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Etiqueta: Proceso político: tª estado elección pública y democracia

¿Todos son iguales?

El futuro del panorama político español es apasionante, las encuestas auguran una dispersión del voto animada por el surgimiento de nuevos partidos alternativos para todos los gustos, o casi todos. La novedad no son las diferentes opciones políticas -que siempre las ha habido, desde el Partido Pirata hasta el Partido por un Mundo más justo pasando por Escaños en Blanco hasta llegar a las 4.028 formaciones inscritas en el Registro de Partidos Políticos del Ministerio del Interior-, sino las opciones que algunos de estos tienen de irrumpir en los diferentes parlamentos.

Es fácil culpar a la Ley d’Hondt de provocar el bipartidismo pero, hasta ahora, han sido los propios españoles quienes con sus votos han elegido de forma masiva al PP o al PSOE para que se turnaran en el poder. La ley electoral, las circunscripciones electorales o las subvenciones que reciben influyen, y mucho, pero en último término la decisión es de los votantes. No hay sistema electoral perfecto, ni proporcional ni mayoritario, pero es lo que quiere "el pueblo", seguridad a cambio de libertad como ya anticipó Hobbes, y es difícil que el mapa electoral cambie por completo salvo en momentos de gran zozobra y crisis, pues uno de los elementos más valorados es la estabilidad, ese defecto que se le encuentra a los políticos cuando todos parecen iguales.

Programas electorales con letras en rojo o en azul que proponen lo mismo dentro del consenso socialdemócrata, la Pax Europea, son amenazados hoy por aquellos que hasta ahora se movían en la marginalidad del sistema y enarbolan la bandera de la alternativa política. Para unos de extrema izquierda, para otros de extrema derecha, populistas e, incluso, liberales. El debate está servido, que cada cual se etiquete y luego que cada cual vote.

La tensión entre diferentes fuerzas políticas es positiva en cuanto a que la competencia por el poder libera a los ciudadanos de los políticos siempre de acuerdo en esquilmar a los contribuyentes. En este punto sus señorías suelen llegar rápido a consensos y acuerdos pero cuantos más sean y más tarden en conseguirlo más libres seremos nosotros, que al final es lo que nos interesa. Bienvenidos sean los nuevos partidos si contribuyen en algo a ejercer como pesos o contrapesos del poder monopolítisco del Estado, malditos si su vocación es sumarse al fiesta estatista.

Si todos los políticos son iguales es porque la gente quiere que lo sean, porque votan a los iguales o no votan ni hacen nada para que dejen de serlo. Tanto si intentamos vivir al margen de los políticos como participar eligiendo a los representantes no podemos mirar hacia otro lado y continuar culpando a misteriosas fuerzas ajenas a nosotros mismos, ya sea "el sistema electoral" o "la partitocracia", pues son el resultado de nuestros votos, y el de nuestros vecinos. Pero es que en eso consiste la democracia.

Prometeo o Epimeteo, la elección primordial de España

Dice la mitología griega que, cuando llegó la hora de la creación de los mortales, los dioses encargaron a dos titanes hermanos, Prometeo y Epimeteo, tal labor. Epimeteo, el que piensa después de actuar, comenzó a distribuir talentos, fortaleza, rapidez, agilidad… entre los animales pero, por su falta de previsión, al llegar a la creación del hombre no habían cualidades para conformarlo. Cuando acudió para supervisar la tarea de su hermano, Prometeo, el que piensa antes de actuar, se dio cuenta del desastre que había provocado Epimeteo y decidió ofrecer al hombre, débil y desvalido, la luz del fuego divino.

El resto de la historia es bien conocida. Prometeo es acusado de robo, condenado y finalmente perdonado por Zeus, quien regaló a los hombres a Pandora, la primera de las mujeres. No es una casualidad que fuera, precisamente, Epimeteo quien aceptara a Pandora y se casara con ella.

La política europea, en general, y la española, en particular, consiste, en el fondo, en una elección entre uno de los dos modelos: Prometeo y Epimeteo, entre actuar y después pensar o, por el contrario, pensar y después actuar

La distribución buenista de Epimeteo

No tenía que ser fácil decidir cuál debía ser la distribución de los dones entre los animales, entre los que está incluido el hombre. De hecho, al parecer, Epimeteo trató de ser justo y al débil le dotó de habilidades para escapar, o de alas, y a los más fuertes les proporcionó un cuerpo grande y robusto que les sirviera, a la vez, de protección. Pero, además de ese buenismo, era necesario tener algo de lo que él más carecía: visión.

De la misma forma, el político, el gestor de dineros ajenos, de cargas y subvenciones, no puede dedicarse a tratar de repartir, con las mejores intenciones, lo que se supone que unos y otros merecen. Porque, si dejamos de lado los casos de individuos más embrutecidos, ¿quién no merece todo? Puestos a decidir, ¿no merecemos todos un cobijo?, ¿un trabajo?, ¿pan en la mesa?, ¿o algo más que pan, una dieta saludable?, ¿educación primaria, secundaria, la que haga falta?, ¿sanidad?, ¿ayuda psicológica?

En tanto que todos somos personas, todos lo merecemos. La cuestión es que la mitología es eso: una leyenda que no existe y que sirve para entender al ser humano, mediante el uso de arquetipos y fantasías.

La cruda realidad es que los dones de los que hablo no son repartidos por los dioses, son financiados gracias al trabajo y el esfuerzo de la población. Así que, antes de actuar sin pensar, como Epimeteo, estaría bien que nuestros gobernantes se plantearan si realmente son ellos los mejores distribuidores. Porque con su buenismo no se ha solucionado mucho en este año pasado.

Que sí, que podemos cantar la oda de los brotes verdes. Ya lo hizo el gobierno anterior. Pero los millones de parados siguen mirando a la cara a quienes deberían estar procurando que se generaran esos puestos de trabajo. No es que el Gobierno deba crearlos, pero sí asegurar un marco adecuado, quitar piedras del camino de los empleadores, piedras que fueron puestas por los mismo gobernantes que, jugando a ser dioses, se pillaron los dedos o, mejor dicho, pillaron el cuello, más que los dedos, de quienes crean riqueza: los empresarios.

El fuego insuficiente de Prometeo

En la historia mitológica, fue Prometeo, el que piensa antes de actuar, a quien se le ocurre hacerse con el fuego y las artes de los dioses, con el objeto de que el hombre, desnudo y desvalido, pudiera sobrevivir. Y así fue. El hombre pudo conseguir alimento, desarrolló las artes y salió adelante. Sin embargo, aquello no fue suficiente. La razón es que los hombres vivían aislados, cualquier intento de vida en comunidad acababa en fracaso, ya que terminaban injuriándose y matándose entre ellos.

Al no ser capaces de vivir juntos, los hombres eran devorados por las bestias, que estaban mejor dotadas que ellos. Por eso Zeus envió a Hermes para que le diera a los hombres los dones del pudor y la justicia, y así hubiera armonía en las ciudades y amistad entre los hombres. Y le ordenó que la distribuyera a todos y que se impusiera esta ley: que todo aquel incapaz de respetar la justicia y el pudor fuera repudiado, como una peste, por la sociedad.

