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Etiqueta: Pensamiento liberal

Liberalismo represor

Entre muchos liberales hay la creencia que la regulación estatal ha de existir. Para ellos, la libertad total lleva al actor económico y social a un estado de irresponsabilidad que ha de ser atajado por una entidad superior, por ejemplo, el Estado. Esta concepción del liberalismo no deja de estar inspirada en una visión elitista, falsa y despótica. Todo lo contrario lo que implica la idea de liberal.

Los planificadores sociales liberales conciben el conjunto de la sociedad como si fuera una empresa. Creen que España es la empresa, y el Gobierno el gestor. Por alguna razón opinan que ciertos recursos y servicios son una propiedad natural del Estado que ha de ser dirigida por técnicos que tengan vía libre en interferir en la vida de las personas en defensa del conjunto. Un empresario hace algo similar, pero con una gran diferencia. El empresario detecta una carencia en el mercado que cubre mediante la producción del hasta ahora producto inexistente para recibir así el beneficio económico. Es una conjunción de intereses reales y medibles, la del planificador no. Éste sólo monopoliza o nacionaliza un sector de la producción mediante el uso de la fuerza, la ley, para gestionarlo como él mejor cree sin el infalible test del mercado, esto es, la complacencia activa del cliente y su interés hacia ese producto o servicio y no otros. Además, el planificador social tomando este recurso en exclusiva genera un efecto crowding out (efecto expulsión) dejando la competencia mermada y en desigualdad de oportunidades. A diferencia del empresario también, si el Estado falla en su oferta, no cierra, sino que la refuerza. Ejemplos como los de la educación, sanidad o justicia los vivimos diariamente, cuando más fallan, más dinero les destina el Estado. La única solución será entregarlos todos a la sociedad, al mercado.

También cree el planificador social que su teoría es ajena al mundo en el que vive. No contempla las diversas fuerzas contrarias de la sociedad a la que todo medio político sucumbe siempre, como los sindicatos, grupos de presión, grandes empresas o medios de comunicación. ¿Qué nos hace pensar que la brillante teoría del liberal planificador se aplique en la realidad? Nada, sólo es una ilusión de su mente.

Una de las herramientas de la gestión de la "empresa-país" es mediante el control de la información. La idea empieza a tomar fuerza a partir de William Stanley Jevons (1835-1882), que ya en su libro La Teoría De La Economía Política demanda que el estado empiece a recopilar datos para manejar la sociedad. Jevons también destaca por otras teorías brillantes, como la de intentar relacionar los ciclos lunares con los económicos. Jevons no entendió que la información es incomprensible e imposible de acaparar por el ser humano debido a la propia estructura multidimensional y volátil de la misma, los agregados sólo nos sirven para hacer balances de conjuntos para disminuir al máximo los costes, pero "vivir" en sociedad no es un coste ni una utilidad, no hay relación económica. En este sentido, no hay una correlación lógica entre el coste económico del empresario o empresa y el coste social, externalidades, del planificador.

Lo que hizo Jevons y otros, no es más que intentar buscar relaciones comunes de comportamientos contingentes para aplicarlos sobre la sociedad (por ejemplo, relacionar los ciclos lunares con los ciclos económicos), pero en el momento que una ley económica y social se basa en la contingencia se vuelve discrecional, subjetiva y, por tanto, inválida como respuesta a las necesidades reales del hombre libre.

También nos hemos de preguntar, por qué estos planificadores liberales quieren castigar lo que ellos creen que es un comportamiento "violento" de todas las personas, adoptando la idea de Thomas Hobbes, para mitigarla con el uso de más violencia, pero ésta, institucional. Si los hombres son violentos o malos, no tiene sentido alguno colocar a uno de ellos como gestor del resto, es un absurdo, y más aún sin haber pasado el test de afirmación voluntario del mercado. Tal concepción de hombre-de-estado-bueno se convierte en esclavitud. Cuando en esta dinámica entramos, la agresión no es un mal en sí, sino un mal menor que puede derivar fácilmente en el mayor de los males. El desprecio a la vida, propiedad y libertad del hombre libre no harán más que crecer. El S. XX ha sido una muestra.

Entre empresarios o burócratas hay una idea muy difundida: "mi plan es el mejor". Muchas empresas cierran por ese prejuicio no analizado correctamente, pero en el caso del empresario, la responsabilidad última siempre es suya, se crea en este sentido una autoresponsabilidad total. Arriesga su dinero, o el que otros le han prestado voluntariamente bajo su responsabilidad. En el caso del planificador social que pretende regular la educación, la justicia, la medicina, los seguros, la defensa… el proceso es el inverso: arriesga el dinero de otros que ha tomado por la fuerza, por el uso de la violencia y la extorsión; y cuando el plan no funciona, jamás lo paga el planificador, sino el hombre libre que ha sufrido el robo estatal. La responsabilidad desaparece en un entorno de control político.

Sólo la libertad individual es un fin en si mismo y no los desquicios mentales de algún técnico engreído con ansias de dominio social. En realidad, quien pretende controlar la sociedad como si de una empresa u organización de afiliación forzosa se tratara no deja de ser un tirano, y de eso no trata precisamente el liberalismo. Si tales planificadores tan convencidos están de sus planes, que lo testen de verdad creando empresas. Esta es la mejor forma de servir a la sociedad, y de forma voluntaria además, sin imposiciones, monopolios de ley ni castigos.

Voluntad, libertad, propiedad y contratos

De niño yo quería tener el poder del deseo, y estaba preparado para cuando apareciese el genio de la lámpara: le pediría que se cumpliera siempre todo lo que yo quisiera, con lo cual sobrarían los otros dos deseos (genios expertos en metalógica y los problemas de la auto-referencia aclararían que no pueden conceder ciertos metadeseos para no quedarse sin empleo). Es una lástima, pero no existe el genio de la lámpara (ni los Reyes Magos, ni Santa Claus, ni Papá Noel): todo el mundo se entera antes o después.

