Ir al contenido principal

Etiqueta: Proceso político: tª estado elección pública y democracia

Samuelson o la Economía sin esencias

Sin embargo, difícilmente puede uno haber obtenido la licenciatura en Economía sin haber sufrido su herencia metodológica –que va mucho más allá de haber popularizado la síntesis neoclásica de Keynes–, a saber, la generalización del lenguaje matemático como herramienta de comunicación entre economistas.

El problema no está tanto que las matemáticas se usen como método para pensar y exponer ciertas conclusiones, sino en que se hayan llegado a convertir de facto en el único método válido para pensar y exponer conclusiones en la ciencia económica moderna. Con esta revolución metodológica no sólo se ha llegado a despreciar por acientífico el trabajo esencial de numerosos economistas que prefirieron el lenguaje verbal y la lógica –algunos de los cuales fueron tutores de Samuelson, como Gottfried von Haberler o Joseph Schumpeter–, sino que sobre todo los economistas dejaron de preocuparse por comprender a fondo la realidad.

Así, con el abuso de las matemáticas se ha abandonado la esencia de los problemas para centrarse en su manifestación cuantitativa. Como ya se quejara Hayek en el discurso de su recepción del Nobel: "Se nos llega a pedir que formulemos nuestras teorías sólo en términos que se refieran a magnitudes mensurables. Difícilmente podrá negarse que esta demanda limita arbitrariamente el número de hechos que pueden admitirse como las causas de los problemas que suceden en el mundo real".

Samuelson, de hecho, pontificaba la importancia de las matemáticas por el hecho de que permitían a los economistas alejarse de los pseudoproblemas cualitativos y centrarse en los auténticos problemas cuantitativos. Pero como el gran Fritz Machlup le recordó a renglón seguido, ni todo puede expresarse en lenguaje matemático ni todo aquello que no pueda formularse con precisión en éste deviene irrelevante para las relaciones humanas y, por tanto, para la ciencia económica.

Es más, en la medida en que la Economía se desarrolla en torno al concepto de valor –el ser humano actúa para satisfacer sus fines más valiosos empleando los medios más útiles para ello–, debería resultar evidente que su auténtico objeto de estudio deberían ser las relaciones cualitativas entre los seres humanos y su entorno, dentro de las cuales ya se encuentran, pero no en solitario, las cuantitativas. Reducir la calidad a un simple problema de cantidad demuestra una escasa comprensión de cómo actúan los seres humanos y puede llevarnos a cometer muy graves errores que para más inri no podrán detectarse mediante el razonamiento matemático.

El propio Samuelson fue una conocida víctima del desprecio por la esencia de los fenómenos. Así, en la decimotercera edición de su popular manual universitario Economics, datada en 1989, Samuelson concluía que:

La economía soviética es una prueba de que, al contrario de lo que muchos escépticos piensan hoy, una economía socialista puede funcionar e incluso prosperar. Es decir, una sociedad en la que la mayoría de las decisiones económicas son adoptadas de manera administrativa, donde los beneficios no sean el motivo principal detrás de la producción, puede crecer durante largos períodos de tiempo.

Samuelson, por supuesto, sólo se fijaba en el crecimiento de las cantidades de bienes y servicios, sin plantearse cuáles eran las cualidades de esos bienes para satisfacer los fines de los individuos que eran obligados a fabricarlas. Tal vez la economía soviética "creciera más rápidamente durante más tiempo que la mayoría de economías de mercado", pero también nuestras economías occidentales crecieron durante la pasada burbuja, sin que ello indicara que estuvieran creando riqueza (más bien al contrario).

No muy riguroso puede ser aquel análisis económico que, como el de Samuelson, si bien constata que "el crecimiento soviético se ha producido en una atmósfera de sacrificios humanos, incluso de asesinatos y represión política", se plantea a continuación, como "uno de los más grandes dilemas de la sociedad humana", si "todo ese clima justifica las ganancias económicas logradas". No, no hay ganancias económicas sin libertad. De hecho, no hay economía propiamente dicha sin libertad.

No es que el uso de las matemáticas conduzca necesariamente a conclusiones tan absurdas –de hecho el marxismo es en su mayoría un movimiento no matematizado–, pero sin las pertinentes cautelas de que por sí mismas no son suficientes en la ciencia económica sí pueden abocarnos a ellas. Samuelson fue una clara prueba de ello.

Democracia…

Somos demócratas.

Cada cuatro años podemos elegir una lista con muchos nombres, en su mayoría perfectos desconocidos. Las listas que reciban más votos recibirán mayor número de asientos en una asamblea y los que ocupen el 51% de dichos asientos elegirán a la persona que decida el partido a cuya lista pertenecen para mandar cuatro años.

Esto se hace a tres niveles: estatal, autonómico y municipal.

Esas personas, elegidas democráticamente, son la voz del pueblo… nada más y nada menos que la voluntad popular. Y aquí viene el quid de la cuestión. La “voluntad popular”, la “voz del pueblo” nos dice qué debemos hacer con nuestra vida y hacienda. Y es mejor hacerle caso, pues el grado de coacción que puede imponernos es insuperable.

