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Etiqueta: Libertades propiedad y estado de derecho

Responsabilidades en cadena

Conviene precisar que la sentencia no supone la absolución del acusado, sino la declaración de que el tribunal que lo juzgó no tenía la competencia para hacerlo y que, por la tanto, el caso deberá ser juzgado otra vez por un tribunal formado por nueve jurados legos y presidido por un magistrado de la misma Audiencia de Barcelona, según las reglas de competencia objetiva y funcional establecidas en los artículos 1, 2 y 5.2 c) de la Ley del Jurado.

No seré yo quien defienda la infalibilidad del Tribunal Supremo. Sin embargo, me temo que en este caso no le quedaba otra opción si quería atenerse al principio de legalidad y considerar la competencia de los tribunales criminales como cuestión de orden público procesal.

Antes de alinearse con la postura pública del fiscal, debe analizarse la combinación de acciones y omisiones que hacen posible que se produzcan casos de este tipo. En el lugar más destacado topamos con la malhadada Ley del Jurado: una chapuza monumental que llevó al gobierno que presentó el proyecto a proponer su reforma cinco meses después de su aprobación porque el Congreso no ratificó unas enmiendas que quiso introducir a última hora en el Senado. En segundo lugar, tenemos la abstención de los legisladores posteriores que durante estos catorce años de vigencia se han inhibido de reformar una ley con una regulación procesal muy defectuosa. Por último, tal vez como consecuencia de lo anterior, la tendencia de la mayoría de juristas en España a eludir la crítica en público de los legisladores, al mismo tiempo que les enmiendan la plana en la práctica forense. La picaresca tiene aquí hondas raíces en todos los ámbitos, como se sabe.

Sea como fuere, la ley del jurado trajo un procedimiento específico que exige que el instructor convoque a todas las partes, incluido el fiscal, a dos comparecencias –susceptibles de convertirse en tres– para decidir sobre el curso de la instrucción criminal. Asimismo, las simultaneas modificaciones de la Ley de Enjuiciamiento Criminal introdujeron un régimen de recursos contra ciertas decisiones de impulso procesal del juez de instrucción y del magistrado presidente del tribunal del jurado (apelación, seguida de casación) que incentiva las estrategias de dilatar indefinidamente el procedimiento.

Por otro lado, la ley enumera una lista de delitos cuyo enjuiciamiento se atribuye a los jurados, entre los cuales se hallan el asesinato y el allanamiento de morada. Las reglas de competencia para los delitos conexos parecieron hechas para intrincar su aplicación, aunque en un caso como el presente –sendos asesinatos dentro de una espeluznante secuencia de delitos contra las mismas víctimas– la fuerza atractiva que amplía la competencia del jurado a los delitos conexos cometidos "para perpetrar otros, facilitar su ejecución o procurar su impunidad" –Art. 5.2 c) LOTJ– parece fácil de captar.

Aun así, la práctica judicial habitual trata de evitar la instrucción del procedimiento especial del jurado y, en última instancia, que las causas sean juzgadas por un tribunal que debe constituirse ad hoc en las audiencias provinciales con personas seleccionadas por sorteo. En los casos, como el que nos ocupa, donde concurren delitos múltiples y una pluralidad de partes que actúan, las dificultades prácticas para seguir la instrucción marcada por esa ley se hacen todavía más patentes. En consecuencia, normalmente, existe connivencia de los fiscales, a quienes no entusiasma desplazarse a comparecencias que pueden prolongarse como un juicio y, dependiendo de su estrategia, de los abogados.

Con independencia de otras consideraciones sobre el jurado, los problemas interpretativos sobre la competencia podrían evitarse si se añadiera a la ley una sencilla disposición que permitiera a los acusados escoger entre ser juzgados por tribunales formados por magistrados profesionales o por jurados y derogase el procedimiento especial de instrucción. Esa elección vinculante cerraría el paso a toda nulidad de actuaciones posterior que se basara en la incompetencia de los magistrados profesionales y evitaría situaciones aberrantes para los familiares de las víctimas, como la repetición de un juicio por esa causa.

El abuelo ya tiene internet

No se trata de un objetivo fácil de lograr, entre otras cosas porque a los políticos les gusta juguetear con el crédito a través de sus bancos centrales y una divisa única supone acabar con la sacrosanta "soberanía monetaria" de cada país: se acabaron las orgías crediticias locales para ganar elecciones y para financiar un gasto público desbocado. Si crear la unión monetaria europea fue complicado y requirió de muchos enjuagues y componendas, imaginémonos cuánto costaría fraguar una "divisa planetaria".

