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Etiqueta: Libertades propiedad y estado de derecho

Hasta los fachas

Cruzado de sumarios imposibles, abanderado de causas políticas, juez metido a político metido a juez metido a político, autoproclamado candidato al Nobel de la Paz y Castafiore de la Audiencia Nacional, como diría mi amigo Eduardo García Serrano, ese es Baltasar Garzón. Contra él, contra todos ellos, lleva tiempo Manos Limpias acudiendo a los tribunales.

Con la Causa General contra el franquismo levantada por Garzón, parece que Manos Limpias ha mordido en carne. Por el momento el juez gossip se ha visto obligado a declarar ante el Supremo. Todos los periodistas de carril se han puesto en guardia, y han comenzado a insistir en que Manos Limpias es un falso sindicato y, sobre todo, en que es una organización ultraderechista. La Secta ha ofrecido una buena porción de su informativo del día de marras (y que, paradójicamente, no se titula "los minutos de la basura"), a demostrar que la tal organización es, efectivamente, abierta y descaradamente ultraderechista. Efe, que trabaja con un sectarismo efervescente que pone en aprietos al periodista desatento, no para de deslizar el adjetivo.

Juegan con el entendido; tienden un puente invisible entre el epíteto y el derecho. Si son ultras… Pues eso me planteo yo. Si son ultras, ¿qué? Atrévanse a decirlo, no se queden con la sugerencia. Los ultras, ¿tienen los mismos derechos de los demás a recurrir a la justicia? ¿Tienen los mismos derechos que los demás a manifestarse en la calle? Secretamente su respuesta les quema. Ellos (que, paradójicamente, no se considerarían ultras), tienen claro que no. Pero por un lado no se atreven a sincerarse por no romper la máscara democrática, y por otro se dejarían quemar vivos antes de decir que tienen tanto derecho como cualquier otro ciudadano.

El alcalde de Arenys de Munt ha convocado un referéndum sobre la independencia de Cataluña. La ONU observa, atenta, el desarrollo de los acontecimientos. Obama no irá a mear en todo el día, no sea que le pille la noticia lejos del teléfono rojo. El caso es que Falange ha organizado en la localidad una marcha nacionalista española. Montilla ha reconocido que "hasta los fachas" tienen ese derecho.

Digámoslo claramente. Tiene razón. Tiene toda la razón. Hasta los fachas tienen derechos. Es más, hasta los comunistas tienen derechos. Oh, y por si ello fuera poco. ¡Hasta los políticos tienen derechos! ¿A dónde iremos a parar con tanto fuero?

Derechos ahumados

Según Jiménez, el 70% de la sociedad española apoya una prohibición total y "a casi todo el mundo le apetece entrar en un lugar en el que no le moleste el humo, fume o no fume, porque siempre será un espacio más agradable".

Las intenciones de la ministra evidencian (por si alguien tenía alguna duda) que la legislación antitabaco siempre tuvo una vocación básicamente paternalista. Su objeto es proteger a los fumadores de sí mismos y no, como sostienen algunos, proteger la salud de los fumadores pasivos. Si el propósito fuera ése permitirían que empresas y locales habilitaran espacios aislados para fumadores, o directamente se permitiría fumar sin restricciones en locales de ocio, cuya esporádica frecuentación es probable que no tenga ningún efecto perjudicial sobre la salud de los fumadores pasivos. Los estudios que apuntan a un riesgo para la salud de los fumadores pasivos suelen referirse a individuos expuestos al humo en el hogar o en el puesto de trabajo, donde pasan muchas horas al día, no a individuos que ocasionalmente acuden a restaurantes, bares o discotecas.

La Ley Antitabaco y su eventual endurecimiento, por tanto, no es defendible desde una posición liberal que rechaza que el Estado trate a los adultos como si fueran niños. Si alguien considera que el placer de fumar compensa los costes o los riesgos que tiene sobre su salud, es libre de hacerlo aunque pensemos que se equivoca. No es nuestro hijo ni nuestra mascota. No vale argüir que el paternalismo es necesario porque el tratamiento de su cáncer en la sanidad pública lo pagaríamos todos. En balance seguramente el Estado se ahorre dinero con los fumadores, pues mueren antes, y si el argumento es válido para prohibir el tabaco, lo es igualmente para imponer una dieta a la gente u obligarles a hacer ejercicio.

No me sorprende que un 70% de la sociedad española apoye medidas liberticidas y además crea estar defendiendo los derechos de alguien, en este caso de los no-fumadores como yo. "Los consumidores tenemos derecho a estar en un local libre de humo", dicen. "Los fumadores atentan contra nuestra libertad al invadir nuestros pulmanos con sus malos humos". El problema es que confunden el derecho a no inhalar humo en contra de tu voluntad con el derecho a no inhalar humo en contra de tu voluntad en una propiedad que no es tuya. Un invitado no tiene ningún derecho a exigir que en mi casa no fume en su presencia. Yo decido si en mi casa se fuma o no se fuma, si no le gusta esta condición es libre de marcharse o no entrar en ella. ¿Estoy violando la libertad de mi invitado? En absoluto, estoy ejerciendo la mía: es mi casa, mi propiedad, y yo decido cuáles son las normas, que por algo es mía. Equiparar el derecho a no inhalar humo involuntariamente con el derecho a no inhalarlo en la propiedad ajena es igual que equiparar el derecho a la libre circulación con el derecho a pasearme a discreción por la casa de mi vecino, o equiparar el derecho a la libertad de expresión con el derecho a publicar artículos en un periódico que no es mío.

