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Etiqueta: Proceso político: tª estado elección pública y democracia

Estado es corrupción

De un tiempo a esta parte no hay telediario que no abra el sumario con las imágenes de algún político imputado entrando o saliendo de un juzgado. Ocurre en la derecha y en la izquierda, en provincias y a nivel nacional, y ha pasado ya a formar parte del imaginario colectivo eso de que todos los políticos son iguales. Iguales en corrupción pero no por ello menos votados ni queridos por sus afiliados y defensores incondicionales. Sin entrar a disculpar las responsabilidades individuales de cada escándalo, cabría preguntarse la razón por la cual la corrupción se ha convertido en una característica de nuestro sistema político.

El Estado se define como monopolio: monopolio jurídico, monopolio de la violencia y monopolio financiero. En cualquier caso, monopolio. Ésta es su naturaleza y su evolución, lejos de llevarnos a una descentralización que llegase a quebrarlos no ha hecho más que reforzarlos y ampliarlos a otros ámbitos en los cuáles ni los reyes más absolutos que se sentaron en los tronos de la vieja Europa llegaron a imaginar. El dualismo entre el poder del emperador y el papado, terminó rindiéndose al primero mientras que la poliarquía medieval en la que los reyes necesitaban la aprobación de los señores feudales para reunir un ejército fueron superados concentrando el poder en una sola mano. Así, hemos llegado a nacer sometidos bajo un poder cuyos límites ya señaló Fichte: "No, Príncipe, tú no eres nuestro Dios. De él esperamos la felicidad, de ti sólo la protección de nuestros derechos". El príncipe es hoy elegido de forma democrática y Dios ha sido sustituido por una ateología en la que el monopolio de la moral se suma a la larga lista de poderes que acapara el Estado. De esta forma, el hombre ha sido transformado en ciudadano y existe una moral pública encerrada en el triángulo de lo políticamente correcto, el positivismo y la supremacía de lo colectivo sobre lo individual. Los tentáculos del Estado avanzan sobre la esfera privada y tan solo se detienen para neutralizar cualquier intento de competencia que pueda ensombrecer su poder.

La corrupción política no puede desvincularse de estos hechos ya que forma parte del sistema. La naturaleza de un sistema político es la negación de la libertad, pues las elecciones se producen de forma periódica mientras que la toma de decisiones en un mercado libre es un proceso continuado. De esta forma, el límite de lo político se encuentra únicamente en los mecanismos constitucionales de control y la soberanía periódica de los votantes. Pero hoy, la afirmación de Jean-Louis de Lolme de que "el Parlamento lo puede todo menos convertir al hombre en mujer" ha sido llevada al extremo y hasta eso puede llegar a conseguir. Justamente, porque esas transformaciones no operan sobre los hombres sino sobre los ciudadanos, la teoría del hombre nuevo ha sido asumida por las democracias liberales y sobre este pilar torcido se levantan los abusos del Estado sobre el hombre.

Y es que creer, como Montesquieu, que "la única solución es encontrar una disposición de las cosas que de la misma derive una situación en la que el poder detenga el poder" es, sencillamente, utópico. A pesar de la separación de poderes y otros mecanismos de control, es ilusorio pensar que el Estado respetará los límites que se ha impuesto sin intentar rebasarlos. En demasiadas ocasiones se tiende a pensar que el hombre de Estado es aquel al que le guía el bien común, pero la naturaleza humana es caprichosa y la élite que controla los resortes del poder estatal es tan humana como cualquiera. Aun suponiendo que existiera un bien común que estuviera por encima de los intereses individuales, resultaría un exceso de inocencia pensar que hay hombres capaces de sobreponerse a la "inclinación de toda la humanidad" que tan brillantemente describió Hobbes en su Leviatán: "un perpetuo e incansable deseo de conseguir poder tras poder, que sólo cesa con la muerte".

Los representantes políticos operan a sus anchas lucrándose gracias a las decisiones que toman sobre nuestras vidas desde la ventaja que ofrece una posición monopolística a la que nada ni nadie puede oponerse. El reparto de subvenciones, la promoción de sus conmilitones en el aparato burocrático-administrativo y el sistema de concesiones y favores les confieren un poder desmesurado que deja en la máxima indefensión al resto de ciudadanos. La selección de gobernantes que idealmente se basaba en un principio meritocrático termina degenerando en el triunfo de la mediocridad, que es la consecuencia de la profesionalización de la política. El político profesional es aquel que se ha formado para conquistar el aparato del Estado y jamás ha ejercido un trabajo regido por los principios de libre competencia y selección que conlleva. En su lugar, se obtiene el objetivo inverso consiguiendo que aquellos que más facilidad tienen para dominar desde el poder incontestable terminen copando lo más alto de la jerarquía gubernamental.

La descentralización política que ha supuesto el Estado de las Autonomías lejos de socavar el poder central ha creado diecisiete nuevos estados que actúan de forma monopolística en su ámbito en lugar de competir entre sí. Las oportunidades y opciones de los ciudadanos se han visto reducidas y limitadas por un poder mucho más cercano que ejerce un control directo en todos los ámbitos de su vida. La salvación tampoco puede esperarse de las esferas supraestatales ya que no puede esperarse que una esfera de poder más elevada, sometida a menos controles y sin ningún igual que pueda desafiarla se comporte de forma benevolente. En cualquier caso, siempre se trataría de de una concesión graciosa y caprichosa que podría volverse en nuestra contra en el momento menos esperado. Un poder multiplicado que también ha multiplicado la corrupción en todos los niveles de la administración. No se trata de una oportunidad perdida, sino de la consecuencia lógica de un sistema creado no para salvaguardar los derechos de los hombres sino para otorgárselos.

