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Etiqueta: Proceso político: tª estado elección pública y democracia

La disonancia cognitiva de los keynesianos

Lord Keynes, que tal distinción se le llegó a conceder, tenía una receta muy facilona para todo: si la economía encalla, si está operando por debajo de lo que de manera un tanto arbitraria consideramos su potencial, si aparecen recursos desempleados u "ociosos" por doquier, entonces es que no estamos gastando lo suficiente.

Para Keynes todo es un problema de falta de gasto, ya sea en consumo o en inversión, de modo que la solución pasa por promover el gasto como sea. Al lord se le ocurrieron dos maneras fundamentales: una, reducir los tipos de interés para que la gente que era reacia a endeudarse acudiera como loca al banco más cercano para hipotecarse; dos, que fuera el Estado quien gastara en nombre de todos, circunstancia que además tendría unos efectos "multiplicadores" sobre el resto de la actividad.

Estados Unidos lleva casi dos años aplicando consistentemente el programa de "estímulo" keynesiano. A día de hoy cabría esperar que los recursos ociosos ya se hubiesen esfumado en honor a la sabiduría de Keynes. Ni parados ni viviendas vacías deberían seguir atormentando el presente de la economía estadounidense. Pero no, la realidad no termina de ajustarse a acientíficos moldes de Keynes.

Por ejemlo, en su plan de despilfarro masivo, Obama destinó unos 25.000 millones para promover la adquisición de vivienda (no tenemos en cuenta los efectos "multiplicadores" del resto de su gasto) y Ben Helicóptero Bernanke ha comprado desde 2009 más de un billón de dólares en bonos hipotecarios a través de la creación de nuevos dólares con tal de rebajar los tipos de interés hipotecarios a largo plazo y estimular la compra de inmuebles.

¿Resultado? Apenas perceptible: una pequeña hinchazón que ya ha reventado. Échenle un vistazo a las ventas de nuevas viviendas a partir de 2009 (momento de auge de las políticas keynesianas) y si son capaces de distinguir algo, entonces casi puedo garantizarles que no habrán de pasarse por el oculista durante unos años.

Miles de millones de dólares para esto. Tan bien han funcionado los planes de estímulo que los recursos que estaban ociosos, siguen estándolo. Ahí están las viviendas nuevas que siguen sin obtener salida, o los parados que continúan sin encontrar un empleo, pese a que el tirón público de la demanda tenía que proporcionársela.

Ahora, una de dos: o admitimos que la realidad ha falsado las supercherías keynesianas y que ha llegado la hora de permitir que la economía liquide de manera natural las malas inversiones o seguimos la vía suicida de Krugman y Bernanke; a saber, la mayor intervención fiscal y monetaria de la historia no ha sido suficiente y hace falta redoblar esfuerzos. El Nobel propone un nuevo plan de estímulo que duplique en importe al anterior y el presidente de la Fed ya amenaza con monetizar todo papelito que le pongan por delante. Salvo rectificar y pedir perdón, cualquier cosa que les permita seguir interviniendo en la economía. Ya nos metieron en ésta y ahora parecen empeñados en no dejarnos salir.

Los psicólogos llaman a este fenómeno disonancia cognitiva: el contraste entre la percepción de la inutilidad de los planes de estímulo y la fe ciega en que han de funcionar lleva a los keynesianos a huir hacia adelante, a reforzar su creencia irracional reconfigurando los hechos para que tengan cabida en su deficiente esquema teórico. Es la misma reacción que se observa con los movimientos apocalípticos y milenaristas: sus reiterados fracasos a la hora de pronosticar el fin del mundo nunca les llevan a revisar sus exactas "predicciones", sino a buscar todo tipo de excusas que explican a posteriori por qué el armagedón no se produjo en la fecha esperada.

Claro que los alocados milenaristas no son quienes rigen nuestras vidas y nuestras haciendas. Obama, Krugman o Bernanke, sí.

Gobernanza como excusa del mal gobierno

Desde la década de los ochenta, los ingenieros sociales intentan que el término gobernanza abandone los manuales que idean en las facultades de sociología y se trasladen al acervo de la gente común. Para ello, de forma periódica se asoman a las tribunas de periódicos influyentes explayándose en las bondades de la gobernanza mundial sin demasiado éxito. Pero, ¿qué hay de nuevo en la gobernanza?

Si algo caracteriza al término gobernanza es su calculada ambigüedad. Si acudimos al Diccionario de la lengua española de la Real Academia encontraremos una acepción antigua que la define como “acción y efecto de gobernar o gobernarse” alejada de la actual “arte o manera de gobernar que se propone como objetivo el logro de un desarrollo económico, social e institucional duradero, promoviendo un sano equilibrio entre el Estado, la sociedad civil y el mercado de la economía”.

Más que un nuevo concepto nos encontramos con la redefinición de uno ya existente, una palabra que se moldea para adecuarla al contenido que los científicos sociales quieren, convirtiendo la acción indeterminada de gobernar en una manera concreta de gobernar. Con esta pequeña trampa de las palabras se consigue que un término sin contenido político en sí mismo adquiera connotaciones y una agenda específica. No merece la pena resaltar que el sano equilibrio entre Estado, sociedad civil y mercado se antoja como una utopía inalcanzable dada la naturaleza del Estado, caracterizado como competencia desleal tanto de la sociedad como del mercado -si es que son realidades diferentes-, cuyo punto de equilibrio solo se encuentra cuando los ha aniquilado o regulado hasta monopolizarlos.

Por otro lado, el alcance de la gobernanza es prácticamente ilimitado dada la vaguedad en sus definiciones. Hay gobernanza mundial para que los políticos encuentren recursos con los que controlar las actividades que traspasen las soberanías estatales pero también hay gobernanza local para llenar de regulaciones los nichos cercanos que todavía conservábamos y creíamos privados. Nada escapa a la gobernanza, incluso en el tiempo del relativismo puede hablarse de una gobernanza islámica para justificar el buen gobierno de acuerdo a las leyes de Alá.

