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Etiqueta: Libertades propiedad y estado de derecho

No hablen de “poder” judicial

El poder judicial no existe como tal. A esta altura en la experiencia histórica y desde que se conformó, puede decirse que el modelo liberal de separación de poderes dentro del Estado ha fracasado. En las facultades de Derecho se afirma la independencia del poder judicial con tanta solemnidad como con debilidad se aborda su argumentación.

La actividad de los órganos del Estado moderno y democrático es unívoca y tiende inexorablemente a fortalecerse. La fuente de autoridad se concentra exclusivamente en el poder ejecutivo –que incluye, por supuesto, todo el aparato administrativo por descentralizado que esté–, que es el que ostenta la verdadera capacidad legislativa y el control férreo de los parlamentos. En un Estado cuyos órganos legislativos y judiciales dependen materialmente del inmenso aparato administrativo controlado por el Gobierno y de sus disposiciones y regulaciones, la división de poderes no es constatable, si es que alguna vez pudo serlo.

En España, el presidente Zapatero y el dirigente opositor, Rajoy, han llegado a un acuerdo para desbloquear la renovación del Consejo General del Poder Judicial –CGPJ-y del Tribunal Constitucional. La renovación es exigible sobre la base del pacto de estado alcanzado con la Constitución y de las posteriores leyes orgánicas cuyos principales artesanos fueron los partidos que ambos dirigen hoy. Lo que subyacía tras la controversia entre socialistas y populares era en definir la capacidad de cada uno de sus partidos de influir en la judicatura sin romper el negocio conjunto, el oligopolio para el control del monopolio judicial.

Fuera de este juego de palabras, pero sin desdecirlo, lo cierto es que el sistema judicial es un apéndice del Estado, cuyo vértice está ocupado por los partidos y sus oligarquías. A los partidos, dependientes del erario público e interesados, por tanto, en aprovecharlo al máximo, les motiva enormemente alcanzar el poder y excluir de él al contrario. Tal hecho se resalta en la opinión pública y en las conversaciones de calle criticándolo como fuente de males y de desunión. Pero lo cierto es que lo que une a los partidos es más que lo que los divide.

Los dos partidos –o aunque fueran más, como ocurría en el escenario del "pentapartido" italiano de los años de la Guerra Fría– cuidan celosamente el sistema de nombramiento de los miembros del Poder Judicial y del Tribunal Constitucional y propenden más al acuerdo que a la divergencia y siempre en orden a mantener su partidista influencia. Los beneficios políticos y la inmunidad que aspiran a obtener de los jueces en diversos asuntos, que sólo a ellos les atañe, les lleva a eso. Se comportan de manera congruente con la estructura de incentivos que origina el actual Leviatán.

Tales incentivos, a grandes rasgos y por orden cronológico son:

  1. Incremento del poder de los gobiernos respondiendo a las demandas de los votantes de mayor intervención y a la oferta abusiva de regulaciones y soluciones políticas que los políticos practican. Estos incentivos de incremento del poder ejecutivo se traducen en una administración sobredimensionada y dotada de enormes recursos aunque no de eficiencia.
  2. Ocupación por parte del Gobierno del poder legislativo. La complejidad de las crecientes funciones del Gobierno ocluye los esfuerzos de los parlamentarios, si es que aún se esfuerzan, para mantener su independencia como legisladores. Las leyes, formalmente sancionadas en el parlamento, son elaboradas por los gobiernos de amplias funciones, únicos dotados de la capacidad para ello merced, precisamente, a su gigantismo. Como consecuencia lógica de ello, los parlamentarios son controlados estrictamente por los partidos.
  3. Ocupación, por consiguiente, del poder judicial por los partidos, con primacía del que gobierna. La teoría, falsa pero repetida en las clases de Derecho Político y Constitucional, acerca del CGPJ y del Tribunal Constitucional, consiste en que al ser nombrado por el Parlamento, es decir, por los representantes elegidos por los votantes, la legitimidad democrática está garantizada y parece que con eso, y como si de un fenómeno místico se tratase, también se asegura su independencia. Nada más evidentemente falso que esta afirmación, tras haber considerado el fenómeno de unificación de todos los poderes iniciales del llamado "Estado liberal" bajo el poder ejecutivo.
  4. Quienes pueden acceder al gobierno, es decir, los partidos, ante la posibilidad de ocupar un poder ejecutivo tan amplio y apetecible, se dan a sí mismos un sistema electoral que supone barreras de entrada suficientes como para reservarse el oligopolio. Instalados así, el riesgo de una derrota electoral no les priva de la expectativa futura de ocupar el poder y de la determinación de hacerlo tan invasivamente como lo hace el vencedor, al que acusa de ello si le toca permanecer en la oposición.