La voluntad aspira a realizarse, pero los deseos suelen estar muy lejos de la realidad; para evitar la frustración puede recurrirse a la superstición, y así los creyentes de las diversas religiones rezan a sus divinidades para pedirles todo tipo de cosas (si son buenos negociadores prometen algo a cambio y agradecen lo ya concedido). Yo quería ser una estrella del baloncesto, salir con la chica más bonita y ser admirado por todos (nada original). Es una lástima, pero no existen las entidades sobrenaturales: solamente algunas personas consiguen romper el hechizo y se dan cuenta de ello. Si quieres conseguir algo, haz algo al respecto; simplemente desear intensamente no sirve de nada si esa motivación no impulsa a la acción. Querer mucho y hacer poco es garantía de frustración e infelicidad.

La relación entre hijos y padres es fuertemente asimétrica: el niño pide, exige, llora, y el progenitor se esfuerza para poder dar y satisfacer su voluntad (desde las necesidades hasta los caprichos). Es una lástima, pero es biológicamente imposible ser eternamente niños todos a la vez, alguien tiene que producir (dar puede ser emocionalmente gratificante, pero el altruismo puro es evolutivamente imposible).

Por otro lado el niño necesita ser educado, aprender mediante transmisión cultural, adquirir hábitos adecuados: los padres guían este proceso mediante prohibiciones y obligaciones que van contra la a menudo poco razonable voluntad del niño. La persona adulta no necesita los mandatos de sus mayores y actúa según su propia voluntad. Los colectivistas tal vez asumen que lo que funciona con los niños debe ser adecuado para los adultos, de modo que pretenden organizar la sociedad a golpe de leyes intervencionistas que impongan su voluntad sobre la de los demás (o quizás quede en ellos un residuo de resentimiento que les lleva a vengarse de su represión infantil coaccionando al vecino). Algunos intentan vivir siempre como niños, o simplemente fracasan en el proceso de maduración, no asumen su autonomía y su responsabilidad y se transforman en pedigüeños profesionales, intentan dar lástima y vivir de la caridad ajena (hay vagos muy hábiles en la manipulación de los sentimientos que consiguen recibir algo sin dar nada a cambio).

La biología, la psicología evolucionista y la praxeología indican que la voluntad (las preferencias, los deseos) es impulsora y guía de la acción adecuada que permite la supervivencia. Una persona madura e inteligente tiene posibilidades de éxito porque actúa conforme a sus deseos, no se limita a recrearse en sus ensoñaciones, a rogar a la divinidad, a esperar que pase algo, a recibir un regalo milagroso o un golpe de suerte.

Como los seres humanos son hipersociales cada persona actúa persiguiendo sus preferencias en un entorno en el que están presentes otras personas con sus propias preferencias. En las sociedades no libres unos seres humanos imponen por la fuerza sus preferencias a otros. En una sociedad libre se reconocen derechos de propiedad universales y simétricos, ámbitos de control legítimo dentro de los cuales cada propietario es soberano, sus valoraciones son las únicas relevantes y así se evitan, minimizan o resuelven los conflictos.

Los liberales tenemos una concepción humilde y realista de la libertad como ausencia de coacción y respeto al derecho de propiedad. Muchos enemigos de la libertad distorsionan el concepto de diversas formas arbitrarias, absurdas o incoherentes, que distorsionan el papel de la voluntad. Para algunos libertad es poder y riqueza (realización de los proyectos vitales personales), aunque se obtengan coaccionando a los demás (de forma directa o indirecta), garantía de que se cumpla mi voluntad obviando la escasez y los límites de la capacidad de actuación humana; para otros libertad es ausencia de influencias o condicionantes externos o internos, que nada perturbe mi voluntad considerada como una entidad causante pero incausada, que influye pero no es influida (no tengo necesidades, solamente deseos autogenerados); y según otros sólo soy libre si escojo entre dos bienes y no entre el menor de dos males (por ejemplo en una situación angustiosa, desesperada), mi elección es libre solamente si no hay ningún aspecto en ella que sea valorado negativamente (sin costes).

Las relaciones en una sociedad libre son voluntarias por ambas partes. Algunas relaciones son tan importantes que se formalizan explícitamente mediante contratos. Los contratos no son simples transferencias absolutas y definitivas de derechos de propiedad (eso más bien sería un simple apunte en un registro de la propiedad). Los contratos son acuerdos más o menos complejos mediante los cuales las partes contratantes deciden voluntariamente en el presente aceptar restricciones sobre la legitimidad de su actuación según sus preferencias futuras. Igual que el derecho de propiedad impone límites a la voluntad (la propiedad ajena), los contratos implican compromisos limitadores de la libertad que son exigibles mediante el uso de la fuerza, porque los contratantes entienden claramente que en eso consiste un contrato, que si no se transformaría en una mera declaración de intenciones fácil de incumplir. Los contratos son herramientas éticas y jurídicas importantes que permiten a las personas planificar de forma conjunta y así no tener que actuar improvisando en cada instante sin poder prever el futuro con algo de certeza. Quien sacrifica parte de su libertad no es necesariamente un enfermo mental sin voluntad propia. Contratar implica obtener algo renunciando a algo a cambio, así que no es sorprendente que una parte de lo contratado (lo que se pierde, se entrega, o se obliga uno a hacer) sea lamentado por el individuo: conviene no olvidar que lo que consigue le compensa de la pérdida, al menos en el momento de la realización del pacto.

Algunos comentaristas poco consistentes pretenden que es evidente (axiomatizan sin dar argumentos ni explorar alternativas de forma exhaustiva) que todo contrato laboral debe poder rescindirse cuando el trabajador lo desee (el empleador aparentemente no debe disfrutar de los mismos derechos humanos, y no les suena el concepto de cláusula de rescisión), porque si no se violaría su libertad: absolutizan la voluntad presente (la libertad no es simplemente poder hacer lo que te dé la gana en todo momento, rompiendo cualquier compromiso previo) y destruyen la esencia de los contratos y su capacidad de organizar la acción humana de forma cooperativa. No saben definir coherentemente qué es la libertad y se hacen un buen lío al respecto.

