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Etiqueta: Proceso político: tª estado elección pública y democracia

Lo que no dicen las encuestas

Más preocupante para el Gobierno es que muestran que ha perdido la credibilidad ante la sociedad. Ocho de cada 10 españoles piensan que Zapatero improvisa y tres de cada cinco desaprueban su gestión y otro tanto está en contra de la subida de impuestos; además el 85 por ciento cree que serán las rentas medias y bajas quienes paguen el atraco fiscal que nos espera. Por si fuera poco, otro 85 por ciento no se traga eso de que lo peor ya ha pasado y se teme lo peor para el año que viene.

Junto a todos esos datos, o quizá incluso por encima de ellos, está la creencia mayoritaria, del 54 por ciento, de que el Partido Popular ganará las próximas elecciones. Hay una masa de votantes poco ideologizados que se deja llevar por la tendencia del momento, y si cala la convicción de que el PP ocupará La Moncloa, será difícil que el PSOE vuelva a ganar.

Difícil. Pero no imposible. A Mariano Rajoy le debe de dar la impresión de que, después de subir el Tourmalet, todo lo que le queda es cuesta abajo. Pero el PSOE le ha ganado dos veces tras dos atentados terroristas convenientemente manoseados por la prensa del régimen. Y la confianza en que el PP va a ganar las elecciones puede convertirse, para muchos, en el temor de que eso es lo que va a ocurrir. Si en Génova piensan que la izquierda no es capaz de darle la vuelta a la situación en una semana, es que no la conocen.

Pero Rajoy es el único líder capaz de tropezar tres veces con la misma encuesta.

Y Rajoy respiró tranquilo

Las tropas nacionales, al mando de Varela, en un movimiento también carente de sentido estratégico, se desviaron hacia aquél punto para liberar a los asediados. Aquella historia de resistencia y liberación se convirtió en todo un símbolo por parte de aquél bando y, más tarde, del régimen instaurado por el General Franco.

Se acaban de cumplir, hace una semana, 73 años de aquello. Ha dado tiempo para que terminase la guerra, se disolviese un régimen autoritario por el hecho natural de la muerte del dictador y se instaurase una democracia con tres decenios. Tuvo un valor simbólico que fue efectivo sólo en la guerra y que se agotó por completo con el régimen, al margen de que sirva de alimento para la nostalgia de unos cuantos.

Militarmente, la liberación del Alcázar de Toledo fue un sinsentido, pero tenía todo el valor político porque se había convertido en todo un símbolo, muy potente tanto para un bando como para otro. Este jueves hemos sabido que el Gobierno va a eliminar las huellas del fracasado asalto republicano, y de la resistencia entre muros derruidos. Curiosamente, vuelve al Alcázar para continuar con el asedio y revive, para matarlo, el viejo símbolo. Si eso es contradictorio, ¿cómo puede casar todo ello con las apelaciones constantes a la memoria histórica? ¿Cómo se revive la memoria borrando los rastros del pasado?

La explicación más sencilla y más certera es que este Gobierno está embebido en un sectarismo sin medida, al que da curso con todo el descaro. Pero hay más. Como el régimen descrito por George Orwell en 1984, que quería escribir una neolengua y trucar las huellas del pasado, el de Zapatero quiere crear una neohistoria, al menos en la conciencia de una gran parte de la población. Los libros de historia están ahí, y sus letras, ordenadas con mayor o menor maestría en palabras, frases, párrafos e ideas, quedan a salvo de la labor del Gobierno de luchar contra el pasado. Pero el Gobierno espera que gran parte de la población quede a salvo de tener que leerlos.

División de poderes, ¿dónde?

La teoría de la tripartición del poder en ejecutivo, legislativo y judicial parte de Montesquieu, y se desarrolla con los Padres Fundadores americanos, Benjamín Constant (1767-1830), Guizot (1787-1874) y demás pensadores que habían estudiado la posibilidad de controlar el poder a través de la constitución, hasta llegar a Hayek.

Su fin, salvaguardar los derechos naturales (vida, libertad y propiedad) evitando que el poder político y el legislativo residan en las mismas manos. El objetivo es crear eficaces limitaciones a su ejercicio, pero también marcar con claridad la separación entre quien produce el Derecho y quien ejerce la función política.

La lucha para sustraer a quienes tienen el poder político la potestad de establecer qué es Derecho se configura así como uno de los temas clásicos y constantes de la tradición liberal, distinguiéndola de las demás tradiciones políticas, pues un liberal es extremadamente reacio a atribuir al mismo conjunto de personas el poder legislativo y el poder ejecutivo, y considera que la separación entre estas dos funciones es condición indispensable para garantizar la libertad individual.