Y esta es la principal lacra de nuestro Occidente tan evolucionado y moderno: falta respeto a la justicia, no hay verdadera rendición de cuentas por aquellos que pervierten las instituciones de justicia y actúan sin pudor (y vergüenza torera).

Nótese que, también en este caso, no es algo que vaya a manar del cielo, nos lo tenemos que ganar a pulso todos, cada uno en su puesto, en su pequeño entorno, repudiando al corrupto, y también frente al poder, denostando a los políticos que se burlan del más preciado don de la civilización.

Braess no encorsetó los mercados libres

Desde que el cardenal Bergoglio tomó posesión de la silla de Pedro, ser liberal y católico es una putada. Nunca ha sido fácil, claro, pero con el papa Francisco va a ser una tarea cada vez más complicada, porque mientras los curas marxistas hacen proselitismo de sus ideas en plena comunión con la Santa Sede, los que creemos en la libertad del individuo como motor esencial del progreso de la sociedad y rechazamos el despotismo estatista por sus efectos dramáticos en lo económico, lo político y lo social estamos probablemente rozando la excomunión.

El papa Francisco ya había ofrecido algunas pistas acerca de sus líneas maestras de pensamiento cuando ostentaba el Arzobispado de Buenos Aires, pero su primera exhortación apostólica, Evangelii Gaudium, permite despejar cualquier duda sobre lo que opina de las ideas centrales que integran la filosofía liberal. El Papa denuncia a heresiarcas que "todavía defienden las teorías del derrame, que suponen que todo crecimiento económico, favorecido por la libertad de mercado, logra provocar por sí mismo mayor equidad e inclusión social en el mundo", una aseveración que, según Francisco, "jamás ha sido confirmada por los hechos". Sin embargo, si algo demuestra la Historia es que son precisamente los sistemas basados en el respeto a la libertad individual y a la libre interacción social de los agentes económicos los que han sacado a la humanidad de la barbarie, la han hecho progresar y han permitido un salto gigantesco en el bienestar de todos los ciudadanos, católicos o no. Ahí tiene Su Santidad los resultados sociales que producen el capitalismo y el socialismo en los países en que uno y otro sistema han sido aplicados, sin necesidad de recurrir a la fe, sino a la mera constatación de los hechos.

Se argumentará que la crítica de Francisco se circunscribe a "los excesos del sistema capitalista", basados en la explotación, el robo y las ventajas obtenidas a través del favor del los poderosos, pero eso es precisamente lo que promueve el socialismo, no la libertad de mercado objeto de su crítica. Las injerencias abrumadoras de los poderes políticos, tan encumbrados por el Papa como solución de los males económicos del planeta, están en el origen de esta crisis sistémica que ahora padecemos, con la alteración arbitraria del precio del dinero como causa principal de la catástrofe. Francisco pretende que los gobiernos ejerzan un control (todavía) más férreo de las finanzas para repartir la riqueza de los más industriosos a través de mandatos coactivos, no gracias a la generosidad individual, como siempre había enseñado la Iglesia (algo que ha llenado de alegría a sus enemigos más encarnizados), pero él sabrá, que para eso es el Papa.

Nunca he tenido el menor conflicto en confesarme liberal y católico y así va a seguir siendo. Cuando los Papas hablan de cuestiones de Fe sigo a pies juntillas sus mandatos, pero si se dedican a despotricar contra las ideas que profeso en materia política o económica les presto la misma atención que a cualquier otro progresista. Cero patatero.

En todo caso, tener un Papa socialista no es una desgracia. Al contrario, los católicos liberales damos gracias al Altísimo porque pontífices así nos hacen crecer en la fe cristiana a través de la mortificación. Con Bergoglio estamos más cerca de alcanzar la santidad.

La paradoja chilena

Michelle Bachelet regresará pronto a la Casa de Gobierno en Chile. La quieren y, probablemente, lo merece. Ya pasó por La Moneda y abandonó el poder con un altísimo grado de aprobación. Sin embargo, esta vez la han votado para que gobierne de otro modo y lo ha prometido. Habrá salud y educación "gratis". Va a echar las bases del Estado Benefactor. El gasto público, claro, aumentará sustancialmente, y con él la alegre legión de los funcionarios.

No hay duda. Existe inconformidad en el país con el modelo chileno, pese a sus inmensos éxitos y al hecho innegable de que es hoy la primera economía de América Latina. ¿Por qué? Según Mauricio Rojas,

se trata de un largo proceso que tuvo su espectacular eclosión en el año 2011, con grandes movilizaciones sociales que lograron instalar un discurso antisistema que cuestionó los pilares delmodelo chileno.

Y agrega más adelante:

El centroderecha chileno creyó que la eficiencia del sistema le daría automáticamente legitimidad y apoyo y descuidó el terreno donde realmente se decide el derrotero de las sociedades: el de las ideas.

Esto lo ha escrito, muy preocupado, en un artículo titulado: "Chile, rumbo al estado Benefactor y la democracia chavista".

Mauricio Rojas sabe de lo que habla. En su juventud fue un marxista fiero, miembro del MIR, y tuvo que exiliarse tras el golpe de Augusto Pinochet para que no lo mataran. Se fue a Suecia. Allí, felizmente, se desasnó. Obtuvo un doctorado en economía en la Universidad de Lund y abandonó las bobas supersticiones marxistas. Luego entendió los errores del Estado Benefactor. Fue diputado por el Partido Liberal y vivió intensamente la rectificación de los excesos cometidos por los socialdemócratas, especialmente tras la crisis de los años noventa.

Suecia era uno de los países más habitables del planeta, pero el excesivo gasto público –llegó a ser el 67% del PIB– y la intervención del Estado acabaron ahogando la iniciativa de la sociedad civil y arruinando las finanzas. Tras el batacazo, los sucesivos Gobiernos suecos, además de recortar gastos, aprendieron a depender más del sector privado y a recurrir al mercado mediante sistemas de vouchers que devolvían a la sociedad la facultad (y el derecho) de elegir. Lo público y lo privado se armonizaron.

La discusión, pues, no debe ser sobre si es conveniente o no erigir un Estado benefactor. El tema de fondo es otro: ¿produce suficiente riqueza la sociedad para sostener un modelo de convivencia en el que las personas dispongan de casas confortables, comida variada, ropas adecuadas, estudios y sanidad de calidad, transporte, comunicaciones, diversiones e infraestructuras eficientes? Todo eso es grato, pero cuesta mucho.

Los países escandinavos no están a la cabeza del confort planetario porque decidieron crear Estados benefactores, sino porque generaron un tejido productivo en el sector privado que les permitió segregar sociedades como las que vemos en Suecia, Noruega, Dinamarca o Finlandia.

Suiza es Suiza y Austria es Austria no porque los bondadosos políticos y funcionarios de esas naciones decidieran dotar a sus sociedades de un alto estándar de vida y repartir la riqueza, sino porque cuentan con un aparato empresarial privado altamente competitivo que crea empleos bien remunerados y paga impuestos. Aquí no hay duda de si viene primero el huevo o la gallina.