Las fronteras de los estados parecen no ser suficientes para esta glotonería reguladora y se introducen nuevos actores que, al influir en la sociedad, deben ser regulados. Cualquier asociación espontánea o iniciativa que se produzca al margen del Estado debe encauzarse a través de esta visión estatista. Los factores económicos, qué menos, tampoco se quedan al margen y deben incluirse en la gobernanza. Todo, para que los poderes estatales puedan acometer sus desarrollos legislativos sin control, pues los presupuestos ya no tienen que aprobarse por mayorías, ni someter a los representantes al escrutinio de los electores, la única medida que cabe es su adecuación a la gobernanza.

La gobernanza no es más que un último intento por justificar la intromisión de la política en ámbitos que no siempre habían estado a su alcance y lo que tradicionalmente se había conocido como mal gobierno. Así, la imposibilidad efectiva de poner en marcha el sueño totalitario de un gobierno mundial sin competencia se aferra a la idea de una gobernanza global que no requiera de instituciones formales sino de estos controles difusos y objetivos ideales a las que tan acostumbradas nos tiene el positivismo que plasma los derechos, ya no de tercera, sino de cuarta generación, convirtiendo el deber ser en norma para transformar la realidad y, muy en concreto, al hombre, cuya naturaleza tozuda no siempre se pliega a los designios que dicta la vanguardia iluminada por la nueva religión del progresismo. 

No es de extrañar entonces su creciente uso en el mundo de la dictadura de la corrección política en el que la Ciencia Política analiza la realidad siempre y exclusivamente bajo el prisma del estatismo. El buen gobierno que había preocupado a los filósofos desde la Antigüedad es ya un parámetro de la ciencia del progreso y como tal no admite opiniones encontradas pues la verdad revelada no puede ser puesta en entredicho. Así, bajo un nuevo nombre se esconde la tiranía de siempre, la voluntad del poder político de escapar de cualquier tipo de control o supervisión; una nueva envoltura llamativa para el mismo caramelo envenenado de siempre.

Cuerpos perfectos, por ley

A la mayoría de nosotros nos gusta estar contentos con nuestros propios cuerpos. Hay quien hace dietas o recurre al ejercicio y hay quien no hace nada de lo anterior y vive aceptablemente satisfecho con lo que tiene. Por otra parte, nuestro cuerpo perfecto no tiene que responder a los cánones de belleza que en ese momento estén de moda. Hay gente que disfruta de su obesidad tanto como otros de su delgadez sin que ambas se perciban ni sean patologías.

Los cánones de belleza van y vienen como las modas textiles o artísticas. Sólo hay que comparar a divas del cine como Ava Gardner o Marilyn Monroe con las actuales Keira Knightley o Cameron Díaz para descubrir apreciables diferencias, lo mismo que si comparamos a los forzudos de las películas de Maciste con los cuerpos tableteados que dominan el canon de belleza masculino actual. En medio siglo, la estética ha experimentado un cambio que ya la quisieran para su causa los partidarios del calentamiento global.

La salud pública, los cuerpos perfectos, ha sido una preocupación de todo sistema político totalitario. Con el auge del cine, los regímenes nazi y soviético nos inundaron con películas que demostraban la buena forma física del nuevo hombre, ciudadanos ejemplares que eran capaces de ganar cualquier competición deportiva internacional en la que participaban, ciudadanos ejemplares que algunas veces veían como una raza inferior o una clase decadente terminaba por hacerles morder el polvo en la pista. Un cuerpo perfecto era el reflejo de una sociedad perfecta y por ello destinaban (y destinan) una importante cantidad de recursos a formar a estos deportistas. Esta identificación se realiza incluso en las actuales democracias occidentales cuyos gobiernos acaparan los triunfos deportivos como propios si el deporte es lo suficientemente popular.

De un tiempo a esta parte, la salud pública, los cuerpos perfectos se están convirtiendo en una prioridad para el Gobierno español. Hace unas semanas la ministra de Sanidad Trinidad Jiménez nos obsequiaba con un proyecto coordinado con las Comunidades Autónomas que pretende limitar/prohibir la venta de refrescos, chucherías y bollería industrial en el interior de colegios e institutos. Rápidamente la polémica se ha trasladado a la calle. ¿Son o no son buenos estos alimentos? ¿Contribuyen a un aumento de ciertas patologías como la obesidad y las enfermedades que en ella tienen su origen?

El problema radica no en estas preguntas que por sí mismas son importantes sino en que una vez más los poderes públicos, las instituciones que forman el Estado, se inmiscuyen en temas que debían ser resueltos por las familias y, en este caso, las instituciones escolares, que son las implicadas. Si tan horribles son estas “bombas de relojería metabólica”, que en la siguiente reunión los padres planteen a la dirección del instituto que se limiten o prohíban y ésta considerará su desaparición o sustitución por otros alimentos más saludables.

Hemos llegado a un punto en que las iniciativas que regulan la vida pública surgen desde las instituciones estatales hacia la sociedad y no al revés. El ciudadano ha perdido la dinamismo, la capacidad de dirigir su propia vida, la posibilidad de equivocarse y corregir o la de acertar. La preocupación por una salud aceptable es algo que, dentro de nuestra responsabilidad, debería surgir de nosotros mismos, pero la hemos terminado delegando. Y esto es paradójico cuando hoy por hoy los alimentos-medicina, las dietas saludables, las medicinas místico-orientales o los productos milagro inundan nuestras radios y televisores. Somos capaces de gastarnos una millonada en productos llenos de calcio que seguramente no digerimos o de vitaminas que en el mejor de los casos terminan saliendo tal como han entrado y parece que no nos preocupamos o no controlamos lo que comen nuestros hijos.

El Estado del Bienestar nos ha convertido en irresponsables. No debemos cuidar de nuestra salud, no debemos dar importancia a nuestra sexualidad, no debemos controlar las materias que estudian nuestros hijos, no debemos ahorrar para asegurar un futuro económicamente estable, no debemos preocuparnos por los periodos de carestía, no debemos hacer nada pues alguien vendrá a solucionarlo, aunque luego sea imposible. Para ello sólo hay que cumplir unas cuantas leyes, unas cuantas normas que surgen de las iluminadas mentes de nuestros comisarios políticos. Los cuerpos perfectos hay que trabajárselos desde jovencitos, por ley, que la Sanidad Pública tiene ya demasiados gastos como para que un mocoso o un vejete al borde de la muerte, pero que se niega a dejar este mundo, vengan a aumentarlos. Y es que somos unos egoístas.