No obstante, tanto en el campo político como en el económico, la constante preocupación de los liberales ha consistido en evitar la creación de monopolios, es decir, que una posición de predominio pueda transformarse en una posición permanente de dominación mediante la creación de normas favorables a sus intereses.

Por ello, la función del Estado tan sólo consistiría en garantizar que el intercambio libre de informaciones, bienes y servicios entre individuos. Este modelo tiene como presupuesto y fin que la intervención del Estado en la esfera económico-social sea extremadamente reducida, puesto que un Estado intervencionista implica el riesgo de que quien gane las elecciones se adueñe de la totalidad del poder, sirviéndose así del presupuesto estatal como de un instrumento para acrecentar su propia clientela electoral y hacerla duradera.

Es evidente que tal precepto nada tiene que ver con la realidad política de nuestro tiempo, en donde el jefe del Ejecutivo detenta una gran capacidad de maniobra para modificar y ampliar nuevas leyes con el fin, en la mayoría de los casos, de extender la intervención del Estado en el ámbito socioeconómico.

Una constitución liberal no puede ser, en ningún caso, una constitución programática (como la nuestra) ya que, siendo ésta inmutable, constituye de hecho un despotismo jurídico, pues el tratar de concebir la inmutabilidad de la Constitución como una especie de derecho natural presupone la identidad entre derecho natural y Estado.

Una Constitución de este tipo, de carácter programático, contiene objetivos éticos, políticos y económicos, de forma que ello acaba por legitimar la intervención del Estado en ámbitos que no le incumben. La crítica liberal aquí se centra en la particular concepción del bien común en cuanto a una irrealizable "comunidad de fines", y no sin embargo en cuanto a una "comunidad de normas" que se limiten a especificar los comportamientos.

El principal problema reside así en lograr fijar unos límites eficaces a la voluntad de la mayoría mediante la formación de una Constitución liberal que tenga por objetivo garantizar los derechos y libertades individuales, las normas relativas al funcionamiento de los poderes y sus relaciones y que, finalmente, se base en la distinción entre ejecutivo y legislativo.

Se entiende ahora, por qué el liberalismo se opone a una intervención del Estado en el mercado con el fin de especificar sus propios objetivos, tratando así de separar la función legislativa de la dirección política, y ambas de la esfera de gestión de la esfera económica. En esto consiste, precisamente, la esencia de la tradición liberal en oposición a la tradición democrática, que concibe el Derecho como expresión de la voluntad del pueblo soberano. Para esta última lo importante no es, pues, la defensa de los derechos individuales sino que se logren los ideales de justicia social e igualdad.

Y es que debemos tener en cuenta que la teoría de la división del poder surge en un período histórico en el que el titular de la soberanía (el rey) trataba de aumentar su poder y luchar contra una limitación que le venía impuesta, consistente en la existencia de un Derecho que no había creado ni podía modificar.

En tal contexto, configurado por actores políticos tales como la nobleza, el clero, y la naciente burguesía, se sitúa la génesis de la teoría de la división del poder elaborada por Locke y Montesquieu, así como los constitucionalistas americanos, que la emplean como mecanismo para garantizar las libertades individuales frente a las aspiraciones absolutistas del Antiguo Régimen.

Se trataba del derecho natural y la tradición jurídica, expresada en los "parlamentos", los cuales empezaron a asumir funciones análogas a las de hoy en día, como la posibilidad de establecer y controlar el presupuesto del Estado (no taxation without representation), aumentando así su poder. Sin embargo, y esto es lo importante, tal aumento de poder parlamentario acrecentó la tensión existente entre reyes y parlamentos, los cuales, no debemos olvidar, se constituían como poderes con fuentes de legitimidad distintas e intereses contrapuestos.

Sin embrago, tal situación no tardó mucho en cambiar, ya que el creciente desarrollo económico supuso el surgimiento de una nueva clase política que, al tiempo que reclamaba la participación en la vida política, se autodeclaraba como portadora de la soberanía, lo cual choca y se contrapone con la idea de soberanía tanto absolutista como liberal (soberanía de la ley).

Se trataba de la soberanía popular (soberanía perteneciente únicamente al pueblo) y del inicio de la teoría democrática moderna, donde el ejercicio del poder es reclamado, íntegramente y sin mediaciones ni restricciones, por la mayoría y delegado a sus representantes.

