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Etiqueta: Proceso político: tª estado elección pública y democracia

Haití

Las polémicas palabras del obispo de San Sebastián, José Ignacio Munilla, fueron más o menos que "existen males mayores que la tragedia de Haití". Enseguida asistimos al revuelo de todos los columnistas, contertulios o presentadores de radio y TV bienpensantes. Ya se la tenían guardada a este flamante obispo, por el terrible delito de haber suscitado con su nombramiento episcopal un cierto reproche entre algunos curas supuestamente nacionalistas. Seguro que algo mal habrá hecho, pensaron antes de averiguar mínimamente la verdad sobre las cosas (verdad que salió a relucir después, en una cálida y multitudinaria acogida en la catedral donostiarra).

Total, que ha sido la ocasión propicia para criticar de nuevo a Munilla, esta vez por su aparente frialdad y falta de consideración ante el dolor ajeno y la pobreza de esa nación caribeña. Hasta tal punto que el obispo se vio en la necesidad (innecesaria, a mi juicio) de tratar de matizar sus palabras, seguramente algo cohibido por la presión mediática en medio de todas las circunstancias que acabo de señalar.

En mi opinión esa frase es correcta, desde un punto de vista filosófico, antropológico o teológico. No es cuestión de extendernos en ese tercer aspecto, que curiosamente ha despertado un inusitado interés entre políticos y periodistas bien orgullosos de su ateísmo, pero que enseguida hablan ex catedra sobre cuestiones religiosas. En cuanto a los dos primeros puntos, me parece evidente defender que los males morales son peores que los males físicos; aunque a veces menos impactantes, informativamente hablando. Lo último que le puede ocurrir a un caballo es romperse una pata; sin embargo, podría escribirles aquí una inacabable lista de males que le pueden ocurrir a un ser humano peores que esa fractura ósea. Yo, desde luego, prefiero que mi mejor amigo me rompa una pierna a que me engañe, me traicione, me deje en la estacada…

Claro que la muerte y el sufrimiento físico son terribles. Pero el abuso moral y las heridas espirituales son peores. Esto lo empieza a tener claro el propio ordenamiento jurídico, que contempla por ejemplo el acoso psicológico, ese mobbing inmaterial, como algo igualmente delictivo, si no más, que el físico.

Lo que me lleva a una segunda consideración: ¿qué es lo que verdaderamente necesita hoy el pueblo haitiano? Pues, en mi opinión, menos ayudas materiales y más fortaleza moral e institucional. Peor que este desastroso terremoto han sido, a mi juicio, muchos años de abusos y corrupción; de crímenes, extorsiones y robos. Incluso desde una perspectiva simplemente cuantitativa, las muertes de haitianos inocentes han sido mayores en los sucesivos regímenes dictatoriales y opresivos que con este inesperado desastre natural.

Sin embargo, lo que prima a nuestro alrededor es un frenesí social por el de envío de aviones, bomberos y latas de albóndigas… Pido disculpas por la ironía, que ya sé que no es políticamente correcta, y ya sé que en este momento hay personas muriendo de hambre, enfermedad o deshidratación. Pero lo escribo adrede para que seamos capaces de enfocar el problema correctamente: lo que verdaderamente necesita Haití es un Gobierno justo y representativo, que atienda los problemas con racionalidad, que administre los bienes equitativamente y que distribuya las ayudas internacionales sin sospechas de robo. Ayudar a la constitución de este tipo de autoridades es una tarea mucho más importante que un envío de alimentos que tal vez sea más urgente en estos días, pero resulta insignificante a largo plazo. Eso es lo que deberíamos exigir a nuestros gobernantes nacionales y mundiales. Aunque me temo que tal vez sea más fácil pedirle a la tierra que deje de moverse.

Acabar con los supervivientes

Es un fenómeno tan viejo como la humanidad, que actualmente sólo pervive en grandes proporciones en los regímenes de inspiración marxista. Si el Estado no te permite intercambiar tus productos o tu trabajo o lo hace imposible con sus regulaciones, los ciudadanos seguirán enriqueciéndose mutuamente a través de intercambios privados a espaldas del fisco.