Sin embargo, en los últimos meses se están dando ciertas condiciones económicas y políticas que pueden terminar por derribar estos impedimentos y abocarnos hacia la moneda única.

Primero, desde hace unos 20 años los bancos centrales internacionales han ido ganando cada vez más autonomía frente al poder político. Es cierto que si algo ha puesto de manifiesto esta crisis es que los banqueros centrales siguen, en última instancia, los dictados de los gobernantes de turno y que no dudan en bajar tipos de interés siempre que la ocasión lo requiera, pero también es verdad que el banco central ha dejado de actuar como una Secretaría de Estado y que los políticos ya no lo tienen tan fácil como para manipularlo a su antojo. Por consiguiente, los costes de renunciar a la soberanía monetaria son cada vez menores.

Segundo, en la época de la globalización de capitales hablar de soberanía monetaria carece de bastante sentido. Por un lado, aunque un banco central expanda el crédito dentro de sus fronteras, bien puede suceder que ese crédito artificial se traslade a otros países (el caso más célebre es el carry-trade japonés) sin que tenga demasiado efecto interno. Por otro, y por motivos simétricos, aunque un banco central nacional siga una política monetaria ortodoxa y no infle su moneda, bien puede ser receptor de flujos de capitales extranjeros que distorsionen su aparato productivo en cuanto se cortocircuiten (el caso de Islandia o de los países de Europa del Este durante este crisis muestra parcialmente este supuesto). Además, con la extensión y crecimiento del mercado de las titulizaciones, los activos de mala calidad de un país pueden transmitirse a otro sin mediar inversiones directas en el aparato productivo (como dramáticamente han descubierto muchos europeos con las "hipotecas subprime"). Otro flanco por el que la soberanía monetaria se difumina.

Tercero, de momento la política monetaria ha dejado de funcionar durante la crisis. Aunque los friedmanitas se empeñen en no ver la realidad, ahora mismo los bancos centrales no están logrando reinflar el crédito: la economía sigue paralizada y sólo se está reanimando tímidamente gracias a la liquidación de las malas inversiones. Pero lo cierto es que los agentes económicos –salvo el Estado manirroto– están tratando de reducir su endeudamiento y no de incrementarlo. Otra razón más por la que los políticos mundiales pueden renunciar sin demasiado quebranto a su soberanía monetaria.

Cuarto, aunque ahora mismo la tendencia económica sea hacia la deflación (es decir, a la contracción del crédito, el hundimiento de los precios de los activos, la reducción de las rentas y la moderación del consumo), muchos países occidentales están llegando a un punto de endeudamiento peligroso y probablemente insostenible. Sin ir más lejos, Estados Unidos piensa en aprobar otro plan de estímulo que, como el anterior, sólo empeoraría su situación económica. La conjunción de una mayor deuda pública con una economía estancada (y por tanto con unos ingresos fiscales decrecientes) auguran dificultades para amortizar toda esa deuda e incluso no es descabellado pensar en eventuales suspensiones de pago. Si el sistema monetario actual quiebra, será por ahí: hoy el valor del dinero fiduciario que nos han impuesto los políticos está basado en la deuda pública. Si esa deuda pública se impaga, corremos el riesgo de padecer una hiperinflación y una manera de enmascarar tanto el impago primero como después la hiperinflación es unificando las distintas divisas: por un lado permite redistribuir pérdidas y ganancias entre las distintas regiones del planeta (como acontece hoy con la zona euro) y, por otro, permite redefinir la unidad monetaria quitando ceros si los precios comenzaran a dispararse (véase Zimbabwe).

Quinto, y probablemente esta sea la razón principal, el motivo anterior nos traslada a una situación profundamente incómoda para los políticos nacionales: los ahorradores están siendo reticentes a la hora de comprar más deuda pública. Nuestros despilfarradores gobernantes no pueden seguir gastando a destajo, mientras que monetizar cantidades masivas de deuda pública no es una opción: imprimir dinero para comprar deuda nueva nos conduciría con toda probabilidad al hundimiento del valor de la moneda, a la hiperinflación (como atestigua la experiencia alemana) y al aislamiento internacional del país (Islandia muestra cómo el hundimiento de una divisa equivale a una autarquía económica). Sin embargo, en caso de existir una divisa mundial de curso forzoso, los ciudadanos no dispondrían de monedas alternativas en las que refugiarse; como parapeto sólo les quedarían los activos financieros y reales, pero éstos suelen ser complejos de utilizar en el tráfico diario por la población. Por consiguiente, los ciudadanos serían menos libres para protegerse de las políticas inflacionistas de los Estados, quienes tendrían así las manos desatadas para financiarse devaluando el valor de la divisa mundial; una estrategia que parece ir en consonancia con otras ocurrencias que hemos podido leer en los últimos días.