Un detalle que también confunde a muchos es el calificativo de "público" que se aplica a los locales comerciales o de ocio. Al argumento de que las empresas, restaurantes y bares son propiedad privada y corresponde al dueño decidir, replican que son "espacios públicos" y que por lo tanto corresponde al Estado y no al dueño dictar normas. Pero la propiedad no es menos privada por el hecho de que vendas en ella un producto, emplees a trabajadores o cobres la estancia a los huéspedes. Que un local de ocio sea un "espacio público" sólo significa que está "abierto al público". Es una propiedad privada abierta al público, y el dueño debería tener en justicia los mismos derechos de propiedad.

El dueño de un bar para fumadores no obliga a nadie a tragar humo más de lo que un restaurante vegetariano obliga a comer verdura, una discoteca obliga a escuchar música electrónica, o un bar gay obliga a relacionarse con homosexuales. A quien no le guste la verdura, la música electrónica o relacionarse con homosexuales, que vaya a otro restaurante, a otra discoteca o a otro bar. Pero no tiene ningún derecho a cambiar el menú, a escoger la música que va a pinchar el DJ o a convertir el bar gay en un local hetero. Aunque el 70% de la gente lo apoye.

El humo del tabaco es un claro ejemplo de externalidad negativa que se resuelve mediante la ejecución de los derechos de propiedad. No hay ningún "fallo del mercado" a corregir, pues no se ha dejado al mercado ofrecer su solución. Antes de que el Estado interviniera ya proliferaban los bares y restaurantes que restringían el uso del tabaco o habilitaban espacios separados para fumadores y no-fumadores, y muchas empresas no permitían fumar a sus trabajadores dentro del recinto. Esta tendencia a la especialización sólo podía incrementarse en la medida en que la gente empezara a escoger un local en función de sus preferencias sobre el tabaco, pero el Estado tuvo que "anticiparse" imponiendo a todos una ley uniforme, socavando los derechos de propiedad y privándonos de la oportunidad de una oferta diversificada que realmente se ajuste a lo que quieren todos los consumidores, fumadores y no-fumadores.

La metedura de pata del PP

Krugman denunciaba la hipótesis de los mercados perfectos (en el sentido de que los precios de los activos reflejan en cada momento toda la información disponible), criticaba el poco análisis que en las universidades han recibido las burbujas financieras y las quiebras bancarias y ponía muy en duda que la política monetaria de los bancos centrales sea siempre una respuesta eficaz a las crisis.

En realidad, buena parte de lo sostenido por Krugman en ese artículo no es novedoso. Algunos llevamos años poniendo el dedo en esa llaga: la macroeconomía moderna está en bancarrota; y, como también dice el de Princeton, existe un temor generalizado a desviarse de una ortodoxia que, sin embargo, no sirve para describir la realidad ni, mucho menos, para predecirla. Como bien apunta, los economistas actuales han renunciado a la verdad a cambio de la elegancia matemática.

El problema de Krugman es que, sin darse cuenta, también comulga con esa teoría económica cuyo edificio ha colapsado y que debería haber perdido toda credibilidad con la crisis que estamos viviendo. Por supuesto, el estadounidense defiende un regreso a Keynes y a su Teoría General –¡como si alguna vez se hubieran marchado!– como la única alternativa posible al desaguisado; pero sólo un profundo desconocimiento de Keynes y, sobre todo, de las alternativas a sus ideas puede llevar a una conclusión tan disparatada.

Es completamente falso que los keynesianos fueran los únicos en no sumarse a la corriente mayoritaria de la economía al negarse a rendir culto a un mercado supuestamente perfecto. La Escuela Austriaca lleva mucho tiempo –desde mucho antes de que Keynes publicara su primer libro– criticando que las economías de mercado están sometidas a fuertes fluctuaciones –ciclos económicos– derivadas de la expansión crediticia insostenible que ejecutan con regularidad el sistema bancario y los bancos centrales; y jamás se ha sumado a conclusiones tan irreales como la de los mercados perfectos. Muy al contrario, sus teorías resaltan la pluralidad, complejidad y subjetividad de la información presente en el mercado, que provoca diferencias en los juicios empresariales de los agentes y los mueve al error. Los austriacos no creen que el mercado sea perfecto, sólo afirman que las limitaciones de información de todo empresario las padecen igualmente, pero corregidas y aumentadas, los políticos, por lo que no es cierto que los problemas de coordinación (crisis incluidas)  se puedan solucionar con una regulación centralizada y omnicomprensiva de los mercados.

Al fin y al cabo, los defensores de la hipótesis de los mercados perfectos son economistas encerrados en sus despachos de universidad que nunca se han puesto a invertir en él –y cuando lo han hecho se han arruinado, como ilustra la quiebra de Long Term Capital Management– y que por tanto lo desconocen casi todo de la realidad. Larry Summers los calificó con sorna como los ketchup economists, aquellos que creen haber descubierto El Dorado cuando comprueban que dos botellas de ketchup de 250 gramos valen lo mismo que una de 500.

Sin embargo, por mucho que se equivoquen los neoclásicos en que los mercados impersonales no se ajustan perfectamente mediante los precios, no deberíamos olvidar que los keynesianos no son más que sus hijos bastardos.

Del artículo de Krugman se desprenden dos ideas que perfectamente pueden encajar con su criticada ortodoxia, tal y como los nuevos keynesianos pretenden formularla. Krugman opina que si los mercados fueran perfectos, y si los bancos centrales pudieran dejar los tipos de interés por debajo de cero, las crisis económicas desaparecerían. Pero esta presunción sólo puede nacer de la incomprensión de los procesos de mercado. Las crisis no se producen porque los agentes sean en numerosas ocasiones irracionales, en el sentido del homo economicus (aun cuando probablemente lo sean), sino porque el sistema bancario falsifica las señales y los incentivos que se envían a esos agentes. Dicho de otra manera: aun cuando todo el mundo actuara con toda la información disponible y tratara de maximizar sus beneficios, se seguirían produciendo crisis económicas con regularidad, porque lo cierto es que las decisiones que se toman durante una burbuja especulativa son muchas veces racionales (todos aquellos que compraron un piso en 2004 y lo vendieron en 2006 salieron ganando, pese a que entraron en el mercado en medio de la mayor burbuja inmobiliaria de nuestra historia).

