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Etiqueta: Regulaciones y otras políticas públicas

Inmigración (VII): hacer lo correcto

"No hay suficientes canales legales abiertos para aquellos que quieren migrar y cuyo trabajo puede ser requerido". Brunson McKinley.

"El verdadero debate es entre aceptar y negar la realidad. La raíz del problema es que demasiados extranjeros han estado persiguiendo demasiadas pocas visas". Álvaro Vargas Llosa.

"Permitir más inmigrantes legales, curiosamente, podría reducir el número de inmigrantes totales". Steve Chapman.

 "Los procesos migratorios son de naturaleza a largo plazo, mientras que el ciclo de la política es esencialmente a corto plazo y, a menudo, determinado por la duración de los periodos electorales". Stephen Castles.

"Cargar una tarifa (de entrada) sería una manera mucho más eficiente de controlar la migración que el uso de cuotas y otros sistemas de control burocrático". Gary Becker.

El actual régimen migratorio impide que la mayoría de las personas honestas y trabajadoras de otros países que quieran mejorar su situación puedan hacerlo legalmente. El fenómeno de la migración por el mundo es pertinaz porque existen detrás poderosas motivaciones. Los trabajadores no especializados tienden a ser menos en las naciones desarrolladas, mientras hay abundancia de ellos en los países no desarrollados. Por desgracia, la inmigración clandestina es actualmente mucho más eficiente que la legal porque esta última no responde a las verdaderas necesidades de la economía y, con sus numerosos y prolongados trámites, tiende a la escasez. Ésta es consecuencia de la planificación burocrática.

Una alternativa para mitigar los flujos migratorios sería intensificar los intercambios comerciales y suprimir todo tipo de barreras de entrada a los productos provenientes de los países exportadores de mano de obra. Permitir decididamente la especialización de los países en vías de desarrollo es una buena opción, pero es insuficiente. La inmigración sigue siendo necesaria.

Ésta hace posible que la mano de obra se acerque al capital. Reduce, por tanto, la miseria de los más pobres. El proceso inverso –el trasladar el capital hacia donde se encuentra la mano de obra abundante- no es fácil ni inmediato en nuestra presente semi-globalización. La seguridad jurídica e institucional necesarias para ello es difícil de lograr y sostener en buena parte de los países en vías de desarrollo.

Como ha dejado escrito el analista del Cato Institute, Alex Nowrasteh, toda la seguridad del mundo no podrá separar a los trabajadores migrantes con determinación de llegar adonde están las oportunidades económicas. Es necesario, por tanto, realizar un acercamiento más realista y flexible al fenómeno de la movilidad internacional de trabajadores por parte de los gobiernos de los países de acogida.

Los políticos deberían dejar de centrar los debates en si "amnistiar", encarcelar o deportar a los "ilegales" y enfocarse en tomar medidas razonables e inmediatas para dejar de engordar su número. La historia, además de la economía, sugiere que la mejor manera de hacerlo es facilitando más canales legales para acoger a los trabajadores extranjeros. Por increíble que parezca, los inmigrantes prefieren vivir de forma legal antes que en la economía sumergida, donde apenas pueden mejorar sus condiciones de trabajo, donde no tienen acceso al crédito, no pueden aumentar su productividad y donde se enriquecen injustamente a su costa los traficantes humanos y los falsificadores de documentos.

Consecuentemente, se debería regularizar (no amnistiar) la situación de millones de inmigrantes en situación irregular (mal llamados "ilegales") que estén ya trabajando de facto y viviendo entre nosotros a cambio de que abonen una tasa razonable y pasen los necesarios filtros por motivos de seguridad. También, para evitar tener que regularizar la aparición de nuevos "ilegales" en el futuro, lo más sensato sería tumbar las regulaciones contraproducentes así como flexibilizar los costes burocráticos y, por tanto, facilitar considerablemente en los países prósperos la concesión de visados o permisos de trabajo. Hoy día son desesperantemente escasos los otorgados por las autoridades. De esta forma, se ampliarían los canales legales para entrar en un país y se canalizarían a los inmigrantes hacia el mercado legal, mejorando su situación jurídica y reduciendo su explotación por mafias o empresarios sin escrúpulos. Se impulsaría asimismo la inmigración circular o de retorno ya referida en otro comentario anterior.

Los políticos y burócratas han de entender que para combatir la existencia de cualquier mercado negro se ha de reducir irremediablemente los costes de la legalidad. No integrar a los inmigrantes en el mercado legal cuesta a la sociedad en su conjunto mucho más que mantenerlos en la clandestinidad.

Esto no excluye, por supuesto, el hacer el debido y necesario control por parte de las autoridades por motivos de seguridad y de prevención de entrada de criminales en el país de acogida. Dichas medidas no solo serían políticamente correctas sino moral y económicamente acertadas.

Pero reducir los costes de entrada no quiere decir en absoluto convertir la legalidad de inmigrar en gratuita ni en automática. Debiera establecerse un mercado de derechos de inmigración y desmantelar buena parte de las disposiciones restrictivas a la inmigración que existen en la actualidad decretadas desde los diferentes gobiernos centrales. La solución radical propuesta por Gary Backer me parece la mejor alternativa al embrollo de reglas de racionamiento que tenemos en la actualidad. Es decir, debemos pensar en la inmigración como un mercado y, por tanto, ante el exceso actual de demanda por entrar en los países ricos debería subir el precio del acceso a las ventajas que éstos ofrecen.

De hecho, existe desde hace tiempo la práctica asentada en muchos Estados de vender derechos de residencia a los ricos extranjeros. Tenemos en España experiencia reciente en aprobar el otorgamiento de permisos de residencia a extranjeros condicionados a que compren inmuebles por un importe determinado. Esto no significa ni mucho menos que se deba de desembolsar siempre semejantes cantidades. Bastaría con poner un precio suficientemente elevado, pero asequible, para poder tener derecho a la entrada legal en el país de acogida; una cantidad suficiente para poner en valor el derecho a inmigrar pero no excesiva para lograr expulsar a las mafias del mercado. Al fin y al cabo el inmigrante ya paga un precio nada despreciable a mafias y falsificadores de documentos ante la desesperante escasez de medios para entrar legalmente. No se trata del precio sino de a quién ha de pagarse.

El monopolio de entrada legal a cada país lo tiene actualmente en exclusiva su gobierno nacional por lo que puede modular el precio hasta hacer muy poco atractiva la entrada ilegal concurrente. Con ello se lograrían dos objetivos simultáneos: disminuir el volumen de inmigrantes ilegales y dotarse de una fuente de ingresos para el Estado con la que poder reducir la presión fiscal a los nativos contribuyentes.

Si a algunos les pareciera inaceptable establecer tarifas de entrada al inmigrante sin recursos y sin posibilidad de financiarse, para estos casos se podrían retomar los programas de "trabajadores-huéspedes" o de trabajadores temporales que existieron en pasadas décadas pero adaptados a las necesidades actuales para lograr una solución satisfactoria para la seguridad y el control de sus flujos. Estos programas deberían regirse por los siguientes principios: todos los trabajadores extranjeros con intención de residir más de un cierto número de meses en un país debieran ser rápidamente provistos de documentación de identidad, los permisos de residencia debieran ser, al menos inicialmente, de corto plazo y fácilmente renovables, el estatus legal del trabajador temporal debiera ser semejante al del turista que reside temporalmente en el país de acogida (es decir, no debiera ser un camino automático para la ciudadanía ni para la obtención de derechos sociales), debiera evitarse una onerosa burocracia y no permitir la gestión gubernamental del mercado de trabajo migrante sino la participación al sector privado en las labores de colocación. El trabajador temporal debiera depositar al inicio una fianza a la entrada que fuese reembolsable a la salida (una vez comprobado que ha cumplido con todos los requisitos del programa de "trabajadores-huéspedes" y demás leyes del estado de acogida), los trabajadores temporales debieran buscarse un empleador/patrocinador (o, en su caso, su sustituto cuando terminen su anterior empleo) en un periodo de tiempo razonablemente corto (caso de no encontrarlo debiera dejar el país y recuperar su fianza) y, por último, debieran aplicarse penalizaciones (económicas y/o prohibición de entrada futura) para aquellos que no cumplan con el programa de trabajo temporal pues no habría justificación para trabajar fuera del sistema, especialmente el que tiende o favorece la libre entrada.

Además, si los sindicatos están de verdad preocupados acerca de los abusos que sufren ciertos trabajadores inmigrantes temporales, la solución sería defender que los visados sean portables y no estén ligados a un empleador concreto para que así el trabajador extranjero tenga poder de negociación ante el empleador y no se vea atado a él.

Sea cual sea el mecanismo elegido para flexibilizar las fronteras y liberalizar las leyes de inmigración, sería absolutamente necesario adoptar otra serie de medidas complementarias, como se tratarán en comentarios posteriores, para evitar que se exacerben los conflictos con los nuevos llegados o que el temor de los nativistas a una "avalancha" se vea alimentado. Se tendría, pues, que: restringir en todos los casos a los recién llegados el derecho a los beneficios de cualquier ayuda social hasta que no se haya contribuido, al menos, un número suficiente de años; se deberían abandonar las políticas de multiculturalismo y de discriminación positiva, también se debería limitar mucho más el derecho de voto a elecciones generales –no así a las locales- hasta cumplir una serie de requisitos. Se deberían enfocar finalmente los recursos existentes, tanto de los agentes de frontera como de los encargados del orden público, en evitar actuaciones realmente delictivas (y no desperdiciarlos como ocurre en la actualidad en perseguir y detener a "ilegales" como si fueran delincuentes). Todo ello sería imperfecto pero mucho mejor que, tal y como denuncia Bryan Caplan, tratar a los inmigrantes peor que a los extranjeros.

Asimismo se debería dar participación en la decisión de entrada de trabajadores extranjeros a las entidades administrativas locales y municipales, más cercanas al ciudadano, que son las que más directamente se ven afectadas con la llegada de foráneos, aunque sólo sea para acordar con ellas la dotación de recursos necesarios para el mantenimiento de infraestructuras básicas o para garantizar el orden público. Hoy en día la competencia sobre asuntos migratorios está atribuida con muy pocas excepciones y en exclusiva a los gobiernos centrales. Esto debería cambiar: las administraciones locales deben participar también en dicha gestión como ocurre ya en la actualidad con Canadá.