Es esa expectativa de triunfo futuro la que estimula a la oposición, hoy, el PP, en 2001 –año del último acuerdo para el nombramiento del CGPJ–, el PSOE, a consensuar con el gobierno unas reglas de dominio del poder judicial que prevén les beneficiará también. En un oligopolio protegido por la fuerza del Estado los actores propenden al acuerdo colusivo. Y este del reparto del poder entre pocos es algo que no arreglaría la mera apertura del sistema electoral para aumentar el número de partidos en lid. El incentivo para sojuzgar a los jueces sería, en ese caso, el mismo y sería prioritario eliminarlo en una hipotética reforma del sistema.

Tontos y cobardes

Dado que las hipotecas empaquetadas que vendía Fannie Mae contaban con la garantía del Estado (si el hipotecado no pagaba, lo hacía el Gobierno), la compañía podía venderlas ofreciendo una remuneración más baja que el resto de sus competidores. Dicho de otra manera: si Chiringuito SA quería que le prestasen dinero, tenía que pagar un tipo de interés más elevado que Fannie Mae por la mera razón de que, a diferencia de ésta, podía quebrar.

En principio, todas las partes salían ganando: los bancos comerciales recuperaban de inmediato el dinero recién prestado (de modo que podían conceder otra hipoteca), los inversores privados contaban con la garantía del Estado de que las hipotecas que compraban no resultarían impagas y los estadounidenses veían reducir los tipos de la deuda hipotecaria. Sólo había un pequeño perjudicado: el sufrido contribuyente, que era en última instancia quien subvencionaba la compra de las viviendas. Al fin y al cabo, Fannie Mae podía pagar tipos más bajos por su deuda porque el Gobierno le había concedido el privilegio de poder desplumar al contribuyente en caso de necesidad.

A finales de los 60 el Gobierno quiso dejar de consolidar las actividades de Fannie Mae en los Presupuestos y privatizarla. Dos años después, y ante la posición de dominio que había logrado la firma –a golpe de privilegios–, decidió introducir competencia en el mercado y creó Freddie Mac.

Por supuesto, ya la terminología empleada resulta venenosa. Fannie Mae nunca fue privatizada, dado que, implícitamente, el Gobierno seguía respaldando su deuda. Era un secreto a voces que si quebraba, el Tesoro se haría cargo de sus obligaciones, que es lo que de hecho ha sucedido. Por otro lado, Freddie Mac no suponía una genuina competencia, pues se trataba de una empresa diseñada por los políticos y, al igual que su hermana, por ellos privilegiada.

Así las cosas, en las últimas décadas Freddie Mac y Fannie Mae acapararon más de 5 billones de dólares en hipotecas (el mercado estadounidense apenas llega a los 12). Se trata de 5 billones (3,5 veces el PIB español) que nunca se habrían concertado de no ser por los tipos de interés subvencionados que ofrecían esas dos firmas.

A nadie debe extrañar que la reciente crisis financiera haya abocado a la quiebra de ambas. Al fin y al cabo, Fannie y Freddie siempre se han encontrado, gracias a sus privilegios políticos, en la vanguardia del negocio hipotecario. Estaban en el epicentro del terremoto. Su quiebra estaba cantada desde que la Reserva Federal comenzó a gestar la actual burbuja inmobiliaria con sus rebajas de los tipos de interés. Nadie le hizo caso, y ahora hay que lamentar las consecuencias. Ante la amenaza de quiebra, la mayoría de los economistas ha aplaudido sin disensión alguna la nacionalización, es decir, que finalmente el contribuyente estadounidense se haga cargo de las deudas de esas entidades teóricamente privadas.

Para defender semejante intervención se ha aducido, no sin razón, que su quiebra podría derribar el sistema financiero. Al fin y al cabo, los principales acreedores de Fannie y Freddie son los bancos comerciales y de inversión, que acaparan la mayor parte de los ahorros de los ciudadanos de EEUU.

La justificación de la intervención, sin embargo, dista de estar clara. Un primer problema que surge es que, con los antecedentes de Bear Stearns, Freddie y Fannie, se genera un enorme riesgo moral en el sistema financiero. En la práctica, los acreedores de los bancos (incluidos los depositantes) saben que tienen carta blanca porque el Gobierno (léase los contribuyentes) terminará respondiendo.

