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Etiqueta: Proceso político: tª estado elección pública y democracia

Tarde, mal, nunca, nada

Se llama Transforma España, un nombre extraño. No es un sintagma nominal, que siempre se puede colgar de una frase con cierta comodidad, sino una frase sin sujeto. ¿Qué o quién transforma España? El documento explica el cómo, pero su nombre no precisa quién lo hace. Cabe pensar que el Gobierno, pero como el verbo está en tiempo presente y la iniciativa surge de la inacción del Gobierno, tampoco parece ser el caso. Por lo demás, todo el informe hubiese ganado de haber contado, para su redacción, con alguien que conociese nuestro idioma, y lo apreciase.

El Rey, por boca de Eduardo Serra, ha dicho "los políticos tienen que escuchar nuestra voz", toma plural mayestático. Es significativo. Tanto por parte del Rey como por parte de los empresarios. En primer lugar, no está claro qué tienen que escuchar los políticos. El informe es una exposición confusa de ciertos objetivos deseables unos, abstrusos otros, sin ofrecer un camino claro hacia los mismos, más allá del mantra de la educación. ¿No tenemos un problema fiscal de primer orden? Pues no aparece la palabra "impuesto". Tampoco se dice dónde tendremos que recortar el gasto. ¿No tenemos un sistema financiero al borde de la quiebra? Ni palabra sobre el caso. ¿No tenemos un sistema político enfermo? Nada de ello se asoma en transformaespaña. Eso sí, proponen una "sostenibilidad sostenible" sin la cual, al parecer, España se irá al garete.

Yo en este informe no veo más que miedo. Miedo, en primer lugar, a la marcha que está tomando España. Por parte del Rey, que le hace el encargo a los empresarios, y por parte de éstos, que ven cómo el país se cae a pedazos y con él sus negocios. Aquí hay instituciones que tienen los días contados (aunque sean en meses o años), pero todavía no sabemos cuáles. Cómo no iba a estar inquieta la Corona. Y nuestra economía está aún al borde del colapso, del colapso financiero. Basta con apuntar en el balance de los bancos sus activos inmobiliarios al precio real y contabilizar la quita que corresponderá a la deuda pública, y puede que estén todos quebrados. Y todo ello con un Gobierno incapaz y con una oposición que se fuma un puro. Sí, da mucho miedo.

Pero parece que con todo ello pueden transigir. Porque es mayor aún el miedo a las ideas. Pocas y emborronadas con un lenguaje entre marquetiniano y vacío, las ideas se niegan en cuanto hay ocasión. Lo dicen ellos: "Hay que desideologizar la política. Todos somos ecologistas, pacifistas y demócratas". De hecho, ¿para qué las ideas? Si esta es una llamada directa a los políticos, lo ha dicho el propio Serra. Tenemos una clase empresarial apesebrada, domeñada por las subvenciones y el BOE, cobarde. Que se maneja en los entresijos del poder, pero que es incapaz de hablarle a la sociedad para exponer de veras cuál es la situación del país, cuál puede ser su salida. Cuentan con medios para hacerlo, pero todo lo que le sobra de connivencia con el poder, le falta de patriotismo y responsabilidad. Han reaccionado tarde, mal y nunca, y para no acabar haciendo nada. Es cierto que tampoco lo han hecho las universidades, aunque sólo sea porque en España no las tenemos más que de nombre. Al final, la crisis económica va a ser el último de nuestros problemas.

¿Puede llevarse a los anarquistas hacia la causa de la libertad?

La pregunta que encabeza este artículo presupone sostener que los anarquistas, bien se definan como colectivistas, bien como individualistas, no han favorecido la causa de la libertad de forma consistente a lo largo de la historia, a pesar de ocasionales destellos de lucidez antiestatista e individualista que predisponen al espíritu crítico frente a los enemigos de la sociedad abierta y la libertad, incluidos los estados del bienestar actuales.

Un tercer género representado por los anarcocapitalistas, a pesar de tener gran audiencia por estos lares gracias a la magna obra de Murray Rothbard, algunos miembros del Mises Institute y el profesor Huerta de Soto, resulta ignoto para el gran público que considera el mero apelativo como una contradicción en los términos. La sustitución en algún momento de los estados por un orden de mercado mundial dinámico, donde agentes privados prestarían los servicios atribuidos a aquéllos ahora, me plantea siempre dudas acerca de su factibilidad. ¿No existiría el riesgo innegable de que esas empresas evolucionasen hasta convertirse ellas mismas en embriones de estados, precisamente para no tener que competir? Aunque podamos hablar de un orden espontáneo al centrarnos en el mercado libre, su existencia no puede concebirse al margen de los actores que interactúan en él. Y sabemos por repetidas experiencias que algunos seres humanos pretenden dominar a otros por la fuerza y, lo que resulta aún más chocante para un amante de la libertad, que muchas personas no tienen demasiados problemas para aceptar esa sumisión.

Ahora bien, en contraposición a esta última corriente que renuncia sin dobleces de la abolición violenta del estado, de forma agudizada por las consecuencias de la gigantesca crisis del intervencionismo actual, saltan a la palestra grupos que reclaman la tradición de los violentos y enfervorecidos anarquistas de finales del siglo XIX y principios del XX. Podríamos resumir el ideario de estos anarquistas en una lucha para destruir el capitalismo mediante la acción directa (léase violencia terrorista). La autogestión de los trabajadores en las empresas y la ayuda mutua entre ellos forman parte también de sus eslóganes más coreados. No obstante, no dudan en "defender" a los funcionarios y a los empleados del sector público, sin explicar la contradicción con su objetivo de liquidar el Estado. Sus mensajes inconsistentes van dirigidos a los gestores de los Estados de bienestar modernos y organismos internacionales como el FMI –quiénes nunca han defendido el laissez-faire y observan incrédulos la "injusticia" de que se les moteje como baluartes del capitalismo– antes de que recorten o reconduzcan los ingentes recursos que controlan. De esta manera, estos seguidores de última hora continúan el tosco voluntarismo de los anarquistas nostálgicos de la tribu (o la comuna) como lugar donde el individuo permanece protegido.

Purismos ideológicos aparte, algunos de los más salvajes manifestantes en Grecia, donde llegaron a matar a tres personas en un incendio provocado en una sucursal bancaria la pasada primavera, enarbolaban proclamas y banderas anarcosindicalistas. Más recientemente, se han producido disturbios en la sede del partido conservador británico, cuando grupos de autodenominados anarquistas irrumpieron en la torre Milibank de Londres, la ocuparon y arrojaron desde su azotea un extintor a los policías que lo rodeaban. Contra todo pronóstico, no mató a nadie. Dirigidos al parecer por el hijo de un conocido (y acomodado) abogado británico especializado en defender ante los tribunales a los miembros de los innumerables grupúsculos de salvadores de la humanidad que acampan en la metrópoli londinense, los estudiantes –acompañados por parte del sobredimensionado personal de las universidades públicas– protestaban contra los planes del gobierno británico de triplicar las tasas académicas que se les cobrará por la matrícula anual, desde las actuales 3.290 a las 9.000 libras previstas para el año 2012. Como se ve, todo muy altruista.

