Ir al contenido principal

Etiqueta: Libertades propiedad y estado de derecho

Yo el domingo tenía una empresa y dejé de tenerla en dos segundos

El mundo de los emprendedores es muy variado y las razones que suelen tener para lanzarse a la aventura de constituir una empresa son también muy diversas y complejas: obtener unos mayores ingresos, no tener que seguir las instrucciones de un superior jerárquico, asegurar el futuro de la familia cuando en el futuro no se esté, el espíritu de aventura, motivaciones éticas, etc.

Aunque sean distintas las motivaciones de cada emprendedor, sí comparten la característica común de arriesgar parte o la totalidad de su patrimonio, tiempo y reputación en acometer nuevos proyectos o en reforzar los ya existentes. El riesgo es algo inherente a la labor emprendedora, ya que pueden llegar a perder gran parte o incluso todos sus ahorros si algo sale mal. Por ello, son numerosos los factores que tienen que controlar para asegurar el éxito: proveedores, clientes, empleados, inversiones, financiación, etc.

Por todo esto, el respeto al derecho de la propiedad se convierte en un factor muy importante a valorar a la hora de acometer una inversión. A nadie le gusta arriesgar su patrimonio, tiempo y esfuerzo para ver, el día de mañana, que ha perdido el primero. Y aunque éste puede perderse porque el negocio fracase o incluso por razones de fuerza mayor, siempre tranquiliza el hecho de que el emprendedor no se verá privado de su patrimonio fuera de estas circunstancias.

Sin embargo las razones anteriores no son las únicas por las que una persona puede verse privada de su patrimonio. Las legislaciones de cada país prevén motivos por los que la administración pública puede expropiar el patrimonio de una persona. En los países donde se respetan más los derechos del individuo, la expropiación no puede realizarse sin estar amparada por una ley, por causas tasadas y pagándose un justiprecio que compense la pérdida del patrimonio. Además, se suelen proporcionar mecanismos jurídicos para que el expropiado recurra si percibe que la operación se ha efectuado sin las garantías correspondientes, arbitrariamente o a un precio injusto. Sin embargo no siempre ocurre así, bien porque la ley que permite la expropiación es tan ambigua que permite causas de difícil justificación, o incluso porque no existen leyes o garantías.

Así una persona puede decir de un día para otro: “Yo el domingo tenía una pequeña empresa y dejé de tenerla en dos segundos”. Si los emprendedores pueden ser privados de su negocio no por haber fracasado su aventura empresarial sino por una arbitrariedad política, no es de extrañar que las personas que estuviesen pensando en abrir una empresa se vean totalmente desanimadas por este antecedente y disminuya la iniciativa empresarial en el país. Por lo tanto, el daño causado no se limita simplemente a las personas directamente afectadas, a quienes se les ha privado de su empresa de manera arbitraria, sino a muchos otros que ven cómo el fruto de su esfuerzo puede desaparecer en un instante y que deciden no emprender.

Es por ello que el respeto de los derechos del individuo en los procesos expropiatorios resulta vital para fomentar la actividad económica de un país. Mientras más firmemente se protejan estos derechos, más personas se verán animadas a iniciar una actividad empresarial, y mayor será la riqueza generada.

Incorrectos

Sencillamente, tienen su propio criterio sobre las cosas, y da la casualidad de que ese criterio no se ajusta al traje ideológico que nos han hecho para todos.

La corrección política no es una ideología. Es incluso peor. Constituye un entramado de tabúes e imposiciones, de mecanismos mentales repetidos millares de veces, mitos y letanías que no constituyen en sí una forma de pensamiento, pero sí apuntalan una forma de ver las cosas. Thomas Sowell, en su estudio sobre los ungidos (el precipitado antropológico de la izquierda), dice que su dialéctica se basa en dividir el mundo en mascotas que deben ser defendidas a toda costa, y objetivos a los que hay que destruir sin concesiones. Ese mapa maniqueo es la corrección política.

Está claro que la corrección política no tiene nada que ver con la lógica. En ocasiones incluso prohíbe llamar a las cosas por su nombre. No puedes llamar “viejo” a una persona vieja. Como si pudiera haber algo malo en ello. La corrección es un cortocircuito de la razón y una traba constante a la libre discusión. Y, sobre todo, una pesadez enorme.

