Ministerio. No es justo para Najwa, pero es peligroso dotar al Ministerio del poder para "corregirlo". La pendiente prohibicionista es muy resbaladiza, por mucho que la izquierda gobernante se rasgue ahora las vestiduras ante esta falta de tolerancia.

Hablemos de tolerancia, siguiendo a Robin Hanson. La gente se cree muy tolerante. Se siente orgullosa de tener amigos homosexuales o ateos, sentarse junto a un negro en el autobús, tener una pareja que lleva un piercing. Está bien ser así de tolerante, pero no tiene mucho mérito cuando se trata de respetar comportamientos que hemos integrado en nuestro estilo de vida o no nos molestan en absoluto.

La tolerancia de verdad se demuestra respetando comportamientos que realmente nos disgustan o repugnan, por chocar con nuestras intuiciones sobre lo que es una conducta recta. La poligamia, la poliandria, la prostitución, las orgías, el sadomasoquismo, porno infantil creado digitalmente, la promiscuidad, la negación del Holocausto, las ideas racistas, el insulto, los símbolos franquistas, la quema de banderas, la venta y el consumo de drogas, el nudismo, el suicidio y la eutanasia, fumar, comer grasa saturada, la barra libre y el happy hour, la violencia en el cine, los toros, la caza y la pesca, mofarse de Mahoma en unas viñetas, negar el cambio climático, gastarse 150 euros en una cena, contratar una madre de alquiler, pagar a un donante de riñón, trabajar para un hedge fund, cobrar un bonus de 2 millones, apostar, educar en casa, ser miembro de una secta, mendigar, hacer streaptease en un escaparate de Preciados, enseñar diseño inteligente, ser un hombre-anuncio, llevar burka, hacer topless en la playa, cubrirse con un velo. No pretendo equipararlas, sólo son ejemplos de actividades sin víctimas que unos u otros quieren prohibir porque les desagradan o repugnan. A priori ninguna de ellas interfiere en la libertad de nadie. Los que claman por castigarlas suelen aludir al vicio y a la depravación moral, no a las víctimas y a la pérdida de libertad. Si se refirieran al daño causado quizás la prohibición tuviera a veces algún mérito, pero que sea ésa la razón, no la excusa.

Hanson advierte que el futuro pondrá a prueba nuestra capacidad de tolerar la diferencia, y que más vale que nos vayamos entrenando con las pequeñas variaciones actuales si el día de mañana queremos convivir y prosperar en lugar de pelearnos. En el campo de la eugenesia, la nanotecnología o la inteligencia artificial pueden darse desarrollos insólitos. Algunas posibilidades dan miedo. La realidad virtual, drogas que alteran la mente o el alargamiento de la vida permitirán un abanico más amplio de comportamientos exóticos. Pero también es cierto, aunque Hanson no parezca apreciarlo, que cada vez somos más tolerantes. Lo que antes requería esfuerzo en tolerar, ahora lo aceptamos como algo normal. ¿No vamos en la dirección de una mayor tolerancia?

Sea como fuere, la gente confunde la tolerancia con la indiferencia o incluso la aprobación. Seguramente algún lector sigue escandalizado por algunos de los comportamientos que considero que no deberían prohibirse, como si ello implicara que los apruebo, ¡o que los practico! Este es uno de los problemas de esta sociedad que se jacta de su tolerancia mientras busca en el Estado la forma de imponer su concepción de la vida buena. Una cosa es tener valores propios, otra querer imponerlos a los demás.

La democracia enferma

Es fácil diagnosticar una democracia enferma. Hay síntomas evidentes como, entre otros: los elevados casos de prevaricación, tráfico de influencias y corrupción marchando al compás que marque la fiscalía, la nula separación de poderes, la falta de elección directa de los parlamentarios, o la ausencia de financiación transparente y democracia interna en los partidos políticos.

Sin embargo, quizás el síntoma más grave que caracteriza inequívocamente una democracia precaria es la carencia de independencia del poder judicial ya que es el pilar central sobre el que debe quedar constituida una democracia liberal; entendida ésta como un sistema político con elección libre de representantes, y siempre que logre instaurar un Estado de Derecho que permita garantizar la tutela judicial e independiente de los derechos individuales de los ciudadanos.

En una entrevista del año 1977, preguntado por el horror de financiar la burocracia colosal del estado de bienestar y por la racionalización del Gobierno, el premio Nóbel de Economía Friedrich A. Hayek comentaba:

“Mi única esperanza es realmente que algún país o países de menor importancia, los cuales por diversas razones tendrán que construir una nueva constitución, lo hagan sobre la base de líneas sensibles y sean tan exitosos que otros consideren de interés imitarlos. No creo que los países que están orgullosos de sus constituciones realmente necesiten experimentar con cambios en ellas. La reforma puede venir, por ejemplo, de España, que debe redactar una nueva constitución. No creo que sea realmente probable en España, pero es un ejemplo. Pueden probar ser tan exitosos que sería una forma de demostrar que hay mejores maneras de organizar al gobierno que la que tenemos.”

Sin duda, Hayek mantenía serias reservas a la posibilidad de que los políticos españoles lograsen evolucionar correctamente la dictadura franquista hacia una democracia liberal. Lamentablemente, los hechos confirmaron sus suposiciones.

La transición en España fue guiada por una mayoría de hijos y herederos políticos de la clase dirigente del dictador Franco, que habían vivido cuatro décadas de dictadura y, por tanto, no habían experimentado el funcionamiento de instituciones democráticas durante un periodo dilatado de sus vidas.

