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Etiqueta: Proceso político: tª estado elección pública y democracia

Republicanos en Palacio

Cayo Lara es republicano de profesión y el Rey lo es por vocación, como ya se encargó de señalar en su día Rodríguez Zapatero exaltando la figura del monarca y felicitando a todos los españoles por tener un rey "muy republicano". Ser republicano queda muy progre y si por algo se han distinguido siempre los borbones es por ir con el sino de los tiempos. Es cierto que algunas veces "los tiempos" les han indicado el camino a la puerta, pero son vicisitudes puntuales que en nada empañan la trayectoria ejemplar de una dinastía identificada con el pueblo y sus neurosis episódicas, como la de instaurar una nueva república a pesar de los antecedentes de nuestra historia.

Lo más chocante es que una gran parte de los que aspiran a cambiar de régimen se declaran orgullosos herederos de nuestra última aventura republicana, que acabó en una feroz guerra civil con los borbones en el exilio. Con esos antecedentes, lo más prudente es que los sucesores de unos y otros observaran cierta moderación en sus alardes republicanos, pero como en España todo es excesivo, el titular de la monarquía constitucional y el responsable de un partido antisistema a punto de convertirse en fuerza extraparlamentaria se reúnen en palacio para conversar, entre otras cosas, sobre la mejor forma de traer a España la III República, que ya hay que tenerlos holgueros.

A los agnósticos en lo que respecta a la forma de gobierno nos importa relativamente poco que estas situaciones rocambolescas se produzcan, pero agradeceríamos cierta claridad en este asunto y, sobre todo, una mayor coherencia de los que se manifiestan dispuestos a cambiar la arquitectura política de la nación. Quiero decir que hubiera sido más presentable que a la salida del cónclave neorrepublicano en sede Real, el coordinador general de lo que queda de Izquierda Unida hubiera manifestado su contrariedad por el rechazo del monarca a debatir sobre el cambio de régimen en lugar de su satisfacción por la cordialidad del encuentro. Claro que después del estatuto de Cataluña, defender el orden constitucional es más bien cosa de héroes y nadie está a estas alturas para hazañas. Tampoco en Palacio.

España recurrirá al FMI

Dicho estudio ha tenido eco en los principales medios de comunicación, tanto nacionales como internacionales. No es para menos. Y es que, a diferencia del diagnóstico oficial que trata de vender el Gobierno, España se enfrenta a una peligrosa espiral deflacionista, un colapso inmobiliario histórico, una grave crisis bancaria y un paro superior al 25%.

Dada la situación, estos mismos analistas añaden que los acreedores de España –Francia y Alemania– tendrán que acudir al rescate de una deuda que, hoy por hoy, es incobrable. El país se enfrenta a un gravísimo problema de endeudamiento, no sólo privado sino, ahora más que nunca, también público. Zapatero ha encomendado toda su política económica a la emisión masiva de bonos del Tesoro con la ilusoria esperanza de resucitar la demanda agregada y mantener artificialmente el mayor número de puestos de trabajo posible.

El resultado visible, el único que el Gobierno se esmera en destacar, es el aumento de las matriculaciones de coches (gracias a su Plan 2000E de ayudas públicas) y la ocupación de 400.000 trabajadores en su Plan de Inversión Local para la realización de obras públicas de diversa índole en los ayuntamientos.

Esto es "lo que se ve", pero la clave reside en "lo que no se ve", tal y como advertía el maestro liberal Henry Hazlitt en su obra La economía en una lección, cuya lectura recomiendo encarecidamente.

El sofisma básico de la "nueva" Economía consiste en concentrar la atención sobre los efectos inmediatos de cierto plan en relación con sectores concretos e ignorar o minimizar sus remotas repercusiones sobre toda la comunidad […] Cuando [los economistas] ignoran o desprecian los efectos remotos, están incidiendo en un error de mayor gravedad. Su preciso y minucioso examen de cada árbol les impide ver el bosque.

El déficit público se ha multiplicado por cinco en el último año, hasta rozar los 50.000 millones de euros el pasado julio. De hecho, tan sólo en el último mes se ha disparado un 28,7%. Economía acaba de confirmar que el Estado está gastando el doble de lo que ingresa vía impuestos: mientras que los pagos ascendieron a 107.639 millones de euros los ingresos apenas sumaron 57.952 millones.

Este ritmo de endeudamiento público es, simplemente, insostenible. El déficit superará la barrera de los 100.000 millones de euros el presente año (el 10% del PIB), y la subida de impuestos que pretende aprobar Zapatero no impedirá que el desequilibrio presupuestario siga aumentando en 2010. La respuesta no reside en incrementar la presión fiscal sino en reducir drásticamente el gasto público.