Al margen de estos malos incentivos a largo plazo, existe otro problema –a medio– no menos preocupante. La deuda de Freddie y Fannie supera los 5 billones de dólares, y el Gobierno apenas ha inyectado 200.000 millones (es decir, el 4% de la misma), lo que significa que apenas repunten los impagos deberá proceder a nuevas inyecciones de capital. Es más, después de Freddie y Fannie vendrán otras muchas instituciones financieras que ya se encuentran al borde del colapso: las agencias monoline (Ambac y MBIA) o los bancos Lehman Brothers, Merrill Lynch y Morgan Stanley.

¿Hasta dónde está dispuesto a llegar el Gobierno de EEUU con tal de que no quiebre banco alguno? ¿Tendrá capacidad de garantizar que los deudores de todas esas entidades van a cobrar? Mucho me temo que la respuesta es negativa: estamos ante una crisis de solvencia, y se han de producir fuertes ajustes en las valoraciones de los activos reales y financieros de los ciudadanos y las empresas. El Gobierno está intentando evitarlo a toda costa, pero su función no es refinanciar la deuda de las entidades privadas.

Esto último también incumbe a la Reserva Federal. Con los últimos acontecimientos se ha demostrado una vez más que su política monetaria inflacionista es un rotundo fracaso. Pese a envilecer con saña el dólar y empobrecer a los estadounidenses, no ha logrado evitar la quiebra de Bear Stearns, Freddie y Fannie. Quienes proponen recortar los tipos de manera salvaje y alocada se olvidan de que los orígenes de esta crisis no están en una falta de liquidez, sino en un aumento de la insolvencia que provoca una restricción de liquidez.

Eso sí, por favor, que nadie insista en que esta merienda de negros es un mercado libre. La crisis la provocó la Fed manipulando el crédito; la elevada exposición de Freddie Mac y Fannie Mae se debió a sus privilegios políticos; y la nacionalización de estas dos compañías ha sido orquestada por el Gobierno y van a pagarla todos los estadounidenses.

En un mercado libre no debería haber un banco central inflacionista (sino una moneda estable y de calidad respaldada por oro), prebendas intervencionistas ni rescates de empresas fracasadas. El sistema financiero actual es un atentado sistemático a los derechos de propiedad, perpetrado por los políticos y los gestores de ciertas empresas y bendecido por unos economistas –la mayoría– que perdieron hace mucho tiempo el norte (si es que alguna vez lo encontraron).

Bibiana, la ministra zen

Al par de bombillas del ministro Sebastián, se suma ahora la iniciativa de la ministra Bibiana Aído para reactivar la industria del aborto, sector estratégico para cualquier Gobierno de progreso por sus contundentes efectos en la transformación de la sociedad sin posibilidad de retorno.

"No hay derecho – dice la Miembra – a que las mujeres tengan problemas para ejercer su derecho a abortar". Hombre, si a eso vamos, tampoco hay derecho a que su papá se suba el sueldo más del doble de una tacada a costa del bolsillo de todos los ciudadanos. Y nadie hasta el momento ha propuesto la redacción de una ley que impida a los papis de las ministras de cuota meter la mano en el bolsillo de los contribuyentes con tanto impudor. Pero como todos ellos son progresistas y trabajan por cambiar el mundo, habrá que fastidiarse y rascarse el bolsillo.

La ministra de Igualdad disfruta de un coqueto jardín estilo zen en el patio del ministerio (hay que ser hortera), que debe ser el lugar en el que se le ocurren estas ideas tan brillantes. Allí, sentada en la posición de loto, la ministra medita al estilo budista, que consiste sencillamente en no pensar, actividad que cualquier ministro de Z –no digamos Él–, realiza sin la menor dificultad de forma absolutamente natural. Y al salir del trance las ideas, claro, surgen a borbotones.

En una de esos nirvanas de todo a zen, a Bibiana se le ha ocurrido que para qué vamos a reformar una ley que todavía pone algún impedimento al "derecho" al aborto. Lo que procede es legalizar completamente el asesinato de los bebés no nacidos, por supuesto con cargo al bolsillo de los ciudadanos, que para eso el dinero público no es de nadie. Con la nueva ley, escándalos como el de las clínicas del doctor Morín no volverán a producirse, pues, a tenor del talante de los expertos que van a pergeñar el engendro legislativo, las trabas para matar a un bebé a una semana del parto desaparecerán por completo.