Vista en perspectiva, analizando la trayectoria de muchos políticos se observa un largo historial de cargos públicos y un dilatado patrimonio, por lo que muchos ciudadanos tenemos la sensación de que la clase dirigente, con maquillaje de izquierdas o con disfraz de derechas, sólo aprovechó la muerte del dictador para mantener posición social y económica y, seguir medrando cargos políticos bien remunerados. Cambiaron las caras pero, finalmente, incluso se acrecentaron los casos de corrupción, “cainismo” o secular enfrentamiento con el que piensa diferente.

De hecho, la Constitución fue redactada con remiendos que intentaron contentar a todos los ponentes, por lo que el articulado no limita las competencias autonómicas y, es extenso, contradictorio y lo mismo puede guiar hacia el marxismo real aplicando la “planificación” (art. 38 CE) como puede conducir a situaciones de capitalismo de Estado con el mercado intervenido por “causa justificada de utilidad pública e interés general” (art. 33 CE).

Dado que ideológicamente procedían de la derecha franquista, del nacionalismo y de la izquierda marxista, los ponentes constitucionales nunca apostaron con verdadero entusiasmo por garantizar la independencia judicial para realizar una protección eficiente de las libertades individuales. De ahí que, sin remordimiento de conciencia, decidiesen elegir a los miembros del Consejo General del Poder Judicial (art. 122 CE) e, incluso, se crease un tribunal político (art. 159 CE) para decidir las discrepancias constitucionales.

Si comentamos la apoplejía de la democracia en España, es preciso señalar al ínclito Tribunal Constitucional, ya que sus miembros son elegidos por los mismos políticos cuyas leyes y actos administrativos deben juzgar, lo que puede ser bien catalogado como un tribunal político.

Cualquier ciudadano, que sepa razonar mínimamente, puede observar la evidente inconstitucionalidad del nuevo Estatuto de Cataluña con artículos que otorgan estatus de nación, relaciones bilaterales, embajadas, convocatoria de referéndum de secesión y, hasta sistema judicial independiente.

De este modo, como una institución que permite maquillar “judicialmente” los atropellos legislativos de un Parlamento, el tribunal político denominado Tribunal Constitucional sigue aplicándose en el juego de retrasar la sentencia sobre el Estatuto, intentando que la población se habitúe a la ignominia de tener ciudadanos de primera, segunda y tercera categoría en algunas regiones de España, con políticas nacionalistas financiadas por todos los contribuyentes.

Ya analizamos como por la jurisprudencia existente y el retraso de más de tres años en emitir su sentencia, algunos miembros del Tribunal Constitucional podrían estar cayendo dentro de los límites marcados por el artículo 449 del Código Penal, si se demostrase un “retraso malicioso en la administración de justicia”, dado que se ocasiona un perjuicio evidente a España al permitir la vulneración de la Constitución con la aplicación en la práctica del nuevo Estatuto, lo que supone actualmente hasta 41 leyes autonómicas aprobadas bajo el paraguas de su articulado y, 20 proyectos de ley en camino de “separar” las instituciones de Cataluña del resto de España.

La hoja de ruta está trazada desde hace mucho tiempo. Después de las próximas elecciones autonómicas en Cataluña, la reforma encubierta de la Constitución que supone el nuevo Estatuto saldrá adelante de un modo o de otro, bien presionando al tribunal, bien renovando los magistrados por otros más dóciles, bien coaccionando a los solicitantes para que retiren su recurso de inconstitucionalidad y se plieguen a los intereses nacionalistas en Cataluña.

Mientras, los ingenuos ciudadanos validamos con nuestros votos esta democracia enferma, cuando elegimos, de modo indirecto y en listas cerradas, a los parlamentarios autonómicos y nacionales.

Es lamentable pero muchos “niños de papá” criados bajo el auspicio del antiguo régimen alimentan los partidos nacionalistas, de izquierda, centro y derecha. Y, entronizados en sus altos cargos políticos en el Parlamento y en el Gobierno de España, se apremian para mantener y acrecentar las prebendas que ya venían disfrutando con sus familias dentro de la nomenclatura de la dictadura e, irresponsablemente, no afrontan los desafíos democráticos del país.

Salvo muy honrosas excepciones, su objetivo no es proporcionar las condiciones más favorables para las libertades individuales, el crecimiento socioeconómico sostenido y los intereses geopolíticos de España. Al contrario, han primado sus intereses personales y de partido como herederos de la casta político judicial del régimen franquista que, treinta años después, todavía sigue medrando.

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El mito del ladrillo

…los restos de la querencia por la propiedad de la tierra, la base de un proyecto de vida y los cálculos económicos. Estos últimos estaban contaminados por mitos. Se decía que la vivienda podía subir, pero no bajar, como si la fortaleza del ladrillo se trasladase a los valores. Ni siquiera la subida de precios desde mediados de los 90 produjo vértigo a los españoles, que se lanzaban a comprar en cuanto podían presentar dos nóminas.

No es que no hubiese buenas razones. El mercado de alquiler no funcionaba porque a base de perjudicar a los propietarios se logró perjudicar a los inquilinos. Y los tipos de interés abarataron tanto el coste financiero de comprar una casa que, digámoslo claro, era la opción más racional. Además de disfrutar de la casa, la compra daba la oportunidad de crear, mes a mes, un patrimonio. Y todo parecía indicar que era un negocio seguro y redondo.