De expectativas y engaños

¿Por qué la economía norteamericana parecía recuperarse con mayor vigor? ¿Acaso por la política monetaria más agresiva? ¿Por sus estímulos fiscales? ¿O será por su mayor flexibilidad y libertad de empresa? Responder a esta pregunta resulta ciertamente complicado sin recurrir a la teoría económica.

No obstante, hay casos interesantes que merecen la pena analizarse, y que pueden dar bastante luz para rechazar ciertas ideas.

La falacia en la que me detengo es una que pudo ser utilizada por los defensores del Gobierno español para negar públicamente la crisis económica. Dejando de lado la razón principal para hacerlo –la presencia de elecciones–, los más "sofisticados" podían pensar de la siguiente manera: "no podemos dar mensajes de alarma y crisis, puesto que ello generaría expectativas negativas en la población, lo que deprimiría el consumo y por tanto la economía en general, elevando el desempleo".

Con este argumento de corte tan keynesiano, y con un fundamento bastante endeble, se podía justificar el engaño y la manipulación de la población española. No en vano, estoy seguro de que parte de los economistas suscribirían este razonamiento por aquella época.

Sin pretender formular una crítica exhaustiva contra un argumento tan falaz como el de que la victoria en el Mundial nos sacará de la crisis, sí conviene al menos señalar sus errores más flagrantes. Y es que los riesgos de la economía española en 2007 y principios de 2008 parecían reducirse a un problema psicológico de expectativas. No importaba que hubiéramos sustentado nuestro crecimiento (artificial) en la expansión del crédito y la deuda exterior (con un déficit por cuenta corriente anual del 10% de nuestro PIB), o que tuviéramos un sector constructor e inmobiliario hipertrofiado en relación al resto de la economía. Lo que temían era que los españoles regresaran a la sensatez, poniendo fin a unas expectativas totalmente infundadas y finiquitando el boom artificial (e insostenible) de consumo e inversión en el que estábamos inmersos. En otras palabras, se buscaba perpetuar el engaño masivo que suponen las burbujas de crédito.

En contra de sus deseos, la crisis –proceso que supone el inicio de la vuelta a una estructura productiva con bases sólidas– golpeó a la economía española con virulencia, a pesar de los engañosos mensajes de que todo estaba bien.

Hoy, pues, podemos constatar el absoluto fracaso de la política informativa del Gobierno, al menos en la parte que presuntamente buscaba reanimar la economía. Al problema ético de engañar a los ciudadanos, se une la pérdida de credibilidad y confianza que inevitablemente se ha ganado la Administración Zapatero. No sólo eso, sino que de haber mantenido otra actitud, el ajuste de la economía española –en especial el necesario ajuste a la baja de los precios de las viviendas– podría haberse producido con mayor celeridad.

Conviene constatar una vez más lo erróneo de algunas de las ideas keynesianas que han servido de respaldo teórico para los políticos y que bien podrían estar conduciéndonos a un prolongado período de estancamiento.

Los keynesianos no tienen nada que ofrecer

Bien está, aunque de momento ninguna de las respuestas me resulta convincente. Las hay contrarias a que los déficits perduren, como la de Niall Ferguson, pero por desgracia las bases teóricas sobre las que se asientan son bastante endebles.

La columna que más me ha llamado la atención ha sido la de Brad DeLong, economista de cuya honradez intelectual no cabe dudar, pues, aparte de mentir sobre la naturaleza liquidacionista del ex presidente estadounidense Herbert Hoover y de ser el compinche del  mendaz Krugman, es uno de los más fervorosos críticos de Hayek… pese a reconocer que no le ha entendido.

En su columna, DeLong nos dice que, en el mercado, cuando hay un exceso de oferta de algunas mercancías es porque hay un defecto en la oferta de otras: si hay coches que no se venden, sostiene DeLong, eso quiere decir que se han producido demasiados automóviles y muy pocos televisores; es decir, la gente no quería coches, sino teles.

El argumento es correcto, y es ni más ni menos lo que vino a decir Jean Baptiste Say en la hoy injustamente denostada ley que  lleva su nombre. El problema surge cuando DeLong pretende ir un poquito más allá, se pone a hacer saltos mortales keynesianos y defiende que lo que hoy se está demandando en exceso (aquello que estamos infraproduciendo) son activos seguros como el dinero o, sí, deuda pública del Gobierno de EEUU. Así, con el despilfarro público todos ganamos: dado que los agentes están demandando deuda pública, es un deber del Gobierno incurrir en enormes déficits para proporcionársela; una vez todas las demandas obtengan satisfacción de sus respectivas ofertas, la crisis llegará a su fin.

No voy a pararme a examinar la parte más flagrantemente torpe del argumento: si el Gobierno estadounidense sigue endeudándose sin límites, su deuda dejará de ser un activo seguro. DeLong trata de refutar esta posibilidad, pero no es ni mucho menos el principal defecto de su exposición. Sea como fuere, baste decir que la conclusión a la que llega mueve a la compasión: según este economista, los mercados financieros nos avisarán cuando la solvencia de EEUU se resienta, y sólo entonces habrá llegado la hora de ser austeros. Los keynesianos llevan años (décadas) echando pestes de la especulación y del ingenuo argumento de que los precios de mercado resumen toda la información existente, y ahora se encomiendan a la fiabilidad del precio de la deuda estadounidense… determinado por esos mismos especuladores.

Contradicciones al margen, me interesa más refutar el resto de la teoría que DeLong da por evidente. ¿Es cierto que hay un exceso de demanda de activos seguros? En parte sí, no lo voy a negar; es más, yo mismo he empleado en ocasiones este argumento. Cuando los impagos se generalizan, los inversores tratan de refugiarse en los activos más seguros, como el dinero en efectivo, la deuda pública de los Estados más solventes o, en última instancia, el oro. Sin embargo, mal haríamos –y muy mal hace DeLong, si quiere dárselas de economista profesional– en pensar que la demanda de activos seguros es, por decirlo de algún modo, una demanda final. Cualquiera con una mínima formación financiera sabe, o debería saber, que los fondos que se destinan a adquirir un activo financiero se emplean más tarde a adquirir activos reales. Pensemos en una empresa que vende bonos y, con el dinero captado, contrata trabajadores, adquiere un edificio, compra materias primas… Si logra emplear todos esos recursos de manera suficientemente productiva, será capaz de amortizar en el futuro los bonos que ha vendido abonando un cierto tipo de interés.