Por eso resultan atractivos aquellos que, como Sánchez Dragó o nuestro compañero Salvador Sostres, se pasan la corrección política por salva sea la parte. Por eso, y porque tener criterio propio al margen de lo establecido le lleva a uno a ponerse en muchas ocasiones contra el poder. Y si bien hay quien se muere de miedo cuando alguien se mete con el poder, somos también muchos los que disfrutamos con ello.

Obama, turbio y dependiente

Es normal. A todos nos hace ilusión que algún día llegue a gobernar un político que actúe con independencia y cuente realmente cómo hace lo que quiera que esté haciendo. Dos lemas consagraron la imagen de cristalina independencia del cuadragésimo cuarto presidente de los Estados Unidos de América. La primera y más famosa era "expulsar a los lobbies fuera de Washington". La segunda consistía en "devolver la ciencia a su legítimo lugar".

Poco más de un año después de su toma de posesión, diversos medios y blogs le acusan de hacer justo lo contrario. Lo simpático del asunto es que la causa de esta polémica es el estudio acerca de los efectos sobre el empleo de las ayudas públicas a las fuentes de energía renovables que realizamos hace ahora un año Raquel Merino Jara, Juan Ramón Rallo y un servidor con la colaboración de José Ignacio García Bielsa.

El estudio tuvo una gran acogida en medios académicos y periodísticos internacionales. El Wall Street Journal, por poner un ejemplo, le ha dedicado tres editoriales aplaudiendo el enfoque y sus resultados. Obama llevaba algunos meses vendiendo la idea de que la creación de empleos verdes en el sector de las energías renovables sería una de las principales soluciones para sacar a EEUU de la crisis económica. Nuestro estudio venía a decir que si de crear empleo se trata, uno puede hacerlo poniendo a miles de personas a mover turbinas que generen electricidad, pero que la cuestión es si eso es económicamente viable: cuánto costará falsear la competitividad de esa modalidad de producción energética y cuál es el coste de oportunidad de hacerlo.

Así, las conclusiones mostraban que cada empleo verde creado en España entre el año 2000 y 2008 había requerido más de medio millón de euros en subvenciones, que debido a que la mayor parte de esos empleos eran en instalación de nuevas plantas, el mantenimiento de esos empleos requería un crecimiento astronómico de las ayudas a la producción, que el modelo español había creado una burbuja que amenazaba con explotar, que estábamos poniendo en riesgo el sistema eléctrico, que esos recursos utilizados en subvencionar una producción ineficiente de electricidad hubiesen creado más empleo si los recursos se hubiesen dejado en el resto de la economía y que estábamos provocando una deslocalización forzada en diversas industrias.

Como es lógico y comprensible, las conclusiones de nuestro estudio no gustaron a todo el mundo por igual. Los lobbies a ambos lados del Atlántico que reciben dinero por su vinculación con las energías verdes y los políticos que defienden esas políticas energéticas fundamentadas en subvenciones no recibieron con buenos ojos el estudio.

Varios meses después de la salida de ese informe, sus conclusiones se citaban con mucha frecuencia en los debates en torno a la propuesta de nueva ley energética en el Congreso de EEUU. Alguien debió sentir que este estudio académico podía poner en peligro el pastel de subvenciones que se estaba cociendo en Washington. Todo esto, ya digo, es normal y comprensible.

Lo interesante empieza cuando el Laboratorio Nacional para las Energías Renovables (NREL) publicó un contraestudio en el que fundamentalmente se criticaba la metodología que habíamos usado en nuestro estudio. En EEUU muchos se preguntaron qué hacía un organismo público contestando un estudio académico de otro país sobre una experiencia en materia de legislación energética en ese país extranjero. El hecho no tenía precedentes. Así que el Competitive Enterprise Institute, un think tank defensor del libre mercado, apoyado en la ley sobre la libertad informativa requirió información al Gobierno estadounidense y a la NREL sobre quién lo había encargado, por qué lo había hecho y cuánto había costado el contrainforme.