Esa es la asignatura pendiente de Chile. El país, sí, va muy bien, pero no tanto como otros y gracias a las exportaciones de cobre, salmón, vino, vegetales y poco más. Como dice el profesor de Harvard Ricardo Hausmann:

Las únicas cosas nuevas que ha desarrollado son las AFP [el estupendo sistema privado de jubilación creado por el economista José Piñera), Falabella y Cencosud [tiendas, supermercados]. El país tiene sorprendentemente pocas empresas globalmente competitivas, y eso muestra una falta de diversificación que debiera preocupar.

Los Gobiernos que necesitan Chile y todos los países no son los que se proponen, primordialmente, distribuir las riquezas, sino los que deciden estimular la creación de empresas privadas vigorosas, competitivas y diversificadas que alimenten y sostengan la aparición de clases medias educadas y, de paso, costeen un Estado eficiente. ¿Cómo se hace eso? Ojalá la señora Bachelet lo descubra antes de provocar un descalabro.

elblogdemontaner.com

La legislatura ha terminado, la crisis continúa

No voy a ser yo quien minimice la extrema gravedad de la situación económica que se encontró el PP cuando llegó al poder, hace hoy justo dos años. Nuestro país parecía irremisiblemente condenado a quebrar e incluso a salir del euro debido a la explosiva combinación de tres burbujas cuya hinchazón se había venido gestando dese 2001 y cuya explosión se había retrasado en gran medida hasta 2012.

La primera de esas tres burbujas era la financiera: durante largos años nuestros bancos y cajas sobreexpandieron el crédito hacia nuestra economía, gracias a la financiación barata que les proporcionaba el BCE. La segunda era la productiva: el crédito barato de la banca distorsionó por entero nuestro modelo productivo, escorándolo hacia el infladísimo ladrillo. Y la tercera fue la estatal: los ingresos extraordinarios del Fisco engordaron tanto durante los años de falsa bonanza que nuestros políticos se permitieron consolidar unos niveles disparatados de gasto público.

Todos los problemas de la economía española se reconducen a estos tres desequilibrios: banca descapitalizada, desempleo y quiebras en masa, déficit público desbocado. Tres problemas que tanto dentro (votantes) como fuera (votantes financieros: inversores) se esperaba el Partido Popular resolviera tan pronto como desplazara a Zapatero, devolviendo así España a la senda de la estabilidad. La tarea no era sencilla, pero sí política y éticamente exigible: recapitalizar la banca a costa de sus acreedores y no del contribuyente, liberalizar completamente la economía (en especial, el mercado de trabajo y el energético) y acelerar la reducción del déficit público mediante un recorte del gasto centrado en la reforma en profundidad del mal llamado Estado de Bienestar.

Pero, para sorpresa de muchos, y no tanto para la de otros, el PP apenas movió ficha durante sus primeros meses en el Gobierno: De Guindos impuso diversas provisiones a los bancos que no explicó cómo iban a poder cubrir; la reforma laboral se quedó a medio camino y el resto de vitales reformas (como la energética) ni se llegaron a plantear; y los presupuestos de 2012 no sólo se retrasaron por razones electoralistas hasta pasadas las autonómicas andaluzas, sino que apenas contuvieron recortes del gasto; sí incluían, en cambio, salvajes subidas de impuestos.

Fiasco gubernamental que se plasmó en decepción interna y externa: los votantes no pudieron retirar a posteriori su confianza a Rajoy, pero los inversores en deuda española sí pudieron hacerlo… y lo hicieron. Pocos meses después de que el PP llegara al poder, la desbandada no tuvo precedentes: convencidos de que, por culpa de la inepcia socialdemócrata del PP, España iba inexorablemente a quebrar –déficit público por las nubes, banca insolvente y paro avanzando hacia los seis millones–, nadie deseaba estar expuesto a nuestra ruina: los mercados financieros se secaron y el coste de nuestra financiación estalló.

Pero a mediados de 2012 a Rajoy se le aparecieron dos ángeles: uno en forma de crédito extraordinario de Bruselas para poder recapitalizar los bancos españoles a costa de todos los contribuyentes; el otro, y verdaderamente decisivo, exhalado por Mario Draghi al anunciar urbi et orbi que haría "todo lo necesario" para evitar que el euro se descompusiera por los eslabones español e italiano. En el fondo, pues, el banquero central mutualizó la deuda española e italiana con la alemana, permitiendo aplazar el día de autos. Insisto: quien aplazó la bancarrota fue Draghi, no Rajoy y su equipo.

Desde entonces, los sustos mortales han desaparecido de la economía española: la prima de riesgo ha caído a la mitad; el crédito vuelve a fluir hacia nuestros bancos; la inversión extranjera, que había huido en 2012, regresa algo más confiada en 2013; el sector privado ha dejado de destruir empleo abriéndose hacia el exterior, incluso puede que se expanda tímidamente. Brotes verdes por doquier. Salir del atolladero ya es sólo cuestión de tiempo, pues todas las bases para la recuperación están sembradas gracias a la diligente política económica del Gobierno. ¿O no?

Fragilidad

Partamos de un hecho tan deplorable como incontestable: la legislatura popular ya ha terminado. Todo aquello que tenían que ofrecer –bueno, malo, peor y pésimo– ya ha sido desplegado. A unos meses de las europeas, a año y medio de las autonómicas y municipales y a dos años de las generales, ningún político va a sacrificar su poltrona en aras del bien común. Sólo queda aguantar y ver. Por desgracia, para poder ver algo sustancialmente distinto a lo que vimos (y padecimos) en el pasado, nuestros desequilibrios fundamentales deberían haberse corregido y no lo han hecho.

¿La burbuja financiera? A pesar de las varias decenas de miles de millones de euros que los contribuyentes españoles hemos insuflado, coaccionados, en las cajas, el problema está lejos de haberse solventado: la morosidad sigue en aumento (ya no solo se concentra en la construcción) y el precio de la vivienda continúa en caída libre, erosionando el valor de los colaterales en disposición de la banca. Ciertamente, las entidades financieras están hoy mucho mejor que hace un año, pero dentro de dos o tres años puede estar peor que antes del rescate.

¿La burbuja productiva? Es cierto que nuestro aparato productivo se está readaptando lenta pero adecuadamente: estamos abandonando un modelo insostenible basado en el endeudamiento externo para alimentar el consumo interno y virando hacia otro basado en la exportación para amortizar nuestras deudas exteriores. El problema es que esta reestructuración, que por necesidad debía tomar bastante tiempo, se está prolongado exasperantemente: el sector privado continúa muy endeudado (aunque cada vez menos) y constituye un clamor generalizado la ausencia de financiación para sufragar nuevas inversiones en nuevos productos y en nuevos mercados. Falta libertad y ahorro (que no crédito) para acelerar este imprescindible proceso, pero el PP se ha limitado a consolidar o reforzar la mayoría de regulaciones y a saquear tributariamente al sector privado para evitar pinchar la burbuja estatal.