Ciertamente, para desactivar los terrores nativistas, sería muy recomendable también establecer inicialmente topes de entrada de trabajadores extranjeros mucho menos estrictos que los actuales; pero topes a fin de cuentas. El propio Hayek desaconsejaba una llegada masiva y repentina de inmigrantes a un país concreto porque daría pie a reacciones nacionalistas descontroladas y peligrosas. Una cosa es ser liberal y proclive a una mayor apertura de fronteras y otra cosa completamente distinta es ser un defensor extremista de una idea sin importar sus consecuencias prácticas. En este sentido, Julian Simon proponía que se estableciera un objetivo para aceptar extranjeros (el 0,5% o el 1% como máximo de la población total en ese momento) para, una vez alcanzado, comprobar si hubieran surgido o no externalidades importantes. Caso de que se verificasen, se frenaría el proceso de apertura de fronteras por un tiempo. Si no las hubiera, se marcarían nuevos objetivos para la aceptación o acogida de nuevos trabajadores foráneos.

Intentar desplazarse para buscar un futuro mejor para sí y para su familia es legítimo y es éticamente irreprochable. Aquellas leyes que establecen cuotas o restricciones excesivas a la inmigración y que, por tanto, convierten en "ilegales" o "criminales" a los trabajadores por el mero hecho de haber nacido en otros lugares son leyes inmorales e injustas. Sólo las acciones pueden llegar a ser ilegales, nunca las personas. Un sistema burocrático que clasifica a las personas como ilegales por su sola procedencia es un sistema fundamentalmente erróneo y precisa ser reformado en su integridad.

Los empecinados defensores del actual statu quo similar a un Apartheid Global de leyes restrictivas de entrada a extranjeros pueden insistir en que éstas siguen siendo ley al fin y al cabo, pero habría que recordarles que a lo largo de la historia del hombre no pocas cosas inmorales o estúpidas fueron leyes como sucedió con la esclavitud, la propia Ley seca o las denominadas leyes de Jim Crow. Recuerdo siempre en estos casos a F. Bastiat que argüía que las leyes, para lograr que sean respetadas, antes que nada han de ser respetables. Cuando hay un desacato generalizado de las mismas (por parte de inmigrantes indocumentados y de nacionales deseosos de contratar con ellos) sin formar parte de un complot es que van en contra la propia naturaleza humana. Los nativistas/restriccionistas a la inmigración pese a ampararse en la ley vigente padecen la misma miopía que tuvieron en su momento los esclavistas, los prohibicionistas del alcohol o los segregacionistas. Ciertamente defendían esas específicas leyes vigentes de su época, pero eran leyes manifiestamente injustas y contraproducentes.

Defender la rule of law no quiere decir defender incondicionalmente cualquier medida que sea aprobada legalmente. Las leyes han de ser, además, legítimas y aquellas que violan derechos básicos de las personas deben ser revocadas como lo fueron en su momento las leyes de esclavitud, las leyes de segregación racial o la 18ª Enmienda de la Constitución de los EEUU.

El profesor de filosofía de la Universidad de Ohio, Mark LeBar, ha expresado el estado actual de cosas de forma meridianamente clara, tal y como hacen siempre los buenos pensadores. La inmigración ilegal es, según este profesor, uno de los pocos asuntos problemáticos de la agenda política actual que realmente se podría solucionar con una varita mágica: legalícese.


Este comentario es parte de una serie acerca de los beneficios de la libertad de inmigración. Para una lectura completa de la serie, ver también I,  IIIIIIVV y VI.

El coste de cambiar las reglas con el partido empezado

El cigarrillo electrónico se ha popularizado de forma muy notable en España en el último medio año. El éxito de este relativamente novedoso producto se debe principalmente a tres diferencias frente al cigarrillo convencional: el importante ahorro económico que supone, ser menos dañino para la salud que y la comodidad de poder utilizarlo en cualquier sitio, ya que no emite humo sino vapor inofensivo. La industria del tabaco es relativamente grande ya que en los países desarrollados cerca de un 35% de los hombres y un 22% de las mujeres fuma. No es de extrañar que, con la aparición del cigarrillo electrónico, multitud de empresarios e inversores hayan visto un filón en este negocio.

Si reside en una gran ciudad, habrá observado con cierto asombro la vertiginosa aparición de tiendas y stands de venta de cigarrillos electrónicos y todo lo relacionado con los mismos. Muchos se preguntan si el mercado de cigarrillos electrónicos es lo suficientemente grande como para que todas las tiendas establecidas aguanten con el paso del tiempo. La experiencia en comercios de industrias incipientes nos dice que es probable que muchas tiendas acaben cerrando. Lo hemos podido observar en los últimos años con inmobiliarias en la época de burbuja o con tiendas de yogur helado más recientemente.

Este fenómeno tiene su lógica empresarial. Los empresarios, ante una industria nueva, se lanzan a invertir para acaparar una parte de la tarta. El problema es que, esa industria incipiente es aún muy nueva y el tamaño de esa tarta está por determinar. Como en multitud de negocios novedosos, el primero en tener un tamaño relativamente grande puede obtener una ventaja competitiva fruto de las economías de escala, la carrera por ganar cuota acelera ese proceso de descubrimiento empresarial. Los empresarios serán los que, mediante el mecanismo de prueba y error determinen cuál es la oferta óptima para ese nuevo mercado. Este proceso de ajuste de la oferta precisa, como es lógico, de un marco institucional y jurídico estable. Es lo que coloquialmente se refiere como que no cambien las reglas con el partido ya empezado.

Los cigarrillos electrónicos es el más reciente ejemplo de este fenómeno. El Estado, a través de una legislación promovida por el Ministerio de Sanidad, ha acordado con las comunidades autónomas elaborar una norma estatal para prohibir el consumo de cigarrillos electrónicos en centros sanitarios y escolares, en las administraciones públicas y en el transporte público. La comodidad de usar los cigarrillos electrónicos en cualquier parte por resultar inocuos para la salud era una de las principales ventajas frente a los cigarrillos convencionales. Con la futura legislación, esa ventaja desaparecerá.

Como uno puede imaginar, la distorsión estatal ocasionada a los empresarios dueños de negocios de vapeo es importante. En pleno proceso de búsqueda empresarial del tamaño óptimo de la oferta y con la incertidumbre de si se obtendrán beneficios o pérdidas con las inversiones realizadas, las reglas han sido cambiadas a mitad del partido. Lo más graves de todo es que probablemente aún lleguen más cambios normativos por parte de las Administraciones Públicas. Nadie descarta una subidas de impuestos a todos los productos de vapeo en un futuro próximo. Eso sería una nueva estocada a todos los empresarios que, aún a riesgo de equivocarse y perder su inversión, están emprendiendo para ofrecer al consumidor un bien que demanda.

La empresarialidad no es perfecta. La información clave de una industria a veces se consigue perdiendo dinero. Ese es el pan de cada día de los empresarios. Están preparados para ello, y aceptan ese riesgo con normalidad y valentía. Pero lo que es del todo intolerable es que, en mitad de ese proceso de aprendizaje empresarial, las reglas de juego cambien. El Estado, como en tantas otras cosas, debería dar un paso atrás y dejar que el mercado funcione con libertad.

Rajoy lleva la fiscalidad sobre el empleo a su punto más alto desde los años 80

Los impuestos al tabaco provocan una disminución en su consumo, algo que el Ministerio de Sanidad se encarga de recordar cada vez que se decreta un incremento en estos tributos. La subida del IVA al cine ha hecho que se desplome la asistencia a las salas, como ha dejado claro el sector. Las tasas que algunas regiones cobran a los turistas por cada noche de alojamiento provocan las protestas inmediatas de los hoteleros, que temen por el impacto que pueda tener en su facturación.

Los tres ejemplos anteriores son ampliamente conocidos y reconocidos. Nadie parece dudar de su veracidad. Parece lógico pensar que un incremento en los impuestos de un producto tiene una repercusión directa (y negativa) en el consumo del mismo. Sin embargo, con el trabajo no se establece la misma relación. Los políticos españoles llevan subiendo los impuestos al empleo de forma constante desde que comenzó la crisis. Y el paro se ha disparado como en ningún otro país de la UE.

Es cierto que hay muchos más factores que pueden influir en las cifras del desempleo, desde la rigidez del mercado laboral al hundimiento de sectores como el de la construcción, muy intensivos en mano de obra. Pero, de verdad, ¿a nadie en el Gobierno se le ha pasado por la cabeza que el enorme coste al que tienen que hacer frente los empresarios a la hora de contratar puede influirles cuando toman esta decisión? ¿O qué el recorte que sufren los empleados entre los sueldos brutos y los netos no repercutirá en sus ganas de trabajar o mejorar en su profesión? 

Coste y salario

Cuando un empresario piensa en contratar a un nuevo trabajador (o mantener a alguno de los ya existentes) calcula cuánto le va a costar éste y cuánto va a producir para su negocio. La lógica nos dice que sólo realizará el fichaje si la segunda cifra es superior a la primera.

Normalmente, asociamos el coste laboral con el salario. Pero esto es un error. En realidad, lo que el empresario paga por un empleado es mucho más de lo que éste recibe en su cuenta bancaria. Y claro, esto tiene muchas implicaciones en las decisiones de uno y otro.

Coste laboral = Salario neto + IRPF + Cotizaciones sociales

De esta manera, hay una gran distancia entre lo que el trabajador gana y lo que el empresario abona. La primera consecuencia es que existe una muy diferente percepción entre lo que piensan uno y otro. El empleado sólo ve el extracto bancario. Pero su jefe piensa en lo que en realidad le cuesta. Quizás aquél piense que gana muy poco y éste crea que paga demasiado. Lo peor de todo es que, en muchos casos, ambos pueden tener razón.

Tal y como explicaba Libre Mercado este sábado, en España el pago de impuestos y cotizaciones alcanzaba en 2012 el 41,4% del total del coste laboral del trabajador medio soltero y sin hijos. Por ejemplo, según las cifras del informe Taxing wages, de la OCDE, un empleado con estas características ganaba 27.526 euros, pero le costaba a su empresa 46.974 euros (o lo que es lo mismo, 19.448 euros más).

Según la OCDE, la presión fiscal para el trabajador medio (recordemos, sólo en tributos sobre el trabajo, no contamos indirectos) creció en 2,8 puntos de 2000 a 2012. De hecho, había bajado algo hasta 2009, pero desde este año se ha incrementado en 3,1 puntos. Es cierto que una pequeña parte de este repunte se puede explicar en parte por el efecto composición: el sueldo medio español ha subido respecto al año 2000 porque buena parte de los despedidos con la crisis estaban en la banda salarial baja; y una nómina más alta paga más impuestos. Pero la mayor parte se explica por los incrementos tributarios de los últimos años.

Mientras tanto, la media dentro de la OCDE (los países más ricos del mundo) indica una ligera caída de 1,1 puntos (del 36,7% al 35,6%) entre 2000 y 2012. No son cifras muy alentadoras para la competitividad de nuestras empresas.

