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Etiqueta: Pensamiento liberal

Milton Friedman: Capitalismo y libertad

El optimismo fue siempre una de las características de este judío que se convirtió en líder intelectual de la escuela de Chicago. Un optimismo que estaba movido por una fe inquebrantable en el poder de los hombres en libertad. Lean, si no, las últimas palabras del que quizás sea su mejor libro, Capitalismo y libertad:

Nuestra estructura básica de ideas y la entreverada red de instituciones libres prevalecerán, en gran medida. Tengo la convicción de que seremos capaces de preservar y extender la libertad a pesar del tamaño de los programas militares y a pesar de los poderes económicos concentrados en Washington. Pero sólo seremos capaces de hacerlo si somos conscientes de la amenaza a que nos enfrentamos; sólo si persuadimos a nuestros semejantes de que las instituciones libres ofrecen una ruta más segura, si bien en ocasiones más lenta, a los objetivos que anhelamos, que el poder coercitivo del Estado. Y los destellos de cambio que están apareciendo en el clima intelectual son un augurio esperanzador.

De ese cambio sutil pero poderoso fue responsable Milton Friedman como muy pocos. Su gran batalla fue en el campo de la teoría económica contra el keynesianismo, una corriente que era más bien una interpretación del libro más perdurable de John Keynes. Friedman se dirigió al establishment keynesiano en su propio lenguaje, y les venció. No es que no hubiera otros críticos certeros, pero no hablaban el mismo idioma. No era el caso de la escuela de Chicago y en concreto de hombres como Stigler o Milton Friedman. Dedicó un enorme esfuerzo intelectual a construir o reforzar una macroeconomía alternativa, el monetarismo, más comprensiva con los fenómenos del libre mercado y que retoma la importancia de la cantidad de dinero como instrumento de política económica. Y escribió un grueso volumen de historia monetaria de su país junto con Anna Schwartz, que es un genuino esfuerzo por recomponer desde sus posiciones el aspecto menos aprensible de la historia económica. El Premio Nobel se engrandeció con su nombramiento entre los galardonados, y lo hizo en plena crisis del paradigma keynesiano, en 1976.

Si me preguntan, diré que a Friedman le pasó lo que a Henry George o a otros economistas, que se especializó en el terreno menos propicio para sus sobresalientes dotes intelectuales. En cualquier caso no es sólo su visión del dinero lo que le ha otorgado fama mundial. Milton Friedman ha sido quizás el intelectual que más ha hecho en el pasado siglo por extender el liberalismo. No sólo en su Capitalismo y libertad, de 1962; ya de 1966 a 1983 hizo gala de esa capacidad teórica y claridad de exposición para ofrecer a los lectores de Newsweek una visión de sus problemas cotidianos desde la perspectiva liberal. Y en 1980 publicó su celebérrimo Libertad de Elegir, un excelente volumen en el que trata varios aspectos de la política mostrando convincentemente porqué la libertad supera a la coacción en su poder para que cumplamos nuestros deseos. Ahí expuso, por ejemplo, su propuesta del cheque escolar. Un libro, además, que es compendio de una serie de televisión en que hizo de profesor de millones de estadounidenses frente a la cámara. En España la UCD tuvo el acierto de pasarlo por Televisión Española, una experiencia que hoy consideramos inconcebible.

Se le criticó por acudir al Chile de Pinochet a dar unas conferencias sobre cómo el libre mercado ayudaba a descentralizar el poder político. Nadie hizo lo mismo cuando, ese mismo 1975, se fue también a recomendar a los responsables de la dictadura china que hicieran lo contrario de lo que estaban haciendo. Lo cierto es que varios discípulos suyos sí asesoraron al dictador chileno, parece que no sin éxito. Inspiró las políticas desreguladoras de Ronald Reagan y Margaret Thatcher.

Pero Friedman no era sólo un teórico de la economía. Decía su amigo Hayek, a quien no llegó a comprender del todo, que un economista que sólo supiera de economía es un mal economista. Y Friedman era de los buenos, como demuestra su excelente ensayo sobre la relación entre la libertad económica y otras libertades. Seguro que entre sus últimos pensamientos hubo uno por el que se reconfortó por sus contribuciones a nuestras libertades. Descanse en paz.

Bolígrafos para la democracia

No me refiero a una ONG inspirada por Robert Dahl, ni tampoco pretendo hacer una reflexión sobre el republicanismo de los Discorsi de Maquiavelo. Mi objetivo es más modesto: ilustrar la utilidad de los métodos cuantitativos y experimentales en las ciencias sociales pese a sus críticos.

El sociólogo marxista Bourdieu, cuya aportación al conocimiento es indirectamente proporcional a su fama, es el autor de una de las críticas más cacareadas a los métodos cuantitativos. En particular, el francés despreciaba los estudios de opinión pública, en su opinión estructuralmente sesgados porque sus objetivos no eran otros que perpetuar el statu quo y reproducir y legitimar los valores de la clase opresora.

Es cierto que la opinión pública es más que una encuesta, y que con relativa frecuencia los investigadores realizan un juicio a priori sobre lo que preocupa a los ciudadanos, dejando fuera de su investigación temas relevantes. No obstante, otras veces los sondeos ayudan a desmontar el discurso de la élite y dan la voz al pueblo en asuntos fundamentales. Precisamente eso ocurrió en Nicaragua tras las elecciones presidenciales de 1990, las primeras libres tras la dictadura de Daniel Ortega.

La sorprendente victoria de Violeta Chamorro, quien aventajó al socialista en 14 puntos porcentuales, es para muchos un misterio, pues las encuestas previas dieron ganador al líder sandinista. Sin embargo, un experimento posterior demostró que más que un problema técnico, el fallo se debió al miedo.