La principal consecuencia de ello es que acaba sucumbiendo la compleja y delicada relación de equilibrio y compensación de poderes propia del constitucionalismo liberal. En su lugar, surge la convicción de que tanto el Gobierno como el Parlamento elegidos por el pueblo, y por lo tanto representantes legítimos del único titular de la soberanía, son también los titulares del monopolio de la producción del Derecho.

Por ello, la tripartición liberal del poder acaba siendo un mero simulacro carente de vacío y de contenido, pues el Estado pasa de ser concebido como un instrumento de garantía a un instrumento para la realización de la igualdad. La principal consecuencia que deriva de ello es que para perseguir el objetivo de la igualdad, entendida ésta como justicia social, se exige una legitimación ética del Estado y, por lo tanto, de la extensión de sus funciones y competencias.

Así pues, la división de poder del constitucionalismo liberal, inspirado en la enseñanza de Montesquieu entra en crisis, confirmándose así sus temores, ya que desaparece la distinción entre legislativo y ejecutivo, así como el fundamental hecho de que la mayoría ganadora de las elecciones se encarga además de gestionar una organización de tipo finalista:

Cuando en la misma persona o en el mismo cuerpo de magistratura el poder legislativo está unido al poder ejecutivo, no hay libertad; porque se puede temer que el mismo monarca o el mismo senado hagan las leyes tiránicas para imponerlas tiránicamente. No hay libertad si el poder judicial no está separado del poder legislativo y del ejecutivo. Si estuviera unido al poder legislativo, el poder sobre la vida y la libertad de los ciudadanos sería arbitrario, ya que el juez sería al mismo tiempo legislador. Si estuviera unido al poder ejecutivo, el juez podría tener la fuerza de un opresor. Todo estaría perdido si una única persona, o el mismo cuerpo de grandes, de nobles, o de pueblo, ejerciera estos tres poderes: el de hacer las leyes, el de ejecutar las resoluciones públicas, y el de juzgar los delitos y litigios de los privados.

Del espíritu de las leyes.

Cállate

Evidentemente, no guardo ninguna simpatía hacia sus autores, que entre otras cosas muestran su apoyo incondicional a Bibí y su proyecto criminal contra los no nacidos. Pero no puedo dejar de entender la frustración de quien permanece en un partido, quiere cambiarlo y no le permiten siquiera decirlo.

Desde hace tiempo, los gurús de la internete han estado elucubrando con la idea de una "política 2.0" en la que los profesionales de la cosa estuvieran en contacto más directo con sus representados gracias a la nuevas tecnologías y se convirtieran en algo más parecido a los representantes de sus electores, que es lo que se supone que deberían ser. Sin embargo, en Estados Unidos el cambio se ha limitado principalmente a la recaudación de fondos y a la mayor facilidad con la que se organizan los activistas aunque estén dispersos, que está teniendo en las llamadas tea parties contra el aumento del tamaño y el gasto del Gobierno federal su último ejemplo. Pero no parece que los representantes políticos hayan disminuido su autismo.

En España, claro, la cosa es mucho peor. No porque usemos menos internet o le demos menos importancia, que también. Sino sobre todo por el deficiente sistema político consagrado en nuestra Constitución. Votamos a partidos políticos, no a personas (sí, a veces hay que recordar que incluso los políticos pueden ser personas), y son los partidos quienes deciden quienes nos "representan". Con esta estructura de incentivos, el resultado no podría ser otro que la adscripción incondicional al líder del partido en cada momento y el "quien se mueva no sale en la foto", en la excepcional formulación de Alfonso Guerra, imposible de mejorar por su capacidad de síntesis del problema.

Así, cuando los políticos representan a su líder y no a sus electores, las protestas y críticas no es ya que molesten, es que resultan peligrosas. Aquello de la "democracia interna" de los partidos nunca incluyó el derecho a la libertad de expresión conservando el cargo. Internet, en un mundo político como es el español, no puede ser sino un adorno o una molestia. Y así ha sido en general. El PSOE ha incorporado mejor a la blogosfera en su partido que el PP, principalmente porque es más sectaria y acrítica con los suyos que las derechas que escriben en internet. Pero en cualquier caso ambos lo han hecho como adorno. Y cuando se convierte en molestia, reaccionan como quien tiene un mosquito dándose un festín con su brazo. Intentando aplastarlo.

Ahora bien, el mosquito también tiene su parte de responsabilidad. Ha sido siempre parte fiel de esta estructura y sigue creyendo en ella, considerando excepcional el manotazo que ha sufrido. Se puede entender la frustración, pero difícilmente se puede considerar heroico combatir los síntomas pero no la enfermedad.

