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Etiqueta: Libertades propiedad y estado de derecho

Cambio de régimen

Las constituciones, por su eminente carácter político, no son normas que se rijan por las características que sí nos serían útiles para comprender y clasificar otro tipo de reglas jurídicas. De la vigencia de una Constitución depende, en gran medida, no solo la validez formal de las leyes incluidas bajo el orden que establece, sino la eficacia misma de los contenidos normativos que pretenden articular.

Acertaban algunos positivistas al hacer depender la coherencia de todo su entramado de ingenuidad científica y grave error intelectual de la eficacia general del sistema jurídico positivo. La cuestión radica en que no se trata de diseñar sistemas sino de percatarse de la mera existencia de un orden social que, por sí mismo, plantea, como hecho prepolítico, un tipo de consenso múltiple y complejo del que se deriva, forzosamente, el contenido y la efectividad del orden público. Las constituciones son, de esta manera, fruto del compromiso político más o menos claro siempre posterior a una clase de consenso del que se deriva la vigencia del régimen político y legal que contengan, definan y estructuren organizativa y axiológicamente hablando.

Una buena teoría política y del poder como la que podemos encontrar en las obras de Dalmacio Negro o B. de Jouvenel, entre otros, nos brinda la posibilidad de comprender en términos generales, pero bastantes, acontecimientos que ya pertenecen a la historia de los pueblos. De igual modo, con una teoría depurada y la perspectiva que exclusivamente la rigurosa comprensión histórica nos faculta, estaremos en disposición de analizar con acierto acontecimientos que nos son contemporáneos, advirtiendo, siempre con la cautela del que especula sobre el futuro, la posibilidad de nuevos cambios de régimen en breve plazo.

Los regímenes no cambian de la noche a la mañana; lo hacen, siempre, gracias a procesos de descomposición del compromiso político que, hasta la fecha, fue capaz de sustentar dicho régimen. Cuando se trata de un problema de disenso social, en función de su intensidad, el cambio puede llegar a ser traumático para los individuos que lo padezcan en primera persona.

Un orden social tramado es paralelo en su entidad al consenso social indispensable para que se dé un proceso político singular e histórico. Los acontecimientos contribuyen a alterarlo, pero también las deficiencias en determinados aspectos estructurales. Esto sucede en todo lo relativo a la formación del Estado, desde su versión moderna, cuasi medieval, hasta su sustancia actual. España, en este sentido, tiene una particular historia en lo que a la constitución estatal se refiere. Desacompasada y traumática, incapaz de afrontar la integración radical que otras naciones políticas si experimentaron. Fueron aquellas naciones con procesos más acompasados de formación estatal las que representan un referente que, más que de guía, sirvió como fuente de frustración, excesos y vicios en el compromiso político.

Si algo caracteriza el mundo que vivimos, y no debemos obviar si queremos comprender determinados acontecimientos, es sin duda la total absorción que el Estado ha ejercido sobre el Derecho, la política, el Poder, el mercado y la propiedad. Centrados en los tres primeros órdenes, el estatismo ha penetrado con tal virulencia que hoy son prácticamente indistinguibles Orden y Estado. Esto no sucede en el caso del mercado y la propiedad, donde el Estado invade pero se ve compelido a respetar ámbitos e idear formas de relación lo más eficientes posibles, al ser ambos la clave de su supervivencia.

En cuanto al Derecho la asimilación no es total, y la muestra es que la mayoría de los contenidos normativos tradicionales y de demostrada eficiencia han sobrevivido a pesar de la Legislación. Los jueces mantienen cierto espíritu libre y la Jurisdicción no ha acabado convirtiéndose en un instrumento más de dominación y planificación social.

El orden político y el Poder, muy al contrario, tienen en el Estado el mejor reflejo de su extensión adaptativa experimentada en los últimos tres siglos (si no más). La socialdemocracia "liberal" (permítanme el esperpento) es, y de eso no hay duda, la versión más perfeccionada del Estado total culminado, en su mera exaltación, durante el periodo de entreguerras y la segunda guerra mundial. En 1945 comenzó la andadura de un Estado que hoy, a pesar de crisis y reajustes organizacionales, es, en términos económicos, morales y políticos, la cima del totalitarismo (siempre entendido en sus justos términos, lejos de la ejemplificación reduccionista y capciosa).

Es posible afirmar que los cambios de régimen político no suceden de espaldas al estatismo, no son fenómenos sociales, sino acontecimientos gravemente alterados por una dinámica y una ideologización de cariz estatista. En España, a lo largo del siglo XX, tres cambios de régimen han marcado su singular dinámica política. En primer lugar, el derrumbe o colapso de la Restauración. En este caso no afirmo como cambio el advenimiento del régimen republicano porque, siendo estrictos, la Segunda República no nació del consenso social, sino que dicho consenso social precipitó el fin del régimen anterior y fue la ausencia de alternativa la que facilitó la exaltación republicana. Faltó, arrastrando semejante anomalía, el compromiso político capaz de sacar adelante una alteración institucional como la que se pretendió en 1931.

Sin la suficiente base, ni siquiera demostrada por la clase dominante o representativa de aquellos años, parece razonable que el disenso acabara por invadirlo todo, generando los mimbres de lo que acabaría siendo una guerra civil. El alzamiento militar, su fracaso inmediato y el estallido de la Guerra Civil española representan a la perfección la crisis política vigente y el grave disenso, que si bien se agravó durante la segunda república, venía de mucho antes, procedente de la incapacidad política para articular un régimen estable justo en el espacio vacuo que legó la larga agonía de la Restauración.