Años de subidas

Todos estos datos son del año 2012, por lo que incluyen algunas de las subidas de impuestos al trabajo aprobadas por el Gobierno del PP, pero no todas. En conjunto, sumando todos los cambios de los últimos años, tanto con José Luis Rodríguez Zapatero como con Mariano Rajoy, los empresarios españoles se enfrentan a los tributos sobre el trabajo más elevados de las últimas dos décadas, que es cuando existen datos comparables y una estructura impositiva similar. De hecho, posiblemente estemos hablando de la fiscalidad sobre el empleo más agresiva de la historia. Y eso con casi seis millones de desempleados y una tasa de paro superior al 25%.

– IRPF: sin duda, ha sido la subida tributaria más espectacular de los últimos años. En 2008, el tipo marginal máximo era del 43%. Primero, fue el Gobierno del PSOE el que incrementó este nivel. Luego, llegó el gran golpe para los contribuyentes.

En diciembre de 2011, Mariano Rajoy rompía todas sus promesas electorales y aprobaba un "gravamen extraordinario", que incluía subidas en todos los tramos (hasta 7 puntos para las rentas más altas). Y se solapaba con incrementos en el tramo autonómico en la mayoría de los regiones. Ahora, los tipos marginales van del 51,9% de Madrid o La Rioja al 56% de Cataluña, Asturias o Andalucía. Se suponía la medida anunciada por el Gobierno central era temporal (por dos años), pero ya sabemos que, como mínimo, se extenderá un ejercicio más de lo prometido en un inicio.

– Cotizaciones: es uno de los grandes desconocidos de la fiscalidad española. Y eso que aporta más a las arcas tributarias que el IRPF. En 2008, un buen año para medirlo porque todavía no se sentían los efectos distorsionadores de la crisis, las cotizaciones sumaban algo más del 34% de los ingresos públicos, por un 25% del Impuesto sobre la Renta. ¿Por qué entonces se habla tan poco de ellas? Pues la principal razón es que la buena parte de los trabajadores no saben que se están pagando o, si lo saben, no se imaginan a cuánto ascienden.

Por ejemplo, imaginemos a un empleado con una nómina de unos 2.000 euros brutos. A este trabajador le descontarán un 4,7% de contingencias comunes, un 1,55% de desempleo, un 0,1% para formación y (más o menos) un 17% de IRPF. En total, aproximadamente se le restará un 23,5% de su sueldo bruto, unos 480-490 euros.

Lo que no se dice en ninguna parte de esa nómina, es que la empresa está pagando un 30% más a la Seguridad Social: 23,6% por contingencias comunes, 5,5% por desempleo, un 0,2% al Fogasa y un 0,6% en Formación. Son 600 euros al mes de coste extra oculto.

En estos días, se ha hablado mucho del último cambio en la normativa sobre cotizaciones aprobado para 2014. Por un lado, se elimina la exención de cotización a la Seguridad Social de la retribución en especie (cheques restaurante, guardería, seguro médico,… ); por otro, se sube la base mínima de cotización para los autónomos societarios y aquellos con más de diez trabajadores. Es importante destacar que los tipos no han cambiado. Por lo tanto, aparentemente, no hay una subida impuestos. Pero al computar más conceptos, lo que se produce en la práctica es un incremento en lo que pagarán empresario y trabajador.

– Las subidas encubiertas: pero los incrementos de impuestos no se han quedado en los titulares de las noticias. Desde que comenzó la crisis, se han producido de forma constante dos subidas ocultas de impuestos, que afectan al IRPF y a las cotizaciones sociales. No se habla mucho de ellas, pero son muy importantes. En el Impuesto sobre la Renta, como explica elblogsalmón, no se han actualizado los tramos desde 2008. Pero los precios y salarios, aunque poco, sí han subido. Por lo tanto, personas con el mismo poder adquisitivo que a comienzos de la crisis, han subido de tramo y pagan un porcentaje superior de IRPF. Es un mecanismo que, con mucha sordina pero de forma constante, va castigando el bolsillo del contribuyente.

De la misma manera, las bases de cotización a la Seguridad Social han ido subiendo por encima del coste de la vida de forma constante. Este año, por ejemplo, la base máxima ha pasado de 3.425 euros a 3.590 euros (un 5%), lo que podría llegar a suponer unos 51 euros para la empresa y unos 10 euros para los trabajadores que se encuentren en estos niveles. Por cierto, que este incremento en la cotización no se traducirá en el correspondiente incremento en los derechos acumulados para una futura pensión. Y hablamos del Régimen General, porque también los autónomos tendrán subidas en sus bases de cotización.

Vuelta a los 80

Aunque parezca mentira, con seis millones de parados, crear un nuevo puesto de trabajo en España cuesta mucho dinero, en buena parte por la factura de Hacienda. En total, podemos asegurar que nunca, desde los años 80, los empresarios españoles habían pagado tanto por crear empleo. En aquella década, el IRPF llegó a estar cerca del 70% y las cotizaciones sociales superaban el 30%. También hay que tener en cuenta que la estructura impositiva era muy diferente. Por ejemplo, el IRPF tenía más de 30 tramos.

Desde comienzos de los años 90 se inició un proceso de pequeñas rebajas tributarias, que dieron algo de aire a las empresas y trabajadores españoles. El IRPF llegó a tener un tipo marginal máximo del 43%. Y las cotizaciones, después de dos décadas estables, podía preverse que se reducirían. De hecho, el propio Rajoy prometió bajarlas dos puntos cuando subió el IVA en 2012 (otra promesa completamente olvidada en estos momentos). Al final, lo cierto es que tras las subidas aplicadas por sus gobiernos autonómicos, hay asturianos, andaluces o catalanes pagando un tipo del 56%.

en cuanto a cotizaciones pagadas por las empresas, somos el cuarto país de Europa en términos de ingresos respecto al PIB. Teniendo en cuenta el dato de paro en España, para alcanzar esa recaudación es evidente que hay que cobrar mucho por cada puesto de trabajo. Como explicamos ayer, pocos países de Europa castigan a sus empresas y trabajadores con tanta saña.

En los últimos meses, hemos leído alguna noticia sobre la caída de los costes laborales. Pero este fenómeno se explica únicamente por un descenso en los salarios. El resto de conceptos que afectan a la nómina han seguido subiendo. Contratar a un nuevo empleado y que a éste le lleguen 1.000 euros netos a su banco es ahora mucho más caro que hace unos años (otra cuestión es que el que antes cobraba 1.000 euros netos ahora gane 800).

Las consecuencias

¿Y qué consecuencias tiene todo esto sobre el empleo? Pues depende de a quién se pregunte. Por ejemplo, en lo que tiene que ver con la subida de las cotizaciones sociales para 2014, Tomás Burgossecretario de Estado de Seguridad Social, afirmaba: "Ninguna empresa va a reducir empleo porque tenga que aportar 4, 5 o 10 euros más al mes por un trabajador". No parece mucho dinero. Y para el empleado, que también tiene que cotizar, sus cálculos son de un euro de media al mes.

El problema es que estas medias se han hecho contando a todos los trabajadores. Y la mayoría de los asalariados no tiene ningún tipo de retribución en especie. Pero para los que sí recibían esta gratificación, los datos son mucho más elevados. Imaginemos a un empleado tipo de una oficina de Madrid, que recibía 200 euros en tickets de comida (10 euros por 20 días de trabajo al mes). A partir de este momento, hay un nuevo concepto que entra en su base de cotización, por lo que la empresa tendrá que pagar el 30% de esa cantidad a la Seguridad Social (60 euros al mes). Por su parte, el empleado pagará su 6,35% (12,7 euros al mes). Son cifras muy diferentes a las planteadas por Burgos.

Por eso, los empresarios han contestado con una dureza inusitada al Gobierno. La CEOE ha emitido esta misma semana un comunicado en el que pide la retirada de un decreto que creen que se aprobó de forma "precipitada". La patronal asegura que la nueva medida supondrá un freno a la creación de empleo, un incremento en los costes laborales y una pérdida de competitividad para las compañías españolas. Y eso por no hablar de la reacción de los sectores directamente implicadas en la medida, como la hostelería, las guarderías o los seguros.

Al final, para saber las consecuencias, quizá lo mejor sea imaginarse cómo son las relaciones entre empresario y trabajador. El primero piensa en términos de coste total y el segundo en salario neto. Hasta ahora, la empresa podía pensar: "Le ofrezco 2.000 euros de salario bruto, que se le quedan en 1.500 netos y lo complemento con 200 de tickets. Él gana 1.700 euros y a mí me sale por unos 2.600 al mes incluyendo cotizaciones". Con la nueva norma, el empleado sigue ganando lo mismo (bueno, menos 12 euros), pero su coste para la empresa sube a 2.660 euros. Habrá compañías que lo acepten, otras que quieran repartir la subida con sus empleados, otras que quiten por completo los tickets… Cada una reaccionará a su manera. Y a la hora de contratar a otro empleado para este puesto, la empresa sabrá será 60 euros más caro hacerlo. Desde luego, no ayudará a la creación de empleo.

Pero los impuestos al trabajo no sólo entran en la mente del empresario. El trabajador también está muy condicionado. Por ejemplo, imaginemos a un empleado de alto nivel que vive en Cataluña y cobra 100.000 euros brutos. Una empresa de la competencia le hace una oferta que implica una subida salarial y de categoría profesional. Por una parte, ganaría más; por otra tendría que cambiar de localidad y estaría en un puesto con más tensión. Para la economía española en su conjunto, sería bueno que aceptara, porque supondría que alguien con talento adquiere más responsabilidad. ¿Qué hará? Pues depende. Si le ofrecen 30.000 euros brutos más al año, pensará: "Eso son algo más 14.000 netos de subida, tras quitar la Seguridad Social y el IRPF (en su región, tiene un marginal para ese sueldo del 49%)". ¿Le compensará? Nadie lo sabe. Cada situación es diferente. Pero los 16.000 euros que se queda Hacienda no ayudarán a que la respuesta sea ‘Sí’.

La inercia es la madre del socialismo

Fue tras pasar unos días con su familia, en el mismo año que murió, cuando Frédéric Bastiat escribió su ensayo La Loi (1850). Desde las primeras líneas, el autor francés denuncia y señala, al tiempo, el objeto de su obra: la ley ha sido apartada de su finalidad primera y se aplica persiguiendo un objeto perverso, que no es otro, que la arbitrariedad del poderoso.

A partir de ahí, con un lenguaje claro y conciso y un estilo didáctico y elegante, Bastiat lleva de la mano al lector desde la base, el origen de la ley, hasta las profundidades de la perversión atroz de los irresponsables gestores políticos que la utilizan a su antojo.