La respuesta ha llegado medio año después de la petición y contiene unas 900 páginas de correos electrónicos y documentación diversa. Ninguna de las preguntas queda medianamente contestada en esas 900 páginas pero una cosa sí queda clara: varios lobbies, entre los que destacaba el de las empresas eólicas, estaban detrás del estudio del Laboratorio y la supuesta categoría académica del estudio había sido lograda gracias a la revisión del manuscrito por parte de los propios lobbies. Leyendo los centenares de páginas de correos que se han enviado entre sí el ministerio, el laboratorio y los lobbies, uno pierde la cuenta de quién es el Gobierno y quién es el grupo de presión. No es de extrañar que la polémica le esté costando a Obama su imagen de trasparente e independiente.

Gabriel Calzada Álvarez es doctor en Economía y presidente del Instituto Juan de Mariana

El fin del castrismo

Hace un tiempo me contaron un chiste ingenioso a la par que tristemente cierto en lo que se refiere a la realidad cubana. En una hipotética conversación, Fidel Castro le pregunta a Hugo Chávez "compañero, ¿qué es lo que tú estás haciendo con Venezuela?". El inquirido respondía: "Bolivarizándola". Acto seguido añadía: "¿Y tú?, comandante, ¿qué es lo que estás haciendo con Cuba". "Martirizándola", respondía el barbudo tirano caribeño. Tal vez peque de excesivo optimismo, pero creo que podemos estar contemplando el inicio del fin de ese largo martirio de más de medio siglo de dictadura comunista en la Isla.

La muerte de Orlando Zapata Tamayo, ese dramático acontecimiento que jamás tuvo que ocurrir, puede suponer un punto de inflexión en la evolución de la larga dictadura castrista. A raíz del fallecimiento del valiente opositor a causa de su huelga de hambre y los malos tratos recibidos se han producido hechos que antes inimaginables. El hecho de que los medios de comunicación oficiales (los únicos tolerados por el régimen castrista) hablaran de Zapata Tamayo para denigrarle es una buena muestra de ello. Antes nunca hubieran citado su caso, puesto que la inmensa mayoría de los cubanos no habrían oído hablar jamás de él. El que ahora lo hayan hecho demuestra que funcionan los canales informales de información creados de forma clandestina desde la sociedad civil. El Gobierno de La Habana ha contestado porque está perdiendo el monopolio de la comunicación.

Los canales informales de comunicación llegan incluso hasta las cárceles, como demuestra el hecho de que varios presos de conciencia se pusieran en huelga de hambre (al igual que ha hecho en su casa Guillermo Fariñas) tras la muerte de Zapata Tamayo. A esto hay que sumar que muchos cubanos parecen estar perdiendo el miedo. Los asistentes al velatorio del nuevo mártir por la libertad en Cuba no dudaron en mostrar la cara ante las cámaras de video y fotografía, algo que antes no resultaba común. No es un valor producto de que no haya nada que temer, surge de haber llegado al límite del aguante ante la represión diaria de la dictadura. También, y por los mismos motivos, grupos de vecinos no implicados en actividades opositoras del pueblo de Zapata Tamayo se mostraron ante los agentes de la dictadura acudiendo a su entierro durante el amanecer.

La dictadura castrista responde de la única manera que sabe hacerlo. Con detenciones cada vez más numerosas, maltratando a los opositores presos y sin hacer nada para salvar la vida de Ariel Sigler Amaya y Normando Hernández González, otros dos presos de conciencia cuya salud está deteriorada hasta el punto de que pueden morir en cualquier momento. A esto se suma una feroz campaña interior y externa de propaganda e insultos contra los opositores vivos y muertos. Una campaña a la que se suman con alegría artistas como "Willy" Toledo o Miguel Bosé y gobernantes como el brasileño Luiz Inacio Lula da Silva.

Esperemos que mi optimismo no esté injustificado. El castrismo nuca ha parecido tan débil como ahora ni la oposición había logrado con anterioridad una presencia interna y externa tan grande como la actual. La dictadura puede tardar en caer todavía meses o, incluso, unos pocos años. Sin embargo, ha comenzado a derrumbarse. Dentro de no demasiado tiempo tal vez veamos a unos Moratinos, Lula da Silva, Bosé o Toledo inventando excusas para justificar su alineamiento con la tiranía.