El franquismo logró contener el disenso, pero no por vías pacíficas, sino desde la instauración de un régimen totalitario en unos momentos donde el hartazgo, el miedo y la convulsión contribuyeron a perpetuar este nuevo régimen durante algunos años. La clave de su pervivencia no procede tanto de la naturaleza ideológica con que sus valedores morales quisieron proveer al nuevo régimen, sino de la situación de origen y la inaudita mejora en la calidad de vida de los españoles. El avance económico contribuyó a legitimar el régimen más allá de sus excesos, consolidando un consenso social con un débil compromiso político; dejando hacer a algunos y postergando los cambios para cuando fueran inevitables. El cansancio y las ganas de cambio político y social coincidieron con el ocaso de la clase dirigente. La transición política, pacífica, sin romper la legalidad anterior a pesar de las profundas y paulatinas reformas, representa el tercer tipo de cambio de régimen que ejemplifica a la perfección el caso español.

Analizadas teoría e historia toca ahora comentar la actual situación y las diferentes posiciones que tratan de influir en ese consenso social, de carácter prepolítico y del que emana la validez material de un régimen. La anomalía que se experimenta en España no es del todo inusual pero sí posee características que contribuyen a oscurecer la mera proyección de escenarios previsibles.

Roto el compromiso político obedeciendo a un disenso social acotado y minoritario, el sistema partitocrático ha sido manejado a fin de doblegar las instituciones políticas, alterando el diseño constitucional dentro de una estrategia sutil y novedosa: manteniendo una aparente adhesión al régimen vigente mientras que al mismo tiempo y tomando como base hechos consumados, se termina definitivamente con la validez misma de la Constitución de 1978.

Todo esto ha sucedido en gran medida al margen de la opinión pública que, gracias a una estrategia mediática de distorsión de la realidad unida a una oposición política incapaz de articular un discurso certero y audaz, ha seguido el proceso sin percatarse de la importancia de sus consecuencias.

La Constitución de 1978 fundó un régimen partitocrático, de libertades públicas y un Estado intensivo. En dicho proceso ha tenido un papel determinante la descentralización política, intervencionista y planificadora, con origen en el Estado central de herencia franquista, y final en los entes territoriales autónomos.

Las comunidades autónomas han logrado para sí la versión más radical de todas las previstas en el texto constitucional, aprovechando ciertas vías de centrifugación del Estado monolítico. Insertos en este proceso sin aparente final, la opinión pública ha perdido el contacto con la realidad de todo lo que acontece en el trasvase de facultades estatales del centro a la periferia. Agazapados, con mayor o mejor descaro, los particularistas de todo tipo han logrado que su deseada singularidad llegue a marcar la tónica general.

La reforma del Estatuto catalán ha demostrado cuál es la visión que el presidente José Luis Rodríguez Zapatero tiene de España. Si bien desconocemos todos los matices que pululan por la mente del audaz socialista, sí sabemos que abjura del orden constitucional vigente, despreciando su legitimidad, considerada un indeseable resquicio del régimen anterior, un ejemplo de la resignación que en los años de la transición política condujo a ciertos sectores de la opinión pública, con el único y loable objetivo de garantizar la estabilidad institucional y el camino hacia la democracia, hasta el oportuno apoyo dedicado al cambio régimen.

Aunque hubiera de aquello, y el resultado constitucional no gustase a casi nadie en su integridad, tomar la transición política española como una imposición de la clase dominante anterior y un acto de generosidad y paciencia por parte de los vencidos en la contienda civil que inauguró la dictadura franquista supone una franca temeridad al desconocer por completo cuáles son los cimientos de cualquier orden político.

El consenso social continúa siendo suficientemente amplio en lo fundamental, y es eso lo que tiene auténtica relevancia en la dinámica social y estatal de los pueblos occidentales contemporáneos. Considerar deficiente, superable o indeseable el compromiso político alcanzado en 1978 es un error sin paliativos producto de no comprender el hecho prepolítico que aún hoy lo sostiene.

Decíamos que el consenso social es previo al compromiso político capaz de diseñar un orden constitucional aparentemente original o novedoso. En 1978, y todavía hoy, determinados sectores de la opinión pública no participaron siquiera en ese consenso fundamental que hizo posible e inevitable el cambio de régimen. Dicha desvinculación genero tensiones y forzó la oportuna cesión en ciertos aspectos que, en principio, no formaban parte de los programas básicos de compromiso que portaban las dos visiones dominantes en sus carteras de negociación.

Aun así se quiso incorporar también a quienes disentían sin darse cuenta de que nunca, o en rara ocasión, el disenso de este estilo acaba siendo asimilado con el éxito pretendido. Lo cierto es que contradijo la buena voluntad de quien así quisieron soñarlo: el disenso como patrón del diseño institucional acabó por contagiar un espíritu que inoculó en la clase dominante un descalce evidente respecto al sentimiento general de la opinión pública dominante.

Lo que se ha venido realizando desde hace unos años, con mayor éxito desde que gobierna un defensor de semejantes posiciones, es el cambio de régimen a pesar de la opinión pública. Un fraude que camufla dentro de discursos efectistas un asalto constitucional cada vez más evidente. Desde el interior del entramado político-institucional, y por la vía de los hechos consumados, se ha conseguid la ruptura con las previsiones principales de la carta magna, disolviendo la definición política de España, como nación única, e incorporando al diseño estatal entes capaces de reivindicar mediante actos de soberanía cuestiones declaradas ilegales o inconstitucionales.

La controversia en torno a la esperada sentencia del Tribunal Constitucional sobre el Estatuto Catalán es un adelanto interesante. No es ya que desde las instituciones autonómicas catalanas se advierta del conflicto sino que en las Cortes Generales del Estado o el mismo gobierno español, se manifieste sin tapujos la normalización de una ruptura del orden constitucional vigente. Defendiendo que lo que aprueba el Parlamento catalán de acuerdo con las Cortes no puede ser posteriormente declarado inconstitucional por el órgano que la misma Constitución prevé para tales conflictos, demuestra que la dinámica de crisis política en la que se ve inserta la sociedad española es imparable.