Los investigadores diseñaron tres muestras homogéneas de la población, dos experimentales y una de control. El tratamiento consistió en el bolígrafo de los encuestadores: un grupo llevaba uno en el que se leía "Ortega presidente", otro exhibía el nombre de la coalición opositora, "UNO". Los encuestadores del grupo de control no portaban ningún signo partidista. La pregunta era bien sencilla: "¿A quién votó en las presidenciales?".

Los resultados fueron tan llamativos como la comparación entre las encuestas preelectorales y la votación real. La muestra de encuestadores aparentemente sandinistas dio la victoria a Daniel Ortega con el 62% de los votos, casi el doble del porcentaje que el dictador había obtenido en las elecciones. El grupo de control también se mostró favorable a los sandinistas, mientras que los encuestadores presuntamente chamorristas consiguieron unos resultados casi idénticos a los reales (Bischoping & Schuman, American Journal of Political Science, 1992: 331-351). Es decir, que todo lo que quedó de la experiencia socialista en Nicaragua, además del colapso económico, la guerra y el genocidio de los indios misquitos, fue un inmenso terror. Triste legado y sin duda motivo de vergüenza y bochorno para los progres europeos y norteamericanos que durante los años del FSLN se aficionaron al turismo político. Los testimonios de arrepentimiento son escasos, y en casi todos los casos, incompletos. El a menudo plagiado y raramente reconocido Pareto ya había advertido en su Manual de Economía Política que la religión jacobino-socialista fomentaba una piedad morbosa de cuya fe sería muy difícil abjurar.

Infelizmente, la democracia no ha conseguido desterrar ni la corrupción ni la oligarquización de la política nicaragüense. Si a esto le sumamos la división en el campo liberal-democrático y la labor conjunta de zapa de somocistas y sandinistas, el panorama político de Nicaragua tras las elecciones generales del cinco de noviembre no puede ser peor: mayoría sandinista en el legislativo y nueva presidencia de Daniel Ortega, aunque tal vez esto pueda ser evitado si se produce una segunda vuelta en la elección presidencial.

El etnocentrismo, la arrogancia y el cinismo llevan en ocasiones a considerar que algunos países no tienen remedio, mientras que aquí todos son iguales. En efecto, la diferencia entre unos y otros puede en algunos casos limitarse a unos cuantos grados de intervencionismo y clientelismo. Pero existe otra, cualitativa y fundamental, que desde la abulia de las sociedades ricas es difícil de percibir: el derecho al pataleo, mínima expresión de la irrenunciable libertad de expresión que unos permitirán y otros se afanarán por reprimir.

Entre el business as usual (el salvadoreño Francisco Flores es la excepción que confirma la regla) y la nueva revolución, no cabe la displicente neutralidad del libero-pijo de Primer Mundo, quien contempla el mundo desde su cómoda torre de marfil, o que víctima de cierto elitismo pseudoleninista (el radical chic también es transversal) se imagina una Arcadia surgida necesariamente tras la hecatombe. Muchos ecuatorianos y nicaragüenses les responderían que en estos momentos más vale dejar la revolución para otro día.

Bolígrafos para la libertad y gafas para la miopía. También la nuestra.

Liberalismo, humanidades y ciencias naturales

El liberalismo es fundamentalmente filosofía política, un cuerpo de conocimiento ético y económico acerca de la convivencia social de los seres humanos. Muchos de sus defensores son humanistas (gente de letras, economistas, juristas, filósofos, historiadores), aunque desgraciadamente no todos los humanistas son liberales.

Muchos de los críticos del liberalismo (obviamente no los únicos) son gente de ciencias, estudiosos de la naturaleza (físicos, biólogos), ingenieros. Sus ámbitos se caracterizan por el rigor del formalismo matemático y la comprobación empírica controlada. Han tenido grandes éxitos en la comprensión y la manipulación de sistemas simples, y erróneamente extrapolan sus métodos epistemológicos al ámbito de las sociedades humanas, órdenes espontáneos hipercomplejos no diseñables intencionalmente ni planificables de forma centralizada y coactiva. No entienden que la ingeniería social no funciona (el orden no viene de la orden), y no saben apenas nada de economía y ética, lo cual además comparten con la gran mayoría de quienes se consideran expertos en economía y ética (esos humanistas que no son liberales).

Muchos liberales (reales y presuntos) son ignorantes en los ámbitos de las ciencias naturales. Pero algunos (desconocidos o famosos) de forma temeraria critican algunas de las teorías científicas más sólidas, como la relatividad, la mecánica cuántica y la evolución biológica; lo hacen patéticamente, quedando en ridículo intelectual, a menudo por referencias de segunda mano a escritores marginales que se creen genios cuando son locos equivocados. Parecen creer que el ser humano tiene un alma mágica sobrenatural que fundamenta su consciencia y su libre albedrío, y que el bien y el mal son decididos y sancionados por la divinidad. Defienden a sus memes religiosos antes que reconocer la verdad de la realidad: y es posible explicar científicamente por qué lo hacen, aunque no suele servir de nada contárselo (también esto es predecible).

El subjetivismo es perfectamente compatible con el naturalismo. La acción y la elección están integradas en la biología humana como mecanismos de supervivencia. La ciencia cognitiva y la psicología evolucionista explican cómo la mente humana es muy sofisticada pero no requiere milagros para sentir emociones y sentimientos morales, tomar decisiones, preferir, elegir, actuar. No son necesarios imposibles espíritus incausados para dirigir la conducta. La mente no es un misterio insondable, no surge de la nada, es la descripción funcional a alto nivel de la actividad del cerebro. Los seres vivos son agentes autónomos, y los seres humanos son agentes autónomos intencionales (capaces de planificar, de preparar el futuro y no simplemente reaccionar ante el presente). Cada persona toma decisiones particulares por la interacción entre su sistema cognitivo (único en sus detalles, resultado de sus genes y su historia ambiental pasada) y la información percibida de las circunstancias de su entorno (realidad objetiva).