Cuba o el paraíso

Apenas han transcurrido dos días desde que Javier Bardem pisara por última vez la alfombra roja que, nueve años atrás, le llevó a estar nominado al Oscar al mejor actor por su interpretación de Reinaldo Arenas en la versión cinematográfica de la autobiografía de este poeta cubano. No es el momento ni el lugar para escribir sobre glamour o hacer una crítica de cine pero sí para reflexionar sobre la relación que existe entre el llamado mundo de la cultura y el régimen cubano. Y es que, al parecer, muchos de los artistas e intelectuales patrios que no dudan en emular estas fastuosas ceremonias y sueñan con estar algún día entre sus premiados, o no vieron la película protagonizada por su compañero o no la entendieron. Hay una tercera posibilidad, pero supone mala fe e implicaría una complicidad con el mal del todo inexcusable.

Como Estado Socialista superviviente al desplome de la Unión Soviética, la isla de Cuba permanece a tan solo 160 kilómetros de Estados Unidos como una exótica anacronía que ha fascinado a muchos intelectuales que, como Hemingway, se han dejado seducir por sus placeres sin atender la falta de libertad que padecen los propios cubanos. Destino de viaje, inversiones y favores patrocinados por estados democráticos, Cuba ha vivido ajena a la prosperidad y la libertad gracias a la rígida e inflexible aplicación de los principios revolucionarios dictados por Fidel hace ya más de medio siglo: “Patria o muerte”.

Como todos los dictadores que se envuelven en la bandera no hay más patria que su propia figura y la muerte se convierte en el único destino al que puede aspirar cualquier atisbo de disidencia. Ni toda la sangre derramada ni la miseria a la que ha condenado a todo un pueblo han conseguido sensibilizar y conmover a esa vanguardia de intelectuales y artistas siempre prestos a actuar como abajofirmantes de las causas más nobles… siempre que estén en comunión con sus ideales de obediencia socialista.

No se trata pues de desconocimiento sino de incapacidad para ver, más allá del error intelectual que supone el socialismo, los sufrimientos y desajustes causados al tratar de construir el paraíso socialista en el que la felicidad del hombre nuevo traerá la armonía a un mundo imperfecto. Así pues, todo atropello e infracción de los más elementales derechos del Hombre son justificados y justificables, porque el bien será mayor y su sufrimiento de hoy supondrá su liberación del mañana. El problema es que, desde la revolución francesa hasta la cubana, estos experimentos han fracasado y el progreso se ha reducido a la destrucción de oportunidades y vidas.

Seres miméticos como somos, actitudes e ideas de estos referentes populares traspasan a gran parte del cuerpo social siendo fácil encontrar en cualquier conversación el acuerdo infundado de que la Sanidad cubana es una de las mejores del mundo o de que hay que viajar a Cuba antes de que muera Fidel. La realidad es que los familiares que pudieron huir de la isla cárcel siempre que tienen oportunidad envían medicinas a quienes se quedaron dentro y la nomenklatura del régimen es tratada por médicos extranjeros en hospitales de élite. Tampoco es fácil entender a qué Cuba quieren viajar, ¿a la de los complejos hoteleros sólo para turistas o a la de la cartilla de racionamiento? Entrar en un isla de la que su población no puede salir, sólo escapar, no parece el mejor de los destinos turísticos; disfrutar aprovechándose de la miseria ajena no parece un comportamiento ejemplar.

El rostro del Ché, emblema descafeinado de movimientos contestatarios, es otro ejemplo de la perversión de toda una generación capaz de lucir con orgullo la memoria de un asesino y el símbolo de una ideología destructiva que sólo conoce su figura a través de los panegíricos que destilan los medios dominados por esta élite cultural.

Estos misioneros de salón se autropoclaman como vanguardia, no ya autoconsciente, sino consciente y conocedora de los problemas ajenos y de sus soluciones. Desde la comodidad del Primer Mundo, ordenan y aconsejan al Tercero condiciones y fórmulas en las que ellos jamás tolerarían vivir. Su capacidad de empatía queda cegada por sus buenas intenciones y objetivos superiores, dando mayor importancia, como diría Paul Johnson, a las ideas que a las personas. A través de este proceso mental, las víctimas de los hermanos Castro se convierten en meros obstáculos y anécdotas que no pueden, ni deben, desmerecer el objetivo final, el de una sociedad buena ordenada según los principios del Comunismo y que el “socialismo real” trata de construir. Luego, ya sólo queda la propaganda, la conversión del mito y la popularización de la mentira. Todo sea por el bien de la Humanidad.