Lo más sarcástico de todo este asunto es que el mundo dispuso durante siglos de una moneda internacional que protegía a los consumidores y ahorradores de los desmanes del gobierno y, precisamente por ello, los políticos se la cargaron: el patrón oro.

La gran mayoría de economistas de la época defendían el patrón oro por un motivo esencial: constituía una divisa mundial. Su gran preocupación era que la implantación de diversas divisas estatales modificara los flujos comerciales no por cambios en la economía real, sino por cambios en los sistemas monetarios internos. Y en efecto, desde su abandono el mundo se ha sumido en un sistema de divisas fiduciarias que fluctúan de valor unas con respecto a las otras (más bien unas se hunden más rápido que otras), que dejan la prosperidad de los ciudadanos al arbitrio de la cordura del mandatario de turno.

En principio, por tanto, una divisa mundial podría parecer una gran solución –incluso liberal– que impulsara el comercio internacional. Pero no conviene confundirse: las dificultades para unificar divisas fiduciarias son innumerables (sólo hace falta observar las tensiones actuales en la zona del euro) y, de hecho, sólo resultan mínimamente sostenibles en países que cuenten con gobiernos austeros y sistemas financieros análogos. Obviamente, ni Occidente es homogéneo ni, sobre todo, Occidente se parece en nada al resto de satrapías internacionales.

No, unificar las divisas de papel ni es posible ni deseable. Si quieren crear una divisa mundial lo tienen fácil: que regresen al patrón oro. Pero eso no, porque su finalidad no es unificar la moneda, sino expandir el poder del Estado. Ese quizá sea el argumento definitivo para que este delirante proyecto termine saliendo adelante.

Pena de banquillo

Los medios de comunicación, mientras, van a lo suyo. Es decir, a los suyos. Camps tiene sus seguidores y sus apoyos, que multiplican las razones por las que el líder popular debería salir con la camisa (y los trajes) inmaculados tras el caso Gürtel. La más sorprendente se la toparon los lectores de ABC el pasado miércoles en su primer editorial. De ser culpable, se le sancionaría con 2.500 euros. Nada, dice el viejo diario, al lado de la "pena de banquillo". Que no se encuentra en los códigos, más que en los del especioso lenguaje político. Culpable o inocente, el deterioro de su imagen pública será su verdadera pena, desproporcionada en comparación con su eventual pena.

Holgaría decir que la "pena de banquillo" es ilusoria si no fuese porque el diario acude, nada menos, que a la autoridad de Beccaría y porque lo incluye, en sus últimas palabras, en el Derecho Penal. Esa "pena" no es más que la opinión que la gente pueda tener del presidente de Valencia. Pero esa opinión pertenece a cada uno de los ciudadanos, y tienen derecho a cambiarla. Pero la posibilidad de que puedan hacerlo ¿es razón suficiente para condenar el proceso? La imagen de nuestros políticos ¿es un bien que debamos proteger? Eso sugiere el diario al decir que las normas "deben ser interpretadas de acuerdo con la realidad social del tiempo en que han de ser aplicadas". Y la realidad es que seis de cada diez valencianos le votaría. Siguiendo esa misma lógica de dejar a la justicia con los ojos bien abiertos, se le sacó a Felipe González, con calzador, del banquillo.

Los políticos no sólo no merecen especial protección ante la justicia, sino que ésta debería tener con ellos más celo que con el ciudadano común. Nosotros no podemos manosear en la misma justicia, y para ellos es moneda común. Y es justo que el tráfico de favores en que consiste la política sea visto con malos ojos. La pena de banquillo debería ser generalizada y no limitarse a la sospecha de que las investigaciones de un juez pueden estar bien encaminadas.

Las consecuencias de no decir la verdad

Pero no serviría de mucho, porque es dudoso que los sustitutos rompieran con la más arraigada tradición de nuestra democracia, en la que la única forma de hacer negocios con la administración es "llevarse bien" con el poderoso.