¿Y la burbuja estatal? Pese a los timoratos recortes del gasto y a las sangrantes subidas de impuestos, continúa tan adiposa como siempre. Si Zapatero redujo el déficit del 11 al 9%, Rajoy lo ha bajado del 9 y al 7. Ahí queda todo. Pírrica proeza que nos condena a terminar 2014 con una deuda pública por encima del 100% del PIB y, lo que es peor, con un déficit que continuará disparado por culpa de un sector público sobredimensionado que, paradójicamente, todos los partidos tachan de raquítico y se afanan en prometer incrementar.

Combinen el estancamiento con el sobreendeudamiento y obtendrán una imagen atinada de la situación: fragilidad. Según las previsiones del propio Gobierno, al terminar la legislatura el PIB y el empleo serán más bajos que al comenzar; la atonía de la recuperación broteverdista habla por sí sola. Esto es lo que tenemos: deudas que siguen acumulándose (sobre todo en el sector público) y riqueza que no llega a crearse para poder reembolsar aquéllas con holgura. Hemos salido (o mejor, nos han sacado) una vez de la suspensión de pagos, pero no hay nada que nos impida regresar a ella; máxime, con dos años electorales y electoralistas por delante, en los que las bancadas liberticidas que pueblan nuestro Congreso (todas) se pelearán por ver quién sube más el gasto y los impuestos, es decir, por ver quién machaca más al sector privado para seguir cebando al público.

La irresponsabilidad broteverdista

Llegados a este punto, toca hacer balance: ¿ha tenido éxito el PP? Si medimos el éxito por haber evitado hasta el momento la bancarrota del país, sin duda alguna lo ha tenido. El mismo éxito que podría haber tenido Zapatero de haber continuado en el poder y de haber recibido el espaldarazo de Draghi. Si, en cambio, medimos el éxito de la política económica del PP por cómo ha contribuido a apuntalar una recuperación saludable, resistente y duradera, su fracaso ha sido rotundo. Hasta la fecha, su política económica se ha centrado en rescatar a la banca y a las Administraciones Públicas a costa de familias y empresas, pero ni banca ni, sobre todo, Administraciones Públicas han completo su saneamiento: al contrario, siguen exhibiendo preocupantes y, en algunos casos, crecientes desequilibrios.

Como sucede con los parásitos, todas las esperanzas del PP están puestas en que el sector privado experimente una recuperación tan vigorosa que le permita seguir sangrándolo para tapar los agujeros presentes y futuros de los sectores público y financiero. Mas el sector privado lo tiene muy complicado para crecer en un contexto de impuestos desproporcionados, regulaciones multiplicadas y ahorro escaso. Si no opera el milagro, las cuentas de la lechera no le saldrán al Gobierno, y, si no le salen, la fragilidad actual se disolverá en dudas y pánico… a menos que se tomen adicionales medidas mucho más impopulares que las adoptadas hasta la fecha y que vayan más allá de lo meramente cosmético y propagandístico (reducción nominal de las pensiones, parálisis de toda obra pública, despido más amplio de empleados públicos y nueva rebaja de sus salarios).

¿Estará el PP en posición de hacerlo? Aunque quisiera (que no quiere), no lo haría a estas alturas de la legislatura. ¿Estará en posición de hacerlo el siguiente Gobierno? Si continúa el PP, ni querrá ni podrá (carecerá de mayoría absoluta); si no gobierna el PP, la coalición bolivariana PSOE-IU hará más bien todo lo contrario… caiga quien caiga.

El panorama es descorazonador, pero lo es por un motivo fundamental: el PP no tomó las duras pero necesarias medidas cuando debía. Ahora ya es políticamente demasiado tarde. Los desequilibrios económicos siguen ahí, pendientes de nuevos ajustes y reformas que nadie traerá. Eso es la irresponsabilidad broteverdista: mantenerte deliberadamente en una posición de debilidad esperando que el viento sople a tu favor y te arrastre hasta la costa. Pero el viento sopla sin fuerza y la balsa continúa llena de agujeros, por mucho que alguno de ellos haya sido chapuceramente taponado.

Por desgracia para todos, estos dos años que concluyen toda la legislatura del PP pueden resumirse en unas frustrantes líneas: traspaso de los muertos de las cajas y del Estado al sector privado para, con la imprescindible cooperación de Draghi, aplazar –que no evitar– la posibilidad de un desastre final. Más Estado y menos mercado, justo lo contrario de lo que necesitábamos.

Los diputados disfrutan de puentes de 12 días y sólo trabajan 2,5 meses al año

El Banco de España (BdE) reconoce que el drástico ajuste adoptado por los países bálticos (Estonia, Letonia y Lituania) para salir de la crisis y reducir el déficit público ha sido todo un "éxito", tal y como en su día avanzó Libre Mercado. La senda escogida por España, consistente en disparar los impuestos y aplicar tímidos recortes de gasto, ha sido desmontada por los expertos de la Comisión Europea, ya que consideran que dicha estrategia ralentiza la recuperación económica. Por el contrario, la receta contra la crisis consiste en apostar firmemente por la austeridad pública y la liberalización económica. Y el mejor ejemplo de tal modelo son, sin duda, los bálticos.

El BdE analiza en detalle la evolución de estos países en su último boletín económico, desde sus graves problemas estructurales hasta sus políticas concretas para tratar de solventar tales desequilibrios. En primer lugar, cabe señalar que Estonia, Letonia y Lituania sufrieron una burbuja crediticia muy similar a la acontecida en los países periféricos de la zona euro, especialmente España, tras disfrutar de unas "condiciones financieras muy laxas" durante un largo período de tiempo. Como resultado, crecieron muy por encima de su potencial, a ritmos anuales superiores incluso al 10%, debido al fuerte empuje de la demanda interna. Durante ese "boom económico", el endeudamiento del sector privado se disparó hasta niveles insostenibles, al igual que el precio de determinados activos, sobre todo inmobiliarios.

El problema es que ese período de éxtasis, caracterizado por la pérdida de competitividad (elevados déficits exteriores), tipos de interés negativos y abundancia de crédito, "ocultaba serios desequilibrios" que, posteriormente, salieron a la luz tras el estallido de la crisis financiera internacional, en 2008, cuando el grifo del crédito externo dejó de fluir hacia estas economías sobreendeudadas. La abrupta fuga de capitales y el brusco incremento de los costes de financiación hundieron a los bálticos en una gravísima crisis económica que llegó incluso a poner en duda la propia solvencia de estos países. De hecho, Letonia tuvo que ser rescatada por Bruselas y el FMI para evitar su bancarrota a finales de 2008.

Los efectos del derrumbe no tardaron en llegar. Entre 2008 y 2009, el PIB se contrajo un 20% en Letonia, un 17% en Estonia y un 14% en Lituania. El ajuste fue generalizado, aunque afectó especialmente al sector de la construcción (caída del 50% anual en Letonia y Lituania, y de un 40% en Estonia), que también había experimentado un incremento excesivo en la etapa previa a la crisis.

La recomendación de los organismos internacionales fue clara: devaluar sus monedas para ganar competitividad y salir de la crisis por la vía del aumento de las exportaciones. Pero, lejos de seguir tales dictados, las autoridades nacionales de estos tres países optaron por la devaluación interna (ajuste relativo de precios y salarios), mediante la aprobación de profundas reformas estructurales tendentes a liberalizar sus respectivas economías y un drástico plan de austeridad pública, centrado en reducir de forma muy sustancial el gasto.