Giro liberal en Alemania

Mientras que Zapatero se empeña en fustigar a las clases medias y bajas con más impuestos que le permitan seguir incrementando al leviatán estatal, los tres grandes partidos alemanes entendieron que la ciudadanía no consentiría subidas impositivas y pujaron a ver quién ofrecía mayores rebajas. El mayor recorte lo ofrecía el Partido Liberal que liderado por Guido Westerwelle entrará en el nuevo gobierno de la mano de Angela Merkel. Detrás venía el CDU, la sección bávara de los democristianos. A los de Bavaria les seguía la matriz democristiana con Merkel a la cabeza, prometiendo una contundente rebaja fiscal e importantes recortes en el gasto público. Cerrando el pelotón de la rebaja fiscal estaba el Partido Socialdemócrata que a pesar de su ideología no barajó en ningún momento una subida de impuestos porque según su líder, Frank-Walter Steinmeier, "subir los impuestos sería catastrófico en esta coyuntura".

Pero la política de saqueo del contribuyente mediante subidas impositivas con el objeto de que el Estado siga engordando y aumentando el gasto mientras la ciudadanía trabaja de contener el suyo también estaba representada. Su líder era nada más y nada menos que Oskar Lafontaine, el Zapatero germano. A pesar de obtener una pequeña subida, su partido, Die Linke (La Izquierda) se queda en torno al 12%. Los Verdes, que parecían secundar la política económica confiscatoria de la izquierda radical (ya saben, la salvación del planeta bien vale alargar la crisis todo lo que haga falta), han obtenido aproximadamente un 10% de los votos.

Parece que los alemanes no son tan dóciles ni masoquistas como los españoles. Menos de una cuarta parte del electorado ha respaldado a partidos dispuestos a aumentarles los impuestos. Allí una subida podría haber provocado una revuelta. Aquí mucho me temo que ni siquiera vaya a provocar movilizaciones sociales ni objeción fiscal. ¿O sí?

¿Por qué el Estado mínimo tiende a crecer?

El liberalismo clásico propone como modelo un Estado mínimo dedicado a proteger la vida, la libertad y la propiedad de los ciudadanos de las agresiones de otros individuos o Estados extranjeros. Así el Estado se limitaría a proveer tres servicios básicos: tribunales (ley), policía (seguridad) y ejército (defensa nacional). En tanto Estado, detentaría un monopolio jurisdiccional sobre el territorio, esto es, sería el árbitro último en cualquier disputa que tuviera lugar dentro de sus fronteras. La mayoría de liberales clásicos aceptan que el Estado tiene derecho a cargar los tributos necesarios para financiarse y desempeñar correctamente las funciones que le corresponden.

La eventual viabilidad del Estado mínimo, como la de cualquier sistema político, depende de la aquiescencia activa o pasiva de la mayor parte de la sociedad hacia ese orden social. Teóricamente, pues, para que el Estado mínimo sea una realidad basta con que la mayoría de la gente crea que es el sistema más justo y el que genera mayor prosperidad. Planteada en estos términos la viabilidad del Estado mínimo parece, sin duda, posible. Pero, ¿es sostenible en el tiempo? ¿Tiene una estructura de incentivos interna que lo hace estable, o que por el contrario la empuja a su progresiva disolución?

El Estado actual es un monopolio de la fuerza que monopoliza varios sectores e interviene en virtualmente todas las esferas de la vida económica y social. El Estado mínimo es un monopolio mínimo, limitado a los servicios de gendarmería (ley, seguridad y defensa). Pero monopolio al fin y al cabo. Nadie puede "tomarse la ley por su mano", "escindirse del Estado", o "crear su propio Estado o empresa que compita con el Estado en la provisión de servicios de gendarmería". El Estado, por tanto, está afectado por los mismos problemas que cualquier otro monopolio.

Un monopolio tiene incentivos para subir el precio por encima del precio que fijaría en ausencia de barreras de entrada, para aumentar así sus beneficios. Al mismo tiempo, carece de incentivos para esmerarse al máximo en ofrecer un servicio de calidad, pues nadie va a arrebatarle su posición privilegiada. En el caso del monopolio público de la fuerza la situación es más grave: las contribuciones son obligatorias (impuestos), por lo que el Estado puede fijar el "precio" que quiera a sus servicios sin que podamos abstenernos de pagar. Si a esto añadimos los problemas derivados de la imposibilidad del cálculo económico en un sector nacionalizado, tenemos como resultado un Estado mínimo que nos ofrece servicios de gendarmería de una calidad muy baja a cambio de impuestos demasiado altos.