Lejos de ser una excepción, el sistema político español no es más corrupto que otros. Quienes ven en España el problema y en Europa la solución solo tienen que mirarse en el espejo de nuestros vecinos. En este sentido, no se salvan ni los afrancesados –ahí está el imputado Chirac– ni los germanófilos –el mismísimo capitán de la reunificación, Helmut Khol–. ¿Es necesario recordar el caso italiano? Pero esto no son más que algunos ejemplos llamativos pues la realidad es que la corrupción no tiene tanto que ver con latitudes y culturas como con la propia naturaleza del Estado.

Concilio Valenciano II

Sea como fuere, tres mil miembros del PP se disponen a estudiar en común los grandes asuntos que afectan a los ciudadanos, entre ellos el "calentón global", al que van a dedicar media mesa de trabajo de las nueve previstas. No está confirmado que el primo de Rajoy acuda como experto para asesorar a los integrantes de ese grupo de estudio, así que nos tememos que las conclusiones de ese equipo serán las habituales dentro de los esquemas progresistas, dando por bueno que la Tierra se está calentando por culpa del neoliberalismo salvaje a pesar de que todas las evidencias indican lo contrario.

A falta de estudiar detenidamente los documentos conciliares que surjan de esta convención nacional, se echa en falta en la programación la existencia de un verdadero debate abierto sobre la validez de la nueva doctrina sobre gestión política impuesta por Rajoy, sólo o en compañía de Arriola. Tras el sínodo de Elche y el Concilio Valenciano I, se da por hecho que la línea opositora del PP a escala nacional consiste en heredar lo que deje Zapatero y, sobre todo, no crispar, según el concepto de crispación que tiene la izquierda que, como referente moral de la derecha, es la que establece el significado de las categorías políticas.

Hay una gran preocupación entre los votantes del PP y ciertas dosis de cabreo sobre la forma en que Rajoy y su equipo están gestionando el futuro del partido para llevarlo a ganar las próximas elecciones. Basta con escuchar lo que dicen en la calle para darse cuenta de que la nueva teología marianil no cuenta con demasiados partidarios entre los que pagan la cuota del partido o acuden a las urnas a depositar la correspondiente papeleta. A algunos, además, esta nueva línea ideológica les parece una desviación herética respecto a lo que fue siempre el PP, precisamente el que ganó a Felipe González cuando la hazaña parecía imposible y revalidó el triunfo con mayoría absoluta cuatro años más tarde.

¿Surgirá alguna voz que exija volver a las esencias que siempre caracterizaron al Partido Popular o seguirán todos a pies juntillas las recomendaciones de un fraga otoñal y más travieso que nunca? No avancemos acontecimientos, pero mucho nos tememos que el miedo a decir lo que realmente se piensa pueda ser suficiente para que en Barcelona no surja un balido más alto que otro. ¡Es que te excomulgan en medio de la asamblea de fieles y a ver cómo se lo cuentas a la parienta a la vuelta del concilio!

Contra el Poder y las élites

Algunas de estas reformas, las que afectaban a los poderosos, fueron desestimadas por las propias élites aristocráticas un año después. No querían perder sus privilegios. Las consecuencias fueron la Revolución violenta de la gente contra el Poder.

La actual crisis económica tiene mucho en común con la de la Francia revolucionaria. Las élites, los privilegiados y los que conforman el poder no son los mismos. No son nobles, no son aristócratas, clérigos o terratenientes. Tampoco ejercen decisiones directas sobre la sociedad. Las cosas se han complicado más y son más sutiles.

La pregunta de quién representa al poder y a los privilegiados responde a quién vive a costa del esfuerzo de los demás. ¿Quiénes mueven nuestras vidas con sus declaraciones y acciones? Políticos, intelectuales subvencionados, actores, sindicatos, agricultores, lobbies económicos y sociales. Recientemente los sindicatos han decidido montar una manifestación. ¿Contra el Gobierno? No, contra una de las víctimas de la crisis, los empresarios. Los sindicatos mayoritarios van a recibir el año que viene y de forma directa en subvenciones estatales más de 20 millones de euros. ¿Cómo se van a levantar contra el Gobierno? Viven de él. Les dan soporte otros rentistas, los actores y mundo de la farándula. Este mundillo de ilustrados inútiles improductivos nos costará 555 millones de euros hasta 2013. ¿Cómo se van a alzar contra el Gobierno si es su mecenas? Son establishment puro aunque no vayan de camisa y corbata.

¿Cómo se va rebelar la banca, el sector del motor o el de la construcción contra el Ejecutivo cuando no para de tirarles dinero tras los excesos cometidos? ¿Cómo se van a rebelar los desempleados cuando en este país existe una masa tan grande de profesionales del desempleo que podría casi formar un partido político independiente? Con la subida de impuestos, cada ciudadano va a pagar más de 500 euros al año para mantener a esta élite, a estos nuevos aristócratas que viven del trabajo de los demás. No está mal en plena crisis. Gobierno y resto de élite se desabrochan el cinturón, y en consecuencia, nosotros nos lo apretamos más y más. Incluso cuando ya no ven forma posible de exprimirnos, a algún burócrata se le ocurre una idea genial siempre en el mismo sentido. Por ejemplo, a partir de primavera, las multas se multiplicarán por tres nada menos.

