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Etiqueta: Proceso político: tª estado elección pública y democracia

No hay que ser asesor fiscal para vigilar al Taxman

El Gobierno ya incrementó el año pasado el Impuesto sobre Sociedades (IS) y pretende hacerlo ahora otra vez. Sin embargo, el incremento no ha sido fácil de entender para el ciudadano de a pie porque se ha basado en cambiar disposiciones técnicas y, además, orientadas principalmente a las grandes empresas, que por ser grandes parece que incluso se lo merezcan (como si no sufrieran los incrementos de impuestos, o los absorbieran solamente ellas y no sus clientes, proveedores, accionistas, etc.).

Los aspectos técnicos de este Impuesto, aunque no conocidos por una mayoría, son determinantes para la población si lo que se quiere es la prosperidad económica. Y aun siendo temas técnicos, tan sólo con disponer de un sencillo enfoque de lo que debería ser la política y su intervención en la vida de los ciudadanos permitirá a éstos no dejarse engañar por sus políticos, y ante cualquier incremento sutil y técnico de impuestos, interponer un freno social a ese monstruo lovecraftiano que es el Taxman.

El IS es uno de los impuestos más distorsionadores de la actividad económica. Una de esas distorsiones es la creada por la posibilidad de deducción de los gastos financieros frente a la no deducción del coste de oportunidad de los fondos propios. Esto, junto con otras características del Impuesto, ha favorecido el uso de la deuda, la inversión en inmuebles, la complejidad en la financiación de las empresas (deuda híbrida) y de las transacciones financieras.

Tanto es así que en trabajos académicos recientes ya se ha llamado la atención sobre el papel que ha tenido este Impuesto en el fomento y agravamiento de la actual crisis económica, y no es que ésta haya surgido por el Impuesto, pero ha sido favorecida y engrandecida por él.

Ante esto, las respuestas académicas son diversas, pero mayoritariamente se centran en tratar de equiparar la deuda con los fondos propios, bien a través de la eliminación de la deducción de los gastos financieros, bien creando una nueva deducción para los fondos propios (la deducción de una especie de coste de oportunidad). De ese modo, ambas partidas estarían igualmente tratadas: o bien penalizándolas a las dos o no penalizándolas (tanto).

¿Y cuál creen que ha sido la respuesta política mayoritaria? La que más se está extendiendo hasta el momento ha sido la aplicada y liderada por Dinamarca y Alemania: limitar la deducción de los gastos financieros, es decir, acercar los tratamientos por la vía de la penalización también de la deuda. Como decía, esta es también la seguida por Montoro, y aplaudida por su partido.

Pero penalizar igualmente las fuentes de financiación de las empresas no es la solución. Además, hay muchas más distorsiones creadas por el IS que han sido cómplices de la crisis. Por eso, tampoco sería un remedio completo introducir una deducción para los fondos propios. Lo que realmente suavizaría no solo estas sino todas las distorsiones de este impuesto sería reducir los tipos impositivos nominales drásticamente (superiores a la media de la UE). Son los tipos nominales los que se ceban especialmente con los proyectos de inversión más rentables, aquellos que más beneficios traen a la sociedad, y son los más distorsionadores de la creatividad empresarial y del beneficio puro empresarial (cuantos más beneficios, el tipo efectivo se acerca más al tipo nominal).

Por tanto, aunque desde la academia la asimetría de tratamiento fiscal fondos propios/deuda ha sido más que identificada y se hayan ofrecido diversas soluciones, depende de la población vigilar cuál adopta el político e incluso corregir el sesgo liberticida de los propios entendidos. Y sobre todo, presionar para que unos y otros reduzcan su ingeniería social y sus ganas por el ¡exprópiese!

Si, por ejemplo, los políticos empiezan a limitar la deducción de los gastos financieros para las empresas, no debemos pasar por alto esta maniobra porque se aplique a las grandes empresas, que por ser grandes, son malignas, claro. De hecho, como en cualquier intervención estatal, lo que empieza por algo nimio y sin importancia, al final acaba por extenderse al resto de población (ya sea de personas físicas o jurídicas), y entonces ya es más difícil que la propia población se movilice en su contra. Véase el propio Impuesto sobre la Renta o el IVA, que nacieron en los países occidentales con tipos impositivos irrisorios y ahora alcanzan el 52% o 21% en nuestro país.

No hace falta entender de leyes fiscales. Pero al igual que debemos incrementar nuestra cultura financiera y saber cómo funcionan los negocios y el dinero (y que estos deben ser respetados) también debemos ser furibundos defensores de cualquier contribuyente, por muy mala prensa que tenga, y vigilar siempre al Taxman y sus cómplices.

La falacia del consenso

Los momentos de crisis en algunos casos impulsan medidas desesperadas. Desgraciadamente, algunas de ellas no son tanto para cambiar el statu quo y adecuarlo a las circunstancias, sino para mantener el que se posee, aferrarse a la posición y negar que el mundo que era, ha dejado de ser. Una de esas medidas desesperadas puede ser, dependiendo de cómo se afronte, el famoso consenso: un acuerdo entre la mayoría o los principales grupos sociales y políticos por el cual se aúnan voluntades, se apartan peleas y rencillas y se actúa a una, con el objetivo de conseguir una mejora objetiva. Sin embargo, más importante que el objetivo en sí, es el camino que se emprende para conseguirlo y ahí es donde radica el éxito o el fracaso.

Los círculos cercanos al presidente Mariano Rajoy están preocupados por cómo están desarrollándose los acontecimientos. Las políticas económicas del Gobierno, basadas en un incremento de la presión fiscal y una serie de medidas que no cambian el peso de la Administración y de lo público, y que siguen asfixiando al contribuyente, no están teniendo los resultados esperados, si es que se esperaba un resultado distinto al que se está produciendo. Semejantes medidas resultan asombrosas si tenemos en cuenta que el programa electoral del PP iba en el sentido opuesto: un descenso de los impuestos y un adelgazamiento de la Administración, en especial una racionalización del peso de las Comunidades Autónomas.

Tan nerviosos se hallan que, pese a tener una cómoda mayoría absoluta en las Cortes y poder acometer gran parte de las reformas sin tener que buscar mayorías parlamentarias con otros partidos, Moncloa se está planteando mantener una serie de reuniones con los principales “agentes sociales”: CEOE, Cepyme, CCOO y UGT, para abordar la situación económica, la sostenibilidad del sistema de pensiones, la reforma de la Administración y ciertos asuntos europeos que afectan a la política nacional.

Por otra parte, el Rey se ha declarado favorable a propiciar pactos y consensos entre las instituciones para afrontar la situación económica de España, con un PIB en grave decrecimiento y un número de parados que ya supera los 6,2 millones y cuya previsión más optimista apunta a que seguirá incrementándose. El monarca quiere volver a su papel moderador de la batalla política que se está produciendo en estos momentos.

Por lo que vemos, el mantra del consenso se ha instalado en las principales instituciones políticas españolas, así que la pregunta es evidente: ¿solucionaría algo?

Nada de lo anterior, y con los antecedentes en la mano, invita a pensar que un acuerdo común entre las principales instituciones políticas revirtiera la situación económica y social española. Como antes he apuntado, aunque con matices, la semilla de la recuperación está en una parte del programa electoral popular: la reducción de los impuestos y la racionalización de las Administraciones Públicas. Ambas medidas ayudarían a mejorar la economía de los ciudadanos, permitiéndoles ahorrar y consumir, y a reducir la burbuja estatal, el verdadero cáncer que aqueja a la economía y la sociedad española. A ello habría que unir un descenso del clientelismo que soporta el Estado: sólo 13,8 millones de trabajadores del sector privado mantienen el sistema, y eso en un país que tiene en torno a 47 millones de habitantes, donde muchos viven del y para el Estado, procediendo sus sueldos, pensiones, subvenciones, ayudas y prebendas del asfixiante sistema impositivo.