Cabe recordar que los países bálticos tenían entonces sus monedas ancladas a un tipo de cambio fijo al euro. Es decir, tenían monedas distintas, pero, en la práctica, es como si estuvieran dentro del euro, y lo llamativo es que decidieron mantenerse en él pese a que pudieron optar, libremente, por la devaluación.

Flexibilidad y austeridad

Su estrategia, por el contrario, consistió en aumentar la competitividad, apostar por reducir el déficit público de forma intensa y rápida, garantizar la solidez del sistema financiero y mejorar la flexibilidad estructural de sus economías. Eligieron, por tanto, la senda de los sacrificios: recortes de salarios, depreciación de activos, fuerte reducción del gasto público e intenso desapalancamiento del sector privado. En resumen, las medidas que, hoy por hoy, critican la inmensa mayoría de políticos y economistas de los denominados países periféricos (Grecia, Portugal, España e Italia), además de grandes potencias como Francia o EEUU.

Así, durante 2009 y 2010 los costes laborales unitarios revirtieron el fuerte crecimiento de años anteriores, con caídas muy intensas en los tres países (especialmente Letonia). Dicha corrección descansó tanto en el recorte de salarios como en la mejora de la productividad vía despidos. Como es lógico, este proceso disparó la tasa de paro, pasando del 5 % en 2007 hasta el 18% en Estonia y Lituania y el 21 % en Letonia en 2010.

La flexibilidad laboral de estos países facilitó mucho este particular ajuste relativo, ya que las empresas contaron con un amplio margen para reequilibrar sus costes laborales, adaptándose así de forma ágil y rápida al nuevo contexto económico, caracterizado por el desplome de la demanda interna y el encarecimiento de la financiación.

Pero no sólo sufrió el sector privado. La crisis también se tradujo en un histórico aumento del déficit público como consecuencia del hundimiento de la recaudación fiscal y el incremento del gasto público asociado a prestaciones sociales y pago de intereses por la deuda. Sus agujeros fiscales llegaron a rondar el 10% del PIB.

Nada nuevo bajo el sol si se compara con lo acontecido en España. Sin embargo, en lugar de elevar los impuestos, los gobiernos bálticos optaron por una vía muy distinta: recortes intensos del gasto público. Entre 2008 y 2009, justo después de estallar la crisis, aprobaron de inmediato "medidas muy duras, que suponían una consolidación por valor del 6% del PIB en Estonia, del 8% en Lituania y del 11% en Letonia", tal y como destaca el BdE. Dicho ajuste incluyó algunas subidas de impuestos indirectos, pero, "fundamentalmente", se centró en recortar gastos.

"Todos los programas incluyeron una fuerte reducción de la remuneración de asalariados públicos". En Letonia, por ejemplo, "los presupuestos de 2009 incluyeron una reducción de los salarios públicos del 25% y un elevado número de despidos". También redujeron gastos corrientes y de capital.

Asimismo, lejos de frenar la austeridad, prosiguieron el ajuste fiscal entre 2010 y 2012, logrando el pasado año, "con el respaldo de una recuperación vigorosa, reducir los déficits por debajo del 3% establecido por la Comisión, en los casos de Estonia y Letonia (-1,1% y -1,7% del PIB, respectivamente), y situarlo en Lituania ligeramente por encima de ese valor de referencia (-3,1%)", añade el informe. Nada que ver, por tanto, con el lento y tímido ajuste fiscal de España.

Además, gracias a esta fuerte disminución del déficit, "tanto Letonia como Lituania, que vieron incrementar su deuda de forma rápida en el momento más álgido de la crisis, han logrado estabilizar la ratio de deuda pública sobre el PIB en niveles en torno al 40%. En Estonia se ha mantenido por debajo del 10% del PIB durante todo el período".

Un modelo de "éxito"

¿Y qué resultado ha tenido esta receta que tanto rechazan los países periféricos del euro?

  • Estonia, Letonia y Lituania crecieron en 2011 y 2012 a un ritmo anual del 5% y 6%, "las tasas más altas de la UE", enfatiza el BdE.
  • "Apoyados en el repunte de la actividad, los mercados laborales han mostrado un comportamiento favorable en los últimos años, con mejoras en el empleo y reducciones en la tasa de paro, después del importante deterioro de los años de la crisis, cuando la tasa de paro ascendió a niveles cercanos al 20%".

  • "Los elevados déficits por cuenta corriente que acumularon los tres países bálticos han experimentado un ajuste rápido y pronunciado".

  • "Los déficits se situaron por debajo del 3% del PIB en 2012, salvo en Lituania, donde se mantiene ligeramente por encima de ese valor de referencia".

Según el BdE, el "éxito de esta estrategia se ha basado en varios aspectos": la "prontitud" y "determinación" de las autoridades en la adopción de las "medidas de ajuste necesarias"; la "flexibilidad de sus mercados de factores y productos"; la "flexibilidad de los precios y salarios”; la “apertura comercial” (las exportaciones son un 50% del PIB), su “especialización productiva”; una “orientación del comercio exterior hacia mercados dinámicos”; el “mantenimiento de la exposición de la banca extranjera” a estos países; los “reducidos niveles iniciales de deuda pública”; el “reducido porcentaje de endeudamiento de los hogares”, etc.

Los ‘peros’ del Banco de España

Por último, no todo son halagos por parte del BdE. "A pesar del aparente éxito de la estrategia adoptada por los países bálticos, ésta no ha estado exenta de costes", indica. Por un lado, según dicha entidad, "estas economías no han solventado sus problemas estructurales y aún tienen desafíos pendientes en su aspiración de incorporarse al área del euro, o de seguir viviendo con un tipo de cambio fijo". Además, presentan "importantes cuellos de botella que hacen difícil reducir más el aún elevado desempleo".

Por todo ello, advierte el estudio, es "esencial que avancen en el proceso de reformas estructurales que les permita continuar su convergencia real con la UE -su renta per cápita es aún del 50%-60 % de la media de la UE-15-, para poder afrontar la adopción del euro desde una posición sólida".

¿Hacia una sociedad participativa?

Guillermo Alejandro, el recién coronado rey de los holandeses, leyó ante el Parlamento de su país un discurso en el que constaba la imposibilidad práctica del Estado del bienestar que en un futuro debería evolucionar hacia una "sociedad participativa". Antes que él, el primer ministro del Reino Unido, David Cameron, en el ya lejano 2010 habló de la "gran sociedad" frente al gran gobierno. El discurso del tory no generó demasiados comentarios pero el mensaje holandés, paradigma de la progresía continental, desató cierta alarma entre la intelectualidad colectivista. Seguramente con razón.

La crisis de deuda soberana ha descubierto una realidad que los políticos han tardado en reconocer y sobre la que ahora quieren aportar soluciones. Como el bombero-pirómano, pretenden declararse salvadores del fuego que ellos mismos prendieron. Tal vez deberíamos dejarles, sería el menor de nuestros males. Si la ficción del Bienestar del Estado no se puede asumir ya, las futuras elecciones se jugarán en otro terreno y, en definitiva, es a lo que ellos les interesa si quieren mantenerse en la poltrona.