La vuelta de tuerca del Nuevo Orden Mundial (NOM), no sólo se contenta con menos libertad económica y mayor aumento del robo estatal al ciudadano medio, sino con restricciones de libertad. Obama era el hombre que iba a cerrar Guantánamo, acabar con la guerra de Irak y traer seguridad al mundo. Desde que está como presidente, los soldados en Irak han aumentado. Ha entrado en una cruzada contra Afganistán y Guantánamo sigue como hace un año. Es más, cada día, en Estados Unidos entran en las listas del FBI 1.600 potenciales terroristas. ¿Se lo cree? No son más que ciudadanos normales. En Estados Unidos la represión contra la ciudadanía aumenta legislación tras legislación con mermas de libertad, secuestros estatales y vigilancia contra las formas de pensar gracias la Patriot Act. En España vamos por el mismo camino. El Gobierno nos espía con SITEL. Controla las llamadas y nuestro ordenador. Al proceso de vigilancia y represión se ha sumado la UE, que ahora dice que podrá cortar el acceso a internet sin orden judicial. ¡Todo por nuestro bien!

La Revolución Francesa y americana tal vez fueron el ejemplo más maravilloso de la gente, la burguesía o lo que ahora sería clase media y pobre, contra el establishment, contra los rentistas estatales o del sistema. Hubo otras, como la holandesa o irlandesa. Todas surgieron de lo mismo: el intento de reforzar un sistema en crisis para satisfacer a las élites que vivían de él, siempre a costa del resto de la gente.

¿No se está repitiendo la historia? La crisis ha afianzado los lobbies, a personajes que sólo viven de subvenciones, de nuestros bolsillos sin nuestro consentimiento. Tampoco es cuestión de ir a cortar cabezas, pero tal vez sí que sería hora de decir basta y unilateralmente tomarnos todas aquellas libertades económicas y sociales que los poderosos nos han robado, aunque eso signifique entrar en la ilegalidad. Algo que por otra parte no es difícil, ya que cada vez más cosas están prohibidas.

Socialismo sin fin

¿Que celebramos la caída del muro? Pues en consecuencia se reconstruye. Lo dicen tanto los recalcitrantes comunistas que aún declaran seguir con sus iconos como los iluminados del socialismo del siglo XXI y quienes desde Occidente los apoyan.

Pero lo suscriben, aunque no lo digan, los que reeditan el socialismo en todas sus fórmulas, los que levantan muros no de incomprensión, de intolerancia o de pamplinas de hippie con o sin corbata, sino de cortapisas a la propiedad privada y a la libre competencia empresarial. Es preciso no perder el norte con las celebraciones, bonitas, pletóricas de grandes frases y responder a la pregunta: ¿se ha acabado el socialismo? Muchos de los que celebran el fin del muro, ¿en verdad lo enterrarían por completo? Quizá, para eso, habría que saber, qué cosa sea eso del socialismo y qué hace falta para inhumarlo.

Un estudio del socialismo especialmente clarificador es el que se realiza desde la escuela austriaca. Si bien hubo autores como el mismo Mises que lo definía como el régimen de propiedad colectiva de los medios de producción, lo cierto es que así sólo es posible ver una parte del problema. Es por eso que era necesario superar la primitiva formulación basada en la propiedad de los medios de producción y pasar al hecho profundo que ese socialismo (que podemos llamar soviético, el que dicen que cayó con el muro de Berlín) comparte con cualquier otra modalidad de intervencionismo público: que obstaculiza o impide la función empresarial.

Incluso la importante aportación de H. H. Hoppe en el sentido de definir al socialismo como todo sistema de agresión a los derechos de propiedad puede ser mejorada tras las aportaciones sobre la "empresarialidad" y la función empresarial de los profesores Kirzner y Huerta de Soto. Uniendo los análisis dinámicos de Mises y Rothbard con los basados en la dispersión del conocimiento y de sus secuelas (efecto aprendizaje, etc.), el profesor Huerta define socialismo como todo sistema que obstaculiza o impide mediante agresión sistemática la función empresarial en alguna de las áreas de la economía.

Esta definición tiene la virtud de ser un potente foco analítico con el que desvelar todas las agresiones a la función empresarial en cualquier régimen sociopolítico y destacar en cada uno cuáles son los efectos empobrecedores y desmoralizadores que tiene. El respeto a la función empresarial conlleva tanto el respeto a la propiedad privada existente como a la apropiación futura de los beneficios derivados de la tarea de descubrimiento empresarial y de su acción coordinadora.

El debate sobre el socialismo tiene una enorme actualidad y no solamente festiva y retórica. Aunque los partidarios del socialismo hayan aminorado parte de su énfasis en él, lo cierto es que sus planteamientos reviven y se reformulan de diversas maneras mediante los nuevos teóricos de la administración pública, que pretenden introducir en ella lo que llaman "reformas de mercado" en una suerte de revival del "socialismo de mercado". Algo que ya intentaran Durbin, Dickinson y otros entregados a la salvación de lo insalvable y que hoy reinventan economistas de diversas escuelas aplicándolo a sectores determinados. En fin, mientras haya suficiente mercado para financiar los experimentos sociales, ya sabemos que seguirán asignándose a éstos el crecimiento resultante de aquél.