Precisamente porque el sistema bancario lleva a los agentes a tomar decisiones de inversión insostenibles a largo plazo, el reducir los tipos de interés, aunque sea por debajo de cero, no sirve para corregir esos errores. Lo cual encaja muy mal en la idea keynesiana, a la que regresa Krugman, de que las crisis se producen por un problema de demanda (por no haber demanda suficiente para contratar a todos los trabajadores que se están quedando en paro).

Pero esto es una visión incluso más reduccionista que la de la perfección de los mercados. El problema económico de España no es –y parece mentira que alguien lo crea así– que la gente ha dejado de comprar pisos a unos precios infladísimos. Las dificultades de España –y de Estados Unidos, y del resto del mundo– no consisten en que ya no estemos despilfarrando nuestros ahorros en inversiones que nadie deseaba y que, pese a ello, estaban copando porciones cada vez mayores de nuestro aparato productivo…

El auténtico problema es que nos hemos metido durante cinco años en una orgía de malas inversiones y nos hemos endeudado hasta las cejas. En este contexto, las restricciones de la demanda son sólo una manifestación (que no una causa) de nuestra delicada situación: España tiene ahora una economía adaptada para producir bienes y servicios que nadie demanda (por ejemplo, viviendas a precios estratosféricos). Pero ¿acaso la solución a una crisis puede consistir en obligar a la gente a consumir aquello que no desea por medio del gasto público?

No, la crisis no puede solucionarse abaratando el endeudamiento (tipos de interés negativos) o forzando el consumo. Precisamente las crisis son períodos en que el aparato productivo protesta (restringiendo la oferta y demanda de crédito y comprimiendo los márgenes de beneficios de las industrias más dependientes del endeudamiento) contra los intentos de los agentes económicos de consumir e invertir por encima de sus posibilidades.

La irracionalidad o el cortoplacismo de los especuladores no causa las crisis, tal y como piensa la escuela conductivista, y también la keynesiana. Los errores de inversión explican por qué Warren Buffett se ha convertido en el hombre más rico del mundo y, en cambio, un inversor de a pie es probable que acabe perdiendo en bolsa si no adopta una estrategia financiera. Pero esa irracionalidad no proporciona una explicación de los ciclos económicos, esto es, de las fases prolongadas y recurrentes de auges y depresiones.

Para ello no hay que mirar a Keynes, como pretende hacer Krugman, sino a la Escuela Austriaca. Keynes está tan equivocado como lo estuvo siempre, simplemente porque sus propuestas –incremento deficitario del gasto público– están equivocadas en lo teórico y, en lo práctica, condenadas al fracaso: sólo hay que estudiar el caso de Japón, el de Estados Unidos con Bush o incluso el de España ahora mismo para darse cuenta.

Sí, los ketchup economists de Summers se equivocaban, pero los keynesianos (y Larry Summers) también: dos botellas de 250 gramos de ketchup no tienen el mismo valor que una de 500 –aunque su precio pueda circunstancialmente coincidir–, por la misma razón que 100.000 botellas de 1 gramo no valen lo mismo que una botella de 100.000 gramos. El error no es anecdótico, porque ilustra que los keynesianos jamás entendieron por completo la teoría subjetiva del valor que desarrollara en 1871 Carl Menger. Sus ideas –y las de los neoclásicos– son de antes de que la economía se convirtiera en ciencia. En realidad, son lo que la alquimia a la química. Sin una buena teoría del valor no pueden entender el concepto de liquidez y sin el concepto de liquidez no pueden comprender los ciclos económicos.

No hay que regresar a los errores teóricos seculares que Keynes resucitó en los años 30. Los friedmanitas se equivocan en casi todo, pero los keynesianos lo hacen en todo… salvo en apuntar que los friedmanitas se equivocan en casi todo. Aciertan, pero por razones erróneas; las razones correctas se las podría proporcionar una riquísima literatura austriaca –con la que, no lo olvidemos, se formaron economistas que ellos mismos glorifican, como Schumpeter, Hicks o Morgerstern– si no se negaran a aprender economía.

El problema no es sólo que vayan a vivir en la ignorancia más supina toda su vida –es lo que tienen los fanáticos ciegos–, sino que nos van a arrastrar a los demás. Es hora de enterrar toda la macroeconomía universitaria –de Keynes a Friedman– y aprender algo de la escuela que, con mucha diferencia, más se acerca a la realidad: la de Menger, Böhm-Bawerk, Mises, Hayek, Lachmann, Fekete y Huerta de Soto. Una hora que no parecen dispuestos a que llegue, por lo mismo que dice Krugman sobre la ortodoxia: ¡qué difícil es reconocer que se ha estado 80 años completamente equivocado!

La hora en que se alumbró la libertad

Las declaraciones de Mas haciendo de menos a España y sus instituciones, y lanzando una amenaza imprecisa. ¿No es lo de siempre? Buceo por la actualidad dominical en busca de alguna noticia. ¿No vendrá el último día de la semana al rescate de este articulista huérfano de temas?

No. Hay que esperar al lunes. Lunes 7, a las 7 de la mañana, que es la hora de Federico, la hora de esRadio, la hora de esta casa y del periodismo. En ese preciso instante comienza el sueño que guardamos en un cajón, hace años, quienes aprendimos a hacernos ciudadanos con Antena 3 de Radio.