Asimismo, el pasado 11 de noviembre, fiesta de la independencia polaca y los países bálticos, durante el transcurso de una contramanifestación en Varsovia frente a la organizada por el Campo Radical Nacional –grupo fundado en 1935 por Bolesław Piasecki, inspirándose en el falangismo español, para defender una suerte de "totalitarismo católico", lo cual no le impidió colaborar con los comunistas después de la guerra–, jóvenes que portaban banderas rojinegras y gritaban, entre otras frases, "No pasarán" (en español) protagonizaron algunos altercados violentos.

Teóricos anarquistas fueron Proudhdon (refutado por Bastiat en su época), Henry David Thoreau, Bakunin y Kropotkin. En España los seguidores de Bakunin llegaron a formar el sindicato anarquista con más miembros de Europa, la Confederación Nacional del Trabajo (CNT), que cumple este año un siglo desde su fundación. Su bandera roja y negra se enarbola ahora por muchachos atolondrados, que, sin embargo, se avergonzarían de levantar los iconos comunistas de la hoz y el martillo sobre una bandera roja, debido al inocultable rastro de muerte y desolación dejado por esta última ideología.

En España, los anarquistas movidos por pulsiones contradictorias lideraron revueltas milenaristas de campesinos que querían ser propietarios autogestionarios, pero usurpando tierras ajenas. Encabezaron el pistolerismo contra los patronos en las grandes ciudades como Barcelona y las listas de enemigos públicos manipulados por agentes provocadores al servicio de conspiraciones políticas. Asimismo, su vesania anticlerical se cobró las vidas numerosos sacerdotes y monjas durante la II República, pero, como en el caso del atentado de Mateo Morral contra el desfile nupcial del rey Alfonso XIII años, muchos años antes, tampoco mostraron excesivos escrúpulos por llevarse por delante las vidas de personas anónimas que concurrían al acontecimiento. Influidos por los teóricos del terror como Georges Sorel, atribuyeron a esas sanguinarias matanzas la virtud de la "propaganda del hecho".

En descargo suyo, algunos anarquistas actuaron con un sentido de la responsabilidad y una libertad de criterio inauditos al tiempo que invocaban sus ideas. El caso de Melchor Rodríguez, evitando que continuaran las matanzas de Paracuellos a mediados de la guerra civil de 1936, resulta paradigmático.

Si partiéramos de una separación del espectro de ideas políticas, cuyo único eje residiera en hallarse más o menos cerca de defensa de la libertad del individuo, encontraríamos a los anarcocapitalistas cercanos a los liberales clásicos, cuya principal preocupación estribaba en controlar y reducir el poder del estado. El liberalismo podría definirse como un anarquismo civilizado desde esta perspectiva. A pesar de los cáusticos comentarios del profesor Huerta sobre la incapacidad del liberalismo clásico para controlar la expansión del estado, ese defecto podría extrapolarse a todos los demás amantes de la libertad.

Los siglos de propaganda anticapitalista dificultan que espíritus inquietos reconduzcan su rebeldía hacia los acuerdos voluntarios, el rechazo de la violencia que no esté legitimada por la defensa, y el descubrimiento de la propiedad dividida (como dijera Hayek de la propiedad privada) como un baluarte para la protección de la libertad del individuo. Desde mi punto de vista, hace falta que estos nuevos jóvenes anarquistas se atrevan a pensar por sí mismos y emprendan unas cuantas lecturas que pulan sus esterilizantes consignas. De lo contrario, se les podrá acusar de ser "grupos antisistema" que quieren que el sistema siga siendo el mismo… pero más grande.

La búsqueda de lo público

Forma parte de la propensión humana a comunicar lo comunicable el intento de verbalización del conocimiento, conseguir rebajar su carácter subjetivo (B. Russell). Si entendemos por "público" todo espacio de entendimiento, de transmisión inteligible de conocimiento, sensaciones y opiniones, podemos vincular todo lo público como resultado mismo del "proceso social", concretamente, en lo que se refiere a la parte articulada de las instituciones sociales. Por desgracia, "público" ha adquirido como concepto ciertos matices que dificultan su manejo dentro del vocabulario científico.

Conviene diferenciar entre el contenido profundo, tácito y superconsciente (F.A. Hayek) de la conducta, de aquella otra parte superficial, relativamente articulable y semiinconsciente o consciente que finalmente logra ser expresada como conocimiento institucional. El primer tipo de contenido se traduce en instituciones con un alto grado de certidumbre, verbalización y sistematización, que posibilitan su tratamiento lógico y comprensión, dentro de conclusiones teóricas controlables (K. Popper). Una suerte de objetivación de conocimiento en forma de leyes, preceptos, enunciados, reglas sintácticas, definición de cualidades, términos, etcétera. Sea cual sea la institución social estudiada, Derecho, Lenguaje, Dinero, Moral o Mercado, nuestra mente será capaz de expresar de manera inteligible cierto conocimiento que sea comprensible, comunicable, transmisible, discutible, explicable, y, en definitiva, hecho público, expuesto con relativa claridad al resto de individuos. La búsqueda de lo público representa el esfuerzo por dar una apariencia de objetividad a lo que tiene un origen estrictamente subjetivo, descubriendo conocimiento y enunciándolo con suficiencia. Acudir hasta las profundidades de nuestra mente en busca de aquellos retazos de acción, conducta y perceptibilidad que puedan ser evidenciados ante el resto de individuos.

El siguiente paso es dotar al conocimiento científico de un método, y es aquí donde se comete un error primordial. Si las instituciones de las que nos percatamos, y que tratamos de hacer inteligibles en su explicación y efectividad, acaban interpretándose como entes dotados de una esencia singular, estaremos convirtiendo esas ideas teóricas o abstracciones de nuestro pensamiento en entes colectivos, distinguibles e independientes de las acciones de los individuos cuyos resultados, fundamentalmente no intencionales, las conforman. El colectivismo metodológico comete dicho error, lo que conlleva trágicas consecuencias no sólo en el orden de lo científico, sino también en el de lo práctico. El interés de este método es estudiar el devenir de los entes abstractos colectivos e impersonales, en pos de enunciar las leyes históricas que determinan su movimiento y destino. De todo ello se infiere una clase de fines que sobrepasan al individuo, quien pasa a ser considerado una ínfima parte dentro de un todo superior, e incluso una simple abstracción, algo que no es capaz de existir por sí mismo (Hegel). Decía Popper que "una de las mayores equivocaciones es creer que una cosa abstracta es concreta; se trata de la peor ideología". Supone la conversión de las ideas en cosas tangibles, confundiendo lo que son meras construcciones teóricas abstractas con realidades específicas dotadas de fines y cierto tipo de voluntad propia para alcanzarlos.