No era ninguna de las dos cosas. Los tipos de interés están más manipulados que los informativos de La Sexta y los bancos centrales los colocaron como si tuviésemos motivos de sobra para no preocuparnos por el futuro. No lo hicimos. Pero el futuro llegó en forma de crisis económica… e inmobiliaria. La hora de la verdad era la hora de reconocer que los pisos no subían sin freno; que incluso se habían apreciado demasiado y que ahora tenían que caer. El Instituto Juan de Mariana calculó hace dos años que tenían que bajar un 40 por ciento, que ahora es todavía un 20. Y aún tendremos que esperar varios años antes de que se pueda decir que el mercado se ha estabilizado.

Esa campaña, partidista y totalitaria, que dice "esto sólo lo arreglamos entre todos", no tiene en cuenta que los españoles ya lo están arreglando a base de ahorrar, hasta casi el 25 por ciento de su renta disponible. Estamos desapalancándonos y preparándonos para un futuro plagado de riesgos e incertidumbres.

Purgaremos los pufos del pasado, aunque tendremos que hacerlo durante muchos años. Y volveremos a crecer a buen ritmo y a crear empleo, aunque para ello tengamos que esperar a la segunda mitad de la década. Y seguiremos intentando crear un patrimonio. Yo espero que para entonces haya servido de lección la crisis actual y se tenga en cuenta que la compra de una casa es una buena opción, pero no siempre. Y que hay otras opciones, como la de invertir en las empresas y participar de sus rendimientos, gracias a la Bolsa. Que los trabajadores sean también capitalistas y participen de la feracidad de este sistema económico. Una sociedad de propietarios plural es también una sociedad de personas independientes.

¿Quién mató a Adrián Leiva?

Los cubanos que sufren el exilio y el destierro acaban de perder a una persona querida para ellos. Se trata de un compatriota suyo, también demócrata, que acaba de fallecer en extrañas circunstancias al tratar de entrar en su país. Su nombre es Adrián Leiva.

La dictadura caribeña no sólo decide qué cubanos pueden salir del país. También quiénes pueden volver a él. El Gobierno de Cuba exige a sus propios ciudadanos residentes en el extranjero un visado para poder entrar en la isla. A cientos o miles de ellos se les niega dicha autorización. El régimen castrista les ha incluido en la categoría de “salida definitiva”. Adrián Leiva luchaba desde el exilio contra esto. Trataba de lograr que sus conciudadanos pudieran entrar y salir libremente de su patria, como ocurre en cualquier país del resto de Occidente.

Él mismo quería volver a su hogar y estar con su familia. La dictadura le denegó de forma constante el permiso para ello. Se dirigió varias veces, con cartas enviadas mediante correo electrónico, a Rodríguez Zapatero para solicitar de sus buenos oficios ante el Gobierno cubano. La respuesta habitual fue el silencio. En una ocasión le contestaron de diferente manera, una réplica automática que decía textualmente:

“El presidente del Gobierno ha recibido su correo electrónico, cuyo texto figura más abajo. Con el fin de poder atenderle, le solicitamos que cumplimente los campos marcados como obligatorios en el formulario adjunto”.

Ante la falta de permiso para volver a Cuba, decidió entrar ilegalmente en su propio país en una barca. Murió,l según las autoridades castristas,  ahogado antes de pisar tierra. Llamaron a su hermana para que identificara el cuerpo, el cadáver de un ser querido del que la dictadura la mantuvo separada durante muchos años. No hubo explicación oficial. El castrismo se cobró una nueva víctima.

Libertad de elección y abundancia de alternativas

Según el psicólogo Barry Schwartz (autor de The paradox of choice. Why more is less) existe un dogma oficial aceptado de forma acrítica en las sociedades avanzadas: que para maximizar el bienestar de los ciudadanos es necesario maximizar la libertad (porque es buena en sí misma y en libertad cada cual puede decidir por sí mismo) mediante el incremento de la capacidad de elección. Pero más y mejores alternativas para elegir no siempre implican mayor satisfacción.

Demasiadas posibilidades de elección pueden ser malas para la gente e incluso causar serios problemas clínicos (depresión, suicidio): cuando lamentan sus decisiones (e incluso se preocupan antes de la elección anticipando el probable arrepentimiento futuro); cuando piensan demasiado acerca de los costes de oportunidad (el valor de las alternativas no elegidas) y, por lo tanto, no pueden disfrutar lo que han escogido; cuando sus expectativas crecen, se hacen poco realistas y no son alcanzadas; cuando se paralizan y no pueden elegir por la dificultad y la importancia de algunas decisiones; y cuando se culpan a sí mismos por sus errores al no tomar decisiones perfectas (como presuntamente la sociedad exige) cuando no hay límites a sus opciones.

Schwartz afirma que hay una cantidad óptima de elección que las sociedades modernas han sobrepasado por mucho, y que la redistribución de los ingresos beneficiará a todo el mundo, no sólo a los pobres sino especialmente a los ricos, debido al daño que les causa la sobrecarga de decisiones.

Schwartz estudia un fenómeno real y un conjunto de posibles problemas, pero los exagera y saca de quicio, ignora soluciones ya existentes y propone el defectuoso remedio de las transferencias coactivas de riqueza. Habla de un dogma (que es lo que uno a menudo llama a ideas que no le gustan), pero no ofrece nombres o citas para demostrar su acusación, así que quizás está simplemente construyendo un hombre de paja. Proporciona algunas anécdotas acerca de la inmensa diversidad de bienes de consumo y muchos buenos chistes sobre la problemática de la elección humana, pero sus argumentos son falaces en múltiples aspectos.