Pensemos primero en el diálogo que propone Moncloa. La CEOE o Cepyme son grupos empresariales más cercanos a una visión gremial de la economía que la ligada al libre mercado. Intentarán defender aquellos “derechos” que han conseguido en estos últimos años, aunque puedan estar dispuestos a hacer algunos “sacrificios”.

Qué decir de los grandes sindicatos, cuya visión económica está más cercana al marxismo clásico que a otra visión menos intervencionista, además del hecho de que viven por y para el presupuesto público. Podría pensarse que otros sindicatos podrían tener una visión más realista y menos ideológica, pero los sindicatos mayoritarios se han encargado de que estos sindicatos menores no tengan un papel relevante para cualquier Gobierno, sea del partido que sea.

Si a eso unimos que el PP es un partido en el que domina una visión socialdemócrata de la economía, que está más preocupado en el corto plazo y en las siguientes elecciones, la idea de un giro de 180º de la economía española no parece realista, más bien un acuerdo en el sentido contrario.

La iniciativa del monarca no es mucho mejor. La institución de la Monarquía no pasa por su mejor momento. Las acusaciones de corrupción ligadas a parte de su familia y al comportamiento de él mismo han llevado a la peor imagen de la Corona desde su restauración. Volver a su papel de mediador entre partidos suena más a chiste que a algo serio. En la transición pudo funcionar, ahora es dudoso.

Miremos a los partidos. Además de lo dicho del PP, el PSOE pasa actualmente por un proceso de descomposición. No hay un líder claro, Rubalcaba está muy gastado y angustiado, el PSC es en realidad un partido distinto del PSOE, y las encuestas muestran a los socialistas hundidos, pese a que la imagen de los populares es también lamentable. IU se ha movido hacia un marxismo decimonónico, más acorde con la visión chavista o castrista de la sociedad-economía que con una versión más moderna. Cree Cayo Lara que es ésa la razón de su éxito, negándose a ver que éste depende del fracaso socialista.

Los partidos nacionalistas van a lo suyo, en este caso a la independencia de sus respectivos colectivos, y están más preocupados de sacar lo máximo de este proceso de descomposición que de lograr que el conjunto de los españoles viva mejor. UPyD acaba de aterrizar y, seamos realistas, no deja de ser una escisión del PSOE. El resto de partidos tiene muy difícil conseguir representación en tanto tengamos esta ley electoral, cuyo cambio depende, paradójicamente, de los que más se benefician de ella. Unamos a lo anterior los grandes casos de corrupción que afectan a todos, en mayor o menor medida, y que amenazan con descubrir las cloacas del régimen, y que todas estas instituciones dependen del sistema (es decir, más clientelismo). ¿Qué consenso puede sacar el monarca de todo ello? Antes de acometer cualquier medida que les perjudique a unos u otros, incluyendo a la Monarquía, llegarán a pactos de silencio, pactos que les permitan seguir como hasta ahora. Los cambios positivos serían mínimos por una cuestión práctica, por una cuestión de Estado.

El consenso es, por sí mismo, una falacia y sólo cabe desear que algún corpúsculo del partido gobernante se haga en algún momento con las riendas y tome las medidas adecuadas. Si no es así, lo normal es que sigamos en esta senda hasta tocar suelo y luego, de alguna manera, rebotemos hacia arriba, pero no sabría decir cómo y en qué condiciones. Ánimo, que la Fosa de las Marianas es profunda, ¿o debería hablarse de la Fosa de los Marianos?

Gracias, Thatcher

"The single currency will be fatal to the poorer countries because it will devastate their inefficient economies”. Margaret Thatcher en 1990

A finales de los años 70, Gran Bretaña sufría de tres males que nos parecerán bastante familiares a los europeos de hoy: un desempleo desbocado, un sector público hipertrofiado y una política impositiva confiscatoria.

Margaret Thatcher tenía todas las cartas en su contra. Mujer, de clase humilde, y poco dispuesta a consensuar y aceptar lo que los estamentos le imponían. Pero llegó. Y su revolución ha cambiado el mundo. Para mejor.

Cuando Thatcher llegó al poder, la inflación superaba el 20%, el país estaba en manos del Fondo Monetario Internacional, al borde de la quiebra, y secuestrado económicamente por sectores clientelistas, no sólo los sindicatos, sino también una clase empresarial extremadamente dependiente del Estado. Socialismo con oligarcas excluyentes. ¿Les suena?

El Reino Unido era “el enfermo de Europa” (the sickman of Europe), según el Banco de Inglaterra. Las recetas de los Gobiernos eran siempre las mismas. Subir los impuestos, mantener el Estado asistencialista y “estimular la demanda” desde el gasto. Para subir los impuestos de nuevo, al fracasar.

Cuando Margaret Thatcher fue expulsada del poder en 1990, dejaba un país que volvía a ser líder mundial, una economía sólida, dinámica, con reguladores independientes, donde el estado es servicio, no desincentivador de inversiones y procurador de favores, y donde las palabras empresario y éxito no son insultos. Un país donde crear una empresa se hace en un día por el coste de dos happy meals, donde se crearon pymes que hoy son líderes globales. ¿Una economía perfecta donde todo es de color rosa? No, para nada. Pero olvidamos de dónde venía.

Mucho se ha hablado de los sindicatos en los 70 y su poder (“té y sándwiches en Downing Street”, les llamaban), pero no de su impacto económico. Las huelgas constantes en el Reino Unido de mediados de los setenta creaban un impacto económico doble: recesión y rechazo del capital inversor a poner dinero en el país. Invertir en Inglaterra era garantía de confiscación por impuestos. ¿Les suena?

Hay cosas que el Gobierno de Thatcher hizo que hoy ignoramos porque lo que existía antes nos parece simplemente inimaginable. Control de capitales. Sí, el Reino Unido mantenía controles de cambio y de capitales desde los años 40. Hoy, la libre circulación de capital nos parece normal y lógica. Eso lo cambió Thatcher en dos meses.

Unos impuestos que llegaban al 83% de la renta en ciertos tramos. ¿Recuerdan aquellos discos que grabaron los Rolling Stones o The Who en países exóticos durante los setenta? No era para viajar y conocer mundo. Era para escapar del fisco. El Reino Unido era un infierno fiscal. ¿Les suena?

Austeridad, bajada de impuestos e inversores

Thatcher hizo lo que se suponía imposible: austeridad, bajar impuestos y atraer capital. Y cambió un infierno fiscal, trampa para el capital que se había gestado durante décadas, en pocos años.

Siempre dicen que su mandato tuvo dos recesiones, y es cierto, pero nadie dice cuánto se tardó en salir de las mismas. La mitad de tiempo que en sus países comparables de Europa. Porque siempre que hablamos de la era Thatcher olvidamos lo que ocurría a nuestro alrededor.

Los críticos hablan del aumento de la desigualdad en el Reino Unido durante su gestión. De nuevo, olvidando de dónde salía el país. Y la base de la que partía.