Lo que llama la atención en el caso de Francisco Camps es que haya sido tan ingenuo como para provocar él mismo la decisión del tribunal de llevarlo ante un jurado popular. El presidente de la Generalidad Valenciana no dijo la verdad cuando fue interrogado por la autoridad judicial, y ningún juez acepta de buen grado que le mientan a la cara. Camps ha sostenido todo este tiempo que él personalmente pagó los famosos trajes de corte italiano, pero hasta la fecha no ha podido demostrarlo. Al contrario, las evidencias recogidas en el sumario indican que jamás lo hizo. Si le hubiera dicho al juez "mire, Señoría, estos trajes me los regalaron, sí, pero esta mañana los he pagado (aquí tiene el recibo) y he ordenado al comercio que devuelva el importe a quien fuera que los pagase, que por cierto no sé quién pudo ser". Todo se hubiera saldado con una multa y Camps se habría dado un baño de multitudes a las puertas del juzgado, con miles de votantes emocionados y agradecidos al primer político de la Historia de España que reconoce un trinque y, además, lo devuelve. Coste económico siete mil euros incluyendo la multa; coste político cero.

Pero como ningún partido político admite que en sus filas haya personajes "regalados", es difícil que el PP, en última instancia una maquinaria de votos como el resto de formaciones, le hubiera permitido semejante acto de honestidad que hubiera evitado el pequeño calvario al que ahora se enfrenta su líder valenciano. Y además con estas temperaturas, bajo las cuales ni la más fina seda italiana te evita el sofocón.

En todo caso, lo más interesante de este asunto es que no se ha producido un trato de favor a cambio del regalo, como el mismo juez reconoce en el auto, por lo que no ha habido cohecho activo ni, en consecuencia, perjuicio para los contribuyentes. Por eso sorprende que en otros casos en los que las arcas públicas sí han sido saqueadas, las fiscalías sean tan remolonas y los jueces tan pacatos. España sigue siendo diferente. Si te regalan cuatro trajes vas a juicio, en cambio si regalas tú una televisión en abierto a los amigos o diez millonazos a la empresa de tu hija ganas las elecciones. Cosas de nuestro hecho diferencial, qué le vamos a hacer.

A La Moncloa en sidecar

Las autoridades del régimen de Pekín se han encargado de dejar claro que "es sólo cuestión de tiempo".

La relación de los dirigentes chinos con internet es tortuosa. Por una parte son conscientes de las grandes oportunidades que ofrece para el desarrollo económico del país, han seguido una línea radicalmente contraria a la de otras dictaduras comunistas y no vetan su uso a los ciudadanos. Sin embargo, son conscientes de que la red es un maravilloso vehículo para comunicar opiniones y acceder a informaciones que no son del gusto del gobierno, por lo que tratan de buscar distintas vías para controlar la web sin tener que prohibir que los chinos se conecten.

Fruto de esa peculiar situación son las docenas de ciberdisidentes que han pasado por las prisiones del gigante asiático, que de forma permanente desde hace varios años acogen a una media de unos cincuenta de ellos. También es producto de esta política las sucesivas cruzadas que contra los cibercafés han emprendido las autoridades comunistas, puesto que estos locales eran en el pasado un buen vehículo para obtener mayor intimidad a la hora de conectarse que si se hacía desde casa. Lo mismo ocurre con la censura en los resultados de búsqueda y otros servicios online de los distintos gigantes de internet, como Yahoo, Google o Microsoft. Y ahora, aunque se postergue su puesta en marcha, le ha llegado el turno a la obligación de que todos los ordenadores se vendan con el sistema de filtrado llamado "Dique verde – Acompañante de la juventud".

La excusa para esta nueva medida es, una vez más, proteger la moral de los chinos. El Gobierno del PCCh casi siempre recurre a ella. Aunque fuera cierta habría que denunciarla. Los Estados no tienen ninguna autoridad, más allá de su poder coactivo, para imponer prohibiciones en esta materia. Pero hay más. Desde el mismo momento en el que el filtro viene incorporado de fábrica y son las autoridades las que tienen capacidad de configurarlo sin control de los ciudadanos, del mismo modo en que se puede bloquear el acceso a un sitio pornográfico se tiene capacidad para impedir que los internautas visiten páginas con contenidos "sensibles" desde un punto de vista político. Algo que sin duda ocurrirá en un país sometido al poder de un régimen como el que sufre China.