La industria del aborto y sectores asociados verán así paliados los graves efectos de la recesión. Y es que Bibiana es tal vez la miembra que mejor ha intelectualizado la necesidad de que el Gobierno actúe para mejorar la economía de los ciudadanos. Que se lo pregunten a su padre.

Chávez y Castro contra internet

El amigo de Fidel Castro va a establecer un sistema de control similar al chino y que recuerda en muchos aspectos al cubano, si bien no llega (al menos por el momento) a los extremos existentes en la mayor de las Antillas.

La Asamblea Nacional, en manos de los partidarios de Chávez, prepara una Ley de Telecomunicaciones que establece la creación de un punto de acceso propiedad del Estado a través del cual estarán obligados a conectarse los diferentes proveedores de internet. Esto permitiría al Gobierno impedir que los internautas venezolanos accedieran a aquellos sitios web que el Ejecutivo decidiera que deben ser bloqueados. Pero aún hay más. Al pasar todas las comunicaciones online a través de esa interconexión, los lacayos del caudillo bolivariano podrían vigilar hasta los contenidos de los correos electrónicos o las conversaciones a través de chats.

En un lugar donde las televisiones están cada vez más sometidas al control del poder político o bajo la amenaza de intervención de este (en este mismo proyecto de ley se incrementa de 23 a 57 los motivos por los que se puede sancionar a una emisora), internet cobra un especial valor a la hora de difundir información y opinión crítica con el Gobierno. Por ese motivo resulta tan importante para Chávez someterla a un control lo más férreo posible. De hecho, cuando se ponga en marcha el punto de acceso previsto en la norma, el presidente venezolano tendría capacidad para desconectar al país de internet casi de forma completa.

Pero este sistema de control no sólo le será útil a Chávez, sino también a los hermanos Fidel y Raúl Castro. En junio de este año se daba a conocer que se tenderá un cable de fibra óptica de gran capacidad entre Cuba y Venezuela para "dar servicios de internet" a la Isla. La excusa no podía ser otra que el embargo de Estados Unidos, que según el gobierno de La Habana impide que los cubanos accedan a la red. Lo que este argumento oculta es que poco antes de que los caudillos caribeños anunciaran esto, el Gobierno de Washington había ofrecido al cubano conexión a la red para la Isla.

Pero la opción venezolana es más cómoda para la dictadura de los hermanos Castro. Mientras que Estados Unidos reclamaba que el régimen cubano comience a levantar restricciones, Hugo Chávez no deja de mostrar su admiración por la dictadura comunista. Además, al pasar por Venezuela, el filtrado de este último país se pondría al servicio del castrismo y permitiría una operación de maquillaje consistente en eliminar la necesidad de permiso gubernamental para conectarse a la red. De que los cubanos no vieran nada "inconveniente" procedente del exterior ya se encargarían los filtros establecidos tanto en su propio país como en su vecino bolivariano.

La “Constitución material” de Zapatero

Los que amamos, aunque sea para dolernos de ella, nuestra reciente historia, sólo le podemos estar agradecidos. Dentro del último esfuerzo editorial, El Mundo ha preguntado primero al conjunto de los españoles y luego a sus más destacados protagonistas por nuestra ejecutoria en las últimas tres décadas. La última entrevista ha sido con el último en ocupar la tercera magistratura del Estado, la presidencia del Gobierno. José Luis Rodríguez Zapatero ha compartido sus posiciones sobre su propio gobierno y los anteriores, sobre el papel del PSOE y del PP (a quien sigue considerando ilegítimo por ser de derechas), sobre el Rey y la Constitución.

Entre todas las respuestas que ha dado ha habido una que a mí me ha llamado especialmente la atención y que, sin embargo, parece haber pasado desapercibida. Quizá sea tan obvia que los lectores han pasado a la siguiente pregunta sin mayor inquietud. Acaso mi perspicacia sobre la importancia de los asuntos me haya vuelto a abandonar como en otras ocasiones. Y, sin embargo, no puedo evitar incrustar esa precisa respuesta dentro de los cuatro años de historia de nuestro país, y temer por los que, en la medida en que la sociedad se lo permita, guíe el Gobierno en La Moncloa.

