Ir al contenido principal

Etiqueta: Proceso político: tª estado elección pública y democracia

Republicanismo, ciudadanos y armas

Hay una tradición del pensamiento político que es la que genuinamente se puede llamar republicana. Nace con la recuperación del clasicismo durante el Renacimiento. No parte, por tanto, desde cero. Sus referentes más claros son Aristóteles, Polibio y Cicerón.

Aristóteles no tenía una idea de la división del trabajo como nosotros la conocemos, pero reconocía que las acciones individuales se complementan con otras, y que tiene que ser así para que podamos cumplir la mayoría de nuestros fines. Por otro lado, también reconocía que la mayoría de nuestras acciones tiende al bien. De ese modo, el mantenimiento de la sociedad (él hablaba, lógicamente, de la polis), era un bien. De esta idea, el republicanismo clásico heredó otras dos. Por un lado es más importante el mantenimiento de la sociedad que los intereses del individuo. Por otro, es deber del ciudadano defender la sociedad en la que vive.

Polibio explicaba la historia como una sucesión cíclica de corrupciones de tres sistemas políticos. La monarquía en tiranía, la aristocracia en oligarquía y la democracia en demagogia. Los pensadores republicanos mantuvieron el concepto de corrupción de las instituciones, y se esforzaron por detenerla. Maquiavelo, de quien se dice que es uno de los primeros autores de este republicanismo clásico, describió en sus Discursos sobre la primera década de Tito Livio la ventaja de que hubiera contrapesos en la estructura del poder.

En Inglaterra, donde también se desarrolló el pensamiento republicano, se llegó a la misma idea. Poco antes del estallido de la Guerra Civil, en concreto el 21 de junio de 1642, la Corona rechazaba 19 proposiciones de reforma exigidas por el Parlamento. El texto explicaba que Inglaterra había alcanzado la forma más perfecta de gobierno, porque había combinado la democracia con la Cámara de los Comunes, la aristocracia con la Cámara de los Lores, y la monarquía, con la propia Corona. El texto se llamó más tarde La Constitución del Rey.

Aunque en términos idealizados, describía una república en la que cada poder contaba con fuentes propias e independientes, y operaba en combinación con los demás. James Harrington, uno de los máximos exponentes del republicanismo clásico, le daba una interpretación histórica a este proceso. Antes, Inglaterra había vivido un gobierno gótico, en el que el Rey y los nobles luchaban permanentemente para obtener o mantener el poder. Pero a partir de Enrique VIII los reyes ingleses intentan pactar con el común (básicamente con las ciudades) para compartir el poder y refrenar el poder que tienen los nobles.

En esta concepción, el poder está enraizado con una base social, y es muy importante la salud de esa sociedad. Tanto Harrington como Maquiavelo, en quien se basa, como Aristóteles, fuente de estos dos, reconocen la importancia de que los ciudadanos sean independientes. Un siervo, que depende de otra persona, no puede ejercer la virtud con libertad. De ahí viene, por ejemplo, la idea de una democracia censitaria: el voto no se podía conceder a quien dependiese de un tercero, sino a quien tuviese la propiedad suficiente como para mantenerse por sí mismo. Pero hay más. El concepto aristotélico del ciudadano como un hombre independiente se expresa en la institución de una milicia ciudadana. Esa milicia está compuesta por ciudadanos libres, independientes, pero unidos por la pertenencia a una sociedad de la que dependen. Y dado que sólo los ciudadanos tienen el pleno compromiso con la república, eso hace que la milicia sea superior que cualquier otro tipo de fuerza militar.

Leonardo Bruni, autor de comienzos del siglo XV, describió el gran cambio político que sufrió su querida Florencia. Su república se corrompió porque decayó la posesión de armas en manos de los ciudadanos. El Estado contrató a un grupo de mercenarios, lo que llamaríamos un Ejército profesionalizado y en Inglaterra se llamó standing army. Ese cambio hizo que los ciudadanos fueran menos independientes, y el Estado más poderoso. Y se acabó, así, con el ideal griego de la isonomía, o igual derecho para todos. A partir de ahí el control de la política había pasado de ser del conjunto de la sociedad a ser asunto de unos pocos privilegiados. Como dice el autor J.G.A Pocock, Bruni “piensa en las armas como la última ratio con la que los ciudadanos exponen su vida en defensa del Estado” (…) “Es la posesión de armas lo que hace a un hombre todo un ciudadano”.

Nicolás Maquiavelo explica en profundidad cómo un pueblo armado tiene virtú, mientras que otro que no lo está queda al albur de la fortuna. Un pueblo con armas puede repeler fácilmente al enemigo exterior. Pero también a los interiores: Explica que los príncipes degeneran en tiranos, y que los ciudadanos armados pueden resistir ante el atropello de sus derechos. Donato Gianotti, partiendo de Aristóteles, explicó que “es natural a los hombres defenderse a sí mismos y es natural a ellos buscar el bien común en la ciudadanía. Restituirle en su poder de hacer lo primero contribuye a restituir su poder de hacer esto último (…) Esta es la razón por la que el servicio a la milicia es una forma de transformar a las personas en ciudadanos”.

Ya hemos explicado que Harrington relacionaba la república con la prevalencia de la milicia ciudadana (una institución que estaba ya presente en Inglaterra), en contraste con las sociedades feudales, en las que el Rey tenía que depender de los ejércitos de la nobleza. Estas ideas fueron recogidas por autores que, como John Locke o Argernon Sidney, fueron muy influyentes en los Padres Fundadores de los Estados Unidos. Aunque la tradición inglesa del ciudadano armado es muy antigua, y se remonta como poco a las leyes de Cnut (1020-1023) y continúa reflejándose en autores como William Blackstone, cuyos comentarios eran “la biblia” del pensamiento legal en las colonias.

Los Padres Fundadores fueron muy explícitos al respecto. Patrick Henry, durante los debates en la Convención de Virginia, en 1788, dijo: “El gran objetivo es que todo ciudadano esté armado. Que todo el que pueda, posea un arma”. Thomas Jefferson, un año antes, había escrito: “¿Y qué país puede preservar sus libertades si no se le advierte a sus dirigentes de cuando en cuando que el pueblo mantiene el espíritu de resistencia?”. En la Constitución de Virgina redactada por él, escribió: “A ningún ciudadano se le privará del derecho de utilizar armas con sus propias manos”.

Con estas ideas, la tradición republicana, la tradición de la milicia inglesa, el contexto de un pueblo que se revuelve contra la metrópoli, se redactó la Segunda Enmienda a la Constitución de los Estados Unidos, que recoge el derecho de los ciudadanos a llevar armas: “Siendo necesaria una milicia bien regulada para la seguridad de un Estado libre, no se infringirá el derecho de la gente de poseer y llevar armas”.