Los salarios básicos aumentaron muy por encima de la inflación, la renta disponible y su riqueza crecieron para las clases más desfavorecidas. Durante el mandato de Thatcher, el porcentaje de mujeres que trabajaban creció un doble dígito, pero además las mujeres empresarias se multiplicaron. Se hizo un país donde la gente sabía que si se esforzaba y ponía empeño, ganaría ¿Igualdad? No, libertad. Y los ciudadanos lo valoran. La inmigración que viene a este país sabe que puede prosperar y crecer. Claro que puede fallar. Pero también, curiosamente, valoran el sistema de asistencia social.

La privatización de empresas públicas al borde de la quiebra fue otro de los pilares de la política económica de la era Thatcher. Pero la privatización era más que una manera de recuperar control sobre el déficit y reducir deuda, de mejorar la gestión. Lo realmente importante, y que también ignoramos porque lo damos por hecho, es que con Thatcher se introdujeron reguladores realmente independientes, no un brazo más de un Estado clientelista, sino unos reguladores que garantizan que las reglas de mercado son a la vez justas y transparentes.

Olvidar la base de la que partió es parte del injusto análisis que se hace a la época de Thatcher. La esperanza de vida aumentó en casi tres años entre 1980 y 1990, más que en la media de la OCDE. Curiosamente, fue la privatización de muchos servicios no esenciales la que permitió enfocarse en mejorar una seguridad social que era un auténtico desastre. ¿Era una maravilla en 1990? No. Ni hoy. Pero, de nuevo, no podemos olvidar de dónde se partía.

Ignoramos también lo que es la inflación, el impuesto silencioso, y su efecto devastador sobre la economía. En 1979 se daba por hecha, como algo “inevitable”. Bajar la inflación de un 21% al 12% fue un auténtico éxito que no se puede achacar solo al petróleo del mar del Norte, como hacen algunos. Además, dicho petróleo comienza a ser una inversión atractiva cuando los Gobiernos de Thatcher empiezan a comprender la importancia de atraer capital.

Y es ahí donde Margaret Thatcher fue, y es, un éxito rotundo. De ser un país de bajo atractivo para el inversor, el Reino Unido pasó a ser uno de los países con mayor balanza financiera positiva. Entender las dificultades de la economía y trabajar con ellas, hacer de los errores oportunidades y dejar que los sectores pujantes florezcan fue también un cambio histórico. No entorpecer, no intervenir, no usar paternalismo económico que usted paga con más impuestos. Claro que la City ha sido esencial. Pero ya existía. Thatcher contribuyó a su desarrollo como motor económico global. Hoy la City de Londres provee al país de más ingresos por impuestos que Escocia

Coto a la casta política

Thatcher no redujo el gasto público en sus primeros años. Pero lo contuvo de manera ejemplar y luego lo redujo. Su austeridad fue atacar el gasto político, las subvenciones, los enormes costes de un Estado hipertrofiado. En el Reino Unido, uno no ve políticos con veinte asesores, chóferes, mayordomos y sequitos. Cortó muchas cabezas de muy altos cargos.

Otro de los éxitos de Thatcher fue cambiar esa casta. Hoy es primera página, dimisión y escarnio público cuando un político gasta 200 libras en cursos injustificados.

Por supuesto, donde Thatcher tuvo una absoluta clarividencia fue en rechazar la moneda única y los avances intervencionistas de Europa. Hoy nos parece normal, y hasta típico inglés, pero en aquella época la Dama de Hierro tuvo que luchar encarnizadamente contra su propio partido y la oposición para defender la libra, la independencia económica y resistirse a ser engullida por una construcción europea que ya apuntaba maneras de planificación centralizada casi-soviética.

Yo llevo muchos años viviendo en Inglaterra. La figura de Thatcher sigue generando controversia y opiniones dispares. Como todos los grandes líderes. Cometió errores, claro. Muchos. Pero, en mi opinión como observador externo, el mayor legado de la Dama de Hierro es que hoy, en este país, casi nadie, sea laborista, liberal, conservador o independiente, defiende el intervencionismo que asolaba el país en los setenta. Porque los votantes saben que no funciona. Porque nadie quiere volver a aquella Inglaterra desolada. Los principios de libertad económica, de apertura y de mercado son ya parte del ADN de un país que hace pocas décadas era un erial estatista.

No, Margaret Thatcher no era perfecta. Ni aplicó todo lo que defendía. No pudo. Pero por muchos errores que cometiera, y muchas críticas, algunas merecidas, hay mucho que los ciudadanos del Reino Unido y del mundo le debemos. Defender la libertad, el esfuerzo, ser un ejemplo de cómo se puede llegar lejos sin contar con privilegios. Haber sacado a su país del destino de ser el “enfermo de Europa”.

Siempre que voy a España me dicen que los principios de austeridad, apertura y libre mercado no se pueden aplicar porque “somos así”. El Reino Unido era “así”. Gracias a Margaret Thatcher, probablemente nunca más lo será.

Descanse en paz. 

Distorsión y depredación

Muy interesante, si bien triste, el Estudio Internacional Values and Worldviews, publicado por la Fundación BBVA, y brillante el análisis que de él ha hecho Domingo Soriano. Y es que si el Estado distorsiona siempre, a los habitantes del sur de Europa, y manifiestamente a los españoles, nos desorienta aún más.

La preferencia temporal de los ciudadanos es la primera víctima del crecimiento estatal cuya presencia omnipotente induce a exponer recursos públicos ante aquellos, que se excitan por la posibilidad de una captura inmediata. Queremos bienes y servicios rápidamente, y el único mérito que pretendemos atribuirnos es el de gritar y acosar para obtenerlos. En un argot decimonónico, reactivado en el tardofranquismo y nunca desaparecido en democracia, la lucha callejera, desaforada y acosadora, guarda en sí el germen de la validez. "Merezco algo gratis porque lloro, porque insulto, porque envidio, porque sufro". Protestar puede ser la reacción obligada ante un derecho legítimo pisoteado o, por el contrario, constituir la expresión del más primitivo instinto depredador. Mediante lo primero se reclama lo ganado; por lo segundo se accede a lo inmerecido. ¿Dónde podemos encontrar el criterio que nos ayude a distinguirlo?

La sabiduría empírica y racional de muchos individuos, pioneros que fueron imaginando pequeñas mejoras en las costumbres, y la difusión de estas bien por imitación, bien por respeto a la auctoritas o por cualquier otro mecanismo de influencia social, acabó decantando la mejor y más exitosa de aquellas: la propiedad privada. La solución ante bienes naturales cada vez más escasos es la apropiación particular extensa y dispersa de ellos. Creerse dueño de algo: una tierra, una vasija o una espada, objetos que se sentían como la prolongación de uno mismo, pudo suponer el comienzo intuitivo de una institución. Sea cual sea el cómo inicial del proceso, lo cierto es que, de percepciones subjetivas se fue pasando a un sistema de respeto de lo privativo y, con ello, a regular con objetividad los modos lícitos de apropiarse de un bien y a asegurar la inviolabilidad de lo que es legítimamente de uno. Nada hay de innato en la propiedad privada y nada de definitivo en su forma actual, pero tampoco existe algo más eficaz y justo a día de hoy. Por último, tampoco se atisba en el horizonte algún modelo social que lo vaya a sustituir.

Frente a ello se alza el pensamiento, místico en el fondo, racional en su ropaje y falsario en la intención, por el que quien no gana algo con su trabajo y talento o viola un contrato no engañoso, pretende obtener el premio. Este modo de enfocar el ineludible obstáculo de ganarse la vida es místico porque extrae de la nada el "derecho a", simuladamente racional porque cubre con términos cultos y globales su aspiración, y es, asimismo, malintencionado porque persigue, simplemente, regresar al estado salvaje de la apropiación coactiva.