Los empresarios, pues, se endeudarán siempre que quieran demandar factores reales, y los ahorradores les proporcionarán crédito si esperan que la rentabilidad de la inversión que van a emprender alcance para pagarles el tipo de interés que exigen.

Ahora mismo, los inversores no quieren endeudarse porque no ven forma de emprender inversiones lo suficientemente rentables y seguras como para abonar los tipos de interés que piden los ahorradores. De modo que sí, hay una demanda excesiva de activos seguros, pero no es posible producirlos porque no existen inversiones seguras; hasta que la crisis termine, las únicas inversiones que pueden ofrecerse son bastante inseguras y, por ello, la deuda con que se las financia no puede serlo menos. Algo similar cabría decir sobre el exceso de demanda por inexistentes tratamientos médicos que nos garanticen la vida eterna. Cualquiera que los ofreciera hoy, muy probablemente estaría timando al personal.

Pero hete aquí que el Gobierno sí tiene patente para timar al conjunto de la sociedad. Durante un tiempo, el Estado puede endeudarse sin riesgo de impago. El repago de la deuda pública procede de los impuestos y no de la rentabilidad de las inversiones. Es decir, su capacidad para amortizar la deuda no depende, como en las empresas privadas, de que invierta bien, sino de que expolie mejor. El Estado tiene por ello una enorme capacidad para captar ahorros, al menos mientras se mantenga solvente.

Pero el asunto no acaba sino que empieza aquí: la cuestión clave es qué piensa hacer con ellos una vez los ha captado. DeLong detiene ahí su reflexión; muy en la línea keynesiana, parece opinar: "Haga lo que haga con ellos, el Estado logrará relanzar la economía". ¿En serio? Si se sienta sobre las millonadas de fondos que capta, ¿también lo logrará? ¿Y si los utiliza para construir aún más viviendas? ¿O si, como proponía Keynes, coloca el dinero en botellas y las esconde en un hoyo?

Creo que resulta evidente que, una vez se haya satisfecho la demanda de activos seguros –si es que llega a saciarse en algún momento–, la crisis no habrá ni mucho menos terminado, pues la cuestión fundamental es cómo se emplean los recursos reales de la economía: no cualquier uso de los mismos nos permite generar riqueza.

La simpleza del argumento de DeLong sólo pone de relieve la estatolatría innata a buena parte del keynesianismo. Lo que los empresarios no pueden hacer (encontrar inversiones lo suficientemente rentables), es capaz de conseguirlo el Estado con un mero chasquido de dedos. ¿Que el Estado no puede acometer proyectos de inversión más seguros y rentables que el sector privado? ¿Y qué más da? El místico multiplicador keynesiano hará de las suyas, y si no, a largo (y a corto) plazo, todos muertos.

No quiero ser reiterativo, pero la solución a la crisis la auténtica, la que no ha sido falsificada por la propaganda keynesianapasa única y exclusivamente por corregir las malas inversiones reales para que la economía pueda producir lo que los consumidores quieren consumir. Y para ello, en buena medida hace falta que reduzcamos nuestro apalancamiento, liquidemos las malas inversiones y reorganicemos los factores productivos. De ahí que sea imprescindible liberalizar estos últimos y ajustar el presupuesto: si tenemos que reducir nuestro endeudamiento, a buen seguro la solución keynesiana de continuar cebándolo no sirve. Por mucha calidad que supuestamente tenga la deuda.

La crisis como periodo de ruptura

Los economistas austriacos, entre otros, enfatizan el carácter dinámico de los procesos económicos y la constancia del cambio en la información, conocimiento y circunstancias del mercado. La única constante en la realidad es el cambio, se dice.

Los acontecimientos más recientes relacionados con la crisis financiera y económica pueden analizarse con la idea del cambio o disrupción en la cabeza. Así, la actual coyuntura podría ser vista como un periodo de cambios sustanciales y rápidos (ruptura), algunos inesperados, y otros que pueden afectar de forma permanente en el largo plazo.

Se podrían distinguir tres niveles de cambio. En primer lugar, el cambio inesperado o disrupción (shock) que ha supuesto la gravedad e intensidad, o incluso la simple llegada, de la Gran Recesión. No importan tanto las “condiciones objetivas” que hacían de esto un suceso inevitable, tal y como advertían algunos economistas, sino cómo las percepciones y expectativas subjetivas de los agentes (familias, inversores, empresarios, policy-makers) se han visto sacudidas por la realidad. Por otro lado, también a buena parte de los expertos y analistas la crisis les cogió totalmente desprevenidos. Ahí tenemos el nefasto registro predictivo de la Reserva Federal norteamericana o del Fondo Monetario Internacional.

En segundo lugar, tal y como explica la teoría austriaca del ciclo económico, el periodo de crisis es la fase en la que deben liquidarse y depurarse los errores masivos en los que se ha incurrido en la fase de expansión, en forma de malas inversiones, exceso de endeudamiento, etc. Los reajustes masivos dan lugar a un proceso de “destrucción creativa”, donde la función empresarial debe tomar el papel protagonista para descubrir la información relevante y actuar en consecuencia en un contexto incierto. Los procesos microeconómicos que se llevan a cabo en este periodo pueden ser la manifestación más clara y evidente de la naturaleza dinámica, y en algunos casos disruptiva, del mercado. Los errores de inversión deben ser descubiertos y corregidos. Los recursos deben moverse lo más rápidamente posible de los usos anteriores a nuevos usos que se consideren más prometedores, según las preferencias de los consumidores. El concepto hayekiano de competencia como proceso dinámico de descubrimiento toma gran relevancia. Pero el éxito de estos procesos de ajuste depende crucialmente del marco institucional y las políticas gubernamentales.