Financiación de campañas electorales, un sistema perverso

¿Sirven para algo las campañas electorales? Parece ser que, en el caso de las últimas elecciones generales españolas, no han valido para nada. En opinión de analistas como José Ignacio Wert, los resultados finales de los comicios hubieran sido los mismos en el caso de haberse celebrado sin campaña o, incluso, de haberse ido a las urnas cinco meses antes de lo que se hizo. Dicho de otro modo, al menos en noviembre de 2011 los españoles nos podríamos haber ahorrado tener que ver las caras y lemas de los candidatos en los carteles que inundaban las calles de las ciudades. Esta propaganda no ha servido para que varíe el resultado. Y lo mismo puede decirse de todo el tiempo que los partidos han acaparado en la televisión y otros medios de comunicación.

Pero, con independencia de que sirvan o no para algo, las campañas tienen un efecto del que no se suele hablar: son uno de los innumerables gastos de los partidos políticos que tenemos que financiar los ciudadanos. Y, como en otros casos, pagamos de manera forzosamente generosa a los receptores del dinero. Las subvenciones que reciben las formaciones que se han presentado a los comicios (se pagan a posteriori, si bien se hace un adelanto a aquellos partidos que tienen representación parlamentaria en la legislatura que termina) son las siguientes: 21.167,64 euros por cada escaño obtenido, 0,79 euros por cada voto obtenido para el Congreso de los Diputados (siempre que se consiga, al menos, un escaño), 0,32 euros por cada voto logrado por cada senador electo y 0,21 euros por cada elector en concepto de mailing (siempre que se logre formar Grupo Parlamentario).

Sólo en lo referido al Congreso de los Diputados, y sin tener en cuenta el mailing, esto significa que las subvenciones(calculadas con los datos oficiales de los comicios) que van a recibir los partidos por la campaña de las elecciones del 20 de noviembre son las siguientes:

PP: Por 186 diputados: 3.937.181,04 euros; por votos: 8.556.247,47 euros. Total por el Congreso: 12.493.428,51 euros.

PSOE: Por 110 diputados: 2.328.440,40 euros; por votos: 5.509.365,2 euros. Total por el Congreso: 7.837.805,6 euros.

CiU: Por 16 diputados: 338.682,24 euros; por votos: 801.267,77 euros. Total por el Congreso: 1.139.950,01 euros.

IU-Los Verdes: Por 11 diputados: 232.844,04 euros; por votos: 1.327.839,90 euros. Total por el Congreso: 1.560.683,94 euros.

Amaiur: Por 7 diputados: 148.173,48 euros; por votos: 263.566,12 euros. Total por el Congreso: 411.739,6 euros.

UPyD: Por 5 diputados: 105.838,20 euros; por votos: 900.791,18 euros. Total por el Congreso: 1.006.629,38 euros.

PNV: Por 5 diputados: 105.838,20 euros; por votos: 105.838,2 euros. Total por el Congreso: 361.416,63 euros.

ERC: Por 3 diputados: 63.502,92 euros; por votos: 202.550,47 euros. Total por el Congreso: 266.053,39 euros euros.

BNG: Por 2 diputados: 42.335,28 euros; por votos: 144.790,41 euros. Total por el Congreso: 187.125,69 euros euros.

CC: Por 2 diputados: 42.335,28 euros; por votos: 113.404,50 euros. Total por el Congreso: 155.739,78 euros euros.

Compromis: Por un diputado: 21.167,64 euros; por votos: 98.868,50 euros. Total por el Congreso: 120.036,14 euros.

Foro: Por un diputado: 21.167,64 euros; por votos: 78.346,67 euros. Total por el Congreso: 99.514,31 euros.

G-Bai: Por un diputado: 21.167,64 euros; por votos 42.490 euros. Total por el Congreso: 63.657,64 euros.

Las sumas de las anteriores cantidades dan como resultado 7.408.674 euros por 350 diputados y 18.295.106,60 euros por los votos obtenidos por aquellos partidos que han logrado representación parlamentaria. Así, teniendo en cuenta tan sólo las cifras generadas por el Congreso de los Diputados, a las formaciones políticas les corresponden subvenciones por un total de 25.703.781 euros. Es, sin duda, una cifra nada desdeñable en una época en la que resulta más evidente que nunca la necesidad de mantener una absoluta austeridad presupuestaria.

Las campañas deberían pagarlas los propios partidos con los fondos conseguidos de forma exclusiva entre sus afiliados y simpatizantes. En la actualidad, todos los españoles nos vemos obligados a financiar la carrera electoral de todos los partidos que vayan a logren representación parlamentaria, con independencia de a cuál votemos o de que seamos abstencionistas. Además, el sistema vigente supone dar una importante ventaja inicial tanto a las formaciones políticas ya presentes en el Parlamento como a aquellas con posibilidades reales de conseguir escaños.

Respecto de las primeras, el Estado les puede adelantar parte de la subvención (el resto se entrega después de los comicios), en concreto el 30% de lo que conseguiría en el caso de repetir los resultados de las elecciones del mismo tipo inmediatamente anteriores. En cuanto a los segundos, tienen una ventaja de partida para pedir un préstamos bancario para financiar la campaña, puesto que las entidades financieras tan sólo se lo concederán a aquellos partidos que vayan a poder pagarlo, que además serán los que tengan influencia en la siguiente legislatura.

El sistema de financiación de las campañas electorales es, por tanto, perverso por partida triple. En primer lugar, por obligar a todos los ciudadanos a financiar la propaganda de muchos partidos a los que puede incluso detestar (lo que le ocurre, y con motivo sobrado, a gran parte de los españoles con Amaiur). En segundo, por favorecer de partida a unos partidos respecto a otros. Y, en tercero, por favorecer un intercambio de créditos pre-electorales fáciles de cobrar a cambio de favores políticos posteriores.

¿Debe un anarcocapitalista votar? Quizás sí…

En principio, se me hace muy difícil pensar que un ancarcocapitalista se planteara siquiera votar. Básicamente porque jamás participaría en un monopolio como es la democracia actual, que fundamentalmente significa el mantenimiento y expansión de los monopolios y privilegios públicos en contra de libertades individuales y del mercado. Participar en este "juego" significaría aceptar el juego, sus reglas, su funcionamiento y, por tanto, sus consecuencias.