Esther Esteban, que ha hecho de la entrevista el más puro ejercicio de mayéutica, preguntaba a Rodríguez Zapatero por nuestra Constitución, y el presidente le respondía distinguiendo entre la "Constitución escrita" y una "Constitución material" que sería la precipitación histórica de "las características de nuestro país". Vuelve la idea de la "Constitución histórica", pero no desde los nostálgicos del Antiguo Régimen sino desde el despacho de una persona que, con total honestidad, cree que tiene la misión de cambiar esa "constitución material", esa realidad histórica, sociológica y moral de España, desde el Gobierno. Una vez ha planteado esa dicotomía, achaca a la primera Constitución las materias "jurídicas" y a la segunda, las "políticas". La distinción es artificiosa, pero le permite colocar la política y la Constitución, con todo el Ordenamiento Jurídico que de ella deriva en planos distintos. Y puesto que lo que necesitamos, según él mismo cree, es el cambio, la política tiene, al final, una preeminencia en su pensamiento sobre la Ley. La Ley es sólo una plasmación positiva de un momento histórico, mientras que el Gobierno es quien debe dirigir la corriente histórica para adecuar a esa nueva realidad, a posteriori, el Derecho y la Constitución.

Bien entendido, el de Zapatero es un proyecto de poder. Él cree que los políticos progresistas tienen el derecho y el deber de marcar con los exhorbitantes poderes que tiene el Estado el camino que debe seguir la sociedad. Y las instituciones son un marco provisional sin valor en sí mismas. Son puramente contingentes y han de adecuarse a la revolución permanente, a la corriente histórica que moralmente solo pertenece a la izquierda. Zapatero pastorea la sociedad, a la cual sólo le queda balar alegremente y pastar la hierba que nos encontremos a cada paso. Acaso no sea mala idea recordar que hay una alternativa. Quizá no venga mal traer a la memoria que hay verdades eternas, como decía Jefferson, tales como que cada uno de nosotros tiene ciertos derechos que son inalienables a las personas, y que las Constituciones, en su origen, no eran más que torpes intentos de reconocer nuestros derechos y nuestras libertades. Y que ninguna pretensión de encarnar el futuro y el progreso es suficiente para tratar esos derechos y esas libertades como reaccionarios valores del pasado y para saltar sobre ellos con la pesada maquinaria del Estado. Puede que tengamos que recordar, una vez más, que tenemos el derecho a elegir nuestra vida y que ello incluye, contra los expresos deseos del Gobierno, e derecho a elegir la educación de nuestros hijos. Es posible que sea conveniente recordar todo eso, no sea que Zapatero nos arrolle con su "Constitución material" y su política del poder, desnudo, irredento e irrefrenable.

Víctimas y transacción de penas

Pocos son los juristas que cuestionan el carácter público del denominado Derecho Penal. Pero que la autoridad o estructura de dominación –esté fijada en la figura del Rey y su corte o en la configuración estatal moderna y contemporánea– sea quien dicte actualmente las normas sancionadoras de determinadas conductas y agresiones a terceros no implica que no pueda ser de otra forma.

La víctima, siguiendo un razonamiento ético liberal, es dueña de la acción de perseguir a quien crea criminal por haber infringido una agresión ilegítima sobre su persona o sus bienes. No hace falta retrotraerse a la Ley del Talión para apreciar el intento jurídico de precisar un techo a la fijación de la pena merecida ante hechos delictivos probados. La víctima acude al magistrado competente en la materia para hallar una resolución favorable que, de cara a la comunidad, le conceda justificación en la ejecución de la pena decidida. El techo o límite, como señala Rothbard en La Ética de la Libertad, debe ajustarse al daño padecido, si bien es cierto que son muchas las circunstancias en las que parece imposible fijar penas "proporcionales" abstrayéndose del caso concreto. Es más, obviando este intento de objetivización, la fijación de penas particulares, aun siguiendo directrices básicas, generaría una situación clara de desproporcionalidad y posible injusticia.

Es controvertida la legitimación procesal en la medida que muchas veces la víctima en sí no sobrevive a la agresión o se ve incapaz de iniciar la acción en su propio nombre decidiendo una vez probada la autoría sobre la pena y la posible transacción con el reo. Que los familiares o afectados puedan emprender la acción se hace indispensable si lo que pretendemos es que ningún delito quede impune, más si cabe cuando estamos hablando de homicidios o lesiones graves. Si no quedase nadie afectado por la pérdida de la vida o la incapacitación de la víctima debe articularse algún mecanismo de persecución del acto punible.