Tal vez por falta de capacidad intelectual estos comentaristas no suelen realizar análisis teóricos rigurosos: mezclan de forma patosa la esclavitud involuntaria con los contratos voluntariamente aceptados de sumisión parcial o total, tema delicado pero intelectualmente explorable (sin que su estudio implique que al pensador le guste la posibilidad de la sumisión). En lo que sí se esfuerzan es en mostrar a los demás sus preferencias particulares: insisten en lo horribles, vomitivas, aberrantes y repulsivas que les parecen las teorías éticas liberales más consistentes y radicales (la pesadilla hecha realidad del anarcocapitalismo como liberalismo fundamentado en el derecho de propiedad y los contratos). Según ellos los anarcocapitalistas son fulanos impresentables, hijos de puta, sectarios, locos aprovechados de la coacción estatal, herederos con un ejército de siervos y esclavos, canallas inhumanos, hedonistas aspirantes a ser lo más guay entre lo radical que compiten por decir la mayor burrada, promotores de barbaridades, vergonzosos devoradores de niños, proxenetas y clientes de niñas prostitutas, prima donnas, fantasmas, fraudulentos, enemigos de la sociedad abierta (y en realidad no liberales), partidarios de un feudalismo ciertamente contrario a toda idea de libertad burguesa, defensores de una libertad consistente en la impunidad y que se cagan literalmente en la libertad política, malos compañeros de cruzada, indiferentes frente a hechos cuya relativización supone algo rayano en lo criminal.

Intuiciones

Todos estamos dotados genéticamente con unas facultades cognitivas basadas en intuiciones primordiales. Son las herramientas con las que abordamos el entorno y nuestras relaciones. Disponemos de una moralidad, una física o una economía intuitivas que nos han permitido medrar en la carrera evolutiva pero que en ocasiones suponen un lastre. Y es que nuestro cerebro, equipado por la adaptación evolutiva para sobrevivir en el pleistoceno tardío (comienzos del holoceno), afronta, a menudo conflictivamente, las paradojas de la ciencia y la vida moderna al no haber sido dotado con herramientas para comprenderlas intuitivamente.

El hombre es un animal moralista al que "el proceso amoral y sin dios de la selección natural" (Pinker) equipó con un refinado y, tal vez, excesivo sentido moral, el moral sense que ya vislumbrara Darwin con acento menos materialista. Y es que tal "sentido moral es un dispositivo […] cargado de singularidades, proclive al error sistemático –a las ilusiones morales, por así decir–, igual que nuestras otras facultades".

La moralidad es una facultad mental y como tal puede explicarse por una combinación de factores biológicos (genes) y culturales (memes). En esta complementariedad encontramos una explicación a la diversidad de normas con las que diferentes grupos e individuos regulan sus relaciones. Tales normas morales favorecerán aquellos valores que se destaquen por su mejor función adaptativa a un nicho biocultural dinámico.

La complementariedad sobre la que se edifica la moralidad humana, que también se reconoce en el resto de facultades cognitivas que nos definen y diferencian como humanos, nos permite reconocer la existencia de una evolución cultural; un hecho que se hace más evidente a medida que el progreso tecnológico, por otro lado, una faceta cuantificable de ese proceso evolutivo, facilita la comunicación entre individuos y los grupos en los que se integran.

Desde la perspectiva que da esa complementariedad se advierte que, si bien, para explicar el surgimiento y desarrollo de la moralidad, no debemos perder de vista su fundamento darwiniano, tampoco podemos descuidar los factores culturales intervinientes. Elliot Sober y David Sloan Wilson lo explican de la siguiente manera:

Incluso grupos genéticamente idénticos pueden diferir profundamente a nivel fenotípico a causa de mecanismos culturales, y esas diferencias pueden ser heredables en el único sentido relevante para el proceso de selección natural. El hecho de que la cultura pueda proporcionar por sí misma los ingredientes requeridos para el proceso de selección natural da a la cultura el estatus que los críticos del determinismo biológico no han dejado de subrayar.

Llegados a este punto pareciera que el ser humano está doblemente subyugado por el determinismo, que la conciencia que reverbera en las paredes de su cráneo no sólo es una ilusión, que lo es, un truco que aprendimos de nuestra observación de los otros hace millones de años, sino que ni siquiera es responsable de las decisiones que hacemos nuestras. Sin embargo, como explica Paco Capella:

Los seres humanos no se limitan a comportarse según normas morales, sino que son capaces de reflexionar sobre las normas de comportamiento que la moralidad sentida íntimamente les sugiere, y también pueden expresar estas normas mediante el lenguaje, comunicarlas, discutirlas con los demás e intentar persuadirles de la conveniencia o inadecuación de ciertas acciones. El análisis racional de la moralidad abre la posibilidad de la ciencia ética.

Una ética que "investiga normas universales adecuadas", derechos naturales entendidos como artilugios humanos contingentes sí, pero no arbitrarios que servirán como marco normativo básico necesario para que cada uno, apiñados junto a muchos otros en ordenes sociales extensos y complejos, podamos desarrollar el guión de nuestra "felicidad".

Estos derechos naturales deberán ser correctamente formulados mediante leyes cuya bondad podrá testarse empíricamente. Como señala Randy Barnett, en el caso más extremo, observando la dirección que siguen los refugiados. Y es que no debemos olvidar que estos derechos naturales, que podemos resumir en uno, la libertad, la libertad humana, son más jóvenes que la especie (parafraseando a Dan Dennet), y siguen su curso evolutivo en un ambiente cultural condicionado por decisiones políticas que pueden acabar con ellos. Y es que la evolución cultural no sólo es mucho más rápida que la biológica (más aún, al contrario de lo que sucede con las adaptaciones biológicas, las adaptaciones culturales complejas no aparecen gradualmente), sino también mucho más vulnerable. Ambas afirmaciones parecen hoy día más evidentes que hace cien años.

Las mismas facultades cognitivas que han posibilitado el "descubrimiento" de la ética, la ciencia de los derechos naturales, pueden mostrar su reverso más tenebroso. Piensen, por ejemplo, en el tremendo esfuerzo propagandístico que Al Gore está orquestando por todo el mundo. Digerimos fácilmente sus mensajes catastrofistas y le resulta sencillo ocultar las consecuencias de los consejos que propala en sus conferencias (más y más Kyoto). O el empeño de Greenpeace en acabar con los cultivos transgénicos que han sacado del hambre a millones de personas. Piensen en Hugo Chávez, en el éxito demoledor que incluso en círculos intelectuales (o precisamente por ser tales) consigue su "revival" tribal-socialista.

Lo que Hoppe sí dijo

Hans-Hermann Hoppe es un conocido pensador anarcocapitalista de la Escuela Austriaca. Su libro más famoso –aunque no su mejor libro– es Democracy: The God That Failed, donde desarrolla su teoría de que la democracia es una forma de gobierno de raigambre socialista que está ocasionando un grave proceso de descivilización.