No nos quedemos sólo en las humanidades desconectados del mundo físico, biológico y psicológico. El materialismo naturalista reduccionista es cierto y funciona; no es ningún prejuicio metafísico. Las ciencias naturales sirven de fundamento profundo del liberalismo y es un completo disparate ir en su contra en lo que tienen de correcto. No parece acertado renunciar al conocimiento científico (provisional, revisable, criticable, pero también abundante, preciso, consistente y explicativo) a favor de la superstición. Los liberales somos pocos y sabemos que la mayoría (socialistas y conservadores) están equivocados (o son deshonestos) respecto a la organización social. Pero la analogía no vale en las ciencias naturales: no nos pasemos de listos con nuestra pose rebelde negando lo que ya se sabe; así la gente inteligente no nos tomará en serio y nos hará aun menos caso (si es que eso es posible).

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En el nombre de la derecha

El próximo 7 de Noviembre los norteamericanos renovarán la Cámara de Representantes y consolidarán o pondrán fin con su voto a la actual hegemonía republicana. Las elecciones al Congreso dictaminarán además el cenit o el ocaso de la presidencia de George W. Bush. Sabremos si la guerra de Irak ha lisiado al GOP, si la hipocresía íntima (caso Foley) o la política económica errática de la era Bush tumbaron definitivamente al partido de Lincoln y Reagan. Extrapolando la iluminadora conclusión que reflejan John Micklethwait y Adrian Wooldridge, analistas de The Economist, en su último libro (Una nación conservadora. El poder de la derecha en Estados Unidos) no debería existir duda alguna acerca de lo que pasará en las legislativas: Norteamérica es y seguirá siendo conservadora. Lo cual no quiere decir, como aclaran los autores, que sea técnicamente republicana. Los candidatos demócratas transversales, con ganas de balón y sin desgaste, podrían heredar el legado de la derecha. Bill Clinton, sin ir más lejos, fue el precursor: torcido hijo dilecto de la causa moderada, sin radicalismos, al gusto de muchos; habría ganado en 2000 su segunda reelección si la ley no lo impidiese.

El poder del conservadurismo estadounidense procede, para Micklethwait y Wooldridge, de Dios, los negocios y la geografía. La libertad religiosa inyectó competitividad entre los clérigos e hizo de la religión un factor dinámico en la vida americana. La empresarialidad propició las economías de escala, la expansión tecnológica y la filantropía (Carnegie: "el hombre que muere rico, muere deshonrado") La holgura de Estados Unidos –el cuarto país más extenso del mundo, dos tercios habitables– animó el espíritu de frontera y los sueños particulares.

Hoy la derecha goza de buena salud y es propietaria de un poderoso mercado de ideas. El New Deal de Franklin Roosevelt –que arrinconó a la derecha durante décadas– queda lejos. Libertarios y conservadores sociales son las dos grandes tendencias que lideran el republicanismo; depuran entre sí sus exageraciones y ponen a raya a la izquierda. El equilibrio entre anarcos e intervencionistas no es fácil aunque prevalece el provecho de convivir juntos pero no revueltos. "Hacia la unión por la separación" sería su lema.

Para los autores, el futuro del partido republicano pasa por atender las expectativas de los profesionales independientes, dejarse de mangoneos tipo Enron, olvidarse para siempre de capitales como San Francisco –darlas por imposibles– y por el contrario cuidar a los contribuyentes que habitan en las urbanizaciones de las ciudades medias. El objetivo primordial es conquistar el interés de la madre negra que prefiere que el gobierno le ofrezca un cheque escolar para sus hijos, hastiada de la violencia en las escuelas de la acción afirmativa. Se trata de acercarse a las preocupaciones de la gente, sabedora ésta que los burócratas ya no lo pueden todo. Los riesgos de una derecha caviar ajena a la vida se vislumbran y la siguiente observación resulta significativa:

El otro gran peligro para la rive droite es la introversión. La gente que se pasa la vida entre grupos de expertos tiende a hacerse adicta al radicalismo por el radicalismo. Preguntarle a un miembro de tales equipos si necesitas o no una solución drástica para un problema es como preguntarle a un peluquero si te hace falta un corte de pelo. Estudios que preconizan llevar la libre empresa al espacio exterior, abolir los departamentos del gobierno o derrocar el régimen de Arabia Saudí atraen más atención que garantizar los servicios educativos, sanitarios y gubernamentales. La intelligentsia de izquierdas perdió su pegada en los años sesenta por quedarse anclada en Vietnam y no darse cuenta de lo que estaba ocurriendo en las calles estadounidenses. Lo mismo podría ocurrir con la actual fascinación de la intelligentsia de derechas con Oriente Próximo.

The Right Nation de Micklethwait y Wooldridge es una historia bien contada sobre el universo del republicanismo, sus logros y caídas, la mezcla de tradición y modernidad, los filósofos y la base social que le acompañan, la piedra de toque del 11-S y la generalizada incomprensión europea hacia Estados Unidos; una crónica sugerente que ofrece numerosas claves para entender los acontecimientos que están por llegar.

Ciudadanos

Los nacionalistas, con la soltura y el desparpajo que otorga la protección institucional, han llevado de nuevo a la práctica sus ideas con amenazas y llamamientos a nuevos pogroms contra el Partido Popular en Tortosa. El último domingo de campaña, el PP ha convocado a los medios de comunicación en Cataluña para informar del asunto. Y, ¿saben qué? No ha ido ni uno.