Es cierto, como dijo Jiménez Losantos a este periodista antes incluso de ejercer la profesión, que políticamente aquella Antena 3 no era políticamente lo que ha llegado a ser la COPE. Pero también lo es que consiguió hacer frente, hasta vencerle en desigual lid. Aquél "empate técnico" frente al "imperio del monopolio", cuando Prisa era un grupo poderoso y no un muerto viviente, nos llenó de orgullo a muchos. Y de miedo a muchos otros. Un miedo que acabó en el antenicidio.

La COPE tuvo la generosidad de salvarse a sí misma acogiendo a los profesionales de aquella casa. Estos años duros, todos lo son para la libertad, las ondas de la COPE nos han acogido a quienes todavía la queremos lo suficiente. Pero esa casa tenía un cuerpo y dos almas, y por algún lado tenía que deshacerse ese sin Dios.

Y el monstruo se rasgó por donde tenía que rasgarse. Por quienes están contra el poder sin más compromiso que el de la libertad y la verdad, dos querencias que por este rincón del Universo se unen inextricablemente al compromiso con España.

Ahora nace, desde un pequeño rincón de las ondas, el proyecto más auténtico de una vida volcada hacia la libertad, la suya y la de todos. Mucha suerte a los compañeros de esRadio.

Cambios constitucionales ilegítimos y el secuestro del derecho a la libertad

Ya analizamos como el populismo y la demagogia se aprovechan de las fisuras normativas de las democracias para conseguir el poder, provocando involuciones institucionales explícitas que son fácilmente identificables por su metodología subversiva y por sus políticas de colectivización que destruyen los cimientos y la riqueza de la sociedad civilizada.

Pero también merece la pena analizar un tipo de involución más lenta y difusa, como la que se está produciendo en España, mediante un cambio de régimen político por la imposición a todos los españoles del nuevo Estatuto de Cataluña, aprobado por sólo un 36% de los catalanes con derecho a voto y sin el consentimiento explícito del resto de ciudadanos de España que también verán conculcados sus derechos individuales.

Es decir, existen involuciones políticas encubiertas, menos evidentes ante la población, pero premeditadas, alevosas e implícitas en legislaciones liberticidas que aprueban las autoridades en contra de la Constitución. Por más que hayan sido elegidos en unas elecciones democráticas, los políticos no reciben un cheque en blanco para legislar en contra de los derechos fundamentales o de la estructura institucional de un Estado, sin contar con el principio de consentimiento de la inmensa mayoría de los votantes que verán atropellados sus derechos civiles.

A pesar de contener artículos inconstitucionales, violentar la convivencia con otras Comunidades Autónomas y atropellar los derechos de los ciudadanos no nacionalistas, se ha estado aplicando el nuevo Estatuto de Autonomía de Cataluña, por lo que parece estar asentándose un golpe de estado permanente por la vía de los hechos consumados en un proceso ilegal e ilegítimo de destrucción de la Constitución Española de 1978.

Sin respuesta social contundente ante el desafío nacionalista y, con un elocuente silencio oficial ante los serios interrogantes planteados por el magnicidio terrorista del 11 de marzo de 2004, parece existir un acuerdo tácito e irresponsable de los principales partidos y autoridades políticas, del Rey hacia abajo, tan sólo roto por protestas meramente testimoniales e inefectivas, para dejar evolucionar (degenerar) la situación de crisis institucional hasta que se logre un punto de equilibrio (inestable) que está a punto de validarse judicialmente mediante el juego ilegítimo al que nos tiene acostumbrados el jurídicamente aberrante Tribunal Constitucional.

Con un retraso de más de tres años, se espera una sentencia de maquillaje del nuevo Estatuto de Cataluña que mantendrá el status quo de diferenciación política a favor de las clases dirigentes de la región de Cataluña, para mantener la enorme red de intereses clientelares tejida entorno al nacionalismo con militantes y organizaciones viviendo de la sopa boba del presupuesto público como Omnium Cultural, Sobirania i Progres o Deumil, auspiciadas, financiadas e instrumentalizadas por políticos y, fundamentalmente, organizadas en contra de los derechos de los ciudadanos no nacionalistas y de la voluntad manifestada por todos los españoles con la mayoritaria aprobación de la Constitución Española el 6 de diciembre de 1978.

Un tribunal especializado en temas de inconstitucionalidad es siempre peligroso cuando se constituye ajeno a la máxima autoridad judicial que debiera ser el Tribunal Supremo o bien cuando no queda integrado como quinta sala del mismo y no está formado exclusivamente por jueces de carrera elegidos con carácter vitalicio por la propia judicatura o, en su defecto, por los ciudadanos.

La redacción del artículo 159 CE fue jurídicamente errónea al no exigir que los miembros del Tribunal Constitucional tuviesen que ser jueces, con lo que se eliminó el principio de independencia judicial y se asestó una puñalada legislativa al principio de separación de poderes; ambos indispensables para afianzar la existencia de un Estado de Derecho que garantice los derechos civiles y para evitar la corrupción y la prevaricación que erosionan las instituciones de la democracia.

Como órgano del poder judicial, resulta mortal para la salvaguarda de los derechos y libertades de los españoles, que los miembros del Tribunal Constitucional sean elegidos por el Gobierno y el Parlamento nacionales, cuando su cometido es evaluar la inconstitucionalidad de las leyes.

Con doce miembros altamente politizados por evidente cercanía al movimiento nacionalista o por deber sus cargos al apaño político, es muy probable que el Tribunal Constitucional acabe claudicando ante las presiones separatistas sirviendo a los espurios intereses de los partidos que los han elegido. Es decir, muy probablemente el Tribunal Constitucional validará con una sentencia rectificadora la reforma encubierta de la Constitución Española de 1978 que supone el nuevo Estatuto de Cataluña en vez de abolir una ley que es de arriba a abajo inconstitucional.