Frente al colectivismo, únicamente cabe oponer el "individualismo metodológico", que se define por entender que las ciencias sociales han de consistir en el estudio de las consecuencias no intencionales de las acciones racionales (orientadas a un cierto fin) emprendidas por los individuos, que son los únicos que piensan, razonan y actúan (Mises); es decir, los agentes reales que originan y dan forma a las instituciones. Las ciencias sociales se centran en conocer las instituciones que surgen, fundamentalmente, de las consecuencias no intencionadas de las acciones individuales (Menger). El tipo de conocimiento que debe preocupar al científico social será aquel que forme parte del contenido profundo de nuestra conducta, tácito y no articulado, que se esforzará en explicar, objetivar y verbalizar, exponiéndolo así en un ámbito "público".

Llegados a este punto resulta mucho más sencillo que al principio percatarse de las principales causas que han contribuido a distorsionar y corromper la idea de lo público, atribuyéndole cualidades o esencias que, siendo rigurosos, no deberían formar parte de su significado. Lo público, decía, es el espacio de entendimiento, también una construcción abstracta que utilizamos para explicar la facultad de comunicar lo comunicable. Sin embargo, el hiperracionalismo, resumido en la convicción sinóptica que ingenuamente concede a la consciencia humana, y a la razón que en ella gobierna, unas facultades cuasi ilimitadas, pervierte la idea de lo público en la construcción de su falaz discurso ideológico.

Como mejor se percibe este choque entre las ciencias sociales y la metafísica colectivista comentada, es observando la asimilación política que el estatismo ha practicado sobre todo aquello que suene a "público". Porque público, de acuerdo con la definición aquí dada, también tiene su traslado en el lenguaje político y jurídico cuando se habla de instituciones públicas, poderes públicos, leyes, autoridad o potestad públicas. Estos ámbitos de encuentro y comunicación, de comprensión y formación de un orden compartido e inteligible de convivencia merecen la consideración de públicos porque, al igual que en el ámbito estrictamente científico, son maneras discernibles de objetivar conocimiento, sensaciones, principios y valoraciones. Sin embargo, nada tiene que ver la naturaleza plural, competitiva y de raíz espontánea que tiene la conformación de esta res pública con la definición exacta de Estado, como estructura mecánica, artificial e impersonal de dominación al servicio de un poder absoluto y excluyente que niega a los individuos su libertad política (D. Negro). En este sentido, nos hallamos ante la pretensión intelectual y política de organizar lo social a través de mandatos imperativos que beben de un conocimiento parcial, superficial e insuficiente, en pos de fines considerados de interés general o colectivo, que niegan o impiden los fines en estado puro, que son los que surgen del individuo y sus propias valoraciones subjetivas (Mises).

El mito de lo público, de la mano del constructivismo racionalista, se convierte así en la mascarada del poder absoluto, que identifica Imperio de Ley con Estado de Derecho, que corrompe la idea misma del Gobierno limitado condenando a esta institución política espontánea a su sumisión frente al estatismo totalitario. Todo ello, a costa de destruir la libertad política, expropiar las instituciones sociales espontáneas e imponer una opción moral y de fines a todos y cada uno de sus súbditos.

José Carlos Herrán es autor del reciente libro El Orden Jurídico de la Libertad (Unión Editorial, 2010).

La econoficción de Occidente

Recientemente Brad DeLong (un tipo bastante célebre entre economistas del mainstream) afirmo que la economía, o teoría económica, es una ficción, una bufonada:

"Uno de los vergonzosos y sucios secretos de la economía es que no hay tal cosa como la teoría económica propiamente dicha.

¿Cuáles son las conclusiones ‘correctas’? […] Hay dos. Un tipo decide, por razones no económicas y no científicas […] El otro enseña lecciones y propone principios que serán de utilidad a los votantes, burócratas y los políticos en su intento de guiar nuestra civilización".

Ambas conclusiones parecen las opciones de un tirano más que las de un economista. ¿Y qué es la teoría económica para DeLong? Un juego de intereses entre amigos (economistas y políticos; políticos y lobbies…). De aquí habrá salido el término anglosajón que define la forma de hacer política económica: crony capitalism (capitalismo de amigotes). Antes llamado capitalismo corporativo, de Estado, economía del fascismo o simplemente "neoliberalismo". Nada de eso tiene que ver con el liberalismo que se basa en la total libertad económica y civil.

Los comentarios de DeLong, sin embargo, pueden tener una lectura acertada. DeLong, en realidad y sin darse cuenta, ha descrito la prostitución occidental de todo. Por ejemplo, Aristóteles afirmó que las mayores características del político eran la honradez y la virtud. Para nosotros la política es la prostitución de cualquier idea y la asociamos a la corrupción. Lo mismo le ha ocurrido a la economía. Si Carl Menger levantara la cabeza y viera que la economía ha dejado de ser el pilar de una ciencia social para convertirse en la máxima expresión de populismo y compra de votos, no se llevaría menor decepción que Aristóteles.

Fíjense en Zapatero. Esta misma semana ha dicho que el país ha mejorado desde que gobierna. Sí, sí, tal cual. Celebra que la tasa de desempleo haya bajado del 20% en el tercer trimestre cuando tal logro se ha debido íntegramente al aumento de los asalariados públicos. Desde 2007, los trabajadores del Gobierno han crecido en 300.000 personas y la economía privada ha perdido 1,7 millones. Según Eurostat, hasta septiembre España era el país con mayor número de desempleados de Europa.

La econoficción de los Gobiernos occidentales proclama, por ejemplo, que los subsidios de desempleo ayudan al trabajador hasta que encuentra un nuevo empleo y que esto no dilata el periodo para acceder a un nuevo trabajo. Es absurdo. El subsidio de desempleo es una subvención. No tiene nada que ver con un seguro. Cuando un Gobierno da una subvención al ejercicio de una actividad, ésta crece a costa del dinero del ciudadano. Es dinero gratis para quien percibe la renta o la dotación. Si el Estado subsidia el desempleo, quiere decir que lo subvenciona. Si lo subvenciona, quiere decir que lo impulsa. A mayores subsidios de desempleo estatal en dinero y/o tiempo, mayor paro. España vive en una eterna cultura del paro gracias a la "generosidad" del Gobierno. Europa, ahora Estados Unidos, y muy especialmente nuestro país, se han convertido en yonkis del rentismo estatal. El ciudadano es tan dependiente del Estado como el drogadicto de su camello.

DeLong tiene razón al afirmar que la economía es una bufonada, pero sólo cuando la toma el Estado bajo su responsabilidad. Pierde sus pilares científicos para convertirse en un juego de intereses. Se inventa teorías y leyes surrealistas cuadrando números imposibles con la única finalidad de conseguir más dinero y poder. En realidad, no es el dinero lo que el Gobierno ansía, éste es un medio para un fin mayor: el Poder y el control. A más Gobierno, mayor Estado policial económico y civil.