Un juego que se traduce en:

  • Impuestos abusivos (si es que hay alguno que no lo sea).
  • Limitaciones brutales en nuestra libertad de actuar y elegir en las que nos convertimos en delincuentes por ejercer nuestra libertad, por ejemplo: la libertad de consumir drogas, la libertad de prostituirse o ser cliente de prostitutas, la libertad de fumar en espacios donde el propietario lo permite, la libertad de automedicarse, la libertad de poseer armas, entre muchísimos otros.
  • Precios de mercado más altos o más bajos de lo que debieran por las innumerables leyes y regulaciones.
  • Servicios "sociales" como la Seguridad, la Sanidad y la Educación, que no solamente son ineficientes sino que además nos salen carísimos (aunque se nos diga que "son gratis y no los paga nadie").
  • Efecto crowding out cuando el Estado desplaza a la iniciativa privada al ponerse a jugar a ser empresario y tratar de proporcionar productos y servicios.
  • Interferir en las relaciones entre trabajadores y empresarios sin que las partes puedan negociar libremente: prohibiendo trabajar más de un número determinado de horas a la semana, estableciendo unos salarios mínimos, imponiendo unos costes de despido, asignando unos "negociadores colectivos", implantando un seguro de desempleo que más bien equivale a desempleo seguro.
  • Dinero fiduciario cuyo valor intrínseco tiende a cero, monopolio de planificación central llamado banco central y crisis económicas de forma cíclica.

Esto se debe a que la democracia actual (socialdemócrata) acaba siendo, como señaló Jefferson, el gobierno de las masas donde un 51% de la gente puede lanzar por la borda los derechos del otro 49%. Y eso, desde luego, no es nada liberal. Porque actualmente los derechos individuales no son los límites del ejercicio de la soberanía, sino que son destruidos, manipulados y tergiversados. Ciertamente, en este "concurso de popularidad", los anarcocapitalistas no deberíamos participar.

Dicho esto, sí creo que puede haber motivos para insertar una papeleta en una urna: si el no hacerlo te puede perjudicar a nivel personal.

Intentaré explicarme. Parece que aquellos que defendemos unas ideas con cierto convencimiento debamos poco menos que "morir por ellas". Nos sentimos obligados moralmente a defender nuestras ideas político-económicas ante todo aquel que las ponga en duda en cualquier momento y en todo lugar.

Considero esta postura errónea, inmadura e infantil porque significa anteponer nuestra ideología a nuestro bienestar personal. Y no hay nada más antiliberal, antiindividualista y antihumano que el martirio por nada que no seas tú mismo. Con lo único que debiéramos estar verdaderamente comprometidos es con nuestra vida personal y la de las personas que queremos, no con nuestra ideología. Estoy convencido que el martirio no sólo es un error intelectual sino que además es una degeneración del ser humano.

Por lo tanto, considero que hay ocasiones en las que se debe votar, por ejemplo: si por alguna circunstancia la estabilidad o continuidad de tu trabajo depende de tu voto; si vives en una población pequeña y el no votar va a significar un boicot hacia ti y hacia tu familia; si tu mujer o tus hijos se van a enfadar porque no quieres votar y eso conllevará discusiones familiares; si el no votar hace que tus padres se sientan defraudados o tristes (admitámoslo, nuestros padres se sienten decepcionados cuando les decimos que no vamos a votar y que, además, somos anarquistas).

Esta es la postura anarcocapitalista más sensata: no darle ninguna importancia al asunto. Desprenderse del Estado consiste en tomarse con indiferencia (en la medida en que se pueda) "lo que nos ofrece" y nuestra participación en él. Entonces, ¿por qué darle tanta importancia a votar si además sabemos que la relevancia de nuestro voto tiende a ser nula? Demos al Estado la razón como a los tontos si es necesario y no antepongamos nuestras ideas a nuestro bienestar.

Mi consejo para ti, lector anarcocapitalista, es que si en alguna de estas situaciones que he comentado anteriormente ves que puedes salir perjudicado, ¡vota, por Dios, vota! Trágate tu orgullo y tus ideas, tómate unas pastillas para dormir y vota… No seas un degenerado. No des al Estado más importancia de la que tiene, es decir, ninguna. Ah, y luego llama a tus padres para decirles que has votado por el mismo partido que ellos. Eso sí es un acto importante en tu vida.

En la política como en las empresas

Muchos españoles consideran que la clase política es uno de los principales problemas del país. De hecho, según el barómetrodeoctubre del Centro de Investigaciones Sociológicas, se encontraría en el tercer puesto solo por debajo del paro y los problemas económicos. La política se percibe como problema en lugar de dar solución a los problemas de la res publica cuando en realidad la política es parte de la cosa pública. De la misma forma que el capital humano de la clase política es parte del mismo cuerpo que compone la sociedad.

Desde las juventudes hasta la jubilación en alguna institución pública o subvencionada (el número de senadores es limitado y no caben todos), los políticos profesionales medran de cargo en cargo. En el camino van consolidando posiciones, independientemente de su valía y méritos pues priman las familias políticas, padrinos, lealtad incuestionable al partido y todo tipo de favores a devolver. En realidad, los que critican el funcionamiento de esta partitocracia la envidian y quisieran participar en mayor grado de ella o extender sus formas allí donde ellos desarrollan sus actividades.

En la era estatista, pensar en política es como bucear en un tanque de agua en el que hemos metido una ballena. Inevitablemente chocaremos con este cetáceo-leviatán. Los tentáculos del Estado y la actividad empresarial se entrelazan entre concesiones, concursos, permisos y comisiones que engrasan su funcionamiento en semejante entramado de regulaciones. No es solo que no se pueda hacer nada sin el visto bueno de los políticos, sino que la mentalidad empresarial de muchos españoles se aleja del capitalismo para abrazar el mercantilismo de quienes se cobijan y agradan a los poderosos para conseguir ventajas sorteando la competencia del libre mercado. Este capitalismo de Estado pretende la socialización de las pérdidas y la privatización de los beneficios siempre que los favorecidos sean ellos mismos.

Así, quienes no trabajan en Banca recelan de las capitalizaciones, los profesores están de acuerdo con bajar el sueldo de los soldados pero se niegan a tener que dedicar mayor tiempo de su jornada a dar clases. Los empresarios quieren liberalizar mientras que ahogan a los trabajadores aun cuando tienen beneficios. Mientras tanto, los mismos emprendedores que critican la duplicidad – o cuadruplicidad- de administraciones peregrinan de ventanilla en ventanilla mendigando algún tipo de "ayuda". Todos ven la paja en el ojo ajeno pero no solo no ven la viga en el propio sino que quieren protegerla de los demás.