El nacionalismo es una ideología de poder, que lo supedita todo a la contribución a un ideal colectivista, inasible; la construcción nacional. Es una llamada a nuestros atávicos sentimientos tribales y a la compulsión de la pertenencia a un grupo que supera al individuo, y lleva al enfrentamiento nosotros-ellos. Para esa ideología el libre ejercicio de los derechos resulta en muchas ocasiones molesto, entorpecedor, y al final "intolerable". Donde triunfa el nacionalismo, el papel de las personas con derechos básicos, lo que conocemos como ciudadanos, queda supeditado al tótem de la construcción nacional. En Cataluña ese nacionalismo se ha desarrollado sin oposición, ha ocupado el poder y desde él ha infiltrado todos los aspectos de la vida antes ciudadana. Los medios de comunicación, que están para contar lo-que-pasa, llegan al extremo de huir de la noticia, como ha pasado el domingo en Tortosa.

Un grupo de intelectuales, alertados ante el secuestro de las libertades de los catalanes en nombre de la Nación, ha reaccionado (tarde) bajo el significativo nombre de Ciudadanos de Cataluña. Aportaron el análisis y las ideas y tuvieron el valor de enfrentarse con ellas al nacionalismo. Luego les ha llegado el turno a los políticos, que quieren insertar estas ideas en las instituciones. El uno de noviembre es el turno de los votantes.

Mientras la dirección del PP lucha por convertir a ese partido en un CiU-sin-echarse-al-monte, Ciudadanos habla claramente de la libertad y de los derechos de los catalanes, señala sin ambages las heridas de la enfermedad nacionalista de Cataluña y ha creado un discurso que rompe frente por frente la silenciosa dictadura que se ha ido creando en ese rincón de España. Cataluña y el resto de España necesitan de esa voz y considero que los votantes deben dársela. Siento que me hayan dejado sin candidato en Madrid, pero les agradezco como ciudadano que hayan puesto en marcha la iniciativa política más valiosa de los últimos años.

El progresismo, subproducto gramsciano

Se ha estudiado relativamente poco la obra filosófica (pseudofilosófica en realidad) de Antonio Gramsci y menos aún sus implicaciones prácticas en la evolución del marxismo ortodoxo a la socialdemocracia progre actual. Sin embargo, los trabajos de Gramsci son el basamento de la estructura moral de la izquierda contemporánea, aunque sus epígonos, alérgicos a la lectura (ahí está Zapo para demostrarlo) ignoren a quien deben la creación del programa subversivo al que recurren como única tabla de salvación, tras el naufragio del comunismo ortodoxo con la caída del muro de Berlín. En otro lugar he tratado de clarificar la responsabilidad de Gramsci en el programa subversivo contra los valores de Occidente desarrollado por la izquierda especialmente a partir de los años sesenta, aunque el asunto merecería un estudio "in extenso" que alguna vez habrá que realizar. Ahora me propongo comentar, acaso de pasada, la evidencia de que el socialismo, en contra de sus estudiosos y admiradores, no es una filosofía propiamente dicha, sino precisamente la negación de la misma en tanto herramienta necesaria para buscar la verdad objetiva.

En el marxismo, tradicionalmente, han convivido una serie de aspectos diversos: una metodología historiográfica, una determinada moral, una teoría supuestamente científica de la política y, sobre todo, un análisis sociológico en clave económica. A menudo, estos elementos entran en conflicto, dando lugar a determinadas corrientes dentro del marxismo en función de la primacía que se otorga a una u otra interpretación de las muchas a que da lugar un compendio doctrinal tan complejo.

El éxito de Antonio Gramsci fue resolver las aparentes contradicciones de un sistema heterodoxo, hasta integrarlo en una filosofía completa basada en la identificación de la teoría y la praxis. Todo el esfuerzo teórico de Gramsci fue destinado, en efecto, a construir una filosofía que agrupara graníticamente todos los elementos que el marxismo tradicional había dispersado a través de múltiples interpretaciones.

Gramsci es quien convierte al marxismo clásico en una simple escatología mediante la transformación de sus raíces pretendidamente filosóficas en una "no-filosofía". Para el pensador italiano, lo único relevante para determinar la validez de un principio es si éste contribuye al fin último pretendido por el marxismo: la creación de una sociedad regida bajo las premisas totalitarias del socialismo. Todo lo que contribuya al advenimiento del orden nuevo socialista será aceptado e integrado en la teoría (será declarado moralmente bueno) y cualquier impulso en la dirección contraria será puesto en el punto de mira como un elemento a destruir.

El resultado es la voladura de los pilares pretendidamente filosóficos esbozados por Carlos Marx, pues, después de Gramsci, la verdad de una proposición analíticamente demostrable (piedra de toque de la filosofía como ciencia) no importa lo más mínimo, sino tan sólo su eficacia como herramienta ideológica y política para convencer a las masas. Y ello no por una suerte de ineptitud intelectual, sino por la rigurosa exigencia de una cosmovisión que identifica la teoría y la praxis como un todo. El único oficiante autorizado para esta integración entre la teoría y la praxis es el partido comunista, que de esta forma reemplaza al "sistema" de los antiguos filósofos. El filósofo tradicional, para verificar la certeza de una afirmación recurría a su contraste con el cuerpo de argumentaciones coherentes que constituían su "sistema". En cambio, para el marxista, la doctrina es cierta si, y solo si, es sostenida por el partido.