El deseo de los seres humanos de prosperar aprovechando las oportunidades de negocio que les ofrece el mercado no desaparece por mandato del Boletín Oficial del Estado. Sólo hay que darse cuenta de lo que ocurre en Cuba o Venezuela para constatarlo, a menos que el antifaz del socialismo nuble la visión del observador. En el caso de España está ocurriendo algo parecido pero el Gobierno, fiel a su ideología marxistizada, prefiere actuar al contrario de lo que dicta el sentido común, algo habitual desde que Zapatero llegó a la Moncloa.

Si Salgado quiere acabar con la denominada "economía sumergida", lo que debería hacer es rebajar la presión fiscal y eliminar regulaciones para que la sujeción de la actividad comercial a los usos legislativos vuelva a ser rentable. En lugar de eso, el Gobierno se propone cerrar también la válvula de escape que los emprendedores utilizan para seguir participando en el proceso económico. El resultado será un mayor empobrecimiento general sin ningún efecto sobre la recaudación.

Los primeros que desearían operar dentro de la legalidad son los propios protagonistas, pero si el Gobierno, los gobiernos, se lo ponen imposible, el instinto de supervivencia empresarial siempre será más fuerte que las amenazas coactivas de los poderosos. Un mayor nivel de coacción institucional siempre trae aparejados más pobreza y más mercado negro. También ocurre lo contrario, pero el Ejecutivo ha decidido optar por lo primero y, además, destruir a los supervivientes. Sálvese quien pueda.

Chávez y el devastador camino hacia el socialismo

Que durante años la situación fuera grave pero no dramática se debió simple y llanamente a que el tirano bolivariano sobrevivía gracias a las rentas del petróleo y a la rapiña puntual del sector privado.

Mal que bien, desde hace varias décadas Venezuela había logrado acumular importantes cantidades de capital que el gorila rojo, con sus características demagogia y retórica fascio-socialista, supo ir expropiando en nombre de un pueblo al que terminó acomodando en el parasitismo.

Hoy, Venezuela es un país con una economía destruida y una industria desmantelada. Su única exportación, su única fuente de riqueza, es el petróleo. Gracias a las ventas de esta materia prima al resto del mundo, los venezolanos obtienen los dólares que necesitan para poder comprar en el extranjero todo –todo– lo que les falta.

Así, desde 2003, momento en el que Chávez decidió impedir a las empresas privadas huir de su dictadura imponiendo un control de cambios, todo ciudadano que desea comprar al extranjero, ha de acudir con esa bazofia de divisa llamada bolívar ora al Gobierno ora al mercado negro. Hasta el pasado 10 de enero, el Gobierno, a través de su sucursal el Banco Central de Venezuela, vendía un dólar por 2,15 bolívares, pero sólo a los individuos que contaran con el favor de Chávez. Son las consecuencias del control de cambios: si el Estado no te quiere proporcionar divisa extranjera, no la puedes obtener a menos que acudas a medios alegales o ilegales.

Los particulares, gracias a su pequeñez, tenían la opción del mercado negro, donde podían adquirir dólares a precios que alcanzaban hasta los siete bolívares por billete verde. Pero las grandes empresas tenían que pasar por el filtro de Chávez, lo que generalmente significaba la negativa a la compra de dólares, agravando la destrucción de la industria venezolana (¿se imaginan como funciona una compañía que no pueda adquirir los factores productivos que necesita?). La nueva oligarquía venezolana temía que las grandes empresas sacaran su dinero del país y se lo entregaran a sus legítimos propietarios –los accionistas– en lugar de brindárselo con las manos atadas a los legitimados ladrones del régimen; de ahí que numerosas compañías españolas, como Telefónica, tuvieran millones de euros de beneficios cautivos en forma de bolívares que ahora se han diluido como un azucarillo.

Tras la devaluación del bolívar el pasado 10 de enero, a los venezolanos les costará 4,3 bolívares comprar un dólar. Así, los venezolanos deberán pagar el doble por los productos extranjeros y por sacar el dinero al exterior.

Nadie debería sorprenderse, pues, de que después de esto la ya de por sí elevada inflación (en 2009 superará el 25%) estalle, no sólo porque el precio en bolívares de las importaciones se ha disparado, sino porque la capacidad de Chávez para inflar la cantidad de bolívares sobre una misma base de dólares se ha multiplicado por dos.

El gorila tilda de "especuladores" a quienes simplemente tratan de repercutir los costes que él ha multiplicado a los precios y ya ha empezado a extender las garras del Estado sobre los negocios cuya única alternativa a no incrementar los precios era echar el cierre. Si vendías a cinco lo que comprabas a cuatro, difícilmente podrás seguir vendiendo a cinco lo que ahora te cuesta a ocho.