La libertad, como concepto político, significa que los individuos que actúan pueden elegir perseguir los objetivos que prefieren sin la interferencia violenta de otros. Schwartz no diferencia entre la libertad negativa (respeto por los derechos de propiedad) como ausencia de coacción en la elección y la acción por un lado, y la abundancia y variedad de las alternativas disponibles entre las cuales elegir por el otro lado (libertad positiva, riqueza). Lo empaqueta todo junto e ignora una realidad importante: que las personas quieren tener el control último de la decisión, incluso si esta decisión es delegar la elección a otra persona. Los individuos quieren ser metadecisores, los que deciden acerca de cómo decidir (de forma recursiva); no les gusta ser controlados contra su voluntad, pero aceptan la influencia y el consejo de aquellos en quienes confían.

La abundancia de alternativas es un rasgo normal de las sociedades opulentas y no es un problema irresoluble: es mucho más fácil eliminar o no considerar opciones existentes que crearlas cuando no están ahí. La posibilidad de vivir vidas más simples y pobres siempre está ahí, y a veces la gente dice que eso es lo que quiere, pero sus elecciones reales lo desmienten. Cuestionarnos nuestras propias decisiones puede resultar obsesivo, pero también puede considerarse reflexión sensata y responsable. Crecer y transformarse en personas maduras incluye aprender a elegir. Nadie exige que tomes decisiones perfectas: en realidad a la mayoría de la gente no le importan en absoluto ni tú ni tus decisiones, ellos tienen sus propias elecciones que hacer y vidas que vivir.

La praxeología muestra que los agentes actúan intencionalmente para conseguir sus fines según sus preferencias subjetivas entre las posibles alternativas usando los medios disponibles. La ciencia cognitiva añade que la elección es también una acción, no en el mundo externo al cuerpo sino dentro del cerebro del agente pensante y evaluador: la decisión es una tarea de procesamiento de información que utiliza recursos escasos como la atención, la percepción, la memoria, la capacidad de procesamiento y el tiempo. Como las capacidades cognitivas humanas son limitadas, el proceso de decisión puede enfrentarse a diversos problemas normalmente debidos a demasiado o insuficiente conocimiento.

Analizar y comparar muchas alternativas puede ser una tarea compleja: una persona no prefiere una cosa a otras siempre de forma directa y sin esfuerzo; algún procesamiento cognitivo, normalmente inconsciente, es necesario, y en ocasiones esta tarea puede ser muy exigente para los recursos mentales. No importa sólo que las alternativas existan, sino que puedan ser conocidas y comparadas, y esto no es siempre fácil. Si te ofrecen la posibilidad de quedarte con los contenidos de una caja entre miles de cajas, te enfrentas a un problema de búsqueda que puede ser realizada con diferentes estrategias de satisfacción u optimización. El coste de oportunidad no es sólo lo que abandonas, sino también lo que no has podido hacer mientras tomabas la decisión (has gastado tiempo y energía). Un proceso de toma de decisiones puede ser controlado por un mecanismo de metadecisión que evalúa su importancia y los recursos que es necesario asignarle (y esta estructura de control puede tener varios niveles recursivos).

Si las diferencias entre las opciones son pequeñas y el coste de exploración es alto la decisión podría tomarse al azar. Si hay muchas alternativas semejantes, entonces la elección entre ellas no es muy relevante, y además a veces pueden probarse de forma sucesiva (muchas oportunidades están disponibles sistemáticamente y algunas elecciones son reversibles). Si aquello a lo que renuncio es muy atractivo, eso significa que lo que he escogido es aun más atractivo. Cuando las opciones son abundantes, renuncio a mucho pero también obtengo mucho, de modo que no es inevitable que acabe sufriendo y arrepentido.

Las preferencias surgen del funcionamiento de la mente, la cual es un orden complejo formado por elementos más simples interconectados (la sociedad de la mente). Una elección puede entenderse como una competición entre diferentes agentes mentales cada uno promoviendo una alternativa: algunas veces la victoria es rápida y clara, pero otras veces la lucha puede llevar tiempo y el resultado final no es tan claro. Incluso si se toma una decisión, los agentes derrotados pueden permanecer activos y protestar por no haber sido elegidos: puede ser difícil disfrutar una decisión si uno está constantemente pensando en las opciones abandonadas. Como una persona no conoce con certeza sus estados mentales futuros, podría acabar insatisfecho. En algunas elecciones difíciles la percepción consciente de la posibilidad del arrepentimiento es un factor que añade una dificultad importante.

Debido a la especialización, a la división del trabajo, y a la acumulación de capital y tecnología en ámbitos institucionales relativamente adecuados, las sociedades opulentas pueden disfrutar abundantes y diversos servicios y bienes de consumo. No sólo hay muchas cosas concretas que todo el mundo quiere: como los gustos son diferentes, hay una gran diversidad de bienes y servicios. Cada persona puede estar interesada solamente en una pequeña fracción de todos los bienes existentes, pero esa fracción es distinta para cada individuo. Las personas tolerantes aceptan esto como una realidad de la vida. Las personas intolerantes quieren imponer sus preferencias sobre otros. Algunas personas no pueden soportar la complejidad, prefieren un mundo simple, pero simple según sus propios criterios.

La calidad de muchas cosas precisa de cantidad y diversidad: en una sociedad libre con división del trabajo los productores no están pensando sólo en ti. Tenderán a darte lo que quieres a un precio competitivo, pero también ofrecerán muchas más cosas que interesen a otros, lo cual puede confundirte porque te obliga a buscar. En esta situación, surge una oportunidad empresarial para los proveedores de simplicidad, los garantes de satisfacción o los asesores de compras. La gente puede aprender a ponerse los límites necesarios a sus propias elecciones sin necesidad de que intervencionistas paternalistas lo hagan por ellos.