Así, la voz del pueblo decide que podemos hacer y que no. Qué podemos comprar, qué podemos vender, qué educación han de recibir nuestros hijos y quiénes pueden darla, qué cine tiene que exhibirse, qué deportes han de practicarse, qué arte ha de crearse… También decide cuanto podemos cobrar por nuestro trabajo, cuanto podemos pagar por el trabajo de otros e incluso decide qué parte del fruto de ese mismo trabajo nos la podemos quedar para poderla gastar nosotros (en lo que ellos digan, generalmente) y cuál no.

La “voz del pueblo” decide sobre nuestros gustos, sobre nuestros intereses y deseos. Decide qué empresas debe haber, qué fuente de energía hemos de utilizar, a qué temperatura debemos poner la calefacción de nuestros locales. Decide sobre nuestra salud, sobre lo que podemos o no comer, beber, fumar o esnifar. También decide qué asistencia medica nos corresponde, qué moneda estamos obligados a usar, qué medicamentos podemos tomar y cuáles no, qué servicios (telefónicos, postales, de distribución, lúdicos. etc.) están disponibles y quiénes pueden ofrecerlos.

Incluso decide cómo hemos de ahorrar para la vejez y las malas rachas. Y aún hay más, pues, gracias a la emisión de deuda pública, puede decidir nuestro grado de endeudamiento.

Todo muy democrático, pues no en vano la lista más votada por el pueblo es la que decide todas estas cosas en nuestro nombre. ¿Y la libertad? Pues ahí la tenemos, cada cuatro años podemos votar a una lista cerrada distinta, para que sus integrantes elijan a quienes van a decidir por nosotros para otros cuatro años…

Pero eso si, repito, todo muy democrático.

La toma de decisiones a la europea

Hace unos años y durante mucho tiempo, el programa estrella de los viernes por la noche era el concurso "1, 2, 3… responda otra vez". En blanco y negro con Kiko Ledgar y don Cicuta (Valentín Tornos), en color con Mayra Gómez Kemp y las Supertacañonas (las Hurtado), el programa de Chicho Ibáñez Serrador, arrasaba. La parte más esperada era la subasta. Los concursantes que hubieran superado la fase de preguntas y una prueba de habilidad se enfrentaban a la terrible misión de decidir a ciegas entre diferentes regalos de los que solamente sabían la pista que Kiko o Mayra les anticipaban (porque "hasta ahí podían leer"). La intuición y, sobre todo, la suerte, determinaba que los más afortunados se llevaran un coche, un viaje o una casa y los menos afortunados la calabaza Ruperta.

Por suerte, cuando decidimos en la vida cotidiana la cosa no es tan peliaguda. Lo hacemos en otras condiciones: disponemos de más información acerca de las alternativas, calibramos lo que dejamos de ganar, hemos ensayado y aprendido criterios de decisión a lo largo de miles de años.

La toma de decisiones, en términos generales, es lo que ha permitido que el hombre siga sobre la tierra: la decisión que lleva a la acción asegura que huyes de un peligro o que corres hacia él, que sigamos aquí significa que las decisiones fueron acertadas más veces que menos.

Lo que los estudios sobre los mecanismos que determinan la toma de decisiones nos indican es que no es un proceso lineal, sino múltiple y que los circuitos que se activan en la mente no son siempre los mismos ante el mismo dilema: hay muchos factores intrínsecos y también externos que influyen en el resultado final. Por eso, todos nosotros somos individualistas y sociales. Nuestro propio interés a veces está encontrado con el del grupo, pero otras veces no. En otras ocasiones nos conviene asociarnos, mirar por todos y tatuarnos el slogan: "o todos o ninguno". El equilibrio no cooperativo de Nash que nos muestra a un hombre que se mira el ombligo es cuestionado por la evidencia que Elinor Ostrom pone encima de la mesa. La realidad nos dice que las cosas funcionan de otra manera y que el hombre es menos egoísta de lo que los economistas predicamos. Por eso, ella confía en que los recursos naturales comunitarios sean gestionados por las comunidades sin que el Estado planifique de arriba a abajo.

También Bastiat explicaba que no concibe propiedad sin libertad y justicia porque solo así se llegará a una sociedad en la que todos seamos más iguales en una sociedad segura y pacífica. Para él la competencia nos iguala porque los bienes son más accesibles a todos ("Todos los hombres son iguales ante esa parte del precio de los libros desaparecida gracias a la imprenta"). Los intereses, siempre y cuando sean legítimos y no consistan en vivir a costa de los demás, se armonizan. El hombre en sociedad, dice Bastiat, progresa porque se asocia a los demás, coopera. No se trata de que los intereses privados y los cooperativos sean opuestos o convergentes, es que el interés individual, a veces, consiste en que el grupo progrese. La búsqueda del propio interés, en cualquier caso, es la decisión principal de la que cada cual debe ocuparse. De ahí que, según Bastiat, la interferencia del legislador en las decisiones ajenas merma la responsabilidad de los individuos, que no puede aprender, asumir los aciertos o errores, y decidir mejor la siguiente ocasión.