En realidad, sin embargo, los comercios venezolanos no tienen alternativa. Es una ficción incluso que puedan optar por cerrar. La devaluación del bolívar se encaminaba, desde un principio, a expropiar la poca riqueza que les quedaba a los ciudadanos y a las empresas extranjeras, a obligarles a entregarle al Gobierno el doble de sus ahorros para poder acceder al mercado exterior. Todo ha sido programado para que el entramado empresarial pase a ser propiedad exclusiva del chavismo. Cómo se implemente esta nacionalización es sólo cuestión de detalles (inflación, devaluación, expropiaciones, regulaciones…). No se trata de subir los precios y de ser nacionalizado o de mantenerlos y echar el cierre: Chávez pretende que todo pase a su propiedad. Y es que amamantar a un país en ruinas mediante las subvenciones estatales obliga a robar hasta la última migaja de pan al sector privado.

Tal y como tristemente están redescubriendo los venezolanos y los empresarios que creyeron que podrían hacer negocios con el régimen, el camino hacia el socialismo está repleto de miseria para todos los individuos salvo para los que integran la nomenclatura. No lo olvidemos nosotros también: ése es el "progreso" que nos vende a diario la izquierda, nuestra izquierda.

Democracia en Chile

La concertación ha funcionado bien, y en cuatro elecciones ha logrado alejar de la primera magistratura a la derecha de Chile, una parte de la cual se siente identificada con Augusto Pinochet. No es posible dar por bueno todo lo que se ha hecho en política económica en estas dos décadas en el poder, pero si bien han reformado el modelo económico que recibieron de la dictadura, no lo han sustituido por otro distinto. Gracias a ello, Chile ha logrado un crecimiento económico muy notable, ha luchado eficazmente contra la pobreza y es, hoy, una economía desarrollada. La primera de América del Sur. Es fácil resumir las razones: en el informe de 1975 de Libertad Económica en el Mundo de los institutos Cato y Fraser ocupaba el puesto 71 de los 72 países estudiados, y en el último informe es ya la quinta economía más libre del mundo.

Bien por la clase política chilena. Ha sabido instaurar una democracia después de una dictadura brutal, ha sabido mirar hacia delante más que hacia atrás, sin mirar por ello a otro lado frente a los crímenes del régimen de Pinochet. Y de éste ha tirado lo que se merecía estar en la basura de la historia sin hacer lo mismo con el modelo económico.

Ahora puede ganar la derecha sin que pase absolutamente nada. Los cronistas dicen que no se vive un ambiente de tensión, más allá de las esperanzas llamadas a cumplirse o quebrarse según quién sea el candidato de cada uno. Sebastián Piñera no presenta una alternativa institucional, sino meramente política. Y Chile no puede permitirse una victoria permanente de la Concertación sin degradar la propia democracia. Una victoria de Piñera implicaría que el país seguiría unas políticas y no otras, pero no sólo no pondría en riesgo la democracia, sino que le otorgaría la oportunidad de consolidarse y cerrar una larga transición desde la dictadura.

El gran crimen del Gobierno

Lo interesante de las manifestaciones de Corbacho no fueron sus datos, sino sus declaraciones. Afirmó que en tiempos de crisis la economía sumergida aumenta. Durante el año 2009, la Inspección de Trabajo hizo un 30% más de actuaciones que el año anterior, lo que representó para la administración una recaudación en multas de unos 1.000 millones de euros (un 12,5% más que en el año 2008).

Todos los políticos y gobiernos de Occidente han perdido el mundo de vista y se han olvidado del origen de su función. El papel que desarrollan todos es el mismo: el de arbitrario juez económico y civil. Han olvidado una de las bases del buen Gobierno. El Estado trabaja para gente. Cada individuo que compone la sociedad no ha de dar explicaciones de nada al Gobierno. Sólo el Gobierno ha de dar explicaciones de lo que hace. El S. XX y XXI se han convertido en la sumisión y esclavización del ciudadano al tirano, al Gobierno y a la administración. George Orwell estaría orgulloso de su novela 1984.

