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Etiqueta: Proceso político: tª estado elección pública y democracia

Los 110 km/h es lo de menos; el problema es el Estado

Ya lo decía aquél: no subestimes el poder del Lado Oscuro. A Zapatero no le ha hecho falta ni ponerse una máscara negra ni distorsionarse la voz para que nos demos cuenta de ello. Simplemente continúa con sus medidas liberticidas y sin sentido que nunca se le pasarían a nadie por la cabeza en su sano juicio y en la situación en la que se encuentra España actualmente.

Poco después de violar los derechos de los dueños de los bares al negarles la posibilidad de decidir si en su bar se fuma o no, el gobierno ha decidido tomar la medida de reducir el límite máximo de velocidad en las autovías de 120 a 110 Km/h. ¿Cuál es el motivo/justificación? Reducir el consumo energético del país, ayudándonos así a ahorrar. Toma ya. Se van superando.

No creo que haya mucha gente que se crea las explicaciones del gobierno (ya hay científicos que han demostrado que el ahorro de esta medida no llegaría ni al 2-3%). Más bien nos damos cuenta del afán recaudatorio que tiene el Estado.

Pero para mí lo preocupante del caso no son las medidas liberticidas de turno (que también), sino una serie de espantosas conclusiones a las que llegamos cada vez que se producen. Así, a bote pronto, se me ocurren algunas que ponen los pelos de punta:

1.- El Estado del Bienestar supone un continuo y progresivo avance en cuanto a la intervención y control de todos los aspectos de nuestra vida. Representa la más espectacular expansión del poder político sobre las vidas y los intereses de los ciudadanos. Instintivamente tiende a expandirse, acaparar más funciones, concentrar más poder y expoliar más dinero a los ciudadanos. Este énfasis regulador y expansionista se traduce en que es el hipertrofiado Leviatán pilotado por los políticos de turno el que se ocupa de nuestro futuro. En su afán de cuidarnos "desde la cuna hasta la tumba", el Estado se ha adueñado ilegítimamente del papel de eliminar nuestras incertidumbres y tomar decisiones por nosotros (y nuestro bien).

2.- La idea de que el Estado es un instrumento para transformar económica y socialmente las sociedades es compartida por todos los partidos políticos sin excepción. La única diferencia son los fines que se proponen alcanzar y los beneficiarios de sus políticas.

3.- En la democracia moderna la tripartición clásica del poder se ha quebrado y los gobiernos han traspasado los poderes que las constituciones les habían asignado. Lo cual, dicho sea de paso, no la hace muy liberal, pese a que así la llamen. Hayek se refería a ella como democracia ilimitada, ya que el poder que se le otorga es ilimitado. La primera consecuencia de una democracia ilimitada es que sus resultados no suelen ser los deseados o aprobados por la mayoría de la sociedad.

4.- El poder político se olvida del interés general para centrarse en ganarse el apoyo de grupos organizados de presión concediéndoles todo tipo de beneficios, que es lo mismo que decir que los gobiernos se centran exclusivamente en alcanzar sus propios fines (mantenerse en el poder). Los políticos actúan praxeológicamente, pero no catalácticamente.

5.- Si algo caracteriza al estado democrático actual es la hipertrofia legislativa y la mentalidad constructivista en las ciencias jurídicas. La ley se ha convertido en un medio para conseguir fines políticos. Así, la justicia consiste en la arbitraria estimación sobre la base de la impresión, más o menos emotiva, que produce el resultado final y concreto del proceso social al Gobierno de turno. De esta forma, el estado democrático se ha convertido en una institución moral. Se adueña de la moral y la legisla, es decir, elige los fines que deben perseguir los individuos y se los impone.

6.- El único que nunca tiene la más mínima intención de ahorrar es el Estado. Y ahora, sorprendentemente, nos dice que la reducción del límite de velocidad es para que ahorremos. Quiere estimular el ahorro privado. Lo cual a mí me parece perfecto, pero viniendo de un gobierno que ha gastado como si no existiese mañana y que ha apoyado sin reparos el consumo frente al ahorro para revitalizar la economía (viva Keynes)…

7.- El individuo adulto espera que el Estado elimine la crueldad y la incertidumbre del destino, además de compensarlo por los sufrimientos, las frustraciones y las necesidades que acarrean una vida civilizada en común. Se crea, de esta forma, una sociedad de gente infantil que rehúye sus asuntos y sus responsabilidades, ya que piensa que la resolución de sus temas y preocupaciones vitales pasan por el gobierno. Entrega, por tanto, su libertad y autonomía.

8.- La paradoja del intervencionismo: el Estado utiliza las crisis para aumentar su poder y proponerse como solución a los problemas que él mismo ha creado.

9.- El gobierno dice querer ser dependiente energéticamente, pero se niega a liberalizar el mercado energético y a confiar en la energía nuclear (que compramos a Francia).

10.- El Estado no se puede limitar. Lo siento por los liberales ingenuos que creen en la división de poderes y las constituciones, pero el poder no se divide.

Esto, a bote pronto. Por eso decía antes que la reducción de velocidad es lo de menos comparado a lo que estamos viviendo y lo que se nos viene encima.

Saludables tragedias para la economía

Mi primera respuesta, tal vez por obvia, pudo resultar decepcionante: "Lo primero que debemos dejar sentado es que el terremoto no es beneficioso para la economía. Crecemos cuando acumulamos riqueza, pero aquí hemos asistido a una masiva destrucción de riqueza. Destrucción es lo contrario a creación de riqueza".

¿Para esto hacen falta los economistas? Qué tontería y qué pérdida de tiempo más grande. Pues tal vez no. Los carroñeros keynesianos siempre están al acecho de cualquier tragedia humana para saciar su incontenible sed de gasto. Ya sucedió con el tsunami del Índico o con el huracán Katrina, cuando sendos lumbreras de la economía, jefes de análisis de la agencia de calificación Fitch y del extinto banco estadounidense Wachovia, declararon que "el tsunami es una oportunidad de crecimiento para Sri Lanka" y que "generalmente es bueno para la economía cuando tienes que reconstruir a gran escala".