Así, en tercer lugar, tenemos los sustanciales cambios en el terreno de las políticas y el marco regulatorio e institucional. En parte como un intento para evitar los dolorosos reajustes que se requieren, especialmente en términos de costes políticos, el gobierno y las autoridades monetarias se auto-convierten en salvadores de la economía de mercado y el sistema financiero. Pero es probable que en cierta manera, más que ayudar y solucionar los problemas, estas medidas obstaculicen el proceso de reajuste y distorsionen el medio en que debe desarrollarse la función empresarial: generando incertidumbre adicional (Robert Higgs), retrasando el ajuste de precios y de la estructura productiva (mercado inmobiliario en España), y distorsionando el sistema de precios, beneficios y pérdidas.

Por último, estos cambios, en concreto, las medidas gubernamentales sin precedentes en varios ámbitos, pueden generar efectos permanentes de largo plazo sobre la estructura institucional de las economías de mercado y su balance entre Estado y Mercado. Quizá más importante sean las reformas que se planean como reacción a la crisis, especialmente en el sistema financiero. También pueden vislumbrarse cambios de calado en el terreno ideológico y académico. No obstante, nos falta una suficiente perspectiva histórica sobre los acontecimientos recientes como para asegurar el signo de los cambios en esta materia.

Si bien los primeros compases de la crisis dieron lugar a una intensa oleada de intervencionismo global de los gobiernos –lo que encaja perfectamente con la teoría del crecimiento del poder del estado en la sociedad de Robert Higgs- y un desafortunado descrédito de los mercados libres, en la actualidad se está cuestionando la efectividad de esas primeras medidas (rescate indiscriminado de bancos, estímulos fiscales a base de deuda pública…). Además, se está actuando –de forma forzada- para poner las cuentas públicas en orden y reducir el peso del sector público.

Lo que parecía una deriva intervencionista de gran magnitud tras la crisis, se ha visto matizada por el poco margen de endeudamiento público, el fracaso de las políticas de estímulos públicos, y el riesgo de quiebras soberanas que pende como una espada de Damocles sobre algunos estados.

El pulpo Paul como animal de compañía

A solamente un partido del cierre del Mundial de Fútbol de Sudáfrica, una no puede sino dejarse apabullar por la cantidad de reacciones, unas esperadas y otras no tanto, en toda la población.

Por un lado, ha resurgido un espíritu nacional con olor a otros tiempos que ha puesto de manifiesto el desapego de las propuestas de los políticos de la realidad de la gente. ¿Cuántos habitantes de Cataluña no van a querer participar en otro mundial con la selección? Muy pocos. Mientras Jordi Pujol anima a la gente a participar masivamente en la manifestación de protesta por la sentencia del Tribunal Constitucional, la gente se lanza a la calle para celebrar el gol español frente a Alemania del catalán Puyol. Curiosa coincidencia.

Los ciudadanos de a pie, hastiados de declaraciones de unos y de otros, abominan ante cualquier comentario de los políticos que se salga del “sólo fútbol”. La gente normal, que lo único que quiere es que le dejen disfrutar al menos de una actividad en la que no nos va mal, incluso si quedamos segundos frente a Holanda, va a su trabajo o a la oficina del INEM con otro ánimo. Hasta Zapatero ¡cómo no! trata de arrimar el ascua a su sardina y bromea sin gracia acerca del “diferencial” con Alemania. Un comentario de muy mal gusto si tenemos en cuenta la responsabilidad de su mala gestión en nuestro panorama económico.

Como siempre, surgen diferencias porque para gustos, los colores, y como muestra están los seguidores de la Roja que ponen intención izquierdosa en el rojo, los que destacan que solamente ganamos si la selección viste de azul… pero ahí estamos todos persiguiendo un único fin: olvidar la realidad y pensar que “podemos” hacer algo juntos.

Lamentablemente el “día de después”, que encima cae en lunes, volverá la manifestación de los separatistas catalanes y la presión del FMI, que ha rebajado las previsiones de crecimiento de nuestra economía mientras estábamos pendientes de Iker Casillas. Volverá la incapacidad del Gobierno de gobernar en equipo, la incapacidad de la oposición de hacer lo que se espera de ella: frenar la barbarie gubernamental en vez de llevarse las manos a la cabeza cuando ya ha sucedido lo que deberían haber evitado.

Pero un análisis un poco más crítico nos lleva a una triste conclusión. A los españoles nos apasiona sentarnos a mirar cómo lo hacen quienes supuestamente nos representan. Nos encanta criticarles, aplaudirles, animarles y quemar las calles de nuestras ciudades cuando salen victoriosos… ellos. Cuando ese grupo de hombres, que ha entrenado y se ha esforzado, y que va a cobrar una prima casi obscena, sale al campo y gana. No nos representan realmente. Yo no he participado en su esfuerzo, ni siquiera he decidido quién sale o no. Solamente enciendo la televisión y grito o no, a favor o en contra. Me pinto la cara, molesto a los vecinos con las trompetillas, me dejo llevar y aprovecho para correrme una juerguecilla con los amigotes.

Pero si hay que mover un dedo… ¡ay! Entonces nos invade el desaliento, incluso si se trata de protestar porque el Gobierno sube los impuestos y no deja de despilfarrar nuestro dinero, porque hay casi cinco millones de parados y los sindicatos se lo llevan calentito… Aguantamos lo que sea. Eso sí, si alguien osa declararse en huelga futbolística recibe una tonelada de miradas reprobatorias como si una viniera de Marte (o peor).

Con el fin del Mundial, llegan casi las vacaciones de verano. Para algunos será la antesala del paro otoñal. Para otros, un narcótico antes de emprender la subida al Everest del mes de la vuelta al colegio y al trabajo siendo mucho más pobres que antes. La ocupación hotelera será buena, las cifras económicas nos darán un descansito, y seremos campeones o subcampeones del mundo, ni más ni menos.