A lo anterior se suma los excesos moralistas de los censores, que suelen tener una mente más calenturienta que el resto de los ciudadanos y pueden animar la imaginación del público. Es común en España escuchar que, al cortar la escena de Gilda en la que Rita Hayworth se quitaba el guante, los encargados de la censura franquista consiguieron que corriera el rumor de que en la película sin cortes la actriz se desnudaba del todo. Algo parecido ha debido pasar con quienes han configurado el "Dique verde". Este prohíbe entrar o elimina las fotos de sitios turísticos helvéticos, incluidas las imágenes de pacíficos animales pastando. En el título de la novela llevada al cine con nombre de Blade Runner, Philip K. Dick se planteaba: ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? Tal vez debamos preguntarnos ahora: ¿Se excitan los censores chinos con vacas suizas?

Los bolivarianos se la pegan en Honduras

Zapatero está consternado, Obama algo afligido y al presidente venezolano se le han quitado las ganas de canturrear, lo que demuestra que algo bien han tenido que hacer en ese país centroamericano para producir tal unanimidad.

Este aparente golpe de estado está resultando tan confuso como nuestro 23-F, de tal forma que, a día de hoy, todavía hay discrepancias sobre su carácter. Lo que está fuera de toda duda es que Zelaya, títere de Chávez (que ya hay que caer bajo en términos intelectuales), estaba iniciando el camino que lleva a la instauración de un régimen idéntico al venezolano. En países con instituciones poco sólidas y sin una larga tradición del Estado de Derecho, la izquierda lo tiene muy fácil para eliminar la alternancia política e instaurar el socialismo que, recordemos, nunca fue democrático. El proceso consiste en formar escuadras de afines pagadas con dinero estatal y, una vez tomada la calle, iniciar las reformas constitucionales para eliminar cualquier posibilidad de que los rivales políticos puedan alcanzar alguna vez el poder.

Zelaya, que debe ser algo menos inteligente de lo que sus enemigos suponen, no ha medido bien los tiempos y ha acelerado la transición al socialismo bolivariano con la convocatoria de una consulta declarada ilegal por la corte suprema hondureña. Este detalle, que en otros países no tendría mayor repercusión, en Honduras ha precipitado que las instituciones políticas contraatacaran de la peor forma posible, esto es, vulnerando también la constitución aunque en sentido contrario.

La vuelta al orden constitucional requiere, en efecto, el retorno del presidente depuesto, pero también la exigencia de que su gobierno respete los principios democráticos básicos y el Estado de Derecho. Zelaya tiene en estos días de exilio la oportunidad de reflexionar al respecto y volver dispuesto a respetar el orden constitucional. En otras palabras, tiene que elegir entre servir lealmente al pueblo hondureño o seguir siendo un mequetrefe a las órdenes de un histrión totalitario. La decisión es suya.

¿Nos expolian el oro?

Rampton hizo un sorprendente anuncio en la conferencia que obviamente trascendió: España se convertirá en uno de los mayores productores de oro de Europa el año que viene. La típica reacción ante este tipo de noticias es, primero, sentirse orgulloso de que el país de uno desarrolle nuevas y potentes industrias; la segunda, sin embargo, es preguntarse: ¿qué obtendré yo a cambio? Al fin y al cabo, todo ese oro que Kinbauri extraerá se encuentra en España. ¿Qué derecho tienen a llevárselo? ¿Acaso no deberían compensarnos por venir a nuestro país y llevarse nuestro oro? ¿Por qué el Gobierno español no crea una empresa pública para sacar todo ese oro y repartir los beneficios entre los españoles?

El problema de este tipo de razonamientos es, como con casi todos los errores económicos, que sólo se fijan en los efectos últimos de las decisiones políticas y no se plantean qué consecuencias no directamente observables se producen.

Primero deberíamos preguntarnos por qué ha sido Kinbauri Gold Corporation y no otra empresa (incluso una empresa pública) la que ha iniciado las extracciones de oro. La respuesta más inmediata y sencilla es que se trata de la propietaria de los terrenos en los que se realizarán las excavaciones. Bien, pero como no parece que Kinbauri haya sido la propietaria de esas tierras desde que el mundo es mundo, ¿por qué el anterior propietario no invirtió para extraer el oro? Pues, o bien porque no sabía que ahí había oro, o bien porque no lo consideró suficientemente rentable.

En cualquier caso, Kinbauri fue la primera empresa que detectó la existencia de amplios yacimientos de oro en España, o que consideró que era posible explotarlos de manera rentable. ¿Acaso no es importante que las empresas se dediquen a aquello que necesitan los consumidores lo antes y de la manera más eficiente posible? Eso es lo que ha hecho Kinbauri: preocuparse por extraer oro de unas minas abandonadas durante casi 2.000 años.