Los teóricos de la Escuela de Public Choice estudian las diferentes maneras que adopta la toma de decisiones colectivas, y en particular, las elecciones. Y la conclusión es que cuanto más nos acerquemos a la unanimidad, más segura será la votación como regla de decisión, más difícil de romper, más difícil de establecer pactos que perviertan la decisión y sometan a los más a la bota de los menos. La unanimidad es difícil de conseguir, pero es el objetivo al que se debe apuntar si queremos decisiones políticas "de calidad".

Por eso es sorprendente que el Pacto de Lisboa de la Unión Europea relaje la regla de decisión y cada vez nos alejemos más de la unanimidad. Y aún más que no se haya destacado en las noticias de la semana pasada, como si nadie se hubiera dado cuenta. Pero esa modificación, que casi ha pasado inadvertida, no beneficia la integración real, ni refuerza la percepción de pertenencia, ni evita los pactos perversos. Solamente permite quitarse los problemas de un plumazo, salir en la foto y decir sonrientes en la rueda de prensa que hemos llegado un acuerdo los 27 porque tenemos una Europa cada vez más una, más grande y más libre sobre el papel, o ante las cámaras, pero todo lo contrario en realidad.

Para poner los pelos de punta.

Las instituciones

Las instituciones son patrones de conducta generalizados en la sociedad que sirven como referencias orientadoras que facilitan la coordinación y la cooperación. Las instituciones surgen y se mantienen de forma dinámica y evolutiva (cambiando para adaptarse a situaciones diferentes) mediante la participación descentralizada y no coactiva de gran número de individuos, unos realizando propuestas y otros aceptándolas o rechazándolas.

Las instituciones son demasiado complejas como para ser diseñadas de forma centralizada por una sola mente (o un comité de ingenieros sociales expertos) de forma intencional. Se basan en procesos meméticos evolutivos de creación e imitación: algunos individuos más emprendedores inventan o descubren (de forma deliberada o por accidente) formas de hacer las cosas que ellos mismos u otros perciben como acertadas y las copian o replican. Son necesarios mecanismos de generación y examen: producción de nuevas variantes (mutación de las antiguas, recombinación o flujo del exterior) y comprobación de su validez para la retención de lo exitoso y la eliminación de lo fracasado. Los cambios institucionales no necesitan ser constantes (aunque suelen ser graduales, progresivos y marginales), y de hecho cierta estabilidad institucional es posible y deseable; pero para sobrevivir toda sociedad debe mantener la capacidad de cambiar y adaptarse.

Las principales instituciones sociales son el lenguaje (permite la comunicación o transmisión de información mediante el uso de un idioma común), el derecho (normas morales o leyes formales explícitas que restringen posibilidades de conducta al declarar algunas acciones prohibidas u obligatorias) y el dinero (depósito de valor, medio generalizado de intercambio indirecto de bienes o servicios económicos y unidad de cuenta). Lenguaje, derecho y dinero son realidades fuertemente relacionadas: el derecho se expresa formalmente mediante el lenguaje; los pactos contractuales suelen incluir pagos con dinero; los quebrantamientos de normas suelen penalizarse con multas monetarias; algunas leyes se refieren a usos del lenguaje; las unidades monetarias suelen indicar su naturaleza y cantidad mediante algún símbolo lingüístico; las promesas de pago de dinero que funcionan como sustitutos o complementos monetarios se expresan mediante lenguaje y constituyen compromisos contractuales con eficacia normativa.

Las instituciones humanas no son monolíticas ni perfectamente homogéneas o universales, sino que presentan una cierta diversidad y variabilidad en sus implementaciones particulares, las cuales comparten rasgos abstractos pero difieren en detalles concretos. No existe una única forma institucional detallada que supere a todas las demás, ya que las circunstancias particulares son importantes y diversas y la adaptación evolutiva es siempre relativa.

Es posible construir una ética universal, pero esta no determina unívocamente una única moral o una única ley positiva sino que es compatible con una multiplicidad de ellas (la exploración intelectual de la ética como el estudio de aquellas normas que son iguales para todos no implica que todas las leyes deban ser idénticas para todo el mundo). La gramática universal profunda innata y los conceptos fundamentales del pensamiento humano son las bases de múltiples lenguajes y dialectos. Las funciones esenciales del dinero se realizan de formas diferentes según las épocas, la tecnología, las tradiciones y la cultura.

Son posibles los conflictos entre diferentes versiones de una institución presentes en un mismo lugar y tiempo: multiplicidad de lenguas mutuamente incomprensibles, sistemas legales incompatibles, dineros diferentes. Algunas personas pueden desear eliminar esta conflictividad mediante la imposición de una única forma institucional (probablemente su propia versión), pero por un lado esto supondría unas graves pérdidas para quienes ven eliminada la alternativa que ellos utilizaban y su capital social acumulado, y por otra se elimina la posibilidad de competencia indispensable para el control de la calidad de la institución.

