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Etiqueta: Libertades propiedad y estado de derecho

Objeción (de conciencia) a El País

El editorialista del diario socialdemócrata está preocupado porque España sufre un virus que ni la gripe A. Se trata de un mal que se extiende por toda la piel de toro y que infecta al más pintado. Resulta que "a la sociedad española le han crecido los problemas de conciencia por doquier" y la gente se pone a objetar a mansalva. Intolerable.

El editorial dice que "el protocolo que permite a las farmacias negarse a vender la píldora poscoital es un despropósito" y se duele de que la conciencia llegue "al interior de las boticas". Es decir, que si a un farmacéutico le da por tener conciencia y ésta le indica que vender una píldora poscoital es un acto inmoral, eso es lo de menos en la decisión, suya, de vender, él, la susodicha pastilla en la farmacia, suya también. Para El País no hay ningún problema de conciencia (¡por supuesto!) en defender que el Gobierno sí entre en las boticas para imponer comportamientos contrarios a la moral de sus dueños.

El País tiene que justificar, de algún modo, que se disfrazara de liberal cuando defendía la objeción de conciencia ante la mili obligatoria. Y alega que la Constitución sólo reconoce la objeción para el Ejército. El derecho a no seguir un comportamiento contrario a los propios principios no vale nada ante lo que el diario llama "el debido respeto democrático a la voluntad de los ciudadanos". Es decir, que si la voluntad democrática de los ciudadanos pasa por que el Gobierno entre, no al interior de las boticas sino al interior de las redacciones para decirle a El País lo que debe publicar o no en sus páginas, el diario global en español escribirá un editorial sumiéndose genuflexa y mansamente ante tan democrático mandamiento. Pues ha de saber que es un Gobierno democráticamente elegido el que le ha robado la cartera para dársela a Roures. Aunque cuando de dinero se trata, le entra toda la epidemia de conciencia que el diario condena para los españoles de a pie.

Estupideces y censuras electrónicas

Y del caudillo autoproclamado bolivariano resulta llamativo que coincida con los ministros del Interior de los länder alemanes.

La estupidez políticamente correcta viene del desconocimiento del leguaje. Este último es una institución que se forma a través del modo de expresarse de quienes lo utilizan, no de las directrices de gobiernos o instituciones tan impresentables y liberticidas como la Unesco. A las féminas apoyadas por el consistorio barcelonés les gustaría que Facebook revisara la "construcción gramatical del género", puesto que según ellas "el lenguaje, la comunicación y las redes sociales sólo tienen sentido si son inclusivas, nunca exclusivas".

Lo cierto es que, más allá del malgasto del dinero de los contribuyentes en apoyar este tipo de cosas, no hay nada objetable a que estas mujeres actúen para intentar lograr sus objetivos como lo hacen. Recurren a la acción privada para enviar sus sugerencias sin tratar de imponer la coacción política contra lo que no les gusta. Lo mismo ocurre con las ONG que han criticado el videojuego de rol online Mendigogame. Solidarios para el Desarrollo, Fundación Rais y Acción en Red consideran que este entretenimiento virtual es una burla y que deforma la realidad. Mientras se limiten a hacer campaña en este sentido, con independencia de que se comparta o no su visión, actúan dentro de lo admisible.

Caso muy contrario es el del régimen chavista, que pretende prohibir los videojuegos, y los juguetes, bélicos en Venezuela. El proyecto de ley incluye incluso la penalización del mero uso; no se limita a su venta o fabricación. No deja de resultar irónico que un Hugo Chávez que ha hecho de la violencia un arma política contra sus detractores, y que la primera vez que intentó llegar al poder lo hizo mediante un golpe de Estado, quiera proscribir este tipo de entretenimientos por considerarlos nocivos. Algo que, por otra parte, no es cierto. Millones de seres humanos los tienen como elementos de ocio sin convertirse en personas violentas.

Más tremendo es lo de Alemania. El proyecto de Chávez parece en buena medida una copia de la norma propuesta por los ministros del Interior de todos los länder de la República Federal. También ellos pretenden prohibir los videojuegos violentos, y con muy parecidos argumentos. La norma, que será debatida dentro de poco en el Parlamento nacional, pretende incluso proscribir su programación. Argumentan que algunos episodios como tiroteos en escuelas son producto del uso de este software de entretenimiento. Es como si pretendieran prohibir el cine bélico o las novelas policíacas debido a que la violencia que contienen hay podido influir de forma negativa a algún perturbado.

En ambos casos se trata de pura y dura censura producto de considerar al ciudadano como un incapacitado mental. En un sistema como el venezolano era de esperar. Que ocurra en una democracia como Alemania resulta más llamativo y revelador. Hay demasiados políticos que se creen superiores al resto de los humanos y pretenden controlar sus mentes.