De lo contrario, el manantial de liquidez que, en la actualidad, ofrece el Tesoro se acabará agotando por completo. Y cuando esto suceda, será entonces cuando el Ejecutivo tendrá que rogar compasión a los acreedores de la zona euro, o bien echar mano del Fondo Monetario Internacional (FMI), el prestamista de última instancia al que recurren los países. 

No es algo nuevo. El Estado también quiebra. De hecho, este tipo de bancarrotas son más frecuentes de lo que se piensa, sobre todo, en un contexto de crisis crediticia y bancaria como la actual. España, curiosamente, lidera el ranking de las suspensiones de pagos a lo largo de la historia.

En Gran Bretaña ya se debate abiertamente esta posibilidad desde hace meses, y los últimos datos que arrojan sus cuentas públicas acrecientan el riesgo de tener que acudir a un crédito extraordinario del FMI. Así, Variant Perception señala en su último informe que la recaudación fiscal en Gran Bretaña caerá un 12% interanual en 2009, al tiempo que la deuda pública ascenderá hasta el 64% del PIB. En este sentido, recuerda que el entonces Gobierno laborista tuvo que solicitar ayuda al FMI en 1976. Y ello, con una deuda pública de apenas el 54% del PIB. 

Además, el propio Fondo estima que la deuda de los países desarrollados se disparará hasta el 120% del PIB en los próximos cinco años. En este contexto, los más débiles, como es el caso de España, sucumbirán. Los inversores acabarán rechazando los bonos españoles debido a su elevado riesgo en comparación con otras economías más sólidas.

Con una recaudación fiscal que se hunde a un ritmo superior al 25% interanual, un gasto público descontrolado, una subida de impuestos a la vuelta de la esquina, un paro superior al 25% y una crisis bancaria que, tarde o temprano, acabará estallando, España cuenta con todos los ingredientes necesarios para que el FMI acabe instalando una sede permanente en Madrid antes de 2012. Con el tiempo, "lo que no se ve" hoy se acabará viendo mañana.

¿Libre mercado o intervencionismo?

La crisis económica está generando apasionantes debates cuya importancia para el pensamiento económico es capital. Tal relevancia puede ser comparable a la que tuvieron las discusiones en los años 30 entre dos grandes economistas, el austriaco y liberal Hayek contra el británico e intervencionista Keynes. Ahora, como entonces, el debate está girando sobre dos ejes clave.

En primer lugar, ¿cuáles son los orígenes de la crisis? ¿Se ha debido a la excesiva desregulación y a la ausencia de controles e intervenciones públicas sobre los mercados libres (como defiende el Nobel Joseph Stiglitz)? O por el contrario, ¿se ha originado por las masivas intervenciones de instituciones públicas o semi-públicas (p.ej. Bancos Centrales) en los sectores financiero, bancario e inmobiliario (como piensan otros analistas como Alberto Recarte)? Dependiendo de qué posición defienda, obviamente realizará sus recomendaciones de política económica en esa dirección, no sólo como medidas para paliar y salir de la crisis, sino como "modelo económico de referencia" para no volver a situaciones como ésta. Así, si cree que el problema ha sido que el mercado libre ha fallado, recomendará mayor grado de intervención estatal. Y si cree lo contrario, abogará por reducir el peso del sector público.

El segundo eje del debate es el que está dando más que hablar en las últimas semanas, y está relacionado con la salida de la crisis. ¿Ha comenzado ya la recuperación (como afirman FMI, la FED o el BCE)? ¿Cómo será ésta: adoptará forma de "V", "W", o "L"? Pero lo que quizás sea más interesante preguntarse y discutir sea: ¿Por qué, o gracias a qué o a quiénes, nos recuperaremos de la crisis? Aquí de nuevo tenemos, en resumidas cuentas, dos respuestas. O bien la recuperación se debe a las políticas de estímulo de los gobiernos y bancos centrales (expansión del gasto público, rescates masivos de entidades financieras, ayudas públicas a sectores en apuros, inyecciones masivas de liquidez y expansiones monetarias, reducciones intensas de las tasas de interés…), o bien la recuperación se produce debido a los "naturales" procesos del mercado libre, que tiende a reajustarse con relativa rapidez y que, en todo caso, han sido obstaculizados y retrasados por esas políticas públicas anticrisis.

Realmente, no son cuestiones fáciles de dilucidar con plena exactitud, especialmente si no se cuenta con un aparato teórico adecuado. Así que la disensión entre los analistas y expertos está garantizada: difícilmente un economista keynesiano se pondrá de acuerdo en estas cuestiones con un economista austriaco. Tenga en cuenta que tras más de 70 años después de la Gran Depresión, los economistas no se han puesto de acuerdo ni acerca de sus orígenes ni de las razones de su longeva existencia, ni tampoco coinciden en ponerle el mismo final. Por tanto, no hay ninguna razón por la que hoy se vaya a alcanzar un consenso instantáneo.