A todo esto, la oposición política, declarando su disconformidad, parece incapaz de articular un discurso que, desde el sosiego y la claridad, presente ante los españoles la gravedad de la situación. El consenso social resiste, pero el compromiso político está roto por completo. La fuerza que hoy gobierna, al menos desde su dirección de partido, ha dado por superadas las previsiones fundamentales de la Constitución española, sin recurrir a los cauces que ésta prevé en un eventual proyecto de reforma. Esto no es un mero y anecdótico desprecio por el formalismo y los cauces instituidos, sino la única manera posible para, por la vía de los hechos, consolidar esas conquistas políticas anheladas quienes practican el disenso particularista.

El sentimiento político de media España ha quedado al margen del pretendido cambio. El consenso social en torno al régimen vigente,  aún mayoritario, se encuentra indefectiblemente asaltado por los acontecimientos. La crisis puede adoptar formas inauditas e imprevisibles. Desde una auto anulación que deje todo como está, hasta una reincorporación sorprendentemente inmediata a la normalidad constitucional, o, en el peor de los casos, a una súbita ruptura unida al inicio de un periodo de desasosiego social y político.

Sea como sea el desenlace de este conato de cambio de régimen, sus responsables tendrán, en todo caso, nombres y apellidos. No ha sido el clamor popular por modificaciones sustanciales, tampoco la unanimidad al menos en el interior de uno de los sectores políticos mayoritarios, lo que promovido un cambio. El precipicio al que nos enfrentamos procede de una estrategia irresponsable, arte y gracia de quien nos gobierna y quienes les apoyan, amparado por la estructura partitocrática que lamentablemente blinda a los dirigentes facultándoles en la comisión de fechorías tan megalómanas como la que hemos tratado de estudiar en estas líneas.

José Blanco gobierna y decide por ti

Ahora quiere recordarnos, por si lo habíamos olvidado, que "gobernar es decidir", lo cual es cierto pero incompleto: gobernar en plan socialista es inmiscuirse, entrometerse, decidir ilegítimamente por otros, en contra de su voluntad, e imponiéndoles las decisiones de forma coactiva. Blanco asegura que los principios de su Gobierno son "determinación, ambición, sensibilidad y responsabilidad". Veamos.

Determinación: ZP "ha apostado por estar en el G-20. Y lo ha conseguido". Efectivamente, ZP es como un ludópata que juega con dinero ajeno: si se paga el precio pedido y se consiguen los enchufes adecuados uno puede entrar en cualquier parte, y la factura ya la abonarán otros; confundir eso con "una conquista que no tendrá marcha atrás" o con que "España ha consolidado su posición en los centros mundiales de decisión" es una sandez muy patriotera y demagógica. Y en el aspecto técnico de lo que es el determinismo, la acción de este Gobierno no es indeterminada o aleatoria: sus decisiones son peores que el azar, van sistemáticamente en la dirección equivocada.

Ambición: afán de aferrarse al poder como sea no se les puede negar. Haciendo como que se estimula la economía mientras se la mata a conciencia con más y más intervencionismo y gasto público.

Sensibilidad: el Gobierno te ama, se preocupa por ti (cómo te atreves a dudarlo), y "considera que se debe de reforzar el Estado de bienestar para que la crisis económica no derive en una crisis social". Los problemas con el lenguaje y los conceptos de Pepiño le llevan a decir que quizás se refuerce el Estado de bienestar cuando obviamente pretende recordarnos que van a incrementar obligatoriamente la dependencia de la sociedad del Estado, lo cual implicará una crisis social permanente.

Responsabilidad: como sólo llevan cinco años en el Gobierno, ahora van a renovar "los pilares sobre los que se sustenta nuestro crecimiento" porque la herencia económica que recibieron anteayer parecía saludable pero estaba con el colesterol alto la pobre por "el excesivo peso de la construcción residencial". En la primera legislatura no pudieron hacer nada por los líos típicos de las herencias, que se eternizan hasta resolverse, pero ahora se van a poner a ello y van a "involucrar a todas las instituciones y agentes sociales": quieran o no, los van a involucrar pero bien, para que todo el mundo se pringue y participe de la responsabilidad en el desastre.

Así que "el Gobierno decide que en esta crisis, el Estado debe de fortalecer sus resortes". Y dale con el "debe de", que alguien le explique a este genio que eso significa quizás, tal vez, puede ser, y que no casa bien con el tono admonitorio que quiere dar a su discurso. El Estado es tan frágil, está tan inerme, que no es aceptable en esta grave coyuntura que un socialista solamente insinúe que podría ser que hagan algo para fortalecerlo.

No les resulta fácil, pobrecillos, pero van a "recuperar parte de la presión fiscal que hemos bajado en la anterior legislatura". Recuperar siempre suena bien, sobre todo si se nos recuerda que nuestra caldera tiene una "presión fiscal notablemente inferior a la de nuestros vecinos europeos"; no vamos a ser nosotros menos que ellos, faltaría más. Además los malvados capitalistas van a "hacer una contribución adicional" en sus plusvalías, esas que expropian a los honrados trabajadores.

Para aquellos que creen que estamos cerca del Estado mínimo después de estos últimos decenios de ofensiva neoliberal, Blanco nos recuerda que "la política fiscal es claramente redistributiva al destinar más de la mitad de los Presupuestos Generales del Estado al Gasto social". Lástima que lo llamen social cuando quieren decir estatal.

Alguien podría sugerirle que la mentira tiene un límite más allá del cual no cuela: "Los españoles seguirán pagando menos impuestos que cuando llegamos al Gobierno porque hemos sido rigurosos en las cuentas públicas en tiempos de bonanza y tenemos margen para acudir al endeudamiento". ¿Menos impuestos? ¿Rigor? ¿Margen de endeudamiento? Política ficción.

Entre muchas otras memeces propias de su cargo y condición no podía faltar la mención a "la firme lucha contra la gran amenaza del siglo". ¿El socialismo? ¿El estatismo? No… "el cambio climático".

"Sí, gobernar es elegir y esta es nuestra apuesta, clara, firme y decidida". Hemos elegido gastar todo lo que podamos confiscar con la firmeza que da el que nosotros mandamos y el pueblo obedece: está muy claro.