Pero el Estado sigue siendo mínimo, ¿no? Sigue cumpliendo con las funciones que se le han encomendado y ninguna más. Sin embargo, su condición monopolística y la naturaleza coactiva y redistribucionista de los impuestos tiene ulteriores implicaciones.

El Estado mínimo carga impuestos a los ciudadanos. Como señala Robert Nozick en Anarquía, Estado y Utopía, los impuestos deberían ser redistributivos para compensar a quienes se fuerza a participar en el sistema. Aunque pudiéramos concebir un Estado mínimo que cobra a cada ciudadano exactamente lo que recibe en seguridad y justicia (una tasa), es dudoso que muchos minarquistas favorecieran la propuesta, pues la razón por la que defienden un Estado en primer lugar es porque consideran que la protección de los derechos individuales es un prerrequisito de la sociedad libre y debe ser "garantizada a todos", incluidos los menos pudientes. Teniendo en cuenta que la tasa sería además artificialmente elevada, por los motivos mencionados antes, la redistribución se antoja aún más necesaria para proveer servicios a aquellos que no pueden o no quieren permitírselo a ese precio.

Al legitimar los impuestos y la redistribución se abre la caja de pandora. Si es legítimo confiscar dinero a Juan para pagar la seguridad a Pedro, ¿por qué no es legítimo confiscar dinero a Roberto para pagar la sanidad, la pensión o el subsidio de desempleo a María? El argumento en contra de la redistribución queda muy debilitado. Si se tolera un poco para alguien, ¿por qué no un poco más para alguien más? Es razonable pensar que un número creciente de gente presionará para que se amplíe esa tolerancia en el margen.

En este contexto hay que tener en cuenta el efecto de la socialización de los costes. Los costes de un servicio público se socializan cuando lo sufragan todos, no únicamente el beneficiario. ¿Y a qué conduce la socialización de los costes? Imaginemos dos mesas en un restaurante de 20 personas cada una. En la primera los costes se socializan, esto es, las facturas individuales se sumarán y se dividirán por 20. En la segunda mesa los costes se internalizan: cada persona paga por lo que consume. ¿Qué mesa habrá gastado más al final de la comida? La primera, pues cada comensal piensa: "si pido un plato más caro no lo pagaré yo, pues el precio se reparte entre todos". Pero como todos piensan lo mismo, acaban pagando más.

En el contexto estatal los individuos tienden a despreciar los costes de que otros reclamen ayudas y prestaciones (pues se diluyen entre todos los contribuyentes) y al mismo tiempo tienden a codiciar las prebendas estatales (cuyos beneficios recoge en exclusividad el recipiente). El resultado no es otro que una demanda creciente de prestaciones por parte de la población, con el consiguiente aumento del gasto público. El caso de las regulaciones es análogo (protege o privilegia a unos grupos a expensas de los demás). Los individuos y colectivos se hallan ante el clásico dilema del prisionero: desde una perspectiva global todos estarían mejor si nadie solicitara prestaciones o regulaciones, pero desde el punto de vista de cada individuo o grupo en particular es beneficioso escaquearse y obtener una prestación o una regulación mientras el resto se abstiene de solicitarla. Como todos quieren ser el que se escaquea y nadie el que se queda atrás, todos acaban pidiendo prestaciones y regulaciones. Sin duda los principios éticos o la ideología de la gente puede ser un freno a estos impulsos, pero la cuestión sigue siendo que el Estado abre la posibilidad a la satisfacción de estos impulsos. Es la serpiente que introduce la tentación en el paraíso liberal.

Algunos minarquistas sostienen que el Estado puede limitarse de forma duradera a través de una constitución, separación de poderes etc. Pero como decía Anthony de Jasay, es como poner un cinturón de castidad a una doncella y dejar la llave al pie de la cama. Si es el propio Estado el que se pone los límites (a través del parlamento, el tribunal constitucional, etc.) puede modificarlos o reinterpretarlos cuando se vea empujado a ello. La historia de los Estados Unidos ilustra que el propósito y el significado original de una constitución cuasi-minarquista no resiste la presión del Estado por crecer y rebasar los límites que ésta impone.

Por tanto cabe preguntarse, ¿es el Estado mínimo una meta realista o utópica? A lo mejor vale la pena por poco que dure, o para comprobarlo. O quizás como paso previo a desmantelar el monopolio y tirar la llave por la ventana.