Usted quizá se esté preguntando con cierta indignación y desconcierto: ¿Por qué no se pueden poner de acuerdo los economistas de una puñetera vez? ¿Acaso es tan difícil examinar los datos y gráficos, y utilizar las sofisticadas herramientas estadísticas para llegar a unas conclusiones verdaderas?

Siento defraudarle, pero no es tan sencillo, principalmente debido a las fuertes limitaciones del análisis empírico para extraer conclusiones teóricas firmes en economía. Para comprender esto, piense en este sencillo ejemplo. Usted contrae un catarro y para curarse decide por primera vez no tomar jarabe, siguiendo los consejos de su amigo vegetariano. En este periodo, le suceden varias cosas: un día llega mojado a casa por una lluvia torrencial, otro día hace un frío inesperado, y una noche se deja la ventana abierta al dormir. El catarro se alarga más de la cuenta. ¿Se atrevería usted a maldecir a su amigo por su recomendación? ¿Hubiera acortado el jarabe el catarro? ¿Cuál fue la causa del alargamiento de éste?

Si tiene dificultades para responder, ahora tenga en cuenta que la economía, como ciencia social, estudia las complejas relaciones de intercambio y cooperación que se dan entre millones de seres humanos, y que infinidad de fenómenos acontecen simultáneamente. Así, mientras el gobierno está aplicando sus medidas intervencionistas anti-crisis, la gente olvidada está intentando salir adelante para evitar las nefastas consecuencias de la recesión. Mientras el gobierno interviene y, a pesar de ello, el necesario ajuste de precios y reajuste de la estructura productiva se están llevando a cabo (España sería un caso aparte). Millones de individuos se movilizan durante etapas de crisis, modificando y adaptando sus planes de ahorro, consumo e inversión a lo que el entorno marca. ¿Por qué, entonces, debemos atribuir el éxito de la recuperación a unas ínfimas decisiones (si se las compara con las decisiones de millones de agentes económicos) tomadas por el insaciable poder político y burocrático?

Pero entonces, ¿cómo puede pensar quien escribe estas líneas que los gobiernos están siendo el problema en la situación actual, teniendo en cuenta lo que dije arriba? La clave está en la teoría económica. Sin una buena teoría, lo más fácil es dar palos de ciego con datos sin sustancia y fenómenos a los que sólo se pueden encontrar explicaciones arbitrarias, nada sistemáticas. Por ello la macroeconomía moderna, basada principalmente en fundamentos keynesianos y monetaristas, está todavía en estado de shock

El Big Bang de Obama

Eso, y no otra cosa, es su "yes, we can". Un "Podemos" que dispara a todos los cambios que se habían resistido secularmente. Entre otras cosas, por causa de la Constitución y del federalismo. Pero éste está de capa caída, y la Constitución es, en la mente de Obama, un texto con una legitimidad corta y breve. Y en ningún caso un freno a la voluntad de los estadounidenses que le tiene a él como máximo representante.

Obama es un presidente atípico, de eso no cabe duda. Está a la izquierda de su partido, que es la izquierda posible en Estados Unidos y, en condiciones normales, jamás habría llegado a la presidencia de un país que mayoritariamente se confiesa conservador. Pero ha llegado en un momento de crisis a la que ha contribuido en no poca medida su antecesor, George W. Bush. Y las crisis debilitan la resistencia de la sociedad a las embestidas del poder. El jefe de Gabinete de Obama, el radical Ralph Emmanuel, declaró en su momento que "no querrás jamás que una buena crisis se eche a perder. Esto es, lo que quiero decir es que es una oportunidad para hacer cosas que, de otro modo, no podrías hacer".

Obama quiere reformar el mercado financiero, el sanitario, el energético y lo que se le ponga por delante. The Politico, esa última gran creación del periodismo, explica que el Big Bang de Obama se desinfla. El Big Bang es la teoría de que Obama tenía que aprovechar el impulso político de su llegada para atizarle varios trágalas al Congreso de los Estados Unidos, en lugar de negociar en años sucesivos cada uno de los grandes proyectos de su Administración. Esa teoría podría ser más falsa que el flogisto.

Porque Obama es el epítome de la elocuencia vacía. Sus palabras son sugerentes y atractivas, un llamamiento a todo el mundo a hacerlas suyas. Pero no son lo suficientemente precisas como para explicar bien cuáles son sus verdaderos planes. Obama, sencillamente, no ha explicado a sus ciudadanos las razones y las implicaciones de todas sus políticas. Los cambios se aceleran, pero la gente tiene que digerirlas antes de aprobarlas. Y congresistas y senadores lo saben, y temen perder sus puestos si siguen ciegamente al presidente, incluidos varios demócratas.

Quizá la política de los Estados Unidos no sea tan de chicle como pretende Obama.