Todo esto no hace sino reproducir un debate ya ganado por la escuela austriaca en la teoría pero no en la práctica que la alimenta, que, por mucho que se confeccionen trajes de brillo científico, no es más que la mera envidia social no emulativa. Sólo queda, pues, incorporar el debate ético con toda su fuerza.

El mercado no es “la solución”

El intervencionista observa el mercado como si se tratase de una fotografía, el liberal observa el mercado como si fuera una película que aún no ha terminado. Estos dos enfoques divergentes dan forma a nuestra comprensión de la realidad social y explican en buena medida la confianza que los primeros depositan en el Estado y los segundos depositamos en el mercado para la mejora del bienestar general. Juzgar el mercado como una fotografía que deja bastante que desear, una realidad imperfecta estática o "en equilibrio", tiene ciertas implicaciones que no se siguen del hecho de juzgar el mercado como un proceso equilibrante, una película con muchos cabos sueltos que tiende a un final cerrado (y feliz).

Al intervencionista no le gusta la fotografía que ve del mundo, la compara con una fotografía artificial "perfecta", y cree que debe retocar la original con Photoshop para que se asemeje a su modelo de referencia. Como tiene una fotografía "perfecta" con la que comparar todas las instantáneas de la realidad, cree identificar los defectos y saber corregirlos (o confía en que algún experto sabrá hacerlo). Traducido a lenguaje económico neoclásico, el mercado falla en la medida en que la realidad no se acerca al "óptimo" definido en condiciones teóricas de "competencia perfecta". Las condiciones de competencia perfecta no se dan nunca, así que el mercado falla continuamente. Así, el intervencionista busca una solución al fallo de mercado, que lógicamente no puede provenir del propio mercado (pues ha fallado). El mercado es la fotografía defectuosa, y hay que retocarla en el taller.

El intervencionista busca "la solución". Quiere un plan de acción encaminado a corregir el defecto en la fotografía, y "la solución" a menudo parece obvia, pues la "fotografía perfecta" de referencia reposa al lado. La solución es un programa, una ley, una regulación, un subsidio, una fijación de precios, un impuesto pigouviano, una nacionalización, una bajada de tipos, una licencia, una prohibición, un aumento del presupuesto, un ministerio, una agencia… El Estado es el órgano a través del cual el intervencionista intenta materializar su solución. El intervencionista no controla el Estado, pero actúa como si lo hiciera. Expone su propuesta como si el Estado fuera a consultarle y a implementarla sin desvirtuarla. En cualquier caso, el intervencionista no piensa en un mecanismo de corrección, en un proceso de descubrimiento, en una estructura de incentivos para encontrar soluciones adecuadas, solo piensa en encontrar "la solución" que el Estado debe estampar en la fotografía.

El liberal, en cambio, no pretende encontrar "la solución". De hecho admite humildemente que a menudo ignora cuál es la solución adecuada a una determinada carencia percibida. El liberal prefiere centrarse en el proceso que lleva a encontrar buenas soluciones. No aspira a diseñar una solución concreta, sino a dar con el mejor mecanismo para descubrir y testar soluciones concretas. El liberal no concibe la realidad como una fotografía sino como un proceso dinámico en el que los fotogramas adquieren sentido si se deja que la película avance. El liberal busca un marco propicio para el desarrollo de la película, un marco que permita la experimentación con distintas propuestas, ejercicios de prueba y error por parte de muchos emprendedores, competencia entre ideas y el triunfo de las mejores sobre las peores.

Un fallo de mercado desde una perspectiva estática es una oportunidad de ganancia desde una perspectiva dinámica. Representa una demanda insatisfecha que puede ser explotada por algún emprendedor perspicaz e imaginativo. En el mercado la expectativa de rentabilidad es un incentivo para corregir errores de "fotografías" pasadas, y las pérdidas y las ganancias son un indicador de éxito o fracaso en la búsqueda de soluciones que elevan el bienestar de la gente. Este enfoque dinámico que enfatiza la competencia descentralizada, el "derecho de salida" y la "libertad de entrada" al mercado, el test de prueba y error, los incentivos para servir a la gente y mantener una buena reputación, contrasta con el enfoque estático que confía en "la solución" centralista diseñada por el experto o tecnócrata y en la voluntad del Estado para implementarla.

El intervencionista intenta diseñar "la solución", el liberal busca un marco en el que experimentar y descubrir múltiples soluciones. El liberal deja la búsqueda de soluciones concretas a los millones de emprendedores que arriesgan sus recursos y tienen incentivos para explotar oportunidades latentes, o a los individuos de la comunidad afectada que conocen su particular situación y tienen razones para organizarse colectivamente. El intervencionista, ansioso por retocar la fotografía, no quiere entregarse a ningún "proceso de mano invisible" y prefiere seguir hablando en términos de "soluciones". El liberal, consciente de que la realidad social es cambiante y compleja, confía en un mecanismo de ajuste descentralizado y habla en términos de "cómo encontrar las mejores soluciones". El mercado no es "la solución" ni garantiza soluciones inmediatas. Es simplemente un proceso de experimentación competitiva que tiende a producir las mejores soluciones. Confiar en el mercado requiere paciencia y cierta tolerancia a los altibajos. Confiar en el Estado y en su "solución" es un simple acto de fe.