Esto contrasta con la visión del ciudadano corriente. Que el Gobierno haga trampas, prometa cosas que después no hará o se dedique a regalar dinero sacando el doble de recursos de los impuestos es como hacer trampas al solitario. No es así. El Estado no es un teórico, ni representa los intereses de la gente. El Gobierno se ha convertido en tal monstruo corporativo que sólo representa sus intereses particulares. Su existencia sólo se explica para mantener sus excesos. Su único objetivo es crecer. El Estado Omnipotente se ha convertido en una empresa con la potestad de usar la fuerza contra sus súbditos. Es como la mafia, pero en legal.

DeLong es un economista pésimo, como su maestro Keynes. Pero ambos han demostrado ser unos teóricos políticos extraordinarios. Lo gracioso es que Keynes usó la política populista para inventar su modelo económico, y ahora, DeLong, afirma que eso mismo es un fraude.

La economía, bien dibujada como lo hace la Escuela Austriaca, es ciencia. La politización de la economía inventada por Keynes y desenmascarada por DeLong no es más que más que una ópera bufa. Sin darse cuenta, DeLong ha descubierto la doctrina de la Public Choice.

El nuevo absolutismo democrático bolivariano

Si ya alguna vez se ha puesto de manifiesto que el sistema económico en el que vivimos no es capitalista sino que reúne las principales características del mercantilismo de los siglos XVI y XVII, en los últimos días hemos asistido a la confirmación de esta idea.

A pesar de que en algunos medios se habla de él como tirano, a pesar de que en otros medios más tibios se anuncian sus medidas económicas como si fueran extravagancias de un tonto, lo cierto es que Hugo Chávez se presenta como el representante del nuevo absolutismo. O tal vez, para subrayar la paradoja, habría que decir “absolutismo democrático”.

El absolutismo se caracterizó por la supresión de las libertades individuales y el sometimiento de la sociedad al príncipe, rey, duque, o cabeza política, fuéramos habitantes de una monarquía despótica o de una pequeña república. Los teóricos de la filosofía política dedicaban sus plumas y sus energías a justificar las razones por las que los súbditos (no ciudadanos) debían someterse, o bien enunciaban las virtudes que debían adornar al gobernante, o, en un alarde de sinceridad, como en el caso de Maquiavelo, describían qué debía guiar al príncipe, desde un punto de vista positivo más que normativo, para ser el más poderoso.

Entre este conjunto de justificaciones la libertad individual, la vida y la propiedad privada poco importaban. De alguna manera, un súbdito era libre si su soberano era poderoso; una nación era rica si su soberano lo era; el hombre, en última instancia, quedaba absorbido en el todo del interés común personificado por otro hombre, el príncipe, quien para algunos teóricos era el legítimo poseedor de todas las cosas y personas de su reino.

Estas ideas, que hoy en día resultan hirientes así expresadas, no se han ido, sino que inspiran las medidas de gobernantes tiranos en algunos países. Hasta ahora, nada nuevo bajo el sol. La sorpresa es la actitud de nuestros gobernantes democráticos, defensores de las libertades, los derechos humanos, las mujeres, los débiles, las ballenas, la pachamama, y, sobre todo, defensores de sus poltronas. Nuestros representantes electos sienten un democrático pudor a la hora de llamar a las cosas por su nombre cuando se trata de otro representante electo de un país democrático, no importa el tipo de chanchullos que haya hecho para ganar, no importa si tiene las manos manchadas de sangre, no importa qué tipo de barbaridades esté haciendo.

Y la última ocurrencia perversa del dictador bolivariano Hugo Chávez es el ejemplo vivo de lo que llamo “absolutismo democrático bolivariano”. Se trata del programa de expropiaciones. A conciencia, previo anuncio, Chávez comenzó en el año 2007 un programa de actuaciones destinadas a nacionalizar aquellas empresas dedicadas a los sectores más estratégicos: petróleo, electricidad, telefonía, banca y alimentación. Y desde entonces hasta ahora, dicho y hecho: cadenas de hipermercados, empresas constructoras, envasadoras, y todo lo que le parece es robado (que es la palabra que describe lo que hace) en directo, en televisión, a la voz de “¡Exprópiese!”. La razón subyacente es de Estado, en el más puro sentido absolutista: lo que es tuyo es del Estado. Y tú eres libre si el tirano absolutista es poderoso, y la nación es fuerte si su “príncipe” lo es.

Esta idea queda mucho más clara si analizamos la amenaza del tirano a la empresa Polar, cuya expropiación está anunciada, pero que ha osado protestar con una huelga. La frase de Chávez ha sido: “Ninguna huelga de Polar va a tumbar a Chávez. Una huelga de Polar a quien puede tumbar es a Mendoza [presidente de Polar]”, dijo el mandatario antes de añadir, dirigiéndose al presidente de la empresa: “No te pongas a retarme a mí, que es retar al pueblo”. Y ahí está: la identificación absoluta del tirano y el pueblo, de forma que aunque sus súbditos estén arruinados son libres y felices porque viven en una nación cuyo regidor es fuerte, poderoso y millonario. Y tanto más poderoso ahora que se ha asegurado un mandato ilimitado y está encaminando la economía venezolana a un conjunto de monopolios estatales a un ritmo vertiginoso.

¿Y qué hacemos los países democráticos de la Vieja Europa? ¿Qué hacen los Estados Unidos con una democracia que se remonta a sus orígenes como nación independiente? Pues nada. Comerciamos, sonreímos, callamos, y en algunos casos, en un alarde de suma hipocresía, nos escudamos en la farsa electoral bolivariana para seguir practicando la inacción.

Para mí que escupimos al cielo…

El poder

En general, la vulgarización de una deficiente comprensión de los términos acaba comprometiendo el éxito de quienes tratan de teorizar sobre aspectos del orden social. Lo político, definido como el interés común por la forma de vida de un grupo humano, o visto de otro modo, la puesta en común de ámbitos e inquietudes sobre las que se plantea una discusión pública volcada en alcanzar un compromiso bastante, existe como expresión misma de la naturaleza del Hombre. De lo político, como de lo jurídico o lo moral (en cuanto al bien, la justicia o la rectitud), surge el fenómeno de la autoridad socialmente reconocida como uno de los presupuestos del desarrollo institucional. Son los órdenes sociales más complejos los que fusionan autoridad y poder dando forma a la potestad, entendida como facultad de intercesión pública limitada a priori en virtud de las libertades civiles consolidadas. Si bien en sistemas de Derecho como el romano, la potestad era considerada previa a la autoridad, en nuestra explicación, ciñéndonos al significado estricto de los términos, consideramos que la autoridad ha de ser presupuesto de la potestad, y no al contrario, aun cuando una vez producida la institucionalización, al potestatario se le considere autoritario, y no en sentido inverso.