Experiencia democrática venezolana

En Madrid, Pedro Almodóvar, gañán ilustrado, el malhumorado Fernando Fernán Gómez y la bellísima Leonor Watling leen un manifiesto bajo el título "paremos la guerra en Irak". Los tres lamentan que haya quien esté "contra la experiencia democrática venezolana".

Chávez continúa con su democracia experimental. La democracia, como él y sus admiradores la entienden, es un palo con el que golpear, hasta las últimas consecuencias, a los recalcitrantes. Como siempre los hay, la cuestión es entrar en sus mentes e impedir que refuercen sus propias ideas. Chávez está en plena guerra contra los medios de comunicación desafectos, "independientes", como se hacen llamar. Pero esa visión bolivariana del futuro le lleva a entrar directamente en las escuelas para sustituir la instrucción en el acervo de saberes que pueden transmitir sus profesores, una panoplia de viejas y gastadas ideas, por una verdad para una nueva sociedad. Educación para la bolivarianía.

Así se construye la democracia experimental de nuestros queridos Almodóvar, Gómez y Watling, entre ejércitos paralelos al servicio del partido (recuerden a las SS, fruto de otra experiencia democrática), junto a la aplicación del socialismo a los periodistas, en forma de palizas, cabe a la formación de una nueva oligarquía. El fin, que siempre es un futuro prometedor que otros nos han querido negar, y que está permanentemente a la vuelta de la esquina, justifica los medios. Claro que sí.

Especialmente cuando esos medios son democráticos. Como, por ejemplo, la aplicación de gas bolivariano sobre las masas, que se manifiestan en la calle, del modo más antirrevolucionario, contra la nueva Ley Orgánica de Educación. ¡Qué experimental! ¡Qué democrático! ¡Cuán bolivariano! ¡Cuán progresista y de izquierdas! Gases lacrimógenos. ¡Lágrimas de cocodrilo!

Cada día que pasa, esta democracia es más experimental.

Hugo o el camino a la tiranía

Cuando Hugo Chávez Frías fue encarcelado tras su fallido intento de golpe de estado en febrero de 1992, debió pensar que en Venezuela había otras maneras más fáciles de conseguir el poder. "Lamentablemente, por ahora, los objetivos que nos planteamos no fueron logrados", había manifestado y estaba lleno de razón. Hugo Chávez Frías se debió percatar, demasiado tarde, que la mejor manera para que un aspirante a dictador llegue al poder en un país con instituciones democráticas es la propia democracia.

Hugo Chávez Frías no es el primer tirano que llega al poder en una democracia, ni será el último. Tampoco será la última vez que un sistema democrático se torna en tiránico por el buen hacer (o quizá sea más acertado decir deshacer) de un lobo disfrazado con una piel de cordero. Hugo Chávez contaba con mucho a su favor. La Venezuela de Carlos Andrés Pérez era un nido de corrupción que hastiaba a muchos ciudadanos honrados y los gobiernos que le siguieron, pero también los que le antecedieron, no fueron mucho mejores. No es extraño que, ante tanta inmundicia, los demagogos sepan crear mensajes esperanzadores de un futuro mejor, de una utopía no muy lejana. Hugo Chávez vendió su golpe como una regeneración demasiado apresurada pero justa, se creó una carrera política entre el extremismo, la mentira y la esperanza, se aseguró el apoyo de Fidel Castro, apostó por el socialismo como sistema, consiguió el liderazgo de la izquierda, atrajo el voto de parte de la derecha descontenta y se presentó a las elecciones de 1998 en las que consiguió el 56,8% de los votos, acaparando el voto de castigo de una sociedad cansada.

Hugo Chávez Frías había dado su primer paso, quizá el más difícil, hacerse con el poder, y a partir de ahí siguió el guión básico de cualquier tirano. Ha ocupado con los suyos las principales instituciones democráticas. Ha subvertido la ley cambiando la Constitución con la intención de perpetuarse en el poder hasta que se haga realidad su sueño de gloria. Ha cerrado medios de comunicación y perseguido a los periodistas críticos. Ha aprobado una ley que controla la educación y que formará a los ciudadanos que quiere el régimen. Ha nacionalizado buena parte de los sectores más importantes de la economía, echando de Venezuela a las empresas molestas e interrumpiendo además el comercio con Colombia. Ha usado el petróleo para pagar y apoyar las campañas de políticos amigos que han usado sus mismos métodos para llegar al poder, en algunos casos con éxito, en otros con sonoros fracasos. Ha creado la Alianza Bolivariana de las Américas (ALBA), una asociación de regímenes amigos que pretende en la práctica la extensión entre los países de América Latina y el Caribe de lo que tan estrambóticamente llama el socialismo del Siglo XXI. Ha encontrado enemigos externos a los que echar las culpas de sus fracasos, Estados Unidos y Colombia, y ha encontrado amigos en los enemigos de ambos, los narcoterroristas de las FARC, los regímenes genocidas de Irán y Corea del Norte y los "enemigos naturales" de los estadounidenses, Rusia y China. Ha iniciado una carrera armamentística y ha amenazado con la guerra y la desestabilización de toda Latinoamérica. Hugo Chávez Frías aspira a ser emperador de las Américas y en ese camino ha conducido a su país a una situación económica y social deplorable. Y todo ello con la legitimidad que le da vivir en una tiranía que sólo los locos y los doctrinarios pueden ver como democracia.