Això és una dona

En el momento de publicar estas líneas, la señora tiene dieciséis puestos de trabajo, aunque no es descartable que durante el fin de semana aparezcan nuevas ocupaciones de la presidenta consorte, por supuesto remuneradas, que los Montilla no trabajan por la patilla.

El caso de la segunda esposa del primer ministro Montilla es asombroso por la capacidad de trabajo que demuestra en su desempeño cotidiano, porque no es sólo que tenga que atender a las dieciséis ocupaciones laborales que tiene asignadas, sino que al llegar a casa debe ocuparse también de las trillizas y de la inmersión lingüística del iznajeño, a ver si consigue que el bachiller cordobés alcance el nivel C en la lengua del imperio catalano-balear.

Sería interesante conocer cómo organiza la agenda este portento proletario porque el día tiene sólo veinticuatro horas, también en Cataluña, salvo que el TC disponga lo contrario. ¿Ha adquirido la mujer del president el don de la bilocación? ¿Es su bolso un centro de comunicaciones que le permite desempeñar sus tareas sin estar físicamente en el lugar de trabajo? A todos los que se nos quedan cortos los días trabajando sólo para una empresa nos gustaría saber cómo lo hace Annita, para así disponer de más tiempo libre y, eventualmente, encargar trillizos.

Habrá quien se queje de que una socialista acumule dieciséis ocupaciones mientras cada vez más proletarios, tan socialistas como la Montilla, se van al paro irremediablemente, más no deben preocuparse porque Zapatero prometió pleno empleo en esta legislatura y es un hombre que siempre cumple su palabra. Sucede simplemente que ha empezado por Cataluña, concretamente por los Montilla, para seguir por la costa hacia abajo y de ahí avanzar hacia el interior. Es sólo cuestión de esperar sentados. Mayormente en la puerta de la oficina del paro.

La sociedad individualista y el Estado

El Estado es la forma del Poder Absoluto (que es su sustancia).

El Estado es la culminación, técnica y mecanicista, del avance de un poder único e invasivo, creciente y decidido a suplantar el orden social a cambio de una organización de intereses y resultados, sostenida sobre arbitrarios cálculos de utilidad social.

Los criterios ideológicos que postulan los defensores o partícipes del estatismo ignoran por completo la realidad del funcionamiento del proceso social. Su audaz racionalismo convierte dicha ignorancia en potentes entramados conceptuales y explicativos, todos ellos volcados en la justificación del Poder y su voracidad.

El Estado se constituye gracias a la paulatina absorción de distintos y anteriores órdenes, comenzando por el político, continuando con el jurídico (dentro del mismo, con especial trascendencia, la institución de la propiedad), y, una vez pertrechado con aquellos mimbres, procurando el asalto del mercado, la producción y el intercambio. La mayor crisis del Estado no llegó hasta que se produjo esta última invasión, siendo desde entonces la historia del estatismo un esfuerzo perpetuo de ajustar la extensión e intensidad de su interferencia en lo que a libertad individual, mercado y cálculo económico se refiere.

En cuanto a la dinámica Estado-política, en la consolidación de la estructura impersonal y artificial que es el Estado, éste tuvo que enfrentarse a formas de poder consolidadas, tanto de tipo jurídico, como político, religioso, familiar o económico. El impulso estatista promueve la disolución de toda forma de poder que le plantee un obstáculo en su absolutismo. Para conseguir su objetivo puede bien suplantarlas, desprestigiarlas o saquearlas. Sucedió con la Iglesia, los municipios y los gremios, los Fueros locales, la aristocracia (noble o económica) y la patria potestad…

El ansiado resultado no era otro que la atomización de la sociedad, contribuyendo de una manera distorsionante y voluntariosa a la normal tendencia que el propio orden social manifiesta hacia el reconocimiento intersubjetivo generalizado. La mera apariencia de haber contribuido a ello evade la indispensable reflexión sobre los objetivos reales que condujeron al Estado a convertirse en un instrumento de emancipación individual.

El Estado basa su dominio en una peculiar autoridad recabada en las fuentes espontáneas de ésta. Dicha corrupción, unida al engaño monopolístico, convierten al Estado en un polo de atracción que religa voluntades, sentimientos y creencias dentro de una progresiva conversión de la política en religión secular. El Estado termina siendo fuente de moral y responsable de la seguridad personal en todas sus manifestaciones, trazando una suerte de patriarcado (ahora matriarcado) falsamente individualista.

La socialdemocracia, como culminación del totalitarismo estatista, logró aunar las técnicas de dispersión social y devaluación moral, o suplantación estatal, como ningún otro totalitarismo violento siquiera llegó a atisbar. Una mera apariencia de libertad garantiza la sostenibilidad –no sin quebrantos y crisis–, de un sistema social basado en la plena extensión de lo estatal sobre cualquier expresión de tipo social o personal.