Los individuos no nacen con todas sus preferencias establecidas en sus cerebros. Las valoraciones tienen algo de componente genética, pero también son formadas durante la historia de cada persona por sus interacciones con otra gente influyente (parientes, amigos, figuras de autoridad, expertos, anunciantes, comercializadores, vendedores). Siempre hay una tensión entre un estilo personal estable y la experimentación con cosas nuevas. Del mismo modo que muchas opciones carecen de interés para una persona pero son relevantes para otros, algunas opciones pueden no tener importancia para un sujeto en una fase de su vida (cuando desea estabilidad y constancia) pero ser importantes en otros momentos (cuando está aprendiendo, convirtiéndose o transformándose, o cuando se aburre de la rutina y busca algo diferente).

Es posible que en un determinado ámbito una persona no haya establecido sus preferencias: no conoce las alternativas, no las ha probado o aún no se ha aclarado qué quiere. La vida es un proceso de aprendizaje, no sólo acerca de cómo hacer cosas sino también acerca de qué desear, de qué produce satisfacción: los individuos tienden a descubrir lo que quieren y les gusta, y esto puede ser transformado en hábitos o rasgos de la personalidad. Aprender es un proceso de ensayos y errores. La frustración con los errores de elección es una parte esencial del aprendizaje: si no sientes algún dolor no corregirás tus fallos. Los individuos tienden a tomar decisiones cada vez más importantes en sus vidas de forma progresiva y gradual: no suelen enfrentarse súbitamente a graves dilemas para los que no están preparados en absoluto, sino que van construyendo sobre lo previamente experimentado.

Algunas elecciones, como los tratamientos médicos o las inversiones financieras, requieren el uso de conocimiento especializado: una persona puede externalizar parte de la decisión a un especialista de confianza. Los tecnócratas suelen creer que sólo los expertos deberían tomar las decisiones finales por el bien de los otros: olvidan que los expertos a menudo carecen del conocimiento particular de las circunstancias específicas de las personas a quienes pretenden aconsejar, y no se enfrentan a los mismos incentivos (el doctor conoce la enfermedad y las posibles curas, sus beneficios, los costes y los riesgos, pero no sufre las consecuencias él mismo). Dar a los individuos la posibilidad de elegir no les fuerza a hacerlo, pueden usar el consejo de quien quieran. El bienestar es subjetivo, y se consigue por las personas actuando para conseguir sus objetivos deseados: no se promueve por los tecnócratas utilizando la coacción para imponer legislación y redistribuir la riqueza por el presunto bien del pueblo.

Algunas personas necesitan o prefieren que les digan qué hacer, o piensan que otros necesitan que les digan qué hacer o al menos qué no hacer: esto no les legitima para interferir violentamente contra su libertad. Menos libertad significa que otros deciden por ti sin tu consentimiento, y probablemente ellos ya tienen sus propios problemas de sobrecarga de decisiones. La solución a los problemas de la elección no es destruir las opciones de los demás por su presunto propio bien. Los individuos pueden madurar, hacerse más conscientes, mejorar su capacidad de decisión, disfrutar el momento y aprender a relajarse y no obsesionarse con el pasado o el futuro. Ser humano incluye reflexionar sobre las propias decisiones, aprender del pasado y proyectarse hacia el futuro. Conforme la sociedad se hace más compleja es posible producir herramientas que ayuden en la toma de decisiones. Múltiples guías y referencias pueden asistir en la navegación del inmenso espacio de posibilidades.

Los seres humanos no nacen ni están hechos para ser felices: la felicidad es un mecanismo emocional adaptativo que te informa de lo bien que lo estás haciendo en la competición de la vida. Los seres humanos no viven para ser felices, sino que son felices para vivir: la felicidad es normalmente una señal de que las tareas necesarias para la vida humana (salud, amor, riqueza) están siendo realizadas correctamente. La satisfacción completa es imposible porque la vida exige acción (los seres vivos son agentes autónomos autopoyéticos) y la evolución implica algo de competencia por la supervivencia y la reproducción: éxito es siempre relativo y temporal, y por lo tanto los mecanismos mentales responsables de la sensación de felicidad necesitan ajustarse y recalibrarse según cambien las circunstancias. Estos mecanismos pueden ser imperfectos y forzar al sujeto a hacer demasiado para sus capacidades, pero el error también puede producirse en la dirección contraria, cuando las expectativas y exigencias se ponen demasiado bajas: los individuos felices con poco tienden a eliminarse y extinguirse por sí mismos (puede ser peligroso manipular la mente para recibir satisfacción psíquica sin realizar tareas necesarias en el mundo real). Los que están satisfechos con poco y quieren simplicidad podrían tal vez hacer el esfuerzo de comprender y tolerar a quienes tienen el impulso de mejorar.

Castrización venezolana

Son malos tiempos para ambas tiranías, con una oposición cada vez más presente y fortalecida en Cuba y con una constante caída de popularidad interna e influencia externa del presidente “bolivariano” en Venezuela. Y en los dos casos, los enemigos de la libertad responden de la única manera que saben: aumentando la represión.