La democracia es tan débil (o tan fuerte) como lo son los principios morales de la sociedad que la asume. Si los ciudadanos no conciben la separación de poderes como un bien necesario, los poderes se fundirán en uno. Si los ciudadanos no conciben que la igualdad ante la ley es un derecho natural, se crearan castas de privilegiados. Si los ciudadanos buscan líderes que les salven de sus propias miserias, si no los vigilan, ni los controlan, ni les apartan del poder cuando se extralimitan, habrán ayudado a crear un monstruo, a su próximo carcelero.

Si Chávez ha llegado al poder con un mensaje tan simple, pero tan efectivo; si ha sabido manipular tantas décadas de corrupción e instaurar un régimen más corrupto y peligroso que los anteriores, es porque buena parte de los venezolanos le han dejado y aún le dejan. Es absurdo que nos quejemos de la maldad de los políticos pensando que son una raza aparte sobre la que no tenemos control. Nadie debe convertirse en un espectador de su propia desgracia. Es difícil echar del poder a un tirano, pero Hugo Chávez ha demostrado síntomas de debilidad. Ha perdido uno de sus últimos referéndums y aún tiene que aguantar las múltiples manifestaciones que la oposición organiza. Además, la crisis en Honduras ha demostrado que sus alianzas en el extranjero no son tan firmes. El daño es evidente ya que en cada protesta, cada manifestación, hay un mayor uso de la fuerza, de coacción gratuita e innecesaria. Aún hay esperanza, la sociedad civil debe seguir presionando al tirano para que abandone, pero también reflexionar y preguntarse cómo es posible que el sueño de la democracia genere estos monstruos.

La democracia puede estar llena de valiosas instituciones, pero no deja de ser un sistema normativo hueco que se basa en la moral y en la ética de las personas. Si llenamos la democracia de contenidos como la educación pública o una economía estatalizada sólo estaremos dando herramientas muy útiles a los Hugo Chávez Frías que vengan después, en Venezuela y en otros países. Habría que preguntarse si la mejor democracia es la que está llena de cascarones vacíos, si es aquella en la que nosotros nos preocupamos de nuestros propios asuntos, apostamos por la libertad y no por la coacción ni el liderazgo de ningún iluminado y reducimos al mínimo esa cosa que llamamos "lo público".

Pajín, mi héroa

Leyre Pajín es una mujer hecha a sí misma. Es más, la Pajín es la prueba viviente de que la selección de las élites en la democracia progresa adecuadamente, pues muy pocas personas, sean hombres, mujeres o transexuales en cualquiera de las dos direcciones, han llegado jamás a las cotas de excelencia intelectual que la secretaria de organización del PSOE exhibe en sus comparecencias públicas, y eso que su antecesor, don José Blanco, dejó el listón a niveles ionosféricos, como es bien sabido.

Cuanto más sabemos de Pajín más la admiramos los que reconocemos el mérito de las personas que luchan contra las circunstancias de la vida para salir adelante a despecho de las dificultades. Si encima se dedica a la cosa pública, a la admiración se suma el agradecimiento instintivo propio de los contribuyentes bien nacidos. Porque esta mujer podría estar ganando una millonada gerenciando cualquiera de las multinacionales más potentes que operan en nuestro territorio, cuyos consejos de administración se dejarían cortar las uñas sin anestesia por un fichaje de esa categoría, y sin embargo la Pajín prefiere dedicarse diariamente a hacer más felices a los españoles por la ridícula cantidad de quince mil puñeteros euros al mes, que es lo que gana cualquiera a poco que se ponga con cierto interés, especialmente en los tiempos que corren.

La Pajín quiere que el poder sea más tía y yo estoy de acuerdo. Quiero decir, no sé qué cojones significa la expresión, pero si lo dice El Pasmo Benidormí será porque es bueno para España, porque tanto ella como el resto de compañeros y compañeras socialistas se dejan la vida por la patria, como es notorio. Que el poder sea más tía y el PIB se convierta en una PIBA , como dice Ella, se antoja necesario para cambiar el modelo socioeconómico "deste país", concepto que permanece también oculto para el común de los mortales, pero si Pajín lo dice debe ser absolutamente cierto.