Pero ello no arreglará el diferencial de nuestra deuda soberana, seguiremos colocándola a un precio altísimo. Ni dará trabajo a los parados. Ni ayudará a que quien no hizo nada cuando pudo para evitar que la crisis nos diera tan de lleno, salga de la poltrona presidencial. Ni inyectará sentido común a la oposición para que barra la corrupción de sus patios, para que sea una oposición real. Ni bajará de la parra a los sindicatos que obstaculizan la reforma laboral necesaria con sus convenios colectivos, hablando en nombre de los trabajadores pero financiados por el dinero de todos.

Y si de algo debería servir el descanso estival es de período de reflexión, no para decidir cuál va a ser el futuro del pulpo Paul, que adivina sin fallo quién ganará el partido, sino para tomar las riendas de nuestro propio futuro y ponernos manos a la obra.

Pastores de almas

Una de las constantes ideológicas durante la Transición fue la chanza y la chirigota que provocaba entre la intelectualidad de izquierda los hábitos, usos y costumbres de la derecha, en especial la más conservadora. Durante el final de la década de los años 70 y durante casi toda la de los 80, todo lo que sonase a irreverencia, desenfreno y ataque a la tradición se puso de moda.

Fue la época de las Vulpes, la del cine de un director manchego llamado Pedro Almodóvar que también cantaba con MacNamara, fue la época de las películas S, la del amor libre, la del destape, la época en la que fumar porros y posar con las reinas del desnudo y las musas de la transición era bien visto hasta para un alcalde con gafas de miope, de edad avanzada y fama inmerecida. Fue la época en la que el divorcio confundía el pecado con el derecho, era la época en la que las pudientes abortaban en Londres y en España se manifestaban al grito de “nosotras parimos, nosotras decidimos” sin que el nonato tuviera demasiada voz en una televisión cada vez más controlada por la izquierda mediática y política.

Fue una época donde la tradición -se la inventara Franco o se remontara a las legiones romanas-, la familia, la música tradicional, la Iglesia Católica podían ser pasto de cínicas canciones, de guiones más o menos afortunados, de novelas y ensayos de plumas que ya venían despuntando desde los pozos más profundos del franquismo o de otras que no habían juntado dos letras en su vida hasta ese momento.

Si alguien se molesta en comparar esa izquierda de hace 30 años con la izquierda actual podría llegar a la conclusión de que es algo esquizofrénica. Mientras en los años 70 y 80, el humo, el alcohol, las drogas y el desenfreno eran las constantes, en la actualidad, se tramitan leyes contra el tabaco, se sigue persiguiendo la droga que no se despenaliza y la publicidad de los licores se limita a sitios y zonas donde no molestan ni invitan al desenfreno etílico. Mientras que en esa época la gente aprendía todo lo que hay que saber sobre el sexo de los amigos y amigas, de aventuras veraniegas, de dime tú qué hay que hacer para no pillar eso y lo otro o no ser padre o madre antes de tiempo, hoy nos hacen un completo mapa del clítoris, enseñan técnicas de masturbación a edades donde antes como mucho se jugaba a vaqueros e indios o a las muñecas de Famosa. El sexo se ha convertido en un asunto de estado, de salud pública, donde cualquier cosa está permitida y a la vez prohibida, dependiendo de si molesta o no a nuestros egregios dignatarios.

Podría ser esquizofrenia, pero no lo es. Es simple ingeniería social. La meta del socialismo, ya sea la del comunismo más totalitario o la de la socialdemocracia más suave, es el paraíso en la Tierra y para eso necesita crear un hombre nuevo. La izquierda de los años 70 y 80 se enfrentaban a una tradición española que iba mucho más allá de la ingeniería social franquista, se enfrentaba a una tradición ligada a la familia, a la Iglesia Católica, a siglos de historia y desde luego a cierta mitología que unía todo lo anterior.

La izquierda se esforzó en eso en lo que tanto destaca, la propaganda y la cultura contestataria, que no tiene por qué ser necesariamente de izquierdas, y empezó a transformarlo en ideología. Actores, actrices, directores, escritores, pintores, escultores y demás artistas empezaron a crear embriones de lo que hoy nos ha dado por denominar “los artistas de la ceja”. Cada ataque, cada crítica, cada risa, cada ironía erosionaba la moral tradicional y contribuía a crear otra que poco a poco se parecía a aquello que se buscaba. Cada nueva reforma educativa ayudaba, a costa de reducir el nivel de conocimientos, a enseñar a los púberes una nueva moral que tarde o temprano, y en un número cada vez mayor, terminarían transmitiendo a sus hijos. Al llegar al poder, los políticos izquierdistas encontraron en la legalidad una estupenda herramienta para anular esa tradición, para acelerar el proceso, para crear el nuevo hombre que buscaban.

Era cuestión de tiempo, algunos no verían los resultados, pero con paciencia se hace el camino. En los 70 y los 80, la copla era propia del régimen franquista y debía ser ridiculizada, en la España de Zapatero, la copla y el flamenco son dos formas de expresión artística socialmente aceptables. En los 70 y los 80 cualquier expresión podría ser arte, en la España de Zapatero, el arte es lo que la subvención determina. En los 70 y los 80, fumar, drogarse, beber y fornicar era liberarse, en la España de ZP puede ser perjudicial para la sociedad perfecta. En los 70 y los 80, había que destruir, en la España de ZP hay que crear. Al fin y al cabo, son simples pastores de almas.

Orden adaptativo del mercado libre y descoordinación estatal

Es intelectualmente muy ingenuo tratar a toda la economía como un sistema en equilibrio estático perfectamente ajustado que se ve sometido a perturbaciones pequeñas de naturaleza estocástica (modelo que no explica el origen y la dinámica del orden y según el cual las crisis sistémicas ni deben ni pueden suceder). El paradigma adecuado para la ciencia económica es justo el contrario: estudiar cómo surgen evolutivamente y de forma dinámica órdenes parciales y locales, cómo crecen, se mantienen o desaparecen, cómo se acoplan y desacoplan las diferentes partes de un sistema hipercomplejo mediante las interacciones de múltiples agentes con capacidades limitadas. Ciertos agentes especialmente poderosos, los estados intervencionistas, tienden a descoordinar la sociedad y son causa de crisis económicas recurrentes.