Ahora, el disparate se repite. Larry Summers, antiguo rector de Harvard y, lo que es más preocupante, ex secretario del Tesoro de Clinton y ex presidente del Consejo de Asesores de Obama, no ha tardado demasiado en frivolizar acerca de la tragedia del seísmo japonés y declarar que "irónicamente, el terremoto puede dar lugar a incrementos temporales del PIB gracias al proceso de reconstrucción. Tras el terremoto Kobe, Japón incrementó su fortaleza económica".

Lo peor de todo es que, habida cuenta de la pobreza de nuestros indicadores macroeconómicos, Summers podría llegar a tener razón desde un punto de vista meramente estadístico. Dado que el PIB mide la producción anual y no el volumen acumulado de riqueza, podría suceder que mientras que el capital de la nación se desploma, la renta anual aumente a corto plazo. Eso sí, cuesta ver qué hay de beneficioso en que durante un tiempo tengamos que volver a producir aquello que ya teníamos antes y que ha sido destruido por una catástrofe natural. Si nuestro patrimonio es 100 y se desploma súbitamente a 40, podremos reconstruirlo produciendo 60, mas obviamente en nada habremos mejorado con respecto al inicio cuando éste vuelva a ser 100. Estaremos como antes de la catástrofe, pero habremos perdido tiempo y recursos en el proceso de reconstrucción.

Nada, pues, mejorará la fortaleza económica de Japón tras el terremoto. Pero semejante conclusión de puro sentido común se da de patadas con el sinsentido particular del jefe de filas de los keynesianos y con su irracional obsesión de que las economías se paralizan cuando la gente no gasta. Vean, si no, con qué elegancia se expresaba Keynes en su Teoría General: "La construcción de pirámides, los terremotos y hasta las guerras pueden servir para aumentar nuestra riqueza si es que la educación de nuestros gobernantes en los principios de la economía clásica les impiden considerar mejores alternativas". No, no era una exageración, sino una declaración de principios. Con estos mimbres teóricos, ¿qué esperaban que dijeran sus discípulos intelectuales?

Las contradicciones del anarquismo colectivista

El anarquismo es la propuesta política de organizar una vida social sin el Estado. Hay varios anarquismos, por lo que esta definición se queda necesariamente corta, pero esta idea, la de una sociedad sin Estado, es lo que define al anarquismo y lo que hace común a todas sus manifestaciones. Hay anarquismos individualistas y colectivistas, con Pierre-Joseph Proudhom como bisagra entre ambos. Hay, también, varios anarquismos individualistas y varios colectivistas.

Pero de los primeros nos podemos quedar con la síntesis de Murray N. Rothbard, que combina la economía austríaca con el iusnaturalismo, y del segundo, con la línea de Bakunin y Kropotkin, aunque haya diferencias entre ellos. Parten de la idea de que el hombre es bueno por naturaleza, pero que está constreñido por unas instituciones que, además de mantenerle en una esclavitud, le corrompen y permiten la explotación de unos por otros. La principal de esas instituciones es el Estado, pero no la única. También, para algunos al mismo nivel o superior, la religión. Y, en general, todo tipo de usos sociales que podemos identificar, grosso modo, con la moral. La perspectiva del anarquismo colectivista no es puramente negativa. Creen en el progreso del hombre, ligado al avance de la ciencia y a la transmisión a las masas de la cultura. Una cultura emancipada de los viejos prejuicios y asentada sobre principios materialistas y verdaderamente científicos.

No carece de programa económico, por otro lado. La producción no sería capitalista, porque no se reconoce la institución de la propiedad privada. Recaería en una propiedad común, que haría comunes también los frutos del esfuerzo y los bienes que luego se repartan. Esto no es una contradicción, excepto, acaso, con la realidad y con la naturaleza humana. La gestión común está condenada al fracaso, como muestran cuantos ejemplos se han dado.

Para entender por qué fracasa sistemáticamente la gestión común, podemos seguir el ejemplo que pone David Osterfeld en Prosperity versus planning. Partamos de una comuna de 1.000 personas que producen 100.000 fanegas de trigo al año a razón de 100 por trabajador. Las venden a un precio de 5 dólares por fanega, por lo que cada uno se lleva 500 dólares al año. Pedro, totalmente imbuido por las ideas colectivistas, decide incrementar su trabajo hasta las 150 fanegas al año. Al final del ejercicio se producirán 100.050 fanegas, que dividido entre los 1.000 trabajadores arroja una nueva división en los 500,25 dólares. En definitiva, Pedro ha aumentado su trabajo en un 50 por ciento y le saca un rédito del 0,05 por ciento. Los otros 999 también se beneficiaron en un 0,05 por ciento, aunque en su caso sin aportar una fanega más al común. Él carga con todos los costes de su mayor trabajo, y el resultado se divide entre todos. Juan, sin embargo, ha entendido cómo funciona el sistema y decide trabajar la mitad. Ahora se producirán 99.950 fanegas, que reducen las ventas a 499.750 dólares, o 499,75 por persona. Juan trabaja la mitad y sólo pierde un 0,05 por ciento. Mientras que se lleva todo el beneficio de aumentar su ocio, los costes de la menor producción se reparten entre toda la sociedad.

Y aquí sí empiezan las contradicciones del anarquismo colectivista. Porque hay poderosísimos incentivos para no trabajar más y para trabajar lo menos posible. La sociedad comunal, que emergería naturalmente una vez eliminado el Estado, resulta ser un fracaso. No hay más que ver los carteles propagandísticos que llamaban a los miembros de las comunas aragonesas a trabajar. Y para lograr sus objetivos, recaló en un gobierno dictatorial. Así define Julián Casanova al Consejo de Aragón: “Creó sus propios órganos de policía, efectuó requisas, impuso rígidos mecanismos de control de la economía, administró justicia y sobre todo utilizó un amplio aparato burocrático y propagandístico para consolidar el poder de la CNT”.

Esta contradicción surge de un puro error intelectual, y es la pretensión de que una vez eliminado el Estado surgirá un determinado tipo de sociedad, que es la preferida por esta corriente. Es un non seguitur. Lo que elijan hacer las personas liberadas del Estado no tiene por qué tener la forma que dicen los anarquistas colectivistas. Si ese colectivismo no es una mera predicción sobre la estructura que adquirirá una sociedad libertaria o una propuesta que puedan aceptar libremente los trabajadores, podrán asimismo rechazarla. Y es un programa político que deba imponerse, tendrá que hacerlo un órgano coactivo centralizado, es decir, un gobierno. Y ello vale también para la propiedad. Puedes partir de no reconocer ninguna, pero en cuanto un ciudadano mezcle su trabajo con la tierra, la considere suya y el resto de ciudadanos así lo reconozcan, o respetas ese desarrollo de la sociedad libre, o impones por la fuerza el esquema de un comunismo que ya no sería libertario.