Max Stirner

Max Stirner ocupa un papel extraño en la historia del anarquismo, del individualismo, de la izquierda hegeliana, y de todo aquello con lo que le podamos asociar. Su principal obra es The ego and it’s own, título en inglés de Der Einzige und sein Eingenthun, y el liberalismo debe prestarle una cumplida atención.

Su nombre verdadero es Johan Kaspar Schmidt. Recurrió a un pseudónimo para no perder su empleo como profesor de la escuela para señoritas de Madame Gropius. Su afirmación del yo como fuente de moral parecería corresponderse con una vida menos anodina que la suya. Aunque su soledad y pobreza de los últimos años sí parecen guardar cierta coherencia con sus ideas.

Formó parte de Los libres, Die Freien, un grupo de jóvenes hegelianos que recibieron la visita ocasional de Marx y Engels. La primera publicación de importancia de Stiner fue para la revista Rheinische Zeitung, dirigida por un joven Marx. Traducida al español como El falso principio de nuestra educación, en ella distinguía entre el hombre educado y el hombre libre: “Si uno despierta en los hombres la idea de la libertad, entonces los hombres libres irán, incesantemente, hacia su liberación. Si, por el contrario, uno sólo los educa, en todo momento se acomodarán a las circunstancias de los más educados y elegantes, y degenerarán en rastreras almas de siervos”. Su carácter se amoldará a los propósitos de otro, ya sea el Estado, la Iglesia o la humanidad.

Es un buen bocado para lo que va a venir con la obra que en España se ha traducido como El único y su propiedad, un título que no acaba de ser del todo fiel. Rechaza el idealismo hegeliano. De modo que parte del yo, pero no de una idea universal del ego, sino de un yo radical, lo que le lleva a las aguas del nihilismo en las que, sin embargo, no se ahoga. Reconoce que hay una realidad exterior, formada entre otras cosas por otros egos distintos al suyo. Su ego es previo a cualquier concepto, como “individuo”, “sociedad”, “justicia” y demás. Ese ego, que es una realidad radical, es creador de lo demás. Una segunda característica es que es único (einzig): “Mi carne no es la carne de otro; mi mente no es la mente de otro”.

Con ese punto de partida, Stirner acepta que pueda existir una verdad objetiva, pero no es de su interés per se; sólo como instrumento del yo. Esa verdad objetiva prescindible alcanza a conceptos como el derecho o la moral: “Somos perfectos como somos, y en toda la tierra no existe un solo hombre que sea un pecador”, pues su realidad parte de su ego, que es anterior a cualquier concepto de pecado que se le pueda aplicar: “Dueño y creador de mi derecho, yo no reconozco otra fuente de derecho que yo; ni Dios, ni el Estado ni la naturaleza, ni siquiera al hombre”, dicha esta palabra en el sentido de la humanidad. Y añade: “Aquello que tienes el poder de hacer, tienes también el derecho de hacerlo”, pues “yo decido qué es lo correcto en mí, no hay derecho fuera de mí”. Es interesante el contraste del yo como realidad previa a la moral de Stirner y el observador imparcial de Adam Smith, que contribuye al individuo a forjar una moral válida.

El liberalismo tiene un problema con la defensa del derecho de propiedad, ya que es, en esencia, una pretensión sobre el comportamiento del otro. Esta idea merece un desarrollo mayor, que no me he atrevido a emprender. Stirner le da una solución, a su modo. Siguiendo su línea de razonamiento, Stirner rechaza el derecho de propiedad. Pero no porque rechace la propiedad, que no es el caso, sino porque lo que rechaza es el concepto ideal de derecho.

Alega aquélla perfección de la persona sólo para elevar al ego a cotas inalcanzables para otros baremos ideales, como la justicia, la ética o la moral. Porque no cree que la persona sea en realidad perfecta. Es más, Stirner nos propone un proceso de posesión progresiva del yo por parte de la persona. “Yo soy mi dueño sólo cuando yo soy el señor de mí mismo”. Ese camino de auto posesión, de control sobre la propia persona, es también el camino hacia la libertad. La libertad, quedará claro a estas alturas, no puede ser un concepto ideal. No puede ser la libertad positiva de Hegel: la “libertad” de servir a una causa más grande que el propio individuo, pues ello supondría convertirse en un esclavo. Pero tampoco es suficiente la libertad negativa, porque no te libera necesariamente de seguir otras servidumbres, como las de la tradición o los valores prevalentes. “Toda libertad”, por tanto, “es auto liberación, que sólo puedo lograr en la medida en la que yo procure para mí mi auto propiedad”.

Pero hemos dicho que Stirner, que no es ni solipsista ni nihilista, reconoce la existencia del mundo exterior. ¿Qué relación deberá tener con él? Será la que determine el yo, claro. Puramente utilitarista. En este sentido, Stirner niega la acción desinteresada. Amo “porque el amor me hace feliz, amo porque amar es natural a mí, porque me satisface”. Es un concepto que convierte al egoísmo en el nombre que le damos a albergar cualquier motivación y, por tanto, diluye al concepto de egoísmo en una tautología, en una identificación con cualquier acción, que siempre ha de estar motivada por algún fin. El egoísmo de Stirner, por esta vía, llegaría a ser compatible con la moral cristiana, que él rechaza, si el individuo llega a abrazarla, eso sí, después de un acto de autoposesión y libertad. En última instancia, su ética se basa en la elección libre, conscientemente egoísta, que le conduzca al disfrute de la vida.

La relación de esa posición, ética a pesar de las pretensiones del autor, con el Estado, no puede ser buena. El Estado hace suyo el concepto de soberanía, y ello implica la sumisión de los individuos. Por cierto, que eso no cambia en una democracia, frente a la cual, nos dice el autor, el individuo se encuentra en la misma posición que en una monarquía absoluta: a merced del poder. Stirner no comparte el engaño de muchos otros sobre el carácter del Estado: a su violencia le llama Ley, mientras que a la de los individuos le llama crimen. La ley, que es instrumento de su violenta imposición, necesita algo más para ser efectiva, y es una falsa ideología de hermandad y comunidad: “una red de dependencia y adherencia, es una pertenencia conjunta, una sujeción conjunta”. En consecuencia, “yo soy libre en ningún Estado”. El Estado no tiene fuero para “mandar en mis acciones, a decir el curso que yo seguiré y fijar un código para gobernarlo”.

También rechaza la sociedad en la que vive, la sociedad heredada. Pues ésta es una asociación coercitiva, que exige de cada miembro que piense de una forma determinada, no fijada por su propio yo, y le exige también que actúe de determinada manera para el bien del conjunto.

Stirner tiene todas las papeletas para convertirse en ese mítico liberal que defendería una sociedad formada por átomos independientes unos de los otros. Es una idea perfectamente absurda; tanto, que yo sólo se la he leído a autores socialistas. Stirner, con toda su exaltación del yo y su ética del egoísmo, dice que “no hay aislamiento ni soledad, sino que la sociedad es el estado original del hombre. La sociedad es nuestro estado de naturaleza”. Es lógico que haga esta afirmación, porque el hombre del que él habla es el hombre real, el hombre particular, no ideal.

Si el hombre vive en sociedad, pero debe rechazarla para conquistar su yo y alcanzar su libertad, ¿qué opción le queda? Que nos lo diga el propio autor con sus palabras: “Nosotros dos, el Estado y yo, somos enemigos. Yo, el egoísta, no tengo en mi corazón el bienestar de la sociedad humana. No sacrifico nada por ella, sólo la utilizo. Pero para poder utilizarla por completo, la transformo en mi propiedad y mi criatura. Es decir, la aniquilo y pongo en su lugar una unión de egoístas”.