La modernización de la justicia

Recientemente, el Presidente del Tribunal Supremo, señor Carlos Dívar, ha realizado su discurso de apertura del año judicial 2009-2010. Más allá de las palabras retóricas se pudo constatar las intenciones de mejorar los recursos de la justicia española. Sin duda, las líneas de modernización previstas son imprescindibles para la mejora de la justicia: la organización moderna de la oficina judicial, la reestructuración de la planta y de la demarcación judicial, la implantación de las nuevas tecnologías (e-justicia), el seguimiento y la mejora de la actividad judicial, las reformas procesales o el estatuto del juez.

Sin embargo, se comprueba rápidamente que tan necesaria modernización no se producirá al ritmo que sería necesario, observando como el presupuesto dedicado a la Justicia rebasa tímidamente los 1.658 millones de Euros y, por ejemplo, comparándolo con el despilfarro de más de 3.000 millones de Euros dedicados a la ayuda al desarrollo y a la alianza de civilizaciones con las más pintorescas dictaduras del planeta como Bolivia o Venezuela. Por no establecer comparaciones con los recursos presupuestarios dedicados al cheque bebé (1.000 millones de Euros) o con la vacuidad del Ministerio de la Vivienda (1.600 millones de Euros).

En vez de dedicar el presupuesto para garantizar el Estado de Derecho, reducir la burocracia, aumentar la seguridad jurídica o agilizar la tramitación de los procedimientos judiciales, se dedica el dinero recaudado de los sufridos contribuyentes para utópicas iniciativas de subvención de economía "verde" y "sostenible" con más de 3.000 millones al año o para sostener el agujero negro presupuestario que supone el gasto "social"; un saco roto donde se alojan las ayudas a los sindicatos y organizaciones próximas al partido en el poder a cambio de su paz "social" y caben, especialmente, las prebendas a los artistas.

En estos momentos, llega una cantidad creciente de procedimientos judiciales a los tribunales en forma de juicios de faltas, de familia, de vecinos, mercantiles… Hay que tener en cuenta que ha aumentado la población hasta rebasar los 46 millones de ciudadanos, pero ha aumentado aún más la litigiosidad (3% anual) de modo que por cada 1.000 habitantes se tramitan 185 procedimientos judiciales en España por 120 en Francia y tan solo 75 en Alemania o 50 en el Reino Unido.

Entre las medidas planteadas por el Plan de Modernización de la Justicia es extremadamente urgente la implantación de sistemas informáticos, software y bases de datos ágiles en todas las oficinas judiciales; compartidas y accesibles para las fuerzas y cuerpos de seguridad.

Dejando a un lado las fisuras constitucionales que merman considerablemente la justicia en España y que ya hemos tratado en anteriores ocasiones, el proceso de modernización será lento y farragoso si el Parlamento no logra aprobar un presupuesto sensato que proporcione los recursos financieros requeridos.

Como alternativas, existen otras iniciativas que permiten introducir el derecho privado en la resolución de conflictos sin necesidad de grandes presupuestos. Por ejemplo, se puede legislar para habilitar a los notarios para que intenten lograr un acuerdo entre las partes enfrentadas con el objetivo de funcionar, de modo similar a los "juzgados de paz" pero actuando como juristas neutrales, asesorando para lograr pactos rápidos y mutuamente beneficiosos entre las partes enfrentadas, para evitar llegar a la vía judicial y reducir el incremento desmesurado de la litigiosidad.

Por otro lado, también se podrían introducir los juicios orales rápidos en los pleitos dentro del ámbito del Derecho Civil, Laboral o Mercantil, para que un juez de carrera decida en procesos sencillos de un modo rápido y en el transcurso de una única sesión con la participación activa de la fiscalía y de los abogados representantes de las partes, lo que reduciría la litigiosidad y debería permitir implementar la jurisprudencia al estilo anglosajón.

Y, puestos a reducir la litigiosidad, resultaría revolucionario legislar la igualdad de potestades entre el ciudadano y el Estado en el ámbito del Derecho Administrativo para que, por ejemplo, los recursos del interesado frente a una resolución administrativa se tramitasen de modo obligatorio con el concurso de un juez y en un juicio oral rápido, de modo que se pudiesen tramitar con rapidez y en igualdad de condiciones para ambas partes, tanto tratándose de expropiaciones o concesiones como pleiteando por desavenencias en el pago de sanciones o por dobles imposiciones tributarias.

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Nuevo engaño presupuestario

Para empezar, Economía no ha modificado un ápice su cuadro de previsiones macroeconómicas. Un ejercicio fundamental, pues, de él depende el cumplimiento o no de las compromisos presupuestarios. El Gobierno prevé cerrar 2010 con una caída del PIB del 0,3%, aunque "a lo largo del primer semestre nuestra economía tendrá ya previsiblemente crecimientos positivos". Ningún organismo, hasta ahora, se ha atrevido a pronosticar un ascenso del PIB a medio plazo. De hecho, la mayoría de analistas estiman una caída superior al 1% (tres veces superior al cálculo del Gobierno), mientras que los más pesimistas avanzan un desplome del 4% interanual.

Pero como Salgado atisba recuperación en el horizonte, el Gobierno no se arruga al afirmar que la destrucción de empleo se reducirá "sensiblemente" en 2010, de modo que apenas desaparecerán 303.500 empleos, tan sólo un 1,7% de los puestos de trabajo actuales. Por ello, la tasa de paro tan sólo subirá hasta el 18,9% (4,3 millones de desempleados) frente al 17,9% previsto para este año. Baste decir que los datos de Eurostat ya muestran un paro próximo al 19%, y los análisis más serios elevan este índice al 25% a finales de 2010.

La segunda gran falacia reside en el maquillaje de las cuentas públicas. El Gobierno estima que los ingresos estatales aumentarán un 21,2% respecto a la liquidación de 2009, hasta alcanzar 121.627 millones de euros. ¡Habrá que verlo!