Si en épocas de crisis aumenta la economía sumergida no es por gusto, es por necesidad. Que la administración, en plena crisis, quiera aumentar su recaudación con más impuestos contra la sociedad, incrementar las multas y subir de forma arbitraria los costes del mercado es un crimen contra el hombre libre. El Estado se ha convertido en la Santa Inquisición del Medievo. A igual que la Iglesia de entonces, que dejó de servir a la gente para obligarla a adaptar su estilo de vida y creencias, todos los gobiernos occidentales han hecho lo mismo en los últimos cien años. Castigan al infiel por una promesa futura de un mundo mejor. Los resultados son el terror, la represión, el robo legalizado, la esclavitud y la persecución económica y social.

Las cosas claras. El hombre nace libre y tiene derecho a su vida, propiedad y libertad. La función del Gobierno es garantizar estos tres principios. Pero lejos de garantizarlos son sus peores enemigos. Si no pagamos una cuota de la hipoteca, la policía nos echa de casa sin reparos, pero si un tipo que no quiere trabajar se cuela en nuestra casa y no sale de ahí, es imposible que la justicia lo eche. Si un delincuente nos roba, no se pasará más de dos horas en la comisaría; pero si nos defendemos de su agresión, nos multan por uso excesivo de fuerza. Y si nuestra web no se adapta al pensamiento único del Estado, la ministra Sinde nos cierra la página.

¿Qué legitimidad tiene un Gobierno así? Ninguno. La tiranía, aunque se cambie de ropajes cada cuatro años, va contra los principios fundamentales del hombre. Aunque lo exija la ley, el principio del hombre libre siempre ha de ser mismo: no dar explicaciones al Estado por nada por ejercer su libertad de expresión, de elección o propiedad (siempre y cuando no sea un crimen, cosa que no hace falta ni decir). Los impuestos, las leyes del Estado del Bienestar, la persecución del Gobierno contra las empresas, empresarios y particulares, o la imposición ecológica y del "bien común" son un crimen contra el ciudadano. Son el gran crimen de lo que representa el Estado hoy día en Occidente.

ZPombieland

Están en todas partes. Ocupan la administración, los sindicatos, las empresas públicas, el Congreso, el Senado, los organismos autonómicos y municipales… Son mayoría en sectores subvencionados como el cine, el teatro, los medios de comunicación. Y cada vez son más.

Viven de nuestro trabajo, quieren nuestro dinero, pues son incapaces de vivir en un mundo libre de oferta y demanda, y prosperan parasitando nuestras actividades con leyes absurdas, con impuestos abusivos, disfrutando de unas prebendas únicas, de unos sueldos escandalosos, de unas dietas opíparas. Se reproducen en listas cerradas dentro de unos entes opacos llamados partidos.

Bienvenidos a Zpombieland , la tierra de los Zpombies. Con el gran Zpombie de jefe de Gobierno rodeado de zpombies sin cerebro, sin escrúpulos, sin sentimientos humanos…estamos en una tierra de nadie, en una tierra que sólo pertenece al viento.

Pero no sólo quieren el fruto de nuestro esfuerzo. Los Zpombies también quieren dominar nuestras mentes con leyes educativas, imponiendo idiomas, controlando la información que recibimos para así garantizarse que seguiremos siendo sus servidores y nunca rechistaremos.

Quieren convertirnos en zpombies esclavos, transformarnos en progres semianalfabetos, acríticos, políticamente correctos . Preocupados por entelequias como el Cambio Climático, la Alianza de Civilizaciones o el sexismo en los juguetes… pobres zpombies dominados por ellos, los ZPombies con mayúsculas.

Pero podemos luchar contra la amenaza Zpombie.

Y esta Lista de Normas de Supervivencia puede ayudarte a no acabar convertido en uno de ellos…

  1. No te creas nada de lo que digan los medios de comunicación zpombies ( TVE; Grupo Prisa, La Secta…)
  2. No veas películas producidas con subvenciones Zpombies , es decir , no veas cine español, aunque quizá sea bueno en determinados casos pues su calidad es tan ínfima que produce anticuerpos
  3. Ten a mano La Acción Humana y reléela con asiduidad.
  4. Ponte en guardia cuando oigas las palabras "sostenible" y "solidario", pues tu cartera corre peligro
  5. Cómprales a tu hijo un balón de reglamento y a tu hija una barbie cuanto antes.
  6. Escucha a Federico por las mañanas.
  7. Cómete de vez en cuando una hamburguesa XXL con doble de patatas y Coca-cola Jumbo Size. ¡Al carajo con el colesterol y las recomendaciones de Sanidad!
  8. Vigila tu espalda. *
  9. Nunca pienses ni por un solo segundo, que los Zpombies hacen algo por el bien común. Nunca, jamás, pues podría hacerte dudar y ahí empieza la transformación.
  10. Disfruta de las pequeñas cosas.