Los seres humanos actúan como agentes económicos intencionales para satisfacer sus deseos según sus capacidades: hacen lo que pueden para conseguir lo que quieren. Las capacidades son siempre limitadas (tanto físicas como cognitivas); las preferencias son en principio ilimitadas (es fácil querer más y mejor), subjetivas y relativas (se prefiere una cosa frente a otras), lo cual implica que toda acción tiene un coste de oportunidad (el valor de aquello a lo que hay que renunciar para alcanzar un objetivo deseado).

En un entorno social libre, las personas no suelen actuar de forma independiente y aislada trabajando y produciendo cada uno solo y solamente para sí mismo, sino que son productores especializados y consumidores generalistas: se dividen el trabajo e intercambian bienes y servicios. Las economías complejas son muy productivas gracias a la especialización y la acumulación de capital; en ellas los participantes se vuelven progresivamente más y más interdependientes: cada uno hace cada vez mejor un número más pequeño de tareas y externaliza el resto, de modo que depende de los demás para más cosas (como productor, sus habilidades podrían volverse innecesarias; como consumidor tal vez necesite bienes o servicios difícilmente sustituibles).

Es esencial que los canales de distribución funcionen bien para facilitar los intercambios, que el dinero sirva de forma efectiva como depósito de valor, medio de intercambio y unidad de cuenta, que los precios funcionen como señales que revelen e integren información dispersa acerca de la oferta y la demanda, y que existan procesos de control de calidad de los productores (libre competencia, posibilidad de acceso de nuevos empresarios y quiebra de los fracasados). Especialmente importantes son los tipos de interés (para la coordinación intertemporal de producción y consumo) y los mecanismos de gestión de la confianza o crédito (para préstamos e intercambios diferidos).

La división del trabajo y la estructura productiva resultante no son resultado de ningún plan centralizado diseñado conscientemente. Para una sociedad mínimamente compleja (mayor cantidad de personas y posibles preferencias, capacidades, acciones e interacciones) es sencillamente imposible juntarse todos y ponerse de acuerdo (la comunicación verbal es un canal lineal de escasa capacidad, y las capacidades humanas de atención, memoria y procesamiento de información son muy pequeñas; tal vez el lenguaje no pueda expresar con claridad y precisión lo que la gente quiere y puede hacer en realidad; siempre son posibles los desacuerdos y las diferencias irreconciliables, la incompatibilidad de los planes personales); tampoco existen los planificadores o coordinadores con los conocimientos y la benevolencia necesarios como para confiar en ellos la dirección centralizada de la actividad económica.

Todo proceso productivo (la preparación de la producción y la producción misma) lleva tiempo: el aspirante a productor debe invertir previamente recursos en alcanzar la capacidad necesaria para realizar su tarea (aprendizaje, adquisición de capital humano, profesionalización); el profesional competente necesita bienes de capital, su propia capacidad laboral y tiempo para poder obtener frutos por su trabajo. Estos procesos de preparación y producción suelen ser tan largos que es posible que las condiciones del mercado sean muy diferentes al final que al principio: los gustos de los compradores pueden cambiar, la competencia puede producir mejor o más barato, o aparecen nuevas tecnologías. La satisfacción de los consumidores con lo ofrecido por un productor no está garantizada de antemano, es posible fracasar, obtener pérdidas y tener que abandonar una línea de producción.

Se produce un acoplamiento exitoso entre productores y consumidores (sean consumidores finales  o productores intermedios necesitados de suministros) cuando los productores hacen lo que los consumidores quieren a precios que los consumidores están dispuestos a pagar y que permiten a los productores obtener beneficios y permanecer en el negocio. El éxito se demuestra mediante los intercambios voluntarios (preferencias demostradas), no mediante declaraciones verbales de satisfacción. Antes de comenzar sus proyectos los productores pueden preguntar a los consumidores qué quieren y a qué precios, pero la obtención y la gestión de esta información es muy problemática  y los consumidores no quedan comprometidos a actuar como han declarado. Cualquier productor debe intentar estimar la demanda futura de sus servicios, la disponibilidad de los suministros que necesita, y la actuación de la competencia.

Para reducir la incertidumbre respecto al éxito de una actividad económica es posible recurrir a contratos mediante los cuales las partes se asocian y se comprometen previamente a proporcionar o adquirir un bien o servicio. Una economía exitosa requiere libertad contractual para poder adaptarse a las distintas condiciones de tiempo y lugar, y un eficiente sistema institucional que garantice el cumplimiento de lo pactado. Una empresa es una red de contratos de cooperación productiva: accionistas, prestamistas, socios, cooperativistas, trabajadores, proveedores e incluso clientes pueden ligarse mediante compromisos que garanticen la coordinación futura en condiciones pactadas de antemano.

El acoplamiento entre productores y consumidores no es perfecto ni estático: surge de forma evolutiva mediante cambios adaptativos progresivos: dada una estructura económica en un instante determinado, cada productor debe decidir empresarialmente qué hacer, si seguir igual, reducir o expandir capacidad productiva, producir lo mismo de otra manera o producir otras cosas. Estas decisiones son especulativas y estratégicas, necesitan basarse en predicciones o estimaciones de cuáles van a ser las preferencias de los consumidores y las actuaciones de los potenciales cooperadores o competidores. La adaptación evolutiva se produce mediante ensayos y comprobaciones: los productores proponen y los consumidores valoran sus propuestas como acertadas o fallidas. Los productores exitosos permanecen en el mercado y pueden incluso aumentar su poder de acción; los productores fracasados ven su poder de acción reducido e incluso quizás tengan que abandonar el mercado. El sistema económico se ajusta constantemente en el límite del caos: no hay un orden total inmutable ni un caos carente de toda regularidad o referencia estable.

Los ajustes son más fáciles si el sistema económico es descentralizado, distribuido y redundante, con agentes interactuantes relativamente pequeños, reemplazables y con un número limitado de conexiones con el sistema, de modo que sus fracasos puedan ser asumidos con facilidad y los recursos liberados reasignados con rapidez. Las asociaciones humanas coordinadas (y sus dirigentes o gobernantes) son agentes sociales y económicos mucho más poderosos que cada individuo por su cuenta. Un agente grande, con mucho poder de acción y muchas conexiones con otros participantes en el sistema, es un elemento crucial de la estructura de producción y consumo: su actuación acertada puede facilitar la coordinación social, pero sus errores pueden implicar graves influencias desestabilizadoras. Una empresa en un mercado libre crece en la medida en que satisface a los consumidores: su tamaño no es una amenaza para la estabilidad del sistema.