En un sistema adaptativo complejo como la sociedad humana el mantenimiento y la reproducción de las instituciones se realizan de forma distribuida mediante múltiples decisiones descentralizadas
realizadas por todos los agentes que participan en las mismas. Las instituciones constituyen redes relativamente estables de relaciones, y en toda relación existe un riesgo de contraparte: en el uso del lenguaje son posibles los malentendidos o las mentiras; los contratos a veces se incumplen, por imposibilidad o por fraude o estafa; es posible falsificar el dinero. La calidad de la institución depende de la acción responsable y vigilante de todos los participantes.

No todos los participantes tienen el mismo poder y efecto sobre la organización institucional: algunos serán más persuasivos, con más carisma, o más ingeniosos, o dispondrán de más medios, otros simplemente imitarán, confiarán y se dejarán llevar. Pero en una sociedad libre ningún agente tiene suficiente poder como para imponer a los demás su versión de las instituciones.

Gran parte de la utilidad de las instituciones procede de que es posible utilizarlas sin pensar en ellas, como si estuvieran dadas y fueran intocables, sirviendo así como referencia objetiva para todos. De hecho las instituciones son tan potentes que a un individuo puede parecerle que están dadas y que él no tiene ningún poder sobre ellas. Pero aunque su contribución sea pequeña, existe y es indispensable: cada persona contribuye al mantenimiento de una forma institucional en la medida en que la utiliza, aceptando un dinero y rechazando otro, usando una lengua y no otra, unas palabras y no otras, unos significados y no otros, recurriendo a unas leyes y no a otras. Estas elecciones locales pueden ajustarse espontáneamente unas a otras y converger hacia órdenes globales no diseñados.

La esencia evolutiva, dinámica y descentralizada de las instituciones no es intuitiva, y a menudo los seres humanos la desconocen y recurren a mitos explicativos de las mismas, en los cuales una divinidad o un gran héroe inventan el lenguaje, la ley o el dinero y se lo ofrecen a la tribu o a toda la humanidad. Esta intuición errónea es sumamente peligrosa, ya que sugiere que, igual que fueron creadas por un único agente, las instituciones deben ser mantenidas y controladas por un único agente que las dote de unidad y coherencia. Si monopolizar una actividad económica causa mayores precios y menor calidad, el monopolio de una institución es socialmente desastroso.

Las instituciones funcionan solamente si hay libertad, porque sólo así reflejan realmente las preferencias subjetivas y las capacidades limitadas de los individuos en sus circunstancias locales concretas, expresadas no sólo mediante su voz y su voto sino sobre todo mediante la decisión de salida o no participación. Si en la sociedad libre las instituciones se proponen (no utilizando la fuerza para indicar qué patrones de conducta  seguir), mediante la coacción estatal las instituciones se imponen, directa o indirectamente, de forma parcial o total. El intervencionismo es en general sólo parcial, ya que al incrementarse tiende a destruir al sistema intervenido: las instituciones son poderosas, aguantan mucho lastre, pero no son omnipotentes.

La planificación centralizada es incapaz de crear las instituciones, pero el intervencionismo gubernamental del agente dominante supremo (el Estado, con sus políticos, burócratas, funcionarios y grupos de interés asociados) es muy capaz de distorsionarlas y parasitarlas en su beneficio una vez que existen.

El Estado monopoliza la jurisdicción y la ley, que pasa a ser legislación producida por presuntos representantes capturados por diversos grupos de presión. La ley se transforma en positivismo jurídico obsesionado por procedimientos políticos democráticos en lugar de investigar la legitimidad y funcionalidad del contenido de las normas.

El Estado monopoliza el dinero para facilitar su propia financiación: expropia el auténtico dinero o dificulta su tenencia y uso, impone leyes de curso forzoso, monopoliza u oligopoliza la banca, ofrece garantías generadoras de riesgo moral y proporciona falsa liquidez.

El Estado distorsiona el uso del lenguaje: es prácticamente imposible vigilar efectivamente todos los actos lingüísticos, dada su cantidad, su frecuencia y su carácter local y en general efímero. Pero los políticos controlan en buena medida a los medios de comunicación de masas (que dependen de licencias estatales y de la publicidad gubernamental) y a las escuelas en las que se enseñan los usos adecuados del lenguaje y donde se fomenta o impone una determinada visión del mundo que permite el mantenimiento de las estructuras de poder: así la redistribución coactiva de riqueza pretende ser justicia social, los presuntos derechos son a costa de otros y garantizados por el aparato estatal, y la libertad se confunde con la riqueza obtenida gracias a la obediencia al poder establecido.

El arte del capitalismo

Sin financiación pública, dice Guardans, no habría ópera ni música clásica en España. El Estado es, pues, imprescindible, cuando no el motor de la cultura.