Libertad y poder se distinguen fundamentalmente por ser la primera de carácter social-negativo, y el segundo una extensión de la idea misma de capacidad en su sentido estricto. Libertad es no ser coaccionado por terceros en la persecución de nuestros particulares intereses, salvo que dicha interferencia surja de la vigencia de justos derechos personales amparados en normas generales y abstractas efectivas. Poder se identifica en un primer momento con la mera capacidad de hacer algo, de conducir nuestro cuerpo en una determinada acción con los límites físicos o cognitivos imperantes en cada caso (o en cualquier caso). No podemos volar, pero sí concebir y producir un artefacto que nos transporte por la atmósfera. No somos menos libres si no podemos, como tampoco el poder nos hace más libres salvo que de él derive un freno ante la coacción proveniente de terceros, en cuyo caso dicha capacidad se habrá visto traducida en términos sociales a través de mecanismos institucionales de tipo jurídico o político. En el primer caso, el poder personal quedará concebido como derecho, o facultad de exigir cierto comportamiento o renuncia a terceros, y en el segundo, como aquella capacidad reconocida de imponer nuestra postura en un conflicto.

El poder es natural e inevitable, y su traducción social en términos jurídicos o políticos (también morales) define la entidad de las fuerzas de interacción entre individuos que comparten cierto conocimiento moral, político y jurídico comprendido dentro del consenso social. Existen dos manifestaciones del poder: la natural, que a su vez se subdivide en poder físico y en poder intelectual, y la social, que se resume en lograr el reconocimiento de nuestras pretensiones frente a terceros. Cuando nuestras pretensiones son de tipo personal deberán traducirse en reconocimientos jurídicos, en virtud de contenidos eficaces y refrendo externo. En el caso de que nuestras pretensiones versen sobre lo común, aspirando a proteger, mantener o restaurar cierta “forma de vida”, su traducción será fundamentalmente política.

El orden político se expresa a través de un tipo de poder secundario, dada la prelación que posiciona al Derecho en un lugar preeminente. Siendo de este modo, el poder político se encuentra en todo momento en fuerte confrontación con el poder jurisdiccional, variando la demarcación de límites y pugnando por el control de importantes ámbitos de la conducta humana dado el difuso umbral entre el sentido de lo común y la conciencia de lo particular.

Los órdenes de conducta, jurídica, moral o política, se caracterizan por transmitir sus contenidos a través de generaciones de individuos, produciéndose una sucesión institucional en todos y cada uno de estos orbes (tradición). Quizá sea la sucesión en la práctica de la potestad pública, jurisdiccional y política, lo que más dificultades plantee en cuanto a la distinción necesaria entre poder competitivo y poder absoluto. En ambos casos el reconocimiento se mantiene efectivo en el tracto autoritario, pero dada la naturaleza polémica de toda controversia política, las decisiones adoptadas en cada momento por el poder institucionalizado, o por quién ostente dicha función, se convertirán en cuestión de debate y discusión públicos. La sucesión política debe entenderse respecto de las instituciones y los límites de su acción, más allá de la voluntad contingente que se proyecte a través de dicha potestad.

El mejor ejemplo de sucesión jurídica es la propiedad privada, concebida como dominio reconocido sobre un bien y su representación. La transmisión mortis causa, testada o legal, impide que las cosas queden abandonadas, al tiempo que mantiene los dominios asegurados y definidos más allá del periodo de vida de quien fuera su justo y reconocido titular. Un tercero no debe sentirse agredido ante la imposibilidad de adquirir bienes “abandonados” en apariencia tras la muerte de sus antiguos propietarios. El Derecho garantiza la sucesión acotando el cambio de titularidad sobre las cosas transmisibles. Una norma convierte en propietario a alguien, con independencia de las pretensiones de terceros ajenos a dicha propiedad.

Un ejemplo de sucesión política, más allá de la complejidad del poder público, radica en los mecanismos de transmisión o sustitución en los órganos de gobierno de una sociedad organizacional. No cabe replantear o cuestionar el orden político vigente y formalizado apelando a la circunstancia de que desaparezca o sea relevada la voluntad que hasta entonces venía desempeñando cierta potestad. Existen mecanismos formales que simplifican la sucesión política, o la reforma institucional, y esta situación vincula incluso a quien acabe de acceder al dominio de una participación social, siempre que se mantenga un consenso social suficiente.

Poder y libertad son dos caras de una misma moneda: la convivencia. Libertad, decíamos, significa ausencia de coacción, mientras que poder, en sentido estricto, supone la reconocida capacidad de coaccionar a quien no respete nuestro derecho y, por tanto, desarrolla el concepto mismo de derecho subjetivo convirtiéndolo en la pretensión personal con implicaciones respecto a terceros, que encuentra un respaldo jurídico que lo hace exigible (Bruno Leoni). El deber jurídico es consustancial al derecho subjetivo únicamente bajo la definición dada. El poder personal, que se estima eficaz en términos jurídicos, se transfiere a una magistratura que encarna el poder jurisdiccional. Sucede distinto en cuanto al poder político, que se desvincula de la pretensión particular para conectar a través del sentido común sobre determinados ámbitos de la interacción social y la convivencia. El poder político, que actúa por reconocimiento, sometido al criterio de autoridad, y que tiene limitadas sus facultades en virtud de la libertad y autonomía de los individuos sobre los que se extiende, no es equiparable al poder jurisdiccional, aunque sus mecanismos de compulsión resulten parecidos.

El poder de disposición sobre algo excluye a todo el que no lo tenga reconocido en forma de derecho subjetivo. La libertad de unos se entiende en los límites jurídicos que otros sufren. El poder social que contiene cada derecho subjetivo, por blindar una esfera de libertad relativamente definida, hace que libertad y poder sean opuestos pero inseparables. El poder de disposición garantiza el libre ejercicio de nuestra voluntad, al tiempo que convierte en ilícita toda invasión proveniente de terceros. La propiedad privada se define como un reconocimiento que se despliega en derechos concretos en cuanto al poder de disposición excluible que acota la capacidad de acción de quienes no se reconocen como propietarios de la cosa.

Cuando el Derecho y la moral definen el contorno de la idea de respeto a lo ajeno, de consideración de la esfera de control y dominio de un individuo, lo que hacen es modular el ejercicio de la libertad en torno a principios dinámicos, pero con tendencia a la institucionalización. El poder social, entendido como capacidad de obrar dentro de un reconocimiento de facultades en los límites ineludibles entre libérrimas acciones de los individuos, ampara a quien demuestra o aparenta ostentarlo en sus acciones de apremio y coacción sobre las esferas de dominio de terceros. El poder limita la libertad, como concepto negativo, como estado potencial de acción, que sólo puede entenderse desde la alteridad que genera la convivencia. Un individuo aislado no es libre ni tiene poder social alguno (sí posee poder natural, físico e intelectual).