Un Gobierno que escucha a los ciudadanos

Teniendo en cuenta la pusilanimidad con que el PP se defiende del PSOE en los asuntos polémicos, muchos y muy claros han de ser los indicios recogidos por de Cospedal para hacer una acusación tan contundente, cual es que miembros destacados de su partido están sufriendo escuchas ilegales.

El caso de las conversaciones de Federico Trillo con un abogado del partido popular, cuyo apellido coincide con el de un magistrado del Tribunal Superior de Justicia de Valencia, es tal vez el más pintoresco. La cadena SER, cuya facilidad para el periodismo de investigación alcanza cotas sublimes cuando mandan los socialistas, tardó muy pocas horas en divulgar a sus oyentes que Trillo estaba presionando un magistrado apellidado Montero. Los periodistas del grupo PRISA, por tanto, "descubrieron" que el ex ministro de defensa hablaba frecuentemente con alguien con ese apellido, al que identificaron erróneamente con el magistrado que, curiosamente, votó en contra del sobreseimiento de la imputación de Francisco Camps en el caso Gürtel.

Y como nada de lo que ocurre bajo un Gobierno socialista suele ser casual, en el PP están sumando dos más dos y llegando a conclusiones que nos retrotraen a tiempos pasados, cuando el entonces CESID realizaba aquellas simpáticas "escuchas aleatorias" en las que, vaya por Dios, siempre resultaban agraciados personajes incómodos para el Gobierno.

La hija del funcionario represaliado por el franquismo a base de nombramientos en el BOE parece no tomarse en serio la gravedad de lo que el PP está denunciando. Sin embargo, un vicepresidente socialista del gobierno tuvo que dimitir por este tipo de asuntos, más propios de un gobierno bolivariano que de uno homologable a las democracias occidentales. Quizás debería ordenar una investigación para aclarar si siguen existiendo "escuchas aleatorias", no sea que un día le pase lo que al gran Narcís. Sería una pena que por esta tontería perdiera la posibilidad realizar "veraneos de trabajo" en destinos exóticos con cargo al presupuesto, como viene haciendo desde que la nombraron.

Bajos fondos y altos funcionarios

Según su secretaria general, María Dolores de Cospedal, varias autoridades judiciales y mandos de la policía han ordenado escuchas ilegales a miembros destacados del Partido Popular. Autoridades judiciales. Mandos policiales. Escuchas ilegales. Y todo ello, junto y con un objetivo claro: el Partido Popular.

La reacción del Gobierno es intachable: el PP debe rectificar de inmediato o acudir a los tribunales. Aunque también puede no hacer ninguna de las dos cosas. Mantenerse en sus denuncias y guardarse la baza judicial para cuando lo considere, que para eso es él el agraviado y el dueño del derecho de acudir, o no, a los tribunales. Si es cierto lo que dice Cospedal, lo suyo es dejar que la bola se hinche, e ir con las pruebas a algún juzgado imparcial de los que pueblan España a hacerla estallar.

El Gobierno hace un uso partidista de las instituciones. Alguno de esos usos están a la vista de todos: Cándido, en permanente rebeldía contra el nombre que le pusieron sus padres, ha hecho del servicio al Gobierno su más acrisolada visión de la justicia. Los comisarios políticos, tan avergonzados de su papel que se hacen llamar jueces del Tribunal Constitucional, cumplen vergonzantemente su encomienda. Garzón tiene en sus planes abandonar alguna de las décadas venideras la política. El CNI es el juguete de los políticos aficionados a las películas de 007.

Pero no menos importante es todo lo que queda oculto. Los policías con carné en lugar de placa. Los empleados públicos que le han quitado la máscara de majestad al Estado y ven en él una oportunidad para facilitar sus preferencias políticas. Los bajos fondos y los altos funcionarios. Los agradecidos, que se cuentan por centenares de miles y manejan millones de euros.

Se les puede acusar de ser desleales a la función que tienen asignada. A muchos, también de violar la ley, que conocen, además de a la moral, que desconocen. Lo que nadie les puede quitar es que, aunque sea de forma cínica, ven al Estado como es: como un mero instrumento de poder con el poder como único objetivo. Esa es la realidad del gran aparato devorador de riqueza y de libertades que es el Estado.

Las dotes adivinatorias de la Fashionaria

Le ocurrió a la ministra de Educación con la sentencia del Tribunal Supremo sobre la asignatura Educación para el Socialismo (nominalmente "para la Ciudadanía") y le ha vuelto a ocurrir a la vicepresidenta anunciando el recurso de la fiscalía contra el sobreseimiento judicial del proceso contra el presidente valenciano.