En un momento del libro en el que explica la necesidad de una alianza entre liberales y conservadores (p. 218), Hoppe dice que "Un orden social libertario no puede tolerar ni a los demócratas ni a los comunistas. Será necesario apartarlos físicamente de los demás y marginarlos. Del mismo modo, en un pacto instituido con la finalidad de proteger a la familia, no puede tolerarse a quienes promueven formas de vida alternativas, no basadas en la familia ni en el parentesco, incompatibles con aquella meta. También estas formas de vida alternativa –hedonismo individualista, parasitismo social, culto al medio ambiente, homosexualidad o comunismo– tendrán que ser erradicadas de la sociedad si se quiere mantener un orden libertario".

Ciertos anarcófobos deshonestos han utilizado este párrafo como una exposición del peligroso pensamiento libertario; en su opinión esto demuestra que en ausencia de Estado no habría libertad de expresión y que los ecologistas y homosexuales serían purgados. Esta invectiva proestatista, no obstante, cae en dos falacias lógicas insostenibles: la falacia de la composición y la falacia del hombre de paja.

La primera consiste en generalizar las características u opiniones de un miembro al conjunto de su clase. Es decir, si Hoppe, que es anarcocapitalista, piensa X, entonces todos los anarcocapitalistas piensan X. La falacia reside en que esto no es así; y no hace falta recurrir a ningún left-libertarian para demostrarlo, baste como prueba un botón propio.

La segunda pasa por atacar la opinión distorsionada de una persona para hacer creer que se ha refutado su auténtica opinión. Por ejemplo, Hoppe piensa X, digo que piensa Y, refuto Y y entonces X ya queda refutado. En este caso, se quiere hacer pasar las ideas de Hoppe por represoras de la libertad para que, como consecuencia, deban ser rechazadas por los liberales.

Me temo que nadie que se haya leído el libro completo puede sostener de manera sincera que Hoppe aboga por exterminar a ecologistas y homosexuales. En primer lugar, porque Hoppe se caracteriza por una defensa cerrada del derecho a la propiedad privada y de la no iniciación de la fuerza, lo cual incluye necesariamente la propiedad privada de ecologistas y homosexuales y la no iniciación de la violencia contra ellos.

Segundo, porque los críticos de Hoppe suelen omitir que todo el capítulo donde aparece el párrafo está dedicado a explicar la formación de comunidades voluntarias en una sociedad libertaria y en concreto de comunidades conservadoras destinadas a defender la familia tradicional.

Así, Hoppe comienza refiriéndose al principio liberal (p. 209-210) de que "toda propiedad privada presupone una discriminación, pues si tal o cual cosa me pertenece, ello quiere decir que a usted no le pertenece y que yo estoy facultado para excluirle a usted de ella (…) Además, tanto usted como yo, propietarios particulares, podemos concertar un pacto restrictivo (protector) de nuestras propiedades."

Más tarde, en consonancia con lo que sucedió durante la Revolución Industrial inglesa, recuerda que las comunidades privadas generalmente se han formado mediante el arrendamiento de las propiedades de los terratenientes, encargados últimos de establecer las normas de convivencia y de desarrollar las infraestructuras de la comunidad.

El respeto de estas normas conforma el contrato de convivencia que todos los arrendatarios deben respetar, de modo que el propietario tiene derecho a excluir a aquellos miembros de la comunidad que "aboguen, anuncien o hagan apología de actividades incompatibles con la finalidad esencial del pacto" (p. 216).

En comunidades conservadoras este pacto originario entre el arrendador y los arrendatarios sería la protección de la familia y es en este contexto donde se ubica el polémico párrafo inicial, esto es, la posibilidad de que el propietario excluya a todos aquellos individuos que violen la causa de los acuerdos contractuales (las formas de vida alternativas a las que se refiere Hoppe). De hecho, si releemos el párrafo lo dice expresamente: "en un pacto instituido con la finalidad de proteger a la familia".

Pero nada impide que en un orden libre y espontáneo otras comunidades con finalidades distintas se constituyeran. De hecho, el propio Hoppe para despejar cualquier tipo de duda lo explica de forma explícita (nota 25, p. 212): "Para evitar cualquier malentendido, podría ser de utilidad resaltar que el previsible riesgo de discriminación en un mundo verdaderamente libertario no implicaría que la forma y alcance de la discriminación fuesen idéntico o muy parecidos en todos los sitios. Al contrario, un mundo libertario presentaría, muy probablemente, una gran variedad de comunidades especialmente separadas y basadas en modelos discriminatorios muy diferentes."

Dicho de otro modo, la exclusión de la que habla Hoppe en el párrafo inicial es la misma que podría practicar cualquier club o asociación una vez un socio incumple alguno de los requisitos para ser miembro. Él mismo lo dejó claro en un artículo: "En su adecuado contexto estas frases pueden ser poco más ofensivas que decir que la Iglesia Católica debería excomulgar a aquellos que violaran sus preceptos fundamentales o que una colonia nudista tendría que expulsar a aquellos que insistieran en llevar trajes de baño. Sin embargo, si sacas el párrafo de contexto y omites la condición de "en un pacto…" entonces parece que se esté defendiendo la violación de derechos."

Obviamente se pueden criticar las opiniones de Hoppe por efectuar malas predicciones sobre cómo sería un orden liberal. Incluso puede criticarse que haya gente que quiera fundar comunidades basadas en la defensa cerrada de la familia tradicional. Ahora bien, lo que no se puede hacer es tratar de mezclar las opiniones de Hoppe con algún tipo de pulsión totalitaria.

Los principios son claros: libertad individual, propiedad privada y derecho de asociación. Que de ahí se deriven consecuencias que no nos gustan, no debería llevarnos a violentar los principios. Esto sería puro socialismo: no me gusta la distribución de la renta y por ello utilizo los impuestos y la regulación.

La libertad pasa por respetar la autonomía ajena incluso para ejercerla de un modo que no nos agrada, esto es, para realizar pactos comunitarios que excluyan a musulmanes, a cristianos o que promuevan una sociedad multiculturalista.

Las palabras de Hoppe son meridianamente claras. El resto de interpretaciones sólo son posibles entre quienes no se hayan leído el libro o entre quienes desean atacar a Hoppe y al anarcocapitalismo a cualquier precio, incluso vendiendo su honor a la mentira.