Esta ley de rango inferior y autonómico, introduce normativa inconstitucional que secuestra el derecho a la libertad de los ciudadanos no nacionalistas en Cataluña, crea un Consejo de Garantías Estatutarias que suplanta al propio Tribunal Constitucional y, establece una relación bilateral con el resto de regiones de España lo que instaura de facto un Estado Confederal.

Sometido a la pérdida democrática de derechos civiles, bien mediante involuciones rápidas y explícitas bien por medio de involuciones lentas e implícitas, el ciudadano queda prisionero de normas y leyes que atentan contra los derechos naturales inherentes e inalienables al hombre libre e imponen la servidumbre a los designios de la ingeniería social impuesta por la casta política instalada en el poder.

En el caso de Cataluña, los prebostes nacionalistas aprovechan las fisuras normativas de la Constitución Española de 1978, chantajean al Tribunal Constitucional y amenazan la débil estructura institucional para instaurar un nuevo régimen político confederal, ilegítimo al no conseguir el refrendo de una amplia mayoría de la población con derecho a voto en España.

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Chapuza sí, ¿pero racismo?

Si uno analiza la gestión que Bernanke ha hecho de la crisis —dejemos de lado la que hizo del boom crediticio, cuando incluso llegó a negar que existiera burbuja inmobiliaria alguna— puede distinguir tres fases en su política monetaria y sólo una de ellas resulta medianamente aceptable. Desde luego, un pobre historial para seguir siendo lo que algunos llaman la autoridad económica más importante del mundo.

En la primera de estas fases, que se extiende desde los primeros signos de la crisis de liquidez en agosto de 2007 hasta la quiebra de Lehman Brothers en septiembre de 2008, la Fed acometió una política monetaria que se dio en llamar qualitative easing. Básicamente, Bernanke se limitó a gestionar los activos de la Reserva Federal para inyectar “liquidez” en el conjunto del sistema bancario, pero sin incrementar sus pasivos. Lo que hizo fue, pues, cambiar los mecanismos de financiación a disposición de la banca degradando la calidad de los activos de la Fed.

La razón es fácil de entender: la política monetaria tradicional (operaciones de mercado abierto) supone que la Fed compra temporalmente la deuda pública de los bancos a cambio de dinero. El problema, claro, es que los bancos necesitaban en esos momentos mucho más dinero que deuda pública tenían, y Bernanke optó por prestarles dinero contra colateral muy variado (en general, los activos basura que tenían en sus balances). Nacieron así tres nuevos mecanismos de financiación (el Term Auction Facility, el Primary Dealer Credit Facility y el Term Security Lending Facility) y los tipos de interés se redujeron del 5,25% al 2%.

Los resultados de esta política ya pueden analizarse a la luz de la historia: Bernanke no solucionó ni mucho menos los problemas de liquidez de la banca y, a cambio, favoreció una brutal depreciación del dólar y la creación de una de las burbujas de materias primas más intensas de la historia que sólo contribuyeron a agravar la situación de la economía real por todo el mundo.

La segunda de las etapas de la política monetaria de Bernanke, conocida como quantitative easing, comienza tras la quiebra de Lehman Brothers y se extiende hasta finales de 2008. En esos momentos, la enorme incertidumbre asociada al sistema financiero provoca que los bancos privados dejen de prestarse dinero entre sí y pasen a depositarlo en los baúles de la Reserva Federal, por lo que el pasivo del banco central, que hasta entonces apenas había incrementado, aumenta más de un 100%.

En apenas unos meses, la Fed se encuentra con casi un billón de dólares en depósitos que proceden de un mercado interbancario drenado de fondos, circunstancia que deja al sector bancario sin sus mecanismos tradicionales de financiación.

Ante este incipiente pánico bancario, la Fed tiene dos opciones: o actúa como intermediario entre los bancos (desarrollando la función que venía cumpliendo el interbancario) o deja quebrar a grandes partes del sistema financiero, enfrentándose a una más que segura contracción secundaria. Y aquí, afortunadamente, Bernanke tomó la decisión acertada: crear o ampliar los mecanismos de financiación a corto plazo de la Fed para sostener el sistema.

Así, en pocas semanas, el banco central comienza a utilizar el dinero que había recibido en depósito para prestarlo a corto plazo al resto de bancos (ampliando el Term Auction Facility), a las empresas (favoreciendo el descuento de su papel comercial con el Commercial Paper Funding Facility) y a los bancos centrales extranjeros (mediante los swaps de divisas) para que pudieran implementar políticas en dólares análogas a las suyas.

Este conjunto de decisiones fueron grosso modo sensatas y estuvieron orientadas hacia la buena dirección: aplacar el pánico y permitir la normalización del crédito. Los resultados han sido de momento positivos, ya que la banca no ha quebrado, las malas inversiones se han ido purgando, la mayoría de los créditos ya se han devuelto y, en definitiva, el dólar no se ha resentido.

No es que fuera necesario ser un genio para llevar a cabo este tipo de políticas —el presidente del Banco Central Europeo, Jean-Claude Trichet, hizo lo mismo y con menos errores—; en realidad, bastaba con haber leído y entendido a Walter Bagehot. Por muy nocivos que resulten los bancos centrales —sobre todo a la hora de engendrar el ciclo económico— en la medida en que se arrogan el monopolio de la banca de emisión, su política no puede ser la de quedarse de brazos cruzados en medio de un pánico cuando la banca privada dispone de colateral de suficiente calidad.

Por tanto, y desde esta perspectiva, durante el cuarto trimestre de 2008 Bernanke sí estuvo bastante acertado el frente de la Reserva Federal. Cuestión distinta, por desgracia, es lo que podríamos denominar la tercera fase de su gestión de la crisis, que muchos analistas consideran una especie de apéndice de la segunda cuando sus diferencias son más que notables.