De modo que Stirner no rechaza la sociedad, sino esta sociedad. Y no sólo reconoce que la persona es un ser social, sino que le otorga una salida tras el rechazo de esta sociedad: la creación de otra formada por personas libres, egoístas (ya hemos visto que eso no quiere decir mucho), sobre una base utilitarista. Esto es así, ya que los otros no son el infierno de Sartre, sino que contribuyen al pleno disfrute de la vida que Stirner plantea como ideal.

El liberalismo resolvió muy pronto la aparente contradicción entre el individuo y la sociedad, gracias a la división del trabajo; gracias, en realidad, al descubrimiento de la interrelación en el mercado. Stirner no lo plantea en estos términos en The ego and it’s own. Tiempo después de escribir su gran obra, y por motivos probablemente distintos de los que él temía, perdió su trabajo como profesor de señoritas en la academia de Madame Gropius. Para obtener ingresos, tradujo las obras de Jean Baptiste Say o Adam Smith. No sé si los había leído antes de publicar su libro (1845), pero desde luego no los cita ni los utiliza.

Hay algo contradictorio en su propuesta. Rechaza el idealismo. Es nominalista y particularista. Pero Stirner no habla de él mismo, sólo, sino de cada individuo, en quien reconoce también un yo. Plantea un ideal para toda persona, que es la auto posesión como camino a una libertad plena. Puede que no reconozca un individuo ideal, y sólo un conjunto de personas reales, pero su mensaje es válido para todas ellas, de modo que no hay una diferencia significativa.

Otra dificultad relacionada con la anterior es que el yo, que a todo se antepone, que ve el mundo en términos utilitaristas, podría servirle a un brutal dictador, o a un criminal que quisiera imponerse sobre sus semejantes. Pero él rechaza eso. Rechaza la imposición sobre él y sobre los demás. La unión de egoístas es una unión pacífica, para la colaboración sin el recurso a la violencia, a la imposición. Luego su egoísmo utilitarista no puede recurrir a cualquier método que el yo considere adecuado para sus fines, pues choca con los fines de otras personas. La plena libertad que él desea para todos sólo es posible no ya al margen del Estado, sino con ciertos límites a la actuación individual. Esa unión con otros tiene que ser de cooperación, pero para que se produzca tienen que darse varios presupuestos, como el respeto a la persona y la propiedad ajenas, reforzados por una moral propia de una sociedad libre. Un Steiner defiende la libertad, pero otro rechaza su contexto institucional.

Carlos Marx es un intelectual despreciable, por muchas razones. Una de las peores es su desprecio por la honradez intelectual, que se manifiesta en sus largos textos de historia de las ideas. Uno de ellos es La ideología alemana. Más de la mitad de ese libro está dedicado a retorcer las ideas de Max Stirner y a lanzar sobre él abyectos ataques ad hominem. Él y Federico Engels, coautor de la obra, no pueden esconder su temor a Stirner. La creación intelectual de Marx se diluye ante la crítica que Stirner hace del comunismo, con unas pocas palabras: “El comunismo, por la abolición de toda propiedad personal, sólo me presiona para retraerme todavía más hacia la dependencia del otro, sea la generalidad o la colectividad. Y, tan alto como critica al ‘Estado’, lo que intenta es de nuevo un Estado, un status, una condición para limitar mi libre movimiento, un poder soberano sobre mí. El comunismo se rebela justamente contra la presión que experimento de los propietarios individuales, pero aún más horrible es el poder que pone en manos de la colectividad”.

Con estas palabras llegamos a la última consideración sobre Stirner. Ha motivado la crítica, cuando no el escándalo, de varios moralistas. Adam Smith quizás hubiera sido uno de ellos de haber tenido la ocasión de leerle. En definitiva, formalmente, rechaza toda moralidad previa al individuo. Pero ningún intento por adoptar personalmente o de forma colectiva el pensamiento de Stirner hubiera llevado a las atrocidades que muchos de los supuestos amantes de la humanidad han propiciado con sus escritos; Marx y Engels al frente de todos ellos.

El paraíso de los free riders

Una de las conclusiones derivadas de los interesantes estudios en Psicología Evolucionista de Leda Cosmides y John Tooby se refiere a la supervivencia de una sociedad o grupo extenso en función de su actitud frente al resto, lo que llamaríamos, en términos comunes, el comportamiento social.

Que los individuos actúan motivados por su propio interés, como ya explicaron Adam Smith y muchos otros autores, no es una novedad. Efectivamente, sin que ello implique que todos somos egoístas, nuestros genes y nuestra herencia cultural como especie nos lleva a tratar de perpetuarnos, y para ello, desarrollamos el instinto de la supervivencia, por un lado, y por otro, la propagación genética. Por supuesto, eso no quiere decir que nos veamos arrastrados por las pasiones y los instintos. Sino que esa es nuestra tendencia y nuestro fin más allá de la consciencia individual.

Incluso el altruismo aparece como un intercambio recíproco, de manera que damos algo esperando que de alguna forma nos sea devuelto, no en ese momento, o de la misma forma, o por las mismas personas, pero sí tenemos esa expectativa. Sea la búsqueda de un lugar en el Paraíso, la aceptación del grupo, la gratificación de nuestra propia conciencia, los actos que llamamos altruistas son en realidad actos con un componente de reciprocidad. No es que Cosmides y Tooby ignoren la realidad, en la que existen personas verdaderamente altruistas, lo que defienden es que se trata de un "producto secundario", una mutación de un comportamiento generalizado, en el que la recompensa se disocia del receptor, el momento y el lugar más evidente.

Cosmides y Tooby también estudian la cooperación frente al engaño del gorrón (el free rider). Es muy interesante cómo llegan a la conclusión de que, si bien en nuestra sociedad existe la creencia buenista de que todos deberíamos cooperar, resulta que las sociedades cooperativas puras son las más vulnerables al engaño de los gorrones. Por la misma razón que explica que las sociedades pacíficas y desarmadas sean las más propensas a ser invadidas.

Es llamativo, en este sentido, que una sociedad en la que todos fuéramos bien pensantes acabaría en la tiranía de los free riders, en la explotación del que coopera por el que no lo hace. Pero ¿y una sociedad de free riders? ¿Qué sucedería si todos fueran gorrones? Se desmoronaría la sociedad porque nadie pagaría

Y esa es la situación hacia donde se dirigen España y Europa. Todos quieren vivir a costa de los demás, nadie quiere pagar lo adeudado. De repente, las deudas contraídas por el Estado ya no son deudas de la ciudadanía, son deudas de los políticos. Ahora, cuando toca devolverlas. Pero, cuando se contrajeron, era el Estado en nombre de todos el que se endeudaba para pagar los cheques-bebé, o el peaje electoral al lobby de turno. Los desmanes de entonces, que cuando eran denunciados caían en el más flagrante de los olvidos, y se apelaba a que estábamos en vacas gordas y que éramos muy avanzados, con un "estado social" enorme y maravilloso como un sol de verano, se ven de diferente manera. Cada ciudadano votante del partido político correspondiente (en términos nacionales, regionales y locales) entona el "yo no he sido". La soberanía, la representatividad, el estado social… han desaparecido, ahora hay una masa de free riders frente a una masa de votantes, que pagan impuestos, que van a la cárcel, que son tratados como sospechosos en los aeropuertos, y que se encuentran secuestrados por un sistema electoral nefasto.