Y viene a cuento, hoy y aquí, en nuestro país, pero lamentablemente también en otros lugares. La ley ya no es el recurso pacífico, legítimo, de la defensa propia, a cuya sombra acuden víctimas e indignados para prevenir su Persona, su Libertad y su Propiedad, sino un instrumento de abuso. Una de las bases de esta mutación de la ley es la tendencia del ser humano a vivir a costa de otros. La otra es la falsa filantropía. Los monopolios, las guerras, las migraciones, la universalidad de la esclavitud, los fraudes industriales son ejemplos que inundan la historia y que Bastiat propone para constatar este hecho.

¡Qué lamentable que después de ciento sesenta y cuatro años aún estemos en el mismo lugar!

La explicación del gran Bastiat goza hoy de plena vigencia. Efectivamente, el socialismo ha logrado que la Ley garantice el expolio, entendido éste como robo. El Estado, ejerciendo su despotismo filantrópico, estimulando los instintos más egoístas del ser humano, arrebata lo que es suyo a unos para dárselo a otros, y se reserva la potestad de establecer el criterio de reparto que, indudablemente, desde Rousseau y Robespierre hasta nuestros días, se basa en la perpetuación del poder del propio Estado. ¿Y qué explica esta situación? En primer lugar, el socialismo confunde Estado con Sociedad, y proclama la defensa, el fortalecimiento, y la mejora de la Sociedad cuando de lo que se trata es del bienestar del Estado. No es casual que Bastiat llame a estos socialistas “publicistas”, especialistas en vender una idea al gran público.

Y es ahí cuando entra en escena la inercia de la sociedad, que asiste a semejante espectáculo dejándose llevar y sin plantearse las intenciones del mandatario. La inercia radical de la humanidad, la omnipotencia de la Ley y la infalibilidad del legislador han secuestrado, de alguna manera, el sentido primigenio de esta Ley. El legislador, alejado y por encima de sus conciudadanos, conocedor de sus verdaderas necesidades, aprovechando esa superioridad moral que nadie como el Socialismo le confiere, se atornilla al trono del poder utilizando precisamente la Ley, mientras las víctimas se sorprenden cuando alguien cuestiona lo que está pasando, y no dudan en tachar de sedicioso a quien, simplemente, busca que la Ley recupere su verdadero ámbito: la defensa del individuo, la propiedad y los contratos.

Una vez depositado el voto, cada cual se deja ir, se amolda a lo que su elegido (o el de la mayoría) decida, sin cuestionar nada. Y, de ahí nace la omnipotencia del legislador que se encarga de dirigir, educar, moralizar… mediante la Ley.

Y, una vez entendida la lección de oro que nos ofrece Bastiat, preguntémonos cuántos casos de expolio en forma de subvenciones, estímulos, impuestos, aranceles, prebendas, privilegios, etc. imperan en nuestro país; qué parte de la adoctrinación de los niños corresponde al legislador, que les educa para mayor gloria y honra propia; cuánta inercia de la sociedad explica el presente expolio y perversión de nuestras leyes. Y preguntémonos, a continuación, a qué esperamos para impedirlo. 

Inmigración (VI): impedimentos y sus yerros

En un mundo en el cual la economía de mercado gana parcelas crecientes de influencia, la importación y exportación de capital humano se rigen por criterios casi soviéticos“. Lorenzo Bernaldo de Quirós

He propuesto militarizar la frontera y que usemos drones, sensores, cámaras, radares y cualquier otra ventaja tecnológica que tengamos en este país para realmente controlar nuestras fronteras”. Tom Tancredo (Congresista republicano por Colorado, de origen italiano)

“Los Estados no saben ni pueden ordenar el comercio o la industria, y tampoco la inmigración: por tanto la política de la UE desembocará en una indeseable combinación de ineficiencia y represión”. Carlos Rodríguez Braun

“Nuestros oficiales de seguridad de frontera dedican, por desgracia, la mayor parte de su tiempo persiguiendo a migrantes que vienen al norte para segar nuestro césped o hacer eructar a nuestros bebés”. Jason L. Riley

Tratar de detener la migración de personas es moralmente inaceptable y una franca estupidez económica“. Philippe Legrain

Los ciudadanos domésticos pueden con las barreras a la inmigración perder más como consumidores que lo que ganan como trabajadores“. Murray Rothbard

Necesitamos mejores políticas para acabar con las muertes sin sentido de emigrantes“. William Lacy Swing

En cualquier época una parte de la humanidad ha estado siempre en movimiento, unas veces voluntariamente y otras de forma forzada. No existe ninguna nación del mundo con una población fija y homogénea. Con la Ilustración se dio un gran paso en la historia del pensamiento al cristalecer el concepto de “hombre” que englobaba a todas las personas, independientemente de su raza, sexo, religión o cultura. Sin embargo, la aparición del moderno Estado-nación, relativamente reciente desde el punto de vista histórico, encumbró desmesuradamente el sentimiento de identidad nacional haciendo incómodo convivir con minorías y tratando, a partir de entonces, la inmigración con recelo.

Una de las características de las modernas políticas migratorias en los países desarrollados es su naturaleza restrictiva. La inmigración es entendida, en términos de seguridad, generalmente como un problema y los gobiernos respectivos sienten la necesidad de actuar para hacer frente a dicha amenaza.

Precisamente cuando la globalización económica está desnacionalizando la economía mundial, el fenómeno migratorio está impulsando la renacionalización de la agenda política mediante las barreras de acceso de trabajadores extranjeros al territorio estatal y los controles internos de su población.

Por desgracia, los Estados han establecido complicados procedimientos para el control de la inmigración; sus políticas se han convertido en hostiles frente al inmigrante. Son, además, un fracaso esquizofrénico. Fracaso porque se enfocan en la restricción arbitraria de visados, en controles, en las deportaciones y sanciones pero fallan en cubrir la demanda real que hay en cada país de mano de obra extranjera (cualificada o no). Por tanto, fracasan en facilitar una necesaria inmigración legal que responda eficazmente a la demanda de los empleadores por trabajadores extranjeros.

El comportamiento de los gobiernos ante la inmigración es también esquizofrénico porque, por un lado, se imponen duros requisitos a los legales para obtener el permiso de residencia junto a deportaciones de los “ilegales” y, por otro, se otorgan de tanto en tanto “amnistías” a todos aquellos que han logrado entrar sin los visados o documentos requeridos por su propia burocracia. Esto obedece a que los países industrializados no han conseguido amortiguar las corrientes hostiles anti-inmigración de su población (propias de sociedades cerradas) y al mismo tiempo tienen absoluta necesidad de mano de obra complementaria ante el mayor nivel formativo y el envejecimiento de su propia población.

La consecuencia directa de estas medidas que buscan de manera cortoplacista el interés propio pero que reflejan una profunda ansiedad es una menor productividad y especialización y, por tanto, un menor aumento generalizado de la renta per cápita. En otras palabras, con estas barreras artificiales de los gobiernos lo usual es que haya una población por debajo de su óptimo potencial en los países de rentas altas y un exceso de población sobre su óptimo en los países de rentas bajas.

Pero es que, además, estas políticas restrictivas a la inmigración tienen su indeseable ristra de consecuencias no deseadas. El mayor coste es la crisis humanitaria en términos de muertes ante intentos de alcanzar y atravesar las fronteras, detenciones, aumento descontrolado de la llegada de los “sin papeles”, enriquecimiento de mafias que trafican con seres humanos para introducirlos ilegalmente y expansión de una economía en la sombra en la que los inmigrantes “ilegales” son vulnerables a la explotación (con el consiguiente quebranto de las leyes laborales e impuestos no pagados). Incitan a muchos de los trabajadores extranjeros hacia la economía sumergida, cebando, por tanto, una mentalidad de ilegalidad que sólo puede traer externalidades negativas.

Contrariamente a lo que sucede por lo general en un mercado negro que hace subir siempre el precio de la mercancía prohibida, el mercado negro laboral paradójicamente obedece a una lógica inversa: la inmigración clandestina rebaja el precio de la mano de obra. Hay un soterrado y escalofriante mercado oculto de esclavos modernos del cual apenas se tiene conocimiento. Eso, cuando no empuja a algunos inmigrantes mismos al mundo de la criminalidad por falta de perspectivas legales (así, tendríamos la profecía auto-cumplida para los contrarios a una mayor liberalización de las leyes de inmigración).

Por otro lado, se está incrementando artificialmente el número de peticiones simuladas de asilo político (institución humanitaria de larga y loable tradición) cuando lo que representan en realidad son meros deseos de trabajar en el país de destino, perjudicando la concesión de verdaderas y necesarias peticiones de asilo. Se está propagando una corrosiva e insana actitud de desconfianza de la población nativa hacia los inmigrantes que son percibidos como incumplidores de la ley en vez de trabajadores o emprendedores potenciales. Esto sin contar, como todo servicio dispensado de forma planificada, con la existencia de inevitables ineficiencias y sobornos a burócratas a los que se les da el poder y los instrumentos de decretar ni más ni menos la legalidad o ilegalidad “humana”, amén del surgimiento a sus espaldas de paralelos negocios criminales de falsificación o robo de documentos.

Todas estas consecuencias negativas humanitarias y económicas se achacan injustamente de manera exclusiva a los propios inmigrantes cuando su origen son los draconianos controles migratorios diseñados por políticos y ejecutados por burócratas con la finalidad de adoptar un falso sentido de seguridad. Las políticas actuales en torno a la inmigración nos traen el peor de los mundos posibles: son no solamente medidas crueles y costosas sino que son ineficaces y contraproducentes. Lejos de proteger a la sociedad, éstas socavan la ley y el orden. Todo ello no ha impedido que los gobiernos de los países más prósperos sigan aprobando incrementales controles sobre la inmigración.

El caso paradigmático es el de EE UU. A raíz de la amnistía de unos tres millones de indocumentados llevada a cabo por Reagan en 1986 (que pilló con el paso cambiado a buena parte de los correligionarios conservadores de su partido) se fueron aprobando sucesivas leyes que fueron haciendo cada vez más difícil la entrada de inmigrantes en suelo norteamericano. A esto se unieron medidas de endurecimiento de control fronterizo como la Operación Gatekeeper de la era Clinton. Políticos y burócratas elaboran mitos para promover sus propios intereses. La proposición 187 de Bill Clinton se anunció para lograr el objetivo de frenar el paso de “ilegales” a través de la frontera de San Diego-Tijuana, la más concurrida del mundo. Para ello se levantaron cientos de kilómetros de verja, se contrataron nuevas patrullas fronterizas y se dobló su presupuesto. Esta iniciativa resultó en fracaso porque no se detuvo el flujo migratorio ilegal; tan sólo se desplazó desde San Diego-El Paso hacia el desierto y las montañas.