Cambiemos la cerradura

En tiempos inmemoriales se erigieron montañas, se desplazaron ríos, se formaron lagos. Nuestra amazonia, nuestro chaco, nuestro altiplano y nuestros llanos y valles se cubrieron de verdores y flores. Poblamos esta sagrada Madre Tierra con rostros diferentes, y comprendimos desde entonces la pluralidad vigente de todas las cosas y nuestra diversidad como seres y culturas. Así conformamos nuestros pueblos, y jamás comprendimos el racismo hasta que lo sufrimos desde los funestos tiempos de la colonia.

De esta forma comienza el preámbulo de la constitución del Estado Unitario Social de Derecho Plurinacional Comunitario de Bolivia (sic), una constitución redactada a mano alzada por los grupos indigenistas que apoyan a Evo Morales y su Movimiento al Socialismo, que atribuye al Estado la propiedad de los recursos naturales susceptibles de explotación, incluye en el sistema de salud pública los ritos curativos tradicionales y en el de justicia las tradiciones indígenas para castigar delitos, establece como principio transversal el resarcimiento del daño causado por la "colinización" española y permite a su actual presidente perpetuarse en el poder indefinidamente a imitación de su padrino venezolano.

Todo un ejemplo de democracia moderna, como se ve, que la izquierda española aplaude a rabiar cuando su protagonista se da una vuelta por la odiada metrópoli para insultar a sus habitantes. Pero por debajo de las apelaciones a la Pachamama y de los carísimos trajes de diseño con aires precolombinos, Morales ha venido a cobrar la deuda que la propia izquierda española se ha ofrecido siempre a satisfacer para lavar su absurda mala conciencia. Setenta millones de euros setenta es lo que se lleva para Bolivia en concepto de condonación de su deuda exterior con España. Una pastizara que todos los contribuyentes tendremos que financiar, para que Evo Morales nos perdone por haber llevado la civilización a las tierras andinas. No lo hará, claro, porque como miembro destacado de la extrema izquierda populista, sabe muy bien que el odio al capitalismo y a la civilización occidental proporciona grandes apoyos políticos y financieros entre la izquierda española, tan populista como la hispanoamericana cuando no más radical.

Y como cada vez que hay un sarao izquierdista, Gallardón se ha sumado a este espectáculo lamentable de desfondamiento nacional entregándole al cobrador del frac de alpaca las llaves de la ciudad. Las de su casa no, claro, que no está la economía para cambiar cerraduras cada dos por tres. Ahora bien, una cosa hay que reconocerle al alcalde madrileño: su vista de lince para ganar apoyos a la candidatura olímpica de Madrid. Con Chávez y Morales damos un paso de gigante. En cuanto venga Ahmadineyad las olimpiadas están en el bote.

Las mociones de mamá

El fenómeno del transfuguismo es inherente al sistema de partidos con listas cerradas, en que la aritmética política de las instituciones permite a veces combinaciones de lo más variopinto. Así pues, los integrantes de una lista electoral para el ayuntamiento aspiran a convertirse en concejal de Urbanismo si su partido gana las elecciones, y si las pierde rezan para que la alcaldía dependa de un solo voto corporativo, lo que abre un abanico de posibilidades a cual más nutritiva.

El pacto de los dos grandes partidos para erradicar el transfuguismo no soluciona nada, porque el mayor castigo con que pueden amenazar al insurrecto es expulsarlo del partido, y ese es un trámite que suele hacer el interesado motu proprio antes de dar carta de naturaleza a su repentina conversión ideológica.

La mamá de Pajín ha decidido contribuir personalmente al cada vez más nutrido inventario de cambios de gobierno, tránsfuga mediante, tal vez porque ver a la niña al lado de Zapatero y cobrando tres sueldos mientras la autora de sus días calienta banco en la oposición municipal es un trago difícil de aceptar para determinados espíritus. Además, lejos del presupuesto público se pasa bastante frío aunque uno viva en Benidorm, y a ciertas edades uno suele buscar instintivamente la calidez mullida del sillón de concejal delegado, con el sueldo, las dietas y los gastos de representación inherentes al desempeño de tan alta función.

Leire Pajín no va a verse en el trance de firmar la expulsión de mamá, porque la señora se ha borrado de "la PSOE" cumpliendo escrupulosamente el manual del cambio de gobierno gracias al voto tránsfuga, el de un tío que se presentó a las elecciones en la lista de un partido de derechas sin sospechar que unos meses más tarde iba a descubrir, para su asombro, que era de izquierdas de toda la vida. En todo caso, sospechamos que las próximas navidades en la casa de los Pajín-Iraola no van a ser las más entrañables de los últimos años. Pues nada, hasta que lleguen las felices sobremesas familiares.