No sólo sería injusto y absurdo que ahora protestáramos por que "los españoles" no hemos tenido la oportunidad de adelantarnos a los canadienses. Planteémonos cuáles serían los efectos de que ahora el Gobierno español nacionalizara las minas de Kinbauri, o les impusiera un tributo muy elevado a la extracción. En primer lugar, las empresas extranjeras se lo pensarían dos veces antes de venir a España a invertir en cualquier cosa. Al fin y al cabo, ¿cuál es la diferencia entre expropiar a una empresa que descubre oro y expropiar a una que descubre, pongamos por caso, una vacuna contra el sida? Ninguna: las dos han utilizado medios materiales y probablemente humanos de España. La expropiación redunda en menos capitales extranjeros y, por tanto, en menos riqueza para nuestro país.

Y, aún más importante, ¿qué sucedería si esta actitud nacionalizadora se extendiera a todos los confines del planeta, tal y como proponen populistas como Chávez y Morales? Pues que la gente se dejaría de preocupar (esto es, de invertir) por descubrir nuevos recursos o por abaratar los costes de su explotación. Si las remuneraciones por descubrir e innovar exitosamente desaparecen, ¿para qué esforzarse en ello?

Esto nos dejaría un único actor habilitado para estos menesteres: el Estado. Sí, el mismo Estado que, por ejemplo, y por no salir de España, no se ha enterado de que teníamos yacimientos de oro que podían explotarse de manera rentable. ¿Realmente queremos que una camarilla de incompetentes monopolice las iniciativas empresariales? ¿Realmente queremos que nuestras necesidades se satisfagan tarde y mal?

Además, hay otro factor de capital importancia: extraer el oro no es gratis, sino que está sometido a un elevado riesgo. Por un lado, las prospecciones son inciertas. Kinbauri considera que hay alrededor de 2.3 millones de onzas, pero bien podría equivocarse. Del mismo modo, los 400 millones de dólares que pretende invertir sólo se rentabilizarán si el precio del oro sigue por encima de los 400 dólares la onza. Aunque parezca un ridículamente bajo para el metal amarillo (hoy roza los 1.000 dólares), no está de más recordar que el precio medio del metal amarillo entre 1984 y 2004 estuvo en general por debajo de los 400 dólares.

Así pues, se trata de una operación que dista de mucho de materializarse en beneficios libres de riesgos. ¿Por qué todos los españoles hemos de costearla mediante, por ejemplo, una empresa pública extractora? Puede que haya gente muy osada que no vea riesgo alguno, mientras que otros pueden pensar que se trata de un proyecto ruinoso porque ni habrá tanto oro como se prevé, ni el precio del mismo seguirá tan alto como ahora en los próximos años. No tiene mucho sentido que quienes desconfíen de la rentabilidad del plan empresarial financien coactivamente a quienes sí creen en él.

Y es que hay un detalle en el que pocos han recaído. Vern Rampton, presidente de Kinbauri, no vino a España a vanagloriarse de lo inteligente que es la junta directiva de su empresa, o a hacer que nuestro patriotismo suba enteros gracias al desenterramiento de oro español. No: vino a buscar inversores.

Kinbauri Gold Corporation cotiza en bolsa. Ahora mismo, cada acción de la empresa cuesta alrededor 60 céntimos de dólar, y Vern Rampton estima que para 2010, gracias a los beneficios de la extracción de oro, rozará los 5 dólares (su valor se multiplicará más o menos por ocho). Tal vez esté loco y sus expectativas no se cumplan, pero de ahí que la rentabilidad futura no sea un ejercicio de habas contadas. Y precisamente por esa incertidumbre, ni los españoles tenemos que invertir forzosamente en extraer oro ni, si alguien se lanza a extraerlo, nos está expropiendo algo: todos aquellos (españoles o no) que creamos en la viabilidad del negocio somos libres para invertir nuestro dinero en él, basta con que compremos acciones de Kinbauri. Así es como el capitalismo distribuye recursos y aúna esfuerzos: no en función de las filiaciones colectivas, sino de las decisiones individuales.

Defender que debe ser el Gobierno español quien extraiga el oro de Asturias y Galicia equivale a defender que debemos obligar a cada español a comprar una acción de Kinbauri Gold Corporation. ¿A que suena absurdo? Pues eso es exactamente lo que algunos están diciendo.

La hora de Honduras

Pero la situación no es tan clara. La detención y deportación de Zelaya por el Ejército se produce en un contexto político muy concreto. Zelaya veía próximo el fin de su mandato que coincidía, necesariamente, con el fin de su presidencia, ya que la Constitución impide en ese país, como en otros, la reelección. Zelaya, un satélite de Hugo Chávez en el país, no estaba dispuesto a aceptar su destino, de modo que convocó un referéndum para saltarse ese mandato constitucional y presentarse una segunda vez a las elecciones presidenciales.