El Estado sueña con monopolizar el altruismo, la entrega desinteresada, la ayuda al prójimo, la previsión del incapaz, la atención del desvalido. Absorbiendo las conciencias particulares, el Estado proyecta un artificio denominado "conciencia social", siendo la adhesión (emocional e ideológica) a la misma un gesto de integración virtual en el grupo. El fundamentalismo que plantea esta supuesta alternativa a la auténtica concienciación individual, hace creer a sus fieles devotos que han sido bendecidos por una revelación capaz de exonerarles de cualquier pecado mundano.

Por otro lado, el Estado mantiene su voluntad de evitar el surgimiento de resistencias o contrapoderes, forzando a la mayoría de sus súbditos hacia el más irresponsable consumismo, así como la extensión dominante del trabajo por cuenta ajena, en forma de funcionariado del Estado o de la Gran (y subvencionada) compañía "privada". Los individuos tienden a apostar por la seguridad al tiempo que agradecen la imposición de mecanismos de previsión colectiva que les permitan entregarse al hedonismo del consumo presente desaforado.

El Estado, siguiendo la rutina anterior, se esfuerza en descomponer la familia como núcleo de socialización, deformando sus elementos naturales (la filiación o la apariencia de filiación natural), y primando las formas de vida individualista, que siendo muchas de ellas espontáneas y fruto del libre proceso social, empleadas torticeramente por el Estado acaban incluidas en su estrategia de atomización individual y extensión del sentimiento de soledad (aspecto que, curiosamente, los "intelectuales" atribuyen capciosamente al libre mercado).

La descomposición de las facultades típicas de la patria potestad, ya dulcificadas por la espontánea consolidación del individualismo genuino, es quizá uno de los pasos más importantes en el sentido de que el individuo se sienta, cuanto antes, en conexión directa con el Estado, quedando exonerado de esos intermediarios que son el padre, la madre u otros familiares. La temprana mayoría de edad, o la emancipación formal o fáctica, son avances evidentes de esta vía de acción.

Hecho este análisis quizá comprendamos mejor que la mera atomización social que representa el avance del Estado a lo largo de los siglos no es, en realidad, la fuente del individualismo proclive a la mayor y mejor libertad del Hombre.

La sociedad abierta, regida por poderes públicos, políticos o jurídicos, de tipo competitivo y contrapesados, va unida al paulatino reconocimiento de un intenso individualismo en la consideración de cada ser humano. La flexibilización moral y normativa, sobre valores estables pero, con el tiempo, mejor percibidos y definidos, contribuye a desechar espontáneamente reglas e instituciones ineficientes o contrarias a la naturaleza humana, que en libertad, adquiere mayor nitidez en toda expresión social del individuo. La innovación es sopesada y filtrada gracias a procesos que, aun siendo en ocasiones lentos y tortuosos (el tiempo institucional-evolutivo es mucho más amplio que el tiempo praxeológico), siempre que el orden logre una renovada y eficiente sostenibilidad, será asimilada como nuevas máximas de acción entre el resto individuos presentes y futuros.

El reconocimiento social extenso se funda en el individuo, como sujeto digno y socialmente considerado, que se sitúa como centro de todo el devenir social. La sociedad individualista hace depender su éxito, crecimiento y sostenibilidad, en la competencia institucional, perfilando reglas, contenidos tácitos o expresos, que apuntalan la progresividad y el dinamismo del orden de acciones, capaz de albergar en su seno la más intensa consideración del Hombre.

En nada se parece esta definición a los logros alcanzados por el Estatismo atomizador, que, bajo el pretexto de procurar la emancipación del individuo en sus placeres o necesidades (objetivizados), despedaza los contenidos normativos ineludibles para favorecer la coordinación social y el éxito de las expectativas. A su vez, dinamita poderes espontáneos, parciales y competitivos, a fin de arrogarse para sí la égida absoluta sobre los destinos de un grupo humano, siempre con vocación plena o universal.

La sociedad individual que resulta del afán estatista por descomponer el orden social, para así domeñarlo y organizarlo deliberada y voluntariosamente, tiene rasgos de libertad, pero siempre, en sus crisis, se adivinan las profundas carencias y los surcos frustrados de ajuste y coordinación espontánea. Curiosamente, será de esas crisis de donde obtenga el poder absoluto una falaz justificación para seguir invadiendo la vida social e individual, no reconociendo en ningún caso que, en presencia de un poder extensivo, nunca los colapsos, parciales o generalizados, pueden atribuirse (menos en exclusividad) al libre albedrío de los individuos.

En una sociedad libre, individualista y de propiedad plural, el poder se circunscribe a un ámbito político y jurídico de actuación que intercede, o aúna, en las decisiones, o legítimas pretensiones particulares. Se trata un poder abierto, permeable, potestatario, competitivo, pero sólido y respetado. El orden social se fundamenta en la existencia de un contenido normativo suficiente y dinámico que garantice el gobierno de las leyes frente al gobierno de los hombres. La fuerza institucional no está reñida con su adaptabilidad dado que, en todo caso, la mera supervivencia del orden exige cambios y eventuales derogaciones, a pesar de esa falaz presunción racionalista tendente a la organización total de la sociedad.

El individualismo estatista responde a un patrón perverso, aparenta cosas que no son, adquiere un cariz fundamentalista, de religión secular volcada en la persecución del hereje, arte y gracia de lo políticamente correcto. Individuos plegados a la expectativa de que el Poder resuelva las cosas; dependientes que tienen en la política su única fuente de salvación.