No es así en Estados Unidos y la pregunta es por qué. Según el informe How the United States Funds the Arts de la NEA, en Norteamérica el sector privado es el principal abastecedor de las instituciones artísticas, por medio de donaciones de particulares y empresas, patrocinios y suscripciones, y pago de entradas. La financiación pública representa solamente un 13% de los presupuestos de las instituciones y organizaciones artísticas sin ánimo de lucro. Un 44% proviene de la venta de entradas, de las suscripciones a miembros y otros ingresos comerciales, y un 43% corresponde a donaciones (31% individuos, 3% corporaciones y 9% fundaciones). La financiación pública directa en el caso de las orquestas sinfónicas, por ejemplo, representa un 4% del presupuesto. Un teatro o una orquesta en Alemania recibe como mínimo un 80% de sus recursos por esa vía. El museo medio francés está casi totalmente subsidiado.

El presupuesto del Ministerio de Cultura francés fue de 2.639 millones de euros en 2004. El presupuesto de su equivalente americano, la National Endowment for the Arts, fue de 84 millones de euros el mismo año, un 3.2% de aquel montante o el presupuesto de una superproducción de Hollywood. Si añadimos el gasto público a nivel estatal y local la suma asciende ya a la considerable suma de 886 millones de euros, pero es una tercera parte del presupuesto de Francia en una país que tiene cinco veces su población y seis veces su PIB.

Como explica Tyler Cowen en su libro In Praise of Commercial Culture, esta relativa pasividad del Estado no ha sido un freno al desarrollo cultural, antes al contrario. Francia ha perdido su status como líder mundial en el ámbito artístico y es hoy un ávido importador de cultura americana. Estados Unidos figura en la vanguardia de ámbitos como el arte abstracto, la composición clásica moderna, la danza, la ficción, la poesía, la arquitectura, el jazz o el teatro. Desde 1965 a 1990 el número de orquestas sinfónicas pasó de 58 a casi 300, el número de compañías de ópera de 27 a más de 150, y el número de teatros regionales sin ánimo de lucro, de 22 a 500.

No en vano, a lo largo de la historia los centros artísticos y culturales más importantes han emergido en sociadades basadas en el comercio, con estructuras de gobierno descentralizadas o poco autoritarias. El Renacimiento tuvo su máximo exponente en ciudades-Estado comerciales como Florencia o Venecia. Los Países Bajos y su escuela flamenca vivieron su edad dorada en el siglo XVII, cuando era la región más próspera y el centro comercial más importante del mundo. El impresionismo francés nació al margen del Salón parisino controlado por el Estado, financiado por la demanda internacional y el capital privado fruto del auge industrial.

El capitalismo favorece la cultura de muchas maneras, directa e indirectamente. Expande y descentraliza las fuentes de financiación, promoviendo la independencia económica de los artistas; abarata los costes de producción, poniendo los medios al alcance de todos; aporta innovaciones tecnológicas en la difusión y la preservación del arte, aumentando la oferta cultural contemporánea y del pasado; instituye incentivos lucrativos para satisfacer la demanda de cultura y cubrir nichos de mercado; y genera la suficiente riqueza como para que dispongamos de tiempo libre y podamos cultivar nuestras inquietudes ascéticas.

La intervención del Estado atrofia la iniciativa privada en los ámbitos mencionados. Por ejemplo, si consideramos las donaciones individuales a causas artísticas, los estadounidenses donan diez veces más per cápita que los franceses. El menor volumen de donaciones no es consecuencia de la avaricia francesa sino del papel más intervencionista de su administración, que en lugar de complementar desplaza las iniciativas voluntarias. ¿Por qué vamos a hacer una donación si sabemos que el Estado se encarga de financiar el arte y además ya pagamos bastante con nuestros impuestos?

Por eso Guardans hace trampas cuando afirma que sin financiación pública no habría ópera o música clásica. Si el Estado dejara de subvencionar el arte, el mercado (empresas, organizaciones, patrocinadores, consumidores, artistas) tomarían progresivamente el relevo. El Wall Street Journal se hacía eco en un reciente reportaje, The Culture of Giving, de la influencia que el modelo americano de donaciones estaba teniendo en las instituciones artísticas europeas. El Louvre incrementó sus ingresos provenientes de la filantropía, los patrocinadores y el alquiler de espacios de un 6% en 2003 a un 16% este año. Para atraer donantes las organizaciones están siendo creativas: viajes artísticos, exhibiciones y conciertos especiales, cenas y tours privados etc. Un ejemplo de cómo el mercado establece incentivos para el desarrollo cultural.

El elogio de la cultura comercial de Tyler Cowen es el mejor antídoto contra la extendida opinión de que el capitalismo está en conflicto con el arte. "Créanme, mi único propósito es hacer tanto dinero como sea posible; después de una buena salud es lo mejor que se puede tener". No es una frase de Donald Trump, sino de Mozart.