Y como esta llegan el resto de contradicciones. Lo que se ha descrito en el campo de la economía vale para el de las creencias. Se puede confiar en que el desarrollo de la ciencia y la cultura arrinconará, hasta hacerla desaparecer, a la fe religiosa. Pero si no es así, o te quedas con tu anarquismo y convives con los creyentes y sus usos, o impones tu pensamiento y recalas en el poder de algún gobierno.

El anarquismo individualista tiene sus insuficiencias. Bien derivadas de que la ausencia del Estado lleve a carencias esenciales a la sociedad, bien porque el desarrollo de la economía no nos ha conducido todavía a entender plenamente que una sociedad libre daría con las instituciones necesarias para el reconocimiento y el libre ejercicio de los derechos. Pero la perspectiva de este anarquismo es completamente distinta, y por eso elude las contradicciones del colectivismo anarquista. Parte del estudio de la naturaleza humana y del funcionamiento de una sociedad libre, basada en los derechos de la persona, incluidos los derivados de la propiedad privada. Y no busca imponer un esquema predeterminado, sino que entiende que la sociedad que surgirá naturalmente funcionará lo suficientemente bien como para permitirnos cumplir razonablemente nuestros objetivos vitales. Los ácratas colectivistas deberían replantearse o su anarquismo o su colectivismo.

Por qué los políticos son corruptos, ineficientes y mentirosos

La respuesta corta es simplemente porque pueden serlo. ¿Qué hace un político? No hay mucha diferencia con la de un empresario. Ambos buscan una necesidad y la cubren. Una de las definiciones de empresario político es aquella persona que intenta obtener beneficios a cambio de reformas. (La forma más extendida del concepto es otra, y se refiere al hombre de negocios que intenta ganar beneficio mediante subsidios, proteccionismo, contratos del Gobierno o influencias políticas. Esto es lo que conforman los lobbies de la banca, ecologista o sostenible, sector alimenticio… Este sistema es que nos lleva al Capitalismo de amigotes o Crony Capitalism).

Las diferencias entre un político y un empresario son básicamente que:

  1. El empresario necesita el favor del mercado para triunfar: el de su cliente, acreedores, accionistas y proveedores. La pérdida de confianza destruye al empresario al momento. El político no necesita el favor del "mercado", es decir, de la gente. En todas las naciones siempre hay dos partidos mayoritarios que controlan el país hagan lo que hagan. Solo necesitan el favor corporativista de otros políticos (oposición, parlamento, municipios…) y lobbies para conseguir sus fines.

     

  2. El empresario no puede saltarse la legalidad, el político sí. Los medios políticos, en sentido amplio como: Gobierno, partidos, sindicatos, patronal… se financian mediante el robo de los impuestos, el fraude de la deuda o la extorsión de las tasas y multas. Si un empresario usara estas herramientas para crecer, iría a la cárcel. Solo una empresa privada en este país (y probablemente en el mundo) cobra un impuesto privado. La SGAE. La razón se debe a la unión política que tienen con el Gobierno. En un laissez faire, tal absurdidad no podría existir.

     

  3. La irresponsabilidad. Un empresario siempre ha de ser responsable de sus acciones. Si vende artículos defectuosos o engañosos, tarde o temprano, pagará tal abuso. Incluso si hace una línea de productos que no gusta a la gente —el mercado—, lo tendrá que retirar. El político es todo lo contrario. Las acciones del político no tienen consecuencia. En este país hay escándalos cada día y ningún político dimite ni se le juzga. Incluso si hacen políticas nefastas para el país, son asumidas como gajes del oficio. ¿Por qué el Gobierno no ha de responder ante las pérdidas que ha provocado su ley antitabaco, Plan E, políticas ecologistas de Miguel Sebastián…?

Si una persona no es responsable de sus actos y tiene derechos ilimitados para hacer lo que quiere, ¿en qué se convierte de forma lógica? En un tirano. Es lo que les ocurre a los niños pequeños. Un niño de cinco años no entiende qué implica la responsabilidad, por eso acude a la violencia y conductas antisociales continuamente. Si tal comportamiento se le permite, lo único que hacen los padres es convertirlo en un sociópata. Solo los niños y el Gobierno recurren siempre a la violencia como forma habitual de interaccionar con la sociedad. Una sociedad así, no está madura.

El hombre medio desconoce que todo hombre se mueve por incentivos, no por vocaciones. La vocación del buen político es "servir a la gente" según la opinión popular. Pero los incentivos para dedicarse a la política son el beneficio personal. Incluso el que por vocación se dedica a la política no puede triunfar, ya que el corporativismo del sector y la búsqueda de intereses personales lo expulsan. El buen político, el que triunfa, es porque sabe negociar bien con relación a los intereses de su partido y/o Gobierno. Eso no tiene nada que ver con buscar fines humanistas para la sociedad. Los fines humanistas no son más que un engaño más para conseguir metas personales. ¿Se acuerda de las promesas de Zapatero? Ha hecho todo lo contrario a lo que prometió. Y no dude que en las elecciones de mayo una avalancha de ciudadanos votará a los socialistas.

La fe del ciudadano en el político se debe a la falacia de Hobbes o del Leviatán: el hombre es brutal y destructivo por naturaleza, por tanto, ha de existir uno de esos seres brutales y destructivos que lo coordine todo haciendo mejor a la sociedad. Tal invocación a la autoridad coercitiva no es más que un ensalzamiento mitificado del "buen gobernante" que solo existe en la imaginación de quien lo propugna.

¿Por qué los políticos son corruptos, ineficientes y mentirosos? Porque les resulta gratis. No tienen controles. No hay restricciones a sus acciones ni puede haberlas jamás porque ellos poseen el Poder. La única solución es limitar la fuerza de los medios políticos, ya sean sindicatos, patronal, funcionarios y evidentemente el propio Gobierno. El mayor incentivo para el crimen es la política, especialmente con un Gobierno Omnipotente.