Adam Smith, los austríacos y el crecimiento económico

Carl Menger, cuando se refiere a Adam Smith en sus Principios de Economía Política, suele hacerlo en tono crítico. Una de las críticas se refiere a la teoría del crecimiento de Smith, que es central en el famoso libro del escocés, ya que el problema que se planteó era precisamente la naturaleza y las causas de la riqueza de las naciones. Menger cita los capítulos 2 y 3 de La Riqueza de las Naciones de Adam Smith, en los que éste explica que "el gran aumento de los productos introducido por la división del trabajo en las más diversas industrias produce en una sociedad bien regida aquel bienestar que se extiende hasta las capas más humildes de la población".

Basándose en esa cita, Menger dice que "así pues, Adam Smith hacía de la creciente división del trabajo el punto cardinal del progreso económico de los hombres", que es "sólo una de las causas del creciente bienestar de los hombres". El otro pilar, ausente en Smith según el austriaco, es "la progresiva utilización de bienes de órdenes superiores", es decir, la acumulación de capital.

Ludwig von Mises vio a Smith como parte de la gran corriente de "los economistas" dentro de la cual se engarza la escuela austriaca. Y no señaló una clara oposición entre su visión del crecimiento económico, según la cual éste depende en última instancia de la acumulación de capital, y la del escocés. El Smith que encontramos en las obras de Hayek está más centrado en la división del trabajo, pero también aparece dentro de la tradición clásica que ofrece un papel preponderante al capital como determinante del crecimiento. Murray Rothbard, en su polémico capítulo sobre el economista, hizo más una crítica liberal a Adam Smith que una explicación de su pensamiento. En su historieta del pensamiento económico, Mark Skousen señala, sin enlazarlos, los dos aspectos de la teoría de crecimiento en el autor, la división del trabajo y la acumulación del capital. Para los austriacos es esta la causa última, si resultara forzoso elegir una, del progreso económico.

Pero, ¿cuál es, sucintamente expresada, la idea que tenía Smith de los determinantes del desarrollo? Para el economista hay dos causas inmediatas de la riqueza de las naciones: la productividad del trabajo y la proporción entre trabajo productivo y trabajo improductivo. Esta última depende de la cantidad de capital que tenga una nación, de modo que cuanto mayor sea, el espacio ocupado por el trabajo improductivo será menor.

Pero ¿cuál es el determinante último de la productividad del trabajo? Efectivamente, la división del trabajo a la que Smith le dio tanta importancia. Pero no sería la causa última, ya que esta dependía por un lado de la extensión del mercado y de la acumulación de capital. Y la extensión del mercado está limitada, también, por la acumulación de capital. De este modo, la causa mediata del desarrollo, el fenómeno que posibilita y fomenta el resto de factores que son causa inmediata del mismo, es el capital. No cabe duda de que la idea que tenía Adam Smith del proceso capitalista era muy sencilla y no podía satisfacer a los lectores de Menger, pero también lo es que la concepción básica de cómo se desarrolla una sociedad de Adam Smith sólo ha sido ampliada y mejor explicada por los austriacos.

Metáforas

Si cruzamos el resentimiento intercultural que aflora en una sociedad "mestiza" con el clásico resentimiento que vertebra la visión marxista de la pirámide social, la doctrina del polilogismo que diría Mises, obtenemos una matriz de agravios que hace las delicias del moralista posmoderno. Una sociedad así necesita enmendarse y para ello nada mejor que un gobierno que sepa educar, un gobierno progresista que sea capaz de darle una moral construida sobre la empatía y la responsabilidad social.

El lingüista cognitivo George Lakoff sostiene que, dado que los seres humanos asimilamos las ideas complejas mediante metáforas que las acercan o descomponen en ideas más cercanas y sencillas, entendemos, siquiera inconscientemente, un orden complejo, como es una nación, en términos muy cercanos, familiares. Así, sostiene que los modelos de una estructura familiar idealizada fundamentan, metafóricamente, las concepciones políticas básicas más comunes: progresismo y conservadurismo.

Hasta aquí se parece bastante a la teoría de las visiones, utópica y trágica, de Thomas Sowell. Para Lakoff la visión progresista se representa, metafóricamente, con el modelo familiar del Padre "Educador" (nurturant parent family), mientras que la cosmovisión conservadora es representada por el modelo del Padre "Estricto" (strict parent family). Sendos modelos tienen diferentes prioridades morales lo que se traduce a efectos políticos en el papel que cada una reserva al Estado. Papá Estado o, mejor aún, Mamá Estado, puesto que Lakoff interpreta el mundo en clave femenina (nurturant) desde esa atalaya utópico-educadora. En su ensoñación progresista la economía debe servir a los fines morales promovidos por el gobierno y por lo tanto estar intervenida hasta el tuétano. En descarnado contraste, la visión estricta es desechada por ser culpable de todos los males derivados de su incondicional defensa del libre mercado y de la meritocracia.

Un cuento más de buenos y malos del que Steven Pinker da buena cuenta en las páginas de The New Republic. En definitiva, lo que persigue Lakoff es dar a los progres americanos un nuevo "marco conceptual" con el que puedan construir un mensaje radicalmente distinto al de los conservadores (y aquí incluye a los anarcocapitalistas), hasta el punto, nos dice Pinker, de que puede resultar ininteligible para sus potenciales votantes.

Si me he acordado de Lakoff en estas fechas prenavideñas es porque pensaba que precisamente los progres están convertido la Navidad en una metáfora en la que podemos reconocernos una buena parte de los liberal-conservadores que venimos "eclosionando" en España. Y es que volviendo al resentimiento que señalaba al comienzo del artículo, los progres a lo Lakoff están empecinados en solucionar problemas que sólo existe en sus agendas y aprovechan cualquier resquicio que les da la actualidad para atacar al mercado y a la libertad. Terrorismo islamista y multiculturalismo son hoy día relatos permanentes, palancas con las que bolcheviques resentidos, en expresión de Horacio Vázquez Rial, todavía tratan de cambiar el mundo o por lo menos hacerlo tambalear.