Separación de poderes y reforma constitucional

Sin duda el principal problema de España es su ley electoral que ha impedido la formación de gobiernos fuertes que defendiesen el principio de igualdad ante la ley de todos los ciudadanos, sus derechos civiles y su libertad para interactuar en una sociedad mínimamente intervenida.

Legislatura tras legislatura, las minorías nacionalistas han ido logrando competencias del Estado central, que les han permitido levantar barreras comerciales, financiar colectivos afines, imponer leyes de inmersión lingüística y, discriminar y marginar al ciudadano no-nacionalista.

Finalmente, la barra libre de la legislación liberticida ha desembocado en los nuevos Estatutos de Autonomía que están enterrando, bajo un amplio manto de cal viva, la libertad de los ciudadanos a favor de la depredación de las clases dirigentes locales y sus redes clientelares.

Ya analizamos la urgente necesidad de garantizar la independencia del poder judicial y el Estado de Derecho y, si Uds. lo permiten, ahora analizaremos brevemente cómo podría reformarse el actual régimen político para que se garantizasen también tanto la separación entre los poderes ejecutivo y legislativo como la formación de gobiernos fuertes que defiendan los intereses de todos los ciudadanos y en todas las regiones de España.

Una buena propuesta de reforma de la ley electoral en España debe cumplir tres objetivos mínimos. Posibilitar la formación de gobiernos estables y fuertes en España evitando su sometimiento al chantaje permanente de las minorías nacionalistas. Garantizar la separación entre los poderes legislativo y ejecutivo. Y hacer cumplir la igualdad ante la ley, explicitada en el artículo 14 CE, por medio de la máxima: "un hombre, un voto"; lo que equivale a descartar cualquier fórmula electoral "proporcional" ya que, actualmente, en España existe una "proporción" de 6 a 1 a favor de los votos concentrados en el País Vasco respecto de los votos distribuidos en el ámbito nacional.

Para cumplir con los anteriores requisitos, el sistema electoral que mejor funcionaría sería la doble vuelta con el siguiente diseño. En una primera vuelta, se elegirían los parlamentarios del poder legislativo, por circunscripción nacional para el Congreso y, por circunscripción provincial para el Senado. En la segunda vuelta se elegiría como presidente el político más votado y, por tanto, más legitimado para actuar como máximo representante del poder ejecutivo. Los miembros del Gobierno los debería elegir el presidente entre las personas de la sociedad civil que considere más cualificadas, pero no pudiendo elegir a parlamentarios del poder legislativo para mantener una estricta separación de poderes.

Actualmente el exceso de poder de las minorías nacionalistas alcanza mucho más allá del número de votos que reciben, pero la situación puede evitarse restringiendo su ámbito de actuación al Parlamento. Para ello, el acceso a la segunda vuelta electoral debería quedar restringido a los partidos que reciban la confianza de un 5% de los electores, sin que se acepten las coaliciones políticas que medrasen con el resultado de la primera vuelta.

La inactiva sociedad civil española comienza a dar síntomas de reactivación y las ideas reformistas comienzan a calar entre la población, hastiada de que la Constitución sea papel mojado en manos del nada independiente Tribunal Constitucional y, harta de que el artículo 14 CE sea un mero ornamento decorativo, cuando afirman nuestros hipócritas próceres: "todos los españoles son iguales ante la ley, sin que pueda prevalecer discriminación alguna…".

La crisis económica y financiera acelerará la ansiedad de los ciudadanos por impulsar reformas que llevarán la convivencia, bien hacia la inestabilidad del Estado confederal y/o el enfrentamiento separatista por la puerta falsa de los nuevos Estatutos de Autonomía, bien hacia la convivencia pacífica con una reforma constitucional que afronte a tiempo sus desafíos.

Desde luego, mientras no se aborden las reformas de la ley electoral y de la Constitución, seguirá avanzando el Estado confederal de las Autonomías. El tiempo se acaba y va llegando el momento de que cada político y cada ciudadano afronte sus silencios, sus inacciones y, en definitiva, sus responsabilidades en la actual situación de crisis institucional de España.

Leer más

Mr. Nadie

Una reunión a puerta cerrada de los "líderes europeos". A la salida, sale por todos los medios que trabajan al momento la última victoria de la democracia europea, el penúltimo ladrillo en la "construcción de Europa". Como titula Der Spiegel, "‘Quién’ como presidente, ‘no lo sé’ como ministra de exteriores".

Herman van Rompuy nos representa a todos los europeos. ¡Y sin que hayamos tenido que hacer nada! Es el mayor ejemplo de efectividad política de lo que llevamos del siglo XXI. A los europeos no nos han tenido que molestar con campañas, mensajes contradictorios, debates, jornada de reflexión y voto en las urnas. Ellos, los "líderes europeos", lo han hecho todo por nosotros. ¡Por eso son líderes! Y europeos, sobre todo europeos.

Porque Europa, la Europa "construida" es eso: un complejo entramado de burócratas y políticos, más alejados de cualquier idea de democracia cuanto más deciden sobre nuestra vida.