Y si esta lista no es suficiente, hay más consejos útiles sobre cómo enfrentarse a los Zpombies en la web del NRA …y por supuesto bájate Zombieland

¡Suerte en Zpombieland!

* Hermann Tertsch puede dar fe de la importancia de este punto

El Gobierno crea la SS

Pero en este caso, no me estoy refiriendo al latrocinio de la subida fiscal sino al despilfarro de recursos que supone y supondrá el rescate público del sistema financiero español.

Si un sólido sistema democrático como el de Estados Unidos no ha logrado evitar el despilfarro de miles de millones de dólares para rescatar por la puerta de atrás a grandes bancos de Wall Street a través de la aseguradora AIG, qué no pasará en un país como España, en el que la cultura del pelotazo, lejos de desaparecer, está aún plenamente vigente, sobre todo, en el sector público.

El actual secretario del Tesoro de Estados Unidos, Tim Geithner, está en el punto de mira tras haber ocultado a la opinión pública un gran rescate bancario sin el consentimiento del Congreso cuando presidía la Reserva Federal de Nueva York. Haciendo uso de prácticas propias de la mafia, Geithner ordenó a AIG tapar el asunto pero, por suerte, un congresista levantó la liebre gracias al apoyo de algunos medios de comunicación.

El escándalo, pese a que ahora está siendo investigado, pone de relieve la facilidad y el descaro con el que los organismos públicos despilfarran el dinero de los contribuyentes –en este caso, un mínimo de 13.000 millones de dólares– en beneficio propio, sin importar las consecuencias.

El Gobierno español ya ha puesto encima de la mesa un fondo de rescate (FROB) por valor de 90.000 millones de euros, que equivale al 9% del PIB nacional. Este inmenso dineral será gestionado por el Banco de España y el Ministerio de Economía. El manguerazo de billetes comenzará en breve y, sin duda, supondrá un caldo de cultivo idóneo para el ejercicio de la corrupción política y financiera al más alto nivel. Numerosas entidades serán salvadas con nuestro dinero sin importar la ineficiente gestión llevada a cabo por sus directivos –en su mayoría ex políticos en el caso de las cajas de ahorros– ni calibrar si realmente merece la pena o no acudir al rescate.

Por el momento, la intervención de Caja Castilla-La Mancha (CCM), la primera del Banco de España, se está saldando sin consecuencias penales de ningún tipo. Y eso que la entidad vulneró la ley al conceder créditos por valor de casi 1.000 millones de euros al entorno de sus directivos, aparte de dejar un agujero milmillonario en su balance.

Asimismo, la fusión de Caja España y Caja Duero supondrá, como mínimo, 562 millones de euros para las arcas públicas. Pero lejos de arrugarse, ambas entidades han acordado duplicar los componentes de la nueva Asamblea General (34 personas) para asegurarse que todos los directivos mantendrán su sillón tras la integración.

¿Alguna reacción política al respecto? Ninguna. Los grandes partidos aplauden al unísono y con fervor la dilapidación de nuestros escasos recursos con tal de mantener inamovible el statu quo que les garantiza una posición privilegiada y dominante como casta. Por desgracia, estos dos pequeños ejemplos de robo institucional se verán multiplicados conforme comience a funcionar el famoso FROB. El gran golpe está en marcha y las víctimas, una vez más, serán todos los contribuyentes.

Sociedad subvencionada, injusta, pobre y dependiente

La sociedad actual se caracteriza por la búsqueda desesperada de subvenciones y ayudas públicas. Aunque esto es inherente a los estados modernos del bienestar, la situación se agrava notablemente en épocas de fuerte crisis económica como la actual. Sin embargo, una sociedad subvencionada es, por definición, una sociedad más pobre, menos próspera y más injusta.

Las subvenciones no dejan de ser transferencias unilaterales del Gobierno hacia particulares o hacia determinados sectores para alentar actividades económicas específicas (véase las ayudas al sector del automóvil, las subvenciones a los agricultores o las ayudas al cine español, entre otros).