El timo del socialismo

Cada cierto tiempo aparecen en los periódicos noticias de víctimas del timo de la estampita, o del tocomocho. Y la pregunta que nos hacemos es cómo puede alguien a estas alturas caer en timos tan viejos, tan evidentes y tan cutres. Pero los liberales también nos hacemos otra pregunta. ¿Cómo puede haber gente que aún caiga en el timo del socialismo, tan viejo, tan evidente y tan cutre?

La respuesta es la misma tanto para los timos tradicionales como para el socialismo, pues todos los timos se basan en los mismos principios. Desde los timadores de baja estofa que consiguen que un pardillo les entregue su dinero a cambio de unos papeles de periódico sin valor a un presidente del Gobierno que promete "más de todo para todos" el mecanismo del timo es el mismo y está basado en un pecado capital de la naturaleza humana, la avaricia.

Cuando un incauto cree estar haciendo negocio quedándose con las "estampitas" de un "falso pobre subnormal", realmente los timadores están sacando partido de su avaricia, pues la posibilidad de obtener un beneficio fácil obnubila su capacidad crítica y lo convierte en una presa fácil.

El socialismo también se basa en la avaricia; si votas socialista, le van a quitar a otros el fruto de su trabajo para dártelo a ti. ¡Menudo chollo! O sea, que sin tener que trabajar más, sin tener que ser más eficiente y productivo, simplemente por votar a estos tipos accedes a unos bienes y servicios que realmente no eres capaz de permitirte. Así, el incauto les vota… Y cuando se quiere dar cuenta, no les están quitando a otros para dárselo a él, sino que está en el paro, le han subido los impuestos y la inflación se ha disparado.

Pero aún así, muchas veces la victima no reacciona. Otro pecado capital, la soberbia, le mantiene en el error. "Yo no me he equivocado al votar socialista", se consuela, "la culpa es de Bush, de los empresarios, de Aznar… yo nací socialista y siempre lo seré". Sin duda, es el timo perfecto, pues el timado no quiere reconocer que ha caído como un palomo.

Además, el socialismo también recurre a los "ganchos", a los compinches que distraen al incauto y que obtiene su recompensa llevándose su parte del botín. En el caso del socialismo, la lista de ganchos es muy extensa, desde medios de comunicación afines que sacan partido de las prebendas del poder, hasta artistas solidarios que con sus canciones, sus películas (subvencionadas) y sus declaraciones públicas tratan de reafirmar a la víctima en su error, pasando por sindicatos cómplices y subvencionados que, al igual que los tipos mal encarados que están a los lados del trilero, son un último recurso de coacción física por si el timado reacciona a tiempo.

Pero hay que reconocer su mérito a los timadores. Sin duda, para ser timador hay que tener madera. Igual que no todo el mundo vale para mantener la compostura mientras está tratando de vender la Torre Eiffel a un pobre paleto, no todo el mundo es capaz de mentir compulsivamente ante el Parlamento, ante los periodistas y la opinión pública; poner caritas, arquear las cejas y que no te tiemble la voz mientras niegas la crisis económica o prometes 420 euros a los parados es algo que no está al alcance de cualquiera.

Incluso disfrazarse de minero y levantar el puño, después de haberse bajado del coche oficial y tener un sueldazo de primera es algo que requiere, en primer lugar, una absoluta falta de escrúpulos, pero sin duda un alma de timador de primera. Y eso es algo que a ZP y a su cuadrilla hay que reconocerles.

El papel higiénico, un artículo de lujo en Cuba

Sorprendente, pero cierto. Los cubanos sufren una grave escasez de papel higiénico que, al menos, se mantendrá hasta finales de año, según el propio régimen comunista. Asearse con un mínimo de dignidad también se ha convertido en todo un lujo para el 99% de la población que aún reside cautiva en la isla caribeña.

La Revolución Cubana cumple 50 años de historia. Durante este largo periplo, Fidel Castro ha gobernado con puño de hierro los designios y avatares del país, dictando hasta el más mínimo detalle de la actividad privada de los cubanos. Su política ha cosechado un enorme éxito, desde el punto de vista de la ideología comunista. Y es que, el dictador ha cumplido su propósito: la Cuba castrista en nada se parece a la Cuba pre-revolucionaria.