Al mismo tiempo, afirma que el gasto no financiero del Estado disminuirá un 3,9%, hasta los 185.249 millones. Con estas cifras, la ministra de Economía se atreve a alardear de "austeridad" cuando, en realidad, todo su departamento sabe a la perfección que el gasto estatal crecerá un 17,3% respecto a los Presupuestos de 2009. Es decir, no existe tal recorte presupuestario, se mire por donde se mire.

El problema es que si se parten de unas estimaciones erróneas el resultado nunca será correcto, por mucho que se trate de ocultar con soflamas políticas de perfil populista. De ahí que su previsión de déficit (8,1% del PIB para 2010) se quedará corto.

A ello, se añade que los Presupuestos incluyen la mayor subida fiscal de la historia de la democracia: unos 11.000 millones de euros que, tras la negociación con los partidos minoritarios de izquierda, podrían verse incrementados en otros 5.000 millones adicionales.

El aumento récord de la presión fiscal y de la deuda pública (hasta el 62% del PIB), unas previsiones macroeconómicas excesivamente optimistas, austeridad presupuestaria nula y unas previsiones de ingresos previsiblemente cortas hacen de los Presupuestos un nuevo caldo de cultivo ideal para agrandar el actual descuadre de las cuentas públicas. El Gobierno ha vuelto a pecar de optimista con el fin de obtener réditos electorales. Por desgracia, su error lo pagaremos todos.

Seguridad jurídica en países del tercer mundo

Una de las características del sistema judicial de los primeros años de la Roma Republicana era el secreto con que se guardaban las leyes por parte de los representantes del patriciado. Éstas eran aplicadas con el máximo rigor sobre la plebe que cuya posibilidad de defensa quedaba seriamente mermada, al no conocer el sistema legal y, por tanto, si la acusación que se les formulaba estaba penalizada por la ley.

En el año 462 antes de Cristo, el tribuno de la plebe Cayo Terentilio Arsa sugirió la elaboración de un nuevo código legal y que éste fuese público, de forma que los plebeyos pudiesen conocerlo, obteniendo así un grado mayor de seguridad jurídica. Así éstos podrían saber las disposiciones legales, conocer si la acusación que se les formulaba obedecía a un quebrantamiento legal real o imaginario, defenderse y no les sorprendería la pena impuesta si fuesen declarados culpables. Tras una larga resistencia inicial por parte del patriciado, se inició un proceso legislativo que incluyó una visita a Grecia para conocer la Constitución de Solón, y que concluiría con la aprobación y promulgación de la llamada Ley Decemviral, también conocida como la Lex Duodecim Tabularum (Ley de las Doce Tablas). Éstas se inscribieron en planchas y se colocaron en el foro, donde cualquier persona podría conocerlas.

Este proceso de publicidad legal constituye una de las bases que sustentan la seguridad jurídica de prácticamente cualquier país. Hoy en día, al promulgarse una ley, ésta ha de ser publicada en distintos boletines o diarios oficiales, de forma que cualquier ciudadano que lo desee pueda consultarla.

No obstante, no en todas las zonas del mundo ocurre de igual forma. Es famosa la experiencia que Robert Guest relató sobre el transporte de cerveza en Camerún. Con el objetivo de investigar el transporte de la misma por la selva de dicho país, se montó en un camión que iba a realizar un trayecto de unos 600 kilómetros con dicha mercancía. En principio se preveía que el trayecto pudiese ser finalizado en tres cuartas partes de un día, pero, al final, su duración fue de cuatro días. Indudablemente las pésimas carreteras, el hundimiento de un puente y las lluvias influyeron en la demora. Sin embargo, según el protagonista, el principal problema lo constituyó el hecho de ser detenidos por controles de policía 47 veces, con una demora en cada uno de ellos comprendida entre los cinco minutos y las cuatro horas. En cada uno de los controles se iniciaba un exhaustivo proceso de inspección del vehículo y su documentación, a la par que se empezaba a hablar de la forma en que se les debía “compensar” por haber infringido la ley. El pasajero no cesaba de preguntarse el motivo de estos controles. En uno de los controles pudo saber el motivo real, cuando el policía no encontró ningún problema y se inventó que se había violado una norma sobre el transporte de pasajeros en camiones de cerveza. Cuando Robert Guest le interpela al creer que dicha norma no existe, el policía le pregunta que si tiene un arma. Al obtener una respuesta negativa le dice “Bueno, yo sí, así que yo sé las normas”.

Aunque, sobre el papel, es posible que estos países traten de observar las mismas formalidades que los denominados países desarrollados, con la publicación de sus leyes para que puedan ser conocidas, en la práctica dos policías, que no dejan de ser dos autoridades de un gobierno, pueden imponer su ley particular, no conocida y no recurrible, a cualquier particular. El ciudadano queda en una situación de indefensión absoluta, en el que sus derechos no existen, quedando en una situación no mejor que la de la antigua plebe romana.

Esta inseguridad jurídica constituye uno de los principales problemas de los países con menor grado de desarrollo, y que, sin duda alguna, influye en la situación en la que se encuentra gran parte de su población. Tratar de favorecer el desarrollo de estos países se vuelve misión casi imposible mientras que los gobiernos de dichos países no garanticen un mínimo nivel de seguridad jurídica. Esta inseguridad no sólo constituye una violación de los derechos fundamentales del individuo, sino que constituye una barrera muy fuerte para el desarrollo del país, al no tener el tráfico comercial unas normas claras y precisas sobre cómo llevarse a cabo y estar supeditado a la norma particular de, por ejemplo, un control policial.

Música y revolución

Las últimas semanas anduvo medio mundo, y Cuba entera (tanto la del interior como esa formada por millones de seres humanos condenados al exilio), revuelto con el concierto de Juanes en la habanera Plaza de la Revolución. Sin embargo –más allá de los análisis, opiniones e interpretaciones que cada uno haga– la realidad es que este espectáculo no ha tenido ni va a tener ningún efecto real sobre la vida de los cubanos. Cuando ya se han apagado los focos, así como desconectado los altavoces, amplificadores y micrófonos, todo sigue igual en la mayor de las Antillas.