Desde el asesinato (su muerte no fue otra cosa) de Orlando Zapata Tamayo, los ojos del mundo están puestos sobre Cuba, y eso es algo positivo. Sin embargo, medios y gobiernos de todo el mundo parecen dejar de lado lo que ocurre en Venezuela. Nos referimos a aquellos que defienden la libertad en vez de optar por la amistad con las tiranías. No esperemos que Moratinos o  Rodríguez Zapatero condenen las represiones castrista y chavista. Tan sólo lo harán si se hunden esos regímenes dictatoriales de manera definitiva.

Esta semana, el social-caudillismo venezolano ha dado un paso de gran importancia cualitativa en su “castrización”. Por primera vez  en seis años ha detenido a una persona por delitos de opinión. Es cierto que en Venezuela hay muchos presos políticos, pero hasta ahora el régimen trataba de disimular y les acusaba de los más dispares cargos. En esta ocasión no ha habido ni ese esfuerzo de hipocresía. El Gobierno chavista (hace tiempo que desapareció la separación de poderes) ha querido lanzar un mensaje claro: “Hablar contra nosotros se puede pagar con la cárcel”.

La víctima con la que se inicia esta nueva etapa de “castrización” ha sido elegida para demostrar que nadie está a salvo de la furia gubernamental. Nada menos que un ex candidato a la presidencia y ex gobernador de un Estado. ¿Su delito? Denunciar la alianza del chavismo con los grupos terroristas ETA y FARC. En definitiva, decir lo que muchos sospechan dentro y fuera de Venezuela desde hace tiempo y que un magistrado español ha puesto sobre la mesa.

Antonio José Chinchetru es periodista y miembro del ‘think tank’ Instituto Juan de Mariana.

El trecho entre el dicho y el hecho

Existen importantes divergencias entre lo que hacemos y lo que decimos. Podemos decir que estamos preocupados por los problemas sociales del país como el paro, y que nos duele profundamente el ver la cantidad de millones de personas sin empleo y de dramas familiares. Sin embargo, con nuestras acciones -bien fruto del puro interés propio o de la ignorancia- demostramos que lo que realmente nos importa es nuestra situación, y que estamos dispuestos a mucho con tal de no perder nosotros, aunque ello implique un empeoramiento de los demás.

No me resulta descabellado pensar que parte de la “sensibilidad social” de la que solemos presumir, implícita e inconscientemente, en ocasiones no es mucho más que bonitas palabras que sirven para generarnos una autoimagen y reputación de personas comprometidas socialmente. Una sensibilidad social que está muy bien siempre que no nos toquen el bolsillo y amenacen nuestro bienestar.

Como suele señalar acertadamente el economista de la George Mason University, Russ Roberts, lo que coincide con la enseñanza bíblica de “por sus frutos los conoceréis”, somos lo que hacemos y no lo que decimos que somos, ni lo que nos gustaría ser. Cómo somos de verdad se manifiesta mediante nuestras acciones -no mediante nuestras palabras ni buenas intenciones-, en las que nos vemos obligados a elegir entre alternativas, mostrando así nuestras auténticas preferencias. Analizar los actos, y no las palabras, es la mejor manera de juzgar el comportamiento de los políticos y actores sociales.

Por ejemplo, de esta forma habría que juzgar las dos legislaturas de George W. Bush, que, a pesar de la retórica e imagen del Partido Republicano, ha sido un presidente muy intervencionista, no solo en el ámbito de la guerra contra el terrorismo, sino también en ámbitos internos del Estado del Bienestar, las libertades individuales, o en preparar el camino e iniciar las políticas de estímulo público, como reacción a la crisis, que más tarde intensificaría Obama.

Asimismo, de esta forma habría que calibrar la postura de nuestros políticos en relación al sistema público de pensiones. Estos mismos políticos hablan pomposamente de la necesidad de un cambio en el modelo productivo y, sin embargo, parecen estar empecinados en evitar los necesarios y dolorosos reajustes que todavía tienen que producirse en los sectores hipertrofiados de nuestra economía: banca y vivienda.

Las personas de bien decimos que nos importa mucho la situación de los países pobres, pero aun así permitimos la permanencia de un sistema de protección a los productores agrícolas europeos. Un esquema proteccionista que perjudica gravemente a los países del Tercer Mundo, encareciendo en términos relativos los productos de éstos últimos y dificultando su exportación (una vía por la que podrían comenzar la salida de la pobreza, siempre que sus propios gobiernos nacionales lo permitieran, no obstaculizando demasiado el proceso generador de riqueza del libre mercado). Si bien esta pasividad puede ser una muestra de ignorancia del público, al igual que puede suceder con la defensa acrítica de la ayuda externa, muestra un escaso interés, que contrasta con las supuestas buenas intenciones y deseos.

Decimos que favorecemos una sociedad de emprendedores e innovadores, pero al mismo tiempo permitimos la existencia de un excesivo y pesado lastre burocrático y legislativo que penaliza a los más emprendedores y con más iniciativa. No hacemos las reformas necesarias para llegar a unos niveles de facilidad de creación de empresas (Doing Business) y flexibilidad laboral mínimamente aceptables, estando a la altura de países como Mozambique o Ghana.

Solemos presumir de nuestra plena independencia de criterios, ideas y pensamiento, de que “no nos casamos con nadie” (ningún partido político, se refiere). Al mismo tiempo, uno puede ver los mítines de los principales políticos españoles, a lo largo y ancho de España en las principales citas electorales, y antojársele la malvada imagen en la cabeza de un rebaño aplaudiendo con las orejas a su pastor.