Esta es, a mi juicio, la clave que explica la pintoresca estructura de pensamiento del progresismo contemporáneo, que despoja el análisis de la realidad de cualquier implicación ética más allá de verificar su compatibilidad con el ideal revolucionario. De esta forma, la izquierda apoya sin prejuicios al Islam por su capacidad para minar las bases del orden occidental (cristiano y capitalista). El hecho de que discrimine a la mujer u oprima a los homosexuales (algo intrínsecamente inmoral) no supone ningún problema para el progresismo, pues el fin último es lo que determina la moralidad de un proceso (Gramsci en estado puro). Otro ejemplo muy similar: la Cuba castrista es culpable de las mayores atrocidades contra el ser humano, algo sobradamente conocido y documentado, lo que la convierte, quizás, en uno de los regímenes más inmorales del planeta. Sin embargo, la izquierda sigue al sistema castrista, pues, nuevamente, es el ideal revolucionario socialista lo único moralmente aceptable.

El marxismo y sus descendientes provocan una gran tosquedad mental en sus seguidores. Además les convierte en malas personas, en sujetos amorales o con una moral depravada, sujeta siempre a los designios de sus dirigentes. Pero la droga marxista tiene otro efecto destructor más potente: también los convierte en necios. De nuevo sólo hay que pensar en quien citábamos al principio.

Ludwig von Mises, un héroe de la libertad

Aun así, aquel suceso histórico hizo que muchos acabaran reconociendo que se habían equivocado. Entre ellos se contaba uno de los más célebres economistas, Robert Heilbroner: en una entrevista publicada por el New Yorker reconoció que en el debate entre capitalismo y socialismo había un claro vencedor: el libre mercado. Y remachó diciendo que "el socialismo había sido la gran tragedia del siglo XX". Semejante confesión fue más allá de lo que algunos esperaban: y es que incluso se atrevió a manifestar que Ludwig von Mises "tenía razón".

Mises (1881-1973) fue una especie de Casandra de la economía: previó buena parte de los acontecimientos del siglo pasado. Con varios años de anticipación advirtió de la crisis que en 1929 provocaría el famoso crash bursátil. Otro tanto podría decirse de su agudeza al predecir el fracaso de las economías socialistas.

Lo que acabó por hacer quebrar la fe marxista de Heilbroner la tesis de Mises de que el socialismo equivale a la abolición de la economía racional. Al no existir propiedad privada bajo el socialismo, el Estado se erige en supremo gestor de la economía y decide qué se produce, en qué cantidad y cómo se distribuye. Sin precios libremente formados en el mercado, Mises descubrió que no se pueden asignar los factores de producción a la fabricación de uno u otro producto, ni calcular los costes ni, mucho menos, satisfacer la demanda de los consumidores.

Como advirtió nuestro personaje, el socialismo era desastroso porque atentaba contra todos los incentivos que permiten la cooperación social, empezando por la división del trabajo, que quedaba coartada por las decisiones estatales (al ser el Estado el único empresario), o el afán de lucro (no había beneficios, sino pérdidas, que repartir entre la sociedad).

Con una ironía sin par, Mises descubrió que el Edén de la abundancia con que la izquierda llenó miles de páginas se convertía en un "gigantesco servicio de Correos" donde todos, "excepto uno", acababan por ser "empleados subordinados de una oficina". Aunque, en realidad, más que a burocratizar la sociedad, a lo que se dedicaba vehementemente el socialismo era a esclavizar a las personas hasta el punto de dejarles una sola libertad: la de suicidarse.

¿Pero qué se podía esperar de una ideología que, so pretexto de mejorar el destino de las personas, negaba a éstas la libertad de decidir sobre sus vidas? Con la abolición de la propiedad privada se destruía la esencia del individuo, al que se impedía actuar en consonancia con sus ideas.

La intransigencia de Mises, la convicción con que se opuso al socialismo, le llevaron a proclamar: "Nadie tiene derecho a meterse en la vida ajena para mejorar, contra su voluntad, la suerte del otro; tampoco es lícito alegar farisaicamente que lo que se persigue es el bien ajeno cuando lo que realmente se busca es el interés propio". Así resumía lo que los liberales llevaban siglos defendiendo: el derecho de cada uno a vivir como desee, con el único límite de la propiedad privada.

También consiguió insuflar nuevos bríos al liberalismo con su exposición de los beneficios sociales que genera el interés individual. Pensemos por un momento cómo el aparente egoísmo de un empresario libera a los trabajadores del esfuerzo de tener que ahorrar, abrir una empresa y esperar a que los productos se fabriquen y vendan. Incluso, y en contra de lo que sostenía Marx, podemos apreciar que los trabajadores nunca son los propietarios de los productos que ayudan a fabricar, pues ha sido el capitalista quien ha organizado la producción, asignado las funciones a cada uno, estudiado el mercado, buscado los clientes y, mucho antes de conseguir colocar la mercancía en el mercado, pagado el salario a sus empleados. ¿Cómo es posible, entonces, hablar de explotación capitalista?

Es más, podemos calificar el libre mercado como una democracia económica, en la que los consumidores votan cada día. Ellos deciden lo que se produce. Ellos elevan o hacen caer en desgracia a las empresas. Al contrario de lo que piensan los enemigos del capitalismo, no son las corporaciones quienes colocan los productos mediante la publicidad, porque, aunque quisieran, no podrían ejercer tal dominio en la sociedad. Pensemos en un caso paradigmático, el de Coca-Cola. Nadie duda de que estemos ante una de las marcas mejor asentadas en el mercado. Es más, podríamos atrevernos a decir que cualquier cosa que produzca triunfará, ¿no? Si ganar cuotas de mercado únicamente dependiera de la publicidad, entonces la Cherry Coke seguiría en las estanterías de los supermercados y se encontraría en cualquier bar o restaurante. Sin embargo, no es así. Mises descubrió que el verdadero poder era el del público, lo cual obligaba a los empresarios a satisfacer las necesidades de los consumidores.