Un Rajoy nada “esperanzado”

En el puente de mando, un Rajoy encantado de haberse conocido apoya a los causantes del destrozo mientras se desentiende de la víctima, precisamente uno de los principales motores del PP en esta singladura, pero no seremos nosotros quienes demos clases de navegación al intrépido Mariano, que para eso ya está Arriola.

El partido de Rajoy vive en una especie de realidad paralela que le impide actuar no ya con un cierto nivel moral, cosa bastante improbable en cualquier partido político, sino con la visión electoral necesaria para no darse la tercera bofetada en unas elecciones generales a las que va a concurrir, si Dios no lo remedia, en menos de dos años y medio.

El entusiasmo que el alcalde de Madrid y su cautivo moral despiertan entre los votantes y simpatizantes del partido es, digamos, francamente mejorable. Es seguro que las voces cortesanas que rodean a Rajoy le habrán convencido de que los abucheos al dúo dinamita a su entrada a la sede del partido forman parte de una campaña orquestada por Esperanza Aguirre para boicotear la brillante gestión del gallego, pero sólo hay que pulsar la opinión de los que han venido votando al PP en los tiempos más duros para convencerse del peso real de los dos personajes entre el electorado. Entre el del PP, me refiero, porque entre los electores que jamás van a votar a Mariano lo cierto es que tienen una excelente prensa, comenzando por Pepiño Blanco y terminando por el grupo PRISA que, como es sabido, sólo piensan en el bien del Partido Popular.

Dice también Rajoy que eso de que los alcaldes manifiesten su apoyo a la presidenta del partido en Madrid ante los insultos de un esclavo político aún no manumitido es algo que no se puede tolerar. Hombre, tendrá que tolerar eso y bastante más el lobo de mar, salvo que quiera quedarse a la deriva en una barcaza con Arriola de grumete como única tripulación.

Rajoy manda en el partido, pero no en la decisión soberana de los más de diez millones de contribuyentes que vienen votando al PP. Cualquier político con instinto de supervivencia trataría de compatibilizar lo primero con lo segundo, porque las cosas pueden ponerse tan mal que ni siquiera la necesidad de expulsar a Zapatero de La Moncloa puede acabar resultando un argumento suficiente para votar al partido de Gallardón. No digamos ya al de su esclavo.

Absolutismo en el siglo XXI

La presión fiscal y la capacidad de los gobernantes para crear e imponer leyes son los dos rasgos esenciales para poder determinar con cierta precisión la amplitud y el alcance de la intervención estatal sobre los derechos naturales de los individuos (libertad y propiedad privada). En este sentido, si dejamos aparte el clímax que supuso el totalitarismo del siglo XX, el absolutismo regio es el paradigma de la opresión del poder político sobre la libertad individual.

El denominado Antiguo Régimen alzó su edificio gracias a la existencia previa de dos pilares básicos: a saber, el surgimiento de la figura del Estado, como ente propio y autónomo, y el desarrollo del humanismo, en contraposición al pensamiento escolástico hegemónico en la Baja Edad Media.

Antes del siglo XIV, los reyes franceses alimentaban sus arcas gracias, exclusivamente, a los recursos derivados de sus propias rentas y servidumbres señoriales, así como a la aplicación de determinadas levas impositivas que sólo se aplicaban en situaciones de emergencia y a regañadientes. El equilibrio que históricamente existió entre el poder de la Iglesia y el del Estado se rompió, precisamente, en el siglo XIV. Nació entonces el denominado Estado-nación, cuya figura se fue imponiendo progresivamente a las tradicionales ciudades-estado propias de los siglos anteriores. La drástica ruptura entre el poder temporal que ostentaba el rey y el poder eterno, representado por el Papa en la Tierra, se materializó en un constante aumento de impuestos y regulaciones estatales.

Por otro lado, comenzaron a desarrollarse las primeras teorías políticas justificadoras del poder absoluto del Estado. Frente a la doctrina del derecho natural, que sometía el poder del rey a los dictados de la ley divina, los nuevos teóricos propugnaban la supremacía del Estado sobre el orden espiritual y de la ley positiva sobre el derecho natural. El primer golpe lo recibió del nominalismo, corriente filosófica que negaba a la razón humana capacidad suficiente para alcanzar verdades esenciales. Pero el definitivo llegaría con el triunfo del protestantismo y, especialmente, el calvinismo, en el siglo XVI. Mientras que el catolicismo considera que Dios puede ser conocido no sólo por la fe sino también por la razón y los sentidos, las doctrinas instauradas por Martín Lutero y Juan Calvino consideran que la única vía de comunicación con Dios es la pura fe en la revelación. Así, sería imposible diseñar una ética social a través de la razón, como hizo la escolástica en la doctrina del derecho natural.

Dentro de la corriente absolutista destacan los casos de Italia y Francia, por las importantes aportaciones realizadas por algunos de sus filósofos y pensadores. En el primero destaca por encima de todos la figura de Nicolás de Maquiavelo que, con sus obras El Príncipe y los Discursos, revolucionó la forma de concebir y ejercer el poder político vigente hasta entonces. En las ciudades-estado, los gobernantes ejercían el poder de forma despótica. Sin embargo, su acción estaba limitada por determinados principios morales a los que debía obediencia. Maquiavelo rompe con esta tradición en el siglo XVI, abriendo las puertas de par en par al absolutismo regio.