El Gobierno extrae riqueza de quienes la han creado (eficientemente), y la reparten/redistribuyen entre aquellos particulares o grupos de presión que no son capaces de obtener ganancias en un mercado libre. De esta manera, las actividades subsidiadas por el Gobierno son aquellas que no podrían desarrollarse sin algún tipo de apoyo externo. Los gobiernos utilizan su legitimidad para poner el dinero de millones de ciudadanos en manos de intereses particulares, que buscan el favor y privilegio estatal para mejorar su cuenta de resultados porque no pueden satisfacer las preferencias de los consumidores en un mercado competitivo. Todo este proceso acaba desembocando en un tráfico de favores sin fin; lo que escuela de la Public Choice denomina logrolling. De esta manera se pervierte la democracia y el Estado de Derecho y la sociedad acaba siendo más injusta.

Además, la subvención no crea riqueza, sino que la destruye. Los subsidios se otorgan a particulares independientemente de la rentabilidad que tengan en el mercado. Los recursos no se asignarán eficientemente, ya que capital y mano de obra se trasladan a unas líneas de producción que en realidad no están siendo demandadas por la sociedad. Las ayudas públicas distorsionan los mercados porque se lleva a cabo una asignación de recursos distinta a la que se llevaría a cabo por los procesos de mercado mediante transacciones voluntarias. Las subvenciones incentivan a grupos a actuar como si la escasez no existiese, por lo que se resta eficacia y se maximiza la escasez. Lo cual desemboca en una sociedad menos próspera y más pobre.

También es una sociedad más dependiente y menos autónoma. Los individuos creen que el Estado debe tomar partido en las grandes cuestiones de nuestra vida, ya sea dándonos ayudas directas individuales, ya sea "salvando" a nuestro sector, o ya sea "garantizándonos" la cobertura de un amplio conjunto de necesidades como las pensiones, la asistencia sanitaria, la permanencia del puesto de trabajo, el pleno empleo perpetuo, la vivienda o el subsidio de paro, así como otros programas sociales de diversa naturaleza. Esto acaba generando una sociedad más infantil y menos autónoma, porque el parasitismo sustituye a la responsabilidad individual.

El descrédito

Se lo hacía ver una periodista al preguntarle cómo podía liderar la recuperación un país que dobla la media europea en paro. The Financial Times ha dicho que "una España torpe guiará a Europa".

El crédito internacional de nuestro Gobierno y el de España no ha dejado de caer. Zapatero tuvo una buena acogida en los medios foráneos, y en ocasiones le han prestado atenciones inmerecidas. Pero llevan años dándole una estopa que está sólo un cuerpo por detrás de la que recibe Berlusconi.

Desde que el Wall Street Journal le considerara un "presidente por accidente", le han caído a Zapatero tortas de todos lados. Le han llamado "populista", "provinciano", "sectario", le han puesto como un cobarde o un mentiroso, como un tramposo. Y ven en él un personaje ideologizado, que vive al margen de la realidad, y que ha pasado de ella con graves consecuencias para los españoles. Gracias a Zapatero, España es ahora "irrelevante".

No le doy a la prensa extranjera el crédito que le conceden habitualmente los medios y el público. Suele mirar a España con un desenfoque notable, especialmente en la cuestión nacional y la incidencia del terrorismo. Pero las críticas de la prensa de fuera al Gobierno y, por extensión, a nuestro país (le hemos elegido dos veces, al fin y al cabo) son importantes por dos razones.

Primero porque degradan la imagen exterior de nuestro país y, especialmente, de nuestra economía, que es donde nos las están dando (casi) todas. Y segundo, porque la prensa extranjera no está atada a los intereses políticos nacionales y por tanto resulta inmune ante la sucesión de consignas enlatadas en que consiste el discurso de Zapatero. Fuera se han dado cuenta de que es un hombre risible.

¿Qué democracia?

En la actualidad solo cuatro estados no se definen a sí mismos como democráticos: Ciudad del Vaticano, Arabia Saudita, Birmania y Brunei. Las percepciones que tenemos sobre nosotros mismos suelen encontrarse siempre algo distorsionadas pero seguro que a nadie le costaría demasiado esfuerzo encontrar un puñado de estados más que, de ninguna forma, podrían adecuarse a lo que convencionalmente entendemos como democracia. Tal es la fuerza legitimadora de esta forma de gobierno que son pocos los estados que no enmascaran su tiranía tras formalismos y fórmulas creativas como apellidar a la democracia y otras argucias. Es posible que los cuatros estados no democráticos sean –en este asunto que aquí nos atañe– los más honrados, pues difícilmente podamos encontrar un lugar en este planeta en el que se practique la democracia, aunque previamente deberíamos preguntarnos qué democracia.