A finales de diciembre de 2008 y mediados de marzo de 2009, la Fed anunció que iba a utilizar los depósitos de los bancos para iniciar sendos programas de compra de bonos hipotecarios por valor de un billón de dólares y de 300.000 millones de dólares de deuda pública respectivamente. Semejantes planes no tenían nada que ver con el sensato objetivo de evitar una contracción secundaria, sino con un absurdo intento por reactivar el crédito en la economía mediante la reducción artificial de los tipos de interés a largo plazo (lo que en los años 60 se llamó Operación Twist).

El problema es que Bernanke no ha logrado su objetivo —y de haberlo logrado habría engendrado sólo otro ciclo económico— y en cambio sí ha hipotecado el futuro de la economía estadounidense y de su moneda. La Fed se ha endeudado masivamente a corto plazo (depósitos a la vista) para invertir a largo plazo (bonos hipotecarios y deuda pública), esto es, justo la insostenible estrategia financiera que nos ha abocado a la crisis actual.

Los riesgos de esta estrategia son enormes y, obviamente, aun no podemos juzgarlos desde un punto de vista histórico. Baste tener presente que cuando los bancos privados quieran retirar sus depósitos —esto es, cuando la demanda de crédito reflote gracias a la eventual recuperación económica—, la Fed tendrá que liquidar a toda prisa más de un billón de dólares en activos a largo plazo que, sobre todo por lo que se refiere a los bonos hipotecarios, son muy difíciles de enajenar en el mercado. Dicho de otra manera, del mismo modo en que un banco puede caer presa de un pánico financiero, al dólar le podría suceder lo mismo en el futuro.

Por eso Bernanke nunca debería haber sido nominado para otro mandato al frente de la Fed. El pirómano que causa incendios no puede ser el encargado de apagarlos, por mucho que haya tenido algún momento transitorio de lucidez.

El spam de los estercolares

También se dedica a intentar desacreditar las iniciativas de los demás atacando sus métodos no porque sean malos, sino porque se usan en contra de las ideas de izquierdas. Es, de nuevo, la vieja ley del embudo, lo ancho para mí, lo estrecho para ti.

Fue hará cosa de un mes. El ex director de Público, Nacho Escolar, escribió en el periódico y en su blog un ataque contra la asociación conservadora Hazte Oír en la que la acusaba de enviar spam. En concreto, afirmaba que contaba con una "máquina" para realizar esta labor porque esta organización pone a disposición de todo el mundo –y no sólo de sus miembros– una herramienta que permite enviar una carta al director a 120 medios distintos.

Como Libertad Digital es un medio pequeño en el que casi todos hacemos casi de todo (y pongo el casi para evitar chistes fáciles), alguna vez he tenido que seleccionar y publicar las cartas al director. Créanme que los enviados a través de la herramienta de Hazte Oír se reconocen inmediatamente, y no dudo que algunos medios decidirán no publicarlas sabiendo que su sección puede compartir cartas con la de la competencia. Como es de esperar, los más son propios de la ideología de la organización, pero distan mucho de ser los únicos. Desde defensores de los Organismos Modificados Genéticamente a defensores de los animales y ecologistas, todo tipo de personas emplean ese formulario para enviar sus cartas.

El caso es que considerar esto una "máquina para enviar spam" es, como poco, atrevido. El sistema no envía mensajes indiscriminados y no deseados, sino sólo a unas direcciones específicas creadas también específicamente para recibir ese tipo de mensajes. Yo tengo que enviar mensajes con cierta frecuencia a grupos de 20 o 30 personas; esto no se diferencia mucho técnicamente, Hazte Oír tan sólo facilita un poco la labor. Pero no, no son los responsables de que su buzón esté inundado de ofertas de Viagra y mensajes muy correctos de nigerianos que quieren hacerle a usted rico.

En definitiva, esta herramienta nada tiene que ver con lo que usted o yo entendemos comúnmente por correo basura; tampoco creo que concuerde con lo que Escolar considera spam, pero siempre hay que cargar las tintas cuando de ponerle la mordaza a otros se trata; también le pareció muy bien emplear su blog como altavoz con el que promocionar una recogida de firmas para que la Conferencia Episcopal echara a Losantos.

Con todo, Escolar no es lo peor, ni mucho menos. Lo peor son sus acólitos, los que comentan habitualmente en el blog, los que puntúan como "comentario destacado" la receta para "cocinar un feto", los que algunos llaman los "estercolares". Y para prueba, un botón; los días posteriores al artículo fueron los primeros y últimos hasta la fecha en que la dirección de cartas al director de Libertad Digital recibió mensajes "no deseados" enviados desde la herramienta de Hazte Oír, es decir, mensajes que no eran cartas al director. Tenían todos un denominador común: se identificaban a sí mismos como spam e indicaban que procedían de la organización conservadora, animando en muchos casos a que se la denunciara, no sé aún por qué artículo del Código Penal.

Se ve que la herramienta nunca fue el problema. El problema es que se use para promocionar ideas discrepantes con el pensamiento que quiere ser único como sea.

El estanco de Roures

En 1952, la exposición de motivos del decreto de organización del recién creado Ministerio de Información y Turismo hacía la siguiente confesión, plagada de los habituales eufemismos:

La información se configura como uno de los servicios públicos de más hondo contenido y más delicado tratamiento, ya que debe sujetarse a la obligación de promover el bien común, en orden a formar sanos criterios de opinión y a difundir la más auténtica conciencia de nuestra Patria y sus circunstancias, tanto en el interior como en el exterior.

Por una suerte de metonimia se calificó después como servicio público a los concretos medios de información de masas, tanto los que ya existían en los años 50 del pasado siglo –radio y prensa– como el que destacaría por sus enormes posibilidades: la televisión.