Miren que era difícil encontrar un político a la altura de José Luis Rodríguez Zapatero, pero con la Pajín hemos encontrado una figura equiparable al líder. Y encima mujer, oiga, que ya es la felicidad completa. Desde que Pajín llegó a la política, ser mujer en España es un motivo de orgullo añadido. Y si eres "tía" ya ni te cuento.

El Estado como cliente preferente

La externalización de servicios orquestada por los Estados, incluidas las administraciones regionales y locales, ha generado o condicionado un tipo singular de empresas privadas. Viven al abrigo del presupuesto, de la arbitraria decisión pública de contratar o no con ellas y, en caso positivo, de con quién hacerlo.

Dichos contratos cambian, se renuevan, solicitan suministros o prestaciones adicionales, acaban deslizando más y más gasto del que previamente habían fijado. El objetivo original fue el incremento en la eficiencia de la prestación del servicio o suministro de un bien o servicio público. La tendencia por la que discurren estas privatizaciones termina haciendo desaparecer la posibilidad de comparar entre el presunto despilfarro de un sistema íntegramente público y la aparente superioridad en calidad y reducción del gasto atribuible a una externalización.

El presupuesto pervive y las partidas continúan nutriéndose gracias las exacciones fiscales ejecutadas sobre los ciudadanos. Una vez que se pierde el punto de referencia, camina independiente el servicio público prestado por agentes privados, derivando en todos los vicios y corruptelas propias de la burocracia extensiva. Es más, poco a poco surgen nuevos problemas, y lo que era antes un complejo intraorganizacional acaba convirtiéndose en una red de organizaciones integradas que multiplica los intereses en disputa y competencia cuyo único fin es hacerse con el poder monopolístico que detenta el Estado.

Los sectores donde la excesiva dependencia del gasto público no es del todo preocupante son en los que el Estado no ejerce un monopolio legal sobre la prestación del servicio o el suministro del bien. Sucede lo opuesto cuando la empresa privada dedica su actividad, o la mayor parte de ella, a la prestación efectiva de servicios que son propios y exclusivos del Estado (imposición mediante), y que éste, por una u otra razón, externaliza recurriendo al sector privado.

Los funcionarios concurren en un “concurso público” de plazas para la administración. Una vez se consigue el puesto, el trabajador, generalmente, dedicará toda su jornada laboral y esfuerzo productivo a su empleador, sea Estado central, ente público, Comunidad Autónoma o Ayuntamiento. Este tipo de relación satisface las necesidades de trabajador y administración, pero corrompe, indefectible y generalmente, la actitud de quien tiene en el Estado su principal fuente de ingresos.

Su posición no es muy distinta a la de cualquier contratado por cuenta ajena que presta servicios para un único empleador. La diferencia radica en que dicho empleador necesita al trabajador para prestar servicios privados, es decir, que cualquier agente puede prestar si se lo propone, compitiendo con aquel en la captación de clientes. El trabajador, esté más o menos especializado, podrá optar, en circunstancias normales (dentro de un mercado laboral flexible y no intervenido), por contratar con un empresario o con otro, en función de las condiciones ofertadas o las razones a las que subjetivamente más importancia conceda.

Sin embargo, cuando es el Estado quien emplea o contrata servicios que exclusivamente él puede prestar (al existir un monopolio autogenerado), sea un individuo o una empresa quien acceda a ser prestador mediático de los mismos, la situación funcionarial de todos ellos tenderá a corromperlos, aun en el supuesto en que presupusiéramos un inicial ánimo a favor de la libertad de mercado.

Esas empresas, al igual que los funcionarios, dependen del gasto público, y por tanto, de la continuidad del latrocinio fiscal. Guiado por incentivos similares a los del sujeto galardonado con un privilegio monopolístico estatal, quien accede a la contratación pública verá extenderse sobre sus intereses y fines particulares la imperiosa necesidad de mantener la égida Estatal así como su mera justificación.

No es la misma cosa prestar servicios concretos de seguridad y defensa (o educación, o sanidad…) enmarcados en las arbitrarias decisiones del Estado, como monopolio del uso de la violencia (garante de sanidad o planificador educativo), que competir en un mercado donde libremente individuos ofertan y demandan tales servicios sin que existan barreras de acceso o, en su caso, la mera presencia de un dominador emitiendo regulación e imponiendo fines y resultados.

En el primer caso, por muy privado que sea el capital invertido en esa actividad, cuando su cliente fundamental sea el Estado, la principal aspiración del empresario será la consecución de mayores desvíos presupuestarios hacia los ámbitos donde desarrolla su actividad, y nunca la desaparición del monopolio estatal sobre los mismos.