Y en esto llega la Navidad, ofendiendo a propios y extraños. Hay que vengarse. Deberían comenzar buscando algún nombre, algún ingenioso y grosero neologismo, cuanto más vejatorio mejor, con el que señalar la grave coincidencia que traen estas fechas: júbilo cristiano y alegría consumista. Cierto que el júbilo no es exclusivo de los cristianos, al menos no en Occidente. En Inglaterra los católicos, los musulmanes e incluso la propia iglesia anglicana, sin reparar en la alegría que su modesta alianza llevará a la Moncloa, están de acuerdo en que no hay nada ofensivo en la vindicación navideña. Oiga, y protestan en pandilla. Y no sólo ellos. Y es que escuchando a iluminados de variado pelaje y ocupación uno puede llegar al convencimiento de que la Navidad debería pasar a la clandestinidad; no sólo debería perder el favor del Estado, sino ser efectivamente perseguida con leyes, mientras los intelectuales subvencionados redescubren la estolidez de Oscar Wilde y nos ilustran a todos con nuevos remakes de "El alma del hombre bajo el socialismo".

Como Capella ya ha dejado claro que en el Instituto Juan de Mariana hay fenotipos diversos de un meme común que se define por su defensa "del derecho de propiedad, la no agresión y el cumplimiento de los contratos" entiendo que no todos los liberales compartan ni mi agnosticismo escéptico ni mi renovada ilusión por la celebración navideña. En lo que sí estaremos de acuerdo, espero, es en desear que por una vez nos toque mañana la lotería. Aunque sea monopolio del estado.

Azaña: el ataque laicista contra la libertad

La Constitución de 1931, cuerpo legal básico sobre el que se sustentaba la II República, proclamada el 14 de abril, recogía en su artículo 26 el carácter laico del Estado. A partir de ese momento, tal y como señalaba Manuel Azaña, entonces ministro de la Guerra: "España ha dejado de ser católica". La separación Iglesia-Estado es hoy en día uno de los rasgos característicos de todo régimen democrático, pero entonces tal acontecimiento resultaba ciertamente significativo.

El problema de fondo es que tal afirmación constituía, en esencia, una mera imposición de ley, puesto que la inmensa mayoría de la población se declaraba abiertamente practicante de este dogma de fe. La "cuestión religiosa" a la que aludía Azaña en su discurso, pronunciado ante las Cortes el 13 de octubre de 1931, consistía en resolver una problemática socio-política que derivaba de la instauración de un nuevo régimen, cuyos fundamentos ideológicos no contemplaban la posibilidad de mantener el contexto de convivencia y recíproca complicidad en el que ambas instituciones, la política y la religiosa, se encontraban desde hacía siglos.

Sin embargo, el conflicto que deriva de tal cuestión no radica en la mera separación entre Iglesia y Estado, como consecuencia lógica de la proclamación constitucional de un sistema político laico, de por sí saludable, e incluso deseable, sino más bien de la extralimitación de funciones con que la II República trata de afrontar tal materia. En este sentido, cabe destacar la aplicación de un elevado intervencionismo que choca frontalmente con el ejercicio de determinados derechos fundamentales de inspiración liberal, vulnerándolos plenamente en la práctica: como la libertad de culto, la libertad de enseñanza y el derecho a la propiedad privada.

A) Tal y como establecía el texto constitucional en su artículo 26, "todas las confesiones religiosas serán consideradas como Asociaciones sometidas a una ley especial". Dicha reglamentación disolvía de hecho todas las órdenes religiosas que no se atuvieran al mandato legítimo del Estado o que, en su defecto, "constituyan un peligro para la seguridad del Estado". Así pues, la ley viola directamente la libertad de culto y de asociación. El Estado impone a la sociedad su declarado laicismo.

B) Promulgaba la "prohibición de ejercer la industria, el comercio o la enseñanza". Esta última actividad había sido ejercida por la Iglesia desde hacía siglos, con lo que ello supuso para el mantenimiento y desarrollo de la cultura y el conocimiento (cabe recordar aquí el origen jesuita de la Universidad de Salamanca, al igual que otras muchas a lo largo de nuestra historia).

C) Finalmente, declaraba la "incapacidad de adquirir y conservar, por sí o por persona interpuesta, más bienes que los que, previa justificación, se destinen a su vivienda o al cumplimiento directo de sus fines privativos", así como la "obligación de rendir anualmente cuentas al Estado de la inversión de sus bienes en relación con los fines de la Asociación". Y todo ello, bajo la amenaza real consistente en que "los bienes de las órdenes religiosas podrán ser nacionalizados".

De este modo, la instauración por ley del laicismo estatal resultó incompatible con la existencia de otros derechos fundamentales inviolables propios del ámbito asociativo. La separación Iglesia-Estado resultó, en la práctica, la sustitución de la Iglesia por el Estado y, como consecuencia, la reducción de la libertad del individuo. Puestos a hablar de Memoria Histórica, este hecho constituye uno de los "logros", si bien menores, del republicanismo español.

Celebremos el Instituto Juan de Mariana

Existimos como instituto desde hace un par de años. Escribimos artículos de análisis, ensayo y opinión en prensa escrita y digital, participamos en debates y seminarios, nos invitan a la radio y a la televisión, organizamos conferencias, cursos, escuelas de verano, producimos informes. Nos gusta lo que hacemos, sabemos que es importante y crecemos, aprendiendo juntos a hacerlo cada vez mejor. Con recursos económicos ridículos (realmente patéticos, créame y rásquese un poco el bolsillo si le damos pena y cree usted en lo que hacemos) somos el instituto liberal europeo de crecimiento e impacto más espectacular. Tal vez tenga que ver con nuestro entusiasmo y con que contamos con un arsenal intelectual y ético espectacular: vamos, que somos brillantes y además tenemos razón. Nos lo confirman nuestras abuelas; y amablemente algunos de ustedes.

Naturalmente somos humanos e imperfectos, y sabemos que no se puede contentar siempre a todo el mundo. Así como tenemos seguidores tenemos también críticos, faltaría más. No sólo entre los colectivistas enemigos de la libertad humana: también los hay que se autocalifican como verdaderos liberales (y tal vez lo sean pero es difícil saberlo porque no acaban de definir con precisión qué significa para ellos este término) y nos consideran desde inútiles hasta muy nocivos para la causa liberal.