La ministra Cabrera, sin necesidad de escudriñar las entrañas de una oca sagrada, supo dos días antes de que se redactara la sentencia que el Tribunal Supremo iba a avalar el proyecto socialista de manipular las mentes de los escolares en función de su agenda política. No resulta extraño, por tanto, que su jefa sepa con antelación cuál va a ser la decisión de un órgano independiente encargado constitucionalmente de "promover la acción de la justicia en defensa de la legalidad, de los derechos de los ciudadanos y del interés público tutelado por la Ley", así como "velar por la independencia de los Tribunales y procurar ante éstos la satisfacción del interés social".

El acierto hubiera sido menos asombroso si El Pollo del Pinar estuviera hoy al frente de la Fiscalía General del Estado, porque su conducta era tan previsible que hacía inútil especular sobre el sentido de sus decisiones, siempre a favor del Gobierno y en contra de la oposición. En el caso de Conde Pumpido, de cuya rabiosa independencia ya hemos tenido suficientes muestras cuando el Gobierno negociaba con la ETA, el hallazgo tiene su mérito.

Aunque Fernández de la Vega no lo dijera por su probada modestia, lo más seguro es que adivinara también que la fiscalía iba a pedir el archivo de las diligencias contra su compañero de gabinete por otorgar una subvención a su querida hija. Total, diez millones de euros del bolsillo de todos los españoles no pueden compararse en importancia con los cuatro famosos trajes de Camps, por la sencilla razón de que en este segundo caso el acusado pertenece al PP y ya se sabe que los poderes públicos deben atender sobre todo a los casos que provocan alarma social(ista).

Si Venezuela contara con una vicepresidenta y un fiscal general como los nuestros no sería necesaria una legislación tan grasienta para prevenir la "alarma social". El secreto, como demuestra el Gobierno de Zapatero, es la telepatía, la clarividencia y la coordinación entre poderes del estado. Sobre todo, mucha, mucha coordinación.

Honduras, espejo de América Latina

Manuel Zelaya, el depuesto presidente de Honduras, pretendía manipular la Constitución hondureña para eternizarse en el poder. Todo a imagen y semejanza del presidente venezolano Hugo Chávez, por el que Zelaya se sintió atraído justo desde el momento en que ganó las elecciones hondureñas. Prueba de ello fue que no tardase en proclamarse socialista y amigo de Hugo Chávez una vez aterrizó democráticamente en el poder hondureño.

Zelaya fue advertido repetidamente por la Corte Suprema de la ilegalidad de su referéndum, ya que la Constitución de la República de Honduras prohíbe explícitamente la reelección presidencial (artículo 239). Cuando la Asamblea Nacional Constituyente aprobó la Constitución en 1982, estableció que varios artículos fuesen irreformables o "pétreos" mediante el artículo 374. No sólo prohíbe que se reforme dicho artículo, sino que también manda castigar a quien proponga dicha reforma. Teniendo esto claro, es evidente que las intenciones de Zelaya de utilizar un referéndum ("encuesta de opinion", según él) para posibilitar la reelección eran claramente inconstitucionales.

La situación se agravó definitivamente cuando Zelaya ordenó a las Fuerzas Armadas que llevasen a cabo la logística del referéndum. El general Romeo Vásquez se negó por considerarlo inconstitucional y fue destituido de su cargo, lo que motivó el posterior golpe de estado.

Porque lo que sucedió en Honduras fue un golpe de estado. El general Romeo Vásquez tomó el poder político de forma violenta vulnerando las normas y leyes vigentes. Será difícil encontrar ningún artículo en la Constitución y leyes hondureñas que establezca que cuando un presidente actúa inconstitucionalmente los militares puedan entrar en su habitación a punta de pistola y expulsarlo a otro país sin haber sido juzgado y condenado en juicio legal.

Y es que la amenaza a la democracia constitucional que representaba Zelaya no se debería haber resuelto mediante golpes de estado bananeros, sino haciendo prevalecer el orden constitucional, es decir, siguiendo fielmente lo que las leyes hondureñas establecen para juzgar el delito del presidente. La Corte Suprema debería haber declarado el referéndum como ilegal y convocado al Congreso de la Nación para detener a Zelaya y destituirlo de su cargo. En definitiva, este proceso se tendría que haber realizado de forma legal y transparente, y no mediante un golpe de estado surgido de la conspiración de los adversarios políticos de Zelaya y los militares. La ley no se defiende violentándola. Nadie debe estar por encima de la ley.