Las palabras pueden limitarse a la retórica pero aún así los discursos que enmarcan la acción política y sus relaciones son importantes. Las sociedades, grandes o pequeñas, participativas o individualistas, han sido engañadas -o se han dejado engañar- por la ilusión del Bienestar del Estado. Cuando el arte se hace por encargo del poder político, la innovación científica depende de las concesiones públicas, la educación es impartida por funcionarios de acuerdo a un programa rígido o la salud es administrada por el Estado, simplemente no hay sociedad. El Estado ha ido ocupando espacios que hasta no hace mucho pertenecían a la sociedad, la ha eclipsado; el proceso es, por tanto, una vuelta a la soberanía o devolución. No la pantomima estatista de quienes quieren secesionarse para crear un nuevo estado, sino devolución a la propia sociedad, de los hombres que la forman, que pueden recuperar sus atribuciones.

Independientemente del debate sobre si fue antes el huevo o la gallina aquí no importa tanto que los políticos adornen sus discursos con conceptos que hoy en la práctica tienen resultados nulos sino la semilla que puede perdurar a medio plazo. La retórica vacía de hoy puede enmarcar las exigencias futuras, situando en la agenda política medidas que hoy parecen inimaginables en esta vieja Europa que ha estado mirando en estos últimos tiempos a los políticos como la solución y no como la causa de sus problemas.

Una Europa centralizada: más no es mejor

El pasado lunes tuve la fortuna de asistir a la conferencia que el prestigioso profesor alemán Rolan Vaubel ofreció en la Fundación Rafael del Pino. El título, "Las instituciones europeas como grupo de interés", era ya una declaración de principios. El profesor Vaubel explicó a partir del enfoque de la Escuela de la Elección Pública, los motores que empujan a la Unión Europea a promocionar a toda costa una mayor centralización.

El eterno problema de los intereses creados

La Escuela de la Elección Pública estudia, en general, la toma de decisiones de los agentes políticos considerando los intereses reales de dichos agentes, es decir, trata de analizar el riesgo moral de los decisores, más allá del supuesto criterio de defensa del interés general.

En el caso de las instituciones europeas, el Parlamento, la Comisión y la Corte Europea, la estructura de la toma de decisiones es tal que es la Comisión, un cuerpo no sometido a elecciones, la que mantiene agarrada la sartén política por el mango. El Parlamento no está autorizado a iniciar un proceso legislativo, la Comisión monopoliza ese derecho. Por otro lado, las decisiones de la Corte Europea han favorecido las propuestas de la Comisión en un 59%, de acuerdo con los estudios realizados por institutos como el Gallup Europe o el Center for the Study of the Political Change, de la Universidad de Siena, y otros.

En este sentido, la idea de fomentar una mayor centralización en la toma de decisiones es un mantra que flota en el ambiente, ocupa páginas en nuestros medios escritos y aparece en los discursos de todo político que no esté dispuesto a suicidarse profesionalmente. Solamente los llamados euro-escépticos, avis rara tratados de outsiders por la mayoría, cuestionamos la bondad de dicha centralización.

¿Por qué una autoridad monetaria, bancaria, presupuestaria, etc., supondrían una válvula de seguridad? ¿Por qué se le supone una bondad intrínseca y una capacidad para resolver los problemas?

No hay respuesta sensata. Más bien, al contrario, la descentralización en la toma de decisiones acercaría las soluciones a los ciudadanos. Y, sin embargo, estamos hablando de uno de los consensos ampliamente aceptados.

Pero un vistazo a los datos aportados por el profesor Vaubel nos dan una pista de lo que subyace a este acuerdo popular. Resulta que son los funcionarios europeos y los nacionales los que mayoritariamente defienden la centralización. Las preferencias de los mismos difieren bastante de lo que expresan los ciudadanos en las encuestas. La razón es muy simple: así tendrían un mayor poder y afianzarían su papel en la política europea. Los funcionarios europeos por motivos evidentes y los nacionales porque hay cancha donde meter la mano y sacar beneficios, no tanto económicos (que probablemente también) como en términos de poder.

La pescadilla europea que se muerde la cola

La manera de lograr este propósito se basa en dos hipótesis que el profesor Vaubel exponía: la hipótesis de la auto selección y la hipótesis de las preferencias compartidas. De acuerdo con la primera, no optan a los puestos de funcionariado europeo los individuos más descentralizadores, sino al revés, son los más convencidos de las bondades de la centralización quienes se presentan para ocupar los puestos en las oficinas de Bruselas. De acuerdo con la segunda, ascienden aquellos que comparten el sesgo centralizador. Y así, el sistema queda cerrado.

Los principales perjudicados son, evidentemente, los grupos minoritarios que prefieren una Europa en la que la toma de decisiones sea menos férrea, más libre, menos centralizada, y que, por norma general, pertenecen a países en los que los impuestos son menores y defienden su forma de entender la política económica. ¿Qué pueden hacer estos grupos? Pues poco, porque la exigibilidad de las normas europeas, dictadas por la Comisión, sin contrapeso real, aniquila cualquier posibilidad de que en Europa haya diversidad de opciones. Nos encaminamos a un peligroso "café para todos".

En el caso español, las consecuencias son ambiguas, porque, incluso los más euro-escépticos casi preferimos que una instancia supra nacional nos obligue a mantener unos niveles "decentes" y sostenibles de deuda y déficit. Eso no implica que siguiendo ese camino vayamos a lograr la eliminación del déficit, pero evita el mal mayor de la juerga presupuestaria tan típica de nuestros políticos.

Pero en términos de libertad individual, estamos hablando de una lesión seria e irreversible para los ciudadanos, tanto españoles como europeos.

Seria, porque encima estamos agradecidos pensando que es nuestra tabla de salvación, es decir, ya no tenemos que hacer nada nosotros por buscar una solución, solamente hemos de cumplir lo mandado. E irreversible, porque solamente un cambio estructural permitiría que los estados miembros se zafaran del lobby funcionarial de la EU.

La buena noticia es que hay un grupo de expertos entre los que, además del propio profesor Vaubel, está nuestro profesor Francisco Cabrillo, que estudia una propuesta de 17 cambios institucionales para solucionar este conflicto.

Habrá que estar pendiente. Por lo que está en juego. 

La senda olímpica: cultura empresarial y empresa cultural

La noticia de la semana, la comidilla de todas las conversaciones, el tema obligado es el fracaso olímpico de Madrid en Buenos Aires el pasado sábado. Lágrimas, enfado, sorpresa, y en los casos más radicales, indignación se plasmaban en las caras de los delegados españoles vestidos de rojo carmesí. Todo tipo de valoraciones personales calibraban, en especial en Twitter, si el peinado “eléctrico” de la alcaldesa era adecuado, si su pronunciación inglesa era simpática o estridente, si el príncipe estuvo el que mejor, si teníamos que haber hecho o dicho esto o aquello. Pocos se plantearon si el verdadero fallo está en nuestras cabezas.