Algunos insisten en que debemos hacer política, utilizar lenguaje político, sobre todo en los medios de comunicación de masas, para convencer a la gente de que no siga comprando ideas equivocadas que conducen a la servidumbre: creen que es la única o al menos la mejor estrategia. Pero si se conoce el liberalismo se sabe que casa bastante mal con la política, que entendida como la gestión coactiva y fraudulenta del colectivismo es la negación de la libertad individual.

Si nos invitan desde un medio audiovisual público o privado seguramente participaremos en la medida de nuestras posibilidades. Sabemos que nuestras ideas son chocantes para la mayoría, que fácilmente generan rechazo, así que conviene ir con cuidado, sobre todo porque no somos animales televisivos. Sabemos que la tele no es un aula ni una revista académica: no hay que ser muy listo para entender la diferencia. Para algunos recurrir a la ciencia económica en un debate televisivo es una actitud elitista esencialmente antiliberal (¿insinúan que agredimos violentamente a los contrincantes?); quizás les duele que en el Instituto Juan de Mariana muchos prefiramos la corrección intelectual y la honestidad argumentativa al éxito político y mediático. Estamos abiertos al debate ideológico y estratégico crítico y constructivo, pero no estamos dispuestos a cualquier cosa para triunfar. Preferimos ser sinceros y acertados a demagógicos y populares, nos gusta más la persuasión intelectual racional y coherente que la manipulación emocional. No nos interesan las ficciones éticas: nos preocupa la ética de verdad, defender el derecho de propiedad, la no agresión, el cumplimiento de los contratos. El avance así es más lento y difícil pero mucho más sólido.

Si la audiencia no nos entiende intentaremos simplificar, explicar y enseñar desde el nivel más bajo que sea necesario, pero sin engañar, ni mentir, ni insultar al adversario. Preferimos que los que ahora son ignorantes algún día lleguen a darse cuenta de quiénes les están estafando. Hay muchos obstáculos importantes: el ideario liberal se basa en que la opinión pública es éticamente irrelevante, que lo importante es la decisión individual pacífica en el ámbito del derecho de propiedad; las ideas instintivas de muchos seres humanos son colectivistas porque surgieron evolutivamente para adaptarse a entornos ancestrales muy diferentes de los actuales (pequeñas tribus o bandas seminómadas), y esas emociones siguen allí aunque sean disfuncionales e inadecuadas en el mundo moderno de sociedades extensas abiertas y dinámicas; el liberalismo es muy minoritario y no nos ayudan precisamente en las escuelas y los medios de comunicación de masas.

Los críticos que aseguran que los liberales austriacos españoles somos políticamente inútiles, incapaces de cambiar una sola conciencia, de modificar una sola corriente de opinión y que no hacemos avanzar la causa de la libertad desde las aulas y los foros académicos; tal vez no nos conocen muy bien. Una gran mayoría de los miembros fundadores de este instituto tenemos algo en común: haber conocido a un académico brillante y entusiasta, Jesús Huerta de Soto, quien jamás hace política ni participa en debates audiovisuales (y comete el imperdonable pecado de ser radicalmente anarcocapitalista y trabajar en una universidad pública, como otros influyentes e inmoderados liberales); pero crea una escuela creciente, motivada e ilusionante.

Necesitamos también políticos y comunicadores liberales para ganar la decisiva batalla de la opinión pública. Algunos políticos liberales, en quienes tenemos grandes esperanzas, incluso tienen poder de gobierno, y los criticamos cuando no ejercen de forma compatible con la libertad. Algunos comunicadores liberales (no hay solamente uno) tienen éxito de audiencia, pero tal vez lo consiguen renunciando en parte al liberalismo para proponer un conservadurismo estatista más asumible por muchos ciudadanos: educación, sanidad y pensiones públicas estatales; no hablar de la despenalización de las drogas o de la eutanasia, porque la audiencia es muy sensible; no criticar educadamente y con argumentos la religión, que ofendes a muchos y ahora necesitamos estar todos juntos frente a los socialistas; y la unión política de la nación es un bien que no admite discusión (el nacionalismo liberal es imposible).

Estos comunicadores pueden despertar en muchas personas el interés por el liberalismo, y gracias que les damos por ello y lo mucho que les debemos, pero hace falta alguien más académico para llenarlo de ideas, propuestas y contenidos. Además no conviene olvidar que ellos también tienen críticos que los rechazan personalmente de forma visceral, lo cual no facilita la difusión del liberalismo en esos sectores. Nosotros no luchamos contra personas sino contra ideas erróneas y nocivas, preferimos pensar, al menos inicialmente, que la gente está equivocada antes de juzgarles como indeseables de aviesas intenciones. Aunque es más cómodo no tener principios claros y consistentes y adaptarse como hacen muchos políticos a lo que quieran las masas votantes (o al menos una facción de ellas), no nos parece mal intentar definir con precisión qué es la libertad y simultáneamente defenderla con argumentos. Preferimos no aparentar que tenemos razón con cualquier táctica que se tenga a mano, correcta o incorrecta, honesta o tramposa (erística); preferimos tener razón y demostrarlo con algo de rigor intelectual.

Nos gusta llegar a la gente y convencerlos, no nos contentamos con circunloquios onanistas. Sabemos que estamos rodeados de estatistas pero no tememos su contagio, por el contrario pretendemos salir a la calle e inculcarles el muy simbiótico meme de la libertad. No somos una panda de corporativistas empeñados en defendernos unos a otros; somos muy tolerantes, tenemos mucho sentido del humor y no somos una secta (por lo menos la última vez que miré mi cuenta bancaria seguía intacta, tenía algo de pelo aunque poco y no me habían prohibido ver a mi familia): en todo caso somos una quinta… de amigos liberales.

Algunos de nosotros (no todos, que conste), ahora que nadie puede enterarse, somos anarcocapitalistas, lo cual suena realmente mal (minarquista es simplemente críptico). Es algo tan malo que algunos críticos insisten en que somos perjudiciales para la causa y que hay que atacarnos y excomulgarnos. Preferiríamos que nos dejaran explicarnos y debatir ideas; no somos alucinados, estamos muy bien de la cabeza y contamos con pensadores muy brillantes, con perdón.