Sin embargo, hay otras actuaciones musicales que sí suponen una auténtica revolución. Cantantes como Gorki Águila, con su grupo punk Porno Para Ricardo, o el rapero rasta Raudel, "Eskuadrón Patriota", hacen de cada canción que interpretan ante otros o graban en un video una auténtica acción revolucionaria por la libertad. Gorki saltó a la fama fuera de la Isla hace algo más de un año, cuando fue detenido y posteriormente liberado por los sicarios del régimen castrista. Hoy difunde, por unos días en libertad y con la esperanza de que esa misma tiranía le permita volver a casa, su mensaje rebelde y gamberro por tierras de Estados Unidos. Raudel, el valiente músico hip-hop, nos manda el suyo a través de internet. No es menos rebelde, pero sí más desgarrador, que el del cantante de Porno para Ricardo.

Gorki Águila y "Eskuadrón Patriota" representan la resistencia contra la tiranía a través de la música. Ejercen la libertad de expresión con sus canciones, en un país donde decir lo que se piensa supone en la mayor parte de las ocasiones pena de prisión y todo tipo de represalias de diferente naturaleza. Desde dentro de Cuba decirle a Fidel Castro que "tú comes mucha minga, comandante", como hace el cantante de Porno para Ricardo, o proclamar que los cubanos "quieren gritar su dolor / pero no pueden / porque el terror impuesto / les arranca lo poco que tienen" y preguntarse "¿por qué reprimen al que libre quiera ser?", como rapea Raudel, exige mucho valor.

En Cuba están prohibidos todos los medios de comunicación que no pertenezcan al Estado o al Partido Comunista, que vienen a ser lo mismo, está vetado el uso de antenas parabólicas o las radios de onda corta para que no llegue la señal de radios y televisiones extranjeras, internet está sometido a un férreo control en los pocos sitios desde los que se permite conectarse. Todo eso son terribles ataques a la libertad de expresión. Pero también lo es que valientes cantantes como los protagonistas de este artículo no puedan cantar en público sin peligro a ser detenidos.

No vamos a valorar aquí el concierto de Juanes. No es el fin de este artículo. Tan sólo diremos que, con independencia de su objetivo y de su resultado, no supone un cambio en la naturaleza del régimen comunista. Como no lo supuso para el franquismo el hecho de que Los Beatles tocaran en Las Ventas. La verdadera revolución, la de la libertad, llegará a Cuba el día que en una céntrica plaza de La Habana se pueda levantar un escenario para que toquen Porno para Ricardo y "Eskuadrón Patriota".

La prostitución en las calles

La prostitución vuelve a ser noticia después de la publicación de fotografías en las que se observa la práctica explícita de la prostitución en plena vía pública en la zona de la Boqueria en el Raval de Barcelona. En ellas se puede ver a jóvenes mujeres inmigrantes manteniendo sexo con clientes.

Como los gobiernos legislan a golpe de titular, han tenido que ponerse a pensar sobre el tema, llegando a una montaña burocrática de propuestas arbitrarias (algunas verdaderamente ridículas) para esconder y difuminar el problema. Evidentemente, la experiencia nos hace pensar que no arreglarán absolutamente nada.

Desde mi punto de vista, la solución pasa por dos cuestiones: la legalización de la prostitución y la clara definición de la titularidad de las calles.

Primeramente, la prostitución debe ser aceptada como una profesión y debe ser legalizada. Una prostituta es simplemente una persona que intercambia voluntariamente servicios sexuales a cambio de dinero. La relación entre prostituta y cliente se establece porque ambos creen subjetivamente que saldrán beneficiados con el intercambio. Si el intercambio (practicar sexo a cambio de dinero) no viola los derechos de nadie, nadie tiene derecho a inmiscuirse y prohibir por la fuerza un acuerdo voluntario y libre entre dos personas.

Es totalmente legítimo que las personas mantengan relaciones sexuales con quien consideren oportuno siempre que las dos partes estén de acuerdo. Ninguna opción moral concreta puede utilizarse para justificar la prohibición y la ilegalización de la prostitución. En este sentido, la posibilidad de prostituirse es un derecho humano independientemente de si lo consideramos indeseable desde el punto de vista moral. La prostituta tiene todo el derecho de explotar su cuerpo como quiera. Si el Estado prohíbe la prostitución está convirtiendo actividades pacíficas en criminales.

Por otro lado, la prohibición nunca ha conseguido que la prostitución cese. Lo único que ha hecho ha sido desprotegerlas porque las ha dejado sin derechos (ni obligaciones), además de obligarlas a trabajar en malas condiciones de seguridad, limpieza, higiene y tranquilidad. Sobre la necesidad de legalizar la prostitución y las consecuencias de su prohibición hablé más en detalle en otro artículo.

En cuanto a la prostitución en las calles, lo primero que conviene señalar es que es discutible que a las calles sólo se les deba dar el uso transitar por ellas y no otros posibles usos como pueden ser el de comerciar, mendigar, vivir, prostituirse, hacer grafittis o colgar carteles. Esto es así porque la sociedad no es un bloque compacto homogéneo, sino que las personas tienen distintos gustos y preferencias dependiendo de sus valores morales.

El problema surge porque estamos hablando de un bien cuya utilización o consumo es compartido por muchas personas. En el caso concreto de la prostitución, habrá gente que considere su práctica en la calle como una cosa normal y corriente, mientras que habrá otros que lo considerarán degradante y no desearán pasear con sus hijos (o sin ellos) por calles en las que se puedan ver prostitutas.