Es aquí donde se genera el conflicto, porque su referéndum fue declarado ilegal tanto por el Tribunal Supremo como por el Congreso, pero ello no le paró. Estaba dispuesto a convocarlo, aunque fuera nulo de origen, al no contar con base legal. Si estaba dispuesto a cambiar la Constitución con un referéndum ilegal, y a despreciar a instituciones fundamentales del Estado como el Tribunal Supremo o el Congreso, ¿tendría escrúpulos para falsear el resultado de esa consulta pública? No lo creo.

Es más, la detención de Zelaya por el Ejército no es la típica intromisión del Ejército en los asuntos políticos, sino que fue ordenada por el propio Tribunal Supremo, que comprobaba cómo el presidente estaba dispuesto a saltarse la ley. El Ejército tiene como una misión primordial en una democracia mantener el orden constitucional cuando el Ejecutivo lo ponga en riesgo, y en este caso no ha tenido que ser el propio Ejército quien interprete que ésa es precisamente la situación, sino que la decisión estaba ordenada por el máximo órgano judicial. La democracia no son sólo una sucesión de elecciones y plebiscitos, sino sobre todo, y ante todo, el mantenimiento del orden constitucional. Y aquí quien actuó contra las normas fue Zelaya, y el encargado de defenderlas, el Ejército.

Tiene gracia que el presidente, depuesto por el Congreso, haya hecho un llamamiento a la desobediencia civil, un derecho que nos asiste a los ciudadanos frente a cualquier forma de poder. Zelaya, llegado el caso, sería el primero en aplastar el derecho de los hondureños a ignorar sus medidas políticas, si las considerasen injustas.

Papá, échame una firmita

Salvando esa nimiedad, todos actuamos igual cuando nuestros niños nos piden algo. ¡Qué no hará un padre por sus criaturas! (y las madres no digamos).

El fortalecimiento de los lazos familiares es el marchamo de los socialistas cuando están en el poder. Al tiempo que promueven una legislación dirigida a destruir la familia como institución, es enternecedor comprobar cómo, en lo que respecta a la suya propia, siguen perviviendo los valores cristianos de unidad y amor. Y es que no hay persona más querida ni apoyada en este mundo que el familiar de un alto cargo socialista, especialmente si no sabe hacer la o con un canuto, en cuyo caso toda protección se antoja insuficiente.

Por eso resulta hiriente ver al vicepresidente tercero del Gobierno de ZP negar en el Parlamento que haya hecho todo lo que estuvo en su mano para ayudar a su hija Paula, ejemplo de cariño paternofilial del que debería jactarse en lugar de traicionarlo con absurdas declaraciones de inocencia administrativa.

La hija de Chaves no sólo tiene derecho a trabajar, como defendió su padre con gran racanería, sino a trincar subvenciones de la junta de Andalucía en las mismas condiciones que cualquier alcalde o diputado socialista con una empresa a nombre de su cónyuge. Y si hay que cambiar la legislación se modifica con urgencia y a otra cosa. Lo importante es que la familia permanezca unida, como ha entendido perfectamente el ciudadano medio andaluz a juzgar por la reacción general ante el supuesto escandalazo de Chaves. Y dado que los andaluces siguen votando mayoritariamente al partido de D. Manuel desde hace tres décadas, los socialistas no sólo deberán abstenerse de regalar dinero público a sus familiares sino incidir en esa línea que es, al parecer, lo que sus votantes les exigen.

La familia, amigos, es lo primero, también, y muy especialmente, para la Iglesia Católica. Con muchos menos méritos que los Chaves hay quien forma parte del Consejo Pontificio instituido por el Vaticano, organismo romano en el que el vicepresidente tercero haría un gran papel (sus hermanos y demás parentela ni les cuento). Si la nueva COPE decide promover su candidatura, mi firma irá entre las primeras.

Irán y la defensa de Occidente

Desde las pasadas elecciones del 12 de junio, Irán está sufriendo revueltas diarias, más o menos numerosas, y más o menos acalladas de todas las formas posibles por las autoridades. Ahmadineyad no se lo esperaba. Dicen que quien olvida la historia termina siendo víctima de ella. Y éste parece ser el caso. En el año 2005, él mismo ganaba las elecciones en la segunda vuelta, después de un primer resultado bastante ajustado. Pero retrocediendo un poco más, las algaradas que hoy protestan contra la dictadura teocrática de Ahmadineyad, son similares a las que derrocaron al Sha de la antigua Persia a finales de los 70. Ellos inventaron la medicina que les están aplicando.