El modelo olímpico: tirar la casa por la ventana

Cuando Shinzo Abe, Primer Ministro de Japón, subió al atril para dirigirse a los encargados de conceder la sede olímpica a una de las tres ciudades propuestas, quedó claro que ese era el caballo ganador. Mientras que Estambul representaba apostar por una democracia islámica y quitar hierro a las diferencias entre culturas tan diferentes, Japón saltó al ruedo como el representante del poder económico. España, con su “modelo austero” no tenía nada que hacer.

¿Pero en qué cabeza cabe? Es como dar a elegir entre un fiestón por todo lo alto y un té con pastas caducadas a una pandilla de jóvenes. Si las opciones son “menos” o “más”, la gente elige “más-siempre-más”. Bien es cierto que Ana Botella no podía, de cara a la opinión pública de su feudo, presentarse como la diosa de la abundancia, pero es que no era el pueblo madrileño quien tenía en su mano el voto, sino los miembros del Comité Olímpico Internacional. Y estaba claro, tratándose de España, se podía mantener el argumento “somos austeros” junto con “cumplimos los plazos”, pero no “vamos a gastárnoslo todo” y “cumplimos los plazos”. Eso sí que habría sido incongruente. En cambio, Abelimpics, sí puede. ¿Por qué? Porque es su discurso desde hace ya un tiempo. El Primer Ministro japonés, en su día, debió pensar que si Europa tenía los manguerazos de dinero del BCE, ellos tenían que disponer de un cañón gigante de espuma monetaria para inundar la economía japonesa. Y de momento, no hay un descalabro económico en el país del Sol Naciente. Eso sí, todos aguantamos la respiración esperando el desenlace. Que un presidente con esa política diga “Nosotros sí que tenemos dinero” es creíble, y nadie va a plantearse que pasa después.  Shenzo Abe ha dejado claro que él es de los de “Après moi, le deluge” (después de mi, el diluvio), esencia del cortoplacismo más recalcitrante.

Quo vadis, deporte español

Lo que más me impresionó de la retransmisión del sábado fue la sensación que contagiaban los deportistas españoles de ser una especie en extinción. Sin los fondos del programa ADO ¿cómo vamos a pagar las facturas, el retiro necesario para entrenar de los niños que componen la cantera olímpica, los sueldos de los entrenadores, las instalaciones? Y, como suele pasar en la bendita España, muchos de nosotros, reconociendo la importancia del deporte para la sociedad, dirigimos la mirada al gobierno buscando la solución. Pero, lo cierto, es que si Ana Botella no es la diosa de la abundancia, Mariano Rajoy no puede abrir la bolsa del presupuesto nacional como Mary Poppins su maletín, y sacarse de la manga dinero para el deporte, más subsidios de desempleo, pago de la deuda, sostener el quebrado sistema de pensiones, etc. igual que la “bruja buena” de la película sacaba un perchero, un paraguas que hablaba y medicinas de color rosa y que sabían a caramelo.

La pregunta que me ronda desde entonces es, si el deporte es tan importante ¿por qué no hay empresas que lo financien? Y si la respuesta es que no es rentable ¿por qué tenemos la necesidad de ser olímpicos cuando no tenemos los mimbres necesarios? No está bien visto tratar temas que parece ser que tocan al orgullo patrio con mentalidad empresarial. No he terminado de entender qué razón explica que el deporte sea una enseña nacional, y no las empresas españolas. Pero, más allá de ese tema, creo que el problema del deporte, como el de la ópera, el arte, y la cultura, en general, está más en nuestra mentalidad, o mejor dicho en nuestra falta de mentalidad empresarial. Precisamente por ser algo que consideramos patrimonio nacional, los ciudadanos deberíamos estar dispuestos a financiarlo con nuestras empresas y dejar que el gobierno se centre en lo fundamental. Claro que para ello, esas empresas deberían ver aflojada la soga impositiva en su cuello. Y por ahí no está dispuesto a pasar ningún gobierno español.

Por qué los estadounidenses no votan

Si interesarse poco por la política significa interesarse poco por depositar un voto en unos comicios electores, podríamos decir que los ciudadanos estadounidenses se ocupan y preocupan bastante poco de su cosa política. Si consideramos sus elecciones presidenciales, que son muy probablemente las más trascendentales para el conjunto de la nación, en el último siglo ha sido permanente la participación por debajo del 60% e incluso fue inferior al 50% en las segundas presidenciales ganadas por Bill Clinton allá por 1996.

Este hecho contrasta notablemente con otro: que los estadounidenses votan si no por todo, por casi todo. En los años 90, había más de medio millón de funcionarios de algún modo elegidos en votación popular en EEUU y hoy el número es presumiblemente superior. El politólogo californiano Austin Ranney explicaba la hondura democrática de su país con su propia experiencia: entre proposiciones estatales, municipales, senador, congresista, representantes, funcionarios del condado y municipales…en una consulta electoral tenía derecho a emitir más de 70 votos para cargos o consultas distintas.

En el primer tercio del siglo XIX el insigne filósofo político francés Alexis de Tocqueville plasmó su fascinación por la cultura democrática estadounidense en su obra "Democracia en América". Con la parcial excepción británica, ningún país se había fundido con la democracia del modo en que lo había hecho la nación estadounidense. Pero, ¿por qué los estadounidenses, ciudadanos del país quizás más democrático del mundo, participan tan poco en sus elecciones? Entre los argumentos que se han esgrimido están el laborioso sistema de registro previo para poder ejercer el derecho al voto, la saturación en parte comprensible por poder votar por casi todo o el efecto dilución de poder de cada voto típico del sistema electoral para sus presidenciales o que –y esto llama la atención a muchos europeos- las elecciones son en días laborables. Siendo sin duda argumentos razonables, creo empero que hay razones más de fondo para explicar la apatía electoral de los estadounidenses y que emergen de los propios patrones distintivos de esa nación que es Estados Unidos:

Una nación nacida del laissez-faire

Estados Unidos nació a finales del siglo XVIII de una revolución que rechazaba las jerarquías, la nobleza, la aristocracia y la monarquía heredadas de las estructuras feudales y que ensalzó, por el contrario, el individualismo y la meritocracia. H. G. Wells señala que Estados Unidos fue abiertamente una nación anti-Estado.

Hasta qué punto Estados Unidos es una nación que hizo del laissez-faire y el liberalismo clásico su bandera lo podemos comprobar si comparamos las fuerzas sindicales europeas con sus homólogas estadounidenses. Al menos hasta la Gran Depresión, sus movimientos sindicales eran más anarquistas que socialistas, como la American Federation of Labor que fue considerada como conservadora por europeos que no entendían la sociedad estadounidense. Otro tanto similar sucedió con los Industrial Workers of theWorld. Incluso Franklin Delano Roosevelt, el presidente estadounidense que quizás más alejó a su país de los ideales del laissez-faire, criticó en 1928 al presidente conservador Hoover por el déficit. En 1996, el demócrata e izquierdista Bill Clinton llegó al poder asegurando que la era del Gobierno Grande había llegado a su fin. Sea como fuere, y con independencia de que al final tantos presidentes del país han hecho tanto contra la libertad individual y por expandir el Gobierno, la retórica política estadounidense no puede escapar de ideas y conceptos forjados por el pensamiento liberal que recelaba del Gobierno y combatía al Gobierno Grande.