Actualizaciones de Estado

Todavía no hemos conseguido recrear mundos virtuales como los de Matrix o el de las holobandas de Caprica, pero existe ya un mundo virtual habitado por millones de personas. A golpe de actualización de estado, individuos de todo el globo se comunican, intercambian información, vídeos, fotografías y otras experiencias. Amistades que hace unas décadas habrían sido olvidadas para siempre pueden mantener el contacto, grupos de música que jamás conseguirían una audición logran que sus canciones sean escuchadas por miles de personas…. Y un millón de posibilidades más que no cabrían en este comentario, que también puede ser compartido y discutido en esas mismas redes.

Existen opciones para todos los gustos y no son excluyentes entre ellas. Si Facebook ha conseguido la hegemonía, otras se hacen fuertes en ciertas regiones, como Tuenti en España o studiVZ en Alemania; los más picarones pueden recurrir a Chatroulette y los que busquen un perfil profesional a Linkedin . No hay poderes incontestables y las barreras de entrada artificiales creadas por la acción política son apenas inexistentes, los grandes de ayer intentan reconvertirse para no perecer como MySpace; los gigantes que tienen los ases de la baraja no despegan con sus apuestas, como Google con Buzz. Hay redes sectoriales que se integran con otras y las complementan de lugares, fotografías, música, etc. Podriamos hacer una fotografía de este mundo virtual hoy, pero no tendría nada que ver con la que sacaríamos el día de mañana. Redes sociales que obedecen a momentos y lugares dispares, pero que tienen en común haber surgido por la necesidad humana de relacionarse, el mundo virtual no hace más que reproducir el comportamiento real, lo complementa y aumenta las posibilidades.

Socialmente el auge de las redes sociales puede suponer una moda pasajera o llegar a integrarse en nuestras vidas hasta convertirse en indispensable, como lo han llegado a ser otros avances que hace unas décadas ni se imaginaban. Políticamente, el ejemplo puede ilustrar nuevos modelos de organización hasta ahora circunscritos a la utopía. Los tres pilares sobre los que se levanta el Estado son la soberanía, la población y el territorio. Si la globalización ha socavado el principio de territorialidad de los estados, en Internet sencillamente se ha volatilizado. Las transacciones y relaciones entre dos o más individuos en el mundo virtual tienen como único límite el interés común entre ellos para llevarlas a cabo, no existe otra frontera que la voluntad del intercambio. Por eso puede resultar interesante comparar y trasladar el modelo de las redes sociales al ámbito político.

Las características de este mundo virtual es el de la voluntariedad en el que podemos entrar a formar parte de esas redes que se rigen por sus propias -y peculiares- normas que nosotros aceptamos al entrar. Si, por cualquier razón, no nos gustan, podemos terminar esa relación contractual. Tenemos la opción de formar parte de una y otra, o de varias al mismo tiempo; naciones virtuales que siguen sus reglas dentro de una red de servidores interminable que conforma Internet. Podemos, incluso, llegar a crear nuestro pequeño mundo virtual regido por nuestras propias normas dentro de esa neutralidad si las que existen no llegan a convencernos o, sencillamente, nos diverte. ¿Por qué no pensar en una forma política basada en esos principios en lugar del monopolio exclusivo en todos los ámbitos, característico del estatismo?

Entre tanto, los socialistas de todos los partidos intentan regular un ámbito que no comprenden. La descentralización, construcción cooperativa y libertad de la Red es tal que desconcierta a cualquier colectivista. Superada la territorialidad, trasladar los servidores de las páginas que vulneran la legislación de un Estado es suficiente para sortear muchas prohibiciones. Las direcciones prohibidas pueden enmascararse y la inmediatez de la creatividad libre siempre se adelantará a las prohibiciones de la maquinaria burocrática. Tampoco es que este comportamiento nos resulte ajeno: aquellos que ganan cuantiosas sumas de dinero se protegen de la voracidad impositiva del Estado refugiando sus legítimas ganancias en territorios de mayor libertad fiscal. La vida, y la libertad, se terminan abriendo camino.

No hay mejor garantía de neutralidad de la red que la ausencia de regulación, como no hay mejor garantía para nuestra libertad que la responsabilidad individual y el respeto a la propiedad privada. La neutralidad no consiste en garantizar mínimos o máximos de nada pues semejantes injerencias constriñen y manipulan la iniciativa que es capaz de ver más allá, la oportunidad que el emprendedor adelanta y de la que los demás se benefician. Lo que exigimos en el mundo virtual también debemos exigirlo en el mundo tangible; no basta con actualizar el estado con una ocurrencia feliz, hay que ser consecuente y aspirar a una libertad semejante en todas facetas de nuestras vidas.

Se puede pensar más allá del Estado, solo hay que rebasar el límite que la Humanidad se ha impuesto desde la modernidad. Los estados no han existido siempre y, como toda creación humana, sucumbirán. El cómo y el cuándo queda reservado para los dioses o los adivinos pero el resto de mortales debemos tener en cuenta que no solo se pueden concebir formas políticas diferentes al Estado sino que ya han existido y pueden surgir de nuevo. La teoría política no debería ceñirse a tamizar todos sus análisis y teorías sobre el Estado desestimando toda alternativa. El reduccionismo y el particularismo son característicos de la ideología y el sectarismo mientras que el pensamiento debe aspirar a ser abierto y universal.

El Estado según de Jasay

“¿Qué haría usted si fuera el Estado?”

Así comienza el pensador húngaro Anthony de Jasay la introducción de su libro El Estado: la lógica del poder político, donde expone su visión acerca del funcionamiento y dinámica del Estado.

Piensa que la teoría política ha descuidado el análisis del Estado como una entidad real con voluntad propia –más allá de sus súbditos– que persigue fines determinados. Éste es el enfoque de fondo de su estudio sobre el Estado: “explicar su comportamiento para con nosotros en función de lo que podría esperarse que hiciera”.

Para nuestro autor, el Estado no es un instrumento al servicio de los demás, como sí lo ha sido, y sigue siendo, para el pensamiento político dominante a lo largo de los siglos, a pesar de los importantes matices y diferencias (Hobbes, Locke, Rousseau, Mill, Marx, e incluso para los autores de la Public Choice).