Se puede culpar a los políticos de todos los males, de sostener una postura -consciente o inconscientemente- arrogante hacia el complejo orden social: una mentalidad de “alfarero”. Se puede hacer, pero cuidado con simplificar burdamente, porque lo cierto es que lo más probable es que buena parte de esos males tengan sus raíces en ideas arraigadas en la opinión pública, y en una actitud que favorece esa mentalidad de alfarero: la mentalidad de “botijo” del votante, expresión que sugería Pablo Carabias. Dicho de otra manera: que se junta el hambre con las ganas de comer.

Sobran “botijos” dispuestos a ser moldeados, por los siempre tan dispuestos “alfareros”, y faltan “plantas” que defiendan su derecho a crecer autónoma y libremente, y que no se dejen aplastar por un poder político creciente, no solo en tamaño, sino también en alcance. También sobra palabrería barata y hueca, y faltan acciones que compensen el trecho entre el dicho y el hecho.

Las mujeres ganan lo mismo

Lo hacen, claro, sabiendo que no escapará un solo euro de sus bolsillos. Y no sólo porque les baste con no aceptar las razones que les den, sino porque, a nada que se pare uno a pensar, verá que la idea de que se pague más a un hombre por el mismo trabajo es un absurdo y, de hecho, no es la norma. Como dice Thomas Sowell, “es una de las principales falacias de nuestro tiempo”.

Hay un elemento que diferencia a hombres y mujeres que no debería resultar chocante o polémico, y que tiene una incidencia clara sobre las preferencias generales, y es el hecho de que las mujeres dan a luz y los hombres no. Hay muchas mujeres, no todas, que hacen mayores renuncias en su vida profesional para estar más al tanto de la familia, mientras que esto es menos frecuente en los hombres. Esto repercute también en su experiencia y capital humano, y merma su capacidad futura para progresar.

Hablando del caso de los Estados Unidos, Sowell, en su libro Economía: verdades y mentiras, dice que “la razón más importante por la que las mujeres ganan menos que los hombres no es que les paguen menos por hacer el mismo trabajo, sino que se distribuyen de forma diferente en los empleos: hacen menos horas y tienen menos continuidad”. De hecho, las diferencias salariales son muy pequeñas al comienzo, pero se agrandan con el paso del tiempo, cuando hombres y mujeres comienzan a tomar decisiones sobre su vida profesional y personal. Pero ¿qué pasa cuando quitamos todos esos elementos, cuando comparamos a hombres y mujeres solteros con la misma formación y experiencia? Que esas diferencias se diluyen hasta desaparecer.

Nuestra izquierda, en lucha permanente contra la realidad, dice a la vez dos cosas que son incompatibles entre sí. Por un lado dice que, cuando hay diferencias, éstas no provienen de las decisiones libremente adoptadas por hombres y mujeres, sino del machismo de los empresarios. Por otro, pinta a los empresarios (en este caso con más fortuna, aunque sin mucha finura) como unas personas movidas sólo por el beneficio económico, sin consideración hacia la condición del trabajador.

Sea como sea, pongamos ante ese empresario que desprecia cualquier cuestión que vaya más allá de los beneficios  a dos trabajadores que le van a aportar exactamente lo mismo, sólo que uno de ellos es mujer y le va a costar un 20 por ciento menos. ¿No contratará siempre mujeres, dejando a los varones todos en el paro? Los beneficios diluyen el machismo.

Apartheid en Sudáfrica vs. “apartheid” en Israel

Se acusa al Estado israelí de tratar a los árabes en territorio nacional como ciudadanos de segunda, y de mantener a los árabes en territorio ocupado bajo un sistema de separación y control muy similar al que aplicara en su día el régimen racista de Sudáfrica. La protesta pretende educar al público y promover el boicot y las sanciones contra Israel.

Hay razones legítimas por las que criticar al Estado israelí, y su sociedad civil es la primera en ejercer autocrítica (el periódico Haaretz, uno de los más influyentes, continuamente da voz a pacifistas y simpatizantes palestinos). La práctica del apartheid, sin embargo, no es una de esas razones.

En 1949 Sudáfrica prohibía el matrimonio entre personas de razas distintas y un año después las relaciones sexuales interraciales. En 1950 se implementó un sistema de clasificación racial y asignación geográfica para separar físicamente a las distintas etnias y crear gobiernos autónomos. En 1953 se aplicó la segregación legal en playas, autobuses, restaurantes, piscinas, hospitales, escuelas y universidades. Había letreros de "Sólo blancos" en zonas públicas. Barrios negros fueron demolidos y su población trasladada forzosamente a su área racial (una pequeña fracción de la población blanca también fue obligada a desplazarse). Los negros tenían prohibido vivir y trabajar en áreas blancas a no ser que dispusieran de un pase especial que sólo era concedido a unos pocos. El trabajador con pase no podía traer a su familia consigo. Los negros no podían emplear a trabajadores blancos.

Los ciudadanos árabes de Israel (un 20% de la población) poseen los mismos derechos políticos y civiles que los ciudadanos judíos. No hay ninguna ley que discrimine o segregue en función de la etnia. Las escuelas, universidades, hospitales y demás servicios están integrados. No hay restricciones de movimientos, de trabajo o de relaciones sexuales. Los ciudadanos árabes pueden organizarse, votar y expresarse en libertad. Tienen representantes políticos en el Knesset, que son tolerados incluso cuando reivindican el desmantelamiento del Estado judío o apoyan a Hezbolá. Como dice el historiador Benny Morris, muchas democracias occidentales no otorgan la misma libertad a su disidencia interna, y en situaciones de conflicto bélico algunas han reprimido a las minorías de los países con los que se enfrentaban (Estados Unidos lo hizo con los japoneses, Reino Unido con los alemanes). Desde que se levantara la ley marcial en 1966, Israel no ha restringido las libertades de la minoría árabe ni encarcelado masivamente a los que secundan la causa palestina.