Este modelo de sociedad en el que los cooperantes y los gorrones conviven se mantendrá mientras esos pagadores sigan manteniendo a los free riders. Cuando los gorrones vean que no hay manera de subir impuestos, o cuando la insumisión fiscal nos dé menos miedo, dejaremos de alimentar este mecanismo tan perverso. Es difícil creer que los propios free-riders van a cambiar el sistema de incentivos en su propio perjuicio. Podría suceder pero no me lo creo. Tal vez una autoridad externa podría imponer que eliminaran esas expectativas de beneficio a costa de los demás, pero en la medida que el fenómeno es generalizado solamente nos queda la insumisión, la rebelión cívica como alternativa.

El punto intermedio, el más "posibilista", es la adopción taimada de medidas de maquillaje para hacer creer que ya no va a pasar más. Para ello tendrían que aceptar esa situación todos los partidos políticos, incluso los pequeños recién llegados. Tendrían que hacerse cómplices todos los medios de comunicación. Tendría que mantenerse ciego el pueblo español. Nada de lo sufrido habría servido para nada: ni el alto paro, ni los comedores atestados de Cáritas, ni el sufrimiento de tanta gente.

Me da lástima reconocer que es lo que probablemente suceda.

Ley de Hierro de la Oligarquía

Existe una ley de carácter universal, que diferencia entre las formas de gobierno y las formas de régimen y que, en palabras del catedrático Dalmacio Negro [1], indica cómo: "los gobiernos son siempre oligárquicos con independencia de las circunstancias, el talante y las intenciones de los escritores políticos y de los políticos".

En otras palabras, los regímenes son materialmente oligárquicos aunque no lo sean formalmente las formas de gobierno. Las familias que acceden a la oligarquía forman un grupo más o menos reducido de la sociedad política. La estructura institucional del régimen político determina que sea más cerrada o más abierta la sociedad política, de modo que haya más o menos personas que influyan en la población como "think makers" y que accedan con mayor o menor facilidad a los puestos públicos de "decisión maker". Se trata de una regularidad de la clase política o, si se prefiere, de una ley de la naturaleza humana que es inmanente a todas las formas de gobierno, cuyo descubrimiento formal fue realizado por Robert Michels [2].

 Grado de oligarquización de la sociedad

Existen dos conceptos que permiten analizar el grado de oligarquización de una sociedad. Hay que diferenciar entre la potestas (o poder formal) y la autoritas (o influencia o poder informal). Por un lado, las formas de gobierno constituyen una estructura formal que determina el número de responsables del mando en la sociedad y su grado de poder sobre los ciudadanos. Y, por otro lado, las formas de régimen constituyen el funcionamiento efectivo del orden político que determina el número de personas influyentes y su grado de influencia sobre los individuos.

De hecho, las disputas políticas en el medio y largo plazo giran entorno al grado de oligarquización de los regímenes. Así, por ejemplo, se puede tener una democracia multipartidista que formalmente establezca una sociedad abierta pero, en función del grado de involución institucional, seguir manteniéndose la casta política, heredada de una dictadura previa. Es decir, una cosa es la estructura formal y otra cosa es el régimen político. El régimen puede seguir siendo cerrado y, de hecho, sin financiación transparente y sin democracia interna, prevalecer el inmovilismo y el sometimiento a la autoridad en el seno de las instituciones, sobre el mérito y la capacidad de las personas.

De ahí, la importancia del marco institucional de cada país y de las características institucionales que lo definen porque el grado de oligarquización de la sociedad depende mucho de la dispersión pluralista del poder: la separación "real" de poderes, la independencia judicial "efectiva", el cumplimiento "estricto" de la Ley, el principio de consentimiento de los ciudadanos ante las decisiones políticas trascendentales…

Sin embargo, en última instancia, como señalaban Montesquieu o Tocqueville, la religión y las virtudes del êthos son las que moderan la oligarquía. Por ello, desde su agnosticismo, Friedrich A. Hayek llegó a la conclusión de que las religiones eran los "guardianes de la tradición" porque la existencia de un orden extenso, complejo y abierto de colaboración humana que es los que constituye una sociedad civilizada depende de que estén arraigados, entre la mayoría de los ciudadanos, ciertas instituciones morales como el respeto por la vida, la familia, la propiedad privada, el cumplimiento de los contratos, el dinero…

Las instituciones morales que arraigan en la población por medio de la autoritas de las religiones (y, últimamente, de las ideologías) son el contrapeso que controla la evolución o involución institucional de la potestas un país y, por tanto, también el grado de oligarquización de la sociedad.

 Ideologías Colectivistas

Por ello, las ideologías colectivistas intentan imponer la democracia formal como religión civil e intentan controlar la educación y los medios de comunicación en aquellos territorios donde logran el poder político.

Sin excepción, todas los gobiernos colectivistas instrumentalizan el Estado de Derecho, intentan cambiar las virtudes del "êthos" por medio de legislación "al servicio de la política y no de los ciudadanos" pero, significativamente, extienden el incumplimiento de la Ley ("rule of Law") y la impunidad ante los delitos de la oligarquía.

Y, sin excepción, la sucesión en el poder de los gobiernos colectivistas se puede observar en la "híper-legislación" del Parlamento con una permanente acción legislativa "destructiva" del "êthos" o del conjunto de valores morales mayoritario entre los ciudadanos. 

Regímenes Colectivistas

Con el paso de las décadas, se puede identificar la imposición de un régimen colectivista sobre la población de un territorio porque se observan tres hechos concretos:

1) el aumento constante del tamaño del Estado –actualmente en Europa el sector público rebasa el 50% del PIB en muchos países— hasta niveles económica ineficientes,

2) la cristalización de una casta política y,

3) la tiranía del consenso de los valores colectivistas con todos los partidos políticos partiendo de presupuestos idénticos como, por ejemplo, el culto y endiosamiento del Estado, el ateísmo antirreligioso, las bioideologías, el socialismo de Mercado o, si se prefiere, el capitalismo de Estado.

Se puede observar cómo, reiteradamente, cuando detentan cargos públicos, los "socialistas de todos los partidos" actúan a favor de los privilegios de la casta política y sus redes clientelares y en contra de los derechos individuales y de las soluciones de libre mercado. Así, al alcanzar el poder, los sucesivos "gobiernos intervencionistas" intentan expandir el poder político para abarcar los últimos rincones de la sociedad, entrando a legislar e imponer normas sobre los aspectos más íntimos de la libertad del individuo como la vida, la familia, el idioma, la educación, la propiedad, la información libre o la libertad de empresa.

En definitiva, son las ideologías colectivistas las que, permanentemente, intentan aumentar el grado de "oligarquización" de la sociedad. Y la observación de la realidad política nos permite constatar que se cumple la ley de hierro de la oligarquía. 

[1] (Negro, D.: 2013). Ley de hierro de la Oligarquía. Pleno del 15 de enero de 2013. Real Academia de Ciencias Morales y Políticas. Madrid. [*]

[2] (Michels, R.: 1962 [1910]). Political Parties. A Sociological Study f the Oligarchical Tendencies of Modern Democracy. Library of Congress. Transaction Publishers. New Jersey. USA. [**]

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Nueva lección de democracia a Cristina Kirchner

Kirchner inició hace más de una año una suerte de cruzada, exigiendo las Malvinas. Era sabedora de que enarbolando esta bandera, podría lograr, por un lado, dosis de adhesión hacia su proyecto político, y por otro, desviar la atención de la precaria situación por la que atraviesa su pueblo.