Los votos sí que cuentan en el capitalismo. En las democracias actuales, en cambio, apenas valen algo, porque ni podemos controlar a nuestros políticos ni, mucho menos, elegir lo que realmente nos gusta. Aun así, todavía hay quien sigue creyendo que el poder del Estado debe extenderse lo máximo posible, para limitar el poder de las empresas.

Mises, anticipando lo que posteriormente escribieron los economistas de la elección pública, como el Nobel James Buchanan, señaló que el pie invisible del Estado suele trastabillar cuando se ocupa de algo más que defender la propiedad y hacer cumplir la ley.

Afortunadamente, no se limitó a explicar por qué el Estado es ineficiente per se, también nos recordó éste se dedica a legitimar el robo, quitando a unos para dar a otros. Al final, el organismo que, en teoría, tiene como objetivo proteger a los ciudadanos del robo legaliza el saqueo y crea una sociedad en la que, como señaló un célebre francés, "todo el mundo se esfuerza en vivir a expensas de todo el mundo".

Esta es una de las claves del socialismo. Otra sería que defiende la envidia igualitaria, que permite que muchos se sientan felices viendo cómo se esquilma a aquellos a quienes detestan por sus logros. Pero la más convincente es ésta: la izquierda siempre apela al sentimiento, a las emociones, despierta al hombre primitivo que todos llevamos dentro. El liberalismo, por el contrario, tiene que afrontar un notable hándicap, pues no promete paraísos donde los océanos se conviertan en limonada.

Convendría que todos los liberales asumieran el lema de Virgilio que cautivó a Mises: Tu ne cede malis sed contra audentior ito (nunca cedas ante el mal, antes bien, combátelo con mayor audacia")… Sólo así ganaremos la batalla intelectual más importante de todos los tiempos, la que enfrenta a los defensores del capitalismo con quienes se oponen a este sistema bajo cualquier excusa, por peregrina que sea.

Ludwig von Mises sigue siendo, 125 años después de su nacimiento, es uno de los grandes héroes de la libertad. Por buscar la verdad padeció el ostracismo intelectual, aunque con el tiempo acabó siendo elogiado por premios Nobel como Friedman o Maurice Allais; y en España ha llegado a inspirar a la única personalidad política que defiende abiertamente el liberalismo, Esperanza Aguirre. De ellas son, precisamente, estas palabras, tan oportunas: 

Mises advirtió que la supervivencia de nuestra civilización depende en muy gran medida de nuestra capacidad para convencer a la opinión pública de que sólo una auténtica democracia liberal y una verdadera economía de mercado pueden garantizar la libertad, el bienestar y el progreso de la Humanidad.

Marx y Keynes: paralelismos siniestros

Karl Marx fue rudo. John Maynard Keynes refinado. Marx es el padre del socialismo real, Keynes tan solo la coartada intelectual de la socialdemocracia. Escarbando un poco, sin embargo, encontramos demasiadas coincidencias en los escritos de ambos autores como para que se nos pasen desapercibidas.

Es posible que tanto keynesianos como marxistas sostengan que la causa de tales coincidencias no es otra cosa que su adecuación a la realidad. En tal caso, la carga de la prueba sigue recayendo sobre ellos a la hora de explicar no sólo el cúmulo de profecías fallidas de ambos, sino también la incapacidad de conciliar con sus teorías fenómenos como la generalización de las “clases medias”, la estanflación o la imposibilidad del cálculo económico en los sistemas socialistas. Así que repasaremos brevemente alguno de esos fatídicos paralelismos como aviso a navegantes ingenuos que todavía creen que el keynesianismo ha servido para salvar a la economía de libre mercado. Hasta nueve puntos de contacto evidentes nos surgen en una primera aproximación.

El ciclo económico

1. Ambos autores centraron el objeto de su análisis en el ciclo económico de la sociedad de mercado capitalista. Más concretamente se centraron casi en exclusiva en las fases de crisis y depresión, mostrando de ese modo una acusada inclinación anticapitalista.

Keynes no sólo se concentra en el estudio de la depresión (lo que es comprensible en un inglés contemporáneo de los años 20 y 30), sino que llega a creer que este es un estado permanente del que el mercado es incapaz de salir por sí mismo. Así acuña en “La Teoría General” el contradictorio término de equilibrio con desempleo.

Verdaderamente, parece capaz de permanecer en una situación crónica de actividad inferior a la normal durante un periodo considerable, sin ninguna tendencia acusada hacia la recuperación o hacia el completo colapso. Más aún, la evidencia indica que la ocupación plena, o incluso casi plena, es algo que se da raramente y que dura breve tiempo.

Excesiva riqueza

Marx tiene igualmente en mente la depresión cuando habla de la pauperización de las masas y del ejército de reserva de trabajadores. La ortodoxia marxista posterior no estuvo dispuesta a aceptar la posibilidad de alternancia de ciclos de auge y depresión, tan poco adecuada a la teoría de la inevitabilidad del socialismo. Kondratieff fue deportado y asesinado en Siberia poco tiempo después de publicar sus estudios de las series temporales de hasta 28 variables macroeconómicas. Y es que en ellos se ponía de manifiesto, no sólo que los periodos de auge y depresión se sucedían con periodicidad, sino que los primeros eran predominantes en los amplios lapsos de tiempo estudiados, con la consiguiente notable mejora del nivel de vida material en los sistemas capitalistas.

2. Tanto Marx como Keynes achacan el desencadenamiento de la crisis a un colapso en la rentabilidad de las inversiones causado por la excesiva acumulación de capital y riqueza en pocas manos y la insuficiente demanda de los compradores. Es la vieja falacia del subconsumo que Hobson otro teórico marxista, tanto haría por popularizar antes que Keynes. La superproducción con falta de demanda, debida a la insuficiente redistribución de la riqueza, hace que los stocks de mercancía se apilen sin encontrar salida.