Mientras que en 1960, la isla era el tercer país latinoamericano en consumo de calorías diarias per cápita, en 1995 registraba un suministro de comida más precario que Honduras, según las estadísticas de la ONU. El 11% de la población estaba desnutrida, según la FAO; su ratio de crecimiento en energía eléctrica es el más bajo del hemisferio junto con el de Haití; el número de líneas telefónicas por habitante a finales de los 90 permanecía estancado en los niveles de 1958; la producción de azúcar en los 90 fue inferior a la de 1958, al igual que la de arroz, la producción láctea permanece estable respecto a los niveles de los años 50; la mitad de las tierras cultivables permanecen ociosas…

Además, Cuba es el único país de Latinoamérica con menos coches por habitante que hace medio siglo. La renta per cápita de los cubanos asciende a unos 3.000 dólares al año; sobreviven con menos de 30 dólares al mes, situando a Cuba como uno de los países más pobres del continente americano, junto a Honduras, Bolivia, Nicaragua y Haití.

El régimen castrista ha terminado por convertir todos los bienes básicos en auténticos artículos de lujo para la población. Desde el arroz, la carne y el suministro eléctrico hasta el papel higiénico. Los cubanos se asean con ejemplares viejos de la prensa revolucionaria (Granma), que se pueden adquirir a menos de un centavo de dólar. Sin embargo, las revistas chinas y norcoreanas son las favoritas por la suavidad de su papel.

Las interminables colas en las tiendas oficiales para adquirir la escasa dieta que marcan los cupones de racionamiento se han extendido a los puntos de distribución de periódicos. Los cubanos esperan horas para comprar 10 ó 15 ejemplares del diario oficial del régimen para emplearlos en diversos usos domésticos, ante la falta de papel higiénico. ¡Todo un logro!

La completa nacionalización de la economía ha supuesto un retroceso sin parangón en los niveles de vida y bienestar de todos los ciudadanos, a excepción, por supuesto, de los miembros del régimen castrista. La escasez de papel higiénico, al igual que hasta ahora sucedía con el jabón o la pasta de dientes, es tan sólo un ejemplo más de los nefastos resultados de la colectivización.

Un proceso que, por desgracia, está imitando a la perfección el Gobierno bolivariano de Hugo Chávez. Su reforma constitucional establece, al menos, ocho preceptos legales para proceder a la incautación arbitraria e indiscriminada de la propiedad privada por parte del Estado. Su plan es claro: primar "los intereses comunes sobre los individuales".

Art. 18:"El Estado enfrentará toda acción especulativa respecto a la renta de la tierra y los desequilibrios económicos".

Art. 112:"El Estado promoverá el desarrollo de un Modelo Económico Productivo fundado en la preponderancia de los intereses comunes sobre los individuales".

Art. 113:"Se prohíben los monopolios", así como todas las actividades tendentes al "abuso de la posición de dominio" por parte, tanto de particulares como de empresas. Además, "no se permitirán" las actividades y acuerdos privados que "vulneren los métodos de producción social […] o dificulten la justa y equitativa concurrencia de bienes y servicios".

Art. 115:"Por causa de utilidad pública o interés social […] podrá ser declarada la expropiación de cualquier clase de bienes", y "toda propiedad estará sometida a las cargas y obligaciones que establezca la ley".

Art. 300: "La ley nacional establecerá las condiciones para la creación de empresas para la realización de actividades económicas o sociales, bajo los principios de la economía socialista".

Art. 305:La producción de alimentos es de "interés nacional".

Art. 307: "Se prohíben los latifundios", y se podrán confiscar las propiedades que atenten contra el medio ambiente o la "seguridad y defensa de la nación".

Art. 318: La banca y el sistema monetario deben responder a los principios del "Estado Socialista". El Banco central carecerá de autonomía.

Pese a que la citada reforma fue tumbada por referéndum en 2007, Chávez consiguió el pasado febrero aprobar una enmienda constitucional para perpetuarse en el poder más allá de 2012. Desde su llegada al poder, hace una década, el líder bolivariano ha logrado esquivar fácilmente los débiles resortes democráticos para anclarse en el sillón presidencial de forma ilimitada con el fin de extender la nacionalización de la economía venezolana.

Ningún mecanismo institucional logrará frenar las ansias totalitarias de Chávez. La Revolución Bolivariana está en marcha y, de hecho, su avance continúa imparable hacia la instauración de un nuevo régimen comunista en el cono Sur. Si nada lo remedia, dentro de 50 años, o quizás menos, los venezolanos también se limpiarán con el entonces periódico oficial del régimen chavista.