Una sociedad conservadora en la peor acepción del término, inmovilista para conservar sus privilegios a cualquier precio y por encima de cualquier cambio ambiental. Pensar que los políticos son un problema sin hacer examen de conciencia primero solo conseguirá un "quítate tú para ponerme yo". Tal vez sea el pecado nacional de la envidia o la conjunción de una mentalidad acostumbrada al pesebre unido a unas instituciones diseñadas para mantenerlo y perpetuarlo. ¿Fue antes el huevo o la gallina? ¿El pesebre o el apesebrado? El sistema de subvenciones a través del que se articulan civilmente nuestras sociedades (de las ONG’s a los sindicatos pasando por los partidos políticos o la Iglesia) es el que se demanda por lo que solo cuando se extingan tanto el huevo como la gallina se podrá dar por terminado este sistema piramidal de privilegios al que llaman Estado del Bienestar.

Nuevos partidos, viejas recetas

Las crisis no son por sí mismas malas. Tanto desde el punto de vista social como personal, deberían servir para deshacernos de todo aquello que se ha mostrado inútil, ineficiente o dañino. Deberían dar paso a una explosión de creatividad, de ideas y empresas que las pusieran en marcha y que mejoraran nuestra vida. Es cierto que en ese proceso se pueden producir situaciones aparentemente negativas, como el cierre de empresas y la pérdida de empleos, pero también es cierto que se producen otras positivas, como la liberación de capital y recursos que favorecerían la recuperación. Sin embargo, las crisis suelen provocar el miedo al cambio, el temor a la pérdida del estatus, potenciando los prejuicios y, en muchos, sacando nuestra personalidad más conservadora.

Las crisis políticas en democracia suelen suponer un menoscabo de los partidos tradicionales, en especial los que están en el poder que pierden la confianza de los votantes, y el nacimiento de nuevas alternativas. La crisis política y financiera en España está suponiendo para la izquierda un punto de inflexión. A la debacle que, según las encuestas, parece que va a experimentar el PSOE hay que unir la recuperación de IU y la ratificación de UPyD como alternativa de una izquierda más moderada y "nacional". En España nunca ha cuajado un partido de izquierdas ligado al movimiento ecologista, aunque sí sus ideas. Con el nacimiento de Equo, Juan López de Uralde, ex director de Greenpeace España, e Inés Sabanés, ex de IU, pretenden hacerse un hueco en esta atomizada izquierda.

Pero ¿qué novedades supone la llegada de Equo a la política? ¿Realmente incluyen alguna primicia que las distinga de otras opciones de la izquierda política aunque no tengan la marca del ecologismo fetén? Pues básicamente, no.

Equo es un partido ecologista con una fuerte tendencia neo maltusiana, muy relacionada con la idea de los ecosistemas en equilibrio, de recursos finitos, el reparto de los mismos y una planificación central que corrija los excesos y establezca los comportamientos correctos. El manifiesto fundador de la organización es muy claro en sus primeros párrafos. El desarrollo económico:

Se ha realizado a costa de deteriorar el aire, el suelo, el agua y la diversidad biológica. Este deterioro está provocando la acentuación de la pobreza para millones de personas y miles de comunidades humanas, la extinción de numerosas formas de vida y la pérdida irreversible de los beneficios y servicios proporcionados por los ecosistemas destruidos, haciendo disminuir considerablemente las posibilidades de desarrollo de las generaciones presentes y futuras.

Desde luego, sus ideas no son muy diferente de las dichas hace ya unas décadas por el Club de Roma. La introducción de las consecuencias del cambio climático (desde luego de origen antropogénico), del futuro incierto (como si algún futuro no lo fuera) o de las consecuencias catastróficas de nuestros acciones excesivas no hacen sino llamar a la emotividad del votante, que posiblemente se vea ahora envuelto en una escenario difícil y busque explicaciones a su situación.

Además, como según Equo las políticas públicas nacionales e internacionales no han tenido ningún éxito en cambiar esta tendencia destructiva, la organización apuesta por la ingeniería social:

"La crisis no es tan sólo financiera, se trata de algo mucho más profundo: es la crisis de un modelo productivo y de consumo claramente insostenible, que debe cambiar". Y es que "si todos los habitantes del planeta consumieran lo mismo que los de los países desarrollados, se necesitarían tres planetas y sólo tenemos uno".

Aunque su evaluación y análisis tuvieran algo de cierto, son las soluciones que plantea las que recuerdan las viejas fórmulas de la izquierda: una intensa regulación de la economía, en especial de sectores como el energético y el financiero; un incremento de la fiscalidad (Tasa Tobin, desaparición de paraísos fiscales, persecución del fraude que está ligado a conductas antisociales); recaudación orientada a las políticas medioambientales; el cumplimiento de los protocolos internacionales firmados para luchar contra el cambio climático; reducción de la dependencia de los hidrocarburos y elevación del uso de energías alternativas; persecución de la corrupción política que Equo liga a la burbuja del ladrillo; recuperación de los "derechos sociales y laborales" perdidos e incremento de las políticas sociales; potenciación del comercio justo, el consumo responsable y los empleos verdes y erradicación de actividades socialmente perjudiciales.

Equo no ofrece nada nuevo, nada que no haya hecho o propuesto la izquierda española o internacional durante estos últimos años. De hecho, no propone nada diferente de lo que nos ha conducido a la situación que actualmente padecemos. Critica la burbuja del ladrillo, pero se niega a ver la que se ha creado en torno a las energías alternativas. Liga la corrupción a ciertas actividades político-financieras, pero no a la propia naturaleza del sistema que pretende no sólo recuperar, sino potenciar. A Equo le faltan las ideas y cuando un partido nace en un entorno oportunista, echa mano de la retórica, del populismo y de propuestas-espectáculo que pretenden arañar el voto de los ciudadanos que aún lo venden al partido que más les ofrece.

Un ejemplo de esta perjudicial tendencia sería la proposición que hizo Juan López de Uralde sobre incrementar progresivamente la protección para quienes no tienen ningún tipo de ingresos hasta llegar a 500 euros mensuales, unos 20.000 millones anuales. Esta cifra, en el país de los cinco millones de parados, se me antoja escasa ya que el presupuesto anual por millón de personas en estas circunstancias sería de 6.000 millones sólo por la prestación en sí, sin los gastos ligados a la propia administración. Uralde desde luego ignora los fraudes parecidos en este tipo de ayudas como el PER andaluz ni su nefasta influencia en la creación de empleo. Incluso de sus deseados empleos verdes.