Entre tanto, las vidas truncadas de los disidentes interiores o exteriores, exiliados o encarcelados, vivos o muertos, pasan desapercibidas ante la sensibilidad de estos progresistas acomodados, que son incapaces de denunciar la dictadura castrista de forma contundente y apoyar así el anhelo de todo un pueblo que muere, literalmente, por ser libre. Nuestra obligación, es no olvidarlos y tomar su rebeldía como ejemplo; como el propio Reinaldo Arenas, cuyas últimas palabras escritas fueron “mi mensaje no es un mensaje de derrota, sino de lucha y esperanza. Cuba será libre. Yo ya lo soy”. Que su lucha y su esperanza sean las nuestras.

Bautista, la SGAE, la ley y la moral

…peligran esas pensiones que a modo de caramelillo nos prometían nuestros socialistas de todos los partidos para que no protestáramos por el atraco. Al final, como en Múnich, nos quedaremos sin el honor y sin la paz, en este caso sin la libertad y sin la cartera.

Al parecer, las pensiones dignas y seguras que eran la quintaesencia del Estado de Bienestar europeo no van a ser ni dignas ni seguras. No otra cosa cabe colegir de la recomendación de Corbacho para que los españoles complementen la cotización (coactiva) pública con una voluntaria privada. Cosas veredes, los mismos socialistas que hace apenas tres años se cargaron el atractivo fiscal de los planes de pensiones al eliminar la reducción del 40% por el rescate en forma de capital y que disminuyeron el límite de las aportaciones desde 24.250 euros anuales a los 12.500, son los mismos que ahora tratan de salvar la nula credibilidad que debería merecer el sistema público de pensiones apelando a la capitalización privada.

Pero, como ya hemos dicho en numerosas ocasiones, el auténtico fraude de la Seguridad Social no viene representado por la forzosa necesidad de minorar unas pensiones ya excesivamente bajas en sí mismas, sino por aquello que dejamos de ganar. El problema del sistema es el horroroso coste de oportunidad que acarrea: durante toda su vida laboral, se priva a los trabajadores de la posibilidad de capitalizar su renta y de construirse un patrimonio con el que alcanzar una pensión realmente digna. No deberíamos estar complementando la pensión pública con la privada, deberías tener la oportunidad de gestionar como quisiéramos todo nuestro ahorro.

Porque, digámoslo de otro modo, si los trabajadores no entienden o desconfían tanto de la bolsa como para huir de ella, nada les impide invertir el dinero que hoy les está arrebatando la Seguridad Social en otro tipo de activos. Cuarenta años sufragando una cotización media de unos 6.000 euros anuales asciende a alrededor de 240.000 euros pagados compulsivamente a la Seguridad Social. ¿Se imaginan qué habría sucedido de haber invertido esas cuantías, por ejemplo, en dos inmuebles y una plaza de garaje? ¿Qué pasaría si nuestra pensión dependiera de alquilar (o vender) dos pisos y un garaje que hemos ido adquiriendo durante toda nuestra vida laboral?

Pues que hoy nuestros jubilados sí tendrían asegurada una pensión digna. Esa misma que los socialistas hoy nos racanean, no por ser malos gestores (que lo son), sino por habernos impuesto durante décadas un sistema que todo el mundo sabía que terminaría reventando. Pura aritmética.

En 1995, Solbes ya nos lanzó la primera advertencia y nos recomendó invertir en esos planes de pensiones que él mismo, una década más tarde, desalentaría mediante el IRPF. La inmigración, empero, vino al rescate –a corto plazo– del sistema de pensiones de reparto: más de cinco millones de trabajadores se incorporaron al mercado laboral. Todo lo cual permitió sufragar las prestaciones de los pensionistas con un mayor desahogo… a cambio, claro está, de crear cinco millones más de jubilados futuros con derecho a reclamar su pensión a una población joven cada vez más exigua. Es decir, salvábamos el sistema a corto, hipotecándolo a largo. Es lo que tienen los esquemas piramidales: que la base siempre tiene que seguir creciendo para que el esquema no se desmorone.