Con el objetivo de entender el comportamiento del Estado, de  Jasay propone comenzar el análisis en un contexto donde no existe el Estado, es decir, donde nadie renuncia a su soberanía y nadie posee el monopolio del uso de la fuerza. Aunque para muchos autores, desde los clásicos teóricos del contrato social, pasando por economistas modernos como Mancur Olson, este estado de naturaleza es radicalmente incompatible con el orden y la civilización, el húngaro mantiene una postura diferente.

Sostiene que esta cuestión no pasa por el análisis histórico, dado que las situaciones en las que la sociedad ha vivido sin Estado durante periodos de tiempo prolongados son escasas. Pero de Jasay tiende a pensar que existiría cooperación en ausencia de esta entidad monopolística de la fuerza. De hecho, señala el caso de los estados nacionales que cooperan con sus vecinos a pesar de no existir un ‘superestado’. Y se pregunta: “¿Respetaría la gente los contratos si no hubiera un agente que velara por su cumplimiento monopolizando el último recurso de la fuerza?”.

Él piensa que sí, a contracorriente de la opinión mayoritaria entre los científicos sociales. No obstante, coincide con una serie de trabajos de investigación que, tanto desde la teoría como desde el análisis de distintos casos históricos, apuntan a la notable capacidad de los individuos de cooperar productivamente sin un gobierno efectivo encargado de velar por el cumplimiento de los contratos, leyes, y la seguridad de los derechos de propiedad.

Su obra es además una crítica a todos aquellos que, como Hayek o Buchanan, han pensado que se podía limitar efectivamente el poder político mediante Constituciones. Escribe que éstas, que son concebidas originalmente como contrapeso y restricción del poder político, pueden incluso llegar a usarse en beneficio del Estado, dándole una mayor legitimidad ante la población para llevar a cabo sus fines y expandirse más fácilmente. Asimismo critica la visión ingenua de que “la sociedad civil se gobierna a sí misma y controla al Estado, el cual, a su vez, no es más que una máquina de registrar y ejecutar ‘elecciones sociales’”.

Quizá uno de los puntos más interesantes de de Jasay sea su planteamiento acerca de la dinámica del Estado. Por un lado, expone cómo su expansión no se produce de forma lineal y continua, sino mediante mutaciones y lavados de cara. Por otro lado, explica cómo el Estado en su proceso de evolución va perdiendo progresivamente autonomía real y discrecionalidad en sus políticas. Esto sucede al verse constreñido a utilizar su poder para… seguir en el poder, lo cual implica, según el autor, que sus políticas deben generar mayor número de ganadores que de perdedores que le otorguen democráticamente la victoria en las urnas.

No obstante, un posible punto débil del análisis del autor es su consideración del Estado como una entidad totalmente homogénea y monolítica, con unos fines determinados y aparentemente únicos. Así, no parece tener en cuenta la probable multiplicidad de intereses que existe en las Administraciones Públicas, concebidas como las partes heterogéneas del Estado.

El trabajo de Jasay supone un intento de hacernos entender mejor la lógica detrás del poder político, lo que motiva la dinámica del Estado que vemos, siquiera solo en parte, en la realidad.

Forty niners

En 1848 corrió, como un reguero de pólvora encendido, la noticia de que en California, en el extremo occidental del país, el oro abundaba. El mineral, aferrado a las rocas milenarias, yacente en los ríos de aquél territorio, estaba a la espera de que lo arrancasen las primeras manos que llegasen. Y acudieron a miles. A una velocidad inusitada. Fue el gold rush (fiebre del oro) y a aquellos hombres se les llamó forty niners, por el año en que acudieron en masa a la busca del metal amarillo.

Podemos imaginarnos por un momento la situación. Millares de hombres, en su mayoría jóvenes, acudiendo a un territorio escasamente explotado y movidos por el sueño de ser inmensamente ricos en muy poco tiempo. Hábiles todos en el manejo de las armas, que les acompañan en todo momento, aficionados los más al alcohol. Su carrera fue tan frenética que dejaron atrás las instituciones de los Estados Unidos que, año a año, ganaban territorio hacia el oeste. Pero los forty niners fueron mucho más rápidos. ¿Qué cabría esperar de la llegada en masa de unos hombres ávidos de riqueza, dispuestos a ocupar recursos valiosos y escasos y sin el apoyo de las instituciones legales? La guerra sin cuartel, el amontonamiento de cadáveres, el caos, el crimen convertido en ley y la ley en crimen.

Sin embargo, lo que ocurrió no fue eso. Lee Harris, en The next American Civil War, dice que “estas expectativas no se cumplieron. Agudos observadores que se habían cruzado en su camino con los campos de oro quedaban unánimemente asombrados al encontrar que los mineros habían marcado de forma espontánea un conjunto de normas y regulaciones que a todos concernían y que todos aceptaban”. Las normas variaban enormemente de distrito en distrito, incluso en ocasiones entre territorios contiguos. “Pero todas tenían el mismo objetivo: la minimización de conflictos debidos a los reclamos sobre las minas”.

Lo cual tiene sentido. El oro es un bien muy preciado, pero lo es menos que la propia vida. Y el conflicto continuo es muy costoso e inseguro, y desvía los esfuerzos que, de otro modo, se dedicarían a la explotación del territorio. Lo más eficaz para todo el mundo es la sumisión a unas normas aceptadas, que permitan la extracción del mineral sin conflictos. Y los hombres, constituidos en compañías mineras, se prestaron con dedicación a fijar tales normas y dar con la forma de hacerlas cumplir.

Terry L Anderson y P. J. Hill escribieron el artículo “An American Experiment in Anarcho-Capitalism: The Not So Wild, Wild West”, en el que describen cómo esa sociedad libertaria no se parecía, ni de lejos, a la existencia solitaria, pobre brutal y breve que Hobbes previó consustancial al estado de naturaleza, como fase previa al surgimiento del Estado. En el artículo citan a un historiador,J. H. Beadle, quien dice en uno de sus libros: “No había ninguna autoridad constitucional, y no había ningún juez o funcionario a menos de quinientas millas. Los invasores quedaban expuestos a las leyes fundamentales de la naturaleza, acaso con los derechos inherentes a la ciudadanía americana”. Anderson y Hill añaden que “el primer derecho civil que evolucionó de este proceso se aproxima al anarco capitalismo tanto como cualquier otra experiencia en los Estados Unidos”.