Por su parte, Jean Bodino fue el impulsor del absolutismo francés en el siglo XVI gracias a su nuevo concepto de soberanía. El rey, como soberano, es el único legislador legítimo, el creador de ley por antonomasia y, como consecuencia, está por encima de la ley, según Bodino. Los súbditos deben acatar sus decretos, sin que sea preciso su consentimiento, y la ley que emana del poder soberano del monarca es superior a cualquier ley consuetudinaria o institución. El poder soberano es, además, unitario e indivisible.

Así pues, observamos que la hegemonía del Estado Absoluto entre los siglos XVI y XVIII tan sólo fue posible gracias a la aparición previa de una serie de conceptos e instituciones hasta entonces desconocidos: el concepto del Estado nación, la ruptura con la Iglesia, el abandono del derecho natural y una redefinición radical de la idea de soberanía y "virtud" en el ámbito político.

Ahora bien, visto lo visto, ¿qué diferencia existe entre el absolutismo regio y la democracia parlamentaria, más allá de mera forma en que se elige al gobernante (soberanía popular frente al monarca soberano)? Estado nación, ruptura con la Iglesia, derecho positivo, razón de estado, bien común son conceptos de máxima vigencia hoy en día. Además, en la práctica, no existe ya división de poderes. Todo hace indicar que, en pleno siglo XXI, aún vivimos, por desgracia, bajo el yugo del absolutismo, sólo que vestido con ropajes democráticos.

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Financiación transparente de los partidos políticos

Se suceden los escándalos de tráfico de influencias y prevaricación de uno y otro partido político. Cuando el caudal de noticias relacionadas con tramas de corrupción es constante y cuando el número y la filiación de los encausados sólo dependen de la orientación de la veleta procesal de la Fiscalía, cualquier ciudadano honrado siente vergüenza e indignación.

Redes de medradores profesionales visitan los despachos de los dirigentes de los principales partidos políticos, reparten regalos para ganarse sus voluntades, organizan fiestas y eventos y, en definitiva, administran reuniones y cheques para financiar las campañas electorales o para reforzar la organización.

A cambio esos sinvergüenzas, esos representantes de las cloacas que corroen la ética y el buen hacer de una sociedad, logran jugosas contraprestaciones por medio de regulaciones, resoluciones administrativas favorables a sus intereses económicos y adjudicaciones de obras, contratas, suministros, concesiones administrativas, subvenciones o ayudas varias obtenidas "a dedo" y, por tanto, de modo moralmente deleznable.

La financiación ilegal de sus partidos políticos es una de las peores deficiencias que puede presentar una democracia, porque guía a sus instituciones por la ciénaga inmunda de la corrupción.

Han sido los ayuntamientos y su financiación por medio de la ley del suelo los que han permitido realizar las mayores tropelías administrativas en España con expropiaciones y recalificaciones de terrenos más que dudosas. Pero también operan mecanismos de financiación ilegal en los ámbitos nacional y autonómico por medio de las adjudicaciones de los contratos públicos de obras, servicios o suministros, ya que suponen un suculento pastel para los medradores que se acercan a los políticos para tentar su avaricia y satisfacer sus desmedidas ansias de poder.

Cuando no está bien resuelta la financiación de los partidos políticos es imposible que exista la libertad económica entendida como la libre interacción de los ciudadanos en mercados mínimamente regulados. Sin dotarse de una financiación transparente, nuestros políticos acaban buscando sus recursos financieros al mejor postor y, lamentablemente, suelen elegir el camino más directo y fácil pero también más oscuro e inmoral. En vez de dirigirse a los individuos que dicen defender, se dirigen a sus redes clientelares de empresarios "amigos" que les financian sus campañas a cambio de sus futuras canonjías.

Es una quimera pedir financiación transparente a personajes que ni siquiera son capaces de lograr un mínimo de democracia interna, con organizaciones monolíticas y mínima renovación de ideas y personas.

Sin embargo, si un Estado de Derecho tiene mal resuelto el tema de la financiación de los partidos políticos, la libertad económica no se conseguirá nunca ya que los diversos mercados quedan siempre "distorsionados" a favor de los corruptos; travistiendo el libre mercado con los ropajes de un amoral juego de intereses que bien puede definirse como capitalismo de Estado o mejor como socialismo de mercado.

Es decir, desde un punto de vista estrictamente liberal, los partidos políticos sólo defenderán los derechos y libertades individuales y el libre mercado si en su financiación prevalecen las aportaciones de los ciudadanos.

De otro modo, los partidos políticos otorgan mayor prioridad a la protección de los derechos de las grandes corporaciones que los financian de un modo más o menos opaco, con el objetivo final de conseguir favores gubernamentales vía leyes, regulaciones, concesiones públicas, contratos, obras…

Lo moralmente lícito sería implementar una ley de financiación de partidos, que elimine las aportaciones de fondos públicos y promueva las aportaciones dinerarias de los afiliados y simpatizantes por medio de una fuerte desgravación fiscal.

Por ejemplo, valdría una fuerte reducción del 75% (o superior) de las cantidades aportadas para la financiación de los partidos políticos en la Declaración del Impuesto de la Renta que realice cada ciudadano, pero siempre garantizando una completa transparencia de las cuentas contables de cada partido, auditadas y publicadas anualmente para el conocimiento de la opinión pública.

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