Posteriores iniciativas similares han dado como resultado la “militarización” de la frontera de EE UU con México, el uso de detectores, de videocámaras, el desproporcionado aumento de los recursos y del número de agentes de patrulla fronteriza, la erección de un muro entre los dos países y la puesta en práctica a nivel nacional del programa de verificación vía red (e-verify) de empleos -introducido inicialmente en el estado de Arizona – con las consiguientes sanciones para aquellos empleadores o empresarios que lo incumplan. Se trata de la serie de medidas más drásticas hasta ahora utilizadas para separar físicamente a dos países que supuestamente son amigos y han firmado un ambicioso acuerdo de libre comercio (NAFTA). Es una actitud contradictoria.

Paradójicamente, se está atrapando además a menos gente “sin papeles” en la frontera porque las rutas de ingreso cambian de las zonas urbanas al desierto, más difícil de controlar y más peligrosas, por lo que el número de muertes han aumentado con respecto a años pasados y se ha fomentado el surgimiento de mafias más poderosas que trafican impunemente con personas indefensas. Parecidas desgracias se producen recurrentemente en torno al Sahara y en las costas mediterráneas o australianas. Un caso especialmente indignante es la ley italiana Bossi-Fini, aprobada en tiempos de Berlusconi, que prohíbe de tapadillo a los pesqueros prestar ayuda en el mar a los inmigrantes (i.e. rescatarles de la muerte), pudiendo ser incluso acusados si lo hacen del delito de favorecer la inmigración clandestina.

Las políticas restrictivas de entrada al espacio Schengen tienden hacia el mismo camino emprendido por los políticos estadounidenses al crear una frontera común exterior. Ha logrado, además, que los países limítrofes no europeos se hayan comprometido, a cambio de ciertos acuerdos y compensaciones económicos, a hacer de gendarmes frente a los que quieren acceder a Schengenlandia. Se subcontrata a países terceros, donde los estándares de respeto a los derechos humanos son bastante menores que los de la UE, con lo cual los abusos y violaciones que soportan los migrantes son mayores. Se intenta impermeabilizar la frontera de manera menos descarada que en los EE UU pero el grado de sufrimiento y coste en vidas humanas es también muy alto. El caso más próximo y lacerante a nosotros es el de subsaharianos en Marruecos en tránsito hacia España.

Asimismo se han ido extendiendo tanto en los EE UU como a lo largo de la periferia de las fronteras de Europa los conocidos aquí como Centros de Internamiento de Extranjeros, de más que dudosa justificación ética, por ser lugares de encierro preventivo de indocumentados en condiciones bastante precarias. Lugares donde quedan detenidos sin juicio previo y sin que se sepa cuándo se les va a soltar. Este modo abusivo de proceder llevado a cabo contra personas foráneas, cuyo único “delito” es haber intentado pasar la frontera sin visado es aberrante. Los gobiernos suelen ocultar la existencia de estos penosísimos centros de internamiento de hombres y mujeres extranjeros. Cuando no hay más remedio que referirse a ellos, intentan justificarlos “criminalizando” a todos los reclusos allí encerrados cuando la verdad es que sólo una minoría de ellos estaría relacionada con comportamientos realmente delictivos.

Por si esto fuera poco, las barreras externas de las fronteras vienen acompañadas siempre de controles internos para intentar “cazar” a los inmigrantes indocumentados que están ya dentro del país. Los controles no sólo se llevan a cabo en calles, plazas, mercados y otros sitios públicos sino que alcanzan también a los lugares de trabajo, sancionando a aquellas empresas que contraten a inmigrantes “sin papeles”. Una vez es detectado al inmigrante indocumentado, se le detiene para, posteriormente, proceder a su expulsión… para volver a intentar de nuevo el paso a través de la frontera ilegalmente en un ciclo sin fin. Hoy en día se calcula que 16 millones de mexicanos, 2 millones de salvadoreños, 1,5 millones de inmigrantes guatemaltecos y otro millón de hondureños trabajan en Estados Unidos; más de un tercio largo de los cuales aproximadamente carecen de documentos.

A pesar de que en los últimos cinco años han crecido las deportaciones de forma masiva en el mundo, según cifras de la Organización Internacional para las Migraciones (OIM), no se han detenido de forma significativa los flujos migratorios ni las remesas enviadas a sus familiares por los inmigrantes. Vimos en un comentario anterior cómo la existencia de cinco fuerzas irresistibles hará que se produzcan en el futuro mayores flujos migratorios a los actuales. Es, pues, extremadamente difícil pararlos. La tozuda persistencia de una inmigración irregular es la expresión más elocuente del desajuste de lo planificado por los burócratas de los ministerios o agencias de trabajo e inmigración con la propia realidad y dinámica de los procesos de mercado.

Todos los países desarrollados de América, Europa, Oceanía y parte de Asia necesitan a millones de inmigrantes de baja, media o alta cualificación. Pero, en vez de atender dicha necesidad perentoria, se persigue una quimera: que vengan sólo aquellos que determinen los burócratas, tanto en el número como en la capacidad o formación que ellos estimen pertinente pese a mostrar desde sus despachos un completo desconocimiento de la lógica interna de las migraciones. Es sencillamente imposible saber el número de inmigrantes que necesita un país y sus empresas en un determinado momento de forma centralizada al igual que es imposible planificar correctamente cuánta leche hay que producir o cuántos coches hay que fabricar desde un órgano central. Pese a ello los gobiernos de países como Canadá, Australia, Reino Unido o EE UU siguen insistiendo en dicho error y aprobando programas para favorecer únicamente la entrada de inmigrantes de alta cualificación o de estudios superiores (mediante los llamados skilled worker programs). El resultado no puede ser sino disfuncional.

Los diseñadores de políticas migratorias que pretenden que entren sólo en el país de acogida los trabajadores de altas capacidades y no los de baja o media cualificación aduciendo que así beneficiaría la economía nacional, demuestran tener una mentalidad arrogante y anti-económica. Es cierto que América, Europa y Oceanía tienden cada vez más a ser economías basadas en el conocimiento, pero eso no quiere decir que puedan prescindir totalmente de trabajos poco cualificados. Cada hotel requiere no sólo ejecutivos sino también recepcionistas, personal de limpieza y camareros. Cada hospital necesita de médicos y enfermeras cada vez más especializados pero también de celadores, cocineros, personal de lavandería o de seguridad. La realidad social es muy compleja y es vano planificarla en exceso.

A pesar de las constantes deportaciones masivas que llevan a cabo las fuerzas de seguridad norteamericanas todos los años y -en menor medida- europeas, se ha demostrado año tras año que el pretendido control del flujo migratorio es un completo fracaso. En la actualidad se estima que hay en EE UU unos doce millones de indocumentados. En Europa pueden llegar a ser cincomillones.

Los conservadores nativistas de los EE UU que alegan que ya se intentó una amnistía con la IRCA en 1986 y que no sólo no acabó con el problema de la inmigración ilegal sino que la multiplicó desde entonces por cuatro, desenfocan totalmente el asunto. Los tres millones de personas que fueron legalizadas allá por 1986 habían sido ya absorbidas por el mercado. El problema con la IRCA y las sucesivas leyes de inmigración que fueron luego aprobadas es que sus diseñadores ignoraron las necesidades futuras de mano de obra por parte de los empleadores de los EE UU. Esto se confirma cada año pues se estima que entran de media unas 400.000 personas al año de forma ilegal en EE UU lo que quiere decir que, pese los cientos de miles de deportaciones anuales, los visados de trabajo que se otorgan cada año por el gobierno federal son muy insuficientes.

Recordemos ejemplos históricos de políticas extraviadas de los EEUU en relación con la inmigración. La discriminación de los inmigrantes por país de origen que supusieron las leyes excluyentes de los chinos en 1882 o las leyes racistas de inmigración de 1924 fueron completamente arbitrarias y, además de causar sufrimiento, no hubo evidencia alguna para establecer que un tipo de inmigración por razones étnicas o religiosas fuese mejor que otra. Tales prejuicios xenófobos han mostrado ser falsos a lo largo de la historia, además de que son injustificables en sociedades abiertas.

Por el contrario, la experiencia del Programa “Bracero” de los EE UU que tuvo lugar de 1942 a 1964 es aleccionadora. Debido a la escasez de agricultores nacionales que trajo consigo la implicación de los EE UU en la Segunda Guerra Mundial, la administración de Roosevelt (él mismo de ancestros inmigrantes) estableció un ambicioso programa de liberalización de la movilidad laboral por el que se dieron muchas facilidades para que inmigrantes, mayormente mexicanos, fueran contratados para las labores estacionales en el agro de los EE UU todos los años. Mientras estuvo en vigor dicho plan, cientos de miles de mexicanos cruzaron la frontera de manera legal en ambos sentidos. La entrada masiva de ilegales, que era ya un problema serio, se desplomó. Fue todo un éxito. Sólo la oposición, años después, de los sindicatos por su competencia de salarios a la baja hizo que dicho plan se cancelara en 1964. A consecuencia de ello, el fenómeno de entrada de “ilegales” reapareció una vez más como el Guadiana.

Las barreras y los controles no paran realmente al migrante sino más bien le incitan a pasarse a la clandestinidad. Hacen que los flujos se vuelvan invisibles. Los malos no son los “ilegales” que quieren trabajar y buscar un mejor futuro para sí y sus familias en otros países sino las restrictivas leyes y cuotas migratorias de los países de acogida que no atienden a las necesidades de su economía y obligan a muchos a cruzar fronteras por canales paralelos al legalmente establecido. Este antecedente del Programa “Bracero” ofrece evidencia de qué es lo que, en parte, se debe hacer frente a la inmigración.

No obstante, es como si los republicanos hubieran tirado la toalla en la batalla de las ideas en torno al fenómeno de la inmigración. Solo saben cerrarse en banda y proponer más barreras, mayores controles fronterizos, endurecer las sanciones al empleador que contrate con “ilegales” y promover más deportaciones. Dificultan la entrada legal a los inmigrantes, y con ello creen resolver el problema.