Las compañías que se creaban para explotar las minas de oro fijaban sus propias normas. Entre ellas se incluían, a menudo, “acuerdos para la contribución para cuidar de los enfermos o desafortunados, reglas de conducta personal como el uso de las bebidas alcoholicas o las multas que se podían imponer a las conductas impropias” (Anderson y Hill) u otras como el modo de financiar las operaciones. “No conocían una jurisdicción superior a la ley de la mayoría de la compañía”.

Cuando se trataba de lidiar con otros disputas sobre la propiedad, “la solución general fue la de mantener unas reuniones generales y designar comités a los que se les encargaba la redacción de normas”.

Y recogen un ejemplo citado por Beadle, y que se refiere a un distrito de Colorado: “Se mantuvo una reunión general de mineros el 8 de junio de 1859, y se designó a un comité para que redactase un código de leyes. Este comité trazó los lindes del distrito y su código civil. Después de un período de discusión y enmiendas, fue unánimemente adoptado en otra reunión general el 16 de julio de 1859. El ejemplo fue rápidamente seguido en otros distritos, y todo el Territorio se dividió pronto en multitud de soberanías locales”.

Un historiador del negocio de la minería en aquellos años explica que “ningún alcalde, consejo o juez de paz fue jamás impuesto sobre un distrito por un poder venido de fuera. El distrito era la unidad de organización política, en muchas regiones, tras la creación de un Estado. Y los delegados de los distritos colindantes se reunían para abordar los lindes o las materias del gobierno local, que luego explicaban en sus respectivas circunscripciones en reuniones al aire libre, en una ladera o en la rivera de un río”. La desconfianza hacia las normas venidas de fuera era tal que en muchos distritos se prohibía el ejercicio del derecho a los abogados. En el distrito Union Mining se dictó la siguiente norma: “Se resuelve que no se permitirá el ejercicio del derecho a ningún abogado en este distrito, bajo la pena de no más de cincuenta ni menos de veinte latigazos, más la expulsión para siempre del distrito”.

Se creaban cortes por reclutamiento de voluntarios del lugar. Rara vez eran permanentes. Cualquier ciudadano que cumpliese la ley podría convertirse en acusador o defensor en el proceso, y a cualquiera se le podía encargar la tarea de hacer cumplir las resoluciones de la corte. Había competencia entre las cortes, que cobraban por el servicio de impartir justicia. Las partes llegaban más fácilmente a un acuerdo sobre a cuál recurrir si ésta se había ganado fama de ser justa en sus resoluciones, de modo que la competencia entre distintas cortes, si se daba, favorecía que prevaleciese la justicia.

Aun así, se daban casos en que una parte no estaba contenta con la resolución de la corte, pero entonces aún quedaba un recurso. La parte que se consideraba que sus derechos habían sido tratados injustamente tenía la opción de ponerse en contacto con todas las partes y llamar a un nuevo acuerdo sobre la división del territorio y la formación de un nuevo distrito.

Todo ello le resultará extraño a quien esté habituado a pensar que sin el expreso consentimiento, la prohibición terminante y el apremio y guía constantes del Estado, los ciudadanos somos incapaces de organizarnos. La experiencia, y la constatación de que los hombres podemos pensar racionalmente, señalan en sentido contrario.

Sevilla recomienda más de lo mismo

La carta de Sevilla denota hasta qué punto está descolocado y perdido el socialismo nacional. Las pocas cosas con sentido que expone el ex ministro consisten en repetir dos cuestiones que ya saben todos los españoles desde hace mucho tiempo: que inicialmente se negó la crisis y que Zapatero tiene que afrontar los problemas de fondo en vez de decir que hace reformas para no hacer nada. Pero aparte de esas dos perogrulladas, hay poco rescatable del maremágnum de palabras en las que Sevilla intenta salvar desesperadamente el estado del malestar y las políticas que nos han traído a la situación actual.

Para empezar, Sevilla ve en la expansión del gasto público y el desequilibrio presupuestario de los últimos años una política que "limitó los peores efectos de la recesión". Se queda en el efecto a cortísimo plazo y exclusivamente en lo que afecta a quienes salieron beneficiados por esas políticas. Cierra en cambio sus ojos ante lo que ahora puede ver todo el mundo. Aquellas "medidas de apoyo presupuestario masivo" son las responsable de que hoy España esté al borde del abismo, de que los inversores internacionales no apuesten por la pronta recuperación de nuestra economía, de que el grifo del crédito se cerrara para miles de empresas y de que ya desde entonces muchos ciudadanos tuvieran que pagar los platos rotos de empresas y personas que se habían arriesgado más de la cuenta.

Para Sevilla, la crisis es causa de la desregulación del mercado más regulado del mundo. Me refiero, claro está, al financiero. No quiere ver que fue la política de dinero barato (orquestada por bancos centrales monopólicos y estatales) defendida por él y por toda la socialdemocracia keynesiana, la que nos condujo a la crisis. Cree que el keynesianismo y el Estado han salvado al capitalismo pero no se para a pensar por qué en los países en los que el Estado ha dado un paso atrás apretándose el cinturón y conteniendo los impuestos, la crisis ha sido mucho más suave.

La carta tiene como principal objeto proponer cuatro medidas para devolver a España a la senda del crecimiento económico y la creación de empleo. La primera es fruto de una incomprensión total de la crisis que vivimos. Pide a Zapatero que sostenga la demanda agregada y que para lograrlo aplace hasta 2015 el compromiso de situar el déficit público en el 3%. No entiende que la penosa situación actual es el fruto de un exceso de consumo y endeudamiento privado en los años anteriores a la crisis y de un excesivo gasto público y endeudamiento del Estado en los cuatro años de crisis. Su primera solución sólo servirá para seguir expulsando empresas privadas que se encuentran sin crédito porque el Estado se queda con la mayoría del ahorro disponible. ¿O es que Sevilla piensa que el Gobierno sabe mejor que la ciudadanía qué empresas y sectores hay que salvar a base de demandar sus productos y cuáles hay que dejar caer? No se trata de que el Estado gaste para mantener demanda (por mantener demanda) sino de quitar las barreras que ahuyentan a los inversores que podrían sanear las empresas que cuentan con demanda real, al mismo tiempo que ayudaría a crear nuevas empresas y empleo.