De manera previsible, el gobierno de la época puso bajo su estrecha férula un invento con un potencial "informativo" tan influyente, incluso antes de que hubiera retransmisiones regulares de televisión. Tenía a su disposición la "técnica" de reservarse esa actividad (según expresión acuñada por los administrativistas) y declararla servicio público.

Esa atribución de la titularidad al Estado no condicionaba, en principio, el régimen de la prestación de los servicios públicos. De hecho, a lo largo del tiempo, hemos contemplado la gestión directa por la administración –o bajo la careta de organismos autónomos, entes públicos y sociedades mercantiles públicas– y la indirecta, a través de la adjudicación a empresas privadas de la prestación mediante una concesión administrativa.

Con escasas variaciones, ese fue el régimen jurídico que desarrolló el gobierno socialista de González Márquez en 1988, cuando se aprobó la mal llamada ley de televisión privada, antecedente directo de la regulación audiovisual que padecen los españoles. Más que regular una actividad privada, esa ley declaró la televisión como "servicio público esencial", cuya titularidad se reservaba el Estado (siguiendo en este punto la posibilidad contemplada en el Art 128 CE y la estela franquista) al tiempo que se regulaba por primera vez la gestión indirecta de esta actividad por sociedades anónimas privadas, mediante el régimen de concesión administrativa.

El análisis de la situación actual no puede soslayar la raíz del problema: la consideración de la televisión, cualquiera que sea su forma de transmisión, como un servicio público sometido a la graciosa concesión del Gobierno.

Ahora bien, las arbitrariedades anteriores en materia de televisión palidecen ante las reformas de este gobierno, uno de cuyos ejemplos ha sido la reciente introducción de la modalidad de pago de la TDT. La cadencia en el despliegue de la reglamentación desmiente la "extraordinaria y urgente necesidad" que el Gobierno ha esgrimido en los dos últimos decretos-leyes (1 y 2) aprobados este año para regular la materia.

Incluso en países corrompidos por el mercantilismo, la llamativa sincronización de las reformas legislativas con los planes de negocio del grupo empresarial presidido por Roures daría lugar a la apertura de una investigación para averiguar si las relaciones de amistad de sus gestores con los reguladores han desembocado en un burdo tráfico de influencias. Nótese las coordenadas que han coincidido en el momento de dictarse el último decreto-ley. En un sector donde el Gobierno dispone supuestamente de un servicio público, la falta de previsión de una forma de explotación por los concesionarios de canales de TDT impedía la modalidad de pago. En el año 2010 se produce el apagón analógico según la legislación previa que era tan urgente aprobar. En esta temporada 2009-2010, que comienza el próximo fin de semana, por primera vez Mediapro hace efectivos los derechos del fútbol de pago de la Liga de Campeones europea al mismo tiempo que los adquiridos a la mayoría de los equipos españoles en la liga nacional.

Después uno examina el surtido de "productos informativos" del grupo mediático agraciado donde se repiten incesantemente las consignas gubernamentales, sin el menor atisbo de contraste. No pasa de ser una propaganda gruesa y elemental, repleta de falacias ad hominem. Seguro que sus planificadores creen que forma "sanos criterios de opinión" de una vanguardia de activistas. Y se cierra el círculo. Recuerda al único régimen político que los actuales gobernantes conocieron en su juventud y en el que muchos prosperaron.

Mientras no se aborden reformas en el sector audiovisual que supriman la reserva de servicio público esencial de la televisión y sustituyan el régimen de concesión por simples licencias a las empresas privadas dentro de las limitaciones técnicas, la regulación no producirá más que estos estancos del capitalismo de amiguetes.

El mensajero de los dioses: poder y comunicación

Cuenta la mitología griega que Hermes, el dios mensajero de los dioses, siendo aún muy niño, le robó unos bueyes a su hermano Apolo. A pesar del crimen, Apolo, al oír los sonidos que brotaban de la lira que Hermes había construido con el caparazón de una tortuga, aplacó su enfado, decidió regalarle los bueyes y perdonarle.

Probablemente desde entonces los mensajeros tratan de seducir al poder a costa de lo que sea, y quienes se resisten y se empeñan en informar verazmente sufren las consecuencias. En los países donde el poder del Estado está limitado se valora la libertad de expresión como una de las más fundamentales, precisamente para evitar que los medios de masas halaguen a los gobernantes con los sonidos de sus liras y de esta manera conseguir el favor de estos dioses paganos, dueños del poder de coacción ciudadana. Pero en países sometidos a la tiranía, sea a partir de unas votaciones manipuladas, sea a partir de un golpe militar, la libertad de expresión está en el centro de la diana desde el principio. Y la represión también evoluciona. Ya no se regalan mártires al enemigo, ahora se utilizan medios más ruines. Como dejar obsoleta a una persona en su puesto de trabajo y reducirle los extras hasta que tiene que irse para no perder práctica profesional. O como aplicar un castigo ejemplar a algún medio destacado (blogger, periódico, cadena de radio o televisión o simplemente ciudadano con talento para ser escuchado por la gente) para que los demás se autocensuren por sí solos.

A principios del mes de agosto el rey de Marruecos secuestraba dos semanarios que publicaban una encuesta de opinión sobre el rey Mohamed VI. Y eso que el resultado era favorable. Aunque sirvió de chascarrillo a los periódicos franceses como Le Monde, la cosa indica cuáles son las reglas: no se aceptan dudas, ni preguntas… mi poder no se cuestiona. Como el de los dioses griegos. Y los mensajeros mejor que toquen la lira.