Mientras en los países europeos es mayoría aplastante dentro del movimiento izquierdista y sindical los que defienden que el Estado debe garantizar niveles de vida a los desempleados, en Estados Unidos no llega a la mitad de los miembros sindicales el acuerdo con tal afirmación según los estudios de Karlyn Keene y Everett Carll.

Estados Unidos siempre ha sido un país embarazoso para los socialistas y marxistas. En cierto modo fue la refutación de Marx y Engels cuando consideraban que aquellos países con estadios más avanzados del capitalismo serían más proclives a la instauración del socialismo. Y es que el socialismo nunca ha echado raíces ni cuajado en EEUU. Werner Sombart intentó responder a aquella excepcionalidad americana en "¿Por qué no hay socialismo en América?". El individualismo estadounidense nunca casó bien con las conciencias de clase, y probablemente éstas fueron del todo innecesarias en un país en un sentido liberal igualitarista, donde se habían rechazado las jerarquías y estructuras sociales verticales. El progresismo en Estados Unidos, incluso uno radical y revolucionario, era de cuño libertario; así, el socialismo en EEUU en el mejor de los casos era prescindible.

De ahí se colige y explica que mientras los estadounidenses muestran una innata prevención contra el Gobierno como institución, son por otro lado fervorosos y ejemplo sin igual en el mundo cuando de asociacionismo libre y voluntario se trata.

Estados Unidos identificó desde sus orígenes la cosa pública como una sospechosa y aun peligrosa, y se refugia para ello allí donde los ciudadanos se expresan con más libertad: en la "cosa privada". Por ello, la pobre participación de la ciudadanía estadounidense a la hora de las decisiones políticas y de la cosa pública es, sencillamente, natural.

La poca observancia de la ley creada por el Estado

Igual que Estados Unidos nació del individualismo, el igualitarismo liberal, y las estructuras horizontales opuestas a las jerarquías…, también es un país donde los derechos se anteponen conceptualmente a los deberes. Y en contraste con las sociedades europeas y aristocráticas, el ciudadano no es conformista sino incluso rebelde. Como hemos visto, la autoridad política no es objeto de pleitesía y ciega obediencia para el estadounidense al modo tradicional que lo sería para un europeo. Para calibrar hasta qué punto está engranado el cuestionamiento de la autoridad en EEUU, podemos tener en cuenta que Stephen Anderson asegura que los médicos estadounidenses son de los que más tienen que consensuar con el paciente su el tratamiento.

A poco que profundicemos, observaremos que la textura jurídica estadounidense es sumamente densa. Es decir, se trata de una sociedad enjundiosamente ‘juridificada’. Podría decirse que Estados Unidos es el país de los juicios y litigios casi por antonomasia (de los ciudadanos contra el Gobierno y de unos frente a otros); no en vano, ostenta como país el récord de abogados per capita, y suma más de la cuarta parte de letrados del mundo entero.

Estas cuestiones explican en parte las tasas de delincuencia en Estados Unidos en comparación con otros países occidentales. Los estadounidenses son más rebeldes e indómitos –lo cual conecta con su vena emprendedora-. Rendir sumisión y observancia a la autoridad política es algo que va contra su naturaleza. Por ello, son más renuentes a cumplir con aquellas obligaciones morales que los políticos les encomiendan. Entre ellas, votar.

Un país profundamente religioso

Ya en tiempos de Toqueville, la extensión y profundidad de la observancia religiosa en Estados Unidos es algo que le llamó la atención a este galo, pues llegó a decir que "no hay país en el mundo en el que la religión cristiana tenga mayor influencia sobre los hombres que en Estados Unidos". Y ello a pesar de que el Gobierno de EEUU era nítidamente neutral religiosamente, incluso más: religión y Gobierno eran cosas separadas y distintas, hasta por ley. Comparados con cualquier país europeo, los estadounidenses duplican y aun triplican y más niveles de fe y creencia así como de prácticas religiosas.

Precisamente esa libertad religiosa, ese libre mercado de religiones que es Estados Unidos, ha ahondado en la suspicacia de los órganos e instituciones políticas. Los europeos, cada vez más seculares, lo somos en relación con las religiones divinas. Y es que los europeos somos más que nunca más terrenalmente religiosos, adoradores en suma del Gobierno y sus próceres. La profunda religiosidad estadounidense ha servido, en suma, como contrapeso a la autoridad terrenal.

Dentro de la preferencia de lo privado frente a lo público, y de las creencias elegidas frente a las políticas impuestas, los estadounidenses son diligentes para sus prácticas y reuniones religiosas pero apáticos y desinteresados de las prácticas políticas.

La prolija estructura de "pesos y contrapesos" del sistema político de EEUU

La Constitución de EEUU, nacida del período revolucionario, divide los tres poderes del Estado tal como definió en 1748 Montesquieu en su obra "Del Espíritu de las Leyes" (Ejecutivo, Legislativo y Judicial) en la Presidencia, dos Cámaras (Congreso y Senado) y un Tribunal Supremo federal. Dado que Estados Unidos se constituyó a partir de una ideología abiertamente anti-Estado, aquel sistema político debía ser débil, nunca fuerte ni potente pues la Constitución debía de servir a modo de corsé para constreñir y limitar las capacidades y funciones políticas y gubernamentales so pena de avasallar las libertades de los individuos. Tanto es así que los llamados Artículos de la Confederación, que sirvieron a modo de Constitución en la década que va desde el año posterior a la proclamación de independencia hasta la redacción de aquélla en 1787, no establecieron como tal un poder Ejecutivo. La figura del presidente no aparece definida hasta la Constitución finalmente ratificada en 1789, y éste nunca es elegido directa sino indirectamente a través de un Colegio Electoral y sus poderes de veto podían ser rechazados por mayorías cualificadas de las Cámaras. La Constitución, por su parte, no puede ser modificada sin un apoyo cualificado de las Cámaras y un refrendo por tres cuartos de los estados.

Es decir, no es extraño que los estadounidenses pongan un limitado interés en una serie de poderes que, al menos tradicionalmente, son bastante limitados.

El historiador estadounidense Richard Hofstadter afirmó que más que tener ideologías, Estados Unidos era en sí misma una ideología. De ahí que algunos se hayan aventurado a hablar del norteamericanismo como un neologismo que incluir en la ciencia política. Mientras, los europeos que hemos heredado estructuras feudales, nos creemos los más modernos; que mantenemos disposiciones sociales verticales y jerárquicas, nos creemos los más progresistas; que rendimos observancia grupal a la autoridad política, los más insurrectos y revolucionarios sociales. No es de extrañar que los estadounidenses, al menos políticamente, nos vean a los europeos en el mejor de los casos ingenuos, y en el peor de ellos simplemente idiotas.

Cuanto menos entendamos qué es Estados Unidos, menos entenderemos la mejor representación ideológica contemporánea de un concepto. La civilización.