Ya estamos en ello. Los fondos privados de pensiones al rescate. Si ya lo decía Zapatero en el Congreso, "quienes defienden las pensiones privadas, se habrán encontrado con un problema durante esta crisis". Pues anda que quienes defienden las pensiones públicas… ¡Qué panorama! La Seguridad Social sin recursos y su garante, el Estado español, en riesgo de caer en suspensión de pagos. Sin duda, como pregona el PSOE, éste es el momento de "lo público".

Juan Ramón Rallo es jefe de opinión de Libertad Digital, director del Observatorio de Coyuntura Económica del Instituto Juan de Mariana, profesor de economía en la Universidad Rey Juan Carlos y autor de la bitácora Todo un Hombre de Estado. Ha escrito, junto con Carlos Rodríguez Braun, el libro Una crisis y cinco errores donde trata de analizar paso a paso las causas y las consecuencias de la crisis subprime.

¿Y por qué soportar el lastre de las pensiones públicas?

Éste es el radical ideario que defiende el Partido Antitaurino, que ha conseguido abrir el debate público sobre la prohibición de la Fiesta Nacional en Cataluña. Dicho grupo de "animalistas" –tal y como se hacen llamar– califican de "maltrato" y "crimen" el arte del toreo debido al sufrimiento que experimenta el morlaco durante la corrida.

Bajo este argumento solicitan, no sólo la prohibición de este festejo, sino también la del uso de animales en los circos o el abandono y sacrificio de perros, gatos, animales exóticos e, incluso, palomas. Pero, puestos a pedir, mucho me temo que los "animalistas" se quedan cortos. Y es que, si toda su argumentación gira en torno al mero sufrimiento del animal, ¿qué impide extender su aplicación a toda la fauna? ¿Por qué escandalizarse por la matanza de perros y gatos y no por la de ratas o cucarachas? ¿Es que acaso no gozan de los mismos "derechos animales"? ¿Por qué discriminar entre especies?

Para gustos colores. Entre el amplísimo abanico de amantes que tiene el mundo animal habrá quien profese una especial predilección por las pulgas, las serpientes, las lagartijas, los gusanos, los murciélagos, los insectos… ¿Por qué los activistas no protegen a los parásitos y roedores, por ejemplo? ¿Qué diferencia hay entre un ratón y una paloma? Ninguna desde el punto de vista biológico, ambos son animales sólo que pertenecen a especies distintas.

Y puestos a poner de relieve el sufrimiento del toro en la plaza, ¿qué decir de la agonía que sufre el mejillón al ser cocido vivo en agua hirviendo? Aún peor es el caso de la ostra, que es engullida y masticada viva por los crueles comensales de marisco y, sin embargo, su dolor es totalmente ignorado por los animalistas. ¿Y las lombrices? Estas pobres criaturas son cruelmente secuestradas por los pescadores para dar rienda suelta a su particular hobby. Los gusanos son trinchados sin piedad en el anzuelo, y recociéndose de dolor son lanzados al río, aún conscientes, a la espera de que un incauto pez caiga en la trampa.

Los animales, a diferencia de los humanos, actúan movidos por el instinto. En este sentido, carecen del glorioso don de la creatividad. De ahí, precisamente, que el hombre evolucione como especie mientras que el cocodrilo o el perro no han experimentado ni el más mínimo avance desde que habitan la Tierra. Pese a ello, los "animalistas" exigen la protección e, incluso, la concesión de derechos cuasi humanos a determinadas criaturas frente a otras. Se trata, pues, de un debate absurdo y artificial. Gracias a la Fiesta, el toro de lidia vive a cuerpo de rey hasta la celebración de la corrida, a diferencia de los millones de pollos, cerdos o vacas aglutinados y casi inmóviles en las granjas de explotación hasta su sacrificio. De hecho, sin el toreo, no existiría el toro.