Y éste es el gran problema de América Latina y de otros lugares del mundo (incluyendo países del Primer Mundo): la continua violación o ausencia del Estado de Derecho. La democracia sin un Estado de Derecho que garantice y respete los derechos individuales naturales del hombre (vida, propiedad y contratos) no logra generar paz y prosperidad. En América Latina observamos continuamente lo contrario: violencia y pobreza. Violencia, porque no hay un poder judicial que haga valer los derechos del individuo y limite al poder político. Pobreza, porque la economía de mercado no puede funcionar sin la protección de los derechos de propiedad, vida y contratos.

Quizás en Latinoamérica se debiera tener muy presente a Juan Bautista Alberdi, lúcido liberal argentino, que en La Omnipotencia del Estado es la Negación de la Libertad Individual (1880) escribió lo siguiente:

El Estado se hace fabricante, constructor, empresario, banquero, comerciante, editor, y se distrae así de su mandato esencial y único, que es proteger a los individuos de que se compone contra toda agresión interna y externa. En todas las funciones que no son de la esencia del gobierno obra como ignorante y como un concurrente dañino de los particulares, empeorando el servicio del país, lejos de servirlo mejor.

El ominoso expolio de la desamortización

Durante muchos años se ha considerado a los procesos desamortizadores de Mendizábal y Madoz como un hito de extraordinaria importancia, clave para permitir el desarrollo económico en España. Sin embargo un análisis frío y desapasionado de los acontecimientos nos revela un proceso de expolio a gran escala, organizado con fines de poder y enriquecimiento ilícito, que ocasionó graves daños a la sociedad española y dañó de forma decisiva el derecho de propiedad privada de los bienes inmuebles (BI).

En España, los BI amortizados eran aquellos que presentaban algún tipo de restricción legal a su enajenación, fundamentalmente pertenecientes a la Iglesia Católica, a la nobleza (mayorazgos) o a los municipios (bienes de propios y comunes). Esto no quiere decir que estuviesen fuera del mercado, puesto que eran objeto de arrendamiento y podían ser objeto de compra-venta si, en el caso de los bienes eclesiales, se contaba con el permiso de los Prelados, Abades o Priores, o incluso con una bula papal. Otra característica relevante de algunas de estas propiedades era que solían disfrutar de exenciones fiscales, por lo que fueron vistas con recelo y apetito por unos administradores públicos que precisaban de crecientes fondos con los que poder mantener los gastos corrientes de la Hacienda central y municipal, así como los dispendios bélicos asociados a la política exterior de una potencia mundial.

Con objeto de respaldar la política exterior pro católica de los Habsburgo, la Santa Sede concedió a la Corona española en los años 1523, 1529, 1536, 1555, 1559 y 1570 bulas para poder disponer de parte de los BI de las órdenes militares, además de conceder el permiso para enajenar bienes de iglesias y monasterios en 1551, y de villas, lugares y jurisdicciones, en 1574. Sin embargo dichas enajenaciones apenas sirvieron para sanear la Hacienda Pública, incrementando en cambio la riqueza personal de unos pocos compradores próximos al poder político.

En el siglo XVIII y bajo reinado del rey borbón Felipe V, las necesidades financieras forzaron la firma del Concordato de 1737, en virtud del cual todos los bienes que a partir de aquel momento adquiriese la Iglesia estarían sometidos al tratamiento tributario general, medida que de nuevo resultó insuficiente para resolver las penurias fiscales del Estado. Más adelante, con el ilustrado Carlos III en el trono, tuvo lugar un acontecimiento de notable relevancia: la primera desamortización eclesiástica no negociada con las autoridades religiosas. Todo comenzó con el incremento de la presión fiscal y la liberalización del comercio de granos, lo que indujo una elevación del nivel de precios y las consiguientes revueltas populares. El Gobierno responsabilizó de su organización a la Compañía de Jesús, aprovechando para expulsarla del reino y realizar una expropiación forzosa de sus bienes muebles e inmuebles (Pragmática Sanción del 2 de abril de 1767), los cuales serían destinados a dotaciones de las parroquias pobres, seminarios conciliares, casas de misericordia y otros fines piadosos, previa consulta de los Ordinarios respectivos, (reservándose no obstante el rey el derecho de dictar providencias sobre dicho asunto).

Una segunda desamortización de gran entidad fue llevada a cabo bajo reinado de Carlos IV y gobierno de su valido Godoy, de 1798 a 1808, afectando a los BI de hospitales, hospicios, casas de misericordia y cofradías suponiendo la enajenación de una sexta parte de los BI que gestionaba la Iglesia Católica aunque con el consentimiento del Papa tras el compromiso estatal de otorgar compensaciones en deuda pública al 3%, algo que a posteriori no se cumplió. El resultado final de esta política fue el desmantelamiento de la red asistencial de la Iglesia –la única– y un endeudamiento del Estado aún mayor debido a los dispendios bélicos.