Sin embargo, hasta el día de hoy, más allá de exaltaciones de rancio patriotismo, poco más ha obtenido. Por el contrario, el gobierno británico ha resistido las diferentes acometidas verbales sin caer en la demagogia, como hubiera gustado en La Casa Rosada, a pesar de que el contexto doméstico que afronta David Cameron no es el más halagüeño.

Tampoco Londres se ha dejado engatusar por declaraciones rimbombantes de intelectuales como Adolfo Pérez Esquivel, quien, más que arremeter contra con una democracia consolidada e histórica como la británica, debería ser más autocrítico con la forma en que se ejerce el poder en su país natal, donde los excesos e injerencias gubernamentales son la pauta oficial.

El tercer actor invitado en esta obra lo representaban los habitantes de Malvinas. Estos siempre han mostrado su rechazo a formar parte de Argentina, entre otras razones porque son espectadores privilegiados del camino que sigue el país bajo los auspicios del Justicialismo (el Peronismo siempre está presente, con independencia del nombre del Presidente).

El alto nivel de vida de Malvinas contrasta con el hecho de que en algunas provincias de Argentina, por asombroso que parezca, el hambre esté presente, a pesar de que si algo caracteriza a su populismo gubernamental es el intervencionismo a gran escala y con diferentes manifestaciones, una de ellas, quizás la más peligrosa, la que adopta la forma de expropiaciones de empresas. A nivel exterior, algunos de los principales socios de Kirchner no muestran ningún respeto hacia los Derechos Humanos, clara evidencia de que entre la teoría y la práctica del actual gobierno argentino existe un abismo.

La consulta celebrada ha transcurrido por los parámetros de la máxima legalidad y respeto hacia las leyes. La presencia de observadores internacionales así lo ha refrendado, pese a lo cual, la voluntad popular no parece inmutar lo más mínimo el ánimo de Fernández de Kirchner. Por el contrario, el Ministerio de Exteriores ha emitido un comunicado en el cual dice que los resultados de la consulta en ningún caso ponen fin a la cuestión de la soberanía, tras lo cual, se emplea el tradicional lenguaje, insistiendo que “el gobierno británico vuelve a manipular”, hablando incluso de “mala fe” por parte del número 10 de Downing Street, todo ello aderezado con las clásicas acusaciones a Reino Unido de “colonialismo”.

A pesar de todo, esta lección que le ha dado Malvinas no debería dejarla de lado el ejecutivo argentino, cuya deriva radical carece de límites. En efecto, si hace un mes fue capaz de llegar a un acuerdo con el gobierno iraní para crear una Comisión de la Verdad que investigue los crímenes de la AMIA (menospreciando, en consecuencia, a las víctimas y a sus familiares), ahora ha recibido un nuevo toque de atención por parte de la Sociedad Interamericana de Prensa, en cuyo informe final tampoco sale bien parada la dirigente.

En definitiva, el discurso victimista de Fernández de Kirchner está muy gastado en cuanto que conocido. Frente a lo que sucediera en 1982, los argentinos no han dado muestras de inquebrantable adhesión, conscientes de que la mejora a todos los niveles del país nada tiene que ver con Malvinas. Por el contrario, con toda probabilidad a muchos les gustaría tener la calidad de vida que disfrutan los kelpers, no sólo en cuanto a bienestar, que también, sino en lo que a la garantía y salvaguarda de sus libertades se refiere.

Los no-poderes públicos

Casi recién empezado el año 2013, muchas cosas parecen estar cambiando: el presidente en Venezuela, el Sumo Pontífice de la Iglesia Católica, el presidente de Italia… Y aún así, el sabor metálico y sucio a empobrecimiento persiste en los ciudadanos. Todos sabemos que este 13 no va a ser mejor. Tal vez se prepare un cambio de tendencia, pero no tendrá lugar en este año, será en los siguientes. Con suerte.

Estrategias de supervivencia

Uno de los problemas que tenemos en este momento de recesión empecinada y corrupción política generalizada es que uno realmente no sabe quiénes son los suyos. Y el ser humano, que nace siendo el cachorro más desprotegido entre los mamíferos, necesita del grupo para sobrevivir. De ahí que todos busquemos gente afín, en un aspecto o en otro, para sentirnos seguros: los frikis de La Guerra de las Galaxias, los amantes del diseño, los libertarios de New Hampshire o los seguidores del Betis. Los lobos solitarios también necesitamos grupos. Por si las dudas.

Los españoles, hace muchos años, emprendimos ese camino de pertenencia a lo que hoy es Unión Europea. Lo hemos logrado. Pero a medida que el grupo va siendo mayor y, por tanto, la diversidad se incrementa, es más difícil sentirse identificado con los demás miembros y la percepción del mismo como refugio protector que defiende mis intereses se debilita. Eso pasa con la Unión Europea ahora mismo. El problema añadido es que, en España, el ciudadano de a pie no encuentra tampoco un grupo en el que sentirse guarecido. Los partidos políticos han perdido credibilidad. La corrupción salpica a propios y extraños. Los bancos son enemigos. Los sindicatos están politizados. Los grupos anti sistema carecen de consistencia en cuanto a sus principios y a su composición. Son un revoltijo de descontentos que no se sabe muy bien a dónde van, hasta dónde llegan sus intereses políticos y qué alternativas realistas defienden.

Estamos solos pagando el peaje de la eterna asociación entre el Estado y la banca, aderezado por una degradación institucional y una miseria en la calidad de nuestros políticos, que hacen pinza y nos asfixia. Y tenemos nuestra parte de responsabilidad, desde luego.

Lo que los poderes públicos no pueden hacer

Parte de esa responsabilidad se debe a la idea, atrincherada en la mente de los españoles, de que el Estado, los gobernantes, tienen poder para sacar conejos de la chistera. Pero no es así. No existen los unicornios.

Como explica el profesor de economía de la Universidad de Buckingham, Juan Castañeda, un banquero central no puede controlar el ciclo económico ni cerrar la brecha de la producción. Y, sin embargo, muchos ciudadanos sigue mirando al Banco Central Europeo y al Banco de España como salvadores de la debacle actual. Y no sólo eso. Se espera que el gobierno cree empleo, cuando son los empresarios quienes crean empleo. Esperamos que nos digan la verdad y seguimos votando a los que nos mienten. Esperamos que los políticos se comporten honestamente y miramos a otro lado cuando alguien en nuestro entorno se aprovecha de otro engañándole.

Y a partir de ahí, en adelante, pedimos a ciegas cosas que son intrínsecamente individuales y subjetivas. Cuando decimos que nuestro todopoderoso "estado del bienestar" tiene la obligación de proporcionar una vivienda digna, un trabajo digno, una educación digna a todos, no nos damos cuenta de que la dignidad es subjetiva, que no te la puede arrebatar cualquiera de cualquier manera. Eso lo saben quienes han vivido situaciones dramáticas y denigrantes y las han sobrellevado con la cabeza bien alta sin perder un ápice de su dignidad.

Pero esas peticiones ciudadanas, plasmadas en propuestas y promesas políticas, escritas a fuego en los programas electorales, son un acicate para la degradación política. La razón es que esas promesas enganchan el voto de mucha gente bienintencionada pero dan pie a que esos gobernantes hagan mal uso del dinero de todos.

Lo que sí es indigno es utilizar la pobreza para obtener un mayor poder político, aprovecharse de la desesperación del parado para obtener más votos, usar la rebeldía de los grupos inconformes pero desorientados para atornillarse en la poltrona.

Y eso es lo que están haciendo nuestros políticos, los del gobierno, los de la oposición, los sindicatos, los independentistas, todos ellos financiados con nuestro dinero.