Procesos de secesión política

La convivencia define el tipo de relación moral, cultural, política y económica que vincula a un grupo de individuos entre sí, haciendo posible un orden social integrado, relativamente pacífico y estable. Sin embargo, existe una fuerte tendencia a colectivizar sentimientos. A pesar de la semejanza intersubjetiva, surgen discrepancias, conflictos de opinión y controversias que hacen peligrar la convivencia. Estos fenómenos sacuden internamente también a las comunidades mejor tramadas. La conflictividad se traduce en forma de particularismos, locales o trasversales.

El Estado rara vez se reduce a la evolución política de una única comunidad tradicional fuertemente definida. Lo habitual es que, en sus comienzos, los grandes Estados incorporen a varios grupos, apoyándose casi siempre en la preexistencia de rasgos culturales compartidos que tienden a dilatarse e incrementarse. Los Estados surgieron de la superposición de un poder concentrado, ejercido sobre un ramillete anterior de "soberanías", que acabaron siendo unificadas por un sistema "monárquico" (poder unificado). Hubo reinos únicos, aunque originalmente dominasen la unión de reinos o las monarquías plurales. El advenimiento del Estado-Nación se apoyó en otros cambios culturales, como fueron la consolidación del individualismo frente a la realidad gregaria y corporativa, o los resultados del esfuerzo homogeneizador emprendido por los monarcas en su ascenso absolutista.

Europa está dividida en Estados. Los habitantes de este continente se reparten pasaportes de un puñado de entidades que interactúan entre sí de acuerdo con una serie de reglas y a partir del mutuo reconocimiento. Sin embargo, no siempre esta convivencia internacional tuvo la suficiente consistencia para no considerarla una mera coexistencia.

Los individuos, así como las comunidades políticas y culturales en las que se integran, se hallan sometidos al poder social organizado a través del los Estados. Es un hecho que las instituciones políticas han sido prácticamente aniquiladas por el Estado, si bien esto no ha sucedido con tanta contundencia e intensidad respecto de los rasgos culturales que han conservado la singularidad de muchos pueblos.

La pervivencia de rasgos infranacionales no siempre converge en sentimientos de compromiso político sobre su defensa pública en clave particularista. Muchos de estos "pueblos" no han generado movimientos lo suficientemente fuertes como para que el rasgo diferenciador se transformara, además, en un instrumento de reivindicación política.

Cuando surge el deseo organizativo, éste puede plantearse con forma de regionalismo, autonomismo, federalismo (entendido como la pretensión de que la soberanía del Estado radique no sólo en los ciudadanos que lo forman, sino también en representación de los territorios que lo integran) e incluso independentismo. Estas opciones son todas legítimas, pero no siempre racionales, sociológicamente inevitables o ajenas a la impregnación ideológica y fundamentalista de quienes las defienden.

El Estado se define en las siguientes funciones o facultades: relaciones internacionales, paz interna, gobierno, jurisdicción y redistribución. Asimismo, todas ellas derivan de una teoría político-formal: la soberanía. El individuo "independentista" lucha porque se respeten su dignidad, su integridad, su libertad (como ausencia de coacción) y su propiedad. El movimiento colectivo de corte particularista busca razones asimilables. Una inclinación de esta clase puede conformarse con el reconocimiento de la singularidad cultural, con la defensa de sus rasgos diferenciadores frente a la homogenización del Estado general, o quizá, con la limitación de la fuerza redistributiva que ejerce el Estado sobre los ciudadanos pertenecientes a una entidad local o regional.

El independentismo se enfrenta al resto de alternativas particularistas. El primero aspira a la ruptura del Estado original, dando lugar a dos o más Estados. Las otras opciones apoyan la constitución de un Estado compuesto, plural o federal. Justificar una ruptura organizativa e institucional completa e irreversible es una de las cuestiones políticas que más complejidad guarda en nuestros días. La unidad política, sea ésta centralista, o bien federalista, tiende a ser el resultado de la integración social. Ésta (la unidad política) puede darse dentro de una soberanía excluyente, como también puede ser expresión de un ejercicio compartido de la soberanía.

Las relaciones internacionales sostenidas, estables y estrechas tienden a consolidar espacios compartidos donde la soberanía de cada Estado acaba supeditándose a la mera pervivencia del vínculo, convertido en acervo compartido para los individuos que forman las distintas naciones, a través de expectativas individuales, rasgos culturales compartidos, relaciones económicas e internacionalismo personal. Carece de sentido levantar una nueva barrera política entre individuos que ya conviven como parte de un mismo espacio social y político, salvo que, en realidad, no concurran tales circunstancias.

La sucesión de Estados resulta inevitable cuando existe un poder no representativo y extraño cuya práctica supone la persecución y opresión de los que se consideran, por dicho poder o por sí mismos, miembros de una entidad local diferenciada. Kosovo, por ejemplo, surge de una situación muy específica, y su independencia no supone un mal inmediato e irreparable, ya que no podía hablarse de una auténtica unidad política entre su pueblo y el resto del pueblo serbio. En Bélgica, donde conviven dos comunidades cada vez más diferenciadas, sin que ninguna de ellas represente una amenaza cierta para la otra, la desvinculación cultural, económica y política entre ambas puede convertirse en una causa de disgregación social. La soberanía belga podría deshacerse de la noche a la mañana si se entendiera, por una masa crítica relevante, que no existen ya motivos para mantener unidos a flamencos y valones. Estos procesos, aunque sean activados por la presión y la constancia de élites políticas, agravan una evidente y previa separación social entre pueblos o comunidades.

La existencia de particularismos locales que aspiran a disgregar el poder político de cierta unidad es consecuente y legítima. Que se reivindique cierto hecho diferenciador, lingüístico y cultural, y se aspire a defenderlo frente de agresiones públicas homogeneizadoras, es igualmente razonable. Como también lo es que se busque reducir la intensidad redistributiva del Estado. Es más, parece razonable que se pretenda la recomposición de la soberanía nacional a partir de un pacto federativo que incluya dentro de sus fuentes a esas entidades institucionales y organizativas locales. Lo que no parece en absoluto defendible es el soberanismo.

La independencia política es un estatus internacional que, o bien procede del pasado, quedando inmediatamente reconocido, o, en su caso, se plantea en confrontación al Estado cuya existencia se discute. La secesión, salvo en los dos casos descritos, supone en cualquier caso una innecesaria y perniciosa fractura en la convivencia, que rompe lazos y desvincula artificialmente a dos o más pueblos que se hallaban previamente integrados. Es ahí cuando el particularismo torna en nacionalismo, y un sentimiento irracional se apodera de quienes viven obsesionados por la diferencia, sin deparar en las ventajas que tiene salvaguardar la efectiva y preexistente integración social entre pueblos, grupos y comunidades. La política es el arte de la convivencia y la integración social, no una técnica al servicio del poder absoluto y la proliferación de soberanías.