Durante el corto período de gobierno de José Bonaparte (1808 a 1812) se dio continuidad al intervencionismo borbónico en la configuración de los BI y el derecho de propiedad privada de los mismos; de esta forma se procede a expropiar numerosas propiedades eclesiales, algunas como en Madrid al objeto de construir plazas (Oriente, Santa Ana, Los Mostenses, San Miguel), actuando de forma similar en otras ciudades como Sevilla o Valladolid. Paralelamente, las Cortes de Cádiz aprobaban en 1813 una memoria de Canga Argüelles en virtud de la cual se podían expropiar tierras para sufragar empréstitos. Ya tras la Guerra de Independencia, tuvo lugar otro intento desamortizador durante el Trienio Liberal (1820-1823). Sin embargo estas desamortizaciones fueron extremadamente confusas y en términos generales no tuvieron gran trascendencia.

El siguiente hito interventor, clave por sus repercusiones profundas y duraderas, fue el inmenso expolio que supusieron las desamortizaciones de Mendizábal y Madoz. La primera fue llevada a cabo bajo regencia de María Cristina por su jefe de gobierno José Álvarez Mendizábal (varios decretos de 1835 preparaban legalmente el camino, consumado por los decretos del 19 de febrero y 8 de marzo de 1836), afectando fundamentalmente a los BI amortizados (“manos muertas”) del clero católico regular y en menor medida secular y cuyo objeto declarado era paliar la deuda estatal y crear una clase media mediante la expropiación y posterior venta de tales bienes.

En realidad esta iniciativa política tenía no dos, sino tres objetivos: primero saciar el ansia recaudatoria de una Hacienda Pública extremadamente necesitada de recursos, segundo debilitar la capacidad económica de una Iglesia Católica proclive al pretendiente carlista al trono y, por último, modificar la estructura de la propiedad para crear una clientela política adicta a los liberales. El proceso resultó en raquitismo recaudador y una mayor concentración parcelaria resultado del exceso de oferta y las corruptas adjudicaciones, ocasionando además un fuerte debilitamiento de la influencia eclesial (se desamortizó el 62% de lo que poseía el clero, perteneciendo las tres cuartas partes del 32% restante al clero secular), la destrucción de un abundante patrimonio cultural arquitectónico y artístico y el empeoramiento de las condiciones de vida de los campesinos arrendatarios.

Más adelante, el 2 de septiembre de 1841, Espartero dictó la ley de desamortización de bienes regulares, dando lugar a un proceso que se paralizaría en 1844 con la llegada de los moderados al poder y tras firmar en 1851 un Concordato con la Santa Sede que garantizaba compensaciones y seguridad jurídica. Ya en 1855 y de nuevo bajo gobierno de Espartero, se rompe el acuerdo anterior y se inicia la desamortización de Madoz, de mayor alcance que la de Mendizábal puesto que afecta a los bienes del clero secular, de las órdenes militares, del Estado, comunes, etc. prohibiéndoles además ser propietarios de BI del mismo tipo que los expropiados, todo lo cual ahondó aún más en los perjuicios que ya había ocasionado la desamortización de Mendizábal.

En resumen, las desamortizaciones son un ejemplo paradigmático de ilegítima rapiña en nombre del bien común, algo tanto más paradójico por cuanto también se expolió las fuentes de ingresos de muchos ciudadanos sin tener en cuenta para nada el desacuerdo expreso de sus representantes locales. Debido a la corrupción en las adjudicaciones el Estado no consiguió los ingresos esperados, que para más escarnio fueron destinados a saldar deuda pública (en manos de acaudalados nacionales afines al poder o de extranjeros) o a la construcción de obras públicas de moda (y en no pocas ocasiones ruinosas) como los ferrocarriles. Y el saldo de estas medidas no se quedan ahí puesto que muchos individuos acrecentaron su patrimonio mediante la fraudulenta compra de BI valiosísimos a precio de saldo, antiguos colonos de la Iglesia vieron aumentado el arriendo que exigían los nuevos propietarios y se produjo una incalculable destrucción de patrimonio cultural y artístico, así como el deterioro de la enseñanza y la aparición de hambrunas entre ciertos sectores de la población; eso por no hablar del fenómeno de debilitamiento de la propiedad privada.