El Rey, antes de conformar la estructura soberana de dominación que hoy llamamos Estado Moderno, se hizo con la potestad de intervenir en todos los casos que rompieran la Paz Real (hoy, orden público). De este modo se trazaba una relación de hechos tenidos como delictivos que sin ser el propio Rey o su corte los afectados, proporcionaban al mismo el dominio de la acción penal y la persecución del crimen. Esos hechos punibles que caen dentro de la órbita de la "Paz Real" quedan de alguna forma expropiados del orden social privado y pasan a ser objeto de intervención por afectar al orden público, siguiendo una definición capciosa.

Las víctimas ven como agresiones contra su persona, sus bienes o su libertad se convierten en delitos públicos sobre los que no puede disponer en absoluto, salvo la pertinente denuncia a la autoridad para que ésta las persiga. Su papel en los sistemas procesales contemporáneos es prácticamente testimonial, de contrapeso a la calificación que el Ministerio Público pueda realizar, pero en definitiva una labor generalmente frustrante. Las penas para estos delitos son fijadas arbitrariamente por el Estado mediante un Código Penal donde se articula un sistema de imputación y sanción donde pueda moverse el juez con cierta discrecionalidad preestablecida.

Las penas no obedecen a la búsqueda de la proporcionalidad ni a la compensación por el daño infringido. El delincuente halla una estructura que le es favorable no ya en las garantías procedimentales y de imputación que obviamente deben presidir toda intervención de una magistratura pública en pos de resolver sobre la autoría de un crimen, sino en cuanto a las penas y su ejecución. La víctima no puede disponer sobre las mismas, tal capacidad es negada por la Autoridad. Sin embargo, ésta, siguiendo objetivos propios y un cálculo de oportunidad que deja fuera cualquier consideración respecto al damnificado, si puede graduar la presión y la petición, incluso, en la práctica, pactar con los delincuentes con cierto margen de maniobra. A todo esto la víctima es obviada y olvidada desde el mismo momento en que denuncia la agresión.

Los actuales códigos penales, así como los sistemas procesales por los que se dirime la condena y el establecimiento de la sanción de los delincuentes, son consecuencia del intervencionismo del Estado sobre la esfera de libertad individual. Su afán por establecer una paz social a cualquier precio ha expulsado a los perjudicados y agredidos de la persecución del delincuente. Quien padece dichos ataques merece, en la medida de lo posible, dirigir la acción contra el responsable. Articular sistemas que favorezcan la seguridad jurídica, garanticen la libertad, la imparcialidad, cierta proporcionalidad y límite, así como una sensación de que la ley se cumple y nadie queda impune cuando comete un delito, no debe estar reñido con el reconocimiento indispensable de los derechos individuales lesionados, que deben, en todo caso, ser el centro de atención y la base del diseño de todo ordenamiento jurídico.

En Cuba el rock es subversivo

En la URSS se detenía para su deportación al gulag a cualquier elemento sospechoso de traicionar las sagradas esencias estalinistas, delito que podía consistir en esconder un poco de trigo para evitar la muerte por inanición de sus hijos. Al que discrepaba del criterio del PCUS, aunque fuera en privado, se le fusilaba directamente. Eran los tiempos en que el telón de acero mantenía un adecuado nivel de higiene informativa que permitía a los comunistas actuar con entera libertad.

En Cuba no se sigue rigurosamente el manual clásico. No porque los gobernantes lo consideren inmoral, claro, sino porque la situación geográfica de la isla y el desarrollo de la globalización impide que este tipo de actuaciones se mantengan en secreto por mucho tiempo. De ahí que el castrismo elabore constantemente nuevos argumentos, cada vez más delirantes, para seguir machacando a los disidentes, de forma que a los canallas útiles del otro lado del charco no se les caiga necesariamente la cara de vergüenza al mirarse al espejo cada día.

Es sorprendente, quiero decir, absolutamente lógico, que tras la detención del líder de un grupo de rock cubano bajo la acusación de "peligrosidad predelictiva" (para el socialismo todo individuo ajeno al partido es un delincuente potencial), sus colegas musicales del mundo libre miren para otro lado con la conciencia exquisitamente limpia. Salvo las excepciones habituales, la tortura de un músico por las hordas castristas no es algo que les suscite un mínimo sentimiento de solidaridad. "Algo habrá hecho", pensarán nuestras "gentes de la cultura", habitual escuadrón de abajofirmantes antiimperialistas, tan comprometido y hasta violento cuando toca protestar contra Bush o Aznar.