Solo dos presidentes republicanos, Reagan y Bush, ambos ex gobernadores de Estados fronterizos con México, se atrevieron a mirar de frente a la realidad de la inmigración y a la necesidad que tiene de ella los EE UU. Lucharon cada uno a su manera frente a la corriente mayoritaria de su GOP contraria hasta el día de hoy a tratar este tema con ciertas dosis de sensatez. Parece como si dieran por perdidos a los inmigrantes. Craso error: se sorprenderían comprobar hasta qué punto el espíritu de emprendimiento y la tenacidad de muchos de ellos y sus familiares les situaría ideológicamente cercanos a ellos. Por su parte, los demócratas tienen buena prensa entre los inmigrantes; Obama prometió una ambiciosa reforma en torno a la inmigración en 2008 que avanza con paso de tortuga y la realidad es que ningún presidente anterior alcanzó nunca el número de deportaciones bajo su administración (para finales de 2013 se espera que se llegue a la cifra de dos millones de deportados que vivían o trabajaban en suelo americano durante su mandato y que bien podían haberse beneficiado de la tan cacareada reforma si la hubiera aprobado). Va a tener el dudoso honor de ser el presidente con más deportaciones absolutas de inmigrantes a sus espaldas; y se le suponía un presidente amigo de los mismos…

Las barreras políticas a la inmigración son una fuente de problemas y distorsionan los procesos de mercado laboral internacional. Deben liberalizarse las leyes sobre la inmigración. En EE UU el político republicano con las ideas más claras al respecto sea tal vez Grover Norquist, el mismo que lleva defendiendo desde hace casi tres décadas el bajar y simplificar los impuestos.

Como veremos en un comentario posterior, en tanto en cuanto la competencia en materia de inmigración sea un asunto de Estado-naciones y no se pueda confiar mejor en otras administraciones locales más cercanas al ciudadano o en mecanismos más pro-mercado para regular los flujos migratorios, la mejor opción por el momento sería facilitar por parte de los gobiernos de los países desarrollados muchos más visados de trabajo temporal a los inmigrantes que lo soliciten y no sean desmerecedores de ellos y, al mismo tiempo, fomentar programas de “trabajadores-huéspedes” o trabajadores temporales que tan buenos resultados dieron históricamente. Todos saldríamos ganando.

Sin embargo, hay una manifiesta falta de voluntad política para integrar en serio a los inmigrantes indocumentados. La actual política migratoria de los países desarrollados es un sistema roto e inestable.

Caso de mantenerse la severidad de las restricciones actuales a la inmigración, estaríamos insistiendo en un esfuerzo inútil al modo de Sísifo o, más certeramente en palabras de Bryan Caplan, en una solución en busca de un problema.


Este comentario es parte de una serie acerca de los beneficios de la libertad de inmigración. Para una lectura completa de la serie, ver también I,  IIIII, IV y V.

2014 empieza con una nueva subida de impuestos a empresas y autónomos

Seguramente han visto alguna vez a un crío pequeño, sea alguno de sus hijos, sobrinos o nietos, jugar con juguetes que simulan, en vivos colores, las herramientas de carpinteros, fontaneros y otros oficios manuales. Probablemente se han fijado también en que la herramienta favorita de los niños es el martillo, con el que igual clavan un clavo de juguete, que un tornillo, que les “arregla” alguna lámpara o cualquier otro objeto decorativo de su salón. Pues bien, esta conducta, formulada como “dele un martillo a un niño, y pensará que todo son clavos”, responde a lo que el filósofo Abraham Kaplan denominara la ley del instrumento en su obra de 1964 The Conduct of Inquiry, y es justamente lo que ocurre con el Gobierno, que creen que van a resolver a martillazos fiscales los problemas de nuestra economía.

Si por algo se ha caracterizado la acción de gobierno del gabinete de Mariano yalopensarémañana Rajoy durante el 2013 que hemos dejado atrás, es por su esmero en ‘clavarnos’ a impuestos, tasas, cotizaciones y otras exacciones fiscales a los españoles. Un atosigamiento fiscal capitaneado por el ministro de Hacienda y Administraciones Públicas, Cristóbal Taxman Montoro, y al que alegremente se han unido otros miembros del Ejecutivo, como los ministros de Justicia –entrada en vigor desde enero de 2013 de las tasas judiciales–, de Industria, Energía y Turismo –nuevos impuestos a la generación vigentes también desde el 1 de enero de 2013– o de Empleo y Seguridad Social –subida de las bases de cotización el pasado mes de septiembre–.

Y es que a veces uno no puede evitar imaginarse las reuniones del Consejo de Ministros discurriendo como aquel delirante sketch de los irreverentes Monty Python titulado Tax on Thingy –impuestos a eso, en español– en la que altos cargos del Gobierno se devanan los sesos en encontrar todo tipo de nuevos conceptos disparatados para gravar a sus ciudadanos.

El último clavo ha sido la publicación el pasado 21 de diciembre de una nueva subida de los impuestos al trabajo cuyos efectos sufrirán en 2014 las empresas, especialmente aquellas intensivas en mano de obra y con márgenes más ajustados, y los trabajadores con los salarios más bajos –aquellos que no superan las bases máximas de cotización–. Así, la ministra Fátima Báñez nos ha colado de rondón un nuevo incremento de las cotizaciones a la Seguridad Social. Lo ha hecho, además, en sábado, en vísperas de Navidad, y como una disposición final deslizada, como quien no quiere la cosa, en un real decreto ley que, para mayor escarnio, reza en su título que es para "favorecer la contratación estable y mejorar la empleabilidad de los trabajadores".

Lo que necesita España no es más recaudación, sino menos gasto público y menos impuestos. Hasta que no entiendan esto, las medidas del Ejecutivo serán un obstáculo más que el sector privado tendrá que continuar sorteando para salir de la crisis. Y el año 2014 que acabamos de estrenar no parece que vaya a suponer un cambio de tendencia, tal y como dejaba muy claro el propio ministro de Hacienda en la entrevista publicada el pasado lunes en el diario Cinco Días. Así, ante la primera pregunta sobre la futura reforma tributaria, ofrecía una respuesta de tres párrafos en la que casi una de cada veinte palabras era “recaudar” –o alguna de sus formas léxicas–. La obsesión de Montoro por recaudar es digna de psicoanálisis. Todo ello, por cierto, recurriendo como argumento de autoridad a Milton Friedman, atribuyéndole erróneamente el dudoso mérito de ser inventor de la progresividad, tal y como acertadamente le enmendaba John Müller en su columna de El Mundo.

Víctima inequívoca de la ley del instrumento de Kaplan mencionada más arriba, racionalizaba Montoro el “que trate de recaudar más, porque, si no, este país nunca saldrá de la crisis”. Leyendo al ministro, no cabe la menor duda de que todos nuestros problemas económicos le parecen clavos a los que golpear con el ‘martillo dorado‘ de la fiscalidad, como demuestra esta otra perla: “Recaudaremos más en el sentido sano de recaudar más”, que decía sin ruborizarse. Y, para colmo, proclamaba que “el ajuste de la plantilla pública ha concluido”. O sea, que para el titular de Hacienda y Administraciones Públicas ya estamos en el nivel óptimo de asesores, cargos de confianza, directivos de empresas públicas, etc.

Yerra de plano el ministro si así piensa que va a contribuir a que 2014 sea el año del inicio de la recuperación, como su jefe ha anunciado triunfalmente. Antes bien, si se sigue empeñando en lastrar el crecimiento económico con sus políticas confiscatorias, el fin de la crisis no llegará hasta día del Juicio Final –por la tarde– o hasta el día en que Rajoy tome una decisión, lo primero que ocurra. Pues lo que necesita España no es más recaudación, sino menos gasto público y menos impuestos. Hasta que no entiendan esto, las medidas del Ejecutivo serán un obstáculo más que el sector privado tendrá que continuar sorteando para salir de la crisis.

Imagínense, sin embargo, el boom que supondría para la economía española si se redujeran el IRPF y las cotizaciones sociales –para el empleado y la empresa– en un muy conservador 5%. Con que la actividad económica generada por la mayor renta disponible de los trabajadores y los menores costes salariales de las empresas supusiera una mínima reducción de 2 puntos en la tasa de paro –algo que no parece descabellado–, ello supondría un estímulo estimado de 24.000 millones de euros, que irían directos a la economía allí donde más se necesitan. Todo ello con un efecto estimado sobre el déficit de 16.000 millones que podrían compensarse eliminando las subvenciones, además de la reducción ya prevista de los costes financieros por la menor prima de riesgo.

Y las condiciones de contorno son incluso más propicias para acometerlas si se dispone de la perspicacia, pasión y agallas que pedíamos aquí mismo hace doce meses, y que los ciudadanos y empresas han demostrado tener de sobra durante este año, mientras que han brillado por su ausencia en el Gobierno. Si empezábamos el 2013 con la prima de riesgo en 400 y el Ibex en 8.100 puntos, imagínense qué no podrá hacerse en 2014 con la prima casi a la mitad, el selectivo acercándose ya a los 10.000 y un sector exterior pujante. Existen, pues, alternativas al martillo fiscal de Montoro basadas en la reducción de impuestos, el adelgazamiento del Estado y la liberalización real de la economía. Sólo falta que el Gobierno quiera reconocerlas.

Un año más, quiero aprovechar antes de despedirme para agradecerles el interés mostrado en 2013 y desearles todo lo mejor para 2014.

2014, ¿recuperación o estancamiento?

En su particular balance del ejercicio que está a punto de concluir, el presidente del Gobierno, Mariano Rajoy, afirmó el pasado viernes que si 2012 fue el año de los ajustes y 2013 el de las reformas, 2014 marcará el inicio de la recuperación económica. Por desgracia, ninguno de estos tres postulados se sustenta sobre bases sólidas. Frente a la tan manida austeridad que insiste en pregonar el PP y, por desgracia, pretende condenar el conjunto de la oposición, lo cierto es que el Estado gastará el próximo año casi 355.000 millones de euros -sin contar la refinanciación de deuda-, unos 63.000 millones más que en 2007, cuando España experimentaba los últimos coletazos del espejismo económico derivado de la burbuja crediticia. Es decir, los famosos recortes, en realidad, se han traducido en un aumento del gasto estatal próximo al 22% durante la crisis, muy similar al incremento presupuestario que han registrado las comunidades autónomas.