Ante esta situación, creo que el debate que surge está mal planteado. Normalmente la discusión gira en torno a la moralidad o no de la práctica de la prostitución. ¿Debe prohibirse del todo? ¿Debe permitirse pero no en la calle? ¿Sólo en lugares determinados? Pese a ser cuestiones importantes que se plantean automáticamente, en mi opinión son secundarias de cara a solucionar el problema, ya que el debate debería estar dirigido a reflexionar sobre la titularidad de las calles. Todas las preguntas anteriores se resuelven al tratarse este aspecto, ya que el titular será quién imponga las reglas y normas morales que han de cumplirse.

Pues bien, ¿de quién son los bienes públicos? ¿A quién pertenecen (realmente)? Aunque parezca que nos pertenece a todos los ciudadanos y que, por tanto, no hay propietarios reconocibles, en realidad sí que los hay: el Gobierno (o ayuntamiento). Los gobiernos son los que deciden los usos de las calles. A efectos prácticos son los verdaderos dueños y propietarios, pese a que se denomine a esos bienes "públicos" o "colectivos" para dar la sensación de que tenemos la posibilidad de influir en las decisiones.

Lo que suele suceder en estas ocasiones es que el Gobierno asume un rol totalmente pasivo hasta que se forma un conflicto o problema social. Y en ese momento decide actuar. Pero si ya hemos comentado que existen infinidad de diversas preferencias en la sociedad, ¿en base a qué criterios va a actuar?

No solamente su actuación es arbitraria, sino que está guiada y comandada por los grupos de presión. La decisión no es colectiva, no la toman los ciudadanos, sino que la toman grupúsculos de presión, pequeños en número pero muy organizados, que ejercen presión sobre los políticos. Los distintos grupos intentar presionar para imponer su moral particular. Unos estarán a favor de la legalización y otros totalmente en contra; unos desearán que se pueda ejercer en la calle y otros en lugares apartados. En cualquier caso, su poder e influencia decantarán las acciones de los gobernantes. Y el ciudadano, inconsciente de este hecho, se sitúa (aunque no quiera) del lado de alguno de ellos.

La realidad es que no es posible determinar a priori los usos que se les dará a las calles si no son de titularidad privada, es decir, si no tienen un dueño claro y reconocible. La titularidad privada podría recaer en una comunidad de vecinos, personas individuales, empresas o asociaciones de comerciantes, entre otros.

La solución pasa por establecer derechos de propiedad claros que permitan evitar y solucionar conflictos entre las personas, y dejar que los procesos de mercado, espontánea y evolutivamente, acaben estableciendo qué opciones son las preferidas por un grupo de personas. De esa manera, los propietarios de la calle podrán decidir si se puede ejercer la prostitución, si no se puede ejercer en absoluto, o si solamente se puede ejercer en unas determinadas zonas.

Esta es la única manera de averiguar realmente cuál es el fin más adecuado que los propietarios creen que debe tener un bien (en este caso, las calles). Es la única posibilidad de conciliar pacíficamente distintas subjetividades. Mientras siga sin realizarse mediante este proceso, la decisión será política, es decir, coactiva y arbitraria. Y los problemas persistirán aunque se intenten enmascarar o tapar.

¡Sionistas jugando al tenis!

Nos quedamos sin saber qué es lo que Zapatero podría hacer por Obama además de aumentar las tropas en Afganistán, que es lo que nuestro presidente se preguntaba en voz alta semanas atrás, pero al menos ya hemos descubierto lo que Barack Hussein puede hacer por Zapatero. Y es que cinco minutos en todos los telediarios y en horario de máxima audiencia charlando con Obama y la encantadora Michelle bien valen el envío de un contingente destartalado a "construir la paz" en territorio afgano.

Es de esperar que los asesores monclovitas consigan hacer entrar en esa cabecita leonesa que las efusiones amistosas no quedan bien en pantalla y que los norteamericanos, por lo general, son menos dados a las expresiones de cariño que los europeos del sur, no sea que Zapatero se deje llevar por la euforia y tengamos otro sofoco internacional de nivel moratinesco.

Para enseñarle qué es lo que no se debe hacer cuando se está con un presidente norteamericano, sólo tienen que mostrarle el vídeo de la entrevista que concedió en 2003 a un programa de televisión presentado por un progre de segunda fila, actualmente exiliado en su Cataluña natal. Zapatero compartía plató con Almodóvar, que no es Barack pero también tiene su puntito, y mientras el conductor del programa decía obviedades supuestamente graciosas, se escuchaba a Zapatero diciéndole al director manchego "te admiro tanto", mientras le ponía la mano en el antebrazo. José Luis, por Dios, moderación.

En todo caso, va a ser realmente divertido ver a todos los progres antiamericanos, valga la redundancia, levitar de entusiasmo con las imágenes del evento cósmico de la Casa Blanca, la sede del maligno hasta que llegó Obama para hacer exactamente lo mismo que Bush en política exterior y enfrentar a los norteamericanos entre sí con medidas radicales, o sea, como Zapatero por estos pagos.

No conocemos aún la agenda de la reunión, pero son dos tipos predestinados a caerse bien. El radicalismo infantil y la metafísica en política internacional son argumentos suficientes para que el próximo 13 de octubre sea "el inicio de una gran amistad". Y si hay que enviar más tropas a cualquier otro lugar del globo se mandan inmediatamente, faltaría más. Y los progres a callar y a trincar la subvención.

De consultas y reformas

El pasado domingo se produjo un hecho revelador. Se convocó a una consulta a los ciudadanos de un pueblo de 8.000 habitantes para saber qué les parece la independencia de Cataluña. Ante el escándalo de muchos, a mi me parece estupendo que un alcalde o corporación municipal decida preguntar a sus convecinos lo que le considere conveniente. Como si se interroga a todos los pueblos de Cataluña. Una consulta sirve para obtener una impresión general de la opinión de los vecinos acerca de un tema concreto. Y, en este caso, la primera conclusión es que la gente de Arenys de Munt, el pueblo en cuestión, tiene mejores cosas que hacer un domingo, porque más de la mitad del pueblo no se molestó en acudir a la convocatoria. Más o menos, porque por lo visto la organización no ha tenido acceso al censo oficial y maneja cifras estimadas, así que tampoco está claro.