Los estados intervencionistas son agentes descoordinadores de alto poder. En general han abandonado los intentos comunistas y socialistas de planificar coactivamente toda la producción, pero continúan usando su poder coactivo para practicar la ingeniería social y económica causante de los ciclos de auge y crisis: distorsionan la institución del derecho mediante la legislación rígida y burocrática; controlan de forma incompetente el dinero y el crédito; privilegian a unos a costa de otros; ofrecen garantías que generan riesgo moral y conductas excesivamente arriesgadas; diluyen el sentido de responsabilidad de los agentes, que no se supervisan mutuamente e intentan traspasar a otros los costes de sus errores; dificultan la empresarialidad, con los ciudadanos acostumbrados a recibir órdenes y deseosos de integrarse en burocracias parasitarias; generan dependencia de sus servicios asistenciales y sus transferencias de riqueza (pensionistas, parados); amplios sectores económicos dependen de la voluntad política (educación, salud, obra pública, medios de comunicación); pretenden obrar en defensa del bien común y como representantes de la voluntad general democrática cuando en realidad se aferran al poder, reparten favores y defienden intereses organizados.

Los fracasos empresariales depuran los errores del sistema, lo reconfiguran y recuerdan a los supervivientes que deben estar alerta. La ausencia de quiebras en un sector económico podría ser señal de buena salud empresarial generalizada, pero también puede ser resultado de protecciones estatales que ocultan los errores y los acumulan gradualmente hasta que son imposibles de contener y se desencadena una crisis catastrófica (como una avalancha destructiva que podría haberse evitado con sucesivas disgregaciones inofensivas). Las etapas de prosperidad engañosa e insostenible y la crisis correctora son asimétricas: la confianza se extiende en exceso gradualmente pero se pierde de repente; en el auge los recursos económicos se redirigen a proyectos existentes aparentemente más rentables que expanden sus operaciones, mientras que en la crisis se destruyen muchas empresas y es preciso reconstituir proyectos sin apenas referencias de éxito. La crisis no se arregla intentando a ciegas que haya más actividad económica: el problema esencial es la dirección inteligente, atributo ajeno a políticos y burócratas.

Los gobiernos causantes de las crisis critican al mercado libre por ser el presunto culpable de las mismas y por no ser capaz de hacer milagros imposibles y resolver rápidamente los problemas de coordinación económica mientras se encuentra maniatado por la coacción estatal. La peor decisión causante de la crisis fue dar más poder al Estado: la crisis podría ser el momento del arrepentimiento y la remoralización de la sociedad, de dejar de intentar vivir a costa de los demás o de exigir garantías donde no puede haberlas.

Lo bueno de la crisis

…una crisis económica, social y política que llevó a los británicos a darle la mayoría a Margaret Thatcher, una mujer que estaba dispuesta a salvar a su país por medio de reformas económicas. Ronald Reagan llegó a la presidencia de los Estados Unidos dos años más tarde, en enero de 1981.

Heredaba también una crisis múltiple, una economía devorada por la inflación, un país sin orgullo, una sociedad en parte corrompida. Impuso desde la Casa Blanca un menor crecimiento del gasto público, impuestos más sencillos y moderados, menos regulación y el control de la inflación. Hasta las antípodas llegó la oleada de keynesianismo, que derivó en una grave crisis económica, y también política.

Un gobierno laborista, bajo el lema de "haremos lo que sea correcto", impuso en 1984 un programa de reformas, que incluía recortes, privatizaciones, control de la inflación y liberalización comercial. Para entonces, Irlanda ya había completado su ciclo de crisis y reformas, que asentaron, como en los casos anteriores, las bases de una larga era de prosperidad.

Aunque no hay leyes históricas sin escapatoria, todos estos ejemplos responden a una misma lógica, además de a un mismo período histórico. El Estado se vale de cualquier razón para crecer sin medida, pero es un parásito, y su voracidad puede llevar a la economía privada, de la que se nutre, a una grave crisis. Cuando llega ésta, sólo cabe echarse atrás, podar las políticas más dañinas para darle un desahogo a la economía real. Soltar algunas cadenas, porque la sociedad no puede más con tanta intervención, tanto gasto, tanta inflación.

Los excesos del intervencionismo se acaban purgando con un duro período de reformas, que liberan al mercado y le permiten cumplir su papel, que es el de multiplicar la riqueza y llevar la prosperidad hasta el último rincón. Pero ocurre que sobre esa recobrada prosperidad, el Estado vuelve a retomar sus posiciones y lanza nuevos proyectos de socialización, regulaciones en ámbitos nuevos de la actividad, como por ejemplo el medio ambiente, sube los viejos impuestos y si es posible impone otros nuevos.

¿Qué decir de la inflación, que es el camino más eficaz para llevarnos a todos a un crecimiento engañoso, a él el primero? Los impuestos, el gasto, la regulación, atenazan a la economía privada. La inflación le da primero impulso, pero luego le lleva a la crisis. Y al final, ésta llega también al propio Estado. Ese es el punto en que nos encontramos.

Y, de hecho, aquí estamos, otra vez hablando de reformas. Incluso el presidente más alejado de la realidad, como es Rodríguez Zapatero, que es también el menos proclive a introducir penosas reformas económicas, ha impuesto pequeños cambios en el mercado laboral, deja caer que habrá copago en la sanidad, se verá forzado a reformar las pensiones públicas, y ya ha tenido que podar, siquiera modestamente, el gasto público.

Este sábado, en ABC, el ministro de trabajo, Celestino Corbacho, reconocía que también había que reformar el sistema de prestaciones a los parados. Nada de lo que haga Zapatero será suficiente, pues no cree en las reformas. Quedará para su sucesor la decisión de acometer un verdadero plan de ajuste, que liberalice la economía, para permitirnos volver a ser prósperos, o agonizar en una larga crisis.