Al respecto es antológica la intervención de Claudio Moyano en la discusión sobre el proyecto desamortizador: “La propiedad del clero regular defendía la del clero secular, la del clero secular defendía la de los propios, ésta la de los comunes y ésta la de los particulares. Haced desaparecer estas barreras y poco a poco irán cayendo las diversas propiedades…; un paso más y desaparecerá la propiedad particular”. O también cuando afirma: “Si se quiere disponer de los bienes de los pueblos hay que consultarlos. Esto se hizo en el año 1852, y de 2000 respuestas recibidas, solamente 20 querían la venta, y de éstos, sólo seis tenían bienes de propios. Además, ¿es cambio quitar a los pueblos sus tierras, sus prados, sus pinares, sus bosques para darles en cambio un trozo de papel?, si tan bueno es lo que nos dais, dirán los pueblos, si afirmáis que es mejor, ¿por qué no os quedáis vosotros con ello y nos dejáis nuestros campos?”

Después de todo esto, considerar positivo (como se viene haciendo en líneas generales desde hace ciento cincuenta años) el proceso de desamortizaciones es todo un ejercicio de miopía histórica.

Memeces contra la libertad de expresión

La vida política, aunque tendría que ser las respuestas a los problemas de la vida real, no es más que el mundo de las buenas intenciones, de lo políticamente correcto, de las mentiras, de la crispación y de los cortos eslóganes casposos donde se defiende el bien común, al indefenso, al trabajador…

Esta aura que tiene la política, de servir desinteresadamente al ciudadano, ha sido siempre el mayor reclamo para atraer a cantamañanas, personas incapaces de conseguir nada en el libre mercado, estafadores, voceros y oportunistas que se unen a cualquier segmento ideológico para obtener beneficios personales. Ahora, con el nuevo modelo de financiación autonómica el Gobierno catalán aprovecha cualquier ocasión donde hay periodistas para soltar que Cataluña va a tener más dinero. El catalán medio se enorgullece del resultado porque es bueno para Cataluña.

La pregunta es: ¿quién es Cataluña y en qué se gastará este dinero? En el lenguaje político, Cataluña son los catalanes de la calle y sus empresas. Más dinero para la región, pues, es más dinero para el ciudadano. Pero en la vida real, Cataluña no es más que una oligarquía política. Un manojo de políticos populistas que usarán ese dinero para el beneficio personal y para arremeter contra aquellos que no estén alineados con el movimiento nacional catalanista. No destaca la administración catalana por su simpatía hacia la diversidad ideológica y la libertad, precisamente.

Este año, Carod Rovira (vicepresidente del Gobierno de Cataluña), gastó casi medio millón de euros del contribuyente para que algunos religiosos hablasen en catalán. Va por el mundo con 29 tarjetas de crédito (necesitará un maletín para llevarlas). En lo que lleva de legislatura se ha gastado más de medio millón de euros en viajes. Un millón de euros para apoyar las lenguas indígenas de Ecuador. La pasada legislatura dilapidó seis millones en casas regionales y deportes desconocidos.

Carod Rovira no es una excepción entre los políticos del mundo ni entre los catalanes. Todos son unos manirrotos. No es dinero que hayan ganado ellos con su esfuerzo, simplemente les cae del cielo y lo despilfarran sin ningún control ni responsabilidad.

Mientras tanto, en la vida real, la Confederación Alemana de Sindicatos (DGB) ha advertido que los trabajadores recurren al "dopaje" para rendir más en el trabajo y que no les despidan. En España hay gente joven con varios empleos de baja categoría que también recurren a esos "dopantes" para llegar a final de mes. ¿Cree que algún político tiene ese nivel de estrés? No. Ir de mecenas por el mundo en plan Carod Rovira con un dinero que no es el suyo no es nada estresante.

La encuesta de este mes del CIS nos vuelve a mostrar que la economía y el desempleo son los principales quebraderos de cabeza del ciudadano. El mayor problema de la Generalitat hasta hace poco eran las bolsas de plástico porque no son ecológicas (¡Eso sí que es un drama para la economía catalana y mundial!). La solución pasará por más impuestos y prohibiciones. Para los políticos catalanes, tener muchas embajadas también es necesario para irse a dormir tranquilos cada noche, por eso destinaron 24 millones de euros a este fin.

La conclusión inevitable sólo puede ser que más dinero para el político es mayor pobreza para el ciudadano. Las regiones que más fondos reciban van a ser aquellas donde la oligarquía política va a tener más fuerza contra el hombre libre. El dinero de las personas no ha de transferirse de unos a otros para conseguir más votos o intereses personales. Ha de quedarse en el bolsillo de quien lo gana. Sacárselo es un robo. Algún día, Occidente, España y Cataluña han de salir de este dualismo entre vida real y política para darse cuenta de que esta última tiene efectos devastadores en la vida real. Desconfíe de quienes dicen trabajar para servir al ciudadano o a la nación. Sólo buscan su propio beneficio.