La segunda medida consiste en reabrir el grifo del crédito, algo medianamente sensato si no fuera porque su primera medida va en la dirección opuesta. Pero Sevilla cree que el crédito se crea a voluntad y que lo único que hace falta para volver a regar la economía de crédito es "remover las cuantiosas inversiones dudosas en ladrillo y cemento". Claro que no explica cómo se remueven esas inversiones dudosas excepto insinuando que podría lograrse a través de una nacionalización de la banca privada.

La tercera medida se refiere a la competitividad. Aquí al profesor le faltan varias tardes enunciando medidas porque se queda en la rebaja de los costes laborales no salariales y en una apuesta por la energía nuclear, combinada siempre con las anticompetitivas energías renovables. La lista de motivos por los que España no es competitiva resulta casi interminable. Basta con coger los indicadores del índice de competitividad global del Foro Económico Mundial para ver que en la inmensa mayoría estamos muy por detrás de la media de los países desarrollados. En el mercado energético sólo la ignorancia puede llevarle a uno a pensar que los problemas de las renovables se pueden solucionar combinando molinos y placas con centrales nucleares. Los trabajadores españoles –así como las empresas y las familias– necesitan contar urgentemente con una energía barata que requerirá del uso de todo tipo de fuentes energéticas. El mix energético exacto que debemos tener para abaratar al máximo nuestra energía sólo se puede descubrir liberalizando de una vez por todas el mercado eléctrico y energético español. Lo que es seguro es que ese mercado reduciría drásticamente, al menos por ahora, la participación de las renovables porque son tremendamente caras y porque, entre otras muchas cosas, exigen la instalación de plantas de gas natural que quedan ociosas cuando las renovables funcionan a pleno rendimiento.

La última propuesta consiste en fortalecer la productividad mediante la reforma del sistema educativo, del sistema nacional de innovación, del mercado laboral, así como reduciendo el carbono en nuestras vidas e implantando la responsabilidad social corporativa. Sin embargo, cualquier profesor de economía debería saber que la innovación no se logra con sistemas nacionales sino con un buen tratamiento fiscal del ahorro y la inversión, que el cambio forzado de nuestro modo de vida para reducir el carbono nos hará menos eficientes y que la responsabilidad social corporativa socava la productividad de muchas empresas porque supone quitar poder a los dueños, que son quienes más interés tienen en que sus empresas sean productivas. Queda la reforma educativa pero mucho me temo que viendo por dónde va Jordi Sevilla, crea que el sistema educativo se mejora con más gasto público.

En resumen, las propuestas de Jordi Sevilla son, en general, las de un socialista que se tapa los ojos ante los desastrosos efectos de sus adoradas políticas keynesianas. En el mundo que se ve a través de sus gafas socialdemócratas, la crisis ha sido culpa del mercado, y el intervencionismo lo único que ha hecho es salvarnos de la debacle. Por eso le pide a su líder que reincida en las políticas de gasto público y desequilibrio presupuestario, aligerando esta vez un poco el peso del estatismo sobre los trabajadores. En su esquema no cabe que lo que haya que hacer sea devolver el protagonismo a la sociedad civil, dando libertad de elección a empresas, familias y trabajadores, eliminando trabas al ejercicio de la empresarialidad, reduciendo impuestos, quitando privilegios a los sindicatos y recortando drásticamente el tamaño del Estado que nos asfixia.

Para Sevilla el estatismo, en una versión ligeramente mejorada, solucionará el desastre. Ahora sabemos qué le hubiera enseñado este señor a Zapatero en dos tardes: lo principal es dirigirlo todo desde arriba y si el intervencionismo fracasa debemos intentarlo con una nueva batería de intervenciones. Más de lo mismo.

Anarcocapitalismo. Crisis de la democracia y el Estado Nación

Hay muchas razones para considerar el anarcocapitalismo un escenario superior al de la democracia. Muchas personas no lo conciben por su apego al sistema. No se dan cuenta de que pueden existir sistemas diferentes. Es la fatal arrogancia de los demócratas. El pensamiento único les invade y convierte en establishment de una sociedad colectivista.

Uno de los fallos de la democracia es que su sistema de mayorías sólo es operativo en comunidades reducidas, donde todos los miembros de la comunidad se conocen y pueden argumentar entre sí, o también, en un sistema con una democracia duramente delimitada. El sistema de un hombre, un voto, siempre llevará al populismo. Algo tan claro ya lo vieron los padres fundadores de los Estados Unidos (Democracia frente a República). Acertadamente, los padres fundadores asemejaron democracia con la semilla de la Oclocracia, donde los gobiernos y políticos dirigen un país a través de las emociones de sus ciudadanos. Es el famoso pan y circo al que hemos asistido en los últimos 100 años. Su cúspide lo vemos ahora con dirigentes como Zapatero en España, Obama en Estados Unidos y Hugo Chávez en Venezuela. No venden gestión de gobierno, sino ilusiones y trucos de magia. La democracia se estructura en una oligarquía política y usa las armas de la oclocracia para llegar al Poder y legislar.

Un gobierno que domina a más de cuarenta millones de personas no puede ser efectivo bajo un sistema democrático. Las opiniones son demasiado diferentes, los intereses demasiado contrapuestos y las presiones políticas, demasiado acusadas. Uno de los enemigos de la democracia es el volumen. Imaginemos un mundo mundial. ¿Quién sería mayoría? China, la India y Rusia, probablemente. ¿Se imagina qué ocurriría? Tales gobiernos usarían la fuerza de la ley y la política para vivir a costa de occidente. Tendríamos altos impuestos y nos impondrían su cultura mediante la ley. Por supuesto, sería para nuestro bien común.

Este crecimiento de la democracia ha venido por el aumento del Estado, el Estado Nación. Un gobierno de gobiernos que se ha ido creando mediante guerras, asesinatos y tratos políticos. Algo totalmente opuesto al concepto voluntario de los medios económicos de Oppenheimer.

Expresado de una forma más llana. No sólo el gobierno es demasiado grande, también los pilares en los cuales se fundamenta, como el concepto de Estado Nación y Democracia. Una sociedad anarcocapitalista, basada en el principio de “no agresión” y en la voluntariedad de los actos, ha de pasar inevitablemente por la desaparición del Estado Nación y la democracia. Éstos son conceptos que han crecido más que el propio individuo, absorbiendo y transformando, no en un medio para servirlo, sino en un fin mismo. El individuo, pues, es una herramienta más para servir al sistema.