En sociedad los individuos gozan del reconocimiento de cierta resistencia libérrima, así como de poderes fundamentales, contextualizados o institucionales. El proceso por el cual se desarrolla e institucionaliza el poder político, como reconocimiento institucional de la gobernanza en aspectos concretos de atención puesta en común, forma parte de la misma explicación sobre la transmisión del poder personal a instancias sociales religantes. Lo que uno considera a su alcance acaba sabiéndose insuficiente no tanto como para asegurar un resultado ante un conflicto concreto, como para tramar un sistema de resolución de conflictos con el que garantizar un orden social pacífico y estable. Lo político, y la formación de su respectivo poder, responde a esa tendencia inevitable que arrastra al conviviente dentro de sistemas de reconocimiento, a través de la formación de una autoridad suficiente, de magistraturas potestatarias institucionalizadas (poder limitado).

El mercado también rescata a los mineros

La intervención del Estado chileno en el rescate de los 33 mineros atrapados a más de 600 metros bajo tierra se ha saldado con éxito. La imagen pública del presidente Sebastián Piñera, implicado desde el principio en los esfuerzos de salvación, se ha beneficiado de la gestión mediática llevada a cabo por el Gobierno. No tiene nada de extraño que los políticos intenten rentabilizar cualquier tipo de incidente. Incluso Evo Morales ha venido de Bolivia a hacerse la foto.

Lo que no ha sido objeto de portadas y grandilocuentes titulares es el papel que ha jugado el mercado en el rescate. Como de costumbre, su “mano invisible” pasa desapercibida. Pero es necesario destacar su vital aportación, aunque sólo sea para contrarrestar el afán de protagonismo de los políticos. Además, el Estado siempre aprovecha las catástrofes (BP, Katrina, 11-S) para adjudicarse un rol más activo en aras de nuestra seguridad, acusando de negligencia al mercado. Es preciso neutralizar tanto populismo, sopesar con rigor los costes y los riesgos de las distintas medidas, e ilustrar la participación directa e indirecta del mercado en hazañas que se atribuyen enteramente al Estado.

En el caso del rescate de los mineros chilenos, el 75% de la factura (cerca de 15 millones de dólares) ha sido asumido por Codelco, la empresa estatal dedicada a la extracción de cobre. No está claro que este coste vaya a ser posteriormente traspasado a la empresa privada propietaria de la mina derrumbada, Minera San Esteban, que tiene deudas por valor de 19 millones de dólares. En cualquier caso, a día de hoy, el 25% del coste del rescate ha sido sufragado por empresas privadas como las mineras Collahuasi, Escondida y Anglo American.

Por ejemplo, Escondida fue la que contrató la perforadora T130 que llegó hasta los 630 metros de profundidad, a un coste de 18.000 dólares diarios. Doña Inés de Collahuasi se hizo cargo de la financiación en una segunda etapa. Escondida también arrendó cinco máquinas a Geotec que se utilizaron para los primeros sondajes.

Antofagasta Minerals, la rama minera del grupo Luksic, y Minera Caserones, de Lumina Copper, entregaron 50.000 raciones de alimentos elaborados por Sodexo a los rescatistas durante los dos meses de la campaña. El empresario y filántropo Leonardo Farkas donó 10.000 dólares a la familia de cada una de las víctimas. Las mineras Lomas Bayas, de Xstrata y Freeporta, por su parte, contribuyeron prestando maquinaria e ingenieros.

Esto sólo en el capítulo de la financiación, donde el Estado chileno ha tenido un papel más activo que el sector privado (probablemente atribuible a un efecto desplazamiento o crowding-out). Es en el ámbito de innovación tecnológica donde el mercado se ha demostrado imprescindible.

Como explica Danniel Henninger en el Wall Street Journal, si este accidente hubiera tenido lugar 25 años atrás, los mineros no hubieran podido ser rescatados, por mucho que el Estado hubiera sufragado toda la operación. ¿Qué es lo que ha marcado la diferencia?

El taladro de la empresa Center Rock y el cabezal de la empresa Schramm. Sin esta innovación tecnológica, motivada por el afán de lucro, no se hubiera podido perforar un agujero hasta esa profundidad, como se ha hecho.

Los mineros chilenos vieron películas a través de un proyector integrado en un teléfono móvil de Samsung, evitaron los hongos y otras infecciones gracias a unas medias de Cupron elaboradas con fibra de cobre que protegen de las bacterias, y se comunicaron en videoconferencia con el exterior gracias a la fibra óptica de Micomo. Movistar también entregó dos teléfonos satelitales con llamadas gratuitas a las autoridades de gobierno de la zona.

El mercado también ha salvado a los mineros chilenos.

Anarquía y poder

L. v. Mises, que creía en la inevitabilidad del Estado, era además muy crítico con la ingenuidad anarquista. La Acción Humana tiene párrafos lapidarios sobre esta cuestión. Su idea fundamental es que un grupo de individuos no puede convivir en ausencia de poder, tanto político como jurisdiccional. Su razonamiento no profundiza mucho más, y sin embargo resulta extremadamente valiosa la advertencia.

Edmund Burke sugirió que el Poder es, básicamente, la encarnación del mal. Semejante idea debe suscitar en el pensador social una fuerte reticencia. El poder existe (y no hablo en términos nietzscheanos). Como término tiene varias acepciones. En el ámbito de lo social, donde la alteridad es un presupuesto, poder significa tener la facultad de imponer nuestra voluntad sobre la de otros individuos y, en definitiva, creernos en situación de ostentar dicha posición de dominio o decisión en un aspecto concreto, sea éste de tipo político o jurídico.

En el ámbito jurisdiccional, que es el que voy a comentar, todo aquel que pretende un derecho frente a un tercero, se considera a sí mismo titular del poder para exigir cierta conducta o reconocimiento (convicción personal, o mera intención de que otros se convenzan de ello). Tiene dos opciones: convertir dicha voluntad en un acto positivo e irresistible sirviéndose de su particular capacidad y arbitrios (autocomposición); o en su caso, recurrir a una autoridad social reconocida en tales facultades (heterocomposición).

El poder se transfiere desde quien crea ostentarlo en sus legítimas (y subjetivas) pretensiones, hasta una autoridad presuntamente imparcial quien, previa deliberación, decidirá si admitir o no la pretensión planteada (tratando de objetivar o hacer justicia), y en su caso, ejecutarla. ¿De qué forma llevará a cabo dicha ejecución de pretensiones? Básicamente, mediante la amenaza o la práctica efectiva de apremio sobre bienes o personas. Lo relevante será que dicha autoridad goce de una certera y suficientemente reconocida capacidad de imponer sus propias resoluciones: institucionalización del poder o Poder Público.

Esta competencia, socialmente amparada para señalar lo recto o identificar la solución más justa dentro del orden de normas efectivo, queda indiscutiblemente separada del poder primigenio, esto es, el personal o privado. Dado el presupuesto de la alteridad en toda cuestión de referencia social, debe establecerse una distinción entre el poder público y el poder privado, e ir más allá cuando afirmamos que ninguno es intrínsecamente antisocial o puramente maligno, si bien ambos han de ser limitados y controlados (esto vale también respecto del Poder político que, recuerdo, no es objeto de este comentario).