Si el régimen castrista desaparece un día por las cloacas de la historia (su destino natural) y los cubanos recuperan la libertad, no faltarán músicos europeos dispuestos a acudir a la isla para reclamar sus méritos y celebrar la caída del régimen con un macroconcierto. Por supuesto que estarán Pablo Milanés y nuestros zejateros. Gorki Aguila, el rockero encarcelado por los castristas, y sus amigos, apaleados en público por exigir su liberación, probablemente les escupan desde la grada. Si es que viven para entonces.

Los juguos olímpicos

Llena de orgullo, la Efe china informó de que el 15 de agosto se subastó la antorcha olímpica y que su precio, 42.000 dólares, superó ampliamente el de la que se prendió en 1936, por la que se han dado 25.000.

Pero más acertada hubiera sido la comparación con los Juegos de Moscú de 1980, ya que de la Unión Soviética han importado un sistema de promoción de las figuras del deporte al que han puesto por nombre juguo, que literalmente se traduciría como "la nación entera". Consiste en localizar en todo el territorio a aquellos jóvenes que tienen un talento especial y ponerse a explotarlos hasta sus límites. ¿Que se lesiona? ¡Será por chinos! Se le reemplaza por cualquier otro y santas pascuas. El juguo es una fábrica de sueños rotos, un almacén de infancias por estrenar.

La competición deportiva es un lugar para el desarrollo de las capacidades individuales, una forma no violenta de medirse con los demás y superarse a sí mismo. Fomenta los valores propios de una sociedad extensa y libre: el afán por mejorar, el trabajo duro y constante, el compañerismo, la igual sujeción de todos a unas normas comunes… China no se limita, como otros países, a facilitar los medios a colegios y universidades para que el que quiera seguir el duro camino del atletismo pueda hacerlo, sino que convierte a cualquier buen deportista en potencia en una pieza de su maquinaria propagandística. 

Sé que a estas alturas resulta ñoño referirse al "espíritu olímpico", pero si alguna vez existió, no hay ya medium que pueda contactar con él después de las puñaladas que China, como antes Rusia, le ha clavado. China, en deporte, ha llegado más lejos, más alto y más fuerte. Pero no más libre.

La irracional guerra contra las drogas

La persecución de los crímenes sin víctima es, junto con la guerra, la mayor amenaza a la libertad individual. Los delitos de opinión, la prostitución, la inmigración o la tenencia de armas entre muchos otros copan gran parte de las condenas penales. Pero si hay un delito consensuado o sin víctima que descuella sobre los demás por su importancia, este es el del consumo, tráfico y producción de drogas. Cerca de dos tercios de los reclusos en España ocupan una celda por algún delito “contra la salud pública”.

Todo el mundo, o casi todo, acepta que debe ser así. Las drogas son perniciosas e infligen un daño moral a la persona que puede ser irrecuperable. Un anuncio que ocupa estos días la pantalla sugiere que el daño comienza pero no acaba en la persona consumidora, sino que se extiende a todas aquellas con las que tiene alguna relación. Si el mal del consumo de drogas es tan claro, ¿cómo oponerse a su prohibición? La razón es que, por un misterio que quizás no se haya explicado plenamente, hay comportamientos que son (aunque no en todos los casos) perniciosos, pero su prohibición resulta más perniciosa que permitir su libre ejercicio.

La guerra contra las drogas ignora esta realidad, pero si se acerca uno a su justificación comprobará que no resiste una mínima apelación a la racionalidad. Para empezar, no hay una relación directa, unívoca y general entre el consumo de una sustancia y la producción de determinados efectos. Antonio Escohotado, en su Historia de las drogas, explica que “tras varias décadas de esfuerzos por lograr una definición ‘técnica’ del estupefaciente, la autoridad sanitaria internacional declaró el problema irresoluble por extrafarmacológico”, por lo que su consejo es “clasificar las drogas en lícitas o ilícitas”. Esto supone ceder al Estado la decisión arbitraria (ya que no tiene soporte científico) de penalizar unas sustancias y no hacerlo con otras.

Hay defensores de la legalidad del consumo y tráfico de drogas caen en el error, acaso por contrarrestar la propaganda en su contra, de negar prácticamente todo riesgo asociado al consumo, cuando la cuestión que está en juego no es esa. El problema es que no se puede prohibir un comportamiento por el hecho de que tenga un riesgo, especialmente cuando no se puede valorar de antemano qué riesgo está asociado a ese consumo. Ese conocimiento es relevante para el comportamiento individual, para sumarlo a su criterio de acción, pero no puede incorporarse eficazmente a una legislación, ya que por su propia naturaleza no sería capaz de recoger juicios de relevancia válidos para cualquier circunstancia futura. Prohibir el consumo de drogas no tiene lógica.