Eso puede parecer difícil de sostener, pero Europa posee el secreto de un buen ejercicio de poder, y es que se ha adueñado de un discurso buenista. Resulta que Europa, por sí y ante sí, e independientemente de lo que haga, es depositaria y fuente inmaculada de ética política. Con qué desprecio podemos mirar a los Estados Unidos, que eligen hasta los fiscales. Y de qué modo aplicamos la cursilería totalitaria de la "tolerancia cero" con quienes critican la falta de democracia en esta Europa que cada vez es menos nuestra.

Pero debe de haber algún límite en el aborregamiento de los europeos, y espero que llegue antes de que sea demasiado tarde, si no es que hemos llegado ya a ese punto.

Pregunten a Rubalcaba

Rubalcaba lo sabe, y María Teresa Fernández de la Vega sabe que lo sabe, lo que resulta bastante más divertido. Porque si alguien piensa que una herramienta de espionaje tan avanzada en manos de nuestro ministro del Interior va a ser utilizada solamente para realizar escuchas a la oposición, es que no conoce las nuevas tecnologías ni la capacidad para la intriga de D. Alfredo.

Controlar los movimientos y las conversaciones del adversario siempre es útil para un Gobierno sin escrúpulos, pero mucho más lo es hacerlo con los verdaderos enemigos: los compañeros de Gabinete. Los rumores apuntan a que Rubalcaba no soporta a De la Vega, la cual no puede ver ni en pintura a la Chacón, que a su vez quiere dimitir como ministra para que Zapatero, al que le importan un pimiento los problemas de sus ministros y menos aún los de España, la nombre candidata a la Generalidad de Cataluña en lugar de Montilla. Demasiados odios cruzados para que el gerente de SITEL no saque el correspondiente provecho tocando las teclas adecuadas, nunca mejor dicho.

De la Vega, confiando ingenuamente en la discreción de los organismos implicados, afirma que España no ha sido la responsable de la inflación de puterío que se vive en cierto pueblo somalí gracias al dinero recibido por la liberación del atunero. La vicepresidenta ha fiado su palabra para desmentir algo que la lógica y los hechos contravienen frontalmente y esa es una herramienta que en manos de Rubalcaba puede llegar a ser letal.

Para saber de verdad lo que ha ocurrido con el rescate del Alakrana sólo hay que preguntarle al ministro del Interior en su próxima rueda de prensa. Con lo nervioso que anda últimamente es capaz de soltarlo todo a poco que se le presione. Es sólo cuestión de insistir.

El estatismo necesita un muro

Del mismo modo que el antiguo régimen imponía el servicio militar a todos los adultos, el gobierno socialista de Richter impone trabajo forzoso para la comunidad. Es la lógica de los derechos sociales: si Pedro tiene un "derecho a la salud", un "derecho a la vivienda", un "derecho a una renta mínima" es que Juan tiene la obligación de proveerlos, y en consecuencia no puede trabajar exclusivamente para sí mismo o marcharse del país.

Bryan Caplan se pregunta cómo pudo Richter anticipar de forma tan clarividente el muro de Berlín. Sugiere que Richet planteó a los idealistas socialistas las hipótesis adecuadas, "¿qué sucede si a un trabajador no le gusta tu ‘paraíso socialista’?", y observó que reaccionaban histéricos o con evasivas. Si esa es la respuesta a preguntas críticas antes de que tomen el poder, ¿cómo van a responder a los hechos críticos depués de alcanzarlo?

Lo cierto es que el estatismo en general no puede sobrevivir sin muro. El Estado intervencionista se impone a toda la sociedad, da igual que haya gente que no lo apruebe o que hayamos o no votado la Constitución. El Estado nos obliga a obedecer todos sus mandatos y a pagar impuestos por el mero hecho de vivir en una región. Igual que el mafioso de barrio, pero a escala nacional y con ínfulas de legitimidad. Luego los teóricos dicen que somos miembros de un imaginario "contrato social" y santas pascuas.

El muro físico de Berlín cayó y los socialistas contemporáneos lo repudian por grotesco. Pero si les planteamos la pregunta difícil que sugiere Caplan nos daremos cuenta de que en el fondo no pueden negar su necesidad. Quizás no hace falta alzarlo de hormigón, pero de un modo u otro hay que impedir que la gente que no está de acuerdo con el sistema se escinda y se rija por otras normas. Por su naturaleza, el estatismo (y aquí incluyo el intervencionismo de los Estados del Bienestar) no puede tolerar que la gente se emancipe y deje de contribuir al mismo, porque de lo contrario se les vacía "el paraíso" y su Estado se convierte en una comuna con pocos socios.