Es cierto que el sionismo y la Ley del Retorno (por la cual los judíos pueden inmigrar a Israel libremente y obtener la ciudadanía) tienen un sustrato nacionalista, pero como argumenta el profesor de ley internacional John Strawson, no tiene nada de particular que un Estado sea fundado sobre la base de una nación cultural y contenga en su seno otras minorías étnicas. Es discutible si la Ley de Ciudadanía y Entrada de 2003 es discriminatoria por perjudicar más a los ciudadanos árabes (que contraen matrimonio más a menudo con palestinos), o si el DNI que cita la etnia del ciudadano se asemeja al sistema de registro del Apartheid, pero en cualquier caso serían abusos de otro orden de magnitud. También existen programas de discriminación positiva a favor de los árabes en distintos ámbitos, ¿constituye una muestra de apartheid anti-judío?

La analogía tiene más sentido si se aplica a los territorios ocupados de Gaza y Cisjordania: no se permite el retorno de los refugiados palestinos que escaparon a la guerra civil, se restringen y se controlan sus movimientos, y se les mantiene físicamente separados detrás de un muro de hormigón. Pero aún así hay diferencias relevantes.

Los palestinos en Gaza y Cisjordania no son ciudadanos israelíes y están administrados (parcialmente) por la Autoridad Nacional Palestina. El objetivo último de todos los planes de paz es que ese territorio devenga un Estado soberano. A largo plazo Israel no quiere gobernar a los palestinos, y los palestinos no quieren incorporarse al Estado israelí.

La causa de los refugiados y descendientes, a quienes no se les permite volver y retomar las propiedades que quedaron abandonadas, tiene mucho de justa. Pero aquellos palestinos que quieren echar a los judíos al mar o respaldan el terrorismo contra civiles no pueden esperar que el Estado israelí los acoja con los brazos abiertos. El pueblo palestino sufre como consecuencia de la ocupación, si bien ésta no la motiva el racismo sino la seguridad de los israelíes (lo que tampoco quiere decir que sea justa y no deba reconsiderarse).

Las sudafricanas Rhoda Kadalie y Julia Bertelsmann, cuyas familias fueron activas en el movimiento anti-apartheid, se preguntan: ¿para cuándo una semana del apartheid dedicada a Irán, Cuba, China, Zimbabue, Siria, Egipto o Arabia Saudita? En estos países sí hay discriminación legal genuina contra ciudadanos nacionales: mujeres, homosexuales, disidentes o practicantes de otra religión. Pero llevar una chapa de "Apartheid en Irán" no da la misma imagen de "solidario" y "progresista".

Israel no está en absoluto exento de crítica. Pero no todas las críticas a Israel son válidas.

Albert Esplugas Boter es miembro del Instituto Juan de Mariana, autor del libro La comunicación en una sociedad libre y escribe regularmente en su blog.

Prohibir el nazismo no es el camino

Que no se me malinterprete. Cada cual tiene derecho a expresar lo que piensa o cree, por asqueroso que sea, siempre que utilice sus propios medios. Sin embargo, el resto de la humanidad no tiene por qué otorgar los recursos para que se exprese ni tampoco la obligación de escucharle.

El librero nazi (dirigente del extinto grupo nacionalsocialista CEDADE y vendedor de obras como Los protocolos de los sabios de Sión, Mi lucha y otros tomos destinados a fomentar los odios, prejuicios y creencias propios de los seguidores de Hitler) ha sido condenado por “difusión de ideas genocidas” debido al catálogo de su tienda. Las obras a la venta en la librería de Varela son una prueba de que también resulta falso eso de que todo libro tiene algo bueno. Los demandados por los clientes de la Librería Europa no son más que una colección de basura sin cuya existencia el mundo sería un lugar mejor. Si nunca se hubieran escrito Los protocolos… o Mi lucha es probable que millones de vidas que fueron arrebatadas de forma violenta hubieran seguido su curso normal. Lo mismo que ocurre con El manifiesto comunista o cualquier obra de Lenin o Mao Tse Tung.

Sin embargo, y a pesar de lo anterior, es un error condenar a Varela. Quien niega el Holocausto, difunde ideas nazis o expande creencias de tipo antisemita, racista, xenófobo debe ser objeto del más duro escarnio social, pero nunca de persecución legal. Recurrir a la prohibición, los tribunales y la prisión es una reacción comprensible, pero equivocada.

Al condenar a Varela por la venta de libros plagados de mentiras y fanatismo, cobran apariencia de veracidad las falsedades preferidas de los nazis modernos.  Estos últimos, parte de la izquierda autodenominada “antisionista” (que no deja de ser antisemita) y los islamistas, dicen que está “prohibido investigar el Holocausto”. No es cierto; las obras negacionistas no se fundamentan en investigación alguna, aunque aparenten hacerlo. Sin embargo, al proscribir su difusión sus autores y seguidores pueden mostrarse como víctimas y ganar credibilidad ante otras personas.

Por mucho que se impida que Varela y similares continúen con sus negocios, e incluso aunque se obligara a otras librerías a dejar de vender libros nazis y negacionistas, los difusores de la mentira encontrarán vías alternativas de propagación. Mucho más en la era de internet. La prohibición no sirve para nada. La mejor respuesta ante ellos es la condena social y la divulgación del verdadero horror que supuso el nazismo y los campos de exterminio.