En cuanto a las reformas, es cierto que el Gobierno ha aprobado un ingente número de nuevas normas y enrevesadas regulaciones durante los dos últimos años, pero, una vez más, este intenso esfuerzo legislativo no se ha traducido en grandes cambios, capaces de convertir España en un lugar idóneo para atraer capital foráneo y desarrollar una fructífera actividad empresarial, factores clave para impulsar un crecimiento sólido con el que reducir de forma rápida la insostenible tasa de paro actual. La reforma laboral de 2012 supuso un indudable avance con respecto al rígido marco previo, auténtico culpable de la histórica destrucción de empleo padecida durante la crisis, pero sigue siendo insuficiente para solventar el drama del paro; la reforma financiera ha apuntalado parcialmente la solvencia de las cajas de ahorros, pero a costa del bolsillo de los contribuyentes, convirtiendo deuda privada incobrable en más deuda pública; la reforma energética ha sido una chapuza, cuya factura seguirá reflejándose en una luz cada vez más cara, con la consiguiente pérdida de competitividad económica; o qué decir de la tan cacareada reforma de las Administraciones Públicas, convertida en papel mojado antes incluso de empezar a aplicarse, por poner tan sólo algunos ejemplos. El dato más relevante en esta materia es que España, lejos de registrar una mayor libertad económica, se ha desplomado seis puestos en el último ranking mundial de facilidad para hacer negocios, hasta la posición 52, a la altura de Túnez y México. De hecho, es uno de los países de la OCDE que ha sufrido un mayor deterioro en su clima empresarial en el último año, debido, sobre todo, a la confiscatoria política fiscal desarrollada por el PP, ya que en materia de impuestos España cae de golpe 34 puestos.

Así pues, ni austeridad ni reformas. Tampoco recuperación. La economía nacional ha salido de la recesión, al igual que sucedió en 2010, pero ello no significa que vuelva a crecer a un ritmo lo suficientemente fuerte y estable como para regresar al nivel previo a la crisis a corto o medio plazo, ni mucho menos. Es posible que el PIB avance un 1% en 2014, incluso que el sector privado comience a crear empleo neto, pero aun así España afronta la recuperación más lenta y frágil del mundo desarrollado. Todo apunta a que registrará un crecimiento muy exiguo y una marginal creación de empleo durante los próximos años, y eso, siempre y cuando no se reproduzca la crisis del euro, con la consiguiente inestabilidad financiera que implicaría, lo cual no se puede descartar en ningún caso. De este modo, más que de recuperación se debería hablar de estancamiento, lo cual es muy distinto.

La razón no es otra que los dos factores citados anteriormente. Por un lado, España sigue contando con un sector público totalmente sobredimensionado, propio de una burbuja económica ya desaparecida, lo cual se traduce en un déficit y una deuda públicos de los mayores del mundo desarrollado, al tiempo que los españoles soportan el mayor esfuerzo fiscal de la Zona Euro. Y, por otro, la libertad económica, clave para poder crecer, sigue siendo una quimera. Con estos mimbres, el cesto, simplemente, no resistirá. No por casualidad, muy pocos reparan en que, si bien la mayoría de empresarios, expertos independientes y organismos internacionales coinciden en que la recuperación avanza en mayor o menor grado, todos ellos insisten de inmediato en que aún queda mucho por hacer. El Gobierno se esfuerza en destacar tan sólo la primera parte del mensaje, pero la que realmente importa es la segunda, ya que si no se acomete lo mucho que queda por hacer, la recuperación acabará esfumándose tarde o temprano.

Lo que podemos aprender de Eurovegas

Una de las narrativas más extendidas a lo largo de esta crisis es que se trata de una estafa montada por el gran capital para arrebatarles los derechos laborales a los trabajadores y lucrarse a su costa. Semejante historia de terror se ve, además, avalada por una incontestable evidencia empírica: entre el año 2000 y el 2012, las rentas del trabajo han perdido peso dentro del PIB (pasando del 55% al 51,6%) mientras que las rentas del capital lo han ganado (del 45% al 48,4%). Con una conveniente teoría de la conspiración y un par de datos llamativos ilustrándola, parece que ya no necesitamos más. Pero el asunto es algo más complicado por dos motivos esenciales.

El primero es que cuando hablamos de rentas del capital nos estamos refiriendo en realidad a rentas brutas del capital, es decir, incluyendo el consumo de capital fijo anual (el equivalente a la cuota de amortización anual de las inversiones empresariales). La amortización no supone rentabilidad alguna para el capitalista, sino tan solo la periodificación del coste inicial de la inversión. Por ejemplo, imaginemos que una persona invierte hoy 100.000 euros y que luego, durante cinco años, obtiene unas rentas de 20.000 euros. ¿Habría obtenido ese capitalista alguna rentabilidad? No: simplemente habría recuperado a lo largo de cinco años el capital de 100.000 euros invertido en un comienzo. Si queremos conocer la auténtica renta que están obteniendo los capitalistas debemos calcular las rentas netas del capital, a saber, deducir de las rentas brutas el consumo de capital fijo.

El segundo motivo es que las rentas del capital incluyen una partida de la que no se apropian los grandes capitalistas: las rentas inmobiliarias imputadas. Las rentas inmobiliarias imputadas son una ficción contable dirigida a mejorar el cálculo del PIB: con tal de evitar que un piso alquilado sí compute dentro del PIB mientras que la residencia habitual en propiedad no lo haga, se asume que los propietarios que habitan en sus viviendas se las “autoalquilan”. Así pues, el PIB les imputa a esos propietarios una renta inmobiliaria que, en tanto es una renta derivada de la propiedad inmobiliaria, se inserta dentro de las rentas del capital. Dado que, cuando uno abraza la teoría conspirativa de que los capitalistas están machacando a los trabajadores españoles, uno no debería incluir entre las rentas de los capitalistas el rendimiento que los trabajadores obtienen en tanto propietarios (hipotecados) de viviendas, parece razonable excluirlas de nuestro cómputo.

Así pues, ¿qué sucede con las rentas del trabajo y del capital una vez corregidas por estas dos variaciones? Pues que en el año 2012 las rentas del trabajo alcanzaban el 68,5% del PIB, por encima del nivel que tenían justo antes de estallar la crisis (en 2007, el 68%) o al comienzo de la década (en 2000, 68,1%); por el contrario, las rentas del capital, en 2012, se ubicaron en el 31,5% del PIB, por debajo tanto de 2007 (32%) como del 2000 (31,9%). Peor todavía: el importe de las rentas del capital (netas del coste del capital fijo y de las rentas inmobiliarias imputadas) ha caído en términos absolutos desde el comienzo de la crisis. En 2007, los capitalistas obtenían unas rentas de 237.000 millones de euros y, en 2012, de 221.800 euros: en realidad, si descontamos la acumulación acumulada durante esos años, en 2012 estarían ganando 198.200 millones. Peor todavía, descontando la inflación, los capitalistas estarían obteniendo en 2012 aproximadamente las mismas ganancias que en 2002. ¡Vaya fracaso de conspiración!: montan una crisis y terminan ganando un 16% menos que 2007 y aproximadamente lo mismo que antes de desencadenar el boom inmobiliario. Definitivamente, los capitalistas… con la burbuja vivían mejor.

Pero, así las cosas, ¿no existe ninguna explicación razonable para el hecho de que, antes de efectuar todas nuestras correcciones, las rentas del trabajo hayan ido perdiendo peso dentro del PIB? Sí: una muy sencilla. Los bajos tipos de interés promovidos por el Banco Central Europeo desde 2001 indujeron a las empresas y a las familias españolas a sobreendeudarse para invertir en masa: las familias para adquirir viviendas; las empresas para adquirir bienes de capital. El resultado de la masiva inversión en viviendas ha sido que las rentas inmobiliarias imputadas se han disparado (se han más que duplicado, incrementando su peso dentro del PIB desde el 5,1% al 6,5%); el resultado de la inversión masiva en bienes de capital ha sido que el consumo anual en capital fijo se ha disparado (se han más que duplicado, incrementando su peso dentro del PIB desde el 14,1% al 18,1%).

En definitiva, la evolución de las rentas del trabajo y del capital desde el año 2000 no se ha debido a ningún contubernio capitalista por explotar al trabajador, sino al contubernio bancario por expandir insosteniblemente el crédito merced a sus privilegios regulatorios. Es decir, las causas que la explican son las mismas que explican la crisis: y sus culpables son los mismos.

La población de Cataluña huye hacia otras autonomías durante la crisis

España está perdiendo población como resultado de su particular crisis demográfica -baja tasa de natalidad y creciente envejecimiento poblacional- y, sobre todo, el aumento de la emigración hacia otros países, tanto de población extranjera como nacional. La elevada tasa de paro y las malas perspectivas económicas han provocado que un volumen cada vez mayor de gente opte por hacer las maletas en busca de un futuro mejor. Tanto es así que, en el primer semestre del año, casi 260.000 personas abandonaron España para instalarse en el extranjero.

Sin embargo, dentro de los flujos migratorios, cabe distinguir la migración exterior -entre países- de la migración interior -entre regiones o provincias-. Así, al igual que algunas personas optan por buscarse la vida fuera de España debido a la mala situación económica, otras prefieren emigrar a otras regiones del país, cuyas perspectivas son más favorables que en su lugar de origen.

En este sentido, los últimos datos publicados por el Instituto Nacional de Estadística (INE) ofrecen una imagen general sobre la migración interna que ha registrado España durante la crisis. El indicador más relevante en esta materia es el denominado "saldo migratorio interautonómico", ya que mide los movimientos netos poblacionales (entradas menos salidas) que se registran, única y exclusivamente, entre las distintas regiones de España.

Uno de los datos más llamativos es el referido a Cataluña. El otrora principal motor económico de España siempre se ha caracterizado por atraer población residente, procedente, sobre todo, del sur del país, gracias a su pujante industria y su intensa actividad empresarial. Sin embargo, los datos oficiales muestran que la presente crisis ha supuesto un cambio de paradigma, ya que Cataluña no sólo no atrae trabajadores de otras autonomías sino que parte de sus residentes ha preferido huir hacia otras comunidades en busca de oportunidades laborales o un mejor nivel de vida.

En concreto, desde 2008, Cataluña registra un saldo migratorio negativo de casi 16.000 personas. Esto significa que el número de residentes catalanes que ha decidido emigrar a otras autonomías (salidas) supera en casi 16.000 personas a los residentes de otras regiones que han optado por instalarse en Cataluña (entradas) durante la crisis.

Este balance contrasta de forma muy significativa con la Comunidad de Madrid, ya que la región que preside Ignacio González se ha convertido en el principal polo de atracción poblacional de España en estos años de dificultades económicas. Madrid presenta un saldo migratorio positivo de casi 14.000 personas desde 2008 -han entrado más de los que se han ido a otras regiones-. Así pues, la economía madrileña no sólo atrae empresas procedentes de otras regiones de España (casi 5.000 desde 2010) sino que también es el principal destino de la migración a nivel interno.

Asimismo, en el lado positivo, también destacan Baleares (+10.982),Galicia (+10.712), País Vasco (+8.949) y Navarra (+6.941). Por el contrario, la comunidad que encabeza el saldo miratorio negativo durante la crisis es Castilla y León, con una pérdida neta de 25.430 residentes desde 2008, seguida de Cataluña (-15.858), Canarias (-12.397), Comunidad Valenciana (-10.678) y Andalucía (-10.524).