El estatismo más eficiente no peca de estúpido, como sí lo hacen muchos de sus defensores cuando apuestan por la extensión administrativa en todos y cada uno de los aspectos fundamentales de la prestación directa del servicio considerado como público. La ceguera con la que en esa situación acude el Estado al proceso social acarrea indefectiblemente despilfarro y creciente ineficacia. El Estado, en la medida que pretenda sobrevivir y legitimar su posición excluyente e irresistible, deberá mejorar sus resultados, dar apariencia (y exclusivamente apariencia, ya que conseguirlo resultaría sencillamente imposible) de que su intervención contribuye a una más intensa y benéfica coordinación social.

Es esa la razón por la que el Estado se sirve de empresas privadas en su proceso de externalización. En un primer momento podrá parecer un éxito del mercado, pero a medida que profundizamos en los aspectos más relevantes de la nueva situación, comprendemos que se trata de una batalla ganada por el estatismo.

Comunismo y aburrimiento

Carlos Alberto Montaner, uno de los grandes intelectuales de habla española en la actualidad y víctima en primera persona del castrismo, decía hace unos meses en Madrid que los gobiernos comunistas se han mostrado en todo momento muy eficaces en una cosa: construir prisiones. Tiene razón, pero en otro aspecto han llegado a una eficacia similar, en generar aburrimiento. Un aburrimiento que sirve para que en el resto del mundo aquellos que denuncian lo que ocurre en los "paraísos" del socialismo real se cansen de contar siempre lo mismo. Y también para que la población de los países democráticos termine por no escuchar a los que no sucumben al abatimiento, debido a lo monótono que termina siendo el mensaje que transmiten.

En realidad no son sólo los sistemas comunistas quienes han hecho de este aburrimiento una eficaz arma para que no se difunda lo terrible de su naturaleza. En general todas las dictaduras terminan lográndolo cuando se afianzan y prolongan en el tiempo, pero son ellos quienes lo han llevado a su máxima expresión. Sus tácticas represivas son tan eficaces como monótonas. Al ser las más terribles, históricamente tan sólo igualadas y en algunos casos superadas por los nazis, es difícil que una vez que se establecen en su grado habitual puedan ser superadas de una manera que llame la atención.

Cualquiera que escuche o lea con frecuencia las experiencias que cuentan o escriben los exiliados o los disidentes del interior de países como Cuba, Corea del Norte o China termina sucumbiendo a la sensación de que cada nuevo relato es el mismo que le fue transmitido decenas de veces en el pasado. Y en realidad es así. Cambia la víctima pero el sufrimiento y el modo de hacérselo padecer varían tan sólo en pequeños matices. Y lo tremendo es que todas las narraciones procedentes de uno de esos lugares son increíblemente parecidas a las que provienen de cualquier otro país sometido al comunismo en la actualidad o en el pasado.

Las historias de arrestos arbitrarios, largas penas prisión, palizas, expulsiones del puesto de trabajo o escarnio público son una constante. No llegan noticias de la clausura de medios de comunicación debido a que, una vez afianzado el sistema comunista, se prohíben todos aquellos que no sean oficiales en un plazo de tiempo relativamente corto. Los periodistas no cuentan, y gran parte del público no está interesado en que lo hagan, cada detención o cada tortura a un disidente debido a que llega un momento en que deja de ser noticia. Tan sólo en momentos de máximo paroxismo represivo, como fue la Primavera Negra de 2003 en Cuba, este tipo de noticias vuelve a los medios.

Sin embargo, no por aburrir deja de ser terrible. Cada experiencia vital de cada uno de los millones de seres humanos sometidos al comunismo u otros sistemas dictatoriales es una historia de sometimiento, miedo o desesperación. Y no se les puede reclamar otra cosa, no se puede exigir a nadie que sea un héroe. Existen excepciones, aquellas personas que se enfrentan a los tiranos y cargan con consecuencias como la cárcel, las palizas, el exilio o la destrucción de sus medios de subsistencias. Sin embargo, precisamente por enfrentarse a una represión tan terrible como monótona, también sus vidas terminan pareciéndose entre sí y dejan de interesar a buena parte del resto del mundo.

Por ellos (y también por todos esos millones de seres humanos que no consiguen ser héroes) merece la pena no dejarse abatir por el aburrimiento causado por la monotonía. Compensa moralmente seguir denunciando, con los medios de los que disponga cada uno, el terror de dictaduras como la cubana o la china. Muchos se han dejado convencer por su propaganda, otra práctica en la que el comunismo es terriblemente eficiente. Que al menos, entre el resto de personas, haya quien no se deje vencer por la sensación de hartazgo que logra imponer el totalitarismo de la hoz y el martillo, además de otras dictaduras de diferente signo.

Obama no ha salvado la economía

Y mucho me temo que en este punto estamos perdiendo el pulso de una manera abrumadora aunque tal vez no tan absoluta como sucedió en la crisis del 29: la explicación más extendida de la actual debacle es una falta completa de regulación y no una muy desafortunada intervención de los bancos centrales en los mercados financieros, como así fue.