Cantones, fueros y ciudades-estado

El modelo cantonal suizo es todo un ejemplo de descentralización política y fiscal, al igual que los históricos fueros españoles o las más recientes ciudades-estado. Estas tres formas de organización territorial tienen un punto en común: la fragmentación del monopolio gubernamental en pequeñas unidades muy próximas y cercanas a sus residentes y, por tanto, bajo la atenta mirada del contribuyente.

Y es que el poder real del Estado no radica tanto en el monopolio del uso de la fuerza sino, más bien, en su capacidad para acaparar, sin competencia alguna, los recursos tributarios de una determinada población delimitada territorialmente. En este sentido, la fiscalidad viene a ser la sangre del organismo estatal. Sin recursos económicos, ya sea de forma indirecta (impuestos) o directa (posesión de los medios de producción y de sus habitantes), su capacidad para ejercer el uso de la fuerza se debilita.

En este sentido, al igual que para combatir la corrupción suele aducirse desde el liberalismo la necesidad de limitar a la mínima expresión los ámbitos de actividad en los que es precisa la intervención gubernamental, a nivel territorial podría argumentarse, igualmente, la posibilidad de reducir a pequeños núcleos geográficos la actuación fiscal del estado. En este sentido, el federalismo e, incluso, el municipalismo -al estilo de los cantones suizos- darían como resultado un sistema político-estatal mucho más favorable a la libertad individual que el gran poder centralizado propio del tradicional estado-nación. Como dato curioso, cabe señalar, por ejemplo, que Suiza carece de primer ministro o jefe del Estado. Su Gobierno adopta la forma de un órgano colegiado, formado por siete ministerios con idéntico poder (un ministro, un voto), pero la mayor parte de las competencias (fiscales inclusive) son desempeñadas por cada cantón.

Asimismo, dentro del modelo foral es la provincia y no el Gobierno regional el principal ostentador del poder fiscal. Así, en el País Vasco, por ejemplo, las diputaciones son las encargadas de recaudar los principales tributos. Algo similar acontece con las ciudades-estado, configuradas a modo de provincias o municipios con potestad impositiva plena. Es evidente que España precisa reformar de forma profunda su actual modelo territorial. Unos abogan por regresar el modelo centrípeto, otros defienden el actual sistema autonómico y algunos reivindican la necesidad del federalismo e incluso la secesión. Curiosamente, éstos últimos, que tan legitimados se sienten para declarar de forma unilateral la independencia de pueblos enteros y la anexión de territorios ajenos, rechazan de plano la secesión dentro de las fronteras que reclaman para sí, lo cual evidencia su ansia totalitaria.

Pero, curiosamente, dentro de todo este debate político se ha olvidado por completo la posibilidad de avanzar hacia un municipalismo o provincialismo real, en el que cada ente goce de potestad plena para recaudar impuestos al estilo cantonés, de modo que sean éstos quien en última instancia financien al estado para el desempeño de una funciones mínimas, y no al revés, tal y como acontece ahora.

Lo realista es apostar por la libertad

El pasado sábado Alberto Recarte publicó su quinta entrega de lo que se ha llamado “Informe Recarte 3”. En ella, el presidente de Libertad Digital detalla su propuesta de reforma fiscal para cumplir con el objetivo de déficit con el que el actual gobierno se ha comprometido en los próximos años.

De forma resumida se basa, por una parte, en recortar gastos suprimiendo duplicidades en las administraciones públicas, reformando éstas para que su funcionamiento sea más eficiente y, por otra, en subir los impuestos indirectos (aunque también menciona una subida del IRPF para las rentas “más altas”) mientras se baja el impuesto de sociedades y se traslada parte del coste de la seguridad social, que hoy en día se financia por medio de cuotas que abonan las empresas en nombre de sus empleados, al IVA.

Por lo que entiendo de estas medidas, asume que el gasto no se va a poder reducir lo suficiente como para cumplir el déficit, por lo que apuesta por subir ciertos impuestos, sobre todo especiales, para cubrir el exceso de gasto, mientras reestructura IVA, IRPF y sociedades para que las empresas soporten menos impuestos, que serán trasladados al consumo y a penalizar aún más a los trabajadores altamente cualificados. Además, al estar los sueldos blindados por los convenios colectivos, opta por la bajada igualitaria de salarios por medio de reducciones de las cuotas de la SS, que obviamente tendrán que ser compensadas con la correspondiente subida de IVA al no proponer el cambio del sistema de reparto (esquema ponzi) a un sistema de capitalización. Con ello se supone que las empresas españolas ganarían cierta competitividad sin que los sindicatos puedan hacer nada.

Por lo que se ve es un plan de rescate en toda regla para mantener a flote el sistema actual a expensas de una clase media que va a soportar la mayor parte de la subida de impuestos recibiendo a cambio unos servicios que cada vez serán peores.

Como es evidente no estoy de acuerdo con ningún punto de los que se compone este plan. No hay ninguna razón para que los gastos no puedan ser recortados hasta cumplir el déficit, y mucho más allá, sin tener que subir impuestos. Y, como ya expuse, trasladar las cuotas de la SS a los impuestos indirectos es sólo una forma de engañar a los asalariados que no resuelve el problema de fondo: el sistema de reparto es una estafa.

Ante este rechazo, ciertas personas, mayormente conservadores pero también algunos liberales, me acusan de soñador o radical. Me recuerdan que vivimos en un país socialista y, por tanto, unas reformas en profundidad son imposibles; “mejor esto que nada” afirman, vaticinando que podemos terminar como Grecia si no llegamos a un acuerdo de mínimos que salve al Estado de la quiebra.

Mi respuesta es la que titula este comentario; no porque suene bien o me quiera agarrar a mis principios sino porque es la verdad. Un socialista tiene que renunciar a buena parte de su ideología cuando llega al poder, no porque quiera llegar a un consenso de mínimos con los que no compartimos sus ideas, sino porque sabe que las suyas nos llevarían a todos a la ruina, incluido a ellos mismos, en unos pocos años. Ellos tienen que ser realistas, nosotros lo somos de partida. Y por eso mismo no tenemos que renunciar a la realidad para amoldarnos a una visión socialista que lo enfanga todo, que nos lleva a la ruina pero con el agravante de ser ésta escogida por nosotros mismos. Un castigo por no ser lo suficientemente valientes como para escoger nuestro destino sin importar lo que pensará cierta parte de la población, más o menos numerosa, que hace tiempo que dejó de interesarse en cómo poder salir adelante por ellos mismos para centrarse en cómo vivir a costa de los demás.