Todos parecemos olvidar que la misma persona que fue recibida por Obama el año pasado, que dio un discurso en la Universidad de Columbia y que dijo ante la ONU que Israel es la causa de todos los males, fue miembro de la asociación de estudiantes agitadora relacionada indirectamente con el episodio del secuestro de rehenes americanos. No recordamos que Ahmadineyad también fue en los 80 instructor de los basij. Hay que tirar de memoria para darnos cuenta de que esa "fuerza de seguridad especial" entrenaba a niños de 12 años en adelante y los utilizaba para detectar minas anti persona, una vez que comprobaron que los animales huían a la primera explosión. Pero niños sabiamente adoctrinados y con una llave (de plástico) al cuello, que creían que abría las puertas del Paraíso, son capaces de cualquier cosa.

Así que ¿qué podemos esperar que haga Ahmadineyad ante las algaradas de los estudiantes? Ir a por ellos. No porque pueda verse derrocado por demócratas, que ya sabemos que el líder de la oposición participó activamente en la revuelta contra Reza Palevi y fue mano derecha de Khomeini (el famoso Ayatollah "Jomeini" a quien le dedicaran una canción Siniestro Total). Sino porque Moussavi es teócrata dictador de izquierdas y tanto Khameini, máximo líder religioso actual, como el presidente electo son teócratas dictadores de derechas. Para una occidental como yo esas cosas se salen del guión, te hacen pensar.

Hace unos días discutía con un grupo de personas occidentales, formadas y defensores de la libertad, si Occidente tiene que defenderse o no, y de qué. Mi idea era que, si admitimos que el origen de Occidente se basa en la libertad individual, el progreso (entendido como la posibilidad de mejorar cada uno) y la capacidad para dirigir tu destino (establecer tu combinación fines/medios), entonces la defensa de esas tres cosas aseguraría nuestro modo de vida. Y creo que la clave que explica esa defensa es el término "modo de vida". ¿Alguien se sorprende de que el dictador Chávez jalee al dictador Ahmadineyad? No, incluso si el opositor Moussavi es un admirador del Ché. El poder establecido mediante unas elecciones corruptas se justifica defendiéndose de cualquier cuestionamiento. Los dictadores justifican a los dictadores. Y ese no es el modo de vida que quiero. No es que no haya habido dictadores en Occidente, tiranos asesinos… pero no es lo habitual. No debaten dos Hitler en unas elecciones presidenciales. Hitler fue derrotado en una guerra en la que se defendía un modo de vida frente a la dictadura militar sanguinaria basada en la supremacía de una raza. Los países musulmanes no han hecho nada parecido para acabar con las teocracias asesinas.

Los defensores de la Alianza de las Civilizaciones miran al techo y hablan de lo que sea con tal de no poner en duda ese escandaloso fraude. Porque es un fraude. Un fraude a la democracia, forma de gobierno occidental, de la que se están burlando tanto Chávez como los teócratas iraníes. Claro que Ahmadineyad y las instituciones diseñadas al efecto lo niegan… como niegan el Holocausto, con la misma sangre fría que ahorcan homosexuales.

Pero la cuestión candente en estos momentos es qué pueden hacer los países occidentales frente a la represión violenta en Irán. Los dirigentes que abrazaban al dictador hace un año deberían reconocer su error, o al menos, afearle el comportamiento. Estados Unidos y el Reino Unido han retirado diplomáticos. Zapatero sigue pensando qué más impuestos subir. ¿Y la ONU? ¿Se debería intervenir? Personalmente creo que no. ¿Los dirigentes son teócratas y el pueblo quiere occidentalizarse? Pues no estoy segura. ¿Luchan contra un teócrata para poner a otro teócrata? Tampoco estoy segura. La gente ha votado a uno y a otro. Creo que el problema que nos choca tanto es que ese es el modo de hacer las cosas allí, y el nuestro es otro modo… el occidental. Imperfecto, con tiranos y sangre derramada… pero otro modo. Y es el mío.

Y por eso, porque soy occidental y defiendo la libertad individual, denuncio la violencia, la represión, la falta de libertad de expresión y las barbaridades que está perpetrando el elegido iraní. Lo denuncio tanto como defiendo que sean ellos quienes rijan su destino.