Por qué la realidad supera a la ficción

Esto es especialmente cierto en el mundo de los ordenadores, donde la realidad supera a la ficción abrumadora y constantemente, como quizá no se observe en otras facetas de la economía y la actividad humana. Para comprobarlo, basta asomarse a las películas de ciencia ficción de tan sólo hace una veintena de años.

Me refiero a películas que transcurren en un futuro, menos lejano ahora que entonces, pero aún distante. Por cierto, no vale La guerra de las galaxias que como todos saben ocurrió hace mucho, mucho tiempo en una galaxia muy lejana.

No sé si el lector se ha fijado en las pantallas de los ordenadores que controlan las naves espaciales imaginadas a mediados de los 80. Si lo hace, se sorprenderá al comprobar que no se parecen en nada a las que unos 20 años después tenemos en nuestra casa. En todas aquellas, las pantallas se limitan a presentar texto (normalmente con un colorcillo verdoso) y, si muestran algún gráfico, está formado por vectores y no tiene mucho que ver con la realidad que representa. La interacción con estos computadores es mediante complejos comandos tecleados rápidamente por el experto de la tripulación.

Esto es lo que daba de sí la imaginación de los guionistas de los 80 sobre la informática del futuro. Sin embargo, ya en los 90 existían sistemas operativos visuales como el del Commodore Amiga o el de Apple, que desembocarían en la actual generalización de Windows.

Compárese con la situación cotidiana actual: la pantalla de un ordenador es una explosión de color y luces. En ella podemos ver gráficos tridimensionales e incluso las películas de los años 80 con pantallas bicolores de ordenador. Y la mayoría de la gente es capaz de gestionar unos recursos ofimáticos brutales sin llegar a utilizar el teclado, sólo moviendo un punterito por la pantalla.

Todo esto nos parece hoy trivial. Y, sin embargo, hace menos de 20 años ni uno solo de los guionistas más imaginativos de Hollywood era capaz de imaginar que nuestros ordenadores serían así, no ahora, sino dentro de otros 20 años.

¿Por qué ocurre esto? Porque ni siquiera la imaginación del más imaginativo escritor es capaz de superar la fuerza del empresario innovador con ganas de hacer dinero proporcionando el mejor servicio posible a la gente. Simplemente por eso. A las pruebas me remito.

La importancia de llamarse Alberto

Solapada entre los más recientes casos de corrupción, pasó un tanto inadvertida la noticia de que los famosos primos Alberto Alcocer y Alberto Cortina, junto a otros colaboradores, serán juzgados el próximo mes de septiembre por unas acusaciones de denuncia falsa, falsedad documental y estafa procesal.

El asunto se presenta como una de las ramificaciones del caso contra los Albertos por la estafa a los accionistas minoritarios de Urbanor en los años 87 y 88 del pasado siglo (¡!). Merece la pena examinar algunos pormenores de esta larga historia para comprobar que la novela negra judicial tiene una fuente de inspiración real en España, bien es cierto que con elementos más burdos y tenebrosos que los plasmados por los más retorcidos cultivadores del género. Ríase usted de la pacatería de los personajes de Grisham.

En resumen, tal como se declaró probado por un tribunal madrileño, todo comenzó cuando los inefables primos urdieron un timo que consistió en hacer creer a otros socios que la transmisión de las acciones de esa sociedad a KIO (Kuwait Investment Office) se había hecho sobre la base de valorar unos terrenos en Madrid, donde hoy se yerguen las torres inclinadas, que constituían su principal activo, a un precio de 150.000 pesetas por metro cuadrado, siendo que el precio real pactado ascendió a 231.000 pesetas. Como resultado del engaño los consejeros delegados de Urbanor escamotearon la cantidad global de 4.084 millones de pesetas (equivalentes a 25 millones de euros nominales) en lugar de hacer partícipes a los socios minoritarios de las plusvalías del negocio mercantil en proporción a sus acciones.

La sentencia de la Audiencia Provincial de Madrid de 29 de diciembre de 2002 absolvió a los acusados, bajo el "argumento" de que los delitos que se declaraban probados debían entenderse prescritos, ya que los perjudicados formularon una querella defectuosa el día anterior a que venciera el plazo legal para entender extinguida la acción penal, y los defectos no se subsanaron hasta dos meses después, mediante la ratificación por parte de los querellantes en el juzgado de instrucción.