En el caso de la Venezuela de Chávez cabe todo: la censura selectiva, la exhibicionista, la oficial, la extra oficial. Después de cerrar blogs como Sin Mordaza de la periodista Martha Colmenares y canales de televisión como RCTV hace dos años, Chávez ha puesto encima de la mesa la que ya se conoce como Ley Mordaza. Según esta ley, todo el que manipule una noticia generando una matriz de opinión y alterando la paz social, la salud mental o la moral pública es un delincuente y se expone a una pena de hasta cuatro años, y el responsable del medio de comunicación exactamente lo mismo. El resultado inmediato ha sido el cierre masivo de radios venezolanas. Supongo que el tirano preferiría que se dieran las noticias al estilo anglosajón, poniendo los verbos en infinitivo para resultar absolutamente asépticos.

Y no es el único caso. Aunque nos intenten convencer de que es accidental, uno de los socios de Chávez, el presidente Correa de Ecuador, está planteándose reconsiderar las concesiones de radios y televisiones, supuestamente vencidas o "clandestinas". Esa medida cuestiona la existencia de más de quinientas emisoras de radio en el país.

A quien le escandalice esta medida que recuerde que en España la prensa escrita, si no tiene subvenciones directas, las tiene indirectas (a la producción de papel), de manera que los medios más libres son los digitales. Las radios y televisiones se conceden a dedo como en Ecuador y, por tanto, es tan arbitrario como allí, tanto a nivel nacional como autonómico. El escándalo del ministro cuyo hermano periodista "toca la lira" descaradamente a favor del Gobierno, o las concesiones de imágenes de los Sanfermines de hija a padre, son parte de nuestro día a día.

Pero hay una censura exageradamente más grotesca en Venezuela que en España, la camuflada. Por ejemplo, para evitar marchas ciudadanas en la capital en protesta por la Ley Mordaza, la policía militar corta los accesos a Caracas. Y quien se atreva a protestar puede acabar mal. En especial si es una persona que se ha manifestado contrario al socialismo; entonces te ganas la paliza y la prisión por supuesto "ultraje al centinela".

Por supuesto que el resto de nuestro Olimpo, los demás dioses paganos, y en concreto, los nuestros, no protestan ni se escandalizan cuando uno de estos dictadores hace una de las suyas. Mejor seguir escuchando los sonidos de sus Hermes nacionales, no vaya a ser que alguna voz libre e independiente les saque los colores.

Pues ya va siendo hora.

Los verdaderos gusanos

Se hacen las damiselas ofendidas cada vez que alguien se burla o critica aceradamente a cualquier persona de izquierdas, pero permiten y alientan con su silencio que los suyos repitan un insulto década tras década, insulto dedicado a quienes no tienen otro pecado en su haber que el de oponerse tenaz y ferozmente desde hace décadas a una cruel tiranía.

Y es que parece que haya que darles las gracias a las buenas gentes de progreso por habernos hecho el favor de no mostrarse descaradamente a favor de la criminal dictadura de los Castro o incluso, en algunos casos, de oponerse tímidamente a ella. Resulta inaceptable hablar bien de Pinochet, pero siempre se perdonará que se alabe a Castro y se llame gusanera a un exilio que, por lo que se ve, carece de la legitimidad de quienes salieron de España en el 39. Será que unos robaron para irse dejando a sus seguidores sin nada que llevarse a la boca y otros se fueron cuando se lo quitaron todo. Será que los cubanos defienden la democracia mientras aquellos españoles defendían un régimen de esos que tanto les gustan a Víctor Manuel y Ana Belén, siempre tan dispuestos a apoyar la ideología que asesinó a cien millones de personas en el siglo XX.

A muchos nos duele Cuba más que ningún otro país, porque lo sentimos más cerca. Hace poco más de un siglo que dejó de formar parte de España y no olvidamos que muchos de nuestros antepasados fueron allí a ganarse el pan que su tierra les negaba. Escribía Adam Smith que un ser humano, "si mañana fuera a perder su dedo meñique no podría dormir por la noche pero, siempre que nunca los haya visto, roncaría con la más profunda seguridad sobre la ruina de cien millones de sus hermanos". Y tiene razón. Por eso cuando se estrella un avión siempre intentamos averiguar si había algún español entre los pasajeros. Los nuestros siempre nos importarán más, y para muchos, los cubanos son más nuestros que los naturales de ningún otro país.

Está por ver si el concierto de Juanes que se celebrará nada más y nada menos que en la Plaza de la Revolución, el escenario preferido por el castrismo para sus manifestaciones obligatorias, será bueno o malo para las libertades en la isla de las mil cárceles. Lo tiene en sus manos el cantante colombiano; si entra de Cuba como salió, sin haber dicho nada contra el monstruoso régimen que lleva hundiendo a sus súbditos desde hace ya cincuenta años, sabremos que fue a callarse y apoyar con su presencia a los Castro. Si algo dice, si usa su libertad de expresión para decir lo que no dejan decir a los cubanos, habrá merecido la pena. Nada sabemos sobre lo que Juanes hará o dejará de hacer, aunque su historial no nos haga ser optimistas. Criticarlo será acertado o no, ya lo veremos; pero lo que está claro es que no es nada más.

De hecho, en toda esta historia, no hay más gusano que Castro ni más gusanera que quienes lo apoyan e insultan a sus críticos. Del cantautor que ha pasado de glosar una dictadura de derechas a postrarse ante una de izquierdas poco más se puede decir. Si no estuviéramos de vuelta de su capacidad para arrastrarse por el lodo en defensa del crimen de estado, sorprendería su preocupación porque a los cubanos les pueda faltar Juanes mientras mira hacia otro lado cuando nada tienen que llevarse a la boca. Pero si algo he llegado a aprender estos años es que ser de izquierdas significa tener una compasión infinita por la humanidad en abstracto y un absoluto desprecio por los seres humanos de carne y hueso.