Se agotan las oportunidades de inversión

3. Tanto Keynes como Marx sostienen que la sociedad capitalista se encamina hacia un punto de máxima entropía, en el que desaparecen las oportunidades de inversión. La eficiencia marginal del capital se iguala a cero de acuerdo con la terminología keynesiana:

Las experiencias posbélicas de Gran Bretaña y de EE.UU. son, verdaderamente, ejemplos reales de cómo una acumulación de riqueza, tan grande que su eficacia marginal, ha descendido más rápidamente de lo que pueda descender el tipo de interés ante los factores psicológicos e institucionales puede interferir, en condiciones principalmente de laissez faire, en un nivel de empleo razonable.

¿Qué explicación encontrarían Marx y Keynes para los crecientes beneficios que año tras año consiguen a día de hoy Google, Intel, Microsoft, Electronic Arts o Genentech, tal y como Xerox, Texas Instruments, Motorota o IBM hicieron hace décadas?

Macroagregados y nominalismo

4. El acercamiento a los problemas económicos simultáneos. Por un lado, la observación de fenómenos muy concretos (por ejemplo, la concentración empresarial y los superbeneficios en la fase de auge, la elevación del tipo de interés por causas monetarias producida en el momento de la crisis o la reducción del consumo en la fase descendente del ciclo) con unas formulaciones teóricas en términos de macroagregados o clases sociales que ocultan lo que realmente está ocurriendo. Keynes es así culpable de retrotraer la economía a una etapa precientífica en la cual los fenómenos económicos no se ligan a las valoraciones y acciones subjetivas.

Bajo espurios términos como burguesía, proletariado, demanda agregada o renta nacional se ocultan los fenómenos reales que quedan sin explicación. El nominalismo omnicomprensivo “lo explica todo sin explicar nada”. Los fenómenos apreciados son erróneamente interpretados llevando a desatinadas conclusiones.

Contra la institución del dinero

5. El punto fundamental de ambas teorías es su ataque incondicional al dinero. En Marx el ataque es explícito. Punto fundamental del programa comunista es la abolición del dinero. A cambio, se propugnan unos bonos horas-trabajo o bien la distribución directa de la producción a través de cartillas de racionamiento. Como paso intermedio para socavar el orden de mercado se defiende la inflación (papel moneda de curso forzoso) y la nacionalización del crédito.

En Keynes el ataque al dinero se enmascara tras una terminología científica: la preferencia por la liquidez y el atesoramiento son los culpables de todos los desarreglos del mundo. El ataque al ahorro burgués es en realidad un ataque a la propia esencia del dinero. Una esencia que otorga soberanía al consumidor para rechazar la producción que no es de su agrado mediante el simple procedimiento de abstenerse de demandar.

El interés como origen del mal

6. Keynes, como Marx, encuentra en el interés el origen de todos los males. Igual que Proudhon, Solvay o Gessel aboga por el crédito gratuito para escapar de la tiranía capitalista. Marx abogaba por la exterminación de los capitalistas; Keynes por la eutanasia del rentista:

Aunque este estado de cosas (un rendimiento suficiente para cubrir el coste de reposición del capital) sería completamente compatible con un cierto grado de individualismo, significaría, no obstante la eutanasia del rentista y, por consiguiente, la eutanasia del poder de opresión acumulativo de los capitalistas para explotar el valor de la escasez del capital”.

Aparentemente, Keynes ya estaba al corriente de la diferenciación entre empresario y capitalista y llamó rentista al segundo.

Igualitarismo

7. Marx tilda de anárquico el sistema de producción capitalista. Keynes, igualmente crítico, sostenía que “cuando el desarrollo del capital de un país se convierte en un subproducto de las actividades de un casino, es probable que la tarea se realice mal“. Por motivos de espacio no trataré aquí esta objeción. Baste decir que las alternativas de planificación central que ambos autores abrazaban produjeron las mayores descoordinaciones, desabastecimientos, corruptelas e ineficacias a gran escala de las que la Humanidad ha tenido noticia.

8. Keynes y Marx defienden una fuerte redistribución de la renta con fines igualitarios –eufemismo para hacer respetable el robo cuando el Estado es el encargado del latrocinio– a través de un impuesto progresivo sobre la renta, la supresión del derecho de herencia y la nacionalización de la inversión (los medios de producción).

Teoría del valor-trabajo

9. La teoría valor-trabajo es explícita en Marx e implícita en Keynes, que utiliza unas fantasmagóricas unidades de salario. El mercado está obligado a absorber toda la producción, independientemente de si esta es deseada o no por el consumidor. No importa qué cantidad se produzca, qué precios se pidan, qué cualidades tenga el producto o cuáles sean los costes incurridos para obtenerla. El consumidor debe comprarlo todo, al precio de coste como mínimo y además le debe gustar. Jamás debe liquidarse un proyecto o despedirse a un trabajador.

En fin, Keynes no hizo más que actualizar el pensamiento socialista, dando las mismas interpretaciones de la realidad que pensadores anteriores a él como los mercantilistas, Sismondi, Roedbertus, Proudhon, Marx o Gessel proponiendo sin ambages la nacionalización del dinero, el crédito y la inversión (el capital) para el establecimiento de una nueva utopía totalitaria.

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Los intelectuales y el capitalismo

¿Qué lleva incluso a los que han visto los libros fuera de la estantería a rechazar mayoritariamente las sociedades libres y preferir el socialismo o, al menos, la tutela del Estado?