¿Utópico? No, lo utópico es pensar que se puede renunciar a nuestras ideas, la única arma que tenemos, y que no nos van a apuñalar con las suyas en cuanto las circunstancias sean más propicias. No, así no funcionan las cosas. La única forma de avanzar en nuestra libertad es defender siempre y en cualquier circunstancia nuestras ideas. ¿Que no son mayoritarias? ¡Qué más da!, ya se encargará algún político de consensuarlas con el resto de las ideas imperantes en ese momento. Y cuando ese consenso vuelva a fallar, ahí estaremos nosotros para recordar que no hemos pedido ningún consenso sino más libertad. Pero si al realizar propuestas partimos de un sometimiento al socialismo que anula casi por completo cualquier avance de la libertad, entonces y sólo entonces podemos dar por seguro que la realidad se impondrá y nosotros seremos desechados con el resto de malas ideas que nos han llevado al desastre.

El liberalismo se convierte en neoliberalismo y no queda nadie para defender la libertad. Y entonces es cuando entendemos, demasiado tarde ya, que lo realista habría sido apostar por ella.

Juego de intereses

El interés, legítimo o ilegítimo, justo, injusto, simple o compuesto, es uno de los objetos de estudio más controvertido en las ciencias sociales. La RAE, en lo que aquí nos interesa, lo define como "provecho, utilidad o ganancia", "inclinación del ánimo hacia un objeto, una persona, una narración, etc.", y "conveniencia o beneficio en el orden moral o material".

El hombre actúa en todo caso como consecuencia de una inclinación autónoma y personal. Dicha preferencia puede o no coincidir con el interés o las valoraciones de otro agente. En el intercambio voluntario, las valoraciones distintas convergen en forma de acuerdo mutuamente beneficioso. En términos subjetivos, quienes en él participan obtienen su propio interés generando sin quererlo una ganancia mutua.

Únicamente existe el "interés particular" frente al pretendido interés colectivo, social, general o público. La teoría política, y por extensión, la teoría económica, manejan comúnmente una dicotomía perversa en torno a la idea del interés. En esta línea, cualquier utilidad que se considere parte del interés general someterá al individuo, aunque no estime personalmente provechoso perseguirlo. El nomenclátor de intereses garantizados bajo dicha etiqueta es a su vez identificado con la motivación de lo público, los fines del poder social, cualquiera que sea su expresión. El interés colectivo prima sobre el particular, en términos morales y, por asimilación, también en términos jurídicos. Y de este modo, el poder social, incluso cuando éste sea privado y surgido del intercambio voluntario y la libre competencia entre agentes, será necesariamente identificado con los valores e "intereses" propios del catálogo que precisa lo general y lo colectivo.

Lo colectivo dentro del orden jurídico es comúnmente confundido con lo compartido. Se afirma que los límites jurídicos sobre el dominio privativo dependen estrictamente de una definición moral previa e indisponible de lo que debe ser parte del interés general. La teoría política incorpora estas ideas, concediendo sustancia y personalidad a la voluntad supraindividual. Tal abstracción coadyuva en determinar la entidad jurídica de los sujetos colectivos. Estos últimos no son descritos como aquella alianza competitiva y privada de intereses particulares en lo que a todos los intervinientes concierne y preocupa. Y en cuanto al Poder social público o Gobierno civil, deja de identificarse como aquel espacio común concretado por cierta integración institucional de una comunidad cultural y política. En ambos casos, son definidos por la presunta y metafísica preeminencia de una trama definida de intereses que somete a los individuos en sus querencias y necesidades personales.

El Estado no actúa como juez que dirime entre las reclamaciones de dos o más individuos. El Estado encarna intereses que gozan de un fondo autónomo y singular, fruto de la reificación de cierto constructo intelectual, práctica institucional u organización política, que deja de representar la coordinación pacífica de intereses sobre lo compartido, o su mera aspiración, para convertirse en el agente que representa y salvaguarda el interés general.

Aceptando semejante dualidad (o perversa dicotomía), el paso que sigue es el de calificar aquellos  actos y  fines particularísimos e individuales en función de su identidad u oposición con los valores e intereses considerados como colectivos o sociales por el consenso prepolítico. Egoísmo y altruismo pierden su auténtico significado para convertirse en instrumentos al servicio inquisitorial del socialismo.

Altruista será aquel que tenga interés particular en conseguir objetivos considerados sociales por la mayoría. El egoísta será quien persiga finescalificados como antisociales (pese a que, como hemos visto, todo intercambio voluntario, surgido del interés particular de dos o más individuos, genera un mutuo beneficio que debe considerarse "social" en sentido estricto), tachados de ese modo por el mismo consenso moral que define lo prepolítico y da lugar a cierto orden de convivencia. Se produce una relevante atribución de virtudes, así como de exclusión de vicios, para quien tenga como interés particular la realización de aquellos valores, fines y objetivos que se hallen incluidos dentro de la esfera de lo general, lo colectivo, lo público, en definitiva, "lo social". La avaricia será en todo caso un pecado egoísta, incluso cuando se ejerza desde la apariencia altruista. La filantropía no podrá ser nunca una cualidad más del individuo, sino que será interpretada como parte de su concienciación "social".

Siguiendo con esta idea, podemos afirmar que existen dos maneras de expresar y ejecutar fines particulares, en función de que hayan sido previamente categorizados como "egoístas" o "altruistas".

  • El primer canal es el de la libertad, proyectada ésta en un entorno institucional dinámico y competitivo donde los acuerdos voluntarios y la formación espontánea de un espacio moral y jurídico compartido permiten que los intereses particulares tiendan a traducirse en forma de oportunidades que resulten mutuamente beneficiosas. El altruismo se expresa en este ámbito como la entrega libre y personal de un individuo a las necesidades de otros, quedando al margen del estricto intercambio económico. El dominio (poder limitado, revisable y plural) define el orden social que funciona de este modo.
  • En segundo lugar, aparece la vía política, donde no existen intercambios libres y voluntarios, sino resignación, obediencia o adhesión. El egoísmo permanece y adquiere tintes dramáticos especialmente dentro de aparatos de represión y redistribución que ponen a disposición de quien ostenta todo el poder social y la autoridad pública (monarquía frente a poliarquía) un instrumento capaz de garantizar la preeminencia (en ocasiones, incluso la exclusividad) de cierto conjunto de intereses. Este altruismo aparente se traduce en la consagración jurídica de una serie de conductos redistributivos nutridos a través de la coerción de intereses particulares de unos, frente a una entrega sin contrapartida de medios suficientes para que otros consigan sus fines sin someterse al intercambio voluntario y las reglas institucionales compartidas. Se inventa la idea del conflicto de intereses, presentando al Estado como la única vía de resolución gracias al uso del monopolio de la violencia en que se traduce el imperio (poder ilimitado, inapelable y excluyente).