Algunos de nuestros miembros incluso se atreven a afirmar que no son de la escuela austriaca de economía y no los expulsamos de forma fulminante. Unos pocos creen que vestimos de tiroleses en la intimidad. Somos bastante acogedores y no somos tan tontos como para no darnos cuenta de que habrá gente que no quiera ser acogida. No trabajamos por la megalomanía de ninguna prima donna; sí discutimos vehementemente entre nosotros, pero hay que estar aquí para verlo y poder participar.

En breve celebraremos nuestra fiesta anual. Enhorabuena. Aquí estamos. Si quieres apoyarnos, contamos contigo.

Milton Friedman en tres historias

Sería la primera escena de una película que narrara toda una transformación. La escena estelar de esta historia sería su primer discurso como presidente de la American Economic Association, con el modesto título de "El papel de la política económica", en 1968. Quienes le escucharon, y luego quienes le leyeron, vieron como la curva de Phillips se empinaba hasta quedar vertical. A largo plazo, nadie osó transitarla. ¿Eso qué quería decir? Que el desempleo dependía de fenómenos reales y no de los vaivenes de la demanda agregada.

Es decir, que había acabado con el keynesianismo. Ese mismo 1968 declaró lo siguiente: "En un sentido, todos somos ahora keynesianos. En otro, ya nadie lo será jamás. Todos utilizamos el lenguaje y los aperos keynesianos; ninguno de nosotros aceptamos ya las primeras conclusiones keynesianas."

La segunda historia también comienza en la Segunda Guerra Mundial. El economista aporta su ingenio al esfuerzo aliado contra el nacionalsocialismo. Y para ayudar a la Hacienda a cobrar propone las retenciones del sueldo, para que el pago de los impuestos sea, en realidad, una liquidación de lo que se ha ido cobrando a cuenta. En su autobiografía diría que "nunca se me ocurrió en aquel momento que estaba ayudando a desarrollar la maquinaria que haría posible un gobierno al que luego iría a criticar por ser demasiado grande, demasiado invasivo, demasiado destructor de nuestras libertades".

La tercera historia es posterior. Richard Nixon ha puesto en marcha un fabuloso plan de intervenciones y controles de precios que, entre otras cosas, provocaban largas colas en las gasolineras. Refiriéndose a un asesor suyo, Nixon le dijo a Friedman: "no culpes a George Schultz por esta monstruosidad". Le respondió: "No culpo a George. Le culpo a usted, señor presidente".

La epifanía del liberalismo en España

Juan Carlos Girauta acaba de sacar a la calle un ensayo sobre la eclosión liberal, palabras estas últimas que ha elegido con acierto para el título. El texto merece sus recensiones, pero el objeto del libro dará, de esto estoy seguro, para muchos otros. ¿Qué es este fenómeno de la eclosión liberal? ¿Cómo se explica que con ese término, tan preciso y en consecuencia tan ambiguo, se identifique al movimiento político con más nervio en la España de hoy?

La primera explicación es, y no podía ser otra, el fracaso del liberalismo en España. Nuestro país ha dado eximios liberales al mundo, además de haberle regalado la preciosa palabra con que se designa la ideología de la libertad. Pero por razones históricas que no cabe analizar aquí, una parte importante del liberalismo se pudrió de sectarismo y por éste se unió en el poder con quienes eran sus mayores enemigos. Y la otra parte, la de amplio espíritu, veía cómo por uno y otro camino el devenir de España se alejaba de sus queridos ideales de libertad y de paz, con una guerra fratricida de por medio. El largo invierno franquista nos heló. Siguió habiendo liberales, sí, pero sin "liberalismo", es decir, sin un movimiento o una propuesta que ofrecer a la gente. Fue elitista personal y políticamente. Acaso la situación lo requería, pero la llegada de la democracia no mejoró sensiblemente las cosas.

Otra razón es el éxito de la izquierda, que ha penetrado profundamente la piel de los españoles, y que es la principal proveedora de entendimiento de lo que ocurre. Se filtra desde los medios de comunicación, las universidades, los intelectuales, la política… En España tuvo el reflejo político en los gobiernos de Felipe González, trece años en el poder. Su experiencia tuvo que despertar el interés de muchos jóvenes con espíritu crítico. Además, el socialismo, el progresismo, o simplemente la izquierda tienen un mensaje embriagador, pero que es esencialmente falso y que es incapaz de traspasar la piel de muchos. Súmese a ello que el socialismo desatado ha fracasado históricamente y el democrático ha agotado su programa con resultados penosos Y son muchos los que no se lo tragan y buscan una guía alternativa.

La derecha acomodaticia, anti intelectual y reaccionaria no podía competir, para ese papel, con el liberalismo. Creo sinceramente que las ideas de libertad son enormemente potentes. Por un lado porque permiten recoger las piezas sueltas y componer un puzzle con sentido y que se refiere vivamente a la realidad. Por otro, están fuertemente enraizadas en el espíritu humano y llaman con fuerza a los sentimientos de justicia y ética. Por eso hay un liberalismo instintivo, como dice uno de nosotros, que resulta atractivo y convincente.

Pero esas ideas tienen que abrirse camino. En España hay dos nombres que destacan por encima de los demás: Federico Jiménez Losantos, que ha acercado el liberalismo a la vida diaria y a la política, y Jesús Huerta de Soto, que ha traído a nuestro país el mejor pensamiento liberal, enhebrándolo, además, con nuestra mejor tradición.

Esa juventud que desconfía de la izquierda, que no puede digerir sus caducos mensajes, ha tropezado con un conjunto de ideas coherente y feraz y se ha adherido a ellas sin el complejo que aqueja a otras derechas. Ha tenido que meterse entre pecho y espalda unos cuantos libros y artículos. Ha tenido que hacer el esfuerzo intelectual de formar sus propias opiniones frente a las precocinadas y predigeridas que recibe a diario desde los medios de comunicación. Ese esfuerzo se ve recompensado por la conciencia de que jamás le mirará un socialista de cualquier partido por encima del hombro.

Y por último, Internet. A pesar de su origen, Internet es un espacio ideal para el ejercicio de la libertad. No caben las concesiones y por tanto no es el lugar donde la izquierda se pueda sentir cómoda. Nunca lo ha hecho. En el caso de España contamos, además, con un fenómeno único en el mundo: Libertad Digital. En Internet se han encontrado los jóvenes liberales, con sus convicciones por delante y con un desparpajo que asusta y desconcierta a muchos. Y con la firme voluntad de defender los derechos y las libertades propias, que son también las de los demás.