Mediante sentencia de 14 de marzo de 2003, el Tribunal Supremo estimó los recursos de casación que interpusieron algunas acusaciones particulares y el fiscal, dando por buena la querella como denuncia, válida para interrumpir los plazos de prescripción, y, en consecuencia condenó a los acusados por los delitos que venían acusados a unas penas que comportaban su ineludible ingreso en prisión.

No obstante, los "Albertos" recurrieron en amparo ante el Tribunal Constitucional y consiguieron que la audiencia madrileña suspendiera la ejecución de la condena mientras ese órgano no resolviera el asunto. Al mismo tiempo, emprendieron una segunda iniciativa para conseguir una eventual revisión de su condena por otra vía. De esta manera, una señora llamada Gloria Álvarez Aguarón presentó, veinte días después de conocerse la sentencia del Supremo, una denuncia ante la Fiscalía General del Estado en la que relataba haber recibido de forma anónima una carta que podría acreditar que los señores Cortina y Alcocer habrían sido víctimas de una presunta estafa procesal en relación con el caso Urbanor. Esa denuncia fue archivada por la Audiencia Provincial de Madrid "al constatarse la mendacidad de la carta en cuestión".

De esa carta mendaz proceden precisamente las acusaciones que afrontan en el juicio de septiembre Cortina y Alcocer, esta vez acompañados por abogados de cierto renombre, como Ramón Hermosilla e Ignacio Peláez, los "consultores" José María y Francisco Javier Arnaiz del Barco, supuestos autores materiales de la falsa carta exculpatoria, así como la denunciante Gloria Álvarez Aguarón. La osadía de estas maniobras atribuidas a estos personajes resultaría difícil de creer, si no fuera porque debieron de ponderar seriamente que resulta muy fácil hacerlo y salir impune del intento. Cualquiera que sea el resultado de este segundo juicio penal, no influirá sobre el asunto principal.

No en vano, cinco años después de su interposición, el Tribunal Constitucional otorgó el amparo a tan famosos zascandiles mediante su STC 29/2008, de 20 de febrero, porque entendió que el Tribunal Supremo vulneró su derecho a la tutela judicial efectiva en relación con su derecho a la libertad personal (sic) y anuló la sentencia del Supremo, con la consecuencia de absolverlos de la acusación, apreciando la prescripción de los delitos.

A partir de ese sorprendente fallo, comenzó a calar la idea de que la apreciación de la prescripción de delitos implicaría que las indemnizaciones derivadas de los mismos corren la misma suerte. De acuerdo a esa impresión, los tribunales españoles no solo dejarían impunes conductas muy graves, si los autores tienen acceso a las capillas de poder adecuadas, sino que, además, permitirían a los delincuentes salvados de la cárcel in extremis retener y beneficiarse del botín de sus actividades delictivas.

A ello contribuyeron incidencias posteriores. El tribunal que juzgó en primera instancia obligó a los perjudicados estafados a devolver parte de las indemnizaciones ya entregadas y permitió a Cortina y Alcocer la cancelación del aval bancario que se les exigió para garantizar el pago de las responsabilidades económicas que se derivaban de las condenas por los delitos de estafa. Todo parecería corroborar que la responsabilidad por el daño, inherente a la noción de justicia, no tiene ningún enganche en el derecho positivo español, tal como lo interpretan los tribunales.

Llegados a este punto, sin embargo, tal diagnóstico parte de una inexacta comprensión de los efectos de la estimación de la prescripción en el procedimiento penal. Se trata de una causa de extinción de la responsabilidad criminal ajena a la valoración de los propios hechos. Aunque se pueda discutir esa interpretación tan beneficiosa para eludir la condena penal, dada por la tardanza en activar la persecución del delito o su paralización durante cierto tiempo, los perjudicados mantienen incólumes sus pretensiones resarcitorias contra los acusados para obtener una indemnización por los daños que sus conductas les han producido.

La justificación de lo anterior se basa en normas de justicia derivadas de añejos principios jurídicos, como son la responsabilidad por el incumplimiento de los contratos, la obligación del que causa un daño a otro de repararle de sus consecuencias y, en última instancia, la obligación de quien se ha enriquecido sin causa de indemnizar al perjudicado.

El singular sistema español permite dilucidar ambas responsabilidades en el proceso penal, pero estimula el ejercicio conjunto, debido a que no puede ejercitarse la acción civil por separado, mientras que la penal no quede resuelta por sentencia firme. Si ésta comporta la extinción de la responsabilidad penal, la acción civil subsiste, siempre que el orden penal no declare inexistentes los hechos que sustentan la acción civil.

Ahora bien, con independencia de cuál sea el desenlace de todo este embrollo en los tribunales, queda pendiente la cuestión de si alguna vez desaparecerán dobles raseros tan descarados en una administración de justicia tan incompetente.