Mención aparte merece Castilla-La Mancha, con un saldo positivo de 16.033 pesonas. Pero este dato favorable se debe, básicamente, a la conexión directa de Guadalajara y, en menor medida, Toledo con Madrid, conviertiendo ambas provincias en casi un anexo de la comunidad madrileña.

El estallido de la burbuja inmobiliaria y el menor coste de la vivienda produjo en los primeros años de crisis el regreso de numerosos trabajadores de la construcción a sus lugares de origen, que, sumado al aumento de residentes madrileños que optaron por comprar o alquilar un piso en las provincias manchegas más cercanas a la capital, se tradujo en un importante saldo positivo en Castilla-La Mancha entre 2008 y 2011, según aclara la Fundación Renacimiento Demográfico.

Sin embargo, desde 2012, y muy especialmente en el primer semestre de 2013, esta región lidera, junto a Castilla y León y Andalucía, la fuga de residentes hacia otras autonomías debido a sus peores perspectivas económicas.

La población cae en casi todas las CCAA

Por último, la combinación de escaso crecimiento vegetativo (nacimientos menos defunciones), el saldo migratorio negativo con el extranjero y el saldo migratorio con otras comunidades dan lugar a que la población sólo creciera en Baleares, Canarias, Murcia y en la ciudad autónoma de Ceuta durante el primer semestre del año.

Inmigración (V): Más acosos al “último recurso”

  "El mayor acto de misericordia que puede practicar una familia numerosa hacia un recién nacido es matarlo" Margaret Sanger

 "La sociedad debe considerar el plasma genético como perteneciente a la sociedad y no únicamente al individuo que lo porta" Harry H. Laughlin

"Ha llegado la hora de que cada país requiera una política nacional que determine qué tamaño poblacional es el más idóneo… Más adelante llegará el tiempo en que la comunidad en su conjunto deba prestar atención a la cualidad innata y no al mero número de sus miembros futuros." John M. Keynes

"Debe haber una relativamente indolora erradicación antes de nacer o bien una más dolorosa eliminación de individuos tras el nacimiento" Garrett Hardin

"La batalla para alimentar la humanidad se ha perdido" Paul Ehrlich

"Algunas de las ideas en que se basan tales políticas tendentes a limitar la población son realmente indignantes" Friedrich Hayek

"Si la población no hubiera crecido más allá de los cuatro millones de personas que poblaban la tierra hace diez mil años, probablemente no tendríamos ni luz eléctrica, ni calefacción de gas, ni automóviles, ni penicilina, ni habríamos viajado a la luna. Los seres humanos se convierten entonces en el último recurso" Julian L. Simon

El historiador norteamericano John Higham define el nativismo en su obra seminal, Stangers in the Land, como un estado mental cargado de emociones que se manifiesta en una oposición intensa contra una minoría étnica, religiosa o cultural bajo la premisa de sus conexiones extranjeras. Las antipatías culturales y los juicios etnocéntricos constituyen las características más evidentes de los nativistas.

Los nativistas y sus temores, pese a no ser generalmente conscientes de ello, se dan la mano con un nutrido elenco de primos hermanos ideológicos de muy diversa procedencia: los contrarios al aumento poblacional, los defensores del límite al crecimiento, los eugenistas, los supremacistas, xenófobos, los proteccionistas y antiglobalizadores, los nacionalistas exacerbados y los ecologistas o ambientalistas.

Los que se sienten amenazados por el "excesivo" crecimiento económico son legión. Suelen ser partidarios del llamado crecimiento cero y de la conservación del planeta tal cual lo conocemos. Entienden la economía como un proceso estático de suma cero y bastante destructivo para los recursos del planeta. Ven a los seres humanos como meros o exclusivos consumidores y no como proveedores también de bienes y servicios. Son favorables a la intervención de los gobiernos para ordenar mejor la sociedad.

Hayek denunció en su obra final, Fatal Arrogancia, el ideal constructivista de control de la sociedad en general atacando los fundamentos epistemológicos de la posibilidad de tal control, demostrando la imposibilidad de predecir las respuestas a los cambios en los sistemas económicos y sociales. Los órdenes complejos de tipo evolutivo (i.e. el social) no pueden ser mejorados mediante la intervención humana o decisión premeditada y dirigida a un/os fin/es concreto/s.

Los restriccionistas de la inmigración, al promover de alguna forma el control poblacional, tienen también elementos ideológicos comunes con eugenistas, partidarios de la esterilización forzosa, la planificación familiar, la promoción y subsidio público del aborto y del control de la natalidad. Lo que late en el fondo es un gran temor hacia el "descontrolado" aumento poblacional del planeta y el requerimiento al Estado para ejercer cierto control poblacional sobre los habitantes patrios respectivos.

Tal y como evidenció agudamente el teólogo Romano Guardini, la voluntad de los constructivistas/ humanitaristas de querer eliminar a toda costa el sufrimiento humano mediante mecanismos estatales de ordenación social puede transformarse en la voluntad de eliminar a los hombres que sufren, y cuyo sufrimiento ya no puede vencerse. En nombre del bienestar del pueblo o del provecho de la comunidad se puede llegar (si bien no necesariamente) al terrible lema de que "Es justo lo que es útil a la nación" o, en otras palabras, "Pueden vivir quienes sirven a la nación". Esta aberración no es ni mucho menos coto exclusivo del nazismo; existen evidentes paralelismos con los que históricamente desde el Estado moderno han declarado la guerra al débil o al diferente con respecto al estándar social percibido como deseable (Harry Laughlin, Margaret Sanger y otros planificadores). Afortunadamente buena parte de estas ideologías están hoy bastante desacreditadas.

Aunque no se quiera reconocer tampoco, los partidarios de restringir la inmigración participan también de planteamientos xenófobos, racistas y/o supremacistas, sean éstos blancos o no. La muy lamentable retórica anti-inmigración es una de las últimas y pocas formas de racismo socialmente aceptada. Ciertos políticos y sus voceros mediáticos se permiten con la inmigración ciertas opiniones y prejuicios dirigidos a un grupo despersonalizado bajo el título de "inmigrantes" que jamás se atreverían a dirigirlos a una raza en particular. El abogar por una homogeneización de la población lleva consigo, guste o no, un sentimiento de repudio hacia el foráneo (alien, en inglés) y la "amenazante" diversidad. Implícitamente se está queriendo decir que la convivencia con otras razas o culturas contaminaría la esencia autóctona.

Asimismo al acusar que los inmigrantes ejercen una presión hacia el medioambiente del país de acogida y de sus recursos nacionales comulgan también con los planteamientos de los alarmistas ecologistas, conservacionistas y demás ambientalistas que quieren imponer límites al crecimiento económico y poblacional (y a la entrada de nueva gente al país). Curiosamente defienden una diversidad biológica en la naturaleza a costa de mermar el progreso económico pero suelen rechazar en su fuero interno la diversidad racial y cultural que pueda afectar a su barrio. Lo que pareciera ser beneficioso al orden natural no lo sería para el orden o entramado social del ser humano.

Por último, los restriccionistas de la inmigración utilizan parecidos argumentos a los proteccionistas y su defensa preferencial del comercio nacional amenazado por la invasión de productos más baratos procedentes del exterior y de la maldita globalización.

Todas estas obtusas ideologías se dan de bruces con el liberalismo y con todo lo que representan las sociedades abiertas.

Julian Simon denunció que todo lo anterior son nociones fundamentalmente erradas y, como tal, deben ser combatidas en el terreno de las ideas. El crecimiento de la población no obstaculiza el desarrollo económico, tal y como defiende la teoría malthusiana, sino que aumenta los estándares de vida a largo plazo. Los ingenieros y técnicos agrónomos saben que la población del mundo está mucho mejor alimentada desde los años 50. Los demógrafos tienen registrado que la esperanza de vida casi se ha triplicado en los países ricos en los dos últimos siglos. Los mismos ecologistas reconocen que la calidad del agua y del aire de los países desarrollados ha mejorado en las últimas décadas. Asimismo cualquier especialista en commodities o energía admite que la disponibilidad de los recursos naturales ha aumentado, al tiempo que disminuyen sus precios con respecto a décadas o centurias pasadas.

No existe, pues, una correlación estadística negativa entre el crecimiento económico y el aumento de población. Más bien todo lo contrario: si se tratan de sociedades desarrolladas, no hay ninguna razón que nos haga pensar que no continúe la tendencia positiva de mejora en la calidad de vida, al mismo ritmo que crece la población, tanto si es a través de nuevos nacimientos de autóctonos como si es a través de la (bienvenida) inmigración. Hayek se sorprendía de que aunque la extensión del mercado y el aumento de la población puedan conseguirse enteramente por medios pacíficos, no dejase de haber gentes informadas y sensatas que se negaran a admitir la existencia de vinculación alguna entre el incremento de la población y la favorable evolución del orden civilizado.

Julian Simon lo tuvo meridianamente claro: la inmigración no es ninguna amenaza para los EE UU sino un apoyo para su desarrollo. Según este profesor de administración de empresas en la Universidad de Maryland, el beneficio más importante que se deriva del aumento de la población en sociedades que dispongan de instituciones que permitan la libertad económica y la protección de la propiedad privada y sus contratos es el "incremento del conocimiento útil". Cuanta más gente haya o engrose las poblaciones del mundo desarrollado, mayor será el progreso material y cultural de nuestra civilización.

No importa que el aspecto de la población cambie con motivo de un aumento de la inmigración de personas extranjeras,lo verdaderamente importante es que las instituciones de los países de acogida reconozcan y protejan la libertad, ofrezcan seguridad jurídica y que el sistema político-económico permita a las personas superar las dificultades y la búsqueda de soluciones ante la escasez. Es decir, lo relevante no es la "identidad" nacional sino la subsistencia de instituciones pautadas en el seno de la sociedad anfitriona que permita cierto grado de libertad en el desarrollo económico, independientemente del origen de las personas que vivan en ella en un momento dado. Así ha sucedido en los EE UU, Canadá, Australia y Europa a lo largo de su historia, pese a sus reticentes y angustiados nativistas y demás acompañantes ideólogos en su seno, y no tiene por qué ser diferente en el futuro.

El principal recurso para mejorar las condiciones de vida es sin ningún género de dudas el ser humano libre, creativo, tenaz y emprendedor (sea éste autóctono o venido de otros lugares del planeta). Es obvio, por tanto, afirmar que los inmigrantes forman parte también del inestimable "último recurso" de las naciones prósperas al que hacían referencia Julian Simon y Friedrich Hayek.


Este comentario es parte de una serie acerca de los beneficios de la libertad de inmigración. Para una lectura completa de la serie, ver también I,  IIIII y IV.