El problema es que este tipo de activistas pretenden imponer por ley sus particulares preferencias al resto de la población. Así, ahora pretenden prohibir las corridas, pero también estarían dispuestos a eliminar la carne o el pescado de las comidas, solicitando pena de cárcel a todos aquellos que se nieguen a ser vegetarianos. Hoy es ¡salven al toro!, y mañana ¡salven al mejillón!

Manuel Llamas es jefe de Economía de Libertad Digital y miembro del Instituto Juan de Mariana.

Genocidios de mal tono

Yo soy un poco más canalla que eso, qué le vamos a hacer. Es lo que tiene defender la libertad, que acabas echándole un cable a lo más inmoral, soez y despreciable de la sociedad. ¡Con las buenas compañías que hacen los valladares de la virtud!

La mala compañía de hoy se llama Pedro Varela y regenta una librería nacional-socialista. De un nacionalismo acendrado, con los antecedentes intelectuales con mayor renombre, y un socialismo que nada tiene que envidiar a otros. “Socialistas de cátedra”, se llamaba, con servil reverencia, a los abuelos de aquel “socialismo alemán”. Ese nacional-socialismo, envuelto en libros y a la venta, era el comercio de la famosa librería barcelonesa. Y ese comercio le ha llevado a Varela a una condena de dos años y nueve meses.

El pensamiento no delinque, se ha dicho, y es cierto. Es criminal el acto concreto contra los derechos de los demás. El genocidio, por ejemplo. A Varela se le ha condenado por “ideas genocidas”. Pero todo el mundo sabe que del dicho al hecho hay un trecho. El trecho que separa una librería, pongamos por caso, de la cárcel. La libertad de expresión, esa madre repudiada por todos, o casi, ampara lo más excelso y lo más bajo del pensamiento humano. Y se la maldice mil veces por proteger ambas cosas.

Pero ¿qué mejor censura de las ideas abyectas, las de Varela y su gente, que su libre encuentro con las buenas? Por ejemplo, su contraste con los pocos que defendemos la libertad de expresión. ¿Cómo podríamos salir perdiendo? A la luz, el nacional-socialismo aparece con toda su fealdad. Él y sus dos patas ilustres. Que venga, que algunos le estamos esperando. Seremos pocos, pero somos mejores.

Por lo demás, ¿cuál es el crimen del nacional-socialismo sino el genocidio? Pues tampoco, porque no ha habido ningún genocidio comparable al comunista. No tiene rival en número, en concepción de un plan ambicioso, sobrehumano e infrahumano a la vez. Pero, al parecer, hay genocidios de buen tono, que se pueden encapsular en libros de toda laya, y venderse libremente por las librerías de Barcelona y de España toda. Prohibir los genocidios de mal tono me parece una frivolidad inane.

José Carlos Rodríguez es periodista.

Hablemos de Guillermo Fariñas

El casual encuentro tuvo lugar en La Habana, en la casa de su amigo y también destacado demócrata cubano Elizardo Sánchez. Aunque hacía ya unos meses que había puesto fin a una huelga de hambre (lleva más de veinte huelgas entre pecho y espalda), su cuerpo todavía estaba resentido y las secuelas de sus numerosas protestas eran ya permanentes.

El organismo de Guillermo Coco Fariñas no podrá aguantar demasiado tiempo una huelga de hambre como la que lleva a cabo desde hace unos días. Desde que falleció Orlando Zapata Tamayo, no dejo de pensar en que tal vez se habría podido salvar su vida. De haberle prestado más atención desde los medios de comunicación extranjeros cuando aún estaba vivo, los tiranos caribeños hubieran tratado de evitar que muriera. No quiero sentir este mismo remordimiento con aquel valiente al que conocí en verano de 2007. Escribamos y hablemos mucho, gritemos si hace falta, sobre Guillermo Fariñas. Obliguemos al castrismo a reaccionar y salvemos así su vida.

Hagamos lo mismo también con los presos de conciencia que se mantienen en las huelgas de hambre que iniciaron tras la muerte de Orlando Zapata Tamayo. El mundo debe estar pendiente de Nelson Molinet y Fidel Suárez. La vida de ambos, como la de Fariñas, puede depender de no ser relegados al olvido por los periodistas, los ciudadanos y los gobiernos del mundo. Quienes no somos Willy Toledo, los que creemos que los Derechos Humanos tienen que ser defendidos en todo el mundo y no repetimos las mentiras de una dictadura asesina, debemos mantenernos alerta.