Muchos liberales clásicos añaden otra variable a su utópico sistema de gobierno limitado, estado nación (y el sentimiento de éste, el patriotismo) y democracia. La quimera de la "Sociedad Abierta". Otra absurdidad más incompatible con el sistema actual. El concepto de sociedad abierta proviene del filósofo Henri Bergson, que la definió como el de un gobierno transparente, justo y atento a las inquietudes de sus ciudadanos. Hemos necesitado un Wikileaks para que muchos vean que esto no puede existir y que los gobiernos precisamente se caracterizan por vivir a costa de sus ciudadanos, de mentirles y otorgar derechos a grupos de poder privilegiados, los lobbies.

En una sociedad enorme, de millones de personas, no entra en la lógica que todos los católicos toleren a anticatólicos. Racistas a antirracistas. Keynesianos a ‘austriacos’ y ecologistas a antiecologistas. Todos aquellos grupos que no sean netamente liberales —que siempre serán minoría— y defiendan valores colectivistas, ya sea desde la parte del socialismo o conservadurismo, harán lo imposible para acallar a su grupo rival. Todos ellos crearán lobbies para presionar al gobierno de turno y que éste actúe en su conveniencia para hundir al opositor. Ocurre lo mismo que con la democracia, el concepto de sociedad abierta sólo puede producirse en grupos pequeños. A medida que crece, los medios políticos usan esta idea, mediante la oclocracia, para imponer su corporativismo e intereses personales.

La democracia ha crecido demasiado. Es insostenible. El Estado Nación es el principal pilar que la mantiene derecha. Así como los hombres se agrupan a medida que avanza su vida, escogiendo a amigos que le asemejan o buscando parejas que son iguales a ellos, lo mismo ha de ocurrir en grandes conjuntos de masas. El anarcocapitalismo es la solución a un sistema podrido donde cada persona forma sociedad con sus pares y similares, olvidando las imposiciones políticas de dónde ha nacido. De hecho, en Estados Unidos ya existe: las HOA (Home Ownership Associations). Las únicas fronteras son privadas y voluntarias. Así como la globalización económica es el camino a una mayor prosperidad, la globalización política de un Gobierno mundial o un Estado Nación es la garantía de una sociedad atrapada en las fauces de sus políticos, viciada por el populismo (oclocracia), el robo (impuestos), la guerra y la violencia de la ley.

Sólo conseguiremos libertad plena cuando la democracia caiga junto al concepto de Nación Estado. Entonces sí que podremos hablar de una sociedad abierta real donde grupos de individuos se reúnan en un espacio físico para convivir sin necesidad de políticos ni estados.

Por el Estado a la utopía

Es claro que el Estado no es una creación de extraterrestres, una inhumana invención “ex novo” o divina. Es fruto de la evolución del hacer complejo de los hombres cometiendo errores y, de vez en cuando, suprimiéndolos. Pero no lo es menos que la exacerbación del Estado, con asentarse en muchos buenos propósitos, sirve en demasiadas ocasiones a las más bajas pasiones, aquellas que disfrutan con la exclusión, con el victimismo y con la dudosa gloria de una existencia parasitaria.

Bajo la sensación del hundimiento de las dictaduras comunistas de Europa oriental, se aceptó de puertas afuera que el omnímodo Estado era el fracaso y que su contrario, la sociedad abierta y los mercados libres, su única alternativa. Pero no se asumió más que como quien acepta provisionalmente el infierno cuando el cielo prometido, la utopía del Estado Total, cierra por reforma. Sólo en el paraíso del Estado Social, dijeron mientras tanto, está la solución y, si no se hubieran conjugado las fuerzas del egoísmo, tan humano él, con las de la codicia, tan nefasta ella, el Bien Supremo del comunismo hubiera adelantado la enésima venida de la Gran Utopía.

El Estado Social, esa reinvención de la barbarie patrocinada por el aparato administrativo público, sigue en las mentes, en los programas y en las proclamas, de forma que él y sólo él es capaz, dicen sus promotores, de lograr que partes más o menos pudendas del Bien perdido en la extinta URSS puedan reencarnarse en las sociedades democráticas para contener al Gran Mal.

Se trata de un argumento circular, de un antirrazonamiento, de un discurso que se anula a sí mismo pero que, en su absurda formulación, encandila a poetas y a clérigos, a opinantes y a mitineros, a gentes de barra y tertulia, a decaídos de sillón y telediario, a bondadosos santurrones de oenegé en contacto solamente con la marginalidad que produce la propia acción social . Porque si el comunismo, ese Gran Bien, cayó víctima de su propia incapacidad para generar la dinámica económica que cumpliera su promesa, ¿cómo su vástago, el Estado Social, puede lograr lo mismo con presupuestos coincidentes?

El gobierno de Zapatero, por boca de su más desmoralizante representante, él mismo, ridículo optimista e irresponsable, dice que la salida a la crisis será social o no lo será. Es decir, que será fruto de sus causas, que se saldrá de ella por la misma vía por la que se entró. Porque, al parecer, la virtud del Estado Social, la vida subsidiada, traerá una existencia feliz que, por no ser de este mundo, no cargará con ninguna responsabilidad. Las culpas del que será su nuevo, enésimo fracaso, recaerán nuevamente en la egoísta y codiciosa naturaleza humana, abstraída en un ente manipulado llamado “los mercados” que, por desgracia y por más que lo intentan, nunca llega a “actuar”.

Los que sirven al Estado Social y se sirven de él, incluso al precio de vivir en la imbecilidad, son más generosos, más humanos y creen y están más con “la gente” que quienes promueven la responsabilidad, el respeto a la propiedad, el amor al esfuerzo y al ahorro. La versión actual del Estado Social sobredimensiona la codicia de los bienes ajenos promoviendo el subsidio y el dinero inflacionario para arreglar luego sus fracasos con más moralina generosa, es decir, más subsidios y más dinero fácil.

Es la existencia del Estado en su forma moderna lo que promueve el Estado Social. Es esa institución decantada evolutivamente partiendo de la interacción social la que incrementa el utopismo más letal. Es, o parece que es, a impulsos del cíclico hundimiento de cada paraíso de fantasía como la historia humana avanza. Utopía, implosión de la misma y vuelta a empezar. ¿Podrá la memoria histórica, la de verdad, recoger las enseñanzas y aplicar verdaderas soluciones, es decir, verdaderas críticas a los errores?