Lo grave no es saber qué opina la gente sea de lo que sea, sino que la justicia española había declarado ilegal la consulta. Incluso si no se está de acuerdo con la decisión judicial, hay que cumplirla. Eso dicen cuando se trata de resoluciones que convienen a determinados sectores. De lo contrario, no somos iguales ante la ley. Así que si Arenys de Munt puede consultar ilegalmente porque la independencia de Cataluña es anticonstitucional, ¿por qué no consultar a los ciudadanos acerca de otras cuestiones igualmente anticonstitucionales? A saber: preguntemos cuánta gente cree que el Holocausto es una invención; si los gitanos deben vivir entre los payos; si las mujeres deben cobrar el mismo sueldo que los hombres a pesar de las alteraciones físicas propias de su condición; si se debe considerar como ciudadano de segunda a aquel de higiene descuidada; o si es conveniente seguir pagando a la familia real una asignación, o deben hacerlo solamente los monárquicos. Impensable y, sin embargo, son casos similares.

La cuestión de Arenys de Munt es que es revela un hecho evidente como es que los independentistas han tomado nota de la necedad de los políticos, incapaces de tomar cartas en el asunto, y han decidido presentar hechos consumados: embajadas catalanas, mapas incompletos, libros de historia segados, imposición del catalán, y las consultas populares como palabra de Dios, te alabamos Señor.

Lo suyo sería que nuestros políticos le echaran un poco de valor al tema y se decidieran a reformar la Constitución para dejar claro qué posibilidades tienen los independentistas, de manera que el argumento de la obsolescencia de nuestra Carta Magna desapareciera. No entro en el tema de la reforma general del carísimo Estado de las Autonomías para simplificar la cuestión. Lo que planteo es que se ofreciera a los ciudadanos un debate real acerca de la unidad de España o las condiciones para la secesión. Por ejemplo, si hay muertos y coacción armada por medio, las consultas están sesgadas por la violencia. ¿Dejarían las armas los asesinos de ETA o se inventarían nuevos motivos para matar?

Un ejemplo a seguir es de la plataforma guatemalteca Pro-Reforma. Con Manuel Ayau al timón, y un buen número de seguidores, esta plataforma ha presentado en el Parlamento de Guatemala un proyecto de reforma constitucional basado en la igualdad ante la ley de todas las personas, la defensa de la propiedad privada y el cumplimiento de los contratos. Por supuesto, a partir de ahí, realizan un exhaustivo análisis de cómo y de qué manera se debería reformar el sistema político para acabar con los males del país: la violencia y la pobreza. Ni que decir tiene que no hay subvención de por medio, que el proyecto está financiado con aportaciones privadas y la campaña la llevan a cabo voluntarios (jóvenes en su mayoría). El objetivo es persuadir a un número crítico de ciudadanos, primero, y de diputados, después, para lograr que se acepte el proyecto. A quienes tenemos la fortuna de conocer a Manuel Ayau y a todos los amigos de la Universidad Francisco Marroquín, no nos sorprende esta iniciativa. Simplemente me pregunto ¿para cuándo una plataforma Pro-reforma en España? Conozco varias iniciativas que quedan en esfuerzos minoritarios sin apoyo real de una masa crítica de personas. Parece que en España nos quedamos en las elucubraciones intelectuales de salón y no nos ponemos manos a la obra.

Le falta coraje político a los políticos y nos sobra apatía a los ciudadanos. Y mientras miramos al horizonte dándoles vueltas a una idea, otros pueblos como Arenys de Munt se saltarán el mandato judicial y preguntarán a su gente si Cataluña debe independizarse o no. Y no pasará nada.

Voces libres contra silencios tiránicos

Voces que incluso salen de las duras prisiones castristas para, teléfono de por medio, dictar textos libres que alguien volcará en un blog. Voces que le son negadas a todos los cubanos que no quisieron o no pudieron salir de la isla.

Voces con rostros. Voces con unas caras más humanas que la que se esconde tras la barba del octogenario que publica sus "reflexiones" en Granma o la que está adornada por el bigotillo del anciano hermano menor del tirano mayor. Voces capaces de sortear los obstáculos creados por los dos hermanos carceleros, y hacer que el mundo conozca lo que ocurre en ese país convertido en prisión gigante. Voces que noblemente compiten para decidir cuál de ellas es la mejor voz.

Silencios impuestos desde siniestros despachos y mansiones de La Habana. Atronadores silencios forzados para que los cubanos no puedan oír las hermosas Voces que claman desde las bitácoras. Silencios forzados mediante el bloqueo a la telefonía por internet, más difícil de vigilar que la tradicional. Silencios logrados mediante la censura. Silencios conseguidos mediante el control de qué se puede visitar en Internet. Silencio logrado mediante el encarcelamiento de quien osa pensar y actuar por cuenta propia.

Silencios que no parecen merecer la condena de demasiados fuera de la isla. Silencios cómplices de políticos, periodistas, escritores y todo tipo de artistas que gritan "libertad" pero callan ante la tiranía comunista cubana. Silencios que intentan imponer quienes acusan a los exiliados o sus amigos extranjeros de ser fascistas, mercenarios y otras cosas similares o peores. Silencios que tratan de lograr pero que, sin el poder de coacción del régimen, no consiguen hacer realidad fuera del infierno castrista.

Queremos modestamente unir nuestra voz a aquellas voces mucho más valiosas que la nuestra que claman desde la isla. Queremos decirles, si los silencios impuestos no impiden que les llegue el mensaje, que no están solos. Que muchos escuchamos las hermosas y valientes voces cubanas. Unas voces que algún día serán totalmente libres y estarán a salvo de los silencios.

P.D: En otros sitios también algunos intentan imponer silencios. Afortunadamente no tienen poder y no pueden acallar las voces que odian.