Una de las palabras de nuevo cuño que más odio es "empoderamiento". No estaría mal que cada uno de nosotros decidiéramos recuperar esos no-poderes. Para ello, es imprescindible que reconozcamos lo que no pueden hacer por nosotros, lo que estamos alimentando con esa visión buenista y reactiva, y adoptar una actitud más proactiva. Se trata de tomar la iniciativa. De no dar por buena su pretendida capacidad y retomar las riendas. De lo contrario seguiremos a la carrera como un caballo desbocado.

África (I). Una tradición de libertad

África subsahariana fue un continente aislado hasta el siglo XIX. Las severas barreras geográficas del interior separaron muchos de sus pueblos entre sí. Sus zonas escasamente pobladas y las limitaciones en el transporte hicieron de África un mundo aparte. Se produjo, por tanto, una fragmentación étnica y lingüística enorme: actualmente hay más de dos mil etnias y con sólo el 13% de la población mundial las lenguas africanas representan el 30% de todos los idiomas conocidos. Sus habitantes tuvieron siempre difícil acceso a los progresos económicos y culturales del resto del mundo debido a su aislamiento secular.

Cualquier libro sobre historia de África precolonial tratará esencialmente de aquellos casos en que surgió cierta estructura de Estado. Leeremos acerca de los imperios de Songhaï, Ghana, Mali o Kanem-Bornú, así como de otros pequeños reinos centralizados. Habrá también referencias a las numerosas e interesantes ciudades-estados que surgieron por doquier como las de Hausa, Yoruba o las costeras del Este africano de cultura swahili en las que restos arqueológicas muestran que hubo un destacado comercio con Persia, India y China. Serán escasas, sin embargo, las menciones a sociedades descentralizadas dispersas por todo el continente, compuestas por grupos de poblados sin conexión política alguna con formas de organización social superiores. Estas sociedades sin estado fueron mayoría.

Se basaban en organizaciones clánicas, no territoriales. Tenían un gobierno limitado; no solían tener jefe tribal y eran gobernadas por un consejo de ancianos de la comunidad. En caso de tener un jefe, éste no solía ser hereditario. Si abusaba de su poder, la comunidad sencillamente le abandonaba.

Aquellas sociedades descentralizadas no han sido convenientemente estudiadas. Las razones de ello han sido la ausencia de fuentes escritas -se desarrollaron en un entorno cultural esencialmente oral- y los prejuicios. Hasta épocas recientes, muchos historiadores han aceptado el punto de vista predominante según el cual sólo aquellas sociedades que estuvieran centralizadas merecían la pena ser estudiadas. Han estado durante mucho tiempo por debajo del radar de la mayoría de los escudriñadores del pasado.

La distancia entre el gobierno y los gobernados era escasa y la participación de estos últimos solía ser habitual en forma de consultas o deliberaciones comunitarias. La sociedad se organizaba en torno al consenso y a la toma de decisiones de abajo a arriba. Entre los ashanti había un dicho que rezaba así: No existe gobierno aparte de la gente. Independientemente del tipo de autoridad que se formara, había un sentimiento muy arraigado de que aquello que dañara a la comunidad también lo hacía al individuo. Por muy autócrata que fuera un gobernante, estaba limitado por la autoridad de los consejos locales, el respeto ancestral a los usos, a las costumbres, a los códigos de valores y, en última instancia, a las divinidades. La ideología tradicional y las instituciones autóctonas servían de freno al poderoso. Un proverbio que se repite con variantes entre las diferentes etnias africanas dice que La sabiduría no se encuentra en la cabeza de una sola persona, o bien que Una sola cabeza no hace el consejo.

Pero incluso en aquellos lugares donde sí se formaron imperios o reinos, la tradición africana establecía contrapesos por medio de los jefes tribales y los consejos de ancianos intermedios. En la zona que hoy es Nigeria, por ejemplo, hay constancia de monarcas depuestos por abuso de poder por lo menos desde el siglo XII. Asimismo, los escasos imperios que surgieron África se rigieron bajo el principio confederal. La descentralización del poder es parte intrínseca de la herencia de su sistema político indígena. Éste funcionó razonablemente bien durante siglos en el África subsahariana.

Jefes y reyes no promulgaban casi nunca leyes sin la concurrencia de los consejos de ancianos, la institución sociopolítica de más prestigio en el África tradicional. Normas y costumbres eran motivo de debate comunitario cuando era precisa su interpretación. La conducta de la gente estaba pautada y era previsible. La justicia, impartida por el jefe o el consejo de ancianos, era proclive a la conciliación y a la restitución y no a soluciones punitivas. Existían instituciones de mediación comunitaria importantes como la palaver. Sus diferentes modelos de resolución de conflictos se fueron conservando y se integraron con otros valores locales para facilitar la cohesión de la comunidad y de los diversos clanes.

África fue supuestamente “descubierta” por Occidente en el siglo XVI. En la cultura indígena africana, el concepto de individualidad occidental era desconocido, sin embargo, bienes y miembros de las diferentes etnias se movían libremente a través de todo el continente. Los medios de producción eran propiedad de los nativos, no de sus gobernantes o de sus jefes tribales. Los campesinos, ganaderos, artesanos, pescadores o mineros acudían con sus excedentes a los mercados abiertos. Si lograban beneficios eran guardados por ellos sin ser expropiados por el jefe o el consejo. En este sistema tradicional, las autoridades del clan no imponían control de precios, ni se apropiaban de ninguna herramienta, instrumento, embarcación o arma, pues eran todos privados. No así la tierra, que solía ser comunal.

En el África precolonial hubo una densa red de intercambios y rutas comerciales por todo el continente. Pese a sus limitaciones, existieron mercados libres y abiertos durante siglos, antes de que ningún hombre blanco pisara sus tierras. Destacó especialmente, por lo menos desde el siglo IX, el comercio tran-sahariano. Fueron ciudades de mercaderes destacadas las de Tombuctú, Salaga, Dia, Djenné, Mogadixo, Mombasa, Pemba, Zanzíbar, Kilua o Sofala.

Eran sociedades con muchas carencias pero, al menos, no estaban oprimidas ni tiranizadas. A sus gobernantes no se les pasaba por la cabeza imponer ideologías ajenas a la tradición de sus súbditos ni recluir o matar a los disidentes. Las ciudades-estado eran probablemente las formas de organización social superior más acordes con la tradición y no los extensos Estados que se crearon posteriormente.

Hasta entonces no existieron las absurdas fronteras actuales. Cuando el colonialismo trajo consigo las fronteras administrativas y sus gobiernos centrales -con todas sus regulaciones, controles y sanciones–, los comerciantes se volvieron contrabandistas, se disgregaron artificialmente comunidades lingüísticas y étnicas, se destruyeron las rutas comerciales tradicionales, se impusieron formas de vida sedentaria a muchas comunidades nómadas, se forzaron convivencias entre etnias muy diversas y se impuso desde la metrópoli el poder de una minoría blanca y privilegiada sobre mayorías desarraigadas cuyas instituciones autóctonas quedaron desprestigiadas y fueron excluidas. Todo esto fue letal para la tradición política nativa que existió en África desde tiempo inmemorial.

Como nos enseña el economista George Ayittey, las instituciones indígenas tradicionales del sistema político y económico de África demuestran nítidamente que sus pobladores odiaban las tiranías y eran reacios a la excesiva concentración de poder en una sola cabeza.

Con la llegada de la inicua colonización en el siglo XIX, esta tradición indígena se vio violentada. Por desgracia, no ha dejado de serlo hasta nuestros días.