Tomemos, por ejemplo, el movimiento del Seasteading, que aspira a fundar comunidades voluntarias (liberales y de toda clase) en alta mar, donde no llega la jurisdicción de los Estados, haciendo uso de embarcaciones y plataformas. ¿Tolerarían los intervencionistas la creación de estas comunidades? En algunas de ellas el capitalismo se practicaría impunemente, no se pagarían impuestos y se aceptarían nuevos miembros que compartieran esos valores. Si en efecto están dispuestos a tolerar esas comunidades, ¿por qué se han reprimido todos los intentos de crear comunidades de este tipo en tierra firme desocupada? ¿Por qué ningún Estado vende una parcela de su geografía a promotores que quieren fundar una comunidad de este tipo (y que ya han mostrado su interés en varias ocasiones)? Tomando un ejemplo más común, ¿por qué se reprime a los "refugios fiscales"? Son países pequeños independientes que se rigen por otras normas y cobran pocos impuestos a quienes quieren trasladar allí su residencia, su empresa o su capital (no son llamados refugios en vano). ¿Por qué los grandes Estados y sus acólitos quieren pisotearlos? Por la misma razón que apuntaba Richter: los individuos están obligados a trabajar para los demás (léase el Estado).

Propongo una cláusula "opt out" para la secesión interna de individuos: aquellos que la firmemos recibimos un recorte drástico de impuestos y, al mismo tiempo, tenemos la entrada vedada a los hospitales públicos, a la escuela pública etc. En los ámbitos en los que el Estado permita la iniciativa privada y la libre entrada al mercado, los firmanes no podemos acudir al sector público. ¿Lo tolerarían los intervencionistas? Uno de ellos me replicó: "¿No es más lógico que impere el sistema político que la mayoría quiere y no el de la minoría?". Pero yo no estoy pidiendo que imperen mis normas, sino que me permitan separarme de las suyas. ¿Acaso aceptaría el socialista que una mayoría católica practicante le impusiera ir a misa siendo él ateo? ¿Aceptaría que los carnívoros impusieran su dieta a los vegetarianos? ¿No es mejor dejar que cada uno haga lo que quiera mientras no agreda al otro?

Esta es la diferencia entre el liberalismo y el estatismo: el liberalismo permite la libertad de salida, la competencia, los nichos de mercado. El Estado intervencionista no. Como decía Robert Nozick, el liberalismo es un marco para las utopías (en plural). El socialismo es una utopía concreta, y sus seguidores suelen querer imponerla a todos (hay excepciones). En una sociedad libre pueden convivir, prosigue Nozick, maníacos y santos, monjes y libertinos, socialistas voluntarios y capitalistas, comunidades tipo Fourier, Flora Tristan, Owen, Proudhon o Josiah Warren, kibbutz, Bruderhof…. Nadie sería obligado a formar parte de un club. El derecho de salida y la competencia harían que unos experimentos fracasaran y otros florecieran. Pero hoy existe un muro a esta competencia institucional. En el marco del Estado del Bienestar actual, los liberales no podemos tener nuestra Quebrada de Galt.

Sitel, o el paraíso de Rubalcaba

En un mes tiene previsto el juez Pedraz solventar este penoso asunto, para estupor de los procesados que llevan varios años esperando un juicio, pero como dice el ministro Caamaño, con las leyes, incluidas las procesales, no conviene generalizar.

Los gobiernos de los países civilizados tienen a gala no negociar con delincuentes, pero los españoles, muy nuestros, preferimos "morir antes que matar" (Bono dixit) y pagar a tocateja antes de realizar cualquier acción enérgica, no sea que nos acusen de belicistas.

Sea como fuere, la discreción proverbial de Zapatero, la leal colaboración de Rajoy, la facilidad expresiva de Moratinos y los buenos oficios a distancia de de la Vega, han hecho posible el que este penoso asunto se haya solucionado escasas horas antes de que venciera el ultimátum lanzado por las familias de los pescadores, hartas de la inactividad activa, pero discreta, de Rodríguez Zapatero.

Sólo queda "liberar a Willy" y su colega de apellido impronunciable, que con toda seguridad es una de las condiciones fijadas en las negociaciones del rescate. Rubalcaba podría organizarlo todo también de forma muy discreta, pero reciente como está el caso del bar Faisán no parece oportuno recurrir al chivatazo salvador. Además, los dos bucaneros están en la cárcel y esa es una complicación estratégica nada desdeñable. Por tanto, lo más fácil, como dice Anasagasti, es dar un volapié rápido en la Audiencia Nacional y preparar, también por la vía de urgencia, el correspondiente indulto.

Con estos antecedentes, no es seguro que los piratas vayan a respetar demasiado de ahora en adelante a los pesqueros españoles que faenan en la zona, pero para tranquilizar a todas las familias de los que tienen que ir a ganarse el sueldo a la costa de Somalia está el Bloque Nacionalista Gallego, que por boca de su diputada en el congreso Olaia Fernández Dávila, ya ha garantizado que su formación política está trabajando para asegurar la protección de nuestros barcos en el Índico. Y por si fuera poco aval, también el partido Eusko Alkartasuna se muestra firmemente dispuesto a acabar con los secuestros de pesqueros. Si yo fuera pirata somalí, emigraba inmediatamente al Caribe.