El anarquismo, lejos del idealismo y la utopía, puede, como movimiento social que anhela la erradicación del poder arbitrario, contener sanos principios y sólidos planteamientos científicos respecto del funcionamiento del orden social. Lo que afecta negativamente en su carácter no es la variedad de pronunciamientos y teorías (o falta de claridad y coherencia de las mismas), sino el propio término con el que se nomina al movimiento político e intelectual. Por mucho que se acompañe “anarquismo” con “mercado”, o se apele a la defensa de la propiedad privada y el capitalismo, no deja de encerrar un ardid poco recomendable cuando de lo que se trata es de plantear las cuestiones sociales en términos rigurosos o científicos.

Mises, Burke, Hayek, Böhm-Bawerk o Rothbard, por dar los nombres de cinco pensadores que en su obra y vidas lucharon fiel y vehementemente a favor de la libertad individual, rechazaban todos ellos el poder arbitrario. Lo que parece inconsistente es dedicarse a calificar a cada uno de ellos en función de cuánta arbitrariedad fueron capaces de incorporar en sus argumentos teóricos, llegando incluso a decir que F.A. Hayek no dejo nunca de ser fabiano (lo cual es falso).

El Estado, como he explicado en otros lugares, es un estructura de dominación irresistible que trata de suplantar al orden social espontáneo de mutuo ajuste individual, en todas o alguna parcela, mediante el ejercicio del monopolio en el uso de la violencia, la corrupción del Derecho, la expropiación y la reasignación de la riqueza. La base sobre la que sustenta tamaña calamidad es la absorción del Poder Público libre, espontáneo y competitivo, negando así la libertad política del individuo. Desde un punto de vista teórico este argumento es perfectamente comprensible en sus justos términos, pero cuando nos aproximamos a la realidad, los casos particulares quizá parezcan comprometer la rigurosidad de esta tesis. Un análisis teórico e histórico sobre el poder (como el realizado por B. de Jouvenel, A. de Jasay o D. Negro, condensando la larga tradición de intelectuales liberales de los siglos XVIII y XIX empeñados en lo mismo) no puede resumirse en una definición sucinta como la que a efectos discursivos he venido manejando.

El Estado, en su versión postmoderna, es, ante todo, un instrumento descontrolado merced de un ejecutivo instalado en la arbitrariedad y el desgobierno. Desconocer las fases y el desarrollo del Estado contemporáneo desde sus orígenes modernos, e incluso medievales, impide comprender con perspectiva la reacción de muchos buenos pensadores frente a su égida incontrolada.

El anarquismo, lejos de la utopía o su nimia versión colectivista, se ha convertido en una forma extremadamente sencilla y aparentemente ingenua de atacar al estatismo. Pero su sencillez extrema no es virtud sino demérito que impide en demasiadas ocasiones profundizar en aspectos fundamentales del estudio social. Sin una buena teoría económica quizá nada tenga sentido. Complementario, y nunca ineludible, es el manejo de sendas teorías política y jurídica equivalentes en acierto y calidad. Sin entender el Derecho o el proceso político, no tiene sentido elucubrar sobre fascinaciones ácratas sometidas a un lastre teórico insoportable: obviar el estudio del tipo de reglas que gobiernan y disciplinan la conducta, su origen y calidad cambiante, o de las reglas que soportan el orden político, sometido, en términos científico sociales, a la meridiana distinción abstracta, y también práctica, entre Estado y Poder público (o cosa pública).

Lejos de posiciones como el miniarquismo, construidas a partir de falsos presupuestos y por ello simples reductos de aparente moderación, del estudio del orden social, y en su interior, de los órdenes jurídico, moral, político o económico, no cabe inferir una respuesta anarquista coherente. Como afirma Dalmacio Negro, un pensador que sí ha realizado un ímprobo esfuerzo intelectual en este campo, todo defensor de la libertad individual debe ser antiestatista, pero nunca ajeno a la realidad del ser humano. Y ante semejante propósito antiestatista, la mera ausencia de poder (stricto sensu) como prédica política pretendidamente respaldada por una teoría consistente, resulta un grave error intelectual asimilable al que representa la defensa dogmática del estatismo (cuya imposibilidad fue demostrada por Mises y Hayek, autores que, a pesar de sus errores y licencias, nunca fueron ácratas; lo que, por otro lado, no dice mucho a su favor dada su decepcionante falta de dedicación al estudio somero y riguroso del orden político).

El deber del Gobierno es dejarnos en paz

En esta terapia de autoconvencimiento Zapatero relaciona algunos de los problemas del país con sus políticas. Lo curioso es que en ningún caso se le ocurre identificar la actuación de su Gobierno como causa y la situación como consecuencia. En sus discursos los problemas siempre vienen caídos del cielo mientras que sus leyes, decretos y mandatos son la solución a todos los males. Su público no se asombra porque ya sabe a lo que va.

Dice Zapatero que "el Gobierno tiene el deber de intentar cambiar las cosas para que se genere más empleo y pueda haber posibilidades para los jóvenes". La verdad es que el Gobierno ha cambiado muchas cosas en seis años y que esas cosas han perjudicado la productividad de los trabajadores, provocando un desempleo superior al que de otro modo hubiésemos visto. Tampoco con su nueva reforma se creará más empleo porque abaratar el despido es una de las medidas menos importantes que debían adoptarse. Mucho más urgente es abaratar la contratación quitando a los empresarios parte del enorme coste laboral que desincentiva la creación de empleo. Y es que el Gobierno no tiene que cambiar las cosas. Son los empresarios y los trabajadores los que deben hacerlo. El Gobierno en realidad bien haría limitándose a dejar de entorpecer el intento de los trabajadores y emprendedores por reanimar sus economías.

"Hay que cambiar cosas", repitió Zapatero, convencido de que este nuevo cambio "va a permitir funcionar mejor a la economía española durante los próximos 20 años". Pero si los cambios fueran realmente buenos en el sentido de crear un marco de libertad en el que los agentes sociales puedan generar riqueza y conservarla sin el peligro de que el Gobierno se la quite con el establecimiento de impuestos confiscatorios, la reforma no sería buena para las próximas dos décadas sino para siempre. La frase denota la idea que el presidente tiene de la economía, que no es otra que la de un sistema planificado centralmente en el que el gobierno decide por ley las tecnologías que desarrollar en las próximas dos décadas, el mix energético que imponer a golpe de ley y la cantidad de pan y circo que regalar al ciudadano con cargo a sus maltrechas carteras.