Pensar en democracia es pensar en la Grecia Clásica, pero para eso deberíamos afinar un poco más pues poco tenían que ver las formas de gobierno de una polis a otra; y aún tomando como referente a Atenas deberíamos especificar si vamos a tomar como modelo la que se regía tras la reforma de Solón o la que alcanzó la grandeza de Pericles hasta su decadencia frente a los macedonios. Pero sin duda existen unos puntos en común que son los que hoy admira y quiere recuperar la corriente republicana. La concepción del hombre sobre la que se asentaba el gobierno del pueblo no era otra que la del zoon politikon, la del hombre que solo puede realizarse en tanto que es ciudadano y miembro de pleno derecho de la polis. Un concepto integrador y de igualdad… sólo entre quienes eran considerados ciudadanos, los hombres libres. Porque los demás habitantes de la polis –algo así como tres cuartos de su población formada por mujeres, esclavos y extranjeros– no eran considerados como tales. La virtud y la felicidad solo podían alcanzarse en el ámbito público y con el aplauso de la Asamblea mientras que quienes se dedicaban a cultivar su jardín eran tildados de traidores; no se concebía la autonomía, sólo la igualdad y la libertad dentro de la Polis. Y es que si los griegos ya lo pensaron todo antes que nosotros, también la eterna fricción entre democracia y libertad fue discutida por ellos con una vigencia que a veces puede resultar asombrosa aunque por desgracia nos haya llegado sesgada.

La misma carga peyorativa que todavía hoy tiene el término sofista no es más que aquella que le dieron los buenos ciudadanos a aquellos filósofos que osaron vivir de enseñar a otros como ganarse a la opinión pública poniendo en cuestión los cimientos del bien común; al igual que los cínicos y los epicúreos que fueron considerados bárbaros por buscar la felicidad más allá de la vida pública. La propia condena a muerte de Sócrates marca esta ruptura en el pensamiento griego y en su apología final se puede leer que "cuando realmente se quiere combatir por la justicia y si se quiere vivir algún tiempo, es absolutamente necesario confinarse en la vida privada y no abordar la vida pública". Y aún así, condenado por corromper a la juventud con sus enseñanzas, aceptó su destino legitimando el sometimiento absoluto del ciudadano a las leyes promulgadas por la Polis, última soberana de la vida de sus ciudadanos.

Pero la Historia se cobra sus venganzas y la democracia griega fue condenada al ostracismo –de la misma forma que lo eran sus políticos irresponsables– hasta bien entrado el siglo XVIII. La democracia adquirió entonces la acepción negativa que habían creado sus defensores: el pueblo –ahora masa informe– ya no era ciudadano virtuoso sino bárbaro manipulable; a diferencia de lo que ocurre hoy, tras la experiencia griega los gobiernos procuraron desvincularse de la idea democrática y buscar la legitimidad de su poder en otras esferas divinas o terrenales.

Superada esta idea de democracia absoluta su restitución solo llegó con la idea de representación y la idea de democracia como fórmula para elegir gobiernos antes que como forma de gobierno. La democracia como fin dejaba paso a la democracia como medio al mismo tiempo que Benjamin Constant trazaba la línea que diferenciaba la libertad de los antiguos a los de los modernos. No así para todos, pues la corriente del republicanismo que hoy guía a la izquierda –cuyo profeta podría considerarse Rousseau y su religión la revolución– retomará la idea de una democracia total y totalizadora en la que la Voluntad General es expresión única del conjunto de ciudadanos y debe anteponerse a ellos. Así, entronca con el ideal de democracia griega trasladándolo a la nueva realidad política que es el Estado-Nación en el que actualmente nos enmarcamos y en la que la tensión entre democracia y libertad continúa vigente como en aquél juicio popular en el que Sócrates fue condenado a muerte por enseñar a sus semejantes a buscar su propia verdad más allá de las fronteras de las estructuras de poder; en definitiva, a ser un poco más libres, a ser más hombres.