En uno y otro sistema funciona un principio desigual de atribución del control sobre los bienes y la propia integridad y dignidad personales. Dentro del primer mundo, el libre, individualista y competitivo, la propiedad plural se define en términos jurídicos como un dominio personal sobre determinados bienes, ordenado bajo la preeminencia institucional espontáneamente compartida, y que se encarga de dirimir y racionalizar la encarnación de la iurisdictio. En el segundo de los mundos descritos, el supeditado, colectivista y socialista, el imperio define las facultades y prerrogativas del poder social unificado (monarquía). Así, la iurisdictio se disuelve en el gubernaculum, quien se sirve de la legislación en su propósito por diseccionar el Derecho hasta desnaturalizarlo y convertirlo en la expresión del interés social.

Las formas del Estado

A estas alturas de la crisis parece que todos deberíamos estar de acuerdo en que hay que reducir los gastos del Estado, mejorar su eficiencia, eliminar las muchas corruptelas que se esconden bajos sus alfombras y -algo bien complicado- acostumbrarnos a reclamar menos servicios gratuitos; que luego han resultado no serlo tanto. Porque ofrecer unas sofisticadas coberturas de sanidad, educación o ayuda a la dependencia puede llevar a la ruina a un país que no cuente con los recursos suficientes para mantenerlas; a no ser que se entrampe con la deuda pública, municipal o autonómica. Lo que implica que de gratuidad nada; y que el coste final será mucho más elevado que si los ciudadanos hubiésemos pagado de nuestro bolsillo los estudios, medicamentos o intervenciones quirúrgicas. Quedan exentos, de acuerdo, los casos de necesidad; que pueden ser razonablemente cubiertos con el dinero de todos: siempre que no haya otra alternativa (como esa falacia que explica con ingenio Carlos Rodríguez Braun sobre el niño pobre y enfermo que vive alejado en las montañas… y que descubre la existencia de una Fundación privada que justamente se dedica a financiar estas situaciones; y con mayor eficacia que la gestión pública). Aquí no puedo dejar de señalarles que tuve la oportunidad de estrenar mi colaboración con esta web escribiendo sobre esas mismas cuestiones, hace ya tres años.

Pero este largo introito en realidad es un desahogo que Uds. me permitirán antes de hablarles del Estado y sus manifestaciones históricas. Porque lo que pretendo es contarles la publicación de un interesante libro del profesor Dalmacio Negro: Historia de las formas del Estado (El buey mudo, 2010). Asistí a la explicación del propio autor en una iniciativa de AEDOS llamada "Seminario Permanente Bibliográfico", donde un grupo de académicos conversan con escritores de actualidad, y que les resumo.

El libro se puede dividir en dos apartados: uno primero de fundamentación de la vida política; y varios capítulos que narran las diferentes formas del Estado en la historia: las monarquías estatales, el Estado moderno, el Estado nación y los diversos estados totalitarios que frecuentan la era contemporánea. En seguida comentaremos la situación actual.

Dejo aparte todas las reflexiones sobre teoría política, en las que no soy experto. Quería simplemente destacar algunas referencias a nuestros escolásticos de Salamanca que, como vengo escribiendo últimamente, no solo fueron pioneros en una concepción moderna (y libre/liberal) de la Economía; sino que trasladaron muchas de aquellas novedades al terreno de la organización política. Por encima de la exitosa "razón de Estado", iniciada por Maquiavelo o Botero (y que "con Bodino transformó la posesión del poder en una propiedad del soberano"), los Doctores de Salamanca consideraban que "el titular del poder era el pueblo y éste lo cedía en fideicomiso al gobernante, por lo que no cabía pensar en concentrarlo sistemáticamente para separarlo de aquél" (p. 160). Pone el famoso ejemplo de Jacobo I de Inglaterra, con su doctrina del derecho divino de los reyes como una especie de monopolio; que fue rebatida por Francisco Suárez (en su Principatus Politicus de 1613), como unos años antes había hecho Roberto Bellarmino en una Apología (1609), menos conocida, y que desarrolla según Dalmacio Negro "la mala solución de la potestas indirecta de la Iglesia sobre el poder civil" (p. 144. Tema que me parece de enorme interés y del que seguiré escribiéndoles en cuanto pueda).

Dos breves comentarios bibliográficos: este libro es uno de los pocos que conozco en los que se cita a Hans Herman Hoppe (aparte de, por supuesto, la escuela de Jesús Huerta de Soto); aunque se discuta su concepción de la monarquía. Como también se cita y discute al autor español casi desconocido Ángel López Amo (uno de los primeros preceptores del príncipe don Juan Carlos); recuerdo un texto antiguo: La monarquía de la reforma social, y una edición reciente: El principio aristocrático. También reconoce el profesor Negro a los austríacos Mises y Hayek. A este último se refiere cuando critica la Constitución, "entendida como una suerte de planificación de la conducta política" y no el resultado de "la prudencia y la sabiduría ilustrada por la experiencia" como escribía Jovellanos a su amigo Lord Holland (p. 261).

Termino con la visión de Dalmacio Negro sobre la época que nos ha tocado vivir: "El Estado Totalitario era un tiránico estado paternal. El Estado del Bienestar es un tiránico Estado maternal. El Estado Minotauro, la última figura del Estado, es un tirano andrógino" (p. 418). Lo describe como señor de las haciendas, dictador de las conductas y dueño de la vida y la muerte. Proviene de la sustitución del "obrerismo" por el "hedonismo" en los objetivos de la socialdemocracia, convertida ya en lo políticamente correcto (recordemos la intuición hayekiana de 1944: "a los socialistas de todos los partidos"). Citando a Etienne de la Boetie, el Minotauro recoge aquella antigua idea de Ciro que, tras apoderarse de Lidia, a fin de mantener el orden ahorrándose una numerosa guarnición permanente, "estableció burdeles, tabernas y juegos públicos, obligando a sus habitantes a frecuentarlos… Desde entonces nunca más fue necesario utilizar la espada contra los lidios: estas pobres y miserables gentes se entretuvieron en inventar todo tipo de juegos" (p. 412). Es la nueva servidumbre voluntaria.