También la reforma de las pensiones está pensada, según Zapatero, para que puedan pagarse durante los próximos 30 años. Se trata de una reforma que "podemos hacer ahora o esperar a que dentro de 10 años tengamos problemas", dijo. Pero, de nuevo, si la reforma realmente solucionara los problemas de nuestro sistema de pensiones, ¿por qué demonios iba a suponer solamente un retraso de 20 años en la llegada del problema? La realidad es que la reforma de las pensiones no resuelve nada. Es un intento de suspender parcialmente los pagos prometidos obligando a los trabajadores a trabajar más años para tener derecho a una menguante prestación por jubilación. Si la reforma solucionara el problema de las pensiones no sería sólo válida para los próximos cuatro planes quinquenales previstos por Zapatero.

En el fondo, el verdadero problema es que Zapatero sigue creyendo en las políticas que han convertido esta crisis en la mayor que haya sufrido España en tres cuartos de siglo. Para él y para todo su Gabinete el deber del Gobierno es cambiar cosas para que Papá Estado siga engordando y ocupándose de nuestros asuntos. Pero el verdadero deber del Gobierno, si realmente quiere hacer algo por ayudarnos a salir de la crisis, es dejarnos en paz, para que los ciudadanos de carne y hueso podamos arreglar los estropicios provocados por tantos deberes que los políticos nos han impuesto en el pasado.

El totalitarismo democrático: Hayek, Mises y el color de mi coche

A pesar de que soy aficionado a los toros (tengo un abono en Las Ventas desde hace más de una década) he seguido con bastante despreocupación la aprobación en Cataluña de una Ley que prohibirá los espectáculos taurinos a partir del 1 de enero de 2012. No creo que sea algo especialmente grave ni para la fiesta ni para los catalanes, que ya hace tiempo dejaron de acudir a las plazas de sus pueblos y ciudades. La supresión de la docena de corridas que se dan cada año en Barcelona no dañará a los toros ni la mitad de lo que lo hacen los neotaurinos, que han encumbrado al medio-toro y al cuarto-y-mitad-torero en las últimas décadas y le han quitado al espectáculo gran parte de su atractivo. Además, muchas otras libertades mucho más importantes que ésta se han cercenado en Cataluña y en el resto de España sin que haya habido tanto revuelo.

Entre los que defendían los toros se han dado fundamentalmente dos tipos de argumentos: los culturales (estética, tradición, relevancia económica, turismo,…) y los anti-prohibicionistas (que el que quiera vaya a las corridas y el que no quiera no vaya). Sin embargo a ninguno he oído proclamar lo evidente: que el Parlamento de Cataluña no tiene derecho a decidir si debe haber o no espectáculos taurinos. El problema no es que el resultado de la votación sea “no a los toros”: el problema es que se haya votado.

Pensando en todo esto recordaba una cita de Mises en Gobierno omnipotente en la que afirmaba con su habitual precisión que “las mayorías no están menos expuestas al error y al fracaso que los reyes y los dictadores; el que la mayoría crea que una cosa es verdad no prueba que lo sea”. Quién vivió tan de cerca el nazismo sabía de lo que hablaba cuando pedía limitar a los gobiernos elegidos en las urnas.

En el último siglo, estamos viviendo una deriva hacia lo que podría denominarse como totalitarismo democrático. Se ha llegado a la conclusión de que una decisión tomada por una mayoría (o por sus representantes) es legítima per se, sin que nada ni nadie pueda oponerse a ella. Así, la democracia, que nació como un medio de protección de las minorías, para que cualquiera pudiera ejercer su libertad de opinión, religión o movimiento, se convierte en una apisonadora que se lleva tras de sí los derechos de aquellos a los que debería defender.

A mis amigos más intervencionistas a veces les intento convencer con algunos ejemplos. “Supongamos que yo viviera en un pueblo con otras cien personas. Un día, todos mis vecinos se reúnen y votan por 99 votos a favor y 2 en contra que mi coche debe ser rojo en vez de azul, puesto que rojo es el color de la bandera de la localidad; que mi primer hijo debe llamarse Sebastián, como el patrón, ya que no hay muchas parejas jóvenes en el pueblo y hay que perpetuar los nombres tradicionales; que no me puedo abonar a Digital +, porque el bar ya tiene una licencia y si quiero ver el fútbol mejor que lo haga allí tomándome unas cañas, que eso será bueno para la economía del pueblo; o que debo comprar tomates de la comarca, que son más sanos y, además, así les doy publicidad”. Pues bien, les recuerdo a mis conocidos, “a pesar de que la votación ha sido abrumadora -99 a 2-, nadie tendría derecho a inmiscuirse en ninguna de estas decisiones”.

Mis amigos me suelen mirar con condescendencia, como pensando que qué cosas se me ocurren, que nunca llegaremos a algo así y que, aunque la intromisión del Estado en nuestras vidas a veces puede ser molesta, hay límites que ningún Gobierno se atrevería a pasar. Entonces soy yo el que les miro, asombrado de su candidez.

En estos momentos, en España, están vigentes (o tramitándose) normas muy similares en su fondo y en su forma a los ejemplos arriba citados. Puede que nadie se meta en el color de mi coche, pero si quiero construirme una casa en mi pueblo tendré que ajustarme a los peculiares criterios estéticos del arquitecto municipal y de la ordenanza de urbanismo. Puede que nadie me obligue a llamar a mi hijo Sebastián, pero no me dejan rotular mi comercio, pagado con mi esfuerzo y mi trabajo, como a mí me dé la gana (en chino, alemán o castellano). Puede que no me obliguen a ver el partido en el bar, pero si quiero comprar unas cervezas en un súper después de las diez de la noche no podré hacerlo. Puede que no me fuercen a llevarme los tomates de la comarca, pero me obligan a subvencionar los de todos los agricultores europeos.

Y la lista no acaba aquí: no puedo decidir si en mi bar se fuma o no, ni si quiero publicar artículos de prostitución en el periódico, ni si quiero llevar un pañuelo musulmán en la cabeza, ni si quiero que mis hijos coman bollos en el colegio, ni si quiero conducir sin cinturón de seguridad… La lista sería interminable. Cada caso es diferente y merecería un comentario aparte, pero todos se caracterizan por lo mismo: un tipo cree que por haber recibidos más votos que otro puede decidir lo que quiera sobre mi vida durante cuatro años.

Alexis de Tocqueville, en La democracia en América, ya advirtió hace más de 150 años, del peligro del gobierno de las mayorías. Lo que no se atreverían a hacer algunos tiranos por miedo a la reacción popular, lo hacen gobiernos democráticos que, revestidos por la legitimidad de los votos, saben que no tendrán esa contestación. Quizás fue Friedrich Hayek, en Camino de servidumbre, el que mejor lo expresó: “Dando al Estado poderes ilimitados, la norma más arbitraria puede legalizarse y una democracia puede establecer el más completo despotismo imaginable”.

No creo que a los tres maestros aquí citados les gustaran mucho los toros. Pero, desde este modesto tendido liberal, pido voluntarios para sacarlos a hombros, por la Puerta Grande.