Un amigo me sugiere que se identifican con el progreso e identifican a éste con la izquierda. Pero esa es una explicación que quedó obsoleta con la caída del muro. Tiene que haber algo más. Otra entiende que, simplemente, la izquierda tiene más y mejores razones que las que pueda jamás aportar el liberalismo. Pero es que no es así; hay al menos razones igual de buenas para preferir la libertad a otros valores que para no hacerlo. ¿Qué es, entonces?

Ludwig von Mises cree que es el resentimiento que nace del contraste entre lo que un intelectual piensa de su valía y la recompensa que le da el mercado. Ellos, con lo listos que son y lo que saben, tienen derecho a ser recompensados. Los intelectuales siempre han hablado de su propia labor como la más importante de todas, y su sesgada opinión ha quedado registrada desde hace dos milenios y medio. Realmente se lo creen. Pero en el mercado no ganan nada al lado de los empresarios, que se enriquecen produciendo cosas de lo más vulgar. Nozick añade que en el colegio fueron los primeros, pero que una vez en el mercado las cosas cambian.

Pero hay algo más. El mercado es un proceso espontáneo, que actúa sin que nadie le diga lo que tiene que hacer o por dónde no debe ir. Es complejo y muy pocos intelectuales han hecho un verdadero esfuerzo por comprenderlo. De éstos, no todos lo han logrado. El resto desconfía de ese caos y tiene ideas muy claras de cómo mejoraría la sociedad si un poder central potente controlara la situación bajo la sabia y desinteresada guía de… de ellos mismos, sin ir más lejos. Quizás en una sociedad así obtengan la recompensa que realmente merecen.

No obstante, algo tiene el liberalismo que no acaba de seducir más que a una minoría de los intelectuales. Será que su visión un tanto pesimista de la naturaleza humana nos iguala a todos mucho más de lo que habitualmente se cree, y no da al estudioso, al escritor, al artista una categoría especial, a la que se creen naturalmente acreedores, mientras que el socialismo alimenta ambiciones sólo al alcance de los hombres más extraordinarios. El liberalismo es para los modestos.

El poder de las ideas

Cuando uno defiende ideas a contrapelo del discurso dominante, sobre todo al llegar a cierta edad, acaba adquiriendo un grado quizás excesivo de escepticismo. Esa especie de conciencia de que tus ideas nunca van a triunfar, lejos de provocar frustración proporciona una gran tranquilidad de espíritu. Ya no luchas para cambiar el mundo; al contrario, te refugias en sus certezas intentando que el mundo no te cambie demasiado a ti.

Sin embargo, eso significa infravalorar la potencia espiritual de los principios que llevas defendiendo toda tu vida: la libertad del ser humano frente al poder del estado, lo individual frente a lo colectivo, el orden natural frente a la ingeniería social, el derecho a ordenar tu vida según tus propios principios y no bajo el dictado de la corriente contracultural del momento…

¿Las ideas liberales no van a triunfar jamás en nuestras sociedades? Bien, probablemente estemos equivocados; esté equivocado.

Estos primeros días de octubre, unos locos independientes hemos organizado en Murcia un ciclo de conferencias para explicar los principios filosóficos del liberalismo. La primera sorpresa ocurrió cuando a la conferencia inaugural (a las 18:30 de la tarde, en Murcia y con 37ºC de temperatura en los termómetros) asistieron en torno a cincuenta personas. En mis fantasías más delirantes esperaba justo la mitad, mientras rezaba para que al menos hubiera diez asistentes y la afrenta a mis invitados no fuera excesiva.

Mientras en esa conferencia inaugural el Maestro Huerta de Soto desgranaba sus argumentos como andanadas con munición de diamante, yo me daba cuenta de la extraordinaria potencia de nuestras ideas. No por brillantes, que también lo son cuando las exponen los genios, sino porque sencillamente son las únicas que explican la realidad de un modo satisfactorio. El ser humano tiende a la libertad, no a la esclavitud, a la autonomía individual, no al vasallaje de unos cuantos iluminados. Por eso, cuando la gente intelectualmente honesta escucha nuestro discurso, de pronto todas las piezas que la esquizofrenia posmoderna les había deformado comienzan a encajar una por una.

Tuvimos, además, el acierto involuntario de programar la conferencia de Gabriel Calzada inmediatamente a continuación de la del Maestro. La explosión nuclear provocada por el profesor Huerta de Soto había dejado flotando en la sala una metralla de ideas con las que nuestro presidente construyó el edificio sistemático de la filosofía de la libertad. Esas cincuenta personas salieron de allí con un arsenal analítico suficiente para azotar intelectualmente a cualquier socialdemócrata en una conversación de barra de bar. La capacidad de expansión de ese arsenal en forma de círculos concéntricos es, además, de proporciones geométricas, lo que refuerza mi tesis de que lo más efectivo no es intentar cambiar la mentalidad de los políticos (una guerra perdida de antemano) sino dar la batalla de las ideas entre la sociedad. En jerga tardomarxista, cambiar la estructura para que la superestructura acabe mutando en la dirección correcta.

Las dos últimas conferencias del ciclo, dictadas de forma también brillantísima por el profesor Jerónimo Molina ("La Europa antiliberal") y el columnista José Antonio Martínez-Abarca ("Las ideas liberales en los medios de comunicación") fueron el feliz colofón a unas jornadas intensas, cuyo provecho exacto probablemente no percibiremos hasta dentro de un tiempo.

A la salida de la última conferencia pregunté a un chaval que había asistido a todo el ciclo qué le habían parecido los cuatro conferenciantes. Inmediatamente me respondió exactamente lo mismo que otro joven al que hice también esa pregunta el día anterior: "Son mis héroes". Los míos también.