La persecución del consumo de drogas, ya sea directamente, ya contra su producción y distribución, requiere grandes recursos en manos del Estado que, de otro modo, se dirigirían contra la comisión de verdaderos delitos. Y la importancia que se otorga a este comportamiento penalizado sirve para justificar todo tipo de atropellos a los derechos de las personas. Un informe de Naciones Unidas de 1988 reconocía que la lucha contra las drogas se está “alejando de los principios generales del Derecho”.

El problema no está definido científicamente, pertenece al ámbito de decisión de la persona sobre su propia vida y la lucha contra las drogas provoca verdaderos actos delictivos tanto por parte del Estado como por parte de los proveedores. No hay una lógica en la guerra contra las drogas, pero hay una implicación emocional muy fuerte, como en el caso de las armas. No obstante, estamos hablando de un asunto lo suficientemente grave como para dejar a un lado las emociones, especialmente si están basadas en un juicio erróneo, y abordarlo con racionalidad y sin prejuicios.

La inutilidad de prohibir la negación del Holocausto

En el Museo de los Horrores causados por los totalitarismos en el siglo XX ocupa un lugar destacado el Holocausto. La Shoah (como es conocido por su nombre en hebreo) tiene unas características concretas que, juntas, tan sólo se dan en este genocidio, haciendo de él algo único en la Historia del que, no obstante, se pueden sacar conclusiones de validez universal. Prohibir que se niegue que ocurrió es una reacción lógica ante el descubrimiento del horror de los campos de la muerte y demás mecanismos de asesinato masivo puestos en marcha por los nazis y sus aliados (como los extranjeros miembros de las Waffen SS o las organizaciones filo-nazis y gobiernos títeres de diversos países centroeuropeos).

Es cierto que lo terrible no es sólo la negación en sí misma. Al afirmar que no ocurrió se está fomentando el antisemitismo. Implica una acusación implícita (y en muchas ocasiones explícita) de que es una "mentira judía" y que, por tanto, los miembros del pueblo judío son mentirosos y deben ser combatidos. Este tipo de argumentaciones no sólo son propias de los neonazis, también son defendidas por los integristas islámicos y ciertos sectores de la extrema izquierda. Ejemplos de ello son los nefastos Norberto Cersole (autor argentino de obras negacionistas y cuya trayectoria vital incluye la militancia en el grupo terrorista Montoneros o el final de sus días como asesor de Hugo Chávez) y Roger Garaudy (que fuera miembro del Comité Central del Partido Comunista Francés y terminara convirtiéndose a un radical islamismo filonazi).

Sin embargo, todo ello no quita que prohibir el negacionismo –cuyos defensores denominan cínicamente "revisionismo"– es posiblemente un error. Los libros negacionistas no se fundamentan en investigación alguna, por mucho que pretendan que así es, y contienen argumentos inventados fácilmente rebatibles, pero con una apariencia de veracidad. Al proscribirlos y condenar legalmente tanto a sus autores como a quienes los distribuyen, se facilita que nazis y ultraderechistas cercanos a ellos, izquierdistas autodenominados "antisionistas" (forma políticamente correcta de declararse judeófobo) e islamistas digan que está "prohibido investigar el Holocausto" y que esto se debe a que es mentira.

Por muchos mecanismos que se traten de poner para impedir la difusión de las mentiras negacionistas, sus defensores y propagandistas siempre encontrarán maneras de divulgarlas. Si hace años se hacía mediante la publicación de estos materiales en países donde no estaban prohibidos para introducirlos después en los lugares donde sí lo estaban, ahora con internet es mucho más simple. Al tratar de poner coto a esto, tan sólo se consigue que los negacionistas tomen una pose victimista y reclamen cínicamente (pues no creen en ella) libertad de expresión. Y esto puede llegar a convencer a algún despistado y, sobre todo, refuerza a los convencidos. De hecho, estos adoptan una posición de "perseguidos" que les hace inmunes a los argumentos reales.

La negación del Holocausto resulta moralmente aberrante y debe de ser combatida. Pero la prohibición es una vía equivocada y contraproducente. La forma correcta es hacerle frente mediante la divulgación de la verdad del horror de la Shoah.