Recordemos por tanto también a otros dos valientes que están siendo duramente castigados por el régimen de los hermanos Castro y cuyas vidas corren serio peligro. Ariel Sigler Amaya ha visto reducirse su fornido cuerpo de boxeador a apenas 50 kilogramos de piel, hueso y debilidad absoluta por las duras condiciones y el maltrato que le imponen en prisión. La situación de Normando Hernández González no es mejor.

Por Guillermo Fariñas, Nelson Molinet, Fidel Suárez, Ariel Sigler Amaya y Normando Hernández González no podemos callarnos. A todos ellos podemos prestar la ayuda que no dimos a Orlando Zapata Tamayo. Cada columna, entrevista, reportaje y noticia escritos sobre ellos en un medio de papel o internet es útil. Cada crónica televisiva o cada palabra transmitida por la radio tienen idéntica utilidad. Seamos, por tanto, insistentes. Por ellos y por cada una de las víctimas del castrismo.

Antonio José Chinchetru es periodista y miembro del ‘think tank’ Instituto Juan de Mariana.

TDT

Resulta que no todo el mundo canta al son del periódico y ello le causa a él y a nuestra izquierda un desasosiego insoportable. El periódico de la izquierda global en español disimula lo que puede. Pero de cuando en cuando se desahoga, y si bien no puede cambiar la realidad a su gusto, aunque lo haría de buen grado, por lo menos deja bien claro lo que piensa de ella.

Lean el artículo TDT, Trinchera Digital Terrestre, de Antoni Gutiérrez-Rubí. Es un ejemplo perfecto del pensamiento de izquierdas. Identifica las ideas con los sentimientos, y por tanto para él quienes no forman parte de la grey socialdemócrata son, básicamente, malas personas cuya principal característica, en política, es el odio. Si un periodista da su opinión y es contraria al Gobierno socialista, lo que está mostrando no son ideas, sino "el odio irracional hacia el adversario". Y frente a un sentimiento total como ese, ¿cabe ejercer el pensamiento?

Gutiérrez-Rubí no lo necesita, claro está. Le vale con ejercer ese recurso que concentra el 80 por ciento de la dialéctica de izquierdas de las últimas décadas, colgar el prefijo "ultra" a todo lo que se menee fuera de la izquierda. Eso, y una buena dosis del sentimiento que él achaca a la derecha.

El artículo recoge otras prácticas habituales en la izquierda. Por un lado muestra, con toda claridad, que en su opinión no ser de izquierdas es un pecado vergonzoso, una mancha en el alma que se debía curar o, al menos, esconder. Se frota los ojos cuando comprueba que hay medios de comunicación que son "abiertamente conservadores". Tolera a la derecha, nadie le acuse de lo contrario, pero a la "derecha democrática". No hay una "izquierda democrática", porque toda la izquierda es democrática, ya saben. Recuerdo los elogios de El País a Eric Honecker. Esta derecha-pero-democrática no es la que tiene presencia en los medios de comunicación y que se expresa con más libertad de la que desearían el diario y su articulista.

Hay un fondo de verdad en el artículo. Hubo un tiempo en que al grupo Prisa le bastaba sacar la chequera para comprar a sus competidores, como hizo con Antena 3 Radio. Se mueve bien en el mundo de las licencias ("no hay cojones en España para negarme una televisión"), donde se comercian favores políticos. Eso sí que es la "técnica de ocupar y expulsar" de la que habla Gutiérrez-Rubí.

Con la TDT la oferta es muy amplia, mucho más de lo que desearía este experto en comunicación. Y en internet, el otro objeto de su diatriba, ni siquiera hay licencias. Tú llegas y creas un periódico sin permiso de la autoridad. Un escándalo. El hecho de que cuanto más libre ha sido la creación de medios de comunicación, más lugar haya habido para el centro derecha en España, que eso es lo que refleja el artículo, es el motivo de tanto encono.

José Carlos Rodríguez es miembro del Instituto Juan de Mariana