La segunda batalla se está librando en la actualidad y todavía no la hemos dejado de ganar de una forma tan aplastante: una vez ha estallado la crisis, ¿las intervenciones públicas han ayudado a que nos recuperemos? Es más, ¿podría el mercado haber superado la crisis sin la concomitante intervención del Estado?

Obama ya ha movido ficha: la economía se está recuperando gracias a sus políticas de estímulo. Sabe que para su proyecto socialista resulta esencial que esta idea cuaje entre los ciudadanos: primero, para asegurarse la reelección y segundo para justificar un avance cada vez más penetrante del Estado en todos los ámbitos de la economía. Al fin y al cabo, quien puede lo más (solucionar la mayor crisis del último medio siglo) también puede lo menos (colectivizar la sanidad, la energía, las pensiones…).

Por eso es esencial que seamos conscientes de los procesos económicos que hay detrás de esta estabilización de la economía internacional (la española, como siempre, es harina de otro costal) y que sepamos transmitirlos con claridad.

Como tan bien ha puesto de manifiesto la escuela austriaca, las crisis económicas son la respuesta espontánea del mercado al crecimiento insostenible, artificial y basado en la inflación crediticia que vive una economía. La crisis no es el problema, sino parte de la solución. Imagine, por ejemplo, que España no hubiese entrado en crisis en 2007 y que, por tanto, siguiéramos produciendo, como en 2006, 800.000 viviendas anuales. ¿Acaso cree que seríamos más ricos? No, tendríamos urbanizaciones por todo el país pero, entre otras cosas, no podríamos pagar el petróleo que consumimos. La crisis es la "protesta" del mercado contra una situación que no puede ni debe mantenerse.

Por eso mismo, las crisis no son períodos que duran de manera indefinida (salvo que el Estado las perpetúe con todo tipo de medidas absurdas como sucedió a partir de 1929): hay que purgar los excesos y una vez purgados, volver a crecer sobre bases más o menos sólidas. Esa purga pasa por tres ámbitos: reestructuración empresarial (es decir, que las empresas que no son rentables quiebren o cambien de actividad), ajuste de los precios relativos (por ejemplo, los precios de los inmuebles tienen que caer para que, por un lado, deje de ser rentable producir 800.000 al año y para que, por otro, el exceso de viviendas ya construidas pueda reutilizarse en la incipiente reestructuración empresarial) e incremento del ahorro (para reducir el endeudamiento y financiar la mentada recuperación).

Afortunadamente, el mercado de Estados Unidos ha experimentado de manera natural estos tres fenómenos: las bancarrotas se han extendido por toda la economía (ahí quedan las mayores de la historia como son Lehman Brothers y General Motors), los precios de la vivienda y de las acciones han caído a niveles del año 2001-2002 (precisamente, el momento en el que sobre todo los primeros comenzaron a inflarse en forma de burbuja) y el ahorro familiar ha aumentado a máximos de los quince años. En ninguno de estos tres procesos ha intervenido el Estado, sino que más bien los ha torpedeado todos (impidiendo quebrar a muchas empresas, tratando de reinflar los precios de la vivienda y despilfarrando los crecientes ahorros de los estadounidenses con sus déficits públicos).

Es del todo demagógico que Obama se atribuya la recuperación cuando sólo ha ejecutado el 10% de su plan de gasto y cuando la rebaja de impuestos que ha implementado es análoga a la que practicó Bush a comienzos de 2008 sin efecto alguno sobre la economía. No, de momento no ha hecho nada especial que no hiciera Bush y que no fracasara con Bush. Entonces, ¿con qué cara se jacta de estimular la economía? Con la misma con la que su vicepresidente Joseph Biden, cuando pintaban bastos en términos de empleo, decía que sin su plan de estímulo los resultados habrían sido todavía peores: si las cosas van bien es gracias a mí y si las cosas van mal es a pesar de mí.

Pues no, estamos justamente donde hace cinco meses. Cuando el pesimismo alcanzaba sus niveles más altos desde la quiebra de Lehman Brothers –el Dow tocó su mínimo en 12 años– y el plan de Obama estaba lejos de comenzar a ser aplicado, ya observé que:

Muchas empresas han quebrado y la economía se está reorganizando con fusiones, adquisiciones y liquidaciones de activos. En cierto sentido puede que los políticos hayan llegado demasiado tarde para impedir el ajuste.

El ajuste prosigue, aunque los riesgos también subsisten precisamente por la nefasta política fiscal que ha seguido Obama, como asimismo expliqué en mayo.

No deja de ser lamentable que la nomenclatura política que padecemos culpe al mercado de causar las crisis que ellos producen y luego se atribuyan el éxito de impulsar unas recuperaciones que el mercado genera y que ellos sólo obstruyen. No es sólo un error científico de primer orden, es un error deliberado para justificar el incremento de su poder y los recortes de nuestra libertad.